Archivo de Frases con Sabiduría, 305 páginas

Archivo actualizado en mayo de 2017 con selección de frases, opiniones, sentires, fragmentos y poesías de personas comunes, escritores, poetas, pensadores, filósofos, brujos, militantes, organizaciones, grupos, revistas, etc. sobre el mundo en el que vivimos y morimos.

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El norte robó sus semillas. Diez ejemplos de biopiratería

Los nativos las utilizaban en ritos, para relajarse, como estimulante…El «hombre blanco» las patentó como crecepelos o para el párkinson.Todas por apenas nada
 
Imagine que un indio amazónico se presenta en una oficina de patentes con un diente de ajo y solicita su registro porque ha descubierto que es muy beneficioso por su poder bactericida. Imagine también a un agricultor mexicano patentando en EEUU las hamburguesas de McDonalds porque le han curado la anemia. O a un filipino tratando de registrar el sushi japonés porque le ha reducido el colesterol. ¿No le resultaría extraño?
 
Sin embargo, esto sí sucede a la inversa: un norteamericano es el dueño de un sacramento indígena; un japonés posee la exclusiva del nombre de un fruto usado en Brasil durante milenios; y un italiano patenta una vacuna que le aplicaron miembros de una tribu amazónica.
 
Eufemísticamente, se podría decir que estos son los daños colaterales de la globalización. Se estima que las plantas medicinales provenientes del Sur y utilizadas por la industria farmacéutica del Norte suponen 40.000 millones de euros anuales. Los primeros descubren las plantas. Los segundos, sus preparados. Pero a aquéllos apenas les llegan las migajas de los ingentes beneficios de las patentes registradas por multinacionales occidentales sin su consentimiento.
 
De eso es de lo que se habló esta semana en la ciudad brasileña de Curitiba durante la Conferencia del Convenio de Biodiversidad Biológica celebrada allí: repartir los réditos de las despensas naturales. ¿Quién controla a los biopiratas? CRONICA les presenta diez tristes ejemplos…
 
AYAHUASCA / Unico caso en el que una patente ha sido revocada
 
La Banisteriopsis Caapi es una liana amazónica utilizada por los indígenas para hacer una infusión que consumen como sacramento sagrado en sus rituales religiosos. En 1986 el norteamericano Loren Miller, presidente de la International Plant Medicine Corporation, obtuvo la patente 5.751, de la Oficina de Marcas de su país, tras asegurar que «era una nueva variedad descubierta en la selva ecuatoriana». En realidad le fue regalada por el jefe de la tribu de los Secoya. Tras una lucha sin precedentes, que logró unir a los indios americanos -que se manifestaron en Washington diciendo que era como si ellos registrasen la hostia cristiana-, la patente fue revocada en 2004.
 
MACA / El viagra natural de los Andes, en manos norteamericanas
 
La maca, Lepidium Peruvianum, es una planta que crece en la cordillera de los Andes, a más de 4.000 metros de altura, cuyas raíces tienen gran valor nutritivo y que siempre fue considerado como un afrodisíaco por los nativos. De hecho, en la actualidad se la llama popularmente viagra natural, ya que sus productos son promovidos como complementos sexuales y de fertilidad, creciendo su demanda en Occidente.Hace 25 años, los indios pidieron ayuda al Consejo Nacional de Investigación de EEUU para salvar a la planta de su extinción.Lo consiguieron a cambio de una patente adjudicada a la Biotics Research Corporation, de cuyos beneficios apenas les llega nada.
 
KAVA / Los nativos no pueden tomarla por la voracidad del mercado
 
La Piper Methysticum, un cultivo ritual del Pacífico, es un desintoxicante que se utiliza para aliviar el estrés. A comienzos de los 90 era desconocida, pero ahora se vende en una increíble variedad de formas. Incluso se está plantando en diversas partes del mundo. Por ello, la industria fitomedicinal de varios países -EEUU, Francia, Alemania y Japón- ha solicitado las patentes sobre el procesamiento, preparación y uso. L Oreal, por ejemplo, para la caída del cabello. El problema es que el aumento de precio por esta demanda ha hecho que los agricultores desvíen todas sus cosechas al exterior, por lo que sus usuarios ancestrales han recurrido al alcohol como sustitutivo.
 
CUPUAÇU / Si usted utiliza este nombre puede ser multado
 
El Cupuaçu, Theobroma Grandiflorum, es un árbol pequeño o mediano localizado en la selva tropical brasileña que pertenece a la familia del cacao y puede alcanzar hasta 20 metros de altura.Su fruta ha sido una fuente primaria de alimento en la selva tropical para habitantes indígenas y para animales. La compañía japonesa Asahi Foods la ha patentado y su supuesto inventor es el señor Nagasawa Makoto. Además, registraron también el nombre de la planta como una marca para varias clases del producto (inclusive chocolate) en Japón, en la Unión Europea y en EEUU. Así cualquiera que use este nombre tradicional indígena puede ser multado con 10.000 euros.
 
CURARE / La que más dinero ha dado a las multinacionales
 
La hierba Chondodrendon Tomentosum fue utilizada durante siglos con sigilo por los indios amazónicos para hacer un veneno con el que untan sus flechas para inmovilizar a sus presas. Sin embargo, después de que fuese aislado su ingrediente activo, el d-tubocurarine, en 1942 fue patentado por los laboratorios Glaxo y Wellcom y usado en la producción masiva de relajantes musculares y anestésicos quirúrgicos. Su aplicación supuso una revolución en la cirugía moderna. Es uno de los productos que más dinero ha generado a la industria farmacéutica y, que se sepa, no ha revertido nada a las tribus amazónicas que, ahora, reclaman sus derechos.
 
