Del poder de soberanía al poder sobre la vida

La guerra fue concebida desde los orígenes de la era moderna hasta todo el siglo XVIII como guerra de razas, y de esta misma procuré reconstruir la historia. El tema de las razas no estaba destinado a desaparecer, sino a ser retomado en algo totalmente diferente de la guerra de razas: el racismo de estado, del cual me interesa exponer las condiciones que permitieron su existencia.

Derecho soberano – Poder de soberanía

En la teoría clásica de la soberanía, el derecho de vida y muerte era un atributo del soberano. Este puede hacer morir o dejar vivir.
         
En las confrontaciones de poder, el sujeto es neutro, no es sujeto de derecho ni vivo ni muerto. La vida y la muerte de los sujetos se vuelven derechos sólo por efecto de la voluntad soberana. Esta es la paradoja teórica, a la que hay que agregar un desequilibrio práctico: el derecho de vida y muerte sólo se ejerce en forma desequilibrada, siempre del lado de la muerte. El derecho de matar contiene en sí al derecho de vida y muerte: el soberano ejerce su derecho sobre la vida  desde que puede matar. Es un derecho de espada.

Hay una fuerte asimetría: no es un derecho de hacer morir o hacer vivir, tampoco de dejar vivir o dejar morir, sino de hacer morir o dejar vivir.

La muerte es el punto en que restalla del modo más manifiesto el absoluto poder del soberano.

Derecho político – Poder sobre la vida

El nuevo derecho político del S. XIX no sustituyó a este derecho soberano, ni lo canceló, sino que lo penetrará, lo atravesará y lo modificará. Será exactamente el contrario del anterior: el poder de hacer vivir o dejar morir.
Podemos percatarnos de esta transformación siguiendo las modificaciones en la teoría del derecho. “Cuando individuos se reúnen para constituir un soberano, para delegar en un soberano un poder absoluto sobre ellos, lo hacen para proteger su propia vida, para poder vivir.”

Es como si el poder que tenía como modalidad la soberanía se hubiera visto incapaz de regir el cuerpo económico y político de una sociedad entrada en una fase de explosión demográfica y de industrialización. A la vieja mecánica del poder escapaban muchas cosas, a nivel individuos y a nivel masa. Se dan así dos adaptaciones para recuperar lo particular: la disciplina y la bio-política (ambas dentro de este derecho político).

S. XIX un fenómeno fundamental es que el poder se hizo cargo de la vida: biopoder. Un poder de regulación. La manifestación más concreta de este poder aparece en el proceso de exclusión progresiva de la muerte. La gran ritualización pública de la muerte se fue cancelando desde fines del S. XVIII. Hoy la muerte ha llegado a ser algo que se esconde, hasta más tabú que el sexo. La razón de que la muerte sea ocultada depende de una transformación de las tecnologías de poder. Desde que el poder es cada vez menos el derecho de hacer morir y cada vez el derecho de intervenir para hacer vivir, la muerte entendida como fin de la vida es el fin del poder, la terminación.
Si la muerte en el derecho de soberanía era el punto en que restallaba del modo más manifiesto el absoluto poder del soberano, ahora la muerte será el momento en que el individuo escapa a este poder.
Una suerte de (tendencia hacia la) estatalización de lo biológico.
El problema de la vida empieza a problematizarse en el campo del análisis del poder político.

A partir del S. XVIII tenemos dos tecnologías de poder que se superponen.

Por un lado, una técnica disciplinaria centrada en el cuerpo que produce efectos individualizantes y manipula al cuerpo como foco de fuerzas que deben hacerse útiles y dóciles. Una tecnología de adiestramiento, disciplinaria, tecnología del cuerpo individualizado como organismo dotado de capacidades.
Por el otro, una tecnología centrada sobre la vida, que recoge efectos masivos propios de una población específica y trata de controlar la serie de acontecimientos aleatorios que se producen en una masa viviente. Es una tecnología que busca controlar y modificar las probabilidades y de compensar sus efectos. Por medio del equilibrio global, apunta a algo así como una homeostasis, la seguridad del conjunto en relación con sus peligros internos. Una tecnología de seguridad, aseguradora y reguladora, una tecnología de los cuerpos ubicados en procesos biológicos de conjunto.

(ver cuadro en archivo PDF)

Estos dos conjuntos de mecanismos no se ubican en el mismo nivel, permitiendo que no se excluyan y que se articulen. Por ejemplo la ciudad obrera del S. XIX. Se encuentran aquí mecanismos disciplinarios: subdivisión de la población, sumisión de los individuos a la visibilidad, normalización de los comportamientos. Hay también mecanismos reguladores que conciernen a la población y que inducen comportamientos determinados, por ejemplo el ahorro, las reglas de higiene destinadas a garantizar la longevidad de la población, etc.

Otro ejemplo: la sexualidad, por un lado, como comportamiento corpóreo que depende de un control disciplinario individualizante (por ejemplo control de la masturbación sobre los niños), y por el otro mediante sus efectos de procreación la sexualidad se inscribe en amplios procesos biológicos que conciernen a la población.

La medicina es un poder-saber que actúa sobre el cuerpo y sobre la población, sobre el organismo y sobre los procesos biológicos, que tendrá efectos disciplinarios y efectos de regulación.
Se puede decir que el elemento que circulará de lo disciplinario a lo regulador, y permitirá controlar el orden disciplinario del cuerpo y los hechos aleatorios de una multiplicidad, será LA norma. La norma puede aplicarse tanto al cuerpo que se quiere disciplinar, como a la población que se quiere regularizar.

La sociedad de normalización es una sociedad donde se entrecruzan la disciplina y la norma de la regulación, No una especie de sociedad disciplinaria generalizada, cuyas instituciones disciplinarias se habrían difundido hasta recubrir todo el espacio disponible. El poder que en el S XIX tomó a su cargo la vida, llegó a ocupar toda la superficie que se extiende de lo orgánico a lo biológico, del cuerpo a la población, a través del doble juego de las tecnologías de la disciplina y de las tecnologías de regulación. Un biopoder del cual podemos reconocer las paradojas en el límite extremo de su ejercicio. Éstas se revelan con el poder atómico. En el poder de fabricar y utilizar la bomba atómica está implícito el poder soberano que mata.

