Entrevista a un tuareg: “Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo.”

Entrevista realizada a Moussa Ag Assarid.

Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles…

– ¡Qué turbante tan hermoso…!

– Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

– Es de un azul bellísimo…

– A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…

– ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

– Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

– ¿Por qué?

– Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

– ¿Quiénes son los tuareg?

– Tuareg significa “abandonados”, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: “Señores del Desierto”, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

– ¿Cuántos son?

– Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… “¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!”, denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

– ¿A qué se dedican?

– Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio…

– ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

– Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

– ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

– Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

– ¿Sí? No parece muy estimulante. ..

– Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

– Saber eso es valioso, sin duda…

– Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

– Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

– Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

– ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

– Vi correr a la gente por el aeropuerto… ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro…

– Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…

– Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté… Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.

– Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

– ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…

– ¿Tanto como eso?

– Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

– ¿Qué pasó con su familia?

– Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa… Entendí: mi madre estaba ayudándome…

– ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

– De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…

– Y lo logró.

– Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

– ¡Un tuareg en la universidad. ..!

– Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra… Aquí, por la noche, miran la tele.

– Sí… ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

– Tienen de todo, pero no les basta. Se quejan. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Se encadenan de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

– Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

– Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…

– Fascinante, desde luego…

– Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…

– Qué paz…

– Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo.

Víctor M. Amela
La Vanguardia
26-09-2013

fuente http://kaosenlared.net/kaos-tv/69731-entrevista-a-un-tuareg-t%C3%BA-tienes-el-reloj-yo-tengo-el-tiempo.html?tmpl=component&print=1

El pinche tirano

Un pinche tirano es alguien, o algo, que aparece en tu vida, y te la empieza a hacer imposible. Como un grano en el culo, vamos. Te saca lo peor de ti y revive tus peores proyecciones, saca la basura del fondo del saco y se pone como sayo tu sombra, tus miedos y tu orgullo. Carlos Castaneda me ha prestado este término, el cual considero tremendamente útil, y que pocas veces se trata en profundidad dentro del crecimiento personal/transpersonal.
 
Encontré este texto suyo, que me gustaría compartir:
 
“- Un pinche tirano es un torturador –dijo-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente le hace la vida imposible.
 
Don Juan sonrió con un aire de malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Aunque el concepto es uno de sus hallazgos más serios e importantes, los nuevos videntes lo tomaban muy a la ligera. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de las clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.
 
– De conformidad con sus prácticas humorísticas los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca en el universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto, los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.
 
La segunda categoría consiste en algo menor que un pinche tirano. Algo que llamaron los pinches tiranitos; personas que hostigan e infligen injurias, pero sin causar de hecho la muerte de nadie. A la tercera categoría le llamaron los repinches tiranitos o los pinches tiranitos chiquititos, y en ella pusieron a las personas que sólo son exasperantes y molestan a más no poder.

(…)
 
Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar a uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.
 
Explicó que uno de los más grandes logros de los videntes de la época colonial fue un esquema que él llamaba la progresión de tres vueltas. Los videntes, al entender la naturaleza del hombre, llegaron a la conclusión indisputable de que si uno se las puede ver con los pinches tiranos, uno ciertamente puede enfrentarse a lo desconocido sin peligro, y luego incluso, uno puede sobrevivir a la presencia de lo que no se puede conocer.
 
– La reacción del hombre común y corriente es pensar que debería invertirse ese orden –prosiguió-. Es natural creer que un vidente que se puede enfrentar a lo desconocido puede, por cierto, hacer cara a cualquier pinche tirano. Pero no es así. Lo que destruyó a los soberbios videntes de la antigüedad fue esa suposición. Es sólo ahora que lo sabemos. Sabemos que nada puede templar tan bien el espíritu de un guerrero como el tratar con personas imposibles en posiciones de poder. Sólo bajo esas circunstancias pueden los guerreros adquirir la sobriedad y la serenidad necesarias para ponerse frente a frente a lo que no se puede conocer.

(…)
 
Aseguró don Juan que, en esa época, los videntes que sobrevivieron tuvieron que forzarse hasta el límite para encontrar nuevos caminos.
 
– Los nuevos videntes –dijo don Juan mirándome con fijeza- usaban a los pinches tiranos no sólo para deshacerse de su importancia personal sino también para lograr la muy sofisticada maniobra de desplazarse fuera de este mundo. Ya entenderás esa maniobra conforme vayamos discutiendo la maestría de estar consciente de ser.
 
Le expliqué a don Juan que lo que yo le había preguntado era si, en el presente, en nuestra época, los pinches tiranos podrían derrotar alguna vez a un guerrero.
 
– Todos los días –contestó-. Las consecuencias no son tan terribles como las del pasado. Hoy en día, por supuesto, los guerreros siempre tienen la oportunidad de retroceder, luego reponerse y después volver. Pero el problema de la derrota moderna es de otro género. El ser derrotado por un repinche tiranito no es mortal sino devastador. En sentido figurado, el grado de mortandad de los guerreros es elevado. Con esto quiero decir que los guerreros que sucumben ante un repinche tirano son arrasados por su propio sentido de fracaso. Para mí eso equivale a una muerte figurada.
 
-¿Cómo mide usted la derrota?
 
– Cualquiera que se une al pinche tirano queda derrotado. El enojarse y actuar sin control o disciplina, el no tener refrenamiento es estar derrotado.
 
-¿Qué pasa cuando los guerreros son derrotados?
 
– O bien se reagrupan y vuelven a la pelea con más tino, o dejan el camino del guerrero y se alinean de por vida a las filas de los pinches tiranos.”
 
Carlos Castaneda, del libro ‘El Fuego Interno’ (The Fire From Within, 1984)
 
Así pues, encontrarse con un pinche es una buena oportunidad, para ver, para sacar lo que estaba sin resolver, para encontrar lo perdido, para atravesar aquello que nos da miedo. Y la verdad es que no es nada agradable, de hecho, es como una pequeña muerte, como un parto del que no sabes a ciencia cierta el resultado.
 
He tenido muchos pinches tiranos, de hecho, aunque no lo supiera, tuve que vivir con ellos muchos años. Lo que no sabía era que formaban parte de mi camino, que eran una ocasión para tirar del hilo, más y más, y más todavía, hasta encontrar dentro de uno lo que había atraído, llamado al tirano. Son proyecciones donde se mezclan la sombra y la realidad, el recuerdo y el presente. Una machada que pide que salgas corriendo lo más rápido posible, y en la que casi no es posible luchar.
 
Lo que nadie te dice es que de quien huyes es de ti mismo, y que nunca vas a correr lo suficiente.
 
fuente http://respirandovida.blogspot.com.ar/2007/08/un-pinche-tirano-es-alguien-o-algo-que.html

El norte robó sus semillas. Diez ejemplos de biopiratería

Los nativos las utilizaban en ritos, para relajarse, como estimulante…El «hombre blanco» las patentó como crecepelos o para el párkinson.Todas por apenas nada
 
Imagine que un indio amazónico se presenta en una oficina de patentes con un diente de ajo y solicita su registro porque ha descubierto que es muy beneficioso por su poder bactericida. Imagine también a un agricultor mexicano patentando en EEUU las hamburguesas de McDonalds porque le han curado la anemia. O a un filipino tratando de registrar el sushi japonés porque le ha reducido el colesterol. ¿No le resultaría extraño?
 
Sin embargo, esto sí sucede a la inversa: un norteamericano es el dueño de un sacramento indígena; un japonés posee la exclusiva del nombre de un fruto usado en Brasil durante milenios; y un italiano patenta una vacuna que le aplicaron miembros de una tribu amazónica.
 