MAIZ OLEICO / Un alimento fundamental monopolizado por una empresa
 
DuPont, multinacional señalada por Greenpeace como «líder mundial en biopiratería» por haber registrado 150 organismos vivos, ha solicitado ante la Oficina Europea de Patentes la propiedad de una antiquísima y conocidísima variedad centroamericana de maíz de alto contenido oleico. De aceptarse tal patente, DuPont se haría con un virtual monopolio maicero global. La variedad de maíz patentada fue obtenida con procedimientos convencionales de hibridación y un tratamiento químico para provocar cambios genéticos. Tanto Greenpeace como el Gobierno mexicano han recurrido esta patente para evitar que todo el que use este maíz tenga que pagar a la multinacional.
 
MIRRA / El tesoro de los Reyes Magos es ahora japonés
 
Si los Reyes Magos levantasen la cabeza, verían con vergüenza como la Commiphora Molmol, el nombre de la mirra que regalaron al niño Jesús, pertenece ahora a un ciudadano japonés llamado Aamedo Ari Masoudo, que la patentó. Su uso tradicional para hacer perfumes, medicinas y embalsamamientos se remonta a los antiguos egipcios y actualmente es usada en el tratamiento de la esquistosomiasis, males en las encías o estómago. Se trata de una resina aromática exudada por árboles del noreste de Africa (Somalia), Arabia y Anatolia (Turquía). En la antigüedad valía más que el oro y, hoy, las empresas japonesas están ganando mucho dinero con ella.
 
FRIJOL AMARILLO / Lo patentaron y prohibieron venderlo a sus dueños legítimos
 
El caso de la patente sobre el frijol Enola tiene un lugar especial en el salón de la infamia de la biopiratería. El propietario de la patente -otorgada en abril de 1999 con el número US 8.894079-, presidente de una compañía semillera con sede en Colorado, Larry Proctor, la obtuvo sobre una variedad de frijol amarillo de origen mexicano, de alto valor nutritivo. Proctor compró una bolsa de frijoles en México, los plantó en su país, e hizo varias selecciones.Poco después, armado con su patente, acusó a los agricultores mexicanos de que estaban infringiendo su monopolio porque los vendían en EEUU y les impidió su comercialización. El asunto sigue en los tribunales.
 
KAMBO / La vacuna del sapo ha puesto en peligro a esta especie
 
El sapo verde o phyllomedusa bicolor es la mayor especie de este anfibio en la Amazonia. Segrega una sustancia utilizada en la llamada vacuna del sapo que aplican los indios del Valle del Juruá, en Brasil, para reforzar el sistema inmunitario. Los científicos han hallado en él propiedades antibióticas, contra el párkinson, el sida, la isquemia y el cáncer. Incluso han aislado dos sustancias, la dermorfina y la deltorfina, que venden por internet. Actualmente, hay auténticas peregrinaciones de occidentales enfermos hacia la selva en su busca. Un médico italiano la patentó hace años tras probarla él mismo y, como en el caso de la Ayahuasca, los indios se han movilizado.
 
ARBOL DEL NIM / La propiedad es de quien lo investiga, no de quien la usa
 
Para mucha gente en La India la Curcuma Longa, o árbol del Nim, es un remedio mágico que todo lo cura. Durante miles de años, esta raíz anaranjada se ha empleado para el tratamiento de desgarramientos musculares, esguinces, inflamaciones y tratamiento tópico de heridas. La cúrcuma es un elemento de uso ancestral en la medicina ayurvédica. En 1995 se otorgó a dos científicos de la Universidad de Misisipí una patente estadounidense de uso alegando que no se había investigado científicamente sobre sus aplicaciones.Pero el Gobierno de La India desafió la patente, que consideraba un robo descarado, y consiguió su revocación momentánea.

Juan C. De la Cal
2006
 
fuente http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2006/544/1143928806.html

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La anomalía japonesa

El extraordinario accidente que tuvo lugar hace un año y medio en la isla más desarrollada del mundo sigue esparciendo su virus por el sistema político nipón. Las movilizaciones contra el programa nuclear son imponentes, pero en el gobierno no hay visos de reacción. Un filósofo nacido y criado en Tokio explica por qué los manifestantes no están ni indignados ni resignados, y parecen más bien curados de espanto.

El viernes 14 de septiembre el gobierno japonés publicó su nuevo Plan Energético, que consistía esencialmente en “tomar todas las medidas necesarias para llevar a cero la producción nuclear en el año 2030”. Esa misma tarde, a las 18, decenas de miles de personas se manifestaron frente a la sede del gobierno en Tokio, tal como lo hacen cada viernes desde abril de 2012. El anuncio del ejecutivo nipón sobre una salida gradual del escenario nuclear no disipó la desconfianza profunda en la clase política.

La primera movilización realizada después del accidente de la central de Fukushima I, fue el 10 de abril del pasado año: más de 20 mil personas se echaron a la calle en la capital. Las manifestaciones se multiplicaron de inmediato por todo el territorio nacional, abriendo una fase “excepcional” en un país que no tenía registro de protestas de esta envergadura desde fines de la década del sesenta. No hace falta subrayar la “horizontalidad”, “multiplicidad” y “espontaneidad” de estas expresiones de masas, ya que se trata de aspectos comunes a las protestas que han tenido lugar últimamente en todo el planeta.

El movimiento antinuclear japonés tuvo un giro decisivo en junio de 2012, cuando el Primer Ministro Yoshihiko Noda tomó la decisión de volver a activar dos reactores de la central de Ohi que habían sido cerrados como medida de seguridad (al igual que los otros 48 reactores que hay en el archipiélago). Fue aquella una resolución realmente “inesperada”, “inimaginable” o “imposible” para la mayor parte de la población japonesa. ¿Cómo un mandatario osaba reanimar la producción nuclear siendo que el accidente de Fukushima permanece activo y nadie sabe todavía la verdadera dimensión de sus efectos en el largo (y ni siquiera en el corto) plazo? ¿Cómo se atrevía a actuar en contra del sentimiento tan claramente manifestado por la sociedad durante un año?

