Los invisibles

Me gusta el subte porque es como el cumpleaños de quince de una prima lejana al que todos se ven obligados a ir aunque nadie tenga ganas. En él converge la mezcla más exótica de seres humanos, una suerte de feria llena de colores y ruido y voces estridentes y alguna que otra imagen triste.

Por Juan Solá
16-11-2016

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Archivo de Frases con Sabiduría, 324 páginas

Archivo actualizado a septiembre de 2018 con selección de frases, opiniones, sentires, fragmentos y poesías de personas comunes, escritores, poetas, pensadores, filósofos, brujos, militantes, organizaciones, grupos, revistas, etc. sobre el mundo en el que vivimos y morimos.

Por raas

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(presentación) Del Asesinato de la Naturaleza como una de las Bellas Artes

Presentación de 27 páginas en formato PDF, que es, fundamentalmente, un intento gráfico de señalar responsabilidades sociales políticas (individual y colectivamente hablando). Un cuadro lo que hemos generado como especie en el planeta en un par de siglos.

Por raas
raas@riseup.net

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Elogio de la anarquía por dos excéntricos chinos del siglo III*

Elogio de la anarquía por dos excéntricos chinos del siglo III fue publicada por primera vez en Francia por el sinólogo Jean Levi en una curiosa colección de inspiración situacionista, Éditions de l’Encyclopédie des Nuisances, cuyo catálogo reúne todo un arsenal, entre patafísico y ácrata, contra el progreso y la sociedad industrial.

Por chinaensutinta.com

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La lluvia y el rinoceronte

Déjenme decir esto antes de que la lluvia se vuelva un servicio público que ellos puedan planificar y distribuir por dinero. Con “ellos” me refiero a los incapaces de entender que la lluvia es un festival, gente que no aprecia su gratuidad, pensando que lo que no tiene precio carece de valor y que lo que no puede venderse no es real, de tal modo que para que algo sea verdadero resulta preciso colocarlo en el mercado. Vendrá un tiempo en el cual te venderán hasta tu propia lluvia. Por el momento es gratis todavía, y estoy en ella. Celebro su gratuidad, y su carencia de significado.

Por Thomas Merton*

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El camino con corazón

Por Carlos Castaneda

“… Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino. Si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice.

Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. (…) Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario.
Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta: ¿Tiene corazón este camino?

Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Todos los caminos son lo mismo, no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no…” Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.”

El problema es que nadie se hace la pregunta, y cuando por fin se da cuenta de que ha tomado un camino sin corazón, el camino está ya a punto de matarlo. Un camino sin corazón nunca se puede disfrutar. Hay que trabajar duro tan sólo para tomarlo. En ese punto pocas personas pueden parar a pensar y dejar el camino…
En cambio, un camino con corazón es fácil: no te hace trabajar por tomarle gusto. Para mí existe solamente el viajar por caminos con corazón, en cualquier camino que pueda tener corazón. Por ahí viajo, y el único desafío que vale la pena es atravesarlo en toda su longitud. Y por ahí viajo, buscando, buscando, sin aliento”.

Carlos Castaneda, Las enseñanzas de don Juan (1968), ed. Fondo de Cultura Económica, Bs. As.

fuente http://ladanzadehecate.blogspot.com.es

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La batalla contra los cuatro enemigos naturales

Sábado, 8 de abril, 1962

En nuestras conversaciones, don Juan usaba a menudo la frase “hombre de conocimiento”, o se refería a ella, pero nunca explicaba qué quería decir. Inquirí al respecto.
-Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender – dijo-. Un hombre que, sin apuro, sin vacilación ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y el conocimiento.
-¿Puede cualquiera ser un hombre de conocimiento?
-No, no cualquiera,
-¿Entonces qué debe hacer un hombre para volverse hombre de conocimiento?
-Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos naturales.
-¿Será un hombre de conocimiento tras derrotar a estos cuatro enemigos?
-Si. Un hombre puede llamarse hombre de conocimiento sólo si es capaz de vencer a los cuatro.
-Entonces, ¿puede cualquiera que venza a estos enemigos ser un hombre de conocimiento?
-Todo el que los venza se convierte en un hombre de conocimiento.
-¿Pero hay requisitos especiales que un hombre debe cumplir antes de luchar con estos enemigos?
-No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de llegar a ser hombre de conocimiento; muy pocos llegan a serlo, pero eso es natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino para llegar a ser un hombre de conocimiento son de veras formidables, de verdad poderosos; y la mayoría, pues, se pierde.
-¿Qué clase de enemigos son, don Juan.
Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que pasaría largo tiempo antes de que el tema tuviera algún sentido para mí. Traté de mantener vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que yo podía
volverme hombre de conocimiento. Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero yo insistí en preguntar si había algunas pistas que él pudiera usar para determinar si yo tenía o no oportunidad de convertirme en un hombre de conocimiento. Dijo que dependería de mi batalla contra los cuatro enemigos -de si podía yo vencerlos o salía vencido- pero que era imposible predecir el resultado de esa lucha.
Le pregunté si podía usar brujería o adivinación para ver el desenlace de la batalla. Dijo terminantemente que los resultados de la contienda no podían anticiparse por ningún medio, porque volverse hombre de conocimiento era cosa temporal. Cuando le pedí explicar este punto,
replicó:
-Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de vencer a las cuatro enemigos naturales.
-Debe usted decirme, don Juan, qué clase de enemigos son.
No respondió. Insistí de nuevo, pero él abandonó el tema y se puso a hablar de otra cosa.

Domingo, 15 de abril, 1962

Cuando me disponía a partir, decidí preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento. Aduje que no podría regresar en algún tiempo y sería buena idea escribir lo que él dijese y meditar en ello mientras estaba fuera.
Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar.
-Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.
“Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla.
“Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda.”
-¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
-Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento.
Llegará a ser un maleante, o un cobarde cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
-¿Y qué puede hacer para superar el miedo?
-La respuesta es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de si. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora.
“Cuando llega ese momento gozoso, el hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural.”
-¿Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco?
-Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se conquista rápido y de repente.
-¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si algo nuevo le pasa?
-No. Una vez que un hombre ha conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo.
Para entonces, un hombre conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto, “Y así ha encontrado a su segundo enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo, pero también ciega.
“Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro peto incompleto. Si el hombre se rinde a esa ilusión. de poder, ha sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.
-¿Qué pasa con un hombre derrotado en esa forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia?
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás ha parado en seco sus intentos de hacerse hombre de conocimiento; en vez de eso, el hombre puede volverse un guerrero impetuoso, o un payaso.
Pero la claridad que tan caro ha pagado no volverá a transformarse en oscuridad y miedo. Será claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.
-Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la derrota?
-Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será el verdadero poder.
“Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder!
“El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder.
“Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso.”
-¿Perderá su poder?
-No, nunca perderá su claridad ni su poder.
-¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento?
-Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo un carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de si mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder.
-La derrota a manos de cualquiera de estos enemigos ¿es definitiva?
-Claro que es definitiva. Cuando uno de estos enemigos vence a un hombre, no hay nada que hacer.
-¿Es posible, por ejemplo, que el hombre vencido por el poder vea su error y se corrija?
-No. Una vez que un hombre se rinde, está acabado.
-¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y luego él lo rechaza?
-Eso quiere decir que la batalla sigue. Quiere decir que todavía está tratando de volverse hombre de conocimiento. Un hombre está vencido sólo cuando ya no hace la lucha y se abandona.
-Pero entonces, don Juan, es posible que un hombre se abandone al miedo durante años, pero finalmente lo conquiste,
-No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo nunca lo conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de su miedo, terminará conquistándolo porque nunca se habrá abandonado a él en realidad.
-¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan?
-Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.
“El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tropezará con su último enemigo: ¡la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyentar por un instante.
“Este es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente; un tiempo en que todo su poder está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante de descansar. Si se rinde por ente ro a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su poder y su conocimiento.
“Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento son suficientes.”

Carlos Castaneda

Extracto del libro Las enseñanzas de Don Juan. Una forma yaqui de conocimiento (1967), Fondo de Cutlura Económica, 1968

texto en PDF

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El día antes de la revolución

Prefacio

Mi novela Los Desposeídos habla de un pequeño mundo de personas que se ha dado el nombre de «odonianos». Este nombre deriva de la fundadora de la comunidad, Odo, quien vivió varias generaciones antes de la época en que se desarrolla la novela y que, por lo tanto, no participa en los acontecimientos (sino implícitamente, en el sentido de que todo ha comenzado con ella).

El odonianismo es anarquismo. No el que roba llevando un bomba en el bolsillo, el que – cualquiera sea el nombre con que el quiera darse lustre – es terrorismo puro y simple; ni el libertarismo socio-darwinista de derecha; sino el anarquismo prefigurado en el primer pensamiento taoísta, y anticipado por Shelley y Kropotkin, por Goldman y Goodman. El principal enemigo del anarquismo es el Estado autoritario, sea capitalista o socialista; su principal componente práctico-moral es la cooperación (solidaridad, apoyo mutuo). De todas las teorías políticas es la más idealista y para mí la más interesante.

Introducirlo en una novela, cosa que en principio no era mi intención, fue para mí un trabajo duro y largo, y me absorbió completamente por varios meses. Cuando lo terminé me sentí perdida, exiliada: una persona sin patria. Porque fue muy gratificante cuando Odo salió de las sombras brumosas de la probabilidad y quiso que escribiese un relato no sobre el mundo de la ley realizada sino sobre su ley misma.

A la memoria de Paul Goodman (1911-1972)

La voz del altoparlante resonaba como un furgón de cerveza vacío sobre una calle empedrada, y los presentes estaban apretujados unos sobre otros como las piedras de un adoquinado mientras el estruendo de la voz los dominaba. Taviri se encontraba quién sabe dónde en otra parte de la sala. Ella debía conseguirlo. Se abrió fatigosamente paso serpenteando entre las personas apretujadas y vestidas de oscuro. No oía los sonidos de sus voces, no veía sus caras: existía solamente el sonido del altoparlante y aquellos cuerpos adosados los unos a los otros. No llegaba justamente a divisar A Taviri: era demasiado pequeña. La calle le fue bloqueada por un grueso vientre en un chaleco negro y de espaldas imponentes. Debía alcanzar a Taviri a cualquier precio. Toda sudada, dio un puñetazo violento. Fue como empujar una roca: el hombre no hizo ningún gesto, pero de sus grandes pulmones surgió un rumor prodigioso, como un mugido. Se hizo pequeña. Después comprendió que el mugido no era para ella. También los otros gritaban. El altoparlante decía algo, algunas confusas palabras a propósito de tasas o masas. Toda excitada también ella gritó: «¡Sí! ¡Sí!» y mientras avanzaba no encontró dificultad para huir de la Plaza de Armas de Parheo. El cielo sobre ella era profundo y descolorido y a su alrededor la hierba alta se doblaba bajo el peso de las florcitas secas y blancas. No había podido jamás llamarlas por su nombre, las florcitas ondulaban sobre ella, oscilando en el viento que soplaba siempre durante el crepúsculo. Se metió corriendo entre la hierba, que se plegó dócilmente y volvió a erguirse, ondulante y muda. Taviri estaba allí entre aquella hierba alta, vestido con su mejor ropa, aquella ropa oscura que le daba el aspecto de un profesor o de un actor, con una elegancia severa. No parecía alegre: sin embargo reía, y le hablaba. El sonido de su voz la hizo lagrimear: extendió el brazo para aferrarle la mano, pero no se detuvo. No podía detenerse.

– ¡Oh, Taviri – dijo -, el lugar está un poco más adelante! – El olor peculiar y dulce de aquella hierba blanca se hacía más intenso a cada paso. Sobre el suelo percibía zarza, espinos, sentía declives, agujeros. Temía caerse, caerse: se detuvo.

Sol sobre sus ojos, implacable fulgor de la mañana. La tarde anterior se había olvidado de bajar los postigos. Dio la espalda al sol. Suspiró dos veces, se irguió para sentarse, puso las piernas fuera de la cama y se quedó allí doblada en dos contemplándose los pies, sólo con la camisa puesta.

