La razón científica como dispositivo de dominación

La importancia adquirida por la ciencia y por el conocimiento científico en las sociedades modernas se debe, sin duda, a la utilidad de sus aportaciones tanto para la comprensión de los fenómenos naturales y sociales, como para intervenir sobre ellos produciendo riqueza y bienestar, o explotación y perjuicios. Este texto se centra en otra de las razones que explican la importancia de la ciencia, y que no es otra que su configuración como uno de los dispositivos de dominación más eficaces de nuestra época, y procura desmontar los mecanismos más insidiosos de ese dispositivo, afrontando directamente la problemática de la propia “razón científica”.

“¿No sería preciso preguntarse sobre la ambición de poder que conlleva la pretensión de ser ciencia?”. Michel Foucault.

Concretando

La ciencia perdió su inocencia en Hiroshima, y una parte de la opinión dejó de avalar el confiado y hasta entusiasta cheque en blanco que le había extendido la Ilustración. El progreso del conocimiento científico ya no parecía garantizar necesariamente un mejor futuro y comenzaron a arreciar unas dudas y unas críticas hacia los peligros de su desarrollo y de sus aplicaciones que hasta entonces anidaban preferentemente, y con otras connotaciones, en los sectores más oscurantistas y más retrógrados de la sociedad.

Aun reconociendo la pertinencia de esas dudas y de esas criticas no es esa la línea que voy a desarrollar aquí. Tampoco voy a entrar en el análisis de las evidentes conexiones de la ciencia y los núcleos de poder tanto políticos como económicos. La forma en la que se orienta y se utiliza la ciencia desde las diversas instancias del poder así como la manera en la que el saber científico confiere poder a quien lo posee, o tiene los medios de hacerse con él, son cuestiones sumamente pertinentes pero a las que tan solo aludiré de paso. Lo que pretendo cuestionar en este texto es lo que considero como el meollo de la cuestión, es la razón científica ella misma, en tanto que ha adquirido unas características que la convierten directamente en un extraordinario dispositivo de poder.

Quiero precisar, para empezar, que la cuestión de la ciencia no me interesa per se, mi motivación para abordarla no es de tipo epistemológico, sino que responde a la voluntad claramente política de contribuir aunque sea mínimamente a debilitar los dispositivos de poder a los que estamos sometidos. También quiero dejar claro que no cuestiono en absoluto el valor de las aportaciones científicas a pesar de que algunas de sus aplicaciones en el campo de las tecnologías, incluidas las tecnologías sociales, no estén exentas de importantes efectos perjudiciales, o incluso imperdonablemente letales como en la mencionada barbarie de Hiroshima.

Construcción de la razón científica

Bien sabemos que el conocimiento científico es cumulativo y autocorregible, y que uno de los grandes méritos de la ciencia consiste en que nunca da nada por definitivo, dirigiendo permanentemente su enorme capacidad crítica hacia sus propios resultados, examinándolos una y otra vez hasta detectar la parte de error que contienen y procurar corregirla. Sin embargo, hay una cosa que la ciencia se resiste a hacer y un riesgo que se niega a correr. La razón científica es reacia a orientar su potencial crítico hacia ella misma y hacia sus principios más fundamentales. Nos dice que hay que dudar de todo, que hay que cuestionarlo todo… salvo la propia razón científica. Nos concede que todo lo que se encuentra histórica y culturalmente situado puede variar con el transcurso del tiempo … pero exceptúa de esa variabilidad socio-histórica la propia razón científica pese a que esta también se constituye y se desarrolla en un determinado contexto histórico. Nos advierte, por fin, que si bien es cierto que los conocimientos científicos cambian en la medida en que se amplían y se hacen más precisos, sin embargo, los criterios que definen la razón científica son, por su parte, transhistóricos, universales e inmutables.

Nadie duda de que la ciencia constituye hoy un enorme dispositivo de poder y se suele admitir que existen múltiples relaciones de subordinación entre las instancias de poder, por una parte, y el saber científico por otra. Unas relaciones de subordinación que son recíprocas y que transitan en ambas direcciones, tanto desde el poder hasta el saber como desde el saber hasta el poder. En efecto, el saber queda subordinado al poder en la medida en que este último tiene la capacidad de encarrilar la investigación científica en las direcciones que mejor le convienen y de apropiarse sus resultados para usarlos en provecho propio. Por su parte, el poder queda subordinado al saber en la medida en que la elaboración y la posesión de este último proporciona poder: quien sabe puede, y puede, entre otras cosas, subyugar a quien no sabe.

Si bien se reconoce la existencia de esas relaciones de subordinación, y también de las relaciones de poder que circulan profusamente en el seno de la institución científica (laboratorios, universidades etc.), se atribuyen, sin embargo, a factores que son externos a la propia naturaleza del conocimiento científico porque si este estuviese atravesado por relaciones de poder perdería ipso facto toda credibilidad, toda eficacia y hasta sus propias señas de identidad. El hecho de que el poder no intervenga en los procedimientos y en la constitución de los conocimientos científicos representa una condición sine qua non para la propia existencia de la racionalidad científica, y se entiende por lo tanto que desde el discurso oficial de la institución científica y de sus defensores se procure borrar cualquier traza de una eventual relación entre el conocimiento científico y el poder.

En ese sentido la ciencia se presenta a como intrínsecamente democrática, ya que ofrece sus resultados al escrutinio público y permite que cualquiera compruebe la validez de sus enunciados. Eso sí, se reconoce que ese carácter democrático, en teoría, topa con algunas restricciones en la práctica. En primer lugar, esa comprobación exige que se disponga de los medios materiales necesarios para llevarla a cabo, lo cual excluye a buena parte de la población. En segundo lugar, se requiere una buena comprensión del conocimiento que se trata de comprobar y la posesión de las habilidades requeridas para hacerlo, con lo cual todo queda finalmente en manos de los expertos y de los propios científicos. Por fin, se requiere la conformidad con los criterios que definen el conocimiento científico, es decir la aceptación y la aplicación de las reglas del juego dictadas por la razón científica.

Es cierto que la racionalidad científica no es la única forma de racionalidad que se revela útil para la producción de conocimientos y para sustentar las distintas actividades desarrolladas por los seres humanos, pero es, sin duda, una de las más valiosas y, como ya lo he dicho, no pretendo menospreciarla en lo más mínimo. Sin embargo, resulta que esa peculiar forma de racionalidad se fue insertando poco a poco en un complejo entramado ideológico que acabó por convertirla en un potente dispositivo de poder. Los conocimientos científicos adquirieron así unas características que no forman parte de la racionalidad científica en tanto que tal, sino que provienen de la ideología que la convierte en un eficaz dispositivo de poder bajo la forma de una peculiar retórica de la verdad. Como suele ocurrir con las ideologías, esa ideología queda invisibilizada en tanto que ideología y pasa a ser considerada como formando parte de la propia definición de la racionalidad científica.

De hecho, la retórica de la verdad que desarrolla la ciencia ha logrado ocupar una posición hegemónica convirtiéndose en la más potente de todas las retóricas de la verdad presentes en las sociedades modernas y está claro que sus efectos de poder se sitúan a la altura de esa potencia.

La verdad científica

Pese a que gran parte del colectivo científico considera que las formulaciones de la ciencia constituyen tan solo verdades provisionales a la espera de ser superadas por la propia dinámica investigadora, no deja de ser cierto que para amplios sectores de la población la razón científica se ha constituido progresivamente en el fundamento moderno de la verdad, y las prácticas científicas se han impuesto como las únicas prácticas legítimamente capacitadas para producir verdad. La ciencia es vista como la fuente de un discurso dotado de capacidad veridictiva, entendiendo por veridicción el hecho de decir legítimamente verdad y de poder exigir, por lo tanto, el debido acatamiento a los contenidos de su discurso.

La importancia que reviste la cuestión de la verdad en nuestra representación de la racionalidad científica justifica que abramos un pequeño paréntesis para formular algunas consideraciones al respecto. Cabe recordar, por ejemplo, que más allá de la clásica e insostenible definición de la verdad como adecuación con el objeto, lo que prevalece en la actualidad es un enfoque deflacionista según el cual no hay ninguna esencia de la verdad, no hay algo así como la verdad de aquello que es verdadero, de la misma forma que no hay nada así como, pongamos por caso, la puntiagudez de aquello que es puntiagudo. No hay nada en común que compartan todas las creencias que calificamos de verdaderas, aparte del hecho que las califiquemos como tales. Esto significa que la verdad no es una propiedad de ciertas creencias o proposiciones, y tampoco es una propiedad de la relación entre ciertas proposiciones y el mundo. La verdad no es nada más que una simple función lingüística, y lo único que cabe hacer en relación con ella es establecer cual es el funcionamiento semántico del predicado “verdadero” con el cual calificamos ciertos enunciados.

