Cuerpos y toxinas

(…) Nuestras prácticas corporales están dirigidas a cuestionar ideas preestablecidas sobre la salud, la normalidad y la felicidad de los seres que nos consultan. Los poderes políticos siempre han usado técnicas corporales de dominación más duras o más blandas: guerras, discriminación, propagandas, modos de trabajo y producción, discursos científicos, etc.

Castoriadis planteaba que las representaciones imaginarias de la sociedad son producciones que le dan identidad y cohesión; también aquellas que pueden ser vistas como monstruosas, detestables o tóxicas. Es así que un “chivo emisario” ha podido unir a las masas en manifestaciones de odio, incluso crueldad.

Asistimos en las últimas décadas a una multiplicación de las luchas en este plano, el de las creencias. Las ideas son discutibles, analizables, los argumentos se trabajan pero las creencias se in-corporan, son viscerales, no se piensan, se actúan. Más bien una creencia nos domina, impulsándonos a hacer y decir, dando por cierto cuestiones que no nos detenemos a reflexionar; las damos por verdades y punto. En este sentido podemos decir que las certezas ideológicas actúan en el cuerpo social al modo de un veneno, que va invadiendo de a poco, contaminando las conciencias, una sustancia tóxica que nos va tomando impidiendo los interrogantes.

Así pasó en la Alemania de Hitler, en la dictadura del ’76 que casi sin cuestionamientos nos llevó a una triste guerra por Malvinas. Así en Medio Oriente los fanatismos religiosos se cobran víctimas. Así en la historia del mundo, muchas veces, la razón fue desplazada por la pasión. No toda pasión nos cuida.

¿Qué es lo tóxico?

Lo tóxico es generalmente una sustancia, droga o pócima que produce daño, que lastima. El organismo humano utiliza mecanismos fisiológicos al servicio de aliviarse de lo que lo deteriora, lo ensucia; desde esos reflejos automáticos (vomitar, excretar, cerrar los ojos ante el excesivo resplandor) hasta otros que incluyen a varios sistemas u órganos para reconocer y eliminar lo que daña o irrita. En general, todos los procesos del enfermar y del curar tienen que ver con el trabajo de lo tóxico sobre uno y de uno sobre lo tóxico. Las “idishes mames” de todo origen son esos seres expertos en tés con limón, calditos de pollo, baños tibios y otros secretos para paliar malestares, dolores y descomposturas.

Pero si pensamos en el cuerpo ya no es tan sencillo definir qué es lo tóxico ni que relaciones establecemos con lo perjudicial. Lo corporal se construye en nuestra historia vincular. libidinal (quiero decir amorosa, con objetos que son personas, otros, ¡qué problema!). Lo corporal se realiza en un mundo de cultura, donde los valores y costumbres imperantes ordenan, socializan, “disciplinan” el cuerpo. Lo corporal es también imaginación sobre el organismo, creatividad, invención continua… Lo corporal es psiquismo en actividad, en constante producción.

Diversos autores (Freud, Reich, Lowen, etc.) utilizan como metáfora la imagen de la ameba, para pensar a la persona como totalidad o al psiquismo en sus inicios. Coinciden, en imaginar ese organismo, origen de lo vital, dentro de un ambiente. Esta vitalidad adquiere dos movimientos fundamentales en relación a ese entorno: uno de expansión hacia lo útil, y otro de contracción frente a lo hostil, dañino o tóxico. Asimilación y evacuación, las primeras tareas biológicas de las células, adquieren una complejidad y multiplicidad muy grandes si las pensamos desde los procesos psíquicos originados en la vulnerabilidad inicial de un ser humano: la célula reacciona a un ambiente químico, climático, con texturas, espacios y tiempos bastante previstos por la naturaleza; el bebé responde a miradas que aprueban o rechazan, a brazos que pueden sostener o dejar caer, a voces que a veces canturrean y a veces gritan… La cosa se complica tanto desde un lado (célula-bebé),como del otro (ambiente-madre-cultura).

Freud ya en sus textos tempranos explica como el psiquismo se va construyendo en el eje placer-displacer; en esta tarea de acercarse a lo placentero y huir del displacer, o de lo peligroso. Se organizan así espacio psíquicos, sistemas de defensa, producciones conscientes e inconscientes.

Wilhelm Reich en su clásico libro “La función del orgasmo”, analiza las condiciones en que la energía vegetativa se transforma en ira, angustia o temor. Investiga el funcionamiento del sistema nervioso autónomo en sus acciones simpática y parasimpática, la neurología y sus efectos condicionando las reacciones biológicas; el impacto del stress y las emociones sobre los órganos:
“Examinando detalladamente la complicada inervación de los órganos encontramos que el parasimpático opera dondequiera haya expansión, elongación, hiperemia, turgencia y placer. A la inversa, el simpático se encuentra funcionando dondequiera el organismo se contrae, retira sangre de la periferia, donde hay palidez, angustia o dolor”.

