La anomalía japonesa

El extraordinario accidente que tuvo lugar hace un año y medio en la isla más desarrollada del mundo sigue esparciendo su virus por el sistema político nipón. Las movilizaciones contra el programa nuclear son imponentes, pero en el gobierno no hay visos de reacción. Un filósofo nacido y criado en Tokio explica por qué los manifestantes no están ni indignados ni resignados, y parecen más bien curados de espanto.

El viernes 14 de septiembre el gobierno japonés publicó su nuevo Plan Energético, que consistía esencialmente en “tomar todas las medidas necesarias para llevar a cero la producción nuclear en el año 2030”. Esa misma tarde, a las 18, decenas de miles de personas se manifestaron frente a la sede del gobierno en Tokio, tal como lo hacen cada viernes desde abril de 2012. El anuncio del ejecutivo nipón sobre una salida gradual del escenario nuclear no disipó la desconfianza profunda en la clase política.

La primera movilización realizada después del accidente de la central de Fukushima I, fue el 10 de abril del pasado año: más de 20 mil personas se echaron a la calle en la capital. Las manifestaciones se multiplicaron de inmediato por todo el territorio nacional, abriendo una fase “excepcional” en un país que no tenía registro de protestas de esta envergadura desde fines de la década del sesenta. No hace falta subrayar la “horizontalidad”, “multiplicidad” y “espontaneidad” de estas expresiones de masas, ya que se trata de aspectos comunes a las protestas que han tenido lugar últimamente en todo el planeta.

El movimiento antinuclear japonés tuvo un giro decisivo en junio de 2012, cuando el Primer Ministro Yoshihiko Noda tomó la decisión de volver a activar dos reactores de la central de Ohi que habían sido cerrados como medida de seguridad (al igual que los otros 48 reactores que hay en el archipiélago). Fue aquella una resolución realmente “inesperada”, “inimaginable” o “imposible” para la mayor parte de la población japonesa. ¿Cómo un mandatario osaba reanimar la producción nuclear siendo que el accidente de Fukushima permanece activo y nadie sabe todavía la verdadera dimensión de sus efectos en el largo (y ni siquiera en el corto) plazo? ¿Cómo se atrevía a actuar en contra del sentimiento tan claramente manifestado por la sociedad durante un año?

A partir del viernes siguiente al anuncio de Noda, el número de personas que se reunían frente a la sede gubernamental explotó. En julio llegaron a juntarse 200 mil personas, sin contar los innumerables manifestantes “virtuales” que participan del cortejo a través de internet, como muchas mamás obligadas a quedarse en casa para preparar la cena.

¿No hay, sin embargo, algo de paradojal, e incluso de perverso, en el hecho de que cuando más aumentó el número de manifestantes fue cuando la gente pudo percatarse de la impotencia efectiva de las protestas populares? La decisión de reavivar los reactores mostró de manera transparente al menos dos cosas fundamentales: en primer lugar, que la alianza Estado-Capital es lo suficientemente sólida como para que nadie pueda intervenir, excepto ellos; en segunda instancia nos dimos cuenta de que los malhechores son tan indomables, que no hay quien pueda persuadirlos de ser menos malvados.

Y estos dos aprendizajes no son apenas factores coyunturales o pasajeros, sino que configuran prácticamente una verdad eterna. En síntesis, hemos aprendido definitivamente que “otro mundo no es posible”. Lo cual modificó radicalmente la naturaleza misma del movimiento de resistencia. Antes de aquel fallo de junio, creíamos enfáticamente que “otro mundo era posible”. Esta hipótesis aparecía reforzada por el hecho de que Naoto Kan, el Primer Ministro anterior, se manifestó de acuerdo con abandonar el paradigma energético nuclear, y había ordenado en mayo de 2011 –a pesar de la fuertísima oposición de los empresarios- la suspensión de los reactores de la central de Hamaoka, colocados en una zona considerada de “riesgo sismológico alto”. Aún cuando Kan se vio de facto obligado a dimitir en septiembre de 2011 por su posición “demasiado izquierdista”, no dejamos de creer en la capacidad de nuestras fuerzas democráticas para cambiar el mundo.

Desde hace cinco meses vivimos en la paradójica situación de reivindicar la clausura inmediata de las centrales nucleares, como siempre, pero a sabiendas de que nuestra voz no tiene ningún poder para quebrar la alianza estatal-capitalista, ni para purgar el mundo de aquellos maleantes que no cesarán de hacer su voluntad sin el más mínimo pudor.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿por qué la gente, cada vez en mayor cantidad, sigue yendo a la plaza si está al tanto de la imposibilidad de transformar el mundo? ¿Será porque cada uno de ellos busca transformarse a sí mismo, y devenir otra cosa, para volverse capaz de vivir en este mundo, un mundo que aparece insoportable, dominado por las clases dirigentes que portan una nocividad que se torna imposible de neutralizar?

