(libro) Comentarios sobre la sociedad del espectáculo

“Sin duda, el aspecto más inquietante de los libros de Debord consiste en el empeño puesto por la historia en confirmar sus análisis. No solamente, veinte años después de La Sociedad del espectáculo, los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988) han registrado en todos los campos la exactitud de los diagnósticos y previsiones, sino que entretanto, el curso de los acontecimientos se ha acelerado con tal uniformidad en la misma dirección, que apenas dos años después de la publicación del libro, es como si la política mundial no fuese otra cosa hoy que una puesta en escena paródica del guión escrito por Debord. La unificación sustancial del espectáculo concentrado (las democracias populares del Este) y del espectáculo difuso (las democracias occidentales) dentro del espectáculo integrado, que constituye una de las tesis centrales de los Comentarios, y que muchos encontraban hasta hace poco paradójica, se revela ahora como una evidencia trivial. Los muros inquebrantables y los hierros que dividían los dos mundos fueron destrozados en unos cuantos días. Con el fin que el espectáculo integrado pudiese realizarse plenamente también en sus países, los gobiernos del Este han abandonado el partido leninista, igual que los del Oeste habían renunciado desde hace tiempo al equilibrio de poderes y a la libertad real de pensamiento y de comunicación en nombre de la máquina electoral mayoritaria y del control mediático de la opinión (que ambos se habían desarrollado en los Estados totalitarios modernos).” Giorgio Agamben (1)

Por Guy Debord
febrero-abril, 1988

“Por críticas que puedan ser la situación y las circunstancias en que os encontréis, no debéis desesperar; en las ocasiones en que todo es temible es cuando nada hay que temer; cuando se está rodeado de todos los peligros es cuando no hay que tener miedo de ninguno; cuando se está sin ningún recurso es cuando hay que contar con todos; cuando se es sorprendido es cuando hay que sorprender al enemigo.” Sun-Tsu, El arte de la guerra.

I

No hay duda de que estos Comentarios serán conocidos enseguida por cincuenta o sesenta personas, lo que ya es mucho hoy día y tratándose de cuestiones tan graves. Ello se debe, en gran parte, a que en algunos ambientes tengo fama de ser un conocedor. Asimismo hay que considerar que de esa elite que va a interesarse, la mitad – o casi – está formada por personas que se dedican a mantener el sistema de dominación espectacular, y la otra por gente que se obstina en hacer todo lo contrario. Así pues, dado que debo tener presentes a lectores muy atentos y diversamente influyentes, resulta evidente que no puedo hablar con entera libertad. Ante todo, debo tener cuidado de no dar demasiados datos a cualquiera.

La desdicha de los tiempos me obligará a escribir de manera novedosa una vez más. Algunos elementos se omitirán voluntariamente, y el plano seguirá siendo confuso. También podrán hallarse – como si de la firma de la época se tratara – algunos engaños. Intercalando aquí y allá algunas páginas puede aparecer el sentido total; así, muy a menudo se han añadido cláusulas secretas a lo que los tratados estipulaban abiertamente, y lo mismo sucede con algunos agentes químicos que sólo en asociación con otros revelan una parte desconocida de sus propiedades. Por otra parte, en esta breve obra habrá todavía demasiadas cosas, por desgracia, fáciles de comprender.

II

En 1967, con el libro La sociedad del espectáculo puse de relieve lo que el espectáculo moderno era ya en esencia: el reinado autocrático de la economía mercantil, que ha conseguido un estatuto de soberanía irresponsable, y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que corresponden a ese reinado. Tras los disturbios de 1968, que se prolongaron durante los años siguientes en diversos países sin conseguir derrocar en ninguna parte el orden establecido, del que el espectáculo surge espontáneamente, éste ha seguido reforzándose en todas partes; es decir, a la vez que se ha extendido por los extremos ha aumentado su densidad en el centro. Incluso ha aprendido nuevos procedimientos defensivos, como suele ocurrir con todo poder amenazado.

Cuando inicié la crítica de la sociedad del espectáculo se destacó sobre todo, dado el momento, el contenido revolucionario que podía descubrirse en esa crítica, lo cual, naturalmente, fue percibido como su elemento más molesto. En cuanto al tema en sí, se me ha acusado en ocasiones de haberlo inventado y siempre de haber exagerado al valorar la profundidad y la unidad de ese espectáculo y de su acción real. Debo reconocer que otros, publicando con posterioridad nuevos libros sobre el mismo tema, han demostrado perfectamente que no hacía falta decir tanto. Sólo tuvieron que sustituir el conjunto y su dinámica por cualquier detalle estático de la superficie del fenómeno, quedando a salvo la originalidad de cada autor al escoger un aspecto distinto cada uno, lo que lo hacía, por lo demás, menos inquietante. Nadie ha querido alterar la modestia científica de su personal interpretación introduciendo temerarios juicios históricos en ella.

En cualquier caso, la sociedad del espectáculo no por ello ha dejado de avanzar. Y lo hace deprisa si tenemos en cuenta que, en 1967, apenas contaba con una cuarentena de años, aunque plenamente utilizados. Y por su propia dinámica, que nadie se ha tomado la molestia de estudiar, ha mostrado desde entonces, mediante asombrosas hazañas, que su naturaleza efectiva era la que yo había destacado. Este punto tiene sólo un valor académico porque, sin duda, es indispensable haber reconocido la unidad y articulación de la fuerza viva que es el espectáculo para, a partir de ahí y dada su naturaleza, ser capaz de investigar en qué direcciones ha podido desplazarse. Estas cuestiones revisten un gran interés pues, inevitablemente, en tales condiciones se decidirá la continuación del conflicto en la sociedad. Puesto que, con toda seguridad, el espectáculo es hoy más poderoso de lo que era antes, ¿Qué hace con ese poder suplementario? ¿Hasta dónde ha llegado que no hubiera llegado antes? ¿Cuáles son, en suma, sus líneas de actuación en este momento? La vaga impresión de que se trata de una especie de invasión rápida que obliga a la gente a llevar una vida completamente distinta, está ampliamente extendida; con todo y con eso, el hecho se vive más bien a la manera en que se experimenta una modificación inexplicable del clima o de cualquier otro equilibrio natural, modificación ante la cual la ignorancia sólo sabe que no tiene nada que decir. Además, muchos admiten que se trata de una invasión civilizadora, al parecer inevitable, e incluso desean colaborar con ella. Quienes así se sitúan prefieren ignorar para qué sirve en concreto esa conquista y también cómo procede.

Expondré ahora algunas consecuencias prácticas, poco conocidas aún, que se derivan de ese despliegue rápido del espectáculo durante los últimos veinte años. No me propongo entrar en polémicas – demasiado fáciles e inútiles – sobre ningún aspecto de la cuestión; tampoco intento convencer. Estos comentarios no pretenden moralizar. No contemplan lo que es deseable o simplemente preferible. Se limitarán a señalar lo que ocurre.

III

Ahora que ya nadie puede dudar razonablemente de la existencia y poder del espectáculo se puede dudar, por el contrario, que sea razonable añadir algo a una cuestión que la experiencia ha resuelto de manera tan draconiana. Le Monde del 19 de septiembre de 1987 ilustraba acertadamente la fórmula “lo que existe no necesita hablarse”, verdadera ley fundamental de estos tiempos espectaculares que, al menos a este respecto, no han dejado atrás a ningún país: “Que la sociedad contemporánea sea una sociedad de espectáculo es algo conocido. Vale más destacar aquellos asuntos que pasan desapercibidos. Son incontables las obras que describen un fenómeno que caracteriza a las naciones industrializadas, incluidos los países retrasados respecto a su tiempo. Pero se da la paradoja de que los libros que analizan, generalmente para deplorarlo, este fenómeno, deben sacrificar también al espectáculo para darse a conocer”. Es verdad que esta crítica espectacular del espectáculo, que llega tarde y que para colmo pretende “darse a conocer” en el mismo terreno, habrá de limitarse por fuerza a generalidades vanas o a hipócritas lamentaciones; pero también parece superflua esa sabiduría desengañada que lanza bufonadas en un diario.

La discusión vacía sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los propietarios del mundo, está pues organizada por el espectáculo mismo: se insiste sobre los grandes medios del espectáculo para no decir nada sobre su amplia utilización. Con frecuencia se prefiere llamarlo mediático más que espectáculo. Con ello se quiere designar un simple instrumento, una especie de servicio público que administraría con imparcial “profesionalidad” la nueva riqueza de la comunicación a través de los mass-media, comunicación finalmente asimilada a la pureza unilateral en la que la decisión ya tomada se deja admirar apaciblemente. Lo que se comunica son las órdenes; y, muy armoniosamente, aquéllos que las han dado son también los que dirán lo que piensan de ellas.

El poder del espectáculo, tan esencialmente unitario, centralizador por la fuerza misma de las cosas y perfectamente despótico en su espíritu, se indigna con frecuencia al ver constituirse bajo su reinado una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo o tantos otros sorprendentes “excesos mediáticos”. De este modo, el espectáculo no sería más que exceso de lo mediático, y su naturaleza indiscutiblemente buena, puesto que sirve para comunicar, es en ocasiones llevada al extremo. Los amos de la sociedad se declaran con bastante frecuencia mal servidos por sus empleados mediáticos; más a menudo reprochan a la masa espectadora su tendencia a entregarse sin moderación y casi bestialmente a los placeres mediáticos. Así, y tras una multitud virtualmente infinita de pretendidas divergencias mediáticas, se disimulará lo que, por el contrario, es resultado de una espectacular convergencia perseguida con destacable tenacidad. Al igual que la lógica de la mercancía prima sobre las diversas ambiciones competitivas de los comerciantes, o que la lógica de la guerra domina siempre las frecuentes modificaciones del armamento, la severa lógica del espectáculo domina en todas partes la diversidad de las extravagancias mediáticas.

El cambio de mayor importancia en todo lo que ha sucedido en los últimos veinte años reside en la continuidad misma del espectáculo. Esta importancia no se refiere al perfeccionamiento de su instrumentación por los media, que ya anteriormente había alcanzado un estadio de desarrollo muy avanzado: se trata simplemente de que la dominación espectacular ha educado a una generación sometida a sus leyes. Las condiciones extraordinariamente nuevas en las que esta generación ha vivido, constituyen un resumen exacto y suficiente de todo lo que el espectáculo impedirá de ahora en adelante; y también de todo lo que permitirá.

IV

En el plano simplemente teórico no tengo que añadir más que un detalle, aunque de importancia, a lo que ya había formulado anteriormente. En 1967 yo distinguía dos formas sucesivas y rivales, del poder espectacular: la concentrada y la difusa. Una y otra planeaban sobre la sociedad real como su meta y su falacia. La primera, es decir, la concentrada, dando prioridad a la ideología que se aglutina en torno a una personalidad dictatorial, había acompañado la contrarrevolución totalitaria, tanto la nazi como la estalinista. La forma difusa, incitando a los asalariados a escoger libremente entre una gran variedad de nuevas mercancías, había representado esa americanización del mundo que, en algunos aspectos asustaba, pero que, al mismo tiempo, seducía a los países donde durante más tiempo se habían podido mantener las condiciones de las democracias burguesas de tipo tradicional. Con posterioridad ha aparecido una nueva forma, fruto de la combinación razonada de las dos anteriores, sobre la base general de una victoria de la que se había manifestado como la más fuerte, la forma difusa. Se trata de lo espectacular integrado; que a partir de entonces tiende a imponerse mundialmente.

El lugar predominante que han ocupado Rusia y Alemania en la formación de lo espectacular concentrado y los Estados Unidos en la de lo espectacular difuso, parece corresponder a Francia e Italia en el momento de la escenificación de lo espectacular integrado, gracias a una serie de factores históricos comunes: importante papel del partido y sindicato estalinistas en la vida política e intelectual, débil tradición democrática, larga monopolización del poder por un único partido de gobierno, necesidad de acabar con una contestación revolucionaria aparecida por sorpresa.

Lo espectacular integrado se manifiesta a la vez como concentrado y como difuso y a partir de esta fructífera unificación ha sabido emplear más ampliamente una y otra cualidad. Su forma de aplicación anterior ha cambiado. Por lo que respecta al aspecto concentrado, el centro director se ha convenido en oculto: ya nunca se coloca en él a un jefe conocido o una ideología clara. En cuanto al lado difuso, la influencia espectacular no había marcado jamás hasta ese punto la práctica totalidad de las conductas y de los objetos que se producen socialmente, ya que el sentido final de lo espectacular integrado es que se ha incorporado a la realidad a la vez que hablaba de ella; y que la reconstruye como la habla. Así pues, esa realidad no se mantiene ahora enfrente suyo como algo ajeno.

Cuando lo espectacular era concentrado se le escapaba la mayor parte de la sociedad periférica; cuando era difuso se le escapaba una mínima parte; hoy no se le escapa nada. El espectáculo se ha mezclado con la realidad irradiándola. Como se podía prever fácilmente en teoría, la experiencia práctica de la realización sin freno de la voluntad de la razón mercantil, habrá demostrado de forma rápida y sin excepciones, que el devenir-mundo de la falsificación era también el devenir-falsificación del mundo. Exceptuando una herencia aún importante pero destinada a disminuir, constituida por libros y construcciones antiguas, que por otra parte son cada vez más a menudo seleccionados y relativizados según la conveniencia del espectáculo, no existe nada – en la cultura, en la naturaleza – que no haya sido transformado y polucionado, según los medios y los intereses de la industria moderna. Incluso la genética ha llegado a ser plenamente accesible para las fuerzas dominantes de la sociedad.

El gobierno del espectáculo, que actualmente detenta todos los medios de falsificación del conjunto de la producción así como de la percepción, es amo absoluto de los recuerdos, al igual que es dueño incontrolado de los proyectos que conforman el más lejano futuro. Reina en solitario en todas partes y ejecuta sus juicios sumarios.

En tales condiciones puede verse cómo de repente se desencadena, con una alegría carnavalesca, un fin paródico de la división del trabajo; tanto mejor recibido cuanto que coincide con el movimiento general de desaparición de toda auténtica competencia. Un financiero se pondrá a cantar, un abogado se hará confidente de la policía, un panadero expondrá sus preferencias literarias, un actor gobernará, un cocinero filosofará sobre los momentos de cocción como jalones en la historia universal. Cada cual puede aparecer en el espectáculo a fin de entregarse públicamente – o, a veces, para librarse secretamente – a una actividad completamente distinta de aquella por la que en un principio se ha dado a conocer. Cuando la posesión de un “estatuto mediático” ha adquirido una importancia infinitamente mayor que el valor de lo que realmente se ha sido capaz de hacer, resulta normal que ese estatuto sea fácilmente transferible y otorgue el derecho de brillar donde sea. Con frecuencia, esas partículas mediáticas aceleradas prosiguen su simple carrera en lo admirable estatuariamente garantizado. Pero, a veces, la transición mediática hace de tapadera de muchas empresas, oficialmente independientes y en realidad secretamente vinculadas por diferentes redes ad hoc. De esta manera, tanto la división social del trabajo como la solidaridad normalmente previsible de su utilización reaparecen a veces bajo formas absolutamente nuevas: por ejemplo, en lo sucesivo se puede publicar una novela para preparar un asesinato. Estos pintorescos ejemplos significan también que ya no se puede confiar en nadie por su oficio.

Sin embargo, la mayor ambición de lo espectacular integrado sigue siendo que los agentes se conviertan en revolucionarios y éstos en agentes secretos.

V

La sociedad modernizada hasta el estadio de lo espectacular integrado se caracteriza por el efecto combinado de cinco rasgos principales que son: la incesante renovación tecnológica, la fusión económico-estatal, el secreto generalizado, la falsedad sin réplica y un perpetuo presente. El movimiento de innovación tecnológica se inició hace mucho tiempo y es constitutivo de la sociedad capitalista, a veces llamada industrial o postindustrial. Pero, desde que ha alcanzado su más reciente aceleración (al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial) refuerza tanto mejor la autoridad espectacular puesto que, por él, todo el mundo se descubre totalmente entregado al conjunto de los especialistas, a sus cálculos y a sus juicios siempre satisfechos sobre esos cálculos. La fusión económico-estatal es la tendencia más acusada de este siglo y se ha convertido, como mínimo, en el motor del más reciente desarrollo económico. La alianza defensiva y ofensiva pactada entre el poder de la economía y el del Estado, les ha asegurado a ambos los mayores beneficios en todos los terrenos: puede decirse que cada uno de ellos posee al otro; es absurdo oponerlos o distinguir sus razones y despropósitos. Esta unión se ha mostrado también extremadamente favorable al desarrollo de la dominación espectacular, que precisamente no ha sido más que eso desde el momento de su formación. Los tres últimos rasgos son los efectos directos de esa dominación en su estadio integrado.

El secreto generalizado se mantiene tras el espectáculo como el complemento decisivo de lo que muestra y, si profundizamos en el tema, como su más importante operación. El solo hecho de carecer en lo sucesivo de réplica, ha dado a lo falso una cualidad nueva. Es a la vez lo verdadero que ha dejado de existir casi por todas partes o, en el mejor de los casos, se ha visto reducido al estado de una hipótesis que nunca puede ser demostrada. La falsedad sin réplica ha acabado por hacer desaparecer la opinión pública, que primero se encontró incapaz de hacerse oír y después, muy rápidamente, incapaz siquiera de formarse. Esto entraña, evidentemente, importantes consecuencias en la política, las ciencias aplicadas, la justicia y el conocimiento artístico.

La construcción de un presente en el que la misma moda, desde el vestuario a los cantantes, se ha inmovilizado, que quiere olvidar el pasado y que no parece creer en un futuro, se consigue mediante la incesante transmisión circular de la información, que gira continuamente sobre una lista muy sucinta de las mismas banalidades, anunciadas de forma apasionada como importantes noticias; mientras que sólo muy de tarde en tarde y a sacudidas, pasan las noticias realmente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia. Conciernen siempre a la condena que este mundo parece haber pronunciado contra sí mismo, las etapas de su autodestrucción programada.

VI

La primera intención de la dominación espectacular era hacer desaparecer el conocimiento histórico en general y, desde luego, la práctica totalidad de las informaciones y los comentarios razonables sobre el pasado más reciente. Una evidencia tan flagrante no necesita ser explicada. El espectáculo organiza con destreza la ignorancia de lo que sucede e, inmediatamente después, el olvido de lo que, a pesar de todo, ha llegado a conocerse. Lo más importante es lo más oculto. Después de veinte años no hay nada que haya sido recubierto con tantas mentiras como la historia de mayo de 1968. Sin embargo, se han extraído lecciones muy útiles de algunos estudios sin sombra de mistificación sobre esas jornadas y sus orígenes, pero son secreto de Estado.

En Francia, hace ya una decena de años, un presidente de la República, olvidado después pero que planeaba entonces sobre el espectáculo expresaba ingenuamente la alegría que sentía “sabiendo que, en adelante, viviremos en un mundo sin memoria donde, como en la superficie del agua, la imagen hace desaparecer indefinidamente la imagen”. Resulta efectivamente cómodo para quien está en el tema; y sabe mantenerse en él. El fin de la historia es un placentero reposo para todo poder presente. Le garantiza absolutamente el éxito del conjunto de sus iniciativas, o al menos la repercusión del éxito.

Un poder absoluto suprime más o menos radicalmente la historia según que para hacerlo tenga intereses u obligaciones más o menos imperiosas y, sobre todo, en función de las facilidades prácticas de ejecución. Ts’in Che Hoang Ti hizo quemar libros pero no consiguió hacerlos desaparecer todos. Stalin llevó más lejos la realización de un proyecto semejante en nuestro siglo pero, a pesar de las complicidades de todo tipo que pudo encontrar fuera de las fronteras de su imperio, quedaba una amplia zona del mundo inaccesible a su policía donde se reían de sus imposturas. Lo espectacular integrado lo ha hecho mejor que ellos, con nuevos procedimientos y operando, esta vez, a nivel mundial. Ya no está permitido reírse de la ineptitud, que en todas partes se hace respetar; en cualquier caso se ha hecho imposible revelar que es objeto de risa. El terreno de la historia era lo memorable, la totalidad de acontecimientos cuyas consecuencias habrían de manifestarse durante mucho tiempo.

Era asimismo el conocimiento duradero y capaz de ayudar a comprender, al menos parcialmente, lo que iba a suceder: “una adquisición para siempre”, dijo Tucídides. Por eso, la historia era la medida de una novedad verdadera; y a aquél que vende la novedad le interesa hacer desaparecer el medio de medirla. Cuando lo importante se reconoce socialmente como lo que es instantáneo y lo será aún en el instante siguiente y al otro y al otro, y que siempre reemplazará otra importancia instantánea, puede decirse que el medio empleado garantiza una especie de eternidad de esa no-importancia que grita tanto.

La valiosa ventaja que el espectáculo ha obtenido de este colocar fuera de la ley a la historia, de haber condenado a toda la historia reciente a pasar a la clandestinidad y de haber hecho olvidar, en general, el espíritu histórico en la sociedad, es, en primer lugar, ocultar su propia historia: el movimiento de su reciente conquista del mundo. Su poder nos parece ya familiar, como si hubiera estado ahí desde siempre. Todos los usurpadores han querido hacer olvidar que acaban de llegar.

