Mentiras que se oirán este 24

La mentira más clásica es la de las plañideras y plañideros que se van a trepar a las tribunas a lloriquear, con estas o parecidas palabras, que "el 24 de marzo de 1976 marca el comienzo de la larga noche del terrorismo de Estado". Lo cual, como lo sabe quien quiera saberlo, no es cierto: el peronismo no sólo preparó el terreno para el golpe del ’76 al desarticular el ascenso de masas generado a partir del Cordobazo, sino que dio comienzo al genocidio con 1.500 asesinatos, casi 1.000 detenidos-desaparecidos y el terror —atentados y amenazas— campeando en las calles sin freno alguno. Pero, más importante aún, fue que Perón, desde la médula misma del "movimiento popular" sentó la doctrina que guió a lo que vendría: en su mensaje por cadena nacional del domingo 20 de enero de 1974, Perón prometió que tomaría las "medidas pertinentes para atacar el mal en sus raíces. El aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos". Y el 22 envió una carta a los militares, donde aseguró que "la estrategia integral que conducimos desde el gobierno", junto a "la población, Fuerzas Policiales y de seguridad, y si es necesario de las Fuerzas Armadas" (…) "…harán que el reducido número de sicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República". "Aniquilar" y "exterminio", ideas que presidieron el accionar represivo, fueron, pues, directivas expresas de Perón, el héroe y mentor de muchos de los que estos días van a estar en los palcos y en los medios protestando su rechazo al genocidio.

Los números no cierran

Como si fueran pocas las mentiras contra las que debemos lidiar, ahora también se suma a este aquelarre el Encuentro Memoria Verdad y Justicia, con una convocatoria en la que proclama "No importa qué diga el gobierno: 95% de genocidas libres". Como los que están presos —el 5% restante— son unas pocas decenas, para contar las cuales bastan y sobran los dedos de una mano, resulta matemáticamente diáfano que los números del Encuentro coinciden con los que la señora presidenta aventuró el año pasado: los genocidas en la Argentina fueron alrededor de mil. ¿Leyó bien? Vuelva a leer: mil (1.000).

Pero los organismos de derechos humanos y las estimaciones oficiales de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CoNaDeP) determinan, por ahora, la cifra provisional de 550 centros clandestinos. Si sólo fueran 1.000 los responsables del secuestro, tortura y asesinato de 30.000 personas, suponiendo que hubieran realizado esforzados turnos de doce horas, sin vacaciones, enfermedades, descanso semanal ni feriados, da una presencia en todo momento de menos de un represor por campo de concentración. Exactamente, 0,91 represor, que durante las doce horas de su turno tenía que descubrir y encontrar a sus víctimas, secuestrarlas y tenerlas cautivas, en algunos casos, durante meses y años; interrogarlas y torturarlas; procesar las declaraciones así arrancadas, y alimentar a los cautivos, y moverlos de unos centros clandestinos a otros, y asesinarlos, y custodiar el perímetro de campos de concentración a veces muy extensos, y hacer operativo su funcionamiento las 24 horas del día durante años.

El "95%" que dice el MVJ y la grosera tergiversación de los hechos que implica son un cachetazo, una afrenta a la verdad, a la historia, a la memoria que supuestamente quiere representar. Quizá el propósito no sea tan canalla como el de la señora presidenta y su partido; quizá sea el resultado de no querer ver de frente el rostro de una realidad tan penosa y difícil. Pero, la consecuencia es la  misma que la que persiguen los canallas: engañar y desarmar políticamente al pueblo.

Mil represores contra el mundo entero

Otra falsedad que oiremos hasta la náusea es la de que el pueblo estuvo desde el primer momento en contra de la dictadura y, los que no, fue porque no tenían ni idea de lo que estaba pasando. Los que sí combatimos a la dictadura sabemos cuán dolorosamente falsa es esa afirmación. Porque si el pueblo estuvo en contra, resulta que mil genocidas se impusieron sobre treinta y pico millones de habitantes, y sobre sus organizaciones políticas y sindicales, porque si uno oye a sus dirigentes, resulta que también combatieron a la dictadura.

Pero eso no es todo: sumando los efectivos de aquel entonces de las fuerzas armadas, y gendarmería, y prefectura, y las policías federal y provinciales da, en números redondos, 250.000 hombres de armas. Mil cometieron crímenes de lesa humanidad, ¿y los 249.000 restantes, qué hacían mientras tanto? Porque no podían ignorar lo que pasaba, ya que los centros clandestinos de detención —sobre todo los más grandes— funcionaban en dependencias militares y policiales que paralelamente cumplían con sus tareas habituales. ¿Así que 249.000 efectivos armados repudiaban lo que sucedía ante sus narices y no hacían nada por impedirlo? Aunque los mil fueran sus jefes, ¿no se rebelaban —249 a 1— ante tamañas aberraciones y las reprimían, con la escasamente cruenta que hubiera sido tal acción ante una relación de fuerzas tan desproporcionada?

No sólo nos mienten, también nos insultan

Insultan nuestra inteligencia. Por cierto, es increíble que después de más de treinta años tengamos que seguir repitiendo estas obviedades. Pero, lamentablemente, es así. Muchos de quienes lean estas palabras, que no podrán rebatir, volverán, sin embargo, a enarbolar de inmediato sus rancias mentiras. El conjunto de estas aberraciones, lejos de ser debilidades, descuidos o flaquezas, forma parte de un sólido aparato ideológico, el del populismo. El populismo, que contrariamente a procurar el cambio, como vocifera, está aquí para impedirlo, muy contento con lo que hay, tanto en el plano cultural, como en el político, el social y el económico.

Pero lo venceremos, indefectiblemente lo venceremos: todo lo sólido se desvanece en el aire.

Vecinos Memoriosos / vecinos.memoriosos@gmail.com
23-3-2009

www.argentina.indymedia.org/news/2009/03/660775.php

La aceptación social de los monocultivos en la periferia planetaria

Alguna literatura antiimperialista, producciones más o menos intelectuales o militantes de denuncia revelan una idea simplificada de la exacción imperial. Imaginan un ente apropiador devastando la tierra hollada y que en ella sólo quedan los restos del saqueo o en todo caso, los restos de los refractarios que resistieron la exacción.
Imagen que, sin embargo, se basa en verdades, como puede ser la formidable recopilación que hace ya cuatro décadas hiciera Eduardo Galeano en sus Venas abiertas.

Tales descripciones no omiten incluso el placer que la exacción imperial provoca en las capas o castas privilegiadas que “administran” esa relación. Es difícil olvidar, por ejemplo, tras la lectura de la investigación de Galeano, la dispendiosidad que la sociedad potosina en la Bolivia, mejor dicho en el Altiplano colonial, tenía en sus fiestas, estrellando las copas de cristal al estilo que se le atribuía a la aristocracia rusa. Potosí, en el siglo XVII con sus 150 mil, 160 mil habitantes, y sus minerales, pasaba por ser una de las ciudades más populosas y ricas del planeta (Potosí, hoy sin minerales, no llega a los cien mil habitantes).

En la descripción de las viejas economías de enclave con las cuales el imperialismo moderno se fue configurando, mediante asentamientos costeros que servían tanto para traficar esclavos (mediante el eufemístico término de “liberarlos”1) como para iniciar el despojo de sociedades locales, algo que en América Latina se desplegó bajo las formas de asentamientos mineros y economías de plantación, parece ser muy exiguo lo que le restaba a las sociedades que sufrían dichos asentamientos. Era el extranjero el que se lleva la parte del león. En América, son las plantaciones de caña de azúcar en Cuba o en Haití, son las minas de plata, cobre, estaño.