Eufemísticamente, se podría decir que estos son los daños colaterales de la globalización. Se estima que las plantas medicinales provenientes del Sur y utilizadas por la industria farmacéutica del Norte suponen 40.000 millones de euros anuales. Los primeros descubren las plantas. Los segundos, sus preparados. Pero a aquéllos apenas les llegan las migajas de los ingentes beneficios de las patentes registradas por multinacionales occidentales sin su consentimiento.
 
De eso es de lo que se habló esta semana en la ciudad brasileña de Curitiba durante la Conferencia del Convenio de Biodiversidad Biológica celebrada allí: repartir los réditos de las despensas naturales. ¿Quién controla a los biopiratas? CRONICA les presenta diez tristes ejemplos…
 
AYAHUASCA / Unico caso en el que una patente ha sido revocada
 
La Banisteriopsis Caapi es una liana amazónica utilizada por los indígenas para hacer una infusión que consumen como sacramento sagrado en sus rituales religiosos. En 1986 el norteamericano Loren Miller, presidente de la International Plant Medicine Corporation, obtuvo la patente 5.751, de la Oficina de Marcas de su país, tras asegurar que «era una nueva variedad descubierta en la selva ecuatoriana». En realidad le fue regalada por el jefe de la tribu de los Secoya. Tras una lucha sin precedentes, que logró unir a los indios americanos -que se manifestaron en Washington diciendo que era como si ellos registrasen la hostia cristiana-, la patente fue revocada en 2004.
 
MACA / El viagra natural de los Andes, en manos norteamericanas
 
La maca, Lepidium Peruvianum, es una planta que crece en la cordillera de los Andes, a más de 4.000 metros de altura, cuyas raíces tienen gran valor nutritivo y que siempre fue considerado como un afrodisíaco por los nativos. De hecho, en la actualidad se la llama popularmente viagra natural, ya que sus productos son promovidos como complementos sexuales y de fertilidad, creciendo su demanda en Occidente.Hace 25 años, los indios pidieron ayuda al Consejo Nacional de Investigación de EEUU para salvar a la planta de su extinción.Lo consiguieron a cambio de una patente adjudicada a la Biotics Research Corporation, de cuyos beneficios apenas les llega nada.
 
KAVA / Los nativos no pueden tomarla por la voracidad del mercado
 
La Piper Methysticum, un cultivo ritual del Pacífico, es un desintoxicante que se utiliza para aliviar el estrés. A comienzos de los 90 era desconocida, pero ahora se vende en una increíble variedad de formas. Incluso se está plantando en diversas partes del mundo. Por ello, la industria fitomedicinal de varios países -EEUU, Francia, Alemania y Japón- ha solicitado las patentes sobre el procesamiento, preparación y uso. L Oreal, por ejemplo, para la caída del cabello. El problema es que el aumento de precio por esta demanda ha hecho que los agricultores desvíen todas sus cosechas al exterior, por lo que sus usuarios ancestrales han recurrido al alcohol como sustitutivo.
 
CUPUAÇU / Si usted utiliza este nombre puede ser multado
 
El Cupuaçu, Theobroma Grandiflorum, es un árbol pequeño o mediano localizado en la selva tropical brasileña que pertenece a la familia del cacao y puede alcanzar hasta 20 metros de altura.Su fruta ha sido una fuente primaria de alimento en la selva tropical para habitantes indígenas y para animales. La compañía japonesa Asahi Foods la ha patentado y su supuesto inventor es el señor Nagasawa Makoto. Además, registraron también el nombre de la planta como una marca para varias clases del producto (inclusive chocolate) en Japón, en la Unión Europea y en EEUU. Así cualquiera que use este nombre tradicional indígena puede ser multado con 10.000 euros.
 
CURARE / La que más dinero ha dado a las multinacionales
 
La hierba Chondodrendon Tomentosum fue utilizada durante siglos con sigilo por los indios amazónicos para hacer un veneno con el que untan sus flechas para inmovilizar a sus presas. Sin embargo, después de que fuese aislado su ingrediente activo, el d-tubocurarine, en 1942 fue patentado por los laboratorios Glaxo y Wellcom y usado en la producción masiva de relajantes musculares y anestésicos quirúrgicos. Su aplicación supuso una revolución en la cirugía moderna. Es uno de los productos que más dinero ha generado a la industria farmacéutica y, que se sepa, no ha revertido nada a las tribus amazónicas que, ahora, reclaman sus derechos.
 
MAIZ OLEICO / Un alimento fundamental monopolizado por una empresa
 
DuPont, multinacional señalada por Greenpeace como «líder mundial en biopiratería» por haber registrado 150 organismos vivos, ha solicitado ante la Oficina Europea de Patentes la propiedad de una antiquísima y conocidísima variedad centroamericana de maíz de alto contenido oleico. De aceptarse tal patente, DuPont se haría con un virtual monopolio maicero global. La variedad de maíz patentada fue obtenida con procedimientos convencionales de hibridación y un tratamiento químico para provocar cambios genéticos. Tanto Greenpeace como el Gobierno mexicano han recurrido esta patente para evitar que todo el que use este maíz tenga que pagar a la multinacional.
 
MIRRA / El tesoro de los Reyes Magos es ahora japonés
 
Si los Reyes Magos levantasen la cabeza, verían con vergüenza como la Commiphora Molmol, el nombre de la mirra que regalaron al niño Jesús, pertenece ahora a un ciudadano japonés llamado Aamedo Ari Masoudo, que la patentó. Su uso tradicional para hacer perfumes, medicinas y embalsamamientos se remonta a los antiguos egipcios y actualmente es usada en el tratamiento de la esquistosomiasis, males en las encías o estómago. Se trata de una resina aromática exudada por árboles del noreste de Africa (Somalia), Arabia y Anatolia (Turquía). En la antigüedad valía más que el oro y, hoy, las empresas japonesas están ganando mucho dinero con ella.
 
FRIJOL AMARILLO / Lo patentaron y prohibieron venderlo a sus dueños legítimos
 
El caso de la patente sobre el frijol Enola tiene un lugar especial en el salón de la infamia de la biopiratería. El propietario de la patente -otorgada en abril de 1999 con el número US 8.894079-, presidente de una compañía semillera con sede en Colorado, Larry Proctor, la obtuvo sobre una variedad de frijol amarillo de origen mexicano, de alto valor nutritivo. Proctor compró una bolsa de frijoles en México, los plantó en su país, e hizo varias selecciones.Poco después, armado con su patente, acusó a los agricultores mexicanos de que estaban infringiendo su monopolio porque los vendían en EEUU y les impidió su comercialización. El asunto sigue en los tribunales.
 
KAMBO / La vacuna del sapo ha puesto en peligro a esta especie
 
El sapo verde o phyllomedusa bicolor es la mayor especie de este anfibio en la Amazonia. Segrega una sustancia utilizada en la llamada vacuna del sapo que aplican los indios del Valle del Juruá, en Brasil, para reforzar el sistema inmunitario. Los científicos han hallado en él propiedades antibióticas, contra el párkinson, el sida, la isquemia y el cáncer. Incluso han aislado dos sustancias, la dermorfina y la deltorfina, que venden por internet. Actualmente, hay auténticas peregrinaciones de occidentales enfermos hacia la selva en su busca. Un médico italiano la patentó hace años tras probarla él mismo y, como en el caso de la Ayahuasca, los indios se han movilizado.
 
