Peor que los combustibles fósiles

En los últimos dos años he hecho un incómodo descubrimiento. Como muchos expertos en medio ambiente, he estado tan ciego ante las restricciones que afectan a nuestro suministro de energía como mis adversarios lo han estado ante el cambio climático. Ahora me doy cuenta de que he abrigado una cierta creencia en la magia.

En 2003, el biólogo Jeffrey Dukes calculaba que los combustibles fósiles que quemamos en un año se componen de materia orgánica “[…] que es más de 400 veces la productividad primaria neta de la biota actual del planeta”.1 Esto significa que cada año usamos una cantidad por valor de cuatro siglos de plantas y animales.

La idea de que sencillamente podemos reemplazar este legado fósil (y la extraordinaria densidad de energía que nos da) por energía ecológica es ciencia ficción. Simplemente no hay sustituto, pero se buscan sustitutos por todas partes. Estados (como el nuestro, [R.U.]) intentan evitar las duras decisiones que impone el cambio climático.

Y al menos uno de los sustitutos es peor que el combustible fósil al que reemplaza. […] Estaba equivocado porque subestimé el impacto destructivo de dicho combustible.

Antes de ir más allá, me gustaría dejar en claro que utilizar aceite de papas fritas para hacer carburante me parece algo bueno. La gente que va todo el día transportando tinajas de porquería hace un servicio a la sociedad. Pero sólo hay suficiente aceite de cocina residual en el Reino Unido como para llegar a una trescientas ochentava parte de nuestra demanda de carburante para el transporte. 1/380, 2,6 o/oo, 0,26 %.2  A partir de ahí comienza el problema.

Cuando escribí sobre ello el año pasado, pensé que el mayor problema que causaba el biodiesel era que establecía una competición por la tierra: la tierra cultivable que de otra forma se habría usado para cultivar comida se utilizaría para cultivar combustible. Pero ahora me encuentro con que algo aún peor está pasando. La industria del biodiesel ha inventado accidentalmente el combustible que más carbono emite a la atmósfera.

Al promover el biodiesel (como hacen la Unión Europea, los gobiernos británico y estadounidense y miles de defensores del medio ambiente) has de imaginar que estás creando un mercado de aceite de papas fritas usado, o de aceite de colza, o de aceite de algas que crecen en estanques del desierto. En realidad estás creando el mercado del cultivo más destructivo de la Tierra.

El presidente de la Autoridad Federal para la Explotación de la Tierra de Malasia anunció que iba a construir una nueva fábrica de biodiesel.3 Era la novena decisión de esa índole en cuatro meses. Se están construyendo cuatro nuevas refinerías en la península de Malasia, una en Sarawak y dos en Rotterdam. Dos consorcios extranjeros (uno alemán, el otro estadounidense) están erigiendo fábricas rivales en Singapur.4 Todas harán biodiesel a partir de la misma fuente: el aceite de palmera.

“La demanda de biodiesel”, informa el Malaysian Star, “vendrá de la UE (…). Esta reciente demanda (…) acaparará, como mínimo, la mayoría de las existencias malayas de aceite crudo de palmera”.5 ¿Por qué? Porque es más barato que el biodiesel hecho a partir de cualquier otro cultivo.

En septiembre de 2005, Amigos de la Tierra publicó un informe sobre el impacto de la producción de aceite de palmera. “Entre 1985 y 2000”, descubrió, “la explotación de plantaciones de palmeras de aceite fue responsable de un 87% de la deforestación de Malasia”.6 En Sumatra y Borneo, unas 4 millones de hectáreas de bosque se han convertido en tierra de cultivo de palmeras. Ahora se programa despejar unas 6 millones más de hectáreas en Malasia, y 16,5 en Indonesia.

Casi todo el bosque que queda está en peligro. Los plantadores de aceite están desgarrando incluso el famoso parque nacional Tanjung Puting de Kalimantan. El orangután va probablemente a extinguirse en libertad. Los rinocerontes, tigres, gibones, tapires, los monos probóscides y miles de otras especies podrían ir por el mismo camino. Se ha desalojado de sus tierras a miles de indígenas, y torturaron a unos 500 indonesios que intentaron resistirse.7 Los incendios forestales que tan a menudo cubren la región de humo son provocados en su mayoría por los cultivadores de palmeras. Toda la región se está convirtiendo en un campo gigante de aceite vegetal.

Antes de que se planten palmeras de aceite, que son pequeñas como maleza, hay que talar y quemar enormes árboles en los bosques, que contienen unas reservas de carbono mucho mayores. Cuando se acaba con las tierras más secas, las plantaciones se trasladan a bosques cenagosos, que crecen en turbas. Una vez cortados los árboles, los plantadores desecan el suelo. Cuando la turba se seca, se oxida y libera aún más dióxido de carbono que los mismos árboles. En términos del impacto que causan en el medio ambiente local y mundial, el biodiesel de palmera es más destructivo que el petróleo crudo […].