Si es verdad que el fin es el de potenciar la vida (prolongar su duración, multiplicar su probabilidad, evitar los accidentes, etc.), ¿cómo es posible que un poder político mate? ¿cómo es posible ejercer la función de la muerte? Aquí interviene EL RACISMO. Éste existía ya desde mucho tiempo atrás, pero la emergencia del biopoder permitió la inscripción del racismo en los mecanismos del estado. El racismo como mecanismo fundamental del poder en los estados modernos.

¿Qué es el racismo?

1) Modo en que, en el ámbito de la vida que el poder tomó bajo su gestión, se introduce una separación entre lo que debe vivir y lo que debe morir. Un modo de fragmentar el campo de lo biológico, una manera de producir desequilibrio. Un modo de establecer una cesura en un ámbito biológico, lo que permitirá que al poder tratar a una población como a una mezcla de razas o subdividir la especie en subgrupos que forman razas. Entonces las primeras funciones del racismo son: fragmentar (desequilibrar), introducir cesuras en ese continuum biológico que el biopoder inviste.

2) La segunda función es la de permitir una relación positiva del tipo “Si quieres vivir debes hacer morir, debes matar”. El que inventó esta relación es la misma relación guerrera que dice “Para vivir debes masacrar a tus enemigos”. Pero el racismo hará funcionar esta relación de tipo bélico: “Si quieres vivir el otro debe morir” de un modo nuevo y compatible con el ejercicio del biopoder. El racismo permitirá establecer una relación entre mi vida y la muerte del otro que no es de tipo guerrero, sino biológico: “Cuantas más especies inferiores tiendan a desaparecer, menos degenerados habrá en la especie, y más yo viviré y seré fuerte y podré proliferar”. La muerte de la mala raza, de la raza inferior es lo que hará la vida más sana y más pura.

No se trata entonces de una relación militar o guerrera, ni de una relación política, sino de una relación biológica. Este mecanismo funcionará porque los enemigos que se quieren suprimir son los peligros para la población. Eliminación del peligro biológico y reforzamiento ligado a esta eliminación de la especie o de la raza.

La raza, el racismo, son la condición de aceptación del homicidio en una sociedad de normalización. Donde haya una sociedad de normalización, desde el momento en que el estado funciona sobre la base del biopoder, la función homicida del estado mismo sólo puede ser asegurada por el racismo. Si el poder de normalización quiere ejercer el viejo derecho soberano de matar, debe pasar por el racismo. Con homicidio me refiero a muerte directa e indirecta también.
 
Cada vez que hubo enfrentamiento, homicidio, lucha, riesgo de muerte, se tuvo que pensar en el marco del evolucionismo. El racismo se desarrolló en primer lugar con el genocidio colonizador. Pero cuando hay que matar personas, poblaciones, en la modalidad del biopoder se lo podrá hacer, en el marco del evolucionismo, utilizando el racismo.

En la guerra se tratará de destruir al adversario político y a la raza adversa. A fines del S. XIX, la guerra aparecerá sobre todo no sólo como modo de reforzar la propia raza eliminando la adversa, sino también como modo de regenerar la propia raza. Cuantos más mueran de los nuestros, más pura será nuestra raza. En el biopoder había que poder matar a un criminal, a un loco, a un anormal, y esto se logra con el racismo.

El racismo asegura entonces la función de muerte en la economía del biopoder, sobre el principio de que la muerte del otro equivale al reforzamiento biológico de sí mismo como miembro de una raza o población. Estamos muy lejos del racismo como simple desprecio u odio de las razas. Pero también lejos del racismo como operación ideológica con la que el estado o una clase tratarían de volver contra un adversario mítico las hostilidades. El racismo asociado a la técnica del poder, racismo que se aleja cada vez más de la guerra de razas.

Un estado obligado a la eliminación de las razas, o a la purificación de la raza, debe utilizar el racismo para ejercer su poder soberano. Así, los estados más homicidas son los más racistas. Ejemplo del nazismo. Ningún estado fue más disciplinario que el régimen nazi; en ningún estado las regulaciones biológicas fueron administradas de manera más insistente. Poder disciplinario, biopoder: todo esto atravesó y sostuvo a la sociedad nazi. Sin embargo, al mismo tiempo de la formación de esta sociedad regulativa y disciplinaria, se asiste al desencadenamietno más completo del poder homicida, del viejo poder soberano de matar.

Este poder de vida y muerte atraviesa toda la sociedad nazi, porque no es concedido sólo al estado, sino también a determinados individuos. El régimen nazi tendrá como objetivos la destrucción de otras razas y la exposición de la propia al peligro absoluto y universal de la muerte. La población entera está expuesta a la muerte, lo que posibilita la superioridad y la regeneración de la raza.
Lo extraordinario es que la sociedad nazi generalizó de modo absoluto el biopoder y también el derecho soberano de matar. Los dos mecanismos, el clásico que daba al estado derecho de vida y muerte sobre los ciudadanos, y el nuevo mecanismo de biopoder, organizado en torno a la disciplina y a la regulación. El estado nazi hizo absolutamente coextensivos el campo de una vida que protege, garantiza, cultiva, y el derecho soberano de matar. El juego entre el derecho soberano de matar y los mecanismos del biopoder, un juego inscripto efectivamente en el funcionamiento de todos los estados modernos.

El estado socialista está tan marcado de racismo como el capitalista. Se encuentra siempre en el socialismo un componente de raza. El socialismo retomó la idea según la cual la sociedad, el estado, o lo que debe sustituir al mismo, tiene la función de gestionar la vida, de organizarla, de multiplicarla, de compensar los imprevistos y delimitar las probabilidades biológicas. Un estado socialista que debe ejercer el derecho de matar o el derecho de desacreditar. Así reencontramos al racismo, y no sólo el étnico, sino también el evolucionista, el biológico, funcionando a propósito de los enfermos mentales, criminales, adversarios políticos.

Todas las veces que tuvo que insistir en el problema de la lucha contra el enemigo, lo biológico volvió a emerger, el racismo reapareció. El racismo como único modo de concebir alguna razón para poder matar al adversario. Cuando se trata de eliminar al adversario económicamente, no se necesita del racismo, pero cuando hay que batirse físicamente con enemigo, éste hace falta. Las formas de socialismo más racistas fueron el blanquismo, la Comuna y la anarquía. Los socialistas eran racistas en la medida en que no habían discutido esos mecanismos de biopoder que el desarrollo de la sociedad y del estado, desde el S XVIII, habían instaurado, admitiéndolos como naturales. Los mecanismos del biopoder y los de soberanía funcionan del mismo modo en los estados socialistas y en los no socialistas.

