La recolonización en marcha acelera el paso

I “Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía”. Con esa sentencia, el blog El Muerto cubrió el acuerdo y el festejo con que representantes oficiales de Uruguay y EE.UU., como entidades soberanas e iguales, seguramente, han firmado, en realidad registrado el obsequio que los militares estadounidenses le han hecho al SINAE (Sistema Nacional de Emergencias), del Uruguay.

El título de la excelente presentación es acorde: “Las catástrofes llegaron para quedarse en Uruguay”. Elija el lector a qué tipos de catástrofes se refiere.

La ceremonia de ofrenda ha recogido las palabras del señor prosecretario de la presidencia del país, un sonriente Diego Cánepa, que se lo adivina joven pero sin embargo ya nutrido de una excelente filosofía política y al parecer profundos conocimientos geopolíticos e históricos.

En estrecha consonancia con la señora o señorita embajadora de EE.UU. en Uruguay, Julissa Reynoso, quien en plena ceremonia de celebración por semejante donación aclaró que ambos países eran “socios y cómplices”. No alcanzó a aclarar si la complicidad llegaba a los estragos que los drones estadounidenses provocan en la población civil paquistaní, afgana, somalí o sudanesa o alcanzaba a la política de apoyo al etnocidio medido y programado que el Estado de Israel ejercita sin pausa con el apoyo de “la máquina de desigualdades” que es EE.UU. -Sheldon Wolin (1)- sobre los oriundos palestinos no judíos… en fin, el momento, no estaba para precisiones sobre el alcance de tan simpática y traviesa expresión.

Sabemos que los cuerpos de seguridad de EE.UU. han generado una especial protección para con “el paisito” expresada en la construcción también manu militari de la clínica médica en Santa Catalina, atrás del Cerro, en la asistencia docente de los SEAL al FUSNA, en las manos de pintura que los fornidos brazos marineros de la Armada de EE.UU. le han prodigado al Hospital Maciel…

Estimo que Uruguay es un país que se arregla con poco, unas minucias en la geopolítica de Public Relations de EE.UU., que por su carácter servicial y solidario con todo el planeta, asiste la mayor cantidad de países o estados posibles (algunos, como Corea del Norte o Irán, no suelen participar de ese jolgorio; otros como Afganistán, Irak, Panamá, la República Dominicana, México no suelen agradecerlo).(2)

Para entender la dimensión de lo actuado, nos introduciremos, amigo lector, si a usted también le interesa, en el pensamiento profundo del eximio Cánepa. Copio textualmente la frase que, entre comillas, reproduce El Muerto:
“Se reincidió porque consideramos legítimamente, y la inmensa mayoría de los compañeros lo entendió, mantener una excelente relación con Estados Unidos, lo que no quiere decir que no tengamos opiniones críticas sobre la historia de lo que hizo como un imperio.”

La “reincidencia” a que alude, aclaremos: al gobierno frenteamplista anterior se le generó el episodio de Santa Catalina, que, provocó alguna resistencia en quienes no captaron el sentido profundo de ser asistidos por militares estadounidenses para curar enfermedades y daños muchos de los cuales son consecuencia de las políticas por las cuales desde EE.UU. disponen de bienes, materiales e inmateriales, ajenos, lo cual perjudica países periféricos como Uruguay, precisamente. Reincidencia suele ser la palabreja más común para designar la comisión de otro delito, una vez cometido un primero. ¿La coincidencia puede ser la explicación de esta reincidencia?

