La educación de la nueva subjetividad neoliberal

Este trabajo analiza cómo se está educando una nueva subjetividad neoliberal adaptada a la sociedad del capitalismo avanzado en que vivimos y el papel que juega la educación, formal y no formal, en dicha reconfiguración. La actual globalización neoliberal es productora de cierto tipo de manera de vivir y de relaciones sociales, de cierta forma de comprensión del mundo y de un imaginario social, que está contribuyendo a cimentar una subjetividad determinada. A través de los medios de comunicación, de las normas y costumbres que socializamos y a través de los propios contenidos que se nos transmiten en la educación formal, se está transformando la mentalidad de las personas, que son llamadas a concebirse y a conducirse como una empresa, emprendedores de sí mismos. Se ha consolidado así esta nueva subjetividad capitalista, donde la lógica del mercado se concibe como la lógica normativa generalizada, desde el Estado hasta lo más íntimo de la subjetividad. Lo que así resulta radicalmente transformado es la definición misma del sujeto político, haciendo de la razón neoliberal una verdadera razón-mundo.

Por Enrique Javier Díez-Gutiérrez*

1. Planteamiento del problema

Laval y Dardot (2013) se preguntan en su libro titulado “La nueva razón del mundo” cómo es posible que, a pesar de las consecuencias más catastróficas a las que han llevado las políticas neoliberales, estas sean cada vez más activas, hasta el punto de hundir a los estados y las sociedades en crisis políticas y regresiones sociales cada vez más graves. Cómo es posible que, desde hace 30 años, estas mismas políticas se hayan desarrollado y se haya profundizado en ellas sin tropezar con resistencias masivas que las impidan.

La globalización neoliberal capitalista no es sólo destructora de derechos, es también productora de cierto tipo de manera de vivir y de relaciones sociales, de cierta forma de comprensión del mundo y de un imaginario social, de un tipo, en definitiva, de subjetividad determinada (Foucault, 2007). Esta remodelación de la subjetividad “obliga” a cada persona a vivir en un universo de competición generalizada, organizando las relaciones sociales según el modelo del mercado y transformando incluso a la propia persona, que en adelante es llamada a concebirse y a conducirse como una empresa, un emprendedor de sí mismo.

El neoliberalismo se ha convertido en la “razón instrumental” del capitalismo contemporáneo que estructura y organiza, no sólo la acción de los gobernantes, sino también la conducta y norma general de la vida de los propios gobernados. De hecho, la globalización capitalista es como el agua para el pez. De la misma forma que un pez, en una fábula animada, no se percataría de vivir inmerso en un ambiente diferente al resto de las especies, los seres humanos tampoco solemos caer en la cuenta de que vivimos sumergidos en el modelo capitalista del que somos parte y en el que nos hemos ido socializando y que ha ido construyendo nuestra forma de pensar y comprender la realidad que nos rodea. A través de los medios de comunicación, empresas pertenecientes a grandes corporaciones, que transmiten las mismas informaciones y ocultan otras; mediante los discursos políticos y publicitarios reiterados, las normas y costumbres que socializamos y que nos presionan a asimilar un determinado modelo de consumo, de expectativas, deseos y esperanzas; a través de los contenidos que se nos transmiten en la educación formal o las películas y los videojuegos, made in Hollywood, que muestran una visión muy concreta de
quiénes son los héroes y los villanos, dónde está el bien y dónde el mal, quiénes son los “nuestros” y cuáles son los enemigos. Todo nuestro entorno social contribuye a crear, mantener, justificar y sostener este pensamiento único.

Los disidentes, los “divergentes”, no dejan de ser minorías periféricas, exaltadas, radicales antisistema, que incluso pueden adornar “folklóricamente” la democracia de la mayoría que es capaz de acoger en su seno la propia contestación, mientras no afecte, por supuesto, a los núcleos centrales del sistema. De esta forma, la actualmente denominada “gobernanza” se hace dentro de ese supuesto espacio de “libertad” dejado a las personas para que acaben sometiéndose por sí mismas a ciertas normas y creencias que se van arraigando profundamente. Parafraseando al teórico marxista Antonio Gramsci, podemos constatar que cuando la clase dominada asume la ideología de la clase dominante, no se necesitan ejércitos de ocupación.

2. La construcción del hábitus capitalista

No tenemos más que asistir a cualquier conversación en la calle y constataremos que la mayoría de la población cree en el mercado como mecanismo más eficiente (¡casi único!) de organización de la economía, cree en la “ley de la oferta y la demanda”, en el carácter sagrado de la propiedad privada, en que el Estado es un aparato lento y burocrático, que tiene que reducirse al mínimo y no intervenir en la economía. Como dice Susan George, parece como si “declararse en contra del libre mercado ahora fuera como declararse contra la maternidad” (George, 2001, 229).

Es hasta ingenuo preguntarse “quién enseñó” estos contenidos. En verdad, podríamos decir que no los enseñó nadie (en el sentido fuerte de una acción pedagógica formal e institucionalizada) y, sin embargo, han sido aprendidos y asumidos por la mayoría. Porque lo “social” se educa a través de la socialización cotidiana en la vida, en el trabajo, en la escuela, en la posición que se ocupa, en los medios de comunicación. Se ha convertido una ideología en una doctrina, lo cual refuerza la inculcación al racionalizarla, al convertirla en un conjunto sistemático de razonamientos, de argumentaciones, de principios, repetidos insistentemente hasta configurarlos como la única realidad plausible.

Lo sorprendente es que las instituciones educativas o los medios de comunicación siempre se han declarado al margen de toda esta socialización, proclamando una “falsa neutralidad” que hoy día se ha revelado imposible. En el caso de la escuela podemos constatar cómo su currículo, su organización, su metodología, sus prácticas, las políticas educativas que las enmarcan, construyen una red en sintonía con el sistema social imperante. En el caso de los medios de comunicación no podemos olvidarnos que son empresas al servicio de unos intereses y cuyas cuentas de beneficios determinan sus enfoques y que la publicidad, la industria cinematográfica, de videoclips o de videojuegos es quien ayuda a construir y homogeneizar el actual imaginario colectivo a lo largo del planeta.

Como analiza Tenti Fanfani (2003) estos medios institucionales e informales son los que contribuyen a ‘civilizar’ nuestra sociedad, inculcando en la población un habitus determinado: el habitus capitalista. Se ha ido configurando así un consenso de “sentido común” alrededor de ciertos temas básicos de la economía, la convivencia, la sociedad y la política, que se ha construido con la colaboración de estas instituciones formales e informales o, al menos, su silencio cómplice (Díez Gutiérrez, 2014).