El gobierno británico entiende todo esto. En el informe que publicara cuando anunció que cumplirá con la UE y asegurará que el 5,75% de nuestro combustible para el transporte vendrá de las plantas para 2020,1 admitió que “los riesgos principales para el medio ambiente son probablemente aquellos que conciernen a una expansión enorme en la producción de materia prima para biocombustibles, y particularmente en Brasil (por la caña de azúcar) y el sudeste asiático (por las plantaciones de palmeras de aceite)”.2 Se sugiere que la mejor manera de afrontar el problema es prevenir que se importen los combustibles ambientalmente destructivos. El gobierno preguntó a sus especialistas si una prohibición infringiría las normas mundiales del comercio. La respuesta fue afirmativa: “el criterio ambiental obligatorio (… ) incrementarían muchísimo el riesgo de un desafío legal internacional a la política en su totalidad”.3 Así que abandonó la idea de prohibir las importaciones y pidió en su lugar “algún tipo de esquema voluntario”.4 Sabiendo como se sabe que la creación de este mercado llevará a una enorme oleada de importaciones de palmeras de aceite, que no hay nada significativo que pueda hacerse para prevenirlas y que acelerarán el cambio climático en lugar de aliviarlo, el gobierno ha decidido seguir adelante de todas formas.

En otros tiempos, felizmente, esto era un desafío para la UE. Pero lo que la UE quiere y lo que el gobierno británico quiere son lo mismo. “Es esencial que hagamos un balance de la creciente demanda de transporte”, dice el informe, “con nuestro objetivo de proteger el medio ambiente”.5 Hasta hace poco, teníamos una política de reducir la demanda de transportes. Ahora, esa política ya no existe. Como hicieron los conservadores a principios de los 90, la administración laborista socialista intenta dar cabida a la demanda, da igual lo lejos que llegue. Las estadísticas que obtuvo el grupo Road Block muestran que sólo para el ensanchamiento de la autopista M1 el gobierno pagará 3.600 millones de libras esterlinas, más de lo que gasta en la totalidad de su programa del cambio climático. En vez de intentar reducir la demanda, intenta acomodar los suministros. Está dispuesto a sacrificar los bosques pluviosos del sudeste asiático para que se vea que hace “algo”, y permitir a los automovilistas sentirse mejor consigo mismos.

Todo esto ilustra la inutilidad de las soluciones tecnológicas que se persiguen. Es una locura intentar satisfacer una demanda de combustible siempre en alza, da igual de dónde venga el combustible. Se han evitado las decisiones duras, y otra parte de la biosfera se está quemando.

George Monbiot

notas:
1) Jeffrey S. Dukes, 2003. 1. Jeffrey S. Dukes, 2003. Burning Buried Sunshine: Human Consumption Of Ancient Solar Energy. Climatic Change 61: 31-44.
2) La British Association for Biofuels and Oils estima el volumen en 100.000 toneladas por año. BABFO, s/f. Memorando de la Comisión Real sobre la Contaminación Medioambiental. www.biodiesel.co.uk/press_release/royal_commission_on_environmenta.htm.
3) Tamimi Omar, 1/12/2005. Felda to set up largest biodiesel plant. The Edge Daily.
4) Loh Kim Chin, 26/10/2005. Canal NewsAsia.
5) C.S. Tan, 6/10/2005. All Plantation Stocks Rally. www.biz.thestar.com.my/news/story.asp?file=/2005/10/6/business/12243819&sec=business.
6) Amigos de la Tierra et al.,  The Oil for Ape Scandal: how palm oil is threatening orang-utan survival. www.foe.co.uk/resource/reports/oil_for_ape_full.pdf.
7) Ibíd.

artículo publicado en Revista futuros nº10 / Río de la Plata otoño 2007

Nueva enfermedad psiquiátrica: buscar alimentarse sanamente

En su permanente empeño por inventar «trastornos mentales» a partir de toda actividad humana, la industria psiquiátrica está ahora promoviendo la más ridícula enfermedad que nunca antes hubieran inventado: la enfermedad de comer sanamente.

No es una broma: Si te dedicas a comer alimentos sanos, sufres una «enfermedad mental» y probablemente necesites algún tipo de tratamiento químico que contenga fuertes drogas psicotrópicas. El diario The Guardian informa: «La fijación con el comer sano puede ser indicio de un grave trastorno psicológico» y luego afirma que esta «enfermedad» se llama orthorexia nervosa, que es básicamente sólo la expresión latina que significa ‘nervioso por el correcto comer’.

Pero no pueden llamarla, simplemente, «trastorno nervioso del comer sano», porque entonces no parece que ellos supieran de qué están hablando. Así, lo traducen al latín, en el que suena más inteligente (aunque no lo sea). De ahí viene la mayoría de los nombres de las enfermedades: los médicos sólo describen los síntomas que ven, con un nombre como osteoporosis (que significa ‘huesos que tienen huecos’).

Volviendo a esta enfermedad inventada de la «orthorexia», The Guardian pasa a informar que «comúnmente, los ortoréxicos tienen reglas rígidas en cuanto al comer. El rechazo al azúcar y sal refinada, cafeína, alcohol, gluten, levadura, soya y maíz transgénicos y productos lácteos, es sólo el comienzo de las restricciones de su dieta. También quedan excluidos cualesquier alimentos que hayan estado en contacto con pesticidas, herbicidas, o que contengan aditivos artificiales».

Un momento. Entonces, si tratas de evitar los químicos, los lácteos, la soya transgénica o azúcar refinada, ¿eso te convierte ahora en enfermo mental? Claro. Según estos expertos. Si efectivamente te preocupas de evitar los pesticidas, herbicidas e ingredientes modificados genéticamente, como la soya, algo anda mal contigo.

Pero ¿te das cuenta de que comer comida chatarra se presume que es «normal»? Si comes comida chatarra procesada y entremezclada con químicos sintéticos, eso para ellos está bien. Los pacientes mentales son, aparentemente, aquéllos que escogen alimentos orgánicos y naturales.