Observemos que Cánepa nos aclara que mantener una relación excelente con EEUU no se contradice con tener opiniones críticas contra cosas que habría hecho ese estado como imperio.
Porque, a diferencia de Marx,(3) Cánepa se nos presenta como hombre de principios:
“Nuestra opinión de la historia de Estados Unidos en América Latina es muy clara, no se modifica.”
¡Epa! Y continúa:
“Pero esto no tiene nada que ver con las responsabilidades institucionales del gobierno y la nueva etapa que se vive.”
¿No tiene nada de nada que ver? ¿Seguimos pensando que es un imperio y como tal racista y colonialista que ha esquilmado todo lo que ha podido a América Lapobre, con el garrote cuando ha sido necesario, como bien lo ha aplicado el simpático Teddy Roosevelt en sus buenos tiempos de amigote con cuanta dictadura latina pudo convivir o crear. O con sedados sistemas de control tecnológico, excepcionalidad jurídica –como por ejemplo el derecho que sus autoridades atribuyen a todo soldado estadounidense a no rendir cuenta de sus actos o delitos en ninguna nación del orbe, fuera de “sus” fronteras−; leyes y reglamentaciones económicas de dumping o bloqueo según los casos; deudas externas en buena medida inventadas y el juego de la maquinita de Fort Knox mediante el cual todos jugamos a la dependencia a una moneda que se volatilizó en 1970, cuando desde EE.UU. se decreta la inconvertibilidad del dólar, es decir la pérdida de todo respaldo material o económico, o mejor dicho, el pasaje al respaldo pretoriano (y mediático, claro: siempre están los “por las buenas” o “por las malas”, y reservamos las benedetianas “por las peores” a su uso in extremis).
“No tiene nada que ver.” Si la historia de EE.UU. como imperio y su presente como imperio actuante no tiene nada que ver, ¿no tiene nada que ver con qué?
Pero, claro, Cánepa viene en nuestra ayuda, para que resignifiquemos lo que vemos:
“Tenemos una relación adulta de mutua confianza.”

II

Un punteo que procure “ver” esta cruda y efectiva realidad del Uruguay actual.

1. EL TIEMPO: LO QUE FUIMOS, LO QUE SOMOS.

Repasar, con vergüenza ajena, este episodio es aleccionador en varios aspectos. Nos permite medir el abismo histórico y cultural que separa el país del Ariel de José Enrique Rodó en la primera década del siglo XX, pasando por el antiimperialismo militante de Carlos Quijano y la Agrupación Nacionalista Demócrata Social de las décadas del ’20 y ’30, por la “generación crítica” que Ángel Rama visualizara hacia mediados del siglo pasado, que “culminara” con la izquierda en la calle desde los ’50 a los ’70 (“con un golpe de estado no nos moverán… y quien lo quiera que haga la prueba”…) hasta este otro Uruguay pasado por la máquina de la dictadura militar, pero también por el delirio que empezó como ensueño y terminó como pesadilla como fue la guerrilla guevarista, y fundamentalmente, antes, por el apoltronamiento batllista que fabricó una capital moderna de espaldas a un “interior” semifeudal, como si nuestro pequeño tamaño permitiera hacer dos países (dos realidades).

Ahora tenemos funcionarios como Cánepa. Para quien, sin duda, la historia de los contracursos antinstitucionales de 1968, por ejemplo, ni existen y si existen no entiende su significado y si llegara a entender su significado pertenece a un pasado remotísimo… como 40 años. En política, ya 20 años es mucho, a diferencia de los que nos pasa a los humanos (tangueros o no), afectivamente considerados.

2. EL ESPACIO: LAS DIFICULTADES REGIONALES

Sabemos las dificultades situacionales de un país como Uruguay, enclavado entre dos gigantes, Argentina y Brasil.

Una vez más el proyecto artiguista revela un aspecto muy valioso, contrafáctico, ya inútil: si el Cono Sur atlántico hubiese tenido cuatro estados más parejos entre sí, un Paraguay no despedazado, una Liga Federal vertebrada sobre el río Uruguay, con las Misiones (ahora brasileñas y argentinas), una Argentina tucumana o porteña o más bien porteño-tucumana, un Brasil sin Río Grande do Sul, por tanto tiempo separatista respecto del Ordem e Progresso, otro equlibrio geopolítico existiría.

El Mercosur es, en cambio, una alianza (comercial) totalmente fuera de equilibrio entre dos países que totalizan el 95 % de la producción y otros dos que a gatas alcanzan el otro 5 %.
Ésa es la realidad regional. Con un agravante: son los países chicos, como Ecuador, Uruguay, Paraguay, los que América del Sur se achican. Fundamentalmente para mayor acopio territorial de los estados mayores: la Guerra de la Triple Alianza, el Tratado de Límites entre Uruguay y Brasil en 1855, la pretensión de la cancillería argentina de “costa seca” para sus vecinos acuáticos, el agrandamiento de Perú y el respectivo achicamiento de Ecuador disputando la Amazonia a lo largo de buena parte del siglo XX, la toma del islote Timoteo Domínguez, en la década del ’60 en el Río de la Plata…

Esa geopolítica explica la dificultad que tienen países como Uruguay y Paraguay para respaldarse regionalmente. Pero de ahí a entrar en una dependencia “alegre” y amistosa con “el imperio” como con desenfado denomina Cánepa, el plenipotenciario de Mujica, al sheriff mundial, hay un salto, un acrobático salto mortal, en un circo –el mundo– que no usa red.