Aquel estilo o fase de cierta simplicidad política y administrativa para el despojo ha ido cediendo ante el despliegue de formas políticas en las regiones periféricas, ya sea adoptando las estructuras del dominador, ya sea resistiendo y reasumiendo estructuras propias de la sociedad invadida, con la correspondiente constitución de capas dirigentes y propietarias locales. En continentes como el americano, los estados emergentes adaptaron las formas políticas de los conquistadores y el “Nuevo Mundo” no fue sino una reedición, mejorada o empeorada, del Viejo Mundo, aunque en los últimos tiempos esté aflorando con fuerza creciente el tejido social y cultural ahogado por la europeización. Y América fue, de lejos, con Oceanía, el continente más europeizado del planeta.
Así, ya entrando al s. XX será la banana en el Caribe tropical o la lana en el sur templado y tantos otros productos primarios o artesanales la “contribución” americana al mercado mundial, y cada vez más el petróleo, la “sangre” que circula y alimenta la economía moderna.

Las economías periféricas, empero, conservan un rasgo fundamental de los viejos asentamientos de enclave: su pertenencia a un sistema económico más o menos mundial, con centro en otra parte. Las zonas francas son sus más conspicuas ejemplificaciones.2

Con ello sobreviene la eterna discusión entre sectores, escuelas y sectas de izquierda acerca de si puede existir, hacerse fuerte, tejer un camino propio, la burguesía nacional. Más allá de los signos identitarios y jurídicos que dan fe de la existencia de tal universo, lo cierto es que los capitales, es decir los capitalistas más fuertes de los países periféricos, tejen sus estructuras productivas en función del sistema capitalista central y mayor, en el cual se sienten contenidos. No es un problema exclusivamente económico, de rentabilidad o de mercado. Es un problema de identidad: nuestros burgueses –argentinos, uruguayos– han tenido demasiado a menudo su capital mental en Londres, París, Nueva York o Miami más que en Buenos Aires o Montevideo.

Avance “argentino” de soja cada vez más arrollador

Para implantar la soja en Argentina como en tierra conquistada sus promotores se han valido del deslumbramiento tecnológico, indisolublemente unido a la idea de progreso. Tales rasgos se despolitizan y naturalizan de modo tal que, los titulares del complejo sojero lucharán por su implantación con la mejor de las conciencias. Como por otra parte, tales avances son pingües negocios, podrán unir la buena conciencia con el bolsillo forrado, lo cual incrementa el celo puesto en la empresa.3

El complejo sojero se asienta en Argentina a mediados de los ‘90 con la anuencia o la entrega incondicional del menemato a las orientaciones orquestadas desde el norte. Desmontando al estado argentino, el Ministerio de Agricultura de EE.UU. (USDA, por su sigla en inglés) y Monsanto4 han orientado la producción agraria argentina, con una buena base de apoyo local, es cierto, seducida por la idea del progreso tecnológico.
Para el desembarco en el campo argentino, entonces, han ocupado “las cabeceras de playa” que consideraron estratégicamente claves. Así se han ido haciendo de las semillerías y de las empresas de suministros. Entendámoslos: su objetivo es la total dependencia alimentaria. De todos nosotros hacia el pequeñísimo núcleo de los dueños ya no de los medios de producción en general sino bien en particular, de las semillas para el alimento de cada día.

También han ayudado generosamente a diversos investigadores del área que han visto así mejorar sus equipamientos por fuera de los cada  vez más inexistentes presupuestos nacionales. Esos investigadores, que confunden fácilmente sus medios de vida (y de éxito) con Lo Bueno, y Lo Necesario para el país y la humanidad, se han ido convirtiendo en los mejores aliados de la operación de desembarco.

Con ese dispositivo de fuerzas, los alimentos transgénicos se expandieron en Argentina como reguero de pólvora y en pocos años se ha llegado a casi 50 millones de toneladas en la última cosecha, 2007/2008, cubriendo, sólo la soja GM un área de algo más de 16 millones de ha de cultivo, más de la mitad (54%) del total de cultivos actuales en Argentina. No son los números en sí los que alarman sino la tendencia y el ritmo que lleva.
Se trata de toda una apuesta a la cantidad, no a la calidad que una estrategia nacional y racional habría podido valorizar mucho más, dado el carácter de las tierras argentinas, que se contaban entre las menos contaminadas del planeta. Por lo menos hasta la invasión de la soja.

Estamos ante una transformación radical del campo argentino. Y a un ritmo también sin precedentes. ¿Cómo sobrevino, por qué tanta velocidad de arrasamiento junto con la de la forja de grandes fortunas?

La crisis del 2001 no fue de todos, ciertamente

Podemos encontrar un cierto paralelismo que no alcanza para establecer razones causales pero sí tal vez para entender aires de época: la gran ofensiva del trust sojero se produce cuando el desbarajuste social de la Argentina en el 2001.

Bástenos saber que lo que eran cien mil toneladas en los ’70 ya habían llegado a los 4 millones de ton. a comienzos de los ’80. En 1996/1997, con la producción de soja transgénica ya bien establecida, el país llega a tener 5 millones de ha con dicho cultivo que rendirán 11 millones de ton. Mientras el país va entrando en el embudo de la desocupación y el endeudamiento y la ficción del peso argentino va ensanchando la impotencia económica del país, los sojeros van haciendo su agosto… en dólares. En la zafra de 1999/2000 llegan a los 20 millones de ton. de soja, prácticamente toda transgénica y para el año del descalabro social del país, la zafra del 2000/2001 saltará a unas 26 millones de ton. Aumento anual: 30%. Para la del 2001/2002 vencerán la marca de las 30 millones de toneladas. ¿De qué crisis podrían hablar ellos?

Valiéndose de la política de los hechos consumados (los alimentos transgénicos se empezaron a producir, y a consumir en el país sin que existiera la menor legislación al respecto; se podría decir que son perfectamente ilegales), barriendo con obstáculos, invadiendo tierras que eran de selva (de enorme valor ambiental) u “ocupadas” por campesinos pobres y sin títulos (por más que el mismísimo derecho burgués les tendría que haber otorgado la titularidad mediante la usucapión muchas décadas atrás) y que para tales trabajadores y habitantes eran de enorme valor social y económico; barriendo también con explotación lechera (miles de tambos “convertidos” a la soja; pensemos lo pesado o imposible de la reconversión), y hasta con algo de la producción de trigo, alimento humano por excelencia, concentrando los planteles vacunos en feed lot con lo cual aumentan los rendimientos a un costo sanitario no calculado e incalculable, usando –los protagonistas madeinUSA–  las tierras argentinas como cabecera de puente para contrabandear material transgénico a Brasil (país que resistiera la penetración de Monsanto y el USDA, seguramente porque no gozó de las “relaciones carnales” que hicieron la delicia del menemato), la soja se ha convertido en “reina”, al decir de sus cultores, ideólogos y abanderados.

En el verano, sudado verano del 2002, el crac del “estado modelo” del FMI y del PNUD estalla en las manos del gobierno de la Alianza, que ya no era tal. Con las recetas menemcavalísticas, el hambre se había ido haciendo insoportable. Sus causantes fueron la desocupación y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, flexibilizados, miserabilizados, con la anuencia del poder sindical. El complejo sojero es uno, uno más al menos, de los causantes de la desocupación. Una “agricultura sin agricultores”, como fue definida por el Grupo de Reflexión Rural, GRR.

