Informarse. Hoja de links con información, análisis, revistas, para difundir y/o imprimir

Que cada cual lo use como le parezca, difundiéndolo vía internet o imprimiéndolo y fotocopiándolo. Quizá no quiera hacer nada con esto, simplemente pase de largo y mande saludos!

“El espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido, el olvido de cuanto, a pesar de todo, acaso haya llegado a saberse. Lo más importante es lo más oculto” Guy Debord, Comentarios Sobre la Sociedad del Espectáculo (1988)

Por raas
raas@riseup.net

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Carta de Miquel Amorós a Tomás Ibáñez sobre el ‘Proceso Catalán’

La cuestión que cabría preguntarse no es por qué un sector local de la clase dominante decide resolver sus diferencias con el Estado por la vía de la movilización callejera, sino por qué una porción considerable de gente con intereses contrapuestos, principalmente jóvenes, actúa como decorado escenográfico y fuerza de choque de la casta que ha patrimonializado Cataluña, clasista, católica, corrupta y autoritaria como la que más.

Por Miquel Amorós

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Entrevista a Diana Lenton, antropóloga especialista en genocidio y políticas indígenas

Audio extraído de la entrevista con Diana Lenton, antropóloga especialista en genocidio y políticas indígenas, relata cómo se construyó un nuevo enemigo que legitima la represión y esconde una pelea histórica por las tierras.

Por Punto de Vista / Canal Abierto

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Archivo de Frases con Sabiduría, 324 páginas

Archivo actualizado a septiembre de 2018 con selección de frases, opiniones, sentires, fragmentos y poesías de personas comunes, escritores, poetas, pensadores, filósofos, brujos, militantes, organizaciones, grupos, revistas, etc. sobre el mundo en el que vivimos y morimos.

Por raas

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El norte robó sus semillas. Diez ejemplos de biopiratería

Los nativos las utilizaban en ritos, para relajarse, como estimulante…El «hombre blanco» las patentó como crecepelos o para el párkinson.Todas por apenas nada
 
Imagine que un indio amazónico se presenta en una oficina de patentes con un diente de ajo y solicita su registro porque ha descubierto que es muy beneficioso por su poder bactericida. Imagine también a un agricultor mexicano patentando en EEUU las hamburguesas de McDonalds porque le han curado la anemia. O a un filipino tratando de registrar el sushi japonés porque le ha reducido el colesterol. ¿No le resultaría extraño?
 
Sin embargo, esto sí sucede a la inversa: un norteamericano es el dueño de un sacramento indígena; un japonés posee la exclusiva del nombre de un fruto usado en Brasil durante milenios; y un italiano patenta una vacuna que le aplicaron miembros de una tribu amazónica.
 
Eufemísticamente, se podría decir que estos son los daños colaterales de la globalización. Se estima que las plantas medicinales provenientes del Sur y utilizadas por la industria farmacéutica del Norte suponen 40.000 millones de euros anuales. Los primeros descubren las plantas. Los segundos, sus preparados. Pero a aquéllos apenas les llegan las migajas de los ingentes beneficios de las patentes registradas por multinacionales occidentales sin su consentimiento.
 
De eso es de lo que se habló esta semana en la ciudad brasileña de Curitiba durante la Conferencia del Convenio de Biodiversidad Biológica celebrada allí: repartir los réditos de las despensas naturales. ¿Quién controla a los biopiratas? CRONICA les presenta diez tristes ejemplos…
 
AYAHUASCA / Unico caso en el que una patente ha sido revocada
 
La Banisteriopsis Caapi es una liana amazónica utilizada por los indígenas para hacer una infusión que consumen como sacramento sagrado en sus rituales religiosos. En 1986 el norteamericano Loren Miller, presidente de la International Plant Medicine Corporation, obtuvo la patente 5.751, de la Oficina de Marcas de su país, tras asegurar que «era una nueva variedad descubierta en la selva ecuatoriana». En realidad le fue regalada por el jefe de la tribu de los Secoya. Tras una lucha sin precedentes, que logró unir a los indios americanos -que se manifestaron en Washington diciendo que era como si ellos registrasen la hostia cristiana-, la patente fue revocada en 2004.
 
MACA / El viagra natural de los Andes, en manos norteamericanas
 
La maca, Lepidium Peruvianum, es una planta que crece en la cordillera de los Andes, a más de 4.000 metros de altura, cuyas raíces tienen gran valor nutritivo y que siempre fue considerado como un afrodisíaco por los nativos. De hecho, en la actualidad se la llama popularmente viagra natural, ya que sus productos son promovidos como complementos sexuales y de fertilidad, creciendo su demanda en Occidente.Hace 25 años, los indios pidieron ayuda al Consejo Nacional de Investigación de EEUU para salvar a la planta de su extinción.Lo consiguieron a cambio de una patente adjudicada a la Biotics Research Corporation, de cuyos beneficios apenas les llega nada.
 
KAVA / Los nativos no pueden tomarla por la voracidad del mercado
 
La Piper Methysticum, un cultivo ritual del Pacífico, es un desintoxicante que se utiliza para aliviar el estrés. A comienzos de los 90 era desconocida, pero ahora se vende en una increíble variedad de formas. Incluso se está plantando en diversas partes del mundo. Por ello, la industria fitomedicinal de varios países -EEUU, Francia, Alemania y Japón- ha solicitado las patentes sobre el procesamiento, preparación y uso. L Oreal, por ejemplo, para la caída del cabello. El problema es que el aumento de precio por esta demanda ha hecho que los agricultores desvíen todas sus cosechas al exterior, por lo que sus usuarios ancestrales han recurrido al alcohol como sustitutivo.
 
CUPUAÇU / Si usted utiliza este nombre puede ser multado
 
El Cupuaçu, Theobroma Grandiflorum, es un árbol pequeño o mediano localizado en la selva tropical brasileña que pertenece a la familia del cacao y puede alcanzar hasta 20 metros de altura.Su fruta ha sido una fuente primaria de alimento en la selva tropical para habitantes indígenas y para animales. La compañía japonesa Asahi Foods la ha patentado y su supuesto inventor es el señor Nagasawa Makoto. Además, registraron también el nombre de la planta como una marca para varias clases del producto (inclusive chocolate) en Japón, en la Unión Europea y en EEUU. Así cualquiera que use este nombre tradicional indígena puede ser multado con 10.000 euros.
 
CURARE / La que más dinero ha dado a las multinacionales
 
La hierba Chondodrendon Tomentosum fue utilizada durante siglos con sigilo por los indios amazónicos para hacer un veneno con el que untan sus flechas para inmovilizar a sus presas. Sin embargo, después de que fuese aislado su ingrediente activo, el d-tubocurarine, en 1942 fue patentado por los laboratorios Glaxo y Wellcom y usado en la producción masiva de relajantes musculares y anestésicos quirúrgicos. Su aplicación supuso una revolución en la cirugía moderna. Es uno de los productos que más dinero ha generado a la industria farmacéutica y, que se sepa, no ha revertido nada a las tribus amazónicas que, ahora, reclaman sus derechos.
 
MAIZ OLEICO / Un alimento fundamental monopolizado por una empresa
 
DuPont, multinacional señalada por Greenpeace como «líder mundial en biopiratería» por haber registrado 150 organismos vivos, ha solicitado ante la Oficina Europea de Patentes la propiedad de una antiquísima y conocidísima variedad centroamericana de maíz de alto contenido oleico. De aceptarse tal patente, DuPont se haría con un virtual monopolio maicero global. La variedad de maíz patentada fue obtenida con procedimientos convencionales de hibridación y un tratamiento químico para provocar cambios genéticos. Tanto Greenpeace como el Gobierno mexicano han recurrido esta patente para evitar que todo el que use este maíz tenga que pagar a la multinacional.
 
MIRRA / El tesoro de los Reyes Magos es ahora japonés
 
Si los Reyes Magos levantasen la cabeza, verían con vergüenza como la Commiphora Molmol, el nombre de la mirra que regalaron al niño Jesús, pertenece ahora a un ciudadano japonés llamado Aamedo Ari Masoudo, que la patentó. Su uso tradicional para hacer perfumes, medicinas y embalsamamientos se remonta a los antiguos egipcios y actualmente es usada en el tratamiento de la esquistosomiasis, males en las encías o estómago. Se trata de una resina aromática exudada por árboles del noreste de Africa (Somalia), Arabia y Anatolia (Turquía). En la antigüedad valía más que el oro y, hoy, las empresas japonesas están ganando mucho dinero con ella.
 
FRIJOL AMARILLO / Lo patentaron y prohibieron venderlo a sus dueños legítimos
 
El caso de la patente sobre el frijol Enola tiene un lugar especial en el salón de la infamia de la biopiratería. El propietario de la patente -otorgada en abril de 1999 con el número US 8.894079-, presidente de una compañía semillera con sede en Colorado, Larry Proctor, la obtuvo sobre una variedad de frijol amarillo de origen mexicano, de alto valor nutritivo. Proctor compró una bolsa de frijoles en México, los plantó en su país, e hizo varias selecciones.Poco después, armado con su patente, acusó a los agricultores mexicanos de que estaban infringiendo su monopolio porque los vendían en EEUU y les impidió su comercialización. El asunto sigue en los tribunales.
 
KAMBO / La vacuna del sapo ha puesto en peligro a esta especie
 
El sapo verde o phyllomedusa bicolor es la mayor especie de este anfibio en la Amazonia. Segrega una sustancia utilizada en la llamada vacuna del sapo que aplican los indios del Valle del Juruá, en Brasil, para reforzar el sistema inmunitario. Los científicos han hallado en él propiedades antibióticas, contra el párkinson, el sida, la isquemia y el cáncer. Incluso han aislado dos sustancias, la dermorfina y la deltorfina, que venden por internet. Actualmente, hay auténticas peregrinaciones de occidentales enfermos hacia la selva en su busca. Un médico italiano la patentó hace años tras probarla él mismo y, como en el caso de la Ayahuasca, los indios se han movilizado.
 
ARBOL DEL NIM / La propiedad es de quien lo investiga, no de quien la usa
 
Para mucha gente en La India la Curcuma Longa, o árbol del Nim, es un remedio mágico que todo lo cura. Durante miles de años, esta raíz anaranjada se ha empleado para el tratamiento de desgarramientos musculares, esguinces, inflamaciones y tratamiento tópico de heridas. La cúrcuma es un elemento de uso ancestral en la medicina ayurvédica. En 1995 se otorgó a dos científicos de la Universidad de Misisipí una patente estadounidense de uso alegando que no se había investigado científicamente sobre sus aplicaciones.Pero el Gobierno de La India desafió la patente, que consideraba un robo descarado, y consiguió su revocación momentánea.

Juan C. De la Cal
2006
 
fuente http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2006/544/1143928806.html

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La anomalía japonesa

El extraordinario accidente que tuvo lugar hace un año y medio en la isla más desarrollada del mundo sigue esparciendo su virus por el sistema político nipón. Las movilizaciones contra el programa nuclear son imponentes, pero en el gobierno no hay visos de reacción. Un filósofo nacido y criado en Tokio explica por qué los manifestantes no están ni indignados ni resignados, y parecen más bien curados de espanto.

El viernes 14 de septiembre el gobierno japonés publicó su nuevo Plan Energético, que consistía esencialmente en “tomar todas las medidas necesarias para llevar a cero la producción nuclear en el año 2030”. Esa misma tarde, a las 18, decenas de miles de personas se manifestaron frente a la sede del gobierno en Tokio, tal como lo hacen cada viernes desde abril de 2012. El anuncio del ejecutivo nipón sobre una salida gradual del escenario nuclear no disipó la desconfianza profunda en la clase política.

La primera movilización realizada después del accidente de la central de Fukushima I, fue el 10 de abril del pasado año: más de 20 mil personas se echaron a la calle en la capital. Las manifestaciones se multiplicaron de inmediato por todo el territorio nacional, abriendo una fase “excepcional” en un país que no tenía registro de protestas de esta envergadura desde fines de la década del sesenta. No hace falta subrayar la “horizontalidad”, “multiplicidad” y “espontaneidad” de estas expresiones de masas, ya que se trata de aspectos comunes a las protestas que han tenido lugar últimamente en todo el planeta.

El movimiento antinuclear japonés tuvo un giro decisivo en junio de 2012, cuando el Primer Ministro Yoshihiko Noda tomó la decisión de volver a activar dos reactores de la central de Ohi que habían sido cerrados como medida de seguridad (al igual que los otros 48 reactores que hay en el archipiélago). Fue aquella una resolución realmente “inesperada”, “inimaginable” o “imposible” para la mayor parte de la población japonesa. ¿Cómo un mandatario osaba reanimar la producción nuclear siendo que el accidente de Fukushima permanece activo y nadie sabe todavía la verdadera dimensión de sus efectos en el largo (y ni siquiera en el corto) plazo? ¿Cómo se atrevía a actuar en contra del sentimiento tan claramente manifestado por la sociedad durante un año?

A partir del viernes siguiente al anuncio de Noda, el número de personas que se reunían frente a la sede gubernamental explotó. En julio llegaron a juntarse 200 mil personas, sin contar los innumerables manifestantes “virtuales” que participan del cortejo a través de internet, como muchas mamás obligadas a quedarse en casa para preparar la cena.

¿No hay, sin embargo, algo de paradojal, e incluso de perverso, en el hecho de que cuando más aumentó el número de manifestantes fue cuando la gente pudo percatarse de la impotencia efectiva de las protestas populares? La decisión de reavivar los reactores mostró de manera transparente al menos dos cosas fundamentales: en primer lugar, que la alianza Estado-Capital es lo suficientemente sólida como para que nadie pueda intervenir, excepto ellos; en segunda instancia nos dimos cuenta de que los malhechores son tan indomables, que no hay quien pueda persuadirlos de ser menos malvados.

Y estos dos aprendizajes no son apenas factores coyunturales o pasajeros, sino que configuran prácticamente una verdad eterna. En síntesis, hemos aprendido definitivamente que “otro mundo no es posible”. Lo cual modificó radicalmente la naturaleza misma del movimiento de resistencia. Antes de aquel fallo de junio, creíamos enfáticamente que “otro mundo era posible”. Esta hipótesis aparecía reforzada por el hecho de que Naoto Kan, el Primer Ministro anterior, se manifestó de acuerdo con abandonar el paradigma energético nuclear, y había ordenado en mayo de 2011 –a pesar de la fuertísima oposición de los empresarios- la suspensión de los reactores de la central de Hamaoka, colocados en una zona considerada de “riesgo sismológico alto”. Aún cuando Kan se vio de facto obligado a dimitir en septiembre de 2011 por su posición “demasiado izquierdista”, no dejamos de creer en la capacidad de nuestras fuerzas democráticas para cambiar el mundo.

Desde hace cinco meses vivimos en la paradójica situación de reivindicar la clausura inmediata de las centrales nucleares, como siempre, pero a sabiendas de que nuestra voz no tiene ningún poder para quebrar la alianza estatal-capitalista, ni para purgar el mundo de aquellos maleantes que no cesarán de hacer su voluntad sin el más mínimo pudor.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿por qué la gente, cada vez en mayor cantidad, sigue yendo a la plaza si está al tanto de la imposibilidad de transformar el mundo? ¿Será porque cada uno de ellos busca transformarse a sí mismo, y devenir otra cosa, para volverse capaz de vivir en este mundo, un mundo que aparece insoportable, dominado por las clases dirigentes que portan una nocividad que se torna imposible de neutralizar?

Si hoy sentimos más que nunca la necesidad de juntarnos, no es tanto para darnos a entender con una fuerza numérica, sino ante todo para producir una nueva subjetividad, autónoma, excedente, a través de un agenciamiento colectivo hecho de afectividades que resuenan entre sí internamente. Todo lo cual nos lleva a un pasaje del filósofo Gilles Deleuze, quien afirma: “Necesitamos una ética o una fe, y esto hace reír a los idiotas; no es una necesidad de creer en otra cosa, sino una necesidad de creer en este mundo, del que los idiotas forman parte”. No se trata ya de hacer un mundo digno de nuestra vida, sino de hacernos nosotros dignos de este mundo tal cual es.

Es esto lo que el pensador francés entiende por “devenir revolucionario”. Los manifestantes antinucleares japoneses no son “indignados”: no le gritan ya a una sociedad injusta que creen no merecer; su voluntad no es subvertirla para convertirla en “otro mundo”. En lugar de revolucionar al planeta lo que ellos procuran es devenir revolucionarios en el seno de este mundo. Buscan asegurarse una libertad, una independencia, no exactamente respecto al destino sino respecto a la necesidad que debería resultar del destino, como dice también Deleuze a propósito de la moral estoica.

El mundo desborda siempre su carrera actual, insoportable. Si la antigua creencia consistía en aferrar el mundo en su capacidad imaginaria de alcanzar un futuro menos insoportable, hoy se trata de aferrar cada instante mundano en su desdoblamiento real entre la actualidad y sus virtualidades, el “accidente” y su potencia. Lo cual nos permite romper la relación de causalidad necesaria con cada accidente que nos afecta, y trazar líneas de fuga dando con la cabeza en el muro de las imposibilidades. Esa es la perversión des-utopista que constituye una anomalía japonesa en la época donde parece reinar, como siempre, la antigua perspectiva, subversiva y utópica, tal como la constatamos en el caso de los altermundistas, los indignados, los occupy.

El accidente de Fukushima está ahí. Sus efectos ya están inscriptos en nuestros respectivos cuerpos, se salga o no del escenario nuclear. Y tal vez sea por eso que, en el fondo, estamos a la vanguardia de una nueva modalidad de lucha, des-utópica y perversa.

Jun Fujita Hirose

traducción Darío Bursztyn

fuente: revista crisis nº 12 / diciembre 2012- enero 2013 / http://www.revistacrisis.com.ar

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Tourismus macht frei (El turismo te hace libre)

“Ser rentable es la razón que lo decide todo en esta pequeña ciudad que os parecía tan bonita. El forastero que llega, seducido por la belleza de los frescos y profundos valles que la rodean, se figura en un principio que sus habitantes son sensibles a lo bello; no hacen más que hablar de la belleza de su país: no puede negarse que hacen un gran caso de ella; pero es tan sólo porque atrae a los forasteros cuyo dinero enriquece a los fondistas, cosa que, gracias al mecanismo del impuesto, es rentable a la ciudad.” Stendhal, Rojo y negro.

Ese Willy Fog con chanclas y en bañador

Aunque ya desde La Odisea no han faltado en la historia de la literatura viajeros que salvaran grandes distancias sembradas de peligros, intrépidos aventureros ávidos por explorar nuevos territorios o simples desterrados condenados a errar sin norte por el ancho mundo, recién en la modernidad el desplazamiento geográfico se ha asociado al tiempo de recreo y a una cierta idea de disfrutar viajando. Luego de la Revolución industrial, en principio como una prerrogativa de las capas más favorecidas de la sociedad y tan sólo a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y con la emergencia de los Estados de Bienestar tiene lugar el llamado boom turístico, que termina de poner el viaje al alcance de las clases medias, completando la labor iniciada por los programas de vacaciones obreras de los fascismos europeos. De modo paralelo, aunque en el sentido contrario, se puede decir que con la mundialización de la economía el viaje ha dado alcance a las poblaciones más miserables del globo, a partir de aquí condenadas al desplazamiento forzoso en procura de sustento [1], y aunque a priori ambas sean fruto de una misma serie de procesos, difícilmente se puedan concebir experiencias tan radicalmente antagónicas como lo son la del inmigrante y la del turista.

Atrás quedaron las épocas en que viajar era un lujo reservado para la joven burguesía aburrida o desencantada, ociosa en todo caso, que se lanzaba a la conquista de nuevos horizontes para sacudirse el hastío y espoleada por las, ya entonces, antiguas crónicas de viaje, casi un subgénero literario y parte esencial del imaginario romántico. En la actualidad la psicología del turista dista mucho del aventurerismo de los cronistas de antaño. Para caracterizarlo debiéramos comenzar por describirlo como a un sonámbulo de mirada extraviada y gesto ausente.

También se lo podrá reconocer por los souvenires con que suele ir ataviado, y por la pasmosa velocidad a la que se le verá atravesando lugares y ambientes “exóticos” como obediente consumidor de todo cuanto le sea prescrito a guisa de cultura, sin detenerse siquiera un momento a contemplarlos y acribillándolos eso sí, a golpe de flash. Paisajes fugaces que han terminado por convertirse en la escenografía de una obra puesta allí para la recreación ocasional del viajante. La puesta a punto de este teatrillo es la función principal de los agentes del patrimonio histórico, a los que en otra época hubiéramos calificado sin vacilación como autenticas fuerzas de la reacción, en su afán por hacer pasar inadvertidas las contradicciones aun vivas en el interior de cada metrópolis reconvertida en destino turístico, allí donde se baten a duelo la ciudad escenario de luchas intestinas y la ciudad museo, es decir: su fósil.

De modo paralelo a su generalización, se ha dado una degradación sobre el tipo de experiencia del viajero, ya a esta altura convertido plenamente en turista. La masificación ha inaugurado una nueva forma de ver empobrecida, que se caracteriza por su alta velocidad, que captura y conserva la anécdota a la vez que sacrifica lo esencial, a saber: el contexto que da sentido a lo que se está observando y la serie de relaciones históricas que lo justifican. La mirada turista no solo implica la condena de convertir en postal o monumento todo aquello sobre lo que se posa, sino que entraña también la amenaza de volver de piedra al que la ejerce.

Conscientes de esto, no somos pocos los que a día de hoy resistimos la tentación o sencillamente hemos perdido el gusto por mirar tanta “maravilla” y “monumento de la humanidad” incluso en nuestras propias ciudades, sabedores de que ésta mirada supone petrificarlas en el instante perpetuo del reclamo turístico, a lo que hay que añadir cierto efecto estupefaciente sobre las propias facultades críticas y el buen juicio en general. Lo nuevo, lo que ha cambiado junto con la calidad de una mirada que se ha hecho valorizadora, es que la atracción que las ciudades monumentales ejercen sobre la visión las convierte en auténticas cabezas de Medusa, de las que cuesta cada vez más apartar la vista [2].

Así pues, nuestro moderno Phileas Fog (¿o mejor debiéramos compararlo con su encarnación leonina y posmoderna, Willy Fog?) es en definitiva aquel cuya subjetividad, adocenada por el consumo predigerido de cada acontecimiento histórico allí acaecido, se ha vuelto prácticamente inmune al contexto social del destino escogido para sus vacaciones [3]. Y aunque no pueda decirse que ningún nativo vaya a echarle en falta ni a atesorarle en algún rincón de su memoria, tampoco parece apropiado afirmar que no deje huella, ya que a su paso le sucederá un amargo rastro de tierra quemada como si por allí hubiese transitado Atila el huno.

Y nos referimos tanto a la “huella ecológica” que el acondicionamiento para el turismo conlleva (erosión de los suelos, multiplicación de las infraestructuras para el transporte y del gasto energético, etc.) como a los “costes” sociales que implica, esos daños colaterales que la generalización de la industria turística ha traído consigo y que rara vez se tienen en cuenta. En vano intentaríamos pensar a lo social o a lo ambiental como procesos susceptibles de ser aislados y estudiados por separado, puesto que en la actualidad la relación entre ambos constituye una trabazón inextricable, en la que resulta tan dificultoso discernir cuál ha precedido al otro, cómo acertar a contestar si fue primero el huevo o la gallina, aunque en el caso del turismo diríase más bien que se trata de una criatura siamesa, hija pródiga de la economía de servicios, con un único cuerpo y dos monstruosas cabezas, la de la devastación social y su melliza ambiental.

¡A desalhambrar!

Para ilustrar hasta qué punto estos dos frentes se complementan nos vamos a referir a un caso que conocemos de primera mano, aunque desde luego existen muchos otros que de igual manera expresan cómo esta alianza de devastaciones se ha convertido en la forma moderna de la ofensiva capitalista contra los residuos de comunidad que pese a todo aun perviven, y cómo la facultad de vincular ambos momentos, el social y el ambiental, es precisamente aquello que nos ha sido hurtado con la creciente separación que parcela toda actividad humana, sobre la que a partir de entonces sólo los especialistas tendrán competencias. Al igual que muchas otras, Granada se ha reconvertido en una ciudad cuyas actividades económicas más importantes están relacionadas con el sector de los servicios, en él convergen por un lado la Universidad, que moviliza importantes sumas de dinero en forma de subsidios, becas, alquileres, etc [4] y por el otro el palacio de La Alhambra que, de cara al extranjero, representa el principal atractivo de una ciudad hacia la que hace afluir a miles de personas cada año. Estas dos fábricas son las que han contribuido de modo decisivo a su cambio de fisonomía.

El entramado metropolitano de Granada comprende desde el Albayzín, es decir desde el casco histórico museificado de la ciudad, con sus apartamentos para ricos y sus plazas hormigonadas cuya única función es la de soterrar algún aparcamiento; y se extiende sobre caóticas conurbaciones hasta dar con el paisaje monótono conformado por el trazado reticular de los olivares de explotación intensiva. Abarca desde las estrías residenciales con sus flotas de cuerpos de seguridad privados, hasta las plantaciones de maíz transgénico que en la Vega granadina están suplantando a las variedades autóctonas tal como las naves industriales lo han hecho con los secaderos de tabaco, cultivo condenado a la desaparición inminente junto a muchos otros que sencillamente han dejado de ser competitivos en el marco de una economía en proceso de deslocalización [5].

Aun más si cabe que la agricultura industrial, las pequeñas huertas familiares parecen irremediablemente destinadas a ser vistas como los últimos vestigios de tiempos pretéritos. En este contexto hay que situar la gestión de las aguas de riego que provee la Acequia Real [6]. Hasta hace no demasiados años esta acequia abastecía durante casi todos los días de la semana las huertas de la zona Este de Granada con aguas provenientes del Parque Natural de la Sierra de Huétor, en tanto que el agua restante era aprovechada para regar los Jardines de la Alhambra.

A día de hoy la repartición del tiempo de riego correspondiente a las zonas a un lado y al otro del río Darro ha invertido su proporción y tan solo los domingos estas aguas son canalizadas hacia la margen derecha del río, con dirección a la Acequia de San Juan, cuya principal función es el riego de las huertas del Sacromonte, mientras que los restantes seis días de la semana las aguas de la acequia son desviadas al otro lado del río, a la colina que se encuentra a los pies de la Alhambra, la que luce siempre verde y frondosa merced a los aspersores que la riegan día y noche, y que junto a los focos que iluminan el palacio desde abajo, contribuyen a resaltar su monumentalidad tal como corresponde a la principal postal de la ciudad.

A los vecinos agricultores de la zona Este de Granada solo les queda conformarse con las escasas horas matinales del “día del Señor” para regar sus cultivos, lo que trae permanentes roces por las horas de agua que corresponde a cada huerta, además de abocarlos a perpetuar el riego por inundación, método que a medio y largo plazo resultará funesto tanto para sus propios cultivos como para la tierra misma. Esta técnica de riego provoca el “lavado de los minerales”, que son arrastrados por el agua produciendo la paulatina disminución de la fertilidad de la tierra. Dicho de otro modo, este modelo de riego implica la desertificación [7] de la zona de cultivo. A diferencia de la “desertización”, que es la degradación de la tierra que se produce generalmente en las inmediaciones de los desiertos y cuyas causas son naturales, la “desertificación” se produce cuando existe una demanda por parte del ser humano excesiva sobre lo que la tierra puede proporcionar según un equilibrio ecológico.

Aunque pueda resultar un tanto esquemático, lo sencillo de este análisis nos provee de una suerte de miniatura, un marco interpretativo a escala susceptible de ser aplicado a otros lugares y otros casos en los que igualmente la satisfacción de las exigencias logísticas del entramado turístico prime sobre el interés y las necesidades de las poblaciones locales, esquilmando sus recursos y destruyendo los lugares contenedores de la memoria colectiva, y con ellos al medio físico pero también espiritual, que constituyen el escenario de cualquier comunidad humana. Aquí no hay lamentaciones que valgan, no hay lágrimas que alcancen ya para regar éste valle.

La experiencia del viaje en la época de su reproducibilidad técnica

Si el proceso de valorización ya había convertido al viaje en una mercancía más, en puro valor de cambio; será recién a partir de la revolución industrial que tendrá lugar el proceso de generalización y estandarización del producto turístico (es decir, del viaje), que pasará a ser entendido no ya como mero desplazamiento geográfico, sino como experiencia completa, como paquete. Este proceso será posible tanto gracias a las mejoras que la industrialización introdujo en los medios de transporte públicos, como al desarrollo de la infraestructuras y de la técnicas publicitarias que constituyen, respectivamente, los soportes físicos y simbólicos sobre los que se asentará esta industria aún naciente.

El turismo de masas (es decir, la definitiva y absoluta racionalización del ocio) es a la experiencia del viaje lo que la industrialización a toda experiencia, a saber: su total empobrecimiento en aras de una mayor rentabilidad. Parafraseando a Walter Benjamin se puede decir que poco y nada queda ya de la experiencia del viaje en la época de su reproducibilidad técnica, y allí donde el filósofo denunciaba el amargo devenir de la obra de arte sometida al cúmulo de procesos de estandarización y producción en serie hijos de la revolución industrial, se podría añadir que algo similar a “la pérdida del aura” se ha dado también en el campo de los viajes.

Pero mucho agua ha corrido de los primeros programas de vacaciones obreras de los gobiernos totalitarios a esta parte, el turismo de masas ha “evolucionado” a la par que lo han hecho muchos otros aspectos de la vida social bajo la influencia del desarrollo técnico y económico del capitalismo en los últimos cincuenta años, pasando de la tosca masificación del turismo de sol y playa, a una individualización que atiende a los gustos específicos de cada consumidor. Y aunque efectivamente en las ciudades balneario de la costa del sol o del litoral levantino se siguen reproduciendo el hacinamiento y el “síndrome de la clase turista” en bañador, el sector turístico se ha diversificado y en la actualidad ofrece un amplio abanico de paquetes alternativos diseñados al detalle. Ya sea rural o de aventura, cultural o sexual, la oferta turística se ha multiplicado de modo exponencial hasta convertirse en uno de los principales pilares de la economía mundial. Ahora bien, cuando incluso un campo de concentración puede ser rehabilitado para su explotación turística [8], quizás cabría reformular la sentencia de aquel otro célebre franckfortiano en términos parecidos a estos: ya no es posible hacer poesía después del Guggenheim.

Esta afirmación, que es desde luego pura retórica, tiene no obstante la ventaja de establecer la relación de ida y vuelta entre aquellas fábricas luego museificadas, y estos museos cuya principal función es revalorizar, es decir “fabricar” un nuevo espacio urbano. Así pues, la esencia del turismo en tanto que fenómeno en el que se dan cita la economía de servicios con las antiguas formas de explotación propias de la producción industrial (indispensable para abastecer los requerimientos logísticos del sector terciario), es la de someter a sujetos y territorios a las leyes del mercado.

Arrojando la experiencia al reino de las mercancías, tanto por los beneficios propiamente dinerarios, como por esos otros beneficios que representan para la dominación los “daños colaterales” a los que hacíamos referencia y que implican la desestructuración social, es decir la destrucción de los espacios de sociabilidad y de su historia. Se nos dirá que genera puestos de empleo y aporta divisas a las economías locales, pero aunque en lo inmediato esta inyección de capitales pudiera parecer rentable, por otro lado implica abocar a éstas mismas economías a la dependencia crónica, lo que a medio y largo plazo supondrá empeñar el conjunto de vínculos y saberes fruto del espacio y el tiempo puestos en común, es decir todo aquello que constituye las bases materiales del tejido social. Una vez sacrificado esto ¿qué nos quedará ya por ofertar en el afán de atraer a nuevos inversores?

Ahora bien, una de las principales ideas-fuerza que mueve el turismo es la búsqueda de la autenticidad, de ahí que cada vez sean más los turistas que sacrifican una parte de comodidad en privilegio de unos destinos, sino “vírgenes”, lo menos turísticamente explotados posible, lo que les coloca en una posición casi esquizoide al ser ellos mismos quienes están contribuyendo a “desflorar” dichos destinos.

Al margen de la figura sociológica del turista, o de aquel al que la mercadotecnia identifica según sus hábitos de consumo como el cliente tipo del complejo turístico industrial, aquello a lo que nosotros llamamos “lo turista” es una determinada forma de acercamiento superficial, que se caracteriza por su incapacidad para echar raíces bajo la epidermis de lo social. En este sentido “lo turista” es una cualidad completamente independiente del jet lag, los kilómetros acumulados en recorridos aéreos al cabo de un año o la posesión de una residencia estable en un determinado sitio.

La subjetividad consumidora de espacios (a los que inevitablemente termina por convertir en no-lugares), es decir “lo turista”, es desde este punto de vista lo opuesto a la comunidad. Comunidad es un modo de estar plantado en el mundo que tiene que ver con el arraigo, y es en este sentido que constatamos cómo cada día un poco más, el globo se va poblando de estos hombres sin mundo y, de modo análogo, el espacio metropolitano se convierte paulatinamente en una sucesión de lugares impersonales y perturbadoramente neutros. Lo que el turista se encontrará donde quiera que vaya, son tristes parodias de lo que alguna vez fue cultura. La gran paradoja del turismo de masas consiste precisamente en que los turistas están condenados de antemano a descubrir que todos los lugares que visiten son idénticos en su diversidad, y que sin importar de dónde sean, ellos mismos están en cierta medida destinados a convertirse en unos hombres sin mundo, deambulando por un mundo ya casi sin lugares.

“Hoddan también llegó a decir que siempre se elogiaba lo exótico cuando se trataba de ocultar el trasfondo social y económico de un país. Cuanto más extraña y misteriosamente se presentaba un país mayores eran la injusticia, la pobreza, la miseria, cuanto más brillantes sus turísticas tarjetas postales, mayor era el fermento de la agitación”. Peter Weiss, La estética de la resistencia.

Guiris go home!

Ante algunas de estas afirmaciones no faltará quien nos acuse de pesimistas, a lo que podríamos contestar que frente a las muchas evidencias que se nos ofrecen acerca de las consecuencias de la generalización de la industria del turismo, no es precisa ninguna disposición anímica particular para arribar a tan amargas conclusiones, sino la simple observación “desencantada” de los hechos. En efecto, ignoramos cómo se puede aun atesorar alguna esperanza respecto a las supuestas posibilidades que este modelo económico abriría para un hipotético proyecto emancipatorio.

Cabría preguntarse si la mejor manera de conservar el conjunto de saberes y prácticas que se ven comprometidos por la generalización de la economía de servicios vinculada al turismo no sea permitir e incluso propiciar la fuga de esos capitales en virtud de los cuales se incentivan (por parte de instituciones y empresas) y son toleradas (por las gentes de a pié) tanto las agresiones sobre el territorio como los agravios a la cultura, la historia y las formas de hacer de cada región que la expansión del sector turístico conlleva. Un reflujo así, de ser factible, además de suponer un duro revés para la economía global, con evidentes y no necesariamente agradables repercusiones a escala local, terminaría sin duda por ponernos ante la necesidad de recuperar una cierta autonomía, no solo en cuanto a lo estrictamente económico sino también en lo tocante a la satisfacción de algunas necesidades básicas. Otra cosa es que llegado el caso, fuésemos capaces de rechazar el discurso del homo homini lupus [9] liberal, y consiguiéramos dar cause a nuestras necesidades de modo colectivo y autónomo.

Ahora bien, en el momento actual parece bastante improbable que un destino turístico privilegiado como la Sunny Spain [10] perdiera de la noche a la mañana su encanto, dejando de resultar atractivo para los contingentes de turistas de rictus embobado que la visitan cada año. Tan sólo en momentos de inestabilidad política aguda como el actual, amenaza terrorista inminente o catástrofes naturales aun demasiado recientes, la siempre ascendente curva del mercado turístico ha experimentado algún declive [11].

Tal como señalábamos en la introducción de estos apuntes, el conflicto que subyace a la expansión metastásica del turismo no se libra tanto en el ámbito de las decisiones personales como en el de las determinaciones políticas. Esto se debe principalmente a que en la actualidad la condición de turista no es voluntaria. En un mundo acondicionado para el turismo, solo se puede hacer el guiri. Lo demás es una cuestión de grados: de sensibilidad, de agudeza, de poder adquisitivo, etc. A pesar de esto y en parte porque no se muerde la mano que te da de comer, pero fundamentalmente porque pareciera que al formular un pensamiento que ponga en tela de juicio a la industria turística fuéramos a echar sombra sobre el privilegio de viajar a nuestro antojo del que gozamos en tanto que ciudadanos del primer mundo, lo cierto es que la crítica del turismo se ha convertido en un anatema (casi en un tabú). Cuando la búsqueda del placer inmediato es la coartada que justifica cada actividad humana por muy dañina que resulte a medio o largo plazo, cualquier cuestionamiento que implique ya no “acotar las libertades individuales” sino simplemente renunciar a ejercer alguna de ellas, es abordado tímidamente o bien enérgicamente desdeñado y tachados de ascetas o moralistas quienes osan formularlo.

En todo caso, frente el gesto casi reflejo de quien busca permanecer impoluto ante la crítica, resulta interesante plantearnos si verdaderamente existe quien todavía crea poder mantenerse a resguardo de un cuestionamiento profundo de esta realidad. Por nuestra parte, estamos convencidos de que uno de los principales aciertos de la dominación ha consistido en involucrarnos a todos de un modo u otro en su proyecto. Con lo que no queremos decir que todos seamos responsables en igual medida y mucho menos sugerir que como todos estamos en el ajo, todo está permitido. Al contrario, se trata de asumir la responsabilidad sobre el propio obrar, dejando de lado la autoindulgencia y el miedo a quedar mal parados, puesto que el día que aprendamos a poner verdaderamente en cuestión a ésta realidad, tampoco nuestro ombligo estará a salvo.

En esfera de los posicionamientos personales, y en éste como en muchos otros ámbitos de la vida moderna, aunque pueda sonar voluntarista, lo único sencillamente razonable que resta por hacer es desertar en la medida de lo posible de la obligación tácita de ejercer de turista y, cada tanto, darse el gusto de visitar a algún amigo aun a sabiendas de que esto implica viajar, lo que en los tiempos que corren equivale inevitablemente a hacer turismo.

Para volver a viajar, así… a secas, y suponiendo que esto fuera aun posible, habría que comenzar por no encomendarse de pies juntillas a los agentes mercantilizadores del ocio, haciendo caso omiso de toda la parafernalia de folletos, operadores y guías turísticos con su cotilleo pseudohistórico, y en un ejercicio de profunda humildad, abandonar la pretensión de haber comprendido algo sobre el modo de vida de los habitantes del lugar visitado, junto a la prepotencia de creerse tras una o dos semanas de estancia (en el mejor de los casos) calificado para hacer juicios más que de modo completamente superficial sobre su realidad política y social, con toda la carga de violencia simbólica que hay contenida en estos juicios, acertados o no, pero emitidos siempre a la ligera. Y de vuelta a casa, eludir el banal parloteo sobre destinos y monumentos visitados, que se ha convertido en uno de los temas de conversación más socorridos a la hora de salvar silencios incómodos y diálogos de pura cortesía.

Eso, la objeción de conciencia y despreciar a las hordas turísticas como al ejército de ocupación del que en verdad se trata, expresar sobre el territorio la hostilidad hacia la infantería del mundo que se nos está imponiendo, y volver a experimentarlo en lo que tiene de complejo, con las formas de hacer a las que da lugar y que resultan ininteligibles para los ojos ajenos. No tanto por chauvinismo o por falta de hospitalidad, sino como defensa ante la homogeneización rampante de los lugares, sus gentes y culturas, reducidos a su mínima expresión, a aséptico folclore, ya que así homologado todo resulta mucho más fácil de empaquetar para ser vendido al por mayor.

En adelante, fiestas tradicionales recicladas para el turismo como las Fallas valencianas o los San Fermines pamplonicas deberán ser pensados desde la perspectiva de la guerra -en estos casos bajo la forma de auténticas Blitzkriegs- contra los rasgos de tradición e identidad que quedan, como un último raid consistente en convertir toda rémora de color local que aun se pueda hallar en reclamo turístico, en una “marca” reconocible para colocar en el mercado. Con esto no queremos sugerir que cualquier acervo cultural, por el mero hecho de serlo, debiera estar exento de ser cuestionado, o fuera merecedor de mayores elogios. En este sentido conviene despojarse de cierta actitud esencialista que atribuye de manera acrítica un valor emancipador a toda tradición minoritaria, por el sencillo hecho de haber sido perseguida o no haber sido la que a la postre se ha impuesto.

Más allá de las mistificaciones, lo que se sacrifica cuando sobre un determinado territorio (ya sea urbano o rural) se cede al chantaje de la creación de empleos que supondría la implantación de una economía ligada a la industria del turismo, es la posibilidad de articular cualquier proyecto de autonomía material. Lo que se hipotecan, son las condiciones (objetivas y subjetivas) donde una comunidad pudiera arraigar y fructiferar. Se trata, en definitiva, de defender las comunidades allí donde es inminente su desaparición. Se trata de salvar los lugares que aun perviven del avance de los espacios ideados por y para la separación. Hablamos de obstaculizar la no-lugarización del mundo, interrumpiendo las devastaciones que amenazan al medio físico, y con él al medio social donde podríamos reaprender colectivamente la política; deslegitimando las instituciones y a los mercaderes del territorio, y recién entonces quizás pudiéramos recuperar el viaje.

Carduelis Barbata

notas:
[1] Los tratados de Maastrich y de Schengen introducen el concepto de ciudadanía europea, estableciendo la libre circulación de los ciudadanos de los países miembro y eliminando los controles fronterizos dentro de la Comunidad Económica Europea. Estas medidas incentivan el turismo interno europeo, a la vez incrementan las restricciones para el turismo extracontinental y sobre todo, crean el marco legal para la segregación y persecución de la población inmigrante, a la que cínicamente se ha convertido en uno más, de los atractivos que ofrecen las ciudades multiculturales al uso.
[2] Esta atracción debe renovarse continuamente, de ahí el carácter sospechoso a priori de todas las “restauraciones”, ya sean cuadros emblemáticos, o edificios como la misma Alhambra de Granada, con la que sucede lo mismo que con la nave de Argos, a la que las sucesivas refacciones y restauraciones a las que había sido sometida a lo largo de los años habían terminado por despojar de cualquier pieza o vestigio de su “versión original”.
[3] Más allá de la dudosa excepción del mordazmente llamado “turismo revolucionario”, que es aquel que ofrece la ilusión de la “participación”, para hacer de escudo humano en Chiapas o tener un finde revoltoso en alguna contracumbre al uso, activando ciertos resortes psicológicos cercanos a la mala consciencia, que permiten volver a casa a la semana siguiente pero con la sensación de hacer parte en una verdadera lucha. Parafraseando lo que mi madre solía decir sobre la caridad, el internacionalismo empieza por casa.
[4] Respecto a este tema aconsejamos la lectura del panfleto “Retablo de la devastación”, editado por la Biblioteca Social Hermanos Quero.
[5] Muchas de estas agonizante economías han seguido existiendo únicamente por obra y gracia de la respiración asistida de los fondos europeos para subvenciones.
[6] “Caminantes, no habrá caminos. Guía de caminos del este de Granada” Granada, mayo 2009. http://www.afoot.es/mapa/index.php/Caminos_del_este
[7] Algunas de las causas antrópicas más comunes que producen la erosión de los suelos son el sobrepastoreo, la deforestación o las prácticas agrícolas no sustentables. Una mala praxis sobre la tierra de cultivo conlleva la pérdida de su fertilidad por eliminación de nutrientes, salinización de los suelos, desecación, compactación y/o contaminación, volviéndola cada vez menos productiva y obligando a su abandono. Una vez despoblada de su vegetación natural, la tierra quedará expuesta a la acción erosiva del viento y el agua, convirtiéndose en una tierra yerma que difícilmente se recupera. Conviene recordar que un centímetro de suelo tardará en formarse de 100 a 1000 años.
[8] Entre los casos más perversos de reconstrucciones para el turismo hay que citar el kitsch aberrante de Auschwitz II, cuyas “cámara de gas fueron reconstruidas para el museo en 1948 pues el Ejército Rojo había destruido las originales en 1945. La mayor parte de los lugares que visitan los turistas hoy en Auschwitz son reconstrucciones realizadas por los polacos tras la guerra” (Álvaro Lozano, El Holocausto y la cultura de masas).
[9] La expresión homo homini lupus (el hombre es el lobo del hombre) fue popularizada por el filósofo inglés Thomas Hobbes en su Leviatán (1651), donde sirve para ilustrar uno de los fundamentos de la ideología liberal, aunque originalmente la frase pertenece a Titus Maccius Plautus (Plauto) Asinaria, II, 4, 88
[10] Sunny Spain (España Soleada) es el primer eslogan turístico acuñado con ocasión de la participación española en la Exposición Universal de Londres de 1914. Entrados los 60 se produciría el gran boom turístico y España comienza a ser visitada cada vez por un mayor número de turistas hasta llegar a la actualidad, en la que el Estado español ocupa el segundo lugar como país más visitado del mundo constituyendo el del turismo uno de los pocos sectores que incluso ahora continúa siendo emergente.
[11] La Primera Guerra Mundial supuso un parón de las actividades turísticas, que no se recuperaron del todo hasta después de la Segunda Guerra Mundial, recién en los años 50. En 1973 el turismo de masas vuelve derrumbarse, esta vez a causa de la crisis del petróleo y la inflación que le sobrevino. El 2010, a pesar de haber sido un año especialmente accidentado para el turismo, ha registrado un aumento del 1,4% con respecto al 2009, lo que se traduce en 53 millones de visitantes según los números del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio. Ni la recesión, ni la huelga de controladores aéreos, ni la nube volcánica islandesa primero y las nieves que anegaron los aeropuertos de media Europa poco después han conseguido poner los números de la industria turística en rojo.

revista Ekintza Zuzena nº 39 www.nodo50.org/ekintza

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La ideología del adosado

En un libro de una extraña lucidez Todos propietarios [1], Jean-Luc Debry describe cómo la ideología «pequeño-burguesa» se ha impuesto en los grandes estratos de la sociedad. La obsesión por la higiene y la seguridad, el culto de la mercancía y de la propiedad privada, han reemplazado a las solidaridades y a la cultura de resistencia de las clases populares.

Conocemos su participación en la revista de historia social Gavroche [2] así como sus trabajos sobre la Comuna: nos llama la atención que vuelva a retomar una temática social actual como la del triunfo de las clases medias. ¿Qué le lleva a escribir sobre esta cuestión?

Jean-Luc Debry: Hoy en día, la noción ideológica de clase media domina la sociedad. Su objetivo es convencer a la mayor parte de la población de que participa en una gran familia. Los valores de este egotismo sacralizado y celebrado en el seno de esta ideología se ponen de relieve en el culto maníaco de la higiene y de la seguridad, la exaltación del valor del trabajo, en el seno de la cual la función se confunde con la existencia y, naturalmente, la propiedad privada como san­tuario de la mercancía. Culto de una creencia en la cual se borra el deseo de resistencia. Se trata de un propósito más bien desencantado, pues las perspectivas de crear lugares de resistencia se reducen hasta casi desaparecer.

¿Podría volver sobre el término «clases medias»? Como usted subraya, algunos sostienen que la mayoría de la gente pertenece a esta categoría. Hay sociólogos que afirman que ya no existe, o más aún, que está en vías de desintegrarse por la precarización… Emplea también el término «pe­queño-burgués».

J-L D: «Clases medias» es un término cajón de sastre utilizado por los sociólogos. Nos pregun­tamos si el término posee una verdadera existencia social; se ha utilizado por los agentes de marketing para hacer consumir y por la clase política para movilizar a «el votante» du­rante las campañas electorales. Esta noción difusa reposa ante todo en la ideología pequeño-bur­guesa. Históricamente, el objetivo de la burguesía es crear una clase de amortiguación entre el proletariado y ella misma que permita pacificar a este último y hacerle entrar en un estado de sumisión que él mismo habría deseado. A finales de la Primera Guerra Mundial el fascismo fue una solución en varios países europeos para suprimir la idea revolucionaria –como lo ha sido la contrarrevolución bolchevique en Rusia. Tras la Segunda Guerra Mundial, la apuesta de la paci­ficación ha continuado. En ese sentido, la Escuela de Frankfurt mostró bien de qué va la cosa…

Aunque el fascismo ha permitido salvar al capitalismo en una situación de crisis, supone un coste en términos de locura y destrucción. Para convencerle de que el proletariado ya no existe en tanto que clase, es preciso hacerle creer que ya no queda nada más que un proyecto pequeño-burgués con el cual cada uno puede y debe identificarse. Del mismo modo que el prole­tariado era una clase que podía situarse en relación al aparato de producción, así también el fenómeno de las clases medias es un proceso ideológico que se identifica totalmente con la mer­cancía. Ya no estamos en una creación de valor para el capital, sino en una posición de presunto goce en el consumo de la mercancía; hay pues un desplazamiento de los métodos de domina­ción.

Esta aculturación, estas pérdidas de referencias culturales de la clase obrera, esta historia de la mercancía, ciertamente han desempeñado un papel importante. ¿Pero no han sido los obreros/as actores/actrices de su destino? ¿No han participado de este aburguesamiento?

J-L. D.: El proletariado se ha visto totalmente desarmado, particularmente por la dominación del partido comunista y de las ideas estalinistas hasta la década de los años sesenta; 1968 fue un sobresalto. Después hubo el colapso histórico del comunismo de Estado, tras la caída del muro de Berlín y de la propaganda que le acompañaba: «Veis, habéis perdido; las únicas pers­pectivas que se ofrecen son las del éxito individual». Todo se reduce al individuo, las tensiones sociales y económicas se abaten sobre el sujeto que se autoinculpa por no ser capaz de ade­cuarse al modelo que se le presenta. Tenía razón al decir que hubo un fracaso del movimiento obrero. La apropiación por parte de militantes profesionales –los comunistas del partido, las familias políticas mezcladas- de la actividad política en los barrios y en las fábricas constituyó un fenómeno que fue parte de este proceso histórico. Al perder sus hábitos de auto-organización y su capacidad de articular un discurso crítico sin intermediarios, el proletariado se convirtió en­tonces en una presa fácil para la ideología de la mercancía, y así es como comienza la despose­sión. A diferencia de un periodo anterior en el curso del cual la burguesía funcionaba por exclu­sión, ahora se trata de integrar al proletariado. Asistimos en efecto al despliegue de una ideología de la inclusión. Las prácticas colectivas y las ideas sociales deben así desaparecer, ya que sólo cuenta a partir de ahora la creación del valor.

Nos enfrentamos entonces al desarrollo de un modo y un estilo de vida. Su libro tiene por título «Todos propietarios» (Tous propietaires) pues la propiedad inmobiliaria desempeña un papel cen­tral.

J-L. D.: Sí, desempeña un doble papel: en la realidad y en la representación. No hay necesidad de ser propietario para identificarse con esta ideología, basta con creer en ello (mediante el sueño), y después están los que son propietarios, encerrados en su adosado, en esa superficie cuadriculada. Hay un empobrecimiento total de la relación con los otros y de la vida social en general. Se la parodia hasta lo caricaturesco en el espectáculo de los días de vecindad, las bar­becue-parties y la ciudadanía pretendidamente participativa. Prácticas y discursos que reflejan en sí mismos su propia caricatura. Hay en este cuadro una incapacidad manifiesta de pensarse en una situación colectiva. Es la diferencia con el proletariado: gracias a su organización podía reflexionar y poner en tela de juicio su condición social. Ahora bien, en la actualidad quien está encerrado en su propiedad privada no puede pensarse como un elemento de un sistema global, está confinado tras las puertas cerradas de su ego.

Recientemente me he sentido atemorizado al constatar que esta ideología del adosado se encuentra tanto en el cam­po como en los suburbios. He visto ciudades desiertas y alrededor exten­derse parcelas de adosados con sus jardines bien aseaditos, su arenita, sus cercados. Este modelo del adosado se ha generalizado y acompaña al triunfo de las clases medias y el capi­talismo…

J-L. D.: Es un modelo ideal para la identificación con el culto de la mercancía, la nueva religión del capital. Desde los años cincuenta esta imagen de la familia ideal, con pocos niños, un perro, recluida en el espectáculo de su seguridad, se ha convertido en una suerte de icono emblemá­tico, de un ideal basado en la alienación deseada. La obsesión de esta ideología es la seguridad, la propiedad y la higiene. Este lugar debe protegerse y sanearse, el exterior no puede entrar salvo si se le ha descontaminado porque puede ser portador de perturbaciones, de ideas o de enferme­dades…: es contagioso.

Señala el hecho de que el lugar donde vamos a vivir ha sido totalmente restaurado, reconstruido; es artificial, normativo, y supone una dependencia respecto a la mercancía que le es consustancial, por ejemplo al coche.

J-L. D.: En efecto, el corolario del adosado es el coche… El otro corolario es la gran superficie comercial donde se llena el carrito de la compra y el maletero sin tener contacto con nadie, des­pués se vuelve a casa, siempre solo. Tan sólo estamos autorizados a hacer una barbacoa con aquellos amigos que habrán sido cuidadosamente seleccionados.

El adosado se encuentra alejado del centro de la ciudad, estamos pues obligados a coger el coche. Si dejamos de usar el coche y de hacer algunos kilómetros más para ir a los centros comerciales se condena a la agonía a las tiendas del centro metropolitano. Estas cierran, la ciudad pierde su inte­rés, y nos lleva a vivir a sus afueras. El sistema se autorreproduce.

J-L. D.: El corazón de la ciudad se transforma a veces en museo o se recrea un origen rural ficti­cio en el cual imaginamos la vida de nuestros abuelos cuando el espacio público aún existía. Todo eso ha desaparecido. Se le mitifica. La fealdad de la vida en el adosado, siendo totalmente insoportable, acaba por contaminar el espíritu. Todo el mundo se da cuenta de que falta algo, va entonces a visitar las ciudades-museo, reconstruidas, un mundo del artificio y del espectáculo que vendría a hacer soportable una cotidianeidad insoportable. Se consume la ficción de nues­tros orígenes. El adosado no se transmitirá, nadie cree que pueda durar, se consume la ilusión de la duración al mitificar un pasado aséptico del cual se ha eliminado toda realidad. Se trata de una pura reconstrucción.

Independientemente de los contenidos de la televisión, el entorno tecnológico y la ideología de In­ternet, a los cuales se conecta la gente, acentúan el repliegue sobre sí y la individualización. A tra­vés de la omnipresencia mediática y del mundo virtual, las cosas vienen directamente a la gente, la experiencia se muere. Ahora el aislamiento se produce en el centro mismo del adosado, y no tan sólo de cara al exterior.

J.L.D.: Cada uno está replegado frente a sí mismo, en un consumo de sí mismo. Asistimos a la consumación del espectáculo de la vida, como lo escribió Guy Debord en 1967 en La sociedad del espectáculo. La televisión no es más que la consagración de esta desposesión de la vida y de sí. Ya no estamos en la realidad, estamos cara a cara ante el espectáculo de lo que debería ser. Carecemos incluso de la necesidad de introducir al otro en una relación cualquiera. Es una so­ciedad del onanismo. La alteridad ya no tiene razón de ser.