Aunque se hacen declaraciones teóricas bienintencionadas defendiendo los grandes valores recogidos en los derechos humanos e incluso se plasman en proyectos educativos en las instituciones formativas, como enfoques conductores de su actuación, o se introducen en códigos éticos en los medios de comunicación o grandes empresas, a los que se suponen que se deben atener, parece que el aprendizaje que prima, los valores reales que se exaltan, el curriculum en que se forma, las prácticas que se adoptan realmente, pasa por actuaciones, metodologías, prioridades y propuestas que poco tienen que ver con ellos, y cada vez más con el modelo que el capitalismo exige de adaptación a sus principios y filosofía: aumentar sin límites la producción de mercancías industriales y suministrar más y más bienes; comprar para crecer y mantener el mercado; competir y ser el primero, porque el que llega arriba lo debe a su propio mérito basado en su trabajo y esfuerzo; asegurarse de tener más “méritos” que el resto de los aspirantes; aprovechar la oportunidad; asumir e incluso justificar la desigualdad existente porque, en realidad, los que se quedan abajo son culpables porque no se esfuerzan lo suficiente. En todo caso, mirar para otro lado y no complicarse, porque no hay otra posibilidad, éste es el menos malo de los mundos posibles.

Este es parte del actual el imaginario colectivo que refleja cómo concebimos el orden mundial, cuáles son las condiciones para nuestras acciones y cuáles los valores por los que vale la pena luchar o, dado el caso, hacer un sacrificio. Los héroes y heroínas modernas no son médicas que salvan vidas, maestras que ayudan a desarrollarse a los niños y niñas, bomberos que apagan desastres, obreras que luchan por los derechos de todas y todos. Beyonce, Ronaldo o Belén Esteban se han convertido en las nuevas estrellas mediáticas que marcan los deseos y las aspiraciones de buena parte de la sociedad. El imaginario del capitalismo ha triunfado y ha colonizado el “sentido común”.

Se ha consolidado así la nueva subjetividad capitalista, donde la lógica del mercado se concibe como la lógica normativa generalizada, desde el Estado hasta lo más íntimo de la subjetividad. Para ello se requiere una gran política de educación de las masas que prepare y forme a los seres humanos para mantener y perpetuar esta nueva subjetividad.

3. La nueva subjetividad noeliberal

Esta subjetividad neoliberal potencia el egoísmo individual, frente a la solidaridad colectiva. Transforma la responsabilidad social, donde el Estado garantiza a través de las aportaciones de todos que nadie se quede sin lo básico, en responsabilidad individual. Por tanto, cuanto más se ocupe el Estado de nosotros, menos inclinados nos sentiremos a recurrir a nuestras propias fuerzas. Se pasa a considerar la “competencia” como el modo de conducta universal de toda persona, que debe buscar superar a los demás en el descubrimiento de nuevas oportunidades de ganancia y adelantarse a ellos.

La cultura de empresa y el espíritu de empresa pueden aprenderse desde la escuela, al igual que los valores del capitalismo. No hay nada más importante que la batalla ideológica. Las grandes organizaciones internacionales e intergubernamentales (FMI, BM, OMC, OCDE, UE) desempeñan un papel clave en lo que se refiere a estimular dicho modelo, haciendo de la formación en el espíritu emprendedor una prioridad de los sistemas educativos en los países occidentales.

No se trata sólo de la conversión de los espíritus; se necesita la transformación de las conductas. Esta es, en lo esencial, la función de los dispositivos de disciplina, tanto económicos, como culturales y sociales, que orienta a las personas a “gobernarse” bajo la presión de la competición, de acuerdo con los principios del cálculo del máximo interés individual. Esto conlleva, como describe Bolívar Botía (2014), un mecanismo de introyección subjetiva, tal como Michael Foucault describió, mediante el cual se interioriza la culpa, viniendo a decir: “si no tengo trabajo es porque no soy suficientemente emprendedor” o “hay mucho desempleo porque faltan emprendedores”, “deja de perder el tiempo enviando currículos para encontrar trabajo, tú mismo puedes ser autónomo”.

Y todo un coro de voces se encargan de proclamarlo: falta, en efecto, espíritu emprendedor. En esta nueva tecnología del yo, el problema social de la falta de empleo se interioriza y se asume como un problema personal de incapacidad. Paradójicamente, el explotado se convierte en explotador de sí mismo. Quien fracasa es doblemente fracasado porque se intenta convencer que es culpable de su fracaso.

La progresiva extensión de estos sistemas disciplinarios, así como su codificación institucional, han conducido finalmente a la instauración de una racionalidad general, una especie de nuevo régimen de evidencias como único marco de inteligibilidad de las conductas humanas. Esta inmensa ola ha ido fabricando un nuevo consentimiento, si no de las poblaciones, al menos de las elites en posesión del discurso público, y ha estigmatizado como “arcaicos” a quienes todavía osan oponerse (Laval y Dardot 2013).

De esta forma cada persona se ha visto compelida a concebirse a sí misma y a comportarse, en todas las dimensiones de su existencia, como portador de un talento-capital individual que debe saber revalorizar constantemente.

4. La fábrica del sujeto neoliberal: La “empresa de sí”

La clase trabajadora nunca se hubiera “convertido” voluntariamente o espontáneamente al modelo neoliberal mediante la sola propaganda del libre intercambio. Ha sido preciso pensar e instalar, “mediante una estrategia sin estrategias”, los tipos de educación del espíritu, de control del cuerpo, de organización del trabajo, de reposo y de ocio, basados en un nuevo ideal del ser humano, al mismo tiempo individuo calculador y trabajador productivo.

El paso inaugural consistió en inventar el “ser humano del cálculo” individualista que busca el máximo interés individual, en un marco de relaciones interesadas y competitivas entre individuos. La finalidad del ser humano se convierte en la voluntad de realizarse uno mismo frente a los demás. El efecto buscado en este nuevo sujeto es conseguir que cada persona considere que autorrealizarse es intensificar su esfuerzo por ser lo más eficaz posible, como si ese afán fuera ordenado desde el interior por el mandamiento imperioso de su propio deseo. Son las nuevas técnicas de fabricación de “la empresa de si”.

La empresa se convierte así, no sólo en un modelo general a imitar, sino que define una nueva ética, cierto ethos, que es preciso encarnar mediante un trabajo de vigilancia que se ejerce sobre uno mismo y que los procedimientos de evaluación se encargan de reforzar y verificar. El primer mandamiento de la ética del emprendedor es “ayúdate a ti mismo”. La gran innovación de la tecnología neoliberal consiste, precisamente, en vincular directamente la manera en que una persona “es gobernada” con la manera en que “se gobierna” a sí misma.

Y esto les impondrá, de acuerdo con la lógica de ese proceso autorealizador, adaptarse cada vez más a las condiciones, cada vez más duras, que ellos mismos habrán producido. De este modo se ordena al sujeto que se someta interiormente, que vele constantemente sobre sí mismo, mediante un aprendizaje continuo, para aceptar la mayor flexibilidad requerida por los cambios incesantes que imponen los mercados. La economía se convierte en una disciplina personal.

Persigue, sobre todo, trabajar sobre sí mismo con el fin de transformarse permanentemente, de conseguir una mejora de sí, de volverse cada vez más eficaz en conseguir resultados y rendimientos. Los nuevos paradigmas, la “formación a lo largo de toda la vida” (longlife training) y la “empleabilidad”, son sus modalidades estratégicas más significativas. El individuo, como empresa de sí, debe superar la condición pasiva de “trabajador” o “trabajadora”, de asalariado. Debe pasar a considerarse a sí mismo como una “empresa” que vende un servicio en un país de “autónomos”.

