La sociedad del pánico

El tema del pánico es muy actual. Suceden actos horribles constantemente y el pánico en que se convierte es una cuestión que nos involucra a diario. No hablamos más de la sociedad “chiflada” de lo “piantados” que estamos, sino que usamos una terminología de la psiquiatría. El Pánico hace que los pacientes sufran muchísimo.

¿A quién le hace falta semejante superlativo?

Pocos días atrás hubo un atentado en Niza. Una pequeña ciudad preciosa del Mediterraneo. Los que fueron asesinados eran niños y adultos acompañantes.

Se habían reunido en una plaza para presenciar los fuegos artificiales de la fiesta de verano. Cuando empezaron los fuegos y la fiesta, los embistió un camión con explosivos que estalló. Todo ocurrió de repente, inesperadamente. Nadie sabía reaccionar al horror. Atónitos y en pánico, corrían, gritaban desesperados. Los periodistas que estaban allí para acompañar e informar sobre la fiesta, tuvieron que trasmitir lo increíble que les tocó vivir. Repetían con angustia, que no eran especialistas para este tipo de transmisión. Las informaciones y, sobre todo la televisión, hicieron vivir la experiencia de lo que sucedía como si estuviéramos allí mismo.

Actos de terrorismo semejantes han sucedido repetidas veces en el último tiempo.

Las reacciones de los políticos que hablan después, me dan muchas veces la sensación de una obra de teatro muy mal ensayada. Ya son varias las veces que se repite. Hablan un momento del duelo, de tristeza, de condolencia. Pasan luego y rápido a lo que tiene características de arenga; a no tener miedo, tener valor y patrióticamente a no ceder. Los valores de “nuestra sociedad libre” no se entregan. No se dan cuenta que haciendo así provocan y no consuelan y toman justamente la actitud de guerra que buscan los que provocan. Buscan lo sensacionalista y provocan el odio de las víctimas.

Los que amenazan con terror, lo hacen para producir miedo y pánico. Es inevitable que logran lo que se proponen, si los que reaccionan toman parte en las reglas del juego. Consejos que instan a no tener miedo, palabras que invitan a no sentir lo que se siente, son vanas e inútiles. Pertenecen a una pedagogía anticuada.

Sería sincero y veraz aceptar que sí, se tiene miedo, pánico y denunciar la incapacidad de hablar de aquellos que hacen estallar explosivos. El tema son las debilidades. Todos podemos hacer daño. Destruir y dañar es mucho más fácil que construir. La incapacidad de los que actúan y llenan a la gente de horror no se denuncia. No se habla de la cobardía de aquellos que tienen que actuar, matar, por ser incapaces de tratar y de hablar.

Las naciones en Europa no tienen guerras entre sí desde hace unos 60 años. Es una novedad histórica. Nunca se dio antes. Parece ser que se ha desarrollado un método con buenos resultados. Se exportan armas y las guerras se dan en otros lejanos lugares, tal vez en otro continente. A los países europeos les va económicamente mejor que nunca, esto consolida la unión de los diversos estados. Escribo desde Suiza, país en auge, según dicen, el país más rico del mundo en este momento, que no pertenece a la Unión Europea. Hace unos ochocientos años que no participa en las guerras. ¡Esto tan feo lo hacen los otros! Pero sí producen material bélico que se vende a los que lo usan.

El título de esta revista se refiere a lo social. Cotidianamente los medios de prensa nos confrontan con informaciones de vandalismos, agresiones y actos de terrorismo que producen miedo. Lo que a pánico se refiere, lo quiero aclarar más adelante.

Como psicoanalista trabajo con mis pacientes sobre sus miedos. Si me aproximo a lo social, deseo hacerlo con mucha cautela, ya que estoy habituado a la configuración en los tratamientos donde mis puntos de vista los verifico con el diálogo. Produzco ideas para luego discutirlas.

Si los pacientes no están en condiciones de discutir, se vuelve esto el tema primordial, hasta hacerlo posible. Solo podemos trabajar juntos, cuando se da la capacidad del diálogo. Con la sociedad, con el pueblo esto no es factible. Los periodistas suelen publicar sus maneras de pensar que no son verificables. La sociedad del pánico la puedo intentar describir desde mis puntos de vista, que hacen hincapié en los desarrollos económicos y sociales.

Leyendo el número anterior de Topía, quiero solo ejemplificar cómo se da la práctica actualmente y agregar lo que sucede aquí. Estoy muy de acuerdo con la opinión de Renán Vega Cantor “Neoliberalismo y violencia”. No creo que todo haya empezado en Chile, sino que el capitalismo con sus formas es viejo. África es el continente de los experimentos de dominación.

Los instrumentos de la violencia cambian, se desarrollan según la sociedad en las que se usa. Aquí en Suiza no se ven policías armados para enfrentarse con la gente que protesta.

El método de las protestas y huelgas ya casi no existe. Si en una empresa los empleados no están conformes, se transfiere la producción del mismo producto a otro país, donde la mano de obra es mucho más barata y conveniente para los jefes “pudientes”. Los gremios y las entidades de los trabajadores han perdido su instrumento de lucha clásicos y pasan por una gran debilidad e impotencia porque el neoliberalismo se nutre de la globalización y de los desarrollos tecnológicos que minimizan el efecto de las fronteras nacionales.

Por ejemplo, sé que si hoy voy a comprar ropa relativamente barata, si bien lleva el sello que es suiza, una parte de la producción se hizo en otro país, por ejemplo India, Vietnam, Bangladesh… Donde las condiciones de los trabajadores es infinitamente inferior y la mano de obra es mucho más barata. Tal vez el empaque se hizo aquí para estampar el sello, “made in Switzerland”.

La clase pudiente es cada vez más rica, los otros tienen cada vez menos. Parece como una tijera que cada vez se va abriendo más. Los extranjeros significan para Suiza un problema. Hay mano de obra que viene de los países limítrofes a trabajar cada día. Residen en Italia, Francia, Alemania, Austria, donde los costos de vida son inferiores, aquí ganan más. Pasan todos los días laborables la frontera, para regresar a descansar a su país.