Los dedos, comprimidos desde la más tierna edad en zapatos baratos, tenían la superficie de contacto casi recta y estaban llenos de callos; las uñas estaban descoloridas e informes. De un tobillo al otro corrían arrugas secas y sutiles. En la base de los dedos, la pequeña área plana había conservado la delicadeza; pero la piel era del color del barro y el cuello del pie era recorrido por venitas anudadas. Desagradable. Triste, deprimente. Miserable. Lastimoso. Puso todas las palabras a prueba: todas iban bien, como pequeños cabellos repugnantes. Repugnante: sí, también. Verse y reconocerse repugnante, ¡qué alegría! ¿Pero cuándo no había sido repugnante, nunca se había observado de aquel modo? ¡No verdaderamente! Un cuerpo eficiente no es un objeto, no es un instrumento o una propiedad para admirar: es simplemente nosotros mismos. Sólo cuando no es más nosotros sino nuestro, un objeto poseído, entonces nos preocupamos. ¿Sus condiciones son buenas? ¿Estará a la altura? ¿Resistirá?

– ¿Qué importa? – dijo Laia con rabia, y se puso de pie.

Levantarse de improviso le dio vértigo. Tuvo que estirar la mano y apoyarse en la cómoda, porque tenía miedo de caerse. En aquel instante recordó el sueño y cómo se había tendido junto a Taviri.

¿Qué le había dicho? No lo recordaba. No recordaba ni siquiera si había llegado a tocarle la mano. Con la intención de violentar su memoria, la frente se le arrugó. ¡No soñaba con Taviri desde quién sabe cuanto tiempo, y ahora no recordaba ni siquiera sus palabras! Desaparecidas, todo desaparecido. Parecía una jorobada en su camisón, la frente arrugada, una mano sobre la cómoda. ¿Desde cuándo no pensaba en él (para no hablar de soñarlo) como «Taviri»? ¿Desde hace cuánto no pronunciaba su verdadero nombre?

Decía «Asieo». «Cuando Asieo y yo estábamos prisioneros en el norte». «Antes de encontrar a Asieo». «La teoría de la reciprocidad de Asieo». Oh, cierto: hablaba de él, hablaba seguramente demasiado de él, sin ton ni son, lo incorporaba continuamente en sus palabras. Pero como «Asieo», con el último nombre, aquel del personaje público. El ciudadano común había desaparecido del todo. Quedaban pocos de aquellos que lo habían conocido. Toda gente que había estado en prisión. Entonces se reía del hecho de que todos los amigos hubieran estado en todas las prisiones, pero ahora ya no estaban ni siquiera en prisión: estaban en los cementerios de las prisiones, o bien se encontraban en fosas comunes.

– Querido mío – dijo Laia, y se dejó caer sobre la cama porque no soportaba el peso de los recuerdos de aquellas primeras semanas en el Fuerte, en la celda, aquellas primeras semanas de los nueve años en el Fuerte de Drio, en la celda, aquellas primeras semanas después que le habían dicho que Asieo había sido asesinado en un choque en la Plaza del Capitolio y había sido sepultado con los Milcuatrocientos en los fosos de cal detrás de la Puerta de Oring. En la celda. Las manos se ubicaron en su antigua posición, la izquierda apretada y cerrada con fuerza en la derecha, el dedo pulgar derecho que ejercía una pequeña presión mientras iba y venía sobre el nudillo del índice izquierdo. Horas, días, noches. Había pensado en todos ellos, uno por uno, todos los Milcuatrocientos, en el hecho que yacían sepultados, que la cal actuaba sobre sus carnes, que los huesos se conmovían en aquella oscuridad ardiente. ¿Quién lo había conmovido a él? ¿Cómo eran ahora los delicados huesos de las manos? Horas, años.

– ¡Taviri, no te he olvidado jamás! – susurró, y la estupidez de la frase la hizo retornar a la luz de la mañana y a la cama deshecha. Naturalmente que no lo había olvidado. Entre marido y mujer, estas cosas no hace falta decirlas. Ahora sus viejos y feos pies estaban de nuevo sobre el piso, como antes. No se había ido a ningún lugar, sólo había girado sobre sí misma. Se puso de pie con un gemido de desaprobación y de esfuerzo; se acercó al armario y se puso la bata.

Los jóvenes circulaban por los ambientes de la casa con placentera inmodestia, pero ella era demasiado vieja para hacerlo. No quería arruinar el desayuno de ellos mostrando la propia vejez. Y después de todo, los jóvenes habían crecido con el principio de la libertad en el atuendo y en el sexo y en todo el resto, y ella no. Ella no había hecho otra cosa que inventar la libertad: no era exactamente lo mismo.

Como, por ejemplo, llamar a Asieo «mi marido». La palabra la hacía siempre sobresaltarse. Un buen odoniano, naturalmente, debía usar «compañero». ¿Pero quién había dicho alguna vez, que ella debía ser una buena odoniana?

Arrastró las chinelas a lo largo del corredor dirigiéndose a los baños. Mairo se estaba lavando el pelo en una pileta. Laia observó admirada aquella larga y lisa madeja empapada de agua. Ya tan raramente salía de la Casa que no recordaba cuándo había visto por última vez una cabeza respetablemente rapada; pero la vista de una gran corona de cabellos le daba placer, un placer intenso. ¿Cuántas veces había sido burlada (¡Melenuda, Melenuda!), cuántas veces los policías o los malhechores le habían tirado de los cabellos, cuántas veces, a cada cambio de prisión un soldado la había rapado con el ceño fruncido? Y después los cabellos volvían a crecer de pelusas a bucles, a mechones, a melena… Mucho tiempo antes. Por amor de Dios, ¿justamente aquel día tenía que pensar en el tiempo transcurrido?

Después que se vistió y rehizo la cama, bajó a la mesa. El desayuno era bueno, pero ella no había vuelto a recuperar el apetito después de aquel maldito golpe apoplejético. Bebió dos tazas de té de hierbas, pero no llegó a terminar la fruta que había tomado. De chica tenía tantos deseos de comer fruta que la robaba; y después, en el Fuerte… ¡Pero por amor de Dios, termínala! Sonrió y respondió a los saludos y a las corteses preguntas de los comensales y del gordo Aevi que aquella mañana prestaba servicio en el Banco.

Era él quien la había tentado con la pesca: «¡Pero mira que maravilla! La guardé para vos» Y cómo habría podido rechazarla? Había tenido siempre ganas de comer fruta, y no se saciaba jamás. Una vez, cuando tenía seis o siete años, había robado una fruta en un puesto callejero en el camino del río. Pero ahora, en medio de todas aquellas personas que conversaban animadamente, era difícil comer. Habían llegado noticias de Thu. importantes noticias. Desde el principio, siempre atenta a no entusiasmarse demasiado fácilmente, se había inclinado a no darles demasiada importancia; pero después de haber leído el artículo del diario, y después de haber leído también entre líneas, pensó, con una extraña seguridad profunda pero fría: «Bien, henos aquí, ha llegado el momento. Y en Thu, pues, no aquí. Thu nos aventajará. La revolución tendrá la delantera allí primero que en otro lugar. ¡Como si importara! No habrá más naciones». Y sin embargo, de algún modo importaba: se sentía un poco triste y fría… Envidiosa, esa es la palabra. ¡Tonterías! No participó mucho en la conversación, y después de algunos minutos se levantó y volvió a su habitación, con un sentido de autoconmiseración. No lograba compartir el entusiasmo de ellos. Ella permanecía fuera, fuera en verdad. «No es fácil», se dijo a sí misma para justificarse, mientras bajaba cansadamente las escaleras, «aceptar encontrarse fuera cuando se ha estado dentro, bien en el medio, por cincuenta años» Por amor de Dios. ¡Qué pena!

Dejó a sus espaldas escaleras y autoconmiseración cuando entró en la habitación. Era una buena habitación. Era una gran cosa estar allí sola. Qué alivio. Si bien, en verdad, no fuese correctísimo. Algunos de los jóvenes de los pisos superiores vivían de a cinco en una habitación no más grande que esa. Las personas que querían vivir en las Casas odonianas eran siempre más de las que ellas estaban en condiciones de contener. Ella tenía aquella gran habitación toda a sí sola porque era una vieja que había do un ataque de apoplejía. Y quizá por que era Odo. ¿Si no hubiera sido Odo sino solo una mujer que había tenido un ataque apoplejía la hubiera obtenido igual? Era probable. Después de todo, quién hubiera querido compartir la habitación con una vieja babosa? Pero no era fácil acertar. Favoritismo, exclusivismo, culto de la personalidad, volvían sutilmente y germinaban por todas partes. Pero ella no había jamás osado esperar que hubieran sido erradicados durante su generación, antes de su muerte. Es solamente el tiempo el que produce los grandes cambios. En tanto aquella habitación era bella, espaciosa, soleada: justo aquello que se necesitaba para una vieja babosa que había puesto en movimiento una revolución mundial.

Su secretario llegaría dentro de una hora para ayudarla a acelerar el trabajo cotidiano.

Arrastrando sus pies llegó al escritorio, un objeto bello y macizo que le había regalado cooperativa de los muebleros de Nio porque una vez uno le había oído decir que el único mueble que verdaderamente desearía tener era un escritorio con cajones de gran superficie… Diablos, en la práctica estaba todo cubierto de papeles con notas pinchadas, por lo demás con la grafía pequeña y clara de Noi: Urgente. Provincias septentrionales. ¿Consultar R.T.?

Su grafía no era la misma después de la muerte de Asieo. Y, al pensarlo, era extraño. después de todo, en los cinco años que siguieron a su muerte había escrito de arriba a abajo La Analogía. Y después estaban las cartas que el guardia, aquel tipo alto de los ojos acuosos (¿cómo se llamaba? ¡no importa!) había hecho salir del Fuerte por dos años. Ahora las llamaban Cartas de la Cárcel, y existían una decena de ediciones diversas. Todas aquellas cosas, aquellas cartas las que la gente continuaba diciendo que estaban llenas de «energía espiritual», lo que significaba quizás que las había escrito con la cara lívida, para tener alta la moral.

La Analogía, que ciertamente era su obra intelectualmente más consistente, todo esto había escrito en el Fuerte de Drio, en la celda, después de la muerte de Asieo. Había que hacer algo, y en el Fuerte papel y pluma eran concedidos… Pero todo había sido escrito en la grafía friolenta y trémula que ella no había reconocido jamás como propia, Mientras sí había sido suya aquella redondeada y adornada del manuscrito de Sociedad sin gobierno, de hace cuarenta y cinco años. Taviri había llevado consigo en sus medias no sólo sus pasiones físicas y espirituales sino también su grafía clara.

Pero le había dejado la revolución.

«¡Qué coraje demuestras continuando con el trabajo, escribiendo, en prisión, después de una derrota semejante para el movimiento, después de la muerte de tu compañero!»: esto le decían. ¡Qué raza de estúpidos! ¿Qué otra cosa se podría haber hecho? Energía, coraje… ¿Pero qué era el coraje? No había logrado imaginarlo jamás. Los otros decían: jamás tienes miedo. Otros aún: tienes miedo pero sin embargo continúas. ¿Pero qué otra cosa se podría haber hecho sino continuar? ¿Existía una verdadera posibilidad de elección? Morir significaba solamente continuar en una dirección diferente.

Si se quería arribar a la meta era necesario continuar: esto entendía de las palabras «el verdadero viaje es el retomo»; pero no había sido otra cosa que una intuición, y en aquel momento ella se encontraba más que nunca imposibilitada de racionalizarla. Se encorvó con demasiado ímpetu, tanto que gimió un poco con los crujidos de los huesos, y se dispuso a revolver en uno de los cajones inferiores del escritorio. La mano se lo detuvo en una etiqueta deteriorada por el tiempo: la sacó, habiéndola reconocido primero con el tacto que con la vista. Era el manuscrito de «La organización sindical en el período revolucionario de transición». En la etiqueta Taviri había impreso el título y debajo su propio nombre: Taviri Odo Aseo, IX 741. Aquella sí que era una hermosa grafía, con letras bien modeladas, decididas, seguras. Pero él había preferido servirse de un impresor de voces. El original era enteramente impreso, y también de alta calidad: dudas anuladas e idiotismos personales normalizados. No se percibía aquel modo de pronunciar la «o» desde el fondo de la garganta según el hábito de la costa septentrional. No aparecía otra cosa de él que no fuera su inteligencia. De Asieo no le quedaba otra cosa que su nombre escrito sobre la etiqueta del libro. No había conservado sus cartas: habría sido sentimental. No le daba por pensar en nada que hubiera poseído por más de algún tiempo: haciendo excepción de su desvencijado cuerpo, naturalmente, pero ella lo llevaba pegado encima…

De nuevo la escisión. «Ella» y «su cuerpo». La vejez y la enfermedad te llevaban a escindir, a evadir; su cerebro insistía: «No soy yo, no soy yo». Sin embargo eras vos. Quizás a los místicos les era posible separar intelecto y cuerpo, ella había envidiado siempre esta posibilidad, sin esperar poder emularlos. La evasión era un juego al que jamás había jugado. Sin embargo había buscado la libertad, sin demora, para el cuerpo y el alma.