Estos funcionamientos de nivel fisiológico se experimentan a nivel psíquico como placer o displacer. Reich ha sido un autor muy cuestionado, pero no es es necesario estar de acuerdo con todas sus manifestaciones ni experimentos para reconocerle una gran coherencia y honestidad intelectual. Fue uno de los primeros en tratar de superar la disociación cuerpo-mente y de afirmar una unidad funcional y a la vez antitética del organismos total.

Es en el juego de deseos y evasiones, de cargas y descargas como se va haciendo cuerpo en la vida, porque la forma de huir de lo que nos intoxica en lo corporal es transformar las cantidades de estímulo en calidad, imagen, ideas, sueños, síntomas, representaciones: traducimos la biología a una poética del cuerpo, somos a la vez personajes y autores del cuento de nuestras vivencias corporales.

“La hipocresía mata tanto como la sustancia” Lo dijo hace pocas semanas Félix Crous (titular de la Procuraduría Adjunta de Nacrocriminalidad), a raíz de la tragedia en una fiesta electrónica donde se intoxicaron varios jóvenes. Consumo de drogas sí, pero también desidia, mercantilismo y descuido. Hipocresía de los responsables.

Lo que llamamos “realidad” tiene también sus cuestiones tóxicas, envenenamientos en el trabajo, en la familia, en las noticias. Los medios. La manipulación de la información. ¿Será que una noticia me puede envenenar? ¿Será que una creencia puede anular mis capacidades de percibir, de pensar libremente? ¿Será que hay algo en los seres humanos que nos hace neuróticamente vulnerables a la mentira y al engaño?

Hace varios siglos atrás, en Amsterdam, el filósofo Baruj Spinoza nos legó sus ideas que hoy son plenas de sentido: para él no nacemos libres, ni sabios. Somos seres que estamos a merced de nuestros encuentros, con cosas, con personas. Hay encuentros que me potencian, me hacen bien, me convienen; otros en cambio, me afectan negativamente, disminuyen mis capacidades de actuar. Mis conocimientos provienen de mis experiencias, de la experiencia de mis capacidades, qué puedo, qué me afecta en beneficio, qué me causa dolor. Haré según mi capacidad. Lograremos un saber según nuestras experiencias en relación a otros cuerpos, aprenderemos cuáles de esas relaciones me constituyen, pertenecen a mi esencia, potencian mis capacidades.

Y cuáles son relaciones que me descomponen, qué me producen tristeza. Hay relaciones que envenenan, dice Spinoza. Ya que alteran mis relaciones esenciales. Y toma un ejemplo antiguo y le cambia el sentido de un modo genial: Adán y la manzana, considerado por las lecturas religiosas como el primer pecado y la primera prohibición, dice Spinoza que dios no prohíbe nada, le otorga a Adán una revelación, le ofrece un conocimiento., advirtiéndole el efecto nocivo que comer la manzana de ese árbol tendría sobre su cuerpo: la manzana es un veneno para Adán, descompondrá sus relaciones esenciales, transformando sus vínculos con la naturaleza y con los otros seres.

No hay culpa en este señalamiento, el “mal” es para Spinoza aquello que me descompone, el trabajo de la Razón será ir comprendiendo esos efectos y buscar lo que simplemente “me haga bien”, me potencie, me dé alegría. Spinoza avanza aún más. Nos dice que el ejercicio del Poder se acompaña de la necesidad de inspirar en los súbditos las pasiones de tristeza. En esto se asemeja al déspota, el tirano y el sacerdote que imparte un dogma. Necesitan seres sumisos, tristes en el sentido de haber suprimido sus potencias de acción.

Para el psiquismo, la palabra puede envenenar. Para lo social, también. Hay grados de toxicidad que no ayudan a hacer-cuerpo: una pérdida significativa, una situación no comprendida, un episodio no hablado, una vivencia excesivamente fuerte para el ser en construcción, pueden permanecer como un “cuerpo extraño” difícil de eliminar. El miedo, la mentira, la violencia, lo que interrumpa el ritmo espontáneo del vivir aparecerán sin duda, en la clínica corporal como inhibiciones serias, limitaciones de movimiento o un exceso desordenado y ansioso.

La falta de un cuerpo político social, de un cuerpo-estado que sostenga y estimule el desarrollo puede aparecer como una sombra oscura que amenaza cada proyecto con el veneno de la depresión o con el sentimiento de debilidad corporal y poca energía: ahogos, sofocos de angustia, opresiones en el pecho, en la garganta serán expresiones de lo que no se pudo “drenar” de otra manera. El dolor, la soledad o la confusión pueden ser intolerables, destruyendo lazos con el cuerpo, disociando lo mental, perdiendo el anclaje en la realidad compartida.

