La locura del sujeto normal

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una antigua generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabia que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos.

Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. Prometeo entonces se aproximó a sus criaturas y les enseñó a subyugar a los animales y usarlos como auxiliares en el trabajo. Les mostró como construir barcos y velas para la navegación, les enseño a observar las estrellas, a dominar el arte de contar y escribir y hasta como preparar los alimentos nutritivos, ungüento para los dolores y remedios para curar las dolencias.

Pero Zeus, sospechaba de los humanos, ya que no fue él quien los creó. Por consiguiente, cuando Prometeo reivindicó para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y el desenvolvimiento emocional, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Prometeo resolvió frustrarle sus planes, con la intención de conseguir para los humanos ese precioso instrumento. Con un palo hecho de un pedazo de vegetal seco, se dirigió al carro del Sol donde a escondidas tomó un poco de fuego, trayéndolo para los seres humanos, entregándoles así el secreto del fuego.

Solo cuando por toda la tierra se encendieron las fogatas es que Zeus tomó conocimiento del robo de Prometeo, pero ya era tarde. Puesto que ya no podía confiscar el fuego a los hombres, concibió ahí para ellos un nuevo maleficio: les envió a Pandora, de una gran belleza, con una caja portadora de muchos males. Prometeo le advirtió a su hermano Epimeteo de no aceptar ningún presente de Zeus, pero Epimeteo no lo recordó y recibió con alegría a la linda doncella, abriendo la caja de los males los cuales se esparcieron rápidamente sobre la tierra. Junto a ellos se encontraba el más precioso de los tesoros, La Esperanza; pero Zeus le había encomendado a Pandora no dejarla salir y así fue hecho.

Los hombres que hasta aquel momento habían vivido sin sufrimientos, sin dolencias, sin torturas y sin vicios, comenzaron a partir de entonces a corromperse sin la Esperanza.
Después de esto, vengándose de Prometeo, le envío al desierto donde fue puesto preso con cadenas a una pared de un terrible abismo, sin reposo alguno, durante 30 siglos. Sufrió la amargura de que su hígado sea devorado por un Águila que venia cada día a la región para dicho fin, después de que el órgano se volvía a reconstituir ya que Prometeo era inmortal. Por fin llegó el día de su redención. Hércules al ver al águila devorando el hígado de Prometeo, tomó su flecha lanzándola sobre la misma. Enseguida soltó las cadenas y llevó a Prometeo consigo.

El mito de Prometeo simboliza esa luz, que bajando a la tierra intenta iluminar a los hombres, apartándolos de la oscuridad intentando con ello devolverles al camino de la solidaridad, es así que el sufrimiento de 30 siglos representa ese sacrificio del iniciado, a lo largo de la historia en el ejercicio difícil de liberar a los hombres de la ilusión. El mito esclarece la oposición entre las tinieblas y la luz, entre la conciencia y lo inconsciente del ser. Ser conscientes, significa ser dueños de sí mismo, de los propios pensamientos, de los propios actos, fallas y actitudes. Conocer el propio pasado, proyectar el futuro y estar en el presente con los otros humanos que nos constituyen.

Los muros invisibles

Hablar de los muros inmediatamente nos remite a los muros que se han instalado en el capitalismo mundializado para separarnos de los otros. Los otros son los diferentes, los bárbaros que nos confrontan con la ilusión del mundo feliz que nos ofrece la “economía de mercado”. Los bárbaros están allí para decirnos que ese mundo feliz no existe. Es una ilusión. Los invisibles se visibilizan para decirnos que ellos no participan de esa ilusión.

Sin embargo estos muros visibles hablan de otros muros invisibles que cercan nuestra subjetividad. Muros que se instalan en la subjetividad y nos llevan a la soledad y al aislamiento. Muros que nos separan de los otros y de nosotros mismos. Si el yo se construye en la relación con un otro humano como alteridad, la no existencia del otro lleva al sujeto a encerrarse en un narcisismo cuya negatividad lo empobrece emocionalmente. Estos muros me encierran en la violencia destructiva y autodestructiva, en la sensación de vacío, de la nada.