VII

Con la destrucción de la historia es el propio acontecimiento contemporáneo el que rápidamente se aleja a una distancia fabulosa, entre sus relatos inverificables, sus incontrolables estadísticas, sus explicaciones inverosímiles y sus razonamientos insostenibles. A todas las majaderías avanzadas espectacularmente, solamente los mediáticos podrían responder con respetuosas rectificaciones o redemostraciones, pero se muestran avaros al respecto, además de por su extrema ignorancia, por su solidaridad, de oficio y de corazón, con la autoridad general del espectáculo, y con la sociedad que exterioriza; es para ellos un deber y también un placer no desmarcarse jamás de esa autoridad, cuya majestad no debe ser lesionada. No hay que olvidar que todo mediático, ya sea por salario ya sea por otras recompensas o gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios; y que todo mediático se sabe reemplazable.

Todos los expertos son mediáticos-estáticos y eso es lo único por lo que son reconocidos como expertos. Todo experto sirve a su amo, pues cada una de las antiguas posibilidades de independencia ha sido poco a poco reducida a nada por las condiciones de organización de la sociedad presente. El experto que mejor sirve es, sin duda, el que miente. Los que tienen necesidad del experto son, por diferentes motivos, el falsificador y el ignorante. Allí donde el individuo no reconoce nada por sí mismo será formalmente tranquilizado por el experto. Antes era normal que hubiera expertos en el arte de los etruscos; y estos expertos eran siempre competentes ya que el arte etrusco no está en el mercado. Pero, por ejemplo, una época que encuentra rentable falsificar químicamente gran número de vinos famosos, sólo podrá venderlos si ha formado a expertos en vinos que arrastren a los bebedores a gustar de los nuevos aromas más reconocibles.

Cervantes destaca que «bajo una mala capa a menudo se encuentra un buen bebedor». El que conoce el vino con frecuencia ignora las reglas de la industria nuclear; pero la dominación espectacular estima que, puesto que un experto se ha burlado de él a propósito de la industria nuclear, otro experto bien podría burlarse en materia de vino, y se sabe, por ejemplo, con cuántas reservas es mantenido en los media el experto en metereología – que anuncia las temperaturas o las lluvias previstas para las siguientes cuarenta y ocho horas- por la obligación de mantener equilibrios económicos, turísticos y regionales, cuando tanta gente circula tan a menudo por tantas carreteras, entre lugares igualmente desolados; de manera que deberá dedicarse a triunfar como bufón.

Un aspecto de la desaparición de todo conocimiento histórico objetivo se manifiesta a propósito de cualquier reputación personal que ha llegado a ser maleable y rectificable a voluntad de quienes controlan toda la información, la que se recoge y esa otra, muy diferente, que se difunde; tienen pues licencia para falsificar. Pues una evidencia histórica de la que nada quiere saberse en el espectáculo no es una evidencia. Allí donde nadie tiene más que la fama que le ha sido atribuida como un favor por la benevolencia de una Corte espectacular, la desgracia puede seguir de forma instantánea. Una notoriedad antiespectacular ha llegado a ser algo extremadamente raro. Yo mismo soy uno de los últimos vivos que la poseen; que jamás ha tenido otra. Por eso se ha convertido también en algo extraordinariamente sospechoso. La sociedad se ha proclamado oficialmente como espectacular. Ser conocido al margen de las relaciones espectaculares equivale ya a ser conocido como enemigo de la sociedad.

Está permitido cambiar absolutamente el pasado de alguien, modificarlo radicalmente, recrearlo al estilo de los procesos de Moscú; y sin que sea necesario soportar la pesadez de un proceso. Se puede matar a menos precio. Los falsos testigos, tal vez chapuceros – pero ¿qué capacidad de percibir esa torpeza podría quedarles a los espectadores que serán testigos de las hazañas de esos falsos testigos?—, y los documentos falsos, siempre excelentes, no pueden faltarles a quienes gobiernan lo espectacular integrado o a sus amigos. Así pues, ya no es posible creer -sobre nadie nada que uno no haya sabido directamente por sí mismo. Pero tampoco hay necesidad de acusar falsamente a nadie. Desde que se detenta el mecanismo de control sobre la única verificación social plena y universalmente reconocible, se dice lo que se quiere.

El movimiento de la demostración espectacular se prueba simplemente andando en círculo: volviendo, reiterándose, sobre el único terreno en el que de ahora en adelante reside lo que puede afirmarse públicamente y tener crédito, puesto que será solamente de eso de lo que todo el mundo será testigo. Del mismo modo, la autoridad espectacular puede negar lo que sea, una vez, tres veces, y decir que no volverá a hablar de ello, y hablar de otra cosa; sabe que ya no se arriesga a ninguna otra réplica ni en su propio terreno ni en ningún otro. Pues ya no existe ágora, comunidad general; ni siquiera comunidades restringidas de cuerpos intermedios o de instituciones autónomas, salones o cafés para los trabajadores de una única empresa; ningún lugar donde el debate sobre las verdades que conciernen a los que están ahí, pueda liberarse de forma duradera de la aplastante presencia del discurso mediático y de las diferentes fuerzas organizadas para relevarlo. Actualmente ya no existe juicio, con garantía de relativa independendencia, de aquellos que constituían el mundo erudito; de aquellos que en otra época fijaban su valor en una capacidad de verificación, permitiendo la aproximación a lo que se llamaba la historia imparcial de los hechos, la creencia al menos de que ésta merecía ser conocida. Ni siquiera existe ya verdad bibliográfica incontestable, y los resúmenes informatizados de los ficheros de las bibliotecas nacionales podrán suprimir tanto mejor las huellas. Se erraría pensando en lo que fueron hasta hace poco magistrados, médicos, historiadores y en las obligaciones imperativas que éstos reconocían a menudo dentro de los límites de sus competencias: los hombres se parecen más a su tiempo que a su padre.

El espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces. Como puede verse, las consecuencias prácticas son inmensas. Se creía que la historia había aparecido en Grecia, con la democracia. Puede comprobarse que desaparece del mundo con ella. Sin embargo, a esta lista de triunfos del poder hay que añadir un resultado para él negativo: un Estado en cuya gestión se instala de forma duradera un gran déficit de conocimientos históricos no puede ser conducido estratégicamente.

VIII

La sociedad llamada democrática, una vez establecida en el estadio de lo espectacular integrado, parece ser admitida en todas partes como la realización de una perfección frágil. Así pues, no debe ser expuesta a ataques puesto que es frágil; por otra parte no es atacable puesto que es perfecta como jamás lo fue sociedad alguna. Es una sociedad frágil porque debe realizar un gran esfuerzo para dominar su peligrosa expansión tecnológica. Pero es una sociedad perfecta para ser gobernada; y la prueba de ello es que todos aquellos que aspiran a gobernar quieren gobernar en ella, con los mismos procedimientos, y mantenerla casi exactamente como es. Por primera vez en la Europa contemporánea, ningún partido ni fracción de partido intenta ya fingir que tratará de cambiar algo importante. La mercancía no puede ser criticada por nadie: ni como sistema general ni como una pacotilla determinada que a los empresarios les ha convenido colocar en ese momento en el mercado.

En todas partes donde reina el espectáculo las únicas fuerzas organizadas son aquellas que desean el espectáculo. Así pues, ninguna puede ser enemiga de lo que existe, ni transgredir la omertà que concierne a todo. Se ha acabado con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada. Y esto no se ha conseguido con la aparición de nuevos argumentos sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles. Con este resultado se medirá, más que el bienestar general, la terrible fuerza de las redes de la tiranía.

Jamás la censura ha sido más perfecta. Jamás a aquellos a quienes en algunos países aún se les ha hecho creer que son ciudadanos libres, se les ha permitido menos dar a conocer su opinión, toda vez que se trata de una elección que afectará a su vida real. Jamás ha estado permitido mentirles con una falta de consecuencia tan perfecta. Se supone que el espectador lo ignora todo, que no merece nada. Quien siempre mira para saber la continuación, no actuará jamás: y ése debe ser el espectador. Con frecuencia se oye citar la excepción de EE.UU., donde Nixon acabó por padecer un día una serie de negaciones demasiado cínicamente chapuceras; pero esta excepción totalmente local, que tenía antiguas causas históricas, manifiestamente ha dejado de ser cierta, puesto que Reagan ha podido hacer recientemente lo mismo con impunidad. Todo lo que jamás ha sido sancionado está verdaderamente permitido. Resulta arcaico pues hablar de escándalo. Se atribuye a un relevante hombre de Estado italiano, instalado simultáneamente en el ministerio y en el gobierno paralelo llamado P2, Potere Due, una frase que resume profundamente la etapa en que -con un poco de adelanto Italia y EE.UU.— ha entrado el mundo entero: “Había escándalos, pero ya no los hay.”

En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx describía el papel invasor del Estado en la Francia del Segundo Imperio, que contaba con medio millón de funcionarios: “Todo se convierte así en objeto de la actividad gubernamental, desde el puente, la escuela, la propiedad comunal de un pueblo, hasta las vías férreas, las propiedades nacionales y las universidades provinciales.” La famosa cuestión de la financiación de los partidos políticos se planteaba ya en la época, a juzgar por lo que Marx dice: “… los partidos, que uno detrás de otro luchaban por la supremacía, veían en la toma de posesión de este edificio enorme la principal presa del vencedor.” Suena sin embargo un poco bucólico y, como se suele decir, superado, puesto que las especulaciones del Estado hoy en día conciernen más bien a las ciudades nuevas y a las autopistas, la circulación subterránea y la producción de energía electro-nuclear, la prospección petrolífera y los ordenadores, la administración de los bancos y los centros socioculturales, las modificaciones del “paisaje audiovisual” y las exportaciones clandestinas de armas, la promoción inmobiliaria y la industria farmacéutica, la agroalimentaria y la gestión de los hospitales, los créditos militares y los fondos secretos del departamento, en continua expansión, que debe administrar los numerosos servicios de protección de la sociedad. Y, a pesar de ello, Marx sigue siendo desgraciadamente demasiado actual cuando, en el mismo libro, evoca ese gobierno “que no toma de noche las decisiones que quiere ejecutar durante el día, sino que decide y ejecuta de noche”.

IX

Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo: el terrorismo. En efecto, quiere ser juzgada por sus enemigos antes que por sus resultados. La historia del terrorismo está escrita por el Estado; es pues educativa. Las poblaciones espectadoras no pueden saberlo todo sobre el terrorismo, pero siempre pueden saber lo suficiente como para ser persuadidas de que, comparándolo con éste, lo demás deberá parecerles más aceptable, en cualquier caso, más racional y democrático.

La modernización de la represión ha acabado de perfeccionarse en primer lugar en la experiencia piloto de Italia, bajo el nombre de “arrepentidos”, acusadores profesionales jurados: lo que en su primera aparición en el siglo XVII, durante las revueltas de la Fronda, se llamó “testigos de oficio”. Este espectacular progreso de la Justicia ha poblado las cárceles italianas de varios miles de condenados que expían una guerra civil que no ha tenido lugar, una especie de amplia insurrección armada que, por casualidad, no ha visto jamás llegar su hora, un putschismo compuesto de sueños.

Se puede destacar que la interpretación de los misterios del terrorismo parece haber introducido una simetría entre opiniones contradictorias; como si se tratara de dos escuelas filosóficas que profesaran construcciones metafísicas absolutamente antagónicas. Algunos no verían en el terrorismo nada más que algunas evidentes manipulaciones de los servicios secretos; otros, por el contrario, estimarían que a los terroristas solamente se les puede reprochar su total falta de sentido histórico. La aplicación de un poco de lógica histórica permitiría llegar rápidamente a la conclusión de que no hay ninguna contradicción en considerar que personas carentes de todo sentido histórico igualmente pueden ser manipuladas e incluso aún más fácilmente que otras. Es también más fácil llevar a “arrepentirse” a alguien a quien se puede demostrar que de antemano se conocía todo lo que él había creído hacer libremente. En las formas organizativas clandestinas de tipo militar se produce el siguiente efecto inevitable: basta con infiltrar a unos pocos individuos en algunos puntos de la red para hacer funcionar, y caer, a muchos. En estas cuestiones de valoración de las luchas armadas, la crítica debería analizar alguna vez una operación concreta, sin dejarse engañar por la similitud general que eventualmente todas pudieran revestir. Por otra parte debería esperarse, como lógicamente probable, que los servicios de protección del Estado
vayan a utilizar todas las ventajas que encuentren en el terreno del espectáculo, que precisamente ha sido organizado desde hace mucho tiempo para eso; por el contrario es la dificultad de apercibirse de ello lo que resulta sorprendente y no parece justo.

El interés actual de la justicia represiva en este terreno consiste en generalizar lo más rápidamente posible. Lo importante en esta clase de mercancía es el envoltorio, o la etiqueta: el código de barras. Un enemigo de la democracia espectacular es como cualquier otro, como son iguales todas las democracias espectaculares. Así pues, no puede haber derecho de asilo para los terroristas, y aunque no se les reproche haberlo sido, lo han sido y se impone la extradición. En noviembre de 1978, con motivo del caso de Gabor Winter, joven tipógrafo acusado por el gobierno de la República Federal de Alemania de haber redactado algunas octavillas revolucionarias, la señorita Nicole Pradain, representante del Ministerio Fiscal ante la Cámara de Acusación del Tribunal de Apelación de París, se aprestó a demostrar que “las motivaciones políticas”, única causa para rechazar la extradición, prevista por la convención franco-alemana de 29 de noviembre de 1951, no podían ser invocadas: “Gabor Winter no es delincuente político sino social. Rechaza las obligaciones sociales.

Un verdadero delincuente político no tiene sentimientos de rechazo hacia la sociedad, ataca las estructuras políticas y no, como Gabor Winter, las estructuras sociales.” La noción de delito político respetable no fue reconocida en Europa hasta el momento en que la burguesía atacó con éxito las estructuras sociales establecidas. La cualidad de delito político no podía separarse de las diversas intenciones de la crítica social. Esto fue así para Blanqui, Varlin, Durruti. En cambio ahora se finge querer mantener, como un lujo poco costoso, un delito puramente político; delito que sin duda ya nadie tendrá nunca ocasión de cometer, puesto que nadie se interesa ya por el tema, a no ser los profesionales de la política, cuyos delitos no son casi nunca perseguidos y que además ya no se llaman políticos. Todos los crímenes y delitos son sociales pero, de todos ellos, ninguno se considerará peor que la impertinente pretensión de querer aún cambiar algo en esta sociedad que cree que, hasta el presente, ha sido demasiado buena y paciente, pero no quiere seguir siendo vilipendiada.

X

La disolución de la lógica se ha perseguido por diferentes medios – acordes con los intereses fundamentales del nuevo sistema de dominación- y que han actuado siempre prestándose apoyo recíproco. Varios de esos medios sustentan la instrumentación técnica que ha experimentado y popularizado el espectáculo, pero otros se hallan más vinculados a la psicología de masas de la sumisión.

En el terreno de las técnicas, cuando la imagen construida y escogida por otro se conviene en la principal relación del individuo con el mundo que antes contemplaba por sí mismo, de cada lugar a donde podía ir, esa imagen va a ser la base fundamental de todo; porque en el interior de una misma imagen se puede yuxtaponer sin contradicción cualquier cosa. El flujo de imágenes se lo lleva todo, y de igual manera es otro quien gobierna a su gusto ese resumen simplificado del mundo sensible, ese otro que escoge adónde debe ir esa corriente así como el ritmo de lo que debe manifestarse como perpetua sorpresa arbitraria, sin dejar tiempo para la reflexión e independientemente de lo que el espectador pueda pensar o comprender. En esa experiencia concreta de la sumisión permanente se halla la raíz psicológica de la adhesión generalizada a lo que está ahí, que viene a reconocerle ipso facto un valor suficiente. El discurso espectacular calla, además de lo que es propiamente secreto, todo aquello que no le conviene. De lo que muestra aísla siempre el entorno, el pasado, las intenciones, las consecuencias. Es pues totalmente ilógico.

Dado que ya nadie puede contradecirle, el espectáculo tiene derecho a contradecirse a sí mismo, a rectificar su pasado. La altanera actitud de sus servidores cuando dan a conocer una nueva versión, y quizá más engañosa todavía, de algunos hechos, es la de rectificar con dureza la ignorancia y las malas interpretaciones atribuidas a su público, mientras que son ellos mismos quienes la víspera se apresuraban a difundir ese error, con su acostumbrado aplomo. De este modo, las enseñanzas del espectáculo y la ignorancia de los espectadores aparecen indebidamente como factores antagonistas cuando, en realidad, provienen el uno del otro.

El lenguaje binario del ordenador es otra irresistible incitación a admitir sin reservas lo que ha sido programado según el deseo del otro, y que se erige en fuente intemporal de una lógica superior, imparcial y total. ¡Qué rapidez y qué exuberancia de vocabulario para juzgarlo todo! ¿Político? ¿Social? Hay que escoger, si no es una cosa es otra. Mi elección se impone. Cuando nos lo dicen sabemos para qué sirven esas estructuras. No resulta sorprendente que desde muy temprano los alumnos empiecen con entusiasmo a dedicarse al Saber Absoluto de la Informática, en tanto que siempre son más ignorantes en cuanto a lectura, que exige un verdadero juicio a cada línea, y sólo ella puede hacernos acceder a la amplia experiencia humana antiespectacular. La conversación está casi muerta y pronto lo estarán muchos de los que saben hablar.

En el plano de los medios de pensamiento de las poblaciones contemporáneas, la primera causa de decadencia se refiere claramente al hecho de que ningún discurso difundido por medio del espectáculo da opción a respuesta; y la lógica sólo se ha formado socialmente en el diálogo. Cuando se ha extendido el respeto hacia aquel que habla desde el espectáculo, a quien se atribuye importancia, riqueza, prestigio, la autoridad misma, se extiende también entre los espectadores el deseo de ser tan ilógicos como el espectáculo como medio de mostrar un reflejo individual de esa autoridad. La lógica, en fin, no es fácil y nadie desea enseñarla. Ningún drogadicto estudia lógica porque no tiene ni la necesidad ni la posibilidad de hacerlo. Esa pereza del espectador es también la del especialista, rápidamente formado, y la del marco intelectual, que en cualquier caso intentará disimular los estrechos límites de sus conocimientos por medio de la repetición dogmática de algún argumento de autoridad ilógica.

XI

Es opinión general que aquellos que han demostrado mayor incapacidad en materia de lógica son precisamente quienes se proclaman revolucionarios. Este reproche injustificado proviene de una época anterior en la que casi todo el mundo pensaba con un mínimo de lógica, con la notoria excepción de los cretinos y los militantes; entre estos últimos anidaba además la mala fe, deseable porque genera eficacia. Pero actualmente no es posible olvidar el hecho de que, como cabía esperar, el uso intensivo del espectáculo ha convertido en ideólogos a la mayoría de los contemporáneos, aunque lo sean solamente de forma parcial y a sacudidas. La falta de lógica, es decir, la pérdida de la capacidad de reconocer instantáneamente lo que es importante y lo que no lo es o está fuera de tema; lo que es incompatible o, por el contrario, podría ser complementario, todo lo que implica tal consecuencia y lo que, a la vez, prohíbe.

Esa enfermedad se ha inyectado a la población a voluntad y a altas dosis por medio de los anestesistas-reanimadores del espectáculo. Los contestatarios no han sido en modo alguno más irracionales que la gente sometida, lo que sucede es que entre los primeros esa irracionalidad general se ve con más intensidad porque dando publicidad a su proyecto han intentado llevar a cabo una operación práctica que podría ser leer algunos textos demostrando que comprenden el sentido. Se han exigido diversas obligaciones de dominio de la lógica e incluso de la estrategia, que es exactamente el campo de acción de la lógica dialéctica de los conflictos, a la vez que, exactamente como los demás, están acusadamente desprovistos de la simple capacidad de guiarse con los viejos e imperfectos instrumentos de la lógica formal. No hay dudas por lo que a ellos respecta, en tanto que no se aplica el mismo criterio respecto a los demás.

El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar: aquél con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario a su retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los más importantes éxitos obtenidos por la dominación espectacular.

La rápida desaparición del vocabulario preexistente no es más que un estadio de esa operación a cuyo servicio está.

XII

La desaparición de la personalidad acompaña fatalmente las condiciones de la existencia sometida a las normas espectaculares y, de este modo, cada vez más alejada de la posibilidad de conocer experiencias auténticas y, por eso mismo, de descubrir sus preferencias individuales. Paradójicamente, el individuo deberá abjurar permanentemente si intenta que se le considere un poco en el seno de semejante sociedad. Este tipo de existencia postula una fidelidad siempre cambiante, una serie de adhesiones a productos falaces constantemente decepcionantes. Hay que correr rápidamente tras la inflación de los signos despreciados de la vida. La droga ayuda a conformarse con esa organización de las cosas; la locura ayuda a huir.

En todo tipo de cuestiones de esta sociedad en la que la distribución de los bienes se ha centralizado de tal manera que se ha convertido en dominante -de forma a la vez notoria y secreta- de la definición misma de lo que será el bien, se atribuyen a ciertas personas cualidades, conocimientos o a veces incluso vicios, perfectamente imaginarios, para explicar por mediación suya el desarrollo satisfactorio de algunas empresas. Y ello con el único fin de esconder, o al menos disimular tanto como sea posible, la función de las diversas ententes que deciden sobre todos los temas.