Diferentes técnicas, como el coaching, la programación neurolingüística (PNL), el análisis transaccional y múltiples procedimientos vinculados a una escuela o un gurú, tienen como meta un mejor dominio de sí mismo, de las propias emociones, del estrés, de las relaciones con clientes o colaboradores, jefes o subordinados. El objetivo de todas ellas es un refuerzo del yo, su mejor adaptación a la realidad. Saberes psicológicos, con un léxico especial, autores de referencia, métodos particulares, modos de argumentación de aspecto empírico y racional. Se presentan como técnicas pragmáticas de transformación de las personas orientadas a resultados, empezando por el trabajo de autopersuasión, en virtud del cual cada uno debe creer que los recursos necesarios para evolucionar se encuentran en él mismo. La fuente de la eficacia está en el interior de uno mismo. Los problemas, las dificultades, se convierten de este modo en una auto-exigencia, pero también en una autoculpabilización, ya que somos los únicos responsables de lo que nos sucede. De hecho, las “crisis” se convierten en auténticas oportunidades de demostrar su valía personal y su capacidad de recuperación.

4.1 La sociedad del cálculo individual y la elección

Estamos ante la revolución de una nueva moral que da así consistencia teórica a la antropología del sujeto neoliberal que está produciendo mutaciones subjetivas de masas. Ya no se trata de ejercer el poder mediante la coacción sobre los cuerpos, los pensamientos y los comportamientos, sino que debe acompañarse del deseo individual. Se trata de que cada persona se involucre y participe activamente en lo que Han (2012) llama la “explotación de sí mismo”. Lo cual supone que el cálculo individual penetre en la lógica del sentido común, en la definición del modelo vital de actuar, incluso en el diseño del futuro posible que cada persona imagina.

Esta nueva moral establece la “obligación de elegir” como la única “regla lógica del juego” de la vida regido por las reglas del mercado. De esta forma cada persona asume la necesidad de hacer un cálculo de interés individual, si quiere aumentar su capital personal en un universo donde la acumulación parece la ley generalizada de la existencia y de la posible empleabilidad y supervivencia. Esta lógica es el horizonte de las estrategias neoliberales de promoción de la “libertad de elegir”.

La libertad de elección, que realmente esconde una selección en función del interés personal, es un tema fundamental de las nuevas formas de conducta de este sujeto neoliberal. Elegir entre las ofertas alternativas la más ventajosa y maximizar el interés propio, es uno de los principios básicos. No se trata, por ejemplo, de exigir que todas las personas tengan acceso a los mejores centros educativos, sino de seleccionar el mejor posible para “los míos”, que les de las mejores posibilidades de competir con los otros y conseguir las mejores ventajas.

El Estado ha de reforzar la competencia en los mercados existentes y crear la competencia allí donde todavía no existe, financiando opciones privadas de centros educativos y ampliando la posibilidad de “libre elección”. O mediante otros sistemas como el “cheque educativo”, donde ya no se financia directamente a las escuelas según sus necesidades, sino que se entrega a cada consumidor un cheque que representa el costo medio de la escolaridad y es éste quien debe “elegir” el centro escolar a quien asignarlo. Es decir, se trata de sopesar entre diversas posibilidades y elegir la mejor oportunidad. El espacio público se construye así siguiendo el modelo del “global shopping center” donde el Estado contribuye a crear ese modelo de mercado (Díez Gutiérrez, 2007).

Se introducen así instrumentos de gestión y management, propios de las empresas privadas, en las escuelas individualizando los objetivos y las recompensas. Convierten a las familias en “consumidoras de escuela” que buscan maximizar sus oportunidades, introducen la competencia entre los establecimientos escolares con el fin de que compitan por alcanzar un alto puesto en los rankings, generan una gestión del establecimiento escolar por rendimientos y objetivos, llevando incluso al profesorado a competir entre ellos. La competencia se convierte así en una forma de interiorización de las exigencias de rentabilidad a la vez que se introduce una presión disciplinaria en la intensificación del trabajo, el acortamiento de los plazos, la individualización de los salarios, reduciendo todas las formas colectivas de solidaridad en las comunidades educativas.

Esta estrategia disciplinaria se acompaña de la expansión de toda una “tecnología evaluativa”, entendida como medida del rendimiento y eficacia. Dado que cuanto más “libre” se es de elegir en el mercado, más se necesita conocer la “calidad” de los productos que nos ofrecen, para elegir con eficacia a fin de aumentar nuestras ganancias individuales y competir con más probabilidades de éxito en la jungla de la competencia de todos contra todos. El rendimiento de cuentas, la accountability, una forma de evaluación basada en los resultados medibles, se ha convertido en el principal medio para orientar los comportamientos, incitando al “rendimiento” individual.

4.2 Lo público es el problema

El inicio de esta guerra ideológica ha sido el cuestionamiento de lo público y la crítica del Estado como fuente de todos los derroches y freno de la prosperidad. Los servicios públicos mantienen la irresponsabilidad, la falta del aguijón indispensable de la competencia individual. El subsidio del paro y las ayudas sociales mantienen a la gente dependiente del Estado. La gratuidad de los estudios empuja a la vagancia. Las políticas de redistribución de los beneficios desincentiva el esfuerzo. Los impuestos progresivos a los beneficios del capital generan efectos disuasorios de los actores más dinámicos, fuga de empresas y de capitalistas. El impuesto progresivo es el principal peligro que amenaza este sistema y desanima a los ricos que no querrán arriesgar su dinero. Si el enriquecimiento debe ser el valor supremo, es porque se considera la motivación más eficaz para estimular a los trabajadores y trabajadoras de tal modo que aumenten sus esfuerzos y sus rendimientos. Asistimos así a una completa inversión de la crítica social: mientras que, hasta los años 1970, el paro, las desigualdades sociales, la inflación, la alienación, todas las “patologías sociales” eran relacionadas con el capitalismo, desde los años 80 estos mismos males han comenzado a ser sistemáticamente atribuidos al Estado.

Ronald Reagan hizo de ello un eslogan: “el Estado no es la solución, es el problema”. Peor aún. La política del estado providencia desmoraliza y destruye las virtudes de la sociedad civil, el esfuerzo personal, el patriotismo, los mecanismos de la moralidad individual. Disuade a los pobres de tratar de progresar, desresponsabilizándoles, disuadiéndolos de buscar trabajo, de estudiar, de ocuparse de sus hijos e hijas, haciéndoles preferir el ocio al trabajo, lo cual les lleva a perder la dignidad y la autoestima. No hay más que una solución: la supresión del Estado de Bienestar y la reactivación de la caridad de la familia y el vecindario, obligando a los individuos, para evitar la deshonra, a asumir sus responsabilidades, recuperar su orgullo.