Primero autoconmiseración, después auto adulación; siempre allí con el nombre de Asieo entre las manos. Por amor de Dios, ¿pero porqué? ¿No conocía ya aquel nombre sin tener la necesidad de tenerlo bajo los ojos? ¿Acaso había algo en ella que no iba? Se llevó a los labios la etiqueta y besó con decisión y determinación aquel nombre escrito a mano, repuso la etiqueta en el cajón, lo cerró y se apoyó erecta en el respaldo. La mano derecha le hormigueaba. Se la rascó, después la agitó en el aire con rabia. Jamás se había repuesto del todo del golpe. Así también la pierna derecha y el ojo derecho y el ángulo derecho de la boca. Estaban insensibles en parte, inertes, llenos de hormigueos. La hacían sentir como un robot con un cortocircuito.

Mientras el tiempo pasaba, Noi habría llegado, ¿y ella qué había hecho después del desayuno?

Se levantó tan de improviso que tambaleó y tuvo que aferrarse a la silla para cerciorarse de que no se caería. Atravesó el corredor dirigiéndose al baño y se observó en el gran espejo. El moño gris le caía mal: no se había peinado bien antes de desayunar. Puso empeño tratando de rehacerlo. Qué arduo era tener los brazos levantados. Amai, entrando a la carrera para ir al baño, se detuvo y le dijo:

– ¡Lo hago yo! -; y se lo anudó con cuidado y pericia en un instante, con aquellos dedos suyos tan redondos y fuertes, sonriendo en silencio. Amai tenía veinte años, menos de un tercio de los años de Laia. Sus padres habían sido ambos miembros del Movimiento: uno había sido asesinado en la insurrección del ’60, el otro estaba todavía a la búsqueda de nuevas adhesiones al partido en las provincias meridionales. Amai había crecido en las Casas odonianas: nacida para la revolución, verdadera hija de la anarquía. Una niña tan tranquila, libre y bella que el sólo pensar conmocionaba: es por esto que hemos trabajado, era esto lo que quisimos construir, esto, aquí la tienes, viva, nuestro futuro feliz y radiante.

El ojo derecho de Laia Asieo Odo dejó caer algunas minúsculas lágrimas, mientas ella estaba allí de pie entre los lavabos y las letrinas y mientras la hija que ella no había engendrado le arreglaba el pelo; pero el ojo Izquierdo, aquel fuerte, no lloraba e ignoraba qué hacía el derecho.

Laia agradeció a Amai y volvió rápidamente a su habitación. En el espejo había notado una mancha sobre el cuello del vestido. Probablemente jugo de durazno. Vieja babosa. No quería que Noi entrase y la encontrase con aquella haba sobre el cuello.

Mientras la camisa limpia pasaba a través de la cabeza pensó: ¿pero qué tiene Noi de especial?

Unió lentamente los alamares del cuello con la mano izquierda.

Noi tenía alrededor de treinta años, delgado, musculoso, con una voz cálida y vivos ojos oscuros. Esto era todo lo que lo caracterizaba. Simplísimo. El buen sexo de antes. Los hombres rubios o gordos no habían ejercido jamás sobre ella la mínima fascinación, y tampoco se había sentido atraída por los tipos altos y dotados de grandes bíceps, no, ni siquiera cuando tenía catorce años y caía como una pera madura al paso de un galán cualquiera. Bruno, espigado y fogoso: ésta era su receta. Taviri, naturalmente. Aquel muchachito no se podía por cierto parangonar con Taviri por inteligencia, ni aún físicamente, pero el punto era éste: ella no quería que la viese con aquella mancha de haba sobre el cuello del vestido y con los cabellos todos desordenados.

Aquellos cabellos suyos sutiles, grises.

Entró Noi, que se había entretenido apenas un instante en el umbral. ¡Santo Dios, ella no había ni siquiera cerrado la puerta mientras se cambiaba la camisa! Lo vio y se vio a sí misma. Una vieja.

Que se cepille los cabellos y se cambie la camisa, o en cambio se ponga la camisa de la semana anterior y luzca las trenzas de la noche anterior o todavía se ponga un vestido entretejido de oro y se esparza con polvo de diamantes la cabeza rasurada, no hace la mínima diferencia. Una vieja parece solamente más o menos grotesca.

Se arregla por puro sentido de la decencia, por pura y simple higiene mental, para consentimiento del prójimo.

Y después de todo, esto tampoco tiene valor, y se babea encima sin recato.

– ¡Buen día – dijo el muchacho, con aquella voz gentil.

– Hola, Noi.

No, por Dios, no era solamente por un sentido de decencia. Al diablo la decencia. ¿Si el hombre que ella había amado, y para el cual su edad no había sido importante, porque estaba muerto, solamente por aquel motivo ella debía fingir ser ahora asexuada? ¿Por esto debía reprimir la verdad, como cualquier estúpida puritana autoritaria? Sólo seis meses antes, previo al golpe apoplejético, era tan hermosa que los hombres se daban vuelta, y con placer, para verla; y ahora, no siendo capaz de dar placer a los otros, por Dios podía al menos complacerse.

Cuando ella tenía seis años y un amigo de papá – Gadeo – venía a hablar con él de política después de la cena, ella se ponía el collar dorado que la madre había encontrado en un montón de cosas viejas y había llevado a casa escondido en el cuello donde ninguno lo podía ver. Pero ella sabía que esto a Gadeo le gustaba. Era morocho, tenía dientes blancos que brillaban. A veces la llamaba «su bella Laia». «Aquí llega mi bella Laia». Sesenta y seis años antes.

– ¿Qué? Siento la cabeza vacía. He pasado una noche terrible -. Era verdad. Había dormido menos de lo habitual.

– Te pregunté si leíste los diarios de hoy.

Ella hace un signo afirmativo con la cabeza.

– ¿Satisfecha del Soinehe?

Soinehe era la provincia de Thu que la noche anterior había declarado la secesión del Estado de Thu.

Él estaba satisfecho de esto. Los dientes blancos le brillaban sobre el rostro oscuro y lleno de vida. La bella Laia.

– Sí. Y preocupada.

– Lo sé. Pero esta vez es la hora de la verdad. Es el inicio del fin para el gobierno de Thu. ¿No han tratado ni siquiera de hacer llegar tropas a Soinehe, comprendes? No harían otra cosa que llevar los soldados a la rebelión antes de lo inevitable, y lo saben.

Ella estaba de acuerdo. Había probado su misma certeza. Pero no llegaba a complacer su satisfacción. Después de una vida gastada en la esperanza porque nada se le había dado, se perdía el gusto de la victoria. Un verdadero sentido de triunfo debe estar precedido por una verdadera desesperación. Y ella había olvidado desesperar mucho tiempo antes. El triunfo ya no era posible. Se seguía viviendo.

– ¿Hoy escribimos aquellas cartas?

– Está bien. ¿Cuáles cartas?

– Para esos del norte – dijo con paciencia Noi.

– ¿Esos del norte? – Parheo, Oaidun. Ella había nacido en Parheo, ciudad sucia situada sobre un río sucio. Había venido a la capital con veintidós años, cuando se había sentido lista para traer la revolución, si bien entonces, antes que ella y los otros lo replantearan, su revolución fuera muy inmadura y pueril. Huelgas para mejorar los salarios, para hacer entrar en el parlamento una representación femenina. Votos y salarios: poder y dinero, ¡por amor de Dios! ¡Bien, después de todo, en cincuenta años algo se aprende! Y después se vuelve a olvidar todo.

– Comienza con Oaidun – dijo, sentándose en el sillón. Noi estaba en el escritorio, listo para trabajar. Tontos fragmentos de las cartas que esperaban la respuesta de Laia. Ella buscó ser atenta, y logró bastante bien dictar una carta entera y comenzar otra. – Recuerda que en ese momento su sentimiento de fraternidad pudo ser forzado a… no, en peligro… de… – Anduvo a tientas con las palabras hasta que Noi le sugirió: – ¿El peligro del culto de la personalidad?

– Bien. Es que nada se deja corromper por el deseo del poder cuando el altruismo… No. Es que nada corrompe el altruismo… No. Por amor de Dios, tu sabes lo que quiero decir: escríbelo. También ellos lo saben. Son siempre las mismas cosas. ¡Pero porqué no lo leen en mis libros!

– Quedar en contacto – dijo Noi con gentileza, citando uno de los temas centrales de la filosofía odoniana.

– De acuerdo, pero yo estoy cansada de estar en contacto. Si tu escribes la carta, yo la firmo, pero esta mañana no tengo ganas de ocuparme de eso. – Noi la observaba con una expresión ligeramente interrogativa o preocupada. Laia dijo, con enojo: – ¡Tengo otras cosas que hacer!

Cuando Noi se fue, Laia se sentó en el escritorio y colocó las cartas como para trabajar, porque se había sorprendido – aterrorizado – por las palabras que había pronunciado. No sabía hacer otra cosa. No había hecho jamás otra cosa. Era aquel su trabajo: el trabajo de su vida. Los viajes de propaganda y las reuniones y la plaza estaban ya fuera de su alcance; pero siempre podía escribir, y éste era su trabajo. Y de todos modos, si ella hubiera tenido otra cosa que hacer, Noi lo habría sabido: tenía en orden su agenda y le recordaba con tacto ciertas cosas, como por ejemplo la visita de los estudiantes extranjeros, justamente aquel mediodía.

¡Diablos! Los jóvenes le gustaban, y de un extranjero siempre se aprendía algo, pero ahora estaba cansada de caras nuevas y de mostrarse. Ella aprendía de los extranjeros, pero los extranjeros no aprendían de ella: todo lo que tenía para enseñar lo habían aprendido mucho tiempo antes, de sus libros y del Movimiento. Venían solamente a verla, como si ella fuese la gran torre de Rodarred o el cañón de Tulaevea. Un fenómeno, un monumento. Observaban con temor místico, adorador. Les hablaba con violencia: «Sean ustedes los que piensen sin que nadie les diga lo que deben hacer». «Esto no es anarquismo, es puro y simple oscurantismo». «¡No pensarán que la libertad y la disciplina son incompatibles, verdad?». Y aquellos aceptaban los azotes dóciles como corderitos. conscientes, como si ella hubiera sido una diosa madre, el ídolo del universo. ¡Justamente ella! ¡Ella que había minado las canteras navales de Seissero y que había insultado al presidente del concejo Inoilte ante siete mil personas, cuando le había dicho si jamás había pensado en traer aquí una herramienta para cortarse a sí mismo los testículos, los habría hecho laminar en bronce y después los habría vendido como souvenir; ella que había gritado, insultado, agarrado a patadas a los policías y escupido a los curas, y que había orinado en público en la Plaza del Capitolio, sobre la gran placa de latón que decía «¡Aquí fue fundado el Soberano Estado de la Nación de A-IO», (etc, etc)! ¡Ppppuuuhhh a todo esto! Y ahora era la abuelita de todos, la cara viejita, el buen monumento antiguo, vengan a adorar su regazo. El fuego se ha apagado, muchachos: háganlo después, no hay más peligro.