ARBOL DEL NIM / La propiedad es de quien lo investiga, no de quien la usa
 
Para mucha gente en La India la Curcuma Longa, o árbol del Nim, es un remedio mágico que todo lo cura. Durante miles de años, esta raíz anaranjada se ha empleado para el tratamiento de desgarramientos musculares, esguinces, inflamaciones y tratamiento tópico de heridas. La cúrcuma es un elemento de uso ancestral en la medicina ayurvédica. En 1995 se otorgó a dos científicos de la Universidad de Misisipí una patente estadounidense de uso alegando que no se había investigado científicamente sobre sus aplicaciones.Pero el Gobierno de La India desafió la patente, que consideraba un robo descarado, y consiguió su revocación momentánea.

Juan C. De la Cal
2006
 
fuente http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2006/544/1143928806.html

Texto en PDF

Las enfermedades de la civilización

Así como la polución microbiana del agua solía ser responsable de muchas enfermedades entre nuestros antepasados, la polución química del aire está convirtiéndose ahora en un gran problema de salud pública. Los vapores químicos de las fábricas y los escapes de motores de los vehículos están causando una gran variedad de desórdenes patológicos que amenazan con aumentar en frecuencia y gravedad. Ellos pueden originar problemas de salud graves y generalizados en un futuro próximo. Y hay razones para temer que diversos tipos de radiación disociada añadan pronto sus imprevisibles efectos de largo alcance a esta patología del futuro.

Por René Dubos

Continue reading “Las enfermedades de la civilización”

Facebook y el declive del hombre privado

Una aproximación a los nuevos modos de construcción autobiográfica

Los cuentos infantiles que empiezan con “había una vez” tienen la finalidad de situar al oyente en otro tiempo, espacio y lugar; alertan, con un código ya conocido, que todo lo que se relate a partir de esa frase es del orden de lo improbable porque cualquier cosa puede pasar en una realidad que no obedece a ninguna lógica. Y es por eso que una vez que se enuncia, aparecen hadas, duendes, caballos parlantes y seres imposibles.

Un efecto similar sucede cuando se recorren las primeras páginas de un libro emblemático de los últimos cuarenta años. En 1974, Richard Sennett publicaba El declive del hombre público ofreciendo un sombrío diagnóstico acerca de, justamente, el deterioro de los lazos sociales en las sociedades modernas. La inquietante cita a Tocqueville, al inicio, no dejaba lugar a los matices, afirmando que: “Cada persona retirada dentro de sí misma se comporta como si fuese un extraño al destino de los demás. Sus hijos y sus buenos amigos constituyen para él la totalidad de la especie humana. En cuanto a sus relaciones con sus conciudadanos, puede mezclarse entre ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente; él existe solamente en sí mismo y para él sólo. Y si en estos términos queda en su mente algún sentido de familia, ya no persiste ningún sentido de sociedad” (Sennett, 1976).

Y, sin embargo, si hace cuarenta años, la tendencia era hacia una introspección de la vida privada, si todo hacía suponer que la brecha entre lo público y lo privado no sólo se volvía cada vez más evidente, sino menos irreconciliable, la escena de los comienzos del siglo XXI ofrece una imagen inimaginable salvo en películas de ciencia ficción. Lo que ha sucedido a partir de la irrupción de las redes sociales es un proceso doble, tal vez triple, o infinito. Porque estas nuevas tecnologías han captado algo que ya venía asomando, en coincidencia con “El declive del hombre público”: la espectacularización de la vida cotidiana.

En 1967, Guy Debord publicaba la primera versión de La sociedad del espectáculo, donde, en una de sus primeras tesis afirmaba que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes” (Debord, 2005). Señalar esto de manera temprana no hacía más que alertar acerca de las consecuencias del crecimiento y desarrollo de los medios de comunicación de masas y su consumo ilimitado por enormes poblaciones citadinas que quedaban obnubiladas por las pan tallas de rayos catódicos entrando al living de sus casas, su ámbito privado. Porque justamente lo que produjo la llegada de la TV no fue el consumo de imágenes en movimiento. Eso existía desde principios de siglo XX por- que el cine ya había hecho lo suyo.

La televisión trajo otra cosa, ella produjo el anudamiento entre las imágenes mediáticas y el ámbito privado. El mundo, cada vez más íntimo y privado, comenzó a cerrar puertas y ventanas pero dejó el espacio para la pantalla, como ven- tana virtual que muestra pero no obliga a mostrar, sino todo lo contrario – no olvidemos que una TV excesivamente interactiva resultaría inconveniente. Así, la televisión en los albores de la década del ‘70 fue absolutamente funcional a un mundo que al replegarse cada vez más, empezaba a ofrecer imágenes del mundo público, de lugares remotos, de historias ajenas, aliviando la tensión de la no interacción con los otros.

Al fin y al cabo, Debord vislumbraba que la espectacularización no tenía como fin duplicar nada, sino establecer nuevos lazos sociales, acordes con las nuevas épocas. En síntesis, si el proceso de repliegue quedaba ligado a la construcción del espectáculo, el resultado era uno, pero especialmente unidireccional. Cada lado de la pantalla jugaba con sus propias reglas. No es novedad para nadie que este nudo, que parecía armado con la precisión de un marinero experimentado, comenzara a aflojarse con la aparición de Internet. Lo que la red global produjo, unas décadas después de la irrupción de la TV en todos los livings, en primera instancia, estaba claro, era la interactividad. A partir de ese momento, la relación fue bidireccional: además de recibir, ahora comenzaba a emitirse. La creciente democratización de esta tecnología revolucionó los conceptos de comunicación, y por ende de las relaciones sociales.

Los fines de la década del ‘90 se encontraron con la evidencia de que si antes la imagen de la pantalla plana era exclusividad de celebrities y astros internacionales, ahora, con la posibilidad de las nuevos modos de comunicación, era posible verse en fotografías digitales que luego eran enviadas ya no a direcciones postales, sino que por medio de un signo @ tomado originalmente del árabe, el envío era virtual y tardaba unos pocos instantes en hacer el recorrido entre emisor y destinatario. A esta altura ya resulta un poco pasado de moda hablar de virtualización del cuerpo. Indignarse, por ejemplo, porque a fin del siglo XX, la gente prefería encerrarse en salas de chat en lugar de interactuar en lugares públicos, ya suena vintage.

Y su antigüedad no reside solamente en que estos modos de relación ya son moneda corriente, sino en que estos mecanismos eran coherentes con el proceso de repliegue. La ecuación era clara: a mayor crecimiento del área de lo íntimo, menos relación con el exterior, y en consecuencia, mayores relaciones virtuales, con todo lo que eso suponía. Si el dispositivo telefónico ya había excluido los gestos de la interacción (la materialidad corporal), estos nuevos modos aplanaban la imagen, reemplazando letra escrita por voz, volviendo todo mucho más ambiguo. Una relación de chat podía parecerse más a dos buzos en el fondo del mar, avanzando a tientas, sin más sentido que el de la intuición.

Y entonces llegaron las redes sociales
 
Si la historia fuera un proceso lineal, entonces todo habría sucedido según una creciente tendencia de aislamiento combinada con una cada vez más evidente virtualización de las relaciones sociales. En “La posibilidad de una isla” , Michel Houellebecq imagina ese mundo virtual hasta sus últimas consecuencias en una escena donde pixela, con su correspondiente código binario, la imagen de los labios de una vagina de alguien que está igual de encerrada que su aparente compañero sexual, que la observa del otro lado de la pantalla. Y sin embargo, las cosas han sucedido de una manera menos previsible. Tal vez porque como alguna vez dijo Althusser parafraseando a Lenin, la historia avanza por el eslabón más débil. O quizás porque la subjetividad moderna, en su faceta técnica, conserva y presenta sus costados más azarosos. La fisura llegó de la mano de las conocidas redes sociales. Y si bien existen muchas y cada una afecta a otro aspecto del modo de las relaciones sociales, no quedan dudas de que es Facebook la que evidencia con más claridad las consecuencias de este fenómeno que nació hace menos de siete años.