También cabe recordar, de paso, que las mayores atrocidades se han cometido, con bastante frecuencia, en nombre de la verdad. La religión verdadera lanzó las cruzadas, creó la Inquisición y masacró a los calvinistas. El culto a la razón y a la verdad presidió al terror que sucedió a la revolución francesa. La Pravda, que es como se llama a la verdad en ruso, justificó el terror bolchevique, y fue con verdades supuestamente científicas cómo los nazis

aplastaron cráneos de judíos e izquierdistas. Ciertamente, los peores peligros no provienen tanto de los ataques a la verdad, como de la creencia en la verdad, sea su fuente la religión, la ciencia, o cualquier otra instancia, pero cerremos este paréntesis y volvamos a la cuestión de la ciencia convertida en retórica de la verdad.

La forma general que toman las retóricas de la verdad consiste en situar la fuente de la enunciación legitima de la verdad en un metanivel que trasciende al ser humano y a sus practicas. El ejemplo más claro ha consistido tradicionalmente en situar la fuente de los discursos verdaderos en la esfera de la divinidad o de lo sobrenatural y dotar a determinas personas de un acceso privilegiado a esas fuentes.

El gran trabajo de secularización llevado a cabo por la Ilustración permitió devolver al mundo terrenal los asuntos humanos que dependían de Dios, ensanchando con ello la capacidad de decisión y la libertad de las personas. Sin embargo, al abonar el terreno para el desarrollo de la retórica de la verdad científica fue la propia Ilustración la que volvió a instituir un metanivel que arrebataba nuevamente al ser humano las decisiones sobre la verdad, remitiéndolas a la razón científica.

La objetividad

Para ilustrar la retórica de la verdad científica me limitaré aquí al caso particular de las ciencias empíricas (tanto naturales como sociales), pero se podría desarrollar un análisis similar respecto de las ciencias exactas. Me centraré especialmente sobre el concepto de la objetividad en tanto que constituye uno de los conceptos nucleares de esas ciencias (exceptuando, claro está, las que tratan con las partículas y con el ámbito cuántico).

La objetividad remite al hecho de que el método utilizado, es decir las reglas de procedimiento que se siguen para producir conocimientos científicos, debe garantizar que las condiciones de producción del conocimiento no estén inscritas en ese conocimiento y no lo determinen.

Eso significa que:

• las características de los instrumentos utilizados no deben incidir en el resultado obtenido (por lo tanto, para justificar su objetividad hay que borrar las huellas que las técnicas y los procedimientos utilizados hubiesen podido dejar en él).

• las características del contexto socio-histórico no deben influir sobre el resultado obtenido (por lo tanto, hay que borrar las huellas que las condiciones socio-históricas hubiesen podido dejar en el conocimiento producido).

• las características del sujeto productor de conocimiento, no deben marcar los resultados obtenidos (por lo tanto, hay que borrar las huellas que el agente humano hubiese podido dejar en ellos).

El método científico es presentado, por lo tanto, como un proceso que garantiza la autonomización del producto, en este caso el conocimiento científico, respecto de sus particulares condiciones de producción. Para conseguir esa separación entre el producto y el proceso se definen unas reglas de procedimiento que aseguran que la producción del conocimiento científico se realiza en términos de un proceso sin sujeto y de un proceso desde ningún lugar, o, lo que es lo mismo, desde un lugar genérico, carente de cualquier atributo, y, por lo tanto, ajeno al mundo terrenal. Se trata, por así decirlo,del mito de la inmaculada concepción aplicado esta vez al quehacer científico.

Sin embargo, la afirmación de que la ciencia es un proceso sin sujeto constituye una pura falacia. Para convencerse de que siempre interviene en última instancia una decisión razonada proveniente de un determinado sujeto basta con recordar que no existe ningún algoritmo, o reglas de procedimiento formal, que permitan extraer enunciados teóricos a partir de un conjunto de datos, y que, por lo tanto, la formulación del enunciado teórico es, en parte, una creación a cargo de los sujetos involucrados en la investigación.

Otra consideración que abunda en el mismo sentido, entre las muchas que se podrían traer a colación, es que ante la infradeterminación de la teoría por la evidencia empírica disponible, es decir ante el hecho de que para cualquier conjunto de datos siempre existen varias teorías que son compatibles con esos datos aunque estas teorías sean contradictorias entre ellas, solo queda el recurso a la decisión razonada del sujeto para optar por la más adecuada.

Siguiendo en esa misma línea de defensa de la objetividad se nos dice que los enunciados científicos deben ser confrontados con el tribunal de los hechos y que el veredicto de ese tribunal es inapelable. De esa forma ya no son los seres humanos sino que es la propia realidad la que actúa como juez último de la validez de los enunciados, confirmándolos o desmintiéndolos. En definitiva, se nos sugiere que son los hechos los que hablan y los que dicen si tal o cual proposición es acertada o no lo es.

Mucho me temo que esa forma de plantear las cosas constituye otra falacia y no puede sino evocar un autentico ejercicio de ventriloquia ya que los hechos permanecen estrictamente mudos hasta que el científico no les presta su voz, disimulando cuidadosamente, eso sí, que la voz con la cual los hechos parecen hablar proviene de su propia garganta.

No hay vuelta de hoja, a partir del momento en que se sostiene que el procedimiento para acceder a la realidad y aprehenderla de forma objetiva no afecta esa aprehensión, se debería aclarar cómo se puede acceder a algo con total independencia del modo de acceder a ello. Y resulta que la única forma de conseguirlo consistiría en situarse en un lugar que corresponda al “punto de vista de Dios”. Curiosamente, la retórica de la verdad científica viene a decirnos implícitamente que la ciencia logra situarse en ese preciso punto.

Inmaculada concepción, ventriloquia, y adopción del punto de vista de Dios…. demasiadas cosas extrañas para que podamos otorgar credibilidad a la concepción de la ciencia que la convierte en un instrumento de poder, es decir a la retórica de la verdad científica.

Cuando se nos dice que el conocimiento válido sobre la realidad es el que se corresponde con la forma en que la realidad es efectivamente, o cuando se nos dice que “el conocimiento de X” es un conocimiento científicamente válido si (y sólo si) representa, describe, explica, modeliza (etc, etc.) adecuadamente, o correctamente, o verdaderamente, o fielmente, aquello de lo cual es conocimiento, se abren dos grandes dudas que pronto se convierten en dos importantes objeciones.

Conocimiento y realidad

La primera duda surge cuando nos preguntamos ¿Cómo podemos saber si tal o cual conocimiento se corresponde efectivamente con la realidad? Y la única respuesta posible es: comparándolos. Ahora bien, comparar significa acceder de forma independiente a cada uno de los términos que se trata de comparar, porque no se puede comparar dos cosas A y B si se define una en términos de la otra, B en términos de A, o viceversa.

Y, claro, aquí surge la primera objeción: ¿Cómo puedo comparar mi conocimiento del mundo con un mundo definido con independencia de mi conocimiento del mundo? ¿Cómo puedo comparar mi “conocimiento de X”, con un “X” que no conozco? En otros términos, ¿Cómo puedo comparar una descripción del mundo, con un mundo no descrito? Ciertamente, puedo comparar diversas versiones del mundo y elegir la que me parezca la más convincente, la más útil o la que ofrece mayor garantía. Sien embargo, nunca puedo comparar el mundo con una determinada versión del mundo porque no puedo saber cómo es el mundo con independencia de cualquier versión. ¿Alguien puede decirnos cómo es la realidad no conceptualizada?

En realidad cuando decimos que comparamos enunciados acerca de los hechos con los propios hechos, siempre estamos comparando enunciados acerca de los hechos con nuestro conocimiento de esos hechos, nunca directamente con un hecho.

Por otra parte, como el conocimiento toma la forma de enunciados más o menos formalizados que se expresan en un determinado lenguaje (cercano o alejado del llamado lenguaje ordinario), surge la segunda gran pregunta que consiste en saber si podemos comparar “trozos de lenguaje”, con “trozos del mundo”. Y aquí surge inmediatamente la segunda objeción: no podemos hacerlo, no podemos hacerlo por la sencilla razón de que no podemos salir del lenguaje (sea cual sea su tipo ) para decir cómo es el mundo con independencia del lenguaje en el cual lo describimos y lo explicamos.