También los inmigrantes significan un peligro para los trabajadores. Los que llegan como fugitivos, están dispuestos a trabajar con sueldos muy bajos, solo para salir de las penurias de sus países de origen. Por razones de tradición humanitaria el país que fundó la Cruz Roja, frente a la situación internacional con unas veinte millones de personas huyendo, no puede abandonar su responsabilidad de ayudar. Llega un número limitado de fugitivos que va a tener que pasar por muchas penurias.

La derecha usa esta situación. Promete cerrar las fronteras, limitar los inmigrantes y conservar los puestos de trabajo nacionales, reduciendo los impuestos, porque no habría gastos para extraños. Los discursos se atreven a explicar desventajas económicas con los extranjeros, ocultando así los problemas internos. Pero son los mismos que se enriquecen por la situación creada.

Cerca de mi casa hay una mezquita. Por lo general el público ni se da cuenta que existe. Está construida en un barrio que fue industrial. Las fábricas no existen más. Allí se construyeron nuevas viviendas. Hace poco se hizo conocida, porque varias veces apareció la policía. Se dice que en este lugar el “An’Nur Imam” recluta jóvenes para la Yihad (Estado Islámico).

Los temores, los miedos son incómodos a veces, pero imprescindibles. Varios fieles viajaron, fingieron ir de vacaciones a Turquía y pasaron así a Siria. Allí al adiestramiento militar y luego a la guerra. Mellizos menores de edad fueron y murieron. Otros jóvenes fueron y otros quieren ir, para ser mártires y héroes inolvidables. En esta sociedad no encontraron su lugar, les hace falta orientarse, tener pertenencia y ser importantes.

Pero no solo ellos van a los frentes bélicos, sino que aquellos que quieren defender los valores “humanitarios” van a enfrentarse y combatir. Al otro lado de la frontera, han sucedido actos atroces, insólitos de terrorismo hace muy poco. Aquí la policía está en alerta y muy presente. Justamente tanta presencia produce desconfianza. En las fiestas, en donde se baila o se hace deporte, siempre que se reúne gente lo hace con la presencia de la vigilancia.

El terrorismo intenta crear un clima de horror, miedo extremo, de alarma extrema. Las imágenes dolorosas de violencia inmensurables, asesinatos, destrucciones, ejecuciones y atentados suicidas dominan las publicaciones de prensa cotidianas. El mundo Occidental se ve confrontado con un tipo de guerra diferente, nuevo.

Desde aquel famoso once de septiembre de 2001, sigue el lugar de “lo malo“ en Medio Oriente. Hay muchas guerras en el mundo de las cuales el público se entera muy poco. Nos informan, luego desaparecen de las publicaciones y por lo general nos olvidamos. Estamos saturados de informaciones. Muchas veces producen noticias sensacionalistas, sobresaltos, sustos. Son tantas las informaciones, que superan la capacidad de la memoria. Saturados y como aceptando la impotencia, nos olvidamos.

Mientras escribo, esto están falleciendo de hambre, sed, por los bombardeos y los proyectiles más o menos un millón de personas en Alepo (Siria). Hay una guerra que no se declara, se da de repente, de sorpresa, en situaciones inesperadas en un acto irracional, psicótico. Es gente desesperada, que antes de suicidarse, asesina a quien puede… subrayan que no todo va bien. Disparan con ametralladoras, ponen bombas, dinamita, agreden a cuchilladas, a veces sin palabras, otras gritando, aullando el motivo de la desesperación.

El terrorismo provoca mucho miedo y desconcierto y, a veces, pánico. El Estado Islámico lucha contra la cultura y la sociedad del oeste. Pero también hay jóvenes, suicidas, francotiradores, que matan así no más, asesinan y se suicidan. No todos lo hacen por razones de fanatismo religioso con ideologías islamistas. Los motivos, individualmente vistos, son múltiples. Por lo general, luchan desesperadamente contra la frialdad, la indiferencia, agotados y con una acumulación de odio matan. Hay enfermos psíquicos que asesinan y aquellos que se suicidan solos. Existen los que matan y luego se matan.

En el mundo occidental se habla del auge del “Populismo“ en política. Es una manera superficial de explicar por qué gana en las votaciones la derecha. Pensar en los errores que comete y cometió la izquierda cuando está en el poder es mucho más difícil y comprometedor. Obligaría a ser creativos y aquí se impone siempre la pregunta :¿podemos? ¿No somos solidarios si criticamos y buscamos caminos?

La derecha usa interpretaciones rápidas, que confirman una y otra vez lo que ya sabemos. Palabras vanas circulan y apoyan el sistema acostumbrado. Se aprovechan de las frustraciones, ira, desilusiones y resentimientos para producir promesas que no son realizables. Políticos hábiles, reaccionarios utilizan el método para manipular y mentir, hacen promesas que crean nuevas esperanzas y hacen repetir las desilusiones, creando un clima de violencia.

Me parece que estas realidades están presentes en todos los países encadenados en el sistema del capitalismo neoliberal y sus consecuencias sociales. Menor valor adquisitivo del dinero, empobrecimiento de la clase media, también despidos, porque la automatización anula puestos de trabajo.

Muchos jóvenes desesperan por no saber qué rumbo profesional y social tomar en el futuro. No encuentran un rumbo en la sociedad para sus aspiraciones, parecen existir sin meta y en constante crisis de sus identidades. El suicidio asesino les da un papel de una “importancia” terrible, los hace famosos y muchos esperan ser vistos como héroes.

Peligrosamente reflexionando así, la política tiene una visión de la sociedad considerando cuestiones emocionales y sentimientos heridos de la autoestima. El siguiente paso lógico es tratar a los ciudadanos como casos de terapia. Usan los conocimientos de Psicopatología. Toman una actitud terapéutica de cuidado hacia los supuestamente “simples” o las personas “pequeñas” puestas cada vez más en duda. Así se da la impresión que precisamente estas personas no son tomadas en serio ya que sus necesidades provienen de una patología.

Nietzsche y Max Scheler estudiaron los resentimientos. Ambos estuvieron de acuerdo que los reproches y los resentimientos surgen de la incapacidad de transformar las emociones en acciones útiles. La falta de efectividad para cambiar las condiciones no complacientes de la vida, hacer crecer el descontento, el enojo, la ira, la violencia y si todo fracasa la desesperación.

Pánico es un término nuevo, que surge en nuestra época, se usa como superlativo del miedo. Pertenece en la nomenclatura médica a las patologías.