Hay que dar un vuelco a la concepción de las personas como producto de su entorno socioeconómico y considerarles, por el contrario, como plenamente responsables de sus elecciones. Los problemas económicos son reducidos a problemas psíquicos ligados a un insuficiente dominio de sí mismo y de la relación con los demás. Esta “filosofía de la libertad” hace recaer la responsabilidad del cumplimiento de los objetivos únicamente en el individuo.

Como recuerda Botía (2014), uno de los mayores filósofos actuales, el berlinés Byung-Chul Han (de origen coreano), explica cómo en la sociedad del cansancio, en lugar de la alienación y explotación ajena, vivimos una autoexplotación voluntaria. En esta sociedad del rendimiento neoliberal, el hombre se ha convertido en un animal laborans, “verdugo y víctima de sí mismo”, lanzado a un horizonte terrible: el fracaso. La explotación por otros, queda interiorizada: “la explotación de sí mismo es más eficiente que la ajena porque va unida a la idea de libertad”, dice Han. El énfasis actual sobre el emprendimiento hace que los sujetos se “autoexploten” y a la vez puedan pensarse como “libres”. De este modo, esta forma de explotación resulta, asimismo, mucho más eficiente y productiva debido a que el individuo decide voluntariamente explotarse a sí mismo hasta la extenuación, generando individuos depresivos, cansados.

El capitalismo avanzado es esencialmente destructor de la dimensión colectiva de la existencia. Se asiste a una individualización radical que hace que todas las formas de crisis sociales sean percibidas como crisis individuales, todas las desigualdades sean achacadas a una responsabilidad individual: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, que convierten a las víctimas en culpables. Hay toda una maquinaria que transforma las causas exteriores en responsabilidades individuales y los problemas vinculados al sistema en fracasos personales.

Hay que responsabilizar a los enfermos, a los estudiantes y sus familias, a quienes buscan empleo, haciéndoles soportar una parte creciente del coste que ellos mismos representan. Éste trabajo político y ético de responsabilización está íntimamente ligado a las numerosas formas de “privatización” de la conducta, porque la vida se presenta sólo como resultado de elecciones individuales. El obeso, el delincuente o el mal alumno son responsables de su suerte. La enfermedad, el paro, la pobreza, el fracaso escolar y la exclusión son considerados consecuencias de malos cálculos individuales. Las dificultades de la existencia, la desgracia, la enfermedad y la miseria, son fracaso de esa gestión, por falta de previsión de prudencia, de no haberse asegurado frente a los riesgos. Ser empresa de si supone vivir enteramente en riesgo. Lo nuevo reside en la universalización de este estilo de existencia.

5. El riesgo: Un estilo de vida

El nuevo sujeto neoliberal es contemplado como un propietario de “capital humano”. Capital que es preciso revalorizar mediante elecciones “adecuadas”, determinadas por un cálculo responsable. Los recursos económicos y las posiciones sociales alcanzadas se consideran exclusivamente resultados de estas elecciones. Las decisiones conllevan riesgos. El riesgo se convierte en una dimensión ontológica. Vivir en la incertidumbre se presenta como un estado natural. Es la “ley natural” de la precariedad.

Esta nueva sociedad del riesgo individual es un campo de oportunidades para las propuestas más variadas de la protección y de la seguridad privadas, que van desde la alarma doméstica a las inversiones para la jubilación. Un inmenso mercado de la seguridad se ha desarrollado de forma proporcional a la debilitación de los dispositivos de seguros colectivos solidarios, reforzando así, mediante un efecto de bucle, la sensación de riesgo y la necesidad de protegerse individualmente. En este contexto de riesgo, muchos derechos sociales se reinterpretan como elecciones individuales de protección personal. Es el caso, por ejemplo, de la educación y de la formación profesional, consideradas como escudos que protegen contra el paro y aumentan la “empleabilidad”.

Esta fabricación social y política de riesgos individualizados, genera nuevas oportunidades de gestión, no ya para el Estado social, sino para esas grandes empresas que proponen servicios estrictamente individuales de gestión de riesgos. El sujeto es considerado responsable de este riesgo y también que la elección del modo de cubrirlo. Lo conveniente para mostrarse “activo”, saber “gestionar los riesgos”. Tiene que hacer una gestión activa y responsable en materia de empleo, de salud, de formación. El papel de los poderes públicos es proporcionar información. A partir del momento en que se supone que el individuo está en disposición de acceder a las informaciones necesarias para su elección, hay que suponer que se convierte en plenamente responsable de los riesgos que corre. Esto permite una transferencia del riesgo hacia el enfermo que elige un tratamiento o una operación, el estudiante o el parado que eligen una formación, el futuro jubilado que elige un modo de ahorro, el viajero que acepta las condiciones de un itinerario, etc. Se comprende entonces hasta qué punto la confección de indicadores y de rankings participa de la extensión del modo de subjetivación neoliberal: toda decisión, ya sea médica, escolar, profesional, corresponde de pleno derecho al individuo.

6. La erosión de la personalidad

El nuevo sujeto es el ser humano de la competición y del rendimiento. El empresario de sí mismo es un ser hecho para triunfar, para ganar. “We are the champions”, tal es el himno del nuevo sujeto empresarial. Con una advertencia: no hay lugar para los perdedores. El conformismo se vuelve sospechoso, porque el sujeto está obligado a “trascenderse”. El éxito se convierte en el valor supremo. La voluntad de triunfar, a pesar de los fracasos inevitables, y la satisfacción que proporciona haberlo logrado al menos por un momento en la vida, tal es el sentido de la misma.

La gestión neoliberal de la incertidumbre y la brutalidad de la competición implica que los sujetos las soporten bajo la forma de fracaso personal, vergüenza y desvalorización. Una vez que se ha aceptado entrar en la lógica de este tipo de evaluación y responsabilización, ya no puede haber una verdadera protesta, ya que el sujeto ha llevado a cabo lo que de él se esperaba mediante una coacción autoimpuesta.

Una de las paradojas de este modelo, que exige este compromiso total de la subjetividad, es sin duda la deslegitimación del conflicto, debido a que las exigencias impuestas no tienen sujeto, no tiene un autor, ni fuentes identificables. El conflicto social está bloqueado porque el poder es ilegible. Esto es, sin duda, lo que explica una parte de los nuevos síntomas de “sufrimiento psíquico”. Revela por qué en vez de llenarse, en épocas de crisis, los sindicatos con trabajadores y trabajadoras que se unen para luchar por sus derechos, son las consultas de los psiquiatras las que están a rebosar de individuos con depresiones, ansiedad, insatisfacción y sentimientos de fracaso y desvalorización personal.

El culto del rendimiento conduce a la mayoría a experimentar su insuficiencia y aparecer formas de depresión a gran escala. El diagnóstico de depresión ha conocido una multiplicación por 7 en las últimas décadas. La depresión es, en realidad, el reverso de este modelo de rendimiento, una respuesta del sujeto a la obligación de realizarse y ser responsable de sí mismo, de superarse cada vez más en esa aventura como emprendedor de sí.

