La masa

La masa de las que le quiero hablar no es la de Silvio pero algo de esa tiene. Tampoco es una masa de pan, aunque sus integrantes bien que la amasan. Menos una masa de albañil, pero que pega pega.

La masa es esa masa que componen millones de seres que sin discusión ni debate previo adoptan criterios comunes a todos. Una serie de prejuicios y valores y maneras de ver el mundo que nadie ha estipulado de antemano pero en los que sorprendentemente todos coinciden. Van tomando forma con el correr del tiempo y de a poquito se van imponiendo sutilmente en todas las personas casi sin que éstas se den cuenta, con tanta eficiencia que las ejecutan automáticamente sin que nadie se pregunte nada. Es así y punto.

La masa hace lo que todos hacen sin saber porque lo hace. Ni le interesa. Solo se trata de hacer lo que todos y así pertenecer a la masa. La flojedad de criterios y la ausencia de argumentos caracteriza a la masa. Pero no es motivo de preocupación para ninguno: si todos lo hacen es porque es así. Tienen como un comportamiento palomar: lo que hace uno hacen todos. Por las dudas. No obstante (y esto es lo más difícil de entender) nadie cree pertenecer a la masa: dicen tener criterio propio y actuar en consecuencia.

Cuando alguien piensa o actúa como todos lo hacen van por ahí con cara de satisfechos, con la seguridad de ser aprobados por el resto. Si un integrante descubre algo que no conocía y lo adopta, por pequeño que sea, lo vocifera a los cuatro vientos, como si fuese el primero en descubrirlo o el único en saberlo.    
                                                                                                       
Cuando alguien de la masa ve a una persona haciendo algo por los demás, o por un animal o por el medio ambiente, lo miran atentamente sin moverse y esbozan una sonrisa que parece decir “qué bueno que haya personas así, me siento bien”. Si por acaso se te ocurre tentarlo para que te acompañe en esa acción se aleja con el infalible “los apoyamos!!, que tengan mucha suerte”.

La masa va y vota sin saber muy bien lo que vota.

La mayor parte de la masa se casa, tiene hijos, tiene auto o le encantaría tenerlo, cree en Dios y es católica, apostólica, romana (aunque no sabe bien que es todo eso). En la masa todos quieren progresar, comer rico, que le pasen cosas buenas, ser alguien en la vida. Todos quieren sentirse bien. Toman vacaciones, buscan descansar de todo aquello que los oprime, pero a los pocos días vuelven mancitos a reanudar eso de lo que se escaparon.

La masa se levanta todos los días más o menos a la misma hora, toma café o mate, se informa (se forma… la masa se ‘forma’), va todos los días a trabajar, saca la bolsita de basura, paga la tarjeta, la cuota, la expensa o el tributo que sea que lo acredite como socio de la masa. Todos los días los integrantes de la masa amasan esta masa con especial habilidad. Alguno quizás pueda expresar cierto fastidio o reparo por alguno de sus pliegues pero ni siquiera sospecha que con su forma de actuar cotidianamente, le da vida a eso de lo cual se queja.

En la masa cada uno se ocupa de lo que es suyo, del resto que se ocupe otro.

La masa es afectivamente débil por eso construye pequeñas unidades de refugio llamadas familia.  A sus familiares y amigos la masa los llama sus seres queridos, el resto son extraños. Esos extraños lo pueden joder, o hacerle perder dinero, o a esos hay que venderles, o esos me pueden robar, o de esos me puedo aprovechar, etc. Pero siempre están afuera.

Gracias a la masa hay políticos (“de eso no me ocupo”), administradores de consorcio (“no tengo tiempo”), laverrap, rotiserías (“yo trabajo, qué querés”). A la masa hay que arreglarle el auto, la heladera, la mesa, o conectarle un cable o ajustarle un botón porque la masa no sabe ni tiene tiempo de hacerlo, solo trabaja, come y coje. Por todo esto, la masa necesita consumir de todo.  Es… la masa consumidora. Y lo quiere todo en perfecto estado, limpio, blanco, envuelto en plástico, bien presentado y que le sonrían cuando lo atienden porque para eso trabaja y se lo merece. Y que no le hagan esperar…Y que sea barato… y bueno… y que esté cerca, sino que se lo lleven.