Michel Foucault
17 de marzo de 1976

Fuente: www.psico-web.com/sociologia/foucault_genealogia01.htm

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La plenitud individualista. El sujeto en el nuevo capitalismo

En base a cuatro ensayos la autora analiza la sociedad capitalista actual, en la que el goce individual y la experiencia inmediata han reemplazado a la representación y a la construcción de un sentido colectivo. El individuo se convierte en un “capital humano” responsable de su insatisfacción social.

¿Por qué, hace unos treinta años, se ha decidido ofrecer cochecitos donde el niño le da la espalda a sus padres? ¿Por qué la “transparencia” parece una virtud casi redentora? ¿Por qué quien antes se llamaba claramente “jefe de personal” ha sido rebautizado como director de recursos humanos?¿Por qué la tele-realidad tiene tanto éxito? ¿Por qué los libros dedicados al desarrollo de la personalidad encabezan las ventas?

Todas estas preguntas, y algunas otras, que son los puntos de partida de cuatro ensayos (1), pueden parecer de una diversidad algo sorprendente. Pero todas ellas conducen a un interrogante esencial: ¿qué pensar de la evolución actual de nuestras democracias, como pensarlas, como actuar?

Al descifrar con detalle –desde el desarrollo de los sitios de internet para encuentros hasta la fascinación adolescente por las marcas, pasando por la banalización del ”zapping”– el ejercicio de un individualismo cada vez más… individual, lo que se analiza es el vínculo entre la concepción contemporánea del “yo”, de sus objetivos, de su libertad, y las democracias de economía liberal. Un acto que no puede llevarse a cabo sin provocar algunos hábitos de pensamiento ni suscitar algún cuestionamiento: lo que equivale a decir que esas obras, que retoman el diálogo con Rousseau y Kant, Arendt, Foucault o Habermas, sin por ello estar reservadas para los diplomados en ciencias humanas, son al mismo tiempo vivificantes y perturbadoras.

La reflexión de Olivier Rey, matemático, investigador y docente, especialmente en la Escuela Politécnica, resplandece a partir de una pregunta central: ¿cómo educar a los niños en y para una sociedad verdaderamente democrática? Las teorías educativas dominantes tienden, en su opinión, a hacer primar sobre el conocimiento y el estudio de las obras “una cultura de la autenticidad, de la expresión de sí mismo y de la comunicación”. El niño debe “construir sus conocimientos”. Esto equivaldría, democráticamente, a respetar al individuo, su ritmo, sus riquezas propias, permitiéndole afirmar su personalidad, sus diferencias, independientemente de las herencias apreciadas por los… “herederos”, retomando la expresión de Pierre Boudieu, y de las viejas restricciones formalistas. Pero lo que Rey ve en la aplicación de estas concepciones pedagógicas, confirmado en otros numerosos ejemplos, es, tras la voluntad de respetar al niño y de hacer menos determinantes las desigualdades sociales, un deslizamiento hacia la fantasía del individuo “auto-construido”, que celebra una libertad enteramente falaz.

Evidentemente, el debate se establece en torno a la definición del concepto de libertad. Esta libertad, ¿es la libertad de ser espontáneamente uno? Y, para ser uno mismo, ¿no hay que aprender primero lo que es ese individuo tan mimado en la actualidad? Rey, siguiendo el hilo de toda una corriente de pensamiento que lleva hasta los trabajos del jurista Pierre Legendre (2), afirma que el individuo no puede acceder a una verdadera autonomía sin reconocerse vinculado: vinculado a los otros, vinculado a una sociedad que le permitirá ejercer esa autonomía, vinculado a una historia, vinculado a sus propios fantasmas. Creerse “auto-referencial”, lo que implican las actuales teorías pedagógicas y, más ampliamente, el sistema de valores en curso, es negar la genealogía de la familia, del conocimiento, de las instituciones. Negar este vínculo, es negar los propios límites, límites que por sí solos definen el campo donde puede elaborarse el sujeto.

En otras palabras, la libertad no puede existir más que sobre un fondo de renunciación: sólo comienza a desarrollarse cuando los límites son percibidos e integrados. La libertad individual, basamento de la democracia y condición para su perennidad, implica que el ciudadano se sepa mortal e hijo de mortal, uno entre otros, que rechace la ley del más fuerte y acepte reglas que le permitirán vivir en conjunto con otros. Ésta es la razón que le lleva a no limitarse sólo a sus impulsos, con el fin de poder, humano entre los humanos, contribuir a una historia común, y también escribir su propia historia. Es la razón que le hace comprender que el otro no es una cosa, sino un “yo” como él; es la razón a la que el ser humano le debe la humanidad, que lo hace capaz de tener derechos, retomando la maravillosa expresión de Rémi Brague (3).

Ahora bien, apoyarse en la racionalidad, antes que en la evidencia del deseo y el cierre del ego, no es algo automático, no es fácil, no es transparente: si bien cada uno tiene en sí la potencialidad, falta alimentar esa potencialidad. Cada uno nace libre… Libre, sí, pero para trabajar para su liberación, que se ve trabada por las pulsiones y las evidencias. La concepción de un individuo “solo”, capaz de extraer de su propio fondo las bases de su razón, y considerado como teniendo que autorizarse a sí mismo, tiende a definir a cada uno como “un mini-Estado”, donde cada uno hace su ley. El sentido de las prohibiciones, restricciones y límites tiende a desaparecer; ya no son más que “el simple resultado de tratos entre las reivindicaciones individuales por un lado, y las exigencias de la sociedad por otro”, o peor, una violencia.

No reconocer que “nadie es el origen de sí mismo”, no renunciar al sueño infantil y peligroso de ser todopoderoso, creer que someterse a los propios deseos permite cumplir la propia verdad, es olvidar que si uno puede con razón tratar de realizarse es porque la sociedad y sus estructuras, sus límites, la ley, lo permiten, y no porque sea un derecho “natural” para el que la sociedad sería un obstáculo; es olvidar que la razón es la que, al escribir las leyes, se ha institucionalizado y ha hecho posible la autonomía del individuo; es olvidar que primero uno recibe las leyes, las prohibiciones y los límites, antes de apropiárselos, y que es así como se perpetúa la institución social de la razón, indispensable para el ejercicio de la libertad íntima y colectiva.

