(libro) Abecedario zombi. La noche del capitalismo viviente

Este Abecedario Zombi no es un libro. Es un cementerio, y no el de la paz perpetua. Vivimos en la era de la putrefacción: de la política, de los derechos, del medio ambiente… Es cierto que, antes de la catástrofe en la que ahora moramos, ya se olfateaba el hedor que se escapaba tras las cortinas del proclamado Fin de la Historia. Y no fueron pocos los que lo advirtieron. Pero, ¿quién iba a sospechar que tras la muerte del Estado y de las Ideologías se estaba gestando un tercer principio aún más mortífero, una fría tanatodinámica cuyo fruto más podrido sería nuestro omnipresente zombi?

Por Julio Díaz y Carolina Meloni

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(libro) Comentarios sobre la sociedad del espectáculo

“Sin duda, el aspecto más inquietante de los libros de Debord consiste en el empeño puesto por la historia en confirmar sus análisis. No solamente, veinte años después de La Sociedad del espectáculo, los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988) han registrado en todos los campos la exactitud de los diagnósticos y previsiones, sino que entretanto, el curso de los acontecimientos se ha acelerado con tal uniformidad en la misma dirección, que apenas dos años después de la publicación del libro, es como si la política mundial no fuese otra cosa hoy que una puesta en escena paródica del guión escrito por Debord. La unificación sustancial del espectáculo concentrado (las democracias populares del Este) y del espectáculo difuso (las democracias occidentales) dentro del espectáculo integrado, que constituye una de las tesis centrales de los Comentarios, y que muchos encontraban hasta hace poco paradójica, se revela ahora como una evidencia trivial. Los muros inquebrantables y los hierros que dividían los dos mundos fueron destrozados en unos cuantos días. Con el fin que el espectáculo integrado pudiese realizarse plenamente también en sus países, los gobiernos del Este han abandonado el partido leninista, igual que los del Oeste habían renunciado desde hace tiempo al equilibrio de poderes y a la libertad real de pensamiento y de comunicación en nombre de la máquina electoral mayoritaria y del control mediático de la opinión (que ambos se habían desarrollado en los Estados totalitarios modernos).” Giorgio Agamben (1)

Por Guy Debord
febrero-abril, 1988

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(libro) La enfermedad como camino

La enfermedad como camino examina el significado de las aflicciones de la salud más comunes. Hay una gran variedad de enfermedades tratables, pero una enfermedad determinante de la mala bienestar del individuo. Lo que llamamos enfermedades son en realidad síntomas de esta enfermedad. Este libro examina la importancia de las infecciones, dolores de cabeza, problemas del corazón, y las aflicciones de la salud más comunes. Todos los síntomas anteriores tienen un significado más profundo a la vida de la persona: nos envían mensajes al ámbito de lo espiritual, y su interpretación dependerá de nuestra capacidad para recuperarse. Se incluye un capítulo especial está dedicado al problema del Sida, y un índice de enfermedades, y la relación de los órganos y partes del cuerpo con sus atributos psíquicos.

Por Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke

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(libro) Nosotros

Nosotros (en ruso: Мы) es una novela rusa escrita por Yevgueni Zamiatin en 1921 ambientada en una sociedad futura donde la vigilancia y represión por parte del Estado es total. No fue publicada en ruso hasta 1988, debido a problemas de censura. Es una de las primeras obras del subgénero de las distopías e inspiró, entre otras novelas, 1984 de George Orwell, quien, según el propio autor británico, había leído a Zamiatin en su traducción francesa, Nous autres.

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(libro) Anatomía de la destructividad humana

¿Cómo explicar el placer que la crueldad procura al hombre? En un mundo en que la violencia parece aumentar en todas sus formas, Erich Fromm trata esta inquietante cuestión con hondura y amplitud en la obra más original y trascendente de su brillante carrera.

Va Fromm más allá de las trincheras de la actual controversia entre los instintivas como Lorenz, que declaran la destructividad del hombre herencia de sus antepasados animales, y los conductistas como Skinner, para quien no hay rasgos humanos innatos y todo se debe al condicionamiento social. Concediendo que hay un tipo de agresión que el hombre comparte con los animales, Fromm que es de índole defensiva, destinado a garantizar su supervivencia.

Por otra parte, la agresión maligna o destructiva en que el hombre mata sin objetivo biológico ni social, es peculiarmente humana y no instintiva. Forma parte del carácter humano y es una de las pasiones, como el amor, la ambición y la codicia. Partiendo de esta posición teórica, Fromm estudia tanto las condiciones que provocan la agresión defensiva como las que son causa de la destructividad genuina. Apoyado en los descubrimientos más importantes de la neurofisiología, la prehistoria, la antropología y la psicología del animal, presenta un estudio global e histórico de la destructividad humana que permite a los lectores evaluar los datos por sí mismos.

Aunque debe mucho a Freud, Fromm subraya asimismo los factores sociales y culturales. Ve la destructividad en los sueños y asociaciones de muchos pacientes y de figuras históricas como la de Stalin, ejemplo cabal de sadismo, la de Himmler, ejemplo del carácter sádico burocrático, y la de Hitler. El análisis que hace de este último, después de un estudio clínico detallado de la necrofilia en tanto que manifestación de la agresión maligna, presenta una comprensión analítica detallada del carácter de Hitler, en una forma magistralmente nueva de psicobiografía que es uno de los puntos culminantes de este excelente libro.

* Psicoanalista germano estadounidense, célebre por aplicar la teoría psicoanalítica a problemas sociales y culturales. Nacido en Frankfurt del Main, se educó en las universidades de Heidelberg y de Munich y en el Instituto Psicoanalítico de Berlín, y emigró a los Estados Unidos en 1934, país cuya nacionalidad adoptaría posteriormente. Uno de los líderes y principales exponentes del movimiento psicoanalítico de nuestro siglo, según su punto de vista, los tipos específicos de personalidad tienen que ver con pautas socioeconómicas concretas. Esto significaba romper con las teorías biologicistas de la personalidad para considerar a los seres humanos más bien como frutos de su cultura. De aquí que su perspectiva terapéutica se orientara también en este sentido, proponiendo que se intentasen armonizar los impulsos del individuo y los de la sociedad donde vive. Entre sus publicaciones, habría que señalar: El miedo a la libertad (1941), El hombre para sí mismo (1947), El lenguaje olvidado (1951), La sociedad sana (1955), El arte de amar (1956), La misión de Sigmund Freud (1956), Más allá de las cadenas de la ilusión (1962), ¿Tener o ser? (1976) o La anatomía de la destructividad humana (1973).

fuente http://ebiblioteca.org/?/ver/64430

Libro en PDF

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(libro) Nuestro futuro robado: la amenaza de los disruptores endócrinos

Numerosas sustancias químicas, como las dioxinas, PCBs, plaguicidas,ftalatos, alquilfenoles y el bisfenol-A, amenazan nuestra fecundidad, inteligencia y supervivencia.

En 1962 el libro de Rachel Carson Primavera silenciosa dio el primer aviso de que ciertos productos químicos artificiales se habían difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos los seres vivos hasta en las tierras vírgenes más remotas. Aquel libro, que marcó un hito, presentó pruebas del impacto que dichas sustancias sintéticas tenían sobre las aves y demás fauna silvestre. Pero hasta ahora no se habían advertido las plenas consecuencias de esta insidiosa invasión, que está trastornando el desarrollo sexual y la reproducción, no sólo de numerosas poblaciones animales, sino también de los seres humanos.

Nuestro futuro robado, escrito por Theo Colborn, Dianne Dumanoski y Pete Myers, reunió por primera vez las alarmantes evidencias obtenidas en estudios de campo, experimentos de laboratorio y estadísticas humanas, para plantear en términos científicos, pero accesibles para todos, el caso de este nuevo peligro.

Comienza allí donde terminaba Primavera silenciosa, revelando las causas primeras de los síntomas que tanto alarmaron a Carson. Basándose en décadas de investigación, los autores presentan un impresionante informe que sigue la pista de defectos congénitos, anomalías sexuales y fallos de reproducción en poblaciones silvestres, hasta su origen: sustancias químicas que suplantan a las hormonas naturales,trastornando los procesos normales de reproducción y desarrollo.