– No – dijo en voz alta. – No lo habrá. – No se horroriza de hablar sola, porque siempre lo bahía hecho. «El público invisible de Laia», lo llamaba Taviri, mientras ella daba vueltas en la pieza murmurando. – No hay necesidad que vengan, yo no estaré – dijo a su público invisible. Había apenas decidido qué hacer. Hubiera huido de allí. Por las calles.

Era irresponsable desilusionar a estudiantes extranjeros. Era una extravagancia típica de la senilidad. Era muy poco odoniano. ¡Pppuuulthh a todo esto! ¿Qué sentido había en luchar toda la vida por la libertad y después terminar por no tener ni siquiera un poco? Se hubiera escapado de allí para hacer un paseo. «¿Qué es un anarquista? Aquel que por elección acepta la responsabilidad de la elección». Estaba bajando por las escaleras cuando decidió, reticentemente, quedarse y recibir a los estudiantes extranjeros. Hubiera huido después.

Eran jovencísimos, muy serios, con ojos de cervatillos, hirsutos, fascinados: venían del hemisferio occidental, de Benhili y del reino de Mand. Las chicas llevaban pantalones blancos, los muchachos faldones largos, marciales y arcaicos. Hablaban de sus expectativas.

– En Mand estamos tan lejos de la revolución que quizás estemos cerca – dijo una de las chicas, con melancolía, sonriendo: – ¡El círculo de la existencia! – Y mostró el encontrarse de los extremos en el círculo de los dedos sutiles y morenos. Amai y Aevi les sirvieron vino blanco y pan negro, la hospitalidad de la casa. Pero los visitantes con mucha modestia se levantaron para despedirse después de media hora.

– No, no, no – dijo Laia – quédense, hablen con Aevi y Amai. Es sólo que si estoy sentada me entumezco toda, entienden, y debo moverme un poco. Me ha hecho mucho bien conocerlos. ¿Hermanitos y hermanitas, volverán pronto a verme? – Su corazón estaba con ellos y el de ellos con ella; y antes de retirarse los saludó a todos con un beso, riendo, llena de alegría por aquellos jóvenes, tez morena, ojos afectuosos y cabellos perfumados. Estaba en verdad un poco cansada, pero irse a su habitación a descansar hubiera sido reconocerse vencida. Antes había tenido la intención de escapar. Y habría escapado. No huía sola desde… ¿desde cuándo? Desde fines del invierno, antes del golpe.

No tenía por qué admirarse por sentirse un poco extraña. Justamente como haber estado en prisión. Afuera, en la calle: su mundo era aquel.

Salió tranquila por la puerta lateral, superó el cantero verde, y llegó a la calle. Aquella sutil franja de áspera tierra ciudadana había sido cultivada magníficamente y mostraba una buena cosecha de porotos y cecá, pero Laia no se interesaba por los cultivos. Cierto, aparecía claro que las comunidades anárquicas, aunque durante los períodos de transición, deberían operar en dirección de una autosuficiencia ideal, pero en qué modo dicha autosuficiencia se debía obtener en términos reales de terreno o de plantas, no era cosa suya. Había campesinos y técnicos agrónomos para esto. Asunto suyo eran sin embargo las calles, las calles ruidosas y sucias, los adoquines donde ella había crecido y donde había visto enteramente la vida, con excepción de aquellos quince años de cárcel.

Examinó con afecto la fachada de la casa. El hecho de que haya sido construida para ser un banco proporcionaba a los actuales habitantes un placer totalmente particular. Conservaban los sacos de harina integral en la caja fuerte, y obtenían el estacionamiento de la sidra en barrilitos colocados en las cajas de seguridad. En la parte superior de las impecables columnas sobre el frente de la calle se leían todavía las siguientes palabras: Asociación Bancaria Nacional para la Agricultura. El Movimiento no era particularmente versado para poner nombres. No tenía una bandera. Los slogans iban y venían de acuerdo a la necesidad. Estaba siempre el «círculo de la existencia» para ser trazado sobre los muros y en las calles donde la autoridad lo habría visto. Pero cuando se trataba de denominar algo, se mostraban nuevamente indiferentes, y aceptaban o ignoraban los nombres con los cuales se tropezaban, por temor a ser vinculados y obligados, y sin temor de mostrarse contradictorios. Y así aquella casa cooperativa, antes por notoriedad y luego por vejez, no tenía otro nombre que «el Banco».

Estaba frente a una calle espaciosa y tranquila; pero a una manzana de distancia estaba la Temeba, un mercado al aire libre, en un tiempo famoso como mercado negro de sustancias psicotrópicas y alucinógenas, y ahora reducido a mercado de frutas y verduras y de ropa de segunda mano, y a un miserable lugar de actividades menores. Su vitalidad embriagadora había desaparecido, dejando tras de sí solamente alcohólicos semiparalíticos, drogadictos, lisiados, mendigos, bultos de bajo precio, casas de empeño, garitos volantes, adivinas, escultores del cuerpo y hoteluchos infames. Laia retornaba a Temeba como el agua a su condición de equilibrio.

No había temido ni despreciado nunca la ciudad. Era su patria. No existirían más los bajos fondos como aquellos una vez que la revolución hubiese vencido. Pero permanecería la miseria. Existiría miseria, despilfarro, crueldad. Ella no había pretendido jamás cambiar la condición humana, de ser la mamita que aparta o que carga todas las durezas de la vida de sus pequeños para que no se lastimen. Todo menos esto. Con tal que la gente fuese libre de elegir, ya no era asunto suyo si después vivía en cloacas y bebía insecticidas. Con tal que esto no sea asunto de Affari, fuente de provecho y medio de poder para otros. Cosas, éstas. que había intuido quizás antes de saber algo preciso. Antes de escribir su primer panfleto, antes de dejar Parheo, antes de conocer el significado de «capital», antes de traspasar los confines de Vía de la Abundancia donde jugaba con otros chicos de seis años apoyando en la tierra las rodillas lastimadas, ya sabía todo esto: que ella y los otros chicos y sus padres y los padres de sus padres y los borrachines y las prostitutas y toda la gente de Vía de la Abundancia estaban en el fondo de algo, eran el fundamento, la realidad, lo surgente. Pero ninguno de aquellos que se pensaba hecho de un material más noble que el barro estaba dispuesto a comprender. Ahora Laia, agua en busca de la condición de equilibrio, barro en el barro, avanzaba pesadamente por la calle sucia y rumorosa, y se sentía a sus anchas en toda la obscena debilidad de su vejez. Las somnolientas prostitutas con el peinado laqueado que estaba todo torcido y a punto deshacerse, la vieja bizca que gritaba cansadamente los nombres de sus ver duras, el mendigo idiota que intentó cazar las moscas a manotazos: eran éstos sus conciudadanos. Se le asemejaban, en su tristeza, en su repugnancia, pequeñez, desprecio, obscenidad. Eran sus hermanos, su gente.

No se sentía muy bien. Hacía tiempo que no se aventuraba tan lejos – cuatro o cinco manzanas – sola, en el rumor y en la muchedumbre y bajo el ardiente sol del verano. Había tenido la intención de ir al parque Koly, aquel triángulo de hierba miserable al fondo de Temcha, y sentarse por un momento con los otros hombres y las otras mujeres que iban allí cada día, para comprender qué significaba estar sentados allí y ser viejos: pero era demasiado lejos. Si no hubiese vuelto atrás ahora, quizás la habría alcanzado un golpe de vértigo; y tenía miedo de caerse, caer y observar a la gente que se acercaba a mirar a una vieja en pleno estado convulsivo. Dio una media vuelta y se dirigió a su casa, con los signos de la fatiga y del disgusto de sí misma visibles en su cara que sentía arder. Advirtió en sus oídos un zumbido que cesó súbitamente. Había sido sin embargo intenso, y ella temió en verdad caminar en el aire. En las sombras se saltó un escalón: se diría, se dejó caer poco a poco, se sentó y lanzó un suspiro.

Un vendedor de fruta se sentaba en silencio detrás de su mercadería sucia y marchita. La gente pasaba. Nadie compraba. Ninguno la observaba. Odo: ¿quién era? La famosa revolucionaria, la autora de Comunidad, La Analogía, etc. ¿Y quién era? Una vieja de cabellos grises y de rostro enrojecido, sentada sobre el sucio umbral de un tugurio, que mascullaba palabras entre dientes.

¿Era verdad? ¿Era esto lo que ella era? Sin ir más lejos, era esto lo que cualquier persona que pasaba veía. Pero ella, justamente ella, ¿era más de aquello que la famosa revolucionaria, etc. había sido? No. No era algo más. ¿Pero entonces quién era?

La mujer que había amado a Taviri.

Sí. Suficiente en verdad. Pero no lo suficiente. Aquello había terminado. ¡Taviri estaba muerto desde hacía tanto tiempo!

– ¿Quién soy? – masculló Laia a su público invisible, que sabía responder a sus preguntas y le respondió al unísono. Ella era la chica con las rodillas lastimadas, sentada sobre el umbral mirando en la niebla sucia y dorada de Vía de la Abundancia, bajo el sol de una tarde de verano; la nena de seis años, la chica de dieciséis, feroz, irascible, con la cabeza llena de sueños, indiferente, inalcanzable. Ella era ella misma. Sí, había sido la indefensa trabajadora y pensadora, pero un coágulo de sangre en una vena le había robado aquella mujer. Sí, había sido la amante aquella que se abría un camino en la vida, pero Taviri muriendo le había quitado aquella mujer. Nada había quedado, en realidad, sino lo fundamental. Había vuelto: no se había ido jamás. «El verdadero viaje es el regreso». Polvo y barro y el umbral de un tugurio. Y además, en el fondo del camino, aquel campo lleno de hierbas altas y secas, bajo el soplido del viento en el crepúsculo.

– ¡Laia! ¿Pero qué estás haciendo acá? ¿Estás bien?

Uno de los habitantes de la casa, naturalmente: una bella mujer, un poco fanática y un poco charlatana. Laia no se acordaba de su nombre si bien la conocía de años. Dejó que la llevase a su casa, y dejó que hablase durante todo el camino. En el gran salón (en un tiempo ocupado por cajeros intentando contar el dinero detrás de ventanillas brillosas bajo la mirada de guardias armados) Laia se sentó en una silla. No estaba como para, por el momento, subir las escaleras, aunque prefiriese estar sola. La mujer continuaba hablando y otra gente ingresaba excitada a la sala. Parecía que estuviesen programando una demostración. Los eventos, en Thu, se sucedían tan rápidamente que también allí los ánimos estaban caldeados, y era preciso hacer algo. Pasado mañana – no, mañana – habría una marcha, una gran marcha, de la ciudad vieja, en la Plaza del Capitolio, recorriendo el viejo itinerario.

– Otra Revuelta en el noveno mes – dijo un joven, inflamado y sonriente, observando a Laia. En el tiempo de la Revuelta del noveno mes no había ni siquiera nacido, para él era solamente historia. Ahora quería hacer también él su pequeña contribución a la historia. La sala se había llenado. Se tendría mañana una asamblea general a las ocho de la mañana. Laia debería hablar.

– ¿Mañana? Mañana yo no estaré – dijo bruscamente. Aquel que había hablado esbozó una sonrisa y algún otro se rió; Amai la miró con aire interrogativo. Hablaron de nuevo y alzaron la voz. La revolución. ¿Pero qué la llevó a hablar así? ¿Pero era necesario decir semejante cosa en la vigilia de la revolución, aunque hubiese sido cierta?

Esperó sentirse bien, logró ponerse en pie, y a pesar de la torpeza se escapó sin ser vista entre la gente excitada y pronta a subir los escalones uno a uno. En la pieza de abajo, a sus espaldas, una, dos, diez voces estaban diciendo «huelga general». Huelga General, murmuró Laia tomando aliento en el descanso de la escalera. Arriba, delante de ella, en su habitación, ¿qué la esperaba? Su golpe apoplejético privado. Sin embargo, cómico. Inició el ascenso por la segunda rampa, un escalón a la vez, una pierna a la vez, como una nena de dos años. Estaba mareada, pero no temía caerse. Delante de ella, allá abajo, las florcitas blancas y secas hacían oscilar sus corolas y susurraban en los vastos campos del atardecer. Setenta y dos años y no había tenido jamás el tiempo de llamarlas por su nombre.