Habla de infantilización generalizada…

J-L.D.: Este proceso es flagrante cuando vemos la publicidad. El individuo se ve reducido a un niño, y éste se reduce a sus emociones. El consumidor está atiborrado, disfruta con la boca abierta al absorber esta leche maternal permanente que se disemina de todas las formas posi­bles. Sólo permanece la emoción, ya no hay reflexión ni espíritu crítico. El adulto es capaz de estar en desacuerdo con las ideas, de situarse en un discurso crítico construido y formar un es­píritu de resistencia consciente de sí mismo. La infantilización, al contrario, consagra el proceso global de alienación deseado del que hablamos. La emotividad primaria que consagra la or­ganiza­ción social actual, basada en la individualización comercial y política, constituye el abono de to­das las manipulaciones.

Habla también de confusión total entre los deseos y las necesidades…

J-L.D.- Hoy, en el campo de la mercancía todo deseo debe verse satisfecho inmediatamente se­gún el modo de la necesidad, en la posesión. El deseo se ve rebajado al nivel de las necesidades vitales. Ya no nos quedan más que deseos atrapados por el espectáculo de los nuevos objetos encargados de despertarlos. Existimos en función de lo que consumimos y no a través de lo que construimos de nosotros mismos en el campo de la alteridad. La experiencia de la relación con el otro permanece ence­rrada en el deseo mimético de poseer los mismos atributos del éxito y de la realización indivi­duales. Se manipula la dinámica del deseo para estar al servicio del desarrollo del capital.

Habla de la depresión, un hecho social muy extendido. Usted la considera como una forma de re­sistencia mientras que yo la analizo como un estado psicológico que acompaña al repliegue, el miedo al otro, la fascinación por uno mismo…

J-L.D.- La depresión es la última experiencia humana posible en el universo de la mercancía y de la alienación del valor. Existe una autenticidad de la experiencia que no puede expresarse más que por la depresión, es decir, el sufrimiento. Esta experiencia narcisista, negativa, es insoportable para el que la experimenta, pero constituye también una forma de resistencia, en el sentido de que la mecánica de la adhesión a los valores de la mercancía, tales como el culto de la realiza­ción, ya no funciona. Hay una suerte de cortocircuito. No obstante, es como la revuelta, un tiempo necesario pero insuficiente. Un fogonazo que me ha transformado, pero que no me ha abierto sobre otra cosa. Es necesaria su superación. Pero al menos la depresión nos obliga a de­tenernos y a mostrarnos que todo eso carece de sentido. En cuanto dejamos de creer en ella, el discurso histérico que consagra la desposesión de sí ya no funciona, se convierte en algo inope­rante, caduco, grotesco. Es un cortocircuito de nuestras ilusiones que puede reforzarnos y per­mitirnos mirar a las cosas tal y como son.

La segunda parte de su libro se titula «Observaciones psicogeográficas», donde habla de la ciudad media, del área de autopista, etc.; de los no-lugares que nos son familiares.

J-L.D.- Quise evidenciar el hecho de que todo sistema político se comprende a través de su arquitectura. La arquitectura está unida a una época, a una ideología, a una manera de ver lo humano. El no-lugar corresponde al triunfo de las clases medias, es un lugar donde ya no hay historia, ni relaciones sociales, tampoco pasado ni futuro, tan sólo individuos en tránsito que se cruzan en lugares puramente funcionales.

El área de autopista es un lugar fascinante: ahí se está a la vez bien y mal. Mal por que se está en ninguna parte, y al mismo tiempo, bien porque poseemos todos los códigos, sabemos cómo funciona, no existe ninguna sorpresa.

J-L.D.- En el área de autopista no hay cambios, nos contentamos con atravesarla. Estamos seguros de no encontrar a nadie, no pasará nada. Estamos solos mientras no nos hallemos en un lugar colectivo. Nos sentimos seguros, en un lugar sano, limpio. Se ha hecho alarde de la hora a la cual se han limpiado los servicios, no se puede contaminar. Los productos puestos en venta no sirven para nada, es un decorado ficticio en el cual nos sentimos seguros ya que todo es normativo. Todo se conoce por adelantado en un no-lugar. Podemos descansar del estrés que los nuevos modos de producción nos imponen en el trabajo; el no-lugar amuebla esta soledad insoportable que caracteriza al sujeto atrapado en un espacio cerrado.

Ve en la cadena hotelera «la apoteosis sublime que consagra la pérdida de la referencia espacial».

J-L.D.- Estos no-lugares borran la historia y la geografía. Sin pasado, una sociedad no puede construirse. En estas cadenas, cualquiera en la que se encuentre, el decorado es el mismo, una habitación, cuadros en la pared, todo es siempre idéntico. Poco importa que se esté en Estrasburgo, Marsella o Lille, siempre estamos en el mismo lugar, contrariamente a los delirios actuales sobre la sociedad nómada. No hay nomadismo, vamos de una mercancía a otra, de un lugar de producción a uno de consumo, y viceversa.

Habla de las calles peatonales de los centros urbanos. Frente al malestar que todo el mundo percibe, que incluye a los elegidos que se dan cuenta del malestar social en el ambiente, existen tentativas de reocupación de los centros urbanos, pero siempre siguiendo un modelo artificial.

J-L.D.- Intentar rehumanizar lo que ha sido deshumanizado es patético. Con la calle peatonal se quiere hacer creer que se ha recreado un lugar de sociabilidad como si antes hubiera existido con el mercado, donde nos reencontrábamos en el ágora y en la plaza de la ciudad. Hoy en día se trata de galerías comerciales obsesionadas por la seguridad, donde en ocasiones reina una policía municipal armada desde hace poco con Taser [3], que permite cazar a los SDF [4]. Esta tentativa de recrear lo que ya no existe no se basa en una elección de los individuos, sino en un espectáculo. Estas calles peatonales están jalonadas de letreros, cadenas comerciales. Todo eso es falso.

Todo eso está fabricado. Lo que trastorna cuando nos paseamos por las diversas ciudades francesas, es que nos encontramos en todas partes los mismos letreros, organizados de idéntica forma, dispuestos de manera similar. Sólo se puede sentir un pequeño carácter local. Vivimos inundados/as por estos letreros y se ha consumado una uniformización terrorífica.

J-L.D.- Lo que impresiona es el toque de queda… A las 19 horas, ya no hay vida, todo está cerrado. Cerrado con candado, la vida ha desaparecido. Se trata tan sólo de una construcción para consumir el espectáculo de la vida convertida en imposible.

Sabemos que la crisis energética y el calentamiento climático no permitirán mantener ad vitam aeternam este modo de vida enteramente basado en el coche y en infraestructuras gigantescas. La Tierra no podrá soportar a gran escala este modelo que occidente ha exportado al mundo entero. No siendo sostenible este modo de vida, ¿cómo piensa usted que debería evolucionar?

J-L.D.- El capitalismo acumula tantas contradicciones que no puede sino encontrarse en crisis; en efecto una crisis profunda por el hecho mismo de su desarrollo y de su bulimia parece ineludible. Las crisis van a multiplicarse, y a todos los niveles, financiero, industrial, y por consiguiente, social. La cuestión es saber si van a desembocar en una toma de conciencia política y un cuestionamiento radical del fetichismo de la mercancía, en tanto que se trata de una relación social esencialmente alienada. Soy más bien pesimista. Si después de una crisis, el único objetivo es volver al estado anterior y no actuar sobre la realidad de esta dominación de naturaleza ontológica, las crisis se multiplicarán y, fortalecido por sus capacidades de adaptación, su oportunismo, el capitalismo en tanto que ideología se adaptará, como lo ha hecho siempre. La adhesión al sistema actual se asemeja a los mecanismos religiosos de nuestros padres. Este sistema se aferra a nuestra creencia. Fabula. Privado de la fe que le anima, carece de eficacia. Nos encontramos frente a la Religión del capital, como lo decía Paul Lafargue. El desmoronamiento de la creencia común en su sistema ideológico, desembocará fatalmente en una crisis que podría parecerse a una crisis de la religión del capital similar a la del siglo XVIII, que quebrantó los dogmas sociopolíticos del Antiguo Régimen.

Palabras recogidas y editadas por Cédric Biagini.

notas:
[1] Tous propriétaires. Du triomphe des classes moyennes, Homnispères (2007).
[2] Revista de historia popular.
[3] Taser, un arma de electro-choque diseñada para incapacitar a una persona o animal mediante una descarga eléctrica. N. de los T.
[4] Abreviatura de Sans Domicile Fixe, término utilizado para designar a la población sin domicilio fijo, esto es, vagabundos, mendigos y en general personas sin techo. N. de los T.

revista Ekintza Zuzena nº 39 www.nodo50.org/ekintza

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La escuela obligatoria, un instrumento de segregación social programada (1)

La escuela es una pirámide con una base muy amplia a la que todos entran por obligación. Sin embargo, sólo la ínfima minoría de los que llegan a su punta tienen acceso a los instrumentos que dan poder y prestigio en la sociedad. Son ellos también los que definirán los estilos y los contenidos de la política y se beneficiarán de becas, viajes al extranjero y de los servicios médicos más caros. La subida hacia esta punta es un triage –un proceso de segregación- en el cual, fuera de una estrecha minoría, prácticamente todos serán reprobados.

El reprobado promedio no evalúa su posición por la altura que alcanzó en el escalafón escolar; lo que evalúa es su fracaso relativo medido por lo que le falta para alcanzar la punta. La idea pregonada con fines electorales de que la escuela es una igualadora social no corresponde a la realidad sino que es semejante a un mito religioso. Como todo mito, la escuela genera sus rituales. Tampoco es cierto que “cada vez que se abre una escuela se cierra una cárcel”.

Al contrario, los individuos más peligrosos son, actualmente, criminales de cuello blanco sobreeducados. Los educadores profesionales lograron desarmar la crítica de Illich haciéndola parte del currículo de las profesiones de la educación. Poniéndola en los mismos renglones de sus bibliotecas que las obras de Rousseau, Pestalozzi, Freynet o Freire, la castran de su actualidad revolucionaria.

Así pueden seguir convenciendo generaciones de estudiantes en pedagogía de que es el proceso de escalada de la pirámide que, en sí, conduce el éxito. Se logra así mantener una creencia esencial para el mantenimiento del sistema, que consiste en confundir los métodos de adquisición de conocimientos con la materia de la enseñanza, es decir el número de años de estudio con la efectividad del aprendizaje. En otras palabras, se hace creer que, entre más fondos de pantalón uno gastaría en las bancas de las escuelas, más crecería en sabiduría y ciencia. La realidad es muy distinta: para la mayoría de los ciudadanos, el sistema educativo es un obstáculo mayor al derecho a la
instrucción.

En contra de escolarizar la sociedad sería restablecer la legitimidad del sistema de triage –o selección social– que la escuela instrumentaliza. Para ello, no es suficiente desescolarizar las instituciones. Es, como insistía Valentina Borremans, todo el ethos de la sociedad que hay que liberar del mito de la escuela obligatoria y de los rituales que justifica. Todo el sistema educativo es una utopía negativa, una distopía: querer asegurar la educación universal por la escuela obligatoria es un proyecto eminentemente irrealizable. ¿Cómo calificar las alternativas propuestas por los educadores? Son nuevos métodos de cebadura educativa obligatoria, proyectos cuyo verdadero fin es el desarrollo de las industrias de producción de bienes y servicios.

Sin embargo, en 1972, Illich autorizó que un seminario sobre “Las alternativas en educación” tuviera lugar en el CIDOC, en Cuernavaca. Convencido de que la sociedad puede ser desescolarizada, Illich vislumbraba la integración de instituciones con fines educativos a un medio social sin escuelas, abriendo así una nueva era del ocio, scholè en griego, de donde viene el latín schola, escuela. En el medioevo, la escuela, que no era obligatoria, era un lugar de otium, ocio estudioso, cuya negación era el negotium, el quehacer mundano, el “negocio”.

Es en el capítulo VI, “Tramas de aprendizaje” de La sociedad desescolarizada que Illich fue lo más lejos en el bosquejo de alternativas. Sin embargo, se dio rápidamente cuenta del peligro que representaba. Las redes o tramas de aprendizaje que proponía podían ser movilizadas en vista de un aumento de la productividad en la fabricación del saber. De ahora en adelante, será más prudente y formulará sus críticas absteniéndose de precisar como “hacerlo de otra manera”.

Si permanece superficial, la alternativa educativa sólo puede reforzar el programa oculto de la escolaridad, que consiste en desarrollar prejuicios: adornado con sus títulos, el privilegiado puede considerar a la mayoría con desdén, mientras que el reprobado debe convencerse que él es el único culpable de su fracaso, lo que vuelve más aplastante la segregación que la sociedad práctica contra la mayoría de sus miembros. Otro aspecto del programa oculto de la escolaridad es el desprecio que inculca tanto a sus pocos ganadores como a sus muchos perdedores por todo aprendizaje autodidacta y, en general, toda autonomía.

El autodidacta sólo adquiere saberes no homologados y, por consecuencia, considerados inútiles. Curarse uno mismo se vuelve un acto irresponsable. Ir caminando adonde uno quiere es un síntoma de pobreza – o un privilegio de muy rico. Cualquier logro personal al margen de las instituciones despierta suspicacia. La escuela obligatoria es una creadora de necesidades tales que cada necesidad nueva permite definir una nueva categoría de desdichados. En los juegos de la escolarización, los pobres son siempre los engañados. La escuela obligatoria moderniza la pobreza, que se transforma en una imposibilidad de actuar en el plan social y un confinamiento a una existencia de dependencia y de frustración.

Todos los programas de mejoramiento de la educación se traducen en inyecciones de dinero, mientras que lo que faltaría es une revolución de las instituciones que aseguraría a todos posibilidades iguales de educación. Este objetivo sólo es realizable si deja de ser confundido con la escolaridad obligatoria. Actualmente, la escuela es la religión mundial de un proletariado modernizado cuyos rituales sirven para hacer del diploma una necesidad.

Jean Robert

notas:
1) Ivan Illich, La sociedad desescolarizada  o acá

fuente: www.ivanillich.org.mx/2escuela.pdf

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Cómo funciona el control mental con las noticias

En su objetivo esencial, la noticia “express”, la “comida rápida” de la información, no está orientada a alimentar el conocimiento sino a promover la alienación y la ignorancia masiva. Es el recurso más efectivo que utiliza la estructura mediática para reconvertir al cerebro humano en un microchip repetidor de eslóganes al servicio de la dominación sin el uso de las armas.

En el sistema (nivelado como “mundo único”), sólo un minoría elabora (y consume) análisis o interpretaciones sobre los acontecimientos que se suceden en el planeta. A nivel masivo, las “noticias” o la “información” publicada se sintetizan en títulos, volantas, y párrafos cortos que se resumen en sí mismos. Nacen y mueren a la misma velocidad de la lectura.

No hay contexto, no hay historia, no hay relación ni causalidad entre acontecimiento y acontecimiento, y, las noticias, como las imágenes, sólo se fijan (y quedan) en la retina mientras las miramos, las leemos o las escuchamos. Para las agencias, diarios y grandes cadenas mediáticas (locales o internacionales), este formato de “consumo” es lo ideal.

La gente, dicen sus ejecutivos, siempre anda apurada. Y les hacemos el mundo fácil y simple de digerir. Así se niveló mundialmente la comunicación “express”, la información de “consumo rápido”, solo títulos, párrafos cortos, hechos memorizados fáciles de digerir y recordar. Y el “gran público” (el demandante masivo de información “express”) se acostumbró a asimilar información “suelta” (sin porqué ni para qué) y sin analizar ni reflexionar sobre su autenticidad y origen.

Fácil y cortito, es la fórmula impuesta. Una especie de “mundo de eslóganes”, que el “gran público” repite como un loro electrónico en su vida privada, en su trabajo, y en todos los chats y redes sociales donde le dejan inscribirse. Y la información “express”, nivelada y manipulada a escala global, creó un mundo a su imagen y semejanza: El mundo de los “opinadores” compulsivos programados por los eslóganes sueltos de las noticias “express”.

Y como emergente lógico, la función de la reflexión y el análisis (natural del humano), fue reemplazada por el “comentario” sin sostén, y por la especulación con los rumores y las teorías conspirativas sin fundamento racional.

Hay una primera explicación técnica: La función del periodismo del sistema no es promover el conocimiento (la comprensión razonada) de la noticia, sino promover el “debate” sin reglas, la discusión irracional y esquizofrénica (sin análisis ni información procesada) de los títulos difundidos como “imágenes sueltas” para producir atracción comercial.

Programar lectores, televidentes, o internautas con eslóganes que confrontan con otros eslóganes, es la función y misión esencial que surge de la estructura operativa del periodismo masivo que vende “noticias” como si fueran hamburguesas en la góndola. Y se produce el milagro buscado: El público masivo, el alienado programado (AP), consume información “express” de la misma manera que consume música, espectáculos, productos, hasta presidentes y normas de vida vendidos como si fueran desodorante de ambiente.

Esa sensación de “libertad sin fronteras” que les deja a los “opinadores” compulsivos la información de consumo rápido (como la comida chatarra de Mc Donalds) les permite, con total impunidad, “criticar” o  “juzgar” casi cualquier acontecimiento sin tener información ni elementos fundantes de análisis sobre lo que se discute. En este contexto, es muy común, por ejemplo, que un AP (alienado programado)  “opine” sobre el conflicto de Irán sin saber siquiera identificarlo en el mapa.

En su objetivo esencial, la noticia “express”, la “comida rápida” de la información, no está orientada a alimentar el conocimiento sino a engordar la ignorancia masiva. Es el recurso más efectivo que utiliza la estructura mediática para reconvertir al cerebro humano en un microchip repetidor de eslóganes, mientras el sistema, gobiernos, bancos y empresas capitalistas (que financian a la estructura mediática) siguen depredando y haciendo negocios en el mundo real.

Desde el punto de vista de su utilización mediática, la noticia “express” se fundamenta y abreva en las técnicas del control mental.

Operativamente, el control mental es una técnica orientada a captar y/o manipular la conducta de las personas, controlando sus emociones y su capacidad de “reflexión”, con la finalidad de direccionar comportamientos (sociales o individuales) hacia los fines buscados por el “controlador” (Gobiernos, grupos de poder, etc). Este modelo de manipulación de conducta social (el control mental) se resume en el “pensamiento de manada”, donde el individuo resigna su  capacidad de “pensamiento propio” a cambio de protección por parte del líder (programador) del grupo.

Y el control mental, para que sea exitoso, necesita del “pensamiento sectario”, cuya estructura está compuesta por un “receptor pasivo” (el manipulado con el control mental) y un “emisor activo (el líder programador). En este caso, el consumidor alienado de noticias “express” es el receptor pasivo, mientras que la estructura mediática de programación es el emisor activo. De manera tal que, dentro de este esquema funcional, no hay una identificación crítica  con la noticia (un feed back entre emisor y receptor), sino una memorización pasiva orientada a impedir la comprensión totalizada de los acontecimientos sobre los que aparentemente se “informa”.

El resultante (que se puede verificar fácilmente): El lector, televidente o radioescucha se convierte en un difusor pasivo  de títulos (vaciados de contenidos críticos y reflexivos) que se retroalimentan como órdenes en el cerebro masivo. Esto crea la atomización esquizofrénica, y permite, por ejemplo, que el receptor, pase, sin ninguna conexión reflexiva ni emocional, de una noticia sobre la muerte de 200.000 personas en Haití, a otra sobre la última producción discográfica de un cantante de moda.

Y este fenómeno explica, a su vez, la indiferencia de las mayorías frente a exterminios militares en masa de seres humanos indefensos (como los de Israel en Gaza) que, sin mediar la alienación atomizante mediática, producirían reacciones masivas  contra sus perpetradores. Este efecto se produce por una operación reduccionista y atomizante con las noticias “express”. Por ejemplo: Si yo titulo “Israel está en guerra con Hamás”, sin aclarar que Israel es la potencia agresora y Hamás el agredido, lavo las operaciones de exterminio del Estado judío de toda connotación genocida.

Trasladada a cualquier otro plano, la función de las noticias “sueltas” (descontextualizadas y sin conexión entre sí) está orientada a impedir que las mayorías (a través del pensamiento reflexivo) tomen conciencia de quién es el dominador y quien el dominado.

Esta es la razón que justifica el bombardeo diario con “titulares” que presentan los acontecimientos descuartizados y despojados de todo sentido de totalidad interpretativa. Destruido su pensamiento crítico (por medio de la información descontextualizada y sin historia)  el alienado programado se masifica y se nivela en trasmisor pasivo de un único mensaje: El que difunde (a modo de un “Gran Hermano”) la estructura mediática que comercia con las “noticias”.

La estructura del “pensamiento de manada” se traduce en un axioma funcional: El sistema no quiere que pienses por ti mismo, sino que obedezcas órdenes. Estas órdenes (en la era del control mental) no son militares sino “persuasivas”. No actúan por imposición física (la tortura y el miedo a la muerte), sino por imposición psicológica (la “persuasión” social).

La etapa de la “colonización de las sociedades” con el consumo de productos, comenzada en la década del 60, posibilitó la era de la “colonización mental” con el consumo de información perfeccionada con el advenimiento masivo de Internet y de las comunicaciones globalizadas en la década del 90.

Cuando el sistema capitalista trasnacional, por medio del consumo, niveló un “modelo único de pensamiento”, sentó las bases psicosociales para el control político-ideológico por medio de la información periodística manipulada por operaciones psicológicas. De manera tal, que las  técnicas y estrategias del control mental se revalorizaron dentro de métodos científicos de direccionamiento de conducta de masas, y se convirtieron en una eficiente estrategia de dominio sin el uso de las armas.

Mediante la manipulación y direccionamiento de conducta por medios psicológicos el individuo-masa se convierte en “soldado cooperante” de los planes de dominio y control social establecidos por el capitalismo trasnacional y la potencia imperialista regente de turno. Es a la vez, víctima y victimario, de las operaciones psicológicas, ya que se convierte en una célula consumista-trasmisora tanto de planes de consumismo capitalista como de planes de control y represión social manipulados sin el uso de las armas.

Las noticias “express”, la información de “consumo rápido”, son la columna vertebral de esta estrategia.

Manuel Freytas *
manuelfreytas@iarnoticias.com
31-Octubre-2012

* Manuel Freytas es periodista, investigador, analista de estructuras del poder, especialista en inteligencia y comunicación estratégica. Es uno de los autores más difundidos y referenciados en la Web.

fuente www.iarnoticias.com/2012/secciones/contrainformacion/0013_control_noticias_31oct2012.html

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(libro) Desarrollo a escala humana. Opciones para el futuro*

Este documento cristaliza un trabajo esencialmente transdisciplinario realizado por un equipo de investigadores de distintos países de América Latina. El trabajo fue preparado a lo largo de un año y medio con la colaboración de profesionales de Chile, Uruguay, Bolivia, Colombia, México, Brasil, Canadá y Suecia, dedicados a disciplinas tales como economía, sociología, psiquiatría, filosofía, ciencia política, geografía, antropología, periodismo, ingeniería y derecho. Los participantes constituyeron un grupo estable de reflexión e investigación colectiva que se reunió, en el curso de los dieciocho meses de trabajo, en tres seminarios-talleres, manteniendo contacto intelectual estrecho y permanente desde el comienzo hasta el término del proyecto. Además del grupo estable, cuya continuidad permitió profundizar la reflexión colectiva en torno a problemáticas específicas del desarrollo, hubo invitados especiales en cada una de las reuniones.

Por Manfred Max-Neef / Antonio Elizalde / Martín Hopenhayn [1]

Prefacio a la edición original

Los principales insumos para este trabajo lo constituyen los relatorios de cada uno de los Seminarios-Talleres y distintos documentos producidos por los participantes. La redacción final estuvo a cargo del equipo del CEPAUR y apunta más a integrar de manera coherente la diversidad de los aportes que a reflejar la opinión particular de cada uno de los participantes.

La propuesta que aquí se contiene constituye un aporte para la filosofía del desarrollo. Pretende por lo tanto, ser un aporte sugerente, susceptible de ahondarse en cualesquiera de los múltiples ámbitos que aborda.

El proyecto fue realizado de manera conjunta por el Centro de Alternativas de Desarrollo de Chile (CEPAUR) y por la Fundación Dag Hammarskjöld de Suecia. Nació de la necesidad de situar en el contexto latinoamericano y a la luz de los cambios de escenario ocurridos durante el último decenio, la propuesta contenida en el Informe Dag Hammarskjöld de 1975 Qué hacer: Otro Desarrollo. El texto resultante aspira a tener como interlocutores a agentes del desarrollo regional, planificadores y políticos, grupos de desarrollo local, académicos de diferentes disciplinas relevantes para el desarrollo, foros internacionales y profesionales e intelectuales dedicados a pensar caminos de humanización para un mundo en crisis.

La propuesta contenida en este trabajo es, pues, un esfuerzo por integrar líneas de reflexión, de investigación y de acción que puedan constituir un aporte sustancial para la construcción de un nuevo paradigma del desarrollo, menos mecanicista y más humano.

Primera parte. Relectura de la crisis latinoamericana

I. América Latina: crisis y perplejidad

Crisis de propuestas y crisis de utopías

Hoy es casi un lugar común afirmar que América Latina está en crisis. Son muchas las versiones, descripciones e interpretaciones que se han hecho de la crisis, por lo que el diagnóstico de la enfermedad parece estar completo, por lo menos en sus contenidos más profundos y trascendentes. Lo que aún no ha generado consenso es el tratamiento, debido a la complejidad del cuadro que se nos presenta. La perplejidad, resultante de una situación a la que no le reconocemos precedentes similares, nos ha mantenido en una especie de callejón sin salida, que bloquea el paso hacia soluciones imaginativas, novedosas y audaces. Se intuye con claridad que las recetas convencionales y tradicionales, de cualquier trinchera que vengan, no funcionarán. Sin embargo, hay una especie de temor paralizante que inhibe el diseño de los caminos radicalmente distintos que pudieran eventualmente sacarnos del embrollo.

El temor es entendible, porque no es nada fácil renunciar a diseños estratégicos o construcciones teóricas e ideológicas en las que se han cimentado durante largo tiempo no sólo creencias, construcciones y esperanzas, sino incluso pasiones. Pero el hecho es que la magnitud de la crisis parece trascender nuestra capacidad de asimilarla e internalizarla plenamente. Después de todo, no se trata de una crisis clara. No es sólo económica, ni es sólo social, cultural o política. De alguna manera, es una convergencia de todas ellas pero que, en su agregación, resulta en una totalidad que es más que la suma de sus partes.

En lo político, la crisis se ve agudizada por la ineficacia de las instituciones políticas representativas frente a la acción de las élites del poder financiero, por la internacionalización creciente de las decisiones políticas y por la falta de control que la ciudadanía tiene sobre las burocracias públicas. Contribuyen también a la configuración de un universo político carente de fundamento ético, la tecnificación del control de la vida social, la carrera armamentista y la falta de una cultura democrática arraigada en las sociedades latinoamericanas. En lo social, la creciente fragmentación de identidades socioculturales, la falta de integración y comunicación entre movimientos sociales, la creciente exclusión social y política y el empobrecimiento de grandes masas, han hecho inmanejables los conflictos en el seno de las sociedades, a la vez que imposibilitan las respuestas constructivas a tales conflictos. En lo económico, el sistema de dominación sufre actualmente cambios profundos, donde inciden de manera sustancial la mundialización de la economía, el auge del capital financiero con su enorme poder concentrador, la crisis del Estado de Bienestar, la creciente participación del complejo militar en la vida económica de los países, y los múltiples efectos de las sucesivas oleadas tecnológicas en los patrones de producción y consumo.

Todo esto sorprende a los países en desarrollo en una terrible desventaja y los obliga —con la complicidad de gobernantes y clases dominantes— a enormes sacrificios y costos sociales para ‘sanear’ sus sistemas financieros y pagar los tan mentados servicios de deudas con los acreedores del mundo industrializado. Ante este panorama incierto, más desolador que halagador, las respuestas de búsquedas y alternativas al autoritarismo, al neoliberalismo, al desarrollismo y al populismo, se empantanan en programas inmediatistas, y en balbuceos reactivos, o se reducen a la reivindicación y recuperación de los ‘niveles históricos’.

Al tratar de identificarla con un nombre, nos hemos inclinado por llamarla la crisis de la utopía, porque su manifestación más grave nos parece el hecho de que estamos perdiendo —si es que no hemos perdido ya— nuestra capacidad de soñar. Nos debatimos en un agotador insomnio que nos impide la lucidez imprescindible para enfrentar con vigor e imaginación nuestros problemas. Nos hemos convertido, en cambio, en una especie de somnolientos administradores de una crisis a la que intuimos imposible de resolver por nuestros propios medios. Esta somnolencia en que nos hace desembocar la crisis de la utopía se manifiesta con muchos rostros: el derrotismo, la desmovilización, la abulia, el individualismo exacerbado, el miedo, la angustia y el cinismo.

Los campos en los que en el pasado —con o sin éxito— luchamos por nuestras propias causas, hoy nos parecen como cubiertos de bruma. Nuestras razones se hacen difusas, y los que aún mantenemos una voluntad de lucha, acabamos, sin darnos cuenta, emprendiendo luchas que nos son ajenas. De allí que nuestro primer y desesperado esfuerzo ha de ser el de encontrarnos con nosotros mismos y convencernos además de que el mejor desarrollo al que podemos aspirar —más allá de cualquier indicador convencional que, más que nada, ha servido para acomplejarnos— será el desarrollo de los países y culturas capaces de ser coherentes consigo mismas.

La propuesta contenida en este documento no pretende ser la solución final para superar nuestra crisis. Sin embargo, es un camino posible. Es una opción surgida de una larga reflexión colectiva por parte de un grupo de latinoamericanos que, acompañados en la jornada por amigos solidarios de Suecia y Canadá, han decidido compartir los resultados de su recuperada capacidad de soñar.

Limitaciones para nuestro desarrollo

Si limitamos nuestro análisis a los componentes económicos de la crisis, y observamos su comportamiento histórico a través de las políticas económicas y de desarrollo que se han aplicado en Latinoamérica durante las últimas cuatro décadas, lo primero que detectamos es un claro proceso pendular. Los períodos de expansión acaban generando desequilibrios financieros y monetarios que derivan en respuestas estabilizadoras que, a su vez, acaban generando elevados costos sociales, lo que induce a nuevos impulsos de expansión.

En este juego pendular se confrontan las dos grandes concepciones económicas que han dominado el panorama de América Latina: el desarrollismo y el monetarismo neo-liberal. Ambas comparten el no haber logrado lo que originalmente se propusieron, pero cada cual de manera distinta y por razones distintas. Por otra parte, no todo es negativo en un fracaso, de manera que vale la pena dedicar algunas reflexiones al sello que cada una de estas concepciones ha dejado impreso en la historia económica y socio-política de la región.

Frustraciones del desarrollismo y del monetarismo

El desarrollismo fue una experiencia profundamente movilizadora. Fue generadora de ideas y de corrientes de pensamiento. Es durante el período de su predominio en que surge no sólo la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que le da su gran impulso, sino el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Asociación LatinoAmericana de Libre Comercio (ALALC), el Pacto Andino y otras importantes iniciativas regionales como la Alianza para el Progreso. En los contextos nacionales aparecen las instituciones de planificación, las corporaciones de fomento de la producción en sus distintas versiones, las políticas que impulsan la industrialización y revierten la composición demográfica de países hasta entonces predominantemente rurales, las reformas bancarias, el mejoramiento de los sistemas estadísticos, la promoción popular y los variados intentos de reformas estructurales. Surgen, además, los primeros argumentos y tesis sólidas que apuntan a la defensa de nuestras exportaciones, afectadas —como logra demostrarse— por un deterioro constante de los términos de intercambio. Por último, son economistas latinoamericanos adscritos al pensamiento desarrollista quienes aparecen como actores determinantes de la creación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

Durante las décadas de los años cincuenta y sesenta tiene pleno sentido hablar de un pensamiento cepalino o de una filosofía del BID. Existen posiciones que generan debate. Hay una efervescencia creativa indiscutible. Los centros de poder del norte contraargumentan, pero, por primera vez, a la defensiva. Todo ello empieza a diluirse en la década siguiente, y los organismos internacionales latinoamericanos comienzan a perder su identidad original. El monetarismo neo-liberal, que había hecho sus incursiones esporádicas sin lograr imponer su carácter más allá de episodios coyunturales de estabilización comienza a irrumpir con toda su energía.

El fracaso del desarrollismo no puede, ciertamente, atribuirse ni a falta de ideas ni a pobreza de creatividad. Por el contrario, sus aportes han sido formidables en cuanto a crear una infraestructura económica rica y diversificada. Las razones de su fracaso se han debido fundamentalmente a su propia incapacidad para controlar los desequilibrios monetarios y financieros, a que la estructura productiva que generó —especialmente la industria— resultó tremendamente concentradora, y a que su enfoque del desarrollo, predominantemente económico, descuidó otros procesos sociales y políticos que comenzaban a emerger con fuerza y gravitación crecientes, especialmente después del triunfo de la revolución cubana.

La historia del neo-liberalismo monetarista es otra y bien distinta. Si el desarrollismo fue generador de pensamiento, el monetarismo ha sido fabricante de recetas: por lo menos el que hemos visto aplicado en nuestros países. En nuestro medio no es posible detectar propiamente un pensamiento o una filosofía neo-liberales. Ello no se debe, por cierto, a que la mencionada escuela carezca de tales sustentos. Basta leer para ello a los economistas austríacos. El problema radica en que el esquema aquí aplicado ha sido el de un neo-liberalismo inculto, dogmático y fuera de contexto.

A diferencia del desarrollismo, el neo-liberalismo monetarista ha fracasado en un período mucho más breve y de manera mucho más estrepitosa. Más aún, se parece a un derrumbe fenicio, que nada deja después de su paso excepto un inmenso vacío. El que hoy en día sólo logre sustentarse en América Latina, con el apoyo de regímenes dictatoriales o pseudo-democráticos, es prueba suficiente de que la presión generada por los costos sociales sólo puede mantenerse bajo la aplicación de medidas represivas.

Suponiendo, empero, que el neo-liberalismo monetarista se hubiese aplicado de manera acorde con la riqueza del pensamiento de sus creadores, especialmente austríacos, su fracaso, en el contexto latinoamericano, habría sido igualmente inevitable. Esto es así al menos por tres razones. Primero, porque a pesar de poder impulsar el crecimiento económico, no es generador de desarrollo en el sentido amplio que hoy lo entendemos. Segundo, porque sus supuestos de racionalidad económica son profundamente mecanicistas e inadaptables, por lo tanto, a las condiciones de países pobres, donde la miseria no puede erradicarse como consecuencia de la liberalización de un mercado del que los pobres se encuentran, de hecho, marginados. Tercero, porque en mercados restringidos y oligopólicos, donde los grupos de poder económico no se enfrentan a fuerzas capaces de limitar su comportamiento, la actividad económica se orienta con sentido especulativo, lo que deriva en resultados concentradores que son socialmente inaguantables.

Hay que destacar, por último, que ambas concepciones económicas han compartido algunos elementos, aunque con distinta intensidad. Las dos han pecado de mecanicistas y de provocar resultados económicos concentradores. Para el neo-liberalismo, el crecimiento es su fin en sí mismo y la concentración se acepta como una consecuencia natural. Para el desarrollismo, el crecimiento es una condición económica que conllevará desarrollo. Ambas suponen que la concentración estimula el crecimiento, lo cual es demostrable estadísticamente, —pero, mientras el neo-liberalismo no ve necesidad alguna de limitarla, el desarrollismo, que sí reconoce límites, no logra controlarla. El desenlace de esta historia de cuarenta años es incierta, finalmente, en la situación de perplejidad en que hoy nos encontramos.

Reacciones ante las frustraciones

Hay diferentes reacciones frente a la situación actual. Están, por ejemplo, los que sostienen que, después de todo, el naufragio no se ha producido. Argumentan para ello que durante las últimas dos décadas y media los niveles de ingreso se han más que duplicado, que ha habido una notable expansión del producto y que se han multiplicado las exportaciones. Todo ello es cierto.

Sin embargo, están los que exhiben la otra cara de la realidad: el agravamiento de la pobreza en los sectores populares, el hecho de que algo más de un tercio de la población económicamente activa se debate entre el desempleo y el subempleo, el agravamiento de los grandes déficits sociales, especialmente la vivienda, y, por último, una deuda externa que, al margen de las consideraciones éticas respecto de lo que tendríamos o no tendríamos que hacer, resulta claramente impagable a menos que agravemos nuestra pobreza y agotemos nuestros recursos hasta límites estructuralmente irreversibles.

Hay quienes ven la posibilidad de que, al enmendar ciertos errores, es posible revitalizar esquemas que resultaron atractivos en el pasado. Otros, como es el caso de los autores de este documento, ven un inmenso espacio abierto para diseñar alternativas radicalmente distintas. La segunda posición se sustenta no sólo en la percepción de una experiencia histórica agotada, sino en algunos errores graves que podrían cometerse al aplicar soluciones convencionales para escapar de la crisis.

Al enfrentar el futuro se corre el riesgo de caer en errores de percepción o de equivocarse en la acción. En materia de percepción se cometen dos errores graves. El primero es pensar que la crisis económica latinoamericana es atribuible a la crisis externa. El segundo, que se desprende del anterior, es suponer que nuestra depresión es coyuntural. Si bien es cierto que las condiciones externas influyen en economías dependientes y vulnerables como las nuestras, no es menos cierto que una recuperación de la economía capitalista del norte no tendría necesariamente efectos significativos para nuestra propia recuperación. Las razones se desprenden de los errores que pueden cometerse en materia de acciones, y que señalamos a continuación.

Sería totalmente ilusorio sustentar una estrategia de desarrollo futura en la expansión de las exportaciones de productos primarios, por la sencilla razón de que todo indica que el grueso de ellos mantendrán, por diversas razones, condiciones desfavorables en los términos de intercambio, mientras otros comienzan a ser desplazados por sustitutos más eficientes. Del mismo modo, una estrategia sustentada en la diversificación de las exportaciones, entendida ésta como exportación de manufacturas, se estrellaría inevitablemente contra las políticas proteccionistas de las potencias del norte. Suponer, por otra parte, un desarrollo apoyado en las contribuciones externas de capital, queda descartado de plano por el gravísimo e irresoluble estado en que nos mantiene el endeudamiento.

De lo dicho se desprende que nuestra situación dista mucho de ser coyuntural. De allí que resulta inevitable, en nuestra opinión, desplegar todos los esfuerzos posibles para diseñar alternativas imaginativas pero viables. Las condiciones de tal —o de tales— alternativas parecen bastante claras. Por una parte, si las dos concepciones económicas que han dominado el escenario latinoamericano no han logrado satisfacer las legítimas carencias de las mayorías latinoamericanas, una nueva concepción ha de orientarse primordialmente hacia la adecuada satisfacción de las necesidades humanas. Por otra parte, si el desarrollo futuro no puede sustentarse en la expansión de las exportaciones (por las barreras descritas), ni en sustanciales aportes de capital foráneo por las dramáticas limitaciones que impone la deuda externa, la nueva concepción ha de orientarse inevitablemente hacia la generación de una creciente autodependencia.

Objetivos del Desarrollo a Escala Humana

Este trabajo propone, como perspectiva que permita abrir nuevas líneas de acción, un Desarrollo a Escala Humana. Tal desarrollo se concentra y sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la sociedad civil con el Estado.

Necesidades humanas, autodependencia y articulaciones orgánicas, son los pilares fundamentales que sustentan el Desarrollo a Escala Humana. Pero para servir a su propósito sustentador deben, a su vez, apoyarse sobre una base sólida. Esa base se construye a partir del protagonismo real de las personas, como consecuencia de privilegiar tanto la diversidad como la autonomía de espacios en que el protagonismo sea realmente posible. Lograr la transformación de la persona-objeto en persona-sujeto del desarrollo es, entre otras cosas, un problema de escala; porque no hay protagonismo posible en sistemas gigantísticos organizados jerárquicamente desde arriba hacia abajo.

El Desarrollo a Escala Humana apunta hacia una necesaria profundización democrática. Al facilitar una práctica democrática más directa y participativa, puede contribuir a revertir el rol tradicionalmente semi-paternalista del Estado latinoamericano, en rol estimulador de soluciones creativas que emanen desde abajo hacia arriba y resulten, por lo tanto, más congruentes con las aspiraciones reales de las personas.

Estado y participación social en América Latina

Sin pretender realizar un análisis histórico o sociológico sobre los modelos de Estado en la región, parece importante, empero, constatar la incapacidad histórica de tales modelos para la plena promoción de espacios de participación popular.

A los procesos de independencia y constitución de estados nacionales en América Latina siguieron procesos de desarrollo impulsados y controlados por las oligarquías nacionales. Estos se desenvolvieron en el marco de democracias liberales y tuvieron por objetivo el desarrollo capitalista y la integración con los mercados externos. Pero estas democracias excluyeron de la vida política a las masas populares, privándolas de canales de participación social o de presión política.

Este carácter ostensiblemente restringido de los espacios de participación y de los beneficios sociales del desarrollo capitalista-oligopólico precipitó la crisis del Estado oligárquico. Una nueva fase en la modalidad estatal fue la de los regímenes populistas-nacionalistas, que intentaron combinar mayor participación popular con la formulación de proyectos nacionales homogéneos que permitieron una modernización más ágil y sólida de la nación. Estos sistemas abrieron canales de representación política —el sufragio universal—, y crearon mecanismos de representación sectorial. Como forma de gobierno, el principal aporte del populismo fue el reconocimiento de grupos sociales hasta entonces excluidos del concierto político. Puesto que el Estado mismo se hizo cargo de este proceso de incorporación de nuevos actores al desarrollo, esto redundó en un considerable aumento de su función reguladora. A la mayor participación política de sectores incorporados a la vida socio-política acompañaron políticas redistributivas piloteadas por el Estado.

Si bien este modelo estatal tuvo la fuerza de legitimarse frente al tradicional Estado oligárquico, el Estado populista necesitó, por su propia precariedad frente a grupos internos de poder económico y a las presiones imperialistas de países ricos, consolidar de manera compulsiva proyectos nacionales homogéneos. Estos proyectos no fueron capaces de reflejar la heterogeneidad de sectores y comunidades que componen la sociedad civil, de modo que la participación social y el protagonismo popular se vieron socavados por el autoritarismo implícito en el ‘proyecto único’, y por mecanismos burocráticos y paternalistas que reforzaron la verticalidad y la concentración de poder.

La tensión entre proyectos homogéneos y diversidad de actores sociales que claman por mayor protagonismo, se repite en la ola de regímenes progresistas que ocuparon buena parte del escenario político en muchos países de la región. Tales Estados no buscaron legitimación mediante la democracia política —y esto los diferencia de los populismos constituidos por sufragio universal— sino a través del respaldo popular obtenido mediante la expansión de conquistas sociales y nacionales, y a través del control sindical de tipo corporativo en muchas de las funciones del Estado.

Los regímenes políticamente autoritarios, y liberales a ultranza en lo económico, han sido los más representativos del último decenio, muy especialmente en el Cono Sur de América Latina. En ellos se combina la concentración del poder político (acompañado de represión física y psicológica sobre la población civil) con la privación para amplios sectores de los beneficios sociales y económicos que habían conquistado bajo el alero de gobiernos populistas o progresistas. Es en estos regímenes represivos, de corte neoliberal, donde la participación social y el protagonismo popular se han visto más devastados.

Pero es precisamente en estos regímenes, y frente a esta crisis aguda, donde las oposiciones democráticas revalorizan la necesidad de fundar un orden basado en la articulación de la democracia política con la participación social. Es en esta dirección que apunta, también, el presente documento. La alternativa, en las actuales condiciones, gira menos entorno a opciones ideológicas estereotipadas que en la posibilidad de combinar procesos de desconcentración económica, descentralización política, fortalecimiento de instituciones auténticamente democráticas y autonomía creciente de los movimientos sociales emergentes.

El desafío va más allá del tipo de Estado y se extiende hacia la capacidad de la propia sociedad civil para movilizarse y adecuar un orden político representativo a los proyectos de los diversos y heterogéneos sujetos sociales. La pregunta candente, no sólo para un Estado democrático, sino también para una sociedad y una cultura democrática en la región, no es ya cómo contener la diversidad, sino cómo respetarla y estimularla. Al respecto, un tipo de desarrollo orientado a fortalecer espacios locales, micro-organizaciones y la multiplicidad de matrices culturales dispersas en la sociedad civil, no puede eludir la tarea de consolidar prácticas y mecanismos que comuniquen, socialicen y rescaten las diversas identidades colectivas que conforman el cuerpo social.

Estos procesos de protagonismo creciente resultan, pues, decisivos para articular proyectos que expandan la autonomía nacional y que socialicen de manera más equitativa los frutos del desarrollo económico. De allí que sea indispensable zanjar la creciente atomización de movimientos sociales, identidades culturales y estrategias comunitarias. Articular estos movimientos, identidades, estrategias y demandas sociales en propuestas globales no es posible mediante la homogeneización que caracterizó a los populismos o nacionalismos. Requiere, por parte del Estado, nuevos mecanismos institucionales capaces de conciliar participación con heterogeneidad, formas más activas de representatividad y mayor receptividad en cada una de las instancias públicas.

No es el objetivo del presente documento desarrollar una propuesta en torno al modelo de Estado adecuado para la promoción de un Desarrollo a Escala Humana. Nuestro énfasis recae en las exigencias para y desde la propia sociedad civil. Esto no implica en absoluto la minimización de la problemática del Estado, sino la voluntad de complementar propuestas políticas para el Estado con la perspectiva de los actores sociales, de la participación social y de las comunidades y del potencial que en sí mismos puedan contener. Nuestro énfasis en una democracia social o bien en una democracia de la cotidianeidad no obedece a la despreocupación por la democracia política, sino a la convicción de que sólo rescatando la dimensión ‘molecular’ de lo social (micro-organizaciones, espacios locales, relaciones a Escala Humana) tiene sentido pensar las vías posibles de un orden político sustentado en una cultura democrática. Compartimos en este sentido la idea de que, para evitar la atomización y la exclusión, sea en lo político, en lo social o en lo cultural, es imprescindible generar nuevas formas de concebir y practicar la política. El presente documento no pretende describir tales formas, sino abrir —siempre abrir— espacios de reflexión y de sensibilización que expandan la conciencia crítica ante lo que vivimos y promuevan una sensación de urgencia por nuevos caminos de acción política.

Hábitos y sesgos en los discursos del desarrollo

Mas allá de la apretada síntesis de los acápites precedentes, nuestra reflexión compartida nos ha permitido concretar algunas conclusiones que amplían el contexto de la problemática urgente de modificar sustancialmente nuestros conceptos y enfoque de desarrollo.

Vivimos y trabajamos una historia que desconoce la subhistoria que la hace posible. De allí que observamos cotidianamente las graves desarticulaciones que se dan entre las actuaciones de las cúpulas políticas y las aspiraciones e impulsos que se desencadenan en los sectores populares. Buscamos justificación para nuestras acciones en los planteamientos o pensamientos que atribuimos a nuestro difunto héroe de turno, sin siquiera percatarnos de la sabiduría del hombre y la mujer que siembran el maíz y que, al compartirlo en la olla común, logran sobrevivir, no por lo que hemos hecho, sino a pesar de lo que no hemos hecho.

Vivimos y trabajamos modelos de sociedad que desconocen la complejidad creciente de la sociedad real en que estamos inmersos. De allí que observamos el quehacer febril y obsesionado de los tecnócratas que diseñan soluciones antes de haber identificado el ámbito real de los problemas. La justificación de los modelos las buscamos en los modelos mismos, de manera que cuando las soluciones fracasan, no es por fallas del modelo, sino por trampas que hace la realidad. Esa realidad que se hace presente no se percibe como un desafío que hay que enfrentar, sino como un obstáculo que hay que domesticar imprimiendo aún mayor fuerza en la aplicación reincidente del modelo.

Vivimos y trabajamos la importancia orientadora de nuestros conocimientos formales adquiridos. De allí que observamos en tantos dirigentes un miedo patológico al protagonismo y a la libertad. El pueblo está para ser orientado, aún por aquellos que se dan el lujo de desconocer la orientación del pueblo. Así se diseñan programas para concientizar, porque por alguna extraña razón, se supone que el que sufre no sabe por qué sufre, y al que le va mal no sabe qué es lo que lo aqueja.

Vivimos y trabajamos la construcción de un orden, sin entender lo que es ordenable ni lo que estamos ordenando. De allí que observamos el culto fetichista por la forma como manera de ocultar el temor inconsciente a las incertidumbres que encierra el fondo. Confundimos así la ley con la justicia y el reglamento con la eficiencia. Identificamos la generosidad con la limosna y la participación con la reivindicación concedida. Utilizamos las palabras sin respetar su contenido y acabamos así construyendo caricaturas en vez de contextos coherentes en los cuales sustentar la construcción de nuestros proyectos de vida individuales y colectivos.

Conscientes de todo lo expuesto, la propuesta que hemos elaborado no es un modelo. Es una opción abierta que sólo se justifica en la medida en que se la asuma y entienda como construcción permanente. Nada en ella pretende exhibir el rango de solución definitiva, porque entendemos que el ser humano y todo su entorno son componentes de un fluir permanente que no pudo detenerse con milenarismos ni menos con ocasionalismos.

*Publicado en: Development Dialogue, Numero especial 1986. CEPAUR, Fundacion Dag Hammarskjold.

Nota:
[1] Con la colaboración de: Felipe Herrera, Hugo Zemelman, Jorge Jatobá, Luis Weinstein.

Primera parte del libro ‘Desarrollo a escala humana: una opción para el futuro’, de Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn, Santiago (Chile), otoño de 1986.

fuente http://habitat.aq.upm.es/deh/

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Plan ciudadano para actuar en caso de accidente nuclear

Fundación para la defensa del ambiente (FUNAM) Cátedra de Biología Evolutiva (Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba)

Autor: Prof. Dr. Raúl A. Montenegro, Biólogo, Colaboraron: Nayla Azzinnari (Revisión) , Alejandro Noriega (Apoyo Gráfico)

Capítulo I

Introducción

1. ¿Cuántas instalaciones nucleares peligrosas existen en argentina?

En Argentina existen varias instalaciones nucleares que tienen materiales y residuos radiactivos¿Cuántas instalaciones nucleares peligrosas existen en Argentina? de alta actividad cuya liberación al ambiente por accidente interno, impacto de avión comercial de gran porte, acto terrorista u otra razón podrían afectar en forma negativa a las personas, otros seres vivos y el ambiente [9]. De acuerdo a la cantidad de material radiactivo de alta actividad que contienen las hemos agrupado en tres categorías: Categoría 1 (riesgo alto), Categoría 2 (riesgo medio) y Categoría 3 (riesgo menor).

Categoría 1 (riesgo alto). Reactores nucleares de potencia. Cada central tiene grandes cantidades de materiales altamente radiactivos en su reactor y además en el depósito de combustible nuclear agotado (ubicado fuera del reactor). En Argentina operan dos centrales nucleares, Embalse en la provincia de Córdoba y Atucha I en Lima, provincia de Buenos Aires. Luego se agregarán en Lima los reactores Atucha II y Carem 25 (ambos en construcción) [13].

Categoría 2 (riesgo medio). Depósitos de residuos radiactivos de distinto nivel. Tienen almacenadas cantidades significativas de residuos radiactivos aunque en una cantidad inferior a la suma de residuos radiactivos presentes en los reactores de potencia. Estos depósitos se encuentran en el Área de Gestión Ezeiza (AGE) ubicada en el Centro Atómico de Ezeiza (CAE). El AGE tiene una planta de tratamiento y acondicionamiento de residuos sólidos de baja actividad, un sistema de disposición final para residuos radiactivos sólidos, un sistema de disposición final de residuos líquidos, un sistema de disposición final de residuos sólidos estructurales, un depósito interno para fuentes y residuos sólidos de media actividad y un depósito húmedo de almacenamiento, también interino, de combustibles gastados de reactores de investigación.

Categoría 3 (riesgo menor). Reactores nucleares de investigación. Comparados con las centrales nucleares de potencia tienen cantidades significativamente menores de materiales altamente radiactivos en el corazón del reactor. También suelen tener un depósito de combustible nuclear agotado (generalmente dentro del edificio que aloja al reactor). En Argentina operan seis reactores de investigación: el RA-0 ubicado en Córdoba (Ciudad Universitaria); el RA-1 situado en el Centro Atómico Constituyentes (CAC), en San Martín, provincia de Buenos Aires; el RA-3 ubicado en el Centro Atómico Ezeiza (CAE), en Ezeiza, Buenos Aires; el RA-4 localizado en la Universidad Nacional de Rosario, provincia de Santa Fe; el RA-6 situado en el Centro Atómico Bariloche (CAB), en la provincia de Río Negro, y el RA-8 ubicado en el Centro Tecnológico de Pilcaniyeu en la provincia de Río Negro [14].

Si los reactores nucleares Atucha I y Embalse sufrieran accidentes nivel 7 en la escala del INES –el peor posible, ver abajo- sus efectos negativos podrían extenderse sobre varias provincias de Argentina pero también afectar a Uruguay (más cercano a Atucha I) y Chile (más cercano a Embalse).

2. Cualquier instalación nuclear que tenga residuos altamente radiactivos puede sufrir accidente grave.

Todas estas instalaciones pueden sufrir un accidente nuclear grave con liberación masiva de materiales altamente radiactivos aunque tengan sistemas de seguridad. Ninguna tecnología está exenta de sufrir el peor accidente posible. Cuando ocurre un accidente mayor se liberan al ambiente cócteles de radioisótopos (cientos de distintos radioisótopos). Entre los más peligrosos se encuentran Estroncio-90, Cesio-137, Iodo-131 y Plutonio-239.

En Argentina ya se han registrado accidentes nucleares graves en reactores e instalaciones y la mayor parte se mantuvo en secreto.

3. El uso de la escala INES para clasificar los accidentes nucleares.

Por más seguras que sean las centrales nucleares de potencia, como Atucha I y Embalse, cualquier reactor puede sufrir incidentes y accidentes. Desde 1990 la Escala Internacional de Eventos Nucleares (INES), del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), los clasifica de 0 a 7:

Nivel 7: “Accidente  evento mayor”
Nivel 6: “Accidente o evento serio”
Nivel 5: “Accidente o evento de consecuencias amplias”
Nivel 4: “Accidente o evento de consecuencias locales”
Nivel 3: “Incidente serio”
Nivel 2: “Incidente”
Nivel 1: “Anomalía”
Nivel 0: “Desvío (sin significado de seguridad)”

“Accidente nuclear” alude al resultado de fallas humanas y tecnológicas registradas en el interior de los reactores, depósitos e instalaciones asociadas. “Evento nuclear” es más amplio. Comprende tanto los accidentes nucleares (ya mencionados) como las consecuencias generadas por terremoto, ataque terrorista y otras causas externas. Por razones prácticas, cada vez que utilicemos la palabra “accidentes” también nos estaremos refiriendo a eventos.

Se debe tener presente que tanto en Atucha I como Embalse existen tres posibilidades de accidente:

Posibilidad 1: accidente nivel “4”, “5”, “6” o “7” en el reactor nuclear, su sistema de refrigeración y demás instalaciones asociadas.

Posibilidad 2: accidente nivel “4”, “5”, “6” o “7” en el depósito de combustible nuclear agotado que se encuentra próximo al reactor y sus instalaciones, donde se acumulan las barras de combustible que produjo hasta ese momento el funcionamiento del reactor.

Posibilidad 3: accidente nivel “4”, “5”, “6” o “7”, simultáneo, en el reactor y sus instalaciones asociadas y en el depósito de combustible nuclear agotado.

El Plan Ciudadano asume que el gobierno de Argentina dirá la verdad sobre el accidente, sin minimizarlo y sin ocultar información. Por eso es tan importante tener un organismo regulador independiente de CNEA y NASA, algo que no ocurre en la actualidad con la Autoridad Regulatoria Nuclear de Argentina (ARN).

