(libro) Comentarios sobre la sociedad del espectáculo

“Sin duda, el aspecto más inquietante de los libros de Debord consiste en el empeño puesto por la historia en confirmar sus análisis. No solamente, veinte años después de La Sociedad del espectáculo, los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988) han registrado en todos los campos la exactitud de los diagnósticos y previsiones, sino que entretanto, el curso de los acontecimientos se ha acelerado con tal uniformidad en la misma dirección, que apenas dos años después de la publicación del libro, es como si la política mundial no fuese otra cosa hoy que una puesta en escena paródica del guión escrito por Debord. La unificación sustancial del espectáculo concentrado (las democracias populares del Este) y del espectáculo difuso (las democracias occidentales) dentro del espectáculo integrado, que constituye una de las tesis centrales de los Comentarios, y que muchos encontraban hasta hace poco paradójica, se revela ahora como una evidencia trivial. Los muros inquebrantables y los hierros que dividían los dos mundos fueron destrozados en unos cuantos días. Con el fin que el espectáculo integrado pudiese realizarse plenamente también en sus países, los gobiernos del Este han abandonado el partido leninista, igual que los del Oeste habían renunciado desde hace tiempo al equilibrio de poderes y a la libertad real de pensamiento y de comunicación en nombre de la máquina electoral mayoritaria y del control mediático de la opinión (que ambos se habían desarrollado en los Estados totalitarios modernos).” Giorgio Agamben (1)

Por Guy Debord
febrero-abril, 1988

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Acerca de la ideología de los que prescinden de toda ideología

“El siglo corto” que va desde la ruptura de la ilusión del progreso con la Gran Guerra en 1914 hasta la del comunismo en 1989/1991 (Iván Berend, cit. p. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, p. 10) ha terminado con la caída del Muro —simbólicamente— o con la URSS —literalmente—, pero la sociedad actual —salvo sus capas más recientes, casi adolescentes— ha conocido, ha convivido con aquel mundo ahora fenecido; el de “capitalismo y socialismo”. Junto con aquella realidad fuimos nutridos, o malnutridos, por una serie de lugares comunes como el de la existencia de dos sistemas económico-sociales filosóficamente contrapuestos, con una serie de roles atribuidos a cada “actor” en aquel escenario mundial que prácticamente ocupó todo el siglo XX. Derecha e izquierda, idealismo vs. materialismo, justicia o libertad.

Por Luis E. Sabini Fernández
luigi14@gmail.com

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Escena de la película Good Will Hunting sobre la NSA y la política exterior norteamericana

Good Will Hunting (1997). Sinopsis: Will es un joven rebelde con una inteligencia asombrosa, especialmente para las matemáticas. El descubrimiento de su talento por parte de los profesores le planteará un dilema: seguir con su vida de siempre -un trabajo fácil, buenos amigos con los que tomar unas cervezas- o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna universidad. Sólo los consejos de un solitario y bohemio profesor le ayudarán a decidirse. 

GOOD WILL HUNTING
Dirección: Gus Van Sant
Guión: Matt Damon, Ben Affleck
Año: 1997
Duración: 126 minutos.
Mas sobre la película: https://www.filmaffinity.com/es/film503907.html

 

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Debate en torno al uso de chips en humanos

Una empresa belga ha decidido implantar chips a sus trabajadores para acceder a sus ordenadores. El hecho ha generado una verdadera polémica sobre la privacidad de los trabajadores y las posibilidades que esto tiene para un futuro no tan remoto. Expertos en chips y espionaje analizarán las claves de esta tecnología que ya empieza a instaurarse en diversos países. Participan del mismo Pedro Barcos, Enrique de Vicente y…

Por Iker Jimenez, Cuarto Milenio
09-04-2017

Descargar audio

fuente: https://www.ivoox.com/cuarto-milenio-9-4-2017-12×32-los-juegos-muerte-audios-mp3_rf_18052865_1.html

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Informarse. Hoja de links con información, análisis, revistas, para difundir y/o imprimir

Que cada cual lo use como le parezca, difundiéndolo vía internet o imprimiéndolo y fotocopiándolo. Quizá no quiera hacer nada con esto, simplemente pase de largo y mande saludos!

“El espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido, el olvido de cuanto, a pesar de todo, acaso haya llegado a saberse. Lo más importante es lo más oculto” Guy Debord, Comentarios Sobre la Sociedad del Espectáculo (1988)

Por raas
raas@riseup.net

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Capitalismo vs. Privacidad. El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Por Samuel Earle*
01/11/2017

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(libro) Nosotros

Nosotros (en ruso: Мы) es una novela rusa escrita por Yevgueni Zamiatin en 1921 ambientada en una sociedad futura donde la vigilancia y represión por parte del Estado es total. No fue publicada en ruso hasta 1988, debido a problemas de censura. Es una de las primeras obras del subgénero de las distopías e inspiró, entre otras novelas, 1984 de George Orwell, quien, según el propio autor británico, había leído a Zamiatin en su traducción francesa, Nous autres.

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La razón científica como dispositivo de dominación

La importancia adquirida por la ciencia y por el conocimiento científico en las sociedades modernas se debe, sin duda, a la utilidad de sus aportaciones tanto para la comprensión de los fenómenos naturales y sociales, como para intervenir sobre ellos produciendo riqueza y bienestar, o explotación y perjuicios. Este texto se centra en otra de las razones que explican la importancia de la ciencia, y que no es otra que su configuración como uno de los dispositivos de dominación más eficaces de nuestra época, y procura desmontar los mecanismos más insidiosos de ese dispositivo, afrontando directamente la problemática de la propia “razón científica”.

Por Tomás Ibáñez
Revista Libre Pensamiento

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Autopsias (de la violencia cotidiana)

Los primeros síntomas de la enfermedad mental que me acompañaría toda la vida surgieron alrededor de los 9 años. Un tiempo después, mi abuela había recomendado una visita al psiquiatra. Nada menos factible en la atmósfera familiar, social y política de mediados de los años 70, cultivada a fuerza de violencias silenciosas y tabúes, y que poco después concluiría en catástrofes y exilios (esta dimensión colectiva será tema de próximas entregas).

Por Zenda Liendivit
27 de agosto de 2017

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La creencia neoliberal

Topía, en su aniversario 25, al cual pocas revistas llegan y, por lo cual, hay que felicitar a sus directivos calurosamente, nos ha convocado para discutir sobre el neoliberalismo -y su persistencia- desde distintas perspectivas y a mí me han dado como tema el de “La creencia neoliberal”, para lo cual considero necesario revisar el sentido del término.

Por Mario Campuzano Montoya
revista Topía

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Guía de privacidad y seguridad en Internet

¿Sabes por qué es tan importante tener contraseñas robustas? ¿Y de hacer copias de seguridad? ¿Te gustaría obtener unos consejos para comprar en línea o sobre cómo evitar los programas maliciosos? Pues has aterrizado en la página correcta. Te presentamos la guía de “Privacidad y seguridad en Internet” que la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) y la OSI hemos desarrollado para ti.

Por AEPD y OSI

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Los ejércitos secretos de la OTAN: Operación Gladio

Cuando el juez Felice Casson reveló la existencia de Gladio, comenzaron apenas a vislumbrarse los alcances de los servicios secretos de la OTAN. La estructura secreta continúa operando hasta nuestros días; realiza misiones de las que no necesariamente se enteran los parlamentos de los países. Los atentados organizados por los regímenes se imputan a la oposición para desmantelarla. “Había que actuar contra los civiles, la gente del pueblo, las mujeres, los inocentes; la razón era muy simple: se suponía que tenían que forzar a aquella gente a recurrir al Estado para pedir más seguridad”, reconoció uno de los “soldados clandestinos”

Por Daniele Ganser*
Red Voltaire
7 de diciembre de 2009

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Archivo de Frases con Sabiduría, 324 páginas

Archivo actualizado a septiembre de 2018 con selección de frases, opiniones, sentires, fragmentos y poesías de personas comunes, escritores, poetas, pensadores, filósofos, brujos, militantes, organizaciones, grupos, revistas, etc. sobre el mundo en el que vivimos y morimos.

Por raas

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(presentación) Del Asesinato de la Naturaleza como una de las Bellas Artes

Presentación de 27 páginas en formato PDF, que es, fundamentalmente, un intento gráfico de señalar responsabilidades sociales políticas (individual y colectivamente hablando). Un cuadro lo que hemos generado como especie en el planeta en un par de siglos.

Por raas
raas@riseup.net

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Desinformación e ignorancia. Rumbo a la distopía

Entre la realidad social y lo que una persona cree que es la realidad social, media un espacio de representaciones simbólicas que decora dicha realidad al gusto de algún interés, personal o colectivo. Ese espacio es el mensaje, la versión de los acontecimientos que nos cuentan, bien sean los medios de comunicación o las personas que forman nuestro entorno más próximo. Historias sin las cuales no podríamos interpretar lo que ocurre ahí fuera.

Por Rafael García del Valle
Erraticario
5 de diciembre de 2012

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Autoprotección digital contra la vigilancia: Consejos, herramientas y guías para tener comunicaciones más seguras

La tecnología moderna ha traído nuevas y poderosas habilidades para recolectar y vigilar secretamente los datos de personas inocentes. Autoprotección Digital Contra La Vigilancia es la guía de la EFF para defenderte a ti y tus amigos del espionaje, utilizando tecnologías seguras y educándote en la implementación de prácticas de seguridad cuidadosas.

Por EFF (Electronic Frontier Foundation)

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La nueva gran transformación

Una de las pocas ventajas de las grandes crisis es que nos ayudan a descorrer el velo con el cual el sistema encubre y disimula sus modos de oprimir. En este sentido la crisis que vive Grecia puede ser fuente de aprendizajes. Para ello propongo dejarnos inspirar en el largo camino recorrido por Karl Polanyi al escribir La gran transformación. Para comprender el ascenso del nazismo y del fascismo se remontó a los orígenes del liberalismo económico, situados en la Inglaterra de David Ricardo.

Por Raúl Zibechi
La Jornada
24-7-2015

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The illusion of Choice. Una crítica de la creatividad

Vamos a comenzar realizando un breve viaje en el tiempo. En el periodo entre las décadas de los 60 y los 70 los movimientos políticos y culturales antagonistas pusieron en crisis el modo de subjetivación dominante hasta esos momentos, que no tardó en colapsar junto a la estructura familiar victoriana y su largo periodo de apogeo en Hollywood. Aparece una subjetividad ‘flexible’, acompañada de la experimentación radical con modos de existencia y la producción contracultural, que desestabilizaron el estilo de vida imperante y sus anticuadas políticas del deseo, con su lógica de identidad, sus relaciones con el ‘otro’ y su imaginario.(1)

Como sostiene el colectivo británico de investigadores activistas Deterritorial Investigations Unit, se produjo un auténtico éxodo desde la sociedad disciplinaria hacia lo afectivo, lo corporal y las políticas de resistencia contraculturales. El deseo de abandonar, drop out, esa realidad, afirmar la libertad individual frente a ella y experimentar de manera abierta otras formas de vida, fue premiado progresivamente con la flexibilización de la fuerza laboral y el consumo ‘cool’ durante el tiempo libre. Este proceso ha ido acompañado de un enorme cambio tecnológico que permite un consumo personalizado, la utilización del ‘machinic phylum’ (filo maquínico) y el desarrollo del General Intellect o conocimiento social.(2)

 Para el colectivo Tiqqun, el paso de la sociedad disciplinaria a la actual de control es inseparable de las revueltas antidisciplinarias de los 60 contra el Fordismo. El ciudadano mutante postmoderno, como ellos le denominan, fue prefigurado por los estudiantes experimentando con LSD, la gente joven huyendo del mercado de trabajo y las revueltas contraculturales.

El capitalismo ‘cultural’ o ‘cognitivo’, concebido como una solución a la crisis provocada por estos movimientos contraculturales, absorbió los modos de vida que éstos inventaron y se apropió de sus fuerzas subjetivas, especialmente del potencial creativo.(3) Toyotismo, automatización, incremento de la flexibilidad y personalización del trabajo, deslocalización, externalización, descentralización, metodologías de tiempo real, gestión específica de proyectos, cierre de grandes plantas de fabricación y liquidación de los sistemas industriales pesados, son algunos de los aspectos de las reformas cuyo propósito fundamental era restaurar el poder capitalista sobre la producción de vida.(4)

En un poderoso proceso de comodificación y cooptación, a finales de los años 70 la experimentación llevada a cabo de manera colectiva en las décadas anteriores, con el objetivo de alcanzar la emancipación del Fordismo y de la subjetividad disciplinaria, era ya bastante difícil de distinguir de su absorción en un nuevo régimen. De hecho, este cambio del sistema fue experimentado por muchos de los protagonistas como un signo de reconocimiento e inclusión: el nuevo estado de cosas parecía liberarles de la marginación a la que habían sido confinados en ese mundo ‘provinciano’ y disciplinario, de valores fuertes, que ahora se desvanecía. Deslumbrados por la recepción de su producción creativa, que ahora les llevaba a la portadas de los grandes medios y engordaba sus cuentas bancarias, los precursores de las transformaciones de las décadas anteriores entraron en el juego. Muchos de ellos llegaron, de este modo, a convertirse en los creadores y constructores de un mundo fabricado por y para un capitalismo de nuevo estilo.

Las estrategias de subjetivación, de relación con el ‘otro’ y de producción cultural tomaron una importancia esencial. Hablamos de un régimen que se nutre de las fuerzas subjetivas del conocimiento y la creación, por eso es descrito como capitalismo cultural o cognitivo. (pp. 44-5) Según Suely Rolnik todos tenemos una subjetividad flexible que ha sido instituida por los movimientos colectivos contraculturales. En otros lugares hemos llamado a este proceso ‘la muerte del Pop’.(5)

Este cambio de paradigma en la producción de subjetividades es descrito con acierto por la Facción del Ejército Rojo (RAF), en un texto en el se observa como “el sistema capitalista ha tomado todo el tiempo libre de la gente. A la explotación en los centros de trabajo se añade ahora la explotación de las emociones y pensamientos, deseos y sueños utópicos, a través del consumo y la comunicación. (…) El sistema ha conseguido en las metrópolis hundir a la gente de un modo tan profundo, que parece que han perdido cualquier sentido de la naturaleza explotadora y represiva de su situación. Así que por un coche, un par de pantalones vaqueros, un seguro de vida y un préstamo, aceptarán cualquier atropello del sistema. De hecho, ellos ya no pueden imaginar ni desear nada que vaya más allá de un coche, unas vacaciones o un cuarto de baño con azulejos.”(6)

En este contexto resulta interesante traer a colación la noción de biopoder, con la que Michael Foucault se refiere a la tecnología de control que gestiona poblaciones de modo que sus dictados son interiorizados. Los productos capitalistas han colonizado, finalmente, el tejido de la realidad cotidiana, hasta el punto en el que todo lo que una vez era directamente vivido se ha convertido en representación. El biopoder abraza el consumo superficial de interminables intercambios de deseos al ritmo de las novedades del mercado. Nos ofrece pastiche como invención, parodia como entretenimiento, propaganda como información, cinismo e hipocresía como reflexión. Pero el biopoder permite espacio para subjetividades que pueden tender hacia los límites, como el punk y el rebelde, siempre que lo sean sin causa y, sobretodo, tengan un compromiso de responsabilidad social equiparable a la gestión del sistema. El ciudadano post-Fordista desea poder manifestar su propia expresión, aunque se trate de una expresión enraizada en las semióticas del mercado.(7)

Hacia una biopolítica neoliberal

Las condiciones de vida y trabajo actuales remiten a la genealogía de los movimientos contraculturales desde la década de los 60. En el contexto del feminismo, el ecologismo, la izquierda radical y los movimientos autónomos de esos años, las prácticas disidentes de formas de vida alternativa y los deseos de cuerpos y relaciones diferentes buscaron constantemente distinguirse de las condiciones de trabajo habitual en esos momentos y de sus medidas disciplinarias, controles y limitaciones. La aceptación voluntaria de condiciones de empleo precarias generalmente respondió a la necesidad de superar la moderna división patriarcal entre reproducción y trabajo asalariado.