Cuando Rey ataca, con una alegría desbocada, con una emoción efervescente, a los “totems” de una cierta modernidad, el desdeño por la herencia, el rechazo de las restricciones, la libertad de afirmar la propia personalidad, la reivindicación de la diferencia como identidad, es para disipar lo que le parece un señuelo seductor y temible que, lejos de ser la culminación de los valores democráticos, los amenaza, aun cuando esas concepciones pretendan ser democráticas.

Masificación y democratización

No es fácil aventurarse en este terreno, porque no creer que todo lo que se denomina progreso es siempre progresista puede relacionarse rápidamente con un pensamiento reaccionario. Pero este análisis supone recordar el espíritu de las Luces, trata de elucidar el extravío de ese espíritu: a saltos y digresiones, recurriendo tanto a Ivan Illich como a Philip K. Dick, René Girard o Arnold Schwarzenegger (el de “Terminator”), este intento, arrollador, tenso y apasionado, no busca ciertamente celebrar el pasado contra la modernidad, sino que se dedica a mostrar cómo la modernización cultural va en el mismo sentido que la modernización económica, lo que resulta inquietante.

Desde el cochecito reformado, en el cual se supone que el niño aprehende libremente el mundo, separado de la mirada de los padres que le permite otorgar sentido a lo que ve, hasta el deslizamiento de la ciencia hacia la técnica al servicio del mercado, de la sustitución de la creatividad por el estudio del patrimonio literario, hasta el lugar que adquiere la clonación en la prensa y el imaginario, Rey da a leer un mundo que parece haber olvidado que la libertad se construye con la razón. Este mundo está en pleno acuerdo con la concepción económica liberal que se ha desarrollado precisamente al amparo de esas mismas ideas de liberación y de respeto del individuo sutilmente falseadas, “de la misma manera que, según los preceptos liberales, se supone que una mano invisible garantiza la prosperidad general, para que los hombres abandonen su pretensión de intervenir en la economía y se preocupen sólo de su interés personal, así también la auto-organización conducirá a los seres a la plenitud y a la felicidad”. En una sociedad en trance de “desinstitucionalización generalizada”, citando a Dany-Robert Dufour (4), el individuo está solo, conminado a auto-crearse, totalmente liberado de las restricciones, liberado de la razón, libre, locamente libre para escuchar los pedidos de su inconsciente y los del mercado, que no ama nada tanto como satisfacer sus pulsiones arcaicas.

Daniel Bougnoux, profesor emérito de varias universidades y jefe de redacción de Cahiers de médiologie (Cuadernos de mediología) y luego de la revista Médium, fundadas por Régis Debray, prosigue con el mismo cuestionamiento, pero en el campo de las artes y los medios de comunicación. La importancia que se otorga a la expresión de sí mismo, esa aspiración a un mundo sin trabas, fuente de gozo, va a agrupar las manifestaciones bajo el expresivo término de “presentismo”. La constatación que establece es clásica, pero llamativa, porque ofrece una visión de conjunto: desde la prensa que requiere una lectura emocional al reemplazo de la “gran novela” de antaño por la “auto-ficción”, revestida del encanto propio de la modernidad: verdad de la confidencia, realismo del relato, proximidad entre el héroe y el lector; del clip al spot, pasando por el “live” (en vivo), lo directo, la interactividad, que permiten adherir “de veras” a lo que se da a ver, permitiendo creer y participar en ello, algo que a su manera también presentan las “instalaciones” y “performances”, con frecuencia dirigidas hacia el “efecto de lo real” y el compromiso “activo” del espectador; en resumen, de la tele-realidad a los juegos de video, entre otros y múltiples ejemplos, como lo proclamaba en otros tiempos el slogan de la radio RTL: “lo importante es vibrar”. Lo que aquí se busca es la sensación, lo inmediato, unido sin cuestionamiento posible a lo real y, por lo tanto, y esto es tal vez lo más importante, lo verídico.

Para Bougnoux, este “presentismo” instaura “la tiranía de la autenticidad y de lo vivido”: algo con lo que sólo se puede estar de acuerdo, sin necesariamente lamentarlo. ¿Por qué los detentores de la cultura al estilo antiguo, la novela “lenta”, las obras difíciles, tendrían acceso a una verdad superior? ¿No podría tratarse de la vieja querella elitismo contra populismo, o de una repetición que culpabiliza, entre moral del esfuerzo contra búsqueda del placer?

Claramente no es así. Como en Rey, pero por la vía de una “ética de la representación”, se trata de una reflexión sobre el sujeto democrático, de un estudio sobre una cierta perversión del individualismo: descripto, a lo largo de un recorrido del “desmantelamiento de escenarios artísticos y mediáticos”, como reducido a una “burbuja narcisista” y que, por complacerse demasiado en la “intoxicación emocional” que procuran todas esas bocanadas de “realidad”, podría terminar por desviarse hacia el olvido de la “cosa común”, y hacia los sueños o pesadillas, íntimas.

En efecto, ¿qué ocurre cuando los individuos ya no tienen curiosidad por lo que afecta a su propio mundo, que es en gran medida lo que puede suceder con internet (aun cuando no pueda reducírselo a ello)? ¿Qué ocurre cuando se prefiere lo que actúa directamente sobre los nervios –la inmersión en la fiesta, la comunión con un sentimiento compartido, la “presencia pura”– al hecho de poner a distancia, poner en símbolos, en diferido, en resumen, cuando se prefiere lo “vivido” a la representación? Entonces, “se salta el recodo de una mentalización y su filtro crítico”, el “cuerpo a cuerpo” hace corto circuito con la razón, sella una adhesión sin debate, la representación desaparece en beneficio del surgimiento de “la vida”, lo que torna superfluo sino imposible cualquier puesta en perspectiva; como muy bien dice la expresión juvenil “pasarlo bomba”.

El sentido-significado es pulverizado por el sentido-sensación, que basta para su legitimidad. Esto crea una “comunidad reducida a los afectos”, que no tendrá otro mundo común que lo común del narcisismo, y no habrá otro criterio de pertinencia de una obra que la fuerza del efecto producido instantáneamente, lo que, por otra parte, fue siempre muy bien comprendido por la propaganda de los regímenes totalitarios, grandes expertos en espectáculos de fusión.