Los sojeros tienen “su oportunidad” social. Bajo la consigna “soja solidaria”, a principios de 2002 aumentaron la apuesta y procuraron no sólo adueñarse de la economía agraria argentina al servicio de la política alimentaria de EE.UU. en el planeta, sino adueñarse de la población argentina, sometida a la condición de cobayo, creando las condiciones para que a la población le cueste mucho no comer soja. “Llenarse con soja”, pareció ser la consigna entonces. En realidad, claro, “llenar” a los pobres con soja…5
 
El trust sojero entrevió entonces la posibilidad de quedar bien con poco. Con el 1o/oo de su producción, como ellos mismos confesaran entonces, podían “cubrir las necesidades” o “llenarle la panza” (táchese la que no corresponda) a la creciente masa de hambrientos (eran 30 millones de kilos de grano); escamotear el papel de coautores del desastre; esquivar asimismo el de usufructuarios principales del descalabro, del vaciamiento del campo argentino, cada vez más privado de sus productos de calidad.

Por eso, soja hasta en la sopa. Soja cocida. Algo insensato, puesto que los países que más consumen soja (y lo hacen desde hace siglos o milenios) han aprendido a comerla fermentada, porque es la forma de hacerla más digerible, más asimilable. Pero apurados por sacar rédito de la crisis a la que tanto habían contribuido, el complejo sojero no se ha fijado en tales minucias.
Como vemos con el ejemplo de la “soja solidaria”,  el estado nacional y periférico a gatas apareció, a gatas sobrevivió a la ola que todo mercantiliza.

La seducción vence más a menudo que el palo

Dejemos por un momento la historia argentina reciente y volvamos a las relaciones peligrosas “centro/periferia”.
Concedamos que con la formación de los estados nacionales, aquellas simples economías de enclave han desaparecido. O al menos el cuadro de situación se presenta como si hubieran desaparecido. Nuestros estados nacionales legislan, facultan, deciden, regulan, controlan, penan. Aunque cuando, si uno observa de cerca estas funciones en nuestros estados periféricos, el como si va haciendo su streap-tease.

El capitalismo central, es decir los grandes capitalistas de las naciones enriquecidas, “ofrecen” sus políticas para que las sociedades libres periféricas resuelvan si las adoptan. Política de inversiones, por ejemplo, ofrecimientos de adelantos tecnológicos más o menos formidables. ¿Y quién en su “sano juicio” va a rechazar semejantes ofertones? Eso dicen al menos todas las capas económicas, profesionales, técnicas, políticas que están altamente interesadas en la asociación con la melodiosa voz del amo.

Veamos algunos ejemplos que esclarezcan el cuadro: durante el menemato la cantidad de empresas mineras provenientes del Primer Mundo en Argentina se multiplica por más de veinte; de cuatro a noventa y tantas. Exoneraciones impositivas, regalías entre las más bajas del mundo entero, confianza ciega a las modalidades de extracción ofrecidas por las empresas previa elaboración de informes de las propias empresas sobre impacto ambiental…

Una verdadera fiesta de la minería ajena.
Durante esa misma década, previa desregulación absoluta de la actividad agropecuaria argentina, se deja librada a la actividad privada nacional y extranjera la formación de la política rural argentina: así comenzó la sojización (transgénica) del país.

Estos dos ejemplos nos brindan un hilo para seguir, y es que la dependencia psico-, tecno-, económica sigue estando muy presente, es decisiva en “los acuerdos” productivos entre los grupos económicos que uno ve como argentinos y el capital transnacional.
Pero a diferencia de las economías de enclave de otrora, las economías contemporáneas son más complejas y al menos en la apariencia se trata de economías nacionales por aquí y economías nacionales por allá… y un poco en todas partes, la economía transnacional.

Pero por más globalizada que parezca esta última, todos los acuerdos, las regulaciones (y desregulaciones) se suscriben entre estados, el mismo estado que parece en  crisis en los países periféricos o empobrecidos pero que sin embargo, parece gozar de muy buena “salud” en los países centrales o enriquecidos. Y aquí, otra curiosa asimetría: los monocultivos, las monoproducciones en general son periféricas, no se corresponden con las economías centrales. A porcentajes de economía basada en monoproducción, aquellos países que ostentan menores porcentajes de una misma actividad serán indefectiblemente metropolitanos, primermundianos y aquellos con el mayor porcentaje, serán países monocultores, proveedores de materia prima, dependientes, deliberadamente mal llamados “en desarrollo”. ¿De qué desarrollo hablamos desde hace cinco siglos?

Una pregunta que al menos ingenuamente se formula más de uno, cuando aprende el a b c de las diferencias entre países satisfechos, es decir con población con necesidades básicas satisfechas (NBS) y países con población, a veces abrumadoramente mayoritaria, con NBI,  absolutamente insatisfechas, es cómo una sociedad puede aceptar semejante distribución de roles. Y la izquierda en general, que es desde donde se suelen plantear estos interrogantes, las más de las veces nos recuerda el poder del fusil, del garrote, de la represión, de la seguridad nacional… de “ellos”. Lo cual no es necesariamente falso, puesto que muchas veces ha sido eso, la ultima ratio, lo manejado desde el imperio (que nos haya tocado en suerte, en el tiempo).

Pero la configuración más habitual suele ser muy distinta. La exacción, el despojo, se produce en medio de una fiesta: de trabajo, de frenesí, de optimismo, de derroche. No es el poder imperial despojando inmisericordemente a la población satelizada y sojuzgada lo que se ve. Lo que se ve es el poder imperial que goza de aliados dentro de la población satelizada y sojuzgada. Con los cuales establece una relación “gananciosa” que sólo los criticones, los refractarios, los “amargados de siempre” rechazan.

Ganadores y perdedores: no hay suma cero

Porque hay toda “una sociedad” dentro de la sociedad general que sale gananciosa. Tendríamos que decir más bien una “asociación”. El ejemplo con la soja en Argentina es paradigmático.
Pocas veces ha tenido la administración del estado tantas reservas como gracias a las retenciones, impuestos o no, a la exportación, que se le cobra a la soja exportada. Aun con todo lo que debe “marchar” en negro, el estado recauda con pala. Estableciendo esas marcas sin precedentes (se ha dicho que el estado actual tiene más reservas en dólares que las que tenía Argentina y usufructuó Perón al fin de la segunda guerra mundial: claro que dólares no es lo mismo que oro, pero así y todo…).

Pero no se trata sólo de la recaudación pública y sus rebotes, por ejemplo, los ingresos que cubren a desocupados y subocupados, las mejoras jubilatorias, que hacen que tanta gente esté gozando, siquiera infinitesimalmente, de la soja. Y en primer lugar, of course, de la rentabilidad obtenida por los dueños del ciclo sojero. Con tierras, con maquinarias agrícolas o con circuitos conectivos del paquete tecnológico, con la circulación de bienes conectados a la producción sojera, etcétera. En el caso del núcleo fuerte de inversores en el modelo de la soja, las ganancias ya no se miden en 4 x 4 o en apartamentos de Palermo o Belgrano; ahora se trata de inversiones inmobiliarias aquí y en el Primer Mundo, de aviones, de redes financieras multimillonarias de alcance mundial.

Pero además, de la expansión sojera se sirven y a la expansión sojera la sirven: los camioneros, los tractoristas, las redes de los laboratorios que producen los contaminantes correspondientes, la petroquímica y las respectivas fábricas de envases a su vez ellos también contaminantes, la metalúrgica de máquinas-herramientas para siembra directa y la automotriz que recibe la parte final de la cosecha bajo la forma de consumos más o menos suntuarios, como las trajinadas 4 x 4; los aviadores y las correspondientes pistas de aterrizaje, la fabricación de aviones fumigadores, que son los principales agentes de envenenamiento generalizado, las redes  bancarias y comerciales que atienden buena parte de los ingresos de la soja y una larga cadena de etcéteras.