En definitiva, está claro que no podemos ver la realidad desde fuera de la realidad para saber cómo sería si no estuviésemos en ella. Cuando hablamos de la realidad, estamos hablando de algo de lo cual formamos parte, estamos hablando de una entidad que nos engloba como elemento constitutivo. No podemos separar sus características de las nuestras, porque nuestras características están en su seno y forman parte de ella, o, dicho de otra forma, la realidad tiene las características que tiene porque somos como somos. Y si fuéramos diferentes la realidad también sería diferente.

En tanto que somos componentes de la realidad, sólo podemos acceder a cómo es la realidad en función de nuestras características, nunca con independencia de ellas. Los objetos que individualizamos como tales en la realidad, no poseen propiedades en sí mismos, sus propiedades resultan de nuestra interacción con ellos. En definitiva, atribuimos a la realidad propiedades que son bien reales pero que no están sino en nuestra manera de tratar con ella.

El hecho de que sólo podemos conocer, no la realidad, sino el resultado de nuestra inserción en ella, y que, por lo tanto, no es independiente de nosotros, cuestiona la estricta dicotomía sujeto/objeto que se suele asumir como una condición para que el conocimiento científico sea posible.

Para mayor inri no es solamente la dicotomía sujeto/objeto la que plantea problema, sino también cierta concepción de lo que es propiamente “un objeto”. Se suele pensar que la realidad es como un contenedor de objetos y de relaciones entre objetos, con lo cual el mundo estaría compuesto por cierto número de objetos y de relaciones entre ellos. Ahora bien, ¿en qué consiste un objeto? Sin ni siquiera entrar en la cuestión de las características o de las propiedades de un objeto, podemos ir a lo más simple y convenir que un objeto es todo aquello que podamos tomar como un valor de una variable de cuantificación, o sea, todo aquello de lo cual podemos decir que hay uno o varios de ello.

Resulta, sin embargo, que ni siquiera podemos decir cuántos objetos hay en un determinado segmento de la realidad si antes no tomamos una decisión sobre lo que va a contar como un objeto. Por ejemplo, un libro es un objeto, pero cada una de sus páginas también, y cada una de sus palabras también, y cada una de sus letras…etc. Con lo cual cuando estamos frente a un libro no podemos contestar a la pregunta ¿Cuántos objetos hay aquí? Si previamente no hemos tomado una decisión puramente convencional acerca de lo que vamos a considerar como “un objeto”, es decir como la unidad de nuestra variable de cuantificación. Y eso es así para cualquier segmento de la realidad que contemplemos, incluso si vamos al nivel de las partículas elementales.

Creo que la argumentación crítica desarrollada hasta aquí acerca de lo que sustenta la pretensión a la objetividad formulada por la razón científica indica, cuanto menos, que esa pretensión es opinable, y dispara la sospecha de que tanta insistencia en reclamar para sí los atributos de la veridicción puede encubrir el desarrollo de mecanismos de poder. El hecho de poner al descubierto algunas de las falacias sobre las que descansa la retórica de la verdad científica puede ayudar a hacer descender la razón científica del metanivel en el que la ha situado la ideología dominante, y eso ya constituye un paso en dirección a fomentar prácticas de libertad.

He de precisar que las criticas que he expuesto apuntan a la concepción más ampliamente compartida de la naturaleza de las ciencias empíricas, es decir, a la concepción realista con sus múltiples corrientes. Sin embargo, existen otros enfoques que escapan a algunas de esas críticas. Por ejemplo el punto de vista convencionalista, o el punto de vista instrumentalista, para el cual las teorías científicas son operadores (instrumentos) que nos permiten actuar sobre los objetos sin que podamos decir si eso se debe a que describen de forma correcta la realidad o no, o también el punto de vista pragmatista que rechaza cualquier intento de fundamentar el conocimiento científico sobre algo que vaya más allá del reconocimiento de su utilidad para ciertos propósitos.

Sin embargo, la existencia de variadas concepciones epistemológicas no quita que el discurso dominante acerca de la ciencia, así como su imagen más generalizada, la constituyen como una retórica de la verdad y le otorgan por lo tanto la capacidad de actuar como un dispositivo de dominación dotado de una extraordinaria potencia. Eso constituye, a mi entender, una razón más que suficiente para que seamos claramente beligerantes contra las pretensiones de la razón científica y las falacias a las que recurre para hacernos creer que no tenemos más remedio que someternos a su imperio.

Tomás Ibáñez
Revista Libre Pensamiento

Publicado en revista Libre Pensamiento nº 85, Invierno 2015/16

fuente: https://noticiasdeabajo.wordpress.com/2016/12/25/la-razon-cientifica-como-dispositivo-de-dominacion

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Nos dirigimos a la época de la psicopolítica digital…

Nos dirigimos a la época de la psicopolítica digital. Avanza desde una vigilancia pasiva hacia un control activo. Nos precipita a una crisis de la libertad con mayor alcance, pues ahora afecta a la misma voluntad libre.

El Big Data es un instrumento psicopolítico muy eficiente que permite adquirir un conocimiento integral de la dinámica inherente a la sociedad de la comunicación. Se trata de un conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo.

La apertura del futuro es constitutiva de la libertad de acción. Sin embargo, el Big Data permite hacer pronósticos sobre el comportamiento humano. De este modo, el futuro se convierte en predecible y controlable. La psicopolítica digital transforma la negatividad de la decisión libre en la positividad de un estado de cosas. La persona misma se positiviza en cosa, que es cuantificable, mensurable y controlable. Sin embargo, ninguna cosa es libre. Sin duda alguna, la cosa es más transparente que la persona. El Big Data anuncia el fin de la persona y de la voluntad libre.

Todo dispositivo, toda técnica de dominación, genera objetos de devoción que se introducen con el fin de someter. Materializan y estabilizan el dominio. «Devoto» significa «sumiso». El smartphone es un objeto digital de devoción, incluso un objeto de devoción de lo digital en general. En cuanto aparato de subjetivación, funciona como el rosario, que es también, en su manejabilidad, una especie de móvil. Ambos sirven para examinarse y controlarse a sí mismo. La dominación aumenta su eficacia al delegar a cada uno la vigilancia. El me gusta es el amén digital. Cuando hacemos clic en el botón de me gusta nos sometemos a un entramado de dominación. El smartphone no es solo un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil. Facebook es la iglesia, la sinagoga global (literalmente, la congregación) de lo digital.

Byung-Chul Han

Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (2014)

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“La maquinaria social está construida en torno de ambiciones al eros universal, que es el dinero”

Para Christian Ferrer*, las nuevas tecnologías a los únicos a los que les ahorran tiempo es a los dueños de las empresas. “Que se sepa –dice–, los trabajadores trabajan las mismas horas que antes, no hay ahorro de tiempo, sino aumento de la productividad.”

“Las personas confían en que la técnica va a resolver el viejo problema del sufrimiento humano, no dándose cuenta de que lo que les cuesta vital y económicamente pagar por esas comodidades se paga en términos temporales, ya que se tiene que dedicar muchísimo tiempo a conseguir el dinero para pagar por esas comodidades. Y se paga en términos vitales en tanto y en cuanto ya la persona no puede imaginarse otras alternativas en donde pueda vivir más en paz o más suavemente”, dice Christian Ferrer, pensador que aborda con mirada crítica, ácida muchas veces, los modos en que nuestra sociedad nos forma como “consumidores”. Partiendo desde la educación que recibimos –“el saber desangelado, transmitido sin corazón, presuponiendo además que esos conocimientos explican oscuridades o misterios que siempre han preocupado a los seres humanos, es un error”–, en esta entrevista Ferrer volverá a las preguntas por el origen o los orígenes de los seres humanos: el dolor, el amor, la felicidad, la amistad, el deseo. Preguntas que abren cabezas. Preguntas para las que no tiene las respuestas. A veces, incluso –dice–, las soluciones empeoran los problemas.

–¿De dónde viene, Ferrer?

–Qué pregunta. Yo creo que soy una consecuencia de la escuela tradicional argentina en la cual estudiar era una obligación, no un gusto, no un despertar de la curiosidad. Lo que esa escuela ofrecía a los alumnos era un saber enciclopedista. Esa escuela probablemente haya desaparecido como ideal, pero a mí me parecía un modo, un tipo de alimento, típicamente moderno, por otra parte, que me convenía. Saber mucho de distintos campos posibles que tenían que ver con lo humano.