Aquí la descripción que presenta Wikipedia:

Síntomas del trastorno de pánico: DSM-IV. El trastorno de pánico con (o sin) agorafobia se valora según los criterios diagnósticos del DSM-IV (cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de la forma siguiente:

A. Cumplimiento de los requisitos (1) y (2):

1. Ataques de pánico periódicos e inesperados.

2. Al menos uno de los ataques ha sido seguido durante 1 mes o más de al menos uno de los siguientes aspectos:

– Persistente preocupación por tener nuevos ataques.

– Preocupación por las implicaciones del ataque o por sus consecuencias (por ejemplo: perder el control, sufrir un ataque cardíaco, “volverse loco”, etc.).

Por lo general el pánico aparece en combinación con otras enfermedades. Tuve que tratar pacientes con este sufrimiento que habían superado la tortura y estaban aun en vida.

S. Freud en sus trabajos le dio gran énfasis al tema de los miedos, el “pánico” como tal no lo trató. Según su procedencia y motivo, intentó diferenciar los “Miedos Reales“ de aquellos que serían consecuencia de elaboraciones intrapsíquicas complejas que llamó “Fobias”. Éstas se convirtieron en un tema central de la investigación psicoanalítica. Muchas de sus publicaciones llevan como título “Fobia”.

Nos ponemos contentos, felices, orgullosos cuando podemos superar miedos. Buscamos situaciones en donde poder hacerlo. Es uno de los motores centrales de la iniciativa humana llegar a la posibilidad, ponernos en condiciones de vencer lo que nos frena, inhibe o presenta dificultades.

En los parques de diversiones los juegos que producen miedo son los más visitados, los juegos virtuales de internet, las apps que estimulan lo sensacional, el suspenso consisten por lo general en la habilidad de superar miedos. Se escalan montañas imposibles, se superan abismos, excavan túneles, se vuela al espacio. Hasta se construyó un avión que funciona con energía solar.

Se inventan cuentos que superan miedos. La capacidad de pensar en abstracciones, crear metáforas, analogías y símbolos es esencial para la creatividad humana y la actividad psíquica. El Miedo tiene como señal una función central en el organismo psíquico; avisa, solicita atención, es el sentimiento que pone en acción, la alarma. El Miedo inicia, despierta, despabila, busca, aclara el consciente. Usamos nuestra inteligencia para prevenir.

Semánticamente y en sinónimos tenemos en castellano cuarenta y ocho palabras para comunicar sentimientos cercanos a miedo. Pánico, espanto, atrocidad, horror, son superlativos. “No tengas miedo…” es una frase que se oye mucho, a veces en los educadores. También la usan los políticos. Se quiere decir así que somos fuertes, capaces, sobre todo no débiles, estamos en condiciones de superar una situación, un motivo o evento que produce miedo.

Pero también se la puede intentar inculcar a soldados para que obedezcan y vayan a la guerra, hasta a un pueblo, una nación para que piense en una manera que conviene. Esta arenga, esta exaltación maníaca puede reducir la función del consciente, reducir la crítica necesaria y seducir.

La capacidad de aceptar los peligros, enfrentarse seriamente con ellos, para superarlos veraz, adecuada y sinceramente es la fuente de la tranquilidad y confianza.

publicado en revista Topía nº78, Noviembre 2016, Buenos Aires.

fuente: https://www.topia.com.ar/articulos/sociedad-del-panico

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El consumismo domestica al sujeto a través de las mercancías

El dinero es una relación de poder sobre las personas y las cosas. Siempre fue un símbolo, un hecho cultural sostenido en la creencia de sus emisores. De allí su carácter fantástico donde puede ser visto como “la representación del diablo” o, por lo contrario, ser elevado a la categoría de un dios al cual se le ofrecen todos los sacrificios necesarios.

Si recorremos brevemente la historia del dinero, tenemos que diferenciar tres etapas: 1º) Al inicio tiene un origen en los ritos religiosos como sustituto de las ofrendas sacrificiales en honor a los dioses; 2º) En el Renacimiento se lo intenta transformar en una pasión compensadora para enfrentar las pasiones destructivas y peligrosas del ser humano y 3º) El dinero en el capitalismo se presenta como un fetiche-mercancía autónomo de las relaciones sociales hasta llegar a su estado actual de virtualización.

El dinero como culto sacrificial

En los primeros tiempos de la civilización, la relación de los humanos con la naturaleza es a través de un pacto mágico-religioso con dioses que podían conjurar los peligros que acechaban a la reproducción de la vida; pagaban el tributo a la divinidad por medio de sacrificios. Según el filósofo Horst Kurnitzky este culto sacrificial da origen al dinero. Si originalmente en algunas culturas se sacrificaban personas para asegurar una buena cosecha, luego son utilizados animales. Más adelante se crea el dinero como una forma de sustituir el sacrificio animal. Nos dice este autor, que entre griegos, romanos, indios y germanos se sacrificaban bóvidos; por lo que se empleaban las mismas palabras para denominar “ganado” y “dinero”. Los romanos denominaban al ganado pecus, lo que derivó en el nombre de su dinero: pecunia y que llegó hasta la actualidad con la palabra pecuniario. Estos intercambios entre los humanos y los dioses tenían un carácter sacro, por ello, los primeros en acuñar monedas fueron los sacerdotes y las casas de monedas, los templos. En estas monedas se grababan figuras de animales sagrados, representantes de los dioses consagrados en los templos.

En occidente la economía sacrificial recorre un camino que va de este intercambio primario mágico-religioso al intercambio económico. Sin embargo, este pasaje no está exento de dificultades. San Agustín aporta las directrices básicas del pensamiento medieval denunciando el deseo de tener dinero y posesiones como uno de los pecados principales del Hombre Caído. En este sentido el catolicismo establece la distinción entre el clero secular y las órdenes religiosas en función del grado de renunciamiento. El clero secular renuncia solamente al matrimonio; los religiosos a todos los bienes de la tierra, quedando subordinados en cuanto a su economía privada a la administración de un superior. Esto no impedía que cuando las comunidades se desarrollaban, los monjes hicieran trabajar para ellos a los siervos y a los esclavos. También tuvieron influencia en la colonización de Europa y en la economía agrícola precapitalista. Si bien la iglesia tenía una posición en teoría contraria hacia la usura, los monasterios junto con los judíos y los lombardos, fueron la base del crédito en el Medioevo. La riqueza de la iglesia se acrecentaba con las rentas de sus propias tierras y los bienes en especie o en metálico de los fieles, además del diezmo de todas las tierras y productos agropecuarios. No obstante, el dinero es visto como el “estiércol del diablo” por los sectores cristianos y aristocráticos. Obviamente esto no impedía la vida fastuosa que llevaban los miembros de la iglesia y de la nobleza.