Ningún cálculo de probabilidades de accidente nuclear impide que tales accidentes ocurran. Cualquier tipo de reactor puede sufrir el peor evento posible. Aunque sus responsables lo nieguen.

4. ¿Cuáles son las posibles causas externas de accidente nuclear?

1) Inundaciones.
2) Vientos extremadamente fuertes (por ejemplo tornados, huracanes).
3) Condiciones climáticas extremas que pudieran afectar el normal funcionamiento de las plantas y sus instalaciones, incluidos los motores de las bombas de refrigeración de emergencia (por ejemplo temperaturas extremadamente altas o bajas).
4) Condiciones climáticas extremas que afecten la disponibilidad de agua de refrigeración (descenso del nivel de agua del lago, caso Embalse; disminución del caudal del río Paraná, caso Atucha I).
5) Impacto de avión.
6) Condiciones electromagnéticas adversas en el ambiente (por ejemplo interferencia electromagnética, pulsos electromagnéticos).
7) Bombardeo (durante conflictos bélicos).
8) Terremoto (cuando las barreras de protección y la totalidad de las instalaciones de la central nuclear sufren un terremoto y réplicas para los cuales no están preparadas).
9) Accidentes en instalaciones próximas, no nucleares.
10) Actos terroristas.
11) Tsunami por causa no sísmica (océano Atlántico en el caso de Atucha I).
12) Colapso en la provisión de combustible, energía eléctrica y otros insumos críticos.
13) Actividad volcánica (Córdoba y Buenos Aires quedarían exentas de este riesgo).
14) Combinación de dos o más causas que ocurran al mismo tiempo o en forma secuenciada [6].

5. ¿Cuáles son las posibles causas internas de accidente nuclear?

1) Fallas humanas en las decisiones (por acción, por omisión).
2) Fallas humanas en el comportamiento de los operadores (que puede resultar de fallas en la periódica evaluación psicofísica del personal que opera las plantas).
3) Fallas de diseño del reactor y sus instalaciones.
4) Fallas de diseño en los depósitos de combustible agotado.
5) Problemas de construcción y de manufactura de elementos.
6) Defectos en los materiales.
7) Fallas en los equipos, componentes y sistemas.
8) Crisis en la disponibilidad de personal especializado.
9) Sabotaje interno deliberado o realizado por personas con trastornos psicológicos.
10) Combinación de dos o más causas que actúen al mismo tiempo o en forma sucesiva [6].

Puede ocurrir que el accidente nuclear sea el resultado de causas internas y externas que ocurran al mismo tiempo o en forma secuenciada.

6. ¿Hasta dónde pueden llegar los efectos en caso de accidente?

En caso de accidente nuclear grave, el radio alrededor del reactor o depósito de residuos ¿Hasta dónde pueden llegar los efectos en caso de accidente?altamente radiactivos variará de acuerdo a la gravedad de la descarga de material radiactivo al ambiente. Dado que no pueden preverse las condiciones meteorológicas ni antes ni durante el potencial accidente nuclear, se considera que ese impacto alrededor de la central es circular.

Los accidentes con explosiones químicas e incendios favorecen la migración vertical de los radioisótopos pues el aire caliente eleva los contaminantes (fenómeno convectivo). Los vientos en tanto favorecen su dispersión horizontal [7]. La existencia de inversiones térmicas de superficie, frecuentes en Córdoba durante el otoño y el invierno crea “tapones de aire caliente” que impiden la migración en altura de contaminantes y aumenta su concentración a menor altura [8]. Esto puede aumentar las consecuencias locales de un accidente nuclear grave.

Frente al peor accidente posible (7 en la escala del INES) el área circular expuesta a niveles de radiación por encima del fondo natural, incluso a valores muy altos, queda definida por un radio de hasta 500-700 kilómetros [1].

En el Mapa adjunto se han representado los eventuales impactos circulares para radios de 500 y 700 kilómetros alrededor de Embalse y Atucha I.

Para los reactores de investigación y el depósito de residuos radiactivos de Ezeiza (AEG-CAE) no se marcaron las áreas de impacto. Solo se indica el lugar donde están instalados.

En caso de accidente nuclear, la Autoridad Regulatoria Nuclear de Argentina (ARN) y otros organismos del Estado establecerán su nivel de gravedad (escala INES) y el área geográfica afectada para que sus pobladores apliquen las consignas.

Donde sea posible, las autoridades deberán instalar sirenas de aviso a la población pero difundiendo previamente el significado de sus sonidos.

7. Todos debemos estar preparados.

Cualquier instalación nuclear que contenga residuos altamente radiactivos puede sufrir un accidente grave. No importa su tecnología, quienes la operen ni donde se encuentre ubicada. Por eso lo mejor es estar preparados.

Para colaborar con esa preparación elaboramos un Plan Ciudadano con consignas prácticas [10].

Decidimos distribuir este Plan Ciudadano en Argentina porque el gobierno de Argentina y las distintas provincias –en particular Córdoba y Buenos Aires- no instruyeron a la población para que actúe ante un accidente o evento nuclear en reactores y depósitos de materiales altamente radiactivos.

La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN) y Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NASA) solo realizan simulacros de accidente nuclear, menor, en un radio de 10 kilómetros alrededor de Atucha I y Embalse. Instruyen a las poblaciones residentes cerca de las centrales pero dejan sin preparar a los millones de personas que viven afuera de ese radio [2].

Cuando las personas desconocen cómo actuar ante un accidente nuclear, quedan más expuestas a la radiación ionizante y a los materiales radiactivos, lo que puede afectar gravemente su salud.

Aunque esperamos que en Argentina no se registre un grave accidente nuclear, esa posibilidad existe. De allí que necesitemos estar preparados.

Los gobiernos de las provincias de Buenos Aires y Córdoba –donde están localizadas ambas centrales nucleares- tampoco prepararon a sus ciudadanos. Algo similar ha ocurrido con provincias vecinas a Córdoba y Buenos Aires [3].

En Uruguay la Dirección Nacional de Energía y las áreas de salud deberían preparar a los ciudadanos para que se protejan ante un accidente nuclear en Atucha I [4]. Sería recomendable que también lo hicieran las autoridades nucleares y de salud en Chile por su relativa proximidad con la central nuclear de Embalse en Córdoba. Ante un accidente nuclear grave con descarga de materiales radiactivos en altura, la cordillera de los Andes no es una barrera inexpugnable. Además se podrían contaminar los glaciares andinos que proveen de agua potable a ambos países.

En caso de accidente ¿cómo se trataría a las personas enfermas por radiación? En Argentina la Nación y los gobiernos provinciales –en especial los de Córdoba y Buenos Aires- no han desarrollado una infraestructura hospitalaria específica y capacidad médica de emergencia para actuar ante un accidente nuclear mayor que produjera gran cantidad de víctimas por contaminación radiactiva [10]. Esta situación debe revertirse lo antes posible.

Para que el Plan Ciudadano sea efectivo, los individuos, las familias y las instituciones deben leerlo periódicamente y familiarizarse con su contenido y muy especialmente con las consignas. Es deseable que en cada familia o institución se hagan encuentros para discutir este tema y hacer simulacros.

Copias de este documento deben estar disponibles en distintos lugares de los hogares e instituciones. La parte del documento con consignas puede reproducirse separadamente y ser colocada, protegida del agua, del Sol y del roce mecánico, en lugares fácilmente visibles.

Nuestro trabajo tiene una limitación: para que funcione es necesario que el gobierno avise públicamente cuándo ocurre un accidente, cuál es su gravedad de acuerdo a la escala INES y hasta dónde llegan sus efectos.
 
8. No hay ningún valor inocuo de radiación ionizante.

La radiación no se ve, no se huele ni se palpa. Cuando decimos “radiación” producida por un accidente se trata en realidad de materiales radiactivos, y de la radiación ionizante que estos producen (partículas Alfa, partículas Beta, radiación Gamma). Entre ellos hay materiales radiactivos que se “descomponen” más rápidamente y materiales radiactivos que siguen siendo peligrosos durante más de 240.000 años (como el Plutonio 239).

Todos los seres vivos están expuestos a la radiación natural de fondo producida por los radioisótopos naturales contenidos dentro del organismo, por la radiación procedente de los materiales radiactivos que están en las rocas, el suelo, el aire y los materiales de construcción, y por la radiación cósmica. La operación de las centrales nucleares, con sus descargas rutinarias, y los accidentes nucleares (como Chernobyl o Fukushima), “agregan” más materiales radiactivos (radioisótopos artificiales, distintos a los naturales) y más radiación (esos radioisótopos artificiales suelen ser más radiactivos que los naturales).

Debe quedar claro que para las células, los tejidos, los órganos y los organismos completos no hay ningún valor de radiación ionizante que sea inofensivo. Cualquier valor de radiación representa un riesgo. La mayor parte de los efectos no son inmediatos, sino que tardan años en manifestarse. Incluso la radiación natural de fondo plantea riesgos, pero son comparativamente menores y además no podemos evitarla. Los reactores y las instalaciones nucleares, en cambio, nos “imponen” más radioisótopos y radiación, y se “suman”, con características mucho más peligrosas, a la radiación natural de fondo.

Como no hay ningún valor seguro de radiación ionizante se creó la llamada “dosis aceptable” y por lo tanto “límites aceptables” de radiación. Cuando la radiación medida está “por debajo de la dosis aceptable” no quiere decir que sea inocua, sino que las enfermedades y muertes que ella provoca –porque toda dosis de radiación es potencialmente dañina- se consideran “aceptables”. Los organismos que establecieron estos límites, indispensables para que se desarrolle la actividad nuclear, son BEIR, UNSCEAR e ICRP.

Debe recordarse que los radioisótopos artificiales descargados rutinariamente por cualquier reactor nuclear de potencia, incluidas Atucha I y Embalse, también pueden dañar al ser humano y otros organismos vivos. Cada día las centrales descargan pequeñas dosis de decenas de radioisótopos diferentes al aire, el agua y el suelo. Un estudio reciente realizado en Alemania sobre niños de hasta 5 años que habitan a distintas distancias de 16 centrales nucleares demostró que quienes vivían dentro de un radio de 5 kilómetros tenían 1,6 veces más cánceres sólidos y 2,2 veces más leucemias (1980-2003). La investigación fue originalmente encargada por el gobierno de Alemania y publicada en 2008 [11]. Sugestivamente, en Argentina no se han realizado estudios epídemiológicos independientes ni en las zona de Embalse ni en la zona de Atucha.

Cuando un accidente o evento nuclear libera materiales radiactivos al ambiente, las partículas radiactivas (micropartículas, nanopartículas) pueden desplazarse por aire cientos y miles de kilómetros. Por eso la contaminación del aire producida por Fukushima I en Japón llegó a lugares tan distantes como Gran Bretaña o Estados Unidos. Para que esa radiación dañina deje de serlo es preciso esperar a que los materiales radiactivos “decaigan” (se transformen en otros materiales radiactivos o en un material estable no radiactivo). Esto depende de los radioisótopos (cada uno tiene su propia vida media) y de la cantidad de material radiactivo que se encuentre en un lugar determinado.

La mejor forma de conocer el impacto que se está produciendo en un lugar cualquiera por causa de un accidente nuclear es medir la radiación en aire, suelo y agua y determinar si las lecturas están o no por encima de los valores naturales de fondo. Cualquier aumento, por pequeño que sea, implica un aumento en el riesgo (aunque las cifras sean inferiores a las “dosis aceptadas”).

Lamentablemente los radioisótopos liberados en los ambientes naturales de la Tierra, cultivos y océanos pueden ser concentrados por los organismos vivos. Esto quiere decir que aunque la concentración de Estroncio-90 en agua sea baja, por ejemplo, los organismos vivos (la llamada “cadena alimentaria”) pueden aumentar su concentración 1.900 veces o más [12].

En Argentina no se realizan monitoreos independientes y continuos para conocer el impacto ambiental que están produciendo Atucha I y Embalse. Además los gobiernos provinciales de Córdoba y Buenos Aires no controlan y el único organismo nacional de fiscalización, la ARN, está comprometido con el programa nuclear.

9. Los ciudadanos somos quienes debemos decidir.

Lo que sucedió y sigue ocurriendo en Fukushima I debería servirnos de lección. Los 31 países que optaron por la tecnología nuclear de potencia pueden recapacitar (Alemania ya lo está haciendo) y las naciones que aún no la desarrollaron –más de 160- están a tiempo de privilegiar otras formas fuentes menos peligrosas además de incrementar la eficiencia energética y el ahorro.

Desde FUNAM rechazamos la entrada en operación de las centrales nucleares de Atucha II y Carem 25 en la provincia de Buenos Aires (ambas en construcción), la extensión de la vida útil de la central nuclear de Embalse en Córdoba y los proyectos para construir un reactor Carem 150 en Formosa y Atucha III en Buenos Aires.

Responsabilizamos a las autoridades nucleares de la nación y a los gobiernos provinciales involucrados por haber desarrollado y permitido un programa nuclear violatorio de normas vigentes, inconsulto, caro y extremadamente peligroso que provee menos del 7% de toda la energía eléctrica consumida en Argentina [5].

Por eso reclamamos que -hasta tanto se desactiven las centrales nucleares de potencia- estemos protegidos por un Plan Ciudadano y sus consignas.

Para ello los gobiernos de Argentina, Uruguay y Chile podrán tomar como propio este Plan. Hasta tanto lo adopten (o hagan planes propios) los ciudadanos tendremos el nuestro.

10. Referencias.
[1] Los radios han sido derivados de accidentes conocidos, principalmente Chernobyl y Fukushima. En Chernobyl el área contaminada, crítica, se extendió hasta un radio de 500 kilómetros que incluye un área de exclusión, interna y deshabitada, de hasta 30 kilómetros (IAEA. 2011. “Frequently asked Chernobyl questions”. IAEA, Newscenter, 4 p. Ver: http://www.iaea.org/newscenter/features/chernobyl-15/cherno-faq.shtml). Puede considerarse arbitrariamente como área de impacto toda el área barrida por la pluma de contaminación donde los materiales radiactivos diseminados han generado valores que se encuentran por encima del fondo radiactivo natural correspondiente a cada punto de medición. Con este criterio el área de impacto se expande notablemente. La Scottish Environment Protection Agency (SEPA) encontró, en el Reino Unido, niveles bajos de Iodo-131 en aire que los investigadores atribuyeron al accidente de Fukushima. Las muestras procedían de la ciudad de Glasgow. Hallazgos similares en Oxfordshire fueron reportados por la Health Protection Agency (HPA). Fuentes: AP/Kyodo News, 29 March 2011, “Japan radioactivity found in UK”; The Telegraph, UK, 31 March 2011, “Japan nuclear crisis: radioactive particles in Britain. Low levels of radioactive iodine believed to be from the damaged Fukushima nuclear plant in Japan have been detected in Britain”. En Japón valores muy altos de Iodo-131 se encontraron en la ciudad de Tokyo, a 250 kilómetros de distancia. En base al área de impacto reconocida para Chernobyl por la IAEA (500 kilómetros), a la existencia de impactos fuera de esta franja y a los impactos derivados del accidente de Fukushima consideramos dos radios de mayor impacto ante un accidente grave: un primer radio de hasta 500 kilómetros, con impacto crítico, y un área expandida de hasta 700 kilómetros con impacto subcrítico. Esto no quiere decir que fuera de dichos radios no existan impactos, pero es necesario definir una zona mínima donde la preparación ante accidente debe ser más rigurosa.

[2] La ARN y otros organismos públicos de la Nación y las provincias de Córdoba y Buenos Aires no han distribuido consignas porque no quieren alarmar a la población. Además, porque al implementar un Plan Ciudadano aplicable 500 a 700 kilómetros alrededor de cada central nuclear de potencia equivale a reconocer algo obvio, que ese grave accidente puede ocurrir. Con silencio y omisión, además de mensajes tranquilizadores pero sin asidero técnico, niegan la realidad para que no peligre el programa nuclear ni la construcción de nuevas centrales de potencia. Fukushima cambió por completo el escenario nuclear internacional y está empezando a ocurrir lo mismo en Argentina aunque las autoridades nucleares hayan privilegiado –por ahora- el silencio.

[3] FUNAM presentó al gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, una nota donde se le expuso la indefensión a que estaba sometida la población por falta de Plan Ciudadano, y se le adjuntó una copia del plan elaborado por FUNAM y la Cátedra de Biología Evolutiva Humana (Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba). La nota ingresó el 26 de noviembre de 2010 y nunca fue respondida. Ni siquiera cuando ocurrieron los accidentes de Fukushima.

[4] Es importante mencionar que Uruguay pretende tener su propio desarrollo nuclear pero no ha desarrollado planes ciudadanos para que sus ciudadanos estén preparados ante eventuales accidentes graves en Atucha I (Presidencia de la República. 2011. “Energía atómica en Uruguay”. Comunicado de Prensa de la Presidencia de la República, Uruguay. Ver: www.presidencia.gob.uy).

[5] Squassoni, C. 2009. “Energía nuclear: renacimiento en América Latina”. NPS, No Proliferación para la Seguridad Global, 2 p.

[6] Listados elaborados en base a enumeraciones menos extensas publicadas por M. Schneider; G. Kastchiev; S. Kurth; D. Lochbaum; E. Lyman & M. Sailer. 2007. “Residual risk. An account of events in nuclear power plants since the Chernobyl accident in 1996”. The Greens, European Alliance, Germany, 111 p.

[7] En los fenómenos de dispersión es muy importante tener en cuenta que la concentración de contaminantes disminuye a medida que aumenta la distancia desde la fuente. En el caso de los materiales radiactivos actúa además la vida media correspondiente a cada radioisótopo, por lo cual -durante el proceso de desplazamiento- “n” radioisótopos se transforman en otros radioisótopos, y “n” radioisótopos pueden decaer hasta transformarse en isótopos no radiactivos. El “efecto Petkau” determina sin embargo que aún las bajas dosis registradas a considerable distancia del accidente nuclear agregan riesgo biológico. Cualquier incremento del fondo radiactivo natural implica un aumento de ese riesgo.

[8] Ocurren principalmente en días claros, sin nubes y fríos. Las inversiones térmicas de superficie empiezan durante el atardecer, se mantienen por la noche y se prolongan en la mañana. Las temperaturas más altas del mediodía suelen “romper” esas inversiones. Los “tapones de aire caliente” creados por las inversiones térmicas de superficie suelen concentrar los contaminantes del aire a menor altura, entre el nivel del suelo y el nivel donde finaliza la capa de inversión. Ello agrava los efectos de un accidente o evento nuclear en las zonas próximas a las centrales. Cuando estas inversiones no son “rotas” por la mayor insolación y temperatura del mediodía los “tapones de aire caliente” pueden mantenerse más tiempo.

[9] Estos son los efectos producidos en el ser humano como consecuencia, por ejemplo, de accidentes que liberen materiales radiactivos artificiales. No incluyen los efectos químicos de los radioisótopos:

[a] Exposición por encima del fondo radiactivo natural (>2,4 mSv/año). En general sin síntomas perceptibles a nivel externo. Efectos de largo plazo (como cáncer y mutaciones hereditarias).
[b] Algunos centenares de milisieverts (mSv). Posibles náuseas y fiebre (pasajeras).  Efectos de largo plazo (como cáncer y mutaciones hereditarias).
[c] Entre 1.000 y 2.000 milisieverts. Síntomas notables. Vómitos, fiebre, cansancio. Efectos de plazo variable. Cáncer, malformaciones.
[d] Entre 2.000 y 4.000 milisieverts. Síntomas graves. Vómitos, fiebre, trastornos digestivos, hemorragias, caída del cabello. Efectos de plazo variable. Cáncer, malformaciones. Otras enfermedades.
[e] Entre 4.000 y 10.000 milisieverts. A los síntomas anteriores se agregan daños neurológicos que producen vértigo y desorientación. Aproximadamente el 50% de una población expuesta a esta dosis puede morir. Desarrollo de cáncer y malformaciones en los sobrevivientes. Otras enfermedades.
[f] Superior a 10.000 milisieverts. Muerte.
El Sievert (Sv) es la unidad de “dosis equivalente” y de “dosis efectiva”. Un Sv es igual a 1 Joule por Kilogramo. 1 Sv = 1.000 mSv.

[10] Estas consignas fueron elaboradas en base al Plan Ciudadano elaborado por FUNAM (varias versiones, la más reciente de 2010). Se agregaron elementos tomados de los siguientes documentos:

[a] Municipalidad de Zárate. Sin fecha. “Educación para la emergencia. Emergencia por contaminación del aire”. Municipalidad de Zárate, Buenos Aires, 8 p. Este documento lleva la firma de Omar E. Agatiello, Coordinador de la Junta Municipal de Defensa Civil. Sus consignas tienen errores técnicos (dosis de ioduro de potasio por ejemplo). Omite indicar que el Iodo estable solo es efectivo para bloquear el Iodo-131 y que no protege de la radiación ionizante. Tampoco cita contraindicaciones para el uso de Ioduro de Potasio.
[b] Pacific Health Sciences. 2011. “Potasium iodide as a thyroid blocking agent in radiation emergencies”. Pacific Health Sciences, Malibu, California, 4 p.
[c] Radnet. 2011. “Section 6: Radiation Protection Guidelines”. The Davistown Mueum, Hulls Cove, USA, 25 p. Ver: htto://www.davistownmuseum.org/cbm/Rad3.html
[d] USAPHC. 2010. “Radiation exposure from nuclear power plant incidents”. U.S. Army Public Health Command (USAPHC), USA, 2 p.
[e] WHO. 1999. “Guidelines for Iodine prophylaxis following nuclear accidents. Update 1999”. Document WHO/SDE/PHE/99.6, World Health Organization, Geneva, 30 p.
[f] Zanzonico, P.B. & D.V. Becker. 2000. “Effects of time administration and dietary Iodine levels on potassium iodide (KI) blockade of thyroid irradiation by 131-I from radioactive fallout”. Health Physics Journal, Vol. 78, n° 6, pp. 660-887.
Sobre el desarrollo de infraestructura hospitalaria específica y capacidad médica de emergencia para actuar ante un accidente nuclear mayor que produjera gran cantidad de víctimas por contaminación radiactiva pueden consultarse los siguientes trabajos:
[g] Manin, J.-P. 1988. “L’hypothese de l’accident majeur: Plan ORSEC-RAD. Plan particulier d’intervention, cellules mobiles d’intervention radiologique”. En: “Actes du Colloque nucleaire, santé, securité”. Conseil Général de Tarn & Garonne, Montauban, 21-13 Janvier 1988, pp. 449- 465.
[h] Huguenard, P. 1988. “Médicine de catastrophe et risque nucleaire”. En: “Actes du Colloque nucleaire, santé, securité”. Conseil Général de Tarn & Garonne, Montauban, 21-13 Janvier 1988, pp. 467- 476.
[i] Virenque, C. 1988. “Organisation des secours et des soins d’urgence en cas d’accident radiologique ou nucleaire”. En: “Actes du Colloque nucleaire, santé, securité”. Conseil Général de Tarn & Garonne, Montauban, 21-13 Janvier 1988, pp. 477-482.
[j] Tassart, J. 1988. “Le risque nucleaire: communiquer pour une maitrise collective”. En: “Actes du Colloque nucleaire, santé, securité”. Conseil Général de Tarn & Garonne, Montauban, 21-13 Janvier 1988, pp. 483-491.

[11] Kaatsch, D.; C. Spix; I. Jung & M. Blettner. 2008. “Childhood leukemya in the vicinity of nuclear power plants in Germany”. Deutsch. Arztebl. Int., Vol 105, n° 2, pp. 192-190. Según Fairlie este estudio (denominado KiKK): a) Tiene significado estadístico sólido (valor de p = 0,0034 para todos los cánceres y p = 0,0044 para leucemias); b) Es un meta análisis; c) Es un estudio de caso control (examinó 593 casos con menos de 5 años y 1.776 controles y d) El estudio se hizo en base a estudios muy rigurosos de las distancias. Ver: Fairlie, I. 2009. “Commentary: childhood cancer near nuclear power stations”. Environmentl Health, 8, pp. 43.

[12] Odum, E. 1972. “Ecología”. Ed. Interamericana, México, 639 p.

[13] En Argentina se encuentran en operación Atucha I en Lima, provincia de Buenos Aires (CNA, Potencia Bruta: 357 MWe, Potencia Neta: 335 MWe) y la central nuclear de Embalse en Embalse (Potencia Bruta: 648 MWe, Potencia Neta: 600 MWe). En forma ilegal el gobierno nacional decidió la extensión de la vida útil del reactor Candu 6 de Embalse por 25 años. Está en construcción desde julio de 1981 –en Lima- la central Atucha II (Potencia Bruta: 719 MWe, Potencia Neta: 692 MWe). En ese mismo lugar se construye un Carem 25 (25 MWe) y está proyectada Atucha III, de 1.500 MWe, equipada con tecnología Candu. Se ubicaría aguas abajo de Atucha II. También podría instalarse una cuarta central (Atucha IV).
El proyecto del gobierno nacional es construir así el primer (o segundo) parque de centrales nucleares “concentradas” de América del Sur, que totalizaría unos 2.601 MWe (Atucha I, II y III, Carem 25). El parque de reactores de Brasil, en tanto, tendría 3.412 MWe (Angra 1, 2 y 3). La reciente crisis de Fukushima I, que mostró la peligrosidad de concentrar reactores nucleares en un área reducida, delata la inconveniencia de estos parques.

[14] En todos estos reactores (excepto el RA-6) los combustibles originales que tenían una concentración de Uranio-235 >20% se cambió a combustibles (barras cilíndricas en RA-0, RA-1 y RA-8; placa MTR en RA-3; discos en RA-4) con <20% de Uranio-235. En el RA-6 la concentración de Uranio-235 es >20%. El RA-6 tiene un combustible con una concentración de Uranio-235 del 90% (placa MTR).

Capítulo II

Plan Ciudadano para actuar  en caso de accidente nuclear

Consignas:

Los medios anuncian que ha ocurrido un accidente nuclear.  Actúe de inmediato.

Si los medios indican que ha habido “un accidente nuclear” y que “hay liberación de material radiactivo al ambiente” actúe de inmediato.

Se espera que la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN) y otros organismos públicos informen lo ocurrido, cuál es la zona en la cual puede registrarse el mayor impacto radiológico (distancia desde la central) y cómo evoluciona la situación.

No existen reglas fijas para estas distancias pero los accidentes nucleares ya registrados indican que el mayor impacto radiológico puede extenderse en un radio variable de hasta 500 y hasta 700 kilómetros alrededor de la central e incluso más lejos.

De acuerdo al nivel de gravedad del accidente ocurrido (“4”, “5”, “6” o “7” en la escala del INES, siendo 7 el accidente mayor) variará la cantidad y forma de desplazamiento de los materiales radiactivos que se descargaron o siguen descargando. Esa contaminación puede desplazarse por aire (siendo de gran importancia los vientos), por agua superficial (lago, río, ambos), por agua subterránea, por partículas procedentes de suelo contaminado, por alimentos o por una combinación de todas estas vías.

Dado que las condiciones meteorológicas pueden variar, con cambios en la dirección y fuerza del viento todo el año, y días calmos con “tapones de aire caliente” que atrapan los contaminantes a baja altura (sobre todo en otoño-invierno), se asume que el impacto radiológico del accidente será circular alrededor de la central nuclear, y que todas las personas ubicadas hasta cierta distancia deben poner en práctica este Plan Ciudadano.

Usted puede haber estado expuesto a materiales radiactivos contenidos en el aire, el suelo, el agua o los alimentos, que una vez ingresados a su organismo siguen descargando radiación. También puede estar expuesto a la radiación que emite el suelo, los objetos o personas contaminadas con materiales radiactivos. Los materiales radiactivos se acumulan en el organismo. La radiación que ellos producen y la radiación ionizante en general, en cambio, no se acumulan.

1. Enciérrese de inmediato.

Si se encuentra en su casa, en su trabajo o en un edificio público: quédese donde está y enciérrese en la habitación más aislada, baños por ejemplo, o si lo hubiera, en el sótano. No tome su auto porque correría riesgos y entorpecería la circulación de los vehículos de auxilio.

Si se encuentra fuera o al aire libre: entre al edificio más próximo respirando a través de un pañuelo o trapo húmedo. No se quede afuera. Allí estaría más expuesto a los riesgos. Si aún actuando con rapidez hubiera estado expuesto a la contaminación, sáquese la ropa y el calzado y colóquelos en una bolsa de plástico, llevándola luego al sitio más alejado de las personas y del ambiente habitado. Tome una ducha de agua tibia (no hirviendo) y frótese con jabón. Si usa agua procedente de un depósito que no ha estado en contacto con aire o agua contaminados, recuerde que debe conservarla para utilizarla como agua de bebida principalmente.

Si el accidente o evento ocurriera en verano, en vacaciones o durante su tiempo libre, y usted hubiese estado en malla, con la mayor parte de su cuerpo expuesto, proceda con el calzado y la ropa tal cual se indicó arriba y tome una ducha con agua tibia y frótese el cuerpo con jabón.

Si se encuentra en su vehículo: estaciónese. Detenga el motor, déjelo con los vidrios levantados (por si fuera necesario usarlo al terminar la alerta) y entre al edificio más próximo respirando a través de un pañuelo, trapo húmedo o mascarilla. No permanezca en el auto. Allí no está seguro.

Si usted vive en una zona rural: en tanto la emergencia recién comience y no haya riesgo inmediato, trate de proteger con lonas u otro material los vegetales y el forraje expuestos. Recoja el ganado que está pastando, lleve los animales a un granero o galpón cubierto y enciérrese. Si el riesgo es inmediato, omita lo anterior y manténgase a cubierto.

No ingrese a su lugar de encierro ningún elemento u objeto que haya estado a la intemperie y que pudiera estar contaminado.

Recuerde que los perros y gatos u otros animales domésticos que hubieran estado expuestos podrían contener materiales radiactivos en su pelaje.

2. Cierre todo.

Un ambiente cerrado disminuye la eventual penetración de aire contaminado con materiales radiactivos. Cierre las puertas y las ventanas. Tape las aberturas, rendijas y caños que estuvieran en contacto con el exterior utilizando trapos mojados, papel de diario, cintas adhesivas u otros materiales.

Apague todo sistema de refrigeración, calefacción, acondicionadores y extractores de aire. Tape los agujeros que tengan contacto con el exterior (ventilación de calefones por ejemplo). Cierre las cortinas. Si los vidrios de las ventanas estuvieran rotos refúgiese en habitaciones con las ventanas intactas o en baños sin ningún tipo de ventanas ni ventilación. Elija siempre el cuarto más aislado del aire exterior.

3. No vaya a buscar los chicos a la escuela.

Sus hijos e hijas estarán más seguros en la guardería, escuela, colegio o universidad que en la calle. Las maestras y profesores conocen perfectamente las consignas de seguridad: se ocuparán de ellos y los cuidarán.  Por otra parte, si usted se movilizara, se arriesgaría inútilmente y entorpecería las tareas de socorro.

4. No telefonee. Manténgase quieto.

Definitivamente no use el teléfono para que no colapse el sistema de comunicación. Las líneas telefónicas deben quedar libres para las urgencias y los socorros. Toda la información le será comunicada por radio y televisión. Manténgase quieto y lo más calmado posible.

5. Escuche la radio y la televisión.

Cuando esté en lugar seguro encienda su radio. Lo más conveniente es una radio portátil pues puede trasladarla a cualquier sitio. También puede encender su televisor si estuviera ubicado en el lugar más aislado de la vivienda o edificio. Escuche atentamente los mensajes que emiten las autoridades. La radio y la televisión le proporcionarán datos sobre la magnitud y características del accidente, evolución de la situación, sitios más afectados, dirección del viento y consignas que usted debe respetar.

6. Prepárese para resistir hasta la posible evacuación.

Prepárese para resistir encerrado la mayor cantidad de tiempo posible. No fume. Mantenga su organismo lo menos alterado posible. Solo use los alimentos que no estuvieron en contacto con el aire exterior presuntamente contaminado. Recuerde que los alimentos enlatados, los guardados en recipientes y los rodeados con filmes de polietileno u otros plásticos no pueden contaminarse con materiales radiactivos. Lo mismo sucede con bebidas que estuvieran cerradas.

Si algún alimento hubiera estado expuesto a la contaminación no lo ingrese a la vivienda o lugar de encierro. Si por razones de supervivencia debiera utilizar un alimento presuntamente contaminado, asegúrese de lavarlo con agua sin contaminar.

Solo use el agua que no haya podido recibir materiales radiactivos. Por ejemplo agua de termotanque, agua de los depósitos de inodoro, agua de botellones, líquidos contenidos en heladeras, etc. El agua de los tanques domiciliarios es relativamente segura en tanto el tanque esté aislado y no le ingrese agua de red contaminada.

De ser posible consuma alimentos ricos en antioxidantes (verduras, frutas, yogurt, pastillas antioxidantes) pues mejora dentro de su organismo el control interno de los oxidantes generados por la radiación.

Previendo una eventual escasez de alimento y agua racione lo que consume mientras dura el encierro.

Si hubiese estado expuesto a la contaminación exterior, y las indicaciones de la radio y la televisión lo sugieren, tome pastillas de Iodo (Ioduro de Potasio). Esto reduce la posibilidad de que su glándula tiroides acumule el Iodo-131 radiactivo contenido en el aire, agua o alimentos contaminados. Todas las personas –en especial mujeres embarazadas y niños- solo deben comenzar a tomar tabletas de Iodo cuando lo recomienden las autoridades. Estas son las dosis indicadas de Ioduro de Potasio.

Adultos, adolescentes y mujeres embarazadas con más de 12 años de edad: un comprimido de 130 miligramos por día.

Niños de 3 a 12 años de edad: medio comprimido por día (65 miligramos).

Niños con 1 mes a 3 años de edad: un cuarto de comprimido por día (32,5 miligramos).

Bebés, desde recién nacidos hasta el mes de edad: una octava parte de comprimido (16,25 miligramos).

Las personas con trastornos de funcionamiento de la glándula tiroides deben tomar Iodo con precaución (por ejemplo hipertiroidismo). El uso de tabletas de Iodo estable está contraindicado en los siguientes casos: hipertiroidismo activo, hipersensibilidad al Iodo, dermatitis herpetiforme y vasculitis hipocomplementémica.

A partir de su fecha de elaboración las tabletas que son mantenidas en lugares frescos y secos conservan sus propiedades por 5 años.

Recuerde que el Iodo de las tabletas solamente ayuda a protegerlo del Iodo radiactivo (Iodo-131), y que no lo protege de otros materiales radiactivos ni de la radiación ionizante.

No salga afuera aunque las condiciones le parezcan seguras. La radiación no se huele, no se ve ni puede tocarse.

7. Evacuación.

Si llegase a disponerse una evacuación, diríjase con su familia al punto de reunión o destino que indiquen las autoridades. Utilice su vehículo particular. Si no lo tuviera solicite ayuda a los vecinos que sí poseen movilidad. Ayude a las personas que requieren su apoyo (niños, personas con movilidad reducida, enfermos, ancianos).

Prepare un bolso con los elementos indispensables para un viaje corto (de unos pocos días), asegurándose que esos elementos no hayan estado expuesto al aire contaminado. Lleve toallas y jabones. Si se encuentra bajo tratamiento médico no olvide sus medicamentos. Asegúrese de tener sus documentos, tarjetas de crédito o débito si las tuviera y dinero para eventualidades.

Lleve botellas con agua que no haya estado expuesta a la contaminación. Si tiene pastillas de Iodo llévelas con usted.

Las familias que tengan lactantes deben llevar la leche en polvo que están utilizando mientras no haya estado expuesta al aire contaminado.

Ante de abandonar su hogar o el edificio donde se encuentra asegúrese de dejar todo cerrado. No deje prendidos artefactos eléctricos, ni aire acondicionado ni calefactores.

Siga las mismas precauciones que utilizó al ingresar. En la medida de lo posible desplácese sin tocar los objetos y superficies localizadas a la intemperie, y cúbrase boca y nariz con un pañuelo, con un trapo húmedo o con una mascarilla. Es recomendable llevar vestimenta que cubra todo el cuerpo y sombrero, gorra u otro elemento para cubrir parcialmente la cabeza. Si llueve es muy importante usar el paraguas pues la lluvia podría estar contaminada con materiales radiactivos.
Al desplazarse con el vehículo asegúrese de tener cerrado el aire acondicionado, ventilador o calefactor del vehículo. Cierre todas las ventanillas del auto. Mantenga la calma y maneje con cuidado.

Al llegar al sitio de evacuación las autoridades indicarán los procedimientos y podrán eventualmente medir la radiactividad en ropas, objetos y alimentos. En función de las lecturas de radiactividad le indicarán cuáles son los pasos a seguir.

8. Fin de la Alerta o Emergencia.

Cuando el riesgo de contaminación haya disminuido lo suficiente las autoridades indicarán el cese del encierro. Se considera que esto ocurre cuando el reactor o depósito de residuos radiactivos ha dejado de emitir materiales radiactivos al ambiente.

Sin embargo, recuerde que el ambiente situado fuera de su sitio de encierro puede tener contaminantes radiactivos, en especial el suelo, el agua y los alimentos expuestos, los objetos y las superficies de las construcciones. Si se desplaza muévase lentamente, no toque los objetos y superficies ni genere movimientos importantes del suelo. No se siente en el césped ni sobre el suelo, no utilice piletas de natación descubiertas ni consuma frutas y legumbres que hayan estado a la intemperie.

Si llegase a necesitar movilizarse en su auto, haberlo dejado con los vidrios levantados redujo seguramente el ingreso de contaminantes radiactivos. Al ponerlo en marcha y desplazarse hágalo con los vidrios levantados y anulada la calefacción, ventilación o aire acondicionado. Circule lo más lentamente posible para reducir la dispersión de material contaminado.

Prepárese para un eventual  accidente o evento nuclear

Asegúrese que haya copias de este documento en distintos lugares de la vivienda o institución. Pegue o coloque copias de las consignas en lugares fácilmente visibles (“Plan Ciudadano: consignas para actuar”). Deben estar protegidos del agua, del Sol y del roce mecánico.

Identifique en su casa o lugar de trabajo la habitación más aislada del aire exterior. Verifique que tenga suficiente espacio para usted y quienes pudieran acompañarlo. Asegúrese que todos conozcan la existencia de esta habitación de seguridad.

Mantenga siempre en esa habitación trapos que puedan ser humedecidos y agua. También una linterna.

Trate de tener siempre cerca un receptor de radio portátil. Verifique que tenga sus baterías en condiciones.

Si es responsable de un negocio, escuela o edificio donde normalmente hay muchas personas, adapte estas consignas de seguridad para que todos se beneficien. Identifique las habitaciones o ambientes de seguridad.

Logre un máximo aislamiento de su casa y oficina, o de la escuela y edificios públicos. Aplique burletes y otros dispositivos para frenar cualquier penetración de aire contaminado con materiales radiactivos. Mejore el cierre de puertas y ventanas. Aísle perfectamente del aire exterior su tanque de agua.

Identifique los sitios donde existen alimentos y agua que no serían contaminados por una nube radiactiva que pasase sobre la vivienda.

Tenga pastillas de Iodo (no radiactivo) para tomarlas en caso de contaminación con Iodo radiactivo. Vigile su fecha de vencimiento. Deje anotadas las dosis aconsejadas y las precauciones.

Haga simulacros de accidente y ponga a prueba todas las consignas. Practique una eventual evacuación con su vehículo, si lo tiene, o bien coordine el ensayo con vecinos que sí lo tengan. Toda la familia debe participar de este simulacro. Detecte las fallas que cometen. Traten de enmendarlas en conjunto.

En caso de accidente real, tome nota de lo sucedido cuando disminuyan los riesgos. Registre los efectos que pudiera haber provocado el accidente sobre usted y otras personas. Evalúe la actuación que tuvieron las autoridades. Obtenga información sobre las causas del accidente y porqué ocurrió. Haga oír su voz de protesta para que lo sucedido no vuelva a repetirse.

Capítulo III

¿Aprenderemos las lecciones de Fukushima?

1. El accidente serial de Fukushima.

En Fukushima I, Japón, ocurrió el primer accidente serial de la historia nuclear humana (11 de marzo de 2011). El propio gobierno japonés lo calificó finalmente como nivel 7 en la escala del INES, el peor posible, tras considerarlo antes –por falta de información- como nivel 4 y nivel 5 [1]. Es también el primer accidente grave que involucra a un reactor parcialmente alimentado con Plutonio-239 (6% del combustible total) y Uranio-235 [2]. Esto ocurrió en el reactor 3. Cuando se produce liberación de materiales radiactivos, los reactores que incluyen Plutonio-239 como combustible son mucho más peligrosos que los reactores alimentados solamente con Uranio-235.

Las plantas y sistemas de emergencia de Fukushima I estaban supuestamente construidas para resistir terremotos de gran magnitud y tsunamis, pero los acontecimientos posteriores al desastre natural mostraron todo lo contrario. Hubo además fallas técnicas, fallas humanas y gruesos errores de seguridad durante y después de los accidentes. La Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial del Japón (NISA) informó que la empresa Tepco, responsable de los 6 reactores de Fukushima I, sabía -6 días antes del accidente- que una de sus plantas registraba altos valores de radiación ionizante en aire [3].

En la cúspide de la improvisación –cuando el accidente todavía era clasificado por el gobierno de Japón como nivel 5 en la escala del INES- la empresa Tepco utilizó agua de mar para refrigerar los reactores pese a ser corrosiva. Tardíamente se detectó el error y pasó a utilizarse agua dulce [3] [4]. Este reemplazo había sido sugerido por el gobierno de Estados Unidos. El propio Ministro de Japón, Yoshimi Kitazawa, informó que el gobierno de ese país hizo una solicitud “extremadamente urgente” para que se utilizara agua dulce. Con este propósito la Séptima Flota de los Estados Unidos confirmó el envío de 500.000 galones de agua dulce [= 1.893.000 litros]. Según Yoshimi Kitazawa la remesa iba a ser entregada en cercanías de la bahía de Onahama [3].

Pese a las reiteradas garantías de seguridad que históricamente declamaron las autoridades nucleares de Japón y la empresa Tepco, las estructuras, funcionamiento y dispositivos de emergencia de los reactores colapsaron. Demasiado tarde advirtieron que había sido un despropósito instalar centrales nucleares en un país relativamente pequeño y con fuertes terremotos y tsunamis, y lo que es peor, colocando –en cada planta- varios reactores uno al lado del otro (en Fukushima I hay 6 reactores). En Japón todas las ciudades están críticamente próximas a algún reactor. Tampoco se tuvo en cuenta que las réplicas de los terremotos podían agravar cuadros previos, en particular cuando los reactores ya sufren fallas graves y el sistema está en crisis severa [5]. Veintiocho días después del terremoto del 11 de marzo, que tuvo una intensidad 9 Mw, se registró otro fuerte sismo que produjo daños y fuga de agua contaminada en el complejo nuclear de Onagawa (7 de abtil de 2011, intensidad 7,1 Mw).

Al ingresar en un período crónico de controles y descontroles, el colapso de Fukushima I impidió advertir cinco elementos muy graves de la crisis.

Primero, que al problema de los reactores nucleares de potencia concentrados en un espacio reducido se agregó el riesgo –cuantitativamente mayor- de sus depósitos de combustible nuclear agotado, altamente radiactivos (HLW = residuos radiactivo de alto nivel).

Segundo, que la utilización de combustibles con Plutonio-239 en Fukushima I (reactor 3) [2] multiplicó el peligro sanitario y ambiental, pues además de radiactivo es una de las sustancias más tóxicas producidas por el ser humano.

Tercero, que contrariamente a lo informado rutinariamente por las autoridades nucleares del gobierno de Japón y Tepco, todas las descargas de material radiactivo y las dosis de radiación asociadas a esas descargas son dañinas para los seres vivos. Omitieron aclarar que a nivel de radiación ionizante no hay ningún valor inocuo, y que las dosis invocadas como “seguras” son en realidad “dosis aceptadas” con cantidades –también aceptadas previamente- de casos de cáncer, malformaciones y demás enfermedades.

Cuarto, que las plumas de contaminación por aire llevan partículas, micropartículas y nanopartículas radiactivas a lugares muy distantes de Fukushima, incluso a miles de kilómetros, donde –sumadas al fondo natural de materiales radiactivos y radiación- serán responsables de un aumento proporcional en las enfermedades y muertes locales (morbilidad, mortalidad). A menor escala geográfica también se registra un fenómeno parecido con las plumas de contaminación marinas.

Quinto, que los materiales radiactivos procedentes de Fukushima I ingresan a las cadenas alimentarias de los ecosistemas marinos, terrestres y de agua dulce, donde sus organismos pueden concentrar, por ejemplo, Estroncio-90 y Cesio-137. Solamente a nivel de Estroncio-90, un radioisótopo mutagénico y cancerígeno depositable en tejido óseo, los organismos ubicados al final de la cadena alimentaria pueden tener concentraciones 1.000 a 3.900 veces más altas que la cantidad original presente en agua [6].

Fukushima mostró ante la comunidad internacional cómo uno de los países tecnológicamente más avanzados de la Tierra no estaba preparado para evitar y manejar un accidente nuclear en serie. Los terremotos y tsunamis dejan su huella de muerte instantánea, pero los accidentes nucleares más serios no terminan, tienen comienzo definido y final siempre abierto. Sus contaminantes y efectos persisten por siglos y afectan inevitablemente a muchos países. Cada nación que opta por tecnología nuclear de potencia instala una amenaza global para la cual son insuficientes las convenciones y los mecanismos de resarcimiento. Los más de 160 países que no tienen reactores nucleares de potencia están a merced de los escasos 31 que sí los construyeron. Son rehenes forzosos, como lo son los países sudamericanos de los programas nucleares de Brasil y la Argentina. Fukushima desnudó además el alto costo social y ambiental de actividades empresariales corruptas –el caso Tepco- y la incapacidad (o complicidad) del Estado japonés para minimizar impactos que no tienen precedentes [7] [8] [9] [10]. Nunca antes se había producido un accidente nuclear en serie como el ocurrido al nordeste del Japón ni fue tan evidente el impacto global que podía tener la tecnología nuclear, la irresponsabilidad de un gobierno y los actos corruptos de una gran corporación eléctrica.

2. Fukushima está a la vuelta de la esquina.

Ahora bien ¿qué sucede en Argentina? A diferencia de otros países, que tras Fukushima anularon sus programas nucleares de potencia o encararon drásticos procesos de revisión de la seguridad, como Alemania, el gobierno de Argentina prefirió generar una falsa burbuja de inmunidad nuclear.

El Gerente de Relaciones Institucionales de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Gabriel Barceló, descartó que lo ocurrido en Japón pueda suceder en Argentina pues nuestro país “usa una diferente tecnología y además no estamos en zona sísmica” [11]. Esta aseveración es incorrecta. Las tecnologías son diferentes pero los materiales radiactivos que se acumulan son igualmente peligrosos y Embalse está localizado sobre una falla activa. Además los sismos no son la única causa de accidente nuclear. Por fallas humanas, fallas técnicas y actos terroristas –todas ellas omitidas por Gabriel Barceló- cualquier reactor de Argentina o el mundo puede sufrir un accidente nivel 7.

Ese máximo accidente “posible” puede ser el resultado de un solo factor o bien de varios factores actuando en forma simultánea, como sucedió en Japón [5]:

Primero, actividad sísmica. La central de Embalse en Córdoba está localizada sobre la falla de Santa Rosa, en una región donde ya se han registrado movimientos sísmicos importantes: magnitud 5,5 e intensidad VII en 1947 y magnitud 6,0 e intensidad VIII en 1934. La “falla del frente occidental de la Sierra Chica” se extiende desde Carlos Paz hasta Berrotarán y Elena. Su potencial para generar sismos es desconocido. En la región también se encuentra la falla de Las Lagunas, cercana a Sampacho –localidad destruida por un sismo en 1934- que llega hasta Río Cuarto [12].

Segundo, fallas humanas. El 30 de junio de 1983 la central nuclear de Embalse sufrió un grave incidente que no llegó a descargar material radiactivo al ambiente. Pero delató “fallas en el diseño, errores en los documentos y procedimientos, y desaciertos en la organización interna”. Este crudo diagnóstico está contenido en un documento del IRS, oficina de las Naciones Unidas con sede en Austria que centraliza los informes sobre incidentes. La CNEA, además de mantenerlo en secreto, tardó cuatro años en comunicar lo sucedido al IRS. Recién se conoció cuando la revista Der Spiegel, que tuvo acceso a 250 informes secretos, lo publicó en Alemania en 1987 [13] [14].

Tercero, fallas técnicas. Los reactores Candu tienen fallas inherentes a su diseño que explican por ejemplo las numerosas descargas de agua pesada radiactiva al lago de Embalse. Por ejemplo, febrero-marzo de 1986, agosto de 1987, septiembre de 1987, diciembre de 1987, diciembre de 1995 y octubre de 2003 [14] [15]. Los Candú son particularmente sensibles a ciertos tipos de accidente [16].

Cuarto, impacto de avión comercial de gran porte por accidente o acto terrorista contra el reactor o contra el depósito de combustible nuclear agotado.

Es importante señalar que Embalse tiene dos sitios extremadamente peligrosos, uno muy protegido por “barreras de ingeniería”, el corazón del reactor, y otro menos protegido estructuralmente, el depósito de combustible nuclear agotado. Allí están depositadas las barras de descarte, altamente radiactivas, que se produjeron durante sus 28 años de operación (1983-2011). Al final de su vida útil estaría acumulando más de 120.000 barras que mantienen su peligrosidad durante 1.000 a 2.400 siglos. La situación en Atucha I es similar. Si un Boeing 767 impactara contra esos depósitos, el combustible nuclear se fragmentaría y los residuos radiactivos, transportados en altura por la corriente convectiva del incendio, podrían diseminarse. El viento generaría sucesivas “plumas de contaminación” o nubes. Chernobyl y Fukushima han mostrado que esta contaminación puede afectar zonas muy extensas, incluso a gran distancia de los reactores accidentados [5] [14] [15] .

Lo grave es que Argentina, pese al optimismo demostrado por sus autoridades, tiene una larga y preocupante lista de accidentes nucleares graves, fallas de todo tipo en sus reactores, episodios de mal manejo de radioisótopos y una gestión inaceptable de los residuos radiactivos. El reactor RA-2 de Constituyentes, por ejemplo, sufrió un accidente nivel 4 en la escala INES -la clasificación inicial que tuvo Fukushima I- donde murió un operador y 17 personas recibieron altas dosis de radiación (23 de septiembre de 1983) [21]. A nivel de instalaciones, la planta de enriquecimiento de Uranio de Pilcaniyeu en Río Negro –manejada por INVAP- tuvo un grave accidente en 1984 en el cual falleció una persona. El 1 de septiembre de 2005 Atucha I sufrió una falla masiva en sus elementos combustibles que produjo la irradiación de dos operarios (nivel 1 en la escala del INES) [22].

Esta muestra de imprevisión se completa con los episodios de contaminación radiactiva generada desde las trincheras del Área de Gestión de Ezeiza (AGE), en Buenos Aires, y la pésima administración de las minas de uranio (que proveen el combustible para los reactores nucleares). De las 8 minas que alguna vez operaron en Argentina bajo responsabilidad de CNEA, siete no han sido remediadas y siguen contaminando el ambiente [15] [22].

En Córdoba la planta de Dioxitek S.A. que produce dióxido de uranio, donde CNEA tiene participación mayoritaria de CNEA, acumulan más de 57.000 toneladas de residuos radiactivos de baja actividad en uno de los barrios más densamente poblados de la ciudad. Al carecer de membrana este depósito irregular contamina el suelo y las aguas subterráneas, y nunca fue remediado. La planta, en tanto, descarga Uranio al aire del barrio (varios kilogramos por año) y a la colectora cloacal (varios centenares de kilogramos por año) [22].

La burbuja de falsa seguridad nuclear desarrollada en Argentina se completa con la ausencia de planes ciudadanos para actuar en caso de accidente o evento nuclear grave (niveles 4 a 7 en la escala del INES) [18]. Solo se hacen simulacros para accidente nuclear menor en un radio de 10 kilómetros alrededor de los reactores de Embalse y Atucha I. Hoy sabemos que cualquiera de las dos centrales puede sufrir el peor accidente posible, y que sus impactos negativos podrían extenderse en forma circular hasta unos 700 kilómetros de distancia [17]. Lamentablemente el resto de la sociedad que vive fuera de esos diez kilómetros no está preparada. Mientras tanto el gobierno nacional y las autoridades nucleares sostienen el absurdo mito de  una Argentina imposibilitada de tener accidentes nucleares. El mismo mito que alimentaban los responsables de Chernobyl y Fukushima antes de las tragedias.

Esta situación no puede continuar. Vivimos junto a centrales nucleares que pueden sufrir accidentes o ser blanco de ataques terroristas, y cuyos residuos radiactivos son peligrosos por más de 240.000 años. Los riesgos son excesivos y una vez ocurrido el peor accidente posible –nivel 7 en la escala del INES por ejemplo- no hay posibilidad de volver atrás, ni de pedir disculpas. El colapso sanitario y económico sería regional y no habría recursos económicos suficientes para remediar, reasentar las poblaciones evacuadas y pagar indemnizaciones.

Pocos argentinos saben que la sociedad está económicamente desprotegida ante un accidente nuclear grave. La Ley Nacional 24.804 de la Actividad Nuclear establece que todo operador de instalaciones nucleares debe asumir la responsabilidad civil que establece la Convención de Viena, y le fija un tope de “80 millones de dólares por accidente nuclear en cada instalación nuclear” (Artículo 9°). El ridículo monto de esta responsabilidad queda al descubierto cuando se lo compara con el costo acumulado que ya produjo el accidente de Chernobyl, 250.000 millones de dólares. Los gobiernos de países como Argentina deberían haber asumido que no están capacitados financieramente para llevar adelante programas nucleares peligrosos e impredecibles cuyos efectos, en caso de accidente grave, desbordan las fronteras nacionales y los presupuestos.

3. Necesitamos un Plan Ciudadano para que la población pueda enfrentar eventuales accidentes nucleares.

Al mes de abril de 2011 Argentina no tiene una sociedad preparada para enfrentar accidentes nucleares.

De allí que FUNAM y la Cátedra de Biología Evolutiva Humana (Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba) decidiéramos elaborar un plan ciudadano para actuar en caso de accidente nuclear. Asumimos así una responsabilidad que no tuvieron ni los gobiernos provinciales ni la nación [19]. Fue hecho con buena ciencia, información que los propios organismos nucleares mantuvieron secreta o sin difundir y criterio independiente. Para desarrollarlo y distribuirlo no recibimos fondos ni aportes de ninguna institución.

El plan también puede utilizarse en países vecinos potencialmente afectados por los accidentes de nuestras centrales nucleares de potencia.

Es una herramienta perfectible pero que tiene la ventaja de estar hecha y ser accesible. Cualquier persona, familia o institución puede aprender sus consignas para estar preparado.

Pero tener consignas claras no es suficiente. Este Plan Ciudadano necesita un organismo público creíble e independiente que funcione los 365 días del año y que transmita las situaciones de emergencia sin mentiras y en tiempo real. Para ello el  gobierno nacional debe estar comprometido con la seguridad de las personas y el ambiente, no con los intereses nucleares. Esto no será posible si se mantiene el actual modelo de funcionamiento y la localización institucional de la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN). Necesitamos una ARN totalmente nueva, independiente y participativa. Es indispensable además que los gobiernos provinciales, las municipalidades y las comunas también controlen las actividades nucleares.