A partir del viernes siguiente al anuncio de Noda, el número de personas que se reunían frente a la sede gubernamental explotó. En julio llegaron a juntarse 200 mil personas, sin contar los innumerables manifestantes “virtuales” que participan del cortejo a través de internet, como muchas mamás obligadas a quedarse en casa para preparar la cena.

¿No hay, sin embargo, algo de paradojal, e incluso de perverso, en el hecho de que cuando más aumentó el número de manifestantes fue cuando la gente pudo percatarse de la impotencia efectiva de las protestas populares? La decisión de reavivar los reactores mostró de manera transparente al menos dos cosas fundamentales: en primer lugar, que la alianza Estado-Capital es lo suficientemente sólida como para que nadie pueda intervenir, excepto ellos; en segunda instancia nos dimos cuenta de que los malhechores son tan indomables, que no hay quien pueda persuadirlos de ser menos malvados.

Y estos dos aprendizajes no son apenas factores coyunturales o pasajeros, sino que configuran prácticamente una verdad eterna. En síntesis, hemos aprendido definitivamente que “otro mundo no es posible”. Lo cual modificó radicalmente la naturaleza misma del movimiento de resistencia. Antes de aquel fallo de junio, creíamos enfáticamente que “otro mundo era posible”. Esta hipótesis aparecía reforzada por el hecho de que Naoto Kan, el Primer Ministro anterior, se manifestó de acuerdo con abandonar el paradigma energético nuclear, y había ordenado en mayo de 2011 –a pesar de la fuertísima oposición de los empresarios- la suspensión de los reactores de la central de Hamaoka, colocados en una zona considerada de “riesgo sismológico alto”. Aún cuando Kan se vio de facto obligado a dimitir en septiembre de 2011 por su posición “demasiado izquierdista”, no dejamos de creer en la capacidad de nuestras fuerzas democráticas para cambiar el mundo.

Desde hace cinco meses vivimos en la paradójica situación de reivindicar la clausura inmediata de las centrales nucleares, como siempre, pero a sabiendas de que nuestra voz no tiene ningún poder para quebrar la alianza estatal-capitalista, ni para purgar el mundo de aquellos maleantes que no cesarán de hacer su voluntad sin el más mínimo pudor.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿por qué la gente, cada vez en mayor cantidad, sigue yendo a la plaza si está al tanto de la imposibilidad de transformar el mundo? ¿Será porque cada uno de ellos busca transformarse a sí mismo, y devenir otra cosa, para volverse capaz de vivir en este mundo, un mundo que aparece insoportable, dominado por las clases dirigentes que portan una nocividad que se torna imposible de neutralizar?

Si hoy sentimos más que nunca la necesidad de juntarnos, no es tanto para darnos a entender con una fuerza numérica, sino ante todo para producir una nueva subjetividad, autónoma, excedente, a través de un agenciamiento colectivo hecho de afectividades que resuenan entre sí internamente. Todo lo cual nos lleva a un pasaje del filósofo Gilles Deleuze, quien afirma: “Necesitamos una ética o una fe, y esto hace reír a los idiotas; no es una necesidad de creer en otra cosa, sino una necesidad de creer en este mundo, del que los idiotas forman parte”. No se trata ya de hacer un mundo digno de nuestra vida, sino de hacernos nosotros dignos de este mundo tal cual es.

Es esto lo que el pensador francés entiende por “devenir revolucionario”. Los manifestantes antinucleares japoneses no son “indignados”: no le gritan ya a una sociedad injusta que creen no merecer; su voluntad no es subvertirla para convertirla en “otro mundo”. En lugar de revolucionar al planeta lo que ellos procuran es devenir revolucionarios en el seno de este mundo. Buscan asegurarse una libertad, una independencia, no exactamente respecto al destino sino respecto a la necesidad que debería resultar del destino, como dice también Deleuze a propósito de la moral estoica.

El mundo desborda siempre su carrera actual, insoportable. Si la antigua creencia consistía en aferrar el mundo en su capacidad imaginaria de alcanzar un futuro menos insoportable, hoy se trata de aferrar cada instante mundano en su desdoblamiento real entre la actualidad y sus virtualidades, el “accidente” y su potencia. Lo cual nos permite romper la relación de causalidad necesaria con cada accidente que nos afecta, y trazar líneas de fuga dando con la cabeza en el muro de las imposibilidades. Esa es la perversión des-utopista que constituye una anomalía japonesa en la época donde parece reinar, como siempre, la antigua perspectiva, subversiva y utópica, tal como la constatamos en el caso de los altermundistas, los indignados, los occupy.

El accidente de Fukushima está ahí. Sus efectos ya están inscriptos en nuestros respectivos cuerpos, se salga o no del escenario nuclear. Y tal vez sea por eso que, en el fondo, estamos a la vanguardia de una nueva modalidad de lucha, des-utópica y perversa.

Jun Fujita Hirose

traducción Darío Bursztyn

fuente: revista crisis nº 12 / diciembre 2012- enero 2013 / http://www.revistacrisis.com.ar

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Tourismus macht frei (El turismo te hace libre)

“Ser rentable es la razón que lo decide todo en esta pequeña ciudad que os parecía tan bonita. El forastero que llega, seducido por la belleza de los frescos y profundos valles que la rodean, se figura en un principio que sus habitantes son sensibles a lo bello; no hacen más que hablar de la belleza de su país: no puede negarse que hacen un gran caso de ella; pero es tan sólo porque atrae a los forasteros cuyo dinero enriquece a los fondistas, cosa que, gracias al mecanismo del impuesto, es rentable a la ciudad.” Stendhal, Rojo y negro.