En el Renacimiento, a partir de Hobbes y Maquiavelo, se comienza a plantear que se debe contemplar al “hombre tal como realmente es”, para lo cual debe buscarse un freno a las pasiones más peligrosas y destructivas. Es el Estado el que debe cumplir este objetivo. Por ello, todo orden social y político se justifica por sí mismo. Sus posibles injusticias son una retribución por los pecados del Hombre Caído; aunque se reconoce que la solución represiva tiene sus dificultades ya que pueden llevar a excesos por parte del soberano. Buscar una pasión compensadora a la violencia del ser humano es una de las necesidades teóricas, filosóficas y políticas que se plantean en esa época.

Uno de los primeros filósofos en elaborar una teoría de las pasiones es Spinoza. En la Ética sostiene que el ser humano enfrenta a las pasiones tristes (el odio, la melancolía, la depresión, etc.) con la fuerza de las pasiones alegres (el amor, la solidaridad, etc.). Por ello afirma: “Un afecto no puede reprimirse ni quitarse, sino por un afecto contrario y más fuerte que el afecto a reprimir.” Pero Spinoza veía la complejidad de trasladar esta idea al campo de la política tal como funcionaba en esa época. No obstante ya estaban dadas las condiciones para pensar que “la pasión por el interés”, “la avidez de adquisiciones de bienes y posesiones” o el “amor por la ganancia” podían enfrentar y frenar a otras pasiones como la ambición, el ansia de poder, el deseo sexual. Adam Smith afirmaba que “el aumento de la fortuna es el medio por el cual la mayor parte de los seres humanos aspiran a mejorar su condición.” Esta creencia en que la búsqueda de los intereses económicos podría considerarse en una motivación dominante del comportamiento humano llevo a que se creyera que por fin se había descubierto una base realista para un orden social estable. Es así como se vuelve popular el término la douceur del comercio. Una palabra que significa “dulzura”, “calma” y “amabilidad” y es lo contrario de la violencia. Montesquieu afirma que “el comercio… pule y suaviza los modos bárbaros, como podemos verlo cotidianamente.”

Un siglo después, cuando Marx explica “la acumulación primitiva del capital” y relata los episodios de explotación y violencia propios de la industrialización y la expansión comercial europea, exclama con ironía: “He aquí como se las gasta el deux commerce.” La idea de que la ganancia de dinero era una pasión tranquila solo fue abandonada cuando el desarrollo capitalista hizo evidente la pobreza de millones de personas, el desempleo y las crisis cíclicas. Es decir, se dejo de suponer que el capitalismo lograría exactamente lo que pronto se denunciaría como una de sus propias características: el sacrificio de aquellos que transforma en pobres y marginados. Aunque algunos economistas como John M. Keynes seguían sosteniendo que “ciertas inclinaciones humanas peligrosas pueden orientarse por cauces comparativamente inofensivos con la existencia de oportunidades para hacer dinero y tener riqueza privada que, de no ser posible satisfacerse de este modo, puede encontrar un desahogo en la crueldad, en temeraria ambición de poder y autoridad y otras formas de engrandecimiento personal.”

Keynes y el psicoanálisis

A fines del siglo XIX se constituyó en Londres, en el barrio de Bloomsbury, un grupo de intelectuales con un pensamiento crítico de la cultura dominante. El grupo de base estaba constituido por egresados del Trinity College de Cambridge como Lytton Strachey, Leonard Woolf y Clyde Bell. Luego se incorporaron otras destacadas personalidades entre los que podemos mencionar a John M. Keynes, Bertrand Russel y Ludwig Wittgenstein. Leonard luego de casarse con Virginia Woolf revisó una traducción de Psicopatología de la vida cotidiana para el diario New Weekly. También uno de sus miembros creó una editorial donde publicaba muchos autores de vanguardia entre los que se encontraba Sigmund Freud. Esto permitió que el grupo de Bloomsbury estuviera cercano a sus ideas. Inclusive al final de la Primera Guerra Mundial James Strachey -hermano menor de Lytton y traductor al inglés de las obras completas de Freud- y su esposa Alix se fueron a Viena para analizarse con Freud. La pertenencia de Keynes a este grupo hizo que conociera muchas ideas psicoanalíticas, en especial, las relacionadas con el dinero. De allí que en sus obras hace referencia no solo a Freud, sino también a Ferenczi y Jones. Las consideraciones psicoanalíticas acerca del erotismo anal fueron explicitadas por el economista inglés; lo cual permitió aumentar en gran medida la difusión del psicoanálisis en Europa.

La asociación establecida por Freud entre las heces y el dinero, la podemos encontrar en datos de la antropología. Símbolos, leyendas y ritos religiosos recuerdan como se le ha adjudicado a las heces una relación con el oro y el dinero. También en las expresiones populares y refranes. Decimos que aquella persona que tiene riqueza “apesta a dinero” y quien no tiene nada “esta estreñido”. En el lenguaje económico se habla de “dinero líquido”, “dinero negro” o “blanqueo de dinero”.

En esta perspectiva, cuando Freud describe el desarrollo libidinal, plantea que “la caca es el primer regalo, una parte de su cuerpo de la que el lactante solo se separa a instancias de la persona amada y con la que le testimonia también su ternura sin que se lo pida… ‘En torno de la defecación se presenta para el niño una primera decisión entre la actitud narcisista y la del amor de objeto. O bien entrega obediente la caca, la “sacrifica” al amor, o la retiene para la satisfacción autoerótica o, más tarde, para afirmar su propia voluntad.’ Es probable que el siguiente significado hacia el que avanza la caca no sea oro-dinero, sino regalo. El niño no conoce otro dinero que el regalo, no posee dinero ganado ni propio, heredado. Como la caca es su primer regalo, transfiere fácilmente su interés de esa sustancia a la que guarda en la vida como regalo más importante.”