–¿Le gustaba ir a la escuela?

–No. A un niño, alguien que va a la escuela durante años, años y años, todos los meses, todas las semanas, todos los días, por horas y horas se le están restando distintas posibilidades vitales en función de saberes que le son transmitidos que no necesariamente le van a servir para la vida. Creo que soluciona más las necesidades de realización de los padres que otras cosas. Tampoco la idea de alfabetización de por sí me parece necesariamente buena. De hecho la mayor parte de las culturas que han existido en el mundo tuvieron transmisión de conocimiento de tipo oral y sin estos lugares, que son fábricas de títulos y de supuestas… personas aptas para seguir una especie de camino dentro de una máquina general a la cual la educación no le interesa, salvo en relación con los saberes de eficacia que pueden aplicarse en distintas industrias, en distintos servicios, en universidades. La alfabetización actual no implica formación del carácter de la persona sino sólo transmisión de conocimientos, además de las funciones que tienen que ver con la sociabilidad.

–Y en tanto padre, ¿cómo ve a la escuela?

–Como te decía, es transmisión de conocimiento camada tras camada, tras camada. No es lo que uno llamaría educación. Además las jornadas escolares se han alargado mucho. Hasta la década de 1960 no era habitual enviar a niños a jardines de infantes y hoy una persona puede pasar no sólo los años de formación escolar secundaria y universitaria en estas instituciones, sino que a veces está encerrado ahí hasta que se jubila como alumno. No necesariamente eso redunda en mayor sabiduría ni en mayor acumulación de saber ni en beneficios que puedan estar asociados a la formación de la conciencia. Por lo tanto, el problema del niño, que es tener aceptación y amor, como bases para su propia formación personal, no necesariamente está resuelto por las horas y horas y horas que pasa en una escuela. El saber desangelado, transmitido sin corazón, presuponiendo además que esos conocimientos explican oscuridades o misterios que siempre han preocupado a los seres humanos, es un error.

–La Iglesia ha intentado en sus colegios en la formación de carácter, pero muchas veces eso es un problema.

–¿Por qué?

–Porque no todos tienen por qué creer en los valores que transmite la Iglesia. Y el monopolio…

–Sería monopolio contra monopolio. El monopolio del Estado y el monopolio eclesiástico. Son dos monopolios.

–¿Ninguno es mejor?

–Me parece que lo que los padres esperan de la educación no es que los niños salgan mejor formados o que sean receptáculos de saber de los cuales puedan enorgullecerse. Lo que la sociedad espera de la educación es que los niños tengan el formateo suficiente como para poder ganarse el pan de ahí en adelante, es decir, ganarse la vida, como dice la metáfora tradicional, metáfora, por otra parte, que es espantosa en sí misma. Con lo cual, lo que se espera entonces es que la escuela los domestique lo suficiente y al mismo tiempo los vuelva lo suficientemente agresivos como para que cuando llegue el momento de ingresar a los campos de trabajo esa persona esté en disposición de aceptar las normas y obligaciones que eso trae aparejado, tanto en un rol de sometimiento como en un rol de agresión: jefes y empleados, eso es lo que se espera de la educación.

Por supuesto, de vez en cuando ocurren otras cosas que se cruzan con demandas generacionales, o bien por lo que ocurre en el aula misma. De repente alguna maestra, algún profesor, enseña en esa aula como si estuviera en una isla desierta, como si estuviera con unos pocos náufragos, niños. Y les da lo mejor, lo que él puede dar. Y entonces no hay muros ni hay aulas ni hay pizarrones ni hay notas ni hay títulos. Pero esas situaciones de naufragios son escasas.

–¿Y por qué da clases? Quienes han pasado por sus clases pueden sentir ese naufragio…

–En las clases se dialoga con los muertos y con los que todavía no han nacido.

–¿Cómo es eso?

–Se habla de autores, algunos antiguos o antiquísimos, con quienes uno puede sentirse más a gusto que con los contemporáneos. De manera tal que los autores antiguos pasan a ser contemporáneos. Y se habla sobre un mundo del cual nada sabemos todavía. No porque se lo pueda planificar, no porque pueda ser mejor con algún tipo de programa político supuestamente superador, no. Sino porque los niños van a seguir naciendo. Entonces, la clase ideal sería aquella que está en ese momento muerta y viva. Es decir, suspendida de todas sus obligaciones con respecto a la actualidad y sólo conectada con ese río perdido donde han ido a parar todos los muertos y al mismo tiempo conectada con el deseo de la especie de no perecer y por lo tanto de traer nuevos niños al mundo con la esperanza de que no hereden este mundo. Me parece que eso es lo que ocurre en la clase. A mí todos los discursos sobre la educación pública, el sistema pedagógico nacional y la modernización y la actualización no me dicen nada. A mí lo que me dice algo es lo que ocurre en una clase en especial. Lo que le pasó al alumno, lo que le pasó al profesor.

–Le interesan las biografías de personajes extravagantes o exóticos, ¿cómo surge la idea del libro Camafeos?

–Algunos de esos textos están escritos para que ciertas personas no sean olvidadas. Personas que yo conocí y que no quería que fueran olvidadas por mí y por todo aquel que por leer un pequeño esbozo de una vida pueda conectarse con esa historia y con sus avatares. Lo cual no quiere decir que todos los personajes me caigan simpáticos, por otra parte.

–Pero le interesó registrar algo de esas historias.

–Uno escribe por gusto, quiero decir, escribe por el simple gusto de hacerlo. En algunos casos fueron pedidos y me interesó responder a esos pedidos, tal es el caso de (Ignacio) Anzoátegui o de Marta Minujin. En otros casos no, son autores que me conmueven o me resultan imprescindibles a mí únicamente. Hay un hilo conductor. Por ejemplo, algunas figuras tienen que creer mucho en sí mismas para hacer lo que hacen: Minujín dice “yo soy una enviada”; Orélie Antoine se nombra “rey de la Araucanía”. Pero también al revés: “Soy una madriguera de complejos”, dice Ezequiel Martínez Estrada.

–¿Qué define a los excéntricos?

–No sé si hay algo que los vincule, pero sí podría decirte que hay autores que piensan por afirmación de sí mismos, que por otra parte son la mayoría. Es decir, gente que cree en lo que dice, gente que cree en lo que escribe. Gente que cree en la batalla de ideas y cómo en toda batalla cada cual se posiciona, cada cual saca su arsenal teórico o ideológico o analítico y lucha contra otros. Mientras que hay otros autores que, por el contrario, piensan y escriben en forma autodestructiva. (Héctor) Murena es un caso, Martínez Estrada es otro caso. Es decir, pensar significa autodestruir el objeto sobre el cual se piensa y al cual no se le concede ningún derecho a existir pero al mismo tiempo se autodestruye el autor, éstos son autores más raros. La mayor parte de las personas, sobre todo en el mundo intelectual y universitario, típico del intelectual que toma partido, cree que sabe y además cree que es bueno, necesariamente: si el otro es malo yo soy bueno. Es como una lógica infantil pero que funciona. Funciona en la política, en las empresas, en las universidades. Esa mezcla de supuesto saber y superioridad moral con respecto al contrincante. A mí me interesan mucho más los autores que, por el contrario, saben que pensar implica el riesgo de fundirse, de autodestruirse. Están en lucha también, pero es otro tipo de lucha, es una lucha demoníaca; la otra es de angelitos, no importa si esos angelitos a veces usan revólveres. Me parece a mí.

–Dice de Martínez Estrada que diagnostica, como un radiólogo, pero no cura.

–No todos los problemas tienen solución. Y por lo general, las soluciones agravan los problemas. Quiero decir, el hecho de que no haya solución a ciertos problemas no quiere decir que no sigan estando ahí los problemas. Y, por otro lado, las soluciones, me refiero a soluciones de índole política o técnica, por lo general son reajustes que permiten a una gran maquinaria seguir funcionando. De alguna forma, los peores defensores de un sistema defectuoso son aquellos que buscan solucionar sus aristas más impresentables pero dejando latente el funcionamiento de todo el sistema. Eso se hace notorio después de un cierto tiempo. Todo sistema social, toda máquina, necesita de un service. Pero las soluciones que sólo proceden por reajustes son falsas soluciones y tarde o temprano una época se ocupa de deshacerse de todas ellas para refundarse sobre otras bases. Justamente no porque no funcionara la anterior sino porque la acumulación de falsas soluciones tarde o temprano hace estallar todo el mecanismo.