Un programa nuclear mayoritariamente decidido por las dictaduras militares no puede seguir creciendo en base al secreto, la violación de normas y procedimientos autoritarios que supuestamente habían sido desactivados.

Las ONGs y centros de investigación independientes tienen asimismo importantes roles para cumplir. Deben prepararse para poder medir los niveles de contaminación radiactiva, realizar estudios epidemiológicos, auditar las actividades nucleares y exigir el cumplimiento de normas vigentes. No suplantan al Estado pero lo complementan y vigilan sin depender de sus condicionamientos. Un buen ejemplo es el Crii-Rad en Francia, centro de investigación no gubernamental que combina capacidad técnica, infraestructura de última generación e independencia [13].

En Argentina están en juego la salud, la estabilidad ambiental e incluso las economías regionales, pues con las descargas rutinarias de radioisótopos y los accidentes nucleares no se juega. Una ley nacional como la 26.566, que declara de interés nacional esas obras, no sustituye el cumplimiento de normas ni la voz de los ciudadanos. Tampoco es una autorización ni una carta blanca para construir.

Finalmente, la continuidad o no del actual programa nuclear debe ser decidida por la sociedad. La mejor herramienta es el referéndum, ya utilizado por varios países europeos. Es inaceptable que los funcionarios públicos hayan pactado internamente la extensión de la vida útil de Embalse por otros 25 años y la construcción de los reactores Carem 25 y Atucha III en abierta violación a normas sobre Evaluación de Impacto Ambiental y Audiencias Públicas [20]. Todas estas medidas tienen que ser revisadas y si es necesario anuladas, y los funcionarios que incumplieron sus funciones deben ser denunciados penalmente (Artículo 248 del Código Penal).

Las consignas y estas breves referencias técnicas quedan abiertas a las críticas para rectificar errores y enriquecer contenidos. Solo la construcción colectiva, abierta y respetuosa, impedirá que minorías tecnocráticas sigan decidiendo por nosotros.

Fukushima no está a miles de kilómetros. Está a la vuelta de la esquina y puede ocurrir en cualquier reactor nuclear de Argentina ¿Cuándo? No lo sabemos. Puede ser mañana, el año que viene o nunca. La clave es estar preparados. Si aprendemos a actuar frente a un accidente nuclear grave también aprenderemos a dimensionar riesgos que nunca nos explicaron. Cuanto más conozcamos más difícil será que nos mientan o engañen. La clave es no callarnos, exigir respuestas a las autoridades, demandar participación y asumir que Fukushima sucedió porque en Japón muchas personas –demasiadas tal vez- conocían mucho de terremotos y tsunamis pero muy poco de accidentes nucleares graves. Algo parecido nos está ocurriendo con el programa nuclear de Argentina ¿Aprenderemos la lección de Fukushima? Esperemos que sí porque de ocurrir un accidente nuclear grave no habrá una segunda oportunidad.
 
Referencias
[1] IAEA. 2011. “INES. The International Nuclear and Radiological Event Scale”. IAEA, Austria, 7 p. Ver: http://www.iaea.org/Publications/Factsheets/English/ines.pdf

[2] Huff, E.A. 2011. “MOX plutonium fuel used in Fukushima’s Unit 3 reactor two million times more deadly than enriched uranium”. Natural News, March 17, 2011, 2 p. Ver: http://www.naturalnews.com/z031736_plutonium_enriched_uranium.html

[3] Talmadge, E. & M. Yamaguchi. 2011. “Japan’s government criticizes nuke plant operator”. Associated press (AP), March 26 2011, 7 p.

[4] Mearns, E. 2011. “Fukushima Dai-ichi status and potential outcomes”. The Oil Drum. Discussions about energy and our future, Miscellaneous, March 17, 2011, 139 p. Ver: http://www.theoildrum.com/node/7675

[5] Montenegro, R.A. 2011. “Fukushima está más cerca de lo que creemos”. Publ. De la Fundación para la defensa del ambiente (FUNAM), 18 de marzo de 2011, Córdoba, Argentina, 7 p.

[6] Odum, E. 1972. “Ecología”. Ed. Interamericana, México, 639 p.

[7] BBC. 2011. “How does Fukushima differ from Chernobyl?”. BBC News Asia-Pacific, BBC, 3 p. Ver: http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-pacific-13050228

[8] BBC. 2011. “Japan nuclear plant data was unacceptable”. BBC News Asia-Pacific, BBC, 3 p. Ver: http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-pacific-12877198

[9] BBC. 2011. “Q&A: Health effects of radiation exposure”. BBC News Asia-Pacific, BBC, 6 p. Ver: http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-pacific-12722435

[10] BBC. 2011. “Fukushima: What happened –and what need to be done”. News Asia-Pacific, BBC, 4 p. Ver: http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-pacific-13050228

[11] “CNEA: en Argentina no podría pasar lo que sucede en Japón”. Noticia de la Agencia TELAM, 14 de marzo de 2011. La aseveración de G. Barceló es técnicamente incorrecta pues Argentina tiene zonas sísmicas.

[12] Estas fallas están siendo estudiadas por la Universidad Nacional de Río Cuarto. El geólogo Guillermo Sagripanti –a cargo de los estudios- expresó que la zona de Río Cuarto “es sísmicamente activa”. Ver La Voz del Interior (Córdoba), 15 de marzo de 2011 y diario Puntal (Río Cuarto) 16 de marzo de 2011.

[13] Crii-Rad. Commission de  Rechercheet d’Information Indépendantes
sur la Radioactivité, 471 Avenue Victor Hugo, 26000 Valence, France, Teléfono +33 (0) 4 75 41 82 50 y fax +33 (0) 4 75 81 26 48. Email: contact@criirad.org Página Web: www.criirad.org

[14] Montenegro, R.A. 2009. “Argentina’s irrational Nuclear Programme and Citizens’ Opposition”. En: “International Perspectives of Energy Policy and the Role of Nuclear Power”, Ed. Mycle Schneider. Multi-Science Publishers, Gran Bretaña, pp. 407-420.

[15] Montenegro, R.A. 2004. “Impactos ambientales y sanitarios de las minas de Uranio, y de la planta de producción de dióxido de Uranio en Córdoba (Dioxitek S.A.). Riesgos provocados por la reapertura de la mina de Sierra Pintada, y por la posible instalación en ese sitio de la planta de Dioxitek”. Ed. FUNAM, Córdoba, 110 p.

[16] El reactor nuclear Candú de Embalse tiene problemas que le son propios: 1) Mayor probabilidad de pérdida de agua pesada desde el circuito primario dada la complejidad de su tubería. 2) El reaprovisionamiento de combustible mientras continúa funcionando el reactor introduce factores adicionales de riesgo. 3) Las sucesivas fallas y roturas de los tubos de presión está relacionada con la misma aleación de Zirconio-Niobio utilizada en las tuberías de Chernobyl. 4) La combinación de Uranio natural-agua pesada tiene serias implicancias en materia de seguridad. El coeficiente de reactividad es positivo, de allí que cualquier accidente que ocasione la pérdida de refrigerante pueda acarrear escape de energía. 5) El uso de agua pesada genera grandes cantidades de Tritio 3 radiactivo, y el uso generoso de Zirconio en el núcleo tiene como consecuencia un elevado potencial de reacción Zirconio-vapor de agua. 6) No está diseñado para soportar los peores accidentes que involucran extensas reacciones de Zirconio-vapor de agua, explosiones de hidrógeno y vapor de agua, y ruptura de las modalidades comunes de los ciclos de enfriamiento primarios y secundarios dentro de la contención [Anderson, R. & otros. 1986. “International Nuclear Reactor Hazard Study”. Design and operational features and hazards of commercial power reactors in the World”. Report prepared for Greenpeace, September 1986, Project Management and Scientific Coordination Gruppe Ökologie Hannover, Hamburg, pp. 1-83].

[17] Los radios han sido derivados de accidentes conocidos, principalmente Chernobyl y Fukushima. En Chernobyl el área contaminada, crítica, se extendió hasta un radio de 500 kilómetros que incluye un área de exclusión, interna y deshabitada, de hasta 30 kilómetros [IAEA. 2011. “Frequently asked Chernobyl questions”. IAEA, Newscenter, 4 p. Ver: http://www.iaea.org/newscenter/features/chernobyl-15/cherno-faq.shtml . Puede considerarse arbitrariamente como área de impacto toda el área barrida por la pluma de contaminación donde los materiales radiactivos diseminados han generado valores que se encuentran por encima del fondo radiactivo natural correspondiente a cada punto de medición. Con este criterio el área de impacto se expande notablemente. La Scottish Environment Protection Agency (SEPA) encontró, en el Reino Unido, niveles bajos de Iodo-131 en aire que los investigadores atribuyeron al accidente de Fukushima. Las muestras procedían de la ciudad de Glasgow. Hallazgos similares en Oxfordshire fueron reportados por la Health Protection Agency (HPA). Fuentes: AP/Kyodo News, 29 March 2011, “Japan radioactivity found in UK”; The Telegraph, UK, 31 March 2011, “Japan nuclear crisis: radioactive particles in Britain. Low levels of radioactive iodine believed to be from the damaged Fukushima nuclear plant in Japan have been detected in Britain”. En Japón valores muy altos de Iodo-131 se encontraron en la ciudad de Tokyo, a 250 kilómetros de distancia. En base al área de impacto reconocida para Chernobyl por la IAEA (500 kilómetros), a la existencia de impactos fuera de esta franja y a los impactos derivados del accidente de Fukushima consideramos dos radios de mayor impacto ante un accidente grave: un primer radio de hasta 500 kilómetros, con impacto crítico, y un área expandida de hasta 700 kilómetros con impacto subcrítico. Esto no quiere decir que fuera de dichos radios no existan impactos, pero es necesario definir una zona mínima donde la preparación ante accidente debe ser más rigurosa.

[18] La ARN y otros organismos públicos de la Nación y las provincias de Córdoba y Buenos Aires no han distribuido consignas porque no quieren alarmar a la población. Además, porque al implementar un Plan Ciudadano aplicable 500 a 700 kilómetros alrededor de cada central nuclear de potencia equivale a reconocer algo obvio, que ese grave accidente puede ocurrir. Con silencio y omisión, además de mensajes tranquilizadores pero sin asidero técnico, niegan la realidad para que no peligre el programa nuclear ni la construcción de nuevas centrales de potencia. Fukushima I cambió por completo el escenario nuclear internacional y está empezando a ocurrir lo mismo en Argentina aunque las autoridades nucleares hayan privilegiado –por ahora- el silencio.

[19] FUNAM presentó al gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, una nota donde se le expuso la indefensión a que estaba sometida la población por falta de Plan Ciudadano, y se le adjuntó una copia del plan elaborado por FUNAM y la Cátedra de Biología Evolutiva Humana (Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba). La nota ingresó el 26 de noviembre de 2010 y nunca fue respondida. Ni siquiera cuando ocurrieron los accidentes de Fukushima.

[20] Montenegro, R.A. 2011. “Evaluación de impacto ambiental: una norma que los funcionarios no cumplen”. Diario La Voz del interior, Córdoba, 3 de marzo de 2011, p. 3.

[21] NRC. 1984. “Fatality at Argentine critical facility”. United States Nuclear regulatory Commission, NRD Information Notice, n° 83-66, Supplement 1, 4 p. Ver:
http://www.nrc.gov/reading-rm/doc-collections/gen-comm/info-notices/1983/in83066s1.html

[22] Montenegro, R.A. 2007. “The nuclear programme of Argentina and the creation of nuclear-free zones for reducing risks of nuclear facilities”. In: “Updating International Nuclear Law”, Eds. H. Stockinger, J. Van Dyke, M. Geistlinger, S. K. Fussek y P. Marchart, Ed. NW Verlag, BMW Berliner Wissenschaftsverlag & Intersentia, Wien-Graz, pp. 259-284.

Para mayor información contactar a:
Prof. Dr. Raúl A. Montenegro, Biólogo
Presidente de FUNAM (Fundación para la defensa del ambiente)
Profesor Titular de Biología Evolutiva
(Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba).
Premio Nóbel Alternativo 2004 (RLA-Estocolmo, Suecia)

Email 1: biologomontenegro@gmail.com
Email 2: raulmontenegro@funam.org.ar
Teléfono fijo: 03543-422236
Desde el exterior: 54-3543-422236
Teléfono celular: 0351- 155 125 637
Desde otros países: 54-9-5 125 637
Skype: raulmontenegro.ar

Primera Versión: 10 de mayo de 2011

Este material puede ser reproducido, citando el autor y la fuente. Se ruega remitir una copia de lo publicado a funam@funam.org.ar

Este documento y sus consignas quedan abiertos a revisión permanente para mejorarlos como herramienta preventiva. Pueden enviarse mensajes a las siguientes direcciones de correo electrónico: funam@funam.org.ar funam.prensa@hotmail.com  biologomontenegro@gmail.com

También pueden contactarnos por correo convencional, teléfono y Skype:

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fuente con imágenes www.funam.org.ar/planciudadano.htm

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Desarrollo tecnológico: ¿revolución, reacción o resistencia?

Examen de la crisis energética que el consumismo está llevando a extremos cada vez más inviables. Y cómo se cruza con la temporalidad humana y la militarización cada vez más generalizada. ¿Necesitamos revolución social o resistencia?

Desquicio energético gastándonos “la luz acumulada de los veranos paleozoicos”

Para abordar, una vez más, la crisis planetaria y el despilfarro en que la humanidad ha sido introducida tengo un tropiezo estrictamente personal.

Preámbulo situacional: Benjamin y nuestra temporalidad

1. Hay como un lugar común que afirma que se es anarco a los 20, socialdemócrata a los 40 y reaccionario de tomo y lomo a los 60…
Siempre he rechazado semejante ciclo; jamás supe cumplirlo, y comparto en cambio, desde lo más íntimo, lo planteado por Saramago en sus 80, de que era más libre que nunca, y por lo tanto con una mirada potencialmente más crítica que nunca.
Y bien. Así me siento, sobrepasado los 60.

Benjamin tiene páginas de sabiduría magistral para entrever el dominio de una técnica cada vez más deshumanizada, para entender la sordidez de un desarrollo tecnocientífico centrado en sí mismo. Tal es, por ejemplo, lo que podemos releer en sus tesis sobre historia.

Empero, como hombre de su tiempo, impregnado, presumo, de la historicidad marxiana, ve lo atroz en el pasado. La figura del ángel de Klee que interpreta como mirando con horror e impotencia el pasado, que Benjamin describe como un tendal de destrozos. Con visión genial, lo denomina “progreso”.
Y aquí, a partir de su tesis 11 sobre historia, tan diversa de la de Marx y por ello tan  alejado de su optimismo fáustico, Benjamin nos muestra el triste papel de la socialdemocracia alemana tan confundida y entrelazada con su marxiana visión y confianza en lo futuro.

“Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando con la corriente”, puntualiza Benjamin y está hablando de la corriente histórica, de la historia y su decurso “científicamente” entrevisto.

Ante esa actitud de suficiencia intelectual del corpus de fe socialdemócrata, no iba a ser raro que un movimiento plebeyo y populista como el nazismo arrasara y pasara por encima de semejantes intérpretes y analistas y de la realidad misma, ya muy maltratada (Tratado de Versalles). Benjamin nos dice, con enorme arrojo intelectual que la socialdemocracia (alemana) “Ostenta ya los rasgos tecnocráticos que encontraremos más tarde en el fascismo.” Esa ciega  −y altanera−  confianza que llamamos optimismo tecnocientífico.

Como se ve, Benjamin tiene un conflicto existencial y por lo tanto político con lo futuro. Su pesimismo radical lo expresa. Pero lo que ya eran geniales intuiciones en la primera mitad del siglo XX, cuando todavía el tecnooptimismo tenía buena prensa, cuando la URSS era todavía visualizada como “la opción” histórica inevitable al universo burgués, cuando la ecología como conciencia crítica ante el desastre ambiental estaba en pañales, en nuestro tiempo −primeras décadas del siglo XXI− han pasado a ser pesadísimas realidades que sólo desmienten los más necios entre los privilegiados; los que entienden, como G. W. Bush, que el cambio climático es un cuento, de que la biodiversidad no ha sido alterada por la mano del hombre, que la ingeniería genética desarrollará plantas más resistentes, más saludables, quiméricas, fruto de la ciencia humana que es mucha más sabia que la caprichosa naturaleza, que el cuento del fin del petróleo tiene la finalidad de amargarle la vida cotidiana a la gente o sacarle plata, que los celulares no producen gliomas, que si logramos eliminar a los microbios, vamos a estar mucho menos enfermos o que nada hay más exquisitamente cultural que un programa de Tinelli.

La realidad es más compleja. A la vez que hemos ido desplegando, generación tras generación, como explica Elías Canetti,(1) más y mejores avances en muchísimos aspectos vinculados con el conocimiento y la sabiduría, a la vez hemos ido generando como sociedad, un futuro cada vez más sombrío. Conflictividad dialéctica, en suma: lo futuro nos ilumina y a la vez nos acerca a un precipicio de oscurísimo fondo.
El proceso de creciente dictadura tecnocientífica no sólo no se ha detenido sino que se ha intensificado como nunca antes. Lo que Benjamin “veía” hace poco más de medio siglo es ahora un temporal que está anegando tierras bajas, arruinando tierras tórridas, suelos, biodiversidad, eliminando especies a un ritmo de empobrecimiento biótico que la humanidad jamás registró antes, y sumergiéndonos en un mar de enfermedades nuevas a las que ni siquiera los reales y efectivos avances médicos en etiología y cirugía compensan.

Ahora, en nuestro tiempo Antoni Aguiló ha hecho una relectura más de Benjamin.(2)
En primer lugar, trae a luz la clásica y conocida idea de la locomotora de la historia; atroz enredo, si se me permite, gnoseológico, cronológico, axiológico. Nos recuerda que Benjamin a su vez nos recuerda que “Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia.” Que Benjamin ciertamente objeta.
Somos conscientes de que tal imagen está asentada en el imaginario de casi toda la izquierda (o el progresismo), gozando de un marcado poder evocativo.

Pero para Benjamin, precisa Aguiló, la revolución  sería más bien “la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia” (ibíd.).
Observe el paciente lector el cambio radical del enfoque. Hasta ahora, a caballo tal vez de un historicismo simplificado, maniqueo, el proletariado, los militantes, los socialistas, el partido de vanguardia (táchese lo que no o elíjase lo que “corresponde”) cabalgaban la historia que nos llevaba a lo futuro −que ciertamente calificaban de “el futuro”−, y aunque había voces de alarma que advertían que la velocidad no hacía sino acrecentarse y que el destino no hacía sino esfumarse, aun así, aun en esas condiciones que habría que definir como problemáticas y hasta de derrota, el militante, el persistente probo y fiel, va a seguir proclamando la virtud de estar a bordo del tren de la historia, avanzando a como sea.

Pero Benjamin proclama como lo revolucionario, aprender a parar ese tren, a frenar esa velocidad, y no por las buenas; a usar “el freno de emergencia”, con los trastornos consiguientes.
Para Benjamin ser revolucionario ya no es adueñarse del “tren de la historia”, ni es función de la vanguardia (leninista), la de asumir su control. Observemos que es, como nos lo recuerda Aguiló, el tren de la modernización, el del desarrollo económico, el del futuro mejor (o al menos de su promesa), el de todos los avances, el de “la ciencia” en suma.

Resume Aguiló las palabras de Benjamin: la revolución es “el freno de emergencia que los pasajeros deben pisar cuanto antes para hacerse con el control del tren y evitar caer en el abismo del ‘progreso’.”
Observe el paciente lector que Aguiló explicita como papel revolucionario el freno al devenir histórico: la revolución como el impedir hacer lo que la máquina de negocios y muerte planetaria hace y ejecuta, cada vez más y más mortíferamente.

2. Comparto “la inversión” de Benjamin, expuesta por Aguiló.

Pero la fórmula política, social, ecológica que reivindico es lo que en politología llamaríamos una postura reaccionaria.
Postular lo que lingüística, idiomáticamente, se califica de reaccionario. Quien reacciona ante el estado de cosas dominante. Y ese significado es completo, puesto que las primeras calificaciones de “reaccionario” se endilgaban a los que rechazaban el progreso, la misma idea de tal. O sea que hasta etimológicamente es correcta.

Aunque los reaccionarios de entonces, siglo XVIII, eran privilegiados que querían seguir gozando de sus privilegios, necesariamente injustos. Y nuestra desesperación ante lo futuro transita por muy diversos cauces, opuestos.
Por eso mencioné en el mismo comienzo “un tropiezo”. No menor, por cierto. ¿Dónde nos queda la revolución? Si nos queda, y qué nos queda. ¿Puede haber una reacción revolucionaria?

I. La crisis de los flujos energéticos

Nos referimos al desarrollo tal-cual-es del capitalismo desatado, de los despliegues tecnocientíficos, y fundamentalmente todo el despliegue Biotech y el descalabro energético en que nos hemos ido enterrando. E intoxicando.

Algunos analistas como Julio Boltvinik (3) han glosado los planteos de Fred Magdoff y John Bellamy Foster entre otros, que han sacado a luz las estimaciones que ya en tiempos de Karl Marx se hicieran respecto del gran quiebre de circulación energética planetaria cuando la urbanización y el capitalismo rompen el reciclaje de nutrientes con el que la humanidad estableció una agricultura milenaria cuyos nutrientes fue la naturaleza y el estiércol de los animales y también el humano.

Estos autores citan a un agrónomo y economista escocés, James Anderson, quien ad-virtió, a mediados del s. XIX, que, urbanización mediante, Londres estaba “produciendo” un derroche insensato de nutrientes al dejar escurrir hacia el Támesis las aguas cloacales que antes constituían lodos fecales que reponían permanentemente la calidad nutricia de los campos.

Esta primerísima ruptura de los ciclos de reposición energética en la modernidad ha sido centuplicada con el paso de apenas estos dos últimos siglos al punto que hoy sólo los empecinados agricultores orgánicos trabajan compostando materia orgánica (aunque difícilmente lodos cloacales, entre otros motivos porque por la contaminación generalizada a que estamos sometidos los seres vivos actuales en general y nosotros los humanos en particular, el valor nutricio de nuestros excrementos está lamentablemente atravesado por la cantidad de metales tóxicos y aleaciones lesivas para la biodiversidad que ahora pasan por nuestros cuerpos. En rigor hay discusión sobre ese uso: en EE.UU. en general se la acepta, pero en Canadá y en la inmensa mayoría de los países europeos, no.(4)

La ruptura de los ciclos de reposición energética, ha sido múltiple y está llevando la locomotora de la historia a un despeñadero.
Desde hace menos de dos siglos hemos roto el circuito energético que había nutrido a la humanidad por milenios o millones de años: el que existiera durante todo ese tiempo basado en la luz solar, y la clorofila vegetal.

Como explica magistralmente Frederick Soddy (premio Nobel de Química de principios de la década del ’20) en un libro de economía del año 1926 (5) –que mereció la repulsa del celoso gremio de economistas que resistieron salir de la ignorancia en que peroraban–  la sociedad (es decir, en ese momento, los países más tecnificados; lo que con el tiempo sería la OCDE) había empezado a vivir a crédito. Danilo Antón y Carlos Díaz Delgado, exégetas de Soddy,(6) señalan que: “los humanos aumentan su ingreso consumiendo el capital energético almacenado en las rocas, al decir de Soddy: ‘la luz acumulada de los veranos paleozoicos’.”

Prosiguen: “La vida depende del flujo continuo de energía que es renovado diariamente. Sin embargo, hay límites para su almacenamiento y se ‘estropea’ si se le acumula en exceso [respecto] de las necesidades actuales. Sostenía Soddy que se podía mejorar la capacidad de extraer el ingreso de energía, pero la energía misma no podía ser aumentada significativamente, ni almacenada más allá de un cierto grado. Incluso el mero mantenimiento del capital físico contra la fuerza destructiva de la entropía, también requiere energía.” La situación es tal que:  “el uso de la energía fósil es inevitablemente una fase pasajera.” Frase que pronunciada hace casi un siglo tiene hoy una acuciante, feroz actualidad. Ahora sí sabemos, cada vez más “todo el mundo”, que el petróleo se acaba.
El economista con formación de químico nos brindaba un materialismo veraz y contundente: “¿De que vive el hombre? Y se respondía: de la luz del sol. Para vivir de ella, sostenía, los seres humanos deben obedecer a las leyes de la termodinámica.” (ibíd.)

Algo tan elemental parece hoy olvidado en nuestra civilización altamente material y materialista, despojada de toda mística naturalista, pero a la vez dúplice, culturalmente falsa. Porque vivimos cada vez más en hábitats urbanos donde la góndola es nuestra “ubre” pero a la vez, las cadenas de proveedores alimentarios, de altísima tecnificación nos “brindan” envases con cada vez más tonada ecológica o bucólica, nos presentan el reino de la naturaleza en las etiquetas (si es posible plastificadas, para hacer mayor el escarnio).

Pero además, mediante sucesivos pasos de abstracción y prestidigitación ideológica hemos ido obviando nuestra materialidad y la materialidad de nuestras nutrientes (y de la del todo el planeta, fauna y flora incluida) y hemos ido cortando, como bien explica Boltvinik, los circuitos nutrientes entre seres humanos, animales y plantas.

Ya no es sólo el Támesis que desperdicia los lodos cloacales londinenses.
Cada establecimiento ganadero fabril, con uno, dos o tres millones de pollos o con miles de cabezas de ganado bovino o porcino, genera a diario una masa fecal que ya no se usa en la reposición de nutrientes (por el estallido de las escalas). Era usable en determinadas proporciones; la bosta a razón de una hectárea por vaca, por ejemplo, pero no un lago de mierda de una hectárea de superficie que encierra a mil vacas enfermas o fácilmente enfermables por chapotear las 24 horas en orines, por estar en situación sanitariamente promiscua y porque carecen del movimiento “natural” de rumiantes que ya no pastorean en esos campos de neoconcentración, alimentados, mejor dicho engordados, a soja y pichicateados con toda la medicación imaginable para que sobrevivan al menos hasta la cada vez más prematura matanza.
Todo el proceso celosamente cuidado por los laboratorios, los grandes usufructuarios de la modernización, cada vez más configuradores de ese universo pesadillesco.

Hemos perdido casi por completo el estiércol. Que ahora sólo se huele porque apestan los campos, como se han quejado reiteradamente quienes tienen la mala suerte de que se les haya establecido cerca una fábrica de pollos o de vacas.(7)
¿Pero cómo y de qué viven siete mil millones de seres humanos y al menos las especies domésticas que las sociedades humanas usan y consumen diariamente?
Siguiendo la observación de Soddy, de vivir a crédito con el petróleo que crea un consumo muchísimo mayor que el propio de una economía solar, el hombre mediante lo que Boltvinik califica como “la modernización de la agricultura” se ha despreocupado de los ciclos energéticos introduciendo fertilizantes sintéticos directamente en los circuitos bióticos. Como los fertilizantes son azúcares, muy pronto tenemos una serie de especies animales atraídas. Con lo cual, el ciclo abierto con fertilizantes químicos hay que “cerrarlo” con plaguicidas contra “la competencia”. Pero con ello se va deteriorando toda la biota. Porque los venenos no matan con nombre propio, tan selectivamente. Matan vida, como lo dice la palabra: bio-cidas. Matan lo que los agrónomos del sistema califican insectos no blanco. Lo que los estrategos de la guerra universal califican de daños colaterales.

II. Sucinto repaso histórico

Boltvinik nos presenta un esquema que aclara hizo basándose en los citados Magdoff y Bellamy Foster y que nos revela el significado grave del deterioro de los circuitos energéticos:
1) la agricultura hasta c:a 1850 presentaba dos circuitos nutricios permanentes e interactuantes: humanidad y animales nutrían al suelo con sus deyecciones. Esos circuitos revelaron su sustentabilidad puesto que fue “lo normal” durante los milenios de sedentarización y cría de animales domésticos;
2) desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, el hombre, urbanizado, se separa de los circuitos energéticos; empieza el “desperdicio” tipo Támesis, pero todavía los animales constituían la fuente nutricia principal de la agricultura, aunque también es el tiempo en que se introducen los fertilizantes primero naturales (la era del guano), luego los sintéticos (el volcado de minerales como nitrógeno, fósforo, calcio, potasio a los campos);

3) desde mediados del s. XX, se va cortando todo circuito energético basado en el estiércol animal. Lo que había sido una buena práctica milenaria, enriquecer un campo cultivado poniéndolo en barbecho para que fuera transitado y pastoreado por animales, que le “devolvían” así las nutrientes que se habían llevado con la cosecha, desaparece: avanza el monocultivo industrial bassado en plantas idénticas, todas nutridas por medios químicos.

Con este abandono y desprecio de los ciclos naturales avanza el mundo de las contaminaciones. El de las medicaciones. El de la vulnerabilidad. Tradicionalmente un agricultor, por ejemplo de la India, “aceptaba” de buen grado que otros “bichitos de dios” como insectos y gusanillos se apropiaran de un 10% de su cosecha. Se daba por satisfecho con esa asociación y no combatía a las “sabandijas” sino que las dejaba vivir. Sabia medida. Porque muchos de esos animalillos facilitaban la misma actividad vital de las plantas, ya sea polinizándolas, o de algún otro modo que mi ignorancia no me permite enumerar.(8)
Hoy en día, se estima que los plantíos celosamente cubiertos de todo tipo de plaguicidas y biocidas, custodiados “militarmente” por los laboratorios, tienen una merma entre un 20% y un 30% porque se apestan tan fácilmente. Porque los monocultivos son increíblemente frágiles con una vitalidad uniforme que no soporta variaciones.

III. El paradigma nuestro de cada día

Lo que vemos cada vez más claramente es que la tan mediáticamente bendecida revolución agroindustrial ha trastornado todos los ciclos bióticos en su afán de mercantilización universal.
A partir de una altanera ignorancia o ceguera ante los ciclos bióticos, convirtiendo todo lo natural en “un atraso”, un escarnio, algo inservible, y junto con ello toda su estructura de conocimiento que registra y atiende, precisamente, esos ciclos naturales. En su lugar, una estructura, una configuración fabril, de depósito y desaparición (de los inevitables desechos que semejante concepción, muerta, no viva, engendra).

Depositando la fe en la fabricación de “todo” mediante elementos inocuos o tóxicos pero efectivos, sanos o patógenos pero cómodos, siempre altamente gratificantes, está revelando su miopía. (9) Porque nos ha ido introduciendo en un mundo cada vez más inseguro, más insensato.
Donde vemos cada vez más gente enloquecida (clínicamente enloquecida, no sólo “estresada”), más suicidios, más peripecias de gente sin poder, más heteronomía en suma.
Aquí también la tijera dialéctica: porque cuando mejor estamos, capacitados, conscientes, informados, para ser más autónomos −pensemos en los límites brutales con que contaban nuestros antecesores− lo que vemos crecer es la heteronomía, cada vez más incontrastable.

Y la sensación, cada vez más omnipresente, de la insustentabilidad de lo engendrado con el capitalismo; el reino de la mercancía, el unicato del lucro… el desarrollo de la modernidad. Y la conciencia, cada vez más acrecentada, de que la contaminación ambiental nos presenta límites, cada vez más infranqueables.

Que esta forma de vivir, con megalópolis extendiéndose por todo el planeta, con los basureros del Tercer Mundo y un sector creciente de humanidad caído en la abyección que “el sistema” les asigna, es insustentable. Que, entonces, habrá que parar la locomotora. Frenarla.
Y que tendremos que ser muchos. Porque los pasajeros normales siguen confiando en que llegarán a alguna hermosísima estación. No saben cuándo. Ni cómo. Ni siquiera por qué. Eso es fe (o ni siquiera se lo plantean; la conciencia de sí flaquea).

IV. Fe y comodidad  o  política y esfuerzo

En lugar de fe en el progreso, lo que necesitamos es lucidez ante el dominio corporativo de los titulares del petróleo, de la medicación, de las armas. Que son los mismos. Una lucidez, una determinación, que no nos lleve a la desesperación sino a la resistencia Y esto, urgente. Ni el planeta ni nuestros nietos, ni siquiera nuestros hijos, pueden esperar.
El monocultivo de los campos es la fábrica de desiertos del porvenir; pero no serán “desiertos vivientes” sino, al contrario, sin vida.

V. Entendemos que para lidiar con nuestra problemática actual, ambiental, planetaria, hay que atender a la vez algunos rasgos que caracterizan el mundo que vivimos.

V. I – El imaginario social del tiempo presente: La fuerza de lo simultáneo

Todo plan de resistencia (al progresismo) con una estrategia de acción deberá contar que al día de hoy, por los desarrollos tecnocientíficos, precisamente, estamos en el reino de la sincronía: la importancia del espacio ha languidecido, las películas que nos separan espacialmente son cada vez más tenues, estamos ingresando en una presentización, una simultaneidad del mundo cada vez mayor.

Ciertamente, quedan diferencias culturales, psicológicas, temperamentales, materiales, religiosas entre sociedades y entre humanos… del universo rural al urbano, de ciudades pequeñas hasta con cien mil o doscientos mil habitantes a habitantes megalopolitanos, entre sociedades más y menos occidentalizadas, entre sociedades islámicas con deberes éticos precisos y sociedades de origen católico, desvaídas en sus convicciones éticas (en todo caso predicadas, difícilmente practicadas).

Aun concediendo lo anterior, el parecido entre las capas medias urbanas y tercerizadas del mundo entero es cada vez mayor, son cada vez más intercambiables. De modo tal que, salvando las barreras idiomáticas (que las mismas capas medias urbanas modernas procuran eliminar mediante la anglificación cultural), las capas acomodadas de Roma se parecen cada vez más a las de Buenos Aires, San Francisco, Tel Aviv, Shangai, Estocolmo, Porto Alegre o el Distrito Federal mexicano (dicho esto sin haber estado ni remotamente en todos esos sitios, pero amparándome en el conocimiento no físico que los accesos comunicacionales actuales de todos modos nos permiten… y hasta promueven).

V. II – La expansión de la militarización

Habiendo logrado establecer un dominio por encanto o seducción, es decir habiéndose valido de los arrolladores avances tecnológicos, del cine, de las rubias, de los autos, de los gadgets, para la hegemonía cultural, que le ha rendido enormes beneficios, uno estaría tentado a creer que la dimensión militar ha sido secundaria. Pero el american way of life es un régimen de dominación y destrozo planetario tan complejo que se ha valido de muchísimos vectores más o menos imaginarios, más o menos materiales, como por ejemplo la comunicación y el dominio mediático mediante un proceso de despolitización tan bien examinado y denunciado por N. Chomsky, encarnado en figuras de odiosa contextura manipuladora, como E. Bernays o W. Lippmann.

Aun con todos esos otros atributos, mediados por un estilo de vida de altísima irradiación, el factor militar ha sido siempre primordial. Históricamente, porque la expansión y el asentamiento de EE.UU. es el de un imperio en forja casi permanente, factor militar incluido. Y contemporáneamente, porque el dominio de EE.UU. se basa hoy en un despliegue militar sin parangón.

Pero no solo por eso. El irrespeto a la naturaleza ha llevado también a acentuar otro rasgo militar. Que podría haber estado anunciado en la forma en que, para desesperación de Osage, Omaha, Crow, Sioux, Cheyennes, Comanches, y tantas otras naciones oriundas norteamericanas, los recién llegados, validos de los “palos con trueno”, arrasaron en pleno s. XIX, con las manadas de búfalos hasta hacerlas prácticamente desaparecer. Jugando nomás, a hacer puntería, mientras que los nativoamericanos mataban únicamente un ejemplar cuando necesitaban su carne o su cuero y lo hacían con enorme recogimiento. Sabían lo que era vivir, morir, necesitar algo, la escasez…

La agroindustria ahora encarna una nueva militarización. La “agricultura” ahora usa ar-mas que se van disparando contra “objetos no blanco” como resultado del uso “lógico” de armamentos. “Objetos no blanco”, “daños colaterales”, en cualquiera de las dos denominaciones queda clara la falta de protagonismo que les atribuyen a las víctimas.

A tal punto se trata de una guerra que el territorio que transita la agricultura actual ya no es territorio vivible, ya no alberga moradores, como siempre antes, apenas cuenta con operarios en tránsito (operadores de maquinaria de siembra, conductores de mosquitos, de cosechadoras y similares).
La fumigación aérea es un recurso de vaciamiento territorial. Los ejemplos de expulsión masiva de población rural en Vietnam en los ’70 y en Colombia desde hace ya décadas, son testimonios de esos destrozos de sociedades mediante fumigación que los titulares del poder mundial emprenden por razones que no son las de “los pobres”, claro.

Justamente por el carácter militar, mortal, de la actividad la tierra, rociada con venenos es cosechada y abandonada. Lo que se cosecha está necesariamente envenenado, por más “días de carencia” que se tomen. Menos que no habitada, es cada vez más inhabitable: aquellos campesinos pobres, minifundistas, sin tierra, banquineros, que no tienen cómo alejarse de los venenos rurales, tienen que soportar la contaminación cada vez más permanente, la que les enferma los perros, las gallinas y los hijos, la que le intoxica peces que ya son pescados con venenos que poco a poco irán minando también sus propios cuerpos…(10)

V. III-La excepción y la ley

Este proceso de invasión y vaciamiento del espacio rural es una faceta, como la vida o la sobrevida en los andurriales megalopolitanos es otra, características de nuestro tiempo. Por eso muchos entendemos el proceso de contrarreforma agraria y de agroindustrialización y dominio progresivo de las corporaciones de agroquímica e ingeniería genética sobre “el campo” como un campesinicidio.

Estas formas de vida o mejor dicho de sobrevivencia marginada, apenas reseñadas, podrían ser visualizados como formas de “vida en estado de excepción”, de acuerdo con los análisis de Giorgio Agamben, por ejemplo. Son cada vez más las sociedades donde se vive a merced de este tipo de dominio que nos recuerda cada día que no hay dos realidades aunque lo parezca; una segura y democrática, la de casi todo el mundo, y otra azarosa y discrecional de los pocos marginados. Y que por eso lo seguro es permanecer en “la primera”. Agamben insiste en que es la última, precisamente −el estado de excepción−, lo que rige (o que, en todo caso, la excepción que creemos la inversión de lo normal, es lo normal).

Pensemos en las dictaduras del cono sur americano, en las de todo el Tercer Mundo, en el universo soviético, pero también en Echelon, en la red de cárceles clandestinas para detención, interrogatorio, tortura y asesinato de gente bajo sospecha, en la Patriot Act de EE.UU y en todas “las repetidoras” que los diversos miembros de la ONU proyectan o cumplen con más o menos prontitud. Pensemos en el trato que los estados jueces y gendarmes, invasores; EE.UU., Israel, Reino Unido, Francia y pocos más, dispensan a sociedades que han decidido aprovechar o quebrar (o ambas cosas a la vez), particularmente árabes y musulmanas; Afganistán, Irak, Pakistán, Palestina, Libia, Egipto, Somalía, Siria, Sudán…

VI – Lo principal

Aun con toda la gravedad que implica el empobrecimiento de nuestra temporalidad, empujados a un presente perpetuo (como animales) y lo que significa la militarización progresiva y creciente de nuestras vidas cotidianas, cada vez más al borde de regímenes de excepción, o si se quiere, cada vez más cerca del ominoso ingreso a la heteronomía generalizada, considero estos rasgos secundarios respecto del eje para nosotros clave de la situación planetaria actual: encauzar la crisis de las fuentes de energía, para lo cual necesitamos recuperar una sociedad con menos despliegue energético, más equilibrada, sin el abuso desquiciante de los combustibles fósiles, sin la contaminación adueñándose de nuestras vidas
Esto es, aprender nuevos comportamientos: enfrentar el mundo empresario de los grandes consorcios transnacionales cada vez más alejados de nosotros, los humanos de a pie, que poblamos el planeta y que queremos seguir viviendo.

Reducir el consumo, pero sobre todo, reducir la producción del consumo. Porque reducir el consumo, trajinada consigna, recae sobre el consumidor, culpabiliza comportamientos individuales. Reducir la producción de consumo significa enfrentar la política del capital, que es la de la obsolescencia programada, el despilfarro y el consumismo.
Es una lucha de vida o muerte. Aunque nos edulcoren cada trago cotidiano.

Luis E. Sabini Fernández *

notas:
1) Véase Masa y poder, Alianza, Madrid, 1983.
2) Publicado en www.rebelion.org, 19/3/2012, “Walter Benjamin: ¿abismo o revolución?”
3) Economista mexicano autor de la serie de notas titulada “Agronegocios y biotecnología amenazan naturaleza y campesinado” (I a IV), 2012.
4) Se los quiso usar, inicialmente, pero hubo que descartarlos por esas presencias indeseadas, de modo tal que por ejemplo en Suecia los lodos cloacales provenientes de toda la red de depuradoras son depositados en símiles a los diques de cola que usa la minería quimiquizada.
5) Wealth, Virtual Wealth and Debt, reeditado en 1961 por Omni Publications, Hawthorne, California, EE.UU.
6) Sequía en un mundo de agua, cap. 17, La economía ecológica: el enfoque antrópico, CIRA, Montevideo, Uruguay,  2000 y Toluca, México, 2000.
7) Hay una documental alemana muy elocuente: Y siempre apestan los campos, dirigida por Nina Kleinschmidt y Wolf-Michael Eimler, Cosa Nostra, 1984.
8) Frances Moore Lappé  en L’industrie de la faim, Éditions l’Etincelle, Quebec, 1978, cita Pesticides, publicación de la industria india de agrotóxicos, que expresa “preocupación” ante la resistencia de los campesinos a matar insectos y pájaros (cap. 9) y encara formas para “vencer” esa resistencia.
9) En algunas sociedades se ha ido gestando un movimiento de repulsa al “generacionismo”. Se denomina así a la gente que procura gratificación para el presente, para su generación, con total desprecio hacia generaciones futuras, las de hijos, nietos… El generacionismo es una triste, atroz expresión del ombliguismo, del narcisismo que ha generado la sociedad que vivimos.
10) Ejemplo reciente y cargado de significaciones: en Río Negro, Uruguay, Silvia Nobelasco, una maestra directora de escuela rural, advertida de que con un mosquito están fumigando demasiado cerca de la escuela, es decir sometiendo a los niños a una contaminación inaceptable, sale al patio a reclamarle al operario del mosquito. No sabemos si mediaron palabras bruscas o apenas una exhortación medida, pero sí sabemos que la docente fue rociada con los biocidas y que tuvo que ser internada con un cuadro de intoxicación (COMCOSUR, 10/5/2012). Tenemos también la carta abierta de la ingeniera María J. Ces, San Pedro, provincia de Buenos Aires, 12/8/2010, quien debió evacuar su propio predio, en Lobería, victimada por aire intoxicado, también con mosquitos.

fuente: www.revistafuturos.com.ar

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El planeta enfermo *

La «contaminación» está de moda hoy en día, exactamente de la misma manera que la revolución: se apodera de toda la vida de la sociedad, y se la representa ilusoriamente en el espectáculo. Es la palabrería fastidiosa que llena un sinfín de escritos y discursos descarriados y embaucadores, pero en los hechos agarra del cuello a todo el mundo. Se expone en todas partes como ideología y gana terreno como proceso real. Esos dos movimientos antagónicos, el estadio supremo de la producción mercantil y el proyecto de su negación total, igualmente ricos en contradicciones en sí mismos, están creciendo juntos. Son los dos lados por los que se manifiesta un mismo momento histórico largamente esperado y a menudo previsto en formas parciales e inadecuadas: la imposibilidad de que el capitalismo continúe funcionando.

La época que posee todos los medios técnicos para alterar absolutamente las condiciones de toda la vida sobre la tierra, es también la época que, en virtud del mismo desarrollo técnico y científico separado, dispone de todos los medios de control y previsión matemáticamente incuestionables para medir por adelantado adónde lleva —y hacia qué fecha— el crecimiento automático de las fuerzas productivas alienadas de la sociedad de clases: es decir, para medir el rápido deterioro de las condiciones mismas de la supervivencia, en el sentido más general y más trivial de la palabra.

Mientras los imbéciles pasadistas (1) siguen disertando todavía sobre (y contra) una crítica estética de todo eso, creyéndose lúcidos y modernos porque fingen adaptarse a su siglo, declarando que Sarcelles o las autopistas poseen una belleza peculiar, preferible a la incomodidad de los «pintorescos» barrios antiguos, u observando seriamente que el conjunto de la población come mejor que antes, por más que digan los nostálgicos de la buena cocina, el problema del deterioro de la totalidad del medio natural y humano ha dejado ya completamente de presentarse en el plano de la supuesta calidad antigua, estética o no, para convertirse radicalmente en el problema mismo de la posibilidad material de la existencia del mundo embarcado en tal movimiento. De hecho, la imposibilidad ha quedado ya perfectamente demostrada por todo el conocimiento científico separado, que ya no discute sino el plazo que queda y los paliativos que, de aplicarse con firmeza, podrían alargarlo un poco. Una ciencia semejante no puede hacer otra cosa que acompañar en su camino hacia la destrucción al mundo que la ha producido y a cuyo servicio está; pero ella se ve obligada a recorrer ese camino con los ojos abiertos: con lo que muestra en grado caricaturesco la inutilidad del conocimiento sin empleo.

Se está midiendo y extrapolando con excelente precisión el rápido aumento de la contaminación química de la atmósfera respirable, del agua de los ríos, los lagos y los océanos; el aumento irreversible de la radiactividad acumulada por el desarrollo pacífico de la energía nuclear; de los efectos del ruido; de la invasión del espacio por productos de materias plásticas que aspiran a una eternidad de vertedero universal; de la natalidad demencial; de la falsificación insensata de los alimentos; de la lepra urbanística que viene ocupando cada vez más el lugar de lo que fueron la ciudad y el campo, así como de las enfermedades mentales —incluidos los temores neuróticos y las alucinaciones, que no tardarán en multiplicarse a propósito de la contaminación misma, cuya imagen alarmante se exhibe en todas partes— y del suicidio, cuyas tasas de expansión coinciden ya exactamente con la de la urbanización de semejante ambiente (por no hablar de los efectos de la guerra nuclear o bacteriológica, para la cual ya están ahí los medios, cual espada de Damocles, aunque sigue siendo evidentemente evitables).

En suma, si el alcance y aun la realidad de los «terrores del año mil» son todavía materia de controversia entre los historiadores, el terror del año dos mil es tan patente como bien fundado; a partir de ahora, es una certeza científica. Y, sin embargo, lo que está pasando no es en el fondo nada nuevo: sólo es el fin forzado del antiguo proceso (2). Una sociedad cada vez más enferma, pero cada vez más poderosa, ha recreado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo. Una sociedad que no ha llegado aún a hacerse homogénea y que no se determina por sí misma, sino que está determinada cada vez más por una parte de si misma que se sitúa por encima y al margen de ella, ha desarrollado un movimiento de dominación de la naturaleza que no se ha dominado a si mismo. El capitalismo ha aportado finalmente, por su propio movimiento, la prueba de que ya no puede seguir desarrollando las fuerzas productivas; y no cuantitativamente, como muchos habían creído comprender, sino cualitativamente.

Y, sin embargo, para el pensamiento burgués sólo lo cuantitativo es, metodológicamente, lo serio, lo medible, lo efectivo; lo cualitativo no es más que el incierto decorado subjetivo o artístico de lo verdaderamente real tasado en su verdadero peso. Para el pensamiento dialéctico, por el contrario, y, por tanto, para la historia y para el proletariado, lo cualitativo es la dimensión más decisiva del desarrollo real. He aquí lo que el capitalismo y nosotros hemos acabado por demostrar.

Los dueños de la sociedad se ven ahora obligados a hablar de la contaminación, tanto para combatirla (pues ellos viven, a fin de cuentas, en el mismo planeta que nosotros: he aquí el único sentido en que se puede admitir que el desarrollo del capitalismo ha realizado efectivamente una cierta fusión de las clases) como para disimularla: pues la simple verdad de las «nocividades» y de los riesgos actuales es suficiente para constituir un inmenso factor de revuelta, una exigencia materialista de los explotados, tan vital como fue en el siglo XIX la lucha de los proletarios por poder comer. Tras el fracaso fundamental de todos los reformismos del pasado —que aspiraban todos a la solución definitiva del problema de las clases—, se está esbozando un nuevo reformismo, que obedece a las mismas necesidades que los anteriores: engrasar la maquinaria y abrir nuevas posibilidades de ganancia a las empresas punteras. El sector más moderno de la industria se lanza sobre los diversos paliativos de la contaminación como sobre un nuevo mercado, tanto más rentable por el hecho de que podrá usar y manejar gran parte del capital monopolizado por el Estado. Pero si ese nuevo reformismo tiene de antemano la garantía de su fracaso, por exactamente las mismas razones que los reformismos del pasado, lo separa de éstos la diferencia radical de que ya no tiene tiempo por delante.

El desarrollo de la producción ha demostrado cabalmente, a estas alturas, su verdadera naturaleza como realización de la economía política: el desarrollo de la miseria, que ha invadido y arruinado el medio mismo de la vida. La sociedad en la que los trabajadores se matan trabajando y sólo pueden contemplar el resultado, ahora los hace ver —y respirar— con toda franqueza el resultado general del trabajo alienado en tanto que resultado mortal. En la sociedad de la economía superdesarrollada, todo ha entrado a formar parte de la esfera de los bienes económicos, incluso el agua de las fuentes y el aire de las ciudades; lo que es decir que todo se ha convertido en el mal económico, la «negación total del hombre» que está llegando ahora a su perfecta conclusión material. El conflicto entre las fuerzas productivas modernas y las relaciones de producción, burguesas o burocráticas, de la sociedad capitalista, ha entrado en su última fase. La producción de la no-vida ha seguido cada vez con mayor rapidez su proceso lineal y acumulativo; ahora ha traspasado un último umbral de su progreso, produce directamente la muerte.

La función última, declarada y esencial de la economía desarrollada actual, en todo el mundo en que impera el trabajo-mercancía que asegura todo el poder a sus patronos, es la producción de empleo. Bien lejos estamos, pues, de las ideas «progresistas» del siglo pasado, acerca de la posible reducción del trabajo humano gracias a la multiplicación científica y técnica de la productividad que, según se creía, iba a asegurar con cada vez mayor facilidad la satisfacción de las necesidades hasta entonces reconocidas como reales por todo el mundo, y eso sin ninguna alteración fundamental de la calidad de los bienes disponibles. Ahora, en cambio, se trata de «crear puestos de trabajo» hasta en el campo huérfano de campesinos, es decir, de usar el trabajo humano en cuanto trabajo alienado, en cuanto trabajo asalariado: para eso se hace todo lo demás; y en consecuencia se están amenazando estúpidamente las bases, actualmente más frágiles aún que el pensamiento de un Kennedy o de un Bréznev, de la vida de la especie.

El viejo océano es, en sí mismo, indiferente a la contaminación; pero no así la historia. La historia no se puede salvar más que por la abolición del trabajo-mercancía. Y nunca antes la conciencia histórica había tenido tan urgente necesidad de dominar su mundo, porque el enemigo que está a las puertas ya no es la ilusión sino su muerte.

Cuando los pobres amos de la sociedad cuyo penoso resultado estamos presenciando —resultado mucho peor que cualquier condena que antaño pudiera fulminar a los más radicales utopistas— se ven ahora forzados a admitir que nuestro entorno se ha hecho social y que la gestión de todo deviene un asunto directamente político, hasta la hierba de los campos y la posibilidad de beber, de dormir sin demasiados somníferos o de lavarse sin sufrir demasiadas alergias; en un momento como éste se está viendo a las claras que también la vieja política tiene que confesar que está completamente acabada.

Está acabada en la forma suprema de su voluntarismo: el poder burocrático totalitario de los regímenes llamados socialistas, porque los burócratas que ostentan el poder no se han mostrado capaces ni siquiera de gestionar el estadio anterior de la economía capitalista. Si contaminan mucho menos (Estados Unidos produce él solo el 50% de la contaminación mundial) es porque son mucho más pobres. No pueden sino desviar, como en China, por ejemplo, una parte desproporcionada de sus míseros presupuestos para regalarse la parte de contaminación de prestigio de las potencias pobres: algunos perfeccionamientos o descubrimientos de segunda mano en el terreno de las técnicas de la guerra termonuclear, o más exactamente de su espectáculo amenazador. Tanta pobreza material y mental, sostenida por tanto terrorismo, condena a las burocracias que ostentan el poder. Lo que condena al poder burgués más modernizado es el resultado insoportable de tanta riqueza efectivamente envenenada.

La gestión llamada democrática del capitalismo, sea en el país que sea, no ofrece más que sus elecciones-dimisiones que, como se ha visto siempre, no han cambiado nunca nada en el conjunto —y muy poca cosa en los detalles— de una sociedad de clases que se imaginaba que iba a durar indefinidamente. Tampoco van a cambiar mucho más cuando esa misma gestión pierde la cabeza y finge esperar de su electorado alienado e idiotizado algunas vagas directrices para resolver ciertos problemas secundarios aunque urgentes (como sucede en Estados Unidos, Italia, Inglaterra o Francia). Todos los observadores especializados han señalado siempre —aunque sin tomarse la molestia de explicarlo— el hecho de que el elector no cambia casi nunca de «opinión»: pues para eso justamente es elector, esto es, aquel que asume, por un breve instante, el papel abstracto que está destinado precisamente a impedirle que sea por sí mismo y que cambie (el mecanismo ha sido desmontado mil veces, tanto por el análisis político desmistificado como por las explicaciones del psicoanálisis revolucionario).

El elector tampoco cambia cuando el mundo a su alrededor está cambiando cada vez más precipitadamente; y, en cuanto elector, no cambiará ni en vísperas del fin del mundo. Todo sistema representativo es esencialmente conservador, aunque las condiciones de existencia de la sociedad capitalista no han podido conservarse nunca: se modifican sin interrupción y cada vez más deprisa, aunque la decisión —que viene a ser siempre, a fin de cuentas, la decisión de dejar hacer al proceso mismo de la producción mercantil— se deja enteramente en manos de los especialistas publicitarios, ya sea que se presenten a la carrera solos o en competición con quienes quieren hacer lo mismo y además lo declaran abiertamente. Aun así, el hombre que acaba de votar «libremente» a los gaullistas o al PCF, lo mismo que el que acaba de votar, a la fuerza y obligado, a Gomulka, es capaz de mostrar lo que él es verdaderamente participando, la semana siguiente, en una huelga salvaje o en una insurrección.

La supuesta «lucha contra la contaminación», en su vertiente estatal y reglamentaria, va a crear ante todo nuevas especializaciones, servicios ministeriales, puestos de trabajo y ascensos burocráticos. Su eficacia será exactamente la que a tales medios corresponde. No puede convertirse en voluntad real sino transformando el sistema productivo actual en sus raíces mismas, ni puede llevarse a cabo con firmeza sino en el instante en que todas las decisiones, tomadas democráticamente y con pleno conocimiento de causa por los productores, sean en todo momento controladas y ejecutadas por los productores mismos (los buques petroleros, por ejemplo, seguirán infaliblemente vertiendo el petróleo en los mares hasta que no manden en ellos unos verdaderos soviets de marineros). Para decidir y ejecutar todo eso, hace falta que los productores se hagan adultos: hace falta que se hagan con el poder entre todos.