La masa siempre está bien vestida, limpia y perfumada. Celular en mano va a peluquerías, a shoppings, viste irremediablemente a la moda. Se sube a algo para parecer más alta, se tiñe el pelo para parecer otro pelo, se maquilla, se opera, es… profundamente insegura. Por eso por la calle te miran a los ojos, no por mirarte a vos sino para ver si vos los mirás, si los aceptás.  No es una mirada que mira, es una mirada que busca.   

Cuando viaja la masa se convierte irremediablemente en turista y exige conocer en poco tiempo todo lo mejor (“para eso me rompo el lomo”) y lleva y deja en el lugar lo peor, contaminando de occidente todo poblador que toca.                                                          
Si por acaso da limozna no lo hace pensando en el pobre sino en que después seguro le van a pasar cosas buenas.

Gracias a la masa hay coca-cola, prostitutas, plásticos, odio, pobres, contaminación, propiedad privada, depresión, guerras.

El mundo está partido en 150 países y cada masa está orgullosa de pertenecer a uno de sus pedazos y no al resto. Ama su país, desprecia los demás. Pero de todo esto la masa no se hace cargo de nada, lo mira como de afuera, los culpables siempre son los otros. La masa cree en Dios y ama su patria y eso es lo correcto.

La masa tiene miedo. Miedo a lo que va a pasar, al que dirán, a envejecer, a no ser linda, miedo a quedarse sin trabajo, sin pareja, sin luz, miedo a que los demás no la acepten, miedo a fracasar. Miedo… a todo. Pero no lo demuestra, sonríe porque…-“Todo bien?” -“Sí, todo bien, y vos?” -“Todo bien”.

Pero a escondidas van al psicólogo, porque la cosa no cierra. No les cierra a ‘ellos’, a cada uno de ellos, lo ven como un problema personal y buscan salir individualmente. Nunca conciben el problema como general, de todos. No, buscan la salida personal. Pagan y punto. Porque para eso trabajan, para que otro los ayude a ver lo que ellos no quieren. Y cuando se recuperan un poco, vuelta a la masa, a seguir actuando, y además juzgando lo distinto como siempre, hasta la próxima caída. Ningún integrante de la masa se sostiene por sí solo, todos se apoyan en el resto.

Forman sus estados de ánimo con lo que les pasa afuera, nunca con lo de adentro. Por eso a veces se sienten bien y ríen a carcajadas y a veces se sienten mal y se encierran en un agujero. Y así están toda la vida, en un subibaja continuo.

La masa se siente libre de hacer, sentir y pensar lo que le plazca pero en realidad están presos de enormes estructuras que ni siquiera sospechan. Lo que más ansían es la libertad por sobre todas las cosas pero ellos mismos se condenan. Y orbitan permanentemente en el bailoteo de sus propios pensamientos, cual astronauta en el espacio exterior.

La masa piensa. No solo piensa el pensamiento sino que piensa lo que siente, y siente lo que siente y luego se emociona y pasa de sentir lo que siente a sentir que se emociona por lo que se emociona por pensar y piensa si ese sentir y esa emoción responden a un sentir emocionado o bien es el resultado de un pensamiento sentido que al emocionarse siente que se piensa en todo sentido. Ante este embrollo llega a sus vidas un libro de autoayuda. Entonces se los ve sonrientes e iluminados como una bombita. Y se les escucha decir que ‘todo fluye’ por lo menos 10 veces al día. Pero esa alegría dura lo que un pedo en el aire.

Reina una especie de espíritu de grupo de la masa, tanto que si alguien de por ahí hace o dice algo que no cuadra dicen de él, en el mejor de los casos, “qué personaje”, o sonríen y en silencio piensan: “qué raro, qué hace?”, o el más elocuente: “qué estúpido/a”, porque si hay algo que funciona en la masa es el Tribunal de Faltas en sesión permanente donde todos condenan todo aquello que se ubica fuera de Ella.

A pesar de tener un tamaño gigantesco la masa vive en un mundo así de chiquitito, aunque se crean lo contrario.

La masa nunca tiene, siempre le falta. Entonces caen en adicciones, engordan, se deprimen.  

Casi siempre van en busca de lo que quieren, casi nunca de lo que necesitan. Y cuando registran una necesidad procuran soluciones en algún otro integrante de la masa, fuera de ellos, nunca dentro de ellos mismos.

2 personas pueden estar horas discutiendo aparentemente con fundamentos distintos, puntos de vista y posiciones disímiles pero al final terminan básicamente coincidiendo y se abrazan. El famoso”abrazo de masa”.