Ese Willy Fog con chanclas y en bañador

Aunque ya desde La Odisea no han faltado en la historia de la literatura viajeros que salvaran grandes distancias sembradas de peligros, intrépidos aventureros ávidos por explorar nuevos territorios o simples desterrados condenados a errar sin norte por el ancho mundo, recién en la modernidad el desplazamiento geográfico se ha asociado al tiempo de recreo y a una cierta idea de disfrutar viajando. Luego de la Revolución industrial, en principio como una prerrogativa de las capas más favorecidas de la sociedad y tan sólo a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y con la emergencia de los Estados de Bienestar tiene lugar el llamado boom turístico, que termina de poner el viaje al alcance de las clases medias, completando la labor iniciada por los programas de vacaciones obreras de los fascismos europeos. De modo paralelo, aunque en el sentido contrario, se puede decir que con la mundialización de la economía el viaje ha dado alcance a las poblaciones más miserables del globo, a partir de aquí condenadas al desplazamiento forzoso en procura de sustento [1], y aunque a priori ambas sean fruto de una misma serie de procesos, difícilmente se puedan concebir experiencias tan radicalmente antagónicas como lo son la del inmigrante y la del turista.

Atrás quedaron las épocas en que viajar era un lujo reservado para la joven burguesía aburrida o desencantada, ociosa en todo caso, que se lanzaba a la conquista de nuevos horizontes para sacudirse el hastío y espoleada por las, ya entonces, antiguas crónicas de viaje, casi un subgénero literario y parte esencial del imaginario romántico. En la actualidad la psicología del turista dista mucho del aventurerismo de los cronistas de antaño. Para caracterizarlo debiéramos comenzar por describirlo como a un sonámbulo de mirada extraviada y gesto ausente.

También se lo podrá reconocer por los souvenires con que suele ir ataviado, y por la pasmosa velocidad a la que se le verá atravesando lugares y ambientes “exóticos” como obediente consumidor de todo cuanto le sea prescrito a guisa de cultura, sin detenerse siquiera un momento a contemplarlos y acribillándolos eso sí, a golpe de flash. Paisajes fugaces que han terminado por convertirse en la escenografía de una obra puesta allí para la recreación ocasional del viajante. La puesta a punto de este teatrillo es la función principal de los agentes del patrimonio histórico, a los que en otra época hubiéramos calificado sin vacilación como autenticas fuerzas de la reacción, en su afán por hacer pasar inadvertidas las contradicciones aun vivas en el interior de cada metrópolis reconvertida en destino turístico, allí donde se baten a duelo la ciudad escenario de luchas intestinas y la ciudad museo, es decir: su fósil.

De modo paralelo a su generalización, se ha dado una degradación sobre el tipo de experiencia del viajero, ya a esta altura convertido plenamente en turista. La masificación ha inaugurado una nueva forma de ver empobrecida, que se caracteriza por su alta velocidad, que captura y conserva la anécdota a la vez que sacrifica lo esencial, a saber: el contexto que da sentido a lo que se está observando y la serie de relaciones históricas que lo justifican. La mirada turista no solo implica la condena de convertir en postal o monumento todo aquello sobre lo que se posa, sino que entraña también la amenaza de volver de piedra al que la ejerce.

Conscientes de esto, no somos pocos los que a día de hoy resistimos la tentación o sencillamente hemos perdido el gusto por mirar tanta “maravilla” y “monumento de la humanidad” incluso en nuestras propias ciudades, sabedores de que ésta mirada supone petrificarlas en el instante perpetuo del reclamo turístico, a lo que hay que añadir cierto efecto estupefaciente sobre las propias facultades críticas y el buen juicio en general. Lo nuevo, lo que ha cambiado junto con la calidad de una mirada que se ha hecho valorizadora, es que la atracción que las ciudades monumentales ejercen sobre la visión las convierte en auténticas cabezas de Medusa, de las que cuesta cada vez más apartar la vista [2].

Así pues, nuestro moderno Phileas Fog (¿o mejor debiéramos compararlo con su encarnación leonina y posmoderna, Willy Fog?) es en definitiva aquel cuya subjetividad, adocenada por el consumo predigerido de cada acontecimiento histórico allí acaecido, se ha vuelto prácticamente inmune al contexto social del destino escogido para sus vacaciones [3]. Y aunque no pueda decirse que ningún nativo vaya a echarle en falta ni a atesorarle en algún rincón de su memoria, tampoco parece apropiado afirmar que no deje huella, ya que a su paso le sucederá un amargo rastro de tierra quemada como si por allí hubiese transitado Atila el huno.

Y nos referimos tanto a la “huella ecológica” que el acondicionamiento para el turismo conlleva (erosión de los suelos, multiplicación de las infraestructuras para el transporte y del gasto energético, etc.) como a los “costes” sociales que implica, esos daños colaterales que la generalización de la industria turística ha traído consigo y que rara vez se tienen en cuenta. En vano intentaríamos pensar a lo social o a lo ambiental como procesos susceptibles de ser aislados y estudiados por separado, puesto que en la actualidad la relación entre ambos constituye una trabazón inextricable, en la que resulta tan dificultoso discernir cuál ha precedido al otro, cómo acertar a contestar si fue primero el huevo o la gallina, aunque en el caso del turismo diríase más bien que se trata de una criatura siamesa, hija pródiga de la economía de servicios, con un único cuerpo y dos monstruosas cabezas, la de la devastación social y su melliza ambiental.

¡A desalhambrar!