FIN

Ursula K. Le Guin
1974

Edición digital de Sadrac

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El violinista que tocaba para las paredes

Un hombre se sentó en una estación de metro en Washington DC y comenzó a tocar el violín, era una fría mañana de enero. Interpretó seis piezas de Bach durante unos 45 minutos. Durante ese tiempo, ya que era hora pico,  se calcula que 1.100 personas pasaron por la estación, la mayoría de ellos en su camino al trabajo.

Tres minutos pasaron, y un hombre de mediana edad de dio cuenta de que había un músico tocando. Disminuyó el paso y se detuvo por unos segundos, y luego se apresuró a cumplir con su horario.

Un minuto más tarde, el violinista recibió su primer dólar de propina: una mujer arrojó el dinero en la caja y sin parar, y siguió caminando.

Unos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a escucharlo, pero el hombre miró su reloj y comenzó a caminar de nuevo. Es evidente que se le hizo tarde para el trabajo.

El que puso mayor atención fue un niño de 3 años. Su madre le apresuró, pero el chico se detuvo a mirar al violinista. Por último, la madre le empuja duro, y el niño siguió caminando, volviendo la cabeza todo el tiempo. Esta acción fue repetida por varios otros niños. Todos sus padres, sin excepción, los forzaron a seguir adelante.

En los 45 minutos que el músico tocó, sólo 6 personas se detuvieron y permanecieron por un tiempo. Alrededor del 20 le dieron dinero, pero siguió caminando a su ritmo normal.  Se recaudó $ 32. Cuando terminó de tocar y el silencio se hizo cargo, nadie se dio cuenta. Nadie aplaudió, ni hubo ningún reconocimiento.

Nadie lo sabía, pero el violinista era Joshua Bell, uno de los músicos más talentosos del mundo. Él había interpretado sólo una de las piezas más complejas jamás escritas, en un violín por valor de 3,5 millones de dólares.

Dos días antes de su forma de tocar en el metro, Joshua Bell agotó en un teatro en Boston, donde los asientos tuvieron un promedio de $100.

Esta es una historia real. Joshua Bell tocando incógnito en la estación de metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de la gente. Las líneas generales fueron las siguientes: en un entorno común a una hora inapropiada: ¿Percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?

Una de las posibles conclusiones de esta experiencia podrían ser:

Si no tenemos un momento para detenernos y escuchar a uno de los mejores músicos del mundo tocando la mejor música jamás escrita, ¿cuántas otras cosas nos estamos perdiendo?

Josh Nonnenmocher

video: http://www.youtube.com/watch?v=TvWbnD5fLqU

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Trampas mortales de la ciudad prisión

Hay una gran avenida plagada de máquinas automovilísticas
cemento excesivo, nada de verde y cámaras por todos lados
el ambiente respiraba tensión asfixiante
conglomerado de sujetos deambulando mirando sin ver y viceversa.

Los autos iban y venían sin dirección alguna,
un detalle no cuajaba en el gris escenario
treinta centímetros o más de agua
semiocultaban los neumáticos de las topadoras inertes.

Y algo todavía menos percibido aún,
peces y pingüinos luchando sin chances contra
la marea enfurecida y multidireccional,
aunque muchos ya habían perdido la batalla desigual.

Y amontonados por todos lados
resultaban serios escollos para los maquinistas,
ensordecidos y apresurados que ni siquiera procuraban esquivar
lo que parecían ser animales sin valor alguno.

raas
raas@riseup.net
Junio-julio de 2013

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El carrito

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada.

Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.

Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.

Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?

Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.

El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.

César Aira
17 de marzo, 2004

fuente: www.elortiba.org

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Cambio de ruta

El martes 17 de mayo de 1980 el ferrocarril Antofagasta-Oruro dejó la estación chilena emprendiendo un viaje rutinario. El convoy estaba integrado por un vagón postal, otro de mercancías y dos de pasajeros, de primera y segunda clase respectivamente.
      
Viajaban muy pocos pasajeros, y la mayoría de ellos bajó en Calama, a mitad del largo camino hasta la frontera con Bolivia. Los que quedaron, cuatro en el vagón de primera y ocho en el de segunda, se dispusieron a dormir estirados en los asientos, agradablemente mecidos por el balanceo del tren que con fatigosa lentitud treparía los tres mil y tantos metros hasta llegar a los pies del volcán Ollagüe y al pueblo del mismo nombre.
      
Allí, los pasajeros que desearan seguir viaje a Oruro debían tomar un tren boliviano, y el expreso Antofagasta-Oruro seguiría unos cien kilómetros más por territorio chileno hasta parar en Ujina, final del viaje. Por qué el expreso se llamaba Antofagasta-Oruro, y no simplemente Antofagasta-Ujina, es algo que nadie entendió jamás y el asunto permanece así todavía.
      
Era un viaje aburrido. La pampa salitrera murió hace demasiado tiempo y los pueblos abandonados hasta por
los fantasmas de los mineros no ofrecían ningún espectáculo digno de mención. Hasta los guanacos, que a veces languidecían de tedio mirando el paso del tren con expresión idiota, eran aburridos. Uno ve uno y con los ha visto todos.
      
De tal manera que dormir a pierna suelta una vez agotadas las botellas de vino y las conversaciones constituía la mejor perspectiva del viaje.
      
En el vagón de primera viajaban una pareja de recién casados que deseaban conocer Bolivia _planeaban llegar hasta Tiahuanaco_, un comerciante de lencería con asuntos pendientes en Oruro, y un estudiante de peluquería que había ganado el pasaje de ida y vuelta hasta Ujina en un concurso de radio. El futuro peluquero viajaba no muy convencido de si semejante premio recompensaba con justicia el haber respondido bien las veinte preguntas del concurso «El cine y usted».
     
En el vagón de segunda trataban de dormir un boxeador de la categoría welter que en tres días más habría de enfrentar en Oruro al campeón amateur boliviano de la misma categoría, su manager, el masajista y cinco hermanitas de la caridad. Las monjas no pertenecían a la delegación deportiva y se quedarían en Ollagüe para hacer unos ejercicios de retiro espiritual.
      
El tren llevaba a dos maquinistas, el encargado del vagón postal y un revisor.
La locomotora diesel arrastraba el convoy sin contratiempos. Llevaban dieciocho horas de viaje desde que salieran de Antofagasta y bordeaban los primeros farallones que custodian el volcán San Pedro y sus casi seis mil metros de altura. Unas cinco horas más de viaje y entrrían en Ollagüe alarmando a los muerciélagos de los campanarios.
      
El maquinista al mando vio aparecer súbitamente un banco de niebla y no le concedió importancia. Los bancos de niebla también eran detalles rutinarios, pero por si  las moscas, aminoró la marcha. El otro maquinista dormitaba sentado. Percibió la maniobra y abrió los ojos.
_¿Qué pasa? ¿Los guanacos de nuevo?
_Niebla, Muy espesa.
_Dale no más.
     
La locomotora entró como un dardo en el banco de niebla y el maquinista descubrió algo desacostumbrado. El rayo de luz del reflector no perforaba la niebla. Se dibujaba redondo, como proyectado contra un muro gris y húmedo. Instintivamente disminuyó la marcha al mínimo y el compañero volvió a abrir los ojos.
_¿Qué pasa?
_La niebla. No se ve nada. Nunca antes vi una niebla tan espesa.
_Cierto. Será mejor detener la máquina.
Así lo hicieron. El tren retrocedió unos centímetros y se quedó quieto.
      
El maquinista al mando abrió una ventanilla y asomó la cabeza tratando de mirar hacia el haz de luz, pero no vio el vigoroso haz de luz del faro. En realidad no vio absolutamente nada, y alarmado entró de nuevo la cabeza.
Al mirar hacia adelante tampoco pudo ver el reflector encendido.
_Mierda. Se nos fundió la bujía.
_Qué diablos. Vamos a cambiarla.
Tomaron una nueva bujía y salieron a la pasarela cargando una caja de herramientas. Los dos hombres portaban linternas de mano. El primero en salir dio dos pasos y se detuvo. Pensó que le fallaba la linterna, mas, al volverla hacia arriba, comprobó que estaba encendida. La luz no conseguía traspasar la niebla, se proyectaba un par de milímetros desde el vidrio y moría.
_Socio, ¿estás ahí?
_Sí, detrás de ti. Pero no te veo.
_Me está entrando julepe. Dame la mano.
Tantearon en la oscuridad absoluta, se tomaron de la mano y, con los cuerpos pegados a la baranda de la pasarela, avanzaron hasta el reflector. Estaba encendido. Al pasar la mano por el vidrio protector, el poderoso haz de luz la tornaba transparente, pero no conseguía pero no conseguía penetrar ni un centímetro en la niebla.
_Volvamos. Hay que esperar no más.
De regreso a la cabina de mando, el segundo maquinista accionó las perillas de la radio para comunicar la detención y el posible atraso a la estación de Ollagúe.
_¡Cresta! ¡Por la grandísima cresta!
_Y ahora ¿qué?
_La radio. Está muerta. No funciona.
_No más nos faltaba esto. ¿Qué hacemos?
_Esperar. Y con paciencia.
Las horas empezaron a sorrer lentas, como en todas las situaciones de incertidumbre. Dieron las cuatro de la mañana, las seis, la hora prevista para llegar a Ollagüé, las siete y se cumplieron las veinticuatro horas desde que salieran de Antofagasta. La niebla seguía igual. Densa, tanto que impedía el paso de la luz diurna, la lacerante luminosidad de los amaneceres andinos.
_Hay que hablar con los pasajeros.
_De acuerdo. Pero vamos juntos.
Tomados de la mano, los dos maquinistas bajaron de la locomotora y, pegando los cuerpos al tren, llegaron
hasta el vagón postal. El encargado se alegró al escucharlos y se les unió en pos del vagón de primera clse. Subieron. El revisor, que se desgañitaba dándo explicaciones al lencero, los recibió con alivio.
_¿Hasta cuándo vamos a estar parados? Me están esperando negocios importantes en Oruro _alegó el hombre.
_¿No se ha asomado a la ventana? ¿No ve la niebla que hay afuera? _respondió uno de los maquinistas.
_¿Y qué? Las vías siguen en el suelo _agregó.
_Sea sensato. Los maquinistas saben lo que hacen _indicó la recién casada.
_Socio, anda a buscar a los pasajeros de segunda. Es mejor que estén todos juntos.
      
El aludido cruzó al otro vagón, y los primeros en aparecer fueron el boxeador y sus técnicos. El púgil mantuvo abierta la puerta para que pasaran las monjas.
Luego de una corta discusión, que reveló que los recién casados y el estudiante de peluquería eran los únicos dotados de paciencia en el grupo, acordaron qué estrategia seguirían.

Según los cálculos de los maquinistas, se encontraban muy cerca del volcán San Pedro, en un tramo de curvas cerradas que desaconsejaban mover el tren en medio de aquella niebla, pero también era posible que el banco de niebla no fuera demasiado extenso. Tal vez se terminara en la próxima curva y, si era así, estaban dispuestos a reanudar la marcha a la vuelta de la curva. Pero antes debían estar seguros y por lo tanto un voluntario tenía que acompañar a uno de los maquinistas en la caminata exploratoria por las vías. El boxeador se ofreció de inmediato argumentando que le vendría muy bien un poco de movimiento.

Para no verse obligados a caminar tomados de la mano, el boxeador y el segundo maquinista se ataron por la cintura mediante una cuerda, como los alpinistas, y emprendieron la marcha. No alcanzaron a dar un paso y ya los pasajeros asomados a la puerta los habían perdido de vista. Pero la ausencia no duró demasiado.
Arrastrando al púgil, que no entendía la decisión de volver, el maquinista regresó hasta el grupo.
_Estamos sobre un puente -dijo el ferroviario.
_¿Qué? ¡Si no hay un solo puente en todo el trayecto! _dijo el otro.
_Lo sé tan bien como tú. Pero ahora estamos encima de un puente. Ven conmigo.
Soltaron al boxeador y los dos maquinistas se unieron por medio de la cuerda.
Los hombres no se veían. La humedad de la niebla tornaba desagradable la respiración.
_Pisa los durmientes. Vamos a dar dos pasos. Listo. Ahora trata de apoyar el pie entre medio de los durmientes.
      