¿Qué es «normal» cuando se trata de alimentos?

Les advertí que esto venía. Años atrás, previne a los lectores de NaturalNews que pronto podría estar en camino una tentativa de proscribir el broccoli, debido a sus fitonutrientes anticancerígenos. Esta agresión en cuanto a la salud mental a consumidores conscientes de la salud es parte que aquel programa. Es un intento de marginalizar a quienes comen en forma sana, por medio de declararlos mentalmente inestables y, por ende, justificar que se los aísle en instituciones para enfermos mentales, donde se les inyectarán medicamentos psiquiátricos y se los alimentará con comida que está procesada, muerta y llena de químicos tóxicos.

The Guardian (y El Mercurio también; 03/02/10) llega incluso al ridículo extremo de decir: «La obsesión acerca de cuáles alimentos son ‘buenos’ y cuáles son ‘malos’ significa que los ortoréxicos pueden terminar desnutridos».

Sigan, si pueden, lo ilógico de esto: Comer alimentos ‘buenos’ ¡va a provocar desnutrición! Comer alimentos malos, supongo, se presume que va a proporcionar todos los nutrientes que necesitas. Es la afirmación más absurda que haya leído nunca sobre nutrición. No es de sorprenderse que la gente esté hoy tan enferma: Los medios de comunicación masivos les están diciendo que comer alimentos sanos ¡es un trastorno mental que va a provocar desnutrición!

Cállate y traga tu comida procesada

Es exactamente como lo informé años atrás: No corresponde que cuestionen su comida, señores. Siéntense, cállense y vamos masticando. Deja de pensar acerca de qué estás comiendo, y sólo haz lo que te dicen los principales medios de comunicación y sus avisadores de comida procesada. Cuestionar las propiedades de salud de tu comida chatarra es un trastorno mental, ¿no lo sabías? Y si te «obsesionas» con los alimentos (por ejemplo, haciendo cosas tales como leer las etiquetas con los ingredientes), eres raro. Quizás hasta estés enfermo. Ése es el mensaje que transmiten ahora. Los consumidores de comida chatarra son «normales» y «cuerdos», y están «nutridos». Pero quienes comen comida sana son enfermos, anormales y están desnutridos.

Pero, te preguntas ¿por qué habrían de atacar a quienes comen en forma sana? Personas como el Dr. Gabriel Cousens te pueden decir por qué: Porque una acrecentada consciencia espiritual y mental sólo es posible si se sigue una dieta de alimentos vivos y naturales.

Consumir comida chatarra te mantiene aturdido y fácil de controlar, ¿ves tú? Literalmente se entromete en tu mente, entorpeciendo tus sentidos con glutamato, aspartamo y extracto de levadura. La gente que subsiste a base de comida chatarra es dócil y rápidamente pierde su capacidad de pensar por sí misma. Están de acuerdo con cualquier cosa que se les diga por televisión y con aquéllos en aparentes posiciones de autoridad, y nunca cuestionan sus acciones o lo que en realidad está ocurriendo a su alrededor o en el mundo.

Por el contrario, la gente que come alimentos naturales ¯con todos sus nutrientes curativos aún intactos¯ que aumentan la salud, comienzan a despertar sus mentes y espíritus. Con el tiempo, empiezan a cuestionar la realidad que los rodea y van a la búsqueda de tópicos más refinados, tales como comunidad, naturaleza, ética, filosofía y la visión de las cosas que están sucediendo en el mundo. Se vuelven «conscientes» y pueden empezar a ver la verdadera trama de la Matrix, por así decir.

En efecto, este es un peligro enorme para aquéllos que dirigen nuestra sociedad basada en el consumo, porque el consumo depende de una mezcla de ignorancia y sugestionabilidad. A la gente que sigue ciegamente comprando alimentos, medicamentos, seguros de salud y bienes de consumo, necesitan tenerles desconectadas las funciones cerebrales superiores. Sucede que la comida chatarra procesada y entremezclada con químicos tóxicos logra exactamente eso. ¿Por qué crees que los alimentos procesados y muertos siguen siendo la comida por defecto de escuelas públicas, hospitales y prisiones? Es porque los alimentos muertos apagan los niveles superiores de conciencia y mantienen a la gente enfocada en cualesquier distracciones con que se puedan alimentar sus cerebros: televisión, violencia, temor, deportes, sexo, etc.

Pero vivir como un zombi es, en cierto modo «normal» en la sociedad de hoy en día, porque lo está haciendo tanta gente. Pero eso no lo convierte en normal: El verdadero «normal» es alguien que está despierto, sano y apto, nutrido con alimentos vivos y que se desempeña como ciudadano independiente de un mundo libre. Comer alimentos vivos es como tomarse la píldora roja, que con el tiempo abrirá una perspectiva enteramente nueva en la trama de la realidad. Te libera para que pienses por ti mismo.

Pero comer comida chatarra procesada es como tomarse la píldora azul, que te deja atrapado en una realidad inventada, donde las experiencias vitales las inventan las empresas de productos de consumo, quienes te asaltan los sentidos con químicos diseñados para tal efecto (como el glutamato monosódico), que engañan a tu cerebro para que crea que estás comiendo comida de verdad.