Se entiende que no estamos en esa instancia –aunque la estrategia de Silvio Berlusconi para acceder al poder, presentada en un discurso verdadero-falso, da que pensar–, y Bougnoux no hace una lectura maniquea de nuestras evoluciones contemporáneas. Sin embargo, es fundamentalmente preocupante para la democracia que la emoción, la fusión, en su evidencia, en su surgimiento, baste como garantía de verdad.
Porque entonces la Razón se aleja, y también los significados compartidos. Creer en la transparencia del yo, lo que está pleno de imaginario, creer en la transparencia de la emoción, equivale a aceptar que los instintos, las pulsiones se “liberen” y ocupan todo su lugar. Pero lo rechazado que se da como verdad es lo que alimenta la “barbarie”: no más fronteras entre la pulsión y el exterior, no más diferencia de estatus entre las diferentes necesidades del individuo, las que serían sólo de él, y las que serían de todos.

Bougnoux, usando a veces un lenguaje de jerga, celebra el secreto íntimo, la cortesía del escenario, el bello corte que en otros tiempos ofrecían el teatro y el cine entre lo real y la ilusión, y va intrépidamente a contracorriente: contra una cierta vanguardia, contra el lírico Guy Debord, contra, sobre todo, algunos valores del “igualitarismo democrático”, que contribuyen a socavar lo que, si queremos que advenga el sujeto democrático, es una absoluta necesidad, es decir el mantenimiento de la diferencia con las fuerzas salvajes del “ello”, tan maravillosamente manipulables.

Como Olivier Rey, Daniel Bougnoux es un buen “inquietador”, y estos dos ensayos insisten en la peligrosa confusión operada entre masificación y democratización, al precio de una grave distorsión de las nociones de libertad y de igualdad. Pero aunque la inteligencia de estos ensayos regocija, planea sobre el lector la sombra de un profundo abatimiento, porque ya no se sabe muy bien qué pensar de esta evolución hacia un narcisismo destructor, tanto de la persona como de un proyecto colectivo. ¿Será que el ser humano tiene una naturaleza mala en el fondo, espontáneamente inclinada a privilegiar la satisfacción de sus deseos, y espontáneamente consagrada a la pasividad ante sus instintos egoístas? Esta crisis de los “valores”, crisis de la interioridad, crisis del contrato social, ¿es el sentido mismo de la historia de las democracias ricas? ¿Hay un encuentro fatal entre la evolución de las democracias y los valores preconizados por el liberalismo económico? Son preguntas centrales. Los trabajos de Eva Illouz y de Micki McGee ofrecen herramientas para comenzar a responderlas.

“Patologías del individualismo”

Eva Illouz, profesora de sociología en la Universidad Hebraica de Jerusalén, estudia la génesis del “homo sentimentalis”. La expresión no requiere comentarios; resulta flagrante que nuestra modernidad está vinculada a una “nueva cultura de la afectividad”: de la “parte femenina” de los hombres a la “peoplisation” de las políticas, pasando por la preocupación por las causas nobles, etc. Ahora bien, según Illouz, los sentimientos son evidentemente fenómenos psicológicos, pero también, y “tal vez más aun, realidades sociales y culturales”. La tesis que desarrolla de manera cautivante establece una relación muy estrecha entre la evolución del capitalismo y la transformación de la importancia que se otorga a las emociones y a su expresión, que de a poco se han convertido en la quintaesencia de la identidad personal. Es algo inesperado. Es algo que permite descubrir lo ignorado.

Lo que Illouz estudia es esencialmente la modernidad según se la ve en Estados Unidos, pero, mutatis mutandis, queda claro que sus dichos se aplican al conjunto de los países desarrollados. En primer lugar señala cómo, después de la introducción del psicoanálisis –por otra parte, este interés merecería ser explicitado–, el “yo ordinario” sería concebido como una “entidad misteriosa”, que cada uno debería conocer y desarrollar.

Desde los años 1920 el “imaginario psicoanalítico” fue introducido en la empresa; el buen manager debía ser un buen psicólogo, los conflictos se consideraban como relacionados con la psicología, se privilegiaba la “escucha”, y la “ética comunicacional” llegó a ser el espíritu de la empresa. El conflicto social no puede ser más que un malentendido. De manera similar, la competencia y el desempeño profesionales serán percibidos como un producto del yo profundo. El fracaso, o la inclinación a la huelga, serán leídos como un desorden íntimo, que debe aclararse. Esta concepción, que permite aumentar la productividad, se extiende fuera de la empresa gracias a la institucionalización de la psicología. Las relaciones íntimas se transforman en objetos mensurables, “comparables entre sí, y tienen que ver con un análisis en términos de costo y beneficio”, mientras se acentúan el subjetivismo y la sentimentalidad, ya que nuestras emociones tienen un valor por el solo hecho de ser expresadas.

La salud y la realización de sí mismo son ahora una sola y misma cosa. Cada uno tiene su “yo”, su diferencia; las emociones son un nuevo capital, todo sufrimiento debe ser reconocido no como una falta moral, sino como constitutivo de una individualidad, al mismo tiempo que se combate el disfuncionamiento: lo que confirma la codificación de las patologías mediante el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de 1954, que amplía considerablemente los trastornos reembolsables por los seguros y el mercado de las empresas farmacéuticas; pero que, sobre todo, define banalmente la “normalidad” como la aptitud para “desarrollarse”. El yo sufriente es así reinsertado en el mercado, como un producto con fallas a corregir, como un desafío particular a tomar, sin que nunca se defina claramente lo que sería una “realización” plena.

Así es como el capitalismo adopta un rostro humano y como se disuelve la frontera entre lo público y lo privado, como triunfa la ideología liberal de la opción, expresándose con todas sus contradicciones y tristezas en los sitios de encuentros de internet… Así es como lo que parecía una promesa de liberación y de felicidad se convirtió en una restricción interiorizada, invisible, “natural”, ya que su “construcción” se ha borrado. Movido por estas nuevas normas de igualdad, de libertad, de transparencia, de racionalización, el individualismo moderno alberga una vida emocional que “obedece a la lógica de las relaciones y los intercambios económicos”. La economía íntima y la economía de mercado se casan, incluso en nombre de los valores de la democracia, modulados, interpretados, utilizados por un sistema económico bien definido, que piensa en hacerse pasar por sinónimo de democracia.