En este corto período de tiempo ha presentado, como si fuera un prisma, múltiples cuestiones que, cada una a su tiempo, resultan emblemáticas de nuestra época. Aunque no sea el objetivo de este artículo relatar la historia de sus orígenes, no puede dejar de mencionarse que la idea de armar un libro de caras virtual la tuvo un tímido estudiante universitario, tomando a su vez, lo que ya existía en su versión papel.(1) Lo que este nuevo libro ofrecía no era ni más ni menos que la virtualización del conocido anuario, para que al tiempo que los estudiantes actuales, sus compañeros de Harvard, pudieran “conocerse las caras”, viejas generaciones de egresados, que probablemente tuvieran el suyo en algún cajón, no sólo pudieran tener un revival de esas épocas de estudiante, sino que interactuaran con aquellos que alguna vez habían compartido un aula. En todo caso, en sus inicios, Facebook no ofrecía más que una nostalgia virtualizada.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que el “genial invento” se viralizó y la red incluyó, además de viejos compañeros de estudio, nuevos modos de relación, construyendo novedosas alianzas. De todos modos conservó algo que la diferenció de otras redes. Porque si al comienzo los usuarios daban de alta sus perfiles con datos verdaderos, lo hacían porque era el único modo de encontrar y ser encontrados, ese diferencial se sostuvo, aun cuando los nuevos contactos ya no eran necesariamente viejos conocidos. La lista de “contactos” se volvió más ecléctica, perdió su carácter nostálgico y se transformó en algo que su inventor, en sus inicios, no pudo imaginar. Facebook , un par de años después de su invención, aunque seguía conservando su eslogan(2) como manera de recordar su “espíritu original”, le dio un sentido específico a ese reencuentro.

Al fin y al cabo, ¿cuál es el sentido de encontrarse con gente a la que se le ha perdido la pista hace veinte años? Podrían ensayarse muchas respuestas y probablemente todas válidas, pero no puede negarse que uno de los signos de esta red es la de ver y ser visto. En este soporte, las imágenes tienen una relevancia que las distingue de otras redes. Porque aunque el prisma facebookeano ha ido mostrando luz en diferentes caras, siempre, desde su inicio, ha conservado la impronta de “mostrar” con su soporte privilegiado: la imagen digital. Y si nuevamente se intentara hacer una historia, desde los primeros daguerrotipos hasta la actualidad, nada habría de lineal.

No sólo porque la captura de imágenes fue sufriendo transformaciones en sus dispositivos, sino porque junto con los aparatos, fueron variando las funciones. Lo que en principio surgió como sustituto de la pintura, imponiendo su impronta de realidad, fue convirtiéndose, en representación de ésta, ante miles de ojos entrenados en construirla según la composición del ojo mecánico primero y electrónico después.(3) Lo que la fotografía realmente revolucionó no fue la reproducción masiva de la realidad, sino la mediatización de ésta misma, y esta tendencia vino de la mano de la prensa escrita y también de otros medios masivos de comunicación. Pero, como se mencionaba unas líneas más arriba, la linealidad de las imágenes masivas vuelve a encontrar sus límites ante Facebook.

Si la segunda mitad del siglo XX encontró al hombre replegado en su ámbito privado, si la televisión contribuyó a mediar el contacto con el mundo exterior, si la aparición de Internet ahondó aún más en la intimidad como bien, hasta para el contacto más íntimo, Facebook quebró la lógica aun en las zonas donde el celo por lo privado había colonizado los lugares más evidentes y menos discutidos. De pronto resultó ser que ni la intimidad ni el celo por lo privado valían tanto como lo pensaba Sennett. Y tanto puso en duda, que hasta obligó a preguntarse por la propia construcción de la subjetividad. En poco tiempo, miles de personas se vieron “interpeladas” a abrirse un perfil, poner datos sobre el estado civil, seña- lar su religión, creencias políticas, gustos literarios y de los otros, y coronar todo con una “foto de perfil”.

Una imagen, que por supuesto, fuera lo menos parecida a la tradicional foto carnet del documento de identidad. Más bien, esta foto debía ser una ventana al mundo privado de cada uno. Algo atrayente para los miles de usuarios ávidos de privacidad ajena. Claro que al comienzo no fue cualquier ajenidad, sino la de aquellos viejos amigos a los que se les había perdido el rastro después de los años escolares y a los que era necesario mostrarles qué había hecho el tiempo con cada uno o en el mejor de los casos, que había hecho cada uno con el paso del tiempo. Y como el período de tiempo pasado era el del pasaje de la infancia o adolescencia a la adultez, no fue de extrañar que los primeros álbumes mostraran familias sonrientes compuestas por parejas aceptables de la mano de pequeños niños, embarazos con fondo de jardín y pileta. Claro que tampoco faltaron los autos, las oficinas vidriadas y las mas- cotas de aquéllos, que para bien o para mal, no mostraban más compañía que ellos mismos, dedicándose a escalar, en algunos casos, hasta el Aconcagua. De ese modo, todo el andamiaje construido alrededor de lo privado no sólo terminó de derrumbarse, sino que se puso en duda, incluso su posible existencia. Cada uno desde su propio “muro”(4) se abocó a la original tarea de construirse una nueva identidad hecha de fragmentos de frases, comentarios, “posteos”, especialmente soportados por fotos.

Al fin y al cabo, ya lo dice el dicho: “una imagen vale más que mil palabras” y cada miembro de la red social puso especial empeño en eso. Pero lo fundamental en este fenómeno, queda claro, fue la casi total anulación de lo privado. Poco queda del repliegue, cuando cualquiera mientras desayuna se autofotografía tomando el primer sorbo de café y escribiendo un “buen día para todos”. Y eso, que podía parecer un poco obsceno al comienzo, fisgonear en la cara del recién levantado o hasta en la decoración parcial de la cocina de la casa que nunca se había visitado personalmente, de a poco fue convirtiéndose en moneda corriente, el ojo voyeur ya no tuvo problemas en admitir su interés por la irrelevante vida ajena.

Tal vez, como una especie de consuelo, del tipo que brindan los psicoanalistas, sobre la evidencia de la falta propia primero y ajena después. Sea como fuera, lo cierto es que Facebook , que había sido pensado originalmente como una herramienta de reencuentro en un mundo exclusivamente privado, fue mutando hacia zonas más extrañas, menos coherentes con el proceso de subjetivización propio del siglo XX. Tal vez porque lo que esta red puso en duda fueron las categorías de lo público y su opuesto, pero también aspectos más relacionados con lo íntimo y con el modo de (auto) narrarse ante uno mismo y ante los otros.

La narración autobiográfica

Afirmar que los fines del siglo XIX y comienzos del XX marcan un punto de inflexión en la historia del pensamiento moderno no es ninguna novedad. Muchas veces se ha dicho que fueron Marx, Freud y Nietzsche aquellos “hijos bastardos” que pusieron a la Razón en entredicho y con ese gesto arrastraron al hombre, que hasta ese momento ocupaba cómodamente el centro, a zonas más hostiles, lejos de la certeza y tranquilidad el conocimiento y dominio de la naturaleza. La oposición sujeto objeto, que tan bien les había venido a los naturalistas desde Descartes en adelante, se ponía en duda con tres conceptos: ideología, inconsciente, invención, especialmente porque los tres indicaban que el hombre no era (del todo) dueño de sus actos. La peor noticia fue que el centro rector no podía ser representado, o por lo menos no de la manera tradicional.