Los autores de Nuestro futuro robado repasan la investigación científica que relaciona estos problemas con los “disruptores endocrinos”, estafadores químicos que dificultan la reproducción de los adultos y amenazan con graves peligros a sus descendientes en fase de desarrollo. Explican cómo estos contaminantes han llegado a convertirse en parte integrante de nuestra economía industrial, difundiéndose con asombrosa facilidad por toda la biosfera, desde el Ecuador a los polos. Y estudian lo que podemos y debemos hacer para combatir este omnipresente peligro. Nuestro futuro robado, como señala Al Gore, vicepresidente de EE.UU. y autor del prólogo, es un libro de importancia trascendental, que nos obliga a plantearnos nuevas preguntas acerca de las sustancias químicas sintéticas que hemos esparcido por toda la Tierra.

Disruptores endocrinos

Un gran número de sustancias químicas artificiales que se han vertido al medio ambiente, así como algunas naturales, tienen potencial para perturbar el sistema endocrino de los animales, incluidos los seres humanos. Entre ellas se encuentran las sustancias persistentes, bioacumulativas y organohalógenas que incluyen algunos plaguicidas (fungicidas, herbicidas e insecticidas) y las sustancias químicas industriales, otros productos sintéticos y algunos metales pesados.

Muchas poblaciones animales han sido afectadas ya por estas sustancias. Entre las repercusiones figuran la disfunción tiroidea en aves y peces; la disminución de la fertilidad en aves, peces, crustáceos y mamíferos; la disminución del éxito de la incubación en aves, peces y tortugas; graves deformidades de nacimiento en aves, peces y tortugas; anormalidades metabólicas en aves, peces y mamíferos; anormalidades de comportamiento en aves; demasculinización y feminización de peces, aves y mamíferos machos; defeminización y masculinización de peces y aves hembras; y peligro para los sistemas inmunitarios en aves y mamíferos.

Los disruptores endocrinos interfieren en el funcionamiento del sistema hormonal mediante alguno de estos tres mecanismos: suplantando a las hormonas naturales, bloqueando su acción o aumentando o disminuyendo sus niveles. Las sustancias químicas disruptoras endocrinas no son venenos clásicos ni carcinógenos típicos. Se atienen a reglas diferentes. Algunas sustancias químicas hormonalmente activas apenas parecen plantear riesgos de cáncer.

En los niveles que se encuentran normalmente en el entorno, las sustancias químicas disruptoras hormonales no matan células ni atacan el ADN. Su objetivo son las hormonas, los mensajeros químicos que se mueven constantemente dentro de la red de comunicaciones del cuerpo. Las sustancias químicas sintéticas hormonalmente activas son delincuentes de la autopista de la información biológica que sabotean comunicaciones vitales. Atracan a los mensajeros o los suplantan. Cambian de lugar las señales. Revuelven los mensajes. Siembran desinformación. Causan toda clase de estragos. Dado que los mensajes hormonales organizan muchos aspectos decisivos del desarrollo, desde la diferenciación sexual hasta la organización del cerebro, las sustancias químicas disruptoras hormonales representan un especial peligro antes del nacimiento y en las primeras etapas de la vida. Los disruptores endocrinos pueden poner en peligro la supervivencia de especies enteras,quizá a largo plazo incluso la especie humana.

Las pautas de los efectos de los disruptores endocrinos varían de una especie a otra y de una sustancia a otra. Sin embargo, pueden formularse cuatro enunciados generales:

· Las sustancias químicas que preocupan pueden tener efectos totalmente distintos sobre el embrión, el feto o el organismo perinatal que sobre el adulto;

· Los efectos se manifiestan con mayor frecuencia en las crías, que no en el progenitor expuesto;

· El momento de la exposición en el organismo en desarrollo es decisivo para determinar su carácter y su potencial futuro;

· Aunque la exposición crítica tiene lugar durante el desarrollo embrionario, las manifestaciones obvias pueden no producirse hasta la madurez.

La especie humana carece de experiencia evolutiva con estos compuestos sintéticos. Estos imitadores artificiales de los estrógenos difieren en aspectos fundamentales de los estrógenos vegetales. Nuestro organismo es capaz de descomponer y excretar los imitadores naturales de los estrógenos, pero muchos de los compuestos artificiales resisten los procesos normales de descomposición y se acumulan en el cuerpo, sometiendo a humanos y animales a una exposición de bajo nivel pero de larga duración. Esta pauta de exposición crónica a sustancias hormonales no tiene precedentes en nuestra historia evolutiva, y para adaptarse a este nuevo peligro harían falta milenios, no décadas.

La industria química prefiere pensar que, puesto que ya existen en la naturaleza tantos estrógenos naturales, como la soja, no hay por qué preocuparse por los compuestos químicos sintéticos que interfieren con las hormonas. Sin embargo, es importante tener en cuenta las diferencias que existen entre los impostores hormonales naturales y los sintéticos. Los imitadores hormonales artificiales suponen un peligro mayor que los compuestos naturales, porque pueden persistir en el cuerpo durante años, mientras que los estrógenos vegetales se pueden eliminar en un día.

Nadie sabe todavía qué cantidades de las sustancias químicas disruptoras endocrinas son necesarias para que representen un peligro para el ser humano. Los datos indican que podrían ser muy pequeñas si la exposición tiene lugar antes del nacimiento. En el caso de las dioxinas, los estudios recientes han demostrado que la exposición a dosis ínfimas es peligrosa.

La mayoría de nosotros portamos varios centenares de sustancias químicas persistentes en nuestro cuerpo, entre ellas muchas que han sido identificadas como disruptores endocrinos. Por otra parte, las portamos en concentraciones que multiplican por varios millares los niveles naturales de los estrógenos libres, es decir, estrógenos que no están enlazados por proteínas sanguíneas y son, por tanto, biológicamente activos.

Se ha descubierto que cantidades insignificantes de estrógeno libre pueden alterar el curso del desarrollo en el útero; tan insignificantes como una décima parte por billón. Las sustancias químicas disruptoras endocrinas pueden actuar juntas y cantidades pequeñas, aparentemente insignificantes, de sustancias químicas individuales, pueden tener un importante efecto acumulativo. El descubrimiento de que puede haber sustancias químicas que alteran el sistema hormonal en lugares inesperados, incluidos algunos productos que se consideraban biológicamente inertes como los plásticos, ha puesto en entredicho las ideas tradicionales sobre la exposición.

Efectos en los seres humanos

Los seres humanos se han visto afectados por los disruptores endocrinos. El efecto del DES (dietilestilbestrol), un agente estrogénico, fue un claro aviso.

El paradigma del cáncer es insuficiente porque las sustancias químicas pueden causar graves efectos sanitarios distintos del cáncer.

Causa gran preocupación la creciente frecuencia de anormalidades genitales en los niños, como testículos no descendidos (criptorquidia), penes sumamente pequeños e hipospadias, un defecto en el que la uretra que transporta la orina no se prolonga hasta el final del pene. En las zonas de cultivo intensivo en la provincia de Granada, en donde se emplea el endosulfán y otros plaguicidas, se han registrado 360 casos de criptorquidias. Algunos estudios con animales indican que la exposición a sustancias químicas hormonalmente activas en el periodo prenatal o en la edad adulta aumenta la vulnerabilidad a cánceres sensibles a hormonas, como los tumores malignos en mama, próstata, ovarios y útero.

Entre los efectos de los disruptores endocrinos está el aumento de los casos de cáncer de testículo y de endometriosis, una dolencia en la cual el tejido que normalmente recubre el útero se desplaza misteriosamente al abdomen, los ovarios, la vejiga o el intestino, provocando crecimientos que causan dolor, copiosas hemorragias, infertilidad y otros problemas.

El signo más espectacular y preocupante de que los disruptores endocrinos pueden haberse cobrado ya un precio importante se encuentra en los informes que indican que la cantidad y movilidad de los espermatozoides de los varones ha caído en picado en el último medio siglo. El estudio inicial, realizado por un equipo danés encabezado por el doctor Niels Skakkebaek y publicado en el Bristish Medical Journal en septiembre de 1992, descubrió que la cantidad media de espermatozoides masculinos había descendido un 45 por ciento, desde un promedio de 113 millones por mililitro de semen en 1940 a sólo 66 millones por mililitro en 1990. Al mismo tiempo, el volumen del semen eyaculado había descendido un 25 por ciento, por lo que el descenso real de los espermatozoides equivalía a un 50 por ciento. Durante este periodo se había triplicado el número de hombres que tenían cantidades extremadamente bajas de espermatozoides, del orden de 20 millones por mililitro. En España se ha pasado de una media de 336 millones de espermatozoides por eyaculación en 1977 a 258 millones en 1995. El descenso amenaza la capacidad fertilizadora masculina. De continuar la tendencia actual, dentro de 50 años los hombres podrían ser incapaces de reproducirse de forma natural, teniendo que depender de las técnicas de inseminación artificial o de la fecundación in vitro.