Sin embargo, a pesar de sus frecuentes intentos y sus torpes medios por sacar a la luz en toda su dimensión a numerosas personalidades supuestamente destacables, la sociedad actual logra muy a menudo lo contrario – y no únicamente por todo lo que ha sustituido actualmente a las artes, o por los discursos al respecto-; la total incompetencia tropieza con otra incompetencia comparable, ambas enloquecen y una de ellas derrotará a la otra. Es el caso del abogado que, olvidando que figura en un proceso sólo para defender una causa, se deja influir sinceramente por un razonamiento del abogado contrario, aunque ese razonamiento haya podido ser tan poco riguroso como el suyo propio. Puede suceder también que un sospechoso, inocente, confiese momentáneamente ese crimen que no ha cometido por la única razón de que ha quedado impresionado por la lógica de la hipótesis de un delator que quería creerlo culpable (caso del doctor Archambeau en Poitiers, en 1984).

El propio Mac Luhan, el primer apologista del espectáculo, que parecía el imbécil más convencido de su siglo, cambió de opinión al descubrir finalmente en 1976 que «la presión de los mass media empuja hacia lo irracional» y que era urgente moderar su uso. Con anterioridad el pensador de Toronto había pasado varios decenios maravillándose de las múltiples libertades que supondría esa “aldea planetaria” tan instantáneamente accesible a todos sin ningún esfuerzo. Las aldeas, al contrario que las ciudades, siempre han estado dominadas por el conformismo, el aislamiento, el control mezquino, el aburrimiento, los cotilleos repetidos sobre las mismas familias. Y de este modo se presenta en adelante la vulgaridad del planeta espectacular en que no es posible distinguir la dinastía de los Grimaldi-Mónaco o los Borbón-Franco de la que sustituyó a los Estuardo. Sin embargo ingratos discípulos intentan hoy hacernos olvidar a Mac Luhan y renovar sus primeros hallazgos emprendiendo a la vez una carrera en el elogio mediático de todas esas libertades que podrán “escogerse” aleatoriamente dentro de lo efímero. Y probablemente renegarán de ello más rápido que su inspirador.

XIII

El espectáculo esconde sólo algunos de los peligros que rodean al maravilloso orden que ha establecido. Mientras la polución de los océanos y la destrucción de los bosques ecuatoriales amenazan la renovación de oxígeno de la tierra, la capa de ozono se ve afectada por el progreso industrial y las radiaciones de origen nuclear se acumulan irreversiblemente, el espectáculo concluye que todo eso carece de importancia. Sólo le interesan los datos y las dosis, le basta con eso para tranquilizar, cosa que a un espíritu preespectacular le hubiera parecido imposible. Los métodos de la democracia espectacular son de una gran flexibilidad; al contrario de la torpe brutalidad del diktat totalitario. Se puede cambiar el nombre de aquello que ha sido secretamente transformado (cerveza, buey, un filósofo). También se puede cambiar el nombre de aquello que ha sido secretamente continuado: por ejemplo en Inglaterra, la fábrica de retratamiento de residuos nucleares de Windscale ha propiciado el cambio de nombre de su localidad por el de Sellafield, con el fin de desviar mejor las sospechas tras un desastroso incendio que tuvo lugar en 1957. Pero ese retratamiento toponímico no ha impedido el aumento de la mortalidad por cáncer y leucemia en los alrededores. El gobierno británico -nos enteramos democráticamente treinta años más tarde- en el momento de producirse el accidente decidió guardar en secreto el informe de una catástrofe que juzgaba, no sin razón, de tal naturaleza que podía quebrar la confianza que el público concedía a lo nuclear.

Las prácticas nucleares -sean militares o civiles- requieren una dosis de secreto mayor que ningún otro tema aunque, como se sabe, en todos es muy necesario. Para facilitar la vida, es decir las mentiras, los sabios escogidos por los amos de este sistema han descubierto la utilidad de cambiar también las unidades de medida, de modificarlas según un mayor número de criterios, de refinarlas con el fin de poder trampear, según el caso, con varias de esas cifras difícilmente convertibles. Así, para evaluar la radiactividad se puede disponer de las unidades de medida siguientes: el curio, becquerel, el roëtgen, el rad, el rem, sin olvidar el sencillo milirad y el sivert, que no es más que una unidad de cien rems. Esta serie recuerda las subdivisiones de la moneda inglesa, cuya complejidad resultaba muy dificil para los extranjeros, en los tiempos en que Sellafield todavía se llamaba Windscale.

Es fácil concebir el rigor y la precisión que en el siglo XIX hubiera podido alcanzar la historia de las guerras y, en consecuencia, los teóricos de la estrategia si, con el fin de no proporcionar informaciones demasiado confidenciales a los comentaristas neutrales o a los historiadores enemigos, habitualmente se hubiera dado cuenta de una campaña en los siguientes términos: “La fase inicial comporta una serie de combates en los que, por nuestra parte, una sólida vanguardia compuesta por cuatro generales y las unidades bajo su mando se enfrenta a un cuerno enemigo de trece mil bayonetas. En la fase ulterior se desarrolla una batalla campal, largamente disputada, en la que ha intervenido la totalidad de nuestro ejército con sus doscientos noventa cañones y su caballería de dieciocho mil sables, en tanto que el adversario ha opuesto tropas que no cuentan con menos de tres mil seiscientos tenientes de infantería, cuarenta capitanes de húsares y veinticuatro coraceros. Tras alternancias de éxitos y fracasos por una y otra parte, la batalla puede considerarse como indecisa. Nuestras pérdidas, muy por debajo de la cifra media que es habitual en combates de duración e intensidad similar, son sensiblemente superiores a las de los griegos en Marathon, pero siguen siendo inferiores a las de los prusianos en Jena.» A partir de este ejemplo no resulta difícil para los especialistas hacerse una idea de las fuerzas comprometidas, pero, con toda seguridad, la conducción de las operaciones seguirá estando por encima de cualquier juicio.

En junio de 1987, Pierre Bacher, director adjunto del equipo del EDF (Electricité de France), expuso la última doctrina respecto a la seguridad de las centrales nucleares. Dotándolas de válvulas y filtros es mucho más fácil evitar catástrofes mayores como la fisura o explosión del reactor, que afectaría al conjunto de una “región”. Eso es lo que pasaría si se lo comprimiera en exceso. Es más conveniente que, cada vez que parezca que el reactor va a dispararse, se ejerza una ligera descompresión rociando una zona próxima de algunos kilómetros, extensión que cada vez será diferente y aleatoriamente ampliada según el capricho de los vientos. Los discretos análisis llevados a cabo en Caradoche, en Dróme, “han puesto de manifiesto que las fugas – esencialmente de gas- no superan en algunos por mil el peor uno por ciento de la radiactividad reinante en la zona”. Ese peor se mantiene pues muy moderado: uno por ciento. Antes se estaba muy seguro de que no había riesgo salvo en caso de accidente, por supuesto imposible. Los primeros años de experiencia han modificado esa creencia y, en consecuencia, puesto que el accidente siempre es posible, lo que hay que evitar es que alcance un grado catastrófico, lo que resulta fácil; basta de contaminar interrumpidamente con moderación. ¿Quién no está convencido de que es infinitamente más sano limitarse a beber durante años ciento cuarenta centilitros de vodka al día que empezar a emborracharse de repente como cosacos?

Es una lástima que la sociedad humana tropiece con problemas tan candentes en el momento en que se ha hecho materialmente imposible hacer oír la más mínima objeción al discurso mercantil; precisamente porque, gracias al espectáculo, está a cubierto de tener que responder de sus decisiones y justificaciones fragmentarias o delirantes, cree que no tiene necesidad de pensar. Por convencido que sea el demócrata ¿no preferiría que se le hubieran escogido amos más inteligentes?

En la conferencia internacional de expertos que tuvo lugar en Ginebra en diciembre de 1986, simplemente era cuestión de prohibir mundialmente la producción de clorofluocarbono, el gas que, desde hace poco pero a marchas forzadas, está haciendo desaparecer la fina capa de ozono que – como se recordará- protege este planeta contra los efectos nocivos de la radiación cósmica. Daniel Verilhe, representante de la filial de productos químicos de Elf Aquitaine y que figuraba como tal en una delegación francesa firmemente opuesta a la prohibición, hacía una observación llena de sentido: “Se necesitan tres años para poner a punto posibles sustitutos y los costes pueden multiplicarse por cuatro.” Es sabido que esa fugitiva capa de ozono no pertenece a nadie ni tiene ningún valor comercial. La estrategia industrial ha conseguido pues que sus opositores se aperciban de toda su inexplicable despreocupación económica con esta referencia a la realidad: «Es muy aventurado basar una estrategia industrial en imperativos de tipo ambiental.» Aquellos que hace ya mucho tiempo empezaron a criticar la economía política definiéndola como “la total negación del hombre” no se equivocaban, se puede reconocer en los rasgos descritos.

XIV

Se dice que actualmente la ciencia se halla sometida a imperativos de rentabilidad económica, lo que siempre ha sido cierto. Lo que resulta nuevo es que la economía haya venido a hacerle abiertamente la guerra a los humanos, no solamente a sus condiciones de vida sino también a las de su supervivencia. En este momento el pensamiento científico ha optado, en contra de gran parte de su pasado antiesclavista, por servir a la dominación espectacular. Antes de llegar a este punto la ciencia poseía una relativa autonomía. Sabía pensar su parcela de realidad y de este modo contribuir inmensamente a aumentar los medios de la economía.

Ahora que la todopoderosa economía se ha vuelto loca, y los tiempos espectaculares no son más que eso, ésta ha suprimido el último rastro de autonomía científica, tanto en el plano metodológico como en el de las condiciones prácticas de la actividad de los “investigadores”. A la ciencia ya no se le pide que comprenda el mundo o lo mejore en algo. Se le pide que justifique inmediatamente todo lo que se hace. Tan estúpida en ese terreno como en todos los demás, que explota con la más ruinosa irreflexión, la dominación espectacular ha echado abajo el gigantesco árbol del conocimiento científico con la única finalidad de hacerse tallar un bastón. Para obedecer a esta última demanda social de una justificación manifiestamente imposible, vale más no saber pensar demasiado sino, por el contrario, estar bien entrenado en las comodidades del discurso espectacular. Y, efectivamente, es en esa carrera donde precisamente ha encontrado su más reciente especialización -con muy buena voluntad- la prostituida ciencia de estos días despreciables.

La ciencia de la justificación engañosa apareció de forma natural a partir de los primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la cancerosa proliferación de las pseudociencias llamadas “del hombre”; pero, en el caso de la medicina moderna, durante un tiempo pudo hacerse pasar por útil, aunque los que vencieron a la viruela o a la lepra no eran los mismos que rastreramente han capitulado entre las radiaciones nucleares o la química agroalimentaria. Se objeta rápidamente que hoy en día la medicina no tiene derecho a defender la salud de la población contra el entorno patógeno pues eso sería oponerse al Estado o, al menos, a la industria
farmacéutica.

La actividad científica presente reconoce en qué se ha convertido y está obligada a callar. Por eso y por lo que, muy a menudo, tiene la simpleza de decir. Los profesores Even y Andrieu, del Hospital Laénnec, anunciaron en noviembre de 1985 —tras experimentar ocho días con cuatro enfermos— que quizá habían descubierto un remedio eficaz contra el SIDA; los enfermos murieron dos días después. Varios médicos, menos avanzados o quizá celosos, expresaron algunas reservas por la manera tan precipitada de correr a registrar lo que no era más que una engañosa apariencia de victoria horas antes del desastre. Even y Andrieu se defendieron sin inmutarse afirmando que “después de todo, más vale tener falsas esperanzas que ninguna”. Eran incluso demasiado ignorantes para reconocer que ese argumento por sí solo constituía una completa abjuración del espíritu científico y que históricamente siempre había servido para cubrir los provechosos sueños de charlatanes y brujos; en los tiempos en que no se les confiaba la dirección de los hospitales.

Cuando la ciencia oficial, al igual que todo el resto del espectáculo social, se comporta de tal manera que, bajo una representación materialmente modernizada, enriquecida, no hace más que retomar las antiguas técnicas de los feriantes —ilusionistas, vendedores ambulantes y curanderos—, no puede sorprender ver la gran autoridad que adquieren, paralelamente y de algún modo por todas partes, los magos, las sectas, el zen envasado al vacío o la teología de los mormones. La ignorancia, que tan bien ha servido a los poderes establecidos, siempre ha sido, además, explotada por ingeniosas empresas al margen de la ley. ¿Qué momento más favorable que éste en el que tanto ha progresado el analfabetismo? Pero esta realidad es también negada por otra demostración de brujería. Desde su fundación, la UNESCO adoptó una definición científica, muy precisa, para el analfabetismo que consideraba tarea suya combatir en los países atrasados.

Cuando repentinamente se ha visto surgir de nuevo el mismo fenómeno del analfabetismo pero esta vez en los países llamados avanzados, como aquel que, según Grouchy, vio surgir Blücher en su batalla, ha bastado para entregar la Guardia a los expertos y ellos, rápidamente, han puesto en pie la fórmula de un solo asalto irresistible, reemplazando el término analfabetismo por el de iletrismo: igual que un “falso patriota” puede aparecer oportunamente para sostener una buena causa nacional. Y para dar credibilidad a la pertinencia del neologismo entre pedagogos se ha puesto en circulación una nueva definición, como si estuviera admitida desde siempre, según la cual mientras que analfabeto era el que jamás había aprendido a leer, el iletrado en sentido moderno es, por el contrario, aquel que ha aprendido a leer (y lo ha aprendido mejor de lo que se aprendía antes, como pueden testimoniar objetivamente los más dotados teóricos e historiadores oficiales de la pedagogía) pero, por azar, enseguida lo ha olvidado.

Esta sorprendente explicación correría el riesgo de ser menos tranquilizadora que inquietante si no tuviera el arte de evitar, como si no la viera, la primera duda que se le hubiera presentado a todo el mundo en épocas más científicas: que este último fenómeno del iletrismo merecería ser explicado y combatido, ya que nunca ha podido ser observado, ni siquiera imaginado, en ningún sitio antes de los recientes progresos del pensamiento averiado; cuando la decadencia de la explicación avanza al mismo ritmo que la decadencia de la práctica.

XV

Hace doscientos años el Nouveau Dictionnaire des Synonymes Français de A. L. Sardou definía los matices que hay que distinguir entre: falaz, engañoso, impostor, seductor, insidioso y capcioso y que, en conjunto, constituyen hoy en día una especie de paleta con los colores adecuados para un retrato de la sociedad del espectáculo. No corresponde al tiempo de Sardou ni a su experiencia de especialista exponer con la misma claridad los significados próximos, pero muy distintos, de los peligros que normalmente debe afrontar cualquier grupo entregado a la subversión y que seguirían por ejemplo esta gradación: desorientado, provocado, infiltrado, manipulado, usurpado, arrepentido. Estos matices considerables nunca han aparecido tampoco en los tratados de la «lucha armada».

«Falaz, del latín Fallaciosus, hábil o habituado a engañar, lleno de picardía: la terminación de este adjetivo equivale al superlativo de engañoso. Aquel que engaña o induce a error de la manera que sea, es engañoso; lo que está hecho para engañar, abusar, llevar a error por un designio consciente de engañar con artificio imponiendo el propio criterio para cometer abusos, es falaz. Engañoso es una palabra genérica y vaga, todos los signos y apariencias inciertos son engañosos; falaz designa la falsedad, la picardía, la impostura calculada; discursos, protestas, razonamientos rebuscados, son falaces. Esta palabra tiene relación con las de impostor, seductor, insidioso, capcioso, pero sin equivalente. Impostor designa todo tipo de falsas apariencias o de tramas concertadas para abusar o perjudicar, por ejemplo, la hipocresía, la calumnia, etc. Seductor expresa la acción propia de apoderarse de alguien, de confundirlo con medios hábiles e insinuantes. Insidioso señala la acción de tender trampas y hacer caer en ellas. Capcioso se refiere a la acción sutil de sorprender a alguien e inducirlo a error. Falaz reúne la mayor parte de esos caracteres.»

XVI

El concepto, aún nuevo, de desinformación ha sido recientemente importado de Rusia junto a muchas otras investigaciones útiles para la gestión de los estados modernos. Es muy utilizado por un poder -o corolariamente por personas que ostentan un fragmento de autoridad económica o política- para mantener lo establecido; y atribuyendo siempre a esa utilización una función contraofensiva. Lo que puede oponerse a una única verdad oficial debe ser necesariamente una desinformación emanada de potencias hostiles o al menos rivales, intencionadamente falseada por la malevolencia. La desinformación no es la simple negación de un hecho que conviene a las autoridades, o la simple afirmación de un hecho que no les conviene: a eso se le llamaría psicosis.

Contrariamente a la pura mentira, la desinformación —y he aquí por qué el concepto resulta interesante para los defensores de la sociedad dominante— fatalmente debe contener una cierta dosis de verdad, pero deliberadamente manipulada por un hábil enemigo. El poder que habla de desinformación no se cree él mismo libre de defectos, pero sabe que podrá atribuir a cualquier crítica esa excesiva insignificancia que está en la naturaleza de la desinformación; y de esa manera jamás tendrá que reconocer un defecto propio.

La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien la lanza es culpable y quien la cree, imbécil. Pero ¿quién será pues el hábil enemigo? En este caso no puede ser el terrorismo, que no corre el riesgo de “desinformar” a nadie, puesto que está encargado de representar ontológicamente el error más burdo y menos admisible. Gracias a su etimología y a los recuerdos contemporáneos de los enfrentamientos que, hacia mediados de siglo, opusieron brevemente el Este al Oeste, espectacular concentrado y espectacular difuso, aún hoy el capitalismo de lo espectacular integrado finge creer que el capitalismo de burocracia totalitaria —a veces presentado incluso como la base oculta o la inspiracion de los terroristas— sigue siendo su enemigo esencial, al igual que el otro dirá lo mismo del primero, a pesar de las innumerables pruebas de su alianza y profunda solidaridad.

De hecho, todos los poderes establecidos, a despecho de rivalidades locales, y sin querer reconocerlo jamás, piensan continuamente lo que supo recordar un día —desde la subversión y sin demasiado éxito entonces— uno de los raros internacionalistas alemanes, después de comenzada la guerra de 1914: “El principal enemigo está en nuestro país.” Finalmente, la desinformación es el equivalente de lo que, en el discurso de la guerra social del siglo XIX, representaban “las malas pasiones”. Es todo lo que es oscuro y se arriesga a querer oponerse al extraordinario bienestar con que esta sociedad, como es sabido, beneficia a aquellos que le otorgan su confianza; bienestar que no podría pagarse con todos los riesgos o insignificantes sinsabores. Y todos los que ven ese bienestar en el espectáculo, admiten que no hay que escatimar en su coste; mientras, los otros desinforman.

Otra ventaja que se encuentra en el hecho de denunciar, explicándola así, una desinformación particular es que, en consecuencia, el discurso global del espectáculo no resultará sospechoso de contenerla, puesto que puede designar, con la más científica seguridad, el terreno en el que se halla la única desinformación: es todo lo que puede decirse y no le gusta.

A menos que se tratase de un cebo deliberado, no hay duda de que ha sido por error por lo que en Francia se ha activado recientemente el proyecto de atribuir oficialmente una especie de etiqueta a lo mediático: “garantizado sin desinformación”; esto hiere a algunos profesionales de los media que aún quisieran creer o, más modestamente, hacer creer, que efectivamente ya no son censurados. Pero, sobre todo, el concepto de desinformación no debe ser empleado defensivamente y, mucho menos, en una línea defensiva estática, fabricando una Muralla China, una Línea Maginot que cubriera por completo un espacio considerado prohibido a la desinformación. Es preciso que haya desinformación y que sea fluida, capaz de llegar a todas partes. Allí donde el discurso espectacular no es atacado sería estúpido defenderlo contra la evidencia, sobre puntos que, por el contrario, deben evitar llamar la atención. Además las autoridades no tienen ninguna necesidad real de garantizar que una información no contiene desinformación. Por otra parte carecen de los medios para hacerlo: no son tan respetadas y no harían más que atraer la sospecha sobre la información en cuestión. El concepto de desinformación no es bueno más que en el contraataque. Hay que mantenerlo en segunda línea y lanzarlo instantáneamente hacia adelante para repeler cualquier verdad que pudiera surgir.

Si alguna vez existe el riesgo de que aparezca una especie de desinformación desordenada al servicio de algunos intereses particulares pasajeramente en conflicto, y de que se la crea, llegando a ser incontrolable y oponiéndose por ello a la labor de conjunto de una desinformación menos irresponsable, no es que no haya que temer que en esa desinformación se hallen comprometidos otros manipuladores más expertos o sutiles: se trata simplemente de que, actualmente la desinformación se despliega en un mundo en el que no hay lugar para ninguna comprobación. El concepto confusionista de desinformación se erige en vedette para rechazar instantáneamente por el solo sonido de su nombre, toda crítica que no hubieran hecho desaparecer las diversas agencias de la organización del silencio. Por ejemplo, si así fuera deseable, un día podría decirse que este escrito es una empresa de desinformación sobre el espectáculo; o bien, lo que sería lo mismo, de desinformación en detrimento de la democracia.