El reverso del discurso de la “realización de sí” y del “éxito en la vida”, supone una estigmatización de los “fallidos”, de la gente infeliz, o sea, incapaz de acceder a la norma social de la prosperidad. El fracaso social es considerado como una patología. El sujeto neoliberal debe ser previsor en todos los dominios (seguros de todo tipo), debe operar en todo como si se tratara de inversiones (en un “capital educación”, en un capital salud, en un “capital vejez”). Ante este desgaste provocado por la elección permanente, el remedio más extendido es un dopaje generalizado. El prozac toma el relevo, su consumo suple a las instituciones debilitadas.

Este modelo corroe el carácter (Sennett, 2000). La erosión de los vínculos sociales se traduce en el cuestionamiento de la generosidad, de las fidelidades, las lealtades, las solidaridades, de todo aquello que participa de la reciprocidad social y simbólica en los lugares de trabajo. Al ser la “movilidad” una de las principales cualidades esperadas del individuo contemporáneo, la tendenciaal desapego y la indiferencia que ello resultan entran en contradicción con la exaltación del “espíritu de equipo”. Surge el modelo del equipo de geometría variable, estrictamente operativo para realizar los objetivos asignados. La ideología del éxito del individuo “que no le debe nada a nadie”, genera la desconfianza, incluso el odio, hacia los humanos pobres, los perezosos, los viejos improductivos y los inmigrantes. Pero también tiene efectos boomerang, dado que cada cual siente amenaza de volverse algún día ineficaz e inútil.

La reestructuración neoliberal convierte a la ciudadanía en seres consumidores de servicios que nunca tienen que asumir otra cosa más que su satisfacción egoísta. Es esto lo que conduce a implicar a las personas enfermas haciéndoles soportar una parte creciente de los gastos médicos, a los estudiantes aumentando el precio de las matrículas en las universidades. El deterioro de toda confianza en las virtudes cívicas tiene, sin lugar a dudas, efectos performativos sobre el modo en que los nuevos ciudadanos-consumidores consideran su contribución fiscal y las cargas colectivas y el “retorno” que obtienen a título individual. Dichos ciudadanos-consumidores ya no son llamados a juzgar las instituciones y las políticas de acuerdo con el punto de vista del interés de la comunidad política, sino en función tan sólo de su interés personal. Lo que así resulta radicalmente transformado es la definición misma del sujeto político.

En este modelo neoliberal la empresa es promovida a la categoría de modelo de subjetivación: cada cual es una empresa a gestionar y un capital que hay que hacer fructificar. La extensión de la racionalidad mercantil se expande a todas las esferas de la existencia humana, haciendo de la razón neoliberal una verdadera razón-mundo.

No hay derechos sin contrapartidas, se dice para obligar a los parados a aceptar un empleo degradado, para hacer que los enfermos paguen o que lo hagan los estudiantes -a cambio de un servicio cuyos beneficios se consideran estrictamente individuales-. El acceso a cierto número de bienes y servicios ya no se considera vinculado a los derechos derivados de la condición de ciudadano o ciudadana, sino como resultado de una transacción entre una prestación y un comportamiento esperado o con costo directo para el usuario. La figura del “ciudadano” deja paso al sujeto empresarial. La referencia de la acción pública ya no es el sujeto de los derechos, sino un actor auto-emprendedor.

La socialdemocracia se incorporó hace tiempo a este modelo neoliberal, sustituyendo la lucha contra las desigualdades por la lucha contra la pobreza. A partir de entonces, la solidaridad es concebida como una ayuda dirigida a los excluidos del sistema, a las bolsas de pobreza, de acuerdo con una visión “cristiana” y caritativa. Esta ayuda, que tiene como objetivo a poblaciones específicas (“disminuidos”, personas mayores, con baja jubilación, mujeres maltratadas, etc.), para no ser creadora de dependencia debe acompañarse de un esfuerzo personal en un trabajo efectivo. En otros términos, la nueva izquierda socialdemócrata adaptó la matriz ideológica de sus oponentes tradicionales, abandonando el ideal de la construcción de los derechos sociales para todos y todas. Todo discurso “responsable”, “moderno” y “realista”, o sea, que participa de esa racionalidad, se caracteriza por la aceptación previa de la economía de mercado, de las virtudes de la competencia, de las ventajas de la mundialización de los mercados. Incluso cuestiona las soluciones de la izquierda “radical” a la que denomina “arcaica”.

Este neoliberalismo se niega a sí mismo como ideología, porque se considera la “razón” misma. La dogmática neoliberal se propone como una pragmática general indiferente a sus orígenes partidarios. La “modernidad” y la “eficacia” no son de derechas ni de izquierdas, de acuerdo con la fórmula de quienes “no hacen política”. Esto permite medir la distancia entre el período militante del neoliberalismo político de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y el período de gestión, en el que ya se trata únicamente de “buena gobernanza”, de “buenas prácticas” y de “adaptación a la globalización”. En suma, la gran victoria ideológica del neoliberalismo ha consistido en “desideologizar” las políticas que lleva a cabo, hasta tal punto que ya no deben ser ni siquiera objeto de debate.

Por eso podemos afirmar que el gran logro del neoliberalismo ha sido la producción del sujeto neoliberal o neosujeto. Porque, como se sabe, es más fácil evadirse de una prisión que salir de una racionalidad, ya que esto supone liberarse de un sistema de normas instauradas mediante todo un trabajo de interiorización. La única vía práctica consiste en promover desde ahora formas de subjetivación alternativas al modelo de la empresa de sí.

Lo primero es resistirse. Negarse a conducirse como empresa de sí, tanto para uno mismo como para con nosotros, de acuerdo con la norma de la competencia. Lo cual supone negarse a ser autoenrolado en la carrera del rendimiento, con la condición de establecer con los demás relaciones de cooperación, de puesta en común y de compartir.

El rechazo colectivo a trabajar más optando por repartir el trabajo existente, puede ser un buen ejemplo de una actitud que puede abrir la vía a una nueva clase de contra-conductas de cooperación. Las prácticas de compartir el saber y cuestionar la “propiedad intelectual”, de asistencia mutua en el sentido anarquista, de trabajo cooperativo y economía social y solidaria, pueden esbozar otra razón del mundo. Esta razón alternativa no podría dársele mejor nombre que “razón del procomún”.

*Profesor titular de la Universidad de León, España.

Bibliografía:
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· Botía, B. (2014). El emprendimiento como ideología. Blog Canal de Educación [Consultado el 17 de junio de 2014. En http://www.blogcanaleducacion.es/el-emprendimiento-como-ideologia
· Tenti F anfani, E. (2003). La escuela y los modos de producción de la hegemonía. Propuesta Educativa, Revista de Educación FLACSO. Consultado el 10 de junio de 2014. En https://www.yumpu.com/es/document/view/8308586/la-escuela-y-los-modos-de-produccion-de-la-hegemonia-emilio-tenti

Publicado en Revista Iberoamericana de Educación, Vol. 68 Nº extra 2, 2015 págs. 157-172.