La cultura dominante somete nuestra subjetividad a través de lo que llamamos un exceso de realidad que produce monstruos. Esta realidad excesiva nos satura en una acumulación de objetos fetiches que nos lleva a una colisión de exceso de tiempo y de exceso de espacio. El tiempo subjetivo va mucho más rápido que las agujas del reloj. Esto nos lleva a querer estar en varios lugares al mismo tiempo. Claro, ilusoriamente lo podemos hacer a través del celular o del e-mail. Para ello está la realidad virtual. Esta realidad rebosante de exceso de realidad nos asedia en lo más profundo de nosotros mismos. Su resultado es transformarnos en espectadores pasivos para que consumamos los objetos fetiches como una forma de paliar nuestra angustia.

Cuando hablo de objetos fetiches me estoy refiriendo a un concepto clásico de la economía política elaborado por Marx: el fetichismo de la mercancía. Brevemente éste refiere a que en el capitalismo la mercancía se transforma en una pura representación que supuestamente tiene un valor por sí misma según el valor que le asigna el mercado. De esta manera la mercancía aparece como un fetiche que niega el carácter autentico de ser un valor creado por el trabajo humano. Lo que queremos destacar es este valor de la mercancía como representación y sus efectos en la subjetividad ya que como dice Marx: “la producción no produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”.

Es decir, la producción produce una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante. En este sentido las mercancías que compramos adquieren la calidad de fetiches que trasciende su valor de uso. Por ello no es el goce el que buscamos sino la necesidad de encontrar un objeto que suture nuestra angustia que la misma cultura produce. Ante su imposibilidad nos encontramos con un circuito que se reproduce permanentemente en una realidad que lo excede.

En este camino no hay posibilidad de elaboración psíquica y sus efectos en la subjetividad es que la-muerte-como-pulsión amenaza el Yo como soporte del psiquismo. Ante esta sensación de peligro el Yo pone en marcha la “angustia como señal de alarma” que implica la movilización de la libido narcisista con miras a ligar los efectos destructores de la-muerte-como- pulsión. Sin embargo el Yo retraído en su narcisismo produce efectos sintomáticos propios de nuestra época donde predomina lo negativo: depresión, melancolía, adicciones, en definitiva la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada.

La enfermedad de la norma

Lo decimos con claridad: la normalidad no es algo obvio. En toda sociedad encontramos muchas formas de vida. Cada una de ellas tiene sus normas donde vamos a encontrar las propias de la cultura dominante y otras normas minoritarias. Para las primeras el poder produce recompensas para las segundas sanciones. Esta situación se instala desde la niñez, por lo cual el sometimiento no puede funcionar sino se instituye un deseo de sometimiento el cual aparece como una imposición interna. Cuando voy a un shopping creo elegir algo cuando en realidad es desde la norma hegemónica desde donde elijo. En este sentido no puede haber subjetividad por fuera de la norma, aún más la subjetividad se constituye en la norma hegemónica.

Es así como la enfermedad no es someterse a la norma ya que no hay subjetividad por fuera de la norma. La enfermedad es quedar atrapados en la norma sin dar cuenta de la creatividad -en el sentido de pulsión de vida- que permite expresar la anormalidad que nos constituye como sujetos. Por ello el sujeto normal no es solo producto de la norma sino del uso que hace sobre sí mismo a costa de escindir la anormalidad que lo constituye.

Como dice Guillaume Le Blanc: “El sufrimiento psíquico es el efecto de una actividad de incorporación de la norma por el propio hecho de que al volverse contra sí para llegar a ser hombre normal, el sujeto se expone a todo lo que en el sí escapa a las normas, a los deseos de oponerse a la norma, que son una parte esencial de la propia vida. El hombre normal resulta así doblemente escindido. No solo el deseo de la normalidad lo expone a un remanente que los obsede, a un deseo de anormalidad, sino que la repetición de normas de normalidad también implica una dependencia del sujeto con respecto a esas normas, lo que no deja ningún lugar al deseo de aire fresco y a partir de entonces hace jugar al hombre normal contra sí mismo: solo entonces hay hombre normal sobre el trasfondo de una violencia ejercida por el <Yo> fabricado en el apasionado apego a las normas contra el<Yo> sustraído a ese apego…En ese plano existe, pues una verdadera enfermedad del hombre normal, mental y social. El hombre normal es el hombre que se vuelve contra sí mismo para ser el sujeto de las normas que lo producen.”