Los dirigentes del Paraguay han admitido, seguramente con regocijo, una base militar norteamericana con capacidad para 15 mil soldados. En Mariscal Estigarribia, una población de pocos miles de habitantes. Pongamos 4 mil. 2 mil mujeres. Tratemos de imaginar, apenas un minuto, qué significará eso, socialmente, para la población de Estigarribia y alrededores. Para sus mujeres y niñas (y niños).

Intuimos que para Cánepa 20 años es casi una era geológica. Pero hace menos de 30 años, hondureños denunciaban con rabia e impotencia como les había ingresado el SIDA-SADI: era la época en que Honduras y su gobierno títere funcionaba como el portaaviones yanqui centroamericano: la plaga se registró primeramente entre mujeres y sobre todo niñas vecinas a una enorme base estadounidense; la de Palmerola. La fuente de contagio era obvia: soldados estadounidenses que saciaban sus apetitos sexuales comprando sexo por alimentos o chocolate o violando directamente. Estaban de tránsito: habían venido de no se sabe dónde, y luego se marchaban a otro destino. No atinaban a ubicar donde se habían contagiado y, por supuesto, menos, mucho menos si ellos habían contagiado…

Por eso, rendirse al imperio, al ejército del imperio planetario repugna a quien conoce dos hilachas de historia e incluso, pragmáticamente, no resulta una jugada brillante…
Uruguay, como Paraguay debe romper su enclave regional. Pero es más sensato tender nexos y redes con Sudáfrica al otro lado del Atlántico, con Venezuela en el norte sudamericano… ¿con Finlandia, Islandia, Jamaica?… buscar todos los vínculos posibles sin ceder soberanía, ni siquiera con complaciencia, como cómplices con quienes no pueden ni saben ni quieren respetarte. Public Relations al margen, claro.

3. AMERICANIZATION

EE.UU., mejor dicho la entente imperial, que rige el mundo cada vez más netamente se encuentra en un doble proceso. Como muy bien señala Sheldon Wolin: “El poder estadounidense está siendo cuestionado en todo el mundo, su dominio imperial se está debilitando, que su hegemonía económica es cosa del pasado [… y agrega nuestro autor:] ese fracaso deja intacta las tendencias hacia el totalitarismo invertido (4) [con tales palabras define Wolin la modalidad vigente del poder con centro en EE.UU.].

Pero a la vez, la decena de drones con que se abrió el siglo XXI, se convirtieron en miles hace pocos años y en la actualidad el aparato militar estadounidense cuenta con decenas de miles.

En los últimos cuatro años, ocho países musulmanes tienen pérdidas de vida a manos de ataques de EE.UU. u Occidente (en algunos casos, cuantiosas; en casi todos, sin que los militares yanquis hayan puesto el cuerpo).

Momento crucial: uno puede ver a la vez signos de endurecimiento y brutalización política cada vez mayores, como puede ser el trámite habido en Sudán, el desmantelamiento de un régimen cesarista en Libia, el arrasamiento de Irak y lo que ha significado esa invasión en términos históricos, arqueológicos, agrícolas y, sobre todo humanos (no hay recuento de los iraquíes asesinados o directamente muertos a causa de la acción “liberadora” y “democratizadora” de EE.UU.: todos las maníacos estadísticos yanquis han rehuido esa tarea) pero ver también signos, como los señalados por Wolin, de inminente debilitamiento, de crisis profundizándose.