No será fácil para el terapeuta acompañar ese proceso, entrar en ese dolor, “prestar” cuerpo y palabras que ayuden a filtrar lo enquistado: tal vez tenga que hacer un continuo “ejercicio” de contactar y tomar distancia, alojar lo tóxico y buscar más que eliminarlo, disolverlo. Que los cuerpos puedan reapropiarse de sus capacidades.

Mónica Groisman*

* Licenciada en Sociología, Terapeuta Corporal y Psicoanalista.

Artículo publicado en revista Kiné, año 25, Nº 122, junio-agosto 2016, Buenos Aires, Argentina. http://www.revistakine.com.ar/sum25.html

texto en PDF

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

10 razones para decir no a los transgénicos

Los promotores de los transgénicos (organismos genéticamente transformados = OGT), prometen que éstos serán más nutritivos, aumentarán las cosechas y disminuirán el uso de químicos, y por ello, son la solución para el hambre en el mundo. Deberíamos, nos dicen, aceptar los riesgos que conllevan, ya que todas las tecnologías tienen riesgos y siempre hay quienes no comprenden la ciencia y se resisten a los cambios.

La realidad de los transgénicos nos muestra que no cumplen con ninguna de estas promesas. Por el contrario, producen menos, usan más químicos, generan nuevos problemas ambientales y de salud, crean más desempleo y marginación, concentran la propiedad de la tierra, contaminan cultivos esenciales de las economías y las culturas, como el maíz, aumentan la dependencia económica y son un atentado a la soberanía.

1. La ingeniería genética se basa en más incertidumbres que conocimientos

Los transgénicos son organismos a los que se les ha insertado material genético, generalmente de otras especies, por métodos que jamás podrían ocurrir en la naturaleza.

Estudios recientes, aparecidos en publicaciones científicas (1) postulan que los dogmas centrales de la genética desde la década de 1950, podrían estar fundamentalmente equivocados. Lo grave es que sobre este dogma central ¿equivocado? se están produciendo a gran escala organismos transgénicos que van a parar a nuestros alimentos, medicinas y a la biodiversidad circundante.

La tecnología de la ingeniería genética tiene tantas incertidumbres y efectos colaterales impredecibles, que no podría llamarse ingeniería ni tecnología. Es como construir un puente tirando bloques de una orilla a la otra, esperando que caigan en el lugar correcto. Durante el proceso aparecen todo tipo de efectos inesperados y los dueños de esta obra, aseguran que no hay evidencias de que tengan impactos negativos sobre la salud o el medio ambiente, y que los que los cuestionan no son científicos. La realidad es peor, porque los transgénicos no son inertes, sino organismos vivos que se reproducen en el ambiente, fuera de control de los que los han creado.

2. Conllevan riesgos para la salud

Si usted fuera a una tienda y viera un anuncio de galletas que dice “no hay pruebas de que sean malas para la salud”, ¿las compraría? Yo no. Y creo que nadie más. Por supuesto, la industria biotecnológica no está buscando estas pruebas. Científicos independientes, como el Dr. Terje Traavik de Noruega, han encontrado en 2004 resultados alarmantes: alergias en campesinos debido a que inhalaron polen de maíz transgénico (2).

Pero la verdadera Caja de Pandora, son los efectos impredecibles: ni los que construyen transgénicos saben qué efectos pueden tener en la salud humana y animal, al recombinarse, por ejemplo, con nuestras propias bacterias o ante la posibilidad de que nuestros órganos incorporen parte de estos transgénicos, como ya ha sucedido en pulmones, hígado y riñones de ratas y conejos. (3)

3. Tienen impactos sobre el medioambiente y los cultivos

No hay casi estudios sobre los impactos en los cultivos y en el medioambiente. Sin embargo, es claro y tristemente demostrado con la contaminación transgénica del maíz en México, que una vez que los transgénicos sean liberados, contaminarán los demás cultivos, por polen, viento e insectos. Los cultivos insecticidas pueden afectar a otras especies que no son plaga de los cultivos,tal como se comprobó que el polen de maíz Bt afecta a las mariposas Monarca— y en países de gran biodiversidad, los riesgos se multiplican.

En varias de las plantas de maíz contaminadas que se han descubierto en México, se notaron deformaciones.