El narcisismo es el que ata al sujeto a la norma. Para ello el Yo encuentra el camino de la escisión en la cual se atrinchera para que el hombre normal siga reinando en su narcisismo.

Esto lo ejemplifica Freud al contar la historia del rey Boabdil. Este rey no quería enterarse de una noticia que le significaba el fin de su reinado. Por lo tanto quemó la cartas y mando matar al mensajero que se las había traído. Sin embargo el rey se dio cuenta que no se puede matar al mensajero de la realidad. Lo que el rey si puede hacer -plantea Freud- es construir en medio de su palacio una prisión totalmente amurallada y disimulada en la que encerrará al mensajero y también las cartas. De este modo el mensajero de la realidad aparece como no llegado aún cuando continúe existiendo justo en medio del palacio. El rey puede seguir reinando completamente escindido-separado de la mala noticia que le han traído.

Este ejemplo le sirve a Freud para explicar la escisión del Yo como un fenómeno propio del aparato psíquico. De esta manera encontramos la coexistencia dentro del Yo de dos actitudes psíquicas respecto de la realidad exterior: una de ellas tiene en cuenta la realidad exterior, la otra niega la realidad presente y la substituye por una producción de deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. Lo que encontramos es un renegación de la realidad. Esto es lo propio de las psicosis y las perversiones. En esta última el sujeto queda atrapado por la fuerza silenciosa de la-muerte-como-pulsión tratando al otro y a sí mismo como un objeto. El otro desaparece en su subjetividad y es cosificado al servicio de sus pulsiones destructivas. El pedófilo, el violador son los ejemplos paradigmáticos del síntoma-cosa de la perversión. No es el juego sexual lo que le interesa sino en su encierro narcisista cosifica al otro y el erotismo deja lugar a lo más siniestro de la violencia destructiva y autodestructiva.

También podemos extender esta escisión del Yo en el sujeto normal. Desde ella genera una muralla con su propio narcisismo que niega la realidad donde debe convivir con el otro diferente. Pero en el interior de este muro aparece la angustia que trata de evitar encontrando un objeto que genera miedo. Aquí el sujeto se afirma en su normalidad en el miedo al otro. Estos adquieren identidades negativas de las cuales hay que alejarse, hay que poner distancia a través de muros invisibles. Allí vamos a encontrar el miedo hacia el otro donde se lo descalifica por “negro”, homosexual, boliviano, peruano o paraguayo.

Hace varios años que atiendo a Roberto en su casa. Sus síntomas paranoicos le impiden salir de su casa. Solo lo hace esporádicamente a la madrugada o con alguien que lo acompañe. La casa se ha transformado en un muro infranqueable para sus perseguidores imaginarios. Aunque puede reconocer que sus fantasmas provienen de su pensamiento cada noticia que lee en el diario o mira por televisión le refuerza que el afuera es peligroso. Lo que manifiesta es que en su casa está tranquilo ya que no tiene emociones. No siente nada. Un día me sorprende con una pregunta: “¿Qué es la llama inicial?”. Mi primer pensamiento fue que me estaba preguntando por el mito de Prometeo. Ante mi silencio continúa: “La llama inicial, esa que hace que funcionen los afectos y las emociones. Esa que nos convierte en hombres. A mí se me apago hace mucho tiempo”.

Con una gran lucidez Roberto describe la locura de su enfermedad. Remite a su historia personal pero también al mito de Prometeo que construyó a los hombres en la emoción y la solidaridad robándoles el fuego a los dioses. El sujeto normalizado encerrado en el muro de su narcisismo está muy lejos de Prometeo, en su muro interior su llama inicial la usa para someterse a la locura de una norma que lo enferma.