En lo últimos años, sin embargo, son precisamente estas condiciones alternativas de vida y de trabajo las que han llegado a ser cada vez más utilizables económicamente como posibilidades de negocio, porque favorecen la flexibilización del mercado laboral exigida por los poderes financieros. De este modo, las prácticas y discursos de los movimientos sociales en los treinta o cuarenta últimos años no fueron sólo disidentes y dirigidas contra la normalización, sino que fueron simultáneamente absorbidas como parte de la transformación hacia una forma neoliberal de gobernabilidad.(8)

En Una Breve Historia del Capitalismo, David Harvey ha analizado cómo cualquier movimiento político que tenga la libertad individual como valor sacrosanto es vulnerable de ser incorporado sin problemas por el neoliberalismo. Cooptando toda la retórica de la igualdad, el mercado ha podido apaciguar los movimientos políticos identitarios de resistencia. Sus energías y potencias han sido capturadas por la neoliberalización de la cultura y, de este, modo han perdido su carácter antagonista. Harvey sostiene que la explotación narcisista del ‘yo’, la sexualidad y la identidad son ahora el leitmotiv de la cultura urbana burguesa. El capitalismo tardío despliega de este modo la cultura para cooptar y comodificar la resistencia, para robarle su potencial revolucionario.(9)

La creatividad

Estar bien con uno mismo. La búsqueda de la verdad interior. La optimización del ‘yo’ en consonancia con la neoliberación de la cultura, la economía y la política. Términos como creatividad, liderazgo o innovación son considerados como valores positivos fundamentales, orientados hacia el mercado según su lógica instrumental y ajustados a sus condiciones y necesidades. La potencialidades del sujeto son, así, racionalizadas en conformidad con el consumo.

Nos referimos al régimen terapéutico para definir al gobierno de las formas-de-vida y a la producción de subjetividad características del capitalismo cognitivo. Con la comodificación de la creatividad como ausencia de problematización, la cadena de producción de subjetividades se modela dentro de los cauces de eficacia y funcionabilidad mercantil de la sociedad de consumo. La producción de creatividad funciona dentro de la lógica instrumental del capitalismo, que regula, administra y neutraliza cualquier disrupción heterogénea antagonista y problemática. No se cuestiona el marco de referencia sino que se buscan soluciones productivas, evitando la posibilidad de problematizar las condiciones de producción.

Según sostiene Tiqqun en su texto Esto no es un programa, a quienes debemos temer con mayor intensidad y tendríamos más motivos para traicionar, son a todos aquellos que siguen nuestras pistas desde la distancia, maquinando la manera de capitalizar la energía expandida de nuestras luchas: los managers, los coachings, los maníacos de la re-territorialización.(10)

El artista

No sólo se controla el posible potencial creativo, también es interesante analizar los significados que se invierten en el término y cómo se opera desde ahí. La creatividad abre un régimen de ideas que el capitalismo se vende a si mismo. Al capitalismo le encanta la creatividad y se ve a si mismo como su paradigma, personificación, agente productor, coherente súper-ego mercantil; la creatividad es el pensamiento mágico del capitalismo.

El filósofo italiano Paolo Virno sostiene que en la era del capitalismo ‘cognitivo’ el trabajo productivo ha adoptado las características particulares de la actividad artística performativa. Cualquiera que produce plusvalía en el post-Fordismo actúa, visto desde una perspectiva estructuralista, como un pianista, un bailarín, etc.(11)   

La creatividad es un concepto clave del imaginario capitalista, que busca la comodificación de los procesos de producción cultural y artística. El mercado del arte es un paradigma de la fuerza creativa de la inflación y la generación de valor; de hecho, conforma un espacio privilegiado que permite experimentar arriesgadas apuestas especulativas.

En su interesante ensayo Unpredicable Outcome / Unpredicitible Outcast, la investigadora Marion von Osten sostiene que la figura del artista personifica la exitosa combinación de una diversidad ilimitada de ideas, creatividad a la carta y elegante auto-marketing, que hoy en día se le exige a cualquiera persona. Los individuos situados fuera del mercado de trabajo tradicional son presentados como fuentes de productividad dirigidas por su propia fuerza motivadora. Aquellos que alcanzan el éxito son celebrados públicamente como comprometidos creadores de nuevas ideas subversivas y de estilos de vida y modos de trabajo innovadores. La figura del artista parece ser el punto de referencia para este nuevo entendimiento de la relación entre el trabajo y la vida, y, lo que es más importante en nuestro contexto, para mediarlo a audiencias más amplias.(12)

Esta mistificación del artista individual, cuyo modo de trabajo está basado en la auto-responsabilidad, la creatividad y la espontaneidad, es la que alimenta los slogans del discurso sobre el trabajo hoy en día. En los debates sobre política de empleo en países como Alemania y Gran Bretaña, por ejemplo, que luego han sido adoptadas en otros países, el apoyo al parado depende de su disposición a conjugar el tiempo de trabajo y el de la vida de manera productiva y, en suma, a su capacidad de ser creativo. Así puede verse en la retórica de la Comisión Hartz, encargada de diseñar los planes para el ajuste estructural del mercado laboral germano. En su terminología, los parados emergen como auto-motivados freelances y artistas, al tiempo que periodistas y otros trabajadores auto-empleados son revalorizados como “los profesionales de la Nación”.

En los discursos actuales de gestión y consultoría corporativos, las acciones e ideas creativas ya no se esperan sólo de los artistas, curators o diseñadores. Los nuevos empleados precarios son, a su vez, clientes potenciales del próspero mercado de la creatividad, provisto de una amplia literatura específica, terapias, seminarios, software y así sucesivamente. Estos programas educacionales, técnicas de aprendizaje y herramientas específicas proyectan nuevas formas potenciales de ‘ser’. El objetivo es hacer que parezca deseable la optimización del ‘yo’. Los trainings de creatividad demandan y apoyan una liberación del potencial creativo, sin parase a considerar las existentes condiciones sociales o políticas. Por un lado, la creatividad se muestra como la variante democrática de la genialidad: la habilidad de ser creativo es otorgada a todo el mundo. Por otro lado, todo el mundo está obligado a desarrollar su potencial creativo individual. La llamada a la auto-determinación ya no designa sólo una utopía emancipada.

Los individuos cumplen con estas nuevas relaciones de poder aparentemente por voluntad propia. Ellos están obligados a ser libres e instados a ser responsables, ecuánimes, ponderados, autónomos y auto-responsables. Su comportamiento no es regulado por un poder disciplinario, sino por técnicas ‘gubernamentales’ de control enraizadas en la idea neoliberal de un mercado auto-regulador. Estas técnicas están dirigidas a movilizar y estimular más que a disciplinar y castigar. Tan contingente y flexible como es el mercado deberán ser los nuevos sujetos del trabajo.(13)

Por otra parte, la mitología del artista continúa proyectando la imagen de un cierto estilo cosmopolita donde la vida y el trabajo se desarrollan en un mismo lugar, con la añadida ilusión del posible disfrute del tiempo libre. Como Elisabeth Wilson comenta en su Bohemians: The Glamorous Outcasts, la noción de flexibilidad y movilidad emerge históricamente de la tradición del excluido, establecida por la generación de artistas que trataban de resistir los ‘dictums’ de disciplina y racionalización. Pensemos en la Beat Generation, por ejemplo. Pero el estatus social y el capital cultural añadidos a la imagen del ‘artista’ también apuntan a una forma de trabajo que se pretende más ética, pues ha descartado la coerción de los regímenes disciplinarios y es destinada a algo más abstractamente ‘humano’. El estudio del artista o loft se convierte en un símbolo de la confluencia del trabajo y el ocio en la vida diaria, con el objetivo de la innovación y la diversidad de ideas.

De este modo, la ideología neoliberal adquiere en el régimen terapéutico la dimensión estética que necesita para su realización plena, como puede comprobarse en una oficina de diseño o en un espacio de vivienda, que ahora son ‘habitats’. Los sujetos son situados en nuevos ambientes; proliferan las ofertas asociadas al estilo de vida.(14) Básicamente, estamos ante la producción de sujetos despolitizados…

Creatividad y precariedad

Las políticas que gobiernan el proceso de subjetivación son características del capitalismo financiero que se estableció a lo largo y ancho del planeta desde mitad de la década de los 70.

La tradición moderna desarrolló la exigencia de que había que orientarse hacia la normalidad, de modo que todas las personas debían desarrollar una estrecha relación con el ‘yo’, para observar, regular, ordenar, negociar, optimizar y controlar su propio cuerpo y su vida. Inseparable de esta necesidad de auto-control son algunas ideas encriptadas, como que la auténtica esencia de nosotros mismos, nuestra verdad central, es el resultado de relaciones de poder.

La auto-regulación normalizadora del ‘yo’ está basada en una supuesta coherencia, una unidad imaginaria e integradora, que se remonta a la construcción del individuo burgués masculino. La coherencia es uno de los prerrequisitos del sujeto moderno soberano. Estas verdades, imaginadas, interiores, naturales, estas construcciones de realidad, todavía alimentan la idea de que tenemos que ser capaces de dar forma a nuestra propia vida de manera libre y autónoma, de acuerdo a decisiones propias. La noción de ‘responsabilidad personal’, usada como un mantra por los medios corporativos de comunicación en el curso de la restructuración neoliberal, opera sobre esta tecnología liberal de auto-regulación.(15)

La revolución neoliberal necesitaba la flexibilización tanto como el trabajo barato fácilmente explotable. El llamado trabajo autónomo sigue una serie de parámetros de precarización: la búsqueda de ocupaciones temporales sin derecho a baja médica, a cobrar paro o vacaciones pagadas; la ausencia de protección ante despidos improcedentes; la carencia de una mínima protección social. La línea divisoria ente el tiempo laborable y la vida desaparece. Hay una acumulación de conocimiento durante las horas no pagadas que no es remunerada, pero que se exige de manera natural. La comunicación permanente en las redes es vital para poder sobrevivir. Pero estos parámetros se mantienen invisibilizados bajo el manto de la creatividad.

Estas prácticas están unidas tanto al deseo como al conformismo. Es por esto que los trabajadores de las industrias creativas, estos virtuosos precarizados voluntariamente, como les denomina Paolo Virno, son tan fácilmente objeto de explotación. Ellos parecen capaces de tolerar sus condiciones de vida y trabajo con una paciencia infinita por la creencia en su propia libertad y autonomía, por las fantasías de auto-realización. En el contexto neoliberal, son tan explotables que, ahora, ya no es sólo el Estado quien les presenta como los modelos de los nuevos modos de vida y de trabajo.

La experiencia de ansiedad y pérdida de control, las sensaciones de profunda inseguridad, el miedo al error, la caída del estatus social y la pobreza, van unidos al estado de precarización. Tienes que estar alerta ante las oportunidades. Se rápido y competitivo o serás eliminado. Te sientes siempre amenazado. No hay un tiempo específico para relajarse ni para la recuperación y los cuidados. Entonces, el deseo de desconectar y ‘encontrarse a uno mismo’ se vuelve insaciable. Pero estas prácticas tienen que ser aprendidas una y otra vez. Han dejado de ser la cosa más natural en el mundo y hay que luchar por ellas en una batalla contra uno mismo y contra los otros. La reproducción individual y sexual, la producción de vida, ahora se individualiza y es trasladada a los propios sujetos. La auto-realización, es decir, crearse a uno mismo a través del poder personal de acuerdo consigo mismo, se convierte en una tarea reproductiva para el ‘yo’.

La soberanía moderna de la subjetivación tiene lugar a través de la estilización de la auto-realización personal, la creatividad, el régimen terapéutico, la autonomía y la libertad, la conformación del ‘yo’, la responsabilidad personal y las coreografías de la represión. En general, esta soberanía moderna de la subjetivación parece estar basada, en primera instancia, en la ‘libre’ decisión de llevar una existencia creativa y precaria, que es cualquier cosa menos libre. Esta podría ser una razón que explique por qué es tan difícil ver la precarización estructural como un fenómeno neoliberal de gobierno que afecta a la sociedad como un todo, y que no está realmente basado en ninguna decisión libre. De ahí que podamos preguntarnos por qué es tan escasa la crítica de este proceso y por qué formas de contra-comportamiento son todavía prácticamente inexistentes.(16)

Vamos despidiéndonos

El tema de la creatividad es particularmente interesante, porque muestra cómo lo que está en juego son las formas-de-vida, es decir, su selección, gestión y adecuación. El coaching se ha convertido en el policía de la sociedad de control psíquico, que diría William S. Burroughs. Su labor es limpiar las aristas, desterrar la problematización y el riesgo. Jerarquiza y coloca la creatividad dentro del marco de producción y orden. Invisibiliza el conflicto. El problema de la creatividad se convierte en un problema de orden público. Se trata, como sostiene Tiqqun, de perfilar a los ciudadanos.(17)

A pesar de todas las apariencias construidas por las imágenes publicitarias del capitalismo cognitivo, es sorprendente la falta de creatividad y el estancamiento cultural que vivimos desde la consolidación como fenómeno global hegemónico de la cultura Pop, hace más de 60 años. Así como la comodificación de los procesos de subjetivación entorno a nociones como creatividad e innovación.

Terminamos con un lúcido comentario de Alan Badiou al respecto, recogido en su texto La ética y la cuestión de los derechos humanos: “El problema es saber cuál es nuestra libertad y preguntarnos en qué medida hemos incorporado a nuestras mentes la imposibilidad de hacer algo distinto, que también suele tomar la forma de un consentimiento del que muchas veces ni siquiera tenemos plena conciencia.”(18)

Javier Montero*
antiliteratura@gmail.com
El Estado Mental

notas:
1) Suely Rolnik. ‘The Geopolitics of Pimping’. (p. 46)
2) Deterritorial Investigations Unit. Empire, Biopower, Spectacle: Notes on Tiqqun.
Blog: http://deterritorialinvestigations.wordpress.com/2013/11/14/empire-biopower-spectacle-notes-on-tiqqun
3) Suely Rolnik (pp. 46-7)
4) Toni Negri y Michael Hardt. Empire. (p. 397)
5) Javier Montero. La muerte del Pop.
Publicado por Diagonal: https://www.diagonalperiodico.net/culturas/la-muerte-del-pop.html
6) Red Army Faction. Projectiles for the People. (p.222)
7) Deterritorial Investigations Unit. Empire, Biopower, Spectacle: Notes on Tiqqun.
8) Isabell Lorey. Virtuoso of Freedom (p. 103-4)
9) David Harvey. A Brief History of Neoliberalism (p.47)
10) Tiqqun. This is not a program (p. 56)
11) Paolo Virno. A Grammar of the Multitude (p. 154-5)
12) Marion von Osten. Unpredicable Outcome / Unpredicitible Outcast: On recent debates over creativity and the creative industries
13) Marion von Osten. Unpredicable Outcome / Unpredicitible Outcast (pp. 155-6)
14) Elisabeth Wilson. Bohemians: The Glamorous Outcasts (p.157)
15) Isabell Lorey. Virtuoso of Freedom (p. 102-3)
16) Isabell Lorey. Virtuoso of Freedom (pp. 103–7)
17) Tiqqun. Primeros materiales para una teoría de la jovencita (p.18)
18) Alan Badiou La ética y la cuestión de los derechos humanos

* Javier Montero es autor y director de artes escénicas, artista visual, escritor y comunicador. Ha estrenado sus últimos trabajos escénicos en Matadero (La gaseosa de ácido eléctrico) y en el Festival Escena Contemporánea (El teatro de accin violenta presenta el Ruido y la Furia)

Publicado en revista El Estado Mental nº3, junio de 2014 http://www.elestadomental.com

fuente http://redessecretas.blogspot.com.ar/2014/07/the-illusion-of-choice-una-critica-de.html

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Facebook y el declive del hombre privado

Una aproximación a los nuevos modos de construcción autobiográfica

Los cuentos infantiles que empiezan con “había una vez” tienen la finalidad de situar al oyente en otro tiempo, espacio y lugar; alertan, con un código ya conocido, que todo lo que se relate a partir de esa frase es del orden de lo improbable porque cualquier cosa puede pasar en una realidad que no obedece a ninguna lógica. Y es por eso que una vez que se enuncia, aparecen hadas, duendes, caballos parlantes y seres imposibles.