Estas “patologías del individualismo” parecen surgir del encuentro entre los ideales de la democracia y los objetivos de un nuevo capitalismo. Pero, a menos que se espere una revolución, ¿cómo podemos imaginar un futuro que no superponga al ciudadano y al consumidor, a los “derechos de” y el “derecho a”? Micki McGee, socióloga estadounidense, después de haber estudiado las condiciones de aparición y los significados de la demanda masiva de técnicas de auto-desarrollo en Estados Unidos, también recuerda que “las estructuras sociales y las identidades individuales son mutuamente constitutivas: están interconectadas hasta tal punto que cambios en las primeras traen consigo cambios en las segundas y, podría decirse, viceversa”.

Pero aunque ahora cada uno es conminado a “trabajar sobre sí mismo” y a considerarse como “capital humano”, con mayor intensidad cuando mayor es la inseguridad social, también la alienación llega a su colmo y hace recaer la responsabilidad de su insatisfacción social en el propio individuo, culpable de no ser lo suficientemente decidido para “llegar a ser todo lo que puede ser”; la autora postula, sin embargo, que esta búsqueda enajenada de la realización de sí mismo puede “servir de catalizador para un cambio social”. Es para ella como una forma “prepolítica” de protesta, que podría ser canalizada hacia una “participación política”.

Esto supone reconocer que “el deseo de inventar su vida ya no tiene que ver con el narcisismo, o con un impulso emancipador alternativo, sino más bien que se hace cada vez más necesario como una nueva forma de ‘trabajo inmaterial’ –actividades mentales, sociales y emocionales– requerido para participar en el mercado de trabajo” y, por otra parte, que hay que apoyarse en esta aspiración para extenderla a la reivindicación de un mundo en el cual “el libre desarrollo de cada uno es entendido como la condición del libre desarrollo de todos”.

Seguramente esto también supone que se reafirme el valor fundador de la razón común, que se deconstruyan las ilusiones de libertad, pero apoyándose en eso que, en los malentendidos y trampas de la modernidad, entraña, de manera contradictoria pero tenaz, la aspiración a una vida mejor.

Evelyne Pieiller *
14-3-2007

* Escritora, autora entre otros de Dick, le zappeur des mondes, La Quinzaine litéraire, París, 2005; y de L’Almanach des contrariés, Gallimard, col. “L’arpenteur”, París, 2002.

Traducción: Lucía Vera

notas:
1) Este artículo es una reflexión basada en los siguentes ensayos: Olivier Rey, Une folle solitude. Le fantasme de l’homme auto-construit, Le Seuil, París, 2006, 330 páginas; Daniel Bougnoux, La crise de la représentation, La Découverte, París, 2006, 184 páginas; Eva Illouz, Les sentiments du capitalisme, traducido del inglés por Jean-Pierre Ricard, Le Seuil, París, 2006, 202 páginas; Micki McGee, Self-Help. Inc. Makeover Culture in American Life, Oxford University Press, 2005, 288 páginas.
2) Pierre Legendre, La Fabrique de l’homme occidental, Mille et une nuits, París, 2000.
3) Rémi Brague, La Loi de Dieu, Gallimard, París, 2005.
4) Dany-Robert Dufour, “De la réduction des têtes au changement des corps”, Le Monde diplomatique, París, junio de 2005.

Fuente: www.eldiplo.org

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Sin amor libre no habrá revolución

“¿Quieres a mi padre?” “El amor no es para los pobres, hijo mío” Un corazón en peligro, 1944

La cita inicial con la que encabezamos estas reflexiones pertenece a un diálogo entre parias, madre e hijo, de una de las muchas películas de Hollywood que tratan (y maltratan) el tema del amor.

No estamos de acuerdo con que el nivel económico, la miseria en concreto, sea un impedimento para el amor. Ciertamente este se hace más difícil cuando la vida está regida por el imperativo de las innumerables horas de trabajo agotador, frustrante y mal pagado; pero aún en los campos de algodón cultivados al ritmo del látigo de la Alabama decimonónica, este era posible.

El amor, dice Erich Fromm, es un arte que como tal requiere ser practicado, a él hay que consagrar tiempo y esfuerzos, de forma que uno pueda encontrarse a sí mismo y poder amar, de forma que se supere el fetichismo que nos reduce a las personas y a sus características en mercancías, las relaciones en consumismo (El arte de amar, 1968).

Creemos, a pesar de lo dicho hasta aquí, que la cita introductoria no es del todo falsa. El amor ciertamente no es para los pobres, pero no en un sentido económico: el amor no es para los “pobres de espíritu”, que lejos de las consideraciones bíblicas creemos que son quienes no son capaces de amar y de ser libres, por culpa tanto de la organización social castrante en la que nos vemos envueltos como por culpa de la mutiladora moral prejuiciosa, autoritaria y posesiva, que basándose en el cruel juego del premio y castigo, el debe y haber, y en el remordimiento continuo, en esta plenitud de la civilización ha desembocado en lo que auguraba Freud: la infelicidad neurótica, incapaz para el amor y la libertad. Es en este insalubre sentido que todos somos pobres, y es así que no habrá un cambio posible, que realmente sea revolucionario, sino vanas reformas llenas de promesas vacuas, de estandartes nuevos tras los cuales enterrar las viejas miserias no afrontadas, si no alcanzamos la “riqueza de espíritu” que se complemente con una salud social-medioambiental.

Tal vez las palabras “amor” y “libertad” sean los dos vocablos más prostituidos, mistificados y fingidos en nuestra sociedad. Volviendo a Fromm, experimentar el amor posesivamente, de la forma del “Tener” (contraria a la forma empática de “Ser”), tal y como hoy lo experimentamos implica “encerrar, aprisionar y dominar el objeto ‘amado’”, que es así cosificado (vuelto cosa, sujeto de posesión). Esta forma anti-libre convierte el supuesto ‘amor’ en algo “sofocante, debilitador, mortal, no dador de vida”, de tal forma que concluye Fromm que “lo que la gente llama amor la mayoría de las veces es un mal uso de la palabra, para ocultar que en realidad no se ama” (Tener o ser, 1975). Siendo esto así, ¿por qué nos mentimos a nosotros mismos? En esta sociedad de consumo en donde todo y todos somos mercancías sujetos de transacción comercial. Cabe preguntarse si no será la aparente promiscuidad que nos quiere vender la televisión una forma más de consumismo compulsivo, carente de amor y llena de capricho, ansias de conquista y dominación.