Para la masa, si hay sol el día es lindo pero si se nubla, tiempo desmejorando. Si llueve, es un día feo. Toda la masa está informada de la hora que es, la humedad y la sensación térmica. Y le interesa el pronóstico del tiempo porque si va a estar lindo se siente bien pero si anuncian lluvia o nublado se siente mal. Tiempo inestable, masa inestable.

Toda la masa ve la tele y lee los diarios, y aquello que lee o mira, al rato lo defiende en una discusión con uñas y dientes como si fuese una postura propia. Porque la masa no tiene postura, la adopta. Es como el contrabajo: acompaña pero no toca.  Es, como le diría… un inmenso magma gelatinoso que se mueve en bloque pallá y pacá, sube y baja, como el mar. Y todo lo cubre.

Eso: la masa está por todas partes, en los bares, en las oficinas, en los pueblos, por todos lados. Puede vestir uniforme, delantal, bikini, traje, mameluco o botines, jeans usan todos. La masa vive en casas, deptos, countries y en barrios humildes. Ocupan… todo.

Difícil dudar de si alguien pertenece o no a la masa: vea como está vestido, en donde está y a qué hora, y qué está haciendo. Y si habla mejor: es infalible.

No obstante ser compacta y bastante homogénea la masa no tiene una forma definida. Puede estirarse, agruparse, achatarse y expandirse, parecido a una ameba. Y avanza. Y en su avance va contagiando todo lo que toca así que ¡cuidado!, estén alertas porque puede rozarlos con sus tentáculos y hacerlos suya. Cuentan para esto con innumerables recursos como la indiferencia, el individualismo, el “no es tu problema”, el “no ves que todos lo hacen”, el “esto es así, no cambia más”, el “tenés que ser más vivo”, la intrascendencia. Y también con esa tonta necesidad de las personas de pertenecer a un grupo que los contenga para en ellos definirse porque por sí solos no son capaces.

Esto no va dirigido a Ud. no se preocupe. Pero si cree pertenecer a la masa… enhorabuena!, disfrute, porque… pertenecer tiene sus privilegios.

Adrián Sertanejo
adriansertanejo@gmail.com 

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2014/05/860722.php

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Sobre los desgraciados espectadores, esclavos modernos de este famoso sistema

Ante el realismo y las realizaciones de este famoso sistema, se pueden ya conocer las capacidades personales de los ejecutantes que ha formado. Y éstas, en efecto se engañan respecto a todo, y no pueden hacer nada más que disparatar sobre mentiras.
 
Son pobres asalariados que se creen propietarios, ignorantes mistificados que se creen instruidos, y muertos que creen votar. ¡Qué duramente los ha tratado el modo de producción! De progreso en promoción han perdido lo poco que tenían… y han ganado lo que nadie quería.
 
Coleccionan las miserias y las humillaciones de todos los sistemas de explotación del pasado, ignorando de ellos sólo la revuelta. Se parecen mucho a los esclavos porque son hacinados en masa, con estrechez, en pésimos edificios, malsanos y lúgubres; mal nutridos gracias a una alimentación contaminada e insípida; mal cuidados en sus siempre renovadas enfermedades; continua y mezquinamente vigilados; mantenidos en el analfabetismo modernizado y en las supersticiones espectaculares que corresponden a los intereses de sus amos.  
 
Transplantados lejos de sus provincias a sus barrios, a un paisaje nuevo y hostil, según las conveniencias concentracionarias de la industria actual. No son más que cifras en gráficos elaborados por imbéciles. Mueren a montones por las carreteras, a cada nueva epidemia de gripe, a cada ola de calor, a cada error de quienes adulteran sus alimentos, a cada innovación técnica que beneficia a los múltiples empresarios de un decorado del que ellos son conejillos de indias. Sus penosas condiciones de existencia provocan la degeneración física, intelectual y mental.
 
Se les habla siempre como a niños obedientes, a quienes basta decir “es preciso”, y ellos se lo creerán. Pero sobre todo se les trata como niños estúpidos, ante ellos farfullan y deliran  decenas de especializaciones paternalistas, improvisadas la víspera, haciéndoles admitir no importa qué, diciéndoselo no importa cómo; y también lo contrario al día siguiente.  
 