Un efecto similar sucede cuando se recorren las primeras páginas de un libro emblemático de los últimos cuarenta años. En 1974, Richard Sennett publicaba El declive del hombre público ofreciendo un sombrío diagnóstico acerca de, justamente, el deterioro de los lazos sociales en las sociedades modernas. La inquietante cita a Tocqueville, al inicio, no dejaba lugar a los matices, afirmando que: “Cada persona retirada dentro de sí misma se comporta como si fuese un extraño al destino de los demás. Sus hijos y sus buenos amigos constituyen para él la totalidad de la especie humana. En cuanto a sus relaciones con sus conciudadanos, puede mezclarse entre ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente; él existe solamente en sí mismo y para él sólo. Y si en estos términos queda en su mente algún sentido de familia, ya no persiste ningún sentido de sociedad” (Sennett, 1976).

Y, sin embargo, si hace cuarenta años, la tendencia era hacia una introspección de la vida privada, si todo hacía suponer que la brecha entre lo público y lo privado no sólo se volvía cada vez más evidente, sino menos irreconciliable, la escena de los comienzos del siglo XXI ofrece una imagen inimaginable salvo en películas de ciencia ficción. Lo que ha sucedido a partir de la irrupción de las redes sociales es un proceso doble, tal vez triple, o infinito. Porque estas nuevas tecnologías han captado algo que ya venía asomando, en coincidencia con “El declive del hombre público”: la espectacularización de la vida cotidiana.

En 1967, Guy Debord publicaba la primera versión de La sociedad del espectáculo, donde, en una de sus primeras tesis afirmaba que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes” (Debord, 2005). Señalar esto de manera temprana no hacía más que alertar acerca de las consecuencias del crecimiento y desarrollo de los medios de comunicación de masas y su consumo ilimitado por enormes poblaciones citadinas que quedaban obnubiladas por las pan tallas de rayos catódicos entrando al living de sus casas, su ámbito privado. Porque justamente lo que produjo la llegada de la TV no fue el consumo de imágenes en movimiento. Eso existía desde principios de siglo XX por- que el cine ya había hecho lo suyo.

La televisión trajo otra cosa, ella produjo el anudamiento entre las imágenes mediáticas y el ámbito privado. El mundo, cada vez más íntimo y privado, comenzó a cerrar puertas y ventanas pero dejó el espacio para la pantalla, como ven- tana virtual que muestra pero no obliga a mostrar, sino todo lo contrario – no olvidemos que una TV excesivamente interactiva resultaría inconveniente. Así, la televisión en los albores de la década del ‘70 fue absolutamente funcional a un mundo que al replegarse cada vez más, empezaba a ofrecer imágenes del mundo público, de lugares remotos, de historias ajenas, aliviando la tensión de la no interacción con los otros.

Al fin y al cabo, Debord vislumbraba que la espectacularización no tenía como fin duplicar nada, sino establecer nuevos lazos sociales, acordes con las nuevas épocas. En síntesis, si el proceso de repliegue quedaba ligado a la construcción del espectáculo, el resultado era uno, pero especialmente unidireccional. Cada lado de la pantalla jugaba con sus propias reglas. No es novedad para nadie que este nudo, que parecía armado con la precisión de un marinero experimentado, comenzara a aflojarse con la aparición de Internet. Lo que la red global produjo, unas décadas después de la irrupción de la TV en todos los livings, en primera instancia, estaba claro, era la interactividad. A partir de ese momento, la relación fue bidireccional: además de recibir, ahora comenzaba a emitirse. La creciente democratización de esta tecnología revolucionó los conceptos de comunicación, y por ende de las relaciones sociales.

Los fines de la década del ‘90 se encontraron con la evidencia de que si antes la imagen de la pantalla plana era exclusividad de celebrities y astros internacionales, ahora, con la posibilidad de las nuevos modos de comunicación, era posible verse en fotografías digitales que luego eran enviadas ya no a direcciones postales, sino que por medio de un signo @ tomado originalmente del árabe, el envío era virtual y tardaba unos pocos instantes en hacer el recorrido entre emisor y destinatario. A esta altura ya resulta un poco pasado de moda hablar de virtualización del cuerpo. Indignarse, por ejemplo, porque a fin del siglo XX, la gente prefería encerrarse en salas de chat en lugar de interactuar en lugares públicos, ya suena vintage.

Y su antigüedad no reside solamente en que estos modos de relación ya son moneda corriente, sino en que estos mecanismos eran coherentes con el proceso de repliegue. La ecuación era clara: a mayor crecimiento del área de lo íntimo, menos relación con el exterior, y en consecuencia, mayores relaciones virtuales, con todo lo que eso suponía. Si el dispositivo telefónico ya había excluido los gestos de la interacción (la materialidad corporal), estos nuevos modos aplanaban la imagen, reemplazando letra escrita por voz, volviendo todo mucho más ambiguo. Una relación de chat podía parecerse más a dos buzos en el fondo del mar, avanzando a tientas, sin más sentido que el de la intuición.

Y entonces llegaron las redes sociales
 
Si la historia fuera un proceso lineal, entonces todo habría sucedido según una creciente tendencia de aislamiento combinada con una cada vez más evidente virtualización de las relaciones sociales. En “La posibilidad de una isla” , Michel Houellebecq imagina ese mundo virtual hasta sus últimas consecuencias en una escena donde pixela, con su correspondiente código binario, la imagen de los labios de una vagina de alguien que está igual de encerrada que su aparente compañero sexual, que la observa del otro lado de la pantalla. Y sin embargo, las cosas han sucedido de una manera menos previsible. Tal vez porque como alguna vez dijo Althusser parafraseando a Lenin, la historia avanza por el eslabón más débil. O quizás porque la subjetividad moderna, en su faceta técnica, conserva y presenta sus costados más azarosos. La fisura llegó de la mano de las conocidas redes sociales. Y si bien existen muchas y cada una afecta a otro aspecto del modo de las relaciones sociales, no quedan dudas de que es Facebook la que evidencia con más claridad las consecuencias de este fenómeno que nació hace menos de siete años.

En este corto período de tiempo ha presentado, como si fuera un prisma, múltiples cuestiones que, cada una a su tiempo, resultan emblemáticas de nuestra época. Aunque no sea el objetivo de este artículo relatar la historia de sus orígenes, no puede dejar de mencionarse que la idea de armar un libro de caras virtual la tuvo un tímido estudiante universitario, tomando a su vez, lo que ya existía en su versión papel.(1) Lo que este nuevo libro ofrecía no era ni más ni menos que la virtualización del conocido anuario, para que al tiempo que los estudiantes actuales, sus compañeros de Harvard, pudieran “conocerse las caras”, viejas generaciones de egresados, que probablemente tuvieran el suyo en algún cajón, no sólo pudieran tener un revival de esas épocas de estudiante, sino que interactuaran con aquellos que alguna vez habían compartido un aula. En todo caso, en sus inicios, Facebook no ofrecía más que una nostalgia virtualizada.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que el “genial invento” se viralizó y la red incluyó, además de viejos compañeros de estudio, nuevos modos de relación, construyendo novedosas alianzas. De todos modos conservó algo que la diferenció de otras redes. Porque si al comienzo los usuarios daban de alta sus perfiles con datos verdaderos, lo hacían porque era el único modo de encontrar y ser encontrados, ese diferencial se sostuvo, aun cuando los nuevos contactos ya no eran necesariamente viejos conocidos. La lista de “contactos” se volvió más ecléctica, perdió su carácter nostálgico y se transformó en algo que su inventor, en sus inicios, no pudo imaginar. Facebook , un par de años después de su invención, aunque seguía conservando su eslogan(2) como manera de recordar su “espíritu original”, le dio un sentido específico a ese reencuentro.

Al fin y al cabo, ¿cuál es el sentido de encontrarse con gente a la que se le ha perdido la pista hace veinte años? Podrían ensayarse muchas respuestas y probablemente todas válidas, pero no puede negarse que uno de los signos de esta red es la de ver y ser visto. En este soporte, las imágenes tienen una relevancia que las distingue de otras redes. Porque aunque el prisma facebookeano ha ido mostrando luz en diferentes caras, siempre, desde su inicio, ha conservado la impronta de “mostrar” con su soporte privilegiado: la imagen digital. Y si nuevamente se intentara hacer una historia, desde los primeros daguerrotipos hasta la actualidad, nada habría de lineal.

No sólo porque la captura de imágenes fue sufriendo transformaciones en sus dispositivos, sino porque junto con los aparatos, fueron variando las funciones. Lo que en principio surgió como sustituto de la pintura, imponiendo su impronta de realidad, fue convirtiéndose, en representación de ésta, ante miles de ojos entrenados en construirla según la composición del ojo mecánico primero y electrónico después.(3) Lo que la fotografía realmente revolucionó no fue la reproducción masiva de la realidad, sino la mediatización de ésta misma, y esta tendencia vino de la mano de la prensa escrita y también de otros medios masivos de comunicación. Pero, como se mencionaba unas líneas más arriba, la linealidad de las imágenes masivas vuelve a encontrar sus límites ante Facebook.

Si la segunda mitad del siglo XX encontró al hombre replegado en su ámbito privado, si la televisión contribuyó a mediar el contacto con el mundo exterior, si la aparición de Internet ahondó aún más en la intimidad como bien, hasta para el contacto más íntimo, Facebook quebró la lógica aun en las zonas donde el celo por lo privado había colonizado los lugares más evidentes y menos discutidos. De pronto resultó ser que ni la intimidad ni el celo por lo privado valían tanto como lo pensaba Sennett. Y tanto puso en duda, que hasta obligó a preguntarse por la propia construcción de la subjetividad. En poco tiempo, miles de personas se vieron “interpeladas” a abrirse un perfil, poner datos sobre el estado civil, seña- lar su religión, creencias políticas, gustos literarios y de los otros, y coronar todo con una “foto de perfil”.

Una imagen, que por supuesto, fuera lo menos parecida a la tradicional foto carnet del documento de identidad. Más bien, esta foto debía ser una ventana al mundo privado de cada uno. Algo atrayente para los miles de usuarios ávidos de privacidad ajena. Claro que al comienzo no fue cualquier ajenidad, sino la de aquellos viejos amigos a los que se les había perdido el rastro después de los años escolares y a los que era necesario mostrarles qué había hecho el tiempo con cada uno o en el mejor de los casos, que había hecho cada uno con el paso del tiempo. Y como el período de tiempo pasado era el del pasaje de la infancia o adolescencia a la adultez, no fue de extrañar que los primeros álbumes mostraran familias sonrientes compuestas por parejas aceptables de la mano de pequeños niños, embarazos con fondo de jardín y pileta. Claro que tampoco faltaron los autos, las oficinas vidriadas y las mas- cotas de aquéllos, que para bien o para mal, no mostraban más compañía que ellos mismos, dedicándose a escalar, en algunos casos, hasta el Aconcagua. De ese modo, todo el andamiaje construido alrededor de lo privado no sólo terminó de derrumbarse, sino que se puso en duda, incluso su posible existencia. Cada uno desde su propio “muro”(4) se abocó a la original tarea de construirse una nueva identidad hecha de fragmentos de frases, comentarios, “posteos”, especialmente soportados por fotos.

Al fin y al cabo, ya lo dice el dicho: “una imagen vale más que mil palabras” y cada miembro de la red social puso especial empeño en eso. Pero lo fundamental en este fenómeno, queda claro, fue la casi total anulación de lo privado. Poco queda del repliegue, cuando cualquiera mientras desayuna se autofotografía tomando el primer sorbo de café y escribiendo un “buen día para todos”. Y eso, que podía parecer un poco obsceno al comienzo, fisgonear en la cara del recién levantado o hasta en la decoración parcial de la cocina de la casa que nunca se había visitado personalmente, de a poco fue convirtiéndose en moneda corriente, el ojo voyeur ya no tuvo problemas en admitir su interés por la irrelevante vida ajena.

Tal vez, como una especie de consuelo, del tipo que brindan los psicoanalistas, sobre la evidencia de la falta propia primero y ajena después. Sea como fuera, lo cierto es que Facebook , que había sido pensado originalmente como una herramienta de reencuentro en un mundo exclusivamente privado, fue mutando hacia zonas más extrañas, menos coherentes con el proceso de subjetivización propio del siglo XX. Tal vez porque lo que esta red puso en duda fueron las categorías de lo público y su opuesto, pero también aspectos más relacionados con lo íntimo y con el modo de (auto) narrarse ante uno mismo y ante los otros.

La narración autobiográfica

Afirmar que los fines del siglo XIX y comienzos del XX marcan un punto de inflexión en la historia del pensamiento moderno no es ninguna novedad. Muchas veces se ha dicho que fueron Marx, Freud y Nietzsche aquellos “hijos bastardos” que pusieron a la Razón en entredicho y con ese gesto arrastraron al hombre, que hasta ese momento ocupaba cómodamente el centro, a zonas más hostiles, lejos de la certeza y tranquilidad el conocimiento y dominio de la naturaleza. La oposición sujeto objeto, que tan bien les había venido a los naturalistas desde Descartes en adelante, se ponía en duda con tres conceptos: ideología, inconsciente, invención, especialmente porque los tres indicaban que el hombre no era (del todo) dueño de sus actos. La peor noticia fue que el centro rector no podía ser representado, o por lo menos no de la manera tradicional.

El inconsciente freudiano y su consecuente “cura por la palabra” revelaron que el lenguaje, lejos de ser una herramienta de comunicación, era aquello que “hablaba por el hombre” y que en su desarrollo había menos de voluntad confesional y más de develamiento de lo desconocido por éste. Y era precisamente, con la ayuda de la escucha del analista, que era posible descubrir estos núcleos traumáticos y reprimidos. Si bien los modos en los cuales esa manera de narración fue cambiando a lo largo del siglo XX no es el tema de este artículo, podría establecerse una relación entre esta cuestión y lo desarrollado hasta aquí, relación sostenida en la hipótesis de que las redes sociales contribuyen a construir un tipo de narración autobiográfica, apoyada especialmente en las imágenes digitales. Ahora bien, decir que en las fotos que se suben, se elige qué mostrar o que se busque aquella que favorece al interesado no resulta ninguna novedad y no tiene más valor que el de la evidencia.