Esta fase anal se sitúa aproximadamente entre el segundo y el tercer año; en ese momento los niños suelen adquirir el control de esfínteres y se caracteriza la organización de la libido bajo la primacía de la zona anal. La relación con el objeto tiene significaciones vinculadas a la función de defecación y el control del esfínter anal, como la expulsión y la retención de las heces. Estos se convierten en el prototipo de las funciones del dar y el retener, lo que permite la construcción de la equivalencia simbólica entre heces / regalo / dinero. Este proceso de simbolización dará lugar a ciertos rasgos de carácter en el adulto como el orden, la avaricia y la testarudez. De esta forma Keynes encuentra una correspondencia entre la economía y los procesos psíquicos de adquisición-incorporación-asimilación / retención-ahorro-tacaño / expulsión anal-despilfarro. Podemos decir que es uno de los primeros economistas que se preocupan por dar cuenta de los factores subjetivos en el funcionamiento de las leyes económicas. Aunque es Carlos Marx quien establece en la teoría del “fetichismo de la mercancía” el lugar de la subjetividad en el dinero en tanto “dinero-mercancía”.

El dinero como fetiche-mercancía

El esclarecimiento del carácter religioso, misterioso, fantástico o fetichista de las mercancías es uno de los aportes más importantes de Marx a la crítica de la economía política. La particularidad de la sociedad capitalista -en relación a las anteriores formas de producción- es la fetichización de las relaciones de trabajo para la producción de mercancías. Sus consecuencias fueron develadas por Marx cuando sostiene que, con la aparición del capital “El producto es fabricado como valor, como valor de cambio, como equivalente; ya no es fabricado según su relación inmediata, personal con el productor”. Este viene a ser esclavo de su necesidad tanto como de las necesidades del prójimo. Todo el poder ejercido por cada individuo sobre la actividad de los demás proviene de su posesión de los valores de cambio, del dinero, mediador de poder social.

Cualquiera que sea la manifestación y naturaleza particular de su actividad, toda ella se convierte en valor de cambio, abstracción en la que se niega y se borra toda subjetividad. Ante los sujetos indiferentes, el carácter social de las actividades y de los productos aparece proyectado en las cosas que adquieren un aspecto mágico de relaciones entre las cosas. Este carácter fetichista de las cosas y las relaciones humanas, lleva a que detrás de la relación social abstracta de los productos transformados en valores, se esconde la realidad concreta de las relaciones de los sujetos en la sociedad. En este sentido afirma Marx: “El trabajo creador del valor de cambio se caracteriza por el hecho de que la relación social entre las personas se presenta en cierto modo invertida, es decir, como una relación entre las cosas”. Y continua “El comportamiento atomista de los hombres en el proceso social de su producción y, por lo tanto, la reificación que asumen las relaciones productivas al escapar al control y a la acción del individuo consciente, se manifiesta en primer término en que los productos de su trabajo revisten generalmente la forma de mercancías. Por ello, es que el enigma del fetiche-dinero no es otra cosa que el enigma del fetiche-mercancía, su clave definitiva”.

En cuanto a su valor, cada mercancía es expresión de una cantidad de trabajo abstracto. Es decir, de trabajo generado en las condiciones de productividad media vigentes en una sociedad determinada. Es trabajo social, un promedio de la productividad que existe en cierto momento en esa sociedad. El valor se expresa en dinero que en la sociedad capitalista se transforma en una mercancía en tanto es una relación de poder sobre las personas y las cosas. Como plantea Pablo Riesnik: “el dinero es la representación más genérica del valor como equivalente universal, de una relación social que toma la forma de cosa. Una relación social que inclusive ‘desaparece’ bajo la forma de cosa, puesto que es la cosa la que se presenta ella misma con atributos y poderes sociales. El dinero es mercancía, manifestación esencial del valor, ícono del mundo del vendo y compro.

Es también el dinero la mediación por la cual, en la sociedad capitalista, el hombre y su fuerza creadora se transforman en objeto de alienación, puesto que el hombre enajena su capacidad de trabajar por dinero. Cambia dinero por la entrega del poder creador de su trabajo, su actividad vital por aquello que debe comprar para subsistir. El dinero, en esta mediación, es el medio de una inversión de una alienación básica, constitutiva del modo particular de existencia del asalariado moderno y de la exacción capitalista. El dinero transforma todo lo que es o puede ser, en lo contrario de lo que puede ser, es el quid pro quo en persona, es ‘verdadera fuerza creadora’ que trastoca, que invierte, que da vuelta, que transforma las cosas en personas y las personas en cosas.”

En su inicio el dinero tenía un referente de valor como el oro o la plata. Luego aparece el dinero en papel y otros mecanismos más sofisticados que, con la generalización del sistema mercantil, se han naturalizado. En la actualidad el dinero se ha liberado de la materialidad de las mercancías. Es -como lo previó Marx- más que nunca un símbolo, un hecho cultural basado en la creencia de sus emisores. Es un producto virtual que puede circular y reproducirse en las computadoras. Hay dinero bancario, dinero electrónico, bonos de deuda. Se especula con monedas y materias primas en mercados a futuro y con títulos bursátiles imaginarios. Todo esto en nombre de un consumo que ha sufrido grandes transformaciones que nos fue llevando a domesticarnos en función de las mercancías.

La mutación del consumo al consumismo: un cambio de época

Como resultado de la Revolución Industrial aparece en la sociedad capitalista la importancia que empieza a tener el consumo como forma de diferenciación social. El consumo propio de la modernidad permite diferenciar a los sectores sociales. Así la función del consumo suntuario no está relacionado con el “valor de uso” de la mercancía, sino con “el valor de cambio” en tanto afirma un estatus social. Esta es la característica de la clase media Argentina a mediados del siglo pasado, donde lo importante era la capacidad de ahorro para llegar a ese lugar idealizado representado por los sectores de alto poder adquisitivo. En la escuela se ofrecía como modelo el ahorro y el esfuerzo para conseguir bienes. La prioridad del “tener sobre el ser” -como decía Erich Fromm- llevaba a formas de alienación para diferenciarse de los sectores populares donde el consumo estaba determinado por la necesidad y la carencia. Un auto, una heladera o un televisor hacían una diferencia importante.