En realidad, otros sectores que podrían haberse disparado junto con los ya señalados, pero que brillan por su ausencia, habrían sido el médico-sanitario para enfrentar todas las temibles y atroces secuelas que la contaminación generalizada con agroquímicos está dejando, el sector veterinario o más bien eco-veterinario para aprender a entender la desaparición de macro- y microfauna, de perdices, liebres, pájaros, lombrices, escarabajos y procurar remediarla, o un sector de investigación botánico para poder visualizar todo lo que se pierde entre lo que genéricamente se llama yuyo y es exterminado por el glifosato.

Esos sectores del conocimiento, la técnica y la acción humanos, con sus ramas de actividad, no se han expandido junto con la sojización generalizada. Porque, claro, lo que se atiende con la sojización es la rentabilidad, la ganancia y no la forja de una sociedad, digamos, “entre todos” o respetuosa de humanos y naturaleza.
Por eso tampoco se perciben las pérdidas y los perdedores del reino de la soja: la población expulsada por las buenas, por las malas o por las peores; la pérdida de lugares de trabajo y de la dignidad con ello barrida, la marginación creciente y la parasitización forzada de tantos desplazados con su secuela de deterioro alimentario, de salud y de ánimo,6 el arrinconamiento de los agricultores familiares o con producción local, generalmente sin agroquímicos, validos de los mejoradores “naturales” de la tierra (estiércol, compostado), la desaparición de bibliotecas sin libros constituidas por los conocimientos agrícolas elaborados a través de la experiencia y las generaciones de quienes fueron mejorando nuestros alimentos; la extinción masiva y suicida de fauna y flora arrasados por la ola de agrotóxicos que no cede, al contrario aumenta. ¿Es que alguien piensa que esto se puede hacer impunemente? Que mediten la frase atribuida a Seattle, cacique suwamish del norte americano: “¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres.”

Ya la experiencia del menemato nos permitió visualizar este fenómeno de la complicidad o de la coincidencia de fuertes sectores sociales con la “fiesta del importado”, con el festival del trabajo “en negro”, con el placer del dólar barato que facilitaba tanto viajar al “Primer Mundo” y otras “realidades” por el estilo.
Estos festivales repentinos, afiebrados, transitorios, suelen caracterizar a los países dependientes o neocoloniales.

Un estado primermundiano no suele permitirse estas ligerezas. Porque no las necesita. Las NBS les dan otro aplomo y no están urgenciados por una ganancia de coyuntura, cuando viven ya en la ganancia.
La fiebre de riquezas es propia, precisamente, de sociedades esquilmadas que ven a la riqueza sobre todo como un espejismo, como un anhelo. Que para mucho “medio pelo” es el recurso para distinguirse de los que no son “como uno”.
Con la soja encumbrada (y la ignorancia gubernamental) hemos presenciado el revival de la Argentina blanca, genocida, clasista y presuntamente educada. Los que tenían pavor de que se terminara la fiesta de la soja. Y que ahora “reposan” y unen “campo y democracia”. Sin los remilgos de “reforma agraria” o producción limpia.
A pura rentabilidad. Como si el rey Midas pudiera alimentarse con sus manos.

Luis E. Sabini Fernández

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Pequeña reseña monsantiana: toda una pinturita

A comienzos del s. XX, este laboratorio, con sede en Saint Louis, Missouri, EE.UU.,  inicia su actividad con un edulcorante sintético, la sacarina. Décadas después, se la iba a procurar sustituir por edulcorantes menos gravosos para la salud.
En 1947 el incendio de un barco alojado al lado del laboratorio de Monsanto, con nitrato de amonio, un fertilizador químico, provocará 500 muertes que de algún modo ofician de anuncio de lo que sobrevendrá con la quimiquización de los campos donde Monsanto desempeñará un papel primordial.
En la década de los ‘50 es líder en la implantación de los termoplásticos en el mundo y la consiguiente contaminación de la “basura” fuera de control.

En la década de los ’60, puntal de la “Revolución Verde”, y sus agrotóxicos; en los ‘70 resulta ser el fabricante del “Agente Naranja” que devastó tantas tierras en Asia y en Vietnam en particular, que logra así llegar a ser el país con mayor número de malformaciones congénitas por número de habitantes.
En los ’80, tiene el dudoso privilegio de recibir la habilitación para el edulcorante Aspartame, que había esperado década y media una aprobación de la Dirección de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. y que con Reagan se logra en cuatro meses…

Desde los ‘90, se constituye vanguardia en la implantación de plantas y alimentos transgénicos en el mundo entero, y son sus banderas de batalla la soja RR y el herbicida Round Up.
Con razón se le otorgará a su presidente el título de Cereal Killer.  
Cuando advierten que la denominación inicial “ingeniería genética” tiene un retintín que no brinda seguridad o tranquilidad, pondrán todas sus baterías mediáticas y publicitarias para rebautizar sus productos como “ciencias de la vida”.

Voraz adquirente “global” de semillerías, con el inocultable propósito de dominar la agricultura mundial. Tienen en suspenso su invento de oro: la semilla GM “Terminator”; un dispositivo transgénico que les permite “fabricar” semillas suicidas, valga el oxímoro, que fructifican una vez y luego mueren.  Con lo cual se aseguran la recompra por parte de los agricultores.

notas:
1 Los barcos esclavistas iban a las  costas africanas a “liberar” esclavos. Porque previamente habían hecho acuerdos con los reinos costeros para que les consiguieran “prisioneros de guerra”; rehenes, secuestrados, a cambio de los cuales les entregaban mercancías interesantes. La entrega de dichas mercancías era lo que ellos llamaban liberar o “rescatar” esclavos. Que de inmediato eran depositados en cargueros que enfilaban al Atlántico. En condiciones ya documentadas, donde los malos tratos y las pésimas condiciones provocaban una mortandad en la travesía que superaba la de las duras condiciones sufridas durante sus capturas.
2 Véase “Zonas francas: esclavitud de nuestro tiempo”,  futuros, no 2, 2001.
3 Los métodos de implante tienen rasgos comunes con otras formas de dominio cultural en áreas aparentemente muy diversas. Por ejemplo, con la imposición (desde el centro planetario) o si se quiere, con la adopción (desde la periferia) de productos “culturales”, las más de las veces modeladores de imaginarios castrados en la población.
Tomemos el caso de la distribución cinematográfica (con toda la penosa confusión entre cultura y espectáculo, puesto que el cine participa a la vez de ambos): para “bajar” la producción de Hollywood a los cines rioplatenses (y a todo el resto del mundo, incluido Europa), compañías estadounidenses de distribución de películas compran las redes locales tanto de distribución como de exhibición (existe una ley en EE.UU. que prohíbe la propiedad de cines por parte de extranjeros en su territorio); no queremos ni imaginar las restricciones para que extranjeros ejerciten la distribución cinematográfica en EE.UU.
4 El laboratorio más grande del mundo, líder en los ‘50 de la implantación de termoplásticos en el mundo y la consiguiente contaminación fuera de control; en los ‘60 puntal de la “Revolución Verde”, y su difusión de agrotóxicos; en los ‘70 proveedor clave de la guerra química de EE.UU. en Vietnam, fabricante principal del “Agente Naranja” que devastó tantas tierras en Asia, en los ’80, tiene el dudoso privilegio de recibir la habilitación para el edulcorante Aspartame, que había esperado década y media una aprobación de la FDA (Dirección de Alimentos y Medicamentos de EE.UU.) que con Reagan se logra en cuatro meses… y desde los ‘90, vanguardia en la implantación de plantas y alimentos transgénicos y voraz adquirente “global” de semillerías.
5 Sobre los resultados de tal política, de la cual sus mismos autores han procurado desligarse, véase mi  “Ahora, en Argentina los sojeros enseñan a comer…”, www.biodiversidadla.org/content/view/full/33646
6 Alejandra Dandan da sólo para la provincia del Chaco casi un tercio de su población “desplazada”, marginada por la sojización progresiva. Cien mil seres humanos. Si las cifras fueran proporcionales para todo el país, tendríamos que hablar de por lo menos diez millones de perdedores con el modelo cuyo éxito disputan campestres y gobierno… www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-108153-2008-07-20.html