En esta sociedad donde el consumismo nunca nos da la felicidad, pero nos cobijamos siempre en él con la esperanza de que lo siguiente que tengamos sea al fin lo que dé sentido a nuestra vida, debemos preguntarnos si no serán, de igual modo, las “relaciones para toda la vida” autoengaños con los cuales ocultamos bajo la palabra (vaciada) amor una realidad de dependencia y de querer aferrarse a alguien que, cosificándolo, es así convertido e interpretado como la anhelada mercancía que nos libre de la agonía de la soledad, “un seguro de sexo y compañía de por vida” y algo con lo que afrontar la temida vejez preparatoria de la no asimilada muerte. En el libro de Philip K. Dick, Blade Runner -que luego adaptaría al cine Ridley Scott- los seres humanos que por culpa de la radiación nuclear de un holocausto ocurrido quedaban intelectual y emocionalmente mutilados eran considerados como “inferiores” debido a su “achatamiento del afecto” ¿Y no será que en esta sociedad la radiación de moralidad burguesa en medio de este entorno cada vez más ciber-industrial. todos, mutilados por la alienación económica y psíquica, padecemos este achatamiento del afecto?

Lo cierto es que nuestra alienación no es sólo económica, sino también psicológica, como muy bien intuyó Marx en sus Manuscritos sobre Filosofía y Economía (1844) que después por desgracia pareció olvidar. No es el triunfo de un proletariado difuso lo que nos puede traer la revolución. No, a no ser que se vaya mucho más allá de la economía, ¡a no ser que se vaya en contra de la Economía! De nada servirá una revolución de ningún tipo si no superamos la alienación que hay en cada uno de nosotros. Decían en el mayo francés “¡Mata al policía que hay en ti!”, pero no es suficiente, pues para eso antes debemos matar el hombre civilizado (domesticado) que habita en nosotros como una pesada carga.

Según Freud, el paso hacia la civilización fue el paso del Principio de Placer al Principio de Realidad; de una forma de vida basada en los instintos a otra forma de existencia reprimida por la razón. Así se pasó del goce (juego) al trabajo, de la receptividad a la productividad, de la ausencia de represión a la falsa idea de seguridad, del placer a la castración.

Sostenía Herbet Marcuse en Eros y Civilización que “la libre gratificación de las necesidades instintivas del hombre es incompatible con la sociedad civilizada”, donde la “renuncia y el retardo de la satisfacción son los prerrequisitos del progreso”. Ninguna revolución que anteponga el productivismo, la rentabilidad, la eficacia, la velocidad, la despersonalización a lo que son las necesidades psíquicas básicas del ser humano -el amor y la libertad- puede ser revolucionaria. No será más que una copia con diferente disfraz de esta triste realidad. Sólo una revolución basada en la liberación de los instintos, del amor libre, sin posesividad ni prejuicios burgueses y cristianos, será realmente revolucionaria. Debe ser la felicidad, a fin de cuentas, el epicentro del “mundo nuevo”, aunque ello implique la destecnologización, desmasificación, desurbanización y deconstrucción postmoderna del Homo Economicus.

Tan cierto como que, cuanto menos se quiere uno a sí mismo, menos amor puede sentir por los demás, y más se engaña uno en el “amor”; es que cuanto más puedes amar más puedes odiar. Quien no es capaz de sentir emociones es ciertamente una persona enferma, quien viendo como hoy el sistema mata miles de personas al día, extingue 27.000 especies vivas al año, deforesta, aporrea, censura, castra a todo lo vivo en la tierra y no es capaz de sentir odio contra el Sistema, está clínicamente enfermo. Una de dos, o está enfermo de insensibilidad o padece el Síndrome de Estocolmo. Es por ello que, por paradójico que pueda parecer, quien quiera una sociedad basada en el amor libre debe combatir con odio la presente miseria.

Antón FDR *

* Grupo Re-Evolución

fuente: revista Ekintza Zuzena nº31 www.nodo50.org/ekintza/spip.php?article108

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Cómo funciona el control mental con las noticias

En su objetivo esencial, la noticia “express”, la “comida rápida” de la información, no está orientada a alimentar el conocimiento sino a promover la alienación y la ignorancia masiva. Es el recurso más efectivo que utiliza la estructura mediática para reconvertir al cerebro humano en un microchip repetidor de eslóganes al servicio de la dominación sin el uso de las armas.

En el sistema (nivelado como “mundo único”), sólo un minoría elabora (y consume) análisis o interpretaciones sobre los acontecimientos que se suceden en el planeta. A nivel masivo, las “noticias” o la “información” publicada se sintetizan en títulos, volantas, y párrafos cortos que se resumen en sí mismos. Nacen y mueren a la misma velocidad de la lectura.

No hay contexto, no hay historia, no hay relación ni causalidad entre acontecimiento y acontecimiento, y, las noticias, como las imágenes, sólo se fijan (y quedan) en la retina mientras las miramos, las leemos o las escuchamos. Para las agencias, diarios y grandes cadenas mediáticas (locales o internacionales), este formato de “consumo” es lo ideal.

La gente, dicen sus ejecutivos, siempre anda apurada. Y les hacemos el mundo fácil y simple de digerir. Así se niveló mundialmente la comunicación “express”, la información de “consumo rápido”, solo títulos, párrafos cortos, hechos memorizados fáciles de digerir y recordar. Y el “gran público” (el demandante masivo de información “express”) se acostumbró a asimilar información “suelta” (sin porqué ni para qué) y sin analizar ni reflexionar sobre su autenticidad y origen.

Fácil y cortito, es la fórmula impuesta. Una especie de “mundo de eslóganes”, que el “gran público” repite como un loro electrónico en su vida privada, en su trabajo, y en todos los chats y redes sociales donde le dejan inscribirse. Y la información “express”, nivelada y manipulada a escala global, creó un mundo a su imagen y semejanza: El mundo de los “opinadores” compulsivos programados por los eslóganes sueltos de las noticias “express”.

Y como emergente lógico, la función de la reflexión y el análisis (natural del humano), fue reemplazada por el “comentario” sin sostén, y por la especulación con los rumores y las teorías conspirativas sin fundamento racional.

Hay una primera explicación técnica: La función del periodismo del sistema no es promover el conocimiento (la comprensión razonada) de la noticia, sino promover el “debate” sin reglas, la discusión irracional y esquizofrénica (sin análisis ni información procesada) de los títulos difundidos como “imágenes sueltas” para producir atracción comercial.