4. No solucionan el hambre en el mundo: la aumentan

Según los promotores de los transgénicos, deberíamos aceptar todos estos riesgos, porque necesitamos más alimentos para la creciente población mundial. Pero la producción de alimentos no es la causa del hambre en el mundo. Actualmente se producen el equivalente a 3,500 calorías diarias por habitante del planeta: cerca de 2 kilos diarios de alimentos por persona, lo suficiente para hacernos a todos obesos. (4) El hambre en el mundo no es un problema tecnológico. Es un problema de injusticia social y desequilibrio en la distribución de los alimentos y la tierra para sembrarlos. Los transgénicos aumentan estos problemas.

5. Cuestan más, rinden menos, usan más químicos

Desde que Estados Unidos comenzó con los transgénicos en 1996, el uso de agroquímicos aumentó en 23 millones de kilos.

Los cultivos transgénicos también producen menos. El cultivo más extendido, que es la soya tolerante a herbicidas (61% del volumen de transgénicos en el mundo) produce entre de 5 a 10% menos que la soya no transgénica. (5)

Las semillas transgénicas son más caras que las convencionales. Esto hace que en algunos casos, aún cuando provisoriamente haya un pequeño aumento de producción, éste no compensa el gasto extra en semilla. La industria biotecnológica arguye que esto no puede ser verdad (¡aunque lo sea!), porque entonces los agricultores estadunidenses no usarían estas semillas. Lo cierto es que la mayoría no pueden elegir, ya no tienen sus propias semillas, hay falta de opciones en el mercado y tienen fuertes ataduras con las multinacionales semilleras.

6. Son un ataque a la soberanía

Prácticamente todos los cultivos transgénicos en el mundo están en manos de cinco empresas transnacionales. Son Monsanto, Syngenta (Novartis + AstraZeneca), Dupont, Bayer (Aventis) y Dow. Monsanto sola controla más de 90% de las ventas de agrotransgénicos. Las mismas empresas controlan la venta de semillas y son las mayores productoras de agrotóxicos. (6) Lo cual explica porqué más de las tres cuartas partes de los transgénicos que se producen en realidad —no en la propaganda— son tolerantes a herbicidas y aumentan el uso neto de agrotóxicos.

Aceptar la producción de transgénicos significa entregar a los agricultores, de manos atadas, a las pocas transnacionales que dominan el negocio y enajenar la soberanía alimentaria de los países.

7. Privatizan la vida

Todos los transgénicos están patentados, la mayoría en manos de las mismas empresas que los producen. Esto significa un atentado ético, en tanto son patentes sobre seres vivos, y además son una violación flagrante a los llamados “Derechos de los Agricultores” reconocidos en Naciones Unidas como el derecho de todos los agricultores a guardar su semilla para la próxima cosecha. Las patenten impiden esto y obligan a los agricultores a comprar semillas nuevas cada año. Si no lo hacen, se convierten en delicuentes. Las empresas multinacionales de transgénicos tienen iniciados cientos de juicios a campesinos de Norteamérica, por “uso indebido de patente”.

8. Lo que viene: semillas suicidas y cultivos tóxicos

La próxima generación de transgénicos incluye cultivos manipulados para producir sustancias no comestibles como plásticos, espermicidas, abortivos, vacunas. En Estados Unidos hay más de 300 experimentos secretos (pero legales) de producción transgénica de sustancias no comestibles en cultivos: fundamentalmente en maíz. Se nombra la producción de vacunas en plantas como si esto fuera algo positivo: ¿pero qué sucedería con estos farmacultivos si se colaran inadvertidamente en la cadena alimentaria? La mayoría de nosotros ha sido vacunado contra algunas enfermedades -¿pero se vacunaría usted todos los días? ¿qué efectos tendría esto?. Ya se han producido escapes accidentales de estos cultivos.

En México, la siembra de maíz transgénico está prohibida y sin embargo desde el 2001 se ha encontrado contaminación del maíz campesino en varios estados de la república, al Norte, Centro y Sur del país (7). ¿Cómo sabremos que no sucederá con estos maíces? ¿Quién lo va a controlar, si las propias autoridades de la Secretaría de Agricultura firmaron en noviembre del 2003 un acuerdo con Estados Unidos y Canadá que les autoriza hasta un cinco por ciento de contaminación transgénica en cada cargamento de maíz importado que entra a México?

Las empresas que producen transgénicos están desarrollando diversos tipos de la tecnología “Terminator”, para hacer semillas “suicidas” y obligar a comprarlas para cada siembra.

9. La coexistencia no es posible ni el control tampoco

Tarde o temprano, los cultivos transgénicos contaminarán todos los demás y llegarán al consumo, sea en los campos o en el proceso post-cosecha. Según un informe de febrero 2004 de la Unión de Científicos Preocupados de Estados Unidos, un mínimo de 50 por ciento de las semillas de maíz y soya, de ese país que no eran transgénicas, están contaminadas. El New York Times (1-3-04) comentó sobre esto “Contaminar las variedades de cultivos tradicionales es contaminar el reservorio genético de las plantas de las que ha dependido la humanidad en gran parte de su historia. (…) El ejemplo más grave es la contaminación del maíz en México. La escala del experimento en el que se ha embarcado a este país —y los efectos potenciales sobre el medio ambiente, la cadena alimentaria y la pureza de las semillas tradicionales— demanda vigilancia en la misma escala”.