Nuevo parte de la guerra del desarrollo. El mundo rural

La intención de este texto es ahondar en el análisis de los efectos del actual modelo de desarrollo económico y social en el ámbito rural vasco. Conocidas son ya  las consecuencias de la industrialización en un pasado no muy lejano (Revolución verde, éxodo rural, desarrollo urbanístico y metropolización, marginación y menosprecio a las formas de vida rurales…). Mientras, el implacable avance de la ideología del progreso y del desarrollo junto a la expansión del mercado están amenazando con desmantelar las pocas estructuras que soportaron el primer envite industrializador, aproximándonos a una segunda revolución verde. Un proceso que ha alcanzado en los últimos años una velocidad enorme, llegando incluso a asimilar los espacios sociales que parecían más tenaces al cambio, como los del mundo agrario.

Un fenómeno que ha desembocado en que a día de hoy, el mundo rural sea un espacio de explotación de recursos naturales, energéticos e hídricos, zona de paso de vías de transporte interurbano, vertedero de residuos, cultivos al servicio de la industria agroalimentaria, área de experimentación química y biotecnológica, zona de ocio de fin de semana y, por último, espacio de expansión metropolitana. Es indudable que el aumento de la producción y consumo en las zonas urbanas esta significando una degradación más rápida e insostenible, si cabe, de los espacios rurales y naturales, y su consecuencia directa es precisamente la desaparición de este medio rural. Es sobre estas dinámicas del actual sistema sobre las que queremos profundizar en este texto.

¿Quien se está comiendo la crisis enrgética?

La actual sociedad capitalista es totalmente dependiente de la energía, mayoritariamente de combustibles fósiles. Euskal Herria no cuenta con reservas, por lo que surge una relación de dependencia (de la población en el interior con las empresas energéticas y en el exterior a través de expolio y guerras). Por ello se hace más justificable la explotación de otros recursos energéticos, todos ellos en zonas rurales o naturales, con un gran impacto y peligrosidad. Centrales térmicas o de ciclo combinado en Boroa, Santurtzi, Castejón, Jaizkibel y los proyectos de Lantarón, Miranda de Ebro y de Lemoiz, la vuelta al discurso pro-nuclear de gobernantes, empresarios y sindicatos, centrales hidroeléctricas artificializando todos los cauces de los ríos, proyectos eólicos que llevan la industrialización hasta las cimas de los montes. Todo ello necesita de grandes redes de suministro que dejan a su paso multitud de líneas de alta tensión con todos sus efectos perjudiciales. Como prueba de la supremacía de las necesidades energéticas sobre el territorio rural, nos encontramos con el último proyecto  de alta tensión de Red Eléctrica Española en Araba y Nafarroa. Este proyecto evacuaría la energía producida en las centrales de ciclo combinado de Castejón (Nafarroa) y las futuras de Lantarón y Miranda de Ebro hacia las zonas urbanas de Gasteiz e Iruñea. El resultado, un desbroce para las torretas de 25 metros de anchura durante kilómetros que atravesará una de las zonas menos humanizadas de Euskal Herria, la montaña alavesa y el parque natural de Izki. El abastecimiento energético industrial y las nuevas demandas (TAV) son los motivos que se esconden detrás de estos proyectos calificados por las clases dominantes como estratégicos y necesarios.

Un nuevo desafío que se avecina en el mundo rural es el hecho de la paulatina sustitución de los carburantes fósiles (petróleo) por carburantes de origen vegetal (agro-carburantes). Lo que en un principio pudiera parecer una evolución hacia las energías limpias y locales, tiene un lado oscuro que necesitará ser aclarado y denunciado. Los agro-carburantes, falsamente etiquetados como «bio» (biodiesel, bioetanol), nacieron como idea de auto-producción de combustible a través del reciclaje de aceites caseros mezclados con carburantes. Sin embargo, esta práctica paso de ser ilegal a convertirse en oportunidad de negocio de la industria «verde» (la industria automovilística, agroalimentaria y petroquímica) manteniéndose dentro de los margenes del actual sistema de dominación.

Cuestionamos lo de «verde» porque primeramente los «biocombustibles» necesitan de extensas superficies de tierra para ser cultivadas, vislumbrándose, como ya se ha denunciado en la Ribera Navarra, la reestructuración del campo de la producción de alimentos a la de energía. No hay que olvidar que estas explotaciones necesitan también de más tierras, recursos humanos, pesticidas, herbicidas y que implican un alto coste energético y económico que equivale a más deforestación, más erosión, incendios forestales, concentración de tierras, aumento de semillas genéticamente manipuladas, incremento de la precariedad laboral, más consumo de agua y menos tierras dedicadas a la producción de alimentos. También supone un aumento de los desequilibrios sociales en el caso de los países pobres, que es donde se extendería esta producción, imponiéndoles un modelo agrario marcado por los intereses de los países desarrollados. Un dato que avala esta última hipótesis: según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) para sustituir sólo un 10% de la demanda actual de combustible en la UE, habría que dedicar el 70% de la superficie agrícola europea. Sumado a la circunstancia de la pérdida de tierras para producir alimentos (800 millones de personas padecen malnutrición crónica) nos encontramos con una reestructuración demasiado cara para mantener el ritmo de movilidad (automóviles y camiones) y de consumo industrial y doméstico.

Sobre recursos, infraestrcturas y vertidos

Un recurso cada vez más escaso y codiciado en cualquier latitud del globo es el agua no contaminada. El aumento de su consumo (industrial y doméstico) ha supuesto una alteración de los cauces fluviales, cuyo cénit se encuentra en la creación de nuevos pantanos. Los casos más graves los encontramos en el Pre-pirineo navarro, pantanos de Itoiz y Yesa, actualmente en fase de recrecimiento. En el caso de Itoiz, el motivo de inundar los valles del Irati y del Urrobi fue la construcción del Canal de Navarra. Además del grave impacto creado por los 177 Km en los que esta infraestructura divide Nafarroa, la contención y canalización de estas aguas viene a convertirse en un instrumento para la mercantilización de este bien común. Su primera consecuencia, la reestructuración del campo en la Ribera Navarra entre quienes pueden pagar el agua y sus infraestructuras y quienes no. Estos últimos tienen que abandonar el campo en pro de una agricultura más productiva y especializada, por ejemplo la destinada a bio-carburantes. En menor medida, existen otros «pequeños» trasvases de agua, especialmente en la vertiente mediterránea de Euskal Herria. Sirva como ejemplo el de los ríos Inglares y Ega en la montaña alavesa, desviados hacia el regadío del monocultivo de vid en rioja alavesa y hacia la nueva demanda de las macro-urbanizaciones y campos de golf (Labastida, Laguardia, Oion, Biana…) Algo parecido sucedería en la Ribera Navarra con el agua del Canal de Navarra. (Urbanizaciones-campos de golf de Tudela, Arguedas, Fitero, Mendavia…)

Todo este saqueo de recursos supeditado al desarrollo económico y social no tiene visos de ralentizarse, sino todo lo contrario. Queda patente así que cualquier reestructuración económica y social, especialmente en el medio agrario, será justificada para mantener el actual modelo de crecimiento.
La explotación incontrolada de recursos al servicio del capital se ilustra perfectamente con el caso de las canteras. La función de horadar y vaciar los montes (con todas sus afecciones) para cumplir con las demandas de cemento y áridos necesarias en las nuevas infraestructuras y en la construcción. El aumento de mercancías (transporte) y personas (turismo) junto con el desarrollo urbanístico se han convertido en el pilar de toda política económica y se sustentan en la demanda masiva de cemento y hormigón. Un buen ejemplo del hambre de tierra que tiene la construcción lo podrían expresar los vecinos de Elizondo, Markina, Mañaria, Olatzagutia, Deba… Otra de las explotaciones de recursos más dañinos para los ecosistemas en Euskal Herria es la relacionada con el modelo forestal, que analizaremos más adelante.