El optimismo científico del siglo XIX se ha desmoronado en tres puntos esenciales. En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun simplemente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego. No hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma. Hoy en día el miedo está en todas partes, y no vamos a salir de él más que confiándonos a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad de destruir toda alienación existente y toda imagen del poder que se nos haya escapado. Sometiéndolo todo, exceptuando a nosotros mismos, al solo poder de los consejos de trabajadores que posean y reconstruyan en cada instante la totalidad del mundo; es decir, a la verdadera racionalidad, a una legitimidad nueva.

En materia de medio ambiente «natural» y construido, de natalidad, de biología, de producción, de «locura», etc., no habrá que elegir entre la fiesta y la desgracia sino, conscientemente y a cada paso, entre mil posibilidades felices o desastrosas, pero relativamente corregibles, y, por otro lado, la nada. Las terribles decisiones del próximo futuro sólo dejan esta alternativa: o la democracia total o la burocracia total. Quienes duden de la democracia total deben hacer el esfuerzo de probársela a sí mismos, dándole  ocasión de probarse sobre la marcha; de lo contrario, sólo les queda comprarse la tumba que más les agrade, pues «lo que es la autoridad, la hemos visto en acción, y sus obras la condenan» (Joseph Déjacque).

«Revolución o muerte»: esa consigna ya no es la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo. Y eso es aplicable tanto a los peligros que corre la especie como a la imposibilidad de adhesión para los individuos. En esta sociedad, donde el suicidio progresa como sabemos, los especialistas debieron reconocer, con cierto despecho, que éste había recaído a casi nada en Mayo de 1968. Esta primavera obtuvo también, sin lanzarse precisamente a su asalto, un cielo bello, porque algunos coches habían ardido y a todos los demás les faltaba el combustible para contaminar. Cuando llueva, cuando haya falsas nubes sobre París, jamás olviden que es culpa del gobierno. La producción industrial alienada trae la lluvia. La revolución trae el buen tiempo.

Guy Debord

* Escrito en 1971 para el número 13 de la revista de la Internacional Situacionista, La planète malade no llegaría a publicarse debido a su proceso de disolución, por lo que ha permanecido inédito. Se puede consultar el original francés en la página: http://inventin.lautre.net/LaplanetemaladeDebord.pdf. La presente traducción se apoya en la de L.A. Bredlow, con diversas correcciones puntuales a partir del original bastante relevantes.

notas:
1) Concepción objetivista de la historia, según la cual en la memoria se mantienen las representaciones efectivas del pasado. Se justifica así como puramente objetiva la construcción presente de la historia, y se formula y promueve una identidad social fundada en las referencias al pasado. (Nota a la edición digital.)
2) Lo que es nuevo, es que la economía haya venido a hacer abiertamente la guerra a los humanos; no solamente a las posibilidades de su vida, sino a las de su supervivencia — Guy Debord. (Nota añadida para esta edición digital. Citado en la breve recopilación «La ecología», disponible en francés en http://inventin.lautre.net)

Traducido por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques

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Modernización: nervio motor del sistema

Introducción

La modernidad y un proceso de modernización permanente parece ser el sustrato cultural que nos “gobierna” desde hace por lo menos cinco siglos.

En el clivaje entre los siglos XX y XXI, y tal vez desde mediados del siglo XX, con el fin de una guerra mundial y el señorío del american way of life, dicho proceso está mostrando un rostro que ningún futurista de los siglos XVIII o XIX habría imaginado. En aquel momento, las voces eran únanimemente (o casi), optimistas. Hoy en día, exactamente lo contrario. Cada vez más voces, miradas plantean que el planeta no aguanta más.

¿Cierto o falso?

Durante casi todo el siglo XX “aprendimos” a pensar en términos pareados. Pareados y opuestos. Democracia o fascismo. Capitalismo o comunismo. Religión o ciencia.
Parecería que de un tiempo a esta parte hemos perdido las parejas de opuestos y hemos ingresado a una senda de una sola vía. Un único camino, un único futuro…
Teniendo en cuenta la constelación cultural del planeta desde por lo menos mediados del s. XX, y no sólo cultural, sino también política, ideológica, económica, militar, ¿ese camino único, es la americanization?

Sea lo que fuere no parece un camino ni seguro ni tranquilizador. Volquemos un minuto la mirada desde los dd.hh. Los de 4ª. generación surgen hace pocas décadas precisamente como expresión de una problematización, creciente, de los desarrollos tecnocientíficos.
Así, si lo que ha dado en llamarse 1ª, 2ª y 3ª generación de derechos humanos expresaron avances, ampliaciones, una visión afirmativa del devenir social, esta reciente 4ª generación procura ponernos en guardia, hacernos conscientes de una problematización. ¿Cómo comportarnos ante clonaciones, transgénesis, una humanidad fabricada?

Ya no estamos en aquellos tiempos de Julio Verne en que cada despliegue científico o tecnológico, era una bendición. Ese positivismo filosófico, ese optimismo tecnológico es lo que vemos que está en crisis.
Hagamos entonces una incursión, siquiera mínima, en el advenimiento de la modernidad. Si pensamos en su ritmo, con todos los peligros de lo analógico, y comparamos el andar humano con el de un caballo, tendríamos que decir que estamos ante un galope, ya no tendido sino desbocado…

Capítulo 1. La modernización al galope

¿Dialéctica o trialéctica?

Si la brusca e inesperada desaparición de “la era soviética” nos hizo pensar en algún momento, muy a principios de los ’90, que se simplificaba el panorama ideológico del mundo contemporáneo, que podríamos volver al viejo paradigma de izquierda vs. derecha, a la búsqueda de un anhelo todavía no realizado enfrentando la atroz realidad que castiga a la mayoría de la humanidad, evitando esa “anomalía” que era de derecha y predicaba ser de izquierda, que a mi modo de ver envenenó, ideológicamente, todo el siglo XX, el escaso tiempo transcurrido nos ha revelado que de ninguna manera se ha recuperado aquel tiempo pasado ni tampoco ha sobrevenido lo anunciado por algunos agoreros; lo del fin del conflicto político.

En rigor, el siglo XX vio más a menudo tres actores o más en pugna, por lo menos mucho más frecuentemente que lo que los dictados de una dialéctica presuntamente científica (más bien cientificista) nos autorizaba vislumbrar.
En todo caso, si vimos un suceder dialéctico fue más el propio de una dialéctica no sintética, con pares opuestos que se sucedían sin solución de continuidad: no había cesado la lucha entre el carcomido mundo aristocrático y el impetuoso mundo burgués y ya teníamos la lucha entre burgueses y proletarios, que de inmediato trasmutara y se reasumiera en el socialismo, que en realidad eran los socialismos. Internacionalistas los primeros; revolucionario o evolucionista, fueron sus opciones inmediatamente después.

En un momento, en el cambio de los siglos XIX a XX amagó la existencia de un “pensamiento único”, por cierto que en los antípodas del que se quiso proclamar victoriosamente con el colapso soviético: hace cien años se hizo un lugar bastante común en las capas ilustradas occidentales el pensar en el advenimiento del socialismo.

Esa fe movía montañas entre sus creyentes, capas trabajadoras, proletariado militante, capas de intelectuales intérpretes de lo que se invocaba como nuevo e ineluctable, pero también conmovía a quienes no simpatizando con semejante futuro, porque se identificaban a sí mismos como burgueses, lo veían inevitable. Le temían, en todo caso lo odiaban, y hasta podían resistirlo, enfrentando ese sentido común que anunciaba este advenimiento de este otro tipo. Hay intelectuales de derecha, antisocialistas, que expresan esto, como Gustave Lebon.

Más tarde, el tronco de la ideología socialista tendrá otras ramificaciones, nacionalistas.
El socialismo nacional se fue llamando, y haciéndose, cada vez más, nazismo o fascismo. Particularmente en el centro planetario, es decir en los países no coloniales.
El socialismo internacionalista generó a su vez diversas alas o corrientes, en parte dependiendo de su localización planetaria. Una principal, soviética, estalinista con centro y eje en la URSS (1917-1991), otra sociademócrata, burguesa y conciliadora; Suecia fue su modelo más acabado (1932-1976). En España, en la década del ’30 tendremos también un polo anarquista (que provenía de mucho antes), enfrentado a estalinistas y socialemócratas (amén de dividido ese polo, en sí mismo).(1)

Habiendo despreciado las libertades burguesas, el principal experimento social considerado socialista −la URSS− terminó por carecer de tales libertades, sin obtener, empero, la postulada igualación.

Con el colapso soviético, y al menos transitoriamente, con el desbarajuste planetario de la opción socialista (2) pareció simplificarse el cuadro de opciones políticas y/o ideológicas.
Por un lado, surgieron intelectuales orgánicos del poder “mayor” que auguraron la muerte de la política propiamente dicha, puesto que no veían opciones a lo único existente; se podría gestionar de un modo u otro pero siempre dentro del horizonte de la sociedad dominante, la del régimen burgués, industrial o moderno.(3) Un poder globalizado y eurocentrado, o como se lo prefiera denominar.

Una suerte de heguelianismo redivivo. Que se abona en la occidentalización cultural de todo el planeta, es decir del “resto del planeta” que no es europeo-occidental. Para quienes no aceptábamos esta eliminación de la política y el alineamiento correspondiente (que hizo famoso, a F. Fukuyama, con aquello de que se había terminado la historia, una variante del par prehistoria-historia tan caro a “los clásicos” del marxismo), quedaba por un lado ese mundo actuante, el del imperialismo ahora cada vez más bajo el nombre de globalización, y por el otro, la resistencia a la expansión de ese proyecto-realidad; mediáticamente los globalifóbicos; resistencia, negación a lo existente y a su expansión, aunque no afirmaran una opción claramente anclable en modelos existentes.

Desde los ’90, entonces, nos encontramos con alternativas que todavía cuesta dilucidar si son reales o espejismos.
Una de las primeras expresiones alternativas “pos-soviéticas”, enfrentada a la vigencia absolutizada del mundo-tal-cual-es, fue el Foro Social Mundial. Por un momento, a principios del s. XXI, su reunión en Porto Alegre se opuso a la del Foro Económico de Davos, en Suiza, que durante décadas se había dedicado a concentrar la élite planetaria y a “marcar la agenda” de los poderosos, los privilegiados del planeta.(4)
Rio Grande do Sul, multilingüe, Davos monolingüe, por ejemplo. Pero analistas como Michel Chossudovsky (5) nos dirán que no es sino un debordiano (6) espectáculo. Fundamentada observación que no podemos desechar; demasiadas fuentes de financiación en común es lo que dicho autor ha rastreado.

Lo cierto es que ya entrados en el siglo XXI, se han vuelto a visualizar tres opciones (por lo menos), claramente diferenciadas, al menos en lo que tiene que ver con nuestra región, sudamericana. Sigamos aquí a Emir Sader, integrante del PT, un politólogo brasileño que tiene mucho predicamento en los círculos progresistas y enfrentado a “la derecha”.
Sader enumera:
1) el neoconservadurismo, que sigue manteniendo su denominación, viciosa y falsa de “neoliberalismo”,(7) que, para el caso de América Lapobre, estaría sentando sus reales en Colombia, México, Honduras…
2) un populismo burgués que no rompe con la globocolonización −como con acierto ha bautizado Frei Betto lo que economistas llaman ahora “globalización”−. Se diferencia del neo-conservadurismo, por sus “políticas sociales”, es decir de distribución de ingresos hacia las capas sociales menos favorecidas (y que son en general las que el neoconservadurismo rampante ignora). En América del Sur Sader ubica en este sitio a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Brasil, Argentina, Ecuador y Uruguay, que aun sin ser toda la América del Sur y menos todavía el Caribe, apenas presente por Cuba, es de todas maneras el grueso poblacional, económico y político de la región.(8)
Y finalmente,
3) lo que Sader denomina “ultraizquierda”. Con lo cual tácitamente atribuye la condición de izquierda al ítem anterior. Algo que mirando la estructura económica vigente y la relación con el centro planetario no deja de ser peculiar, aunque guiándose exclusivamente por los pergaminos sería “cierto” en casos como Uruguay o Brasil, y más complicado en Argentina, por ejemplo. Pero, ¿es que puede existir, una izquierda capitalista?
4) Sader centra, de todos modos, las opciones políticas realmente existentes entre: 1) y 2). Lo cual es obvio hasta por las denominaciones que utiliza.
La ultraizquierda le parece desechable por su divorcio radical con el espíritu, con el “estado de ánimo de las masas” (ibídem).

A mi modo de ver, le falta a Sader, en ese cuadro de situación, la dimensión ecológica, que es siempre planetaria. Preguntado expresamente por esa ausencia, por si no era acaso una falencia, la negó de raíz, como falencia, porque: ‘la dimensión ecológica era muy, muy importante pero no transversal, no medular.’

Sader destaca, en cambio, que en el cuadro político actual y en la disputa entre neoconservadurismo y progresismo falta una dimensión que sí considera básica: la laboral, la de clase. Afirma que la política actual se mueve como si todos, o casi todos, no trabajásemos, como si nuestra condición trabajadora fuese soslayable.
Si bien nuestra condición de transformadores no está casi presente, como él dice, y debería estarlo, nuestra condición de residentes, “usuarios” o “vecinos” terráqueos no la pensaba tan medular como nosotros sí la vemos.

Sader apunta a que la iniciativa ideológica para la configuración de los imaginarios sociales la sigue teniendo el neoconservadurismo, el capitalismo puro y duro, puesto que la sociedad está vista como el mercado y quienes la integran como “consumidores”. Sader, entonces, se conforma con legitimar reclamos a favor de “el proletariado”, demandas que provienen del s. XVIII o XIX.

Nos permitimos considerar que la disyuntiva planteada por Sader es francamente insuficiente. Temporalmente atrasada: critica el escamoteo del trabajador a manos imaginarias y virtuales del consumidor. Tiene razón. Pero así y todo, falta la dimensión ecológica, o si se quiere, “territorial” que consideramos inescindible de la perspectiva política: una política sin ecología o con una ecología instrumental nos lleva al derrumbamiento planetario.
Porque somos residentes, productores y consumidores. Somos tridimensionales.
La dimensión ecológica cuenta además con otro rasgo necesario, sin el cual pierde sentido: la forma de apreciar o integrar esa mirada a la situación política pasa por las relaciones imperiales, o de centro a periferia, por las condiciones de actividad del sistema “global” que nos rige. Es decir, de nada sirven esas ecologías ambientalistas que procuran mejorar o lubricar el sistema de poder establecido. La ecología será antiimperialista o no será nada (bueno).

Capítulo 2. La tecnología hoy

Antes de abordar tales relaciones, veamos, siquiera someramente, rasgos dominantes de ese centro planetario, constituido fundamentalmente por países enriquecidos, es decir los ajenos al destino colonial (aunque tales sociedades no incluyan, por cierto, a todos sus habitantes).(9) En una palabra, nos referimos al circuito globocolonizador, fundamentalmente matrizado, configurado desde mediados del s. XX, por la élite de poder de EE.UU. y cada vez más −desde el 11/9/2001− por el binomio geopolítico EE.UU.-Israel, cada vez más inseparables, amén de las capas “integradas” de los ya mencionados países enriquecidos −algunos hoy, 2011, en proceso de empobrecimiento−, más los circuitos −mucho más restringidos−, de las élites globocoloniales de los países empobrecidos.

Se trata de rasgos “clásicos” o recientes, algunos se han acentuado y otros han surgido en las últimas décadas.
– aumento de escala para la producción junto con la expansión; tal vez el rasgo más característico, estructuralmente necesario para la rentabilidad y el poder de los privilegiados. Su desarrollo y pujanza lo convierten en un factor de primer orden y sin duda de difícil manejo. Se podría decir que es una tendencia sostenida en el último medio milenio e indudablemente está estrechamente vinculado a los desarrollos tecnocientíficos. Tal vez el fenómeno que en la actualidad lo registra con mayor nitidez sea el de la contrarreforma agraria en marcha bajo la denominación modernista de agribusiness, que se traduce en el despoblamiento de campos, unidades de producción agraria o agropecuaria cada vez más extensas, “agroindustriales” (aun cuando no debería confundirse la elaboración de vajilla o botones con la crianza de cerdos o plantas). El investigador Robert Kenner (10) afirma que las modalidades de producción de granos y alimentos así como de animales domesticados ha variado más en los últimos 80 años de la historia humana, en el siglo XX, que en los anteriores 10 000 o 15 000 años que se estima tienen tales actividades entre humanos.
El descrito es un rasgo “clásico”; los siguientes son más recientes:
– inversión de las relaciones entre economía y finanzas y entre ciencia y tecnología;
– quimiquización fuera de control;
– megalopolización urbana y contaminación también ello cada vez más fuera de control,
– deterioro de la calidad de productos cada vez más masivos, “compensada” por su mayor accesibilidad; recambio permanentemente acelerado; obsolescencia programada.

2.1 Aumento de escala de las unidades productivas

Se trata de una expansión no lineal sino progresiva, que va expandiendo no sólo la producción, los mercados y sus modalidades, sino también el ritmo con que se produce la misma expansión. Unidades productivas, de aprovisionamiento y procesamiento, cada vez mayores y consiguiente consumo creciente de materias primas y recursos. El reinado de la mercancía dirá Karl Polanyi.(11)

Un corolario de la tendencia al aumento de escala productiva es la consiguiente tendencia al catastrofismo cada vez más propicio, inherente a la intensidad y concentración del capital. De lo cual la rotura en la perforación de BP en el Golfo de México es buen ejemplo. Junto con ello, ciertamente se acrecientan los medios tecnológicos para enfrentarlos. El rescate de los 33 mineros en Copiapó, Chile, sirve claramente de ilustración de ambos aspectos. Es cierto que gracias a nuevos vehículos y dispositivos de penetración del suelo y la roca, los mineros pueden sufrir un accidente y quedar aislados a más de 700 metros de profundidad. Pero también es cierto que no bien detectados vivos, en muy poco tiempo, en 24 horas se pudo trazar y enviar una sonda, y en unos dos meses se los pudo rescatar mediante la ya famosa cápsula que transitó por el túnel vertical taladrado con enorme precisión. La sonda permitió la sobrevida, haciéndola incluso llevadera, esos dos meses. Y lo demás, ya lo vimos todos.

Señalemos siquiera someramente otro ejemplo, el del automovilismo. Se han desarro-llado vehículos cada vez más rápidos; andar a más de 200 km. por hora, con los consiguientes riesgos, pero también con el recurso del air-bag y la ventaja de “acercar” las distancias, aunque sólo en las cuidadísimas rutas del Primer Mundo. Las automotrices también han ampliado su escala y el toyotismo se convirtió en el nuevo escaño tecnológico “superando” el fordismo de la primera oleada automatizadora.

El toyotismo se precia del just-in-time, es decir del ahorro que significa la eliminación de los depósitos y sus consiguientes existencias de mercadería a la espera, pero sobre todo de la eliminación de mano de obra mediante nuevos peldaños de automación.

Ya metidos como usuarios en la gran escala ahora imperante en la industria automotriz (como en prácticamente ocurre en más y más ramas de actividad), los resultados no han sido tan exultantes. Toyota, precisamente, afronta resultados llamativos: en 2010 ha llamado a revisión a unos diez millones de vehículos producidos y salidos al mercado entre 2007 y 2010. No se trata de cifras despreciables; aproximadamente un tercio de toda su producción. Un millón y medio de tales controles proviene de que el sistema de limpieza de parabrisas puede ocasionar incendio. Medio millón han sido llamados a control por imperfecciones en el sistema de frenos, nada menos. Y así por el estilo.

Los coches que “salen solos” de las fábricas no parecen tan tecnológicamente perfectos como nos quieren hacer creer. El problema no se arregla a pura previsión aunque tardía. En el ínterin, con tales imperfecciones, en EE.UU., donde opera la mayor fábrica de automotores del mundo −Toyota, precisamente−, se cuentan por decenas las demandas por muertes en accidentes vinculables con errores o fallas en la construcción, o tal vez tengamos que decir cada vez más, en la configuración del vehículo. Y miles de demandas por diversos accidentes vinculados con lo mismo. Una danza de miles de millones, pero sobre todo una danza de vidas humanas destruidas o afectadas.(12)

Los desarrollos tecnocientíficos permiten “proezas” cada vez mayores, tanto en los avances como en su remediación cuando se hace necesaria. El ser humano es cada vez más capaz de:
– pulverizar montañas para llevar adelante la llamada megaminería,
– perforar napas geológicas,
– explotar petróleo submarino,
– establecer plantíos transgénicos en una escala sin precedentes,
– hacer fumigación aérea de enormes extensiones,
– efectuar desmontes masivos de millones de ha (algo que habría llevado antes décadas y que ahora se hace en una estación),
– expansión planetaria del automovilismo con la consiguiente contaminación atmosférica;
– elaborar energía nuclear, con su problemática irradiación, tanto en la extracción como en su deposición “final”,
– los climatólogos e ingenieros de la actividad petrolífera, así como los transportistas del ramo calculan que con el hielo ártico desaparecido entre 2014 y 2018 podrán simplificar enorme-mente y mejorar en consecuencia la extracción de minerales en la región y acortar en miles de km la distancia para los fletes que unen el norte americano y el Asia sudoriental. Evitarán “las vueltas” por el Canal de Panamá o el de Suez. Y están exultantes con ello, calculando los ahorros de tiempo, desgaste, energía, etcétera. ¿Y el casquete polar? No tará má. Saparecerá. “Cosas” sin entidad, como hemos tenido que escuchar alguna vez.

Ejemplifiquemos con casos de aumento de escala, y luego ya nos concentraremos en el caso argentino para el examen de la contrarreforma en marcha.
Focalicemos en la pesquería y en la cría de los animales de mayor consumo.

PESCA. La humanidad se ha nutrido desde tiempo inmemorial de peces y seres vivos acuáticos. Se estima que el 60% de las proteínas animales consumidas por la humanidad ha provenido, históricamente, de la pesca. El otro tercio de proteínas animales ha sido provisto por los animales de tierra o aire. Aves, cérvidos, liebres, cabras, cerdos, vacas, cuises, y el larguísimo etcétera que va variando de región en región. La pesca se ha estado industrializando desde hace siglos. Y “perfeccionando” sus técnicas al punto que al día de hoy, con sus redes de arrastre, sus bombas de profundidad y tantos otros recursos, los pescadores están en condiciones técnicas de vaciar el mar. Cada mar que “visitan”.
Sería un éxito deslumbrante si no fuera por el pequeño detalle de que la pesquería está logrando así serruchar la rama sobre la que está asentada.
Sus técnicas de arrastre son tan “perfectas” como para no dejar intocado los fondos marinos. Que son, precisamente, la base nutricia de muchísimos circuitos vitales. Las redes son tan rendidoras que no perdonan ni siquiera a los más pequeños peces, puesto que los barcos engullen los peces grandes para comida humana y los pequeños como masa nutricia para animales criados o cultivados por el hombre, peces en estanque incluidos.

Tanta calidad técnica y ceguera natural o crisis del sentido común, ha hecho que la pesca haya desaparecido por ejemplo de todo el entorno marítimo europeo. El Mar Mediterráneo, otrora asiento de apetitosos atunes y tantas otras especies que han alimentado milenariamente a las poblaciones costeras, es ahora poco más que el sumidero de los desechos de los países que lo circundan. El Báltico, por ejemplo, está tan contaminado que sus especies marinas han disminuido dramáticamente su fecundidad. La reproducción es bajísima y menguante. Por estar interconectado no desaparece, como el mal llamado Mar de Aral (el sexto lago más grande del planeta, hoy reducido a una charca salobre gracias al “milagro soviético”); permanece, pero cada vez más sin vida.

Desde hace unos años, las dotaciones pesqueras europeas se dedican a saquear las cos-tas africanas, como la somalí, donde la impunidad es grande por la falta de un estado local en condiciones de defenderse, pero también la de otros estados que tienen como dieta básica el pescado, por ejemplo Namibia, que ve raleada su pesca por las incursiones desde ultramar.

Como la “perfección” técnica, el alcance depredatorio en suma, no se ha abandonado, sino que, por el contrario, sigue en pie, en auge, sacrificando a los pescadores locales robándoles las pescas, por ejemplo, mar adentro, el destino de la pesca planetaria es su desaparición. Y con ella, la ingestión principal de proteínas de la humanidad. Ya imaginamos el festejo de algunos laboratorios produciendo pastillas de ω3 u ω6 “para todos”…

Y nos hemos limitado a hablar de los desarrollos técnicos propiamente pesqueros. Pero hay que mencionar, por ejemplo, la plastificación de los mares, gracias a la invasión de otra industria −la petroquímica− que ha significado el crecimiento en progresión geométrica de restos plásticos: con microorganismos adheridos se van depositando de a poco en los fondos marinos reteniendo el oxígeno de las aguas superficiales y a la vez bloqueando los ciclos bióticos de esos fondos marinos que vimos ya tan maltratados… Recordemos que los fondos marinos constituyen más del 70% del suelo planetario… y son así la mayor parte de la biosfera del planeta.

Avícola y suina. Veamos un par de casos de agrandamiento sostenido de las unidades de producción, en cerdos y aves.
Como se describe en muchísimos documentos, el tratamiento dispensado a animales destinados al consumo humano es de una indiferencia y crueldad sin límites. Pero tanta “eficiencia” tiene su rebote; estamos dañando nuestra salud.
“[…] que se apliquen verdaderos procedimientos industriales para la «fabricación» de animales. Gallinas, vacas, borregos, conejos y todos aquellos animales que los estándares occidentalizadores determinen como comestibles, son tratados como grabadoras o DVD’s, hechos en serie. Las granjas se han convertido en verdaderas factorías en las cuales a los animales se los maneja igual que a metros de tela destinados a confeccionar vestidos. Mediante artificiales procesos hormonales y genéticos, se los obliga a sobre-reproducirse, se los alimenta con sus propios excrementos y cadáveres «enriquecidos», se los apretuja en reducidísimas áreas, se los transporta hacinados, ahogándose con su propio calor y sudor, y se los sacrifica bárbaramente […].”(13)

En esas condiciones la expansión de enfermedades, de pandemias, es también fulminan-te. Desde hace unos años, nos enmudecen y atemorizan con la “gripe aviar”, la “influenza porci-na” y otras plagas “bíblicas” en tanto los laboratorios están de parabienes con sus vacunas.(14)

La referencia al “aprovechamiento de todo” es una curiosa perversión de una conducta tan cara a la producción orgánica, de no producir desechos.

En el caso de los establecimientos hiperindustrializados, el afán de no desperdiciar nada en un proceso productivo que no se basa en la salud de los integrantes ni en pasos depurativos de compostado, ni en biodegradación aeróbica o anaeróbica ni en cadenas alimentarias biológicamente reconocidas, sino en el afán de no perder “ni un gramo de ingredientes” ha llevado, por ejemplo, a alimentar animales herbívoros con restos cárnicos. Tal fue el origen ya archisabido del llamado “mal de las vacas locas” (enfermedad de Kreutzfeldt-Jakob). Como exponente, dada su gravedad y ramificaciones mediatas, alcanza y sobra, pero bueno es saber que se trata apenas de un ejemplo entre tantos.

En agosto de 2010, p. ej., se retiraron en EE.UU. 500 millones de huevos infectados o potencialmente infectados con salmonelosis. Todos provenían de apenas dos establecimientos pertenecientes, en rigor, a un único propietario.(15) DeCoster. Por supuesto, los huevos lucían en las góndolas como provenientes de distintos “competidores” en el mercado, porque llegaban o iban a llegar al consumidor, como siempre, con muy diferentes marcas y envases.

La fábrica en cuestión, trabaja en régimen como de zona franca, es decir sin leyes ambientales ni laborales, a discrecionalidad contra los asalariados y en especial contra las asalariadas. “En 2002, la compañía de DeCoster pagó un millón y medio de dólares para llegar a un acuerdo en referencia a una demanda legal presentada por la Comisión Federal de Igualdad de Oportunidades Laborales en representación de mujeres mexicanas que informaron haber sido sometidas a acoso sexual, incluso violación, abusos y represalias por parte de sus supervisores.” DeCoster es un ejemplo práctico de las observaciones filosóficas de K. Marx. Todo se cosifica: los animales, los asalariados, los clientes.

Esta epidemia se frenó. ¿Cuántas nos llegan y luego, en cada hospital, cada médico irá diagnosticando una patología, por supuesto de-origen-desconocido?

Pensemos en que las unidades de producción de animales de granja eran antes por decenas y ahora lo son por miles o millones. Un cambio cualitativo en su tratamiento se ha introducido con la gran industria, un cambio de escala donde pierde el hombre su cualidad humana y el animal la suya animal.
EE.UU. ha mantenido un consumo de cerdo bastante estable en las últimas décadas, en todo caso aumentado junto con el propio aumento demográfico de población. De unos 50 millones de cerdos carneados anualmente a mediados del s. XX ha pasado a unos 65 millones hacia el cambio de siglo.

Pero reparemos en la transformación que tiene que haberse operado en el cómo. De tener alrededor de dos millones de establecimientos que enviaban a faena unas pocas decenas de cerdos por año cada uno, a tener apenas un puñado de mataderos que carnean hasta varios miles de cabezas por día (32 000 carneados por día en Smithfield, en Tar Heel, Carolina del Norte, p. ej.).(16) Esto significa un enorme y brutal cambio en el cuidado y la atención de los animales. Industrialización, estandarización y cambios sustanciales en la dieta. Lo patógeno también cambió de naturaleza y ritmo: han aparecido plagas, que se han “universalizado”: las “enfermedades en serie” se reproducen incontenibles.(17)

En el caso de las gallinas y pollos, se crían “paralíticos” para que no gasten energía o porque, acelerado su ritmo de crecimiento a menudo no logran mantenerse en pie (las hormonas aceleradoras no hacen crecer al mismo ritmo a las distintas partes del cuerpo). Los huesos no sostienen la carne o los músculos no llegan a desarrollarse acordes con la masa corporal. Se les sellan los picos, haciéndolos romos para evitar que se picoteen entre sí en la desesperación de sus cubículos, y en el caso de las ponedoras, para que no picoteen los huevos que acaban de poner. Los establecimientos avícolas “modernos” lidian con millones de ejemplares.

El estiércol resultante de tales “establecimientos fabriles” ya no es fácilmente incorporable a la tierra donde sirvió durante milenios de abono extraordinario y natural de próximos cultivos. Ahora, las deyecciones de millones de aves ya no cumplen papel alguno en los ciclos de rotación y fertilización de la tierra. ¡Para eso están los laboratorios! En su lugar, se van creando lagos de estiércol en las proximidades de los establecimientos, y los habitantes de las localidades vecinas atestiguan que los campos apestan las 24 horas. En el norte de Alemania, la cría industrial avícola ha generado tal problema “olfativo” que sus traficantes han encarado su “solución”.

No piense el lector que hay en esto atisbo de autocrítica, reconocimiento de las virtudes alimentarias de lo local, por ejemplo. No, ¡retroceder jamás! Sencillamente una solución pragmática. Así como cuando tales concentraciones de animales generaban una locura generalizada en ellos y aumentaba muchísimo la agresividad, no se le ocurrió a ningún criador volver a dimensiones menos monumentales, criando animales que gozaran relativamente del espacio y de su vida, sino que sencillamente serrucharon los picos de las gallinas, ante el problema olfativo, los emprendedores del ramo organizaron tales establecimientos con sus millones de animales en pre-matadero en Brasil, en la costa noratlántica –para abreviar fletes– y que los pollos lleguen a Alemania ya listos para el consumo, eviscerados, sin plumas y sin tener que soportar la población –alemana, claro–, el olor “colateral” de la mierda. Carecemos de datos sobre si los establecimientos en Brasil tienen vecinos.

Capítulo 3. Alojando históricamente lo que ahora nos pasa

Este sistema agroalimentario no es eterno. Tiene, por el contrario, escasísimas décadas. Sobreviene con la hipertecnificación de los procesos industriales y el “aprovechamiento industrial” de todos “los elementos constituyentes”. Tiene que ver con los cambios que se han operado en las últimas décadas, que nos recordaba R. Kenner. Un ejemplo de modificaciones biológicas y sanitarias a partir de la “revolución alimentaria” que ha convertido a los vacunos en pura mercancía. Las vacas se han alimentado toda la vida de pasto. Pasturas, rotaciones, han sido sabiduría humana durante miles de años.

Pero con la industrialización y la estabulización, a las vacas, encerradas y paralizadas, se las provee en EE.UU. de maíz como único alimento (en Argentina, algunos feed-lots adoptan la misma estructura pero basados en soja). La vaca genera, alimentada con maíz, una mutación en una de sus muchísimas bacterias que la convierte en causa de la gravísima enfermedad llamada sindrome urémico-hemolítico. Se ha verificado que un retorno de la vaca a la dieta de pasto y en una semana aproximadamente, desaparece esa cepa del estómago rumiante donde habita. Con lo cual, queda claramente demostrado que se genera por el maíz. ¿Volverán las vacas madeinUSA a alimentarse con elementos benignos? De ningún modo: habrá que aprender a lidiar con el sindrome señalado (p. ej. cocinando tanto como para “achicharrar” a dicho vector patógeno).

Así remataba la oenegé GRAIN un informe donde desnudaba el verdadero origen de la gripe aviar; el sistema industrial de cría de animales:

“Una interrogante candente es por qué los gobiernos y las agencias internacionales como la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) no hacen nada para investigar cómo las granjas industriales y sus productos, tales como estiércol y raciones, extienden el virus. Por el contrario, están usando la crisis como una oportunidad para profundizar la industrialización del sector. Se multiplican las iniciativas para prohibir la producción de pollos al aire libre y eliminar a los pequeños productores, y reponer las granjas con pollos genéticamente modificados. La red de complicidad con una industria involucrada en una sarta de mentiras y encubrimientos parece completa.
“Los campesinos están perdiendo sus medios de vida, sus razas de pollos nativos y están siendo expulsados del mercado, y algunos expertos dicen que estamos al borde de una pandemia humana que podría matar a millones de personas […]. “¿Cuándo se darán cuenta los gobiernos que para proteger a los pollos y a las personas de la gripe aviar, necesitamos protegerles de la industria avícola mundial?”(18)

Aunque el nudo problemático que plantea el texto de GRAIN es preciso, su pregunta es ociosa si pensamos en la FAO. Desde hace ya mucho tiempo esta comisión de la ONU, como el PNUD, el PNUMA, la OMS, el PMA, etcétera, se dedican a legitimar el sistema con su modelo productivo de grandes consorcios transnacionales, aceptando el paradigma del capitalismo monopólico, como si fuera lo único que puede hacer funcionar al mundo, como si se tratara de una ley celeste de rotación y traslación de planetas y no de capitales; como si eso no revelara, sencillamente, que las comisiones “técnicas” de la ONU pertenecen a los privilegiados del mundo. La inolvidable imagen de Quino.

Contrarreforma agraria en marcha en Argentina

Es en el concierto mundial descrito en donde las economías nacionales están metidas. La Argentina figura entre los “aventajados” integrantes de la globalización si lo medimos por el ingreso de dólares al circuito económico que llamamos argentino. Al privado y al público. Pero su costo parece ser altísimo. Como bien lo explicita la Asociación Ecologista Piuké: “Nos animamos a sumar tres grandes venenos más al señalado por nuestra presidenta [CFK se refería al veneno comunicacional proveniente de ciertos medios]: cianuro, glifosato y uranio. Los tres constituyen hoy los botones de muestra (y sólo los botones) de un sistema de desarrollo que nos destruye, saquea y enferma […].”(19)

Si bien las estadísticas nacionales son todo menos confiables, el vuelo económico de los que se reputan winners del momento, como pueden ser sojeros −y toda una gama de ramas de actividad florecientes: turismo, computación, bienes inmuebles, la tierra asiento de los agronegocios, la industria automotriz, laboratorios proveedores de las nuevas modalidades productivas, las ciudades pequeñas y medianas del “país de la soja”− nos muestran un país con enorme cantidad de circulante. Desde la presidencia se nos habla de una cantidad de reservas pocas veces vista.(20) No obstante lo anterior, es inocultable la mala vida en sectores amplísimos de población, el proceso de exclusión parece imparable, se ve el deterioro del ambiente. Todo esto, invaluable en dólares.

El agronegocio, cada vez a mayor escala, sigue expulsando y acorralando a campesinos pequeños, con o sin tierras, excluyendo “brazos” de su sofisticada producción (aunque incorporando otros, menos, tecnologizados). Los cordones de miseria no sólo no desaparecen sino que parecen extenderse y todo esto en dimensiones cada vez menos “nacionales” porque el emporio sojero con asiento en Argentina se ha ido expandiendo, sobre todo hacia Uruguay, pero también hacia Bolivia o Paraguay y por lo tanto, los expulsados provienen también cada vez más de allende la frontera: buscan mitigar la exclusión mediante tareas marginales en las ciudades y entre ellas, en la megalópolis regional, Buenos Aires.

Capítulo 4. Los rasgos recientes de la tecnologización

4.1 Inversión de las relaciones

FINANCIERIZACIÓN DE LA ECONOMÍA. Nos restringiremos a una única observación respecto de otro de los rasgos señalados; el de la mencionada financierización.

Es absolutamente necesaria una crítica a fondo de los conceptos fundantes de lo que todavía hoy llamamos “economía” e incluso “ciencia económica”; una trama de conceptos de rendimiento, productividad, beneficios, amparada en la externalización de costos, valida de proyectos de impacto ambiental totalmente adocenados, legitimados por agencias gubernamentales estadounidenses, y por lo tanto con una geopolítica nacional, pero que fungen como si fueran internacionales, como es el caso del FMI, el BM y la USAID (esta última no se declara “internacional”, aunque su denominación “Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Interna-cional” merecería rebautizarse como “Agencia para el Desarrollo Internacional de EE.UU.”).

Estos “asesoramientos” avalan de manera falaz el adueñamiento de bienes comunes a la humanidad, “abaratados”, como bien señala Javier Rodríguez Pardo,(21) mediante la denominación de “recursos naturales” y mercantilizables mediante el artilugio de considerarlos apropiables.

Pero encima de una construcción ideológica y selectiva de lo económico está el hecho avasallante y al parecer irreversible, de que la economía se sateliza cada vez más ante los movimientos financieros, verdadero nervio motor de la producción y el intercambio actuales.

Lo financiero era en siglos pasados, el apoyo, el complemento de las transacciones económicas. Pero hoy “reina” como elemento protagónico. Da vergüenza ajena escuchar a políticos exaltar el PBI como referencia de progreso o calidad de vida. Y si el político es “de izquierda”, da pena, además.

Señorío de la tecnologización; servidumbre de la ciencia

Así como la economía y las finanzas han invertido sus roles, así ha pasado con la ciencia y la técnica: ahora la ciencia está al servicio de la técnica, es decir de las corporaciones que promueven (sistemática y permanente-mente) nuevas técnicas, nuevas configuraciones tecnológicas como una forma de dominio cultu-ral, ideológico, político y finalmente material. La que se suponía protagonista, dueña de la situa-ción; la ciencia, es en realidad su servidora, es decir se desarrolla al “amparo” de grandes corpo-raciones. También fructifica en el ámbito universitario, pero ése es el sector menos dinámico. También, finalmente, en las cabezas de científicos independientes, pero éstos son los menos.

La disciplina que tenía el rol accesorio, se ha convertido en el eje de las actividades tecnocientíficas, en el motor del “sistema económico”. La tecnología está cada vez más configurada en enormes consorcios civiles (casi siempre comerciales) o militares.

4.2. Quimiquización

Apenas el 10% de los productos químicos que salen al mercado tienen una “ficha de identidad” que refleje el conocimiento de sus cualidades, virtudes y defectos. Del otro 90% sólo se conoce (y se ha investigado) el rasgo utilitario por el cual se lo ha buscado, configurado, encontrado. Por cada producto prohibido por instancias reguladoras, son miles los “aprobados” sin más verificación que la utilitaria. Por eso quimiquización y contaminación se aproximan tan peligrosamente.

4.3 megalopolización à la argentina

Señalemos un único elemento vinculado con la proble-mática de la megalopolización. En Argentina, tanto los economistas de la Coalición Cívica como los del gobierno consideran buen augurio la producción incontenible de autos cero km. En una sociedad colonializada,(22) ese sólo dato satisface a los que gobiernan (o aspiran a hacerlo), con prescindencia de una observación más estructural, de un pensamiento más matizado, que tenga en cuenta, por ejemplo, su pesadísimo costo energético o que la elasticidad del parque automoor no se corresponde con la de su base de desplazamiento material, las calles, más inelásticas.

Ese divorcio nos puede llevar no a una mejor calidad de vida, como postulan los enamorados del automovilismo o de las estadísticas del PBI sino a una peor calidad de vida urbana, cotidiana, a bordo en las rutas y avenidas atascadas. Lo señalamos a título de ejemplo de cómo no calibrar “los avances”.

Los modernizadores están de acuerdo. Con ropaje neocon o con ropaje progresista, con filosofía liberal y capitalista o con convicciones progresistas, socialistas y marxianas, la globalización sigue su marcha. Triunfal y catastrófica. A la vez.

Y vale la pena considerar una conexión típicamente ecológica: la megalopolización tiene entre sus causas el despoblamiento rural que provoca el monocultivo y su rentabilidad.
Una consecuencia de tales desplazamientos poblacionales es que la gente concentrada en grandes urbes gana accesos, comodidad, info, pero también dependencia. Dependencia del sistema funcionando. Dependencia de los poderes establecidos, tanto comunicacionales como sanitarios, políticos…

4.4. Obsolescencia programada

Dejamos al lector el reflexionar sobre este fenómeno cada vez más “pujante”: ¿qué relación tenemos los humanos con la materia, que habiendo vivido siempre en un mundo de escasez el consumismo procura persuadirnos que vivimos en un mundo sin limites, infinito, de renovación continua, donde la materia ha ido perdiendo importancia, es decir el respeto, rasgo que había caracterizado prácticamente a todas las sociedades humanas?

Se entiende el porqué. Si algo es valioso por su uso, se lo cuida. Si algo vale como mercancía, más vale que desaparezca cuanto antes, así el empresario podrá reponerla. El descuido pasa a ser “el valor” de semejante sociedad. La nuestra.

Capítulo 5. Perspectivas

Varios de los desarrollos que acabamos de enumerar afectan de manera creciente y progresiva la biodiversidad, planetariamente. Es decir, que estamos jugando con fuego.
Cada vez más “capacidad” para modificar el hábitat resulta en cambio incapaz de, a su vez, no destruirlo. ¿Podemos los humanos, vivir, sobrevivir sin hábitat natural? Parece una pregunta tonta, y sin embargo, hay quienes están proyectando cómo hacerlo.
Somos fáusticos, concedido. ¿Somos más diestros o más energúmenos que Fausto?

Ése es el reto para la humanidad. Reto que se ha ido formando desde hace ya tiempo, y que “el estado de ánimo de las masas”, las sociedades concretas, no han asumido. Ni a sus “representaciones” políticas conservadoras o progresistas les ha importado.

Porque avanza nuestro conocimiento para mejor entender la naturaleza y a nosotros mismos. Avanza la medicina, la biología. Avanza la vida activa de los humanos, alcanzando cada vez más gente más tiempo de vida. Y de una vida que merezca su nombre. Avanza la ingeniería, la cibernética, todas las disciplinas del conocimiento humano, avanza nuestra comprensión del universo, de lo giga y lo nano, y de nuestro papel en todos esos universos. Pero a la vez avanza nuestra torpeza, nuestra huella cada vez más hiriente en el planeta.

Nuestro inolvidable maestro Mario Sambarino nos recordaba un pensamiento de Blas Pascal en los albores de la modernidad, enfrentando a las nuevas deidades, que consideramos sumamente actual aun cuando Pascal se ubique desde un dios y un cielo que para muchos de nosotros no existe: “El hombre está hecho mitad dios y mitad bestia, y cada vez que quiere convertirse totalmente en dios, se convierte totalmente en bestia”.

La biodversidad irreversiblemente dañada por el hombre, el disparo al ambiente de una serie de patógenos, disruptores endócrinos, cancerígenos, mutágenos que están poniendo en peligro la salud, la sexualidad ya no sólo de los humanos sino de todos los seres vivos; la radiactividad y la contaminación electromagnética cada vez más fuera de control, y tantas otras formas de contaminación cada vez más ingobernables, y también ellas irreversibles, la capacidad de los laboratorios con sus cómplices y asistentes para medicalizar cada vez más la vida, la “capacidad” creciente de los humanos para producir desechos y basura y no dar cuenta de ellos, son todos rasgos que entendemos peligrosísimos y ominosos.

Sin pretender agotar ese panorama apenas insinuado por la A. E. Piuké con los tres tóxicos mencionados, entendemos que Argentina no ha hecho hasta ahora sino aceptar gozosamente su papel de colonizado, mejor dicho colonializado.
Porque ya no somos colonia con bandera metropolitana; la nueva modalidad imperial se cuida muy bien de que cada territorio bajo la colonialidad conserve un símil de nacionalidad y estatalidad “igual” a la de las naciones reconocidas. Por eso han florecido tantos estados “independientes” en el mundo actual (la ONU tiene ya unos 200). Y celosamente, cada uno con su bandera, faltaba más.

Ardua dialéctica, ahora sí, tenemos entre centro y periferia, y la tenemos que afrontar. No es en blanco y negro, no es fácil. El centro tiene sus excluidos; la periferia sus privilegiados. Y no sólo eso; los mismos privilegiados del Primer Mundo también tienen mucho que lidiar para retener sus privilegios. Y los excluidos de la periferia también tienen una serie de peldaños, para mejorar a veces un átimo, o para empeorar hasta llegar al despeñadero de los basurales metropolitanos.

Porque la globocolonización le ha dado 4×4 a los sojeros, pero a enormes sectores de población le ha dado los basurales a cielo abierto o “bajo control”, a donde ha ido a parar la riqueza deslumbrante de la modernidad, del mundo rico, rápidamente degradada en forma de envases, carcazas y bolsas plásticas gastadas y desechadas (desechadas pero no deshechas, porque no son biodegradables).

Sustraerse a la globocolonización es arduo y problemático. Porque se trata de romper con el consumismo que se ha ido convirtiendo, por martilleo mediático pero también por autoseducción, en una segunda naturaleza. Consumir “refrescos”, o agua en botellitas plásticas, que “es lo más”, tapas de mujeres desnudas, viajes, modelos 0 km de autos o celulares, comidas rápidas −grasas y dulces, tan tentadoras−, consumir medicamentos para todo tipo de enfermedad real o imaginaria pero de fácil aplicación. Todas expresiones de cómo estamos siendo formados en la cultura dominante.

El esfuerzo para sustraerse a semejante imaginario, el necesario para afirmar una soberanía regional, cultural, alimentaria, mediante una política de respeto a la naturaleza, implica una política anticonsumista que no puede ser sino anticapitalista. Y tal tendría un altísimo precio: ser hostigados por los grandes poderes mundiales y menguar la circulación de dólares. Con ello, perdernos no sólo los gadgets de los grandes emporios mundiales; nos granjearíamos la furia (¿desbocada?) de quienes “la están haciendo con pala”.
Cambiar culturalmente; no es fácil.

Pero los “cambios de mano” de la progresía no alcanzan. En rigor, no plantean cambio paradigmático alguno. Por eso hablan de defender “un capitalismo bueno”. Cuando estallara la “crisis de 2001” hubo variadísimos intentos de tomar “los asuntos con sus propias manos”. Algunos de tales proyectos ya venían de los ’90, entonces florecen los MTD como hongos, en este caso, después de la tormenta.

En una entrevista desde la prensa alternativa, que entonces también recibió un gran espaldarazo −que ha pervivido−, porque más población cada vez confiaba menos en lo que decían radios, diarios y sobre todo la “tele”, tuve el honor y la dicha de conocer y dialogar con un agrupamiento en el barrio Conet de La Matanza, una veintena de “vecinos” luchadores. Arrinconados, sin los medios habituales de subsistencia, estaban en contacto con criadores de huevos y pollos para empezar a atender una producción local y nos contaban, “−ya que no podemos comprar lo del supermercado, vamos a producir nosotros, pero entonces hagámoslos orgánicos, sin pesticidas ni contaminantes.” Lo mismo proyectaban para una huerta vecinal, ya en contacto con los del Pro-Huerta del INTA. Quien llevaba una voz cantante en ese MTD era una mujer paraguaya, muy politizada, de formación marxista. Sesentona, con hijas adultas, consideraba que había que “expropiar a los expropiadores”. −Se trata de adueñarnos de todos los adelantos tecnológicos de que ahora disponen los sojeros, para ponerlos al servicio de todos, de modo tal que tendremos que trabajar muy poco para obtener nuestros alimentos; yo lo que quiero es que mis hijas se desplieguen en el arte, el baile, el canto, y no que tengan que seguir «yugando» como me tocó a mí…”

Dramáticamente, no pude estar del todo de acuerdo. Porque la simplificación del trabajo humano venía con un grado tal de contaminación, cada vez más generalizado, que no la hacía tan bienvenida. Y me/le pregunté, en voz alta, si no habría que volver, por ejemplo, a carpir para evitar agrotóxicos.

Para quien ha sido marcado “por el surco” es muy atractivo el canto de no-tener-que-hacerlo-más, porque “máquinas maravillosas” lo-hacen-todo.
La ecuación de mi interlocutora, industrialista, positivista, optimista, se solucionaba a pura técnica. Y no era tan fácil mostrar que la técnica no era sólo parte de la solución; que también se había convertido, ¡y cómo!, en parte del problema.

Recuerdo que una abnegadísima madre de Plaza de Mayo, con quien cruzamos una palabras sobre los desechos cotidianos me “aclaró” que “la basura” no era problema alguno porque existen máquinas que “la hace desaparecer”. Me quedó únicamente advertirle que desconfiara siempre de lo que hace desaparecer…
Encima, los industrialistas del Agribusiness proclaman que no hay marcha atrás en los desarrollos tecnoquímicos porque semejante planteo nos llevaría a la hambruna (hambruna es justamente donde estamos…)

Porque lo cierto es que el desarrollo tecnológico, librado a las fuerzas que lo gobiernan en los últimos siglos, resulta más bien necrofílico. Parecería como que a sus promotores les está vedado percibir cómo contamina, cómo disemina muerte o peligro de muerte a través de las contaminaciones generadoras de las más dispares y cada vez más atroces enfermedades. Se maltrata lo natural con una impudicia llamativa, como si la naturaleza fuera infinitamente elástica e infinitamente resistente. Como si tuviéramos un crédito ilimitado para volver siempre a un estado óptimo, a una recuperación plena. Lo cual es una terrible impostura o una escalofriante ignorancia. La vida, lo vital es increíblemente fuerte, regenerador, con una enorme capacidad de resiliencia, como se dice ahora, pero al mismo tiempo, es frágil, mortal.

Y esa condición, perecedera, no la salva ningún optimismo tecnológico. Porque no cambia la forma de plantarse ante la cuestión. Porque persiste el carácter avasallador de ese optimismo, un empecinamiento, una soberbia, que a la larga consideramos que nos va a resultar letal.

Dije antes, que si no hay un cambio cultural, en los comportamientos políticos, sociales, pero también individuales, rompiendo con la globocolonización, no veo cómo saldremos de lo que ha dado en llamarse “crisis de nuestro tiempo”. A lo que nos inducen los “neoliberales” cada vez más autoritariamente, es a seguir en la noria “global”, el culto al dólar y a las modalidades depredadoras del gran capital cada vez más transnacional.

Lo mismo exaltan los progresistas, solo que “repartiendo excedentes” en lugar de dejárselos sólo al 1 % más privilegiado.
En ambas vías se observa la aceptación plena de lo que hasta hace pocas décadas llamábamos “el capitalismo” y ahora designamos “la sociedad global”.

Una actitud crítica, de rechazo, de resistencia, nos lleva, nos tiene que llevar a ya no aceptar que la comodidad es el valor supremo, para encarar un proyecto de país, de sociedad, que realmente nos respete a todos.
¿Podremos asumir semejante “costo psíquico” sin que medie algún cataclismo? Parece difícil. La historia humana nos muestra que esas bisagras culturales, de comportamiento se han producido junto, frente a, o a causa de, enormes desgarrones del tejido social, como una guerra, una invasión. Sólo entonces un Churchill, político burgués por excelencia, se atrevió a prometer “sangre, sudor y lágrimas”. Sólo con la atroz invasión nazi a la Unión Soviética, muchos rusos, hicieron tripas corazón ante la dictadura que estaban sufriendo y resistieron lo que entrevieron como todavía peor. Con tales ejemplos, estamos hablando propiamente de cataclismos.

Si el lavado cerebral de la tinelización sigue ocupando el tiempo de los argentinos, si se completa con la tele adocenada de las Legrand o Jiménez; si los laboratorios siguen vendiendo lo que quieren o necesitan para su rentabilidad en nombre de la ciencia, la higiene, la seguridad o “el buen olor hogareño”; si seguimos creyendo que se puede “ir en auto al centro”, que nos podemos desentender de la indigencia de los que consideramos ajenos, no-prójimos; que la salud se defiende con medicamentos y no con nuestra forma de vivir, que nuestros propios desechos cotidianos, que nos sacamos de encima cada nochecita, nada tienen que ver con nosotros, estamos lejos de una sociedad más sana y por lo tanto más igualitaria, más respetuosa, más digna. Como si no necesitáramos ningún proyecto para alejarnos de un cataclismo ambiental.

Si los necesitamos, no aparecerán tales proyectos desde las opciones expuestas por Sader, sino precisamente desde el lugar que él subalterniza: la salud planetaria.

No vendrán con políticos neocon, obviamente, pero tampoco con los progresistas. Si aparecen en nuestro horizonte será por esfuerzos desde abajo, de quienes no soportan más los alimentos que enferman, los medicamentos que curan (síntomas) y enferman organismos, las ciudades para vivir que resultan invivibles, las relaciones sociales reducidas a barra de códigos. Porque ya no nos reconocemos en el mundo oficial “que nos gobierna” y nos “consume”.