El otro ferroviario estuvo a punto de perder el equilibrio. El pie atravesó la niebla sin encontrar resistencia.
_La puta. Es cierto. ¿Dónde estamos?
_¿’I’ienes algo pesado? Quiero saber si hay agua abajo.
_Entiendo. Atento. Voy a botar la linterna.
Esperaron conteniendo la respiración todo el tiempo que pudieron, pero no escucharonn el ruido esperado. No escucharon ningún ruido.
_Pues parece que es alto. ¿Dónde estamos?
Regresaron al vagón y sus rostros perplejos enmudecieron a los pasajeros.

Las monjas repartieron los restos de café que llevaban en termos, el comerciante de lencerías revisó su agenda de compromisos, los recién casados se tomaron de las manos, el boxeador se paseó nervioso de un extremo a otro del vagón mientras el manager jugaba a las damas con el masajista y el estudiante de peluquería sacó con timidez un radio transistor de su bolso.
_¡Buena idea! A lo mejor hay información del tiempo. Son las siete de la mañana y es hora del noticiero _exclamó uno de los maquinistas.
      
Se arremolinaron cerca del muchacho y, en efecto, escucharon el noticiero, con incredulidad primero, con desazón luego, y finalmente con resignación ante la evidendencia.
El locutor habló del trágico descarrilamiento del ferrocarril Antofagasta-Oruro ocurrido la pasada noche en las proximidades del volcán San Pedro. El convoy, al parecer por un fallo en el sistema de frenado, había saltado de las vías y caído en un precipicio. No había supervivientes, y entre las víctimas se encontraba el destacado deportista…

Se miraron unos a otros en silencio. Ninguno cumpliría sus planes ni llegaría a tiempo a las citas concertadas. Otra invitación inescrutable y ajena al paso del tiempo los convocaba a pasar al otro lado del puente, cuando se levantara la niebla.

Luis Sepúlveda

fuente www.jesusfelipe.es/luis_sepulveda.htm#________Cambio_de_ruta

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El paso del ganso

Gracias a Dios no nací pobre. Mi familia me ha enseñado a despreciar a esos rotos que no nos dejan comer en una terraza de los cafés del centro sin tratar, haciendo indignas muecas de tristeza con sus caras simiescas, de que les regalemos la costilla que está en nuestro plato. Mi padre, vestido de impecable gris, camisa blanca y corbata discreta, tiene la decencia de mantener siempre una billetera llena y, por lo mismo, un espíritu satisfecho. Las proporciones de su cuerpo proclaman sin innecesaria ostentación la calidad de su cuna. Su cabeza cabe exactamente ocho veces en la altura de su cuerpo. Sus ojos están en la exacta mitad de su cabeza. Su costado derecho es idéntico al costado izquierdo. Si con una sierra se lo dividiera a lo largo, esos trozos serían idénticos.

El 18 de septiembre, nuestra Fiesta Patria, con su voz ni muy aguda ni muy grave, mi padre me dijo:

—Si somos lo que somos y tenemos lo que tenemos es porque nos hemos rodeado de empleados que saben defendernos. Te llevaré al hemiciclo del parque marcial para que veas desfilar a nuestro glorioso ejército.

Protegido por la sombra de un quiosco, allí estaba el Presidente rodeado por sus ministros; él y ellos, perfectamente simétricos. Los soldados, en bloques compactos, filas de veinte de ancho por cuarenta de fondo, cubiertos con cascos en forma de hongo y máscaras de Mickey Mouse, al llegar frente a la tribuna comenzaron a levantar sus piernas a la altura del ombligo para luego depositarias en la tierra con enérgicos zapatazos. Disimulando una sonrisa de orgullo —toda expresión facial le estaba prohibida—, mi padre musitó: “¡No lo olvides nunca, hijo mío, ese es el paso del ganso!” “¡Suena como una lluvia de balazos, me da miedo! ¿Para qué les sirve?” “¡Aparte de asustar a los piojentos, les sirve para matar a las hormigas!” “¿Pero, qué les han hecho las pobres?” “Pues… ¡existir en su camino!”

Por primera vez —a pesar de que yo no tenía nada que ver con las hormigas: mi madre, cada vez que veía una fila de esas obrerillas, por lo general en la cocina, tomaba el lanzallamas doméstico y, reteniendo su furia para murmurar un frío “¡Ladronas!”, las convertía en cenizas, sin que en mi corazón estallara una tormenta—, navegó por mi sangre un dolor extraño al que después identifiqué como “piedad”.

Soltando la bien formada mano de mi padre, con dedos de largo regular y uñas que lucían una perfecta y blanca medialuna, pasé por entre las botas de los carabineros, salté las barreras, corrí hacia la pista y, en medio de ella, elevé mis brazos hacia el bloque de soldados.

— ¡No levanten las piernas tan alto! ¡No castiguen así el suelo! ¡Piensen en las pobres hormigas! ¡Avancen sobre la punta de los pies! ¡Esquívenlas! ¡Son hormiguitas chilenas! ¡Son nuestras compatriotas!

¿Qué podían hacer esos nobles esbirros? ¿Frenar de golpe para hacerse embestir por el bloque que los seguía? ¿Ponerse a caer como palos de boliche? Por otra parte, ¿podía el Presidente ordenar que su ejército se detuviera, aceptando que un niño era más importante que todas las armas? Optaron por la única solución posible: no verme. Los zapatazos, en su impetuoso avance, llovieron sobre mi cuerpo.

El desfile duró una hora. Cuando el mandatario, sus ministros, los cinco mil soldados y el numeroso público se alejaron del parque, yo quedé en el camino de tierra, convertido en una mancha rojiza, plano como un lenguado. Mi padre, que por vergüenza se había ocultado tras el tronco de un árbol, me recogió y, llevándome oculto, enrollado en el interior de su paraguas, regresó a nuestra casa, en el barrio alto, esperando cruzar las murallas sin que los guardianes, o sus perros, se dieran cuenta de que iba acompañado de un hijo tan indigno.

La cabeza de mi madre también cabía exactamente ocho veces en la altura de su cuerpo, así como también su costado derecho era idéntico al costado izquierdo… Al verme extendido sobre la mesa, poco distinto de un mantel, con su voz ni muy grave ni muy aguda dijo:

– El niño ha cometido una grave imprudencia. Es preciso que los vecinos no se enteren. Vamos al frigorífico.

Acostados sobre mesas de mármol, cien cuerpos simétricos, perfectamente iguales, esperaban mi decisión.

– Previendo el futuro, gracias a nuestra fortuna, felizmente hemos reunido un muestrario completo para que no te quejes, como un hijo de piojentos, de haber desaparecido a la primera destrucción sin que te haya sido ofrecida la oportunidad de elegir…

Los examiné uno a uno; los medí, los observé de lejos y de cerca, por delante y por detrás, me hice espejo de su expresión única; dudé. Mis progenitores comenzaron a resfriarse. Los cuerpos simétricos de mis cuatro abuelos irrumpieron en el frigorífico.

– Es preciso decidirse, sapito aplastado. Si continúas así, nos dirá una pulmonía.

– ¡Elijo mi propio cuerpo, en el estado en que esté!

– ¡No puede ser! —susurró mi madre. ¡No puede ser! —susurró la madre de mi madre.

– ¡No puede ser! —susurraron los otros tres abuelos. Piensa, hijo mío, que todo el mundo dirá que no tenemos los medios de proporcionarte un cuerpo simétrico —tartamudeó mi padre, muy a su pesar.

– Si se te da la posibilidad de tener un organismo nuevo cada vez que destroces el anterior, agregando a la obligatoria resolución el gusto de la libre elección, tienes el deber moral de aprovechar la oportunidad. ¿No te das cuenta de que la familia haría el ridículo si en Vida Social aparecieras tú, entre nuestros cuerpos decentes, como una hamburguesa pisada por un elefante? —recitaron todos, sustituyendo los lamentos por opacos estornudos.

Mi madre se desmayó.

-¡Basta de hipocresías, denme el cuerpo ideal que me tienen reservado!

La familia contuvo un suspiro de alivio.

Abrieron una heladera de lujo. Envuelto en papel dorado había un cuerpo regular, con una cabeza que cabía exactamente ocho veces en su altura, con ojos en la exacta mitad de la cabeza, con el costado izquierdo idéntico al derecho.

Me despojé lentamente de mi cuerpo plano y me puse el nuevo.

La familia me bendijo:

—Que Dios multiplique el dinero que posees. Que encuentres la esposa-espejo que te conviene.

—Gracias —contesté con una voz ni muy aguda ni muy grave.

La vida continúa con su habitual monotonía. Nos levantamos a la misma hora, comemos juntos sin hacer ruidos con la boca, acumulamos los cheques que nos envían los aterrados locatarios, apagamos las luces a una hora conveniente y dormimos conectados al computador onírico que disuelve las pesadillas. Todos dicen ser felices, menos yo. Constantemente resuenan en mis oídos los zapatazos del paso del ganso. Escondido bajo las sábanas y mordiendo la almohada, trato de apagar los sollozos. “¡Pobres hormigas!”

Alejandro Jodorowsky

Alejandro Jodorowsky, El paso del ganso, ed. Grijalbo, México, 2001

fuente http://textos-jodo.blogspot.com.ar/2007_09_01_archive.html

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Poema a la clase media

Clase media
medio rica
medio culta
entre lo que cree ser y lo que es
media una distancia medio grande.

Desde el medio mira medio mal
a los negritos
a los ricos a los sabios
a los locos
a los pobres.

Si escucha a un Hitler
medio le gusta
y si habla un Che
medio también.

En el medio de la nada
medio duda
como todo le atrae (a medias)
analiza hasta la mitad
todos los hechos
y (medio confundida) sale a la calle con media cacerola
entonces medio llega a importar
a los que mandan (medio en las sombras)
a veces, solo a veces, se da cuenta (medio tarde)
que la usaron de peón
en un ajedrez que no comprende
y que nunca la convierte en Reina.

Así, medio rabiosa
se lamenta (a medias)
de ser el medio del que comen otros
a quienes no alcanza a entender
ni medio.

Daniel Cézare

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El mundo es un hermoso lugar…

El mundo es un hermoso lugar para nacer
si no te importa que la felicidad
no siempre sea tan divertida
si no te importa un toque de infierno
de vez en cuando
justo cuando todo está bien
porque ni siquiera en el cielo
cantan todo el tiempo

El mundo es un hermoso lugar para nacer
si no te importa que algunos mueran todo el tiempo
o quizás sólo pasen hambre parte del tiempo
lo cual no es ni la mitad de malo
si no te toca a ti

Oh el mundo es un hermoso lugar para nacer
si no te importan mucho unas pocas mentes momificadas
en los puestos más altos
o una bomba o dos de vez en cuando
en las caras vueltas hacia arriba
o algunas otras incorrecciones
de las que nuestra sociedad
de Marca Registrada es presa
con sus hombres de distinción
y sus hombres de extinción
y sus sacerdotes
y otros patrulleros

y sus diversas segregaciones
e investigaciones parlamentarias
y otras constipaciones
de las que nuestra tonta carne
es heredera

Sí, el mundo es el mejor lugar de todos
para muchas cosas como hacer la escena divertida
y hacer la escena de amor y hacer la escena triste
y cantar canciones en voz baja y tener inspiraciones
caminar por ahí mirando todo
y oliendo flores y toquetear las estatuas
y hasta pensar y besar gente
y hacer bebés y usar pantalones
y agitar sombreros y bailar
y nadar en los ríos en picnics
a mediados del verano
y por lo general
“darse la gran vida”

Sí.
Pero justo entonces
en la mitad de todo
llega
el sonriente
funebrero…

Lawrence Ferlinghetti

traducción Elvio E. Gandolfo

fuente www.materiacontinua.blogspot.com.ar

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Lo que quiero ahora

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

Ángeles Caso
19/01/2012

fuente www.lavanguardia.com/magazine/20120119/54245109494/lo-que-quiero-ahora-angeles-caso.html

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Extrema derecha

-¿Papá qué es la extrema derecha?