El inconsciente freudiano y su consecuente “cura por la palabra” revelaron que el lenguaje, lejos de ser una herramienta de comunicación, era aquello que “hablaba por el hombre” y que en su desarrollo había menos de voluntad confesional y más de develamiento de lo desconocido por éste. Y era precisamente, con la ayuda de la escucha del analista, que era posible descubrir estos núcleos traumáticos y reprimidos. Si bien los modos en los cuales esa manera de narración fue cambiando a lo largo del siglo XX no es el tema de este artículo, podría establecerse una relación entre esta cuestión y lo desarrollado hasta aquí, relación sostenida en la hipótesis de que las redes sociales contribuyen a construir un tipo de narración autobiográfica, apoyada especialmente en las imágenes digitales. Ahora bien, decir que en las fotos que se suben, se elige qué mostrar o que se busque aquella que favorece al interesado no resulta ninguna novedad y no tiene más valor que el de la evidencia.

Lo que podría resultar relevante, y en un punto curioso, es el modo en el cual estas imágenes se van hilando, a la manera de un tapiz que con cada puntada cuenta su “lugar en el mundo” desde un sitio particular, y sin precedentes en la historia de la modernidad. En ese sentido, tal vez las redes sociales no fueron las responsables de modificar drásticamente las relaciones entre lo público y lo privado, sino que fueron ellas las que pusieron en evidencia que el ciudadano común, el oficinista gris, la empleada del shopping, ya no se resignaba a permanecer en el anonimato y que a partir de su ingreso a la red también tenía derecho a sus quince minutos de fama. Pero no fue sólo eso, porque su reclamo al derecho a la popularidad habría durado lo que un suspiro. Lo que perduró, en este proceso, fue otra cosa: a partir de cierto momento, ese ciudadano común y anónimo, que mantenía bajo siete llaves su privacidad, que tenía su correspondencia a salvo, amparado incluso por leyes y que sus asuntos íntimos eran, a lo sumo, confesados al cura o al terapeuta, de pronto, se volvió conocido para todos los integrantes de su red social, y contrariamente a la lógica del celebrity, del cual, toda información sobre su vida privada es “robada” por un paparazzi indiscreto y a costa del propio interesado, aquí, la comunicación del acto más íntimo, se transforma en voluntario. Un escenario que claramente no encuentra sus precedentes en las sociedades disciplinarias de Foucault pero tampoco en las de control deleuzeanas.

Porque ambos autores coincidían, aunque se refirieran a distintos momentos del desarrollo técnico social, en que el control siempre venía del exterior. El Estado o la Empresa se constituían como aquellos agentes que, por medio de diferentes mecanismos, explícitos o implícitos (torres de control, ojo humano, cámaras de circuito cerrado o micrófonos), vigilaban aun a pesar del propio vigilado. Pero aquí todo sucede en otro sentido. Las fotos que se exhiben no sólo son elegidas y subidas por el mismo usuario, sino que se muestran con la lógica de la autobiografía. En Facebook , todo sucede como si cada perfil fuera una hoja en blanco donde contar una historia, una línea de vida. Y tan bien supieron interpretar este uso, no planificado al comienzo, que sus ideólogos, a mediados de 2012 cambiaron el tradicional “muro” por la “biografía”, un (no del todo logrado) diseño donde lo publicado se va ubicando en una línea de tiempo desde el momento del nacimiento hasta la actualidad.

Este acontecimiento permite delimitar un campo de relaciones particular porque liga la  narración autobiográfica, propia del siglo XX, con su impronta de reconstrucción subjetiva, la restitución (fallida) de restablecimiento del yo en el relato, al proceso de repliegue de lo privado. Así, las redes sociales se erigen como nuevos soportes para un (nuevo) intento de construcción identitaria. Pero si el gesto ya había sido propuesto por la confesión primero y por el diván freudiano después, en ambos casos, claro está, todo sucedía en la intimidad, en el resguardo del secreto profesional, y su valor estaba precisamente en esto: en que todo lo contado en ese ámbito era confesado porque no trascendería, porque había algo de la esfera de lo más íntimo que necesitaba ser dicho para, en el mejor de los casos, permitirle al sujeto, sufriente, aceptar, revertir o luchar contra eso.

El psicoanálisis lo llamó síntoma y no por casualidad fue Lacan el que advirtió que su base era menos patológica y más estructural. Pero entonces llegó Facebook y quedó claro que las cosas ya nunca volverían a ser lo mismo. En primera instancia, al perder de vista la diferencia entre lo público y lo privado, todo se volvió más plano. Lo que el sujeto es, es lo que se ve. El creciente desarrollo de la fotografía digital y su uso doméstico fueron la nueva herramienta privilegiada para este relato. Reemplazó la voz primero, la mano, la lapicera y hasta los teclados, aunque se deba reconocer que estos últimos le fueron funcionales a la imagen, anclando, a la manera barthesiana, el sentido de todo lo exhibido en la pantalla(5). Ocupó con su aparente espontaneidad cualquier atisbo de duda sobre la manipulación de las imágenes. La foto captada hasta por un teléfono móvil logró superar la sospecha que los televidentes más avezados han logrado percibir ante cada cosa que se muestra.

Todo lo que el usuario sube, al hacerlo con un formato “no profesional”, construye el efecto de sentido de lo verdadero, de lo que siempre estuvo allí, al tiempo que logra la identificación de aquel que ve. De esta manera, la narración autobiográfica, erigida como terapia psicoanalítica, género literario, o cualquier manifestación subjetivo-artística, perdió, parafraseando a Walter Benjamin, su aura, para volverse algo que cualquiera no sólo puede componer, sino consumir. Y tal vez en esto resida uno de los núcleos principales de todo lo expuesto hasta aquí. Porque si por un lado la subjetividad se aplana en las imágenes que se eligen subir, ellas son tomadas y exhibidas con un solo fin: la mirada de los otros.

Si a partir de Freud, la voz propia se volvió elemento fundamental de relato del inconsciente, ésta tenía la función de activar aquellas zonas reprimidas. Todo sucedía como si la relación paciente-analista fuera una ficción para que el primero creyera que le hablaba a alguien cuando en realidad era a él mismo al que iba dirigida su voz. Se intentaba que el analista, por medio de su escucha privilegiada, captara las frases, pero también los silencios y las escansiones en el lenguaje y que reflejara, como un espejo, al hablante su propio núcleo traumático. Pero en la narración de imágenes, las cosas son distintas.

La autobiografía se construye con premeditación. Las fotos son tomadas con una intencionalidad y se piensan como eslabones de relato a los otros. Desde el comienzo están teñidas de prejuicio por la reacción del ojo ajeno. Como un modo, incluso de enrostrar ese eslabón icónico en un modelo de vida que seguramente reflejará los modos correctos del “deber ser”, de aquello que se supone que espera la sociedad de cada uno de sus miembros, acentuando, en el mejor de los casos, la idea de un sujeto productivo en el ámbito que sea. Y esto habilita a dejar abiertas algunas preguntas que se han ido formando a lo largo de este desarrollo, especialmente aquellas que cuestionan los modelos de subjetividad formados a la luz de las nuevas herramientas tecnológicas. Porque si tal como recuerda Murray Bookchin en “La ecología de la libertad” la relación entre técnica y sociedad es insoslayable, entonces, este nuevo modo de construcción subjetiva, fuertemente mediado por las imágenes virtuales, propondrá, claro está, nuevas formas sociales.