Contrariamente a lo que afirma su concepto espectacular invertido, la práctica de la desinformación sólo puede servir al Estado aquí y ahora, bajo su mando directo; o a la iniciativa de aquellos que defienden los mismos valores. De hecho la desinformación reside en toda la información existente, y como su característica principal. Sólo se la nombra allí donde, por medio de la intimidación hay que mantener la pasividad. Allí donde la desinformación es nombrada, no existe. Allí donde existe no se la nombra.

Cuando aún había ideologías que se enfrentaban, que se proclamaban a favor o en contra de tal aspecto de la realidad, había fanáticos y embusteros, pero no “desinformadores”. Cuando por respeto al consenso espectacular o, al menos, por una voluntad de vanagloria espectacular, no está permitido decir realmente aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con todas sus consecuencias; cuando se topa a menudo con la obligación de disimular un aspecto que, por alguna razón, se considera peligroso dentro de lo que se supone debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por atolondramiento, por olvido o por pretendido falso razonamiento. Y por ejemplo, en el terreno de la contestación después de 1968, los recuperadores incapaces a los que se llamó «pro-situs» fueron los primeros desinformadores, porque disimulaban tanto como les era posible las manifestaciones prácticas a través de las cuales se había afirmado la crítica que ellos se jactaban de adoptar; y, molestos si tenían que suavizar la expresión, no citaban jamás nada ni a nadie, para mantener la apariencia de que habían encontrado algo.

XVII

Invirtiendo una famosa cita de Hegel yo escribía ya en 1967 que “en el mundo realmente trastocado, lo verdadero es un momento de lo falso”. Los años transcurridos desde entonces han demostrado los progresos de ese principio en cada terreno particular sin excepción. Así, en una época en que puede existir arte contemporáneo se hace difícil juzgar las artes clásicas. Aquí, como en todas partes, la ignorancia sólo se produce para ser explotada. Al mismo tiempo que se pierden simultáneamente el sentido de la historia y el gusto, se organizan redes de falsificación. Basta con tener a los expertos y a los tasadores, lo que es bastante fácil, y colarlo todo, porque, tanto en los asuntos de esta naturaleza como en definitiva en todos los demás, la venta es la que autentifica cualquier valor. Después son los coleccionistas o los museos, sobre todo americanos, quienes, atiborrados de falso, tendrán interés en mantener la buena reputación, al igual que el Fondo Monetario Internacional mantiene la ficción del valor positivo de las inmensas deudas de cien naciones.

Lo falso forma el gusto, y sostiene lo falso, haciendo desaparecer, a sabiendas, la posibilidad de referencia a lo auténtico. En cuanto es posible se rehace incluso lo verdadero para que se parezca a lo falso. Los americanos, aun siendo los más ricos y los más modernos, han sido las principales víctimas de este comercio de lo falso en arte. Y son precisamente ellos quienes financian los trabajos de restauración de Versailles o de la Capilla Sixtina. Por eso los frescos de Miguel Angel adquirirán los vivos colores de una historieta, y los auténticos muebles de Versailles, ese brillo del dorado que los hará muy parecidos al falso mobiliario de época Luis XIV costosamente importado a Texas.

El juicio de Feuerbach sore el hecho de que su tiempo prefería “la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad”, ha sido enteramente confirmado por la época del espectáculo, y ello en algunos terrenos en los que el siglo XIX quiso mantenerse al margen de lo que constituía ya su verdadera naturaleza: la producción industrial capitalista. Así es como la burguesía propagó el riguroso espíritu del museo, del objeto original, de la crítica histórica exacta, del documento auténtico. Pero hoy en todas partes lo artificial tiende a reemplazar a lo verdadero. En este momento la polución originada por el tráfico obliga a sustituir los caballos de Marly o las estatuas romanas del pórtico de Saint-Trophime por réplicas en plástico. En definitiva, todo será más bonito que antes, para ser fotografiado por los turistas.

El punto culminante lo ha alcanzado el risible falso burócrata chino de las grandes estatuas del enorme ejército industrial del Primer Emperador, que tantos hombres de Estado de viaje en China han sido invitados a admirar in situ. El que haya sido posible burlarse de ellos tan cruelmente demuestra que nadie de entre toda su masa de consejeros disponía de un solo individuo que conociera la historia del arte, en China o fuera de ella. Ya se sabe que su formación ha sido otra: “El ordenador de Su Excelencia no ha sido informado.” Esta prueba de que por primera vez se puede gobernar sin tener ningún conocimiento artístico ni ningún sentido de lo auténtico o de lo imposible, podría bastar para conjeturar que todos esos pánfilos ingenuos de la economía y la administración, probablemente acabarán llevando el mundo a alguna gran catástrofe; si su práctica efectiva no lo hubiera demostrado ya.

XVIII

Nuestra sociedad se basa en el secreto, desde las “sociedades-pantalla” que ponen a cubierto los bienes concentrados de los poseedores, hasta el “secreto-defensa” que cubre actualmente un inmenso espacio de plena libertad extrajudicial del Estado; desde los secretos, a menudo pavorosos, de la fabricación pobre, que se esconden tras la publicidad, hasta las proyecciones de las variantes del futuro extrapolado, sobre las cuales la dominación lee por sí sola el progreso más probable de lo que afirma no tener ninguna clase de existencia, calculando las respuestas que aportará misteriosamente. A este respecto pueden hacerse algunas observaciones.

Tanto en las grandes ciudades como en algunos espacios reservados del campo, hay siempre un gran número de lugares inaccesibles, es decir, guardados y protegidos de toda mirada; colocados fuera del alcance de la curiosidad inocente y fuertemente abrigados del espionaje. Sin ser todos propiamente militares, se ciñen a ese modelo para colocarse más allá de cualquier riesgo de control por parte de paseantes o habitantes, o incluso por parte de la policía que, desde hace tiempo, ha visto cómo sus funciones se reducían a las de vigilancia y represión de la delincuencia más común.

Así en Italia, cuando Aldo Moro fue secuestrado por Potere Due, no estaba retenido en un edificio más o menos difícil de localizar sino simplemente impenetrable.

Cada vez hay un mayor número de hombres formados para actuar en el secreto; instruidos y entrenados para no hacer más que eso. Se trata de los destacamentos especiales de hombres armados de archivos reservados, es decir, de observaciones y análisis secretos. Otros disponen de diversas técnicas para la explotación y manipulación de esos asuntos secretos. Finalmente, cuando se trata de sus ramas «Acción» pueden, además, estar equipados con otras capacidades de simplificación de los problemas estudiados.

Esos hombres, especializados en la vigilancia y la influencia, cuentan cada vez con más medios y encuentran, además, circunstancias generales que les son progresivamente más favorables. Cuando, por ejemplo, las nuevas condiciones de la sociedad de lo espectacular integrado han obligado a su crítica a ser realmente clandestina —no porque ésta se esconda sino porque está oculta bajo la pesada puesta en escena del pensamiento del divertimiento—, los que están encargados de vigilar esa crítica, y necesitan desmentirla, en última instancia pueden utilizar contra ella los recursos tradicionales en el medio clandestino: provocación, infiltración, y diversas formas de eliminación de la crítica auténtica en provecho de una falsa que habrá podido establecerse a ese efecto. La incertidumbre crece cuando, a propósito de ello, la impostura general del espectáculo se enriquece con la posibilidad de recurrir a mil imposturas particulares. Un crimen sin explicación puede llamarse también suicidio, sea en prisión o en cualquier otra parte; la disolución de la lógica permite investigaciones y procesos que caen en picado en lo irracional y que, con frecuencia, son falseados desde el principio por extravagantes autopsias que practican singulares expertos.

Desde hace mucho tiempo es normal ver en todas partes cómo se ejecuta sumariamente a toda clase de gente. Los terroristas conocidos, o considerados como tales, son combatidos abiertamente de manera terrorista. El Mossad mata a Abou Jihad o los S.A.S. ingleses a irlandeses, o la policía paralela de los GAL a vascos. Aquellos a quienes se manda asesinar por supuestos terroristas no son escogidos al azar, pero, en general, es imposible estar seguro de conocer los motivos. Se sabe que la estación de Bolonia voló para que Italia siga estando bien gobernada, y qué son los “escuadrones de la muerte” en Brasil, y que la Mafia puede incendiar un hotel en Estados Unidos para apoyar un rackett. Pero ¿Cómo saber para qué han podido servir en realidad los “locos asesinos de Brabante”? Es muy dificil aplicar el principio cui prodest en un mundo en el que tantos intereses activos están tan bien escondidos. Así pues, bajo lo espectacular integrado, se vive y muere en el punto de confluencia de un gran número de misterios.

Los rumores mediático-policiales adquieren al instante, o en el peor de los casos tras haber sido repetidos tres o cuatro veces, el peso indiscutible de pruebas históricas seculares. Según la autoridad legendaria del espectáculo del día, extraños personajes eliminados en el silencio reaparecen como supervivientes ficticios, el retorno de los cuales siempre podrá ser evocado o calculado, y probado por el más simplen “se dice” de los especialistas. En alguna parte entre Aqueronte y Leteo están esos muertos que no han sido enterrados según las reglas del espectáculo y que se cree están dormidos esperando que se los quiera despertar; todos: el terrorista recién llegado de las montañas, el pirata retornado del mar y el ladrón que ya no necesita robar.

De este modo la incertidumbre se halla organizada en todas partes. La protección respecto a la dominación procede muy a menudo por medio de falsos ataques cuyo tratamiento mediático hará perder de vista la verdadera operación: tal como sucedió con el estrafalario intento de golpe de Estado de Tejero y sus guardias civiles en las Cortes españolas en 1981, cuyo fracaso debía ocultar otro pronunciamiento más moderno, es decir, enmascarado, que sí ha triunfado. De igual manera, el fracaso de un sabotaje de los servicios especiales franceses en Nueva Zelanda, en 1985, se ha considerado a veces como una estratagema quizá destinada a desviar la atencion dirigida sobre los numerosos nuevos empleados de esos servicios, pretendiendo hacer creer en su caricaturesca torpeza, tanto en la elección de objetivos como en las modalidades de ejecución. Y aún más, casi todo el mundo creyó que las investigaciones geológicas acerca de un yacimiento petrolífero en el subsuelo de la ciudad de París, que se llevaron a cabo ruidosamente en el otoño de 1986, no tenían una intención más seria que la de medir el grado que había alcanzado la capacidad de embotamiento y sumisión de los habitantes, presentándoles una pretendida búsqueda absolutamente demencial en el plano económico.

El poder se ha vuelto tan misterioso que, tras el asunto de la venta de armas al Irán por parte de la presidencia de los Estados Unidos, cabe preguntarse quién manda verdaderamente en los Estados Unidos, la mayor potencia del mundo llamado democrático. Y ¿Quién diablos puede mandar el mundo democrático?

Yendo más a fondo, en este mundo oficialmente tan lleno de respeto por todas las necesidades económicas, nadie sabe jamás lo que cuesta verdaderamente cualquier cosa que se produce: efectivamente, la parte más importante del coste real jamás se calcula; el resto se mantiene en secreto.

XIX

A comienzos del año 1988 el general Noriega se hizo mundialmente famoso en un instante. Era dictador sin título del Panamá, país sin ejército, donde mandaba la Guardia Nacional. Panamá no es verdaderamente un Estado soberano, ha sido creado por su canal y no a la inversa. El dólar es su moneda, y el verdadero ejército estacionado en el país es igualmente extranjero. Noriega había hecho su carrera, en esto idéntica a la de Jaruzelski en Polonia, como general-policía al servicio del ocupante. Era importador de droga de los Estados Unidos, pues Panamá no produce la suficiente, y exportaba a Suiza sus capitales “panameños”. Había trabajado con la CIA contra Cuba y, para disponer de la tapadera adecuada a sus actividades económicas, también había denunciado ante las autoridades norteamericanas, tan obsesionadas con ese problema, a cierto número de rivales suyos en la importación. Su principal consejero en materia de seguridad, que provocaba la envidia de Washington, era el mejor del mercado: Michael Harari, antiguo oficial del Mossad, el servicio secreto de Israel. Cuando los americanos quisieron deshacerse del personaje de Noriega porque algunos tribunales norteamericanos imprudentemente lo habían condenado, Noriega se declaró dispuesto a defenderse durante mil años, por patriotismo panameño, contra su pueblo en rebelión y contra el extranjero; recibió rápidamente la aprobación pública de los dictadores burocráticos más austeros, los de Cuba y Nicaragua, en nombre del antiimperialismo.

Lejos de ser una singularidad exclusivamente panameña, este general Noriega, que vende todo y simula todo en un mundo que hace lo mismo en todas partes, es, como persona, como hombre de Estado, como general, como capitalista, totalmente representativo de lo espectacular integrado, y de los logros que este último consigue en las más variadas direcciones de su política interior e internacional. Es un modelo de príncipe de nuestro tiempo; y entre aquellos que se dedican a llegar y permanecer en el poder, donde quiera que éste pueda estar, los más capaces se le parecen mucho. No es Panamá lo que produce tales maravillas, es esta época.

XX

Para todo servicio de información, en este punto de acuerdo con la justa teoría clausewitziana de la guerra, un saber debe llegar a ser un poder. De ahí obtiene ese servicio su prestigio actual, esa suerte de poesía especial. La inteligencia que ha sido expulsada del espectáculo de una forma tan absoluta, que no permite actuar y no dice gran cosa de verdad sobre la acción de los demás, casi parece haberse refugiado entre los que analizan las realidades y actúan secretamente sobre ellas. Recientemente, unas revelaciones que Margaret Thatcher ha hecho todo lo posible por acallar en vano, dándoles así credibilidad, han puesto de manifiesto que en Inglaterra esos servicios habían sido ya capaces de provocar la caída de un ministro cuya política consideraban peligrosa. El desprecio general que suscita el espectáculo devuelve así, por razones nuevas, un atractivo a lo que, en tiempos de Kiplíng, pudo llamarse “el gran juego”.

En el siglo XIX, cuando tantos y tan poderosos movimientos sociales agitaban a las masas, la “concepción policíaca de la historia” era una explicación reaccionaria y ridícula. Los pseudocontestatarios de hoy lo saben, por lo que han oído o leído, y creen que esta conclusión vale para toda la eternidad; nunca quieren ver la práctica real de su tiempo porque es demasiado triste para sus frías esperanzas. El Estado no lo ignora, juega con ello. En el momento en que casi todos los aspectos de la vida política internacional, y un número creciente de los que cuentan en política interior, son guiados y mostrados al estilo de los servicios secretos, con engaños, con desinformación, doble explicación —que puede ocultar otra, o solamente parecerlo—, el espectáculo se limita a dar a conocer el mundo agotador de lo incomprensible obligatorio, una aburrida serie de novelas policíacas carentes de vida y en las que siempre falta la conclusión. Entonces es cuando la escenificación realista de un combate de negros, de noche, en un túnel, aparece como un recurso dramático.

La imbecilidad cree que todo está claro cuando la televisión muestra una imagen bella y la comenta con una mentira. La semielite se contenta con saber que casi todo es oscuro, ambivalente, “montado” en función de códigos desconocidos. Una élite más restringida querría saber lo verdadero, muy difícil de distinguir claramente en cada caso, a pesar de todos los datos reservados y todas las confidencias de que pueda disponer. Porque esa elite quisiera conocer el método de la verdad, aunque esa voluntad suya está por regla general abocada al fracaso.

XXI

El secreto domina el mundo y, en primer lugar, lo hace como secreto de la dominación. Según el espectáculo, el secreto no sería más que una excepción necesaria a la regla de la información abundantemente ofrecida en toda la superficie de la sociedad, al igual que la dominación en “este mundo libre” de lo espectacular integrado, se reduciría a no ser más que un departamento ejecutivo al servicio de la democracia. Pero nadie se cree verdaderamente el espectáculo. ¿Cómo aceptarían los espectadores la existencia del secreto, que por sí solo hace que no puedan administrar un mundo del que ignoran las principales realidades, si, como gesto extraordinario, se les pidiera de verdad su opinión sobre la manera de tomárselo? Es un hecho que el secreto no se le aparece a casi nadie en su pureza inaccesible y en su generalidad funcional. Todos admiten que inevitablemente haya una pequeña zona de secreto reservado a los especialistas; y, por regla general, muchos creen estar en el secreto.

La Boétie, en su Discours sur la servidute volontaire (Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno), ha mostrado cómo el poder de un tirano debe hallar numerosos apoyos entre los círculos concéntricos de individuos que en él encuentran, o creen encontrar, su provecho. Igualmente muchos de entre los políticos o los mediáticos que se jactan de que no se les puede tachar de irresponsables, conocen muchas cosas por relaciones y confidencias. Quien está contento en el secreto apenas lo critica, ni es consciente de que, en todas las confidencias, la parte principal de la realidad siempre le será ocultada. Por la benévola protección de los tahúres conoce algunas cartas, pero pueden ser falsas; y el método dirigente jamás explica el juego. Se identifica enseguida con los manipuladores y desprecia la ignorancia que en el fondo comparte. Las migajas de información que se les ofrecen a esos parientes de la tiranía del engaño, normalmente están infectadas de mentira, son incontrolables, manipuladas.

Sin embargo resultan placenteras para aquellos que acceden a ellas, puesto que les hace sentirse superiores a todos los que no saben nada. Sólo sirven para conseguir más fácilmente la aprobación de la dominación y jamás para comprenderla de manera efectiva. Constituyen el privilegio de los espectadores de primera clase: los que cometen la estupidez de creer que pueden comprender algo, no sirviéndose de lo que se les oculta sino ¡creyendo en lo que se les revela! La dominación es lúcida, al menos en lo que espera de su propia gestión, libre y sin obstáculos: un gran número de inmediatas catástrofes de primera magnitud, y ello tanto en el terreno ecológico, por ejemplo químico, como en terrenos económicos como puede ser el bancario. Desde hace algún tiempo la dominación se ha puesto ya en situación de tratar esas desgracias excepcionales de forma distinta de la del manejo habitual de la desinformación blanda.

XXII

En cuanto a los asesinatos, cada vez más numerosos desde hace dos decenios, que quedan sin explicación —pues, aunque alguna vez se haya asesinado a comparsas, jamás se ha llegado hasta los comandatarios—, tienen su marca de fábrica: las mentiras patentes y cambiantes, las declaraciones oficiales. Kennedy, Aldo Moro, Olof Palme, ministros o financieros, uno o dos papas y otros que valían más que ellos. Este síndrome de una enfermedad social recientemente adquirida se ha extendido por todas partes como si, a partir de los primeros casos observados, descendiera de las cumbres del Estado, esfera tradicional de esta clase de atentados; y como si ascendiera de los bajos fondos, por otra parte lugar tradicional de tráficos ilegales y protecciones, donde siempre se ha desarrollado este tipo de guerra entre profesionales. Estas prácticas tienden a encontrarse en medio de todos los asuntos de la sociedad, como si, efectivamente, el Estado no desdeñara mezclarse en ellas, y la Mafia consiguiera elevarse, operándose así una especie de confluencia.

Para intentar explicar accidentalmente este nuevo tipo de misterios se han dicho muchas cosas: incompetencia de la policía, estupidez de los jueces de instrucción, revelaciones inoportunas de la prensa, crisis de crecimiento de los servicios secretos, malevolencia de los testigos, huelga categorial de los delatores. Edgar Allan Poe encontró sin embargo el camino de la verdad con su célebre razonamiento en Los asesinatos de la rue Morgue: “Me parece que el misterio se considera irresoluble por la misma razón que debería presentarlo como fácil de resolver —me refiero al carácter excesivo bajo el que aparece…—. En investigaciones del género de la que nos ocupa no hay que preguntarse cómo han pasado las cosas sino estudiar en qué se distinguen de todo lo que ha sucedido hasta el momento.”

XXIII

En enero de 1988, la Mafia colombiana de la droga publica un comunicado destinado a modificar la opinión pública sobre su pretendida existencia. La mayor exigencia de una Mafia, allí donde pueda -estar constituida es, naturalmente, establecer que no existe o que ha sido víctima de calumnias poco científicas; ése es su primer parecido con el capitalismo. Pero, en este caso, esa Mafia irritada por ser la única a la que se ponía en evidencia llegó a mencionar a los otros grupos que querían hacerse olvidar tomándola abusivamente como chivo expiatorio. Declaraba: “Nosotros no pertenecemos a la mafia burocrática y política, ni a la de los banqueros y financieros, ni a la de los millonarios, ni a la mafia de los grandes contratos fraudulentos, los monopolios o el petróleo, ni a la de los grandes medios de comunicación.”

Sin duda puede considerarse que los autores de esta declaración, como los otros, tienen interés en verter sus propias prácticas en el amplio río de aguas turbulentas de la criminalidad y las ilegalidades más corrientes, que riega en toda su extensión la sociedad actual, pero también hay que convenir que se trata de personas que, por profesión, saben mejor que otras de qué están hablando. En todos los ámbitos de la sociedad moderna, la Mafia funciona cada vez mejor. Crece tan rápido como los otros productos del trabajo por medio de los cuales la sociedad de lo espectacular integrado conforma su mundo. La Mafia se engrandece con los inmensos progresos de los ordenadores y la alimentación industrial, con la completa reconstrucción urbana y con las chabolas, con los servicios especiales y el analfabetismo.