La exposición prenatal a sustancias químicas imitadoras de hormonas puede estar exacerbando también el problema médico más común que afecta a los hombres al envejecer: el crecimiento doloroso de la glándula prostática, que dificulta la excreción de orina y a menudo requiere intervención quirúrgica. En los países occidentales, el 80 por ciento de los hombres muestran signos de esta dolencia a los 70 años, y el 45 por ciento de los hombres padecen un grave crecimiento de la glándula. En las dos últimas décadas se ha producido un espectacular aumento de esta dolencia.

La experiencia del DES y los estudios con animales sugieren también una vinculación entre las sustancias químicas disruptoras endocrinas y varios problemas de reproducción en las mujeres, especialmente abortos, embarazos ectópicos y endometriosis. La endometriosis afecta hoy a cinco millones de mujeres estadounidenses. A principios de siglo la endometriosis era una enfermedad prácticamente desconocida. Las mujeres que padecen endometriosis tienen niveles más elevados de PCBs en la sangre que las mujeres que no la padecen. Diferentes estudios coinciden en señalar que entre el 60 y el 70 por ciento de los embarazos se malogran en la fase embrionaria inicial y otro 10 por ciento termina en las primeras semanas por un aborto espontáneo.

Pero la tendencia sanitaria más alarmante con diferencia para las mujeres es la creciente tasa de cáncer de mama, que es el cáncer femenino más común. Desde 1940, en los albores de la era química, las muertes por cáncer de mama han aumentado en EE UU en un 1 por ciento anual, y se ha informado de incrementos semejantes en otros países industrializados.

Industria química

Nuestro futuro robado abre un nuevo horizonte, que muy probablemente concluya con nuevos tratados internacionales, al igual que sucedió con los CFCs que agotan la capa de ozono, y a pesar de la oposición de las industrias químicas. Actualmente pueden encontrarse en el mercado unas 100.000 sustancias químicas sintéticas. Cada año se introducen 1.000 nuevas sustancias, la mayoría sin una verificación y revisión adecuadas. En el mejor de los casos, las instalaciones de verificación existentes en el mundo pueden someter a prueba únicamente a 500 sustancias al año. En realidad, sólo una pequeña parte de esta cifra es sometida realmente a prueba. Ya se han identificado 51 productos químicos que alteran el sistema hormonal, pero se desconocen los posibles efectos hormonales de la gran mayoría. Uno de los aspectos más inquietantes de los disruptores endocrinos es que algunos de sus efectos se producen con dosis muy bajas.

Las normas actuales que regulan la comercialización de productos químicos sintéticos se han desarrollado sobre la base del riesgo de cáncer y de graves taras de nacimiento y calculan estos riesgos a un varón adulto de unos 70 kilogramos de peso. No toman en consideración la vulnerabilidad especial de los niños antes del nacimiento y en las primeras etapas de vida, y los efectos en el sistema hormonal. Las normas oficiales y los métodos de prueba de la toxicidad evalúan actualmente cada sustancia química por sí misma. En el mundo real, encontramos complejas mezclas de sustancias químicas. Nunca hay una sola. Los estudios científicos muestran con claridad que las sustancias químicas pueden interactuar o pueden actuar juntas para producir un efecto superior al que producirían individualmente (sinergia). Las leyes actuales ignoran estos efectos aditivos o interactivos.

Los fabricantes utilizan las leyes sobre secretos comerciales para negar al público el acceso a la información sobre la composición de sus productos. En tanto los fabricantes no coloquen unas etiquetas completas en sus productos,los consumidores no tendrán la información que necesitan para protegerse de productos hormonalmente activos. En algunos casos, las sustancias químicas pueden descomponerse en sustancias que plantean un peligro mayor que la sustancia química original.

La industria química trata de desacreditar las conclusiones de Nuestro futuro robado, al igual que hasta hace poco hizo con los CFCs, o como las campañas de la industria del tabaco negando la relación entre el hábito de fumar y el cáncer de pulmón. La Chemical Manufacturers Association, entidad que agrupa a las mayores multinacionales de la industria química, el Chlorine Chemistry Council, el American Plastics Council, la Society of the Plastics Industry y la American Crop Protection Association (los grandes fabricantes de plaguicidas), han recolectado grandes cantidades de dinero entre sus asociados para lanzar una campaña contra el libro Nuestro futuro robado. Cuando en 1962 se publicó el libro de Rachel Carson Primavera silenciosa (Silent Spring), la revista de la Chemical Manufacturers Association tituló la reseña del libro “Silence, Miss Carson”. La industria del cloro, agrupada en el Chlorine Council, que agrupa a empresas como DuPont, Dow, Oxychem y Vulcan, gasta anualmente en Estados Unidos 150 millones de dólares (más de 20 mil millones de pesetas) en campañas de imagen y de intoxicación informativa. En España la empresa encargada por los fabricantes de PVC de intoxicar a la opinión pública es la Burson-Marsteller.

Treinta y cinco años después la misma industria que casi acaba con el ozono, que ocasionó el accidente de Bhopal y que fabrica miles de sustancias tóxicas, se enfrenta al desafío de Nuestro futuro robado. Las empresas Burson-Marsteller, Edelman y Hill & Knowlton, dedicadas al lavado de imagen de la industria del tabaco, de dictadores, del PVC y de empresas contaminantes, muchas de ellas del sector químico, realizan campañas de intoxicación contra los científicos, periodistas y las organizaciones no gubernamentales, tratando de impedir, o al menos reducir, los efectos de libros como Nuestro futuro robado y decenas de estudios científicos, informes y artículos sobre los efectos de las sustancias químicas que actúan como disruptores endocrinos.

Una buena prueba de lo acertadas que son las conclusiones del libro Nuestro futuro robado es que el gobierno de Estados Unidos gastó de 20 a 30 millones de dólares en 400 proyectos para analizar los efectos de las sustancias químicas en el sistema endocrino. El objetivo de la Agencia de Medio Ambiente (EPA) de EE.UU. es desarrollar toda una estrategia para investigar y someter a prueba 600 plaguicidas y 72.000 sustancias químicas sintéticas de uso comercial en Estados Unidos, al objeto de analizar sus efectos como posibles disruptores endocrinos. La National Academy of Sciences de Estados Unidos ha emprendido un amplio estudio para profundizar en los peligros de los disruptores endocrinos. Raro es el mes que no se publica algún artículo en las más prestigiosas revistas científicas confirmando y profundizando los peligros de las sustancias químicas.

El mercado mundial de plaguicidas representó unos 2 millones de toneladas en 1999, e incluía 1.600 sustancias químicas. El consumo mundial continúa creciendo. Los plaguicidas son una clase especial de sustancias químicas por cuanto son biológicamente activas por diseño y se dispersan intencionadamente en el entorno. Hoy en día se usan en Estados Unidos 30 veces más plaguicidas sintéticos que en 1945. En este mismo periodo, el poder biocida por kilogramo de las sustancias químicas se ha multiplicado por 10. El 35 por ciento de los alimentos consumidos tienen residuos de plaguicidas detectables. Los métodos de análisis, sin embargo, sólo detectan un tercio de los más de 600 plaguicidas en uso. La contaminación de los alimentos por plaguicidas es a menudo muy superior en los países en desarrollo.

Recuperar Nuestro futuro robado

Defendernos de este riesgo requiere la acción en varios frentes con la intención de eliminar las nuevas fuentes de disrupción endocrina y minimizar la exposición a contaminantes que interfieren el sistema hormonal y que ahora están en el ambiente. Para ello se requerirá mayor investigación científica; rediseño de las sustancias químicas, de los procesos de producción y de los productos por las empresas; nuevas políticas gubernamentales; y esfuerzos personales para protegernos a nosotros y a nuestras familias. La agricultura ecológica, sin plaguicidas y otras sustancias químicas, es una alternativa sostenible y viable.

Con 100.000 sustancias químicas sintéticas en el mercado en todo el mundo y 1.000 nuevas sustancias más cada año, hay poca esperanza de descubrir su suerte en los ecosistemas o sus efectos para los seres humanos y otros seres vivos hasta que el daño está hecho. Es necesario reducir el número de sustancias químicas que se usan en un producto determinado y fabricar y comercializar sólo las sustancias químicas que puedan detectarse fácilmente con la tecnología actual y cuya degradación en el medio ambiente se conozca.