Pero como lo nuevo siempre conserva improntas de lo anterior, esta configuración mantiene las necesidades de construcción subjetiva social, especialmente la del sujeto productivo, centrado y asegurando, en todo momento, la conservación y reproducción de la especie. En las fotos elegidas para construir la línea del tiempo, probablemente, habrá parejas, hijos, trabajos, vacaciones y frases que acompañarán todo eso que está ahí. Incluso reflexiones sobre la vida, frases de autoayuda, que, aunque suene redundante, podrían servir a cualquiera. Y todo eso sostenido en la aceptación de los otros. Tampoco faltarán alusiones a momentos clave de la autobiografía: nacimientos, casamientos, primer día de clases de los hijos, boletines de calificaciones escolares, registro del momento en el cual el pequeño lleva la bandera, mete un gol o sopla las velitas, pero también despidos laborales, desengaños amorosos y hasta muertes de seres queridos, todos expuestos como una gran vidriera de catarsis colectiva.

En ese sentido, Facebook ofrece la opción “me gusta” para señalar que el usuario comulga con algo de lo que se ve en el muro, ya sea propio o ajeno. Y por supuesto, “megustear” en muro ajeno es un gesto del buen ciudadano virtual, de agradable compañero social. Claro está, coleccionar una enorme cantidad de aprobaciones ajenas es la mejor manera de testear la aceptación, o no, en la mirada de los otros. Es por eso que a pesar del atravesamiento del fantasma de lo privado, que más allá de las evidentes transformaciones en los modos de relación y exhibición ante los demás, incluso teniendo en cuenta el posible derrumbe de las barreras del pudor y el celo por lo íntimo, podría aventurarse que la frase sartreana conserva plena vigencia. No se puede negar, el infierno siguen siendo los otros.

Ingrid Sarchman*
Revista Artefacto

notas:
1) Si bien existen infinitas versiones acerca del origen de Facebook, una versión acotada puede leerse en http://www.cad.com.mx/historia_de_facebook.htm, visitado el 29 de enero de 2013.
2) Durante los primeros años el eslogan de Facebook era algo así como“ Reencuéntrate con viejos amigos de la escuela, del trabajo y de tu ciudad”. Este eslogan cambió en 2012 por “Conecta con tus amigos más rápido, estés donde estés”.
3) Una interesante reflexión sobre la función de la fotografía es desarrollada por el ya clásico Ante el dolor de los demás de Susan Sontag (2000).
4) Existe una copiosa terminología alrededor de las redes sociales en general, dependiendo de las herramientas que se usan para tal fin. Un resumen de estos puede leerse en http://www.josemorenojimenez.com/2012/06/04/facebook-para-principiantes-terminologia-basica, visitado el 29 de enero de 2013.
5) Paralelamente al desarrollo de Facebook, se fueron multiplicando los blogs. Nacidos como alternativa a las páginas webs tradicionales, cualquier usuario puede tener su propio lugar web para escribir lo que le venga en gana. La oferta es infinita, pero lo que diferencia un blog exitoso de uno que no lo es, es la cantidad de seguidores y por ende de “interactuantes” con aquello que se escribe para que otros lo lean. Es curioso porque en entrevistas a “blogueros famosos” muchos afirman que comenzaron a escribir a modo de diario íntimo. Si omitimos el detalle de que este diario era potencialmente leído por cualquiera, el blog tiene una fuerte impronta terapéutica, más parecida a la confesión o al análisis. Un caso emblemático fue el blog “Ciega a citas” de Carolina Aguirre que luego de ser publicado como libro fue llevado a la televisión http://ciegaacitas.wordpress.com.

Bibliografía Bookchin, Murray (1999). La ecología de la libertad. Surgimiento y disolución de la jerarquía . Madrid, Mostoles. Debord, Guy (2005). La sociedad del espectáculo . Barcelona, Pre Textos. Houellebecq, Michel (2005). La posibilidad de una isla . Barcelona, Alfaguara. Sennett, Richard (1976). El declive del hombre público. Barcelona, Ediciones Península. Sontag, Susan (2000). Ante el dolor de los demás. Madrid, Alfaguara.

fuente: Revista Artefacto www.revista-artefacto.com.ar

texto en PDF

Nosotros, los cobayos de Facebook

Investigadores de la empresa Facebook y de una universidad experimentaron con usuarios sin haberlos consultado. La especialista en cibercultura Marian Moya analiza ese falso hecho científico, la manipulación cotidiana hacia los internautas y la peligrosa tendencia a humanizar Internet. ¿Qué hizo la compañía de Zuckerberg desde que usó los datos para incrementar sus beneficios hasta que el escándalo se hizo público?

Imaginate que volvés de trabajar y entrás a tu Facebook a ver qué onda tus “amigos”. Y encontrás el post de un conocido que se dice triste porque se separó, una foto de un perro lastimado, otra de niños armados en Medio Oriente y un texto de alguien recordando a su padre muerto. Vas pasando posts y todos son deprimentes. Al mismo tiempo, otra persona encuentra en sus “Noticias” una foto de sus amigas sonrientes en medio de un festejo, un hermoso jardín con flores coloridas y dos conocidos posando para una selfie.

¿Cómo reaccionamos emocionalmente frente al contenido negativo en Facebook, en comparación con otra persona que ve posteos 100% positivos?. Estas fueron las dos situaciones a las que tres investigadores expusieron durante una semana, en Enero de 2012, a 689.003 usuarios estadounidenses de la red social y que sirvieron, supuestamente, para verificar la hipótesis de su trabajo.

“Para Facebook, somos todos ratas de laboratorio” tituló The New York Times su artículo sobre el escándalo científico. En poquísimas palabras, con una metáfora bastante aterradora, la frase resume los tres ejes del problema, que atraviesan la gran mayoría de nuestras interacciones virtuales: 1) la manipulación de la información proporcionada por los usuarios en sitios web y plataformas; 2) la inconsciencia y el desamparo de los usuarios en esa situación y 3) la tendencia a humanizar Facebook, Twitter, Internet y demás algoritmos como si se trataran de orwellianos Big Brothers, ya una metáfora-cliché por lo menos desde el caso Snowden. Los tres puntos nos conducen a una reflexión político-ideológica, sociológica y, por supuesto, económica. Cabe aclarar que estas dimensiones quedan enmascaradas detrás de la poderosa y mistificada fachada de la tecnología.

El “escandaloso” artículo

Una nota de color: al repasar la infinidad de crónicas, ensayos, posts en blogs, opiniones e interpretaciones variopintas, aparecidas en los últimos días, resulta apabullante la cantidad de actualizaciones de información sobre el tema. Pero las pocas que aparecen en defensa de los acusados actúan como paraguas que se abren después de que llovió: los cubren cuando ya están empapados. Revisemos los resultados de la investigación de Adam D.I. Kramer, investigador del staff de Facebook, y sus coautores, Jamie E. Guillory, hoy académico en la Universidad de California y Jeffrey T. Hancock, de la Universidad de Cornell.