Para detectar si hay transgénicos, dependemos de que la propia empresa que los produce nos entregue la información, cosa que son renuentes a hacer, y por la que ponen altos costos que cargan a las víctimas de la contaminación. “Casualmente”, luego de que se han sucedido los escándalos de contaminación, se ha hecho cada vez más difícil detectarlos.(8)

10. Ataque al corazón de las culturas

La contaminación del maíz en México, su centro de origen, concentra todos los problemas que describimos hasta aquí, pero además es un ataque violento al corazón mismo de las culturas mexicanas: a su vasta cultura culinaria y los mil usos que se le dan al maíz, a sus economías campesinas, a las bases de la autonomía indígena. Con esta guerra biológica al maíz tradicional, las transnacionales podrían apropiarse y privatizar este tesoro milenario y colectivo de los mesoamericanos, obligando a los creadores del maíz a pagar para seguir usándolo en el futuro.

Las empresas multinacionales productoras y distribuidoras de transgénicos, así como los que favorecen las importaciones de maíz OGT, los que quieren levantar la moratoria que impide sembrar maíz OGT, o aprobar una ley de bioseguridad para legalizarlos, asumen una inmensa deuda histórica que los pueblos de México no van a permitir ni olvidar.

Aldo González zapoteco de Oaxaca, resume:

“…somos herederos de una gran riqueza que no se mide en dinero y de la que hoy quieren despojarnos: no es tiempo de pedir limosnas al agresor. Cada uno de los indígenas y campesinos sabemos de la contaminación por transgénicos de nuestros maíces y decimos con orgullo: siembro y sembraré las semillas que nuestros abuelos nos heredaron y cuidaré que mis hijos, sus hijos y los hijos de sus hijos las sigan cultivando. (…) No permitiré que maten el maíz, nuestro maíz morirá el día en que muera el sol”.

Silvia Ribeiro*

Notas:
(1) Wayt Gibbs,W, “The Unseen Genome” en Scientific American, noviembre 2003. Ver también grain, “Blinded by the Gene”, en Seedling, Setiembre 2003, http://www.grain.org
(3) New Health Dangers of Genetically Modified Food Discovered, Boletín de prensa del Institute for Responsible Technology, citando los estudios de Terje Traavik, del Norwegian Institute for Gene Ecology, Malasia, 24-02-2004
(4) Moore Lappé. F, Collins J y Rosset Peter, World Hunger: 12 Myths, Food First Books, Estados Unidos, Oct. 1998.
(5) Benbrook, Charles, Tiempos problemáticos en medio del éxito comercial de la soja Roundup Ready, Northwest Science and Environmental Policy Center, AgBioTech InfoNet, Technical Paper # 4, Estados Unidos, 2001. http://www.biodiversidadla.org/arti…
(6) Grupo etc, etc Communiqué # 82: Oligopolio sa, Nov/Dic 2003, http://www.etcgroup.org/article.asp…
(7) Contaminación del maíz en México: mucho más grave. Boletín de prensa colectivo de comunidades indígenas y campesinas de Oaxaca, Puebla, Chihuahua, Veracruz, ceccam, cenami, Grupo etc, casifop, unosjo, ajagi, Oct 2003
(8) Heinemann, Jack A. gm Corn in New Zealand: a case study in detecting purposeful and accidental contamination of food. Ponencia en el seminario científico para delegados al Protocolo Internacional de Cratagena sobre Bioseguridad de la Red del Tercer Mundo y el Institute de Gene Ecology, Malasia, 22-02-2004.

*Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo etc, http://www.etcgroup.org

fuente http://elgalpon.org.ar/blog/10-razones-para-decir-no-a-los-transgenicos/

Texto en PDF

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Sobre la muerte médica. No están dormidos

Después de más de 4 años en coma, murió Gustavo Cerati. Los médicos, dice el Dr. Flitchentrei, se reciben con la idea de que nadie debe morir. Hoy es posible sostener una agonía largamente por medios artificiales. Se creó una nueva categoría de pacientes que incluye a familias destrozadas. “¡Despertate!”, les susurran sus madres al oído. “¡Despertate!”, pintan sus fans en graffitis callejeros. Pero ellos no despiertan porque no están dormidos. Es nuestra terca obstinación la que los sostiene. Aquí, el prólogo de “Permiso para morir”, publicado por Intramed.