Enrique Carpintero *

* Carpintero, Enrique “Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte”; “El Eros o el deseo de la voluntad”; “La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo encontramos lo que nos mantenía unidos?”; “La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada”; “Tiempo libre para comprar. El consumidor consumido por la mercancía”.

publicado en revista Topia nº 61, abril de 2011
www.topia.com.ar/articulos/locura-del-sujeto-normal

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Energía nuclear… la tendremos de postre

Uno de los periódicos porteños con mejor información, aunque muchos lo consideren apenas una hoja de humor, Barcelona, explicita el “apocalipsis que se viene”. Incluye bombardeos de la OTAN sobre Libia, los terremotos de los últimos tiempos, el maremoto en Japón y la radiactividad como una amenaza cada vez más ominosa…

En verdad, esta reedición de ataques de grandes países colonialistas o imperiales como Francia, el Reino Unido y EE.UU., ahora sobre Libia, como hace una década sobre Irak, nos impone una toma de posición. Hasta egoísta. Porque parafraseando a Nimöller/Brecht tendríamos que ir poniendo las barbas en remojo porque no sabemos cuándo vendrán por aquí…

Sin embargo, y con toda la gravedad del imperialismo redivivo, optamos por un escueto abordaje del desastre nuclear japonés, procurando rastrear algunos datos significativos.

1. Lo que va de la periferia al centro planetario. Los recientes terremotos en Chile y Haití han sido atroces. La atrocidad está en proporción directa a la pobreza. Cuanto más pobres, más afectados.

Pero la atrocidad del sismo en Japón, un país hiperindustrializado y altamente nuclearizado, ha tenido un agregado más tenebroso y ominoso aun, que la pura tragedia de la aniquilación. Y es que el escape de radiactividad es, en sí, una verdadera Caja de Pandora.

2. Los escasos y dosificados datos obtenidos mediáticamente nos estarían revelando que Fukushima es peor que Chernobyl. Pese a todo el palabrerío “tranquilizador”. En Chernobyl, seis días después de la explosión, se nos informaba que la radiactividad estaba bajando, aunque el incendio duró 9 días; en Fukushima, durante casi tres semanas siguió aumentando. Y eso que en Ch. se habló de nivel 7 de peligrosidad (máximo) y en F., 5 (aunque hace pocos días resituaron el nivel en 6 y ya algunos anuncian 7…).

3. ¡Y en qué proporción ha aumentado la radiactividad en F.! El 15 de marzo los datos oficiales u oficiosos (nunca se sabe) daban que la radiactividad en las zonas de desastre era mil veces superior a la normal, aunque quienes suministrarían estos datos a la prensa, jamás cuantifican lo que es la radiactividad normal, básica, “natural”…

No he podido encontrar datos comparables, apenas datos sueltos que me atrevo a comparar con sumo recaudo: por ejemplo, en 1986, algunos territorios suecos recibieron alrededor de la cuarta parte de la radiactividad descargada sobre territorios ruso, bielorruso y ucraniano (los territorios más castigados entonces). El territorio sueco más próximo a Chernobyl está a unos 1300 o 1400 km.

En Suecia, 6 días después de la catástrofe la radiactividad decuplicaba la “normal” y en algunas zonas al norte de Estocolmo (cerca de Uppsala), con fuertes lluvias, llegaba a ser 100 veces la “normal”.

Estamos muy, pero muy lejos de los índices de radiactividad que hoy nos presenta Fukushima (aun multiplicando por 4). Efectivamente: “cuando el reactor número 4, el único afectado de Chernobyl, quedó fuera de control, generó vapores radioactivos cien veces superiores a los niveles máximos permitidos”. (1)

El 26 de marzo se difundió que para Fukushima, la radiactividad era 10 000 veces superior a la “normal”. Al día siguiente se nos habló de 100 000 veces superior a la “normal”. Magnitudes aterradoras. E incomparables con las de Chernobyl. Y eso que “la liberación de material tóxico [en Chernobyl] fue 500 veces mayor que el generado por la bomba atómica arrojada en Hiroshima en 1945.” (2)

4. En Fukushima, pese a formulaciones de los ingenieros nucleares que sostienen que “los reactores son encerrados en recintos herméticos que, en caso de accidente, impedirían que las cenizas radiactivas se expandieran”, (3) el escape de material radiactivo está totalmente fuera de control. Por otra parte, la única palabra que se acerca a la verdad en la frase de Guéron viene a ser “impedirían” por su falta de carácter afirmativo.