En el sitio de Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS – Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de América), unas letras rojas anuncian:“Se ha publicado una corrección”. Esas letras se vuelven más protagonistas que el propio resumen del trabajo que las sucede. Tras descargar el texto completo, se lee un título, cuanto menos, sugestivo: “Expresión Editorial de Preocupación”. El editor presenta tres párrafos que aclaran (o advierten), acerca de esta “importante y emergente” área de investigación en ciencias sociales, que requiere ser abordada con “sensibilidad y vigilancia” en lo que hace a la privacidad personal. ¿En qué consiste el trabajo?

El abstract explica que los estados emocionales pueden ser transferidos a otros a través de “contagio emocional” (sic), conduciendo a la “gente” –sin especificar grupos etarios, sectores sociales, etc., tan sólo “gente”, cual masa homogénea- a experimentar las mismas sensaciones sin ser conscientes de ello. Facebook aplicó este experimento, dicen los autores, para testear si el contagio emocional puede darse fuera de una interacción personal, ante determinado contenido puesto en la sección Noticias de su plataforma. Durante la investigación, cuando las expresiones positivas eran reducidas, la “gente” producía menos posts positivos, y más negativos; cuando las expresiones negativas eran reducidas, se daba el patrón opuesto. La conclusión de los autores es que las emociones expresadas por otros en Facebook influencian las propias. Afirman tener “evidencia experimental” de un contagio en escala-masiva vía las redes sociales. Asimismo, sugieren que, en contraste con lo que se suponía, la interacción en persona y las señales no verbales no son estrictamente necesarias para el contagio emocional.

Y, por último, que la observación de las experiencias positivas ajenas constituye una experiencia positiva para la “gente”. En su texto afirman que “El experimento manipuló la medida en que la gente fue expuesta a expresiones emocionales en sus Noticias.” (la cursiva es mía).

Tras un fugaz examen del marco conceptual y la metodología propuestos, me atrevo a afirmar que el estudio en sí, de no haber mediado esta polémica, está muy lejos de representar un hito en los estudios de las ciencias del comportamiento aplicadas a las nuevas tecnologías, que ya de “nuevas” van teniendo poco. Kramer explica, con tono arrepentido en su descargo (vía Facebook, claro):

“El propósito de nuestra investigación en Facebook es conocer cómo proporcionar un mejor servicio. Tras haber escrito y diseñado yo mismo el experimento, puedo decirles que nuestro propósito nunca fue fastidiar a nadie. Puedo entender por qué algunas personas se sientan preocupadas por esto, y mis coautores y yo nos disculpamos por la forma en que el paper describió la investigación y cualquier ansiedad que ésta haya causado. En retrospectiva, los beneficios del paper podrían no haber justificado toda esta ansiedad.”

Kramer se equivoca (o se hace el ingenuo) al expresar que la preocupación se debe a la “descripción de la investigación”: el problema no es ese, sino la metodología aplicada para la recolección de datos. Por otra parte, surgen algunas dudas sobre la correlación entre el objetivo manifiesto –“proporcionar un mejor servicio”- y esa metodología propia del behaviorismo: inductivista, con tendencia a soslayar las condiciones sociohistóricas en que los fenómenos humanos se dan. Es decir, tratar la vida social como un mero asunto de laboratorio. Entonces, ¿manipular la información y, peor aún, las conductas y las emociones de los sujetos es una vía válida para “mejorar el servicio”? ¿significa al menos un avance para la ciencia?

La falsa asepsia de la ciencia

La propuesta de Susan Sontag, en su trabajo acerca de las enfermedades –cáncer, tuberculosis, sida- como metáforas, me llevó a asociar los contenidos de esta investigación con las discusiones posteriores. Las analogías inspiradas en las ciencias médicas son recurrentes. Por empezar, el concepto central del artículo, el “contagio” de las emociones, es un tropo que alude a la medicina. Asimismo, el mismo “consentimiento informado”, meollo de todo el debate, constituye un modelo extrapolado del campo de las ciencias médicas y biológicas.

La apelación a la medicina y a la biología confiere a la discusión un halo de rigurosidad, neutralidad, objetividad, precisión; atributos propios de las llamadas ciencias “duras”. La misma imagen de “ciencia aséptica” nos ubica en el escenario de los galenos. “La ciencia es neutral, prístina, incorruptible.” “La actividad académica no está reñida con la ética.” ¿Son realidades o prejuicios con carga positiva?

Entre los autores del artículo, quien queda más expuesto al vituperio, es Adam Kramer, en su rol de empleado de Facebook. Ya vimos su descargo. Sin embargo, es llamativo que las torres de marfil académicas se empeñen en defender lo indefendible de sus empleados Hancock y Guillory. Se entiende: Las instituciones universitarias suelen preservar a sus investigadores, ya que deben justificar las acciones que ellos realizan bajo su aval institucional, gracias a las cuales obtienen ingentes subsidios (al menos en EUA). En especial, cuando esas acciones cobran estado público. Cuando investigaban, Guillory y Hancock pertenecían a la Universidad de Cornell.

Cuando el debate se hizo público, Cornell fue acusada de no haber respetado los protocolos establecidos por su Institutional Review Board (IRB – Junta de Revisión Institucional), un comité de ética formalmente designado para aprobar, monitorear y examinar investigaciones que involucren a personas. Su principal objetivo es evitar que se produzcan daños físicos o psicológicos sobre los sujetos sometidos a observación. El argumento de los autores fue que el experimento era conducido por la empresa Facebook, para “objetivos internos”. Por eso, el IRB de Cornell determinó antes de la concreción del estudio que no entraría en su Programa de Protección de la Investigación Humana, aclaración avalada (¿qué duda cabe?) por la Universidad.

Estamos frente a una interesante tensión entre la ciencia, en su habitual intento por mantenerse aséptica, neutral, incorrupta, y las prácticas desreguladas en relación a estos asuntos en el ámbito corporativo. En este caso, la academia se lavó las manos amparándose en aquello. Este desequilibrio de responsabilidades entre academia y corporación, en un malabar retórico-legal, terminó favoreciendo a ambas.

Techie pero remanido

No hay nada nuevo bajo el sol, ni bajo el techo de las universidades, por más impolutas que pretendan exhibirse. Los antecedentes de casos reñidos con la ética en ciencias sociales costó años de reclusión a renombrados científicos. La ciencia “aplicada” fue denostada y estigmatizada por culpa de casos paradigmáticos. El primero, del campo de la psicología, es el famoso Experimento Milgram, sobre la obediencia a la autoridad, de 1963. Buscaba responder la pregunta del momento: ¿era posible que Eichmann y otros criminales de guerra sólo estuvieran cumpliendo órdenes? Si bien las motivaciones podrían ser entendibles, los métodos escogidos para responder a esa cuestión pudieron dañar psicológicamente a las personas implicadas. Es uno de los ejemplos por excelencia para ilustrar situaciones en que la ciencia rompe con la deontología. En el campo de la antropología, el actual proyecto Human Terrain System (HTS – Sistema de Terreno Humano) pone esta disciplina al servicio de los intereses político-militares estadounidenses en naciones extranjeras invadidas y genera los mismos debates que Milgram.

A favor de la empresa, en contra de los usuarios

En un comentario al pie de un blog, cuyo autor es partidario de estas “investigaciones” impulsadas por Facebook, se lee: “La empresa tiene intereses comerciales. Todo lo que obtenemos “gratis”, por algún lado lo tenemos que pagar. Es el mercado. Entendámoslo”.