–¿Las soluciones a los problemas técnicos son siempre técnicas?

–Ese es el ideal de la sociedad tecnocrática. Es un típico pensamiento. Por ejemplo, se extiende la frontera agrícola a lugares donde antes había bosques y esos bosques desaparecen, de manera tal que desaparecen las especies animales que allí también vivían. Entonces, la solución técnica es tomar muestras de ADN de los últimos ejemplares vivos para una eventual clonación en el futuro para que los niños escolares sigan viendo animales en el zoológico. Ante un problema creado por el ser humano se le busca una solución técnica. La cuestión aquí no es tanto elegir expansión agrícola o mantenimiento del paisaje, sino preguntarse si esa expansión agrícola contribuye a eliminar el hambre en el mundo o sólo a enriquecer las arcas de los propietarios y del Estado. Que yo sepa, no se ha eliminado el hambre en el mundo.

–¿Cómo se relaciona la técnica con el ideal actual de felicidad? Dice en el libro El entramado que hay una exigencia de felicidad en la sociedad actual.

–En nuestra época, donde hay vacunas, antibióticos, medicamentos que intiman con el dolor psíquico, afectivo; donde hay compañías de seguros, sistemas de intercomunicación y sincronización continua e instantánea; donde las distancias se han acortado; donde hay televisión, Internet, en fin, no es seguro que no se sufra más que antes. Es decir, todos esos artilugios técnicos a mí me parecen amortiguadores psicofísicos de la personalidad. Tienen funciones de amortiguación del dolor. Como si los seres humanos necesitaran de ellos inmunización, seguridad. Sin esa vida en una cápsula protegida –y de alguna forma el hogar burgués fue eso desde el siglo XIX en adelante: un estuche–, sin esa posibilidad de establecer aunque sea contactos mínimos por día a través de redes de comunicación, las personas se hundirían en la desesperación porque sus vidas reales son vidas que se juegan en el mundo del trabajo. Es decir, esto significa que el hombre ha sido construido como hombre económico; productor y consumidor a la vez. Por lo tanto se ve a sí mismo como trabajador. En la antigüedad un trabajador no era alguien bien considerado. Los que hacían el trabajo duro eran los esclavos. Sólo en la época moderna, cuando se decide que existe igualdad democrática entre todos, aparece el problema de quién va a trabajar. Si antes lo hacían los esclavos y ahora somos todos libres e iguales, quién trabaja. Es decir, quién hace la tarea que desde siempre ha sido considerada una condena. La única solución lógica era decir que el trabajo es algo muy lindo. Que el trabajador es alguien lindo. Y su salario tiene que ser más o menos lógico. Eso es todo.

–Hoy se soporta menos el dolor que antes.

–Si uno presta atención a la importancia que adquirió la farmacéutica, la evaluación médica constante, la cantidad de medicamentos que intiman con los estados de ánimo, desde los viejos barbitúricos, pasando por los ansiolíticos, hasta llegar hoy a los desactivadores de estados de pánico, y si uno atiende a la imaginación actual que espera de la técnica ya no una cura de enfermedades o dolores sino una cura de enfermedades emocionales: que se descubra el medicamento que al fin reduce la gordura en un instante, o que te implanta cinco tetas a la vez sin el menor riesgo… En otras palabras las personas confían en que la técnica va a resolver el viejo problema del sufrimiento humano, no dándose cuenta de lo que les cuesta vital y económicamente pagar por esas comodidades. Se paga en términos temporales, ya que se tiene que dedicar muchísimo tiempo a conseguir el dinero para pagar por esas comodidades. Y se paga en términos vitales en tanto y en cuanto ya la persona no puede imaginarse otras alternativas en donde pueda vivir más en paz o más suavemente. Y no las puede imaginar a esas alternativas, no porque no las conozca sino porque le parecen poco erógenas. En otras palabras, porque la maquinaria social está construida en torno de ambiciones, del eros universal que es el dinero y de pensar a la máquina como un principio de orden y de poder. Eso les satisface a todos. De manera tal que cualquier otra alternativa que suponga más mansedumbre y más felicidad les resulta problemática para sus propios instintos agresivos.

–¿Por qué el cuerpo de las mujeres es el más exigido?

–Es relativo, pero es bastante evidente una presión social que cae sobre el cuerpo femenino. Yo creo que en parte es un efecto impensado y no querido de la lucha por la liberación de la mujer de los últimos 100 años, y de los últimos 50 años en particular. Es decir, una vez que se produce la liberación del viejo harén patriarcal, o al menos de sus formas más rígidas, hay todo tipo de riesgos afectivos que vienen después. Estar emancipada no quiere decir estar a salvo. Esos riesgos afectivos no se resuelven con leyes, no se puede legislar sobre ellos. Por otra parte, creo que hay una conciencia cada vez mayor de que el cuerpo es un valor en sí mismo. Que la apariencia corporal permite o posibilita, en tanto eso supone diferencias sociales entre jóvenes y no jóvenes o apariencias destacables y no destacables. Me parece que hay una creciente conciencia de que el cuerpo como valor en sí mismo permite el ascenso social hacia el otro gran diferenciador social que es la riqueza, o bien los mercados de la vanidad. A eso hay que agregar que los llamados “mercados del deseo” –y toda sociedad tiene un mercado del deseo– se han ampliado considerablemente desde hace 50 años. Antes las personas, hombres y mujeres, establecían muy jóvenes un camino afectivo que los llevaba al matrimonio, a la consecución de una familia y no mucho más. Hoy en cambio el mercado del deseo se ha vuelto barroco. Hay todo tipo de personas de toda edad intentando posicionarse en ese mercado, lo cual hace que las angustias, los malestares en torno de la imperfección corporal se vuelvan mucho más intensos. Eso toca particularmente a las mujeres, pero a todos en realidad. Y la técnica se ofrece a compensar la posición desfavorecida de todos los que no den la talla o el aspecto más presentable posible.

–¿Cuál es el rol de la pornografía en la sociedad actual? Usted la compara con algunos programas de televisión como el de Tinelli. ¿Puede explicarlo?

–Es difícil saber cuál es la causa de la expansión rampante de esta industria, pero difícilmente esté asociada con una mayor “libertad de expresión”. Es decir, al fin de la censura. Es posible que la pornografía prospere allí donde falla la monogamia, porque el contrato implícito es el de la imaginación de harén, no el del hogar. Puede sumarse a ello la cruza entre el desenfado de los medios de comunicación y variados efectos inesperados o no queridos de la revolución sexual iniciada en la década de 1960. Lo cierto es que cuando los matrimonios languidecen en frialdad, las personas se ponen a soñar con lejanías de todo tipo. La cuestión es que por todos lados se promueven epifanías de la carne, pero la experiencia habitual es la de estar encorsetados. Además, la ampliación del “mercado del deseo” conlleva la necesidad de presentar al otro una imagen de cuerpo altamente sexualizada. Quizá la pornografía tanto como las telenovelas sean modos de sublimación de la alienación cotidiana. ¿El programa de Tinelli? No sé, su centro de gravedad es la humillación consentida, con algunos toques de sensualidad pornográfica socialmente aceptable, para toda la familia.

–En un artículo sobre donación de órganos dice que la obligación de donar por ley sanciona el fracaso emocional de una comunidad.

–Por lo general, cuando hay leyes es porque han fracasado las reglas de buena vecindad. La donación de órganos debería ser un gesto de desprendimiento amoroso, no una obligación. Es decir, un gesto de “amor anónimo”, una efusión de bondad y solidaridad hacia la comunidad, a todos y a nadie en particular. De otro modo se consumaría la posible paradoja de que un misántropo, o un egoísta en grado sumo, o una persona abrasada por el odio a la humanidad, sean “donantes presuntos”, tal como lo indica la ley. En fin, este tipo de cuestiones aparece cuando los “avances” técnicos son mucho más veloces que la capacidad de una sociedad para procesarlos, y entonces se establece un desarrollo desigual y combinado entre tecnología y ética.

–En un capítulo sobre la tecnología y la escritura plantea que es una falacia pensar que la tecnología ahorra tiempo, ¿por qué?