Lo que podría resultar relevante, y en un punto curioso, es el modo en el cual estas imágenes se van hilando, a la manera de un tapiz que con cada puntada cuenta su “lugar en el mundo” desde un sitio particular, y sin precedentes en la historia de la modernidad. En ese sentido, tal vez las redes sociales no fueron las responsables de modificar drásticamente las relaciones entre lo público y lo privado, sino que fueron ellas las que pusieron en evidencia que el ciudadano común, el oficinista gris, la empleada del shopping, ya no se resignaba a permanecer en el anonimato y que a partir de su ingreso a la red también tenía derecho a sus quince minutos de fama. Pero no fue sólo eso, porque su reclamo al derecho a la popularidad habría durado lo que un suspiro. Lo que perduró, en este proceso, fue otra cosa: a partir de cierto momento, ese ciudadano común y anónimo, que mantenía bajo siete llaves su privacidad, que tenía su correspondencia a salvo, amparado incluso por leyes y que sus asuntos íntimos eran, a lo sumo, confesados al cura o al terapeuta, de pronto, se volvió conocido para todos los integrantes de su red social, y contrariamente a la lógica del celebrity, del cual, toda información sobre su vida privada es “robada” por un paparazzi indiscreto y a costa del propio interesado, aquí, la comunicación del acto más íntimo, se transforma en voluntario. Un escenario que claramente no encuentra sus precedentes en las sociedades disciplinarias de Foucault pero tampoco en las de control deleuzeanas.

Porque ambos autores coincidían, aunque se refirieran a distintos momentos del desarrollo técnico social, en que el control siempre venía del exterior. El Estado o la Empresa se constituían como aquellos agentes que, por medio de diferentes mecanismos, explícitos o implícitos (torres de control, ojo humano, cámaras de circuito cerrado o micrófonos), vigilaban aun a pesar del propio vigilado. Pero aquí todo sucede en otro sentido. Las fotos que se exhiben no sólo son elegidas y subidas por el mismo usuario, sino que se muestran con la lógica de la autobiografía. En Facebook , todo sucede como si cada perfil fuera una hoja en blanco donde contar una historia, una línea de vida. Y tan bien supieron interpretar este uso, no planificado al comienzo, que sus ideólogos, a mediados de 2012 cambiaron el tradicional “muro” por la “biografía”, un (no del todo logrado) diseño donde lo publicado se va ubicando en una línea de tiempo desde el momento del nacimiento hasta la actualidad.

Este acontecimiento permite delimitar un campo de relaciones particular porque liga la  narración autobiográfica, propia del siglo XX, con su impronta de reconstrucción subjetiva, la restitución (fallida) de restablecimiento del yo en el relato, al proceso de repliegue de lo privado. Así, las redes sociales se erigen como nuevos soportes para un (nuevo) intento de construcción identitaria. Pero si el gesto ya había sido propuesto por la confesión primero y por el diván freudiano después, en ambos casos, claro está, todo sucedía en la intimidad, en el resguardo del secreto profesional, y su valor estaba precisamente en esto: en que todo lo contado en ese ámbito era confesado porque no trascendería, porque había algo de la esfera de lo más íntimo que necesitaba ser dicho para, en el mejor de los casos, permitirle al sujeto, sufriente, aceptar, revertir o luchar contra eso.

El psicoanálisis lo llamó síntoma y no por casualidad fue Lacan el que advirtió que su base era menos patológica y más estructural. Pero entonces llegó Facebook y quedó claro que las cosas ya nunca volverían a ser lo mismo. En primera instancia, al perder de vista la diferencia entre lo público y lo privado, todo se volvió más plano. Lo que el sujeto es, es lo que se ve. El creciente desarrollo de la fotografía digital y su uso doméstico fueron la nueva herramienta privilegiada para este relato. Reemplazó la voz primero, la mano, la lapicera y hasta los teclados, aunque se deba reconocer que estos últimos le fueron funcionales a la imagen, anclando, a la manera barthesiana, el sentido de todo lo exhibido en la pantalla(5). Ocupó con su aparente espontaneidad cualquier atisbo de duda sobre la manipulación de las imágenes. La foto captada hasta por un teléfono móvil logró superar la sospecha que los televidentes más avezados han logrado percibir ante cada cosa que se muestra.

Todo lo que el usuario sube, al hacerlo con un formato “no profesional”, construye el efecto de sentido de lo verdadero, de lo que siempre estuvo allí, al tiempo que logra la identificación de aquel que ve. De esta manera, la narración autobiográfica, erigida como terapia psicoanalítica, género literario, o cualquier manifestación subjetivo-artística, perdió, parafraseando a Walter Benjamin, su aura, para volverse algo que cualquiera no sólo puede componer, sino consumir. Y tal vez en esto resida uno de los núcleos principales de todo lo expuesto hasta aquí. Porque si por un lado la subjetividad se aplana en las imágenes que se eligen subir, ellas son tomadas y exhibidas con un solo fin: la mirada de los otros.

Si a partir de Freud, la voz propia se volvió elemento fundamental de relato del inconsciente, ésta tenía la función de activar aquellas zonas reprimidas. Todo sucedía como si la relación paciente-analista fuera una ficción para que el primero creyera que le hablaba a alguien cuando en realidad era a él mismo al que iba dirigida su voz. Se intentaba que el analista, por medio de su escucha privilegiada, captara las frases, pero también los silencios y las escansiones en el lenguaje y que reflejara, como un espejo, al hablante su propio núcleo traumático. Pero en la narración de imágenes, las cosas son distintas.

La autobiografía se construye con premeditación. Las fotos son tomadas con una intencionalidad y se piensan como eslabones de relato a los otros. Desde el comienzo están teñidas de prejuicio por la reacción del ojo ajeno. Como un modo, incluso de enrostrar ese eslabón icónico en un modelo de vida que seguramente reflejará los modos correctos del “deber ser”, de aquello que se supone que espera la sociedad de cada uno de sus miembros, acentuando, en el mejor de los casos, la idea de un sujeto productivo en el ámbito que sea. Y esto habilita a dejar abiertas algunas preguntas que se han ido formando a lo largo de este desarrollo, especialmente aquellas que cuestionan los modelos de subjetividad formados a la luz de las nuevas herramientas tecnológicas. Porque si tal como recuerda Murray Bookchin en “La ecología de la libertad” la relación entre técnica y sociedad es insoslayable, entonces, este nuevo modo de construcción subjetiva, fuertemente mediado por las imágenes virtuales, propondrá, claro está, nuevas formas sociales.

Pero como lo nuevo siempre conserva improntas de lo anterior, esta configuración mantiene las necesidades de construcción subjetiva social, especialmente la del sujeto productivo, centrado y asegurando, en todo momento, la conservación y reproducción de la especie. En las fotos elegidas para construir la línea del tiempo, probablemente, habrá parejas, hijos, trabajos, vacaciones y frases que acompañarán todo eso que está ahí. Incluso reflexiones sobre la vida, frases de autoayuda, que, aunque suene redundante, podrían servir a cualquiera. Y todo eso sostenido en la aceptación de los otros. Tampoco faltarán alusiones a momentos clave de la autobiografía: nacimientos, casamientos, primer día de clases de los hijos, boletines de calificaciones escolares, registro del momento en el cual el pequeño lleva la bandera, mete un gol o sopla las velitas, pero también despidos laborales, desengaños amorosos y hasta muertes de seres queridos, todos expuestos como una gran vidriera de catarsis colectiva.

En ese sentido, Facebook ofrece la opción “me gusta” para señalar que el usuario comulga con algo de lo que se ve en el muro, ya sea propio o ajeno. Y por supuesto, “megustear” en muro ajeno es un gesto del buen ciudadano virtual, de agradable compañero social. Claro está, coleccionar una enorme cantidad de aprobaciones ajenas es la mejor manera de testear la aceptación, o no, en la mirada de los otros. Es por eso que a pesar del atravesamiento del fantasma de lo privado, que más allá de las evidentes transformaciones en los modos de relación y exhibición ante los demás, incluso teniendo en cuenta el posible derrumbe de las barreras del pudor y el celo por lo íntimo, podría aventurarse que la frase sartreana conserva plena vigencia. No se puede negar, el infierno siguen siendo los otros.

Ingrid Sarchman*
Revista Artefacto

notas:
1) Si bien existen infinitas versiones acerca del origen de Facebook, una versión acotada puede leerse en http://www.cad.com.mx/historia_de_facebook.htm, visitado el 29 de enero de 2013.
2) Durante los primeros años el eslogan de Facebook era algo así como“ Reencuéntrate con viejos amigos de la escuela, del trabajo y de tu ciudad”. Este eslogan cambió en 2012 por “Conecta con tus amigos más rápido, estés donde estés”.
3) Una interesante reflexión sobre la función de la fotografía es desarrollada por el ya clásico Ante el dolor de los demás de Susan Sontag (2000).
4) Existe una copiosa terminología alrededor de las redes sociales en general, dependiendo de las herramientas que se usan para tal fin. Un resumen de estos puede leerse en http://www.josemorenojimenez.com/2012/06/04/facebook-para-principiantes-terminologia-basica, visitado el 29 de enero de 2013.
5) Paralelamente al desarrollo de Facebook, se fueron multiplicando los blogs. Nacidos como alternativa a las páginas webs tradicionales, cualquier usuario puede tener su propio lugar web para escribir lo que le venga en gana. La oferta es infinita, pero lo que diferencia un blog exitoso de uno que no lo es, es la cantidad de seguidores y por ende de “interactuantes” con aquello que se escribe para que otros lo lean. Es curioso porque en entrevistas a “blogueros famosos” muchos afirman que comenzaron a escribir a modo de diario íntimo. Si omitimos el detalle de que este diario era potencialmente leído por cualquiera, el blog tiene una fuerte impronta terapéutica, más parecida a la confesión o al análisis. Un caso emblemático fue el blog “Ciega a citas” de Carolina Aguirre que luego de ser publicado como libro fue llevado a la televisión http://ciegaacitas.wordpress.com.

Bibliografía Bookchin, Murray (1999). La ecología de la libertad. Surgimiento y disolución de la jerarquía . Madrid, Mostoles. Debord, Guy (2005). La sociedad del espectáculo . Barcelona, Pre Textos. Houellebecq, Michel (2005). La posibilidad de una isla . Barcelona, Alfaguara. Sennett, Richard (1976). El declive del hombre público. Barcelona, Ediciones Península. Sontag, Susan (2000). Ante el dolor de los demás. Madrid, Alfaguara.

fuente: Revista Artefacto www.revista-artefacto.com.ar

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Nosotros, los cobayos de Facebook

Investigadores de la empresa Facebook y de una universidad experimentaron con usuarios sin haberlos consultado. La especialista en cibercultura Marian Moya analiza ese falso hecho científico, la manipulación cotidiana hacia los internautas y la peligrosa tendencia a humanizar Internet. ¿Qué hizo la compañía de Zuckerberg desde que usó los datos para incrementar sus beneficios hasta que el escándalo se hizo público?

Imaginate que volvés de trabajar y entrás a tu Facebook a ver qué onda tus “amigos”. Y encontrás el post de un conocido que se dice triste porque se separó, una foto de un perro lastimado, otra de niños armados en Medio Oriente y un texto de alguien recordando a su padre muerto. Vas pasando posts y todos son deprimentes. Al mismo tiempo, otra persona encuentra en sus “Noticias” una foto de sus amigas sonrientes en medio de un festejo, un hermoso jardín con flores coloridas y dos conocidos posando para una selfie.

¿Cómo reaccionamos emocionalmente frente al contenido negativo en Facebook, en comparación con otra persona que ve posteos 100% positivos?. Estas fueron las dos situaciones a las que tres investigadores expusieron durante una semana, en Enero de 2012, a 689.003 usuarios estadounidenses de la red social y que sirvieron, supuestamente, para verificar la hipótesis de su trabajo.

“Para Facebook, somos todos ratas de laboratorio” tituló The New York Times su artículo sobre el escándalo científico. En poquísimas palabras, con una metáfora bastante aterradora, la frase resume los tres ejes del problema, que atraviesan la gran mayoría de nuestras interacciones virtuales: 1) la manipulación de la información proporcionada por los usuarios en sitios web y plataformas; 2) la inconsciencia y el desamparo de los usuarios en esa situación y 3) la tendencia a humanizar Facebook, Twitter, Internet y demás algoritmos como si se trataran de orwellianos Big Brothers, ya una metáfora-cliché por lo menos desde el caso Snowden. Los tres puntos nos conducen a una reflexión político-ideológica, sociológica y, por supuesto, económica. Cabe aclarar que estas dimensiones quedan enmascaradas detrás de la poderosa y mistificada fachada de la tecnología.

El “escandaloso” artículo

Una nota de color: al repasar la infinidad de crónicas, ensayos, posts en blogs, opiniones e interpretaciones variopintas, aparecidas en los últimos días, resulta apabullante la cantidad de actualizaciones de información sobre el tema. Pero las pocas que aparecen en defensa de los acusados actúan como paraguas que se abren después de que llovió: los cubren cuando ya están empapados. Revisemos los resultados de la investigación de Adam D.I. Kramer, investigador del staff de Facebook, y sus coautores, Jamie E. Guillory, hoy académico en la Universidad de California y Jeffrey T. Hancock, de la Universidad de Cornell.

En el sitio de Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS – Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de América), unas letras rojas anuncian:“Se ha publicado una corrección”. Esas letras se vuelven más protagonistas que el propio resumen del trabajo que las sucede. Tras descargar el texto completo, se lee un título, cuanto menos, sugestivo: “Expresión Editorial de Preocupación”. El editor presenta tres párrafos que aclaran (o advierten), acerca de esta “importante y emergente” área de investigación en ciencias sociales, que requiere ser abordada con “sensibilidad y vigilancia” en lo que hace a la privacidad personal. ¿En qué consiste el trabajo?

El abstract explica que los estados emocionales pueden ser transferidos a otros a través de “contagio emocional” (sic), conduciendo a la “gente” –sin especificar grupos etarios, sectores sociales, etc., tan sólo “gente”, cual masa homogénea- a experimentar las mismas sensaciones sin ser conscientes de ello. Facebook aplicó este experimento, dicen los autores, para testear si el contagio emocional puede darse fuera de una interacción personal, ante determinado contenido puesto en la sección Noticias de su plataforma. Durante la investigación, cuando las expresiones positivas eran reducidas, la “gente” producía menos posts positivos, y más negativos; cuando las expresiones negativas eran reducidas, se daba el patrón opuesto. La conclusión de los autores es que las emociones expresadas por otros en Facebook influencian las propias. Afirman tener “evidencia experimental” de un contagio en escala-masiva vía las redes sociales. Asimismo, sugieren que, en contraste con lo que se suponía, la interacción en persona y las señales no verbales no son estrictamente necesarias para el contagio emocional.

Y, por último, que la observación de las experiencias positivas ajenas constituye una experiencia positiva para la “gente”. En su texto afirman que “El experimento manipuló la medida en que la gente fue expuesta a expresiones emocionales en sus Noticias.” (la cursiva es mía).

Tras un fugaz examen del marco conceptual y la metodología propuestos, me atrevo a afirmar que el estudio en sí, de no haber mediado esta polémica, está muy lejos de representar un hito en los estudios de las ciencias del comportamiento aplicadas a las nuevas tecnologías, que ya de “nuevas” van teniendo poco. Kramer explica, con tono arrepentido en su descargo (vía Facebook, claro):

“El propósito de nuestra investigación en Facebook es conocer cómo proporcionar un mejor servicio. Tras haber escrito y diseñado yo mismo el experimento, puedo decirles que nuestro propósito nunca fue fastidiar a nadie. Puedo entender por qué algunas personas se sientan preocupadas por esto, y mis coautores y yo nos disculpamos por la forma en que el paper describió la investigación y cualquier ansiedad que ésta haya causado. En retrospectiva, los beneficios del paper podrían no haber justificado toda esta ansiedad.”