Para ilustrar hasta qué punto estos dos frentes se complementan nos vamos a referir a un caso que conocemos de primera mano, aunque desde luego existen muchos otros que de igual manera expresan cómo esta alianza de devastaciones se ha convertido en la forma moderna de la ofensiva capitalista contra los residuos de comunidad que pese a todo aun perviven, y cómo la facultad de vincular ambos momentos, el social y el ambiental, es precisamente aquello que nos ha sido hurtado con la creciente separación que parcela toda actividad humana, sobre la que a partir de entonces sólo los especialistas tendrán competencias. Al igual que muchas otras, Granada se ha reconvertido en una ciudad cuyas actividades económicas más importantes están relacionadas con el sector de los servicios, en él convergen por un lado la Universidad, que moviliza importantes sumas de dinero en forma de subsidios, becas, alquileres, etc [4] y por el otro el palacio de La Alhambra que, de cara al extranjero, representa el principal atractivo de una ciudad hacia la que hace afluir a miles de personas cada año. Estas dos fábricas son las que han contribuido de modo decisivo a su cambio de fisonomía.

El entramado metropolitano de Granada comprende desde el Albayzín, es decir desde el casco histórico museificado de la ciudad, con sus apartamentos para ricos y sus plazas hormigonadas cuya única función es la de soterrar algún aparcamiento; y se extiende sobre caóticas conurbaciones hasta dar con el paisaje monótono conformado por el trazado reticular de los olivares de explotación intensiva. Abarca desde las estrías residenciales con sus flotas de cuerpos de seguridad privados, hasta las plantaciones de maíz transgénico que en la Vega granadina están suplantando a las variedades autóctonas tal como las naves industriales lo han hecho con los secaderos de tabaco, cultivo condenado a la desaparición inminente junto a muchos otros que sencillamente han dejado de ser competitivos en el marco de una economía en proceso de deslocalización [5].

Aun más si cabe que la agricultura industrial, las pequeñas huertas familiares parecen irremediablemente destinadas a ser vistas como los últimos vestigios de tiempos pretéritos. En este contexto hay que situar la gestión de las aguas de riego que provee la Acequia Real [6]. Hasta hace no demasiados años esta acequia abastecía durante casi todos los días de la semana las huertas de la zona Este de Granada con aguas provenientes del Parque Natural de la Sierra de Huétor, en tanto que el agua restante era aprovechada para regar los Jardines de la Alhambra.

A día de hoy la repartición del tiempo de riego correspondiente a las zonas a un lado y al otro del río Darro ha invertido su proporción y tan solo los domingos estas aguas son canalizadas hacia la margen derecha del río, con dirección a la Acequia de San Juan, cuya principal función es el riego de las huertas del Sacromonte, mientras que los restantes seis días de la semana las aguas de la acequia son desviadas al otro lado del río, a la colina que se encuentra a los pies de la Alhambra, la que luce siempre verde y frondosa merced a los aspersores que la riegan día y noche, y que junto a los focos que iluminan el palacio desde abajo, contribuyen a resaltar su monumentalidad tal como corresponde a la principal postal de la ciudad.

A los vecinos agricultores de la zona Este de Granada solo les queda conformarse con las escasas horas matinales del “día del Señor” para regar sus cultivos, lo que trae permanentes roces por las horas de agua que corresponde a cada huerta, además de abocarlos a perpetuar el riego por inundación, método que a medio y largo plazo resultará funesto tanto para sus propios cultivos como para la tierra misma. Esta técnica de riego provoca el “lavado de los minerales”, que son arrastrados por el agua produciendo la paulatina disminución de la fertilidad de la tierra. Dicho de otro modo, este modelo de riego implica la desertificación [7] de la zona de cultivo. A diferencia de la “desertización”, que es la degradación de la tierra que se produce generalmente en las inmediaciones de los desiertos y cuyas causas son naturales, la “desertificación” se produce cuando existe una demanda por parte del ser humano excesiva sobre lo que la tierra puede proporcionar según un equilibrio ecológico.

Aunque pueda resultar un tanto esquemático, lo sencillo de este análisis nos provee de una suerte de miniatura, un marco interpretativo a escala susceptible de ser aplicado a otros lugares y otros casos en los que igualmente la satisfacción de las exigencias logísticas del entramado turístico prime sobre el interés y las necesidades de las poblaciones locales, esquilmando sus recursos y destruyendo los lugares contenedores de la memoria colectiva, y con ellos al medio físico pero también espiritual, que constituyen el escenario de cualquier comunidad humana. Aquí no hay lamentaciones que valgan, no hay lágrimas que alcancen ya para regar éste valle.

La experiencia del viaje en la época de su reproducibilidad técnica

Si el proceso de valorización ya había convertido al viaje en una mercancía más, en puro valor de cambio; será recién a partir de la revolución industrial que tendrá lugar el proceso de generalización y estandarización del producto turístico (es decir, del viaje), que pasará a ser entendido no ya como mero desplazamiento geográfico, sino como experiencia completa, como paquete. Este proceso será posible tanto gracias a las mejoras que la industrialización introdujo en los medios de transporte públicos, como al desarrollo de la infraestructuras y de la técnicas publicitarias que constituyen, respectivamente, los soportes físicos y simbólicos sobre los que se asentará esta industria aún naciente.

El turismo de masas (es decir, la definitiva y absoluta racionalización del ocio) es a la experiencia del viaje lo que la industrialización a toda experiencia, a saber: su total empobrecimiento en aras de una mayor rentabilidad. Parafraseando a Walter Benjamin se puede decir que poco y nada queda ya de la experiencia del viaje en la época de su reproducibilidad técnica, y allí donde el filósofo denunciaba el amargo devenir de la obra de arte sometida al cúmulo de procesos de estandarización y producción en serie hijos de la revolución industrial, se podría añadir que algo similar a “la pérdida del aura” se ha dado también en el campo de los viajes.