Programar lectores, televidentes, o internautas con eslóganes que confrontan con otros eslóganes, es la función y misión esencial que surge de la estructura operativa del periodismo masivo que vende “noticias” como si fueran hamburguesas en la góndola. Y se produce el milagro buscado: El público masivo, el alienado programado (AP), consume información “express” de la misma manera que consume música, espectáculos, productos, hasta presidentes y normas de vida vendidos como si fueran desodorante de ambiente.

Esa sensación de “libertad sin fronteras” que les deja a los “opinadores” compulsivos la información de consumo rápido (como la comida chatarra de Mc Donalds) les permite, con total impunidad, “criticar” o  “juzgar” casi cualquier acontecimiento sin tener información ni elementos fundantes de análisis sobre lo que se discute. En este contexto, es muy común, por ejemplo, que un AP (alienado programado)  “opine” sobre el conflicto de Irán sin saber siquiera identificarlo en el mapa.

En su objetivo esencial, la noticia “express”, la “comida rápida” de la información, no está orientada a alimentar el conocimiento sino a engordar la ignorancia masiva. Es el recurso más efectivo que utiliza la estructura mediática para reconvertir al cerebro humano en un microchip repetidor de eslóganes, mientras el sistema, gobiernos, bancos y empresas capitalistas (que financian a la estructura mediática) siguen depredando y haciendo negocios en el mundo real.

Desde el punto de vista de su utilización mediática, la noticia “express” se fundamenta y abreva en las técnicas del control mental.

Operativamente, el control mental es una técnica orientada a captar y/o manipular la conducta de las personas, controlando sus emociones y su capacidad de “reflexión”, con la finalidad de direccionar comportamientos (sociales o individuales) hacia los fines buscados por el “controlador” (Gobiernos, grupos de poder, etc). Este modelo de manipulación de conducta social (el control mental) se resume en el “pensamiento de manada”, donde el individuo resigna su  capacidad de “pensamiento propio” a cambio de protección por parte del líder (programador) del grupo.

Y el control mental, para que sea exitoso, necesita del “pensamiento sectario”, cuya estructura está compuesta por un “receptor pasivo” (el manipulado con el control mental) y un “emisor activo (el líder programador). En este caso, el consumidor alienado de noticias “express” es el receptor pasivo, mientras que la estructura mediática de programación es el emisor activo. De manera tal que, dentro de este esquema funcional, no hay una identificación crítica  con la noticia (un feed back entre emisor y receptor), sino una memorización pasiva orientada a impedir la comprensión totalizada de los acontecimientos sobre los que aparentemente se “informa”.

El resultante (que se puede verificar fácilmente): El lector, televidente o radioescucha se convierte en un difusor pasivo  de títulos (vaciados de contenidos críticos y reflexivos) que se retroalimentan como órdenes en el cerebro masivo. Esto crea la atomización esquizofrénica, y permite, por ejemplo, que el receptor, pase, sin ninguna conexión reflexiva ni emocional, de una noticia sobre la muerte de 200.000 personas en Haití, a otra sobre la última producción discográfica de un cantante de moda.

Y este fenómeno explica, a su vez, la indiferencia de las mayorías frente a exterminios militares en masa de seres humanos indefensos (como los de Israel en Gaza) que, sin mediar la alienación atomizante mediática, producirían reacciones masivas  contra sus perpetradores. Este efecto se produce por una operación reduccionista y atomizante con las noticias “express”. Por ejemplo: Si yo titulo “Israel está en guerra con Hamás”, sin aclarar que Israel es la potencia agresora y Hamás el agredido, lavo las operaciones de exterminio del Estado judío de toda connotación genocida.

Trasladada a cualquier otro plano, la función de las noticias “sueltas” (descontextualizadas y sin conexión entre sí) está orientada a impedir que las mayorías (a través del pensamiento reflexivo) tomen conciencia de quién es el dominador y quien el dominado.

Esta es la razón que justifica el bombardeo diario con “titulares” que presentan los acontecimientos descuartizados y despojados de todo sentido de totalidad interpretativa. Destruido su pensamiento crítico (por medio de la información descontextualizada y sin historia)  el alienado programado se masifica y se nivela en trasmisor pasivo de un único mensaje: El que difunde (a modo de un “Gran Hermano”) la estructura mediática que comercia con las “noticias”.

La estructura del “pensamiento de manada” se traduce en un axioma funcional: El sistema no quiere que pienses por ti mismo, sino que obedezcas órdenes. Estas órdenes (en la era del control mental) no son militares sino “persuasivas”. No actúan por imposición física (la tortura y el miedo a la muerte), sino por imposición psicológica (la “persuasión” social).

La etapa de la “colonización de las sociedades” con el consumo de productos, comenzada en la década del 60, posibilitó la era de la “colonización mental” con el consumo de información perfeccionada con el advenimiento masivo de Internet y de las comunicaciones globalizadas en la década del 90.

Cuando el sistema capitalista trasnacional, por medio del consumo, niveló un “modelo único de pensamiento”, sentó las bases psicosociales para el control político-ideológico por medio de la información periodística manipulada por operaciones psicológicas. De manera tal, que las  técnicas y estrategias del control mental se revalorizaron dentro de métodos científicos de direccionamiento de conducta de masas, y se convirtieron en una eficiente estrategia de dominio sin el uso de las armas.

Mediante la manipulación y direccionamiento de conducta por medios psicológicos el individuo-masa se convierte en “soldado cooperante” de los planes de dominio y control social establecidos por el capitalismo trasnacional y la potencia imperialista regente de turno. Es a la vez, víctima y victimario, de las operaciones psicológicas, ya que se convierte en una célula consumista-trasmisora tanto de planes de consumismo capitalista como de planes de control y represión social manipulados sin el uso de las armas.

Las noticias “express”, la información de “consumo rápido”, son la columna vertebral de esta estrategia.

Manuel Freytas *
manuelfreytas@iarnoticias.com
31-Octubre-2012

* Manuel Freytas es periodista, investigador, analista de estructuras del poder, especialista en inteligencia y comunicación estratégica. Es uno de los autores más difundidos y referenciados en la Web.

fuente www.iarnoticias.com/2012/secciones/contrainformacion/0013_control_noticias_31oct2012.html

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