Kramer se equivoca (o se hace el ingenuo) al expresar que la preocupación se debe a la “descripción de la investigación”: el problema no es ese, sino la metodología aplicada para la recolección de datos. Por otra parte, surgen algunas dudas sobre la correlación entre el objetivo manifiesto –“proporcionar un mejor servicio”- y esa metodología propia del behaviorismo: inductivista, con tendencia a soslayar las condiciones sociohistóricas en que los fenómenos humanos se dan. Es decir, tratar la vida social como un mero asunto de laboratorio. Entonces, ¿manipular la información y, peor aún, las conductas y las emociones de los sujetos es una vía válida para “mejorar el servicio”? ¿significa al menos un avance para la ciencia?

La falsa asepsia de la ciencia

La propuesta de Susan Sontag, en su trabajo acerca de las enfermedades –cáncer, tuberculosis, sida- como metáforas, me llevó a asociar los contenidos de esta investigación con las discusiones posteriores. Las analogías inspiradas en las ciencias médicas son recurrentes. Por empezar, el concepto central del artículo, el “contagio” de las emociones, es un tropo que alude a la medicina. Asimismo, el mismo “consentimiento informado”, meollo de todo el debate, constituye un modelo extrapolado del campo de las ciencias médicas y biológicas.

La apelación a la medicina y a la biología confiere a la discusión un halo de rigurosidad, neutralidad, objetividad, precisión; atributos propios de las llamadas ciencias “duras”. La misma imagen de “ciencia aséptica” nos ubica en el escenario de los galenos. “La ciencia es neutral, prístina, incorruptible.” “La actividad académica no está reñida con la ética.” ¿Son realidades o prejuicios con carga positiva?

Entre los autores del artículo, quien queda más expuesto al vituperio, es Adam Kramer, en su rol de empleado de Facebook. Ya vimos su descargo. Sin embargo, es llamativo que las torres de marfil académicas se empeñen en defender lo indefendible de sus empleados Hancock y Guillory. Se entiende: Las instituciones universitarias suelen preservar a sus investigadores, ya que deben justificar las acciones que ellos realizan bajo su aval institucional, gracias a las cuales obtienen ingentes subsidios (al menos en EUA). En especial, cuando esas acciones cobran estado público. Cuando investigaban, Guillory y Hancock pertenecían a la Universidad de Cornell.

Cuando el debate se hizo público, Cornell fue acusada de no haber respetado los protocolos establecidos por su Institutional Review Board (IRB – Junta de Revisión Institucional), un comité de ética formalmente designado para aprobar, monitorear y examinar investigaciones que involucren a personas. Su principal objetivo es evitar que se produzcan daños físicos o psicológicos sobre los sujetos sometidos a observación. El argumento de los autores fue que el experimento era conducido por la empresa Facebook, para “objetivos internos”. Por eso, el IRB de Cornell determinó antes de la concreción del estudio que no entraría en su Programa de Protección de la Investigación Humana, aclaración avalada (¿qué duda cabe?) por la Universidad.

Estamos frente a una interesante tensión entre la ciencia, en su habitual intento por mantenerse aséptica, neutral, incorrupta, y las prácticas desreguladas en relación a estos asuntos en el ámbito corporativo. En este caso, la academia se lavó las manos amparándose en aquello. Este desequilibrio de responsabilidades entre academia y corporación, en un malabar retórico-legal, terminó favoreciendo a ambas.

Techie pero remanido

No hay nada nuevo bajo el sol, ni bajo el techo de las universidades, por más impolutas que pretendan exhibirse. Los antecedentes de casos reñidos con la ética en ciencias sociales costó años de reclusión a renombrados científicos. La ciencia “aplicada” fue denostada y estigmatizada por culpa de casos paradigmáticos. El primero, del campo de la psicología, es el famoso Experimento Milgram, sobre la obediencia a la autoridad, de 1963. Buscaba responder la pregunta del momento: ¿era posible que Eichmann y otros criminales de guerra sólo estuvieran cumpliendo órdenes? Si bien las motivaciones podrían ser entendibles, los métodos escogidos para responder a esa cuestión pudieron dañar psicológicamente a las personas implicadas. Es uno de los ejemplos por excelencia para ilustrar situaciones en que la ciencia rompe con la deontología. En el campo de la antropología, el actual proyecto Human Terrain System (HTS – Sistema de Terreno Humano) pone esta disciplina al servicio de los intereses político-militares estadounidenses en naciones extranjeras invadidas y genera los mismos debates que Milgram.

A favor de la empresa, en contra de los usuarios

En un comentario al pie de un blog, cuyo autor es partidario de estas “investigaciones” impulsadas por Facebook, se lee: “La empresa tiene intereses comerciales. Todo lo que obtenemos “gratis”, por algún lado lo tenemos que pagar. Es el mercado. Entendámoslo”.

Pero las argumentaciones en defensa de Kramer y sus coautores son débiles. Tal como afirma “codingconduct” ,en la “Política de Uso de Datos”, se lee que Facebook podría utilizar la información que recibe de sus usuarios “para operaciones internas, incluidos la solución de problemas, el análisis de datos, la investigación, el desarrollo y la mejora del servicio.” Pero, cuidado: este punto fue agregado a la Política en cuestión en Mayo de 2012: tres meses después del controvertido estudio. Por otra parte, esa sola frase parece un revoltijo de retórica corporativa (“mejorar el servicio”) y científica (“investigación”, “análisis”, “desarrollo”), contribuyendo a la confusión, la ambigüedad, y la ininteligibilidad propias de estos documentos legales, cuya aceptación es requisito ineludible para participar en determinados sitios. En definitiva, esa mixtura de lógicas acaba por favorecer los intereses de la empresa y por desproteger a los usuarios.

El consentimiento desinformado

Pero la mayoría de los que usamos redes sociales no solemos implicarnos en una “autogestión de la privacidad” ni en la “protección de datos”. Según estudios como “Privacy Self-Management and the Consent Dilemma” de Daniel Solove, esto pasa, en primer lugar, porque muy pocas personas leen la totalidad de los agobiantes términos de uso. A esta sencilla razón se suman varias otras, menos evidentes: 1) si las personas leen la totalidad de los términos y condiciones, no los entienden totalmente; 2) si los entienden, a menudo carecen del suficiente conocimiento para tomar una decisión fundamentada; 3) si los leen, entienden y están en condiciones de tomar una decisión fundamentada, esa decisión puede estar sesgada por otras variables (por ejemplo, cuando la información está descontextualizada, los marcos de referencia han sido simplificados, etc.); 4) los datos que hoy uno carga en Internet pueden ser inocuos, pero mañana podrían usarse en nuestro perjuicio (porque lo que sube a la red, “no baja nunca”) y la información específica que proporcionemos en un sitio, cruzada con información incluida en otro, potencialmente podría acarrearnos consecuencias nocivas.

Otro problema relacionado es, justamente, la focalización en el individuo aislado, principio básico de la ideología liberal, cuando se trata de un fenómeno producido (y consumido) socialmente. Nuestros comportamientos, decisiones y actitudes están condicionados por el contexto social, una dimensión poco explorada en la literatura sobre “privacidad” y “protección de datos” en la red.

La problemática del consentimiento informado, el rey de los embrollos aquí, es medular en esta crítica. Porque representa un protocolo estandarizado propio del ámbito de las ciencias médicas y biológicas (otra vez “las ciencias de la vida” marcándonos la cancha). Pero la extrapolación mecánica de ese modelo biologicista y experimental no encaja con las condiciones de producción de conocimiento de las ciencias humanas y sociales. El lenguaje de la biología y de la medicina, sus métodos de experimentación en ámbitos controlados como los laboratorios, la posibilidad del participante en el experimento de salir cuando quiera, difieren de las condiciones de trabajo empírico del científico social. En este caso, las interacciones entre las personas no son observadas bajo condiciones preestablecidas, sino que prima la espontaneidad: el comportamiento humano no es mensurable ni predecible. En suma, el entorno no es pasible de control y la única posibilidad asimilable a las pruebas de las ciencias médicas es decidir retirarse del experimento o directamente no participar en él. Los cobayos humanos de Kramer ni siquiera tuvieron estas opciones, porque desconocían que participaban del experimento.

¿Por qué Facebook quieren transformarnos en cobayos?

La investigación se llevó a cabo hace más de dos años (enero de 2012) y el debate nos sorprende recién ahora. ¿Qué hizo Facebook durante todo este tiempo con esa información? Ningún artículo de los tantos que hemos repasado sobre el tema alude a este punto. Pero recordemos un dato perdido en la inmensidad de los alborotos que van jalonando la historia facebookiana. En 2012, General Motors –por esa época, el tercer anunciante de EEUU, además de haber llegado a ser la empresa número 1 del mundo en términos de facturación- decidió cancelar su publicidad en la plataforma, aduciendo razones de baja “efectividad y rentabilidad”, exactamente la misma semana en que la plataforma de Zuckerberg protagonizara “la mayor salida a bolsa de la historia de Internet.” nota periodística .

Muchas interpretaciones, sospechas, y aún conclusiones fundamentadas pueden elaborarse con los argumentos, datos y situaciones expuestos aquí, y son dos los puntos que merecen cerrar el asunto.

En primer lugar, es necesario romper con el prejuicio de que la ciencia es neutral. Porque, no lo es. Detrás de la producción de conocimiento científico siempre existe una ideología, que a su vez, sustenta determinados intereses. Ese conocimiento científico es la materia prima para la elaboración y el diseño de políticas públicas y privadas. Una “política” se define como un conjunto de decisiones cuyo objeto es la distribución de determinados bienes o recursos. Esas decisiones pueden favorecer a unos grupos y/o afectar a otros. La decisión que toma Facebook es “mejorar el servicio”, pero ¿a quién favorece (y/o perjudica) esa política?

En segundo lugar, cuando decimos “Facebook”, estamos en realidad refiriéndonos a seres de carne y hueso, como Mark Zuckerberg y sus acólitos, incluido Kramer. Es hora de dejar las metáforas del “Big Brother” y otras entelequias a quienes no pueden responsabilizarse de las acciones de personas concretas.

“Internet no olvida”, leo en una nota sobre privacidad online en La Nación. Esta personificación de un objeto –Internet- no es inocente. Asignar a objetos como Facebook, Internet, computadora o celular, atributos humanos como inteligencia, capacidad de olvidar, y demás, conduce directamente a una mistificación de la tecnología. Mistificada y fetichizada, la tecnología no solo encubre las relaciones sociales que están por detrás de ella, sino también el riesgo de ocultar y desresponsabilizar a quienes toman decisiones perjudiciales para los demás.

La Ing. Roxana Saint Nom, experta en tecnología de punta en una empresa local, afirma: “La tecnología es tonta. En realidad, nunca una computadora puede ganarle a una persona porque siempre hubo antes otra persona que la programó.” He ahí que los hoy tan temidos algoritmos superpoderosos son, en realidad, apenas una secuencia de instrucciones que componen un modelo de solución para determinado tipo de problemas. Aunque las definiciones matemáticas no nos resulten siempre amigables, lo importante aquí es que esta manipulación de “instrucciones” se hizo, posiblemente, para buscar “soluciones” a problemas de Facebook, no de los usuarios. En otras palabras, ¿Facebook –sus propietarios y administradores- necesitaban “mejorar el servicio” en términos de sus intereses, es decir, cotizar en bolsa, ajustar o renovar sus estrategias ineficientes- de marketing y publicidad, fortalecer el control social sobre los usuarios-cobayos, a fin de que respondieran, casi “por reflejo pavloviano”, de manera funcional a esos fines?

No intento alimentar una teoría conspirativa. Sin embargo, todos estos aguijonazos podrían ser útiles para comprender cabalmente de qué se trata en realidad participar en las redes sociales. No tenemos por qué ser cobayos, siempre y cuando comprendamos que detrás de algoritmos, políticas de uso, y “muros de face”, no existe ninguna mano invisible del Big Brother. Es problable que sigamos siendo cobayos. Pero una actitud más reflexiva y atenta hará que Facebook nos encuentre, por lo menos, con los dientes más afilados.

Marian Moya*
Revista Anfibia

* Feliz estudiosa de las ciberculturas, dice que la totalidad de la vida de las personas está mediada por la tecnología: esas intersubjetividades están atravesadas por las variables etaria, de clase y de género. Por las mismas variables, dice, que están en la vida offline

fuente http://revistaanfibia.com/nueva/ensayo/nosotros-los-cobayos-de-facebook

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Las nuevas formas de control *

Una ausencia de libertad cómoda, suave, razonable y democrática, señal del progreso técnico, prevalece en la civilización industrial avanzada. ¿Qué podría ser, realmente más racional que la supresión de la individualidad en el proceso de mecanización de actuaciones socialmente necesarias aunque dolorosas; que la concentración de empresas individuales en corporaciones más eficaces y productivas; que la regulación de la libre competencia entre sujetos económicos desigualmente provistos; que la reducción de prerrogativas y soberanías nacionales que impiden la organización internacional de los recursos? Que este orden tecnológico implique también una coordinación política e intelectual puede ser una evolución lamentable y, sin embargo, prometedora.
 
Los derechos y libertades que fueron factores vitales en los orígenes y etapas tempranas de la sociedad industrial se debilitan en una etapa más alta de esta sociedad: están perdiendo su racionalidad y contenido tradicionales. La libertad de pensamiento, de palabra y de conciencia eran — tanto como la libre empresa, a la que servían para promover y proteger— esencialmente ideas críticas, destinadas a reemplazar una cultura material e intelectual anticuada por otra más productiva y racional. Una vez institucionalizados, estos derechos y libertades compartieron el destino de la sociedad de la que se habían convertido en parte integrante. La realización anula las premisas.
 
En la medida en que la independencia de la necesidad, sustancia concreta de toda libertad, se convierte en una posibilidad real, las libertades propias de un estado de productividad más baja pierden su contenido previo. Una sociedad que parece cada día más capaz de satisfacer las necesidades  de los individuos por medio de la forma en que está organizada, priva a la independencia de pensamiento, a la autonomía y al derecho de oposición política de su función crítica básica. Tal sociedad puede exigir justamente la aceptación de sus principios e instituciones, y reducir la  oposición a la mera promoción y debate de políticas alternativas dentro del statu quo. En ese respecto, parece de poca importancia que la creciente satisfacción de las necesidades se efectúe por un sistema autoritario o no-autoritario. Bajo las condiciones de un creciente nivel de vida, la disconformidad con el sistema aparece como socialmente inútil, y aún más cuando implica tangibles desventajas económicas y políticas y pone en peligro el buen funcionamiento del conjunto.
 
Es cierto que, por lo menos en lo que concierne a las necesidades de la vida, no parece haber ninguna razón para que la producción y la distribución de bienes y servicios deban proceder a través de la concurrencia competitiva de las libertades individuales. Desde el primer momento, la libertad de empresa no fue precisamente una bendición. En tanto que libertad para trabajar o para morir de hambre, significaba fatiga, inseguridad y temor para la gran mayoría de la población. Si el individuo  no estuviera aún obligado a probarse a sí mismo en el mercado, como sujeto económico libre, la desaparición de esta clase de libertad sería uno de los mayores logros de la civilización. El proceso tecnológico de mecanización y nor malización podría canalizar la energía individual hacia un  reino virgen de libertad más allá de la necesidad.  
 
La misma estructura de la existencia humana se alteraría; el individuo se liberaría de las necesidades y posibilidades extrañas que le impone el mundo del trabajo. El individuo tendría libertad para ejercer la autonomía sobre una vida que sería la suya propia. Si el aparato productivo se pudiera organizar y dirigir hacia la satisfacción de las necesidades vitales, su control bien podría ser centralizado; tal control no impediría la autonomía individual, sino que la haría posible. Éste es un objetivo que está dentro de las capacidades de la civilización industrial avanzada, el «fin» de la racionalidad tecnológica. Sin embargo, el que opera en realidad es el rumbo contrario; el aparato impone sus exigencias económicas y políticas para expansión y defensa sobre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, sobre la cultura material e intelectual.
 