Estas sustancias no han alterado la huella genética básica que subyace a nuestra humanidad. Elimínense los disruptores de la madre y del útero y los mensajes químicos que guían el desarrollo podrán llegar de nuevo sin obstáculos. Pero la protección de la próxima generación de los disruptores endocrinos requerirá una vigilancia de años e incluso décadas, porque las dosis que llegan al feto dependen no sólo de lo que ingiere la madre durante el embarazo, sino también de los contaminantes persistentes acumulados en la grasa corporal hasta ese momento de su vida. Las mujeres transfieren esta reserva química acumulada durante décadas a sus hijos durante la gestación y durante la lactancia.

El sistema actual da por supuesto que las sustancias químicas son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. El peso de la prueba debe actuar del modo contrario, porque el enfoque actual, la presunción de inocencia, una y otra vez ha hecho enfermar a las personas y ha dañado a los ecosistemas. Las pruebas que surgen sobre las sustancias químicas hormonalmente activas deben utilizarse para identificar a aquellas que plantean el mayor riesgo y para
eliminarlas del mercado. Cada nuevo producto debe someterse a esta prueba antes de que se le permita salir al mercado. La evaluación del riesgo se utiliza ahora para mantener productos peligrosos en el mercado hasta que se demuestre que son culpables. Las políticas internacionales y nacionales se deben basar en el principio de precaución.

Una política adecuada para reducir la amenaza de las sustancias químicas que alteran el sistema hormonal requiere la prohibición inmediata de plaguicidas
como el endosulfán y el metoxicloro, fungicidas como la vinclozolina, herbicidas como la atrazina, los alquilfenoles, los ftalatos y el bisfenol-A. Para evitar la generación de dioxinas se requiere la eliminación progresiva del PVC, el percloroetileno, todos los plaguicidas clorados, el blanqueo de la pasta de papel con cloro y la incineración de de residuos.

Sustancias químicas de efectos disruptores sobre el sistema endocrino

Entre las sustancias químicas de efectos disruptores sobre el sistema endocrino figuran:

· las dioxinas y furanos, que se generan en la producción de cloro y compuestos clorados, como el PVC o los plaguicidas organoclorados, el blanqueo con cloro de la pasta de papel y la incineración de residuos.

· los PCBs, actualmente prohibidos. Las concentraciones en tejidos humanos han permanecido constantes en los últimos años aun cuando la mayoría de los países industrializados pusieron fin a la producción de PCBs hace más de una década, porque dos tercios de los PCBs producidos en todas las épocas continúan en uso en transformadores u otros equipos eléctricos y, por consiguiente, pueden ser objeto de liberación accidental. A medida que van ascendiendo en la cadena alimentaria, la concentración de PCBs en los tejidos animales puede aumentar hasta 25 millones de veces.

· numerosos plaguicidas, algunos prohibidos y otros no, como el DDT y sus productos de degradación, el lindano, el metoxicloro (autorizado en España), piretroides sintéticos, herbicidas de triazina, kepona, dieldrín, vinclozolina, dicofol y clordano, entre otros.

· el plaguicida endosulfán, de amplio uso en la agricultura española, a pesar de estar prohibido en numerosos países.

· el HCB (hexaclorobenceno), empleado en síntesis orgánicas, como fungicida para el tratamiento de semillas y como preservador de la madera.

· los ftalatos, utilizados en la fabricación de PVC. El 95 por ciento del DEHP (di(2etilexil)ftalato) se emplea en la fabricación del PVC.

· los alquilfenoles, antioxidantes presentes en el poliestireno modificado y en el PVC, y como productos de la degradación de los detergentes. El p-nonilfenol pertenece a la familia de sustancias químicas sintéticas llamadas alquilfenoles. Los fabricantes añaden nonilfenoles al poliestireno y al cloruro de polivinilo (PVC), como antioxidante para que estos plásticos sean más estables y menos frágiles. Un estudio descubrió que la industria de procesamiento y envasado de alimentos utilizaba PVC que contenían alquilfenoles. Otro informaba del hallazgo de contaminación por nonilfenol en agua que había pasado por cañerías de PVC. La descomposición de sustancias químicas presentes en detergentes industriales, plaguicidas y productos para el cuidado personal pueden dar origen asimismo a nonilfenol.

· el bisfenol-A, de amplio uso en la industria agroalimentaria (recubrimiento interior de los envases metálicos de estaño) y por parte de los dentistas (empastes dentarios). Uno de los investigadores pioneros sobre los efectos del bisfenol-A es el médico español Nicolás Olea.

José Santamarta*

Referencias

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* Michael D. Lemonick “Whats Wrong With Our Sperm?” Time, 18 March 1996.

* Edward V. Younglai et al.”Canadian Semen Quality: An Analysis of Sperm Density Among Eleven Academic Fertility Centers” Fertility and Sterility, Julio 1998.

* K. Van Waeleghem et al.”Deterioration of Sperm Quality in Young Healthy Belgian Men” Human Reproduction, Febrero 1996.

* José Santamarta es revisor y coeditor de la edición en castellano del libro Nuestro Futuro Robado, director de Gaia y de la edición en castellano de la revista World Watch.

Editorial Ecoespaña, España, 1997.

fuente: https://www.ecoportal.net/temas-especiales/salud/nuestro_futuro_robado-_la_amenaza_de_los_disruptores_endocrinos

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(libro) El lado oscuro de Google

Entre las bondades que Google difunde de sí misma no están las 133 webs censuradas en Europa, el sometimiento a las presiones censoras del Gobierno chino o la cancelación de la publicidad del grupo ecologista Oceana 36 para evitar problemas con uno de sus inversores: la Royal Caribbean Cruise Lines. Solo tres ejemplos de como Google Corporation viola los principios de neutralidad y libertad de acceso y expresión en la Red para salvaguardar sus propios intereses.

Por Colectivo Ippolita

La imagen sobria y luminosa de su página principal oculta un reverso más prosaico y turbio en el que se adentra El lado oscuro de Google. «Don’t be evil» (no seas malo), el lema de cabecera de la multinacional que quiso ser un «gigante bueno», entra en abierta contradicción con la agresividad de su política empresarial. El fichaje multimillonario del directivo de Microsoft Kai Fu-Lee, depositario de importantes secretos industriales, o la oferta de 50 millones de dólares a AOL a cambio de romper su contrato con Yahoo!, muestran hasta qué punto Google ha asimilado las reglas de juego de las grandes corporaciones.

Pero en su estrategia de expansión, Google también se aprovecha de la filosofía del software libre para su propio beneficio. Hace un uso selectivo del código abierto para modificar programas cuyas mejoras no hace públicas, pone a disposición libre de los programadores herramientas que le permiten controlar y apropiarse del trabajo realizado con ellas, y ofrece a sus trabajadores un 20% del tiempo de trabajo para investigaciones propias, que pasan a ser propiedad exclusiva de la empresa.

Desde que en 1996 Larry Page y Sergei Brin desarrollaron uno de los algoritmos más famosos y mejor guardados del mundo, el Page Rank(TM), Google ha consolidado su carácter de gran empresa hasta convertirse en el principal aspirante al monopolio de la información en la era digital. Esto, en parte, ha sido posible gracias a los gigantescos ingresos proporcionados por un modelo de publicidad personalizada, basada en los perfiles que la máquina Google dibuja de los usuarios, utilizando el rastro que éstos dejan con el empleo diario del buscador y otros servicios de uso gratuito. El colectivo Ippolita muestra la clara ambición hegemónica de Google y, con ella, uno de los principales peligros de nuestra era: la concentración en unas pocas manos del acceso a la información y la tecnología, poniendo en riesgo un sinfín de derechos ya coartados en el mundo material y seriamente amenazados en el espacio virtual.

fuente http://www.ippolita.net/es/

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(libro) El arte de amar

El arte de amar es un libro escrito por el sociólogo, psicólogo, filósofo y marxista judío alemán Erich Fromm, miembro de la llamada Escuela de Frankfurt. El libro se publicó originalmente en inglés con el título The Art of Loving (1956).