Pero mucho agua ha corrido de los primeros programas de vacaciones obreras de los gobiernos totalitarios a esta parte, el turismo de masas ha “evolucionado” a la par que lo han hecho muchos otros aspectos de la vida social bajo la influencia del desarrollo técnico y económico del capitalismo en los últimos cincuenta años, pasando de la tosca masificación del turismo de sol y playa, a una individualización que atiende a los gustos específicos de cada consumidor. Y aunque efectivamente en las ciudades balneario de la costa del sol o del litoral levantino se siguen reproduciendo el hacinamiento y el “síndrome de la clase turista” en bañador, el sector turístico se ha diversificado y en la actualidad ofrece un amplio abanico de paquetes alternativos diseñados al detalle. Ya sea rural o de aventura, cultural o sexual, la oferta turística se ha multiplicado de modo exponencial hasta convertirse en uno de los principales pilares de la economía mundial. Ahora bien, cuando incluso un campo de concentración puede ser rehabilitado para su explotación turística [8], quizás cabría reformular la sentencia de aquel otro célebre franckfortiano en términos parecidos a estos: ya no es posible hacer poesía después del Guggenheim.

Esta afirmación, que es desde luego pura retórica, tiene no obstante la ventaja de establecer la relación de ida y vuelta entre aquellas fábricas luego museificadas, y estos museos cuya principal función es revalorizar, es decir “fabricar” un nuevo espacio urbano. Así pues, la esencia del turismo en tanto que fenómeno en el que se dan cita la economía de servicios con las antiguas formas de explotación propias de la producción industrial (indispensable para abastecer los requerimientos logísticos del sector terciario), es la de someter a sujetos y territorios a las leyes del mercado.

Arrojando la experiencia al reino de las mercancías, tanto por los beneficios propiamente dinerarios, como por esos otros beneficios que representan para la dominación los “daños colaterales” a los que hacíamos referencia y que implican la desestructuración social, es decir la destrucción de los espacios de sociabilidad y de su historia. Se nos dirá que genera puestos de empleo y aporta divisas a las economías locales, pero aunque en lo inmediato esta inyección de capitales pudiera parecer rentable, por otro lado implica abocar a éstas mismas economías a la dependencia crónica, lo que a medio y largo plazo supondrá empeñar el conjunto de vínculos y saberes fruto del espacio y el tiempo puestos en común, es decir todo aquello que constituye las bases materiales del tejido social. Una vez sacrificado esto ¿qué nos quedará ya por ofertar en el afán de atraer a nuevos inversores?

Ahora bien, una de las principales ideas-fuerza que mueve el turismo es la búsqueda de la autenticidad, de ahí que cada vez sean más los turistas que sacrifican una parte de comodidad en privilegio de unos destinos, sino “vírgenes”, lo menos turísticamente explotados posible, lo que les coloca en una posición casi esquizoide al ser ellos mismos quienes están contribuyendo a “desflorar” dichos destinos.

Al margen de la figura sociológica del turista, o de aquel al que la mercadotecnia identifica según sus hábitos de consumo como el cliente tipo del complejo turístico industrial, aquello a lo que nosotros llamamos “lo turista” es una determinada forma de acercamiento superficial, que se caracteriza por su incapacidad para echar raíces bajo la epidermis de lo social. En este sentido “lo turista” es una cualidad completamente independiente del jet lag, los kilómetros acumulados en recorridos aéreos al cabo de un año o la posesión de una residencia estable en un determinado sitio.

La subjetividad consumidora de espacios (a los que inevitablemente termina por convertir en no-lugares), es decir “lo turista”, es desde este punto de vista lo opuesto a la comunidad. Comunidad es un modo de estar plantado en el mundo que tiene que ver con el arraigo, y es en este sentido que constatamos cómo cada día un poco más, el globo se va poblando de estos hombres sin mundo y, de modo análogo, el espacio metropolitano se convierte paulatinamente en una sucesión de lugares impersonales y perturbadoramente neutros. Lo que el turista se encontrará donde quiera que vaya, son tristes parodias de lo que alguna vez fue cultura. La gran paradoja del turismo de masas consiste precisamente en que los turistas están condenados de antemano a descubrir que todos los lugares que visiten son idénticos en su diversidad, y que sin importar de dónde sean, ellos mismos están en cierta medida destinados a convertirse en unos hombres sin mundo, deambulando por un mundo ya casi sin lugares.

“Hoddan también llegó a decir que siempre se elogiaba lo exótico cuando se trataba de ocultar el trasfondo social y económico de un país. Cuanto más extraña y misteriosamente se presentaba un país mayores eran la injusticia, la pobreza, la miseria, cuanto más brillantes sus turísticas tarjetas postales, mayor era el fermento de la agitación”. Peter Weiss, La estética de la resistencia.

Guiris go home!

Ante algunas de estas afirmaciones no faltará quien nos acuse de pesimistas, a lo que podríamos contestar que frente a las muchas evidencias que se nos ofrecen acerca de las consecuencias de la generalización de la industria del turismo, no es precisa ninguna disposición anímica particular para arribar a tan amargas conclusiones, sino la simple observación “desencantada” de los hechos. En efecto, ignoramos cómo se puede aun atesorar alguna esperanza respecto a las supuestas posibilidades que este modelo económico abriría para un hipotético proyecto emancipatorio.