5. El maremoto puso en crisis las usinas nucleares al quebrar el suministro de electricidad mediante grupos electrógenos y destruir los mecanismos de refrigeración, absolutamente imprescindibles por el enorme calor que acumula la fusión nuclear y que hace que los tubos de material radiactivo que no se enfríen se derritan y escape radiactividad en oleadas “industriales”…

El desastre provocado por terremoto y tsunami obligó a los encargados de las usinas nucleares a sustituir el enfriamiento con agua de circuito, dulce, cuyas cañerías y depósitos estaban colapsados. Por ello, el lunes 14 apelan con desesperación al agua de mar (que se fue irradiando a un ritmo sobrecogedor; el 26 de marzo se hablaba de 1250 veces lo “normal” y el 27 de 1850 veces lo “normal). Pero se tuvo que abandonar ese método de enfriamiento porque la corrosión que estaba provocando o que iba a provocar el agua salada sobre las instalaciones y las cañerías podía ser devastadora. Una vez más, la enmienda peor que el soneto…

6. Es muy arduo conocer y medir los efectos de las dosis bajas de radiactividad. Sus efectos diferidos, causa de trastornos crónicos, hacen difíciles los estudios epidemiológicos. Los seres humanos estamos expuestos -y cada día más- a muy diversos factores contaminantes: desde productos transgénicos hasta la selva química en alimentos, vestidos y hogares, desde la radiactividad que provenga de una fuente grande o chica actual (como puede ser hoy Fukushima) hasta la antes “liberada” y siempre presente de las explosiones nucleares que durante décadas desplegaron estadounidenses, rusos y franceses “estudiando” sus efectos, la de los “accidentes” de Chernobyl, Three Miles Island y tantos otros, la suspensión atmosférica de explosiones como las de Nagasaki e Hiroshima, más la radiación que uno reciba con una tomografía, con placas torácicas y hasta con placas bucales…

Todo se acumula de tal modo que hoy ya no podemos hablar -como hasta mediados del s. XX- de radiación “natural”, la que nos alcanzaba “en la montaña” en cualquier excursión y que fue el “caballito de batalla” de todo médico que consideraba necesario o cómodo castigar el cuerpo de un paciente con una placa, “explicándole” al ignaro, que la radiación que entonces iba a recibir era menos que un par de días en la montaña…

7. Lo que sí se sabe, desde hace décadas, de antes de Chernobyl, es que las dosis bajas, las que se consideraban subclínicas, “son mucho más peligrosas de lo que imaginábamos”. (4) No se sabe cuál es el daño de la radiactividad, invisible, incolora, inodora, insípida, inaudible y sin olor. En rigor, es una bomba de tiempo, otra más que la humanidad ha puesto en su camino.

8. Fukushima consta de 6 usinas, unas a 270 km de Tokio, otras a 120 km. Tokio contiene 38 millones de seres humanos. Inevacuables. Buenos Aires está a 114 km de Atucha. Que el gobierno proyecta ampliar. Buenos Aires, otra megalópolis de las diez mayores del planeta, tampoco es evacuable. ¿Tiene sentido jugar así con los riesgos a la salud de tantos humanos?

Hace ya unos cuantos años, Christina Ringsberg, periodista sueca, se preguntaba: “¿Podrá terminar la energía nuclear con todos nosotros [la especie humana]?” (5) Ringsberg desmenuza los costos “iniciales” y verifica que lo de “energía barata” es un mito.

Basta poner un ejemplo mucho más reciente; los “177 recipientes de hormigón rellenos de material radioactivo” de la reserva de Hanford en el estado de Washington en EE.UU. que desde 1945 alberga unos 200 millones de litros de residuos nucleares. Hanford Challenge, una agrupación ecologista local, informa de que para mantener la limpieza y seguridad de ese enorme depósito trabajan 12 000 empleados. Que han “progresado” en la atención del lugar porque antes procuraban descargar tales residuos “en la naturaleza” pero que sabiendo la peligrosidad de ese material, que hay que contarla en milenios, tienen miedo que la administración en algún momento restrinja fondos, baje normas de cuidado… (6)

Ringsberg nos aclara que la energía nuclear, por su enorme potencial energético, nos promete continuar con una sociedad de altísimo consumo, profundizar el desgaste planetario, pero además ir sembrando de fuentes de radiactividad cada vez más sitios del planeta…y recordemos que la radiactividad no desaparece sino que, por el contrario, se acumula… es nuestra mejor “garantía” de cánceres, mutaciones, monstruosidades e infertilidad a futuro. “¿Cuándo alcanzaremos nuestro límite de resistencia a la radiactividad?”