– Pues mira hija, la extrema derecha es la banca, la policia y tambien el ejercito, los politicos, el tendero que quiere ser como ellos, el vecino que no quiere despertar y prefiere odiar al que protesta y obedecer al que le pisa…

De extrema derecha puede ser cualquiera. Los cristianos, los musulmanes, los ateos…
La extrema derecha es muy dificil de admitir, porque vive aqui, dentro de la cabeza de la gente y del cerebro de Dios y del demonio y además puede estar en cualquier cosa que hagas, porque casi todo lo que hacemos en la vida está pensado por unos señores que tienen una enfermedad muy mala que se llama “Obligar a los demás a que vivan para conseguir dinero”, para qué? para tener las cosas que ellos venden y que nosotros hacemos con nuestro trabajo.

El coche, el piso… eso es lo que nos hace la extrema derecha y además nos hace vivir en unos horarios, tener miedo, desconfiar de los demás, comer lo que ellos quieran, vestirnos todos con la misma ropa, comer lo mismo, comprarlo todo en esas tiendas tan grandes donde papá te lleva en el carrito y muchas cosas mas. La extrema derecha hija buff!

Evaristo Pérez

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Abraza la oscuridad

La confusión es el dios
la locura es el dios

la paz permanente de la vida
es la paz permanente de la muerte.

La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible
la paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.

no olvides las aceras,
las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles
los suicidios de los amantes.

aquí en Estados Unidos
hemos asesinado a un presidente y a su hermano,
otro presidente ha tenido que dejar el cargo.

La gente que cree en la política
es como la gente que cree en dios:
sorben aire con pajitas
torcidas

no hay dios
no hay política
no hay paz
no hay amor
no hay control
no hay planes

mantente alejado de dios
permanece angustiado

deslízate.

Charles Bukowski

Versión de Rafael Díaz Borbón

Del libro Madrigales de la pensión. Primeros poemas escogidos 1946-1966 ‘The Roominghouse Madrigals: Early Selected Poems (1946-1966)’, Visor, 1999.

fuente http://amediavoz.com/bukowski.htm

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La aldea de los molinos *

“Hoy día los seres humanos olvidan que también ellos son parte de la naturaleza; y que a ella le deben su existencia, pero la gente suele tratarla negligentemente, creyendo que son capaces de crear algo mucho mejor…

Especialmente los cientificos; puede que intelectualmente estén bien preparados, pero lo malo de ellos es que muchos ignoran el verdadero significado de la naturaleza…

Y esos sos los que se sienten orgullosos inventando cosas que sólo acarrearán tragedias a los seres humanos. Y lo que todavía es mucho peor, la mayoría de la gente suele conceder un gran valor a todos esos inventos absurdos; y como si de milagros se trataran, los adoran.

Ellos no saben que esas cosas arruinan la naturaleza, y consecuentemente se están destruyendo a sí mismo. Las cosas más importante para los seres humanos son el aire puro y el agua pura. Los árboles y las plantas nos proporcionan ambas cosas, pero absurdamente la gente continúa contaminándolas a su antojo. El aire y el agua contaminadas contaminan incluso la mente de los seres humanos.”

Akira Kurosawa

* Extracto del capítulo La aldea de los molinos: un rincón del mundo maravilloso en donde un anciano le habla a un niño en la película Los sueños de Akira Kurosawa (Akira Kurosawa’s dreams), 1990.

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Los que se alejan de Omelas *

Variaciones sobre un tema de Willian James

Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud. Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris; graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza.

Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas. Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gran vega llamada Verdes Campos, chicos y chicas, desnudos en el luminoso aire, con los pies, los tobillos y los largos y ágiles brazos salpicados de lodo ejercitaban a sus inquietos caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún tipo de pertrecho, sólo un ronzal sin bocado. Las crines trenzadas con cordones de plata, oro y verde. Resoplaban por los dilatados ollares, hacían cabriolas y se engallaban. Al ser el caballo el único animal que había adoptado nuestras ceremonias como propias, se hallaba muy excitado.

A lo lejos, por el norte y el oeste, las montañas se alzaban sobre la bahía de Omelas casi envolviéndola. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve, coronado aún los Ocho Picos, despedía reflejos oro y blanco a través de las millas de aire iluminado por el sol, bajo el azul profundo del cielo. Soplaba el suficiente viento como para que los gallardetes que marcaban el curso de la carrera ondearan y chasquearan de vez en cuando. En el silencio verde de la amplia vega se oía la música que recorría las calles de la ciudad, y de todas partes y acercándose siempre, una alegre fragancia de aire que de vez en cuando se acumulaba y estallaba con el gozoso repique de las campanas.

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿cómo describir a los habitantes de Omelas?
No eran personas simples, aunque si felices. Pero no pronunciaremos mas palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco  necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros.

El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerará la felicidad como algo estúpido. Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría. ¿Cómo definir al pueblo de Omelas? No eran cándidos ni niños felices – aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran – sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro! Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles! Omelas produce la impresión según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo.

Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que sí es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. Sin embargo, en la categoría intermedia – la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc. -, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran.

Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnifico Mercado Agrícola. Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas.

En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, si. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos. Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Qué puede ser?

Al principio pensé si no serían las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito. En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

Casi todos los desfiles habían llegado ya a los Verdes Campos. Un delicioso aroma de manjares surge de las tiendas rojas y azules de los abastecedores. Las caras de los niños pequeños están llenas de graciosos pringues; en la afable barba gris de un hombre, se han enredado unas cuantas migas de un rico pastel. Los muchachos y muchachas han montado en sus caballos y comienzan a agruparse en la línea de salida. Una anciana, pequeña, gorda y sonriente, distribuye flores que saca de una cesta y un joven alto las prende en su cabello. Un niño de nueve o diez años se sienta al borde de la multitud, solo, jugando con una flauta de madera. La gente se detienes a escuchar y sonríe, pero no le hablan pues nunca deja de tocar ni tampoco los ve; sus ojos negros están totalmente absortos en la dulce y tenue magia de la melodía. Termina y lentamente alza las manos sosteniendo la flauta de madera.

Como si ese breve y reservado silencio fuese una señal, se oye de pronto el toque de una corneta que surge del pabellón junto a la línea de partida: imperioso, melancólico, penetrante. Los caballos se alzan sobre sus esbeltas patas traseras y algunos relinchan como respuesta. Con semblante sereno, los jóvenes jinetes acarician el cuello de sus monturas y las calman susurrando: <<Tranquilo, tranquilo, no te preocupes, todo saldrá bien, mi beldad, mi ilusión…>>  Ocupan sus puestos en la línea de salida. A lo largo de la pista, los espectadores son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival de Verano ha comenzado. ¿Lo creen? ¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más.

En el subsuelo de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o tal vez en el sótano de una de sus espaciosas casas particulares hay un lóbrego cuartucho. Tiene una puerta cerrada con llave y carece de ventanas. Una tenue luz se filtra polvorienta entre las rendijas de la carcomida madera y que procede de un ventanuco cubierto de telarañas de algún lugar del otro lado del sótano. En un ángulo del cuchitril un par de fregonas, con las bayetas tiesas, pestilentes, llenas de grumos, están junto a un balde oxidado. El suelo está sucio, pegajoso como es habitual en un sótano abandonado. El cuarto tiene tres pies de largo por dos de ancho: un simple armario para guardar las escobas y los enseres en desuso. En el cuarto hay un niño sentado. Podría ser un niño o una niña.

Aparenta unos seis años pero en realidad tiene casi diez. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono. Se hurga la nariz y de vez en cuando se manoseo los dedos de los pies o los genitales mientras se sienta encorvado en el rincón más alejado del balde y de las bayetas. Les tiene miedo. Las encuentra horribles. Cierra los ojos pero sabe que las fregonas siguen ahí, erguidas, y la puerta está cerrada y nadie acudirá. La puerta siempre está cerrada y nunca viene nadie salvo en ciertas ocasiones – la criatura no tiene noción del tiempo y los intervalos – en que la puerta cruje espantosamente, se abre y asoma una o varías personas. Entra una sola y de un puntapié le obliga a levantarse.

Los otros jamás se le acercan sino que lo observan con ojos de horror y asco. La escudilla de comida y el jarro de agua se llenan rápidamente, se cierra la puerta, los ojos desaparecen. La gente que está en la puerta nunca habla pero el niño, que no siempre ha vivido en el cuarto de los trastos y recuerda la luz del sol y la voz de su madre, a veces habla: <<Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno.>> Jamás le responden. Por las noches el niño gritaba pidiendo auxilio, gritaba muchísimo, pero ahora se limita a un débil quejido y cada vez habla menos. Está tan flaco que las piernas carecen de pantorrillas y tiene el vientre hinchado; solo se alimenta una vez al día con media escudilla de gachas con sebo. Va desnudo. Las nalgas y muslos son una masa de dolorosas llagas pues continuamente está sentado sobre su propio excremento.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

Se lo explican a los niños de ocho a diez años, siempre que estén capacitados para comprender, y casi todos los que van a verle son adolescentes, aunque con cierta frecuencia también un adulto acude y vuelve para ver al niño. Por muy bien que se lo expliquen, al verlo experimentan un asco que habían creído superar. A pesar de todas las explicaciones se les advierte furiosos, ultrajados, impotentes. Quisieran hacer algo por el niño, pero todo es inútil. ¡Qué hermoso sería si sacaran al sol a esa criatura, la limpiaran, le dieran de comer, la cuidasen. ¡Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas. Esas son las condiciones. Cambiar todo el bienestar y la armonía de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña rehabilitación: acabar con la felicidad de millares a cambio de la posibilidad de hacer feliz a uno: pero eso sería, por supuesto, reconocer la culpa, admitir el delito.

Las condiciones son estrictas y terminantes; no debe dirigirse al niño una sola palabra amable.
A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han vista al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco mas. Se halla demasiado degradado e imbécil para comprender la auténtica felicidad. Ha estado asustado demasiado tiempo para librarse del miedo. Sus costumbres son demasiado zafias e inciviles para que responda al trato humano. En efecto, después de tanto tiempo probablemente se sentiría infortunado sin los muros que lo protegen, sin la oscuridad para sus ojos, sin el propio excremento para sentarse. Sus lágrimas, ante la amarga injusticia, secan cuando empiezan a percibir la terrible justicia de la realidad y acaban aceptándola. Sin embargo, tal vez sus lágrimas y su rabia, el intento de su generosidad y la aceptación de su propia impotencia son la verdadera causa del esplendor de sus vidas. Su felicidad no es vacua e irresponsable. Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño y el conocimiento de esa existencia hacen posible la elegancia de su arquitectura, el patetismo de su música, la profundidad de su ciencia. A causa del niño son tan amables con los niños. Saben que si ese desdichado no lloriquease en la oscuridad, el otro, el flautista, no tocaría esa alegre música mientras los jóvenes jinetes se ponen en filas sobre sus beldades para la carrera que se celebra la primera mañana de estío.

¿Que piensan ahora de ellos? ¿No son más dignos de crédito? Pero todavía tengo algo más que contarles, y esto es totalmente increíble.

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no, en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de mas edad cae en un mutismo absoluto durante unos días. Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. Siguen andando por las tierras de labrantío. Cada uno va solo, chico o chica, hombre o mujer. Anochece; el caminante pasa por las calles de la ciudad, ante las casas de ventanas iluminadas, y penetra en la oscuridad de los campos. Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. El lugar adonde van es aún menos imaginable para nosotros que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista. Pero parece que saben muy bien adónde se dirigen los que se alejan de Omelas.
Fin.

Ursula K. Le Guin

* The Ones who walk away from Omelas.

fuente http://www.fenceec.org

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Únete a la resistencia. Enamórate

Enamorarse es el más extremo acto de revolución, de resistencia al tedioso, socialmente restrictivo, culturalmente constrictivo mundo actual.El amor transforma el mundo. Donde la enamorada anteriormente sentía aburrimiento, ahora siente pasión. Donde antes era complaciente, ahora es guiada por las emociones y obligada a la acción auto-asertiva.