Fuente: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5875602

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Sobre la estupidez

“Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota.” (Groucho Marx)

“Cuando el sabio señala la luna el necio se fija en el dedo.” (Proverbio Chino)

Por José Luis Cano Gil
abril de 2018

Dicen que Einstein afirmó que “la estupidez humana es infinita”. Y es cierto. Y, viendo el panorama actual (medios de comunicación, redes sociales, pseudointelectualidad, pseudopolítica…), parece que va en aumento. La estupidez, que es la incapacidad de comprender las cosas, forma parte de la condición humana, y empeora bajo ciertos condicionantes: infantilismo, neurosis, lavado de cerebro por parte de los estados. Nada mejor que un mundo estúpido para dominarlo con eficacia. La necedad individual y social suele ser tan inconsciente como el agua lo es para los peces, por ello es tan peligrosa. Y también se contagia con facilidad, pues nadie quiere ser menos tonto que los demás. En un mundo así, la inteligencia es un “defecto” no sólo despreciado, sino perseguido. Pues nada asusta más a los animales nocturnos que la luz del día.

Hay muchas clases de insensatez. Podemos intentar un breve listado, si bien, desgraciadamente y por razones obvias, no podré dar ejemplos. El lector inteligente sabrá adivinarlos con facilidad.

· El ignorante. Este tonto carece de información suficiente sobre las cosas, pero habla y “opina” sobre ellas como si las conociera. Casi todo lo que dice carece de valor. Pero su estupidez no proviene de su ignorancia (ésta la sufrimos todos), sino de su presunción de hallarse a salvo de ambas.

· El papagayo. Se caracteriza por creer y repetir -sin análisis alguno- todo cuanto oye por ahí. Cuantas más veces escucha lo mismo, más lo cree y lo repite con fervor. Es la “voz de su amo”. El cómplice -y lacayo- perfecto de todos los dominadores.

· El proyector. Éste no entiende lo que lee o escucha, no ata cabos entre las cosas, lo mezcla o deforma todo, lo olvida pronto… En realidad, interferido por su propia neurosis, sólo mira lo que quiere ver. Sólo ve el color de sus propias gafas.

· El corto de vista. Si señalas algo con el dedo a un gato, el animal te mira el dedo y no hacia donde le indicas. Igualmente, esta clase de necedad no comprende -p. ej.- el significado de una frase, sino sólo las palabras que contiene, el tono en que se pronuncian, etc. Tampoco percibe lo metafórico, lo irónico, lo implícito, las connotaciones, etc., de las cosas, sino sólo su apariencia superficial. Su literalidad.

· El papista. Este tipo, queriendo ser más “puro” y “coherente” que nadie, se complace en exagerar las cosas, reinterpretarlas a su capricho, ver fantasmas ofensivos en todas partes, aleccionar a la gente y, “más papista que el papa”, manipular continua y absurdamente la realidad. Abundan en política.

· El tonto grave. A éste lo devora su propio ego. Profiere con aplomo las tonterías más asombrosas, enfatiza pedantemente lo más trivial, habla con eufemismos grandilocuentes, se jacta de sí mismo, etc. Está encantado de conocerse. Es unprécieux ridicule, como diría Molière.

· El llorón. Se lo identifica con facilidad porque, terriblemente inmaduro y/o lavado de cerebro por el sistema, se queja de todo, se enfada por todo, lo quiere todo, no se conforma jamás y, en consecuencia, no entiende nada, no respeta nada, no se responsabiliza de nada y sólo vive exigiendo pasivamente lo prometido por terceros.

· El salvador. Este tipo reúne varias de las formas de idiotez ya señaladas. Incluye a los ingenuos, los idealistas, los utópìcos, los revolucionarios, los científicos, los tecnólogos, los políticos, las religiones… y los predicadores en el desierto, como yo mismo. Nuestra estupidez consiste en suponer que, con el debido esfuerzo, el mundo podría “cambiar”, mejorar, ser más “feliz”. Delirante empeño, pues las cosas sólo pueden ser violentadas… o, como mucho, respetarse con amor para darles la oportunidad de transformarse por sí mismas.

· El fanático. Es un bobo cuyo lenguaje básico es la violencia.

· Etcétera.

Sobre la estupidez

Lo contrario de la estupidez es, evidentemente, la inteligencia. La sabiduría. Pero ambas no consisten en “saber muchas cosas”, ni menos aún en algún tipo de “superdotación” intelectual, psicológica, etc. La inteligencia es percibir las secretas interacciones entre las cosas. Supone conocer las mil piezas de un puzzle pero, en vez de “cambiarlas” y forzarlas al buen tuntún un millón de veces, atolondradamente, observarlas con el máximo respeto, atención, sensibilidad, intuición, paciencia, incluso amor… hasta que el caos nos entregue al fin, por sí solo, su imagen secreta. Por ello, si queremos ser más inteligentes, lo único que debemos hacer es descubrir qué clase de estúpidos somos. Aliviar los condicionantes neuróticos o de otro tipo que nos hacen serlo. Y confiar seguidamente en la sabiduría -siempre relativa, claro- que florecerá espontáneamente en nuestros corazones.

fuente: http://psicodinamicajlc.com

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Informarse. Hoja de links con información, análisis, revistas, para difundir y/o imprimir

Que cada cual lo use como le parezca, difundiéndolo vía internet o imprimiéndolo y fotocopiándolo. Quizá no quiera hacer nada con esto, simplemente pase de largo y mande saludos!

“El espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido, el olvido de cuanto, a pesar de todo, acaso haya llegado a saberse. Lo más importante es lo más oculto” Guy Debord, Comentarios Sobre la Sociedad del Espectáculo (1988)

Por raas
raas@riseup.net

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“La distorsión industrial de nuestra percepción compartida de la realidad nos ha vuelto ciegos al nivel contrapropositivo de nuestra empresa. Vivimos en una época en que la enseñanza está planificada, la residencia estandarizada, el tráfico motorizado y las comunicaciones programadas, y donde por primera vez, una gran parte de todos los víveres consumidos por la humanidad pasan por mercados interregionales. En una sociedad tan intensamente industrializada, la gente está condicionada para obtener las cosas más que para hacerlas; se la entrena para valorar lo que puede comprarse más que lo que ella misma puede crear. Quiere ser enseñada, transportada o guiada en lugar de aprender, moverse, curar y hallar su propio camino.” Ivan Illich Némesis Médica (1975)

Autor de la imagen: Alen Lauzan / http://alen-lauzan.blogspot.com.ar

sugerencias, preguntas, insultos, agradecimientos: raas(@)riseup.net

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La creencia neoliberal

Topía, en su aniversario 25, al cual pocas revistas llegan y, por lo cual, hay que felicitar a sus directivos calurosamente, nos ha convocado para discutir sobre el neoliberalismo -y su persistencia- desde distintas perspectivas y a mí me han dado como tema el de “La creencia neoliberal”, para lo cual considero necesario revisar el sentido del término.

Por Mario Campuzano Montoya
revista Topía

El Diccionario de la Real Academia Española define el término creencia como “firme asentimiento y conformidad con alguna cosa” y, también: “dar firme asenso a las verdades reveladas por dios y propuestas por la iglesia”. Es decir, es un término muy relacionado con la fe y, particularmente, con la fe religiosa, lo cual nos remite al discurso premoderno, medieval, que fuera sustituido en la Modernidad por un discurso centrado en lo humano más que en la deidad, pero con el mismo supuesto de realización futura ya no en el paraíso sobrenatural, sino en la realización de un progreso permanente en la tierra, lo cual se convierte en la nueva utopía.