Si quieres estar vivo, consciente, y tener el control de tu propia vida, come más alimentos sanos y vivos. Pero no esperes ser el favorito de los «expertos» en salud mental y nutricionistas; todos ellos están siendo programados para que consideren que estás «loco», porque no sigues sus dietas masivas a base de alimentos muertos entremezclados con químicos sintéticos.

Pero, sobre este asunto, tú y yo sabemos la verdad: nosotros somos los normales. Los consumidores de comida chatarra son los verdaderos pacientes mentales, y la única manera de despertarlos al mundo real es empezar a alimentarlos con comida viva. Algunas personas están dispuestas a tomar la píldora roja, otras no. Todo lo que puedes hacer es mostrarles la puerta. Deberán abrirla ellos mismos.

Mientras tanto, trata de evitar a los funcionarios de la salud mental que están tratando de rotularte como a alguien que tiene un trastorno mental, sólo porque prestas atención a lo que pones en tu cuerpo. No hay nada malo en evitar la presencia de azúcar refinada, soya transgénica, glutamato, aspartamo, edulcorantes artificiales y otros químicos tóxicos en el suministro de alimentos. De hecho, tu vida misma depende de eso.

Mike Adams *

* Mike Adams, es investigador de salud natural y autor de cientos de artículos, entrevistas, reportes y guías de consumo. Además de periodista independiente, es fundador de NaturalNews.com, BetterLifeGoods.com, The Consumer Wellness Center y director ejecutivo de Arial Software.

fuente: http://argentina.indymedia.org/news/2010/09/752001.php

Del enamoramiento y el amor… *

Si estás alerta, muchas cosas simplemente desaparecen; no ne­cesitas deshacerte de ellas.

En estado consciente, ciertas cosas no son posibles; Y esta es mi definición, no existe otro criterio. Si es­tás consciente no puedes enamorarte; por lo tanto, caer enamorado es un pecado. Puedes amar, pero eso no es como una caída, es como una as­censión. ¿Por qué [en inglés] se usa la expresión «caer enamorado» (falling in love)? Es una caída; estás cayendo, no estás ascendiendo. Cuando estás consciente, no es posible caer… ni si­quiera en el amor. No es posible, sim­plemente no lo es. Con la conciencia no es posible; asciendes en el amor. Y ascender en el amor es un fenómeno totalmente diferente del enamora­miento. Estar enamorado es un estado onírico. Por eso a la gente que está enamorada se le nota en los ojos; es como si estuvieran más dormidos que los demás, intoxicados, so­ñando. Se les nota en los ojos porque sus ojos tienen una ensoña­ción. Las personas que ascienden en el amor son totalmente dife­rentes. Se nota que ya no están soñando, que están afrontando la realidad y eso las hace crecer.

Al enamorarte sigues siendo un niño; al ascender en el amor, maduras y en poco tiempo, el amor deja de ser una relación; se convierte en un estado de tu ser. Entonces ya no se-puede decir que ames a este y no ames a aquel, no; simplemente, amas. Es algo que compartes con cualquiera que se acerque a ti. Ocurra lo que ocurra, tú das tu amor. Tocas una piedra y la tocas como si estuvie­ras tocando el cuerpo de tu persona amada. Miras un árbol y lo mi­ras como si miraras el rostro de tu amado. Se convierte en un esta­do del ser. No es que estés enamorado, es que eres amor. Esto es ascender, no caer.

El amor es hermoso cuando asciendes por él, y se convierte en algo sucio y feo cuando desciendes por él. Y tarde o temprano des­cubrirás que resulta venenoso, que se convierte en un cautiverio. Has quedado atrapado, tu libertad ha sido aplastada; te han cortado las alas, ya no eres libre. Al caer enamorado te conviertes en una po­sesión; tú posees y permites que alguien te posea a ti. Te conviertes en un objeto, y tratas de convertir en un objeto a la persona de la que te has enamorado.

Mira una pareja de marido y mujer. Los dos se han convertido en objetos, ya no son personas. Los dos intentan poseer al otro. Solo las cosas se pueden poseer, no las personas. ¿Cómo puedes poseer una persona? ¿Cómo puedes dominar a una persona? ¿Cómo puedes convertir a una persona en una posesión? ¡Imposible! Pero el mari­do está intentando poseer a la esposa; la esposa intenta lo mismo. Se produce un choque, y los dos acaban por convertirse básica­mente en enemigos. Son destructivos el uno para el otro.

Sucedió que el mulá Nasruddin entró en la oficina de un ce­menterio y se quejó al encargado:
-Sé que mi esposa está enterrada en este cementerio, pero no encuentro su tumba.
El encargado consultó su registro y preguntó:
-¿Cómo se llama?
-Señora del mulá Nasruddin -dijo el mulá.
El encargado volvió a mirar y dijo:
-No hay ninguna señora del mulá Nasruddin, pero sí que hay un mulá Nasruddin. Lo siento, parece que ha habido un error en el registro.
-No hay ningún error-dijo Nasruddin-. ¿Dónde está la tum­ba del mulá Nasruddin? Porque todo está a mi nombre.
¡Incluso la tumba de su mujer!

Posesión… todos se empeñan en poseer al ser amado, al aman­te. Ya no hay amor. De hecho, cuando posees a una persona, odias, destruyes, matas; eres un asesino. El amor debería dar libertad; el amor es libertad. El amor hace al ser amado cada vez más libre, el amor da alas, el amor abre la inmensidad del cielo. No puede con­vertirse en una prisión, en un encierro. Pero ese amor tú no lo co­noces, porque solo se da cuando estás despierto; esa calidad de amor solo aparece cuando hay conciencia. El amor que tú conoces es un pecado, porque se genera en el sueño.