En virtud de la manera en que ha organizado su base tecnológica, la sociedad industrial contemporánea  tiende a ser totalitaria. Porque no es sólo «totalitaria» una coordinación política terrorista de la sociedad, sino también una coordinación técnico-económica no-terrorista que opera a través de la manipulación de las necesidades por intereses creados, impidiendo por lo tanto el surgimiento de una oposición efectiva contra el todo. No sólo una forma específica de gobierno o gobierno de partido hace posible el totalitarismo, sino también un sistema específico de producción y distribución que puede muy bien ser compatible con un «pluralismo» de partidos, periódicos, «poderes compensatorios », etc. (1)
 
Hoy en día el poder político se afirma por medio de su poder sobre el proceso mecánico y sobre la organización técnica del aparato. El gobierno de las sociedades industriales avanzadas y en crecimiento sólo puede mantenerse y asegurarse cuando logra movilizar, organizar y explotar la productividad técnica, científica y mecánica de que dispone la civilización industrial. Y esa productividad moviliza a la sociedad entera, por encima y más allá de cualquier interés individual o de grupo. El hecho brutal de que el poder físico (¿sólo físico?) de la máquina sobrepasa al del individuo, y al de cualquier grupo particular de individuos, hace de la máquina el instrumento más efectivo en cualquier sociedad cuya organización básica sea la del proceso mecanizado.
 
Pero la tendencia política puede invertirse; en esencia, el poder de la máquina es sólo el poder del hombre almacenado y proyectado. En la medida en que el mundo del trabajo se conciba como una máquina y se mecanice de acuerdo con ella, se convierte en la base potencial de una nueva libertad para el hombre. La civilización industrial contemporánea demuestra que ha llegado a una etapa en la que «la sociedad libre» no se puede ya definir adecuadamente en los términos tradicionales de libertades económicas, políticas e intelectuales, no porque estas libertades se hayan vuelto insignificantes, sino porque son demasiado significativas para ser confinadas dentro de las formas tradicionales. Se necesitan nuevos modos de realización que correspondan a las nuevas capacidades de la sociedad.
 
Estos nuevos modos sólo se pueden indicar en términos negativos, porque equivaldrían a la negación de los modos predominantes. Así, la libertad económica significaría libertad de la economía, de estar controlados por fuerzas y relaciones económicas, liberación de la diaria lucha por la existencia, de ganarse la vida. La libertad política significaría la liberación de los individuos de una política sobre la que no ejercen ningún control efectivo. Del mismo modo, la libertad intelectual significaría la restauración del pensamiento individual absorbido ahora por la comunicación y adoctrinamiento de masas, la abolición de la «opinión pública» junto con sus creadores. El timbre irreal de estas proposiciones indica, no su carácter utópico, sino el vigor de las fuerzas que impiden su realización. La forma más efectiva y duradera de la guerra contra la liberación es la implantación de necesidades intelectuales que perpetúan formas anticuadas de la lucha por la existencia.
 
La intensidad, la satisfacción y hasta el carácter de las necesidades humanas, más allá del nivel biológico, han sido siempre precondicionadas. Se conciba o no como una necesidad, la posibilidad de hacer o dejar de hacer, de disfrutar o destruir, de poseer o rechazar algo, ello depende de si puede o no ser vista como deseable y necesaria para las instituciones e intereses predominantes de la sociedad. En este sentido, las necesidades humanas son necesidades históricas y, en la medida en que la sociedad exige el desarrollo represivo del individuo, sus mismas necesidades y sus pretensiones de satisfacción están sujetas a pautas críticas superiores.
 
Se puede distinguir entre necesidades verdaderas y falsas. «Falsas» son aquellas que intereses sociales particulares imponen al individuo para su represión: las necesidades que perpetúan el esfuerzo, la agresividad, la miseria y la injusticia. Su satisfacción puede ser de lo más grata para el individuo, pero esta felicidad no es una condición que deba ser mantenida y protegida si sirve para impedir el desarrollo de la capacidad (la suya propia y la de otros) de reconocer la enfermedad del todo y de aprovechar las posibilidades de curarla. El resultado es, en este caso, la euforia dentro de la infelicidad. La mayor parte de las necesidades predominantes de descansar, divertirse, comportarse y consumir de acuerdo con los anuncios, de amar y odiar lo que otros odian y aman, pertenece a esta categoría de falsas necesidades.
 
Estas necesidades tienen un contenido y una función sociales, determinadas por poderes externos sobre los que el individuo no tiene ningún control; el desarrollo y la satisfacción de estas necesidades es heterónomo. No importa hasta qué punto se hayan convertido en algo propio del individuo, reproducidas y fortificadas por las condiciones de su existencia; no importa que se identifique con ellas y se encuentre a sí mismo en su satisfacción. Siguen siendo lo que fueron  desde el principio; productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren la represión.
 
El predominio de las necesidades represivas es un hecho cumplido, aceptado por ignorancia y por derrotismo, pero es un hecho que debe ser eliminado tanto en interés del individuo feliz, como de todos aquellos cuya miseria es el precio de su satisfacción. Las únicas necesidades que pueden inequívocamente reclamar satisfacción son las vitales: alimento, vestido y habitación en el nivel de cultura que esté al alcance. La satisfacción de estas necesidades es el requisito para la realización de todas las necesidades, tanto de las sublimadas como de las no sublimadas.
 
Para cualquier conocimiento y conciencia, para cualquier experiencia que no acepte el interés social predominante como ley suprema del pensamiento y de la conducta, el universo establecido de necesidades y satisfacciones es un hecho que se debe poner en cuestión en términos de verdad y mentira. Estos términos son enteramente históricos, y su objetividad es histórica. El juicio sobre las necesidades y su satisfacción bajo las condiciones dadas, implica normas de prioridad; normas que se refieren al desarrollo óptimo del individuo, de todos los individuos, bajo la utilización óptima de los recursos materiales e intelectuales al alcance del hombre. Los recursos son calculables.  
 
La «verdad » y la «falsedad» de las necesidades designan condiciones objetivas en la medida en que la satisfacción universal de las necesidades vitales y, más allá de ella, la progresiva mitigación del trabajo y la miseria, son normas universalmente válidas. Pero en tanto que normas históricas, no sólo varían de acuerdo con el área y el estado de desarrollo, sino que también sólo se pueden definir en (mayor o menor) contradicción con las normas predominantes. ¿Y qué tribunal puede reivindicar legítimamente la autoridad de decidir? En última instancia, la pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas o falsas sólo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero sólo en última instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad para dar su propia respuesta.
 
Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean adoctrinados y manipulados (hasta en sus mismos instintos), su respuesta a esta pregunta no puede considerarse propia de ellos. Por lo mismo, sin embargo, ningún tribunal puede adjudicarse en justicia el derecho de decidir cuáles necesidades se deben desarrollar y satisfacer. Tal tribunal sería censurable, aunque nuestra  repulsa no podría eliminar la pregunta: ¿cómo pueden hombres que han sido objeto de una dominación efectiva y productiva crear por sí mismos las condiciones de la libertad? (2) Cuanto más racional, productiva, técnica y total deviene la administración represiva de la sociedad, más inimaginables resultan los medios y modos mediante los que los individuos administrados pueden romper su servidumbre y alcanzar su propia liberación.  
 
Claro está que imponer la Razón a toda una sociedad es una idea paradójica y escandalosa; aunque se pueda discutir la rectitud de una sociedad que ridiculiza esta idea mientras convierte a su propia población en objeto de una administración total. Toda liberación depende de la toma de conciencia de la servidumbre, y el surgimiento de esta conciencia se ve estorbado siempre por el predominio de necesidades y satisfacciones que, en grado sumo, se han convertido en propias del individuo. El proceso siempre reemplaza un sistema de precondicionamiento por otro; el objetivo óptimo es la sustitución de las necesidades falsas por otras verdaderas, el abandono de la satisfacción represiva.
 
El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas —liberadas también de aquello que es tolerable, ventajoso y cómodo— mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la función represiva de la sociedad opulenta. Aquí, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de producir y consumir el despilfarro; la necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañosas tales como la libre competencia a precios políticos, una prensa libre que se autocensura, una elección libre entre marcas y gadgets.
 
Bajo el gobierno de una totalidad represiva, la libertad se puede convertir en un poderoso instrumento de dominación. La amplitud de la selección abierta a un individuo no es factor decisivo para determinar el grado de libertad humana, pero sí lo es lo que se puede escoger y lo que es escogido por el individuo. El criterio para la selección no puede nunca ser absoluto, pero tampoco es del todo relativo. La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades súperimpuestas no establece la autonomía; sólo prueba la eficacia de los controles.
 
Nuestra insistencia en la profundidad y eficacia de esos controles está sujeta a la objeción de que le damos demasiada importancia al poder de adoctrinamiento de los mass media, y de que la gente por sí misma sentiría y satisfaría las necesidades que hoy le son impuestas. Pero tal objeción no es válida. El precondicionamiento no empieza con la producción masiva de la radio y la televisión y con la centralización de su control. La gente entra en esta etapa ya como receptáculos precondicionados desde mucho tiempo atrás; la diferencia decisiva reside en la disminución del contraste (o conflicto) entre lo dado y lo posible, entre las necesidades satisfechas y las necesidades por satisfacer. Y es aquí donde la llamada nivelación de las distinciones de clase revela su función ideológica. Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisión y visitan los mismos lugares de recreo, si la mecanógrafa se viste tan elegantemente como la hija de su jefe, si el negro tiene un Cadillac, si todos leen el mismo periódico, esta asimilación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservación del «sistema establecido» son compartidas por la población subyacente.
 
Es verdad que en las áreas más altamente desarrolladas de la sociedad contemporánea la mutación de necesidades sociales en necesidades individuales es tan efectiva que la diferencia entre ellas parece puramente teórica. ¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento? ¿Entre el automóvil como molestia y como conveniencia? ¿Entre los horrores y las comodidades de la arquitectura funcional? ¿Entre el trabajo para la defensa nacional y el trabajo para la ganancia de las empresas? ¿Entre el placer privado y la utilidad comercial y política que implica el crecimiento de la tasa de natalidad? De nuevo nos encontramos ante uno de los aspectos más perturbadores de la civilización industrial avanzada: el carácter racional de su irracionalidad.  
 
Su productividad y eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir las comodidades, de convertir lo superfluo en necesidad y la destrucción en construcción, el grado en que esta civilización transforma el mundo-objeto en extensión de la mente y el cuerpo del hombre hace cuestionable hasta la noción misma de alienación. La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido.  
 
Las formas predominantes de control social son tecnológicas en un nuevo sentido. Es claro que la estructura técnica y la eficacia del aparato productivo y destructivo han sido instrumentos decisivos para sujetar la población a la división del trabajo establecida a lo largo de la época moderna. Además, tal integración ha estado pérdida de medios de subsistencia, la administración de acompañada de formas de compulsión más inmediatas: justicia, la policía, las fuerzas armadas. Todavía lo está. Pero en la época contemporánea, los controles tecnológicos parecen ser la misma encarnación de la razón en beneficio de todos los grupos e intereses sociales, hasta tal punto que toda contradicción parece irracional y toda oposición imposible.
 
No hay que sorprenderse, pues, de que, en las áreas más avanzadas de esta civilización, los controles sociales hayan sido introyectados hasta tal punto que llegan a afectar la misma protesta individual en sus raíces. La negativa intelectual y emocional a «seguir la corriente» aparece como un signo de neurosis e impotencia. Este es el aspecto socio-psicológico del acontecimiento político que caracteriza a la época contemporánea: la desaparición de las fuerzas históricas que, en la etapa precedente de la sociedad industrial, parecían representar la posibilidad de nuevas formas de existencia. Pero quizá el término «introyección» ya no describa el modo como el individuo reproduce y perpetúa por sí mismo los controles externos ejercidos por su sociedad. Introyección sugiere una variedad de procesos relativamente espontáneos por medio de los cuales un Ego traspone lo «exterior» en «interior». Así que introyección implica la existencia de una dimensión interior separada y hasta antagónica a las exigencias externas; una conciencia individual y un inconsciente individual aparte de la opinión y la conducta pública.(3)  
 
La idea de «libertad interior» tiene aquí su realidad; designa el espacio privado en el cual el hombre puede convertirse en sí mismo y seguir siendo «él mismo». Hoy en día este espacio privado ha sido invadido y cercenado por la realidad tecnológica. La producción y la distribución en masa reclaman al individuo en su totalidad, y ya hace mucho que la psicología industrial ha dejado de reducirse a la fábrica. Los múltiples procesos de introyección parecen haberse osificado en reacciones casi mecánicas. El resultado es, no la adaptación, sino la mimesis, una inmediata identificación del individuo con su sociedad y, a través de ésta, con la sociedad como un todo. Esta identificación inmediata, automática (que debe haber sido característica en las formas de asociación primitivas) reaparece en la alta civilización industrial; su nueva «inmediatez » es, sin embargo, producto de una gestión y una organización elaboradas y científicas. En este proceso, la dimensión «interior» de la mente, en la cual puede echar raíces la oposición al statu quo, se ve reducida paulatinamente.
 
La pérdida de esta dimensión, en la que reside el poder del pensamiento negativo —el poder crítico de la Razón—, es la contrapartida ideológica del propio proceso material mediante el cual la sociedad industrial avanzada acalla y reconcilia a la oposición. El impacto del progreso convierte a la Razón en sumisión a los hechos de la vida y a la capacidad dinámica de producir más y mayores hechos de la misma especie de vida. La eficacia del sistema impide que los individuos reconozcan que el mismo no contiene hechos que no comuniquen el poder represivo de la totalidad. Si los individuos se encuentran a sí mismos en las cosas que dan forma a sus vidas, lo hacen no al dar, sino al aceptar la ley de las cosas; no las leyes de la física, sino las leyes de su sociedad.
 
Acabo de sugerir que el concepto de alienación parece hacerse cuestionable cuando los individuos se identifican con la existencia que les es impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacción. Esta identificación no es ilusión, sino realidad. Sin embargo, la realidad constituye  un estadio más avanzado de la alienación. Ésta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada. Hay una sola dimensión que está por todas partes y en todas las formas. Los logros del progreso desafían tanto la denuncia como la justificación ideológica; ante su tribunal, la «falsa conciencia» de su racionalidad se convierte en la verdadera conciencia. Esta absorción de la ideología por la realidad no significa, sin embargo, el «fin de la ideología». Por el contrario, la cultura industrial avanzada es, en un sentido específico, más ideológica que su predecesora, en tanto que la ideología se encuentra hoy en el propio proceso de producción.(4)
 
Bajo una forma provocativa, esta proposición revela los aspectos políticos de la racionalidad tecnológica predominante. El aparato productivo, y los bienes y servicios que produce, «venden» o imponen el sistema social como un todo. Los medios de transporte y comunicación de masas, los bienes  de vivienda, alimentación y vestuario, el irresistible rendimiento de la industria de las diversiones y de la información, llevan consigo hábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales que vinculan de forma más o menos agradable los consumidores a los productores y, a través de éstos, a la totalidad. Los productos adoctrinan y manipulan; promueven una falsa conciencia inmune a su falsedad. Y a medida que estos productos útiles son asequibles a más individuos en más clases sociales, el adoctrinamiento que llevan a cabo deja de ser publicidad; se convierten en modo de vida. Es un buen modo de vida —mucho mejor que antes—, y en cuanto tal se opone al cambio cualitativo.  
 