Un consecuencia más del desarrollismo en las zonas rurales, y la más palpable por ejemplo en el conflicto del TAV es la exigencia de cada vez mayor superficie de suelo hormigonado para vías de transporte (autopistas, TAV, superpuertos, aeropuertos…). Eliminando tierra fértil, destruyendo ecosistemas, fragmentando y aislando poblaciones… dejando traslucir la preponderancia del mundo industrial y sus necesidades frente al mundo rural. Se trata de otro modelo sin visos de frenarse; basta un simple análisis de los proyectos futuros: autopistas (Beasain-Durango, Ampliación de la A-63 entre Biriatu y Baiona, Iruña-Jaca, Supersur, corredor del Urumea…), TAV (Corredor Navarro, Eje Cantábrico-Mediterráneo, Conexión de la «Y vasca» con Madrid, Dax-Behobia, Bilbao-Ferrol), de ampliación de aeropuertos (Noain, Hondarribia), y construcción del Superpuerto de Jaizkibel, Bilbao, Puerto de Mutriku… No pueden obviarse las grandes afecciones que suponen el movimiento de tierras y la creación de escombreras producidas por las grandes infraestructuras. Se calcula que la alta velocidad en EH va a provocar el movimiento de 65 millones de m3 de tierra.

Al expandirse el mercado capitalista, las distancias que los productos tienen que recorrer son mayores, justificándose así la construcción de todas estas infraestructuras y las que se seguirán proyectando.
De este modo las zonas rurales se están convirtiendo en los vertederos de residuos producidos en las metrópolis, conclusión que extraemos si atendemos a conflictos como el de las incineradoras en Donostialdea (Zubieta-Txingudi). En este caso, quienes soportarían las emisiones contaminantes de la quema de basura serían las zonas «semirurales» de la periferia de Donosti. Otro conflicto similar podría situarse en Ugao con los residuos urbanos producidos en el Gran Bilbao y que utilizaría Cementos Rezola. Lo mismo sucedería en Noain y en Olazti en Nafarroa. Detrás de este rastro de contaminación y basura se esconde un gran negocio con la energía resultante, nuevamente camuflado como «energía verde».

El caserío industrial ya tiene label

Aquella visión bucólica de los campos y caseríos autosuficientes en Euskal Herria está a punto de extinguirse, si no lo hizo hace años. El establecimiento de una industria agro-alimentaria depredadora ha supuesto la reestructuración de las pequeñas unidades familiares en una agricultura intensiva, que tiene su cénit en el monocultivo. Esta política está impulsada por las grandes empresas agroalimentarias y de distribución como Eroski, Carrefour, Mercadona, Alcampo, etc. que controlan los precios, las condiciones y la producción. Mantienen así al agricultor y ganadero sumiso a los criterios de los mercados, subordinados por el consumo en las grandes ciudades. Sus consecuencias son la disminución de la población agraria, y su precarización, mayor dependencia de la energía y maquinaria, así como la perdida de sabiduría y de prácticas menos dañinas con el medio. El «necesario» uso de herbicidas, pesticidas, fertilizantes químicos, maquinarias… tiene un gran impacto negativo en el medio natural, con casos ya constatados de contaminación de acuíferos por uso de fertilizantes, de desequilibrio en los ecosistemas por el uso de insecticidas y demás agrotóxicos, y daños a la salud de los propios trabajadores expuestos a multitud de productos tóxicos.

La dependencia de la agricultura de los cada vez más rígidos criterios de producción industrial ha supuesto la aparición en los campos de un virus del que aún se desconocen sus futuras consecuencias: los Organismos Modificados Genéticamente. Los cultivos transgénicos suponen, a través de experimentos en laboratorios, la manipulación de sus componentes genéticos para una mayor productividad. Insertan en el organismo genes de animales u otras especies para adaptarlos a unas condiciones no biológicas (plagas, por ejemplo). Así se consigue encajar mejor los cultivos en la industria agroalimentaria sin beneficiar a agricultores o consumidores.
 En Euskal Herriak la división territorial impone que existan diferentes políticas con respecto a los transgénicos, pero con un fondo parecido. Mientras la CAPV ha sido declarada testimonialmente como Zona Libre de Transgénicos, esto no ha supuesto la total desaparición de ellos, en primer lugar, porque siguen utilizándose en cultivos experimentales, la mayoría del propio Gobierno Vasco (con la problemática de la contaminación a cultivos próximos) y segundo, porque en ganadería se siguen utilizando los piensos transgénicos. Por otra parte la declaración de zonas libres de transgénicos no evita la comercialización masiva de estos productos en los supermercados. Por otro lado en Nafarroa se contabilizan numerosos cultivos transgénicos, mientras que en Iparralde, donde sí existe una oposición real, esta se acaba de topar con una nueva ley que reglamenta la utilización de estos (asumiéndolos y aceptándolos) a la vez que penaliza las prácticas de oposición. El denominador común serán las directivas pro-transgénicas de la Unión Europea, bajo control del lobby de la industria agroalimentaria y de la biotecnología.
 
 A este panorama nada alentador para la agricultura tradicional y autosuficiente, es preciso sumarle el de la apropiación por parte de las multinacionales de las patentes de semillas, lo que impide al agricultor mantener los cultivos de toda la vida sin interferencias comerciales. Este control por parte de las empresas agro-industriales de las técnicas de cultivo (maquinaria, agro-tóxicos…) se haría ilimitado con la implantación de los cultivos transgénicos, ya que estos vienen asociados a la utilización de algún herbicida o plaguicida concreto que normalmente pertenecen a la misma compañía, como sucede con las semillas Roundup Ready, resistentes al herbicida Roundup (ambos de Monsanto).
 
La desaparición de las formas antiguas de cultivar la tierra se ilustra con la aparición de las Agroaldeas, fenómeno que ya se ha iniciado con fuerza, especialmente en la zona de Donostialdea. Las Agroaldeas son una especie de pabellones industriales a modo de invernaderos donde se produce artificialmente (cultivos hidropónicos) en condiciones no biológicas para la planta (acorta los ciclos, cultivos sin respetar sus épocas, inyección de abonos químicos, selección de la forma, color y sabor del fruto…) Lo más curioso, y preocupante a la vez, es que las plantas ya no necesitan de suelo para poder desarrollarse, también es  conocida como «la agricultura sin tierra». La artificialidad de la vida da un paso más apoyada vía subvenciones por Gobierno Vasco y Diputaciones, donde otra vez las empresas multinacionales del sector controlan las tecnologías, fertilizantes, substratos… convirtiéndose definitivamente el agricultor en mero productor de alimentos o en supervisor de las maquinas que los producen.