Osho

* Titulo elegido arbitrariamente

fuente: http://argentina.indymedia.org/news/2010/09/749709.php

Carta a Pablo

París, 29 de marzo de 1845:
Soy el mismo, como antes, enemigo declarado de la realidad existente, sólo con esta diferencia: que he cesado de ser teórico, que he vencido, en fin, en mí, la metafísica y la filosofía, y que me he arrojado enteramente, con toda mi alma, en el mundo práctico, el mundo del hecho real. Créeme, amigo, la vida es bella; ahora tengo pleno derecho a decir eso, porque he cesado hace mucho de mirarla a través de las construcciones teóricas y a no conocerla más que en fantasía, porque he experimentado efectivamente muchas de sus amarguras, he sufrido mucho y he caído a menudo en la desesperación.

Yo amo, Pablo, amo apasionadamente: no sé si puedo ser amado como yo quisiera serlo, pero no desespero; sé al menos que se tiene mucha simpatía hacia mí; debo y quiero merecer el amor de aquella a quien amo, amándola religiosamente, es decir, activamente; ella está sometida a la más terrible y a la más infame esclavitud y debo libertarla combatiendo a sus opresores y encendiendo en su corazón el sentimiento de su propia dignidad, suscitando en ella el amor y la necesidad de la libertad, los instintos de la rebeldía y de la independencia, recordándole el sentimiento de su fuerza y de sus derechos.

Amar es querer la libertad, la completa independencia de otro; el primer acto del verdadero amor es la emancipación completa del objeto que se ama; no se puede amar verdaderamente más que a un ser perfectamente libre, independiente, no sólo de todos los demás, sino aun y sobre todo de aquel de quien se es amado y a quien se ama.

He ahí mi profesión de fe política, social y religiosa, he ahí el sentido íntimo, no sólo de mis actos y de mis tendencias políticas, sino también, en tanto que puedo, el de mi existencia particular e individual; porque el tiempo en que podrían ser separados esos dos géneros de acción está muy lejos de nosotros; ahora el hombre quiere la libertad en todas las acepciones y en todas las aplicaciones de esa palabra, o bien no la quiere de ningún modo; querer la dependencia de aquel a quien se ama es amar una cosa y no un ser humano, porque no se distingue el ser humano de la cosa más que por la libertad; y si el amor implicase también la dependencia, sería lo más peligroso e infame del mundo, porque sería entonces una fuente inagotable de esclavitud y de embrutecimiento para la humanidad.

Todo lo que emancipa a los hombres, todo lo que, al hacerlos volver a sí mismos, suscita en ellos el principio de su vida propia, de su actividad original y realmente independiente, todo lo que les da la fuerza para ser ellos mismos, es verdad; todo el resto es falso, liberticida, absurdo. Emancipar al hombre, he ahí la única influencia legítima y bienhechora.

Abajo todos los dogmas religiosos y filosóficos –no son más que mentiras–; la verdad no es una teoría, sino un hecho; la vida misma es la comunidad de hombres libres e independientes, es la santa unidad del amor que brota de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad individual.

Mijail Bakunin

Fuente: “El amor libre: la revolución sexual de los anarquistas”, Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1973.

fuente: http://argentina.indymedia.org/news/2010/09/749697.php

Esperar lo inesperado *

El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas, el XVIII el de la física y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del Miedo.

“Se me dirá que el miedo no es una ciencia. Sin embargo, la ciencia tiene una utilidad, aun cuando sus avances teóricos más recientes la hayan llevado a la propia negación y sus perfeccionamientos técnicos amenacen con destruir la Tierra entera. Si el miedo mismo no puede ser considerado como una ciencia, no hay duda de que sea entonces una técnica”, escribía Albert Camus en 1948. Por mi parte añadiría que desde entonces el miedo ha devenido, si no un Arte, un arte contemporáneo de la destrucción mutua asegurada, en todo caso sí una cultura dominante.

En efecto, desde los siglos XVIII y XIX, la historia ha conocido una escalada de los extremos en la cual Clausewitz se hizo el analista de la guerra. Este crescendo, que llegaría al equilibrio del terror entre el Este y el Oeste a lo largo del siglo xx, no se le ha dado su justo valor con relación a la paz, a esta paz de disuasión que hoy sostiene la cultura mediático-masiva en su totalidad.

De hecho, de un arte otrora sustancial caracterizado por la arquitectura, la música, la escultura y la pintura, la época postmoderna progresivamente ha derivado en un arte puramente accidental que la crisis de la arquitectura del mundo contemporáneo prácticamente ha hecho coincidir con la crisis de la música sinfónica. Estas derivaciones han acompañado el surgimiento prodigioso no sólo de la foto-cinematografía y de la radiofonía, sino sobre todo de la televisión (audiovisual), la cual finalmente ha subvertido todas las formas de la representación artística, gracias a esta repentina presentación en la que el tiempo real la sobrepone definitivamente al espacio real de las obras mayores, tanto de la literatura como de las artes plásticas.

Si, según Hegel, “la filosofía es una época puesta en ideas”, hay que decirlo: la idea fija del siglo XX ha sido la de la aceleración de la realidad y no sólo la de la historia, denunciada por Daniel Halévy en 1947.