Por Erich Fromm

Comienza el Prefacio del libro:

“La lectura de este libro defraudará a quien espere fáciles enseñanzas en el arte de amar. Por el contrario, la finalidad del libro es demostrar que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Su finalidad es convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina (…)”

En este libro, Fromm recapitula y complementa los principios teóricos acerca de la naturaleza humana que ya había comenzado a desarrollar en El miedo a la libertad y en Ética y psicoanálisis. Fromm postula que el amor puede ser producto de un estudio teórico puesto que es un arte, “así como es un arte el vivir” y, para el dominio de cualquier arte es imperiosamente necesario que se llegue a un dominio profundo, tanto de la teoría como de la práctica. El libro contiene cuatro capítulos:

I. ¿Es el amor un arte?
II. La teoría del amor
III. El amor y su desintegración en la sociedad contemporánea
IV. La práctica del amor

El libro postula principalmente que el amor es la respuesta al problema de la existencia humana, puesto que el desarrollo de éste conlleva a una disolución del estado de separación o separatidad sin perder la propia individualidad. Asimismo estudia la naturaleza del amor en sus diversas formas: amor de padre y de madre, amor a uno mismo, amor erótico y amor a Dios.

El autor postula que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. En el capítulo tres Fromm realiza un análisis del amor y su significado en la sociedad actual, con base en el cual llega a la conclusión de que el modo capitalista de producción tiende a enajenar al hombre y a imposibilitarlo -al menos socialmente- para amar.

fuente http://es.wikipedia.org/wiki/El_arte_de_amar_%28Fromm%29

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(libro) Allegro ma non troppo. Las leyes fundamentales de la estupidez humana

Cipolla exploró el controvertido tema de la estupidez formulando su famosa Teoría de la Estupidez, expresada por primera vez en su ingenioso panfleto de 1988 titulado Allegro ma non troppo.

En este escrito Cipolla desarrolla una visión de la gente estúpida como un grupo más poderoso que grandes organizaciones como la Mafia, el Complejo Militar Industrial (MIC), o la Internacional Comunista. El grupo de los estúpidos, sin reglamentaciones, líderes o manifiestos, consigue ejercer un gran efecto con una coordinación increíble.

En el mismo libro pueden encontrarse las leyes fundamentales de la estupidez:

· Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
· La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
· Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.
· Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.
· Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Por deducción, de la tercera ley, Cipolla identifica dos factores a considerar cuando se explora la conducta humana:

· Beneficios y pérdidas que un individuo se causa a sí mismo
· Beneficios y pérdidas que un individuo causa a los otros

Creando un gráfico en el que se coloca el primer factor en el eje x y el segundo en el eje y se pueden obtener cuatro grupos de individuos:

· Inteligentes, (Benefician a los demás y a sí mismos)
· Desgraciados, (Benefician a los demás y se perjudican a sí mismos)
· Bandidos, (Perjudican a los demás y se benefician a sí mismos)
· Estúpidos, (Perjudican a los demás y a sí mismos)

fuente: wikipedia.org

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(libro) Teoría de la clase ociosa

Introducción del libro escrito en 1899 por el sociólogo y economista estadounidense.

Por Thorstein Veblen

I Introducción

La institución de una clase ociosa se encuentra en su máximo desarrollo en los estadios superiores de la cultura bárbara por ejemplo, en la Europa feudal o el Japón feudal. En tales comunidades se observa con todo rigor la distinción entre las clases; y la característica de significación económica más saliente que hay en esas diferencias de clases es la distinción mantenida entre las tareas propias de cada una de las clases. Las clases altas están consuetudinariamente exentas o excluidas de las ocupaciones industriales y se reservan para determinadas tareas a las que se adscribe un cierto grado de honor. La más importante de las tareas honorables en una comunidad feudal es la guerra; el sacerdocio ocupa, por lo general, el segundo lugar. Si la comunidad bárbara no es demasiado belicosa, el oficio sacerdotal puede tener la preferencia, pasando entonces el de guerrero a ocupar el segundo lugar. En cualquier caso, con pocas excepciones, la regla es que los miembros de las clases superiores -tanto guerreros como sacerdotes -estén exentos de tareas industriales y que esa exención sea expresión económica de su superioridad de rango. La India brahmánica ofrece un buen ejemplo de la exención de tareas industriales que disfrutan ambas clases sociales.

En las comunidades que pertenecen a la cultura bárbara superior hay una considerable diferenciación de sub-clases dentro de lo que puede denominarse -en términos amplios -la clase ociosa; hay entre esas subclases una diferenciación paralela de ocupaciones. La clase ociosa comprende a las clases guerrera y sacerdotal, junto con gran parte de sus séquitos. Las ocupaciones de esa clase están diversificadas con arreglo a las subdivisiones en que se fracciona, pero todas tienen la característica común de no ser industriales. Esas ocupaciones no industriales de las clases altas pueden ser comprendidas, en términos generales, bajo los epígrafes de gobierno, guerra, prácticas religiosas y deportes.

En una etapa anterior, pero no la primera, de la barbarie, encontramos la clase ociosa menos diferenciada. Ni las distinciones de clase ni las que existen entre las diversas ocupaciones de la clase ociosa, son tan minuciosas ni tan intrincadas como en los estadios posteriores. Los isleños de la Polinesia ofrecen en términos generales un buen ejemplo de esta etapa, con la salvedad de que -debido a la ausencia de caza mayor -la profesión de cazador no ocupa en el esquema de su vida el lugar de honor habitual. La comunidad islandesa de la época de las sagas ofrece también un buen ejemplo de este tipo. En tales comunidades hay una distinción rigurosa entre las clases y entre las ocupaciones peculiares a cada una de ellas. El trabajo manual, la industria, todo lo que tenga relación con la tarea cotidiana de conseguir medios de vida es ocupación exclusiva de la clase inferior.

Esta clase inferior incluye a los esclavos y otros seres subordinados y generalmente comprende también a todas las mujeres. Si hay varios grados de aristocracia, las mujeres de rango más elevado están por lo general exentas de la realización de tareas industriales o por lo menos de las formas más vulgares de trabajo manual. En cuanto a los hombres de las clases superiores, no sólo están exentos de toda ocupación industrial, sino que una costumbre prescriptiva lo descalifica para desempeñarlas. La serie de tareas que tienen abiertas ante sí está rígidamente definida. Como en el estadio superior de que ya se ha hablado, esas tareas son el gobierno, la guerra, las prácticas religiosas y los deportes. Esas cuatro especies de actividad rigen el esquema de la vida de las clases elevadas y para los miembros de rango superior -los reyes o caudillos -son las únicas especies de actividad permitidas por el sentido común o la costumbre de la comunidad. Cuando el esquema está plenamente desarrollado, hasta los deportes son considerados como de dudosa legitimidad para los miembros de rango superior.

Los grados inferiores de la clase ociosa pueden desempeñar otras tareas, pero son tareas subsidiarias de algunas de las ocupaciones típicas de la clase ociosa. Tales son, por ejemplo, la manufactura y cuidado de las armas y equipos bélicos y las canoas de guerra, la doma, amaestramiento y manejo de caballos, perros, halcones, la preparación de instrumentos sagrados, etc. Las clases inferiores están excluidas de estas tareas honorables secundarias, excepto de aquellas que son de carácter netamente industrial y sólo de modo remoto se relacionan con las ocupaciones típicas de la clase ociosa.

Si retrocedemos un paso más desde esta cultura bárbara ejemplar a etapas inferiores de barbarie, ya no encontramos la clase ociosa en forma plenamente desarrollada. Pero esta barbarie inferior muestra los usos, motivos y circunstancias de las que ha surgido la institución de una clase ociosa e indica los primeros pasos de su desarrollo. Son ejemplos de estas fases más primitivas de la diferenciación varias tribus nómadas cazadoras de diversas partes del mundo. Puede tomarse como ejemplo adecuado cualquiera de las tribus cazadoras norteamericanas. No es posible afirmar que haya en esas tribus una clase ociosa definida. Hay una diferenciación de funciones y una distinción de clases basada en ella, pero la exención del trabajo de la clase superior no ha avanzado aún lo suficiente para que pueda serle plenamente aplicable la denominación de «Clase ociosa». Las tribus que se encuentran en este nivel económico han llevado la diferenciación económica a un punto en que se hace una distinción marcada entre las ocupaciones de los hombres y las de las mujeres y esta distinción tiene carácter valorativo (invidious) (1)

En casi todas estas tribus las mujeres están adscritas, por una costumbre prescriptiva, a aquellos trabajos de los que surgen, en el estadio siguiente, las ocupaciones industriales propiamente dichas. Los hombres están exentos de esas tareas vulgares y se reservan para la guerra, la caza, los deportes y las  prácticas devotas. En esta materia se hace con frecuencia una discriminación rigurosa. Esta división del trabajo coincide con la distinción entre la clase trabajadora y la clase ociosa, tal como aparece en la cultura bárbara superior. Al avanzar la diversificación y especialización de ocupaciones, la línea divisoria así marcada viene a separar las ocupaciones industriales de las no industriales. El modelo de donde ha derivado la industria posterior no está constituido por las ocupaciones propias del hombre en el anterior estadio bárbaro. En el desarrollo posterior ese tipo sobrevive solamente en ocupaciones no clasificadas como industriales; guerra, política, deportes, ciencia y el oficio sacerdotal.