Los discursos presidenciales de Obama comunican un afianzamiento; para eso se escriben, pero también los trabajos de los think tanks: “Rebuilding America’s defenses. Project for the New American Century”, 2000. El título es revelador. Se sienten los dueños del tiempo. Plena vigencia de aquel pensamiento tan optimista de la segunda posguerra resumido por H. Truman, el presidente que ordenó hacer caer las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki:

El bueno del presi ofrece la fórmula para que a todo el mundo le vaya bien, “salvarse” como decía bíblicamente: “Todo el mundo adoptar[a] el sistema estadounidense.” “Porque el sistema estadounidense” sólo podría sobrevivir “convirtiéndose en un sistema mundial”.(5)

Para esa universalización del american way of life, Israel es primordial. Pero a su manera, regionalmente, otras perlas destacadas de ese collar sobre el pescuezo planetario son Uruguay, Costa Rica, Filipinas, Corea del Sur, Singapur, Reino Unido, Canadá y un largo etcétera.

La cuestión es si nos aceptamos así. Como nos quiere el amo.

Luis E. Sabini Fernández
luigi14@gmail.com

notas:
1) Democracia S.A., Editorial Katz, Madrid, 2008.
2) Entre las minucias del paísito podría considerarse el costo, asombroso, del galpón de chapa erigido para recibir la donación; algunos cientos de colchones, almohadas, frazadas, chapas de zinc, botas y otros calzados… lo depositado más el depósito propiamente dicho, ha costado casi medio millón de dólares. Es decir, los militares donantes han informado que ése es el monto desembolsado. Confiemos en la contabilidad castrense estadounidense y que así como han sido tan generosos con el Uruguay no hayan sido igualmente generosos con los proveedores…
3) Groucho.
4) Ob. cit.,, p. 362.
5) Ob. cit., p. 329. Entrados al s. XXI, vimos a A. Negri y M. Hardt predicando algo similar, sólo que autocalificándose de izquierda. Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002.

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2013/02/832050.php

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El carrito

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada.

Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.

Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.

Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?

Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.

El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.

César Aira
17 de marzo, 2004

fuente: www.elortiba.org

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Cambio de ruta

El martes 17 de mayo de 1980 el ferrocarril Antofagasta-Oruro dejó la estación chilena emprendiendo un viaje rutinario. El convoy estaba integrado por un vagón postal, otro de mercancías y dos de pasajeros, de primera y segunda clase respectivamente.
      
Viajaban muy pocos pasajeros, y la mayoría de ellos bajó en Calama, a mitad del largo camino hasta la frontera con Bolivia. Los que quedaron, cuatro en el vagón de primera y ocho en el de segunda, se dispusieron a dormir estirados en los asientos, agradablemente mecidos por el balanceo del tren que con fatigosa lentitud treparía los tres mil y tantos metros hasta llegar a los pies del volcán Ollagüe y al pueblo del mismo nombre.
      
Allí, los pasajeros que desearan seguir viaje a Oruro debían tomar un tren boliviano, y el expreso Antofagasta-Oruro seguiría unos cien kilómetros más por territorio chileno hasta parar en Ujina, final del viaje. Por qué el expreso se llamaba Antofagasta-Oruro, y no simplemente Antofagasta-Ujina, es algo que nadie entendió jamás y el asunto permanece así todavía.
      
Era un viaje aburrido. La pampa salitrera murió hace demasiado tiempo y los pueblos abandonados hasta por
los fantasmas de los mineros no ofrecían ningún espectáculo digno de mención. Hasta los guanacos, que a veces languidecían de tedio mirando el paso del tren con expresión idiota, eran aburridos. Uno ve uno y con los ha visto todos.
      
De tal manera que dormir a pierna suelta una vez agotadas las botellas de vino y las conversaciones constituía la mejor perspectiva del viaje.
      
En el vagón de primera viajaban una pareja de recién casados que deseaban conocer Bolivia _planeaban llegar hasta Tiahuanaco_, un comerciante de lencería con asuntos pendientes en Oruro, y un estudiante de peluquería que había ganado el pasaje de ida y vuelta hasta Ujina en un concurso de radio. El futuro peluquero viajaba no muy convencido de si semejante premio recompensaba con justicia el haber respondido bien las veinte preguntas del concurso «El cine y usted».
     
En el vagón de segunda trataban de dormir un boxeador de la categoría welter que en tres días más habría de enfrentar en Oruro al campeón amateur boliviano de la misma categoría, su manager, el masajista y cinco hermanitas de la caridad. Las monjas no pertenecían a la delegación deportiva y se quedarían en Ollagüe para hacer unos ejercicios de retiro espiritual.
      