Cabría preguntarse si la mejor manera de conservar el conjunto de saberes y prácticas que se ven comprometidos por la generalización de la economía de servicios vinculada al turismo no sea permitir e incluso propiciar la fuga de esos capitales en virtud de los cuales se incentivan (por parte de instituciones y empresas) y son toleradas (por las gentes de a pié) tanto las agresiones sobre el territorio como los agravios a la cultura, la historia y las formas de hacer de cada región que la expansión del sector turístico conlleva. Un reflujo así, de ser factible, además de suponer un duro revés para la economía global, con evidentes y no necesariamente agradables repercusiones a escala local, terminaría sin duda por ponernos ante la necesidad de recuperar una cierta autonomía, no solo en cuanto a lo estrictamente económico sino también en lo tocante a la satisfacción de algunas necesidades básicas. Otra cosa es que llegado el caso, fuésemos capaces de rechazar el discurso del homo homini lupus [9] liberal, y consiguiéramos dar cause a nuestras necesidades de modo colectivo y autónomo.

Ahora bien, en el momento actual parece bastante improbable que un destino turístico privilegiado como la Sunny Spain [10] perdiera de la noche a la mañana su encanto, dejando de resultar atractivo para los contingentes de turistas de rictus embobado que la visitan cada año. Tan sólo en momentos de inestabilidad política aguda como el actual, amenaza terrorista inminente o catástrofes naturales aun demasiado recientes, la siempre ascendente curva del mercado turístico ha experimentado algún declive [11].

Tal como señalábamos en la introducción de estos apuntes, el conflicto que subyace a la expansión metastásica del turismo no se libra tanto en el ámbito de las decisiones personales como en el de las determinaciones políticas. Esto se debe principalmente a que en la actualidad la condición de turista no es voluntaria. En un mundo acondicionado para el turismo, solo se puede hacer el guiri. Lo demás es una cuestión de grados: de sensibilidad, de agudeza, de poder adquisitivo, etc. A pesar de esto y en parte porque no se muerde la mano que te da de comer, pero fundamentalmente porque pareciera que al formular un pensamiento que ponga en tela de juicio a la industria turística fuéramos a echar sombra sobre el privilegio de viajar a nuestro antojo del que gozamos en tanto que ciudadanos del primer mundo, lo cierto es que la crítica del turismo se ha convertido en un anatema (casi en un tabú). Cuando la búsqueda del placer inmediato es la coartada que justifica cada actividad humana por muy dañina que resulte a medio o largo plazo, cualquier cuestionamiento que implique ya no “acotar las libertades individuales” sino simplemente renunciar a ejercer alguna de ellas, es abordado tímidamente o bien enérgicamente desdeñado y tachados de ascetas o moralistas quienes osan formularlo.

En todo caso, frente el gesto casi reflejo de quien busca permanecer impoluto ante la crítica, resulta interesante plantearnos si verdaderamente existe quien todavía crea poder mantenerse a resguardo de un cuestionamiento profundo de esta realidad. Por nuestra parte, estamos convencidos de que uno de los principales aciertos de la dominación ha consistido en involucrarnos a todos de un modo u otro en su proyecto. Con lo que no queremos decir que todos seamos responsables en igual medida y mucho menos sugerir que como todos estamos en el ajo, todo está permitido. Al contrario, se trata de asumir la responsabilidad sobre el propio obrar, dejando de lado la autoindulgencia y el miedo a quedar mal parados, puesto que el día que aprendamos a poner verdaderamente en cuestión a ésta realidad, tampoco nuestro ombligo estará a salvo.

En esfera de los posicionamientos personales, y en éste como en muchos otros ámbitos de la vida moderna, aunque pueda sonar voluntarista, lo único sencillamente razonable que resta por hacer es desertar en la medida de lo posible de la obligación tácita de ejercer de turista y, cada tanto, darse el gusto de visitar a algún amigo aun a sabiendas de que esto implica viajar, lo que en los tiempos que corren equivale inevitablemente a hacer turismo.

Para volver a viajar, así… a secas, y suponiendo que esto fuera aun posible, habría que comenzar por no encomendarse de pies juntillas a los agentes mercantilizadores del ocio, haciendo caso omiso de toda la parafernalia de folletos, operadores y guías turísticos con su cotilleo pseudohistórico, y en un ejercicio de profunda humildad, abandonar la pretensión de haber comprendido algo sobre el modo de vida de los habitantes del lugar visitado, junto a la prepotencia de creerse tras una o dos semanas de estancia (en el mejor de los casos) calificado para hacer juicios más que de modo completamente superficial sobre su realidad política y social, con toda la carga de violencia simbólica que hay contenida en estos juicios, acertados o no, pero emitidos siempre a la ligera. Y de vuelta a casa, eludir el banal parloteo sobre destinos y monumentos visitados, que se ha convertido en uno de los temas de conversación más socorridos a la hora de salvar silencios incómodos y diálogos de pura cortesía.

Eso, la objeción de conciencia y despreciar a las hordas turísticas como al ejército de ocupación del que en verdad se trata, expresar sobre el territorio la hostilidad hacia la infantería del mundo que se nos está imponiendo, y volver a experimentarlo en lo que tiene de complejo, con las formas de hacer a las que da lugar y que resultan ininteligibles para los ojos ajenos. No tanto por chauvinismo o por falta de hospitalidad, sino como defensa ante la homogeneización rampante de los lugares, sus gentes y culturas, reducidos a su mínima expresión, a aséptico folclore, ya que así homologado todo resulta mucho más fácil de empaquetar para ser vendido al por mayor.

En adelante, fiestas tradicionales recicladas para el turismo como las Fallas valencianas o los San Fermines pamplonicas deberán ser pensados desde la perspectiva de la guerra -en estos casos bajo la forma de auténticas Blitzkriegs- contra los rasgos de tradición e identidad que quedan, como un último raid consistente en convertir toda rémora de color local que aun se pueda hallar en reclamo turístico, en una “marca” reconocible para colocar en el mercado. Con esto no queremos sugerir que cualquier acervo cultural, por el mero hecho de serlo, debiera estar exento de ser cuestionado, o fuera merecedor de mayores elogios. En este sentido conviene despojarse de cierta actitud esencialista que atribuye de manera acrítica un valor emancipador a toda tradición minoritaria, por el sencillo hecho de haber sido perseguida o no haber sido la que a la postre se ha impuesto.