Velocidad y política ayer, con el futurismo, el fascismo y el turbo-capitalismo del mercado único; de ahora en adelante, velocidad y cultura de masas. Si “el tiempo es oro”, la velocidad-luz de la ubicuidad mediática se ha convertido en el poder de atemorizar a las hordas subyugadas.

Al inicio mismo del siglo XXI la principal cuestión política no es la de la guerra fría y su debacle olvidada, sino la de la emergencia de este pánico frío donde el terrorismo, en todas sus formas, no es sino sólo uno de sus síntomas.

Igual que el terror incontrolable, el pánico es irracional, y su carácter tan a menudo colectivo revela claramente su propensión a devenir, tarde o temprano, un hecho social total.

Por su repetición (a menudo programada), los trastornos pánicos de una población se vinculan a los fenómenos de la expectación, a la ansiedad de una depresión frecuentemente embozada en los hábitos de la vida cotidiana. Lo que denomino “frío pánico” se relaciona con este horizonte de expectación de una angustia colectiva, en el cual uno se afana en esperar lo inesperado en un estado de neurosis que demerita toda vitalidad intersubjetiva y que desemboca fatalmente en un estado de disuasión civil, la joya lamentable de la disuasión militar entre las naciones.

“Obedecer a ojos cerrados es el comienzo del pánico”, constataba ya en 1953 Maurice Merleau-Ponty. “En este mundo donde el desmentido y las pasiones morosas tienen rango de certidumbre, uno lo que menos procura es mirar”.

Ilustraciones de Sergio Bordón

Enunciado por el fenomenólogo de la percepción, este atestado cobraba valor de advertencia en un periodo de la historia que se comprometía no con un minuto, ¡sino con un siglo de falta de atención!

Con la “teleobjetividad”, nuestros ojos no sólo quedan cerrados por la pantalla catódica, sino sobre todo porque ya no intentamos mirar, ver alrededor, ni siquiera frente a nosotros, sino únicamente allende el horizonte de las apariencias objetivas, y es esta fatal falta de atención lo que provoca la espera de lo inesperado; paradójica espera compuesta a la vez de la avaricia y de la ansiedad que el filósofo de lo visible llamaba pánico.

Pero este término compuesto trae consigo otra categoría de la época del discurso inaugural de Merleau-Ponty: la disuasión. Si el siglo XX es el siglo del miedo, lo es igualmente de la disuasión atómica que, en el transcurso de los años 1950-1960, instala esta técnica del “equilibrio del terror” y hace decir a Albert Camus: “El largo diálogo de los hombres se acaba de detener. Un hombre que no puede ser persuadido es un hombre que tiene miedo.”

Al abundar en esta evidencia, el futuro premio Nobel agrega: “Es así que al lado de gente que ha dejado de hablar, se instaló y se instala aún, una inmensa conspiración de silencio, aceptada por aquellos que tiemblan y provocada por esos otros interesados en suscitarla: no se debe hablar de la purga de los artistas en Rusia porque de ello se beneficiaría la reacción. Ya decía yo que el miedo es una técnica.”

Es así que a la mitad de un siglo impío, la técnica del pánico desembocaba en el arte de la disuasión, no sólo estratégica sino también política y cultural, entre el Este y el Oeste de un mundo amenazado de extinción. Ese “mundo donde el desmentido y las pasiones morosas tienen rango de certidumbre”, ese que algunos bien pensantes, junto con Sartre, llamaron “de compromiso”. El mundo del arte contemporáneo que desde el “realismo socialista” a su tiempo iría a derivar en esta “cultura pop” y en el realismo de un mercado del arte que señorea el comienzo del tercer milenio.

A final de cuentas, todo comenzó cuando los pintores abandonaron el estudio del motivo y acudieron a sus talleres como en la época del clasicismo académico.

Después del impresionismo o, más exactamente, después de la primera guerra mundial, el arte moderno fue enmarcado en el pánico que azoraba a la Europa expresionista y que, después del dadaísmo, vio surgir el surrealismo. Podríamos extender esta rápida valoración del desastre a la filosofía europea: el descrédito de la fenomenología, la desaparición de Husserl y el éxito del existencialismo, este período articulador que surgió entre las dos guerras mundiales y encontró su consagración en los años de 1950 antes evocados con el fin del diálogo entre los hombres y sobre todo con el olvido: la pérdida de la empatía no sólo respecto al otro, sino respecto de un entorno humano desertificado por la aniquilación de esas incursiones aéreas que, de Guernica a Hiroshima, pasando por Coventry, Dresden o Nagasaki, desorientaron nuestra visión del mundo; que extraviaron la percepción a posteriori que vinculaba, desde hace dos mil años, el conjunto de la cultura occidental.

Pero, además de esta “aeropolítica” de una exterminación masiva de ciudades que pondrá fin a la geopolítica continental –desprendimiento de retina de una cultura que ya anticipa la desterritorialización económica de la globalización–, se debe señalar también la repentina multiplicación, desde el siglo XIX con el progreso de la astronomía popular cara a Camille Flammarion, de los telescopios que habrían de prefigurar la modificación del punto de vista ocasionado por el surgimiento de la televisión doméstica, ella misma favorecida en el transcurso del siglo XX por el lanzamiento de los satélites de comunicación.

Ver sin ir a ver. Percibir sin verdaderamente estar… Todo ello subvertiría el conjunto de los diversos fenómenos de representación plástica o teatral, y hasta la democracia representativa, ella misma amenazada por los medios de comunicación que modelarían la democracia estandarizada de la opinión pública, esperando confluir con la democracia sincronizada de la emoción pública que arruinará el frágil equilibrio de sociedades, por decirlo así, emancipadas de la presencia real.