XXIV

Cuando a principios de siglo, con la inmigración de los trabajadores sicilianos, la Mafia comenzaba a manifestarse en los Estados Unidos, no era más que un arcaismo trasplantado; al mismo tiempo aparecian en la Costa Oeste las guerras de gangs entre las sociedades secretas chinas. Basada en el oscurantismo y la miseria, la Mafia no podía implantarse ni siquiera en el norte de Italia. Parecía condenada a desaparecer frente al Estado moderno. Se trataba de una forma de crimen organizado que sólo podía prosperar bajo la “protección” de minorías atrasadas, fuera del mundo urbano, allá donde no podía penetrar el control de una policía racional y las leyes de la burguesía. La táctica defensiva de la Mafia únicamente podía ser la supresión de los testigos, para neutralizar a la policía y a la justicia y hacer reinar en su esfera de actividad el secreto que le era necesario. A continuación encontró un campo nuevo en el nuevo oscurantismo de la sociedad de lo espectacular difuso, más tarde en el de lo integrado. Con la victoria total del secreto, la dimisión general de los ciudadanos, la completa pérdida de la lógica y los progresos de la venalidad y dejadez universales, se dieron todas las condiciones favorables para que la Mafia llegara a ser una potencia moderna y ofensiva.

La Prohibición americana —gran ejemplo de las pretensiones de los Estados de este siglo de ejercer un control autoritario de todo, y los resultados que de ello se derivan— dejó durante más de un decenio la gestión del comercio de alcohol en manos del crimen organizado. A partir de ahí la Mafia, enriquecida y experimentada, se metió en la política electoral, en negocios, en el desarrollo del mercado de asesinos profesionales, en determinados detalles de la política internacional. De este modo, durante la Segunda Guerra Mundial fue favorecida por el gobierno de Washington para ayudar a la invasión de Sicilia.

El alcohol, legalizado, ha sido sustituido por los estupefacientes, que se han convertido en la mercancía-vedette de los consumos ilegales. Con posterioridad ha adquirido una importancia considerable en los negocios inmobiliarios, en la banca, en la alta política y los grandes asuntos de Estado, así como en las industrias del espectáculo: televisión, cine, edición. Y actualmente, al menos en los Estados Unidos, también en la propia industria discográfica, allí en fin donde la publicidad de un producto depende de un número de personas bastante concentrado. De este modo se puede hacer presión fácilmente sobre ellos, comprándolos o intimidándolos, puesto que, evidentemente, se dispone de capital suficiente, o de hombres duros que no pueden ser reconocidos ni castigados. Corrompiendo a los disc-jokeys se decide lo que deberá triunfar, entre mercancías igualmente miserables.

Sin duda es en Italia donde —de regreso de sus experiencias y conquistas americanas— la Mafia ha adquirido mayor fuerza: desde la época de su compromiso histórico con el gobierno paralelo se ha encontrado en situación de mandar asesinar a jueces de instrucción o a jefes de policía, práctica que había podido inaugurar con su participación en las escaladas de “terrorismo” político. La similar evolución del equivalente japonés de la Mafia, en condiciones relativamente independientes, demuestra claramente la unidad de la época.

Es una equivocación querer explicar nada oponiendo la Mafia al Estado: nunca son rivales. La teoría verifica con facilidad lo que todos los rumores de la vida práctica habían demostrado demasiado fácilmente. La Mafia no es ajena al mundo; está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular integrado, la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales avanzadas.

XXV

Con las nuevas condiciones que predominan actualmente en la sociedad aplastada bajo la bota de hierro del espectáculo, se sabe que, por ejemplo, un asesinato político se halla situado bajo otra luz, de alguna manera tamizada. Por todas partes hay muchos más locos que en otras épocas, pero lo que resulta infinitamente más cómodo es que se puede hablar de ello locamente. Y no será ningún terror reinante el que imponga tales explicaciones mediáticas. Por el contrario, es la tranquila existencia de semejantes explicaciones lo que debe causar terror.

Cuando en 1914, siendo inminente la guerra, Villain asesinó a Jaurés, nadie dudó de que Villain, individuo sin duda poco equilibrado, creyó su deber matar a Jaurés porque éste aparecía, a los ojos de los extremistas de la derecha que habían influido profundamente en Villain, como alguien molesto para la defensa del país. Esos extremistas habían subestimado la inmensa fuerza patriótica del partido socialista, que debía empujarlo instantáneamente a la “unión sagrada”; Jaurés fue asesinado o, por el contrario, se le dio la ocasión de mantenerse en su posición de internacionalista rechazando la guerra. Actualmente, en presencia de un acontecimiento semejante, los periodistas policíacos, expertos notorios en “hechos de sociedad” y en “terrorismo”, dirían rápidamente que Villain era conocido por haber protagonizado repetidas tentativas de asesinato, siempre dirigidas a hombres que podían profesar opiniones políticas muy diversas pero que, casualmente, tenían un parecido físico o de vestuario con Jaurés. Los psiquiatras lo atestiguarían y los media, sólo con testimoniar que lo habían dicho, darían fe de su competencia y su imparcialidad de expertos incomparablemente autorizados. Después, la investigación policial oficial podría establecer desde el día siguiente que se había encontrado a varias personas honorables dispuestas a testificar que ese mismo Villain, considerándose un día mal servido en la Chope du Croissant, había amenazado en su presencia con vengarse del cafetero, y había derribado, ante todo el mundo, a uno de sus mejores clientes.

Esto no quiere decir que en el pasado la verdad se impusiera a menudo y enseguida, puesto que Villain fue finalmente absuelto por la justicia francesa. No fue fusilado hasta 1936 al estallar la revolución española, pues cometió la imprudencia de residir en las islas Baleares.

XXVI

Debido a las nuevas condiciones de un control provechoso de los asuntos económicos —en el momento en que el Estado juega un papel hegemónico en la orientación de la producción, y en que la demanda, para todas las mercancías, depende estrechamente de la centralización realizada en la información-incitación espectacular a la que también deberán adaptarse las formas de distribución, se exige imperativamente que se intente constituir en todas partes redes de influencia o sociedades secretas. No se trata más que de un producto natural del movimiento de concentración de capitales, de la producción, de la distribución. Lo que en esta materia no se extiende, debe desaparecer; y ninguna empresa puede crecer sin contar con los valores, las técnicas, los medios, de lo que hoy en día son la industria, el espectáculo y el Estado. En el último análisis, es el desarrollo particular quien ha sido escogido por la economía de nuestra época, el que viene a imponer en todas partes la formación de nuevos vínculos personales de dependencia y protección.

Es precisamente en este punto donde reside la profunda verdad de esa fórmula, tan bien comprendida en toda Italia, que emplea la Mafia siciliana:”Cuando uno tiene dinero y amigos, se ríe de la justicia”. En lo espectacular integrado, las leyes duermen; porque no fueron hechas para las nuevas técnicas de producción y porque, en la distribución, son eludidas por ententes de nuevo tipo. Lo que el público piense o prefiera ya no tiene importancia. He aquí lo que queda oculto del espectáculo a tantos sondeos de elecciones, de reestructuraciones modernizadoras. Quienes quiera que sean los vencedores, lo menos bueno será rápidamente adquirido por la amable clientela: ya que será exactamente lo que habrá sido producido para ella.

Fue precisamente después de que el Estado moderno, llamado democrático, dejara de serlo, cuando empezó a hablarse continuamente de “Estado de derecho”. No fue una casualidad que la expresión se popularizara alrededor de 1970 y en primer lugar precisamente en Italia. En muchos terrenos incluso se hacen leyes a fin de que sean burladas, precisamente por aquellos que disponen de todos los medios. En algunas circunstancias, la ilegalidad —por ejemplo en torno al comercio mundial de toda clase de armamentos y, más a menudo, en lo relativo a productos de la más alta tecnología— no es más que un apoyo de la operación económica, que será tanto más rentable. Hoy en día muchos negocios son necesariamente deshonestos como el siglo, y no como lo eran en otras épocas los que practicaban, por series claramente delimitadas, quienes habían escogido las vías de la deshonestidad.

A medida que aumentan las redes de promoción-control para dirigir y apoderarse de los sectores explotables del mercado, se acrecienta también el número de servicios personales que no pueden ser rechazados por quienes están al corriente y antes no han rechazado su ayuda, y no siempre se trata de policías o guardianes de los intereses o la seguridad del Estado. Las complicidades funcionales se extienden lejos y durante mucho tiempo, pues sus redes disponen de todos los medios para imponer esos sentimientos de reconocimiento o de fidelidad que, desgraciadamente, siempre han sido tan raros en la actividad libre de los tiempos burgueses.

Siempre se aprende algo del adversario. Hay que creer que también miembros del Estado han leído las observaciones del joven Lucács sobre los conceptos de legalidad e ilegalidad, en el momento en que han tenido que asistir al paso efímero de una nueva generación de lo negativo -Homero dijo que “una generación de hombres pasa tan rápido como una generación de hojas”-. Desde entonces, la gente de Estado, al igual que nosotros, ha podido dejar de embrollarse con cualquier tipo de ideología sobre esta cuestión; y ciertamente, las prácticas de la sociedad espectacular no favorecían en absoluto las ilusiones ideológicas de este género. En cuanto a nosotros, finalmente se podrá concluir que lo que a menudo nos ha impedido encerrarnos en una sola actividad ilegal es que hemos tenido muchas.

XXVII

Tucídides, en el libro VIII, capítulo 66, de La Guerra del Peloponeso decía, a propósito de las operaciones de otra conspiración oligárquica, algo que tiene mucho que ver con la situación en que nos encontramos: “Es más, los que tomaban la palabra formaban parte de la confabulación y los discursos que pronunciaban habían sido sometidos previamente al examen de sus amigos. No se manifestaba ninguna oposición entre el resto de los ciudadanos, que temía el número de los conjurados. Cuando, a pesar de todo, alguno intentaba contradecirlos, pronto se hallaba un medio cómodo de hacerlos morir. No se buscaba a los asesinos ni se iniciaba ninguna persecución contra aquellos de quienes se sospechaba. El pueblo no reaccionaba y las personas estaban tan aterrorizadas que se consideraban afortunadas, aun teniendo que permanecer mudas, de escapar a la violencia. Creyendo a los conjurados mucho más numerosos de lo que eran, sentían una completa impotencia. La ciudad era demasiado grande y no se conocían lo suficiente unos a otros como para que les fuera posible descubrir lo que cada uno era verdaderamente.

En esas condiciones, por indignado que se estuviera no se podía confiar las quejas a nadie. Había que renunciar a iniciar cualquier acción contra los culpables, pues para ello hubiera sido necesario dirigirse a un desconocido o a un conocido en quien no se tenía confianza. En el partido democrático las relaciones personales estaban siempre impregnadas de desconfianza y siempre cabía la duda de si aquel con quien se tenía relación estaría o no en convivencia con los conjurados. En efecto, entre estos últimos había hombres acerca de los cuales jamás se hubiera creído que se unieran a la oligarquía.»

Si, tras este eclipse, la historia debe volver a nosotros, lo que depende de factores aún en lucha y por tanto de desenlace que nadie conoce con seguridad, estos Comentarios podrán servir para escribir un día la historia del espectáculo; sin duda el acontecimiento más importante que se ha producido en este siglo, y también aquel que uno se atreve menos a explicar. En otras circunstancias creo que hubiera podido considerarme muy satisfecho de mi primer trabajo sobre este tema y dejar a los demás el cuidado de observar la continuación. Pero, en el momento en que nos encontramos, me ha parecido que nadie iba a hacerlo.

XXVIII

De las redes de promoción-control se resbala insensiblemente a las de vigilancia-desinformación. En otras épocas se conspiraba siempre contra un orden establecido. Hoy en día conspirar a favor es un nuevo oficio de gran futuro. Bajo la dominación espectacular, se conspira para mantenerla y para asegurar lo que sólo ella podrá denominar su buena marcha. Esta conspiración forma parte de su propio funcionamiento.

Ya se han comenzado a preparar algunos medios de una especie de guerra civil preventiva, adaptados a diferentes proyecciones del futuro calculado. Se trata de “organizaciones específicas” encargadas de intervenir sobre algunos puntos según las necesidades de lo espectacular integrado. Para la peor de las eventualidades se ha previsto una táctica llamada en broma “de las Tres Culturas”, en recuerdo de una plaza de México en el verano de 1968, pero esta vez sin ponerse los guantes y, por otra parte, de aplicación anterior al día de la revuelta. Y al margen de casos tan extremos, como buen medio de gobierno no se necesita sino que el asesinato inexplicado afecte a muchas personas o se dé con frecuencia: el solo hecho de que se sepa que existe esa posibilidad, complica rápidamente los cálculos en una gran cantidad de terrenos. Ya no hace falta que sea inteligentemente selectivo, ad hominem. La utilización del procedimiento de manera puramente aleatoria sería quizá más productiva.

Estamos también en situación de componer los fragmentos de una crítica social de categoría, que ya no será confiada a los universitarios o a los mediáticos —a quienes en adelante vale más mantener alejados de las mentiras demasiado tradicionales en este debate— sino que será una crítica mejor, lanzada y explotada de forma nueva, dirigida por otra clase de profesionales mejor formados. Empiezan a aparecer, de manera bastante confidencial, textos lúcidos, anónimos o firmados por desconocidos —táctica por otra parte facilitada por la concentración de los conocimientos de todos sobre los bufones del espectáculo que ha hecho que los desconocidos parezcan, precisamente, los más apreciables—, no solamente sobre temas que jamás se abordan en el espectáculo sino aun con argumentos cuya exactitud es más sorprendente por la clase de originalidad, calculable, proveniente del hecho de no ser en definitiva nunca empleados, por más evidentes que sean.

Esta práctica puede servir al menos como primer grado de iniciación para reclutar espíritus un poco despiertos a los que más tarde, si parecen convenientes, se les avanzará una nueva dosis de la posible continuación. Y lo que para algunos será el primer paso de una carrera, para otros —peor clasificados— será el primer grado de la trampa en la que se les cogerá. En algunos casos, y en relación con temas que podrían llegar a ser candentes, se trata de crear otra pseudoopinión crítica; y entre las dos opiniones que surgirían de este modo, una y otra ajenas a las mendicantes convenciones espectaculares, el juicio ingenuo podrá oscilar indefinidamente y la discusión para sopesarlo se relanzará siempre que convenga. Con más frecuencia se trata de un discurso general sobre lo que está mediáticamente escondido; ese discurso podrá ser muy crítico y en algunos puntos manifiestamente inteligente, pero manteniéndose curiosamente desenfocado.

Los temas y las palabras han sido seleccionados de manera artificial, con ayuda de ordenadores informados en pensamiento crítico. En esos textos se encuentran algunas carencias poco evidentes pero sin embargo destacables: el punto de fuga de la perspectiva se halla siempre anormalmente ausente. Se parecen al facsímil de un arma famosa a la que sólo le falta el percutor. Se trata necesariamente de una crítica lateral que ve muchas cosas con mucha libertad y precisión, pero colocándose de lado. Y ello no porque simule imparcialidad, pues, por el contrario, necesita aparentar que es muy reprobatoria, pero sin sentir jamás la necesidad de mostrar cuál es su causa; decir, aunque sea implícitamente, de dónde viene y hacia dónde querría ir.

A esa especie de falsa crítica contraperiodística puede añadirse la práctica organizada del rumor, del que se sabe que en su origen es una especie de tributo salvaje de la información espectacular, puesto que todo el mundo percibe en él, al menos vagamente, el carácter engañoso y la poca confianza que merece. El rumor ha sido originariamente supersticioso, ingenuo, autointoxicado. Pero en épocas más recientes, la vigilancia ha empezado a colocar entre la población a personas susceptibles de lanzar, a la primera señal, los rumores que puedan convenir. Aquí se ha decidido poner en práctica las observaciones de una teoría formulada hace casi treinta años, y cuyo origen se encuentra en la sociología americana de la publicidad: la teoría de los individuos a los que se ha dado el nombre de “locomotoras”, es decir que otros a su alrededor van a verse arrastrados a seguirlos e imitarlos; pero esta vez pasando de lo espontáneo a lo ensayado.

En el presente también se ha librado a los medios presupuestarios, o extrapresupuestarios, de la obligación de atender a muchos suplementos; frente a los precedentes especialistas, universitarios y mediáticos, sociólogos o policías, del pasado reciente. Creer que aún se aplican mecánicamente algunos conocidos modelos del pasado es tan engañoso como la ignorancia general de antaño. “Roma ya no está en Roma” y la Mafia ya no es el hampa. Y los servicios de vigilancia y desinformación se parecen tan poco al trabajo de los policías y confidentes de otras épocas —por ejemplo a los rocines y espías del Segundo Imperio— como los servicios especiales actuales en todo el país se parecen a las actividades de los oficiales de la Segunda Oficina del Estado Mayor del Ejército en 1914.

Desde que el arte ha muerto se ha vuelto extremadamente fácil disfrazar a los policías de artistas. Cuando las últimas imitaciones de un neodadaísmo resucitado tienen autoridad para pontificar gloriosamente en los medios de comunicación y por tanto también para modificar un poco la decoración de los palacios oficiales, como los locos de los reyes de pacotilla, puede verse cómo, simultáneamente, se garantiza una cobertura cultural a todos los agentes o similares, de las redes de influencia del Estado. Se abren pseudomuseos vacíos o pseudocentros de investigación sobre la obra completa de un personaje inexistente tan rápido como se construye la reputación de periodistas-policías o de historiadores-policías, o de novelistas-policías. Arthur Cravan sin duda veía acercarse este mundo cuando en Maintenant escribía: “En la calle pronto no se verán más que artistas, y se pasarán todas las fatigas del mundo para descubrir un hombre”. Tal es el sentido moderno de una antigua ocurrencia de los granujas de París: “¡Hola, artistas! Tanto peor si me equivoco.”

Llegadas las cosas a este punto, puede verse a algunos autores colectivos empleados por los más modernos medios de edición, es decir, por aquellos que tienen la mejor difusión comercial. Puesto que la autenticidad de sus seudónimos no está asegurada más que por los diarios, se los traspasan, colaboran, se reemplazan, ajustan nuevos cerebros artificiales. Se encargan de expresar el estilo de vida y de pensamiento de la época no en virtud de su personalidad, sino según las órdenes. Quienes creen que son verdaderamente creadores literarios individuales,independientes, pueden llegar a asegurar sabiamente que ahora Ducasse se ha enfadado con el conde de Lautréamont, que Dumas no es Macquet y, sobre todo, que no hay que confundir a Erckmann con Chatrian; que Censier y Daubenton ya no se hablan. Sería mejor decir que esta clase de autores modernos ha querido seguir a Rimbaud, al menos en aquello de que “yo es otro”.

Los servicios secretos eran llamados por toda la historia de la sociedad espectacular a desempeñar el papel de eje central; ya que en ellos se concentran, en su mayor grado, las características y los medios de ejecución de una sociedad similar. Son también los encargados de arbitrar los intereses generales de esa sociedad, aunque bajo su modesto título de “servicios”. No se trata de abuso puesto que ellos expresan fielmente las costumbres ordinarias del siglo del espectáculo. Y es así como vigilantes y vigilados huyen sobre un océano sin orillas. El espectáculo ha hecho triunfar el secreto y deberá permanecer para siempre en manos de los especialistas del secreto, que, desde luego, no son funcionarios que vienen a independizarse a diferentes niveles del control del Estado; que no son todos funcionarios.

XXIX

Una ley general de funcionamiento de lo espectacular integrado, al menos para quienes lo dirigen, es que, en ese marco, todo lo que puede hacerse debe ser hecho. Es decir que todo nuevo instrumento debe ser empleado, cueste lo que cueste. El útil novedoso se convierte en todas partes en el fin y motor del sistema; y será el único que podrá modificar perceptiblemente su marcha cada vez que su empleo sea impuesto sin más reflexión. En efecto, los propietarios de la sociedad quieren, ante todo, mantener una cierta “relación social entre las personas”, pero también tienen que perseguir la renovación tecnológica incesante; ésa ha sido una de las obligaciones que han aceptado con su herencia. Esta ley se aplica de igual manera a los servicios que protegen la dominación. El instrumento que se ha puesto a punto debe ser empleado y su empleo reforzará las mismas condiciones que favorecen ese empleo. De este modo es como los procedimientos de urgencia se convierten en procedimientos cotidianos.

La coherencia de la sociedad del espectáculo de alguna manera ha dado la razón a los revolucionarios, puesto que se ha visto claramente que no se puede reformar el detalle más insignificante sin deshacer el conjunto. Pero, a la vez, esa coherencia ha suprimido cualquier tendencia revolucionaria organizada suprimiendo los terrenos sociales donde ésta había podido expresarse mejor o peor: del sindicalismo a los diarios, de la ciudad a los libros. De una sola vez ha podido ponerse en evidencia la incompetencia y la irreflexión de las que esa tendencia era portadora natural. Y, en el plano individual, la coherencia reinante es muy capaz de eliminar, o comprar, algunas eventuales excepciones.