Luis E. Sabini Fernandez
luigi14@gmail.com

notas:
1) Fanny Palacio, “Diez datos importantes sobre Chernobyl, Sexenio Extraordinary Life, Miami, 31/3/2011.
2) Ibíd.
3) Jules Guéron, L’energie nucléaire, París, 1977, ¿Tanta estulticia era antes o después de Three Miles Island (que fue en marzo de ese año)?
4) Karl Z. Morgan, un investigador estadounidense, partidario de la actividad nuclear para energía y en medicina, pero sin embargo muy crítico de las desprolijidades de construcción y del desconocimiento supino de los riesgos que han caracterizado los desarrollos nucleares, ha verificado que los trabajadores de las usinas nucleares tienen entre 10 y 20 veces mayor morbilidad que la que se suponía “debían” tener [aunque no da la relación de esta expectativa con la de la población general]. Conferencia en Copenhague, 1979.
5) Dagens Nyheter, “Ska kärnkraften få ta kål på oss?, Estocolmo, 4/5/1980.
6) Shaun Tandon,| AFP IP, 27/3/2011.

fuente: Revista El Abasto, n° 130 , abril 2011. www.revistaelabasto.com.ar/130_energia_nuclear.htm

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Semblanza del momento actual

La Argentina viene viviendo un momento de exaltación social y política, que capitaliza al parecer, cada vez más, el gobierno.

Sus sostenedores y adeptos usan una serie de expresiones que consideran transgresoras, de izquierda…
Hay avances en varios frentes; los medios de difusión progubernamentales han ensanchado muchísimo su espectro; entre estudiantes las corrientes que al parecer más crecen son las kirchneristas, como podría ser La Cámpora a la que se le atribuye una serie de cargos maestros en varias áreas del gobierno; el sindicalismo también parece acrecentado con sus presuntos éxitos en las paritarias; Carta Abierta constituye o ha constituido durante el proceso de formación de opinión que ha vivido el país recientemente el núcleo intelectual más prominente; pocas veces un gobierno recoge la complacencia de sectores intelectuales tan nutridos (la intelectualidad en países periféricos suele ser crítica).

Al mismo tiempo, la larga lucha de los organismos de dd.hh. está rindiendo sus frutos, tardíos, pero gracias a este peronismo kirchnerizado se lleva a juicio a quienes protagonizaran tantos desmadres y daños al país, incluyendo miles de asesinatos. E incluso se está ensanchando, como corresponde la mira, para abarcar la responsabilidad represiva y genocida no sólo de militares sino también de civiles, jueces, empresarios (aunque tal vez sean más bien jueces que empresarios…).  Y aunque la pesadilla del 24/3/1976 haga olvidar otra anterior, con la AAA, que era, precisamente, peronista…

Reivindicando rasgos del peronismo primigenio, el gobierno K ha desplegado una red de apoyo significativa entre los agrupamientos humanos que surgieran como MTDs en los ’90 y particularmente después del 2001. Muchas de tales agrupaciones y corrientes han sido de algún modo cooptadas, digitadas, “abrochadas” o complacidas por la política de distribución del gobierno.
La bonanza que mencionábamos al principio alcanza claramente al ritmo cultural de la nación, con una floración particularmente vigorosa en la capital.

Políticamente esto se traduce en que el gobierno gobierna casi sin oposición. Ni a derecha ni a izquierda hay polos o desafíos significativos. Hay más bien un desbarajuste o un desconcierto.
En el medio universitario, es fácil observar un grado de satisfacción por el decurso de la Argentina contemporánea.

Pero esto es a mi modo de ver un barniz. Para rascar un poco y acercarnos a la realidad hay que rastrear de dónde viene este cuadro de situación: La soja desempeña un rol primordial en la edificación de esta bonanza. Por la soja ingresa el país y al presupuesto del estado −que es lo que nos interesa en este análisis− , una ponchada de miles de millones de dólares. Ciertamente a los sojeros les queda bastante más, pero ése es otro asunto: el enriquecimiento mediante negocios, tan viejo como el capitalismo, y tal vez más.