El tren llevaba a dos maquinistas, el encargado del vagón postal y un revisor.
La locomotora diesel arrastraba el convoy sin contratiempos. Llevaban dieciocho horas de viaje desde que salieran de Antofagasta y bordeaban los primeros farallones que custodian el volcán San Pedro y sus casi seis mil metros de altura. Unas cinco horas más de viaje y entrrían en Ollagüe alarmando a los muerciélagos de los campanarios.
      
El maquinista al mando vio aparecer súbitamente un banco de niebla y no le concedió importancia. Los bancos de niebla también eran detalles rutinarios, pero por si  las moscas, aminoró la marcha. El otro maquinista dormitaba sentado. Percibió la maniobra y abrió los ojos.
_¿Qué pasa? ¿Los guanacos de nuevo?
_Niebla, Muy espesa.
_Dale no más.
     
La locomotora entró como un dardo en el banco de niebla y el maquinista descubrió algo desacostumbrado. El rayo de luz del reflector no perforaba la niebla. Se dibujaba redondo, como proyectado contra un muro gris y húmedo. Instintivamente disminuyó la marcha al mínimo y el compañero volvió a abrir los ojos.
_¿Qué pasa?
_La niebla. No se ve nada. Nunca antes vi una niebla tan espesa.
_Cierto. Será mejor detener la máquina.
Así lo hicieron. El tren retrocedió unos centímetros y se quedó quieto.
      
El maquinista al mando abrió una ventanilla y asomó la cabeza tratando de mirar hacia el haz de luz, pero no vio el vigoroso haz de luz del faro. En realidad no vio absolutamente nada, y alarmado entró de nuevo la cabeza.
Al mirar hacia adelante tampoco pudo ver el reflector encendido.
_Mierda. Se nos fundió la bujía.
_Qué diablos. Vamos a cambiarla.
Tomaron una nueva bujía y salieron a la pasarela cargando una caja de herramientas. Los dos hombres portaban linternas de mano. El primero en salir dio dos pasos y se detuvo. Pensó que le fallaba la linterna, mas, al volverla hacia arriba, comprobó que estaba encendida. La luz no conseguía traspasar la niebla, se proyectaba un par de milímetros desde el vidrio y moría.
_Socio, ¿estás ahí?
_Sí, detrás de ti. Pero no te veo.
_Me está entrando julepe. Dame la mano.
Tantearon en la oscuridad absoluta, se tomaron de la mano y, con los cuerpos pegados a la baranda de la pasarela, avanzaron hasta el reflector. Estaba encendido. Al pasar la mano por el vidrio protector, el poderoso haz de luz la tornaba transparente, pero no conseguía pero no conseguía penetrar ni un centímetro en la niebla.
_Volvamos. Hay que esperar no más.
De regreso a la cabina de mando, el segundo maquinista accionó las perillas de la radio para comunicar la detención y el posible atraso a la estación de Ollagúe.
_¡Cresta! ¡Por la grandísima cresta!
_Y ahora ¿qué?
_La radio. Está muerta. No funciona.
_No más nos faltaba esto. ¿Qué hacemos?
_Esperar. Y con paciencia.
Las horas empezaron a sorrer lentas, como en todas las situaciones de incertidumbre. Dieron las cuatro de la mañana, las seis, la hora prevista para llegar a Ollagüé, las siete y se cumplieron las veinticuatro horas desde que salieran de Antofagasta. La niebla seguía igual. Densa, tanto que impedía el paso de la luz diurna, la lacerante luminosidad de los amaneceres andinos.
_Hay que hablar con los pasajeros.
_De acuerdo. Pero vamos juntos.
Tomados de la mano, los dos maquinistas bajaron de la locomotora y, pegando los cuerpos al tren, llegaron
hasta el vagón postal. El encargado se alegró al escucharlos y se les unió en pos del vagón de primera clse. Subieron. El revisor, que se desgañitaba dándo explicaciones al lencero, los recibió con alivio.
_¿Hasta cuándo vamos a estar parados? Me están esperando negocios importantes en Oruro _alegó el hombre.
_¿No se ha asomado a la ventana? ¿No ve la niebla que hay afuera? _respondió uno de los maquinistas.
_¿Y qué? Las vías siguen en el suelo _agregó.
_Sea sensato. Los maquinistas saben lo que hacen _indicó la recién casada.
_Socio, anda a buscar a los pasajeros de segunda. Es mejor que estén todos juntos.
      