Las únicas excepciones notables son una parte de la industria pesquera y ciertas ocupaciones ligeras que es dudoso puedan ser calificadas como industria, tales como la manufactura de armas, juguetes e instrumentos para los deportes. Virtualmente todas las tareas industriales son una excrecencia de lo que en la comunidad primitiva bárbara se clasifica como trabajo de las mujeres. En la cultura bárbara inferior, el trabajo de los hombres no es menos indispensable para la vida del grupo que el realizado por las mujeres. Es incluso posible que el trabajo del hombre contribuya tanto como el de la mujer al abastecimiento de alimentos y de las demás cosas que necesita consumir el grupo. Tan evidente es este carácter «productivo» del trabajo de los hombres, que en las obras corrientes de economía se considera el trabajo del cazador como tipo de la industria primitiva. Pero no es así como opina el bárbaro. A sus propios ojos no es un trabajador y no ha de clasificárselo a este respecto junto con las mujeres; ni debe clasificarse tampoco su esfuerzo juntamente con el tráfago (drudgery) de las mujeres, como trabajo o industria, de modo que sea posible confundirlo con aquél. En todas las comunidades bárbaras hay un profundo sentido de la disparidad existente entre el trabajo del hombre y el de la mujer. El trabajo del hombre puede estar encaminado al sostenimiento del grupo, pero se estima que lo realiza con una excelencia y eficacia de un tipo tal que no puede compararse sin desdoro con la diligencia monótona de las mujeres.

Si retrocedemos un paso más atrás en la escala cultural encontramos -en los grupos salvajes -que la diferenciación de tareas es aún menos complicada y la distinción valorativa entre clases y tareas menos consistente y rigurosa. Es difícil encontrar ejemplos inequívocos de una cultura salvaje primitiva. Son pocos los grupos clasificados corno «salvajes» que no presentan rastros de una regresión desde un estadio cultural más avanzado. Pero hay grupos -algunos de los cuales no son, aparentemente, resultado de una regresión -que presentan, con alguna fidelidad, los rasgos del salvajismo primitivo. Su cultura difiere de la cultura de las comunidades bárbaras en la ausencia de una clase ociosa y en la ausencia, en gran medida, del ánimo o actitud espiritual en que descansa la institución de una clase ociosa. Esas comunidades de salvajes primitivos en las que no hay jerarquía de clases económicas no constituyen sino una fracción pequeña y poco importante de la raza humana. El mejor ejemplo de esta fase cultural lo ofrecen las tribus de los andamanes y todas las de los Montes Nilguiri.

El esquema de la vida de estos grupos en la época de su primer contacto con los europeos parece haber sido casi típico por lo que respecta a la ausencia de una clase ociosa. Pueden citarse otros ejemplos, los aínos de Yezo y, aunque es más dudoso, algunos grupos bosquimanos y esquimales. Ciertas comunidades de indios pueblo son incluidas con menos seguridad, en la misma clase. Muchas de las comunidades aquí citadas, si no todas, pueden muy bien ser casos de degeneración de una barbarie superior más bien que portadoras de una cultura que no haya estado nunca por encima de su nivel actual, Caso de ser así, sólo por extensión pueden ser aceptados para nuestro actual propósito; pero pueden servir, a pesar de todo, como ejemplo, de la misma manera que si fuesen realmente poblaciones «primitivas»

Estas comunidades que no tienen una clase ociosa definida presentan también otras semejanzas en su estructura social y modo de vida. Son grupos pequeños y de estructura (arcaica) simple; son, por lo general, pacíficos y sedentarios; son pobres y la propiedad individual no es una característica dominante de su sistema económico. Pero no se sigue de ello que sean las comunidades más pequeñas que existen, ni que su estructura social sea, en todos los aspectos, la menos diferenciada, ni tampoco que esta clase abarque necesariamente a todas las comunidades primitivas que no tienen sistema definido de propiedad individual. Lo que sí es de notar es que esta clase de comunidades parece incluir los grupos pacíficos de hombres primitivos -acaso todos los grupos característicos pacíficos-. El rasgo común más notable de los miembros de tales comunidades es cierta ineficacia amable cuando se enfrentan con la fuerza o con el fraude.

Los datos que nos ofrecen los usos y los rasgos culturales de las comunidades que se hallan en un estadio bajo de desarrollo indican que la institución de una clase ociosa ha surgido gradualmente durante la transición del salvajismo primitivo a la barbarie; o dicho con más precisión, durante la transición de unos hábitos de vida pacíficos a unas costumbres belicosas.

Las condiciones necesarias al parecer para que surja una clase ociosa bien desarrollada son: 1) la comunidad debe tener hábitos de vida depredadores (guerra, caza mayor, o ambas a la vez); es decir, los hombres, que constituyen en estos casos la clase ociosa en proceso de incoación, tienen que estar habituados a infligir daños por la fuerza y mediante estratagemas; 2) tiene que haber posibilidades de conseguir medios de subsistencia suficientemente grandes para permitir que una parte considerable de la comunidad pueda estar exenta de dedicarse, de modo habitual, al trabajo rutinario. La institución de una clase ociosa es la excrecencia de una discriminación entre tareas, con arreglo a la cual algunas de ellas son dignas y otras indignas. Bajo esta antigua distinción son tareas dignas aquellas que pueden ser clasificadas como hazañas; indignas, las ocupaciones de vida cotidiana en que no entra ningún elemento apreciable de proeza.

Esta distinción tiene escaso significado en una comunidad industrial moderna y ha recibido, en consecuencia, poca atención por parte de los economistas. Vista a la luz de ese sentido común moderno que preside los estudios de economía, parece meramente formal y no sustancial. Pero persiste con gran tenacidad como lugar común preconcebido incluso en la vida moderna, como se ve, por ejemplo, en la aversión por las ocupaciones serviles. Es una distinción de tipo personal, de superioridad e inferioridad. En los estadios culturales primitivos en los que la fuerza del individuo contaba de modo más inmediato y evidente en la modelación del curso de los acontecimientos, la hazaña tenía un gran valor en el esquema general de la vida cotidiana. El interés se centraba en mayor grado alrededor de este hecho. En consecuencia, una distinción basada en estos fundamentos parecía más imperativa y definitiva entonces que hoy. Por ello, en cuanto hecho que forma parte de la secuencia del desarrollo, la distinción es sustancial y descansa en bases suficientemente válidas y poderosas.

El fundamento en que se basa habitualmente cualquier discriminación entre hechos cambia con el interés que determina el modo de considerar esos hechos. Son sobresalientes y sustanciales los hechos iluminados por el interés dominante en la época. Cualquier base de distinción resultará, en apariencia, sin importancia para quienquiera que habitualmente considere los hechos de que se trate desde un punto de vista distinto y los evalúe para una finalidad diferente. El hábito de distinguir y clasificar los diversos fines y direcciones de actividad prevalece necesariamente siempre y en todas partes, porque es indispensable para elaborar una teoría o esquema general de la vida que sea útil en la práctica.

El punto de vista particular o la especial característica que se toma como definitiva en la clasificación de los hechos de la vida depende del interés en consideración al cual se trata de hacer la discriminación de los hechos. Por consiguiente, los fundamentos de la discriminación y las formas de procedimiento para hacer la clasificación cambian según avanza el desarrollo de la cultura, porque cambia también la finalidad en gracia a la cual son aprehendidos los hechos de la vida y, en consecuencia, el punto de vista adoptado. Así, las características que se reconocen como sobresalientes y decisivas de una serie de actividades o de una clase social en un estadio de cultura no conservarán la misma importancia relativa para los propósitos de la clasificación en ningún estadio subsiguiente.