Luis E. Sabini Fernández

notas:
1) En España, en 1936 todas las tendencias socialistas internacionalistas, junto a burgueses republicanos y algunas otras variantes como los católicos vascos, procuraron enfrentar a “la otra España”, la de la Falange, inquisitorial, colonialista, que contó precisamente con la preciosa ayuda de los socialismos nacionalistas, de dictadores asumidos como tales, Hitler y Mussolini, amén del apoyo de todo el arco político más reaccionario, como los emigrados zaristas rusos. Ni siquiera la sublevación fascista e integrista católica logró consolidar dos bandos: las luchas entre comunistas y anarquistas, por ejemplo, fueron tan cruentas como las habidas entre republicanos y franquistas. La guerra civil española expresó trágicamente la puja entre por los menos tres actores…
2) Que queden algunas formaciones sociales que lo postulen y hasta lo practiquen, como Corea del Norte, Cuba e incluso otras lo anhelen y lo visualicen como meta, como es el caso de la Venezuela bolivariana o chavista, con su “socialismo del s. XXI”, no alcanzaría para tipificar al socialismo actuante como la opción al capitalismo vigente, al régimen dominante. Al menos no en los términos de “certeza histórica” o fe política con que se lo blandía décadas atrás, aunque existen en Argentina y en tantos otros lugares, toda una gama de partidos, asociaciones socialistas, marxistas-leninistas, con el sueño “intacto”, postulando los programas y metas del “socialismo científico” en sus muy diversas variantes, aunque cada vez más desancladas de los viejos modelos “nacionales”, albanés, chino, ruso-soviético, cubano, coreano… De todos modos, existe una indudable base común a socialismo y ecología, enfrentados ambos a la absolutización de la propiedad privada.
3) En Argentina tenemos los casos proverbiales por su alcance mediático, y penosos para quien esto escribe, de Jorge Castro o Héctor Huergo, por ejemplo.
4) No es por cierto la única caja de resonancia de tales privilegiados; también tenemos al grupo Bilderberg, a los think-tanks de la Casa Blanca y probablemente a alguna otra entidad de la que no conocemos ni su nombre.
5) “Fabricando disidencia: globalistas y elites controlan movimientos populares”, Global Research, 28/9/2010.
6) Guy Débord, autor de La sociedad del espectáculo, una suerte de manifiesto de la Internacional Situacionista, que expresó en los ’60, con formidable penetración, el estado del mundo contemporáneo.
7) Como aclaraba nuestro querido colega fallecido, Rodolfo Bledel: el único neoliberalismo digno de ese nombre es el patrocinado por John M. Keynes que revisó las tesis básicas del liberalismo y reconsideró el papel del estado que sobrepasó entonces su rol de “juez y gendarme”. El reflotamiento de los Chicago Boys y otros liberales, algunos contumaces como Friedrich von Hayek, no hace sino retornar al liberalismo primigenio, con lo cual más que hablar de neoliberalismo, habría que hablar de un retorno a “las fuentes”: paleoliberalismo.
8) No sabemos siquiera si esa enumeración, hecha en una presentación en la Facultad de Filosofía y Letras, 7/9/2010, excluye o apenas no enumeró expresamente otros gobiernos más o menos enfrentados al neoconservadurismo, como el paraguayo o el nicaragüense actuales.
9) Cuando nos referimos a países, sociedades o estados “ajenos al destino colonial”, acotamos en el tiempo histórico estos rasgos a los países de la modernidad, a los últimos 500 años, obviamente. E incluimos además, aquellos estados que habiendo tenido un origen colonial se han incorporado al área de los países enriquecidos (o centrales), como es el caso de los formados desde los asentamientos (settlements) anglosajones que lograron, mediante una variada gama de genocidios y etnocidios, despoblar una región o arrinconar a sus habitantes en reductos; Australia, Nueva Zelandia, EE.UU., etcétera. Contaron para ello con la colonización de tierras con escasa densidad demográfica autóctona; por eso mismo naufragó ese estilo en el caso sudafricano y tiene tantas dificultades en tierras palestinas.
10) Food Inc., EE.UU., documental de 2008.
11) La gran transformación, FCE, Buenos Aires (primera edición, 2007). Parte II, “Economía de mercado”.
12) http://www.taringa.net/posts/autos-motos/7491082/top-7-de-las-marcas-mas-buenas-del-mundo.html; Luis Faraoni, “Un récord de autos con fallas…”, Tiempo Argentino, Bs. As., 24/10/2010.
13) Adán Salgado Andrade, “Fábricas de animales: enfermedades en serie”, http://www.argenpress.info, agosto 2010.
14) Esto tiene una vuelta de tuerca escalofriante que preferimos dejar en la voz misma de su denunciante, la exministra finlandesa de Salud, Kilde Rauni (youtube, nov. 2009, en internet).
15) Amy Goodman, “Huevos podridos y nuestra democracia rota”, Democracy Now, agosto 2010.
16) Food Inc., ob. cit. EE.UU. posee a principios del s. XXI 13 (¡trece!) mataderos vacunos (ibíd.).
17) Alfredo Embid, “Lo que no te cuentan sobre la gripe porcina”, http://www.amcmh.org/PagAMC/downloads/gripecerdo2.htm
18) http://www.grain.org/nfg/?id=382, marzo 2006.
19) “¿Los argentinos, somos giles?”, comunicado de Piuké, 22/10/2010.
20) Claro que habría ponderar tales entusiasmos relativizando la unidad de medida, pues aunque “siempre”, al menos desde la Segunda Guerra Mundial, hablamos de dólares, los dólares del 2010 valen menos de la doceava parte de lo que valían los dólares de 1950. La inflación también “come” al dólar.
21) “¿Por qué bienes comunes?”, futuros, no 13, Río de la Plata, verano 2009-2010.
22) Una serie de historiadores y filósofos, entre los que cuentan Ramón Grosfoguel, Walter Mignolo, Catherine Walsh entre otros, han trabajado el concepto de “colonialidad” para referirse a sociedades que han “alcanzado” la independencia abandonando la condición colonial, pero manteniendo en su seno una serie de pautas dependientes.

fuente http://revistafuturos.com.ar

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De la protección a la destrucción *

Siendo en parte una expresión de angustia y agresión intensificadas, la ciudad amurallada reemplazó una imagen más antigua de tranquilidad rural y paz. Los primitivos bardos sumerios volvían la memoria hacia una edad de oro preurbana, cuando “no había serpiente ni escorpión, ni hiena ni león, ni perro salvaje ni lobo”; cuando “no había miedo ni terror, y el hombre no tenía rival”.

Por supuesto, esa época mítica no existió jamás y, sin duda, los mismos sumerios tenían oscuramente conciencia de este hecho. Pero los animales ponzoñosos y peligrosos cuya presencia suscitaba sus temores habían adquirido, con el desarrollo del sacrificio humano y la guerra sin freno, una nueva forma: simbolizaban las realidades del antagonismo y la enemistad entre los hombres. En el acto de extender todos sus poderes, el hombre civilizado les dio a estas criaturas salvajes un lugar en su propia configuración.

El hombre primitivo, inerme, expuesto y desnudo, tuvo bastante astucia para dominar a todos sus rivales naturales. Pero ahora, por fin, había creado un ser cuya presencia provocaría una y otra vez el terror en su alma: el “enemigo humano”, su otro yo y contrapartida, poseído por otro dios, congregado en otra ciudad, capaz de atacarlo como Ur fue atacada, sin provocación.

La misma implosión que había magnificado los poderes del dios, el rey y la ciudad, y mantenido las complejas fuerzas de la comunidad en un estado de tensión, ahondó también las ansiedades colectivas y extendió los poderes de destrucción. ¿Acaso los mayores poderes colectivos del hombre civilizado no se presentaban en sí mismos como una especie de afrenta a los dioses, a quienes sólo se apaciguaría mediante la implacable destrucción de los fatuos dioses rivales? ¿Quién era el enemigo? Todo aquel que rendía culto a otro dios; que rivalizaba con el poder del rey u ofrecía resistencia a su voluntad. Así, la simbiosis cada vez más compleja que tenía lugar en el seno de la ciudad y en su vecino dominio agrícola fue contrapesada por una relación destructiva y predatoria con todos los posibles rivales; a decir verdad, a medida que las actividades de la ciudad se hacían más racionales y benignas en su interior, se tornaban, casi en el mismo grado, más irracionales y malignas en sus relaciones exteriores. Esto es válido hasta el mismo día de hoy para los conglomerados más extensos que han sucedido a la ciudad.

El propio poder real medía su fuerza y el favor divino por sus capacidades no tan sólo para la creación sino incluso más para el pillaje, la destrucción y el exterminio. “En realidad”, declararía Platón en las Leyes, “cada ciudad está en un estado natural de guerra con todas las demás”. Esto era un simple hecho de observación. Así, las perversiones originales del poder que acompañaron los grandes avances técnicos y culturales de la civilización, han minado y con frecuencia anulado los grandes logros de la ciudad hasta nuestros propios días. ¿Es simplemente por azar que las más remotas imágenes subsistentes de la ciudad, las que aparecen en las paletas egipcias predinásticas, representen su destrucción?

En el acto mismo de trasformar laxos grupos de aldeas en poderosas comunidades urbanas, capaces de mantener un comercio más vasto y de construir estructuras mayores, cada parte de la vida se convirtió en una lucha, una agonía, un encuentro de gladiadores que se combatía contra una muerte física o simbólica. En tanto que la sagrada cópula del rey y la sacerdotisa de Babilonia en la cámara divina que coronaba el ziggurat recordaba un anterior culto de la fertilidad, consagrado a la vida, los nuevos mitos eran principalmente expresiones de implacable oposición, de lucha, de agresión, de poder ilimitado: los poderes de las tinieblas contra los poderes de la luz, Seth contra su enemigo Osiris, Marduk contra Tiamat. Entre los aztecas, hasta las estrellas estaban agrupadas en ejércitos hostiles de Oriente y Occidente.

Si bien las prácticas aldeanas, con un sentido de mayor cooperación, mantuvieron su vigencia en el taller y los campos, es precisamente en las nuevas funciones de la ciudad donde el látigo y la cachiporra -llamada cortésmente cetro- se hicieron sentir. Con el tiempo, el cultivador aldeano aprendería muchas mañas y evasivas para resistir la coerción y las exigencias de los representantes del gobierno; hasta su aparente estupidez sería, a menudo, un procedimiento para no oír órdenes que se proponía no cumplir. Pero los que estaban atrapados en la ciudad, casi lo único que podían hacer era obedecer, tanto si eran abiertamente esclavizados como si eran dominados más sutilmente. Para conservar su respeto por sí mismo, en medio de todas las nuevas imposiciones de las clases dominantes, el súbdito urbano, quien aún no era un ciudadano pleno, identificaría los propios intereses con los de sus amos. Aparte de oponerse con éxito a un conquistador, lo mejor que puede hacer es unírsele y esperar que a uno le toque algo del botín en perspectiva.

Casi desde su primer momento de existencia, la ciudad, a pesar de su apariencia de protección y seguridad, fue acompañada no sólo de la previsión de un asalto desde afuera sino también de una lucha intensificada en su interior: un millar de pequeñas guerras se hicieron en la plaza del mercado, en los tribunales, en el juego de pelota o en la arena. Heródoto fue testigo ocular de una sangrienta lucha ritual con garrotes entre las fuerzas de la Luz y las de las Tinieblas, que se celebraba en el interior de un templo egipcio. Ejercer el poder en todas las formas era la esencia de la civilización; y la ciudad halló decenas de modos de expresar la lucha, la agresión, la dominación, la conquista… y la servidumbre. Tiene algo de sorprendente que el hombre arcaico volviera su memoria hacia el período “anterior” a la ciudad como si se tratara de una Edad de Oro, o que, como Hesíodo, considerara que cada perfeccionamiento de la metalurgia y de las armas era un menoscabo de las perspectivas de la vida, de modo que el estado humano más bajo fue el de la Edad de Hierro (él no podía prever cuánto más degradarían al hombre las exactas técnicas científicas del exterminio total, mediante agentes nucleares o bacterianos).

Ahora bien, todos los fenómenos orgánicos tienen sus límites de crecimiento y extensión, que son establecidos por su misma necesidad de permanecer autónomos, abasteciéndose y dirigiéndose a sí mismos: sólo pueden desarrollarse a expensas de sus vecinos si pierden las comodidades mismas con las que las actividades de éstos contribuyen a sus propias vidas. Las pequeñas comunidades primitivas aceptaban estas limitaciones y este equilibrio dinámico, tal como las comunidades ecológicas naturales los registran.

Las comunidades urbanas, entregadas de lleno a la nueva expansión del poder, perdieron este sentido de los límites: el culto del poder se regodeaba en su misma ostentación sin límites. Ofrecía los deleites de un juego jugado por puro placer, así como las recompensas del trabajo sin necesidad de la rutina diaria, mediante la rapiña en gran escala y la esclavización al por mayor. El firmamento era el único límite. Tenemos la prueba de este súbito sentido de exaltación en las dimensiones cada vez mayores de las grandes pirámides; del mismo modo que tenemos su representación mitológica en la historia de la ambiciosa torre de Babel, a la que puso fin una incapacidad de comunicación que una escesiva extensión del territorio lingüístico y de la cultura puede haber producido una y otra vez.

Ese ciclo de expansión indefinida de ciudad a imperio es fácil de seguir. A medida que la población de la ciudad aumentaba, se hacía necesario extender la superficie inmediata de producción de alimentos o bien extender las líneas de abastecimiento y aprovechar los artículos de consumo de otra ciudad, ya por cooperación, trueque o comercio, ya por tributo forzado, expropiación o exterminio. ¿Rapiña o simbiosis? ¿Conquista o cooperación? Un mito de poder sólo conoce una respuesta. Así, el mismo éxito de la civilización urbana sancionó los hábitos y reclamos belicosos que continuamente la minaron y anularon sus beneficios. Lo que empezó como una gotita se hinchó forzosamente hasta constituir una iridiscente pompa imperial de jabón, imponente por sus dimensiones, pero frágil en proporción a su tamaño. Carentes de una cohesión interna, las capitales más guerreras se veían presionadas para continuar la técnica de la expansión, a fin de que el poder no volviera a la aldea autónoma y los centros urbanos donde floreciera inicialmente. Este proceso se produjo, de hecho, durante el interregno feudal en Egipto.

Si interpreto correctamente los datos, las formas cooperativas de convivencia urbana fueron minadas y viciadas desde el comienzo por los mitos destructivos y fanáticos que acompañaron, y tal vez en parte causaron, la exorbitante expansión de poderío físico y de destreza tecnológica. La simbiosis urbana positiva fue reiteradamente desplazada por una simbiosis negativa, igualmente compleja. Tan conscientes eran los gobernantes de la Edad de Bronce de esos desastrozos resultados negativos que a veces contrapesaban sus abundantes fanfarronadas de conquistas y exterminio con alusiones a sus actividades en bien de la paz y la justicia. Por ejemplo, Hammurabi proclamaría orgullosamente: “Puse fin a la guerra; promoví el bienestar del país; hice que las gentes reposaran en moradas amistosas; no permití que nadie las aterrorizara”. Pero, apenas salieron de su boca estas palabras, comenzó de nuevo el ciclo de expansión, explotación y destrucción. En los términos favorables que deseaban dioses y reyes, ninguna ciudad podía lograr su expansión a menos que arruinara y destruyera otras ciudades.

Así, la más preciosa invención colectiva de la civilización, la ciudad, a la que sólo precede el lenguaje en la trasmisión de la cultura, se convirtió desde el principio en el receptáculo de destructoras fuerzas internas, orientadas hacia el constante exterminio. Como consecuencia de esa tan arraigada herencia, la supervivencia misma de la civilización o, para ser más exactos, de alguna parte considerable e incólume de la especie humana, está ahora en duda; y durante largo tiempo puede seguir en duda, cualquiera sean los arreglos provisionales que se hagan. Camo ya hace mucho lo destacara sir Patrick Geddes, cada civilización histórica se inicia con un núcleo urbano vivo, la polis, y termina en un cementerio común de polvo y huesos, una Necrópolis o ciudad de los muertos, colmada de ruinas quemadas por el fuego, de edificios aplastados, de talleres vacíos, de montañas de residuos inútiles, con la población masacrada o sometida a esclavitud.

Leemos en los Jueces: “Y después de combatir Abimelech la ciudad todo aquel día, tomóla, y mató el pueblo que en ella estaba, y asoló la ciudad, y sembróla de sal”. El terror de este episodio final, con su fria miseria y su absoluta desesperación, es la culminación humana hacia la que se dirige la Iliada; pero, ya mucho antes de este episodio, como demostró Heinrich Schliemann, otras seis ciudades habían sido destruidas; y mucho antes de la Iliada se encuentra un lamento, igualmente amargo y sentido, por esa maravilla entre las ciudades antiguas, la misma Ur, un gemido que sale de la diosa de la ciudad:

“Verdaderamente todos mis pájaros y criaturas aladas se han volado,
‘¡Ay!, por mi ciudad’, es lo que diré.
‘Mis hijas y mis hijos han sido arrastrados lejos,
¡Ay! por mis hombres’, es lo que diré.
‘Oh ciudad mía que no existes más, mi (ciudad) atacada sin motivo,
¡Oh mi (ciudad) atacada y destruida!'”

Por último, considérese la inscripción de Senaquerib sobre la aniquilación total de Babilonia: “La ciudad y (sus) casas, desde los cimientos hasta los techos, yo destruí, yo devasté, yo quemé con fuego. El muro y la muralla exterior, los templos y dioses, las torres de ladrillo y tierra de los templos, todas cuantas había arrasé y tiré al canal de Arakhtu. Por el medio de esa ciudad cavé canales, inundé su solar con agua, y los fundamentos mismos de ella destruí. Hice su destrucción más completa que si hubiera habido un diluvio”. Tanto el acto como su moral anticipan las feroces estravagancias de nuestra época nuclear; de lo único que carecía Senaquerib era de nuestra veloz destreza científica y de nuestra maciza hipocrecía que nos permite ocultar, hasta de nosotros mismos, nuestras intenciones.

No obstante, una y otra vez las fuerzas positivas de la cooperación y la comunión sentimental han hecho que las gentes volvieran a los solares urbanos devastados, “para reparar las ciudades en ruinas, la desolación de muchas generaciones”. Es irónico -pero también es consuelo- que las ciudades hayan sobrevivido reiteradamente a los imperios militares que, en apariencia, las destruyeron para siempre. Damasco y Bagdad, Jerusalén y Atenas siguen en los mismos solares que inicialmente ocupaban, vivas, aunque poco más que fragmentos de sus antiguos cimientos queden a la vista.

Los desmanes crónicos de la vida en la ciudad bien podrían haber causado su abandono, hasta podrían haber llevado a una renuncia generalizada de la vida urbana y todos sus dones ambivalentes, de no haber sido por un hecho: el constante reclutamiento de nueva vida, fresca y tosca, procedente de las regiones rurales, vida llena de fuerza muscular elemental, de vitalidad sexual, de celo de procrear, de fe animal. Estas gentes de campo vuelven a llenar las ciudades con su sangre y, más todavía, con sus esperanzas. Incluso hoy mismo, según el geógrafo francés Max Sorre, las cuatro quintas partes de la población del mundo vive en aldeas, funcionalmente más próximas a su prototipo neolítico que a las metrópolis muy organizadas que han empezado a hacer entrar a la aldea en sus órbitas y, cada vez con más rapidez, a minar su antiguo modo de vida. Pero no bien permitamos que la aldea desaparezca, este antiguo factor de seguridad se desvanecerá. La humanidad todavía tiene que reconocer este peligro y eludirlo.

Lewis Mumford

* Este texto forma parte del Capítulo II “La cristalización de la Ciudad”, del libro La ciudad en la historia (1961), Volúmen 8 Tomo 1 (Lewis Mumford, Ediciones Destino, Buenos Aires 1966)

fuente www.revistacontratiempo.com.ar/mumford.htm

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La sociedad gestionada mediante computadoras *

Ya se aprecia claramente que las máquinas que imitan al hombre están usurpando todas las facetas de la vida cotidiana y que tales máquinas están forzando a la gente a comportarse como ellas. Los nuevos artificios electrónicos tienen, por cierto, el poder de forzar a la gente a “comunicarse” con ellos y entre sí en los términos de la máquina. Todo aquello que estructuralmente no se adapte a la lógica de las máquinas es efectivamente “depurado” de una cultura dominada por el uso de éstas.

El comportamiento maquinal de la gente encadenada a la electrónica constituye una degradación de su bienestar y su dignidad, lo cual, para la gran mayoría y a largo plazo, se ha de tornar intolerable. Las observaciones del efecto degradador de los entornos programados demuestran que en ellos las personas devienen insolentes, impotentes, narcisistas y apolíticas. El proceso político se resquebraja debido a que la gente deja de ser capaz de gobernarse a sí misma; pide ser conducida.

Japón es tenido por la capital de la electrónica; sería maravilloso si se tornase, para todo el mundo, en el modelo de una nueva política de autolimitación en el área de las comunicaciones, lo cual, en mi opinión, será de aquí en adelante muy necesario si un pueblo desea permanecer autogobernado.

La conducción electrónica como evento político puede considerarse desde diversas perspectivas. Propondría, al comienzo de esta consulta pública, intentar una aproximación al tema desde la ecología política. Durante la última década la ecología ha adquirido un nuevo significado. Es aún el nombre de una rama de la biología profesional, pero ese término sirve cada vez más para designar a un público general amplio y políticamente organizado que analiza e influye sobre las decisiones técnicas. Pretendo concentrarme sobre los nuevos hallazgos para la gestión electrónica como sinónimo de un cambio técnico del medio ambiente humano que, para ser benigno debe permanecer bajo control político (y no sólo de los expertos).

Distinguiré al medio ambiente como bien común del medio ambiente como riqueza. De nuestra habilidad para hacer esta particular distinción depende no solo la construcción no sólo de una teoría ecológica sensata, sino también de una efectiva jurisprudencia ecológica.

Se debe señalar la distinción entre los bienes comunales dentro de los que se enmarcan las actividades para la subsistencia de la gente, y las riquezas de la tierra (los recursos naturales) que sirven para la producción económica de aquellas comodidades sobre las que se asienta la vida actual. Si fuese un poeta, quizá pudiese hacer esta distinción de manera hermosa e incisiva para que llegase a vuestros corazones y permaneciese inolvidable.
Desafortunadamente, no soy un poeta japonés. Debo dirigirme a vosotros en inglés, un lenguaje que durante los pasados cien años ha perdido la habilidad para hacer tal distinción.

“Commons” es una palabra del inglés antiguo. Según mis amigos japoneses, está bastante próxima al significado que “iriai” tiene aún en japonés. “Commons”, como “iriai”, es un término que en la época preindustrial era usado para designar ciertos aspectos del entorno. La gente llamaba comunales a aquellas partes del entorno que quedaban más allá de los propios umbrales y fuera de sus posesiones, por las cuales -sin embargo- se tenía derechos de usos reconocidos, no para producir comodidades sino para contribuir en el aprovisionamiento de las familias. La ley consuetudinaria que humanizaba el entorno al establecer los bienes comunales era, por lo general, no-escrita. No era una ley escrita no sólo porque la gente no se preocupó en escribirla, sino porque lo que protegía era una realidad demasiado compleja como para determinarla en párrafos. La ley de bienes comunales regulaba el derecho de paso, de pesca, de caza, de pastoreo y el de recolectar leña o plantas medicinales en los bosques.

Un roble podía ser parte de los bienes comunales. Su sombra, en verano, estaba reservada al pastor y su rebaño; sus bellotas estaban reservadas para los cerdos de los campesinos próximos; sus ramas secas servían de combustible para las viudas de la aldea; en primavera, algunas de sus ramas jóvenes eran usadas para ornar la iglesia y al atardecer podía ser el sitio elegido para la reunión de aldeanos. Cuando la gente hablaba de bienes comunales, “iriai” designaba un aspecto del entorno que era limitado, que era necesario para la supervivencia de la comunidad, que era necesario para diversos grupos de maneras diferentes, pero que -en un sentido económico estricto- no era entendido como escaso.

Cuando hoy, en Europa, utilizo ante estudiantes universitarios el término “commons” (en alemán Almende o Gemenheit, en italiano gli usi civici) mis oyentes piensan de inmediato en el siglo XVIII.

Piensan en aquellas praderas de Inglaterra en las que los aldeanos tenían unas pocas ovejas cada uno, y piensan también en el “cercado de los campos de pastoreo” que transformó las praderas comunales en recursos donde criar grandes rebaños con fines comerciales. En primera instancia, no obstante, los estudiantes piensan en la nueva pobreza que ese cercamiento trajo aparejada: el empobrecimiento absoluto de los campesinos que fueron forzados a abandonar las tierras en pos de un trabajo asalariado; piensan, por último, en el enriquecimiento comercial de los señores, los lores.

En su inmediata reacción, los estudiantes piensan en el surgimiento de un nuevo orden capitalista. Al confrontarse con esa dolorosa novedad, olvidan que ese cercamiento trajo implícito algo más básico aún. Las valles en torno a los bienes comunales inauguraron un nuevo orden ecológico. El cercamiento no sólo transfirió el control de los campos de pastoreo de los campesinos al señor; también marcó un cambio radical en las actitudes de la sociedad frente al entorno natural. Anteriormente, en cualquier sistema jurídico, la mayor parte del entorno había sido considerada como bien comunal, con el que la mayoría de la gente podía abastecer sus necesidades básicas sin tener que recurrir al mercado. Después del cercamiento, el entorno natural se tornó principalmente una riqueza al servicio de “empresas” que, al organizar el trabajo asalariado, transformaron la naturaleza en aquellos bienes y servicios de los que depende la satisfacción de las necesidades de los consumidores. Esta transformación está en el punto ciego de la economía política.

Este cambio de actitudes puede ilustrarse mejor si pensamos en las calles en vez de considerar las áreas de pastoreo. ¡Qué enorme diferencia vemos en los barrios de la ciudad de México durante los últimos veinte años! Entonces las calles de los barrios eran realmente bienes comunales. Alguna gente utilizaba la calle para vender hortalizas y carbón de leña. Otros colocaban sus sillas en las aceras para beber café o tequila. Otros se reunían en la calle para decidir quién sería el nuevo representante del vecindario, o para determinar el precio de un asno. Otros conducían a sus asnos por entre la multitud, caminando próximos a sus bestias de carga; otros montaban en sus sillas. Los niños jugaban en las zanjas y, aún así, los caminantes podían usar la calle para ir de un sitio a otro.

Tales calles no fueron construidas por la gente. Como cualquier otro bien común, la calle misma era el resultado de la gente que allí vivía y tornaba habitable ese espacio. Las viviendas que franqueaban las calles no eran hogares privados en el sentido moderno: garajes para el depósito nocturno de los trabajadores. El umbral aún separaba dos espacios vivientes, uno íntimo y otro común. Pero ni los hogares en su sentido íntimo ni las calles como bienes comunales sobrevivieron al crecimiento económico.

En los nuevos barrios de Ciudad de México las calles ya no son para la gente. Son ahora carreteras para coches, para autobuses, para taxis y camiones. La gente es difícilmente tolerada en las calles a menos que se dirija hacia la parada de autobuses. Si ahora la gente se sentase o detuviese en las calles sería un obstáculo para el tránsito, y el tránsito sería peligroso para quien así lo hiciere. La calle ha sido degradada de un bien comunitario a un simple recurso para la circulación de vehículos. La gente ya no puede circular por sus espacios. El tránsito ha desplazado su movilidad. Sólo puede circular cuando está precintada y se la traslada.

La apropiación de los campos de pastoreo por parte de los señores fue desafiada, pero la más fundamental transformación de esas áreas (y de las calles) de bienes comunales a recursos, aconteció -hasta hace muy poco—sin ser objeto de crítica. La apropiación del entorno por la minoría fue claramente reconocida como un abuso intolerable. En contraste, la aún más degradante transformación de las personas como miembros de una fuerza de trabajo industrial en consumidores fue tomada –hasta hace poco- como algo natural. Durante casi cien años la mayoría de los Partidos Políticos se negaron a admitir la acumulación de los recursos naturales en manos privadas. Sin embargo, este cuestionamiento se concentró en la utilización privada de esas riquezas, sin distinguir lo que sucedía con los bienes comunales. De tal modo ha sido así que aun los políticos anticapitalistas han reforzado la legitimidad de esta transformación de los bienes comunes en recursos.

Sólo muy recientemente, en la base de la sociedad, un nuevo tipo de “intelecto popular” ha comenzado a reconocer lo que ha estado aconteciendo. El cercamiento le ha negado a la gente el derecho a esa clase de entorno en el cual -a lo largo de toda la historia- se había fundamentado la economía moral de la subsistencia. El cercamiento, una vez aceptado, redefine la comunidad; socava la autonomía local de la comunidad. El cercamiento de los bienes comunales favorece tanto los intereses de los profesionales y burócratas estatales como los de los capitalistas. El cercamiento permite al burócrata definir la comunidad local como un ente incapaz de proveerse de lo necesario para su propia subsistencia. Las personas se tornan individuos económicos que dependen para su supervivencia de las comodidades producidas para ellos. Fundamentalmente, gran parte de los movimientos ciudadanos representan una rebelión contra esta inducida redefinición de la gente como consumidores.

Deseabais oírme hablar sobre electrónica, no sobre campos de pastoreo y calles. Pero soy un historiador; quise hablar primero sobre los bienes comunales del pasado, según los conocía, para luego decir algunas cosas sobre la presente y mucho mayor amenaza contra los bienes comunales por parte de la electrónica.

Quien os habla es un hombre que nació hace 55 años en Viena. Un mes después de su nacimiento fue subido a un tren y luego a un barco que lo llevó a la isla de Brac. Allí, en una aldea de la Costa Dálmata, su abuelo deseaba bendecirlo. Mi abuelo vivía en la casa en la que su familia había vivido desde la época en que los Muromachi gobernaban desde Kyoto. Desde aquella época muchos habían sido los gobernantes de la Costa Dálmata: el Dux de Venecia, los sultanes de Estambul, los corsarios de Almissa, los emperadores de Austria y los reyes de Yugoslavia. Pero todos estos cambios en el uniforme y el lenguaje de los gobernantes, poco habían alterado la vida cotidiana durante los 500 años anteriores. Las mismas vigas de olivo soportaban aún el techo de la casa de mi abuelo. El agua se recogía en las mismas losas de piedra sobre el techo. El vino era prensado en las mismas cubas, el pescado cogido desde el mismo tipo de embarcaciones y el aceite provenía de los árboles plantados cuando Edo estaba naciendo.

Mi abuelo recibía las noticias dos veces al mes. Cuando yo nací, para la gente que vivía alejada de las rutas principales, la historia aún fluía lenta, imperceptiblemente. Gran parte del entorno era aún un bien común. La gente vivía en las casas que ella misma había construido; se desplazaba por caminos que habían sido apisonados por el paso de sus propios animales: era autónoma en la obtención y el aprovechamiento de las aguas; dependía tan sólo de su voz cuando deseaba hablar alto. Todo cambió con mi llegada a Brac.

En el mismo barco en el que yo llegué en 1926, arribaba el primer altavoz a la isla. Muy poca gente allí había oído hablar de tal cosa con anterioridad. Hasta aquel día, hombres y mujeres habían hablado con voces más o menos igualmente potentes. En adelante todo eso cambiaría. En adelante el acceso al micrófono determinaría qué voces serían las amplificadas. El silencio había dejado de ser un bien común; se tornó un recurso por el que habrían de competir los altavoces. De este modo el lenguaje en sí pasó a ser de un bien común local a un recurso nacional para la comunicación. Así como el cercamiento por parte de los señores incrementó la productividad nacional mediante la negación al campesino para que criase unas pocas ovejas, así la usurpación provocada por los altavoces ha destruido ese silencio que durante toda la historia le había otorgado a cada hombre y mujer su propia voz. Al menos que tengáis acceso a un altavoz, estáis silenciados.

Espero que el paralelismo sea visible ahora. Así como los bienes comunales de espacio son vulnerables y pueden ser destruidos por la motorización del tránsito, así también los bienes comunales de expresión son vulnerables y pueden ser fácilmente destruidos por la usurpación que de ellos ejercen los modernos medios de comunicación.

El tema que propongo debería ya estar claro: cómo oponerse a la usurpación -que realizan los nuevos artificios y sistemas electrónicos- de aquellos bienes comunales más sutiles y más íntimos a nuestro ser que los campos de pastoreo y las calles. El silencio, tanto según la tradición occidental como la oriental, es necesario para que surja la persona. Nos lo arrebatan las máquinas que nos imitan. Fácilmente nos podemos tornar cada vez más dependientes de las máquinas para hablar y para pensar, del mismo modo que ya somos dependientes de las máquinas para trasladarnos.

Semejante transformación del entorno, de bien común a riqueza productiva, constituye la forma básica de la degradación ambiental. Esta degradación tiene una larga historia, que coincide con la historia del capitalismo pero que de ningún modo puede reducirse a ella. Por desgracia, la importancia de esta transformación ha sido ignorada o minimizada por la ecología política hasta el día de hoy. Es necesario que se la reconozca si pretendemos organizar movimientos para la defensa de aquello que aún queda de los bienes comunales. Esta defensa constituye la tarea pública crucial para la acción política durante la presente década. Tal tarea debe emprenderse urgentemente, puesto que los bienes comunales pueden existir sin policía, pero las riquezas naturales no. Así como sucede con el tránsito, las computadoras requieren policías, en cada vez más cantidad y de formas cada vez más sutiles.

Por definición, las riquezas requieren de la policía para su defensa. Una vez que están defendidas, su recuperación como bienes comunales se toma cada vez más y más difícil. Esta es una razón especial para tal urgencia.

Ivan Illich

* Resumen de una conferencia ofrecida en Tokio durante el Simposio “La Ciencia y el Hombre” en 1982. Traducción de Angello Ponziano.

Fuente: Revista Mutantia, Número 21, enero de 1985

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Los indignados vs. la dignidad de los dignatarios… indignos

En España, en Chile, se está luchando por la laicidad en las escuelas o por su gratuidad; los indignados hispanos la emprenden contra el boato. Existe cierto periodismo progresista que se ha apresurado a hacer confluir tales demandas, como si en todos los casos se tratara de la lucha por libertades públicas, por el respeto y los derechos de los inmigrantes, aunque no he visto el último punto señalado en el caso de los “indignados” europeos…

Pero esas demandas y las luchas por su cumplimiento son las que planteara la burguesía hace dos o tres siglos… o las que más tarde, han sido las reivindicaciones del socialismo que procuraron apenas verlas como preámbulos de objetivos políticos mayores, como la libertad y la justicia para todos, sin distinción…

Claro está que la burguesía “cambió de bando” cuando devino dominante, y traicionó buena parte de sus postulados pasando a ocupar lugares tan privilegiados bajo el sol; y análogamente podríamos decir que no ha sido menor la decepción ante el socialismo quebrando tantos de sus postulados.

Por lo mismo, los objetivos de lucha que en tantas sociedades se abrazaron contra la rigidez feudal y el absolutismo monárquico, siguen en pie y el reclamo de igualdad que planteara el socialismo, también, precisamente porque el socialismo real, los socialismos realmente existentes, a su vez se alejaron tanto de semejante aspiración.

Por eso, probablemente hoy en día muchos plantean que la lucha entre Ollanta Humala y el APRA occidentalizado y neoliberalizado es la principal en Perú. O que se trata de elegir entre Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri en Argentina para estar con el pueblo o al margen de él; que en Uruguay la disyuntiva es entre el Frente Amplio exencuentroprogresista y exneomayoritario y la vieja estructura de abogados estancieros (o en todo caso, de burócratas batllistas, mencionando la soga en la casa del ahorcado).

Por eso, Stéphane Hessel insiste en defender los postulados de la ONU de mediados del siglo XX con los cuales cree defenderse del embate eurábico, ahora que tantos en Europa ven árabes hasta en la sopa, aunque nada dicen (tal vez ni se den cuenta… o lo den por naturalizado) de que el mundo tiene europeos hasta en la sopa.

Los jóvenes “indignados” primermundianos salen a la calle no sólo reaccionando contra el medioevo redivivo sino para defender su privilegiado y −planetariamente considerado−, parasitario estilo de vida, y ese enfrentamiento se ha convertido en “el conflicto mediático de nuestro tiempo” (y ya sabemos que la tele dictamina lo que es y lo que no es: “lo que no se ve en la tele no existe”).

Hessel con todas sus virtudes; nonagenario combativo y lúcido en primerísimo lugar, bregador impertérrito por los derechos humanos, judío radicalmente antiisraelí, revela el estado real en que nos encontramos ya entrada la segunda década del siglo XXI. Hessel fue artífice fundamental de la reconstrucción democrática de Francia contra el régimen pro-nazi de Vichy, fue también coautor de la Declaración de los Derechos Humanos que la flamante ONU redactó en 1948 procurando actualizar los de 1789.

Conviene recordar que entonces, en la segunda posguerra, los nazis resultaron los malos de la película. Eran malos nomás. Pero no eran los únicos malos; sólo que “la película” la llevó a cabo Hollywood y por eso resultaron así (ocasionalmente compartieron maldades con los japs).

Pero, ¿qué había sido el colonialismo, el racismo y el genocidio sistemático que arrasó prácticamente a todos los continentes salvo el europeo? (1)

Nuestra lucha hoy, entonces, no puede ser para que Occidente mejor sus técnicas de administración planetaria o su sistema de distribución económica.
En primer lugar, porque a fuer de repetido, habría que aclarar que es indigno.

Pero en segundísimo lugar, porque es estúpido, sin sentido… Porque es la “civilización occidental”, porque es el eje de poder que pasa por el Atlántico Norte, al que hay que agregarle el minúsculo pero decisivo enclave “civilizatorio en la barbarie” Estado de Israel, el que está deshaciendo el planeta, su biosfera, es decir, nuestra biosfera y toda la biodiversidad marina y terrestre, y lo hace cada vez más manu militari.

Así vemos la sojización paraguaya “mediada” por el ejército, así vemos las matanzas generalizadas de congoleños para arrebatarles “minerales estratégicos”, así vemos las fracturas sistemáticas de estados apetecibles, ya lograda en Sudán, en trámite en Libia…

Y a esa neobarbarie militarista hay que agregarle su fiebre tecnófila y su desprecio sistemático por la contaminación cada vez más generalizada. Llevados por ese vértigo de los “adelantos tecnológicos” que nos van enredando en una crisis ambiental cada vez menos manejable.

Una crisis también  lexicográfica, semántica: a los agrotóxicos nos los presentan como “fitosanitarios”, a las fuerzas militares que invaden y arrasan aquí y allá las denominan “de Defensa” e incluso en muchos casos “de liberación”; aluden a los zanjones y montañas de basura con la terminología de “cinturón sanitario” o “repositorio ecológico”.

Así tenemos a Occidente, “armado” de dóciles herramientas como la ONU, la OTAN, el AFRICOM. cada vez más indiferenciadas entre sí, y demás piezas por el estilo, lanzado a un nueva ofensiva de conquista. Una recolonización  del mundo que empezó, seguramente, cuando el colapso soviético. Pero que podemos ir distinguiendo cada vez más claramente.

Por eso vemos, como bien dice Javier Rodríguez Pardo, que “vienen por todo”.(2) Lo vemos con los mal llamados biocombustibles que en rigor son necrocombustibles, que restringen la cantidad de alimentos en el mundo, lo vemos con el agua, los peces, los “metales estratégicos”.

Lo vemos con el arrasamiento de Irak, una forma ecocida y genocida de adueñarse de petróleo ajeno y de constituir geopoder, cuyos extremos de destrucción registra pocos precedentes. Como se dice de Atila, las fuerzas militares del eje anglonorteamericano han destrozado todas las infraestructuras retrotrayendo a esa sociedad a “La Edad de Piedra”, como gustan algunos decir, han contaminado con uranio empobrecido todo el territorio, augurando un reguero de enfermedades atroces y sin medida, y han obligado a los campesinos más antiguos de la humanidad, del mundo, a abandonar sus milenarias semillas para comprar, bajo pena de arresto, todas las semillas a Monsanto. Lo de la “operación de limpieza” en Falluja debería ser de manual para ver cómo actúan los monstruos si los asesinos hubiesen perdido la guerra. Pero apenas podemos intuirla por indicios. Porque la están “ganando”…

Las cúpulas de poder de EE.UU., Francia, el Reino Unido, Israel ya no necesitan cumplir con instancias de mediación, compulsas diplomáticas, atender el parecer de los más próximos, o “de la comunidad”. La Organización para la Unidad Africana, OUA reclamó el papel de intermediario en el conflicto dentro de su región aparecido o creado en Libia, pero “las potencias atlánticas” ignoraron ese intento de mediación, muy sensato de una organización que agrupa decenas de estados africanos (todos menos Marruecos por su política colonialista propia, contra su vecino saharaui), que totalizan tal vez más seres humanos que todos los franceses, británicos, israelíes y estadounidenses juntos… pero claro, se trata de nigerianos, sudafricanos, egipcios, kenyattas, malíes…. todos ciudadanos que deben valer tres quintos, como valían los afros en la constitución de EE.UU. de 1776, o tal vez apenas un quinto, considerando los “valores” que se cotizan en el siglo XXI.

La ONU no es sino la cómoda coartada de ese Occidente que, desembarazado de “la opción socialista” procura readueñarse de todo. Un impulso que se ha convertido en un frenesí, a medida que se ha ido tomando conciencia de los límites planetarios, del carácter finito de los recursos.

La ONU lleva un strip-tease de medio siglo y no nos ha mostrado sus partes pudendas sino su impudicia. Apenas funcional a la neoanglificación del mundo, más poderosa hoy que bajo el British Empire. (3)

Por eso, que un personaje tan peculiar y en tantos sentidos admirable como Hessel salga a apoyar la intervención, el castigo, la matanza occidental en Libia nos sitúa en los verdaderos términos del problema que padecemos.
En primerísimo lugar, ¡qué mal estamos! El neoconservadurismo, mal llamado neoliberalismo,(4) nos ha obligado a bregar por causas ya emprendidas hace un par de siglos y sin embargo, tan borradas o retorcidas como para tener que dedicar nuestros afanes otra vez a ellas: contra el boato, por trabajo mínimamente digno, por educación gratuita, por la laicidad…

Esto significa que los personeros de los privilegios planetarios, esa porción, decisiva de los habitantes humanos (una minoría considerable del Primer Mundo y una ínfima minoría del Tercero), han logrado plantear el tironeo en una palestra que los favorece; tenemos que volver a arrancar jirones de dignidad y vida que merezca el nombre de tal porque lo que ya habían logrado “los del montón” –mediante el sindicalismo, el estado de bienestar, las luchas anticoloniales, contra el racismo y el machismo, cierto desarrollo democrático en muchas sociedades– ha sido borrado total o parcialmente, negado, neutralizado, con represión mílito-policial, con desmantelamiento de leyes sociales, o, mejor dicho, mediante la aprobación de reglas neoconservadoras, con “renacimientos” y fundamentalismos religiosos y con un afinamiento de los viejos métodos de persuasión mediática que ha dado sus frutos. Por ejemplo, haciendo pervivir en los expaíses coloniales una mentalidad ya no propiamente colonizada, pero todavía dependiente; lo que algunos analistas del fenómeno califican no ya de mentalidad colonizada, sino de mentalidad colonializada. La que sufrimos nosotros, aquí.

Lo vemos en Perú donde el flamante presidente se apresuró a reafirmar la integración del país al comercio mundial, entregando, como habitualmente, materias primas; lo vemos en Argentina donde se anudan ininterrumpidamente los grandes negocios mineros o sojeros con y dentro del comercio mundial; lo vemos en Uruguay, donde las políticas de los que fueran progresistas o guerrilleros setentistas se traduce ahora en un avance extraordinario del latifundio (monocultivos “industriales”) y en la venta sin condiciones de tierra a extranjeros, todas ellas formas de adecuar “el paisito” a las “necesidades” de los grandes consorcios transnacionales; lo vimos hace poco en Brasil con una entrega de la Amazonia al capital transnacional mucho más fulminante y radical que la llevada tímidamente adelante por un capitalista socialdemócrata como Fernando H. Cardoso. Incorporación al gran mercado mundial del capitalismo casino, llevada adelante por el gobierno “auténticamente popular” de Lula y continuado por la Rousseff.

La situación a la que nos ha llevado la extrema derecha planetaria es a que muchos inconformes breguen por un capitalismo humanizado. Es lo que vemos en la generalidad de los gobiernos sudamericanos progresistas, pero también en la Europa bajo crisis y hasta en Israel con las carpas.

Por cierto, la virulencia creciente, la brutalización represiva que vemos en África, en Palestina, en tantos países árabes, podría ser signo de debilidad y no de fortaleza, de nerviosismo porque todo el sistema, financierizado, está trastabillando; basta ver la inseguridad, la incerteza, la volatilidad del eje (¿y talón de Aquiles?) del sistema burgués: el dinero. Con  anclajes cada vez más distantes de la economía real, una economía que a su vez se apoya cada vez más en el desprecio por la salud planetaria, un “estilo” que bien puede golpearnos en cualquier momento con “efecto ketchup”, está, empero, rigiendo nuestras vidas, dominando la cultura dominante, valga la cacofonía.

En ese sentido puede considerarse secundario de si el mundo recibe los golpes de un amo fuerte o un amo débil, y hasta pierde relevancia la puja en la cual los “impresentables” del Tea Party y sus correspondientes vernáculos en nuestras tierras, reclaman la represión y la progresía (al menos con viento de cola) la evita, postulando un capitalismo sano o bueno.

Lo cierto es que la lucha por un capitalismo con rostro humano es también un cuento viejo y ya gastado. Los que hemos ido acumulando memoria histórica, conciencia política y conocimiento a secas, sabemos que esa lucha no tiene sentido. Y que dejarnos atrapar en ella es aceptar el papel del toro en el ruedo, bajo la mirada de quien domina el juego… y la carnicería. Y que la carnicería –no sólo la militar– está a la vuelta de la esquina.

El cáncer ha pasado a ser segunda causa de muerte entre niños y jóvenes mexicanos (de 1 a 19 años).

La cantidad de malformaciones congénitas crece incontenible en las zonas fumigadas de la agricultura quimiquizada. En Santiago del Estero, Argentina, un informe oficial del gobierno provincial da cuenta de que entre 2000 y 2010 se ha cuadruplicado esa cantidad de malformaciones. ¡En sólo 10 años!

Hasta la OMS, eterno ladero de los consorcios farmacéuticos menos confiables, acaba de aceptar, julio 2011, a regañadientes, luego de elusivos comunicados previos, que la frecuencia de glioma (un tipo de cáncer cerebral) ha aumentado un 40% en el mundo tras la difusión de los celulares (grosso modo, han pasado de dos mil a tres mil anuales).(5)

Hessel es un triste símbolo de la miopía de la mejor Europa. No lo conozco personalmente. Y por eso no sabe cuanto lo lamento.

Luis E. Sabini Fernández *

* Periodista, editor de www.revistafuturos.com.ar, docente de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

notas:
1) También en Europa hubo racismo y limpieza étnica anteriores al nazismo, pero comparado con lo sufrido en todos los demás continentes fue, hasta entonces, muy menor. Fue el nazismo el que desplegó en Europa el mismo estilo racista y despótico que caracterizó a la generalidad de las incursiones europeas en otros continentes. Los nazis por otra parte, declararon más de una vez que afinaron y extremaron los métodos que habían tomado de sus “maestros”, anglonorteamericanos.
2) Vienen por el oro, vienen por todo, Ediciones CICCUS, Buenos Aires, 2009. El autor hispano-argentino denuncia en su trabajo la “invasión” de ciertas mineras con extractores químicos y su avenencia con el gobierno kirchnerista argentino actual.
3) Si semejante ofensiva cultural e idiomática no ha avanzado más pese a ideólogos imperiales como Samuel Huntington es porque la resistencia y la resiliencia de los humanos y la de las naciones oprimidas y aplastadas ha sido enorme. Nada de que asombrarse: hasta el menos dotado sabe que él es su lengua, que si le arrebatan su lenguaje, su idioma, le arrebatan su ser, que su lengua es su vida. Algunas invasiones han logrado quebrar la lengua del invadido, como le ha pasado a tantas etnias amerindias. Pero si han sobrevivido, se han aferrado a su lengua, a su lenguaje. Y por otra parte, ni aun diezmados y enmudecidos, han perdido su identidad: el Machu Pichu fue descubierto, por casualidad, por un alemán, arqueólogo, en 1911. Durante cuatro siglos, ningún inca, ningún quechua, refirió su existencia a la sociedad peruana, que se había montado sobre el Tahuantinsuyo.
4) El único liberalismo que podría merecer el nombre de neo fue el keynesianismo que cambió el sentido que el liberalismo clásico siempre le había otorgado al estado. Friedrich Hayek, Milton Friedman, los economistas enrolados en los gobiernos “neoliberales” de Reagan, Thatcher, Pinochet, no han hecho sino retomar las tesis iniciales del liberalismo, de “estado mínimo”, mereciendo en todo caso el calificativo de paleoliberales.
5) Se trata apenas de un reconocimiento preliminar; basado en el primer tramo de diez años que ha podido ser estudiado. La OMS anuncia además que la frecuencia de glioma se quintuplica en jovencitos, en tanto las compañías celulares, las agencias de publicidad y los órganos periodísticos cómplices siguen apabullándonos con propaganda para que nuestros hijos usen y usen celulares… por seguridad.

fuente www.revistafuturos.com.ar

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¿Dónde estamos? Algunas consideraciones sobre el tema de la técnica y las maneras de combatir su dominio

“¿Qué tratamos de realizar? Cambiar la organización social sobre la que reposa la prodigiosa estructura de la civilización, construida en el curso de siglos de conflictos en el seno de sistemas avejentados o moribundos, conflictos cuya salida fue la victoria de la civilización moderna sobre las condiciones naturales de vida.” William Morris, ¿Dónde estamos?

Walter Benjamín, en su articulo Teorías del fascismo alemán, recuerda la frase aparentemente extemporánea de León Daudet, “el automóvil es la guerra”, para ilustrar el hecho de que los instrumentos técnicos, no encontrando en la vida de las gentes un hueco que justifique su necesidad, fuerzan esa justificación entrando a saco en ella. Si la realidad social no está madura para los avances técnicos que llaman a la puerta tanto peor para la realidad, porque será devastada por ellos. El resultado es que la sociedad entera queda transformada por la técnica como tras una guerra.

Realmente, con sólo citar la gran cantidad de desplazamientos de la población, la enormidad de datos almacenados y procesados por la moderna tecnología de la información y el gran número de bajas por accidentes, suicidios o patologías contemporáneas, parece que una guerra, en absoluto fría, sucede a diario en los escenarios de la economía, de la política, o de la vida cotidiana. Una guerra en la que siempre se busca vencer gracias a la superioridad técnica en automóviles, en ordenadores, en biotecnologías… Por la propia naturaleza de la sociedad capitalista, los cada vez más poderosos medios técnicos no contribuyen de ningún modo a la cohesión social y al desarrollo personal, ya que la técnica sólo sirve para armar al bando ganador. Para Benjamin pues, y para nosotros, “toda guerra venidera será a la vez una rebelión de esclavos de la técnica”.

Los adelantos técnicos, son todo menos neutrales, en todo desarrollo de las fuerzas productivas debido a la innovación técnica siempre hay ganadores y perdedores. La técnica es instrumento y arma, por lo que beneficia a quienes mejor saben servirse de ella y mejor la sirven. Un espíritu critico heredero de Defoe y Swift, Samuel Butler, denunciaba el hecho en una utopía satírica. “(…) en esto consiste la astucia de las máquinas: sirven para poder dominar (…); hoy mismo las máquinas sólo sirven a condición de que las sirvan, e imponiendo ellas sus condiciones (…) ¿No queda manifiesto que las máquinas están ganando terreno cuando consideramos el creciente número de los que están sujetos a ellas como esclavos y de los que se dedican con toda el alma al progreso del reino mecánico?” (Erewhon o allende las montanas). La burguesía utilizó las máquinas y la organización “científica” del trabajo contra el proletariado.

Las contradicciones de un sistema basado en la explotación del trabajo que, por un lado expulsaba a los trabajadores del proceso productivo y, por el otro, alejaba de la dirección de dicho proceso a los propietarios de los medios de producción, se superaron con la transformación de las clases sobre las que se asentaba, burgueses y proletarios. La técnica ha hecho posible un marco histórico nuevo, nuevas condiciones sociales ­las de un capitalismo sin capitalistas ni clase obrera­ que se presentan como condiciones de una organización social técnicamente necesaria. Como dijo Mumford, “Nada de lo producido por la técnica es más definitivo que las necesidades y los intereses mismos que ha creado la técnica” (Técnica y civilización). La sociedad, una vez que ha aceptado la dinámica tecnológica se encuentra atrapada por ella. La técnica se ha apoderado del mundo y lo ha puesto a su servicio. En la técnica se revelan los nuevos intereses dominantes.

Cuando “la dominación de la naturaleza queda vinculada con la dominación de los hombres” (Herbert Marcuse, El Hombre Unidimensional), el discurso de la dominación ya no es político, es el discurso de la técnica. Busca legitimarse con el aumento de las fuerzas productivas que comporta el progreso tecnológico una vez que ha puesto a su servicio el conocimiento científico. El progreso cientifico-técnico proporciona a los individuos una vida que se supone tranquila y cómoda y por eso es necesario y deseable. La técnica, que ahora se ha convertido en la ideología de la dominación, proporciona una explicación suficiente para la no libertad, para la incapacidad de los individuos de decidir sobre sus vidas: la ausencia de libertad implícita en el sometimiento a los imperativos técnicos es el precio necesario de la productividad y el confort, de la salud y el empleo.

La idea del progreso era el núcleo del pensamiento dominante en el periodo de ascenso y desarrollo de la burguesía, progreso que pronto perdió su antiguo contenido moral y humanitario y fue identificado con el avance arrollador de la economía y con el desarrollo técnico que lo hacía posible. Efectivamente, los inventos técnicos y los descubrimientos científicos en el siglo XIX fueron tantos y provocaron tantos cambios económicos que generaron en los países industrializados, y no sólo entre su clase dirigente, una religión de la economía, una creencia en ella como la panacea de todas las dificultades.

El progreso de la cultura, de la educación, de la razón, de la persona, etc, derivaría necesariamente del progreso económico. Bastaría un correcto funcionamiento de la economía para que la cuestión social cesara de dar disgustos. El mismo proceso se repetirá más tarde con la técnica, ante el fracaso definitivo de las soluciones económicas. Porque vueltos a la sociedad civil tras dos grandes guerras, se impone el pensamiento militar ­un pensamiento eminentemente técnico­ y los propios problemas económicos se creerán resolver con procedimientos y adelantos técnicos. La economía pasó a segundo plano y la técnica se emancipó. La propia economía ya no es más que una técnica.

“La emergencia de la tecnología occidental como fuerza histórica y la emergencia de la religión de la tecnología son dos aspectos del mismo fenómeno” (David F. Noble, La Religión de la Tecnología). Según este autor, el deslumbramiento ante el poder de la técnica tiene raíces en antiguas fantasías religiosas que perviven en el inconsciente colectivo de los hombres: la Creación, el Paraíso, el virtuosismo divino, la perfectibilidad infinita, etc. Eso significa que la técnica posee un fuerte contenido ideológico desde los comienzos, que ha llegado a ser dominante en la época de los totalitarismos, en la época de la disolución de los individuos y las clases en masas.

Desde entonces redefine en función de sí misma los viejos conceptos de “naturaleza”, “libertad”, “memoria”, “cultura”, “hechos”, etc., en fin, inventa de nuevo la manera de pensar y de hablar. La técnica cuantifica la realidad y, bautizándola con su lenguaje ­con tecnicismos­, impone una visión instrumental de las cosas y de las personas. Neil Postman recuerda en Tecnópolis el adagio de que “a un hombre con un martillo todo le parece un clavo”.

El mundo habla el idioma de los “expertos”. Un divulgador de las maravillas de la ciencia moderna como Julio Verne describe en una de sus primeras novelas de anticipación a ese producto natural de la era tecnológica un tanto someramente, pero no olvidemos que lo hace en 1876: “Este hombre, educado en la mecánica, explicaba la vida por los engranajes o las transmisiones; se movía regularmente con la menor fricción posible, como un pitón en un cilindro perfectamente calibrado; Transmitía su movimiento uniforme a su mujer, a su hijo, a sus empleados, a sus criados, verdaderas máquinas-instrumentos, de las que él, el gran motor, sacaba el mejor provecho del mundo” (París en el siglo XX).

Por vez primera en la historia, la técnica representa al espíritu de la época, es decir, corresponde al vacío espiritual de la época. Las relaciones entre las personas pueden considerarse como relaciones entre máquinas. Toda una gama de las ciencias ha nacido con esos planteamientos: cibernética, teoría general de sistemas, etc. Los problemas reales entonces se convierten en cuestiones técnicas susceptibles de soluciones técnicas, que serán aportadas por expertos ­aquí decimos “profesionales”­ y adoptadas por dirigentes, ”técnicos” en tomar decisiones. La dominación desde luego no desaparece; gracias a la técnica ha adoptado las apariencias de una racionalización y se ha vuelto también técnica.