Así surge el modelo de pensamiento y conducta unidimensional en el que ideas, aspiraciones y objetivos, que trascienden por su contenido el universo establecido del discurso y la acción, son rechazados o reducidos a los términos de este universo. La racionalidad del sistema dado y de su extensión cuantitativa da una nueva definición a estas ideas, aspiraciones y objetivos. Esta tendencia se puede relacionar con el desarrollo del método científico: operacionalismo en las ciencias físicas, behaviorismo en las ciencias sociales. La característica común es un empirismo total en el tratamiento de los conceptos; su significado está restringido a la representación de operaciones y conductas particulares. El punto de vista operacional está bien ilustrado por el análisis de P. W. Bridgman del concepto de extensión:(5)
 
Es evidente que, cuando podemos decir cuál es la extensión de cualquier objeto, sabemos lo que entendemos por extensión, y el físico no requiere nada más. Para hallar la extensión de un objeto, tenemos que llevar a cabo ciertas operaciones físicas. El concepto de extensión estará por lo tanto establecido una vez que lo estén las operaciones por medio de las cuales se mide la extensión; esto es, el concepto de extensión no implica ni más ni menos que el conjunto de operaciones por las cuales se determina la extensión. En general, entendemos por cualquier concepto nada más que un conjunto de operaciones; el concepto es sinónimo al correspondiente conjunto de operaciones.
 
Bridgman ha visto las amplias implicaciones de este modo de pensar para la sociedad en su conjunto.(6) “Adoptar el punto de vista operacional implica mucho más que una mera restricción del sentido en que comprendemos el «concepto»; significa un cambio de largo alcance en todos nuestros hábitos de pensamiento, porque ya no nos permitiremos emplear como instrumentos de nuestro pensamiento conceptos que no podemos describir en términos de operaciones.” La predicción de Bridgman se ha realizado. El nuevo modo de pensar es hoy en día la tendencia predominante en la filosofía, la psicología, la sociología y otros campos. Muchos de los conceptos más perturbadores están siendo «eliminados », al mostrar que no se pueden describir adecuadamente en términos operacionales o behavioristas. La ofensiva empirista radical (en los capítulos VII y VIII examinaré sus pretensiones de ser empiristas) proporciona de esta manera la justificación metodológica para que los intelectuales bajen a la mente de su pedestal: positivismo que, en su negación de los elementos trascendentes de la Razón, forma la réplica académica de la conducta socialmente requerida.
 
Fuera del establishment académico, el «cambio de largo alcance en todos nuestros hábitos de pensar» es más serio. Sirve para coordinar ideas y objetivos con los requeridos por el sistema predominante para incluirlos dentro del sistema y rechazar aquellos que no son reconciliables con él. El dominio de tal realidad unidimensional no significa que reine el materialismo y que desaparezcan las ocupaciones espirituales, metafísicas y bohemias. Por el contrario, hay mucho de «Oremos juntos esta semana», «¿Por qué no pruebas a Dios?», Zen, existencialismo y modos beat de vida. Pero estos modos de protesta y trascendencia ya no son contradictorios del statu quo y tampoco negativos. Son más bien la parte ceremonial del behaviorismo práctico, su inocua negación, y el statu quo los digiere prontamente como parte de su saludable dieta.
 
Los que hacen la política y sus proveedores de información de masas promueven sistemáticamente el pensamiento unidimensional. Su universo del discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados. Por ejemplo, «libres» son las instituciones que funcionan (y que se hacen funcionar) en los países del mundo libre; otros modos trascendentes de libertad son por definición el anarquismo, el comunismo o la propaganda. «Socialistas » son todas las intrusiones en empresas privadas no llevadas a cabo por la misma empresa privada (o por contratos gubernamentales), tales como el seguro de enfermedad universal y comprensivo, la protección de los recursos naturales contra una comercialización devastadora, o el establecimiento de servicios públicos que puedan perjudicar el beneficio privado. Esta lógica totalitaria del hecho cumplido tiene su contrapartida en el Este. Allí, la libertad es el modo de vida instituido por un régimen comunista, y todos los demás modos trascendentes de libertad son o capitalistas, o revisionistas, o sectarismo izquierdista. En ambos campos las ideas no operacionales son no-conductistas y subversivas. El movimiento del pensamiento se detiene en barreras que parecen ser los límites mismos de la Razón.
 
Esta limitación del pensamiento no es ciertamente nueva. El racionalismo moderno ascendente, tanto en su forma especulativa como empírica, muestra un marcado contraste entre el radicalismo crítico extremo en el método científico y filosófico por un lado, y un quietismo acrítico en la actitud hacia las instituciones sociales establecidas y operantes. Así, el ego cogitans de Descartes debía dejar los «grandes cuerpos públicos» intactos, y Hobbes sostenía que «el presente debe siempre ser preferido, mantenido y considerado mejor». Kant coincidía con Locke en justificar la revolución siempre y cuando lograse organizar la totalidad e impedir la subversión. Sin embargo, estos conceptos acomodaticios de la Razón siempre fueron contradichos por la miseria e injusticia evidentes de los «grandes cuerpos públicos» y la efectiva y más o menos consciente rebelión contra ellos.  
 
Existían condiciones sociales que provocaban y permitían una disociación real del estado de cosas establecido; estaba presente una dimensión tanto privada como política, en la cual la disociación se podía desarrollar en oposición efectiva, probando su fuerza y la validez de sus objetivos. Con la gradual clausura de esta dimensión por la sociedad, la autolimitación del pensamiento alcanza un significado más amplio. La interrelación entre los procesos científico-filosóficos y sociales, entre la Razón teórica y la práctica, se afirma «a espaldas» de los científicos y filósofos. La sociedad obstruye toda una especie de operaciones y conductas de oposición; consecuentemente, los conceptos que les son propios se convierten en ilusorios carentes de significado. La trascendencia histórica aparece como trascendencia metafísica, inaceptable para la ciencia y el pensamiento científico.  
 
El punto de vista operacional y behaviorista, practicado en general como «hábito del pensamiento», se convierte en el modo de ver del universo establecido del discurso y la acción, de necesidades y aspiraciones. La «astucia de la Razón» opera, como tantas veces lo ha hecho, en interés de los poderes establecidos. La insistencia en conceptos operacionales y behavioristas se vuelve contra los esfuerzos por liberar el pensamiento y la conducta de una realidad dada y por las alternativas suprimidas. La Razón teórica y la práctica, el behaviorismo académico y social vienen a encontrarse en un plano común: el de la sociedad avanzada que convierte el progreso científico y técnico en un instrumento de dominación.
 
«Progreso» no es un término neutral; se mueve hacia fines específicos, y estos fines son definidos por las posibilidades de mejorar la condición humana. La sociedad industrial avanzada se está acercando al estado en que el progreso continuo exigirá una subversión radical de la organización y dirección predominante del progreso. Esta fase será alcanzada cuando la producción material (incluyendo los servicios necesarios) se automatice hasta el punto en que todas las necesidades vitales puedan ser satisfechas mientras que el tiempo de trabajo necesario se reduzca a tiempo marginal. De este punto en adelante, el progreso técnico trascenderá el reino de la necesidad, en el que servía de instrumento de dominación y explotación, lo cual limitaba por tanto su racionalidad; la tecnología estará sujeta al libre juego de las facultades en la lucha por la pacificación de la naturaleza y de la sociedad.
 
Tal estado está previsto en la noción de Marx de la «abolición del trabajo». El término «pacificación de la existencia» parece más apropiado para designar la alternativa histórica de un mundo que — por medio de un conflicto internacional que transforma y suspende las contradicciones en el interior de las sociedades establecidas— avanza al borde de una guerra global. «Pacificación de la existencia» quiere decir el desarrollo de la lucha del hombre con el hombre y con la naturaleza, bajo condiciones en que las necesidades, los deseos y las aspiraciones competitivas no estén ya organizados por intereses creados de dominación y escasez, en una organización que perpetúa las formas destructivas de esta lucha.
 
La presente lucha contra esta alternativa histórica encuentra una firme base en la población subyacente, y su ideología en la rígida orientación de pensamiento y conducta hacia el universo dado de los hechos. Justificado por las realizaciones de la ciencia y la tecnología, por su creciente productividad, el statu quo desafía toda trascendencia. Ante la posibilidad de pacificación en base a sus logros técnicos e intelectuales, la sociedad industrial madura se cierra contra esta alternativa. El operacionalismo en teoría y práctica, se convierte en la teoría y la práctica de la contención. Por debajo de su dinámica aparente, esta sociedad es un sistema de vida completamente estático: se auto-impulsa en su productividad opresiva y su coordinación provechosa.  
 
La contención del progreso técnico va del brazo con su crecimiento en la dirección establecida. A pesar de las cadenas políticas impuestas por el statu quo, mientras más capaz parezca la tecnología de crear las condiciones para la pacificación, más se organizan el espíritu y el cuerpo del hombre en contra de esta alternativa. Las áreas más avanzadas de la sociedad industrial muestran estas dos características: una tendencia hacia la consumación de la racionalidad tecnológica y esfuerzos intensos para contener esta tendencia dentro de las instituciones establecidas.  
 
Aquí reside la contradicción interna de esta civilización: el elemento irracional en su racionalidad. Es el signo de sus realizaciones. La sociedad industrial que hace suya la tecnología y la ciencia se organiza para el cada vez más efectivo dominio del hombre y la naturaleza, para la cada vez más efectiva utilización de sus recursos. Se vuelve irracional cuando el éxito de estos esfuerzos abre nuevas dimensiones para la realización del hombre. La organización para la paz es diferente de la organización para la guerra; las instituciones que prestaron ayuda en la lucha por la existencia no pueden servir para la pacificación de la existencia.  
 
La vida como fin difiere cualitativamente de la vida como medio. Nunca se podría imaginar tal modo cualitativamente nuevo de existencia como un simple derivado de cambios políticos y económicos, como efecto más o menos espontáneo de las nuevas instituciones que constituyen el requisito necesario. El cambio cualitativo implica también un cambio en la base técnica sobre la que reposa esta sociedad; un cambio que sirva de base a las instituciones políticas y económicas a través de las cuales se estabiliza la «segunda naturaleza» del hombre como objeto agresivo de la industrialización. Las técnicas de la industrialización son técnicas políticas; como tales, prejuzgan las posibilidades de la Razón y de la Libertad.
 
Es claro que el trabajo debe preceder a la reducción del trabajo, y que la industrialización debe preceder al desarrollo de las necesidades y satisfacciones humanas. Pero así como toda libertad depende de la conquista de la necesidad ajena, también la realización de la libertad depende de las técnicas de esta conquista. La productividad más alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades.
 
Al llegar a este punto, la dominación —disfrazada de opulencia y libertad— se extiende a todas las esferas de la existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas las alternativas. La racionalidad tecnológica revela su carácter político a medida que se convierte en el gran vehículo de una dominación más acabada, creando un universo verdaderamente totalitario en el que sociedad y naturaleza, espíritu y cuerpo, se mantienen en un estado de permanente movilización para la defensa de este universo.

Herbert Marcuse
 
notas:
1) Ver pág. 73.
2) Ver pág. 64.
3) El cambio en la función de la familia juega aquí un papel decisivo: sus funciones «socializantes» están siendo cada vez más absorbidas por grupos externos y medios de comunicación. Véase mi Eros y civilización, Ed. Seix Barral; Barcelona, 1968; págs. 97 ss.
4) Theodor W. Adorno. Prismen. Kulturkritik und Gesellschaft. Frankfurt: Suhrkamp. 1955, pág. 24. (Edición castellana, Barcelona: Ariel, 1962.)
5) P. W. Bridgman, The Logic of Modern Physics (Nueva York: Macmillan, 1928), pág. 5. La doctrina operacional ha sido refinada y delimitada desde entonces. El propio Bridgman ha extendido el concepto de «operación» hasta incluir las operaciones de «papel y lápiz» de los teóricos (en Philipp J. Frank, The Validation of Scientific Theories [Boston: Beacon Press, 1954], Cap. II). El impulso principal sigue siendo el mismo: es «deseable» que las operaciones de papel y lápiz «sean capaces de un contacto eventual, aunque quizá indirectamente, con las operaciones instrumentales».
6) P. W. Bridgman, The Logic of Modern Physics, loc. cit., pág. 31.
 
El presente texto corresponde al Cap. I de la obra “El Hombre Unidimensional (1964), págs.31-48, Edit. Seix Barral S.A.,1968.

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Sobre los desgraciados espectadores, esclavos modernos de este famoso sistema

Ante el realismo y las realizaciones de este famoso sistema, se pueden ya conocer las capacidades personales de los ejecutantes que ha formado. Y éstas, en efecto se engañan respecto a todo, y no pueden hacer nada más que disparatar sobre mentiras.
 
Son pobres asalariados que se creen propietarios, ignorantes mistificados que se creen instruidos, y muertos que creen votar. ¡Qué duramente los ha tratado el modo de producción! De progreso en promoción han perdido lo poco que tenían… y han ganado lo que nadie quería.
 
Coleccionan las miserias y las humillaciones de todos los sistemas de explotación del pasado, ignorando de ellos sólo la revuelta. Se parecen mucho a los esclavos porque son hacinados en masa, con estrechez, en pésimos edificios, malsanos y lúgubres; mal nutridos gracias a una alimentación contaminada e insípida; mal cuidados en sus siempre renovadas enfermedades; continua y mezquinamente vigilados; mantenidos en el analfabetismo modernizado y en las supersticiones espectaculares que corresponden a los intereses de sus amos.  
 
Transplantados lejos de sus provincias a sus barrios, a un paisaje nuevo y hostil, según las conveniencias concentracionarias de la industria actual. No son más que cifras en gráficos elaborados por imbéciles. Mueren a montones por las carreteras, a cada nueva epidemia de gripe, a cada ola de calor, a cada error de quienes adulteran sus alimentos, a cada innovación técnica que beneficia a los múltiples empresarios de un decorado del que ellos son conejillos de indias. Sus penosas condiciones de existencia provocan la degeneración física, intelectual y mental.
 
Se les habla siempre como a niños obedientes, a quienes basta decir “es preciso”, y ellos se lo creerán. Pero sobre todo se les trata como niños estúpidos, ante ellos farfullan y deliran  decenas de especializaciones paternalistas, improvisadas la víspera, haciéndoles admitir no importa qué, diciéndoselo no importa cómo; y también lo contrario al día siguiente.  
 
Separados entre sí por la pérdida general… de todo lenguaje adecuado a los hechos, pérdida que les impide el más mínimo diálogo; separados por su incesante competencia, siempre apresurada por el látigo… en el consumo ostentatorio de la nada, y separados por tanto por la envidia menos fundada y menos capaz… de aportar cualquier satisfacción, son incluso separados de sus propios hijos, que no hace mucho eran la única propiedad de los que nada tenían.
 
Desde la más corta edad se les retira el control de estos niños, ya rivales suyos, que no escuchan las opiniones sin pies ni cabeza de sus padres… y se ríen de su flagrante fracaso. No sin razón desprecian su origen… y se sienten mucho más hijos del espectáculo reinante… que de aquellos de entre sus criados que, por azar, los han engendrado: sueñan con ser los mestizos de estos negros. Tras la fachada de un disimulado encanto… entre estas parejas, como entre ellos y sus progenitores, no hay nada más que miradas de odio.  
 