Esta situación cambia en los `80; la sociedad de consumo se acelera para imponer la gratificación en el “aquí y ahora”. Estas características van acompañadas de profundas transformaciones sociales y económicas a nivel mundial donde el consumidor adquiere una figura central en un mercado mundializado en el que desaparecen las regulaciones construidas por el llamado Estado de Bienestar. Como sostienen en un estudio Carla del Cueto y Mariana Luzzi: “En la década del noventa se implementaron medidas de gobierno que tendieron a trasladar las responsabilidades de lo colectivo a lo individual. Bienes y servicios que estaban garantizados colectivamente a través del Estado pasaron a estar regidos por la lógica de mercado (los servicios de salud y de educación, entre otros).

Ese pasaje estuvo acompañado de la consolidación de la idea del ciudadano consumidor, que intentaba colocar en pie de igualdad a individuos ahora más desiguales. A falta de protecciones colectivas, los más perjudicados en este proceso fueron los sectores con menos recursos para hacer frente de manera individual al nuevo escenario.” Esta situación conlleva un aumento de la desigualdad social y la marginación de grandes sectores sociales que es sacrificada en honor al dios capital. La respuesta es la “financiarización de la relaciones sociales”. Lo importante ya no es el ahorro, sino el crédito; es decir, se valoriza la capacidad que cada sujeto tiene para endeudarse. Se bancarizan los sueldos, las jubilaciones y pensiones, la Asignación Universal por Hijo. Los bancos ofrecen “Hacer tu sueldo más grande. Préstamos de hasta 500.000 pesos a tasa fija. Adelantos del 30% de tu sueldo. Beneficios de hasta el 50% en tus compras”. Aún más, el Banco Central permite la creación de cajas de ahorro para menores de edad con el fin de facilitar operaciones con tarjetas de Crédito y de Débito.

En esta perspectiva se crean mercados para los sectores populares como La Salada o el Mercado Concentrador de José C. Paz en el tercer cordón del Gran Buenos Aires. Obviamente esto no trajo una democratización del consumo popular sino, por lo contrario, un mayor endeudamiento. Como establece un informe sobre la población de menos ingresos, ésta no solo es la más endeudada, sino también la que más depende del crédito de corto plazo. Una investigación reciente mostró que “al analizar la relación existente entre los ingresos de los hogares y sus gastos, el 20% más pobre es el que presenta un sobregasto respecto de sus ingresos. Tal como señala el estudio, aunque teóricamente sería correcto inferir que los hogares pueden recurrir tanto a sus ahorros como al endeudamiento para cubrir esas diferencias, las condiciones actuales de expansión del consumo parecen abonar sobre todo la segunda alternativa.”

Si el consumo ha adquirido un lugar más relevante en la vida social no es solamente por el nivel de bienestar que ha llevado a los hogares o el hecho de que el acceso a ciertos bienes significa un reconocimiento social, sino por las características compulsivas a que lo ha llevado el capitalismo tardío. Esta mutación del consumo al consumismo tiene consecuencias en el conjunto de la sociedad que define las particularidades del proceso de corposubjetivación en el capitalismo tardío.

La corposubjetividad alude a un sujeto que constituye su subjetividad desde diferentes cuerpos. El cuerpo orgánico; el cuerpo erógeno; el cuerpo pulsional; el cuerpo social y político; el cuerpo imaginario; el cuerpo simbólico. Cuerpos que a lo largo de la vida componen espacios cuyos anudamientos dan cuenta de los procesos de subjetivación. En este sentido, definimos el cuerpo como el espacio que constituye la subjetividad del sujeto. Por ello, el cuerpo como metáfora de la subjetividad se dejará aprehender al transformar el espacio real en una extensión del espacio psíquico. Desde aquí hablamos de corposubjetividad donde se establece el anudamiento de tres espacios (psíquico, orgánico y cultural) que tienen leyes específicas al constituirse en aparatos productores de subjetividad: el aparato psíquico, con las leyes del proceso primario y secundario; el aparato orgánico, con las leyes de la físico-química y la anátomo-fisiología; el aparato cultural, con las leyes económicas, políticas y sociales. De esta manera entendemos que toda producción de subjetividad es corporal en el interior de una determinada organización histórico-social. Es decir, toda subjetividad da cuenta de la singularidad de un sujeto en el interior de un sistema de relaciones de producción.

En este sentido, la corposubjetividad da cuenta de la cultura y de la singularidad del sujeto. Por ello la cultura hegemónica actual produce los procesos de subjetivación y a su vez constituye la singularidad a partir de una subjetividad in-corporada donde la actualidad del capitalismo tardío trajo como consecuencia la precarización de la vida social y el aumento de la desigualdad hasta límites inéditos. No hay orden duradero, el pasado no existe y el futuro es vivido como catastrófico. Esta incertidumbre conlleva la imposibilidad de hacer proyectos a largo plazo. El deseo basado en la comparación, la envidia y las supuestas necesidades que permitían los procesos de subjetivación en otras épocas del capitalismo no alcanzan para vender mercancías. Por el contrario, la angustia y la incertidumbre que la propia cultura genera se ha transformado en el camino del consumismo. De allí que si el consumo es necesario para satisfacer nuestras necesidades, el consumismo es un deseo irrefrenable de consumir que, al quedar siempre insatisfecho, activa permanentemente el circuito. Los agentes del mercado saben muy bien que la producción de consumidores implica la producción de nuevas angustias y temores. Por ello en la actualidad el motor del consumismo, no es el goce en la búsqueda de un deseo imposible, sino la ilusión de encontrar un objeto-mercancía que obture nuestro desvalimiento originario, ya que se repite en la búsqueda de poder resolver lo que quedó inacabado en nuestra estructura psíquica en tanto sujetos finitos y que la actualidad de la cultura lo pone en evidencia.

En este sentido queremos destacar el pasaje de una sociedad de consumo al consumismo donde la alienación se transforma en una adicción lo cual determina la particularidad de la corposubjetivación en el capitalismo tardío. Veamos su funcionamiento. El capitalismo mundializado necesita para su reproducción de una sociedad que se sostenga en el consumismo. Esto lleva a la hegemonía de los valores simbólicos de una cultura donde aparece que la plenitud del consumidor significa la plenitud de la vida. Compro, luego existo; caso contrario me transformo en un excluido social. Es así como el consumo, como eje de la corposubjetivación y de las formas de identificación de la singularidad conlleva a interiorizar el sometimiento. Su resultado son los síntomas característicos de nuestra época, donde la depresión y la adicción ocupan un lugar destacado.