La técnica ha vaciado a la época de contenido: todo lo que no es directamente cuantificable, y por lo tanto medible, y por lo tanto manipulable, automatizable, no existe para la técnica. El poder de la técnica no sólo ha comportado la atomización y amputación de los individuos, sino la muerte del arte y de la cultura en general; la nada espiritual es el mal del siglo. La filosofia existencial, la vanguardia artística, la proliferación de sectas y la aparición de masas hostiles al gusto y a la cultura, son fenómenos que representan la sensación vivida del proceso de aniquilación de la individualidad, de supresión de lo humano, en el que la acción, inconsciente y absurda, es puro movimiento.

Esta fatalidad histórica se intuye desde el principio de la era tecnológica, y nos la cuenta Meyrink en su relato Los Cuatro Hermanos de la Luna: “Por lo tanto las máquinas han llegado a ser los cuerpos visibles de titanes producidos por las mentes de héroes empobrecidos. Y como concebir o crear algo quiere decir que el alma recibe la forma de lo que se ve o se crea y se confunda con ella; así los hombres están ya encaminados sin salvación en el sendero que, gradual y mágicamente, los llevará a transformarse en maquinas, hasta que un día, despojados de todo, se encoiltrarán siendo mecanismos de relojería chirriantes, en perpetua agitación febril, como lo que siempre han tratado de inventar: un infeliz movimiento perpetuo”.

La técnica se opone a los individuos como algo exterior, que poco a poco va desposeyéndoles del control de sus vidas y determinando sus acciones. En un mundo técnico, la máquina es más real que el individuo, que no es más que una prótesis suya. La fe en la técnica, que aun podíamos considerar burguesa, se ve acompañada entonces de un nihilismo cada vez más conformista y apologético, sobretodo en la fase postburguesa de la era tecnológica, fruto del desencantamiento del mundo y de la destrucción del individuo.

El pensamiento tecnocrático se complementa con una ideología de la nada, un verdadero mal francés que proclama la supremacía del modelo y la fascinación del objeto, que habla de la independencia del pensamiento respecto a la acción, del derrumbe de la historia y del sujeto, de las máquinas deseantes y del grado cero de la escritura, de la deconstrucción del lenguaje y de la realidad, etc. Desde el existencialismo y el estructuralismo hasta el postmodernismo, los pensadores de la nada constatan una serie de demoliciones de todo lo humano y se congratulan por ello; no pretenden contradecir la religión de la técnica, sino desbrozarle el camino.

No son originales, ni siquiera son pensadores: plagian las aportaciones criticas de la sociología moderna o del psicoanálisis y fabrican un verborrea ininteligible con préstamos crípticos ­como no­ del lenguaje científico. En la objetivación completa de la acción social que efectúa la técnica, aplauden la abolición del individuo social en tanto que sujeto histórico. El sistema, la organización, la técnica, ha evacuado al hombre de la vida y estos ideólogos anuncian con alegría, como una gran revelación, el advenimiento del hombre aniquilado, del ser vacío y superficial cuya existencia frívola y mecánica consideran la expresión misma de la creatividad y la libertad.

El dominio, el poder, en la política y en la calle, en la paz y en la guerra, pertenece al mejor equipado tecnológicamente. La burguesía ha sido substituida por una clase tecnocrática no nacida de una revolución antiburguesa sino de la creciente complejidad social forzada por la lucha de clases y la intervención estatal. En el camino hacia una nueva sociedad basada en la alta productividad proporcionada por la automatización y en la economía de servicios, la burguesía se ha metamorfoseado en una nueva clase dominante. Esta no se define por la propiedad privada o el dinero sino por la competencia y la capacidad de gestión; la propiedad y el dinero son necesarios pero no son determinantes. La fuerza de la clase dominante no proviene exclusivamente de la economía, ni de la política, ni siquiera de la técnica, sino de la fusión de las tres en un complejo tecnológico de poder que Mumford denominó “megamáquina”.

Si la técnica, al convertirse en la única fuerza productiva, facilitó el triunfo de la economía, ahora la economía, al crear el mercado mundial, le ha allanado el camino a la técnica, y ésta impone la dinámica expansiva de la producción en masa al mundo entero. A su modo ha ridiculizado la figura del Estado, difuminando su historia y su papel después de que la economía lo convirtiese en el mayor patrón y la técnica lo transformase en una maquinaria de gobierno y de control de masas. Desde finales del XIX la estabilidad del sistema capitalista se consiguió gracias a la intervención del Estado, que desplegó una política económica y social correctora.

El Estado dejó de ser una superestructura autónoma para fusionarse con la economía y presentarse como un escenario neutral donde podía resolverse el enfrentamiento entre clases. El Estado pasaba a ser el garante de las mejoras sociales, de la seguridad y de las oportunidades. El Estado “del bienestar” fue una invención que aseguraba a la vez la revalorización del capital y la aquiescencia de las masas.

En su seno la política se convertía paulatinamente en administración, se profesionalizaba, se orientaba hacia la resolución de cuestiones técnicas. Aunque el régimen político fuera una democracia formal, la política no podía ser objeto de discusión pública: en tanto que planteamiento y resolución de problemas técnicos requería por un lado un saber especializado ­era una tecnopolítica­ en manos de una burocracia profesional, y por el otro, un alejamiento ­una despolitización­ de las masas. El progreso técnico conseguirá esta despolitización. Tenía la propiedad de aislar al individuo en la sociedad, al rodearlo de artilugios domésticos y sumergirlo en la vida privada. Por otra parte, cada etapa de dicho progreso anula la precedente, desarrollando un dinamismo compulsivo en el que la novedad es aceptada simplemente por ser novedad y el pasado es relegado a la arqueología.

De esta forma crea un continuo presente, en el que nunca pasa nada puesto que nada tiene importancia y donde los hombres son indiferentes. ¿Fin de la historia? En una de las mejores sátiras escritas contra la explotación del hombre gracias a la ciencia y la técnica, Karel Capek, ironiza sobre esta banalización de los hechos: en una sociedad con tantas posibilidades técnicas “no se podían medir los acontecimientos históricos por siglos ni por décadas, como se había hecho hasta entonces en la historia del niundo, sino por trimestres (…) Podríamos decir que la historia se producía al por mayor y que, por ello, el tiempo histórico se multiplicaba rápidameute (según cálculos, cinco veces más)” (La Guerra de las Salamandras).

Gracias al Estado, que fomentó la investigación a gran escala en el campo de las armas bélicas, desde donde pasó a la producción industrial de bienes, el progreso científico y técnico dio un gran salto, convirtiendo a la tecnociencia en la principal fuerza productiva. La evolución del sistema social, y por lo tanto, de la Economía y del Estado, estaba determinada a partir de entonces por el progreso técnico. Ello no solamente implicaba la decadencia del mundo del trabajo y anunciaba la obsolescencia de la clase obrera, que dejaba de ser la principal fuerza productiva, sino que significaba el fin del Estado protector. En las sociedades tecníficadas el control de los individuos se logra con estímulos exteriores mejor que con reglas que fijen sus conductas y los regimenten. Lo que domina entre los individuos no es el carácter autoritario ­y su complemento, el carácter sumiso­ sino la personalidad desestructurada y narcisista.

El fin del Estado era antes que nada, el fin del carácter “social” del Estado. Ahora ha de limitarse a ser una organización ­y cuanto más compleja, más técnica, y cuanto más técnica, con menos personal­ de servicios públicos baratos, una red de oficinas eficazmente conectadas, policiales, administrativas, jurídicas o asistenciales. Las condiciones sociales que impone la técnica autonomizada no son en absoluto favorables a una centralización política, no promueven ni el estatismo ni el desarrollo de una burocracia disciplinada, más conformes con un Welfare state, o con un modo de producción colectivista autoritario, o con un Estado totalitario, correspondientes a una fase social precedente de la técnica, que con el despotismo tecnológico contemporáneo. Todos los sectores de la burocracia estatal o paraestatal están siendo reciclados, es decir, reorganizados según estrictos criterios de rendimiento que priman sobre los intereses de grupo.

Como reza un antiguo proverbio bancario, todo es cuestión de números. Conviene recordar que quienes mandan no son los propietarios de los medios de producción ­los empresarios, la vieja burguesía­, o los administradores del Estado ­la burocracia­ sino de las élites ligadas a la alta tecnología y a la “ingeniería financiera”. Esas élites son apátridas y se sirven de los Estados como se sirven de los medios de producción y de las finanzas, combatiendo todo desarrollo autónomo de los mismos y exigiendo eficacia. Tampoco hay que olvidar que todo proceso técnico ­productivo, financiero, político­ tiende a eliminar a las personas y hacerse automático. Las masas no son necesarias más que en tanto que no existan máquinas para substituirlas.

El Estado totalitario era una técnica de gobierno donde todos los movimientos de las masas eran simplificados y reducidos a acciones predecibles, como en un mecanismo. Para él el pensar era una actitud subversiva y la obediencia la mayor de las virtudes públicas. Por eso necesitaba un enorme aparato policial. Pero la misma lógica de la técnica conduce al automatismo de las conductas, con cada vez menos necesidad de control, y por lo tanto, sin necesidad de líderes ni de grandes burocracias. Ni de grandes aparatos policiales; es mejor videovigilancia,unidades especiales de intervención rápida y servicios de protección privados. El individuo no existe, la clase obrera no existe, el Estado puede reducirse a una pantalla, es decir, puede virtualizarse. En ese momento histórico estamos.

La mecanización del mundo es la tendencia dominante de un proceso acabado en líneas generales. Pero todavía se dan contradicciones entre sectores más avanzados y menos avanzados, entre tradiciones burguesas y estatistas e impulsos desmesurados hacia la tecnificación, entre clases en proceso de disolución que ya no son sino grupos particulares con intereses privados y la nueva clase emergente, unificada y estable, extremadamente jerarquizada, en la que la posición de poder depende del elemento técnico. La técnica es un factor estratégico decisivo que se guarda como si fuera un secreto: es el secreto de la dominación. Pero eso no significa que los técnicos, por el mero hecho de serlo, gocen de una situación privilegiada.

Evidentemente la oferta de empleos a profesionales y técnicos es la única que ha crecido, aunque en modo alguno ha aparecido una clase nueva de “mánagers”, de directivos, dispuesta a hacerse con el poder. Lo único que ha variado es la composición de los asalariados. Los expertos no mandan, solamente sirven. Los cuadros, la intelligentsia técnica, es sólo el espejismo de una clase provocado por los cambios ocurridos en los primeros momentos de la aparición de la alta tecnología, de la tecnociencia, cuando realmente esos asalariados desempeñaron un papel: el de facilitar su institucionalización. Con la especialización y la fragmentación crecientes del conocimiento y con el desarrollo del sistema educativo en la dirección más favorable a la tendencia dominante y su extensión a toda la población, todo el mundo está preparado para obedecer a las máquinas. Técnicos lo somos todos. La formación técnica no es ninguna bicoca: es la característica mas común de todos los mortales. Es la marca de su desposesión.

La transformación del proletariado en una gran masa de asalariados sin ningún lazo ni solidaridad de clase no ha eliminado las luchas sociales, pero sí la lucha de clases. Cuando resultan perjudicados intereses surgen conflictos que pueden llegar a ser de gran intensidad y violencia pero que no tocan lo esencial ­la técnica y la organización social basada en ella­ y por consiguiente, no amenazan al sistema. No podemos interpretar las luchas de los funcionarios, de los excluidos, de los empleados, de los pequeños agricultores, de los cuadros, etc., en términos de lucha de clases. Son respuestas al capital que en su proceso de revalorización daña intereses sectoriales propios de determinados grupos sociales que no encarnan ni pueden encarnar el interés general, por lo que no ponen en peligro al sistema de dominación.

El momento clave de la lucha es siempre la negociación, y esa la efectúan especialistas. Ningún grupo oprimido específico puede por su situación objetiva llegar a ser embrión de una clase social, un sujeto histórico cuyas luchas lleven consigo las esperanzas emancipatorias de la mayoría de la población. Todas las luchas ocurren ya en la periferia del sistema. El sistema no necesita a nadie, no depende de ningún grupo en concreto. Si éste se segregara, el sistema funcionaría igual sin él. Su lucha, por tanto, sólo será marginal y testimonial.

Carece de las perspectivas revolucionarias de la vieja y desaparecida lucha de clases. Los grupos sociales oprimidos ya no se enfrentan a la dominación como clase contra clase. Por otra parte, ningún grupo aspira a la liquidación del sistema, porque ningún grupo, a pesar de la acumulación de efectos nocivos, ha contestado la supremacía de la técnica, que proporciona cohesión y solidez a la dominación. El consenso respecto a la técnica ­todo el mundo cree que no se puede vivir sin ella­ justifica el dominio de la oligarquía tecnocrática y diluye las necesidades de emancipación de la sociedad.

Toda revuelta contra la dominación no representará el interés general si no se convierte en una rebelión contra la técnica, una rebelión luddita. La diferencia entre los obreros ludditas y los modernos esclavos de la técnica reside en que aquellos tenían un modo de vida que salvar, amenazado por las fábricas, y constituían una comunidad, que sabía defenderse y protegerse. Por eso fue tan difícil acabar con ellos. La represión dio lugar al nacimiento de la policía inglesa moderna y al desarrollo del sistema fabril y del sindicalismo británico, tolerado y alentado a causa del luddismo. La andadura del proletariado comienza con una importante renuncia, es más, los primeros periódicos obreros ­cito a L´Artisan, de 1830­ elogiarán las máquinas con el argumento de que alivian el trabajo y que el remedio no está en suprimirlas sino en explotarlas ellos mismos.

Contrariamente a lo que afirmaban Marx y Engels, el movimiento obrero se condenó a la inmadurez política y social cuando renunció al socialismo utópico y escogió la ciencia, el progreso (la ciencia burguesa, el progreso burgués), en lugar de la comunidad y el desarrollo individual. Desde entonces la idea de que la emancipación social no es “progresista” ha circulado por la sociología y la literatura más que por el movimiento obrero, con la excepción de algunos anarquistas y seguidores de Morris o Thoreau.

Así por ejemplo, tendríamos que abrir la novela Metrópolis, de Thea Von Harbou, para leer arengas como ésta: “De la mañana a la noche, a mediodía, por la tarde, la máquna ruge pidiendo alimento, alimento, alimento. ¡Vosotros sois el alimento! ¡Sois el alimento vivo! ¡La máquina os devora y luego, exhaustos, os arroja! ¿Por qué engordáis a las máquinas con vuestros cuerpos? ¿Por qué aceptáis sus articulaciones con vuestro cerebro? ¿Por qué no dejáis que las máquinas mueran de hambre, idiotas? ¿Por qué no las dejáis perecer, estúpidos? ¿Por qué las alimentáis? Cuanto más lo hagáis, más hambre tendrán de vuestra carne, de vuestros huesos, de vuestro cerebro. Vosotros sois diez mil. ¡Vosotros sois cien mil! ¿Por qué no os lanzáis, cien mil puños asesinos, contra las máquinas?”. Evidentemente, la destrucción de las máquinas es una simplificación, una metáfora de la destrucción del mundo de la técnica, del orden técnico del mundo, y esa es la inmensa tarea histórica de la única revolución verdadera. Es una vuelta al principio, al saber hacer de los comienzos que la técnica había proscrito.

No se trata de un retorno a la Naturaleza, aunque las relaciones de los hombres con la Naturaleza habrán de modificarse radicalmente y basarse menos en la explotación que en la reciprocidad, pues al destruir la Naturaleza se destruye inevitablemente naturaleza humana. Ya no es cuestión de dominarla sino de estar en armonía con ella. La existencia de los seres humanos no habrá de concebirse como pura actividad de apropiación de las fuerzas naturales, movimiento, trabajo.

Una sociedad no capitalista, es decir, librada de la técnica, no será una sociedad industrial pero tampoco una especie de sociedad paleolítica; habrá de conformarse con la cantidad de técnica que se pueda permitir sin desequilibrarse. Debe eliminar toda la técnica que sea fuente de poder, la que destruya las ciudades, la que aísle al individuo, la que despueble los campos, la que impida la aparición de comunidades, etc., en fin, la que amenace el modo de vida libre. Todas la civilizaciones anteriores fundadas en la agricultura, la artesanía y el comercio, han sabido controlar y contener las innovaciones técnicas. La sociedad capitalista ha sido una excepción histórica, una extravagancia, un desvío.

Si quienes se hallan comprometidos en la lucha contra la técnica miran a su alrededor, constatarán que los estragos tecnológicos despiertan todavía una débil oposición, parasitada por el ecologismo político o directamente recuperada por gente al servicio del Estado Por otra parte, ningún movimiento de una cierta amplitud, partiendo de conflictos precisos, ha tratado de organizarse claramente contra el mundo de la técnica. Apenas se redescubren las grandes aportaciones de la sociología critica americana, o las de la escuela de Frankfurt, o la obra de Ellul, no obstante tener muchos años de existencia.

La tarea de actualizar esa crítica y ponerla en relación con la de transformar radicalmente las bases sobre las que se asienta la sociedad moderna es algo que todavía no comprenden más que pocos. Los más, tratan de combatir al sistema desde terrenos con cada vez menos peso: el de las reivindicaciones obreras, el de los derechos de las minorías, el de los centros juveniles, el de la exclusión social, el del sindicalismo agrario, etc. Sin menospreciar el compromiso social de nadie, estas luchas tienen un horizonte limitado, no sea más que porque evitan la cuestión clave, cuando no comparten con el sistema su tecnofilia.

De todas formas, merecen apoyo aquellas que reconstruyen la sociabilidad entre sus participantes e impiden la creación de jerarquías. La acción de quienes se oponen al mundo de la técnica todavía no ha llevado a grandes cosas, ya que tal oposición es sólo una causa y no un movimiento. Pero al menos ha servido para incrementar la insatisfacción que la técnica viene sembrando y para apuntar en la buena dirección La apología de la técnica pone en mala posición a sus partidarios cuando deviene demasiado visiblemente apología del horror. El sistema admite no ser ningún paraíso y se justifica como el único posible, tanto que no haya nadie que pueda mandarlo al basurero de la historia. Ahí estamos. El sistema tecnocrático produce ruinas, lo que favorece la difusión de la crítica y posibilita la acción contra él. La cuestión principal son los principios más que los métodos.

Cualquier proceder es bueno si es necesario y sirve para popularizar las ideas, sin que ello sea óbice para ninguna capitulación: se participa en las luchas para hacerlas mejores, no para degenerar con ellas. En ausencia de un movimiento social organizado, las ideas son lo primero, el combate por las ideas es lo importante, pues ninguna perspectiva puede nacer de una organización donde reine la confusión respecto a lo que se quiere. Pero la lucha por las ideas no es una lucha por la ideología, por una satisfecha buena conciencia. Hay que abandonar el lastre de las consignas revolucionarias que han envejecido y se han vuelto frases hechas: resulta incongruente cuando no existe proletariado hablar del poder absoluto de los Consejos Obreros, o de la autogestión generalizada cuando sería cuestión de desmantelar la producción. El final del trabajo asalariado no puede significar la abolición del trabajo, puesto que la tecnología que suprime y automatiza el trabajo necesario sólo es posible en el reino de la Economía.

Las teorías de Fourier sobre la “atracción apasionada” serían más realistas. Tampoco una acción voluntarista sirve de mucho, si las masas que consiga agrupar no sepan qué hacer una vez hayan decidido hacerse cargo, sin intermediarios, de sus propios asuntos. En esa situación, incluso los éxitos parciales, al abrir perspectivas que no podrán afrontarse con coherencia y determinación, acabarán con el movimiento mejor aún que las derrotas.

La tarea más elemental consistiría en reunir alrededor de la convicción de que el sistema debe ser destruido y edificado de nuevo sobre otras bases al mayor número de gente posible, y discutir el tipo de acción que más conviene a la práctica de las ideas derivadas de dicha convicción. Dicha práctica ha de aspirar a la toma de conciencia por lo menos de una parte notable de la población, porque mientras no exista una conciencia revolucionaria suficientemente extendida no podrá reconstituirse la clase explotada y ninguna acción de envergadura histórica, ningún retorno de la lucha de clases, será posible.

Miguel Amorós

fuente http://www.lahaine.org/index.php?blog=2&p=16705

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La ideología social del automóvil

El mayor defecto de los automóviles es que son como castillos o fincas a orillas del mar: bienes de lujo inventados para el placer exclusivo de una minoría muy rica, y que nunca estuvieron, en su concepción y naturaleza, destinados al pueblo.

A diferencia de la aspiradora, la radio o la bicicleta, que conservan su valor de uso aun cuando todo el mundo posee una, el automóvil, como la finca a orillas del mar, no tiene ningún interés ni ofrece ningún beneficio salvo en la medida en que la masa no puede poseer uno. Así, tanto en su concepción como en su propósito original, el auto es un bien de lujo. Y el lujo, por definición, no se democratiza: si todo el mundo tiene acceso al lujo, nadie le saca provecho; por el contrario, todo el mundo estafa, usurpa y despoja a los otros y es estafado, usurpado y despojado por ellos.

Resulta bastante común admitir esto cuando se trata de fincas a la orilla del mar. Ningún demagogo ha osado todavía pretender que la democratización del derecho a las vacaciones supondría una finca con playa privada por cada familia francesa. Todos entienden que, si cada una de los trece o catorce millones de familias hiciera uso de diez metros de costa, se necesitarían 140,000 kilómetros de playa para que todo el mundo se diera por bien servido. Dar a cada quien su porción implicaría recortar las playas en tiras tan pequeñas –o acomodar las fincas tan cerca unas de otras– que su valor de uso se volvería nulo y desaparecería cualquier tipo de ventaja que pudieran tener sobre un complejo hotelero. En suma, la democratización del acceso a las playas no admite más que una solución: la solución colectivista. Y esta solución entra necesariamente en conflicto con el lujo de la playa privada, privilegio del que una pequeña minoría se apodera a expensas del resto.

Ahora bien, ¿por qué aquello que parece evidente en el caso de las playas no lo es en el caso de los transportes? Un automóvil, al igual que una finca con playa, ¿no ocupa acaso un espacio que escasea? ¿Acaso no priva a los otros que utilizan las calles (peatones, ciclistas, usuarios de tranvías o autobuses)? ¿No pierde acaso todo su valor de uso cuando todo el mundo utiliza el suyo? Y a pesar de esto hay muchos demagogos que afirman que cada familia tiene derecho a, por lo menos, un coche, y que recae en el “Estado” del que forma parte la responsabilidad de que todos puedan estacionarse cómodamente y circular a ciento cincuenta kilómetros por hora por las carreteras.

La monstruosidad de esta demagogia salta a la vista y, sin embargo, ni siquiera la izquierda la rechaza. ¿Por qué se trata al automóvil como vaca sagrada? ¿Por qué, a diferencia de otros bienes “privativos”, no se le reconoce como un lujo antisocial? La respuesta debe buscarse en los siguientes dos aspectos del automovilismo.

1. El automovilismo de masa materializa un triunfo absoluto de la ideología burguesa al nivel de la práctica cotidiana: funda y sustenta, en cada quien, la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensas de todos los demás. El egoísmo agresivo y cruel del conductor que, a cada minuto, asesina simbólicamente a “los demás”, a quienes ya no percibe más que como estorbos materiales y obstáculos que se interponen a su propia velocidad, ese egoísmo agresivo y competitivo es el advenimiento, gracias al automovilismo cotidiano, de una conducta universalmente burguesa. […]

2. El automovilismo ofrece el ejemplo contradictorio de un objeto de lujo desvalorizado por su propia difusión. Pero esta desvalorización práctica aún no ha causado su desvalorización ideológica: el mito del atractivo y las ventajas del auto persiste mientras que los transportes colectivos, si se expandieran, pondrían en evidencia una estridente superioridad. La persistencia de este mito se explica con facilidad: la generalización del automóvil individual ha excluido a los transportes colectivos, modificado el urbanismo y el hábitat y transferido al automóvil funciones que su propia difusión ha vuelto necesarias. Hará falta una revolución ideológica (“cultural”) para romper el círculo. Obviamente no debe esperarse que sea la clase dominante (de derecha o de izquierda) la que lo haga.
Observemos estos dos puntos con detenimiento.

Cuando se inventó el automóvil, este debía procurar a unos cuantos burgueses muy ricos un privilegio absolutamente inédito: el de circular mucho más rápido que los demás. Nadie hubiera podido imaginar eso hasta ese momento. La velocidad de todas las diligencias era esencialmente la misma, tanto para los ricos como para los pobres. La carreta del rico no iba más rápido que la del campesino, y los trenes transportaban a todo el mundo a la misma velocidad (no adoptaron velocidades distintas sino hasta que empezaron a competir con el automóvil y el avión). No había, hasta el cambio de siglo, una velocidad de desplazamiento para la élite y otra para el pueblo. El auto cambiaría esto: por primera vez extendía la diferencia de clases a la velocidad y al medio de transporte.

Este medio de transporte pareció en un principio inaccesible para la masa –era muy diferente de los medios ordinarios. No había comparación entre el automóvil y todo el resto: la carreta, el ferrocarril, la bicicleta o el carro tirado por caballos. Seres excepcionales se paseaban a bordo de un vehículo remolcado que pesaba por lo menos una tonelada y cuyos órganos mecánicos extremadamente complicados eran muy misteriosos y se ocultaban de nuestro campo de visión. Pues un aspecto importante del mito del automóvil es que por primera vez la gente montaba vehículos privados cuyos sistemas operativos le eran totalmente desconocidos y cuyo mantenimiento y alimentación había que confiar a especialistas.

La paradoja del automóvil estribaba en que parecía conferir a sus dueños una independencia sin límites, al permitirles desplazarse de acuerdo con la hora y los itinerarios de su elección y a una velocidad igual o superior que la del ferrocarril. Pero, en realidad, esta aparente autonomía tenía como contraparte una dependencia extrema.

A diferencia del jinete, el carretero o el ciclista, el automovilista dependería de comerciantes y especialistas de la carburación, la lubrificación, el encendido y el intercambio de piezas estándar para alimentar el coche o reparar la menor avería. Al revés de los dueños anteriores de medios de locomoción, el automovilista establecería un vínculo de usuario y consumidor –y no de poseedor o maestro– con el vehículo del que era dueño. Dicho de otro modo, este vehículo lo obligaría a consumir y utilizar una cantidad de servicios comerciales y productos industriales que sólo terceros podrían procurarle. La aparente autonomía del propietario de un automóvil escondía una dependencia enorme.

Los magnates del petróleo fueron los primeros en darse cuenta del partido que se le podría sacar a una gran difusión del automóvil. Si se convencía al pueblo de circular en un auto a motor, se le podría vender la energía necesaria para su propulsión. Por primera vez en la historia los hombres dependerían, para su locomoción, de una fuente de energía comercial. Habría tantos clientes de la industria petrolera como automovilistas –y como por cada automovilista habría una familia, el pueblo entero sería cliente de los petroleros. La situación soñada por todo capitalista estaba a punto de convertirse en realidad: todos dependerían, para satisfacer sus necesidades cotidianas, de una mercancía cuyo monopolio sustentaría una sola industria.

Lo único que hacía falta era lograr que la población manejara automóviles. Apenas sería necesaria una poca de persuasión. Bastaría con bajar el precio del auto mediante la producción en masa y el montaje en cadena. La gente se apresuraría a comprar uno. Tanto se apresuró la gente que no se dio cuenta de que se le estaba manipulando. ¿Qué le prometía la industria automóvil? Esto: “Usted también, a partir de ahora, tendrá el privilegio de circular, como los ricos y los burgueses, más rápido que todo el mundo. En la sociedad del automóvil el privilegio de la élite está a su disposición.”

La gente se lanzó a comprar coches hasta que, al ver que la clase obrera también tenía acceso a ellos, advirtió con frustración que se le había engañado. Se le había prometido, a esta gente, un privilegio propio de la burguesía; esta gente se había endeudado y ahora resultaba que todo el mundo tenía acceso a los coches a un mismo tiempo. ¿Pero qué es un privilegio si todo el mundo tiene acceso a él? Es una trampa para tontos. Peor aún: pone a todos contra todos. Es una parálisis general causada por una riña general. Pues, cuando todo el mundo pretende circular a la velocidad privilegiada de los burgueses, el resultado es que todo se detiene y la velocidad del tráfico en la ciudad cae, tanto en Boston como en París, en Roma como en Londres, por debajo de la velocidad de la carroza; y en horas pico la velocidad promedio en las carreteras está por debajo de la velocidad de un ciclista.

Nada sirve. Ya se ha intentado todo. Cualquier medida termina empeorando la situación. Tanto si se aumentan las vías rápidas como si se incrementan las vías circulares o transversales, el número de carriles y los peajes, el resultado es siempre el mismo: cuantas más vías se ponen en funcionamiento, más coches las obstruyen y más paralizante se vuelve la congestión de la circulación urbana. Mientras haya ciudades, el problema seguirá sin tener solución. Por más ancha y rápida que sea una carretera, la velocidad con que los vehículos deban dejarla atrás para entrar en la ciudad no podrá ser mayor que la velocidad promedio de las calles de la ciudad. Puesto que en París esta velocidad es de diez a veinte kilómetros por hora según qué hora sea, no se podrá salir de las carreteras a más de diez o veinte kilómetros por hora.

Esto ocurre en todas las ciudades. Es imposible circular a más de un promedio de veinte kilómetros por hora en el entramado de calles, avenidas y bulevares entrecruzados que caracterizan a las ciudades tradicionales. La introducción de vehículos más rápidos irrumpe inevitablemente con el tráfico de una ciudad y causa embotellamientos y, finalmente, una parálisis absoluta.

Si el automóvil tiene que prevalecer, no queda más que una solución: suprimir las ciudades, es decir, expandirlas a lo largo de cientos de kilómetros, de vías monumentales, expandirlas a las afueras. Esto es lo que se ha hecho en Estados Unidos. Iván Illich resume el resultado en estas cifras estremecedoras: “El estadounidense tipo dedica más de 1,500 horas por año (es decir, 30 horas por semana, o cuatro horas por día, domingo incluido) a su coche: esto comprende las horas que pasa frente al volante, en marcha o detenido, las horas necesarias de trabajo para pagarlo y para pagar la gasolina, los neumáticos, los peajes, el seguro, las infracciones y los impuestos […] Este estadounidense necesita entonces 1,500 horas para recorrer (en un año) 10,000 kilómetros. Seis kilómetros le toman una hora. En los países que no cuentan con una industria de transportes, las personas se desplazan exactamente a esa velocidad caminando, con la ventaja adicional de que pueden ir adonde sea y no sólo a lo largo de calles de asfalto.”

Es cierto, añade Illich, que en los países no industrializados los desplazamientos no absorben más que de dos a ocho por ciento del tiempo social (lo cual corresponde a entre dos y seis horas por semana). Conclusión: el hombre que se desplaza a pie cubre tantos kilómetros en una hora dedicada al transporte como el hombre motorizado, pero dedica de cinco a seis veces menos de tiempo que este último. Moraleja: cuanto más difunde una sociedad estos vehículos rápidos, más tiempo dedican y pierden las personas en desplazarse. Pura matemática.

¿La razón? Acabamos de verla. Las ciudades y los pueblos se han convertido en infinitos suburbios de carretera, ya que esta era la única manera de evitar la congestión vehicular de los centros habitacionales. Pero esta solución tiene un reverso evidente: las personas pueden circular cómodamente sólo porque están lejos de todo. Para hacer un espacio al automóvil se han multiplicado las distancias. Se vive lejos del lugar de trabajo, lejos de la escuela, lejos del supermercado –lo cual exige un segundo automóvil para que “el ama de casa” pueda hacer las compras y llevar a los niños a la escuela. ¿Salir a pasear? Ni hablar. ¿Tener amigos? Para eso se tienen vecinos. El auto, a fin de cuentas, hace perder más tiempo que el que logra economizar y crea más distancias que las que consigue sortear.

Por supuesto, puede uno ir al trabajo a cien kilómetros por hora. Pero esto es gracias a que uno vive a cincuenta kilómetros del trabajo y acepta perder media hora recorriendo los últimos diez. En pocas palabras: “Las personas trabajan durante una buena parte del día para pagar los desplazamientos necesarios para ir al trabajo” (Iván Illich).

Quizás esté pensando: “Al menos de esa manera puede uno escapar del infierno de la ciudad una vez que se acaba la jornada de trabajo.” “La ciudad” es percibida como “el infierno”; no se piensa más que en evadirla o en irse a vivir a la provincia mientras que, por generaciones enteras, la gran ciudad, objeto de fascinación, era el único lugar donde valía la pena vivir. ¿A qué se debe este giro? A una sola causa: el automóvil ha vuelto inhabitable la gran ciudad. La ha vuelto fétida, ruidosa, asfixiante, polvorienta, atascada al grado de que la gente ya no tiene ganas de salir por la noche. Puesto que los coches han matado a la ciudad, son necesarios coches aun más rápidos para escaparse hacia suburbios lejanos. Impecable circularidad: dennos más automóviles para huir de los estragos causados por los automóviles.

De objeto de lujo y símbolo de privilegio, el automóvil ha pasado a ser una necesidad vital. Hay que tener uno para poder huir del infierno citadino del automóvil. La industria capitalista ha ganado la partida: lo superfluo se ha vuelto necesario. Ya no hace falta convencer a la gente de que necesita un coche. Es un hecho incuestionable. Pueden surgir otras dudas cuando se observa la evasión motorizada a lo largo de los ejes de huida. Entre las ocho y las 9:30 de la mañana, entre las 5:30 y las siete de la tarde, los fines de semana, durante cinco o seis horas, los medios de evasión se extienden en procesiones a vuelta de rueda, a la velocidad (en el mejor de los casos) de un ciclista y en medio de una nube de gasolina con plomo. ¿Qué permanece de los beneficios del coche? ¿Qué queda cuando, inevitablemente, la velocidad máxima de la ruta se reduce a la del coche más lento?

Está bien: tras haber matado a la ciudad, el automóvil está matando al automóvil. Después de haber prometido a todo el mundo que iría más rápido, la industria automóvil desemboca en un resultado previsible. Todo el mundo debe ir más lento que el más lento de todos, a una velocidad determinada por las simples leyes de la dinámica de fluidos. Peor aún: tras haberse inventado para permitir a su dueño ir adonde quiera, a la hora y a la velocidad que quiera, el automóvil se vuelve, de entre todos los vehículos, el más esclavizante, aleatorio, imprevisible e incómodo.

Aun cuando se prevea un margen extravagante de tiempo para salir, nunca puede saberse cuándo se encontrará uno con un embotellamiento. Se está tan inexorablemente pegado a la ruta (a la carretera) como el tren a sus vías. No puede uno detenerse impulsivamente y, al igual que en el tren, debe uno viajar a una velocidad decidida por alguien más. En suma, el coche no posee ninguna de las ventajas del tren pero sí todas sus desventajas, más algunas propias: vibración, espacio reducido, peligro de choque, el esfuerzo necesario para manejarlo.

Y sin embargo, dirá usted, la gente no utiliza el tren. ¡Pues claro! ¿Cómo podría utilizarlo? ¿Ha intentado usted ir de Boston a Nueva York en tren? ¿O de Ivry a Tréport? ¿O de Garches a Fontainebleau? ¿O de Colombes a L’Isle-Adam? ¿Ha intentado usted viajar, en verano, el sábado o el domingo? Pues bien, ¡hágalo! ¡Buena suerte! Podrá entonces constatar que el capitalismo-automóvil lo ha previsto todo: en el instante en que el coche estaba por matar al coche, hizo desaparecer las soluciones de repuesto. Así, el coche se volvió obligatorio.

El Estado capitalista primero dejó que se degradaran y luego que se suprimieran las conexiones ferroviarias entre las ciudades y sus alrededores. Sólo se mantuvieron las conexiones interurbanas de gran velocidad que compiten con los transportes aéreos por su clientela burguesa. El tren aéreo, que hubiera podido acercar las costas normandas o los lagos de Morvan a los parisinos que gustan de irse de día de campo, no servirá más que para ganar quince minutos entre París y Pontoise y depositar en sus estaciones a más viajeros saturados de velocidad que los que los transportes urbanos podrían trasladar. ¡Eso sí que es progreso!

La verdad es que nadie tiene alternativa. No se es libre de tener o no un automóvil porque el universo suburbano está diseñado en función del coche y, cada vez más, también el universo urbano. Por ello, la solución revolucionaria ideal que consiste en eliminar el automóvil en beneficio de la bicicleta, el tranvía, el autobús o el taxi sin chofer ni siquiera es viable en las ciudades suburbanas como Los Ángeles, Detroit, Houston, Trappes o incluso Bruselas, construidas por y para el automóvil. Estas ciudades escindidas se extienden a lo largo de calles vacías en las que se alinean pabellones idénticos entre sí y donde el paisaje (el desierto) urbano significa: “Estas calles están hechas para conducir tan rápido como se pueda del trabajo a la casa y viceversa. Se pasa por aquí pero no se vive aquí. Al final del día de trabajo todos deben quedarse en casa, y quien se encuentre en la calle después de que caiga la noche será considerado sospechoso.” En algunas ciudades estadounidenses el acto de pasearse a pie de noche es considerado un delito.

Entonces, ¿hemos perdido la partida? No, pero la alternativa al automóvil deberá ser global. Para que la gente pueda renunciar a sus automóviles, no basta con ofrecerle medios de transporte colectivo más cómodos. Es necesario que la gente pueda prescindir del transporte al sentirse como en casa en sus barrios, dentro de su comunidad, dentro de su ciudad a escala humana y al disfrutar ir a pie de su trabajo a su domicilio –a pie o en bicicleta. Ningún medio de transporte rápido y de evasión compensará jamás el malestar de vivir en una ciudad inhabitable, de no estar en casa en ningún lugar, de pasar por allí sólo para trabajar o, por el contrario, para aislarse y dormir.

“La gente –escribe Illich– romperá las cadenas del transporte todopoderoso cuando vuelva a amar como un territorio suyo a su propia cuadra, y cuando dude acerca de alejarse muy a menudo.” Pero precisamente para poder amar el “territorio” será necesario que este sea habitable y no circulable, que el barrio o la comunidad vuelvan a ser el microcosmos, diseñado a partir y en función de todas las actividades humanas, en que la gente trabaja, vive, se relaja, aprende, comunica, y que maneja en conjunto como el lugar de su vida en común. Cuando alguien le preguntó cómo la gente pasaría su tiempo después de la revolución, cuando el derroche capitalista fuera abolido, Marcuse respondió: “Destruiremos las grandes ciudades y construiremos una nuevas. Eso nos mantendrá ocupados por un tiempo.”

Estas nuevas ciudades serán federaciones o comunidades (o vecindades) rodeadas de cinturones verdes cuyos ciudadanos –y especialmente los escolares– pasarán varias horas por semana cultivando productos frescos necesarios para sobrevivir. Para sus desplazamientos cotidianos dispondrán de una completa gama de medios de transporte adaptados a una ciudad mediana: bicicletas municipales, tranvías o trolebuses, taxis eléctricos sin chofer. Para viajes más largos al campo, así como para transportar a sus huéspedes, un conjunto de coches estará disponible en los estacionamientos del barrio. El automóvil habrá dejado de ser una necesidad. Todo cambiará. El mundo, la vida, la gente. Y esto no habrá ocurrido por arte de magia.

Mientras tanto, ¿qué se puede hacer para llegar a eso? Antes que nada, no plantear jamás el problema del transporte de manera aislada, siempre vincularlo al problema de la ciudad, de la división social del trabajo y de la compartimentación que esta ha introducido entre las diferentes dimensiones de la existencia. Un lugar para trabajar, otro para vivir, otro para abastecerse, otro para aprender, un último lugar para divertirse.

El agenciamiento del espacio continúa la desintegración del hombre empezada por la división del trabajo en la fábrica. Corta al individuo en rodajas, corta su tiempo, su vida, en rebanadas separadas para que en cada una sea un consumidor pasivo a merced de los comerciantes, para que de este modo nunca se le ocurra que el trabajo, la cultura, la comunicación, el placer, la satisfacción de las necesidades y la vida personal puedan y deban ser una sola y misma cosa: una vida unificada, sostenida por el tejido social de la comunidad.

André Gorz

Traducción de María Lebedev.

publicado en Le Sauvage, 1973.

fuente www.letraslibres.com/index.php?art=14232

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El auto nos declaró la guerra

“Padre, ya están aquí…
Monstruos de carne
con gusanos de hierro.
Padre, no tengáis miedo,
decid que no, que yo os espero.
Padre, que están matando la tierra.
Padre, dejad de llorar
que nos han declarado la guerra.” Joan Manuel Serrat

Nadie puede desconocer o negar la revolución que produjo el advenimiento del automotor, desde sus orígenes hasta la actualidad, tan es así, que las ciudades pensadas para las personas, o el paisaje mismo, con el correr de los años debieron planificarse, modificarse o adaptarse a los caprichos de su majestad el auto.

Quién no se ha sentido atraído en algún momento por este juguete del ingenio humano, que como ninguno nos ofrece libertad y velocidad de desplazamiento, exaltando nuestra individualidad más acendrada, volviéndonos avaros y egoístas.

Ha calado tan hondo o se ha adherido tan íntimamente a nosotros, que hoy por hoy renegar del mismo es prácticamente imposible.

Intentar algún mecanismo de reducción, sería considerado casi un delirio por los defensores a raja tablas del progreso, del crecimiento o de las comodidades y status que el mismo brinda.

Recordemos que la matriz petróleo dependiente en el mundo, sus políticas de dominación y los profundos descalabros ambientales, se justifican casi mayoritariamente por su ligazón a esta tecnología.

Esta invención, que en su momento estuvo al servicio de las personas, se ha convertido hoy, en un tirano cruel, que reclama cada día in crescendo su cuota parte de sacrificios humanos, que a nadie parece preocuparle, mucho menos a los gobiernos y sus funcionarios.

Como en el relato de Frankenstein o las películas de ciencia ficción, la criatura se ha  independizado de su creador y lo ha convertido en su esclavo y su víctima.

La reiterativa visión de vehículos destrozados, con hierros retorcidos, cuerpos inertes, llantos y pérdidas desgarradoras, han galvanizado al extremo nuestra sensibilidad y el sentido de alerta.

Convivimos con la muerte evitable, sin inmutarnos.

Tan es así, que nos parece normal y cotidiano, que se exija como obligatorio llevar como accesorio del auto, el botiquín de primeros auxilios y la sábana para tapar piadosamente los cadáveres en caso de eventos dañosos, que seguramente se producirán.

Ello no difiere en mucho con las bolsas negras y medicamentos en las guerras.

Lo expresado es demostrativo de que el accidente, cuyo significado es: suceso imprevisto, elemento que no forma parte de la naturaleza o la esencia de una cosa, haya devenido en una posibilidad natural, no remota y casi siempre producible. Hay certidumbre de la desgracia.

Lo dicho ha llevado que, a instancias de la Organización Mundial de la Salud, el Secretario General de la ONU, en el mes de marzo declarara al 2011, como el comienzo del “Decenio de Acción para la Seguridad Vial 2011- 2020”, a los fines de minimizar sus tétricos saldos.

Sepamos que por año en el mundo, muere la aterradora cantidad de 1.300.000 personas y más de 50 millones de ellas, reciben distintos tipos de heridas, a lo que se debe sumar otra serie de daños colaterales atribuidos directamente a los automotores, como ser afecciones respiratorias y cardiológicas, producto de la contaminación en los centros urbanos, que en algunos casos multiplica hasta por cinco veces los efectos perjudiciales referidos. Es la principal causa de muerte entre los niños y jóvenes de 5 a 29 años.

La sumatoria de todos los conflictos bélicos producidos en el Planeta, no llega ni por lejos a las cifras de bajas mencionadas, ante la indiferencia y complicidad generalizada.

Lo peor, es que todos los pronósticos, de no hacerse algo al respecto, dicen que para el año 2030 estos números podrían duplicarse.

Pese a este genocidio, el mundo se mueve en sintonía con el auto y por ello, no es descabellado afirmar que el mismo se ha convertido casi en una suerte de epidemia maltusiana.

Por su parte los gobiernos en sus distintas competencias, nacionales, estaduales o locales, poco hacen para combatir este flagelo, aunque digan lo contrario.

Es más, no sólo que se rinden incondicionalmente ante las automotrices, sino que celebran como un síntoma de desarrollo el incremento de ventas, atribuyendo todos los males provocados, a la irresponsabilidad conductiva o el consumo de alcohol por parte de algunos conductores. Todo vale, para ocultar que lo que mata es el auto y no la forma de manejo.

No es sencillo combatir este poderoso enemigo, arraigado como pocos en la conciencia social como factor de status y libertad, pero de allí a fomentarlo y congratularlo, hay un largo trecho.

Todos saben que el tren, de cargas o pasajeros, se lleva las palmas por sus ventajas comparativas en términos económicos, de seguridad y ambientales.

Pero vaya paradoja, hasta algunas de las grandes multinacionales de la ecología, que se rasgan las vestiduras ante todo tipo de proceso productivo, se maquillan y hacen lobby a favor de este medio, prohijando el uso de automotores híbridos y eléctricos y reclamando enérgicamente a los Estados la adopción de los mismos, seguramente con el aplauso de las automotrices.

En una actitud hipócrita, no se preguntan de dónde saldrá la energía eléctrica para abastecer esta nueva demanda, o sobre los impactos que generará el aumento de la actividad minera (de la que reniegan) para proveer materiales cada vez más escasos y estratégicos para esta variante tecnológica del transporte individual.

No es suficiente denostar la mega minería, los biocombustibles o la quema de hidrocarburos para salvar el Planeta, sino entendemos que todas esas actividades en la mayoría de los casos son meras subsidiarias de las multinacionales automotrices.

El auto, con motores de combustión interna o eléctrica, siempre producirá las mismas consecuencias dañosas, ya que el origen de los males está en su propia esencia.

Por fortuna, algunos países inteligentes se han dado cuenta de ello y día a día mejoran sus servicios públicos de transporte. En los otros se actúa a contramano del sentido común y de la vida.

Es hora de pensar seriamente en el transporte masivo de calidad y con seguridad, desalentando el uso del individual.

Pero para ello se necesita: decisión, voluntad política y compromiso con la vida, atributos que no siempre abundan en las instituciones públicas, mientras los intereses de las automotrices siguen invadiendo todos los ámbitos de la vida social.

Hoy sería impensable tratar de prohibir el automotor, no obstante debería intentarse establecer un sistema de premios y castigos para los usuarios, vía normas impositivas que desalienten determinados usos, tamaños, cilindradas, cantidades de unidades por núcleo familiar, prácticas, etc.

A la par, se debería trabajar con sensatez y celeridad para ofrecer a los usuarios un sistema de transporte eficiente, económico, racional y sustentable, que privilegie la seguridad, el ambiente, la vida y la calidad de ella, para toda la comunidad y no solo las ganancias e intereses de unos pocos.

Ricardo Luis Mascheroni
Docente e Investigador Universitario

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2011/08/790372.php

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Por qué Linux es más seguro que Windows

(En Junio de 2010) Google anunció que sus empleados dejarían de utilizar Windows, alegando que Windows tenía algunos huecos de seguridad importantes. Como ya vimos, si bien esto es cierto, puede tratarse de una estrategia comercial.

Sin embargo, esta decisión me dejó pensando: ¿qué hace más seguro a Linux? Cualquier usuario de Linux se da cuenta que es mucho más seguro… se siente más seguro que Windows. Pero, ¿cómo explicar esa “sensación”?

Este post es el fruto de varias horas de reflexión y búsqueda en internet. Si todavía usás Windows y querés saber por qué Linux es más seguro o si sos un usuario de Linux que disfruta de sus mieles y querés saber qué hace de Linux un mejor sistema en materia de seguridad, te recomiendo que leas este post detenidamente. Es largo pero vale la pena.

Introducción: ¿qué es la seguridad?

Mucha gente cree que es correcto decir que un producto es seguro, así por ejemplo, Windows es más seguro que Linux, Firefox más seguro que IE, etc. Esto es parcialmente cierto. En realidad, la seguridad no es un producto, algo que viene ya armadito y para llevar. Se trata, más bien, de un proceso en la que el usuario juega un rol central. En otras palabras, la seguridad es un estado que debe ser mantenido activamente a través de una interacción adecuada y responsable entre el usuario y el software y/o sistema operativo instalado.

Ningún software o sistema operativo es capaz de aportar ningún tipo de seguridad si el administrador pone claves tontas como “123”, o si no toma los recaudos del caso. Dicho esto, sí es cierto que hay programas y SO más seguros que otros en tanto tienen menos “agujeros” o vulnerabilidades, se actualizan más rápido y, en términos generales, le hacen la vida más difícil a los atacantes.

Es en este sentido que podemos decir, por ejemplo, que Linux es más seguro que Windows. Ahora bien, ¿qué es lo que hace que Linux sea más difícil de vulnerar? Bueno, una respuesta que he leído y escuchado hasta el artazgo tiene que ver con el “security through obscurity” o “seguridad por oscuridad”. Básicamente, lo que argumentan muchos supuestos “expertos en seguridad” cuando se les pregunta por qué Linux es más seguro es que como la mayor parte del mercado de SO está en manos de Microsoft Windows, y los hackers malos quieren hacer el mayor daño posible, entonces apuntan a Windows. La mayor parte de los hackers quieren robar la mayor cantidad de información posible o realizar alguna acción que los destaque por sobre los demás y les dé “prestigio” dentro de su círculo. En la medida en que Windows es el SO más usado, realizan todos los esfuerzos para crear hacks y virus que afecten ese SO, dejando de lado los demás.

Me parece muy importante destacar que hoy prácticamente nadie cuestiona que efectivamente Linux sea más seguro que Windows. En lo que se equivocan los supuestos “expertos” es en la fundamentación, he aquí la razón por la que me senté a escribir este artículo.

Los “expertos”, como decía, sólo se basan en un mero dato estadístico para explicar por qué Linux es más seguro: existen menos virus y malwares para Linux en comparación con la enorme cantidad que hay para Windows. Ergo, Linux es más seguro… por ahora. Claro, al basar toda su argumentación en este mero dato, en la medida en que más usuarios se pasen a Linux, los hackers malos van a concentrarse cada vez más en crear utilidades y herramientas malignas para explotar todas y cada una de las vulnerabilidades de Linux. Se trata simplemente de un sistema de incentivos, que haría más atractivo para los hackers desarrollar virus y malware para Linux en la medida en que se vaya haciendo cada vez más popular. La supuesta seguridad de Linux, si acordamos con el análisis de los “expertos”, sería una gran mentira. Linux no sería seguro sino utilizado por poca gente. Nada más… Yo creo, en cambio, que la mayor seguridad que aporta Linux se basa en algunos aspectos fundamentales de su diseño y estructura.

Otro dato estadístico alcanza para empezar a darnos cuenta de que los “expertos” no saben nada. El servidor web Apache (un servidor web es un programa que se encuentra alojado en una computadora remota que aloja y envía las páginas a tu explorador web cuando vos, visitante, pedís acceso a esas páginas), que es software libre y corre generalmente bajo Linux, tiene la cuota de mercado más grande (mucho mayor que la del servidor IIS de Microsoft) y a pesar de ello sufre muchos menos ataques y tiene menos vulnerabilidades que la contraparte de Microsoft. En otras palabras, en el mundo de los servidores donde la historia es al revés (Linux + Apache poseen la mayor cuota del mercado), Linux ha demostrado ser más seguro que Windows. Las empresas de software más grandes del mundo, los proyectos científicos más ambiciosos, incluso los gobiernos más importantes, todos eligen Linux para almacenar y proteger la información de sus servidores y cada vez más son aquellos que lo están empezando a elegir como sistema de escritorio. ¿Vos que vas a elegir?

Las 10 características que hacen a Linux muy seguro

En contraste con el endeble papelucho de cartón en el que, con suerte, te puede llegar el CD de Linux (estoy pensando en un Ubuntu, por ejemplo), el CD de Windows típicamente viene en una cajita de plástico que está cerrada herméticamente y que tiene una etiqueta bien visible que te pide con ansias que prestes conformidad con los términos de la licencia que acompaña al CD y que probablemente encuentres en la prolija caja de cartón en la que todo venía empaquetado. Este sello de seguridad está diseñado para prevenir que los gusanos vulneren la cajita de plástico de tu CD e infecten tu copia de Windows antes de que sea efectivamente instalada, lo cual constituye un recaudo importante y un activo de seguridad invaluable.

Claramente Windows le saca ventaja a Linux en lo que respecta a la seguridad física de sus copias (jaja), pero ¿qué sucede una vez que ya lo instalamos? ¿Cuáles son las 10 características que hacen a Linux más seguro que Windows?

1. Es un sistema multiusuario avanzado.

En la medida en que Linux se basa en Unix, originalmente pensado para su utilización en redes, se explican algunas de sus importantes ventajas en relación a la seguridad respecto de Windows. El usuario con más privilegios en Linux es el administrador; puede hacer cualquier cosa en el SO. Todos los otros usuarios no obtienen tantos permisos como el root o administrador. Por esta razón, en caso de ser infectado por un virus mientras un usuario común está sesionado, sólo se infectarán aquellas porciones del SO a las que ese usuario tenga acceso. En consecuencia, el daño máximo que ese virus podría causar es alterar o robar archivos y configuraciones del usuario sin afectar seriamente el funcionamiento del SO como un todo. El administrador, además, estaría habilitado para eliminar el virus fácilmente.

Una vez que concluye la instalación de cualquier distro Linux, se nos solicita que creemos un root y un usuario común. Esta falta total de seguridad que involucra la creación de más de un usuario por computadora es la causante de su poca popularidad. ¡Ja! No, hablando en serio, esta es una de las razones por las que Linux es más seguro.

En comparación, por ejemplo en Windows XP, las aplicaciones de usuario, como Internet Explorer, tienen acceso a todo el sistema operativo. Es decir, supongamos que IE se vuelve loco y quiere borrar archivos críticos del sistema… bueno, podría hacerlo sin problemas y sin que el usuario se entere de nada. En Linux, en cambio, el usuario tendría que configurar explícitamente la aplicación para que corriese como root para introducir el mismo nivel de vulnerabilidad. Lo mismo sucede con los propios usuarios. Supongamos que una persona se sienta en mi compu con WinXP. Va a C:\Windows y borra todo. No pasa naranja. Lo puede hacer sin problemas. Claro, los problemas vendrán la próxima vez que intente iniciar el sistema. En Windows el usuario y cualquier programa que él instale tienen acceso para hacer prácticamente cualquier cosa en el SO. En Linux esto no sucede. Linux utiliza una administración de privilegios inteligente por el cual siempre que el usuario quiera hacer algo que sobrepase sus privilegios se pedirá la contraseña del root.

Sí, es molesto… pero es lo que lo hace seguro. Hay que escribir la bendita contraseña cada vez que se quiera hacer algo que potencialmente pueda afectar la seguridad del sistema. Esto es más seguro porque los usuarios “comunes” no tienen acceso para instalar programas, ejecutar llamadas del sistema, editar archivos del sistema, cambiar configuraciones críticas del sistema, etc.

Desde el principio, Linux fue diseñado como un sistema multiusuario. Incluso ahora, las debilidades más importantes de Windows están vinculadas a sus orígenes como sistema independiente para 1 sólo usuario. Lo malo del modo de hacer las cosas en Windows es que no hay capas de seguridad. Es decir, una aplicación de alto nivel, como un explorador de internet o un procesador de textos, están unidos y pueden acceder a las capas más bajas del sistema operativo, con lo cual la más pequeña vulnerabilidad puede dejar expuesto a todo el sistema operativo.