Sin embargo, estos trabajadores privilegiados de la sociedad mercantil desarrollada, en lo que no se parecen a los esclavos es en que ellos mismos deben procurarse su mantenimiento. Su estatuto puede compararse más bien al sirviente, ya que ambos están exclusivamente ligados a una empresa y a su buen funcionamiento, sin ninguna reciprocidad a su favor; y sobre todo porqué están obligados a residir en un espacio único: el mismo y siempre igual circuito de domicilios, despachos, autopistas, vacaciones y aeropuertos.
 
Pero también se parecen a los proletarios modernos por la inseguridad de sus recursos, que está en contradicción con la rutina programada de sus gastos; y por el hecho de que les es preciso alquilarse en un mercado libre sin poseer sus instrumentos de trabajo: por el hecho de tener necesidad de dinero. Precisan comprar mercancías y todo está hecho de tal modo que no pueden entrar en contacto con nada que no sea mercancía.
 
Pero en lo que su situación económica más precisamente se parece al particular sistema de “peonaje”, es en el hecho que este dinero en torno al cual gira toda su actividad no se les permite ni momentáneamente manejarlo. No pueden hacer otra cosa que gastarlo, recibiéndolo en cantidades demasiado pequeñas para poder acumularlo. Y se ven obligados, a fin de cuentas, a consumir a crédito reteniéndoles de su salario el crédito concedido, del cual sólo se librarán trabajando más. Como la organización de la distribución de bienes está ligada a la organización de la producción y del Estado, se les recorta, sin apuros, todas sus raciones, tanto de comida como de espacio, tanto en cantidad como en calidad. Aunque continúen siendo formalmente trabajadores y consumidores libres, no pueden ir a parte alguna pues en todos los sitios se ríen de ellos.
 
(…)  
 
Nuestra época no ha alcanzado aún la superación de la familia, del dinero, de la división del trabajo; y sin embargo bien podemos decir que para estas personas la realidad efectiva de todo ello ya se ha disuelto casi del todo, por la simple desposesión. Aquellos que nunca tuvieron bulto lo han dejado por la sombra. El carácter ilusorio de las riquezas que la sociedad actual pretende distribuir, de no haberse ya reconocido en todas las demás materias, quedaría demostrado suficientemente por la simple observación de que es la primera vez que un sistema de tiranía sustenta tan mal a sus familiares, sus expertos y sus bufones. Siervos agotados del vacío, el vacío les paga con moneda por ellos mismos acuñada. Dicho de otro modo, es la primera vez que los pobres creen formar parte de la élite económica, a pesar de la evidencia contraria.  
 
No sólo trabajan, estos desgraciados espectadores, sino que encima nadie trabaja para ellos, y menos que nadie aquellas personas a quien ellos pagan: pues sus mismos proveedores se consideran más bien como sus capataces juzgando si han ido con suficiente denuedo a apañar los sucedáneos que tienen la obligación de comprar. Nada podrá disimular la rápida usura que se encuentra integrada desde el inicio, no sólo en cada objeto material sino hasta el plano jurídico, en sus raras propiedades. De igual modo que no han recibido herencia alguna, tampoco ellos van a dejar ninguna.

Guy Debord
 
Extracto del documental escrito y dirigido por Guy Debord ‘In Girum Imus Nocte et Consumimur Igni’ (Damos Vueltas en la Noche y Somos Consumidos por el Fuego), 1978.
 
Descarga del guion del documental en PDF (48 pp) www.sindominio.net/etcetera/PUBLICACIONES/con_otros/DEBORD-ingirum.pdf   

fuente www.sindominio.net/etcetera 

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Mujer y cuerpo bajo control. Entrevista con Rita Segato

Rita Segato es una intelectual feminista lúcida. Vive en Brasil, nació en el barrio porteño de Constitución y se define como una mujer del Sur. Comprometida con el feminismo latinoamericano, los movimientos indígenas y el movimiento negro en Brasil, sus libros son un bálsamo al cual recurrir para poder penetrar los grandes dilemas de nuestro tiempo. Acaba de publicar La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez (Tinta limón). Esta entrevista realizada en Buenos Aires es un fragmento de una charla sobre renovados proyectos emancipadores.

–¿Qué cambios ha observado en Ciudad Juárez, y en su propia reflexión, en la década que va de 2003 a 2013?
–En Ciudad Juárez descubro el territorio, la territorialidad. Lo que antes se decía “estar en la base” hoy se dice “estar en el territorio”. Ha pasado a formar parte del vocabulario de las personas y del vocabulario político. En 2003 yo empiezo a ver al cuerpo de las mujeres como una función territorial, como territorio mismo y lo relaciono con la idea de soberanía. Desde los 70 se venía hablando de la posición de la mujer como “naturaleza”, lo que después pasó a ser criticado dentro del feminismo. Eso pasó a ser muy fértil de varias formas: comencé a decir que el cuerpo de las mujeres era el propio campo de batalla donde se plantaban las banderas del control territorial, jurisdiccional, donde las nuevas corporaciones armadas en las modalidades mafiosas de la guerra no convencional, emitían los signos de sus siempre fugaces victorias, de su capacidad de soberanía jurisdiccional e impunidad, y también comencé a pensar en los porqués del cuerpo como ese bastidor en que se cuelgan insignias.

También vi, que el cuerpo es nuestro último espacio de soberanía, lo último que controlamos cuando todas nuestras posesiones están perdidas. Las afinidades semánticas entre cuerpo y territorio, dentro del paradigma colonial, son infinitas… Posiblemente el cuerpo indio no tenga, desde una perspectiva pre–colonial o no–colonial, esos mismos significados. Pero la colonialidad se los asigna. Esto, cruzado con las políticas de las identidades, cuya crítica es el tema central de mi libro La nación y sus otros es también, y de otra forma, fértil. El formateo de las identidades, como soporte de la política, tiene que ver también con lo territorial, lo que voy a llamar en dos ensayos de ese libro y en otro texto posterior el carácter territorial de la política hoy. La cultura política de las identidades es también territorial y, si prestamos atención, constataremos que hasta la política partidaria es hoy una cuestión de identidad y, por lo tanto, de territorio. La expansión de las identidades en red, las formas de anexión de miembros a redes identitarias o, en otras palabras, en redes como territorios, es hoy el tema y el proyecto de la política. Así como la religión hoy se prende al control fundamentalista de los cuerpos (y aquí coloco en el mismo plano el velo obligatorio en el islam y la obsesión anti–abortista entre los cristianos) por razones que son de soberanía jurisdiccional y no de orden teológico, moral o doctrinal, de la misma forma, las razones de la política son hoy del orden de la cohesión y de las alianzas y, en ese sentido hasta la política partidaria es hoy “política de identidad” y su proyecto puede ser también comprendido como territorial, entendiendo la red de sus miembros como su territorio. Entonces, el tema de los cuerpos, de su control y de la espectacularización de ese control sobre los cuerpos se ha vuelto central en la política.

–¿Cómo define la política de la identidad?
–Cuando cae el Muro de Berlín y finaliza la Guerra Fría, el paradigma dominante de la crítica política pasa a ser el de la política de las identidades. Identidades que, para ese fin, pasan a ser formateadas y globales. La crítica antisistémica, al sistema capitalista y sus metas de acumulación y concentración pasa a ser sustituida por una política de identidades y se enfoca en lo distributivo. En ese sentido el discurso de los DDHH pasa a tener un papel que poco se ha examinado y cuya meta “inclusiva” no es otra que la de poner límites al pacto estado–capital. En lugar de la crítica anti–sistémica, pasa a considerarse que deben haber algunas garantías de protección para aquellos que no son igualmente “productivos”, “desarrollados”, “modernos” o, mejor, “modernizados”, para que puedan incluirse, no sólo a los derechos sino también en el mercado. Las políticas de inclusión siempre hay que mirarlas bajo un signo de interrogación. Son interesantes como agitación porque cuando uno dice “hay que incluir” está también apuntando a fallas severas del orden social, de la justicia, del bienestar colectivo. Entonces los DDHH entran ahí, cuando hay que poner límite a la intervención del capital en las instituciones, al poder del capital en el orden estatal.

El capital nunca se satisface y los DDHH son la normativa que intenta ponerle coto a su injerencia. Las políticas de las identidades no son más anti sistémicas como fue la política del activismo de los 70. Cuando pasa ese período histórico, queda una especie de silencio, un interregno, durante el cual los de nuestra generación quedamos perplejos ante la caída del Muro. Aunque no fuésemos pro rusos, aquello era un mundo alternativo con un proyecto alternativo al capital. Cuando esa ilusión acaba, sobreviene un gran silencio. No tenemos una historia de la mentalidad, no he visto investigaciones de cómo se transforma la conciencia de las personas en el período que va desde los 60 hasta la transformación de los paradigmas de la política, de cómo se transformó el paisaje de nuestra conciencia a través de un cisma ideológico muy profundo.

–¿Ha podido el discurso de los DDHH proteger a las personas de la violencia del proyecto capitalista? Y trasladado esto a las mujeres, ¿ha podido protegerlas de la masacre misógina?
–Creo que no, lo que estamos viendo es que ese techo de contención de los males a que pueden ser expuestas las personas muestra su incapacidad de protegerlas, y es indispensable liberarnos de nuestra fe cívica y comenzar a sospechar de la capacidad del Estado y de las organizaciones supraestatales para proteger a las personas. Más que de una fe cívica, estamos sufriendo hoy de una ceguera cívica. Hemos utilizado demasiado tiempo y puesto demasiadas fichas a la expansión de esos derechos y lo que vemos es un mundo en que nunca hubo mayor concentración de riquezas y las personas están cada vez más vulnerables.

Tenemos que preguntarnos qué ha pasado y qué está pasando, cómo hemos perdido derechos básicos en la Argentina frente al camino del capital, es decir, a los valores de la competitividad, la productividad, la acumulación, la concentración cada vez mayor y la exclusión. Entonces el discurso de los DDHH, como promesa efectiva de protección por parte de cortes estatales supraestatales, es, hasta el momento, francamente ficcional, es una falsa conciencia. La justicia moderna es punitiva por naturaleza, no constructiva. Todo el peso es colocado en la negatividad, y prácticamente no hay resultados en los aspectos positivos de la justicia. Lo que es incontestable es el valor de agitación y pedagógico del discurso de los Derechos Humanos, en su capacidad de persuadirnos de que debemos transformar valores, costumbres, y por lo tanto, humanizarnos, azuzando nuestra insatisfacción ética por una mayor felicidad colectiva.

–¿En qué momento de su trayectoria se cruza con el pensamiento de Aníbal Quijano?
–Cuando escucho en él la manera más lúcida y más conmovedora de hablar de la raza y el racismo sin entrar en la trampa de las políticas de las identidades de matriz multicultural burguesa, que es ornamental: las figuritas del indio, del negro, cada uno haciendo su papel, Quijano propone cómo pensar la raza históricamente y no a partir de íconos de diversidad que son superficiales, cosméticos, enlatados, falsamente naturalizados, como en el multiculturalismo. Cuando cae el Muro se abren dos caminos nuevos de la política: uno es del multiculturalismo anodino, como le ha llamado Homi Bhabha, donde la estructura, o sea, el sistema, no está en juego y no cambia, y el otro camino es el de la crítica de la colonialidad como la estructura profunda que guía la reproducción de las desigualdades.

La crítica de la colonialidad busca en las lógicas indígenas y en las lógicas comunitarias caminos alternativos al del capital. Quijano nos ofrece un análisis sociológico, filosófico e histórico que permite entender la raza como una invención histórica y por fuera completamente del multiculturalismo. La raza es producto de la racialización de origen colonial. Leí recientemente una propuesta de descolonización maravillosa en un libro publicado por el gobierno de Evo Morales, pero que no cita al autor que es el que genera esta idea de una colonialidad diferente del colonialismo y de un pensamiento descolonial. Y me pareció equivocada la utilización de formulaciones que son claramente de Quijano sin el debido reconocimiento de autoría. El reconocimiento de la gestación de las ideas es sagrado para mí, y no se trata de propiedad y sí de parentalidad. Reconocer autoría es muy importante sobre todo en nuestro mundo latinoamericano, en primer lugar porque un autor es una posición en la escena histórica y tenés que comprender la escena y la historia; si vos lo censurás, le negás este conocimiento a la gente, le negás acceso a la genealogía de ese pensamiento, el quién y el dónde. La genealogía permite situarse en una historia.

Me doy cuenta de eso a partir de una lucha en la que participé activamente, como fue la lucha por las cuotas raciales de estudiantes negros en Brasil, cuyo proceso de gestación se ha censurado. Esa lucha –que protagonicé en 1998– contra la discriminación de un estudiante negro en el Doctorado de Antropología en la Universidad de Brasilia originó la primera propuesta de reserva de cupos para estudiantes negros y algunas medidas inclusivas para estudiantes indígenas. Hoy es una realidad consagrada pero condicionada a una censura de la historia que originó ese proceso debido a la cual muchos estudiantes negros piensan que un rector, un ministro o el mismo Lula tuvo un día una idea beneficiosa y, con un golpe de pluma, tuvieron la gentileza de firmar un decreto que les dio acceso a la universidad. Decirles que sujetos concretos, situados en las escenas históricas de nuestro continente pensaron propuestas que tomaron forma es hablarles de su propia potencia transformadora y constituye una verdadera pedagogía política. El reconocimiento de la autoría y del protagonismo son esenciales por esa razón autorizadora, especialmente en un continente en el que las universidades, por su eurocentrismo endémico, enseñan que las ideas y los grandes cambios históricos siempre se originan en otro lugar.

–¿Cómo pensar entonces la relación de afectación sumamente cruel y violenta del cuerpo de las mujeres por el paradigma territorial de la política?
–El cuerpo de las mujeres es particularmente afectado por este paradigma territorial que domina hoy el pensamiento contemporáneo. Como sostuve en mi libro Las estructuras elementales de la violencia , la violencia sexual tiene componentes mucho más expresivos que instrumentales, no persigue un fin, no es para obtener un servicio. La violencia sexual es expresiva. La agresión al cuerpo de una mujer , sexual, física, expresa una dominación, una soberanía territorial, sobre un territorio–cuerpo emblemático.

–¿Cómo mueren las mujeres en ese espacio de la guerra que has llamado “segunda realidad”?
–La mujer muere en el espacio doméstico por la gran lucha, la gran tensión entre los géneros, porque el hombre está masacrado, emasculado por el capitalismo contemporáneo. La presión sobre el sujeto masculino es enorme, y éste se restaura como masculino también mediante la violencia. Restaura dentro de casa la masculinidad que pierde fuera de casa. Pero también la mujer muere en otras esferas. Por ejemplo, en las estadísticas de Bolivia entre 1 de enero y el 31 de agosto de 2011, de todos los asesinatos cometidos, 62,5% son de mujeres, y menos del 51% ocurren en el espacio doméstico; el otro 49% ocurren en otro lugar y eso nuestras categorías no lo alcanzan a ver.

Muchos de esos óbitos, que, cada vez más ocurren fuera del ambiente doméstico, son de mujeres que mueren en las guerras informales de la segunda realidad, esfera en que las mujeres y, en algunos casos, niñas, como lo fue Candela, son torturadas, violentadas sexualmente, asesinadas como espectáculo de la soberanía de quien tiene el control territorial en esas guerras que nunca empiezan y nunca terminan, que son guerras continuas, sin declaración y sin armisticio, sin victorias ni derrotas más que transitorias. La impunidad y discrecionalidad de lo que se puede hacer con el cuerpo de las mujeres como el lugar donde se implanta la insignia de la soberanía expresa el control territorial en la modalidad mafiosa de las nuevas guerras informales.

Karina Bidaseca
10/02/2014

fuente www.revistaenie.clarin.com/ideas/Rita-Segato-Mujer-cuerpo-control_0_1081091894.html

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