Enrique Carpintero
revista Topía

Bibliografía:
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· Donovan, Florencia, “Las familias menores de ingresos son las más endeudadas”, diario La Nación, jueves 24 de noviembre de 2016.
· Diamante, Sofía, “Tarjetas de Débito y Crédito son también cosas de chicos”, diario La Nación, domingo 27 de noviembre de 2016.
· Carpintero, Enrique, La alegría de lo necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y Freud, editorial Topia, Buenos Aires, Segunda edición, 2007.
· Carpintero, Enrique, El erotismo y su sombra, El amor como potencia de ser, Editorial Topía, Buenos Aires 2014.
· Carpintero, Enrique (compilador), Actualidad de “El fetichismo de la mercancía”, Carlos
· Marx, Eduardo Grüner, Pablo Rieznik, Miguel Kohan, Oscar Sotolano y Cristián Sucksdorf, editorial Topía, Buenos Aires, 2013.
· Carpintero, Enrique, “Poder y subjetividad: las formas actuales de control”, revista Topía Nº 75, noviembre de 2015.
· Freud, Sigmund (1905), “Tres ensayos de Teoría sexual”, Amorrortu, Obras Completas, Tomo VII, Buenos Aires, 1976.
· Freud, Sigmund (1917), “Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal” en Ibídem.
· Fromm, Erich, Marx y su concepto del hombre, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1990.
· Hernández Vargas, Carlos Rafael, “El dios de la modernidad. Para una antropología del dinero”, Universidad de Guadalajara, Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, División de Estudios Históricos y Humanos, Guadalajara, Jalisco, México en http://www.udgvirtual.udg.mx/paakat/index.php/paakat/article/view/228/343
· Hirschman, Albert O., Las pasiones y los intereses, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.
· Kessler, Gabriel, La sociedad Argentina hoy. Radiografía de una nueva estructura, Siglo XXI, Buenos Aires 2016.
· Kurnitzky, H. (1978), La estructura libidinal del dinero, México, Siglo XXI.
· Marx, Karl, El capital, tomo I, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.
· Marx, Karl, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, en: Escritos de juventud, Antídoto, Buenos Aires, 2006.
· Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Borrador) 1857-1858, volumen 2, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 1972.
· Olmeda, Mauro, “El poderío económico de la iglesia” en http://www.vallenajerilla.com/notabene/olmeda.htm
· Rieznik, Pablo, “Alienación y Fetichismo, de ayer a hoy (reivindicando a Isaak Rubin)” en Carpintero, Enrique (compilador), Actualidad de “El fetichismo de la mercancía”
· Rieznik, Pablo, La pereza y la celebración de lo humano y otros escritos, Biblos, Buenos Aires, 2015.
· Spinoza, Baruch, Ética, Aguilar, Buenos Aires, 1982.
· Treszezamsky, José, “John Maynard Keynes y la deuda…con Freud” en https://historiasdelpsicoanalisis.wordpress.com/2013/06/14/john-maynard-keynes-y-la-deuda-con-freud
· Veblen, T., Teoría de la clase ociosa, Fondo de Cultura económica, México 1978.

Editorial revista Topía nº79 Abril/2017

fuente: https://www.topia.com.ar/articulos/consumismo-domestica-al-sujeto-traves-mercancias

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El narcisismo y el mal

El narcisismo, que podemos llamar de muchas formas (egocentrismo, vanidad, soberbia, egolatría…) según el contexto en que lo analicemos, supone, por definición, el fracaso de nuestros vínculos con la realidad. Con la Vida. Con todos los seres humanos y la Naturaleza.

Escribí recientemente en Facebook:
“El narcisismo es, básicamente, una forma de demencia. Es un delirio y una defensa al margen de toda realidad. Es una desconexión del mundo. Cuanto más narcisistas somos, más “locos” estamos. El narcisista total es una persona rota, humanamente muerta. Por eso “mata” sin darse cuenta -como un/a zombie- en muchos sentidos, incluso a veces literal. El narcisismo es el fruto absoluto del desamor en la infancia. Por eso es máximamente contagioso y, muy a menudo, irreversible. La conflictividad individual y social de los narcisos/as es irremediable. Pues su síntoma principal es la violencia. Y la fantasía de que, sin transformarse jamás, algún día lograrán ‘cambiar el mundo'”.

Redacté de forma expresamente dura estas palabras como llamada de atención contra el frecuente desdén con que, a mi juicio, suele tratarse este problema. Un problema crucial, ya que el narcisismo constituye, sin duda alguna, la lacra fundamental del ser humano. Nada menos que el motor de la mayoría de nuestras desdichas, desde la soledad y la neurosis hasta la injusticia y la guerra. El narcisismo es, en otras palabras, la clave psicológica del “Mal”.

El narcisismo, que podemos llamar de muchas formas (egocentrismo, vanidad, soberbia, egolatría…) según el contexto en que lo analicemos, supone, por definición, el fracaso de nuestros vínculos con la realidad. Con la Vida. Con todos los seres humanos y la Naturaleza. Más aún, constituye una percepción delirante de la realidad, pues el narciso/a, que se imagina al margen y/o por encima de los demás, niega la evidencia de que sólo puede sobrevivir gracias a los demás. Formando parte de los demás. Incluso a costa de los demás. Como cualquier ser vivo, no es nadie sin su entorno. Pero no puede percibirlo. Ni sentirlo. Ni aceptarlo. Por eso carece de empatía y amor y, atrapado en su brillante alucinación, subsiste “parasitando” unilateralmente el mundo. El narcisismo es, técnica y psicodinámicamente, una estructura “psicótica”.

Las manifestaciones narcisistas son infinitas. Van, p. ej., desde el exhibicionismo y la pedantería de los artistas e intelectuales hasta la soberbia de los políticos, los dictadores y los sumos sacerdotes. Desde las envidias y mezquindades de la gente común hasta la codicia, los abusos y la violencia de los poderosos. Desde quienes maltratan niños hasta los que deforestan bosques. Desde nuestras egocéntricas supersticiones e ideologías hasta nuestras vanidades tecnocientíficas. Desde nuestra pasión por las doctrinas o el sexo hasta nuestra fiebre por el poder y el dinero. Desde nuestras neurosis personales y sociales hasta nuestros crímenes de todo tipo. Desde nuestras ridículas ideas antropocéntricas hasta nuestros etnocéntricos tejemanejes políticos. Etcétera. Por no hablar de nuestra propia civilizacion occidental, basada y sostenida precisamente, como sabemos, en el más descabellado culto al dios Narciso, que hoy llamamos “Individualismo”.