Más allá de las mistificaciones, lo que se sacrifica cuando sobre un determinado territorio (ya sea urbano o rural) se cede al chantaje de la creación de empleos que supondría la implantación de una economía ligada a la industria del turismo, es la posibilidad de articular cualquier proyecto de autonomía material. Lo que se hipotecan, son las condiciones (objetivas y subjetivas) donde una comunidad pudiera arraigar y fructiferar. Se trata, en definitiva, de defender las comunidades allí donde es inminente su desaparición. Se trata de salvar los lugares que aun perviven del avance de los espacios ideados por y para la separación. Hablamos de obstaculizar la no-lugarización del mundo, interrumpiendo las devastaciones que amenazan al medio físico, y con él al medio social donde podríamos reaprender colectivamente la política; deslegitimando las instituciones y a los mercaderes del territorio, y recién entonces quizás pudiéramos recuperar el viaje.

Carduelis Barbata

notas:
[1] Los tratados de Maastrich y de Schengen introducen el concepto de ciudadanía europea, estableciendo la libre circulación de los ciudadanos de los países miembro y eliminando los controles fronterizos dentro de la Comunidad Económica Europea. Estas medidas incentivan el turismo interno europeo, a la vez incrementan las restricciones para el turismo extracontinental y sobre todo, crean el marco legal para la segregación y persecución de la población inmigrante, a la que cínicamente se ha convertido en uno más, de los atractivos que ofrecen las ciudades multiculturales al uso.
[2] Esta atracción debe renovarse continuamente, de ahí el carácter sospechoso a priori de todas las “restauraciones”, ya sean cuadros emblemáticos, o edificios como la misma Alhambra de Granada, con la que sucede lo mismo que con la nave de Argos, a la que las sucesivas refacciones y restauraciones a las que había sido sometida a lo largo de los años habían terminado por despojar de cualquier pieza o vestigio de su “versión original”.
[3] Más allá de la dudosa excepción del mordazmente llamado “turismo revolucionario”, que es aquel que ofrece la ilusión de la “participación”, para hacer de escudo humano en Chiapas o tener un finde revoltoso en alguna contracumbre al uso, activando ciertos resortes psicológicos cercanos a la mala consciencia, que permiten volver a casa a la semana siguiente pero con la sensación de hacer parte en una verdadera lucha. Parafraseando lo que mi madre solía decir sobre la caridad, el internacionalismo empieza por casa.
[4] Respecto a este tema aconsejamos la lectura del panfleto “Retablo de la devastación”, editado por la Biblioteca Social Hermanos Quero.
[5] Muchas de estas agonizante economías han seguido existiendo únicamente por obra y gracia de la respiración asistida de los fondos europeos para subvenciones.
[6] “Caminantes, no habrá caminos. Guía de caminos del este de Granada” Granada, mayo 2009. http://www.afoot.es/mapa/index.php/Caminos_del_este
[7] Algunas de las causas antrópicas más comunes que producen la erosión de los suelos son el sobrepastoreo, la deforestación o las prácticas agrícolas no sustentables. Una mala praxis sobre la tierra de cultivo conlleva la pérdida de su fertilidad por eliminación de nutrientes, salinización de los suelos, desecación, compactación y/o contaminación, volviéndola cada vez menos productiva y obligando a su abandono. Una vez despoblada de su vegetación natural, la tierra quedará expuesta a la acción erosiva del viento y el agua, convirtiéndose en una tierra yerma que difícilmente se recupera. Conviene recordar que un centímetro de suelo tardará en formarse de 100 a 1000 años.
[8] Entre los casos más perversos de reconstrucciones para el turismo hay que citar el kitsch aberrante de Auschwitz II, cuyas “cámara de gas fueron reconstruidas para el museo en 1948 pues el Ejército Rojo había destruido las originales en 1945. La mayor parte de los lugares que visitan los turistas hoy en Auschwitz son reconstrucciones realizadas por los polacos tras la guerra” (Álvaro Lozano, El Holocausto y la cultura de masas).
[9] La expresión homo homini lupus (el hombre es el lobo del hombre) fue popularizada por el filósofo inglés Thomas Hobbes en su Leviatán (1651), donde sirve para ilustrar uno de los fundamentos de la ideología liberal, aunque originalmente la frase pertenece a Titus Maccius Plautus (Plauto) Asinaria, II, 4, 88
[10] Sunny Spain (España Soleada) es el primer eslogan turístico acuñado con ocasión de la participación española en la Exposición Universal de Londres de 1914. Entrados los 60 se produciría el gran boom turístico y España comienza a ser visitada cada vez por un mayor número de turistas hasta llegar a la actualidad, en la que el Estado español ocupa el segundo lugar como país más visitado del mundo constituyendo el del turismo uno de los pocos sectores que incluso ahora continúa siendo emergente.
[11] La Primera Guerra Mundial supuso un parón de las actividades turísticas, que no se recuperaron del todo hasta después de la Segunda Guerra Mundial, recién en los años 50. En 1973 el turismo de masas vuelve derrumbarse, esta vez a causa de la crisis del petróleo y la inflación que le sobrevino. El 2010, a pesar de haber sido un año especialmente accidentado para el turismo, ha registrado un aumento del 1,4% con respecto al 2009, lo que se traduce en 53 millones de visitantes según los números del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio. Ni la recesión, ni la huelga de controladores aéreos, ni la nube volcánica islandesa primero y las nieves que anegaron los aeropuertos de media Europa poco después han conseguido poner los números de la industria turística en rojo.

revista Ekintza Zuzena nº 39 www.nodo50.org/ekintza

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