–Hasta donde sé, por más que las redes de computadora permitan mayor velocidad y prolijidad y sincronicidad e interconexión, nadie sale antes de cumplir el mismo horario de siempre ya estipulado en fábricas y oficinas. ¿A quiénes les ahorra tiempo entonces? A los dueños de las empresas, que ven de este modo multiplicada la productividad de los trabajadores sin que ello redunde necesariamente en aumento del salario. Las tecnologías ni son neutras ni son de por sí “benefactoras”, ingresan en instituciones que determinan sus usos y, que yo sepa, vivimos en una sociedad industrialista, productivista y con poderes y jerarquías bien conocidos. Por el mismo andarivel, lo mismo que permite la interconexión también lo hace con la vigilancia, y eso no se le escapa a nadie, como a nadie le está permitido escaparse de ese destino. La llave maestra de la “libertad” también lo es del control.
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Filosofía de la técnica

*Chistian Ferrer es sociólogo y ensayista. Es profesor titular de Informática y sociedad en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA, donde introduce a su alumnado en la filosofía de la técnica.

Quien haya pasado por sus clases no puede permanecer indiferente. Con una voz grave, en un tono bajo –casi un susurro– va llevando a sus oyentes por un mundo narrado en un lenguaje poético, un mundo lleno de fantasmas, muertos, deseos y cuestionamientos ontológicos de nuestra realidad y nuestra humanidad.

Su pensamiento puede gustar o no, pero es único. En algunas biografías lo definen como “referente anarquista”. Sobre su acercamiento al anarquismo dice: “Siempre me pareció un ideal de emancipación que a la mayoría le puede resultarle exagerado o imposible pero que en verdad es sumamente sensato. Supone vivir en relaciones de ayuda mutua, decidiendo los interesados sin intermediario alguno, sin que nadie se vea obligado a humillar ni ser humillado, con poco apego a producir por la producción misma y mucho más por vivir en paz y con menores sufrimientos de los que causan las actuales “presiones sociales”, sin estructuras jerárquicas y sin ingerir cadáveres de animales, y sin hacer del matrimonio una síntesis de sexo y dinero, es decir, donde la inyección de dinero, que es cosa espiritual y no sólo amonedada, remedie las fallas o las debacles del amor”. “El anarquismo es un ideal de vida emancipada y libre que pretende terminar con la sociedad de la jerarquía y del patriarcado, pero que sobre todo impugna las falsas soluciones a los problemas irresueltos de la sociedad moderna.” “Hasta el momento no se ha inventado una idea de la libertad más radical y cuerda que la proclamada en su momento por los anarquistas”, concluye.

Publicó numerosos libros. Los últimos, El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo (Ediciones Godot, 2012) y Camafeos. Sobre algunas figuras excéntricas, desconcertantes o desbordadas (Ediciones Godot, 2013). Este año publicará otro trabajo sobre Ezequiel Martínez Estrada, personaje sobre el que vuelve siempre. “Quizá Martínez Estrada sea el único de los grandes escritores que ha dado la Argentina con el cual ninguna ideología o partido político sabe qué hacer”, dice Ferrer. “Era un hombre de ideas intransigentes, muy poco condescendiente con los defectos argentinos, alguien que amaba a su país pero que no necesariamente lo admiraba. Su prédica malhumorada, a veces violenta, tenía como objetivo hacer notar ciertos invariantes históricos que creíamos haber dejado atrás pero que seguían activos subterráneamente, y que por lo tanto retornarían, como lo hace lo que fue reprimido sin ser pensado, o como lo hacen los fantasmas.”

Sonia Santoro
21 de julio de 2014

fuente http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-251203-2014-07-21.html

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Game of drones: hacia la guerra perpetua

Los avioncitos sin piloto vigilan campos, exploran yacimientos de petróleo, filman eventos deportivos. En Argentina ya se los usa en tareas de inteligencia y acompañan a la bonaerense en operativos complejos. Pero los drones posta están enfierrados y desdibujan la frontera entre lo militar y lo policial. En el siglo XXI te matan para respetar tus derechos humanos.

A rgentina tiene un programa propio de desarrollo de drones. Se trata por ahora de modelos más precarios que los que utiliza Estados Unidos, los fabricados por Israel o los que usan las dos Coreas para espiarse mutuamente. Son, sin embargo, los predecesores de los drones que vigilan y matan en el marco de la “guerra contra el terrorismo”. En nuestro país se habla poco de ellos, apenas se elogian sus posibles usos civiles. Pero los drones están transformando la guerra contemporánea y plantean una serie de interrogantes políticos sobre las nuevas formas de ejercicio del poder. El drone armado opera un desplazamiento cualitativo: con esta arma se torna a priori imposible morir matando. La guerra, todo lo asimétrica que fuera, se vuelve ahora absolutamente unilateral. Lo que hasta hace poco todavía podía presentarse como un combate se convierte ahora en un matadero.

El Estado argentino se propuso fabricar drones que sean, en algún momento, cien por ciento industria nacional. El desarrollo de prototipos se realiza desde 2011 a través de un Consorcio Nacional de Fabricación de UAV , una combinación de empresas privadas, estatales y universidades, impulsado por el ministerio de Defensa, el ministerio de Seguridad y la empresa estatal INVAP, junto al Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Pero los sistemas de electrónica y sensores son sumamente costosos, producirlos en el país implica plazos largos, saberes específicos e inversiones millonarias. El proyecto originalmente presentado por INVAP implicaba un programa de desarrollo de entre ocho y diez años. En la primera versión del presupuesto nacional 2014 figuraba una partida de 208 millones de pesos destinados al Proyecto Nacional UAV- SARA (Sistema Aéreo Robótico Argentino), pero la ley finalmente aprobada para este año no lo incluyó y lo habría dejado sin un mango. En otros países de la región, Estados Unidos e Israel venden versiones de sus drones con capacidad militar inferior y una vez comprados la dependencia de los fabricantes es total.

Por ahora, solo hay un puñado de prototipos operativos en el país. Se trata de modelos Clase I que desarrollan tareas civiles, militares y de seguridad. Pueden transportar hasta 10 kilogramos de carga útil, recorren unos 40 kilómetros y tienen una autonomía de 5 horas. Las aplicaciones militares de estos drones y de los futuros Clase II y III, nacionales o importados, incluyen: inteligencia, vigilancia y reconocimiento, enlace y nodo de comunicaciones, ataque electrónico, ataque y supresión de defensas enemigas, lanzamiento aéreo, evacuación de heridos del campo de batalla y reabastecimiento en vuelo. Un verdadero mundo del juguete militar que en las revistas especializadas y los foros de retirados entusiasma a los viejos y nuevos admiradores de Mosconi, Savio y Pujato así como a los más incrédulos, esos que hasta hace poco se quejaban del desfinanciamiento de las Fuerzas Armadas y las comparaban con un par de borceguíes viejos que hace agua por los cuatro costados.

El que mata no tiene que morir

El léxico oficial del Ejército norteamericano define al drone como un vehículo terrestre, naval o aeronáutico, controlado a distancia o de forma automática. En la jerga militar se los llama “vehículo aéreo no tripulado” (Unmanned Aerial Vehicle, UAV) o “vehículo aéreo de combate no tripulado” (Unmanned Combat Air Vehicle, UCAV), según si el artefacto está o no equipado con armas. Los drones suelen ser voladores, pero también pueden pertenecer a otras familias de armas: drones terrestres, drones marinos, drones submarinos, e incluso drones subterráneos. Cualquier artefacto piloteado puede ser transformado en drone, siempre que prescinda de la tripulación humana a bordo. Un drone puede ser controlado a distancia por operadores humanos (principio del control remoto) o de manera autónoma mediante dispositivos robóticos (principio del piloto automático).

Los drones armados voladores son el testimonio de una historia en la que el ojo devino arma; mediante el pasaje de los UAV usados para tareas de información, vigilancia y reconocimiento, a otros que cumplen “funciones cazadoras-asesinas”. En síntesis, se trata de artefactos de vigilancia aérea que se transforman fácilmente en máquinas de matar. Una definición de diccionario para estos drones podría ser “cámaras voladoras, de alta resolución, armadas con misiles”. Sin embargo, un oficial de la Air Force definió el principio estratégico fundamental de una manera más esclarecedora: “la verdadera ventaja de los sistemas de aeronaves sin piloto, es que permiten proyectar poder sin proyectar vulnerabilidad”. En la historia de los imperios militares, “proyectar poder” era sinónimo de “enviar tropas”. Ahora, es precisamente ese principio el que parece derrumbarse.