El caso de la ganadería no es más alentador. Principalmente porque la simbiosis agricultura-ganadería ha desaparecido en favor de la estabulación del ganado. Desde tiempos inmemoriables se trabajaba la tierra con animales, estos se alimentaban de ella y potenciaban su fertilidad. Ahora la ganadería se ha intensificado de forma que los animales son excluidos de su medio y tratados masivamente en condiciones atroces. Comprobado queda con la desaparición del pastoreo tradicional en detrimento de la ganadería intensiva en factorías cárnicas y lácteas. Por otra parte, la necesidad de producir masivamente también ha supuesto una mejora genética o selección artificial, excluyendo a las razas autóctonas. Nadie se asombra hoy ya de la aparición de un nuevo mal patógeno en los animales, sea «vacas locas», «gripe aviar» o «lengua azul», causado directamente por la utilización de los animales como medio rápido de producción para el mercado agro-alimentario. Hay que confirmar también las graves repercusiones en la salud humana de estas prácticas agro-ganaderas aunque no las analicemos en este texto.

Con todo ello en contra, los agricultores y ganaderos que pretendan vivir de la tierra tienen que superar las interminables trabas burocráticas y técnicas que sirven como criba, a fin de seleccionar las explotaciones mejor adaptadas al mercado, agro-alimentario, claro. Hablamos de todos los pasos para poder etiquetar los productos como Denominación de Origen, Eusko label, Producción integral o Agricultura ecológica.

El sector primario se ha convertido en uno de los pilares de la economía globalizada con una gran vocación exportadora, principio básico de la Política Agraria Común europea (PAC). Para ello se exige tecnología en aras de un desarrollo productivo, impulsando la concentración de explotaciones y la desaparición de las más pequeñas. La importancia de cada vez mayores inversiones para superar los requisitos técnicos es una de las bazas de las administraciones para controlar a través de las subvenciones, el modelo agrario que quiere. Con esta filosofía, el Departamento de Agricultura del Gobierno vasco hace su apuesta por este modelo a través de Itsasmendikoi, Gaztenek y Lurranek. Los primeros son organismos encargados de la formación de los futuros profesionales del mundo rural, primando en su discurso la competitividad y rentabilidad de las empresas y que aboga por la industrialización del mundo agrario como único camino posible (hidropónicos, agrotóxicos, agroaldeas, tecnificación, biodiesel…).  El último es un ente creado como banco de tierras para jóvenes agricultores y que realmente se esta utilizando para gestionar las expropiaciones agrarias para infraestructuras como el TAV.

Igual de mal parados quedan los defensores de la pesca tradicional al toparse con la industria conservera. El resultado, una flota en tierra observando los antiguos caladeros colapsados y agotados. ¿A quién culpar como responsable? En bajura el incremento de infraestructuras (puertos, urbanizaciones…) y la contaminación por residuos (en gran parte por fertilizantes agrarios) no deja mayor esperanza para este sector que sobrevive también gracias a las subvenciones institucionales.

Bajo la sombra del pino

Detrás de un discurso ambientalista, paisajista e incluso conservacionista se esconde la industria forestal, especialmente en Bizkaia y Gipuzkoa. De las aproximadamente 240.000 hectáreas de bosque de estos dos herrialdes, 160.000 serían de plantaciones con destino a la industria forestal: madera, serrín, papel, pasta para aglomerado… Prácticamente son dos las especies utilizadas, Pino radiata y Eucalipto; ambas, especies exóticas, de rápido crecimiento y rápido empobrecimiento del suelo. Por ello mismo, una plantación de eucalipto necesita ser abonada varias veces en sus 12 años de vida. El único método utilizado para estos tratamientos es la «matarrasa», que viene a ser la eliminación de todos los componentes vegetales que tienen raíz en la tierra, de forma totalmente mecanizada. De esta manera se incrementa la erosión del suelo, la eliminación total de flora y fauna y los cambios en los sistemas hidrológicos. Debido a la competencia barata de la madera de países del tercer mundo, este sector tan importante para la supervivencia del «nuevo mundo rural vasco» esta siendo fuertemente subvencionado por las instituciones, especialmente por las diputaciones y necesita de mano de obra cada vez más precaria. Cuestión indispensable para competir en un mercado internacional marcado por la destrucción de los bosques tropicales, el expolio a los pueblos indígenas y la explotación de millones de trabajadores.

Como lavado de cara para esta industria surgieron, a iniciativa empresarial y de ONGs ambientalistas, los sistemas de certificación de sostenibilidad (FSC y PEFC). El objetivo era incorporar la industria forestal a la moda del etiquetado verde, a condición de que cada empresa o plantación cumpliera con unos criterios que el lobby maderero decide. Así, mientras una empresa alardea de cumplir con estos objetivos de sostenibilidad (medioambientales y sociales) en Europa, en cualquier punto del planeta podrá estar cometiendo verdaderas atrocidades sin coste económico o moral ninguno. De cualquier manera, calificar como sostenible el modelo forestal que atesta las montañas vascas es decir mucho. A las afecciones anteriormente mencionadas podríamos añadir la desecación de manantiales y la segregación de componentes tóxicos por el uso del eucalipto, la acidificación del suelo causada por las plantaciones de pino o el uso indiscriminado de fumigaciones aéreas para combatir plagas como la procesionaria, entre otras.
Las miras empresariales parecen estar puestas en la utilización futura de la madera de los bosques vascos en la producción de bio-energía, a través de su quema industrial.

 El mismo denominador común en cada monte y valle, la transformación total del ecosistema y de los usos populares para alimentar el hambre de producción de la industria, del consumo urbano de energía y de los derivados de la madera. La privatización de los montes y su abandono, al no resultar rentables puede suponer también un fuerte riesgo de incendios forestales e imposibilita a la población obtener un uso de estos montes, como ha sucedido en el valle del Roncal.
 
La implantación de este voraz modelo forestal no se puede disociar de la propia actividad del baserritarra, quien obtiene importantes beneficios extra por su gestión. Sin embargo, mientras determinadas prácticas forestales provienen de conocimientos acumulados durante miles de años, estos cultivos industriales representan el icono por excelencia del ansia de beneficio rápido, que ha calado ampliamente en el medio rural.

Desarrollo rural, ocio y especulación

SI comentábamos que los transgénicos eran un virus aparecido recientemente en los campos agrícolas, podríamos decir que el ocio-turismo rural es la patología crónica encargada de destruir la estructura social y física de estos espacios. El ritmo desenfrenado de vida en la ciudad (estrés, ansiedad, depresiones…) convierte a las zonas rurales-naturales en los remansos de fin de semana para la parte de la población urbana agraciada con una segunda residencia. Esta enfermedad del suelo rural, que tiene como secuelas crónicas la conversión de la tierra en asfalto y hormigón, se ha extendido a todo el territorio (litoral, montaña, llanura). Ejemplos sobrecogedores como los casos de Andramari en Getxo, Bakio, Ablitas, Pirineo navarro, Iparralde, Zarautz, Rioja alavesa, Altza-Pasaia… pueden ser estudiados con el mismo prisma con  que se analiza la especulación urbanística en las ciudades.