Si hoy sentimos más que nunca la necesidad de juntarnos, no es tanto para darnos a entender con una fuerza numérica, sino ante todo para producir una nueva subjetividad, autónoma, excedente, a través de un agenciamiento colectivo hecho de afectividades que resuenan entre sí internamente. Todo lo cual nos lleva a un pasaje del filósofo Gilles Deleuze, quien afirma: “Necesitamos una ética o una fe, y esto hace reír a los idiotas; no es una necesidad de creer en otra cosa, sino una necesidad de creer en este mundo, del que los idiotas forman parte”. No se trata ya de hacer un mundo digno de nuestra vida, sino de hacernos nosotros dignos de este mundo tal cual es.

Es esto lo que el pensador francés entiende por “devenir revolucionario”. Los manifestantes antinucleares japoneses no son “indignados”: no le gritan ya a una sociedad injusta que creen no merecer; su voluntad no es subvertirla para convertirla en “otro mundo”. En lugar de revolucionar al planeta lo que ellos procuran es devenir revolucionarios en el seno de este mundo. Buscan asegurarse una libertad, una independencia, no exactamente respecto al destino sino respecto a la necesidad que debería resultar del destino, como dice también Deleuze a propósito de la moral estoica.

El mundo desborda siempre su carrera actual, insoportable. Si la antigua creencia consistía en aferrar el mundo en su capacidad imaginaria de alcanzar un futuro menos insoportable, hoy se trata de aferrar cada instante mundano en su desdoblamiento real entre la actualidad y sus virtualidades, el “accidente” y su potencia. Lo cual nos permite romper la relación de causalidad necesaria con cada accidente que nos afecta, y trazar líneas de fuga dando con la cabeza en el muro de las imposibilidades. Esa es la perversión des-utopista que constituye una anomalía japonesa en la época donde parece reinar, como siempre, la antigua perspectiva, subversiva y utópica, tal como la constatamos en el caso de los altermundistas, los indignados, los occupy.

El accidente de Fukushima está ahí. Sus efectos ya están inscriptos en nuestros respectivos cuerpos, se salga o no del escenario nuclear. Y tal vez sea por eso que, en el fondo, estamos a la vanguardia de una nueva modalidad de lucha, des-utópica y perversa.

Jun Fujita Hirose

traducción Darío Bursztyn

fuente: revista crisis nº 12 / diciembre 2012- enero 2013 / http://www.revistacrisis.com.ar

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Nacemos enteros

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Nos hicieron creer en una fórmula llamada “dos en uno”: dos personas pensando igual, actuando igual, que era eso lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene nombre: anulación.
Que sólo siendo individuos con personalidad propia, podremos tener una relación saludable. Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fuera del contrato deben ser reprimidos.
Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados. Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad.
No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes, y que podemos intentar otras alternativas.

¡Ah!, tampoco nos dijeron que nadie nos iba a decir todo esto… cada uno lo va a tener que descubrir solo.
Y ahí, cuando estés muy enamorado de tí, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.
Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor… aunque la violencia, se practica a plena luz del día.

John Lennon

fuente http://www.revistanamaste.com/nacemos-enteros

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(libro) El arte de amar

El arte de amar es un libro escrito por el sociólogo, psicólogo, filósofo y marxista judío alemán Erich Fromm, miembro de la llamada Escuela de Frankfurt. El libro se publicó originalmente en inglés con el título The Art of Loving (1956)

En este libro, Fromm recapitula y complementa los principios teóricos acerca de la naturaleza humana que ya había comenzado a desarrollar en El miedo a la libertad y en Ética y psicoanálisis. Fromm postula que el amor puede ser producto de un estudio teórico puesto que es un arte, “así como es un arte el vivir” y, para el dominio de cualquier arte es imperiosamente necesario que se llegue a un dominio profundo, tanto de la teoría como de la práctica. El libro contiene cuatro capítulos:

I. ¿Es el amor un arte?
II. La teoría del amor
III. El amor y su desintegración en la sociedad contemporánea
IV. La práctica del amor

El libro postula principalmente que el amor es la respuesta al problema de la existencia humana, puesto que el desarrollo de éste conlleva a una disolución del estado de separación o separatidad sin perder la propia individualidad. Asimismo estudia la naturaleza del amor en sus diversas formas: amor de padre y de madre, amor a uno mismo, amor erótico y amor a Dios.

El autor postula que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. En el capítulo tres Fromm realiza un análisis del amor y su significado en la sociedad actual, con base en el cual llega a la conclusión de que el modo capitalista de producción tiende a enajenar al hombre y a imposibilitarlo -al menos socialmente- para amar.

fuente http://es.wikipedia.org/wiki/El_arte_de_amar_%28Fromm%29

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