XXX

La vigilancia podría ser mucho más peligrosa si, en el camino del control absoluto de todos, no hubiera sido empujada hasta un extremo en que se encuentra con dificultades surgidas de sus propios progresos. Hay contradicción entre la masa de las informaciones relativas a un número creciente de individuos y el tiempo e inteligencia disponibles para analizarlos; o simplemente para analizar su interés. La abundancia de la materia obliga a resumirla a cada etapa: una gran parte desaparece y el resto aún es demasiado largo para ser leído. El uso de la vigilancia y la manipulación no está unificado. En todas partes se lucha para combatir los beneficios, y por tanto también para el desarrollo prioritario de tal o cual virtualidad de la sociedad existente, en detrimento de todas sus otras virtualidades que, sin embargo, y aunque no sean de la misma especie, son consideradas igualmente respetables.

Se lucha también por juego. Todos los oficiales son llevados a sobrevalorar a sus agentes y también a los adversarios de los que se ocupan. Todos los países, sin tener en cuenta las numerosas alianzas supranacionales, poseen en la actualidad un número indeterminado de servicios de policía o contraespionaje, y de servicios secretos, estatales o paraestatales. Existen también muchas compañías privadas que se ocupan de vigilancia, protección, informes. Las grandes firmas multinacionales naturalmente tienen sus propios servicios; pero también las empresas nacionalizadas, incluso las de dimensiones modestas que no llevan una política menos independiente en el plano nacional e incluso internacional. Puede verse a un grupo industrial nuclear enfrentarse a un grupo petrolero, aunque uno y otro sean propiedad del mismo Estado y, lo que es más, estén dialécticamente unidos por su dedicación a mantener elevada la carrera del petróleo en el mercado mundial. Todo servicio de seguridad de una industria particular combate el sabotaje en ella y, en caso de necesidad, lo organiza en la industria rival: quien tiene grandes intereses en un túnel submarino es favorable a la inseguridad de los ferry-boats y puede pagar a diarios en apuros para destacarla a la primera ocasión y sin pensárselo demasiado; quien compite con Sandoz es indiferente a las capas freáticas del valle del Rhin. Se vigila secretamente lo que es secreto, de manera que cada uno de esos organismos, confederados con mucha sutileza en torno a aquellos que ostentan la razón de Estado, aspira por su propia cuenta a una especie de hegemonía privada de sentido. Pues el sentido se ha perdido con el centro conocible. La sociedad moderna que, hasta 1968, iba de éxito en éxito, y estaba convencida de que era amada, a partir de entonces ha tenido que renunciar a esos sueños; prefiere ser temible. Sabe perfectamente que “su aire de inocencia es irrecuperable”.

Así, miles de complots en favor del orden establecido se enredan y combaten un poco por todas partes con la imbricación cada vez más exagerada de las redes y las cuestiones o acciones secretas; y su proceso de rápida integración en cada rama de la economía, la política, la cultura. La mezcolanza entre observadores, desinformadores, asuntos especiales, aumenta continuamente en todas las áreas de la vida social. El complot general se ha hecho tan denso que casi resulta evidente a la luz del día y cada una de sus ramas puede empezar a molestar o inquietar a la otra, pues todos esos conspiradores profesionales llegan a observarse sin saber exactamente por qué, o se encuentran por casualidad sin poder reconocerse con seguridad. ¿Quién quiere observar a quién? ¿Por cuenta de quién, en apariencia? ¿Y de verdad? Las verdaderas influencias permanecen ocultas y las intenciones últimas sólo pueden sospecharse con dificultad, pero casi nunca comprenderse. De manera que nadie puede decir que no ha sido engañado o manipulado, pero en algunos raros instantes el propio manipulador ignora si ha ganado. Y, por otra parte, encontrarse del lado vencedor de la manipulación no quiere decir que se haya escogido correctamente la perspectiva estratégica. Así es como aciertos tácticos pueden conducir grandes fuerzas hacia vías equivocadas.

En una misma red, persiguiendo aparentemente el mismo fin, aquellos que no constituyen más que una parte de la red son obligados a ignorar todas las hipótesis y conclusiones de otras partes y, sobre todo, de su núcleo dirigente. El hecho, bastante notorio, de que todos los informes sobre cualquier tema puedan ser completamente imaginarios, o gravemente falseados, o interpretados muy inadecuadamente en un amplio margen, complica y hace poco seguros los cálculos de los inquisidores; puesto que lo que basta para condenar a alguien no es tan de fiar cuando se trata de conocerlo o de utilizarlo.

Dado que las fuentes de información son rivales, las falsificaciones también lo son. Es a partir de tales condiciones de su práctica cuando puede hablarse de una tendencia a la rentabilidad decreciente del control, a medida que se aproxima a la totalidad del espacio social y que, consecuentemente, aumenta su personal y sus medios. Pues aquí cada medio aspira, y trabaja, por llegar a un fin. La vigilancia se vigila a sí misma y conspira contra ella misma. Finalmente, su principal contradicción actual es que vigila, infiltra, influye a un partido ausente:aquel al que se atribuye querer subvertir el orden social. Pero ¿Dónde se le ve actuar? Es cierto que las condiciones jamás han sido tan gravemente revolucionarias en todas partes, pero sólo los gobiernos lo creen así. La negación ha sido tan perfectamente desposeída de su pensamiento, que desde hace mucho tiempo se halla dispersada. Por ello ya no constituye más que una vaga amenaza aunque muy inquietante; y la vigilancia, a su vez, ha sido privada del mejor campo para su actividad. Esta fuerza de vigilancia y de intervención está dirigida precisamente por las necesidades presentes que llevan las condiciones de su compromiso sobre el propio terreno de la amenaza para combatirla con anticipación. Dado que la vigilancia tendrá interés en organizar polos de negación, informará fuera de los medios desacreditados del espectáculo a fin de influir, esta vez no a los terroristas, sino a las teorías.

XXXI

Baltasar Gracián, gran conocedor del tiempo histórico, dijo con gran acierto en el Oráculo manual y arte de prudencia: “El gobernar, el discurrir, todo ha de ser al caso. Querer cuando se puede, que la sazón y el tiempo a nadie aguardan.” Pero Omar Kháyyám, menos optimista, decía: “Hablando claro y sin parábolas: Nosotros somos las piezas del juego que juega el Cielo; se divierte con nosotros sobre el tablero del ser; y después volvemos, uno a uno, a la caja de la Nada.”

XXXII

La Revolución francesa trae consigo grandes cambios en el arte de la guerra. Fue tras esa experiencia cuando Clausewitz pudo establecer la distinción según la cual la táctica era el empleo de fuerzas en el combate para obtener la victoria, mientras que la estrategia era el empleo de las victorias con el fin de alcanzar los objetivos de la guerra. En la práctica, Europa fue subyugada rápidamente y por un largo período, pero la teoría no ha sido establecida hasta más tarde y desigualmente desarrollada. Primero fueron comprendidos los caracteres positivos, consecuencia directa de una profunda transformación social: el entusiasmo, la movilidad que se daba en el país relativamente independiente de los almacenes y convoyes, la multiplicación de los efectivos. Estos elementos prácticos se encontraron un día equilibrados para entrar en acción; por el lado enemigo elementos similares: los ejércitos franceses se toparon en España con otro entusiasmo popular; durante el intervalo ruso, con un país en el que no pudieron vivir; tras el levantamiento de Alemania, con efectivos muy superiores. Sin embargo, en la nueva táctica francesa el efecto de ruptura, que fue la única base en la que Bonaparte fundó su estrategia —consistente en emplear las victorias por adelantado, como adquiridas a crédito: concibiendo el inicio de la maniobra y sus diversas variantes como consecuencias de una victoria que aún no se había obtenido pero que, con seguridad, lo sería al primer enfrentamiento—, derivaba también del abandono obligado de falsas ideas.

Esa táctica había sido bruscamente forzada a librarse de las ideas falsas al tiempo que, por el juego concomitante de las otras innovaciones citadas, encontraba los medios para tal liberación. Los soldados franceses de levas recientes eran incapaces de combatir alineados, es decir, de permanecer en su fila y disparar cuando se les ordenase. Se despliegan entonces como tiradores disparando a voluntad mientras marchan sobre el enemigo. Así pues, el fuego a voluntad fue precisamente el único eficaz, el que conseguía realmente la destrucción por medio del fusil, en esa época, la más decisiva dentro de los enfrentamientos de los ejércitos. No obstante, el pensamiento militar rechazó universalmente tal conclusión en el siglo que finalizaba, y la discusión de esa cuestión se ha prolongado aún durante casi otro siglo, a pesar de los constantes ejemplos de la práctica de los combates y los incesantes progresos del alcance y rapidez del tiro de fusil. De igual modo, la aparición de la dominación espectacular constituye una transformación social tan profunda que ha cambiado radicalmente el arte de gobernar.

Esa simplificación que tan rápidamente ha conseguido tales resultados en la práctica, no ha sido aún plenamente comprendida en la teoría. Antiguos prejuicios desmentidos por todas partes, precauciones que se han vuelto inútiles e incluso restos de escrúpulos de otros tiempos, obstaculizan todavía, en el pensamiento de numerosos gobernantes, esta comprensión que toda práctica establece y confirma cada día. No solamente se hace creer a los sujetos que, en lo esencial, aún están en un mundo que se ha hecho desaparecer, sino que los propios gobernantes experimentan a veces la inconsecuencia de creerse en él. Piensan en una parte de lo que han suprimido como si continuara siendo una realidad que debiera seguir presente en sus cálculos. Ese desfase no se prolongará mucho.

Quien ha podido hacer tanto sin pena, forzosamente irá más lejos. No hay que creer que puedan mantenerse alrededor del poder real de forma duradera, como un arcaismo, aquellos que no hayan comprendido con suficiente rapidez la plasticidad de las nuevas reglas de su juego y esa bárbara grandeza suya. El destino del espectáculo ciertamente no es acabar en despotismo ilustrado.

Hay que concluir que es inminente e inevitable un relevo en la casta corporativa que administra la dominación, y especialmente dirige la protección de esa dominación. Con toda seguridad, en tal materia la novedad jamás será expuesta en la escena del espectáculo. Sólo aparece como el rayo, que se reconoce por sus consecuencias. Ese relevo que va a concluir decisivamente la obra de los tiempos espectaculares opera de forma discreta aunque implicando conspirativamente a personas ya instaladas en la esfera misma del poder. Selecciona a los que tomarán parte sobre esta premisa principal: que sepan claramente de qué obstáculos se han librado y de lo que son capaces.

XXXIII

El mismo Sardou dijo también: “Vanamente hace relación al sujeto; en vano hace relación al objeto; inútilmente es sin utilidad para nadie. Se ha trabajado vanamente cuando se ha hecho sin éxito, de manera que se ha perdido el tiempo y esfuerzos: se ha trabajado en vano cuando se ha hecho sin lograr alcanzar el fin propuesto, a causa de un defecto en su realización. Si yo no puedo acabar mi labor, trabajo vanamente; pierdo inútilmente mi tiempo y mi esfuerzo. Si mi tarea acabada no tiene el efecto que yo espetaba, si yo no alcanzo mi objetivo, he trabajado en vano; es decir, he hecho una cosa inútil…

Se dice también que alguien ha trabajado vanamente cuando no ha sido recompensado por su trabajo o ese trabajo no ha sido aceptado; en ese caso el trabajador ha perdido su tiempo y su esfuerzo, sin prejuzgar en absoluto el valor de su trabajo, que, por otra parte, puede ser muy bueno.”

Traducción de Carmen López y J. R. Capella. Anagrama. Barcelona, 1990

notas:
1) Epílogo a la edición italiana en un volumen de La Sociedad del espectáculo y de los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo / https://es.wikipedia.org/wiki/Comentarios_sobre_la_sociedad_del_espect%C3%A1culo

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El autor comenta, desmenuza, reafirma y reconfigura lo ya escrito en su primer famoso libro La sociedad del espectáculo que el mismo Guy Debord escribió en el año 1967.

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Acerca de la ideología de los que prescinden de toda ideología

“El siglo corto” que va desde la ruptura de la ilusión del progreso con la Gran Guerra en 1914 hasta la del comunismo en 1989/1991 (Iván Berend, cit. p. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, p. 10) ha terminado con la caída del Muro —simbólicamente— o con la URSS —literalmente—, pero la sociedad actual —salvo sus capas más recientes, casi adolescentes— ha conocido, ha convivido con aquel mundo ahora fenecido; el de “capitalismo y socialismo”. Junto con aquella realidad fuimos nutridos, o malnutridos, por una serie de lugares comunes como el de la existencia de dos sistemas económico-sociales filosóficamente contrapuestos, con una serie de roles atribuidos a cada “actor” en aquel escenario mundial que prácticamente ocupó todo el siglo XX. Derecha e izquierda, idealismo vs. materialismo, justicia o libertad.

Por Luis E. Sabini Fernández
luigi14@gmail.com

Por cierto que, al lado de aquellos ethos dominantes, el burgués y el presuntamente socialista, coexistieron multitud de actitudes mentales y sociales, que encarnaban otras filosofías de la vida, y se pueden así considerar diversos ethos; cristiano, nazi, musulmán, budista, libertario, existencial, la multitud de configuraciones tradicionales, a menudo cruzadas con diversos ethos de los precedentes, así como aquellos entre sí, y otras innumerables, pero que no ocuparon —salvo esporádicamente— el centro de la escena política mundial.

Lo burgués y lo socialista se atribuyeron a sí mismos o a su oponente, características que, examinadas, devienen demasiado a menudo, significativamente, en su opuesto.

Vamos a procurar abordar este “juego de espejos” en un territorio delimitado —con las imperfecciones de todo límite en este terreno—, el de la ideología o falta de, en ese enfrentamiento que hemos aceptado como fundamental de todo nuestro pasado reciente, tan reciente, que pervive en nuestras categorías conceptuales y en nuestras actitudes políticas. Y lo hacemos porque sus estrategias de poder están asimismo plenamente vigentes en la realidad política actual, aunque ya no bajo la forma de enfrentamiento entre “dos verdades” sino como lo que ha dado en llamarse “pensamiento único”.

Una constante de aquella confrontación —capitalismo-socialismo—, que presentó siempre como su expresión más aguda la de los EE.UU. vs. la URSS, ha sido, que el campo occidental se ha presentado sin ideología alguna, o con ideologías débiles, secundarias (como las expresadas a través de diversas iglesias o campañas moralizadoras) y, en cambio, ha cargado las tintas respecto del carácter ideológico de la penetración comunista, en tanto que “el campo socialista” sí se ha atribuido un contenido ideológico; el verdadero, el bueno, el materialista, el del lado progresivo de la historia.

Ambos enfoques han estado curiosamente travestidos: el bolcheviquismo en particular y el marxismo en general han constituido un movimiento ideológico de tipo religioso (en el sentido etimológico del término religare; que otorga una comunidad entre humanos; véase, p. ej. la filmografía del germanooriental Frank Breyer), cuyos rasgos dominantes han sido la negación de lo material (“vulgar”) como guía de la acción y cierto voluntarismo intrusivo, tan caro a todos los salvacionismos. Por el contrario, desde la red de poder dominante en los EE.UU. se ha hecho un culto público de lo ético, lo religioso, lo espiritual, tan idealista todo ello, aunque su práctica ha sido crudamente material. Pero para intentar entender estos discursos inversores de la verdad, precisemos conceptos.

Aproximación al concepto de ideología

Una definición fuerte y generalmente aceptada, ya usada por el mismo Marx, es la de ideología como “enmascaramiento de la realidad”.

Otra definición, más “blanda” y más afín al uso común del concepto, es la de constituir una base más o menos racional para la toma de decisiones políticas, sustrato instrumental para el análisis de lo social que respondería más a la etimología de la palabra; estudio de la idea. En ambos casos, empero, la ideología política es concebida como principio de solución para la cuestión social, como vía de superación o salvación ante un estado de cosas que se considera deficiente.

Bueno es observar que, pese a su aparente oposición, ambos conceptos de ideología se pueden percibir, procesalmente, como lo mismo. Lo ideológico se va constituyendo como sustrato racional para interpretar la realidad social, y a su vez se va consolidando, para caer, insensiblemente en lo que Carlos Vaz Ferreira calificaba “pensar por sistemas”, y de ese modo se accede a un segundo momento, en el cual la realidad va siendo adaptada, incluida en los análisis ideológicos, que de ese modo van constituyéndose cada vez más como previos, parti-pris, respecto de la realidad que se procura entender y modificar.

W. E. H. Lecky resumió magistralmente, en 1876, esta idea: “[…] siempre que es creída y practicada la doctrina de la salvación exclusiva, se formarán en torno de ella hábitos mentales diametralmente opuestos al espíritu de investigación y absolutamente incompatibles con el progreso humano. La indiferencia a la verdad, un espíritu de credulidad ciega y al mismo tiempo voluntariosa, recibirá estímulos que multiplicarán las ficciones de toda clase, asociará a la investigación las ideas de peligro y pecado, hará que los hombres reputen por cosa impía la imparcialidad de juicio y el estudio que son el alma misma de la verdad, y castrará así sus facultades hasta producir un embotamiento general en todos los individuos.” (cit. p. Eric Roll, p. 273). Procuraremos ver cómo se ha aplicado esta malformación a los sistemas de pensamiento dominantes en el siglo XX.

Génesis económica del capitalismo, génesis política del socialismo

Que lo ideológico era atributo exclusivo del campo socialista, y que en la década del 30 lo compartía con la otra gran alternativa política del momento, el nazifascismo, lo suponía el mismísimo Hitler: “[…] en esta guerra se están enfrentando entre sí la burguesía y los estados revolucionarios. Nos ha resultado fácil derribar a los estados burgueses porque eran completamente inferiores a nosotros en su preparación y en su actitud. Los países con ideología son superiores a los estados burgueses [… en el este] nos enfrentamos con un adversario al que también alienta una ideología, aunque sea equivocada” (del Diario de Goebbels, año 1943, p. 355, de su edición de Nueva York, 1948, cit. p. Hannah Arendt, p. 426).

Hay una explicación histórica, empero, para que el campo socialista se haya sentido protagonista de la lucha ideológica y titular de “la ideología científica por excelencia”. El ascenso burgués tiene, históricamente, una contextura muy distinta, opuesta, a la del “ascenso socialista”. El ascenso burgués se hizo antes de su ideologización, se trató de un desarrollo o una “maduración objetiva”, para decirlo en términos caros al marxismo.(1) El advenimiento, en cambio, del “primer país socialista” fue precedido por su anuncio a todo lo largo del siglo XIX (que dicho advenimiento haya tenido lugar en un país de los que menos se ajustaba a la “profecía” socialista es otra cuestión).

Pero esa diferencia constitucional, de origen, entre los dos sistemas que parecieron disputarse todo el siglo XX, y que terminara a comienzos de su última década con el knock out técnico de uno de sus contendientes, dista mucho de legitimar las caracterizaciones que hemos calificado como oficiales.

¡Con qué afanes, los ideólogos del campo socialista han procurado atribuir el denostado idealismo al mundo burgués, reclamando para sí el materialismo! El Diccionario Filosófico de Iudin y Rosenthal, vaca sagrada de la teoría marxosoviética reza en su entrada “Behaviorismo”, lúcidamente ubicado como nervio motor de la ideología norteamericana dominante: “[…] sustituyeron las bases materialistas pavlovianas por el operacionalismo y el positivismo lógico [… y mantiene]” Por su parte, V. Afanasiev en su intemporal manual de escolástica marxosoviética, Fundamentos de filosofía, comienza con esta frasecilla: “La filosofía marxista, como cualquier otra ciencia, tiene su objeto de estudio.” (p. 5) Ya tenemos la ciencia de nuestro lado. Ahora, el error o el horror, a la vereda de enfrente: “El problema fundamental de la filosofía. Contrariedad [sic: indudablemente una mala traducción de contradicción] del materialismo y el idealismo. […] El materialismo moderno es una concepción del mundo verdaderamente científica. Al ofrecer un cuadro verdadero del mundo, presentándolo tal y como es en realidad,(2) el materialismo es un fiel aliado de la ciencia […]. El materialismo es un enemigo inconciliable de la religión: en el mundo donde no existe sino materia en movimiento no queda lugar para Dios.” (p. 7)

Afanasiev, así como el marxismo en general, llega a atisbar el fondo materialista del universo burgués, pero se ve obligado a borrar ese rasgo ante la necesidad de su apropiación exclusiva: “En el período de establecimiento del capitalismo sirvió como arma ideológica a la burguesía en sus batallas contra los feudales y la Iglesia. En nuestros días, el materialismo es un poderoso medio de lucha de la parte progresista de la sociedad contra las fuerzas de la reacción […]” (p. 8).