Separados entre sí por la pérdida general… de todo lenguaje adecuado a los hechos, pérdida que les impide el más mínimo diálogo; separados por su incesante competencia, siempre apresurada por el látigo… en el consumo ostentatorio de la nada, y separados por tanto por la envidia menos fundada y menos capaz… de aportar cualquier satisfacción, son incluso separados de sus propios hijos, que no hace mucho eran la única propiedad de los que nada tenían.
 
Desde la más corta edad se les retira el control de estos niños, ya rivales suyos, que no escuchan las opiniones sin pies ni cabeza de sus padres… y se ríen de su flagrante fracaso. No sin razón desprecian su origen… y se sienten mucho más hijos del espectáculo reinante… que de aquellos de entre sus criados que, por azar, los han engendrado: sueñan con ser los mestizos de estos negros. Tras la fachada de un disimulado encanto… entre estas parejas, como entre ellos y sus progenitores, no hay nada más que miradas de odio.  
 
Sin embargo, estos trabajadores privilegiados de la sociedad mercantil desarrollada, en lo que no se parecen a los esclavos es en que ellos mismos deben procurarse su mantenimiento. Su estatuto puede compararse más bien al sirviente, ya que ambos están exclusivamente ligados a una empresa y a su buen funcionamiento, sin ninguna reciprocidad a su favor; y sobre todo porqué están obligados a residir en un espacio único: el mismo y siempre igual circuito de domicilios, despachos, autopistas, vacaciones y aeropuertos.
 
Pero también se parecen a los proletarios modernos por la inseguridad de sus recursos, que está en contradicción con la rutina programada de sus gastos; y por el hecho de que les es preciso alquilarse en un mercado libre sin poseer sus instrumentos de trabajo: por el hecho de tener necesidad de dinero. Precisan comprar mercancías y todo está hecho de tal modo que no pueden entrar en contacto con nada que no sea mercancía.
 
Pero en lo que su situación económica más precisamente se parece al particular sistema de “peonaje”, es en el hecho que este dinero en torno al cual gira toda su actividad no se les permite ni momentáneamente manejarlo. No pueden hacer otra cosa que gastarlo, recibiéndolo en cantidades demasiado pequeñas para poder acumularlo. Y se ven obligados, a fin de cuentas, a consumir a crédito reteniéndoles de su salario el crédito concedido, del cual sólo se librarán trabajando más. Como la organización de la distribución de bienes está ligada a la organización de la producción y del Estado, se les recorta, sin apuros, todas sus raciones, tanto de comida como de espacio, tanto en cantidad como en calidad. Aunque continúen siendo formalmente trabajadores y consumidores libres, no pueden ir a parte alguna pues en todos los sitios se ríen de ellos.
 
(…)  
 
Nuestra época no ha alcanzado aún la superación de la familia, del dinero, de la división del trabajo; y sin embargo bien podemos decir que para estas personas la realidad efectiva de todo ello ya se ha disuelto casi del todo, por la simple desposesión. Aquellos que nunca tuvieron bulto lo han dejado por la sombra. El carácter ilusorio de las riquezas que la sociedad actual pretende distribuir, de no haberse ya reconocido en todas las demás materias, quedaría demostrado suficientemente por la simple observación de que es la primera vez que un sistema de tiranía sustenta tan mal a sus familiares, sus expertos y sus bufones. Siervos agotados del vacío, el vacío les paga con moneda por ellos mismos acuñada. Dicho de otro modo, es la primera vez que los pobres creen formar parte de la élite económica, a pesar de la evidencia contraria.  
 
No sólo trabajan, estos desgraciados espectadores, sino que encima nadie trabaja para ellos, y menos que nadie aquellas personas a quien ellos pagan: pues sus mismos proveedores se consideran más bien como sus capataces juzgando si han ido con suficiente denuedo a apañar los sucedáneos que tienen la obligación de comprar. Nada podrá disimular la rápida usura que se encuentra integrada desde el inicio, no sólo en cada objeto material sino hasta el plano jurídico, en sus raras propiedades. De igual modo que no han recibido herencia alguna, tampoco ellos van a dejar ninguna.

Guy Debord
 
Extracto del documental escrito y dirigido por Guy Debord ‘In Girum Imus Nocte et Consumimur Igni’ (Damos Vueltas en la Noche y Somos Consumidos por el Fuego), 1978.
 
Descarga del guion del documental en PDF (48 pp) www.sindominio.net/etcetera/PUBLICACIONES/con_otros/DEBORD-ingirum.pdf   

fuente www.sindominio.net/etcetera 

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