Nos recibimos de médicos con dos ideas grabadas a fuego: nunca, nadie debe morir y siempre hay que hacer algo para evitarlo. Nos lleva la vida entera comprender que eran falsas.

Hasta no hace mucho tiempo cumplir con aquel mandato resultaba imposible: la muerte se encargaba de impedir que tuviésemos éxito. Ahora, en cambio, podemos retrasar el fin de la vida. Sostener una agonía por medios artificiales durante mucho tiempo. Esta posibilidad, en ocasiones, nos hace fútiles y peligrosos. A veces el éxito de una maniobra o de un tratamiento representa un fracaso para el paciente. Las razones son muchas y muy complejas. Una de ellas es el malentendido que confunde “permitir” morir con “dejar” morir. Para quienes hemos sido formados con una educación enfática, la idea de “fin” equivale a la de fracaso. La muerte es siempre una derrota. Tenemos sentimientos de culpa y de fallo personal ante el moribundo. Hacemos cosas porque no podemos tolerar no hacer nada, incluso cuando esa sería la mejor opción. Es absurdo, es arrogante y omnipotente. Pero hemos creído en ello como si fuese posible.

Acabo de atender a Rocío. Una paciente a quien conozco desde hace más de diez años. Tiene un tumor retroperitoneal con múltiples metástasis. Le colocamos un marcapasos, tuvo un infarto, ya no es posible operarla ni hacerle más quimioterapia. Tiene 64 años, ha sido maestra y directora de escuela durante toda su vida. Siempre me regala libros que ella lee antes y que vuelve a comprar para mí. Los comentamos en la siguiente visita. Desde hace un mes no quería verme porque bajó mucho de peso —ahora es de 37 kilos— y su dentadura postiza ya no le servía. No aceptó venir a verme hasta que no tuvo una prótesis nueva. No quería que yo la viese así. Usa un pañuelo sobre la cabeza que nunca se saca delante de otras personas. Se pinta los labios y los ojos con discreción. No quiso sacarse los pantalones para que yo la revisara porque no había podido depilarse las piernas.

Vemos muertos desde muy temprano en nuestra carrera. Pero sólo mucho tiempo después nos enfrentamos a la muerte. Y más tarde aún, a veces demasiado tarde, comprendemos su significado. Nadie nos ha preparado para percibir su sentido profundo y sagrado sino apenas para pelearla a trompadas, para bajar la cabeza y callarnos cada vez que nos gana la pelea. Quienes nos hemos dedicado durante muchos años a atender a personas con enfermedades graves hemos vivido cientos de situaciones que guardamos en la memoria porque nos han enseñado algo. Recordamos una cara, un nombre, una mirada, una mano apretando la nuestra. A veces cierro los ojos y revivo una escena que viví hace muchos años: salgo a la sala de espera de la Unidad de Terapia Intensiva y le digo a un hombre que su madre acaba de morir. Lo invito a pasar para que pueda verla. El tipo me sigue pero se detiene en el umbral de la puerta y retrocede tapándose la cara. Lo miro sin entender. “Está desnuda”, me dice. “Está muerta”, le digo. “Eso no tiene ninguna importancia; cúbrala, por favor, doctor.”Son historias que muestran el abismo que separa la muerte profesional de la real, de la única y auténtica. De la que tarde o temprano nos alcanzará a todos.

Me trajo una bufanda roja de lana gruesa sin terminar, ya que no cree que pueda seguir tejiéndola. Quería tenerla lista para esta fecha pero le resultó imposible. “Hasta acá llegué, igual te la quería dejar.” No la acepté. Le dije que la quería terminada y no por la mitad. Que ella podría hacerlo. Que todavía teníamos tiempo y que este no sería el último invierno. Le mentí. Yo sé que ya no será posible. Que nunca podrá terminar mi bufanda. Lo aceptó. Sospecho que más por darme el gusto que porque se haya convencido. Envolvió el tejido en un papel madera y lo apoyó sobre sus rodillas. Antes de irse me abrazó con una intensidad rara. Distinta a otras veces. Yo también lo hice. Nos apretamos mucho y durante un largo rato. Ella percibió el mínimo temblor de mis brazos. Mi respiración algo agitada. O no sé qué cosa. Me acarició la cara, me besó varias veces. Creo que nuestros cuerpos se dijeron adiós. Pero no pudimos decirlo con palabras.

Sabemos que nuestros pacientes necesitan un acompañamiento para afrontar el final de sus vidas. Lo sabemos con nuestra razón y lo sentimos en nuestros cuerpos crispados cada vez que nos sentamos al pie de sus camas. Pero nadie nos dijo cómo hacerlo. Creemos que es un conocimiento que deberíamos traer pero que no se puede aprender. Hasta que un día alguien nos demuestra que es posible, que sí podemos aprender a acompañar las emociones ajenas y a no ahogar las propias. Entonces comenzamos a ocuparnos de la persona enferma más que de la enfermedad que padece.