Por Crimethinc

El mundo que algún día parecía vacío y aburrido se llena de significado, de riesgos y recompensas, de majestuosidad y peligro. La vida para el enamorado es un regalo, una aventura llena de las más grandes emociones; cada momento es memorable y de una belleza que rompe el corazón. Cuando se enamora, una persona que antes se sentía desorientada, alienada y confundida ahora sabe exactamente lo que quiere. De repente su existencia tiene sentido para ella; de repente se vuelve valiosa, hasta gloriosa y noble.

La pasión loca es un antídoto que curará los peores casos de desesperación y obediencia resignada. El amor hace posible que individuos se conecten a otros de una forma significativa –los impulsa a dejar sus escudos y a arriesgar ser honestos y espontáneos juntos, a conocer al otro de maneras profundas. Así el amor hace posible que se preocupen el uno por el otro genuinamente, en lugar de al final de la pistola de la doctrina Cristiana. Pero al mismo tiempo, empuja al enamorado fuera de la rutina de la vida diaria y lo separa de otros seres humanos.

Se sentirá a un millón de kilómetros de la humanidad, como viviendo en un mundo totalmente diferente al de ellos. En este sentido el amor es subversivo, porque amenaza al orden establecido de nuestras vidas modernas. Los aburridos rituales de la productividad laboral y etiqueta socializada no significarán nada para un hombre que se ha enamorado, pues hay fuerzas más importantes guiándolo que la simple inercia y honor a la tradición. Las estrategias de mercado que dependen de la apatía o inseguridad para vender los productos que mantienen a la economía activa no tendrán efecto sobre él.

El entretenimiento diseñado para el consumo pasivo, que depende del agotamiento o cinismo en el observador, no le interesará a él. No hay lugar para el enamorado apasionado y romántico en el mundo actual, laboral o privado. Pues él puede ver que vale más la pena irse de autostop a Alaska (o sentarse en el parque y ver como se mueven las nubes) con su enamorada, que estudiar para su examen de cálculo o vender inmuebles, y si él decide que así es, tendrá el valor para hacerlo en lugar de estar atormentado por anhelos insatisfechos.

Él sabe que entrar a un cementerio y hacer el amor bajo las estrellas hará una noche mucho más memorable que lo que ver televisión jamás podrá. Así, el amor amenaza a nuestra economía conducida por el consumo, que depende del consumo de productos (enormemente inútiles) y la labor que este consumo necesita para perpetuarse. Similarmente, el amor amenaza a nuestro sistema político, pues es difícil convencer a un hombre que tiene mucho por vivir en sus relaciones personales de querer ir a pelear y morir por una abstracción como el estado; por ese motivo, será difícil convencerlo hasta de que pague impuestos.

Amenaza a todo tipo de culturas, pues cuando se les da sabiduría y valor por amor verdadero a los seres, ellos no se restringirán por las tradiciones o costumbres que son irrelevantes a los sentimientos que los guían. El amor amenaza a nuestra sociedad misma. El amor apasionado es ignorado y temido por los burgueses, pues significa un gran peligro para la estabilidad y pretensión que ellos codician.

El amor no permite mentiras, ni falsedades, ni siquiera corteses verdades a medias, sino que deja todas las emociones al desnudo y revela los secretos que los hombres y mujeres domesticados no pueden soportar. No puedes mentir con tu respuesta emocional y sexual; situaciones o ideaste excitarán o repelerán así lo quieras o no, así sean corteses o no, así sean aconsejables o no.

Uno no puede ser un enamorado y un (horrorosamente) responsable, (horrorosamente) respetable miembro de la sociedad actual al mismo tiempo; pues el amor te impulsará a hacer cosas que no son “responsables” o “respetables”. El amor verdadero es irresponsable, irreprimible, rebelde, desdeñoso de cobardía, peligroso para la enamorada y todos los que la rodean, pues solo sirve a un amo: la pasión que hace que el corazón humano lata más rápido.

Desdeña todo lo demás, sea auto-preservación, obediencia, o vergüenza. El amor impulsa a los hombres y mujeres al heroísmo, y al anti heroísmo –a indefendibles actos que necesitan no defensa para aquel que ama. El enamorado habla un distinto lenguaje moral y emocional que el típico hombre burgués habla. El hombre burgués promedio no tiene esos deseos que queman. Tristemente, todo lo que conoce es la desesperación silenciosa de pasar la vida persiguiendo metas establecidas para el por su familia, sus educadores, sus empleadores, su nación y su cultura, sin siquiera haber considerado sus propias necesidades y deseos.

Sin el ardiente fuego del deseo para guiarlo, él no tiene criterio para escoger lo que es correcto o incorrecto para él. Consecuentemente, es forzado a adoptar algún dogma o doctrina a seguir durante su vida. Existe una amplia variedad de moralidades para escoger en el mercado de ideas, y cual moralidad compre un hombre no tiene importancia mientras escoja una, pues de otra manera estará perdido en cuanto a qué hacer con sí mismo y con su vida.

¿Cuántos hombres y mujeres, habiendo nunca comprendido que ellos tenían la opción de escoger sus propios destinos, vagan a través de la vida en una nube pensando y actuando de acuerdo a las leyes que se les enseñaron, solamente porque no tienen otra idea de qué hacer? Pero la enamorada no necesita principios prefabricados a seguir, sus deseos identifican lo que es correcto e incorrecto para ella, pues su corazón la guía a través de la vida. Ella ve belleza y significado en el mundo, porque sus deseos pintan al mundo en esos colores. Ella no necesita dogmas, ni sistemas morales, ni mandos e imperativos, pues ella sabe que hacer sin necesidad de instrucciones. Así ella realmente es una amenaza para nuestra sociedad.

Qué pasaría si todos decidieran que es lo correcto e incorrecto por ellos mismos, sin ningún respeto por la moralidad convencional? Qué pasaría si todos hicieran lo que quisieran, con el valor de enfrentar cualquier consecuencia? Qué pasaría si todos temieran a la monotonía sin amor y sin vida, más que lo que temen a tomar riesgos, más de lo que temen al hambre o al frío o al peligro? Qué pasaría si todos eligieran sus “responsabilidades” y el “sentido común” y se atrevieran a perseguir sus sueños más locos, de llegar lejos y vivir cada día como si fuera el último? Imagina que lugar sería el mundo! Ciertamente sería distinto a como es ahora –y es una verdad obvia que la gente común, los simultáneos guardianes y víctimas del status quo, temen al cambio.

Y así, a pesar de las imágenes estereotipadas usadas en los medios para vender pasta de dientes y suites para luna de miel, el amor genuino y apasionado es disuadido en nuestra cultura. Ser “llevado por tus emociones” es mal visto; en su lugar estamos educados a estar siempre a la defensiva por miedo a que el corazón nos lleve fuera del camino correcto. En lugar de ser alentados a tener el valor para enfrentar las consecuencias de los riesgos tomados al perseguir los deseos de nuestros corazones, se nos aconseja no tomar ningún riesgo, ser “responsables”.

Y el mismo amor es regulado. Los hombres no deben enamorarse de otros hombres, ni las mujeres de otras mujeres, ni individuos de distintas etnias, o los mismos intolerantes que forman el frente de la ofensiva en la agresión de la cultura moderna occidental contra el individuo atacarán. Hombres y mujeres que ya han entrado al contrato legal/religioso con el otro no pueden enamorarse de nadie más, aun si ya no sienten pasión por su pareja marital.

El amor, como la mayoría de nosotros lo conoce actualmente, es un ritual cuidadosamente preescrito y preordenado, algo que sucede los viernes en la noche en cines y restaurants lujosos, algo que llena los bolsillos de los accionistas de las industrias del entretenimiento. Este “amor” comercializado y regulado, no tiene nada que ver con el amor apasionado, que quema y consume al verdadero enamorado. Estas restricciones, expectaciones y regulaciones suprimen al amor verdadero; pues el amor es una flor salvaje que no puede crecer dentro de los confines preparados para ella, sino que aparece donde menos se le espera. Debemos luchar en contra de estas restricciones culturales que lesionan y confunden nuestros deseos.

Pues es el amor lo que da un significado a la vida, deseo que hace posible que nuestra existencia tenga sentido y encontremos un propósito a nuestras vidas. Sin esto, no hay forma de que determinemos como vivir nuestras vidas, excepto someternos a una autoridad, a un dios, amo o doctrina que nos dirá que hacer y cómo hacerlo sin siquiera darnos la satisfacción que la auto-determinación da.

Así que enamórate hoy, de hombres, de mujeres, de música, de ambiciones, de ti mismo… de la vida! Alguien podrá decir que es ridículo implorar a los demás a enamorarse -uno se enamora o no, no es una opción que se pueda escoger conscientemente. Las emociones no siguen las instrucciones de la mente racional. Pero el ambiente en el que vivamos nuestras vidas tiene una gran influencia sobre nuestras emociones, y podemos tomar decisiones racionales que afectaran este ambiente. Debería ser posible trabajar para cambiar un ambiente que es hostil al amor a un ambiente que lo aliente.

Nuestra tarea debe ser construir nuestro mundo de tal manera que sea un lugar donde la gente pueda enamorarse y lo haga, y así reconstituir a los seres humanos para que puedan estar listos para la “revolución”, para encontrar un significado y felicidad en nuestras vidas. Qué pasaría si todos decidieran que es lo correcto e incorrecto por ellos mismos, sin ningún respeto por la moralidad convencional? Qué pasaría si todos hicieran lo que quisieran, con el valor de enfrentar cualquier consecuencia? Qué pasaría si todos temieran a la monotonía sin amor y sin vida, más que lo que temen a tomar riesgos, más de lo que temen al hambre o al frío o al peligro? Qué pasaría si todos eligieran sus “responsabilidades” y el “sentido común” y se atrevieran a perseguir sus sueños más locos, de llegar lejos y vivir cada día como si fuera el último? Imagina que lugar sería el mundo!.-

“El amor es subversivo: lo que el amor conspira, la sociedad no lo tolera.”

fuente: http://crimethinc.com/espanol

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Reiteración de lo absurdo

Imposible no sentir el impacto que ciega la vida
“8 tiros en la cabeza” por tener piel morena
Por cruzarse ese día en el instante preciso con la locura
el descontrol
la sospecha

Nunca podrás alcanzar la velocidad de los reyes
Ni de los presidentes
Ni de los ministros
Ni de las putas de lujo
Ni de las estrellas de la mediocridad barata

Tu sueño era es apenas un juego de ruleta rusa

Ave migratoria made in Brasil
Cuerpo paralizado en un combate desigual

Un norte perdido y un sur en el norte
Navegando océanos virtuales
De mentes sin cuerpos
De cuerpos sin sentidos
Naufragio en soledad en un día de verano
Siglo XXI

Sandra Petrovich

Publicado en Mundos transversos, Montevideo, Uruguay, 2010.

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Para amar de nuevo

Recomendación: leer el poema con esta canción de fondo
http://www.youtube.com/watch?v=_x3PQ5QhMJs

para amar de nuevo –es tan obvio…
para amar de nuevo hay que abandonar el amor.

porque si el amor es una cadena como la que usás
para atar tu bicicleta a un poste de la calle
si es una faja de miss universo con su cetro de lentejuelas
si es un vestido que te ponés para ser la más linda de la fiesta
si es una manta con la que te abrigás de un frío
que viene de tus propios huesos helados
si es un toldo que te protege de la intemperie del mundo

entonces que se quiebre –mucho mejor ser náufraga

averiguá el color que tiene la vida cuando la caminás sin muletas
enriquecete de tu miseria personal hasta entender
que el amor quizás sea más un brillo del instante recreándose
paso a paso
que un territorio alambrado que heredaste

hasta que puedas confiar
en el pacto silencioso que se produce o no
se produce o no –más allá de cualquier cosa que pactemos

hasta que pierdas el vértigo y salgas un sábado a la noche
con las monedas para el bondi y un caramelo de menta en el bolsillo
y sientas el impulso de andar sin Guía-T
por lo imposible de una libertad-compartida

hasta que amarte sea la certeza de un abismo
donde los dos nos perdemos
porque siempre
siempre y para siempre desde el momento mismo
en que saltaste hacia mi boca como un suicida salta
de un décimo piso
siempre y para siempre
vamos a estar enamorados del reencuentro

Sol Fantín

fuente http://solfantinpoesia.blogspot.com

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