Una novedad que introduce el drone es el retiro del cuerpo vulnerable, ubicándolo fuera de alcance. Se trata de la culminación de un deseo antiguo que recorre la historia de las armas balísticas: ampliar el recorrido para alcanzar al enemigo con la menor exposición posible. Sin embargo, la mayor innovación del drone es que entre el gatillo, sobre el cual se tiene el dedo, y el cañón, de donde va a salir la bala, se interponen miles de kilómetros. A la distancia de alcance –entre el arma y su blanco–, se añade la del telecomando –entre el operador y su arma.

Para eludir las críticas, la estrategia contemporánea de lucha contra el terrorismo se basa en acciones contrainsurgentes que evitan pasar el límite a partir del cual la opinión pública perciba los conflictos como una guerra. La mayoría de las operaciones aéreas contrainsurgentes suceden en países oficialmente en paz. Esta nueva estrategia implica un ocultamiento intencional de la frontera que separa la guerra y la paz. La paz perpetua imperial contemporánea es una guerra perpetua disimulada.

Buena parte de las impugnaciones al uso de drones armados discurre en torno a la necesidad de regular su uso, o a la falta de transparencia en su fabricación y comercialización, pero no cuestionan la legitimidad de estas nuevas formas de violencia. Antes de clausurar el problema con una mirada moral, conviene preguntarse por el mecanismo. Tratar de entender qué efectos produce en los utilizadores, en el enemigo que es su blanco, y en sus relaciones mutuas. Analizar los proyectos de defensa que dirigen estas elecciones técnicas y que, al mismo tiempo, son determinados por ellas. Se sabe: la forma más eficaz de asegurar la perdurabilidad de una elección estratégica es optar por medios que la materialicen hasta transformarla en la única opción posible.

Estás nominado

La mayoría de los drones armados son piloteados en el marco de operaciones secretas que escapan a cualquier tipo de control del derecho internacional. Son el arma preferida de la guerra post-heroica. El intento de erradicación de toda reciprocidad en la exposición a la violencia reconfigura la conducta material de la violencia armada (técnicamente, tácticamente, físicamente). A diferencia de las viejas guerras coloniales, el objetivo ya no es derrotar políticamente al enemigo o conquistar un territorio, sino eliminar a distancia la amenaza terrorista.

El politólogo norteamericano Francis Fukuyama, cuyo fin de la historia se derrumbó el 11 de septiembre de 2001, es fanático de los drones. Si bien considera que su uso irrestricto podría transformar a los Estados Unidos en un nuevo far west, el nuevo hobby de Fukuyama es ensamblar drones caseros: unos cuadricópteros que envían imágenes en directo a la computadora de su casa cerca de Stanford y que le sirven para despuntar su pasión por la fotografía aérea. Los intelectuales que trabajan en el campo de la ética militar, en cambio, dicen que el drone es el arma humanitaria por excelencia. Y ese trabajo discursivo es esencial para garantizar la aceptabilidad social y política del portento.

Pocos días después de la caída de las Torres Gemelas, George W. Bush declaró que comenzaba una guerra “que exige de nuestra parte una cacería humana a nivel internacional”. Esa afirmación, que sonaba a respuesta de un cowboy de Texas después de los atentados, se convirtió en pocos años en doctrina de Estado: con expertos, planes estratégicos y armas nuevas. Un cambio que condujo a la aparición de una forma inédita de terrorismo estatal global que combina herramientas de la guerra y de operativos policiales. El filósofo francés Grégoire Chamayou la ha denominado “cacería humana militarizada”, un imperialismo de la desorganización que multiplica las condiciones de excepción.

El 11 de diciembre de 2001, semanas después del inicio de la guerra de Afganistán, Bush declaró: “La guerra en Afganistán nos enseñó más sobre el futuro de nuestras fuerzas que una década de coloquios y think tanks juntos (…) todavía no tenemos suficientes vehículos sin piloto”. Hoy, el drone es uno de los emblemas de la presidencia de Obama, el instrumento de su doctrina antiterrorista oficial: matar en vez de capturar, en lugar de acumular más prisioneros y tortura en Guantánamo, asesinar selectivamente con drones. Desde una base militar en Nevada un operador observa imágenes de algún punto de la tierra y espera la orden para apretar el gatillo tomando una bebida, a veces a pocos kilómetros de la casa donde vive con su familia.

De acuerdo a la investigación de Jean-Martial Lefranc en el documental Drones asesinos y guerra secreta (Francia, 2013), la designación de los blancos se realiza en base a dos principios. Como lo confirman también una serie de artículos en The New York Times desde 2012, la Casa Blanca organiza todas las semanas una reunión denominada “Martes del terror”, en la que el presidente recibe informes de inteligencia de la CIA y de la JSOC (agencia militar) y aprueba oralmente la lista de personas que serán asesinadas la semana siguiente. Los “nominados” de la lista de la JSOC serán asesinados por drones controlados por militares. Quienes manejan los drones destinados a los “nominados” de la CIA es un misterio, pero se presume que podrían ser dirigidos por empleados de empresas tercerizadas contratadas para este tipo de misiones.

Además de estas “cacerías de referentes” con nombre y apellido, se organizan asesinatos en base a indicios (signature strikes) que no apuntan a individuos conocidos sino a personas que presentan comportamientos sospechosos. Como recuerda Thomas Hippler en su libro El Gobierno del cielo, el 14 de enero de 2010, 17 hombres fueron asesinados por un drone en Pakistán porque los vieron hacer flexiones de brazos y trotar cerca de un campo talibán. Se trata probablemente del ritual burocrático más tétrico del siglo XXI: todas las semanas, decenas de miembros del aparato de seguridad nacional norteamericano se reúnen por videoconferencia confidencial para exponer las biografías de presuntos terroristas y sugerir al presidente quiénes deben ser los próximos asesinados (ver Jo Becker, Scott Shane, “Secret ‘Kill List’ Proves a Test of Obama’s Principles and Will”, The New York Times, 29/05/2012). El Gobierno de Obama se niega a especificar los criterios que rigen la elaboración de esos listados. Los oficiales norteamericanos utilizan lo que denominan “análisis de formas de vida” (pattern of life analysis).

El principio podría formularse de la siguiente manera: toda persona tiene un modo de vida, nuestras acciones cotidianas son repetitivas, nuestro comportamiento tiene regularidades, nos levantamos en general a la misma hora, vamos a trabajar, vemos generalmente a los mismos amigos, en los mismos lugares, etc. Si somos vigilados se puede tomar nota de esas regularidades y establecer un mapa crono-espacial de recorridos habituales. También, al acceder por ejemplo a nuestra factura de teléfono se pueden sobreimprimir en aquel mapa nuestras redes sociales y la importancia relativa de cada relación personal. Una vez establecida esta doble red, de lugares y vínculos, será fácil predecir nuestro comportamiento. Pero también será muy simple advertir las irregularidades sospechosas. Toda desviación de nuestras propias costumbres y hábitos puede hacer sonar la alarma. Se trata de una vigilancia permanente, mediante un sistema que podría pensarse como la superposición en un mismo mapa digital de Facebook, Google Maps y una agenda Outlook, un trabajo paciente que permite ubicar a individuos sospechosos, que archiva las diferentes dimensiones de un conjunto de vidas anónimas: un carpetazo que si alcanza cierto grosor puede implicar una condena a muerte.

Nac&drone

El 1 de noviembre de 2013, Magdalena Ruiz Guiñazú y Joaquín Morales Solá hicieron una presentación ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre el derecho a la libertad de expresión en Argentina. Las intervenciones de los periodistas fueron seguidas con especial atención por los medios de nuestro país. Resulta llamativa, sin embargo, la falta de atención prestada ese mismo día a la audiencia inmediatamente posterior en la CIDH. Durante más de cuarenta minutos el argentino Santiago Cantón, director del centro Robert F. Kennedy por los Derechos Humanos, encabezó una presentación sobre “La utilización de drones y su impacto en los derechos humanos en las Américas”. Cantón realizó su exposición acompañado por expertos norteamericanos en derechos humanos y civiles, leyó un texto de la académica Ruth Diamint y entregó, para que fuera evaluado por la Comisión, un informe redactado por Amnistía Internacional.