Pero el cambio de tipos y punto de vista es gradual y rara vez produce la subversión o la supresión total de un punto de vista que ha sido aceptado en un momento dado. De ordinario, se hace una distinción entre ocupaciones industriales y no industriales, y esta distinción moderna es una forma trasmutada de la distinción bárbara entre hazaña y tráfago. El juicio popular siente como intrínsecamente distintas tareas como la guerra, la política, el culto y las diversiones públicas, de un lado, y el trabajo relacionado con la elaboración u obtención de los medios materiales de vida, de otro. La línea de demarcación no es la misma que existía en el esquema bárbaro, pero la distinción fundamental no ha caído en desuso.

En efecto, la distinción tácita -de sentido común -hoy practicada consiste en que sólo debe considerarse como industrial un esfuerzo cuya finalidad última sea la utilización de algo no humano. No se cree, por ejemplo, que la utilización coactiva del hombre por el hombre sea función industrial, pero se clasifica como actividad industrial todo esfuerzo encaminado a elevar la vida humana aprovechando el medio ambiente no humano. Los economistas que mejor han conservado y adaptado la tradición clásica postulan generalmente el «poder del hombre sobre la naturaleza» como hecho característico de la productividad industrial. Este poder industrial sobre la naturaleza incluye el poder del hombre sobre las bestias y sobre todas las fuerzas elementales. De este modo se traza una línea entre la humanidad y el resto de la creación.

En otros tiempos y entre los hombres imbuidos de prejuicios de tipo diferente, la línea no se dibuja con tanta precisión como hoy. En la concepción de la vida salvaje o bárbara, la línea divisoria se traza en sitio distinto y de modo diferente. En todas las comunidades que se encuentran en el estadio del salvajismo hay un sentido alerta y penetrante de la antítesis entre dos grupos de fenómenos, en uno de los cuales se incluye a sí mismo el bárbaro, en tanto que en el otro coloca sus medios de vida. Se siente que hay una antítesis entre los fenómenos económicos y los no económicos, pero no se concibe a la manera moderna; no es una antítesis entre el hombre y el resto de la creación, sino entre las cosas animadas y las inertes.

Puede que sea un exceso de precaución explicar hoy que la noción bárbara que se intenta expresar aquí con el término «animado» no abarca todas las cosas vivas y comprende, en cambio, muchas que no lo son. Fenómenos naturales impresionantes, tales como una tormenta, una enfermedad, una catarata, son considerados como «animados», en tanto que las frutas y las hierbas e incluso animales poco notorios como moscas, gusanos, turones, ovejas, etc., no son aprehendidos de ordinario como animados, excepto cuando se los considera en colectividad. Tal como aquí se emplea, el término no implica necesariamente que more en esas cosas un alma o espíritu. El concepto incluye aquellas cosas que el animista salvaje o bárbaro aprehende como formidables en virtud de un hábito real o imputado de iniciar acciones.

Esta categoría comprende un gran número de objetos y fenómenos naturales. Tal distinción entre lo inerte y lo activo persiste aún en los hábitos mentales de personas irreflexivas y afecta todavía profundamente la teoría dominante de la vida humana y de los procesos naturales; pero no penetra nuestra vida cotidiana con la extensión o consecuencias prácticas de gran alcance, visibles en los estadios anteriores de cultura y creencias.

Para la mente del bárbaro la elaboración y utilización de lo que ofrece la naturaleza inerte es una actividad que se encuentra en un plano totalmente distinto de sus tratos con cosas y fuerzas «animadas». La línea de demarcación podrá ser vaga y movible, pero la distinción general es suficientemente real e imperativa para influir en el esquema bárbaro de la vida. La fantasía bárbara imputa a la clase una actividad dirigida a algún fin. Es este desarrollo teleológico de una actividad lo que constituye un objeto de fenómeno en hecho «animado». Dondequiera que el ingenuo salvaje o bárbaro se encuentra con una actividad que lo estorba, la interpreta en los únicos términos que están a su alcance -los términos dados inmediatamente en su conciencia de sus propios actos-.

Asimila, pues, esa actividad a la acción humana y los objetos activos al agente humano. Los fenómenos de este carácter -en especial aquellos notablemente formidables o desconcertantes -tienen que ser afrontados con un espíritu diferente y una habilidad de distinta especie de los requeridos para manejar cosas inertes. Ocuparse con éxito de tales fenómenos es más bien hazaña que industria. Es demostración de pureza, no de diligencia.

Guiada por esta discriminación ingenua entre lo inerte y lo animado, las actividades del grupo social primitivo tienden a dividirse en dos clases, que en términos modernos pueden denominarse hazaña e industria. La industria es el esfuerzo encaminado a crear una cosa nueva con una finalidad nueva que le es dada por la mano moldeadora de quien la hace empleando material pasivo («bruto»); mientras que la hazaña, en cuanto produce un resultado útil para el agente, es la conversión hacia sus propios fines de energías anteriormente encaminadas por otro agente a algún otro fin. Hablamos aún de «materia bruta» con algo de la concepción bárbara que da un profundo significado al término. La distinción entre hazaña y tráfago coincide con una diferencia entre los sexos. Difieren éstos no sólo en estatura y fuerza muscular, sino -acaso más decisivamente -en temperamento, y esta diferencia tiene que haber dado origen, desde tiempos muy remotos, a una división del trabajo correspondiente a aquélla.

La serie de actividades que en términos generales caen bajo la denominación de hazaña corresponden al varón como más fuerte, más robusto y más capaz de una tensión violenta y repentina, y más fácilmente inclinado a la autoafirmación, la emulación activa y la agresión. Las diferencias de robustez, de carácter fisiológico y de temperamento que hay entre los miembros del grupo primitivo pueden ser pequeñas; de hecho, en algunas de las comunidades más arcaicas que -conocemos como por ejemplo, las tribus de los andamanes-, parecen ser relativamente pequeñas y sin importancia. Pero en cuanto ha comenzado una diferenciación de funciones basada en las líneas marcadas por esta diferencia de físico y de ánimo, se amplía la diferencia originaria de sexos. Se produce entonces un proceso acumulativo de adaptación selectiva a la nueva distribución de tareas, especialmente si el hábitat o la fauna con que el grupo está en contacto son de un tipo que exige el ejercicio de las virtudes más vigorosas. La persecución habitual de la caza mayor exige un empleo frecuente de las cualidades viriles de robustez, agilidad y ferocidad y, por tanto, difícilmente puede dejar de apresurar y ensanchar la diferencia de funciones entre los sexos. Y en cuanto el grupo entra en contacto hostil con otros grupos, la divergencia de función adoptará la forma desarrollada de una distinción entre lo que es hazaña y lo que es industria.

En tal grupo depredador de cazadores, la lucha y la caza vienen a constituir el oficio de los hombres físicamente aptos. Las mujeres hacen el resto del trabajo que hay que realizar -los demás miembros del grupo que no son aptos para llevar a cabo el trabajo propio de los hombres son clasificados a este propósito con las mujeres-. Ahora bien, la lucha y la caza a que se dedican los hombres son dos tareas que tienen el mismo carácter general. Ambas son de naturaleza depredadora; tanto el guerrero como el cazador cosechan donde no han sembrado. Su demostración agresiva de fuerza y sagacidad difiere evidentemente de la asidua y rutinaria transformación de materiales que realizan las mujeres; no puede calificarse de trabajo productivo sino más bien de adquisición de sustancias por captura. Siendo ésta el trabajo del hombre bárbaro en su forma más desarrollada y más diferenciada del trabajo de las mujeres, todo esfuerzo que no implique una proeza visible viene a ser indigno del varón.

Conforme va ganando consistencia la tradición, el sentido corriente de la comunidad le exige un canon de conducta, de tal modo que en ese estadio cultural para el hombre que se respete no es moralmente posible ninguna tarea ni adquisición que no tenga por base una proeza -fuerza o fraude-. Cuando mediante una muy prolongada costumbre se consolidan en el grupo unos hábitos de vida depredadores, la matanza y destrucción de los competidores en la lucha por la existencia que tratan de resistirlo o burlarlo, el domeñar y reducir a subordinación aquellas fuerzas extrañas que no se presentan en el medio como refractarias a su voluntad se convierten en el oficio acreditado del hombre cabal dentro de la economía social. Esta distinción teórica entre la hazaña y el tráfago está tan tenaz y escrupulosamente arraigada en muchas tribus cazadoras, que el hombre no puede llevar al hogar la caza que ha matado, sino que tiene que enviar a su mujer para que realice esa tarea inferior.