Macro-urbanizaciones, reconversión del caserío en chalet, hoteles, puertos deportivos, estaciones de esquí, campos de golf con su club social… vienen a sustituir los antiguos usos primarios del suelo por la implantación de un sector de servicios que gestiona la muerte del mundo rural o natural. Así la población rural se hace dependiente de los «nuevos trabajos» (hostelería, jardinería, asistencia social…), fomentando la desaparición de los saberes tradicionales, depositados en el conocimiento del medio y su aprovechamiento, sin poner en peligro el equilibrio de la vida sobre el planeta. Las necesidades de ocio de la clase urbana no conocen límites, como deja a las claras el incremento imparable de proyectos de campos de golf, todos ellos con sus urbanizaciones de lujo, especialmente en la ribera Navarra y Rioja alavesa, zona con importantes carencias de agua. Por otra parte, las políticas de desarrollo rural no sirven sino para fortalecer este modelo imparable de destrucción. Así, por ejemplo, estos planes vienen marcados por actuaciones como desarrollo de equipamientos y servicios. El último programa de desarrollo rural del gobierno de Lakua (2008-2013) ya no está dirigido a frenar el despoblamiento rural, sino que su prioridad será catapultar el turismo rural. Según esta concepción institucional del desarrollo, el acceso a internet es el mejor ejemplo de la mejora de la calidad de vida en el mundo rural.

En este sentido, los pequeños reductos donde se mantienen los espacios más o menos naturalizados son trasformados en zonas de reserva (biotopos, parques naturales…) convirtiéndose en espacios de disgregación de un turismo «verde» procedente de las ciudades. Entendemos que lo que se produce es un efecto de mercantilización de la naturaleza en el que las instituciones se apropian de estos espacios (legislando, controlando a través del uso público de los espacios naturales) limitando el uso a la población local, que en gran parte es la que lo ha mantenido naturalizado hasta entonces.

¿Estamos sembrando oposición?

Estamos asistiendo en los últimos años a un suave, pero continuado aumento de la conflictividad en defensa de la tierra o del territorio, muy especialmente en el ámbito que conocemos como rural (ámbitos físico y social). Este fenómeno se aprecia por el surgimiento de numerosas plataformas y grupos a nivel local de oposición a nuevas amenazas que el capital proyecta para su continuo crecimiento. Contra infraestructuras como superpuertos, parques eólicos, canteras, incineradoras, centrales de ciclo combinado,… y contra lo que ha venido en llamarse el «urbanismo desaforado».

Si bien estos conflictos sirven en la mayoría de los casos para canalizar cierta crítica al sistema, se observa una falta de motivación en aunar todas ellas en una verdadera crítica al modelo social y económico. En primer lugar porque estos discursos se tejen como un alegato ciudadanista o sectorial (derecho a decidir del pueblo, argumentos de afecciones a la salud, ambientalistas…) que difícilmente se amplían a una crítica más global que pudiera entrelazar y coordinar el conjunto de nocividades que nos llevaría a un estadio de análisis y lucha más frontal. En muchos casos la raíz del problema es la propia estructura de estas plataformas, en las que prima el discurso de dirigentes al debate de las bases (en el caso de que las haya), primer escenario para una posible negociación con las instituciones

Como excepción positiva se antoja obligatorio señalar el caso de Bakio, donde la Gazte Asanblada convocó en mayo de 2007 una manifestación, cuyo manifiesto final entrelazaba claramente el ejemplo urbanístico de su pueblo junto con la aparición de nuevos proyecto eólicos, el pantano de Itoitz o el TAV. Un discurso que, por lo frontal, negaba las propias condiciones de acercamiento a la lógica ciudadanista de diálogo en defensa de lo local.
En su momento, aprovechándose de estas dinámicas, surgió en Euskal Herria una plataforma (Asamblea de Pueblos Afectados por el Urbanismo Salvaje y la Especulación) apadrinada por el grupo ecologista Eguzki, cuyas intenciones, viendo los resultados, parecen ser más las de no perder la apariencia en la defensa del territorio, que realmente crear en los pueblos un verdadero sentimiento y discursos antidesarrollistas que impulsen una coordinación real que sirva para agitar aún más estas luchas.

Centrándonos en la defensa de lo rural y tras experiencias positivs de grupos como Akuilu (agrupación de jóvenes agricultores), nos encontramos con que el discurso más radical en defensa de la tierra ha quedado en manos del sindicato agrario EHNE. Su discurso contra la agricultura intensiva e industrial, contra los procesos especulativos que artificializan cada vez más superficie de tierra fértil o contra los transgénicos, está limitado por el propio ámbito de actuación del sindicato: la defensa de los intereses de sus propios afiliados. Esto impide una crítica en profundidad del modelo de vida rural, como hemos ilustrado antes en el caso de las plantaciones de pino. La canalización de sus luchas bajo los parámetros legalistas: alegaciones, subvenciones, declaración de zona libre de trangénicos, y las propias alianzas (UAGA, COAG, Red por un tren social…) sirven de freno para progresar en ese debate.

Otras experiencias que no pueden obviarse serían los pueblos okupados (Nafarroako herri okupatuak, Galdames,…) que significarían un avance cualitativo en estos discursos por la aplicación de formas de organización antiautoritarias y asamblearias. Quizás los límites de estos espacios para ampliar sus discursos y sus prácticas residan en su aislamiento geográfico y en los propios problemas de convivencia que ralentizan las dinámicas de estos grupos. Sin embargo, sus implicaciones en luchas como contra el pantano de Itoitz, dan constancia de la compatibilidad entre autoorganización y defensa de la tierra.

Otros fenómenos como las Ekoaldeas o la Permacultura, con poca implantación, son fenómenos que pueden ser fácilmente asimilables por el sistema a través de modelos de ocio como el agroturismo o eco-turismo, que impiden el logro de la autosuficiencia, además de crear fórmulas de dependencia.

Las redes que se están creando en muchos pueblos y ciudades en torno a los grupos de consumo responsable son un indicador de que algo está cambiando en defensa de un modelo de producción y consumo local, que sirva de freno al gran movimiento de mercancías y a la especulación de los intermediarios de alimentos. Mientras en los pueblos estas redes de intercambio son impulsadas por los propios agricultores, surgiendo prácticas de apoyo, colaboración, etc., los grupos de consumo urbanos tendrían unos límites marcados por el mismo hecho del aislamiento que produce la ciudad, la falta de comunicación con los agricultores y el desconocimiento de sus realidades, además de la necesidad de intermediarios que en muchos casos se convierten en grandes empresas de distribución ecológica. A ello hay que añadir la problemática creación como eje vertebrador del rol de «consumidor» y la diferencia de intereses personales entre los integrantes de estos grupos, que van desde la mera apetencia (en función de la capacidad económica) de acceso a un consumo «sano y de alto standing»  a la necesidad de politización y problematización de la cuestión en términos colectivos. Surgen de esta forma dinámicas en estos grupos que, a priori comparten discursos anticapitalistas, que impiden avanzar en el cumplimiento de objetivos más políticos, limitándose a un mero acercamiento a favor del consumo ecológico, lo que niega su implicación en mayor grado en las luchas contra el sistema y en coordinar los mecanismos de solidaridad campo-ciudad basados en el apoyo mutuo, el respeto y conocimiento.

De esta forma parece lejana la vertebración de un verdadero movimiento agroecológico si este se estanca en modelar ciertos ámbitos de consumo. De la misma manera, si las pequeñas luchas locales contra el desarrollismo encuentran los medios de canalizarse en un discurso más vertebrado, y a la vez autónomo que sirva de nexo, estaríamos más cerca de proporcionar un buen golpe al sistema, por ejemplo parando el TAV. Por otro lado es trabajo de todos el rescatar las prácticas agrarias de las manos de las empresas agroindustriales y de sus gestores y máximos mecenas, las instituciones.

Asamblea contra el TAV *
(Texto de debate para la quincena antidesarrollista: 10-23 de diciembre de 2007)

* Tren de Alta Velocidad http://es.wikipedia.org/wiki/Tren_de_alta_velocidad

www.nodo50.org/ekintza