La presentación de Cantón puso el acento en la necesidad de regular el uso de drones. Expuso varios problemas: la peligrosidad de la utilización de drones en países con escaso control civil de las fuerzas armadas y donde los ministerios de defensa son agencias precarias, el lugar central de la inteligencia militar para seleccionar los objetivos de los drones (lo cual empodera a las fuerzas armadas), el peligro de que sectores ajenos al Estado utilicen este tipo de armas, la falta de regulaciones nacionales e internacionales para el comercio de drones. Cantón afirmó que, además de Estados Unidos, otros catorce miembros de la OEA tienen drones, ya sea porque los producen con un programa propio o bien porque se los compran a otros países. El Ejército argentino, dijo, ha desarrollado su propia tecnología para vigilancia, reconocimiento aéreo y recolección de inteligencia. Brasil es el país latinoamericano con mayor número de drones, tanto de producción nacional como externa: los usa para monitorear fronteras y para vigilancia en las ciudades. Bolivia compró drones. Colombia hizo operaciones conjuntas con Estados Unidos y los ha usado en operaciones contra las FARC. Chile también compró drones a Israel y en México se han realizado maniobras conjuntas con Estados Unidos en el marco de “la lucha contra el narcotráfico”.

La presentación se cerró con otros datos relevantes: hay empresas públicas y privadas que ya producen drones en América Latina y su desarrollo “no fue acompañado de una regulación que permita controlar y disminuir el uso de los drones en el marco de los derechos humanos”. Según Cantón, a la falta de control se suma la falta de transparencia, y esa falta de transparencia contribuiría al uso ilegítimo e ilegal de los drones. Por último, solicitó que se realice un informe sobre drones armados y no armados en la región y se prepare un borrador de legislación regulatoria de su uso. Los representantes de la CIDH hicieron pocas preguntas tras la presentación, dos de las cuales no pudieron ser respondidas claramente por la supuesta falta de datos.

La primera fue por qué no se prohíbe el uso de drones armados, en lugar de pretender regular su uso. La segunda, engañosamente simple, fue: ¿qué es exactamente y como funciona un drone? Resulta llamativo que los diferentes modos de funcionamiento de los drones, sus virtudes para la “lucha contra la inseguridad” y las razones por las cuales sería o no sería conveniente prohibirlos, por lo menos en sus usos militares y policiales, no hayan sido presentados con mayor rigurosidad por el propio Cantón quien, a fines de septiembre de 2013, había sido presentado en Tigre como el asesor estrella de Sergio Massa en materia de derechos humanos. Las discusiones en torno a la incorporación de nuevas tecnologías para luchar contra el delito y proteger las fronteras, son algunas de las obsesiones del ex intendente de Tigre, el primer municipio argentino que utilizó drones para “combatir la inseguridad”.

En efecto, la Miami argentina decidió importar unos pequeños cuadricópteros dronisados para monitorear el municipio y grabar acciones delictivas. Pesan poco más de 3 kilos, vuelan a 2 kilómetros de altura como máximo y tienen una autonomía de no más de media hora. Son los hermanos menores de los que usan las Fuerzas Armadas. Los drones militares que utilizan Estados Unidos, Gran Bretaña o Israel tienen nombres poco inocentes como Predator o Reaper (la guadaña del ángel exterminador). Los de Tigre, en cambio, tienen un felino estampado en la trompa que el municipio adoptó como logo y que suele decorar las banderas del Matador de Victoria.

A fines de marzo de 2014, Massa realizó una gira por Estados Unidos con varios encuentros de primer orden, incluidos funcionarios del Departamento de Estado: se reunió con la secretaria de Estado Adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roberta Jacobson, y conversó sobre el avance del narcotráfico en Argentina. La edición del diario La Nación del 24 de marzo de 2014 comentó la noticia con un textual de uno de los principales armadores de la agenda de Massa en Estados Unidos, Santiago Cantón, quien confirmaba que “el narcotráfico es uno de los temas en los que hemos detectado inquietud”. También anticipaba una cena a puertas cerradas auspiciada por la Cámara de Comercio de Estados Unidos, que contaría con la asistencia de empresarios y figuras de la diplomacia norteamericana, entre ellas la ex secretaria de Estado Madeleine Albright.

Los drones son uno de los formidables negocios futuros para la industria militar-securitaria norteamericana y sus empresarios y lobbistas aliados en el resto del mundo. Para el período 2013-2020, la consultora Teal Group estimó en 89 mil millones de dólares el mercado mundial de drones civiles y militares. El mercado militar debería pasar de 6 mil millones de dólares en 2013 a más de 11 mil millones en 2022, (ver Glennon J. Harrison, “Unmanned Aircraft Systems (UAS): manufacturing Trends”, CRS Report for Congress). Esta última estimación excluye los usos comerciales: filmaciones televisivas, exploraciones gasíferas o petroleras y, sobre todo, los drones utilizados en la denominada agricultura de precisión y en la seguridad pública, que se estima cubrirán el 90 por ciento de los usos civiles durante la próxima década. Todo negocio cuidado necesita un marco jurídico-político que lo sostenga y respalde.

Giro alocado de la historia

Estados Unidos tiene unas 60 bases de drones armados alrededor del mundo que son administradas por el Ejército norteamericano, la CIA y, en ciertos casos, por aliados militares locales. Se trata de uno de los pilares de un nuevo arte de la guerra que permite atacar cualquier punto del planeta mediante aparatos controlados a distancia, sin necesidad de rendir cuentas ni de organizar presencia militar efectiva en el extranjero.

De acuerdo a una investigación reciente de Nick Turse, Estados Unidos prevé la instalación de nuevas bases para drones en África, Asia, Medio Oriente y América Latina. Ya no son prioritarias las invasiones de gran escala, se refuerzan en cambio los programas de drones y las fuerzas especiales de operación para combatir enemigos dispersos en todo el planeta.

Las recientes intervenciones del Gobierno de Obama en Asia, África, Medio Oriente y América Latina dejan al descubierto un programa organizado en base a seis puntos claves: operaciones especiales, drones, espionaje, relaciones con agencias civiles, ciberguerra y ejércitos tercerizados. Para reforzar esta estrategia, se destinan más recursos financieros a la militarización del espionaje y a los servicios de inteligencia, a la utilización cada vez más frecuente de drones, y se promueve una colaboración más estrecha entre el Pentágono y las diferentes agencias gubernamentales.

Las Fuerzas Armadas norteamericanas tenían, a inicios de 2013, más de 6 mil drones de diferentes modelos y más de 160 drones Predator en poder de la Air Force. En Pakistán, los drones de la CIA lanzan en promedio un ataque cada cuatro días. Las cifras son difíciles de establecer pero, para ese país, las estimaciones varían entre 2640 y 3474 asesinatos entre 2004 y 2012. Estados Unidos forma hoy más operadores de drones que pilotos de aviones de combate y bombarderos juntos. Mientras el presupuesto de defensa bajó en 2013, los recursos otorgados a los sistemas de armas no tripuladas aumentaron el 30 por ciento (ver Grégoire Chamayou, Teoría del drone). Este crecimiento refleja un proyecto estratégico: la dronisación a mediano plazo de una parte creciente de las Fuerzas Armadas norteamericanas.

Pero esto no es todo. La primera tarea de un drone militar no es inmovilizar al enemigo, sino identificarlo y localizarlo. La generalización de semejante arma implica también una mutación de la relación del Estado con sus propios sujetos. El cazador avanza y la presa huye o se esconde. La racionalidad política que guía estos proyectos está orientada por el concepto de defensa social y su herramienta privilegiada son las medidas de seguridad que se concentran en preservar a la sociedad de los peligros potenciales que la amenazan y de la presencia de personajes peligrosos. Esta lógica securitaria, fundada en el control o eliminación preventiva de individuos peligrosos, está transformando la guerra en una sucesión de ejecuciones extrajudiciales. Los defensores de los drones para realizar tareas policiales y militares prometen estrategias de represión con menos pérdidas humanas y sin derrotas. Pero omiten aclarar los efectos de terror y encierro psíquico de la vigilancia permanente, que se trata además de guerras sin victorias y que construyen las condiciones de una violencia infinita: la guerra perpetua.

Tal como lo señala Chamayou la pregunta clave podría formularse de la siguiente manera: ¿Qué implicaría, para una población, transformarse en sujeto de un Estado-drone? No hay que olvidar que el uso de un arma nueva nos transforma, antes que nada, en sus blancos potenciales. Que gobernar con una burocracia armada y reforzar las dimensiones paraestatales del Estado puede costar muy caro. Y, para volver al título de esta nota, que ciertas armas sirven para conquistar el trono pero no suelen ser las más eficaces para conservarlo.

Heber Ostroviesky

fuente: Revista Crisis nº19 / http://www.revistacrisis.com.ar/game-of-drones-hacia-la-guerra.html

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