El gobierno K usa, esa ponchada de miles de millones de dólares, a diferencia de gobiernos conservas o liberales, en planes de distribución que ya dijimos: pensiones, subsidios, cuadernos, comidas, netboks, planes cooperativos y propaganda, mucha propaganda, sueldos, muchos sueldos.

Muchos, y entre ellos muchos noveles rentados, consideran esa politica, liberadora, progresista, encantadora. Y tal vez lo sea más al menos que la política hambreadora tradicional, la que únicamente distribuía el choripán preelectoral.
Pero la cuestión es si puede haber un “capitalismo bueno” como pretende la presidenta, o si más bien, esta política esconde la verdadera naturaleza, incambiada, del sistema de poder vigente.

¿Y cuál es entonces la naturaleza real de este momento histórico de la sociedad argentina?

1.La soja es una movida exógena; vino desde EE.UU. y se implantó en Argentina con el beneplácito del menemato. Con ella, Argentina entró en la nueva división internacional del trabajo diseñada desde las elites de EE.UU. Entró como socia “privilegiada” (aunque periférica).

2.La soja, como la minería a cielo abierto con extractores altamente contaminantes, pertenece al estadio actual, en que las transnacionales han tomado conciencia de los límites del planeta y procuran quedarse, como dice Javier Rodríguez Pardo, “con todo”.

3.El modelo correspondiente a esta nueva (ya no tanto) divisiòn internacional del trabajo no hace sino acentuar los rasgos del american way of life: incremento del consumismo, apuesta a una sociedad de alto consumo energético. Por eso, cada vez más craneotecas del primer mundo apuestan a sustituir petróleo por energía nuclear manteniendo las mismas pautas de dispendio y expansión. Al menos hasta el 11 de marzo (reventón en Fukushima) apostaban…

4.Y la pregunta que me parece que hay que hacerse es si tiene sentido ese camino o si no es una senda al despeñadero planetario, porque el mundo que vivimos, el único por otra parte, está mostrándonos señales de agotamiento, sobrecarga, crisis: en el agua, en el mar, en el oceáno, en el aire, en los alimentos, en la biodiversidad, en la contaminación generalizada e ingobernable…

Pero encarar una política basada en una sociedad de bajo consumo energético no es una pavada ni se arregla con discursos presidenciales. Rompe nuestra vida y cultura cotidiana, que no es eterna, apenas tiene un medio siglo, pero para casi todo el mundo es la única que conocieron y por ello es eterna…

Es, a mi entender, romper con el capitalismo, es decir con el gobierno del capital.

Luis E. Sabini Fernandez

fuente: www.radiografica.org.ar

Un punto azul pálido *

Tuvimos éxito en tomar esta fotografía (1), y al verla, ves un punto. Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nosotros. En él se encuentra todo aquel que conoces, o del que has oído hablar, cada persona que existió y vivió su vida. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas, cada héroe y cobarde, creador y destructor, rey y campesino, cada pareja enamorada, madre y padre, niño, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, ‘superestrella’, ‘líder supremo’, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz del sol.

La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades visitadas por los habitantes de una esquina de ese pixel para los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina; lo frecuente de sus incomprensiones, lo ávidos de matarse unos a otros, lo ferviente de su odio. Nuestras posturas, nuestra imaginada auto-importancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una mota solitaria de luz en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta vastedad, no hay ni un indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.

Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción de carácter. Quizá no hay mejor demostración de la tontería de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar el pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido.

Carl Sagan

* Fragmento extraído del libro de Carl Sagan, Un Punto Azul Pálido: Una Visión del Futuro Humano en el Espacio (1994)

notas:
1) El 14 de febrero de 1990 la sonda espacial Voyager 1 (2) dejó Neptuno y se dispuso a salir del Sistema Solar, pero antes giró para tomar una última foto de la Tierra, la cual apareció a 6.000 millones de kilómetros como un pálido punto azul. Ver la imagen http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/71/PaleBlueDot.jpg
2) Voyager 1 http://es.wikipedia.org/wiki/Voyager_1 Un punto azul pálido (Pale Blue Dot). Puede observarse la Tierra como un punto de luz situado en la parte central de la imagen.

fuente: Wikipedia

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