Quizá dos de los rasgos más inquietantes del narcisismo sean su perpetua autonegación y sus inagotables metamorfosis. Por ejemplo, cuanto más narciso soy, menos tenderé a admitirlo, pues este rasgo mancharía mi dorada autoimagen. Pero incluso si lo acepto en público, ¿no estaré quizá jactándome secretamente de ello? Si consigo frenarlo mostrándome, p.ej., más empático y afectuoso, ¿no estaré sintiéndome superior a los demás? Si confieso mis esfuerzos por ser más amoroso, ¿no estaré quizá exhibiendo mi “heroísmo”? Etcétera. De este modo, cualquier cosa que hagamos en pro o en contra del narcisismo… ¡puede seguir siendo narcisista! Como en esas películas donde el monstruo reaparece una y otra vez, el narcisismo es asombrosamente recalcitrante. (1)

Y lo mismo ocurre en psicología. Cuando alguien se lamenta continua e hipocondríacamente de sus achaques, ¿no estará egocéntricamente manipulando la atención y los cuidados de los demás? Si alguien sufre un molesto “trastorno” psicológico en un entorno del que -muy significativamente- nunca se aleja, ¿no estará ególatramente triunfando sobre él, tomándose algún tipo de revancha? Si uno persiste en ciertos síntomas sin hacer nada real por comprender su significado ni solucionar sus motivos, ¿no estará beneficiándose narcisistamente de ciertas ventajas (psicológicas, familiares, económicas, etc.), la primera de ellas evitar responsabilizarse de sí mismo? Y así sucesivamente.

¿Cómo combatir, entonces, esta resbaladiza limitación humana? Veamos antes algunos de los intentos que se han realizado para ello.

1. Religión. En mi opinión, la intuición religiosa universal de que el mayor error del hombre es el Ego -la vanidad, la soberbia, el narcisismo- y su única salvación es el Amor, es correcta. El problema es que, al convertir dicha intuición en un valor moral, un dogma, perdió inmediatamente su utilidad. La religión equivoca las causas del narcisismo (que no son el pecado, ni la ignorancia, etc., sino la violencia precoz y la consiguiente neurosis); y equivoca, por tanto, las herramientas para acceder al amor (que no son la culpa, ni la virtud, ni las creencias/conductas adecuadas, etc., sino la sanación de la neurosis). Y, además, envenenada a su vez por el ubicuo narcisismo, la religión se ha utilizado a menudo para fines contrarios a los supuestos (p.ej., destruir en nombre del amor, etc.). El resultado es que la religión se ha vuelto muy impopular y, sin que el amor haya llegado aún a la tierra, incluso su ideal está desapareciendo.

2. Política. Como alternativa a la religión, la política sustituye las nociones de culpa personal y deber de amar por las nuevas ideas de injusticia social y solidaridad de grupo (de “clase”). Aquí la política también se equivoca, pues la injusticia social no es la causa del mal (sino sólo otro de sus efectos), ni la solución es trasladar/diluir la responsabilidad individual en la identidad/acción colectivas. El resultado son sociedades extremadamente competitivas y ricas, pero tan infelices y violentas (o más) que siempre para otros pueblos y la Naturaleza. Pues sus individuos, aunque muy sobreprotegidos, siguen sintiéndose desamparados y vacíos, es decir, sin amor alguno.

3. Ciencia. ¿Y qué hay de esa otra promesa llamada “Ciencia”? Ésta, más alejada aún del sentido común que las anteriores, atribuye el Mal -al menos en sus formas físicas y psicológicas- nada menos que a la biología (genética, neuroquímica…) e, ignorando cualquier otro factor, propone remedios igualmente biologistas y además extremadamente rentables (medicamentos, biotecnología, etc.). Sobra decir que el amor o el genuino bienestar psicológico no juega ningún papel en esta aséptica e impersonal visión de las cosas.

Aunque la religión, la política y la ciencia tienen, cada una de ellas, sus puntos de verdad en este asunto, ¿cómo podríamos, entonces, comprender de una vez por todas el narcisismo? ¿Cómo podríamos sanarlo y prevenirlo? ¿Qué podríamos hacer para afrontarlo realistamente como lo que es, una psicodinámica, y madurar ésta hacia esa otra psicodinámica que llamamos amor, pero sin caer en nuevas trampas narcisistas (es decir, sin nuevas dogmatizaciones, exigencias, hipocresías, etc.)?

A mi entender, la única y excluyente puerta hacia el amor es la conciencia. La conciencia ¿de qué? De todo aquello que nos obstaculiza el camino. Y los obstáculos fundamentales del amor tienen que ver, como sabemos, con el desamor infantil. Con los daños psicoafectivos acumulados. Con el pasado reprimido (“olvidado”). Con la anulación del individuo en aras del grupo. Con los innumerables miedos derivados. Con la consiguiente evitación de toda responsabilidad personal. Y, en suma, con la neurosis personal y, por tanto, colectiva. Por consiguiente, creo que sólo las personas -¡ojalá fuesen miles, millones!- interesadas en iluminar y suprimir dichos obstáculos mediante eficaces herramientas de crecimiento personal podrían adquirir gradual, inevitable y espontáneamente (2) nuevas actitudes mucho más amorosas hacia el mundo. Y transmitirlas a sus hijos.

José Luis Cano Gil*
05-05-2015

notas:
1) Este problema es un clásico de los estudios espirituales. Por ejemplo, ¿puede alcanzarse la humildad desde los esfuerzos del ego? ¿Puede el ego amar o hacer cualquier otra cosa sin que, en el fondo, sean nuevas formas de autocomplacencia? ¿Puede realmente la vanidad emanciparse de sí misma? Etc.
2) Es decir, sin nuevas reapariciones del ego tramposo. Pues el amor es como el orgasmo: sólo cuando dejamos de obsesionarnos con él, sucede.

* Psicoterapeuta y Escritor, Barcelona

fuente: http://www.psicodinamicajlc.com/_blog/pivot/entry.php?id=363

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