En un mundo de desmentido y de disuasión general, a partir de lo cual se busca más ver que ser visto en ese preciso instante, ante la aceleración de una realidad común que no sólo nos rebasa de manera tiránica, sino que sobrepasa literalmente toda evaluación objetiva y, por lo tanto, todo entendimiento, quien dice “Gran Óptica” transhorizontal dice también “Gran Pánico” transpolítico.

En un depósito de cadáveres, Maurizio Cattelan, quien se dice “artista por acaso”, declara: “He manipulado muertos y he percibido su distancia, su sordera impenetrable. Gran parte de lo que he hecho después proviene de esta distancia.”

Después de la cuestión de la ausencia de un plazo en el cual realizar la instantaneidad, volvemos a encontrar la cuestión de la distancia respecto a la ubicuidad, pero en una perspectiva inversa: lo que cuenta a partir de ahora ya no es el punto de fuga en el espacio real de una escena o de un paisaje, sino sólo la fuga ante la muerte y su punto de interrogación en una dimensión de tiempo real en el que la pantalla catódica usa y abusa de lo directo, “la muerte en directo” y su cortejo de desastres en repetición.

Así, tras la abstracción, el monocromatismo de un Yves Klein y el advenimiento de una pintura sin imagen, cuando ya nada nos puede alcanzar, nada nos puede tocar verdaderamente, uno ya no espera el hallazgo del genio, la sorpresa de la originalidad, sino únicamente el accidente, la catástrofe del fin. De allí la influencia secreta, desde el expresionismo (alemán) o el accionismo (vienés), del terrorismo, como si Jerónimo Bosch y Goya convalidasen los excesos del crimen.

Hagamos notar que a finales de 2004 se abría, en la Kunstwerke de Berlín, la severamente criticada muestra De la representación del terror: la exposición raf”, en la que el concepto era, sobre la base de las obras de tres generaciones de artistas: Joseph Beuys, Sigmar Polke, Gerhard Richter, Martin Klippen Berger y Hans Peter Feldman, la denuncia del autoproclamado mito de la Rote Armee Fraktion (Facción del Ejército Rojo), en las que la danza macabra alineaba los nombres, los rostros y los cuerpos de los terroristas con los de sus víctimas… Extraño procedimiento que recuerda singularmente la puesta en repetición de las secuencias televisivas.

De hecho, el “dolorismo” del arte contemporáneo proviene de la profanación ya no del arte sacro de los orígenes, sino más bien del arte profano de la modernidad, ese momento (crítico) en el que la re-presentación cede a la ilusión lírica de una simple y pura presentación. Donde “el arte por el arte” desaparece ante este arte total de la teleobjetividad multimediática, sucesora de los artificios de un séptimo arte (cinematográfico) que pretendía contener las otras seis.

He aquí esta obscenidad de la ubicuidad en la que el academicismo “postmoderno” sobrepasa a todas las vanguardias, con excepción de la correspondiente a un terrorismo de masas, en la cual la serie televisada actualiza el hecho en lugar y a costa de los actos de la tragedia antigua.

Se impone aquí un paralelo entre el ateísmo de la postmodernidad, suerte de deidad laica, que se añade “reemplazando lo que destruye y que comienza por destruir aquello que reemplaza” y el ateísmo de la profanación del arte moderno en beneficio exclusivo de un culto del reemplazo, que posee todas las características del iluminismo –ya no el de la revolución enciclopedista de las Luces, sino el de una revelación multimediática que extermina toda reflexión representativa en favor de un reflejo pánico para un individuo en quien el relativismo (ético y estético) desaparece de repente ante ese virtualismo de sustitución del mundo actual de los hechos y de los sucesos revelados.

Si, hoy en día, el teólogo discute un “ateísmo que pretende suprimir hasta el problema que había hecho surgir a Dios en la conciencia”, el crítico de arte contemporáneo debate sobre un “antropoteísmo” que habría de suprimir, hasta el origen del arte moderno, su libre expresión ya no figurativa como ayer, sino geográfica y pictórica (de donde resulta la prohibición iconoclasta de los cuadros en numerosas galerías de arte).

A finales del siglo pasado, Karol Wojtyla declaraba: “El problema de la iglesia universal es encontrar cómo hacerse visible.” Al inicio del tercer milenio este problema es extensivo a toda representación.

“Estamos doquiera que ustedes miran. Todo el tiempo y en todo el mundo.” Este eslogan publicitario de la agencia Corbis, fundada en 1989 por Bill Gates con el afán de monopolizar la imagen fotográfica, ilustra el gran pánico de las representaciones en la era de la dilatación escópica.

Si, para unos, el objetivo es ver todo pero también poseer todo, para los anónimos de la multitud la pretensión es solamente ser vistos.

Cuando uno se entera de que esta agencia reúne los archivos fotográficos de los museos más prestigiosos, se imagina la importancia reciente de su presentación en tiempo real y el discreto descrédito de las obras reales.

Lo que no había confluido todavía con la reproducción industrial de las imágenes por Walter Benjamín, literalmente explota con la “Gran Óptica” de las cámaras en internet. La televigilancia deviene la vigilancia a distancia del arte mismo.