Aprendemos a “ser” y no sólo a “hacer”. Leemos, tomamos cursos de postgrado, asistimos a congresos y a simposios para adquirir como médicos las habilidades que teníamos antes de ingresar a la facultad y que habíamos perdido al salir de allí. Las competencias elementales para comprender el sufrimiento ajeno y para permitirnos sentir el propio. La habilidad para articular lo analítico y lo narrativo. Una mañana al entrar en la sala del hospital nos damos cuenta de que podemos escuchar y no sólo preguntar. Que el “escuchatorio” puede articularse con el interrogatorio. Que la gente tiene cosas valiosas para decirnos y que son ellos mismos, con sus propias historias, quienes le dan sentido a la vida que se les termina. Descubrimos que algunos enfermos no se curan pero se sanan. Que ellos se sienten mejor. Y nosotros también.

Antes de salir del consultorio, ayudada por su esposo y su hija, volvió sobre sus pasos. “Leí en la Ñ que publicaron otra novela de Sandor Marai. Esta tendrás que leerla vos solo.” Le tomé las manos. Eran chiquitas y flacas. Puro hueso. Heladas. “No, Rocío, mejor la leemos los dos y después charlamos.” Se acercó a mi oreja en puntas de pie. Tuve que sostenerla. “No me trates como a una tonta. Vos nunca lo hiciste. Y, a propósito, dejate de joder y sé feliz de una vez por todas. Se te nota en los ojos. Te quiero mucho.” Nunca antes me había tuteado. Jamás le había escuchado decir una palabra grosera. Algo había cambiado esa tarde. “Yo también te quiero mucho. Estás preciosa, maestrita”, le dije sin pensarlo demasiado.

La decisión de no reanimar a una persona es hoy un derecho. Sin embargo raramente se discute con el paciente o su familia. En otras culturas esto es la norma, entre nosotros evitamos el tema si podemos hacerlo. Mejor no hablar de ciertas cosas. Hay investigaciones que señalan que los médicos realizamos maniobras de reanimación cardiopulmonar hasta en un 85% de los casos aun considerando que serán inútiles o que sólo prolongarán la agonía.

Sin que nos hayamos dado cuenta. Y sin que casi nadie lo mencione. Hemos ido creando entre todos una nueva clase de enfermos. Son nuestros hijos. Somos sus padres irresponsables. Los hemos parido a fuerza de tecnología y encarnizamiento terapéutico. Sobrevivientes maltrechos de nuestras intervenciones. Hoy son una multitud recostada sobre camas inteligentes. Encerrados dentro de sus cuerpos vacíos. Malviven un tiempo muerto que no encuentra su final. En instituciones, en sus casas, en unidades de cuidados paliativos. Son la trágica derrota de nuestros éxitos instrumentales. De la imposición divina que nos impide aceptar la muerte. De la estúpida idea de que es un fracaso y de que los que fracasamos somos nosotros. De la obediente sumisión al mandato que nos asegura que siempre tenemos que hacer algo. De nuestra ingenuidad de dioses. De nuestra obstinación en medir resultados fisiológicos. De nuestra ceguera a lo que justifica una existencia. De nuestra sordera a la autonomía y a la voluntad de las personas. De la ignorante idea de que toda vida siempre merece ser vivida. De la loca creencia en que es lógico que el precio para vivir sea dejar de existir. De la resistencia a bajar los brazos cuando ya no hay nada digno para ofrecer. Del adiestramiento desencarnado que nos ha hecho creer que tratamos pantallas, variables, scores, algoritmos. De una educación enfática y hemipléjica.

Rocío salió del consultorio. Vi arrancar el auto y su sombra pequeña a través de la ventanilla. Su cabeza era un puntito minúsculo cubierto por un pañuelo floreado. Me saludó agitando la mano y mirándome fijo hasta que desapareció sobre la avenida. Me senté para hacer una pausa y recuperarme. Cerré los ojos y reconstruí durante algunos segundos la historia de estos años acompañando el curso de la enfermedad al lado de esa familia.

Son una nueva categoría de pacientes. Una que incluye a familias destrozadas. A madres esclavizadas a esperanzas sin fundamento. A hijos insomnes velando a sus padres que no acaban de morir. Sus ojos que ya no miran nos señalan como un dedo acusador. Allí están, aunque nadie los vea. Detenidos en un camino que no conduce a ninguna parte. Vegetativos, comatosos, alimentados por el largo ombligo del soporte vital. Arrullados por el soplido incesante de los respiradores microprocesados. “¡Despertate!”, les susurran sus madres al oído mientras les cantan las nanas de la infancia. “¡Despertate!”, pintan sus fans en graffitis callejeros. Pero ellos no despiertan porque no están dormidos. Es nuestra terca obstinación la que los sostiene. Cuando la única pregunta es “¿podemos hacerlo?”, silenciamos otra: “¿debemos hacerlo?”. Sabemos “qué” hacer, pero ignoramos “para qué” hacerlo. Quitarle la dignidad a la muerte no es menos grave que quitársela a la vida. Una vez más, el sueño de la razón produce monstruos.