Desde Windows Vista, se introdujo en Windows el Control de Cuentas de Usuario (UAC por sus siglas en inglés) que hace que cada vez que quiera ejecutarse un programa o realizarse alguna tarea potencialmente peligrosa se requiera la contraseña del administrador. Sin embargo, sin contar el hecho de que al menos aquí en Argentina casi todos siguen usando WinXP por su comodidad y facilidad, la mayor parte de los usuarios de Win7 o Win Vista se loguean siempre como administradores o le otorgan derechos de administrador a sus usuarios. Al hacerlo, cada vez que quieran realizar alguna de estas tareas “peligrosas” el sistema simplemente mostrará un cuadro de diálogo que el usuario debe aceptar o rechazar. Cualquier persona que se siente en tu escritorio y/o se apodere de tu máquina automáticamente tiene privilegios de administrador para hacer lo que se le cante. Para una comparación completa entre UAC y su, sudo, gksudo, etc. les recomiendo leer este artículo de Wikipedia.

2. Mejor configuración por defecto.

Por su parte, la configuración por defecto en todas las distros Linux es mucho más segura que la configuración por defecto de Windows. Este punto está íntimamente vinculado con el anterior: en todas las distros Linux el usuario tiene privilegios limitados, mientras que en Windows casi siempre el usuario tiene privilegios de administrador. Cambiar estas configuraciones es muy fácil en Linux y un poco complicado en Windows.

Claro que cualquiera de éstos puede ser configurado de tal modo de convertirlo en un sistema inseguro (al correr todo como root en Linux, por ejemplo) y Windows Vista o Windows 7 (que, por cierto, copiaron algunas de estas características de Linux y Unix) podrían configurarse de mejor modo para hacerlos más seguros y ejecutarse bajo una cuenta más restringida que la del administrador. Sin embargo, en la realidad esto no sucede. La mayor parte de los usuarios de Windows tiene privilegios de administrador… es lo más cómodo.

3. Linux es mucho más “asegurable”

En la medida en que la seguridad, como vimos al comienzo, no es un estado sino un proceso, aún más importante que venir “desde fábrica” con una mejor configuración por defecto es poder brindarle al usuario la libertad suficiente como para adaptar los niveles de seguridad a sus necesidades. A esto es a lo que yo llamo “asegurabilidad”. En este sentido, Linux no sólo es reconocido por su enorme flexibilidad sino por permitir ajustes de seguridad que serían imposibles de conseguir en Windows. Esta es la razón, precisamente, por la que las grandes empresas eligen Linux para administrar sus servidores web.

Podrá sonar muy “zen”, pero esta situación me recuerda a una anécdota que alguien me contó alguna vez. No sé si todavía sigue sucediendo pero me dijeron que en China la gente le pagaba al médico cuando estaba bien y dejaba de hacerlo cuando estaba mal. Es decir, al revés de lo que hacemos nosotros en la “sociedad occidental”. Aquí sucede algo parecido. En Windows existe un enorme mercado en torno a la seguridad pero que se basa esencialmente en controlar o disminuir los efectos y no las causas que hacen de Windows un sistema inseguro. En Linux, en cambio, un usuario intermedio o avanzado puede configurar el sistema de tal modo que sea prácticamente impenetrable sin que ello implique la instalación de un antivirus, antispyware, etc. En otras palabras, en Linux el foco está puesto en las causas, o sea en las configuraciones que hacen a un sistema más seguro; mientras que en Windows el acento (y el negocio) está puesto en las consecuencias de una posible infección.

4. No hay archivos ejecutables ni registro

En Windows, los programas maliciosos generalmente son archivos ejecutables que, luego de engañar al usuario o saltear su control, se ejecutan e infectan la máquina. Una vez que esto sucedió es muy difícil removerlos ya que, en caso de que podamos encontrarlo y eliminarlo, éste se puede replicar e incluso puede guardar configuraciones en el registro de Windows que le permitan “revivir”. En Linux, en cambio, no existen, estrictamente hablando, archivos ejecutables. En realidad, la ejecutabilidad es una propiedad de cualquier archivo (sin importar su extensión), que el administrador o el usuario que lo creó puede otorgarle. Por defecto, ningún archivo es ejecutable a menos que alguno de estos usuarios así lo establezcan. Además, Linux utiliza archivos de configuración en vez de un registro centralizado. Es conocida aquella frase que dice que en Linux todo es un archivo. Esta descentralización, que permite evitar la creación de una enrome base de datos hipercompleja y enredada, facilita enormemente la eliminación y detección de los programas maliciosos así como dificulta su reproducción teniendo en cuenta que un usuario normal no puede editar archivos del sistema.

5. Mejores herramientas para combatir los ataques zero-day

No siempre alcanza con tener todo el software actualizado. Los ataques zero-day (un ataque que explota vulnerabilidades que los propios desarrolladores del software todavía desconocen) son cada vez más comunes. Un estudio ha demostrado que lleva solamente seis días a los crackers desarrollar software malicioso que explote estas vulnerabilidades, mientras que le lleva meses a los desarrolladores detectar estos agujeros y lanzar los parches necesarios. Por esta razón, una política de seguridad sensible tiene siempre en cuenta la posibilidad de ataques zero-day. Windows XP no cuenta con tal provisión. Vista, en modo protegido, aunque es útil, provee solamente protección limitada a los ataques a IE. En contraste, la protección provista por AppArmor o SELinux es ampliamente superior, proveyendo una protección muy “fina” contra cualquier tipo de intento de ejecución de código en forma remota. Por esta razón, es cada vez más común que las distros Linux vengan con AppArmor (SuSE, Ubuntu, etc.) o SELinux (Fedora, Debian, etc.) por defecto. En otros casos, se pueden bajar fácilmente desde los repositorios.

6. Linux es un sistema modular.

El diseño modular de Linux permite eliminar un componente cualquiera del sistema en caso de ser necesario. En Linux, se podría decir que todo es un programa. Hay un programita que gestiona las ventanas, otro que gestiona los logins, otro que se encarga del sonido, otro del video, otro de mostrar un panel de escritorio, otro que funciona como dock, etc. Finalmente, como las piezas de un lego, todas ellas forman el sistema de escritorio que conocemos y utilizamos diariamente. Windows, en cambio, es un enorme bloque de cemento. Es un bodoque que es muy difícil de desarmar. Así, por ejemplo, en caso de que tengas la sospecha de que Windows Explorer tiene alguna falla de seguridad, no vas a poder eliminarlo y reemplazarlo por otro.

7. Linux es software libre.

Sí, definitivamente esta es una de las razones más importantes por las que Linux es un SO mucho más seguro que Windows porque en primer lugar los usuarios pueden saber exactamente qué hacen los programas que componen el SO y, en caso de detectar una vulnerabilidad o irregularidad, pueden corregirla al instante sin tener que esperar un parche, actualización o “service pack”. Cualquiera puede editar el código fuente de Linux y/o los programas que lo componen, eliminar la brecha de seguridad y compartirla con el resto de los usuarios. Además de ser un sistema más solidario, que incentiva la participación y la curiosidad de los usuarios, es mucho más práctico a la hora de resolver agujeros de seguridad. Más ojos permiten la detección y solución más rápida de los problemas. En otras palabras, hay menos agujeros de seguridad y los parches se lanzan más rápidamente que en Windows.

Además, los usuarios de Linux estamos mucho menos expuestos a los programas spyware y/o cualquier otro programa que obtenga información del usuario en forma oculta o engañosa. En Windows, no tenemos que esperar a infectarnos con algún programa malicioso para sufrir este tipo de robo de información; existen pruebas de que el propio Microsoft e incluso otros programas muy reconocidos realizado por otras empresas, han adquirido información sin el consentimiento de los usuarios. Concretamente, Microsoft es acusado de utilizar software con nombres confusos, como el Windows Genuine Advantage, para inspeccionar los contenidos de los discos rígidos de los usuarios. El acuerdo de licencia incluido en Windows requiere que los usuarios acepten esta condición antes de usar Windows y afirma el derecho de Microsoft para hacer este tipo de inspecciones sin notificar a los usuarios. En definitiva, en la medida en que la mayor parte del software para Windows es privativo y cerrado, todos los usuarios de Windows y los desarrolladores de programas para ese SO dependen de Microsoft para solucionar las brechas de seguridad más graves. Lamentablemente, Microsoft tiene sus propios intereses en materia de seguridad, que no necesariamente son los mismos que los de los usuarios.

Existe el mito de que, al estar disponible públicamente su código fuente, Linux y todos los programas de software libre que corren bajo Linux son más vulnerables porque los hackers pueden ver cómo funcionan, encontrar los huecos de seguridad más fácilmente y sacar provecho de ellos. Esta creencia está muy vinculada al otro mito que nos encargamos de deshacer al comienzo del artículo: la oscuridad trae seguridad. Esto es falso. Cualquier experto en seguridad realmente serio sabe que la “oscuridad”, en este caso dada por tratarse de software de código cerrado, dificulta la detección de las brechas de seguridad por parte de los propios desarrolladores, así como dificultan el informe y detección de estas brechas por parte de los usuarios.

8. Repositorios = chau cracks, seriales, etc.

El hecho de que Linux y la mayor parte de las aplicaciones que se escriben para correr en él sean software libre ya, de por sí, es una enorme ventaja. No obstante, si esto no estuviera combinado con el hecho de que todo ese software se encuentra disponible para su descarga e instalación desde una fuente centralizada y segura, probablemente su ventaja comparativa respecto de Windows no sería tan considerable.

Todos los usuarios de Linux sabemos que al instalar Linux automáticamente nos olvidamos de buscar seriales y cracks que, por otra parte, nos obligan a navegar por sitios inseguros o deliberadamente diseñados para hacer caer a los usuarios y jugar con sus necesidades. Tampoco precisamos de la instalación de ningún crack, los cuales muchas veces tienen algún virus o malware por ahí escondido. En cambio, sí tenemos, dependiendo de la distro que usemos, una serie de repositorios desde los cuales bajamos e instalamos el programa que necesitemos con un simple clic. Sí, ¡así de fácil y seguro!

Ya desde los primeros pasos de la instalación de Windows, éste demuestra su amplia superioridad en términos de seguridad. A medida que el proceso de instalación comienza, se insiste que el usuario ingrese un número de serie antes de continuar. Sin esta información vital, el usuario no puede continuar con la instalación. La mayor parte de los usuarios de Windows por suerte todavía no saben que una búsqueda rápida en Google puede brindarle acceso a miles de seriales, así que esta pieza de información es la defensa más poderosa contra los indeseados back-doors. Sí… es un chiste. 🙂 ¿Qué seguridad brinda un sistema que puede ser crackeado y vulnerado de modo que se pueda evitar el ingreso del serial, único medio a través del cual Microsoft se asegura que los usuarios paguen por sus copias? Es un SO tan malo que ni siquiera pueden (¿ni quieren?) hacerlo invulnerable de modo tal que todos paguen por sus copias.

9. 1, 2, 3… Actualizando

Si sos como la mayoría de las personas que conozco, usás WinXP. El primer XP venía con el IE 6 (de agosto de 2001), el XP con el service pack 1 venía con el IE 6 SP1 (de septiembre de 2002) y el XP SP2 venía con el IE 6 SP2 (de agosto de 2004). En otras palabras, en el mejor de los casos, estás utilizando un explorador que fue desarrollado hace casi 6 años. No hace falta explicar la enormidad que esto significa en términos del desarrollo de software. En esos años no sólo se detectaron y explotaron miles de vulnerabilidades al WinXP sino también al explorador que utiliza por defecto.

En Linux la cuestión es bien diferente. Es mucho más seguro que Windows porque está siendo permanentemente actualizado. Gracias a que Linux es un sistema modular, desarrollado como software libre y que cuenta con un sistema de repositorios de gestión de actualizaciones e instalación de nuevos programas, estar al día es una pavada. Desde el explorador de internet hasta el más recóndito programita que gestiona los privilegios de usuarios o la gestión de las ventanas, etc., pasando por el kernel y los drivers necesarios para el funcionamiento del sistema, todo se actualiza mucho más rápido y fácil que en Windows.

Precisamente, en Windows, las actualizaciones se realizan una vez por mes. Claro, eso si no las desactivaste, ya sea porque te resultaban molestas, porque consumían parte de tu ancho de banda o simplemente por temor a que Microsoft detectara de algún modo tu copia ilegal. Pero eso no es lo peor. La actualización de cada una de las aplicaciones es independiente, esto significa que Windows no se encarga de actualizarlas, cada una de ellas tiene que encargarse de ello. Como bien sabemos, muchas no tienen la opción de buscar las actualizaciones. Es el usuario el que se tiene que preocupar por enterarse del lanzamiento de una nueva versión, la descarga y la posterior actualización (siempre con el temor de no saber si tiene que borrar la versión anterior o no).

10. Diversidad, bendita tu eres entre todas.

Los usuarios de Windows están acostumbrados a que Microsoft les diga qué programa utilizar para cada cosa. De este modo, la utilización del sistema se supone que es más sencilla, se crean estándares comunes, se facilita la compatibilidad, etc. En fin, todo esto ha demostrado ser falso. Por el contrario, ha contribuido meramente a la uniformidad y el direccionamiento desde arriba, como si se tratara de una dictadura. Esa homogeneidad ha facilitado enormemente la tarea de los atacantes para detectar vulnerabilidades y escribir programas maliciosos que las exploten.

En comparación, en Linux existen una cantidad infinita de distribuciones con diferentes configuraciones, rutas de sistema, sistemas de gestión paquetes (unos usan .deb, otros .rpm, etc.), programas de gestión de todas las actividades del sistema, etc. Esta heterogeneidad dificulta enormemente el desarrollo de virus que tengan un amplio impacto, como sí es posible en Windows.

Los detractores de Linux dicen que más distribuciones equivalen a una mayor propensión de error y, por consiguiente, mayores vulnerabilidades de seguridad. Esto, en principio, podría ser cierto. Sin embargo, como acabamos de ver, esto se ve más que compensado por el hecho de que esas vulnerabilidades son más difíciles de explotar y terminan afectando a menos gente. En definitiva, los incentivos de los hackers para escribir software malicioso que afecte a estos sistemas disminuyen notablemente.

Yapa. Los programas para Linux son menos vulnerables que sus contrapartes para Windows.

Esto es algo que, de algún modo, ya lo mencioné al desarrollar algunos de los otros puntos pero me pareció importante destacarlo como un punto aparte. El software para Linux es más seguro y menos vulnerable que su contraparte para Windows por varios de los aspectos que también caracterizan a Linux: es software libre, se actualiza mucho más rápido, se obtiene a través de los repositorios, existe una enorme diversidad de programas, etc. Es decir, tanto en su diseño y desarrollo como en su distribución y ejecución, los programas para Linux brindan mayores ventajas de seguridad.

Pablo Castagnino

fuente http://usemoslinux.blogspot.com/2010/06/por-que-linux-es-mas-seguro-que-windows.html

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Congo: 5 millones de muertos

¿Cuántos millones de congoleses deben morir para ilustrar un juego de ordenador? Nadie lo sabe, pero ya han sido masacrados cinco millones en la mayor explotación minera de la historia de este planeta. Las empresas mineras más conocidas y los mayores magnates del mundo son cómplices directos de este genocidio que dura ya diez años en África Central, donde el caos es deliberadamente impuesto como una cortina de humo para encubrir la salida de contrabando fuera del país de miles de millones de dólares en minerales.

Los funcionarios del gobierno local, pequeños pero avariciosos jugadores en este sistemático saqueo de su propio país, no tienen ni idea sobre qué compañías tienen en la actualidad contratos para hacer negocios en el Congo. Cuando miles de millones pueden ser extraídos batiendo la tierra por medio de mano de obra esclava, las leyes dejan de existir.

Cinco millones de congoleses han muerto alrededor de los últimos diez años con el fin de hacer a los multimillonarios más ricos aún. Sí existiera algo parecido a una justicia internacional, este holocausto en la República Democrática del Congo habría producido el ahorcamiento público de cientos de los hombre más ricos del mundo, y hubiera sido merecidamente. Si las leyes de Nuremberg que enviaron a la horca a diez nazis, por crímenes contra la humanidad y la paz, hubieran sido aplicadas en el Congo, podríamos encontrar fácilmente los nombres de los acusados en las columnas de la prensa financiera internacional, los hombres más ricos del planeta. Estos hombres han conspirado para asesinar a millones de personas, de tal modo que hubiera guerra constante en África Central, pero ninguna ley para evitar el robo de las grandes industrias parece concebible.

El llamado gobierno del Congo está sólo ahora encontrando tiempo para empezar un estudio sobre qué compañías están extrayendo qué minerales y dónde a lo largo del país. Desde que las múltiples invasiones del Congo empezaron hace una década, grandes corporaciones como De Beers, BHP Billiton, Anglogold, y el gigante estadounidense Freeport-McMoran han causado cinco millones de muertos, de forma que pudieran usar el caos para encubrir el saqueo de miles de millones de dólares en metales preciosos. Estas compañías mineras tienen todas ellas sus propios ejércitos privados para defender los bienes que roban, o para unirse con los ejércitos de los países aliados de EEUU como Ruanda y Uganda, con el fin de crear zonas sin ley y de “roba todo lo que puedas llevarte”. Es acertado decir que el holocausto en el Congo en un crimen colectivo de las compañías mineras europeas y americanas y de los gobiernos que las sirven. Hacer justicia en el Congo requeriría el encar-celamiento o ejecución de muchas decenas de miles de personas, la mayoría hombre blancos.

Los africanos implicados, incluyendo los funcionarios congoleses, son peces pequeños, pero ellos prosperan recogiendo las migajas de la mesa puesta con el canibalismo sobre el pueblo del Congo. De acuerdo con la comisión creada para el estudio de la minería en el Congo, varias facciones del gobierno evitan que algunas compañías paguen ninguna clase de impuestos sobre beneficios que alcanzan el seiscientos por ciento. No está claro ni siquiera quién tiene un contrato para hacer negocios en el Congo. Ninguna de las quimeras del oro de la historia moderna guarda alguna similitud con la violencia del capitalismo industrial batiendo la tierra en busca de coltan, diamantes o casiterita. El número de muertos en el Congo supera ya el de los asesinados en los campos de trabajos forzados de los nazis ­ pero ningún hombre blanco rico y bien trajeado ha sido castigado por ello.

El Congo es una prueba de que las naciones que dicen ser los países civilizados del mundo son, en realidad, lo contrario, ellos son los guardianes y cajeros del infierno. Mientras que estos hombres vivan, que nadie se atreva a hablar de moralidad como algo que no sea una hipotética ilusión. Desde luego, no existe en ningún lugar en el Congo.

Glen Ford (Black Agenda Report)

artículo publicado en Revista futuros nº12 / noviembre 2008
www.revistafuturos.com.ar

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La megamáquina y la destrucción del vínculo social

La megamáquina infernal

Lewis Mumford, y aún más Cornelius Castoriadis, nos enseñaron que la máquina más extraordinaria inventada por el genio humano no es otra que la organización social misma. Después de la metáfora del organismo, la metáfora de la máquina ha sido utilizada ad nauseam para referirse a la sociedad. Lo cierto es que, conforme a la visión cartesiana del animal máquina, las dos metáforas remiten a una misma visión mecanicista de la sociedad.

El proyecto de racionalización siempre ha apuntado en último término, bien a través del orden técnico bien a través del orden económico, a la organización de la Ciudad. Frank Tinland señala, con razón, a propósito de la tecno-ciencia, que ésta de hecho siempre tiene que ver con un triángulo tecno-económico-científico (1). La dinámica tecno-económica planetaria ha adquirido el aspecto de un macrosistema descentralizado bastante diferente de la megamáquina centralizada (como el Estado faraónico o la falange macedonia consideradas por Lewis Mumford), pero de buena gana la calificaría de infernal. Algo que merece ser precisado. Se trata, por un lado, de identificar dicha máquina, de especificar sus características y, por otro, de mostrar qué es lo que puede justificar el calificativo de infernal.

La máquina humana

El carácter maquínico del funcionamiento del mundo contemporáneo se manifiesta por el ascenso de la sociedad técnica y, al mismo tiempo, por el ascenso del sistema técnico, pero también por el hecho de que los hombres mismos se han convertido en engranajes de un gigantesco mecanismo. Cada vez con mayor razón se puede hablar de una cibernética social (2). Ésta destaca, en un primer momento, por la emancipación, con respecto a lo social, de la técnica y de la economía y, más adelante, por la absorción de lo social por lo tecno-económico.

La emancipación y el desencadenamiento de la técnica y de la economía

Si la técnica es, en su esencia abstracta y, como tal, insignificante, tan vieja como el mundo, la aparición de una sociedad en la que la técnica ya no es un simple medio al servicio de los objetivos y valores de la comunidad, sino que se convierte en el horizonte insuperable del sistema, en un fin en sí misma, data del periodo de la ‘emancipación’ de las regulaciones sociales tradicionales, es decir, de la modernidad. No alcanza toda su amplitud más que con el hundimiento del compromiso entre mercado y espacio de socialidad realizado en la nación, o lo que es lo mismo, con el fin de las regulaciones nacionales, sustitutos provisionales y finalmente últimas secuelas del funcionamiento comunitario. Se puede datar con mucha precisión este salto, paso de la cantidad a la cualidad, de lo que ha dado en llamarse tercera revolución industrial. El coste de las técnicas, sus efectos positivos o negativos (piénsese en Chernobil), sus dinámicas son inmediatamente transnacionales.

Si el mundo obedece a las leyes del sistema técnico, tal como las analiza Jacques Ellul, la capacidad de su legislador se encuentra reducida en igual medida. Lo que quiere decir que el soberano, ya se trate del pueblo o de sus representantes, se ve notablemente desposeído de su poder en beneficio de la ciencia y de la técnica. Las leyes de la ciencia y de la técnica se sitúan por encima de las del Estado. Es en gran parte por haber olvidado este hecho por lo que los totalitarismos del Este, que se encontraban en contradicción con las leyes de la ciencia y de la técnica tal como éstas funcionaban en el mundo moderno, terminaron por derrumbarse. Entre las consecuencias de este aumento del poder de la técnica se encuentra la abolición de la distancia, la creación de lo que Paul Virilio llama la ‘teleciudad’ mundial y el surgimiento de la ciudad-mundo, lo que provoca el efecto inmediato de un hundimiento del espacio político. “A partir del momento –declara Virilio- en que el mundo queda reducido a nada en cuanto extensión y duración, en cuanto campo de acción, de forma recíproca, no hay nada que pueda ser mundo; es decir que yo, aquí, en mi torreón, en mi ghetto, en mi apartamento (cocooning), puedo ser el mundo. Dicho de otro modo, el mundo está en todas y en ninguna parte. Esto fue lo que el feudalismo, más tarde la monarquía y finalmente la república rompieron” (3).

Una de las consecuencias de este repliegue sobre uno mismo es la reaparición de las guerras privadas. Lo feudal y lo privativo van de la mano. Fue necesaria la monarquía, y más tarde el Estado-nación y la Revolución para que se superase esta noción de conflicto privado. Ha resurgido ayer mismo en el Libano, y hoy en Yugoslavia o en Ucrania. La desaparición de las distancias que crea esta teleciudad mundial crea inmediatamente también la desaparición del espacio nacional y la reemergencia de ese caos que destruye la base del Estado-nación y engendra esos fenómenos de descomposición con los que los media nos entretienen a lo largo de la jornada.

La transnacionalización de la economía es el complemento indispensable de la emancipación de la técnica. Se trata también de algo extremadamente antiguo que reaparece bajo formas nuevas. Desde los orígenes, el funcionamiento del mercado ha sido transnacional, incluso mundial. Durante muchos siglos se dio un concubinato entre el mercado y el Estado-nación. A partir de una base local, aunque ya en parte transnacional (Liga Hanseática, funcionamiento de los mercados financieros entre Génova y el norte de Europa desde los siglos XII y XIII), fue preciso que la economía se crease progresivamente un mercado nacional. La nación fue el espacio de compromiso sobre el que se desarrolló el mercado. Sin embargo, una vez concluida la conquista del espacio nacional, el mercado siguió su curso. Sobre todo después de los años 70, la economía fundamentalmente se ha transnacionalizado. Siempre han existido firmas transnacionales bajo el capitalismo (los Fugger, Jacques Coeur, los Medici); lo novedoso es que, ya no sólo las finanzas o el comercio son transnacionales, sino también la producción misma. Renault fabrica sus motores en España. Los ordenadores IBM se fabrican en Indonesia, se montan en Saint Omer, se venden en Estados Unidos, etc. La división del trabajo se ha internacionalizado, y las empresas se han transnacionalizado por completo.

Cuando yo empezaba mis estudios, distinguíamos dos tipos de economías: las economías autocentradas y las economías extrovertidas. Las economías desarrolladas eran economías nacionales que presentaban un cuadro de input-outpout ‘negro’, es decir, que los distintos sectores nacionales eran interdependientes (la industria química francesa consumía materias primas francesas, etc.). Se decía que existía un tejido industrial coherente y muy sólido. Por oposición, las economías del Tercer mundo presentaban cuadros vacíos, es decir, que importaban lo que consumían y exportaban lo que producían. Se decía que tales economías eran extrovertidas, mientras que las economías occidentales eran autocentradas.
Todo ha cambiado. La propia dinámica de las economías autocentradas las ha llevado a extrovertirse.

Lo que producimos (productos agrícolas, armamento, etc.) lo exportamos; lo que consumimos (productos electrónicos), en gran medida, lo importamos. Estadísticamente, nuestras economías son tan extrovertidas como las del Tercer mundo. Una de las apuestas del Tratado de Mastrique consiste no sólo en impulsar dicha transnacionalización a nivel europeo, sino en permitir además que las firmas japonesas, estadounidenses, etc. colonicen el espacio europeo y en aumentar la fluidez de los intercambios económicos, o lo que es lo mismo, en obedecer a las leyes de la economía. Sin duda, el principal objetivo del GATT y del Uruguay Round es extender dicha liberalización de los intercambios a la agricultura y los servicios. Al igual que la ciencia y la técnica, las leyes de la economía desposeen al ciudadano y al Estado-nación de la soberanía, pues se presentan como una constricción que no se puede más que gestionar y, en ningún caso, poner en cuestión. Si no se puede hacer otra cosa que gestionar las constricciones, entonces el gobierno de los hombres es substituido por la administración de las cosas; el ciudadano ya no tiene razón de ser. Se le podría reemplazar por una máquina de votar –o sea, de decir siempre que sí- y el resultado sería el mismo.

La maquinización de lo social

La emancipación de lo técnico y de lo económico no significa que lo social se mantenga al margen de tales mecanismos, ni que conserve su autonomía, que la política, en particular, podría y debería utilizar tales máquinas en función de sus propios proyectos. Muy al contrario y como ya se ha sugerido, la autonomización de lo técnico y de lo económico, su desinserción de lo social, vacían a este último de toda substancia. La autonomización no puede producirse más que al precio de una incorporación y de una absorción de lo social por las máquinas y, finalmente, del hundimiento de aquél. Los hombres, su voluntad, sus deseos, son captados, desviados, por la lógica del todo. Los ciudadanos son convertidos en usuarios. Ciertos aspectos de esta megamáquina ya son bien conocidos y fueron analizados hace tiempo. Marx, en particular, analizaba el mundo moderno como un sistema cuyo núcleo, el modo de producción capitalista, era una auténtica mecánica.

Marx habla incluso de un doble molinillo que reproduce a los proletarios como fuerza de trabajo siempre condenada a ser triturada por el capital y, al mismo tiempo, mediante el mismo mecanismo que reproduce al propio capital, siempre dispuesto a utilizar cada vez más fuerza de trabajo. Adam Smith, con su mano invisible, es el gran profeta de la gran maquinaria moderna, gracias al esclarecimiento de los maravillosos automatismos del mercado. Los hombres de las Luces, fascinados por los autómatas, desearon conscientemente que lo social estuviese regulado de forma maquínica. Dicha maquinización participa del proyecto de la modernidad de una racionalización total de lo social. El resultado ha superado con creces sus esperanzas.

Estos mecanismos y automatismos, ya antiguos, han conocido nuevos perfeccionamientos, y la incorporación de nuevos engranajes ha permitido dar aún más amplitud a la máquina. Los consumidores, condicionados por la publicidad, responden a las solicitaciones del sistema de producción del mismo modo que los productores reaccionan ante las exigencias y las señales del mercado. Los ingenieros, al dar de sí todo lo que pueden, contribuyen –llegado el caso, contra su voluntad- al crecimiento ilimitado de las técnicas. Estas técnicas generan medios cada vez más novedosos y refinados para desposeer a los ciudadanos del dominio de sus propias vidas. Por otro lado, acrecientan las desigualdades entre el Norte y el Sur y alimentan la carrera de los medios de destrucción. Los propios responsables políticos funcionan como engranajes del mecanismo. Se convierten en ejecutantes de obligaciones que les superan. La mediatización de la política profesional acentúa el fenómeno de forma caricaturesca.

La dimensión esencial actual del juego político ya no es el savoir-faire, sino el faire-savoir. La política se transforma cada vez más en mercado (desarrollo del marketing político). Esto es algo relativamente nuevo y deriva del carácter ahora transnacional del funcionamiento de la máquina. La mundialización de la máquina y su mecanización total son fenómenos recientes y en vías de conclusión. Las nuevas tecnologías aceleran un proceso de desterritorialización puesto en marcha por la abstracción del mercado desde el siglo XII. Los satélites de telecomunicaciones, la interconexión de los bancos de datos, los servidores de gestión de las bolsas y las agencias de todo tipo crean esferas inmediatamente transnacionales. Ya hoy en día, la velocidad de los medios de comunicación vuelve cada vez más arcaicas las reglamentaciones nacionales y exige la aparición de una organización mundial.

El espacio aéreo europeo parcelado constituye un auténtico rompecabezas para los responsables del tráfico y representa un despilfarro financiero enorme. El anonimato generalizado de la megamáquina tecno-social desmoraliza las relaciones sociales y políticas de las colectividades humanas. Las constricciones que pesan sobre el hombre político, así como sobre el ingeniero, el productor o el consumidor, concluyen en una renuncia a toda consideración ética. La eficiencia es el único valor que circula por la máquina reconocido por todos. Sin embargo, esta eficiencia convertida en un fin en sí misma es autodestructora y hace de la máquina una máquina infernal. Una máquina puede ser calificada de infernal cuando escapa al control de sus constructores. Ahora bien, esto es precisamente lo que ha ocurrido con la máquina social de la que hablamos: anónima e irresponsable, se ha convertido en indomeñable en la práctica.

Esta rebelión de la máquina se manifiesta de tres maneras diferentes y complementarias: escapa a toda regulación política, conduce a un callejón sin salida y es profundamente injusta. Cuando la dinámica económica funcionaba en el marco de los espacios nacionales, todavía era concebible someter la máquina al control de las fuerzas sociales y políticas y mantener un mínimo de vigilancia de las autoridades políticas; en pocas palabras, una influencia de la sociedad tanto sobre el mercado y el uso de las técnicas como sobre la velocidad, la orientación y las modalidades de la acumulación nacional de capital. Con la mundialización de la economía y la transnacionalización cada vez más avanzada de las fuerzas sociales, desde las telecomunicaciones hasta la cultura, la ilusión de un dominio sobre la megamáquina ya no es posible. Las lógicas de su funcionamiento se sitúan a niveles que superan los de las organizaciones sociales. Éstas no tienen más opción que someterse o dimitir, y generalmente hacen las dos cosas. Ya en su obra Que la crise s’aggrave, François Partant escribía: “La economía francesa no tiene más realidad e independencia que la economía bretona, corsa u occitana… El aparato productivo francés es indisociable del aparato mundial de producción. La economía francesa ya no tiene existencia propia” (4).

Una de las consecuencias de este acontecimiento es un cierto “fin de lo político”, es decir, la pérdida del dominio sobre el propio destino de las colectividades ciudadanas en beneficio de un hipercrecimiento de la administración tecnocrática y burocrática. Las autoridades políticas de los mayores Estados-nación industriales se encuentran ahora en la situación de los subprefectos de provincia de antaño: todopoderosos contra sus administrados en la puntillosa ejecución de reglamentos opresivos, pero totalmente sometidos a las órdenes y estrechamente dependientes del poder central y jerárquico, revocables ad nutum en todo momento. Sólo que, y no es poca cosa, ese poder central a lo Big Brother se ha convertido en un poder completamente anónimo y sin rostro.

El callejón sin salida

La carrera por el progreso en la que estamos atrapados es, hablando con propiedad, delirante. La acumulación ilimitada de capital, el crecimiento indefinido de las técnicas, la producción por la producción, la técnica por la técnica, el progreso por el progreso, ese ‘siempre más’ que constituye la ley de las sociedades modernas no puede proseguir eternamente. Esta huida hacia delante, necesaria para el equilibrio dinámico del sistema, viene a chocar con la finitud relativa del mundo. Los límites naturales están cerca de ser franqueados, como testimonian la crisis ambiental y el ascenso de las preocupaciones ecológicas. Acaso sea más fundamental la pertinencia misma de esta tensión entre necesidad y escasez en el corazón mismo del sistema, que se alcanza cuando una tasa de crecimiento anual del nivel de vida del 10% durante un siglo multiplica este último por 736. ¿Podemos seguir manteniéndonos ciegos de forma sostenible y no ver que lo mejor es el enemigo del bien? Entiéndase bien, no se trata de cultivar una nostalgia romántica por un universo pre-técnico.

En sí mismas, las técnicas actuales, incluso las más audaces, como los proyectos de ciber-ántropos, los cyborgs, las mutaciones genéticas, la colonización del espacio, no son más delirantes, ni más ni menos que la invención de la rueda, del fuego, de la máquina de vapor o que el descubrimiento de América. La inquietud nace de la inadecuación entre el nivel técnico alcanzado y la máquina humana encargada de fabricar socialmente a los ciudadanos. Podemos concebir la idea de fabricar socialmente personas sanas incorporando montones de prótesis en un mundo sano poblado de máquinas. Resulta angustioso ver técnicas superpoderosas utilizables sin control por empresas que no tienen otra ley que el beneficio, a los señores de la guerra que sólo sueñan con su control, a los burócratas que no buscan más que la eficacia, en un mundo sin alma, sin coherencia y sin proyecto.

La injusticia

Finalmente, la dinámica de la máquina social planetaria es infernal por ser gravemente injusta. Programada para realizar la mayor felicidad para el mayor número, está en trance de realizar la infelicidad de la mayoría, si no de todos, tras haber favorecido de forma escandalosa el bienestar de unos pocos. ¡El millardo de habitantes más afortunado del planeta, según el propio Banco Mundial, dispone de cien veces más recursos que el millardo más pobre! En tales condiciones, el universalismo, que tanto ha puesto en valor Occidente, es una estafa. “El proceso de enriquecimiento del que se han beneficiado hasta hoy las naciones industriales –escribe François Partant- no puede generalizarse y beneficiar a la humanidad entera. Los pueblos del Tercer mundo no pueden superar en ningún caso la brecha que los separa de dichas naciones, es decir, producir tanto como ellas y consumir tanto como ellas” (5). No es que estén atrasadas, pues esto implica que todavía se puede seguir al pelotón; es que, sencillamente, están fuera de la carrera. Nos topamos aquí con una de las consecuencias más dramáticas de la megamáquina: el hecho de que no sólo produzca la uniformización, sino también la exclusión. La megamáquina uniformiza, desarraiga y, finalmente, destruye lo político.

La uniformización / conformización

Ya he descrito y analizado con amplitud el proceso de uniformización planetaria en La occidentalización del mundo (6). La megamáquina tecno-científica, la apisonadora occidental, aplasta culturas, lamina las diferencias y homogeniza el mundo en nombre de la Razón. Dicho proceso tiene efectos desculturizadores en el Sur y acarrea un peligro de conformismo para todos mediante la mundialización de la cultura o de aquello que ocupa su lugar, mediante la pérdida de referentes morales y su sustitución por las modas y los sondeos. Estamos asistiendo a una universalización planetaria de los modos de vida y de consumo, al mismo tiempo que a una dictadura de la mediocridad, junto con la banalización de lo excepcional y la exaltación de lo banal.

Esto de nuevo no es más que la realización del programa de la modernidad, en la medida en que la modernidad concibe a la humanidad como una colección abstracta de hombres idénticos, el hombre universal de las Luces. Ya no hay, pues, razón para comer, vestirse y consumir de forma diferente: todo el mundo lleva vaqueros y bebe Coca-Cola. Los acontecimientos ‘culturales’ se convierten en acontecimientos mundiales (Dallas, los Juegos Olímpicos). La universalización cultural no excluye el surgimiento de rivalidades entre iguales, al contrario. Cuanto más se asemejan los hombres, más aparecen las hostilidades, más persisten las diferencias en el seno de la identidad. En todo momento se observa que los conflictos se producen, no cuando las diferencias alcanzan su máximo, sino cuando las condiciones se aproximan (quebequeses y anglófonos en Canadá; descomposición del Imperio otomano; serbios, croatas y bosnios hoy en día).

El desarraigo

La dinámica tecno-económica mundial desarraiga a los pueblos y acarrea una desculturización dramática de todas las sociedades ‘tradicionales’. La pérdida de las identidades culturales, el desencantamiento del mundo y la exclusión económica y social mediante la desvalorización de las competencias, la deslegitimación de los estatus y el imposible acceso al nivel de vida americano, favorecen un desencadenamiento desesperado de explosiones identitarias, del que la ex Yugoslavia ofrece un trágico y lamentable ejemplo.

Arrancados de su matriz originaria (la historia europea), el Estado moderno y el orden nacional-estatal son injertos artificiales. El derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos sobre el que descansa la Sociedad de Naciones termina con la destrucción de esa misma sociedad debido al vacío de la noción de pueblo. Un pueblo, en efecto, sólo puede definirse por el sentimiento subjetivo de pertenencia. Cada grupo humano, unido por un rasgo cualquiera, lengua, religión, territorio, costumbres… puede reivindicar la etiqueta de ‘pueblo’ y reclamar el reconocimiento como estado, condición de su existencia como sujeto de derecho en el seno del concierto internacional de las potencias. Se acaba así en la degeneración ‘nacionalitaria’ o en el ‘tribalismo’, y a menudo en los dos a la vez.

La reivindicación nacional se confunde con una reivindicación particularista y provoca el nacimiento de un Estado a la vez fantoche y fanático, sin que haya madurado una sociedad civil de ciudadanos. El individualismo, que corroe las sociedades modernas, y la mundialización de la economía hacen que vuelen en pedazos las anteriores agrupaciones históricas y se transformen en grupúsculos cada vez más microscópicos. No hay más límite a esta inevitable tendencia que la unión sagrada de los Estados ya reconocidos, que intentan bloquear por todos los medios el acceso de los demás al muy restringido club de la Sociedad de Naciones. Cada tribu, cada clan, cada capilla puede argüir su particularismo como único fundamento legítimo del vínculo social. La isla de Nauru, en el Pacífico, con sus siete mil habitantes, es un Estado, incluso si la explotación de los fosfatos la vacía de toda sustancia y condena a largo plazo a su población a vivir en Australia.

La destrucción de lo político

La transformación de los problemas por su dimensión y tecnicismo, la complejidad de las intermediaciones y la simplificación mediática de las puestas en escena han desposeído a los electores, y a menudo a los elegidos, de la posibilidad de conocer y de poder decidir. La manipulación combinada con la impotencia ha vaciado a la ciudadanía de todo contenido. El propio funcionamiento de la megamáquina implica dicha abdicación por razones muy pedestres: la desposesión productiva y la ausencia del deseo de ciudadanía.

La desposesión productiva

La abundancia al más bajo coste, condición del mayor bienestar para el mayor número, supone que la máxima energía se despliega y capta en el manejo de las técnicas, y gracias a éstas. Al convertirse en trabajador, consumidor y usuario, el ciudadano se somete en cuerpo y alma a la máquina. Taylor tenía el mérito de la claridad cínica. “No se te pide que pienses; ¡ya tenemos gente a la que pagamos para eso!”, parece que le contestó un día a un obrero. Al separar las tareas de concepción de las tareas de ejecución, el fordismo / taylorismo realiza la producción de masas, condición del consumo masivo, al precio de la reducción del trabajador al estado de servidor ciego de la máquina. ¿Devolverán las nuevas tecnologías la ciudadanía en el interior de las empresas? Tal vez, pero a costa de una exclusión de la vida de la ciudad. En efecto, reclaman un compromiso activo de los trabajadores, una atención voluntaria y, si es posible inteligente. En el taller flexible, la máquina-útil de mando numérico ya no deja libertad de decisión alguna a su servidor. Aquí, como en el resto del sistema, ya ni siquiera hay gentes a las que se pague por pensar; ¡las máquinas se encargan de ello! El trabajador, por su parte, se convierte en su propio “perro guardián, gestor de su auto-explotación y auto-gestor de su explotación (7)”. El trabajador de los círculos de calidad obtiene, sin duda, el sentimiento de un reconocimiento en el colectivo de su empresa, pero a costa de la renuncia a una parte importante de su vida privada. En Japón, como es sabido, la única ciudadanía que queda es la de la empresa, por la que, cada año, morirían 40000 cuadros de una forma de estrés a la que se ha bautizado como karoshi.

La ausencia del deseo de ciudadanía

Así, en la fábrica, en la oficina, en el mercado, en su vida cotidiana, el ciudadano, convertido en agente de producción, consumidor pasivo, elector manipulado, usuario de servicios públicos, es el simple engranaje de la gran máquina tecno-burocrática. Incluso si su soberanía no estuviera herida de impotencia por todos los mecanismos que hemos analizado, ¿cómo podría tener todavía el tiempo libre y el deseo de ejercerla? Al término de jornadas de trabajo o de ocupaciones que agotan los nervios, el ciudadano vuelve a casa para encontrarse con innumerables problemas que hay que solucionar, desde los estudios de los niños hasta los impresos de la Seguridad Social que es preciso rellenar, pasando por los impuestos que hay que pagar, etc. Sólo piensa en relajarse y, para eso, prefiere los concursos a lo telediarios. ¿Qué tiempo le queda, qué disponibilidad tiene para acercarse al ágora o al forum e informarse de los asuntos de la ciudad, sopesar los argumentos, desmontar discursos retóricos y entregarse a una prudente deliberación para determinar su elección? La avalancha mediática de mensajes, cuya calidad no es momento de discutir ahora, conduce a una desinformación de hecho. Y esto concierne tanto al alto responsable como al elector de base. He llevado a cabo en mi entorno una encuesta sobre el voto de la Ley sobre la Contribución Social Generalizada (C. S. G.).

Excepcionalmente, la cuestión había suscitado un debate público en el Parlamento, la aparición de numerosos artículos de prensa e incluso manifestaciones en la calle. Pregunté a mis estudiantes de Derecho público, así como a mis estudiantes de tercer ciclo, todos ellos electores: ¿quién conocía los textos votados? ¿Quién había comprendido los mecanismos de deducción? No apareció más que uno (8). Y sin embargo, la cuestión afecta a un punto sensible: el bolsillo. Las lógicas de la megamáquina no incitan al ciudadano a cumplir con sus deberes ni a ejercer sus derechos. El hermoso proyecto de la democracia se ve privado así de toda substancia en beneficio de una tecnocracia anónima; ésta hace un uso moderado de un despotismo que consideramos ilustrado porque no es consciente de sí misma y porque nos satisface desembarazarnos, con el menor gasto posible, de preocupaciones suplementarias.

Conclusión

Quisiera suscitar tan sólo dos problemas: los límites de la megamáquina y las perspectivas abiertas.

Los límites

Le megamáquina no está exenta de fallos, no es totalmente homogénea. Los análisis de Jacques Ellul sobre la sociedad técnica son justos en su conjunto, pero su muy pesimista conclusión me parece un poco excesiva. El hundimiento del mundo soviético demuestra que la sociedad técnica y el totalitarismo ‘duro’ no constituyen la mejor combinación para asegurar la permanencia del sistema técnico. Si es preciso un totalitarismo para asegurar el desarrollo de la sociedad técnica, se trata más bien de un totalitarismo ‘blando’. El suave condicionamiento de los consumidores-usuarios de la sociedad de mercado le es más conveniente que la burocracia rígida. Tampoco hay que subestimar los resultados de la técnica. Los fracasos y los fallos de los grandes sistemas técnicos son numerosos. Se trata, ciertamente, de catástrofes, y no se puede descartar el riesgo mayor. Con todo, tales catástrofes también suponen otras tantas ocasiones para replantearnos, al menos parcialmente, tanto la técnica como las creencias subyacentes a la ciencia y el progreso. Las ya considerables dudas que han quebrantado la fe tecnicista bien podrían transformarse en una crisis profunda.

Es sin duda en la tecnificación del hombre y en el funcionamiento de la ingeniería social donde tales debilidades resultan más flagrantes. La máquina tecno-burocrática soviética, que era la que más se había aproximado al mito de la cibernética social, se reveló como completamente contraproducente y, finalmente, muy frágil a pesar de las apariencias. Hay que tomarse muy en serio las críticas a las máquinas sociales, incluso si se presentan bajo formas humorísticas como la ley de Parkinson o el principio de Peter. Estos fenómenos acechan, en efecto, a toda organización social, incluso en una economía de mercado ultraliberal. Es en la maquinización de lo social donde los granos de arena más numerosos penetran en los engranajes y amenazan con averiar la mecánica global.

Así pueden explicarse en parte las increíbles debilidades de ciertas realizaciones técnicas por negligencias y errores humanos. Chernobil es un espectacular ejemplo de los estragos que pueden producir la incompetencia combinada con la irresponsabilidad burocrática. Aleksandr Zinoviev ya había puesto en escena este funcionamiento ubuesco en El radiante porvenir. En la sociedad liberal, donde persiste un mínimo de democracia formal, las organizaciones ciudadanas pueden poner en cuestión la concepción y, sobre todo, el uso de la técnica, incluso apoyándose en los propios técnicos. Puede verse una ilustración de lo anterior (con sus límites incluidos) en lo que ocurre con el debate ecológico. La manipulación de la opinión gracias al fulminante desarrollo de los media no es – o no lo es todavía- completa, ni –lo que es más importante- irreversible.

Las crisis económicas, los dramas ecológicos, las catástrofes técnicas pueden suscitar el cuestionamiento de la omnipresencia y de la omnipotencia de la técnica. Este cuestionamiento podría verse facilitado tal vez si el mecanismo analizado por Nicholas Rescher, bajo el nombre de principio de Planck, se viese confirmado. Bajo su forma falsamente rigurosa, dicho principio enuncia lo siguiente: el rendimiento de la investigación científica no se corresponde más que con el logaritmo de la cantidad de los recursos asignados. Lo que significa que asistiríamos a una deceleración ineluctable del progreso científico pesado. Más pronto o más tarde, nos toparíamos con un crecimiento cero del progreso científico, cualquiera que sea el montante de las inversiones (9). Los investigadores admiten en general esta caída del rendimiento de la investigación científica. Los grandes descubrimientos del siglo XX se produjeron con pocos medios. Los enormes presupuestos de que están dotados los laboratorios han desembocado fundamentalmente en progresos en el campo del software, es decir, de las aplicaciones derivadas de los grandes descubrimientos. Aquí, el terreno está lejos de haberse agotado. Sin embargo, si dicho principio resultase fundado, la huída hacia delante de la técnica no sería ilimitada.

Las perspectivas abiertas

Al evocar estas perspectivas de salida de la sociedad técnica, estoy lejos de caer en los sueños optimistas de esa ‘tecnodemocracia’ tan querida por Pierre Levy (10). La emancipación de la técnica con relación a la economía, en la que se basan sus análisis, resulta de lo más problemática. Y no traerá necesariamente más libertad; más bien al contrario.
A partir de lo dicho, simplemente quisiera sugerir que la tecnificación total del mundo tiene más que ver con la ciencia ficción y lo fantasmático que con la realidad observable y previsible. Es razonable contar con el fracaso de la organización social para suspender el proyecto del mejor de los mundos, llevarlo hasta el límite e incluso hacerlo funcionar. El hiato entre sistema técnico y sociedad puede ser la fuente de disfunciones trágicas, pero también la ocasión para que los hombres vuelvan a hacerse con las riendas de la técnica con el fin de construir una auténtica posmodernidad, es decir, una sociedad que reintegraría lo económico y lo técnico en lo social, que volvería a encadenar a Prometeo, que devolvería a lo económico y lo técnico al lugar subalterno que le pertenece, antes que confiar a una dominación ilimitada de la naturaleza y a una competencia generalizada y ciega la solución de todos los problemas humanos.

Serge Latouche (1998)

notas:
(1) Franck Tinland, L’autonomie technique, en La technoscience. Les fractures des discours, bajo la dirección de Jacques Prades, L’Harmattan, 1992.
(2) En cuanto proyecto, dicha cibernética social en ninguna parte y en ningún lugar fue llevada tan lejos como en la ex URSS. El escritor comunista Lion Feuchtwanger, exiliado por los nazis y convertido en ayudante del fiscal en la URSS durante el segundo proceso de Moscú, escribe en su obra Moscú 1937 (publicada en Ámsterdam en 1937) a propósito de los 17 encausados trotskistas del entorno de N. Bujarin después de las deliberaciones: “Los acusados no son verdaderos acusados, sino científicos a los que se exige que expliquen sus errores técnicos relativos a la teoría científica que se está aplicando en la URSS. Jueces, fiscales y acusados están unidos por un fin común. Eran como ingenieros que tuviesen que someter a prueba alguna especie complicada de nueva maquinaria. Algunos de ellos, los acusados, habían deteriorado la máquina, no por maldad, sino por obstinarse en probar concepciones visiblemente falsas. Sus métodos revelaron ser falsos; ésta es la razón por la que habían sido condenados. Y puesto que para la máquina no son más importantes que los jueces, tales científicos aceptan su condena. Ésta es también la razón de que deliberen sinceramente con los otros. Lo que les hace solidarios a todos es el amor a la máquina, el amor a la máquina del Estado y su idolatría por la eficacia”.
(3) Paul Virilio, Entrevista en Le Monde, enero de 1992.
(4) François Partant, Que la crise s’aggrave, Solin, 1978, p. 107.
(5) Op. Cit., p. 77.
(6) Serge Latouche, L’occidentalisation du monde, essai sur la signification, la portée et les limites de l’uniformisation planétaire, La découverte, Paris, l989.
(7) Michel Perraudeau, citado en Michel Kamps, Ouvriers et robots, Ed. Spartacus, Paris, 1983, p. 36.
(8) Y, sin embargo, nemo censetur ignorare legem (no se considera que se ignore la ley).
(9) Se trataría de la formalización de una observación de Planck: “Cada avance de la ciencia acrecienta la dificultad de la tarea”.
(10) Pierre Levy, Vers une citoyenneté cosmopolite, en La technoscience, Op. Cit.

Traducción del francés: Diego L. Sanromán

fuente www.colaboratorio1.wordpress.com

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Carta de un ciclista a un automovilista

Señor automovilista. Tenemos que hablar porque pensamos muy diferente. Usted piensa que no es lícito que yo marche a contramano o pase con luz roja. Mientras que yo pienso que no es lícito que usted ande en auto.

Por cada persona que llega al Mundo hay que plantar dos árboles para que recuperen todo lo que respira. Así esta persona no es un estorbo en la naturaleza. Si se trata de un deportista o ciclista hay que plantar tres. La potencia máxima de un hombre es 1/5 de HP. Por ese motivo, si me compro un caballo debo plantar 15 árboles más. Y si me compro un automóvil de 100 HP debo plantar 1.500 árboles. Yo no creo que usted haya plantado 1.502 árboles antes de comprar su auto. Por eso le digo que usted no tiene derecho de andar por la calle ni siquiera con luz verde.

Un automóvil de 100 HP lleva en promedio 1,2 pasajeros, eso es aproximadamente 100 Kg. Un camión de 400 HP lleva 40.000 Kg. Una locomotora de 1.000 HP lleva 2.000 Tn.

Automóvil: 1 HP = 1 Kg.
Camión: 1 HP = 100 Kg.
Tren: 1 HP = 2.000 Kg.

El 60 % de las ventas de las petroleras * es Nafta común y super. Sume a esto los automóviles a Gasoil y a gas. Creo que el 80% del cambio climático se debe al automóvil. El Planeta va a la hecatombe porque a usted le queda cómodo usar el auto para ir a la panadería, para hacer sociales, para ostentar. Esto no se dice porque los científicos, los ecologistas con poder, los empresarios, los políticos, los que hacen libros y películas, los periodistas son automovilistas o aspiran a serlo.

Le voy a decir por qué voy en dirección contraria. Es muy peligroso marchar en bicicleta entre los coches que vienen de atrás y pueden equivocarse o calcular mal y los coches estacionados que pueden abrir la puerta en cualquier momento. Hay una ley muy vieja y olvidada que dice que los que caminan por las vías o por los caminos deben ir en dirección opuesta al tránsito para que haya contacto visual con el vehículo que viene. No hay una ley nueva ni vieja que diga lo contrario. De modo que lo que hago todavía es lícito.

Le voy a decir porqué cruzo con roja. Yo no confío en ninguna barrera ni semáforo. Miro siempre para los dos lados aún en las calles de mano única, no confío más que mi propia percepción y buen tino. No cruzo con verde si para mí no se dan las condiciones mínimas según mi criterio. Después de todo soy yo el que hay que cuidar ¿No?

Le cuento todo esto porque hay automovilistas que se ponen furiosos al verme, porque creen que estoy haciendo uso de un derecho que ellos no tienen. Ya que hablamos de derechos, le cuento que hay una manera de medir cuanto de esto tiene cada uno. Observe un peatón y un automovilista que se van a cruzar en una esquina, el patón está a 1,5 m. del punto de intersección, el automovilista a 15 m. Esa es la distancia de la duda para ambos. Ahí tiene el cociente de la geometría del derecho. Haga la cuenta y se pondrá contento.

La geometría del presupuesto tiene un coeficiente mayor. Divida lo que gastan los gobiernos para la comodidad y seguridad del ciclista y lo que gastan en autopistas, pavimento, reparación de pavimento, viaductos, túneles, pasos sobre nivel, bajo nivel, señalización, semáforos para automóviles no para peatones y la orgía de luces de las autopistas.

Cuando un intendente toma la lapicera para ir a firmar un gasto para automovilistas no se ponga adelante porque lo puede atropellar y caminar por arriba. No es porque sea malo, es que no lo ve. Cuando los funcionarios gastan dinero en confort para automovilistas no conocen ni a su madre, sufren una mutación. Como el Increíble Hulk, como Mr Kent. Y firman gastos terribles. Eso es porque ellos mismos son automovilistas, ven el Mundo a través de un parabrisas y desde ahí no se ven las aulas, los quirófanos, los consultorios.

El motivo de esta carta es pedirle que no se enoje conmigo. Hay algunos que matan o asustan a los ciclistas como un acto didáctico, para que sirva de escarmiento. Yo creo que lo hacen para diferenciarse. Para que se note que ellos no son ciclistas. Como el policía pobre que le pegan a los pobres para que quede claro que no es uno de ellos. Usted no conoce un proyecto de vida que no sea el del auto propio. Por eso usted ve en cada ciclista un automovilista fracasado. Si lo que le digo aquí no alcanza para calmar su rabia, piense que yo no tengo la dicha de poseer una máquina tan maravillosa como la suya. Esto solo es suficiente. ¿No le parece?

Antonio Urdiales Cano

* Los datos de las petroleras son de 1990. Cuando todavía trabajaba en YPF

fuente http://permacultura.com.ar/pensamiento/carta-de-un-ciclista-a-un-automovilista

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