Ante esta aceleración de la realidad, el nuevo telescopio ya no observa la expansión del universo, el Big Bang y sus nebulosas distantes, sino el estallido terrenal de la esfera de las apariencias sensibles, de los datos a la vista en el instante de la mirada.

He aquí la revelación multimediática que sobrepasa la enciclopédica revolución de las Luces; he aquí este “iluminismo” de las telecomunicaciones que suprime el icono pictórico, pero también la importancia crucial de lo percibido de visu e in situ, para beneficio exclusivo de una cobertura en directo del campo perceptivo.

“En un universo digitalizado, ofrecemos soluciones visuales creativas. El objetivo es para nosotros dar a un mensaje el más fuerte impacto posible”, dice Steve Davis, director de la agencia Corbis.

Uno entiende mejor, entonces, la intención de la creación visual/audiovisual, de la puesta en repetición de las secuencias pánicas del terrorismo o de las catástrofes naturales o industriales, ese replay del que abusan sistemáticamente las cadenas de televisión, ese deporte de contacto que lucha contra la apatía de un telespectador que no espera sino lo inesperado para salir un poco de su letargo, de esa falta de atención que ha reemplazado en él la vigilia y sobre todo el interés práctico por todo lo que sucede en su entorno inmediato. ¿Cómo sorprenderse; cómo, en última instancia, escandalizarse de la agresividad de una violencia convertida en costumbre en todos los niveles de la sociedad, cuando la empatía misma, hermana gemela de la simpatía por el prójimo, ha desaparecido del horizonte al mismo tiempo que la fenomenología de la que era núcleo?

Demasiado impresionista sin duda. ¿Tal vez poco motivante para suscitar la acción? Desde entonces el “espectáculo vivo” reemplazó a la danza y al teatro.

En el origen, el término empatía poseía el sentido primigenio de tocar y remitir al contacto físico con los objetos sensibles. Con Edmund Husserl el término habría de designar el esfuerzo de percibir y asir la realidad que nos rodea en todos sus fenómenos, en todas las formas en las que ésta se manifiesta. De allí la importancia, a principios del siglo XX, de la obra clave de Worringer: Abstraktion und Einfühlung (Abstracción y empatía).

Uno entiende a qué punto hoy la teleobjetividad nos hace perder este contacto inmediato y este tacto que favorecía no sólo la civilidad de las costumbres, sino toda la “civilización”, en beneficio del impacto de un terror creciente; este terror que bien puede tanto enmudecer como enceguecer, y del cual uno de los sobrevivientes del bombardeo de Hamburgo en 1943 debió reconocer con amargura: “Fue entonces que fui iniciado en el conocimiento de que mirar es padecer y de inmediato fui incapaz de mirar y de ser mirado.”

¡He aquí, pues, este pánico a ojos cerrados señalado por Merleau-Ponty al inicio de la era de la Gran Disuasión!

Pero en este inicio del nuevo milenio, donde el desempeño de la comunicación instantánea suplanta la sustancia de la obra, de todas las obras –pictóricas, teatrales, musicales–, donde la analogía desaparece ante las proezas de la digitalización, el Gran Pánico es el de un arte contemporáneo del desastre de las representaciones, de las malformaciones de una percepción telescópica donde la imagen instrumental caza, una tras otra, nuestras últimas imágenes mentales.

Paul Virilio

* Fragmento del libro L’Art à perte de vue,  París, Galilée, 2005.
Traducción de Andrés Ordóñez

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fuente: http://caosmosis.acracia.net/?p=491

(libro) La última noche de la humanidad

La Última Noche de la Humanidad, de El Periférico de Objetos, revista que refleja lo que es el espectáculo coproducido por el Wiener Festwochen (Austria).

Por Emilio Garcia Wehbi Y Ana Alvarado (a partir del universo de Karl Kraus)

“El momento de sobrevivir es el momento del poder. El espanto ante la visión de la muerte se disuelve en satisfacción pues no es uno mismo el muerto. Este yace, el superviviente está de pie. Es como si hubiese antecedido en un combate y como si uno mismo hubiese derribado al muerto. En el sobrevivir cada uno es enemigo del otro; comparado con este triunfo elemental todo dolor es poca cosa. Es importante sin embargo que el superviviente esté solo ante uno o varios muertos. Se ve solo, se siente solo y, cuando se habla del poder que este momento le confiere, nunca debe olvidarse que deriva de su unicidad y sólo de ella… La forma más baja de la supervivencia es la del pactar… Así como se ha matado al animal que se uno se alimenta – que yace indefenso ante uno y se puede cortar en trozos y repartirlo como presa que uno incorpora a sí y a los suyos , así tambien el hombre quiere matar al hombre que se interpone en su propio camino, que se le opone, que se yergue ante él como enemigo. Le quiere derribar para sentir que él aún existe y el otro ya no. Pero no debe desaparecer eternamente: su presencia como cadáver es indispensable para lograr este sentimiento de triunfo. Ahora sí puede hacer con él lo que quiera, mientras que a él no le puede hacer nada. Está tendido, permanecerá siempre tendido: nunca volverá a levantarse. Le puede quitar su arma; puede recortarle partes del cuerpo y conservarla para siempre como trofeos. Este momento de la confrontación con que ha sido muerto colma al superviviente de una fuerza muy particular que no es comparable con ninguna otra. No hay instante que exija con tanta fuerza su repetición.” Elias Canetti, de Masa y Poder (1960)

Información sobre la obra de teatro http://www.alternativateatral.com/obra1767-la-ultima-noche-de-la-humanidad

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