Me puse de pie. Sacudí la cabeza como para dar por terminado el episodio. Abrí la puerta y le hice señas a la secretaria para que llamara a otro paciente. Lo vi mientras me frotaba las manos con alcohol. En el suelo, debajo del escritorio. Un paquete de papel madera del que asomaba una bufanda roja. Unos flecos largos de lana gruesa y el tejido apretado con punto Santa Clara. Cortita, peluda y sin terminar.

Daniel Flichtentrei

*El libro “Permiso para morir. Cuando el fin no encuentra un final”, una colección de relatos escritos por destacados narradores argentinos a partir de casos reales recopilados en distintos hospitales se presentará el viernes 5 de septiembre.

fuente http://revistaanfibia.com/ensayo/no-estan-dormidos/

texto en PDF

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Las enfermedades de la civilización

Así como la polución microbiana del agua solía ser responsable de muchas enfermedades entre nuestros antepasados, la polución química del aire está convirtiéndose ahora en un gran problema de salud pública. Los vapores químicos de las fábricas y los escapes de motores de los vehículos están causando una gran variedad de desórdenes patológicos que amenazan con aumentar en frecuencia y gravedad. Ellos pueden originar problemas de salud graves y generalizados en un futuro próximo. Y hay razones para temer que diversos tipos de radiación disociada añadan pronto sus imprevisibles efectos de largo alcance a esta patología del futuro.

Durante las últimas décadas hemos llegado lejos en el control de los estragos microbianos de la alimentación, pero algunos de los nuevos productos sintéticos, omnipresentes en la vida moderna, son los responsables de una infinita variedad de efectos alérgicos y tóxicos.

Las deficiencias nutritivas son ahora una rareza en los países prósperos del mundo, pero ha empezado a aparecer una nueva especie de desnutrición. Los regímenes nutritivos formulados para seres humanos físicamente activos ya no son apropiados para la vida del siglo XX, automatizada, refrigerada y sostenida por el automóvil.

Muchos seres humanos sufrieron de agotamiento físico en el pasado; hoy en día las ideas economizan trabajo y las funciones controladas al segundo amenazan con engendrar una serie de trastornos psíquicos que acaso compliquen la medicina del futuro. El tedio está reemplazando a la fatiga.

¿Quiénes podrían haber soñado hace una generación que las hipervitaminosis (condiciones que surgen por los excesos de algunas vitaminas) llegarían a ser enfermedades de la nutrición en el mundo occidental; que la intromisión de detergentes y otros diversos productos sintéticos aumentaría la incidencia de las alergias; que los adelantos de la quimioterapia y de otros procedimientos terapéuticos originarían nuevas formas de enfermedades microbianas; que los pacientes sufriendo de toxicidades producidas por las drogas ocuparían un número tan grande de camas en los hospitales modernos; que los cigarrillos, los contaminantes del aire y las radiaciones ionizantes serían considerados como responsables del aumento de ciertos tipos de cáncer; que algunas enfermedades de nuestro tiempo serían abarcadas dentro de una ‘patología de la inactividad’ o consideradas entre los ‘azares ocupacionales del trabajo fácil y sedentario?

Puede tenerse por garantizado que, si bien la naturaleza del hombre seguirá siendo esencialmente la misma que ha sido desde los tiempos paleolíticos, la pauta de sus enfermedades seguirá cambiando debido a que sus respuestas fisiológicas a situaciones ambientales cambiantes no lo adaptarán con suficiente rapidez a las nuevas condiciones. Una vez que se adapta a ciertas clases de alimentos, a la intemperie, al domicilio, a los microbios y a los hábitos sociales, el hombre encuentra, por lo general, desagradable y traumatizante el sentirse desarraigado de repente y verse forzado a vivir bajo condiciones, aun cuando éstas le parezcan más favorables. Como lo anotara Hipócrates hace 2.500 años, “Hay ciertos cambios que son los principales responsables de las enfermedades, especialmente los cambios mayores, las violentas alteraciones, tanto en las estaciones como en otras cosas.”

René Dubos

Extraído del libro Hombre, Medicina y Ambiente (Man, Medicine, and Environment, 1968), Monte Avila Editores, C.A., 1969.

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2014/07/863895.php

texto en PDF

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page