Veamos “el otro lado”: la realidad de los EE.UU. revela una poderosa religiosidad. Noam Chomsky anota que es el único país en el mundo donde una fuerte industrialización no ha aparejado una merma de religiosidad (La quinta…, p. 365), por el contrario existe una verdadera exaltación de la actividad religiosa. Creemos que esta realidad se ajusta como el guante a la mano a la explicación que el historiador George Sabine da para el florecimiento estoico durante la pax romana: “Ninguna concepción política estaba tan bien cualificada como la doctrina estoica del estado universal para introducir un cierto idealismo en el negocio, demasiado sórdido, de la conquista romana.” (p. 137)

Confrontemos la versión soviética antes reseñada con las del behaviorista, conductista, Burrhus F. Skinner, tal vez el ideólogo más representativo del sistema de dominación que tiene como eje la civilización estadounidense: “Lo que necesitamos es una tecnología de la conducta. Podríamos solucionar nuestros problemas con la rapidez suficiente si pudiéramos ajustar, por ejemplo, el crecimiento de la población mundial con la misma exactitud con que determinamos el curso de una aeronave; o si pudiéramos mejorar la agricultura y la industria con el mismo grado de seguridad con que aceleramos partículas de alta energía […]” (p. 3). Aquí tenemos una deliberada identificación de las ciencias exactas o “duras” con las llamadas ciencias sociales. Pero no en el sentido de una flexibilización epistemológica, sino de todo lo contrario: la sociedad comparable a una ecuación, a un movimiento celeste.

Skinner insiste en su pretensión de omnicontrol: “El problema no estriba en liberar al hombre de todo control sino de ciertas clases de control. Y este problema sólo puede ser resuelto si nuestro análisis tiene en cuenta todo tipo de consecuencias” (p. 40).

Pero es tal su altanería intelectual que jamás colocaría sus lucubraciones sobre el control de los acontecimientos y de las personas dentro de ningún esquema ideológico. Lo suyo es ciencia pura. Valga un par de ejemplos tomados, casi al azar, entre epígonos. Representantes de sociedades y asociaciones conductistas del país, SUATEC, ALAMOC, sostienen: “No es posible relacionar con régimen de gobierno alguno, o posición política, una ciencia y su filosofía.” (Brecha, Montevideo, 20/8/95). Una frase digna de Afanasiev. Y la sociedad conductista uruguaya, SUAMOC, a través de varios de sus integrantes sostiene: “Por ser una disciplina científica, la psicología conductista no tiene relación con postura ideológica alguna […]” (ibidem).

Pese a semejante apodicticidad, que debería enmudecer las réplicas, el docente Rolando Ojeda, ajustándose a la tesis de Skinner, precisamente, una crítica: “Promover la formación de caracteres dóciles y sumisos. Eso está implícito en el conductismo que considera primordial predecir y controlar conductas. Esa es su base ideológica.” (Brecha, 24/5/91).

Es muy ilustrativo ver el método conductista en acción, pues revela las formas de homogeneizar y licuar los datos de la realidad. Elizabeth Koppitz, otra connotada docente de la misma escuela, enrolada en ese esfuerzo de “conocerlo todo” no tiene mejor que establecer tablas de maduración etaria, según las cuales un chico débil mental de, por ejemplo, once años se equipara con uno normal de cuatro. Por cierto, sus investigaciones le deben haber permitido establecer correspondencias de motricidad y alcances pictóricos entre esas dos situaciones. Pero el hecho definitivo, irreductible, es que un niño con retraso mental de once años no es (como) un niño de cuatro años con desarrollo normal.

Para rematar el carácter ideológico de la interpretación conductista, tan atada al control del estímulo y la respuesta, vale esta observación de Jean-Michel Vappereau: “A diferencia del psicoanálisis, las técnicas surgidas del conductismo descuidan esa dimensión, que es la del deseo, esa inconsistencia, y pretenden ir derecho a la solución, como si hubiera un camino directo.” (Página 12, Buenos Aires, 19/9/96)

Juegos de espejos

Resulta curioso, y penoso, advertir que el ser humano es a menudo mucho más simple de lo que imagina. Miles de intelectuales sostuvieron durante décadas el carácter socialista de la formación engendrada en Rusia a partir de 1917, y gastaron ríos de tinta y de saliva cumpliendo con el mecanismo de la profecía autocumplida,“revelando” su superioridad respecto del capitalismo (también hablaron o escribieron sobre sus desventajas o perjuicios, pero, en general poco, y más bien mantenido como secreto de alcoba de la nueva iglesia). Todos los reparos y observaciones que lúcidos y osados como Jan Majaiski, Bruno Rizzi, Anton Ciliga, expusieron para patentar el abismo que separaba esa realidad de los anuncios, la teoría y la imaginería socialista precedentes, fueron arrumbados a un lado.

Del mismo modo, otros miles y miles de excelentes (3) burgueses o de sus voceros intelectuales, han estado convencidos y han procurado convencer al resto de la humanidad, de que el capitalismo era un sistema objetivo, real, sin connotación ideológica. Las agorerías sobre “la muerte de las ideologías” ha sido una cantinela recurrente de los especímenes más representativos de la ideología dominante. Y cuando estos ideólogos —Daniel Bell en los ‘50, Francis Fukuyama en los ‘90 bajo la forma del “fin de la historia”— han anunciado semejante muerte, por cierto han dado por descontado que las estructuras mentales en donde ellos se movían carecían de ideología, eran objetividad pura.

Esa negación de lo ideológico por parte del sistema de dominación con epicentro en el Atlántico Norte, ha significado un escamoteo mucho mayor y mayor dificultad para su tratamiento, su reconocimiento. Cada sistema ha enmascarado sus realidades con modalidades distintas. La ideología socialista era y es directa, expresamente ideológica. Analiza y critica lo político, lo asumido como tal. La ideología y la acción ideológica del sistema dominante en los EE.UU. y Occidente en general, es indirecta, se transmite a través de las actividades generales de la sociedad y no se ve siquiera necesitada de invocar su carácter de representación (y de inevitable falsificación) de la realidad. Para sentirse re-presentada, el sistema de poder dominante en los EE.UU. tiene el pensamiento pío.

Los comunistas se identificaban separándose del resto de los humanos, a quienes, proselitismo mediante, se procuraba ganar, persuadir, convertir. Semejante situación engendra todo un perfil, en donde las figuras del converso, del militante, del esclarecido, de la vanguardia, eran fundamentales.

El modelo madeinUSA hace exactamente lo contrario: se presenta como algo común o propio para todos. Esa universalidad proclamada contrabandea un sistema de valores y de materialidades que únicamente se puede realizar si está restringido, es decir, invoca una universalidad irrealizable. La condición para que la población de los EE.UU. y la del Primer Mundo en general (o, como se dice en la actualidad, sus tercios integrados) disponga del nivel de vida que goza, es precisamente que buena parte de la humanidad carezca de él. Lo interesante es que la imagen que recibimos es la invertida: en los EE.UU. se vive como si todos pudiéramos hacerlo, y tuviéramos que. Y la fuerza ideológica del mensaje es tal, que cada vez más son los que quieren hacer y vivir como en los EE.UU.

Occidente, ha ido afinando sus mediaciones y conciencias, su idealismo ético (4) y su conciencia de sí al mismo tiempo que ha incrementado la miseria cultural y material de los pueblos y sociedades periféricos o ajenos a su universo, no ya mediante el despojo característico de las primeras etapas de europeización del mundo, sino mediante la heteronomía creciente. Ese desarrollo impulsado desde los centros de poder de Occidente, ha sido crudamente material.

La ideología en los EE.UU. se cuela, por así decirlo, en el modo de vida. En el modo cotidiano de vida. Cuando la propaganda de una bebida sin alcohol proclama que “es un modo de vivir”, dice precisamente una verdad (más allá de la falsedad del mensaje o de su inanidad lógica). Dice la verdad en el sentido que el modo de vida dominante se dirige a una juventud (cada vez más toda la humanidad) que no necesita pensar políticamente. ¿Por qué semejante apoliticidad de ese puro “vivir”? Porque ya está todo pensado (políticamente). Porque hay quienes se dedican a eso. Y porque no tiene sentido cuestionarlo.

Lo que caracteriza al sistema ideológico norteamericano es que, a diferencia del que otrora encarnara la URSS y en general, el socialismo, se trata de un sistema tácito, nutrido por una ideología no asumida como tal. Esa es una de las causas de su vigor.

El sistema de ideas dominante en Occidente, con centro irradiador principal desde los EE.UU., ha revelado su potencia como conformador de las representaciones colectivas, de una manera mucho más radical y amplia que la penetración ideológica socialista o soviética en cualquier momento de la historia. Esta última siempre se limitó a la esfera racional, política y en cambio, la primera, se nos ha ido filtrando por toda nuestra existencia cotidiana. Y ni siquiera se ha presentado como modelo ideológico.

No han sido textos de dialéctica ni prácticas colectivistas ni ha exigido conversiones más o menos apasionadas, más o menos lúcidas. Ha sido el automóvil, (5) el pelo rubio, la coca-cola, el western, el rock, la comida-basura, el inglés, el confort, Walt Disney, time is money.

Se ha presentado “apenas” como LA realidad. El satisfecho materialismo cientificista de su intelectualidad técnica los lleva a pensar que las representaciones del mundo imperantes dentro del sistema vigente no reflejan sino la realidad, sin mediación ni velos, sin atender coartadas políticas, sin valerse de una visión política de la realidad y el mundo; como si no defendieran una estructura de poder (ella sí, totalmente contingente, parcial, interesada).

Pero es una realidad muy bien fabricada, “productora de consenso” como lo califican N. Chomsky y E. Herman en The Political…. El cine es paradigmático. El Código Hays de producción cinematográfica hollywoodense, de 1934 —tan paralelo a las disposiciones del Proletkult soviético contemporáneo—, que fijaba el tenor de cada escena, el margen de personaje en cama autorizado, la duración de los besos, la necesidad del final feliz, da la pauta del cuidado que pusieron los titulares del poder norteamericano en pautar su industria cinematográfica, es decir, en transmitir la ideología correcta a sus múltiples espectadores (que con el fin de la segunda guerra mundial y el apogeo del modelo american en todo el orbe hayan cambiado sustancialmente las técnicas de transmisión cinematográfica no desmiente lo precedente; únicamente que los titulares del poder en los EE.UU. descubrieron que se podían controlar las representaciones públicas de muy otra manera; el control restrictivo y taxativo, parecido al del viejo sistema de dominación monacal, irá cediendo lugar a otra modalidad de control, a través de la paralizante plétora comunicacional junto con los dictámenes económicos, ésos sí “únicos”).

Son archiconocidas las inflexiones políticas a las que se vio sometido Eisenstein a lo largo de su labor como cineasta. De ‘la estética innovadora de Potemkin a la construcción mítica y legendaria de Nevski o Iván en los cuales el relato se torna hierático’ (B. C. Crisorio, Ciclos, p. 178). Hablamos con facilidad de la carga ideológica del cine soviético, algo indudable, pero ¿qué ha pasado con la producción fílmica norteamericana? Hollywood ha sido la máquina ideológica de producción cinematográfica, propagandística y cultural más formidable que conoció el siglo XX. La máquina de sueños norteamericana no nombra lo innombrable. Se presenta como una producción “natural” y apolítica, hija del mercado, de las cabezas pensantes, del azar de las cuentas corrientes de los productores.

No deja de ser paradójico. Los titulares del agit-prop soviético no podían presentar una película sin que los exégetas descubrieran mensajes ocultos: la bolchevización era una constante contra la cual se erigían todos los refractarios de lo foráneo. Y sin embargo, aparecen películas norteamericanas con mensajes ideológicos clarísimos, como La guerra de las galaxias, El día de la independencia o Viva América y el aspecto ideológico de esas construcciones pasa inadvertido en la generalidad de los discursos. Nadie considera tales películas como de propaganda, cuando manifiestamente lo son.

Es interesante además diferenciar dos pasos básicos de la labor ideológica en el cine: al primer momento de ‘fabricación de sueños’ sobreviene un segundo momento, el de la distribución. Las empresas estadounidenses son las dueñas virtuales de todos los mercados locales significativos en el mundo occidental (al menos), con el resultado que las demás cinematografías entran a dichos mercados de modo residual, con un goteo más bien miserable. Sólo así se entiende que al Río de la Plata llegue una película de Chabrol cada quince años o que no podamos acceder a todas las películas de Goretta o de Loach, por nombrar apenas algunos ejemplos. ¿Por qué no conocemos cine turco o noruego o de la India (que lo hay y muy bueno)?

Si la fabricación de cine revela una actividad ideológica fuerte, ¿qué decir del control deliberado de la distribución asfixiante de las películas ajenas, no ya dentro de fronteras sino por encima de ellas? (6)

¿Por qué una ideología que no se reconoce como tal es más peligrosa, más insidiosa? Porque la ideología tiene de por sí, por su calidad de discurso pretendida y sentidamente coherente, una capacidad autopersuasiva prácticamente ilimitada. Armado de ideología el individuo, el grupo, la iglesia, el estado, puede llegar a cometer los actos más aberrantes sin problemas éticos, sin que les “duela la conciencia”. Una ideología expresa está siempre más expuesta a su desmontaje, a la crítica que la inhabilite total o parcialmente; una ideología que no se expresa como tal tiene más bloqueada la senda de la crítica, sus caminos de acceso se hacen más dificultosos (en las mentes de sus adherentes).

Nos dice el ensayista norteamericano John Nef: “La filosofía moral exalta el lugar que ocupa el intelecto en los asuntos humanos, en una época en que los norteamericanos han negado que la mente tenga un papel que desempeñar en una existencia civilizada, independiente del interés privado o del experimento y la observación científica.” (p. 257). En la medida en que la sociedad norteamericana le niega a la razón cualquier papel relevante —más allá de la racionalidad tecnológica y a lo sumo tecnocientífica que implique el desarrollo material, y de una racionalidad mercantil digna del rey Midas— y le otorga únicamente ese papel instrumental, podemos definir a la cultura norteamericana como una cultura sin valores éticos o trascendentes en el sentido de comunes a los hombres de distintas coyunturas históricas o de distintas sociedades. Una cultura con valores atentos a la utilidad, no a la verdad. La razón, con un papel meramente vasallo.

Esta descripción tiene una coda, similar a los diversos momentos que viéramos con el producto cinematográfico: todo dista de ser tan natural; los EE.UU. tienen la mayor red policial y militar del mundo entero, la mayor red mundial de centros de tortura fue norteamericana en los ‘70, como nítidamente la relevaron Chomsky y Hermann (op. cit.).

Para apreciar los aspectos policiacos del control del consenso baste la siguiente referencia: “El gobierno se dedica a infiltrarse subrepticiamente en las iglesias y en las sesiones de culto, utilizando informadores y agentes secretos para que graben cintas de conversaciones o de oficios religiosos, […] una práctica habitual en las sociedad totalitarias que los ‘conservadores’ han adoptado como modelo.” (Daniel Yankelovich, Issues in Science and Technology, 1984, cit. p. Chomsky, La quinta…, p. 365). Algo que el conocimiento “vulgar” sabía atribuir, sin esfuerzo y con razón, al universo soviético, pero que hay que aplicar, con mayor énfasis, al “sueño americano”.

Neoliberalismo: una vieja ofensiva ideológica con fuerza renovada

La década del 90, con la proclama del fin de la historia, y de la muerte de las ideologías, ha sido en rigor, teatro de una ofensiva ideológica sin precedentes, sobre todo por la falta de oposición.

Uno de los rasgos que otorgan peligrosidad a los contenidos ideológicos es el de su unicidad. Su carácter de verdad exclusiva y salvadora (Lecky, ut supra). Ese fue un rasgo constante del socialismo diz que científico: todos recordamos la suficiencia con que “la ideología del proletariado” apostrofaba sobre etapas históricas necesarias, sobre procesos de transición (a ningún teórico, empero, se le ocurrió la transición históricamente verificada hace pocos años del socialismo al capitalismo; claramente en el esquema entonces vigente en las cabezas de los ideólogos socialistas, esta realidad no cabía). El auge del liberalismo y la democracia liberal en los ‘90, indudablemente ligado al crash soviético, se ha presentado a su vez como único, sin alternativa, unidireccional.

En rigor, este neoliberalismo revitalizado no es sino un neoconservadurismo porque liga las tesis más caras del liberalismo —el estado mínimo, la sospecha hacia “lo social”, las consiguientes privatizaciones— con la cuarentena de lo público y el despotismo de lo privado, que por operar sin mediar ningún tipo de transformación social, constituye la mera confirmación del dominio de las viejas capas dominantes.

La tópica utopía no era sólo socialista

Cualquier persona atenta al acontecer histórico es consciente de la densidad política con que fue gestada la URSS. Allí, en su formación y en su mantenimiento, hubo una indisimulable cuota de voluntad. “El primer estado socialista” del mundo fue “un hijo encargado”. Tiene todas las virtudes que para el pensamiento revolucionario, conlleva semejante origen, buscado, elaborado, expresamente gestado. Para otros podría tener los vicios de toda obra programada, faltante de ese ir constituyéndose desde la necesidad de la gente y la sociedad, carente del rasgo de naturalidad con que se constituyeron tantos países antiguos y modernos.

La reflexión política que ha sabido captar los rasgos frankensteinianos del experimento soviético no ha reparado, sin embargo, en el origen, curiosamente simétrico, de los EE.UU., también como experimento, también como origen buscado, como acto de voluntad política (y religiosa) de grupos humanos que se sintieron llamados a realizar un destino exclusivo en la Tierra, un mandato divino.

“Los filántropos como William Jay, en los EE.UU. y Joseph Sturge, en Inglaterra, corroboraban la creencia muy extendida de que los ingleses y los norteamericanos tenían el deber especial de velar por el mejoramiento de los hombres.” (F. Thistlethwaite, El gran experimento, p. 106). Ese afán de “mejoramiento de los hombres” parece muy pronto circunscribirse: “[…] al fijar nuestros límites debemos tener en cuenta el porvenir inmenso y glorioso que nos impone el Destino Manifiesto de la raza anglosajona. Brindo por los EE.UU. limitando al norte por el Polo Norte, al sur por el Polo Sur, al este por el sol naciente y al oeste por el sol poniente.” (brindis de Jonh Fiske entre “notables de la Unión”, Ideas políticas americanas, Buenos Aires, Peuser, 1902, cit. p. Rafael San Martín, Biografía del Tío Sam, p. 413). Como se desprende de las citas, se restringe el mejoramiento a algunos humanos; lo que no parece restringirse es su intención apropiadora. Para completar la idea que los “buenos norteamericanos” tienen de sí, no hay como acompañarla de la idea que de ellos tienen los “latinoamericanos buenos”: “La invariable e inalterable política de mi gobierno será siempre favorable a la actitud civilizadora de los EE.UU. respecto de los países americanos, cuya libertad defienden y cuyo progreso protegen sin motivos ulteriores o egoístas. Creo que las intervenciones no constituyen un peligro para América sino una ayuda para las naciones débiles.” Así rubricaba su “límpido” pensamiento Augusto Leguía, dictador peruano de la década del ‘20 (La Nación, 9/3/1928, cit. p. G. Selser, Sandino, p. 185).

La “dictadura del proletariado” ha sido a los rusos lo que “el destino manifiesto” ha sido a los norteamericanos. La “construcción del socialismo” en la URSS tiene su correspondiente en el ilustrativo título de Lawrence Friedman sobre el origen de los EE.UU: Inventors of the Promised Land [Inventores de la Tierra Prometida].(7)

La carga ideológica en la construcción de los EE.UU. ha sido extraordinaria. Y extraordinaria y omnipresente como ha sido, todavía más extraordinario ha sido la poca relevancia que semejante configuración ideológica ha merecido. Cuando impregna tan profundamente el comportamiento individual de la población de ese país, (8) y el comportamiento público como estado (y como imperio), esta omisión parece doblemente significativa.

Allan Bloom en la Introducción de The closing of American mind nos presenta a los EE.UU. “como un experimento totalmente nuevo en política [..]”. No hay de qué extrañarse. Los peregrinos del Mayflower abandonaban la impía Inglaterra para cumplir más cabalmente con la Biblia en la Tierra. Bien es cierto que empezaron nutriéndose de los alimentos que los americanos nativos les ofrecieron, enseñándoles a los recién llegados incluso a sembrar el maíz que ellos tenían como alimento principal (contra el clisé imperialista y eurocentrado según el cual los cultivos fueron algo que los europeos otorgaron a los americanos); cierto es asimismo que muy poco después, les arrebatarían sus tierras a los indios mediante el cómodo y radical recurso de incendiar sus campos, y sus aldeas con las mujeres y los niños adentro (Noam Chomsky, Man kan inte…, p. 703). Pero eso es de escasa importancia, nos diría Tikkanen. Los ingleses trasplantados compartían con otros europeos, españoles y portugueses, la seguridad de su propia excelencia respecto de esos otros hombres de segunda que tuvieron a bien hacer desaparecer de la vista —no muy misericordiosa, parece— del Creador.

Con la conciencia limpia en su proceder de fundadores de una nación única, llevaron adelante ese experimento tan especial.

“Los EE.UU. no eran simplemente otro estado nacional sino un experimento nuevo de gobierno […] hasta cierto punto los ciudadanos norteamericanos eran ciudadanos del mundo.” (Thistlewaite, p. 90). Confirmando la especial construcción de esta utopía piadosa, el mismo autor agrega: “Los barcos […] llevaban a los EE.UU. a viajeros […que] deseaban satisfacer su curiosidad acerca del experimento norteamericano.” (A ese título Alexis de Tocqueville nos dejará su inolvidable La démocratie en Amérique.). Conocemos las consecuencias del brindis de don Fiske.