Esta confianza o fe en el futuro es rota en la Postmodernidad donde aparece el escepticismo sobre el futuro y domina el tiempo presente, lo cual fue y es característico de la cultura de la pobreza cuyas limitaciones económicas e inestabilidad de vida les impiden tener un horizonte de futuro, pero ahora abarca a todas las capas sociales y económicas que tienen que aprender a vivir en la incertidumbre y la inestabilidad neoliberal. Por ello en esta etapa contemporánea, más que creencia en verdades absolutas se habla de discursos, de propuestas donde la verdad y la realidad son construcciones sociales, propuestas posibles en vez de verdades absolutas, discursos que ya no se sostienen ni en la fe, ni en la ciencia, sino en la propaganda de los medios de difusión que crean ideales y modelos: ideales individualistas, hedonistas, narcisistas y consumistas; modelos centrados en la imagen, la juventud y la banalidad.

¿Qué sostiene entonces al discurso y la práctica neoliberal, cuando su realidad es de concentración de la riqueza en pocas manos y consecuente empobrecimiento y marginación de grandes masas de la población, que no tienen acceso al empleo o son expulsados del mismo en los recortes continuos de personal que se realizan tanto en las empresas privadas como en los gobiernos?, ¿cómo se mantiene ese modelo económico cuándo hay una flagrante contradicción entre los ideales consumistas y los recursos disponibles para alcanzarlos en grandes sectores de la población?

Intentaré responder a estos interrogantes no sólo desde la reflexión teórica, sino desde la realidad; para lo cual tomaré como ejemplo de sus efectos concretos a México, dónde se ha aplicado por más de treinta años. Aquí, en el ejercicio de dominación del régimen neoliberal sobre la población, circulan tres discursos con sus correspondientes prácticas: el discurso del miedo y el terror, el discurso disciplinario y el discurso de la transparencia y el rendimiento autoexplotador.

Mecanismos socio-económicos que sostienen al modelo neoliberal en México

En el modelo neoliberal hay amplios sectores afectados, pero también hay algunos beneficiados: esencialmente el capital financiero así como las grandes empresas y sus empleados, en particular, las transnacionales, así como los políticos y tecnócratas que promueven y sostienen ese sistema económico.

Después vienen los sectores que conservan ingresos suficientes, relacionados con empresas industriales, comerciales y de servicios.

Le sigue un sector de trabajadores precarizados, frecuentemente mediante la tercerización, y un sector de marginados en la pobreza, de cuantía variable en los diversos países latinoamericanos, pero siempre de gran extensión.

Estas amplias capas marginales de la población no están incorporadas a los beneficios del desarrollo capitalista, pero suelen estar incorporadas al consumo de productos industriales como ropa, alimentos, televisión y telefonía móvil, promovidos intensa y eficazmente mediante propaganda en los medios de difusión, lo cual les da una ilusión de pertenencia al sistema y fuentes de diversión banales, pero apreciadas; estos aparatos electrónicos logran entretenimiento, control social y adhesión al régimen en torno a una cultura mediática y de la transparencia.

Las luchas políticas y sociales en América Latina, desde los setentas (1), han mostrado que estos sectores marginales pueden ser capaces de organizarse para algunas acciones de supervivencia como invasión de terrenos, pero no son capaces de sostenerse en acciones políticas en torno a organizaciones estables y autónomas. En cambio, han sido sujetos de formas de organización desde el poder estatal a través de su manipulación mediante el clientelismo, paternalismo o compra del voto y esta situación ha sido un importante factor de sostenimiento del régimen neoliberal.

En los sectores beneficiados opera la búsqueda de mantener sus grandes o pequeños privilegios y no solo es en relación a grandes fortunas en el país o depositadas en paraísos fiscales y de ocultamiento, sino los privilegios de las capas medias de tener trabajo y un buen pasar, para lo cual se asimilan a la ideología y discurso oficiales y si aparecen movimientos políticos de oposición o atrocidades represivas como las cometidas en Ayotzinapa, tienden a repetir las versiones oficiales o voltear para otro lado.

Después de 33 años de economía neoliberal, México tiene -como consecuencia- una de las peores situaciones económicas, políticas y sociales de su historia, además de una dependencia extrema con los Estados Unidos.

Daré algunos datos estadísticos que muestran el tamaño del desastre:

En 2013 fuimos el único país en América Latina y el Caribe donde, según datos de la CEPAL, la pobreza aumentó.(2) La Comisión Nacional de Evaluación (CONEVAL) en su informe de 2014 reportó casi la mitad de la población en situación de pobreza (46.2 %) de acuerdo a su método para definirla. Pero en un apartado del informe señalaba que solamente 20 % de la población estaba libre de alguna carencia.(3)

El desempleo está generalizado, por lo cual la tasa de trabajadores informales está en poco más de 60 % en las maquilladas cifras oficiales, población que, como consecuencia, carece de seguridad social y jubilación. El ingreso laboral promedio de dos de cada tres personas que trabajan, se ubica por debajo de 2,400 pesos mensuales (alrededor de 133 dólares en mayo de 2016 y el peso se sigue devaluando), una cantidad insuficiente para atender las necesidades de una familia si se considera que el valor de la canasta básica por persona es de 1,335 pesos mensuales (alrededor de 74 dólares).(4) La desigualdad económica es enorme, de tal manera que el ingreso del uno por ciento más rico de la población equivale al del 90% de menores ingresos. La élite es dueña del 32.6 de la riqueza del país.(5)

El malestar social derivado de toda esta opresiva situación ha dado lugar a su contención mediante una sangrienta represión política encubierta tras la violencia de la llamada “guerra contra el narcotráfico” que ha generado más de 150.000 muertos y desaparecidos,(6) 17.000 de ellos solamente durante 2015; en un país sin declaración de guerra o de estado de excepción, una cantidad mayor que en Irak o Afganistán, aseguró el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.(7) Dentro de esta cauda de muertes es de destacar el alto número de periodistas asesinados: 113 de 2000 a la fecha,(8) muchos de ellos con sospecha de implicación de autoridades gubernamentales. En los cuatro años del sexenio de gobierno de Peña Nieto se han reportado 83 desapariciones forzadas cometidas en contra de luchadores sociales y defensores de derechos humanos (9) y se considera que hay más de 500 presos políticos en el país.(10) Esta situación tan grave ha conducido a que 73% de las denuncias ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) durante 2015 sean contra el Estado mexicano, afirmó el secretario ejecutivo de dicho organismo,(11) lo cual concuerda con la denuncia del Comité Monseñor Romero de que el Estado utiliza la desaparición forzada como estrategia para reprimir a los disidentes.(12)

Esta es la faz de los mecanismos de control social más primitivos y sanguinarios que actúan mediante la inducción de miedo o terror: aquellos que apelan al dilema de la vida o la muerte por medio de asesinatos, desapariciones forzadas o a la aniquilación económica y social mediante extorsiones, linchamiento mediático o desempleo, así como otras más sutiles que se exponen y discuten adelante.