Pero las argumentaciones en defensa de Kramer y sus coautores son débiles. Tal como afirma “codingconduct” ,en la “Política de Uso de Datos”, se lee que Facebook podría utilizar la información que recibe de sus usuarios “para operaciones internas, incluidos la solución de problemas, el análisis de datos, la investigación, el desarrollo y la mejora del servicio.” Pero, cuidado: este punto fue agregado a la Política en cuestión en Mayo de 2012: tres meses después del controvertido estudio. Por otra parte, esa sola frase parece un revoltijo de retórica corporativa (“mejorar el servicio”) y científica (“investigación”, “análisis”, “desarrollo”), contribuyendo a la confusión, la ambigüedad, y la ininteligibilidad propias de estos documentos legales, cuya aceptación es requisito ineludible para participar en determinados sitios. En definitiva, esa mixtura de lógicas acaba por favorecer los intereses de la empresa y por desproteger a los usuarios.

El consentimiento desinformado

Pero la mayoría de los que usamos redes sociales no solemos implicarnos en una “autogestión de la privacidad” ni en la “protección de datos”. Según estudios como “Privacy Self-Management and the Consent Dilemma” de Daniel Solove, esto pasa, en primer lugar, porque muy pocas personas leen la totalidad de los agobiantes términos de uso. A esta sencilla razón se suman varias otras, menos evidentes: 1) si las personas leen la totalidad de los términos y condiciones, no los entienden totalmente; 2) si los entienden, a menudo carecen del suficiente conocimiento para tomar una decisión fundamentada; 3) si los leen, entienden y están en condiciones de tomar una decisión fundamentada, esa decisión puede estar sesgada por otras variables (por ejemplo, cuando la información está descontextualizada, los marcos de referencia han sido simplificados, etc.); 4) los datos que hoy uno carga en Internet pueden ser inocuos, pero mañana podrían usarse en nuestro perjuicio (porque lo que sube a la red, “no baja nunca”) y la información específica que proporcionemos en un sitio, cruzada con información incluida en otro, potencialmente podría acarrearnos consecuencias nocivas.

Otro problema relacionado es, justamente, la focalización en el individuo aislado, principio básico de la ideología liberal, cuando se trata de un fenómeno producido (y consumido) socialmente. Nuestros comportamientos, decisiones y actitudes están condicionados por el contexto social, una dimensión poco explorada en la literatura sobre “privacidad” y “protección de datos” en la red.

La problemática del consentimiento informado, el rey de los embrollos aquí, es medular en esta crítica. Porque representa un protocolo estandarizado propio del ámbito de las ciencias médicas y biológicas (otra vez “las ciencias de la vida” marcándonos la cancha). Pero la extrapolación mecánica de ese modelo biologicista y experimental no encaja con las condiciones de producción de conocimiento de las ciencias humanas y sociales. El lenguaje de la biología y de la medicina, sus métodos de experimentación en ámbitos controlados como los laboratorios, la posibilidad del participante en el experimento de salir cuando quiera, difieren de las condiciones de trabajo empírico del científico social. En este caso, las interacciones entre las personas no son observadas bajo condiciones preestablecidas, sino que prima la espontaneidad: el comportamiento humano no es mensurable ni predecible. En suma, el entorno no es pasible de control y la única posibilidad asimilable a las pruebas de las ciencias médicas es decidir retirarse del experimento o directamente no participar en él. Los cobayos humanos de Kramer ni siquiera tuvieron estas opciones, porque desconocían que participaban del experimento.

¿Por qué Facebook quieren transformarnos en cobayos?

La investigación se llevó a cabo hace más de dos años (enero de 2012) y el debate nos sorprende recién ahora. ¿Qué hizo Facebook durante todo este tiempo con esa información? Ningún artículo de los tantos que hemos repasado sobre el tema alude a este punto. Pero recordemos un dato perdido en la inmensidad de los alborotos que van jalonando la historia facebookiana. En 2012, General Motors –por esa época, el tercer anunciante de EEUU, además de haber llegado a ser la empresa número 1 del mundo en términos de facturación- decidió cancelar su publicidad en la plataforma, aduciendo razones de baja “efectividad y rentabilidad”, exactamente la misma semana en que la plataforma de Zuckerberg protagonizara “la mayor salida a bolsa de la historia de Internet.” nota periodística .

Muchas interpretaciones, sospechas, y aún conclusiones fundamentadas pueden elaborarse con los argumentos, datos y situaciones expuestos aquí, y son dos los puntos que merecen cerrar el asunto.

En primer lugar, es necesario romper con el prejuicio de que la ciencia es neutral. Porque, no lo es. Detrás de la producción de conocimiento científico siempre existe una ideología, que a su vez, sustenta determinados intereses. Ese conocimiento científico es la materia prima para la elaboración y el diseño de políticas públicas y privadas. Una “política” se define como un conjunto de decisiones cuyo objeto es la distribución de determinados bienes o recursos. Esas decisiones pueden favorecer a unos grupos y/o afectar a otros. La decisión que toma Facebook es “mejorar el servicio”, pero ¿a quién favorece (y/o perjudica) esa política?

En segundo lugar, cuando decimos “Facebook”, estamos en realidad refiriéndonos a seres de carne y hueso, como Mark Zuckerberg y sus acólitos, incluido Kramer. Es hora de dejar las metáforas del “Big Brother” y otras entelequias a quienes no pueden responsabilizarse de las acciones de personas concretas.

“Internet no olvida”, leo en una nota sobre privacidad online en La Nación. Esta personificación de un objeto –Internet- no es inocente. Asignar a objetos como Facebook, Internet, computadora o celular, atributos humanos como inteligencia, capacidad de olvidar, y demás, conduce directamente a una mistificación de la tecnología. Mistificada y fetichizada, la tecnología no solo encubre las relaciones sociales que están por detrás de ella, sino también el riesgo de ocultar y desresponsabilizar a quienes toman decisiones perjudiciales para los demás.

La Ing. Roxana Saint Nom, experta en tecnología de punta en una empresa local, afirma: “La tecnología es tonta. En realidad, nunca una computadora puede ganarle a una persona porque siempre hubo antes otra persona que la programó.” He ahí que los hoy tan temidos algoritmos superpoderosos son, en realidad, apenas una secuencia de instrucciones que componen un modelo de solución para determinado tipo de problemas. Aunque las definiciones matemáticas no nos resulten siempre amigables, lo importante aquí es que esta manipulación de “instrucciones” se hizo, posiblemente, para buscar “soluciones” a problemas de Facebook, no de los usuarios. En otras palabras, ¿Facebook –sus propietarios y administradores- necesitaban “mejorar el servicio” en términos de sus intereses, es decir, cotizar en bolsa, ajustar o renovar sus estrategias ineficientes- de marketing y publicidad, fortalecer el control social sobre los usuarios-cobayos, a fin de que respondieran, casi “por reflejo pavloviano”, de manera funcional a esos fines?

No intento alimentar una teoría conspirativa. Sin embargo, todos estos aguijonazos podrían ser útiles para comprender cabalmente de qué se trata en realidad participar en las redes sociales. No tenemos por qué ser cobayos, siempre y cuando comprendamos que detrás de algoritmos, políticas de uso, y “muros de face”, no existe ninguna mano invisible del Big Brother. Es problable que sigamos siendo cobayos. Pero una actitud más reflexiva y atenta hará que Facebook nos encuentre, por lo menos, con los dientes más afilados.

Marian Moya*
Revista Anfibia

* Feliz estudiosa de las ciberculturas, dice que la totalidad de la vida de las personas está mediada por la tecnología: esas intersubjetividades están atravesadas por las variables etaria, de clase y de género. Por las mismas variables, dice, que están en la vida offline

fuente http://revistaanfibia.com/nueva/ensayo/nosotros-los-cobayos-de-facebook

texto en PDF