El aludido cruzó al otro vagón, y los primeros en aparecer fueron el boxeador y sus técnicos. El púgil mantuvo abierta la puerta para que pasaran las monjas.
Luego de una corta discusión, que reveló que los recién casados y el estudiante de peluquería eran los únicos dotados de paciencia en el grupo, acordaron qué estrategia seguirían.

Según los cálculos de los maquinistas, se encontraban muy cerca del volcán San Pedro, en un tramo de curvas cerradas que desaconsejaban mover el tren en medio de aquella niebla, pero también era posible que el banco de niebla no fuera demasiado extenso. Tal vez se terminara en la próxima curva y, si era así, estaban dispuestos a reanudar la marcha a la vuelta de la curva. Pero antes debían estar seguros y por lo tanto un voluntario tenía que acompañar a uno de los maquinistas en la caminata exploratoria por las vías. El boxeador se ofreció de inmediato argumentando que le vendría muy bien un poco de movimiento.

Para no verse obligados a caminar tomados de la mano, el boxeador y el segundo maquinista se ataron por la cintura mediante una cuerda, como los alpinistas, y emprendieron la marcha. No alcanzaron a dar un paso y ya los pasajeros asomados a la puerta los habían perdido de vista. Pero la ausencia no duró demasiado.
Arrastrando al púgil, que no entendía la decisión de volver, el maquinista regresó hasta el grupo.
_Estamos sobre un puente -dijo el ferroviario.
_¿Qué? ¡Si no hay un solo puente en todo el trayecto! _dijo el otro.
_Lo sé tan bien como tú. Pero ahora estamos encima de un puente. Ven conmigo.
Soltaron al boxeador y los dos maquinistas se unieron por medio de la cuerda.
Los hombres no se veían. La humedad de la niebla tornaba desagradable la respiración.
_Pisa los durmientes. Vamos a dar dos pasos. Listo. Ahora trata de apoyar el pie entre medio de los durmientes.
      
El otro ferroviario estuvo a punto de perder el equilibrio. El pie atravesó la niebla sin encontrar resistencia.
_La puta. Es cierto. ¿Dónde estamos?
_¿’I’ienes algo pesado? Quiero saber si hay agua abajo.
_Entiendo. Atento. Voy a botar la linterna.
Esperaron conteniendo la respiración todo el tiempo que pudieron, pero no escucharonn el ruido esperado. No escucharon ningún ruido.
_Pues parece que es alto. ¿Dónde estamos?
Regresaron al vagón y sus rostros perplejos enmudecieron a los pasajeros.

Las monjas repartieron los restos de café que llevaban en termos, el comerciante de lencerías revisó su agenda de compromisos, los recién casados se tomaron de las manos, el boxeador se paseó nervioso de un extremo a otro del vagón mientras el manager jugaba a las damas con el masajista y el estudiante de peluquería sacó con timidez un radio transistor de su bolso.
_¡Buena idea! A lo mejor hay información del tiempo. Son las siete de la mañana y es hora del noticiero _exclamó uno de los maquinistas.
      
Se arremolinaron cerca del muchacho y, en efecto, escucharon el noticiero, con incredulidad primero, con desazón luego, y finalmente con resignación ante la evidendencia.
El locutor habló del trágico descarrilamiento del ferrocarril Antofagasta-Oruro ocurrido la pasada noche en las proximidades del volcán San Pedro. El convoy, al parecer por un fallo en el sistema de frenado, había saltado de las vías y caído en un precipicio. No había supervivientes, y entre las víctimas se encontraba el destacado deportista…

Se miraron unos a otros en silencio. Ninguno cumpliría sus planes ni llegaría a tiempo a las citas concertadas. Otra invitación inescrutable y ajena al paso del tiempo los convocaba a pasar al otro lado del puente, cuando se levantara la niebla.

Luis Sepúlveda

fuente www.jesusfelipe.es/luis_sepulveda.htm#________Cambio_de_ruta

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