Semejanzas y diferencias: el mesianismo

John Pittman, miembro del buró político del partido comunista norteamericano tuvo alguna vez la desfachatez de iniciar su artículo “Orígenes del mesianismo norteamericano”: “El mesianismo es un rasgo tradicional de la ideología de los círculos gobernantes de EE.UU. Es la fe en la misión histórica de Norteamérica y en la absoluta legitimidad de las aspiraciones expansionistas de estos círculos.” (p. 23). La cita no tiene desperdicio y es correcta punto por punto. Lo extraordinario es que seguiría siendo igualmente correcta si sustituyéramos el nombre de “Norteamérica” por el de “Unión Soviética”. Con el condimento justo de que hasta la misma expresión “misión histórica” permanecería inalterada, acorde con el marxismo, a su pesar teleológico.

Sin embargo, justo es destacar que el carácter del mesianismo es radicalmente diverso. El mesianismo proletario, aun pasado por las horcas caudinas de “la dictadura del proletariado”, es indudablemente universalista; el mesianismo norteamericano es expresamente limitacionista, noreuropeísta y francamente racista. Y la configuración primigenia dista de ser irrelevante. Cabe recordar, siguiendo la ley de Murphy, que cuando las cosas empiezan bien, terminan mal, ni pensar cómo terminan cuando empiezan mal.

Es que la teoría a la que una práctica política se debe, opera de algún modo sobre ésta. Y la coherencia interna, o la ausencia de ella, en un mensaje ideológico tiene su peso; no se reclama con el mismo valor político contra un despojo ejercido ilegítimamente que contra un despojo que “cumple” con los preceptos teóricos de sus perpetradores. La situación es políticamente distinta, tanto para las víctimas como para los victimarios del acto.

Semejanzas y diferencias: el imperialismo

La promesa del socialismo para todo el planeta galvanizaba a los propietarios de los medios de producción, de difusión, de control ideológico occidental y, en verdad a muchos trabajadores e intelectuales que adquirían conciencia cabal de los aspectos pesadillescos de un mundo totalmente regido desde centros únicos e investidos del poder absoluto que otorgaba “el conocimiento científico de las leyes de la sociedad y el progreso”. Los cuadros políticos (y a veces militares) del campo socialista difundían a los cuatro vientos las bondades de la inminente e inevitable dictadura proletaria. No es una casualidad que semejante ansia de universalidad, semejante arrogancia y todas sus consecuencias prácticas, hayan sido tantas veces tipificada como imperialismo, aunque sus voceros la denominasen “internacionalismo proletario”. Ya hemos visto los magros resultados de esta profecía; el historiador francés François Furet, recientemente fallecido, definía al comunismo como “una catástrofe inútil” (Página 12, 15/7/97). Desde los EE.UU. también se ha procurado negar lo imperial.

No es novedoso. La Italia fascista en 1935 justificó su invasión a Etiopía sosteniendo que iba a destruir “el último bastión de la esclavitud” (Baravelli titula así su obra). Y cuando el Japón expansionista de las décadas del ‘30 y ‘40 instala su red de expoliación sobre las naciones del sudeste asiático lo hace bajo el nombre de “Esfera de Co-propiedad de la Gran Asia Oriental” (Hobsbawm, p. 48). Del mismo modo, la AID, Programa de Ayuda de EE.UU., podría llevar a creer que se trata de ayudar a los países donde actúa, cuando en realidad, se trata de un organismo de “autoayuda” norteamericano (gestiona “préstamos atados”, otorga “facilidades” para que las mercaderías norteamericanas ingresen a un mercado ajeno, etcétera). La USAID podría ser leída más literalmente, Agencia Internacional de Desarrollo de los EE.UU. (como vemos, no hace falta que se lo lea en el Pravda). El expansionismo imperial american ha inhibido en su propio discurso toda idea imperialista, e incluso durante largos períodos ha pregonado hasta una política de aislamiento.(9)

El ciudadano de los EE.UU. se siente a sí mismo como un cultor más de un excelente modo de vida. Si van a Vietnam es porque “los amigos” allí, reclaman su ayuda para “defender la libertad”. Ese es el “pensamiento espontáneo” del norteamericano promedio. El sistema de desinformación dominante no permitirá que se afecte tamaña buena conciencia. La Guerra del Golfo Pérsico la verán —la veremos gracias a la americanization— como un entretenimiento en la pantalla, y sin imágenes, valga la paradoja (la Guerra de Vietnam dejó la enseñanza de los inconvenientes de las imágenes crudas para manipular con tranquilidad el consentimiento; dándole prioridad a los intereses del poder sobre la libertad de información, la de Irak se presentó de otra manera, es decir, no se informó de la realidad de los acontecimientos).

Y los marines proseguirán sus entrenamientos con ideológicamente cuidadas canciones en que prometen a las dictaduras que pululan en la Tierra su visita justiciera (Academia de Maryland para supermanes).

Sin embargo, el discurso latente existe y no permite malos entendidos: “Poseemos cerca del 50% de la riqueza mundial pero sólo el 6,3% de su población. En esta situación, no podemos evitar ser objeto de envidias y resentimientos. Nuestra tarea principal en el próximo período consiste en diseñar un sistema de relaciones que nos permita mantener esta disposición de disparidad sin ningún detrimento positivo de nuestra seguridad nacional. Para hacer eso tenemos que prescindir de todo sentimentalismo […] no debemos engañarnos a nosotros mismos pensando que hoy en día nos podemos permitir el lujo del altruismo […] hemos de dejar de hablar de objetivos vagos e irreales para el Lejano Oriente tales como los derechos humanos, el aumento del nivel de vida y la democratización.” George Kennan, jefe de planificación del Depto. de Estado, 1948 (cit. p. Chomsky, La quinta…, p. 80). Y hablando de América Latina, el mismo consejero sostiene que una de las mayores preocupaciones de la política exterior debe ser “la protección de nuestras materias primas” [¡sic!], los recursos materiales y humanos que “nos pertenecen” y remata, combatiendo ‘la peligrosa herejía’ dice Chomsky, de “la amplia aceptación de la idea [en América Latina] según la cual el gobierno tiene una responsabilidad directa en el bienestar del pueblo.” (id., p. 83). Esta preocupación, medio siglo después, el señor Kennan se la puede sacar de encima. Los gobiernos ya han abdicado totalmente de semejante locura.(10)

Lavado de cerebro, lavados de cerebros

En muchas cuestiones, a lo largo del siglo corto hemos aprendido a percibir los horrores de la configuración soviética sin advertir sus equivalentes, a veces peores, en la meca de la democracia.

La actitud básica de quien procuraba ser lúcido y no estaba enrolado, ha sido a menudo atribuir los daños del imperialismo económico a los EE.UU. y al colonialismo europeo, con razón, y atribuir los vicios ideológicos al que fuera el emergente campo socialista. La expoliación de materia prima, a las transnacionales; las privaciones y miserias del discurso único, a la URSS.

Si hablamos de lavado de cerebro, aparte del nítido ejercicio de las sectas religiosas de todo tipo, pensamos en la falta de libertades públicas, típicas del modelo soviético, con una prensa única (el estalinismo nos quería hacer creer que “la libertad de expresión” se salvaguardaba con las dimensiones de los tirajes). ¿Qué mejor ejemplo de ideología opresiva que la que remite a los psiquiátricos a los disidentes? Es la posición de Cornelius Castoriadis en Devant la guerre: el imperialismo joven y temible, la URSS; el imperialismo gastado, obsoleto, los EE.UU.

Y sin embargo, los EE.UU. ostentan sin duda, el dudoso privilegio de tener el sistema de lavado de cerebros más fuerte que se conoce. Y que se ha conocido a todo lo largo del siglo corto. Programadores de comportamiento animal y humano, moldeadores de conducta, administradores del talante, construcción de nuevas personalidades, producción de gente más vivaz o más chata, control de los pasos dados por la gente, formación de superconsumistas, superatletas o superasalariados, bebes en probeta encargados de acuerdo con “los deseos” de los progenitores, úteros alquilados, modificación de estructuras genéticas de los fetos, control de calidad de seres humanos, producción de individuos de capacidad “superior”, reajustes cronobiológicos, desarrollo de una formidable y omnipresente ingeniería humana (de la cual los trasplantes son un único capítulo, el más ventilado, tal vez por su parentesco con la sangre, que siempre es noticia), formación de humanos más vigorosos (cuando hay cada vez indicios más significativos sobre pérdida de vigor, por ejemplo espermático), moldeo ad infinitum del hombre considerado plástico, es apenas un resumen incompleto de la agenda de temas que trata Vance Packard en Los moldeadores de hombres.

Y esta reseña dista de ser antojadiza: Robert Hutchins en su fermentaria La Universidad de Utopía nos dice: “En los EE.UU. existe una tremenda presión hacia el conformismo.” Y el especialista Edward Bernays, prócer de los EE.UU. por haber ideado la disciplina de las “relaciones públicas” lo declara abiertamente: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y de las opiniones de las masas son un elemento importante en una sociedad democrática… las minorías inteligentes son las que necesitan utilizar la propaganda continua y sistemáticamente. El progreso y el desarrollo de los EE.UU. radica en la realización de un proselitismo activo en el que coinciden los intereses egoístas con los públicos.” (cit. p. Thomas McCann, An American Company, p. 45, a quien a su vez cita Chomsky en La quinta…, p. 370).

Como sostenía Alvin Achenbaum, “Hacer que la gente sienta o actúe de una manera determinada no es manipularla.” (cit. p. V. Packard, p. 125). Significativo neohabla. El sistema político imperante resulta todo menos casual, espontáneo.

En 1965 William Ebenstein, un analista norteamericano dedicado a examinar el totalitarismo en su libro homónimo nos dice: “El totalitarismo necesita una eficiente red de transporte (carreteras, líneas férreas y aviones). Aún más importante, tal vez, es que necesita comunicaciones eficaces (teléfonos, telégrafo, radio y últimamente televisión). Todo ello, junto a los más recientes métodos administrativos [la computación, entonces, comparativamente, en pañales] provee los medios para que […] un gobierno totalitario mantenga el control de las operaciones en todo nivel […]”. He suprimido ex profeso los pasajes en los cuales el autor adosaba obviamente a la URSS el cuadro descrito. A Ebenstein —un Pittman travestido— ni le pasa por las mientes que acaba de enumerar todos los elementos de que dispone el sistema de poder establecido en los EE.UU. Como en el caso anterior, no se trata de que su descripción sea falsa, sino sencillamente insensata, inconducente. Porque la cuestión aquí es preguntarse si el establecimiento de semejantes elementos no expresa o conduce a una red de control más bien totalitaria. ¿La televisión —su núcleo fundamental; un emisor único, una multitud multimillonaria de receptores—, un “adelanto técnico” desarrollado en los EE.UU., no en la URSS (como podríamos haber supuesto sobre la base de 1984), no ha sido acaso concebido dentro de un determinada estructura de poder, en donde “la necesidad de guiar a las masas” era un asunto primordial?

Cada vez que un discurso sobre la verdad se nos presenta como único, excluyente, que no da lugar a alternativas, debiera despertar nuestras más profundas sospechas. Cuando ese discurso además se constituye en el lugar común de un determinado momento histórico, su peligrosidad, su toxicidad adquiere características de metástasis.

notas:
1) Es muy ilustrativo al respecto el recorrido que el historiador Bernhard Groethuysen realiza en su análisis del ascenso burgués en los siglos XVII y XVIII, a través de los sermones que los párrocos de provincia hacían en Francia desde mediados del 1600 aproximadamente, alarmados por la presencia inesperada de un “hombre nuevo” en sus parroquias, que apostaba al trabajo como su actividad principal —no ya a la caza y a las armas como la vieja y conocida aristocracia, ni a los ruegos y a la vida ultraterrena, como los monjes y los creyentes fervientes en general—. Los párrocos advertían que se trataba de cristianos, pero tibios, que concurrían a los oficios casi por inercia o por obligación, y que centraban su vida en algo que hasta entonces sólo había sido una maldición que tenían que sobrellevar los pobres.
2) Cuando uno lee semejante monserga, no puede menos que recordar el modo en que la “verdad” soviética se constituía, y que, ya veremos, no difiere tanto de la verdad made in USA. Contaba el humor de la época que en una competencia de élite entre el mejor corredor ruso y el number one norteamericano, corrida en Moscú, el periódico Pravda, vocero del Partido Comunista de la URSS, cuyo título significa en ruso “verdad”, describía así el resultado de la competencia: “Nuestro representante ocupó un glorioso segundo puesto; el norteamericano a gatas llegó penúltimo.”
3) Excelentes en el sentido griego del término: que no necesita probar su virtud. Al estilo del filósofo finlandés Tikkanen, generalmente conocido como humorista, uno de cuyos aforismos reza: “Mi moral es tan, pero tan buena, que puedo hacer cualquier cosa sin que se dañe.”
4) La carga piadosa del modelo american siempre ha sido significativa, también off shore: la dictadura más sanguinaria de América, tomando en consideración la cantidad de muertos en relación con la población general, la de Guatemala en los recientes años ‘70 y ‘80, fue presidida por un pío miembro de una iglesia cristiana que tiene su cuartel general en los EE.UU.; asimismo, Fujimori ascendió al poder apoyándose en otra secta cristiana protestante.
5) Se habla de la “era del automóvil”, denominación precisa si las hay. El automóvil constituye una síntesis de la concepción ideológica en la cual se inscribe: un cierto protagonismo de la “gente como uno” (porque el automóvil fue pensado para minorías, para “inmensas minorías”, pero minorías al fin), una expansión de la autonomía individual —la sensación de dominio que otorga el volante—, una afirmación individualista y agresiva (reparemos que el auto ha tenido más parentesco con el tanque, acorazado, que con la bicicleta, despojada), un desprecio radical por las consecuencias ambientales devastadoras, algunas de las cuales se supieron desde muy temprano (década del ‘20), la atracción irresistible por la velocidad y, cada vez más, las consecuencias trágicas para los mismos usuarios (el automovilismo se ha constituido, en algunos países en diversos tramos etarios, en la principal causa de muerte).
6) No sólo capitales estadounidenses han ocupado muchísimos mercados cinematográficos locales luego de la destrucción de las viejas redes de distribución, desembarco que han hecho acompañando las exhibiciones con maíz acaramelado, coca-cola y sonrisas forzadas de los acomodadores, sino que es fundamental confrontar esta nueva invasión con lo que pasa dentro de EE.UU.: a los extranjeros les está vedado adquirir salas de cine. Un detalle más para desnudar el carácter político: durante 2 años desde EE.UU. se “brindò” al público ruso recién “liberado” películas gratis. Ahora el cine ruso está quebrado y las películas yanquis ya no son gratis…
7) Con ominosas referencias bíblicas.
8) Dicho esto, claro está, en general, y teniendo en cuenta que la generalidad, cuando hablamos de los habitantes de un país, rara vez excede de una minoría; cuando se alega, y con motivo, que los orientales tenemos una marcada conciencia del ridículo, no quiere decir que todos y cada uno de nosotros dependa de ese rasgo tan penoso, pero basta que, por ejemplo, un 10 o un 20 % lo tenga de modo fuerte y otro 10 o 20 % como modalidad débil, para que lo sintamos por doquier.
9) Un buen ejemplo de la falta de universalismo, de sus rasgos limitacionistas y en última instancia, del racismo del sistema político norteamericano es la política de aislamiento, vigente durante largos tramos de la primera mitad del s XX. Tan invocada como negada con la diplomacia cañonera. Para la mentalidad norteamericana dominante, esa política, sin embargo, conservó su coherencia: el aislamiento constituyó una política respecto de Europa, y de las potencias continentales con las que podía lidiar el poder norteamericano; las intervenciones a menudo violentas en que siguió incurriendo en ”el patio trasero” o en otras áreas del mundo, no violaban la política de aislamiento porque dichas intervenciones no pertenecían al orden de la política (de la “alta política”, la que se tramitaba entre caballeros) sino sencillamente al orden fáctico de las necesidades materiales (minerales, materias primas, mano de obra, etcétera).
10) “Las violaciones sistemáticas [a la libertad de información] después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron el 24 de setiembre de 1951, cuando el presidente Truman ordenó a los departamentos y agencias federales que reservasen y retuviesen las noticias, tal como ya lo venían haciendo los departamentos de Estado y de Defensa, aplicando categorías de ‘reservado’, ‘muy secreto’, ‘secreto’, ‘confidencial’ y ‘restringido’. Bajo la presión de las organizaciones periodísticas, el presidente Eisenhower eliminó la categoría ‘restringido’, lo cual no tuvo mucho efecto ni sentido pues la de ‘reservado’ absorbía casi todo.” (Curtis McDougall, p. 61) [la anglificación de la lengua castellana que apenas expresa el avasallamiento cultural y político imperial ha llevado a popularizar la insensata expresión “clasificado” ─que en castellano significa otra cosa─ para traducir “classified” en lugar de nuestro “reservado”].

Referencias:
· Afanasiev, V., Fundamentos de filosofía, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, s/f.
· Arendt, Hannah, Los orígenes del totalitarismo 3.Totalitarismo, Madrid, Alianza, 1982
· Baravelli, G. C., Le dernier rempart de l’esclavage, Roma, Società Editrice di “Novissima”, 1935.
· Bloom, Allan, The closing of American mind, s/d, 1987.
· Castoriadis, Cornelius, Devant la guerre, París, Fayard, 1981.
· Ciliga, Anton, El país del miedo y la gran mentira, s/d, 1934.
· Crisorio, Beatriz Carolina, “El problema de las nacionalidades en la ex-URSS”, Ciclos, n° 10, Buenos Aires, 1996.
· Chomsky, Noam, La quinta libertad, Barcelona, Crítica, 1988.
· Man kan inte mörda historien, Gotemburgo, Epsilon, 1995. [Hay traducción al castellano del libro de la cita, bajo los títulos Año 501: la conquista continúa. y El miedo a la democracia
· Edward Herman, The Political Economy of Human Rights, Boston, South End Press, 1979.
· Ebenstein, William, El totalitarismo, Buenos Aires, Paidós, 1965.
· Groethuysen, Bernhard, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, 1927.
· Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 1996.
· Iudin, P. F. y M. M. Rosenthal, Diccionario Filosófico, Montevideo, E.P.U., 1965
· MacDougall, Curtis, Reportaje interpretativo, México, Diana, 1983.
· Majaiski, Jan Wacklav, Le socialisme des intellectuels, París, Éditions du Seuil, 1979.
· Nef, John, EE.UU. y la civilización, Buenos Aires, Paidós, 1971.
· Packard, Vance, Los moldeadores de hombres, Buenos Aires, Crea/Huemul, 1980.
· Pittman, John, “Orígenes del mesianismo norteamericano”, Revista Internacional, Moscú, 1986 n° 3.
· Rizzi, Bruno, Da ‘il collettivismo burocratico’, 1939.
· Roll, Eric, Historia de las doctrinas económicas, México, FCE, 1955.
· Sabine, George, Historia de la teoría política, Madrid, FCE, 1994.
· San Martín, Rafael, Biografía del Tío Sam, Buenos Aires, Argonauta, 1988.
· Selser, Gregorio, Sandino, general de hombres libres, Buenos Aires, Editorial Abril, 1984.
· Skinner, Burrhus F., Bortom frihet och värdighet, Estocolmo, Norstedts, 1971 (hay edición en castellano, Más allá de la libertad y la dignidad, Barcelona, Salvat, 1987, de donde provienen los números de página citados).
· Thistlethwaite, Frank, El gran experimento, México, Editorial Letras, 1959.
· Tikkanen, Dagens Nyheter, Estocolmo, 1983
· Vaz Ferreira, Carlos, Lógica viva, Montevideo, 1910.

Editado por primera vez, Cuadernos de Marcha, nº 130, Montevideo, agosto 1997.

fuente: https:revistafuturos.noblogs.org

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Escena de la película Good Will Hunting sobre la NSA y la política exterior norteamericana

Good Will Hunting (1997). Sinopsis: Will es un joven rebelde con una inteligencia asombrosa, especialmente para las matemáticas. El descubrimiento de su talento por parte de los profesores le planteará un dilema: seguir con su vida de siempre -un trabajo fácil, buenos amigos con los que tomar unas cervezas- o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna universidad. Sólo los consejos de un solitario y bohemio profesor le ayudarán a decidirse. 

GOOD WILL HUNTING
Dirección: Gus Van Sant
Guión: Matt Damon, Ben Affleck
Año: 1997
Duración: 126 minutos.
Mas sobre la película: https://www.filmaffinity.com/es/film503907.html

 

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Debate en torno al uso de chips en humanos

Una empresa belga ha decidido implantar chips a sus trabajadores para acceder a sus ordenadores. El hecho ha generado una verdadera polémica sobre la privacidad de los trabajadores y las posibilidades que esto tiene para un futuro no tan remoto. Expertos en chips y espionaje analizarán las claves de esta tecnología que ya empieza a instaurarse en diversos países. Participan del mismo Pedro Barcos, Enrique de Vicente y…

Por Iker Jimenez, Cuarto Milenio
09-04-2017

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fuente: https://www.ivoox.com/cuarto-milenio-9-4-2017-12×32-los-juegos-muerte-audios-mp3_rf_18052865_1.html

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