Las técnicas capitalistas de poder sobre las subjetividades: de la biopolítica a la psicopolítica

Michel Foucault, en su investigación histórica-filosófica que le llevó a campos poco o nada explorados previamente por la filosofía, da un giro radical a la perspectiva clásica de la política y abre una nueva dimensión al tema del poder.

Sus teorizaciones se ubican inicialmente en espacios de reclusión como las cárceles o los asilos, pero al avanzar la construcción de su obra, aborda el tema del poder en poblaciones abiertas a partir de sus conceptos de biopolítica y biopoder sobre las relaciones entre la política y la vida. Éstas permiten establecer, como formas de ejercicio del poder político, prácticas de control disciplinario sobre el cuerpo social que son ejercidas en el ámbito del conocimiento durante el proceso de formación de los individuos, para influir en sus subjetividades y hacer del cuerpo una máquina de producción. El poder disciplinario es un poder normativo, negativo, que crea a un sujeto obediente.

La biopolítica es la forma de gobierno de la sociedad disciplinaria que corresponde al periodo del capitalismo industrial y persiste en esos ámbitos aplicado a trabajadores y obreros.

Quien continúa y actualiza las reflexiones de Foucault es Byung-Chul Han, un coreano que es la nueva estrella de la filosofía en Alemania, quien considera que el control subjetivo y social propio del neoliberalismo recurre más a la positividad de la seducción narcisista que a la negatividad, inhibitoria y no permisiva, del poder disciplinario, propia de la etapa histórica anterior del capitalismo.

Esta nueva forma de ejercicio del poder político es la Psicopolítica que el autor mencionado define como la técnica de dominación del capitalismo financiero neoliberal que estabiliza y reproduce el sistema dominante por medio de una programación y control psicológicos,(13) donde “instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición, como una motivación excelente. La motivación, el proyecto, la competencia, la optimización y la iniciativa son inherentes a la técnica de dominación psicopolítica del régimen neoliberal” (p. 33).

A este sistema más sutil y positivo que motiva y estimula más que prohibir lo considera más eficiente y concluye: “En lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes” (p. 29). Este poder amable y seductor no sólo es más poderoso que el poder represivo, sino también es menos visible, suele pasar desapercibido al sujeto, que se siente libre. Cuatro elementos son los centrales de este régimen:

– La explotación de la libertad,
– La dictadura de la transparencia,
– El Big Brother amable que se acompaña del Big Data, y
– El capitalismo de la emoción, junto con la ludificación.

La explotación de la libertad

En cuanto a la situación actual de la libertad considera que “El neoliberalismo es un sistema muy eficiente, incluso inteligente, para explotar la libertad. Se explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad, como la emoción, el juego y la comunicación. No es eficiente explotar a alguien contra su voluntad. En la explotación ajena, el producto final es nimio. Solo la explotación de la libertad genera el mayor rendimiento” (pp. 13-14). Esta explotación se logra convirtiendo al trabajador en empresario. “Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona” (p. 17).

A este sujeto del rendimiento se le explota mediante el estímulo a su individualismo y a su narcisismo que se complementa con el me gusta que elimina la libre elección por la decisión entre varias ofertas.

La dictadura de la transparencia

El control y la vigilancia de la sociedad disciplinaria tenía su modelo en el panóptico de Bentham, ese dispositivo utilizado en muchas prisiones para ver sin ser visto. Ahora esa vigilancia y control se han vuelto menos visibles y coactivos y en lugar del big brother orwelliano aparece el big data, donde no hay que perseguir la información ya que la gente espontánea e ingenuamente la ofrece. “Los residentes del panóptico digital se comunican intensamente y se desnudan por propia voluntad. Participan de forma activa en la construcción del panóptico digital”.

El sistema neoliberal convierte al ciudadano en consumidor y la transparencia logra efectos adicionales al desarticular ampliamente el sentido de la otredad y de la interioridad en aras de lograr una comunicación sin limitaciones y genera un efecto de conformidad. Además, afecta negativamente a la capacidad de una acción política por la pasividad que induce.

Los datos circulantes en la red permiten, también, trazar un perfil de intereses individuales y colectivos con capacidad de predicción del comportamiento, susceptibles de ponerse al servicio de la propaganda tanto comercial como política y favorecer el control social.

El capitalismo de la emoción y la ludificación

Han contrasta el capitalismo industrial descrito por Weber, que sigue una lógica racional, con el capitalismo neoliberal que explota las emociones tanto para incrementar el consumo como para incrementar la productividad y el rendimiento.

Se utilizan las emociones “para influir en las acciones a este nivel prerreflexivo” en el control psicopolítico del individuo (p. 75). El juego se aprovecha para funciones semejantes en el mundo de la vida y del trabajo.

Reflexiones finales

El grado de penetración de estas nuevas modalidades de control social varía de acuerdo al grado de desarrollo del país, del ámbito en que se trabaje y de la clase social a que se pertenezca.

El sujeto narcisista del rendimiento requiere de ámbitos que lo favorezcan y se da especialmente entre los ejecutivos altos y medios de las grandes compañías nacionales y transnacionales. Ahí se promueve esta ideología de manera formal en los cursos de capacitación y de manera informal en la organización del trabajo, donde tiene un lugar relevante el uso creciente del home office.

Los otros elementos descritos, que se instrumentan mediante los medios masivos de comunicación, influyen al gran conjunto de la población y el Estado mexicano lo favorece mediante la distribución gratuita de televisores y tablets en las capas sociales de bajos recursos, donación que simultáneamente utiliza para comprar votos y estimular adhesiones partidistas.

notas:
1) Zermeño, Sergio (1978). México, una democracia utópica, el movimiento estudiantil del 68. Siglo XXI Editores, México, Octava edición, 1991, pp. 305-319.
2) La Jornada, viernes 6 de diciembre de 2013, p. 31.
3) La Jornada, 23 de julio del 2015, Informe del Secretario Ejecutivo del CONEVAL sobre Medición de la Pobreza 2014.
4) La Jornada, 18 de mayo de 2016, p. 18.
5) La Jornada, 18 de mayo de 2016, Enrique Galván Ochoa, p. 8.
6) Revista Proceso, 31 de enero de 2016, p. 56.
7) La Jornada, viernes 6 de mayo de 2016, p. 21.
8) La Jornada, miércoles 4 de mayo de 2016, p. 3.
9.) La Jornada, jueves 26 de mayo de 2016, p. 9.
10) La Jornada. Viernes 27 de mayo de 2016, p. 44.
11) La Jornada, domingo 29 de mayo de 2016, p. 9.
12) La Jornada, domingo 29 de mayo de 2016, p. 12.
13) Byung-Chul Han, Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder, España, 2014.

Artículo publicado en revista Topía nº77, agosto de 2016.

fuente: https://www.topia.com.ar/articulos/creencia-neoliberal

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