Como ya se ha indicado, la distinción entre hazaña y tráfago es una distinción entre ocupaciones que tiene carácter valorativo. Aquellas ocupaciones clasificadas como proezas son dignas, honorables y nobles; las que no contienen ese elemento de hazaña y especialmente aquellas que implican servidumbre o sumisión son indignas, degradantes e innobles. Los conceptos de dignidad, valor u honor, aplicados a las personas o a las conductas, tienen una importancia de primer orden en el desarrollo de las clases y las distinciones de clase y es, por tanto, necesario decir algo acerca de su origen y significado. Su base psicológica puede ser expuesta esquemáticamente como sigue: Por necesidad selectiva el hombre es un agente. Es, a su propio juicio, un centro que desarrolla una actividad impulsora -actividad «teológica»-.

Es un agente que busca en cada acto la realización de algún fin concreto, objetivo e impersonal. Por el hecho de ser tal agente tiene gusto por el trabajo eficaz y disgusto por el esfuerzo fútil. Tiene un sentido del mérito de la utilidad (serviceability) o eficiencia y del demérito de lo fútil, el despilfarro o la incapacidad. Se puede denominar a esta actividad o propensión «instinto del trabajo eficaz» (instinct of workmanship) (2). Donde quiera que las circunstancias o tradiciones de la vida llevan a una comparación habitual de una persona con otra en punto a eficacia, el instinto del trabajo eficaz tiende a crear una comparación valorativa o denigrante. La medida en que se produzca este resultado depende, en gran parte, del temperamento de la población.

En toda comunidad en donde se hacen habitualmente tales comparaciones valorativas, el éxito patente se convierte en un fin buscado por su propia utilidad como base de estimación. Se consigue la estima y se evita el desdoro poniendo de manifiesto la propia utilidad, El resultado es que el instinto del trabajo eficaz se exterioriza en una demostración de fuerza que tiene sentido emulativo. Durante aquella fase primitiva de desarrollo social en que la comunidad es aún habitualmente pacífica, acaso sedentaria, y no tiene un sistema desarrollado de propiedad individual, la eficiencia del individuo se demuestra de modo especial y más consistente en alguna tarea que impulse la vida del grupo. La emulación de tipo económico que se produzca en tal grupo será, sobre todo, emulación en el terreno de la utilidad industrial. A la vez, el incentivo que impulsa a la emulación no es fuerte ni su alcance grande.

Cuando la comunidad pasa del salvajismo pacífico a una fase de vida depredadora, cambian las condiciones de la emulación. Aumenta el alcance y la urgencia de las oportunidades y los incentivos de la emulación. La actividad de los hombres toma cada vez más el carácter de hazaña; y se hace cada vez más fácil y habitual la comparación valorativa de un cazador o guerrero con otro. Los trofeos -prueba tangible de las proezas -encuentran un lugar en los hábitos mentales de los hombres como accesorios que adornan la vida. El botín, los trofeos de la caza o de la razzia pasan a ser considerados como demostración de fuerza preeminente. La agresión se convierte en forma acreditada de acción y el botín sirve –prima facie -como prueba de una agresión afortunada. En este estadio cultural la forma acreditada y digna de autoafirmación es la lucha; y los objetos o servicios útiles obtenidos por captura o coacción sirven de prueba convencional de que la lucha ha tenido un desenlace feliz. Como consecuencia de ello -y por contraste -la obtención de cosas por medios distintos a la captura viene a ser considerada como indigna de un hombre en su mejor condición. Por la misma razón la práctica del trabajo productivo o la ocupación en servicios personales caen bajo la misma odiosidad. Surge de este modo una distinción denigrante entre la hazaña y la adquisición por captura, de un lado, y el trabajo industrial, de otro. El trabajo se hace tedioso por virtud de la indignidad que se le imputa.

Para el bárbaro primitivo -antes de que esa noción simple haya sido oscurecida por sus propias ramificaciones y por el desarrollo secundario de ideas con ella emparentadas- «honorable» parece no comportar otra cosa sino una afirmación de superioridad de fuerzas. «Honorable» es «formidable»; «digno» es «prepotente». Un acto honorífico no es, en último término, otra cosa sino un acto de agresión de éxito reconocido; allí donde la agresión implica lucha con hombres o con bestias, la actividad que implica la demostración de una mano fuerte se convierte en honorable de modo especial y primordial. El hábito ingenuo y arcaico de interpretar todas las manifestaciones de fuerza en términos de personalidad o «fuerza de voluntad» robustece en gran medida esta exaltación convencional de la mano fuerte.

Los epítetos honoríficos, tan comunes entre las tribus bárbaras como entre los pueblos de cultura elevada, llevan comúnmente el cuño de este sentido ingenuo del honor. Los epítetos y títulos usados para dirigirse a los caudillos y para propiciarse la voluntad de los dioses y reyes imputan con frecuencia a los destinatarios una propensión a la violencia avasalladora y una fuerza devastadora irresistible.

En algún sentido esto es también cierto de las comunidades más civilizadas de hoy día. La predilección mostrada en las divisas heráldicas por las bestias más rapaces y las aves de presa refuerza la misma opinión. Con esta apreciación que hace el sentido común bárbaro de la dignidad o el honor, disponer de las vidas -matar competidores formidables, sean brutos o seres humanos -es honorable en el mayor grado. Y este alto oficio del autor de la matanza, expresión de la prepotencia del matador, arroja sobre todo acto de matanza y sobre todos los instrumentos y accesorios del mismo una aureola mágica de dignidad. Las armas son honorables y su uso, aunque sea para perseguir a las criaturas más miserables de los campos, se convierte en un empleo honorífico. Paralelamente la ocupación industrial pasa a ser odiosa y, en la apreciación común, el manejo de herramientas y útiles industriales resulta inferior a la dignidad de los hombres cabales. El trabajo se hace tedioso.

Se supone aquí que, en la secuencia de la evolución cultural, los grupos humanos primitivos han pasado de una etapa inicial pacífica a otro estadio subsiguiente en el que la lucha es la ocupación reconocida y característica del grupo. Pero ello no implica que haya habido una transición brusca de la paz y buena voluntad inquebrantadas a una fase de vida, posterior o superior, en la cual aparece por primera vez el combate. Tampoco implica que con la transición a la fase cultural depredadora desaparezca toda industria pacífica. Es seguro que en todo estadio temprano del desarrollo social hubo de producirse alguna lucha. Tuvieron que presentarse, con mayor o menor frecuencia, luchas motivadas por la competencia sexual. Los hábitos conocidos de los grupos primitivos, lo mismo que los de los antropoides y el testimonio de los impulsos de la naturaleza humana sirven como refuerzo a esta opinión.

Puede, por tanto, objetarse que no es posible que haya existido un estadio inicial de vida pacífica como el aquí supuesto. No hay en la evolución cultural un punto antes del cual no se produzcan luchas. Pero el punto que se debate no es la existencia de luchas, ocasionales o esporádicas, ni si- quiera su mayor o menor frecuencia y habitualidad. Es el de si se produce una disposición mental habitualmente belicosa -un hábito de juzgar de modo predominante los hechos y acontecimientos desde el punto de vista de la lucha-. La fase cultural depredadora se alcanza sólo cuando la actitud depredadora se ha convertido en la actitud espiritual habitual y acreditada de los miembros del grupo; cuando el combate ha pasado a ser la nota dominante de la teoría normal de la vida; cuando, finalmente, la apreciación vulgar de los hombres y las cosas ha llegado a ser una apreciación orientada hacia la lucha.

La diferencia sustancial entre la fase cultural pacífica y la depredadora es, por tanto, una diferencia espiritual, no mecánica. El cambio de actitud espiritual es el resultado de un cambio en los hechos materiales de la vida del grupo y se advierte, de modo gradual, conforme se van produciendo las circunstancias materiales favorables a una actitud depredadora. El límite inferior de la cultura depredadora es un límite industrial. La depredación no puede llegar a ser el recurso convencional, habitual de ningún grupo o clase hasta que el desarrollo de los métodos industriales haya alcanzado un grado tal de eficacia que, por encima de la subsistencia de quienes se ocupan de conseguir los medios para ella, quede un margen por el que merezca la pena luchar. La transición de la paz a la depredación depende, pues, del desarrollo de los conocimientos técnicos y del uso de herramientas. En consecuencia, en las épocas primitivas, mientras no se hayan desarrollado las armas hasta el punto de hacer del hombre un animal formidable, imposible una cultura depredadora.

Naturalmente, el desarrollo primero de las herramientas y las armas es el mismo hecho, sólo que contemplado desde puntos de vista diferentes. Se puede caracterizar como pacífica la vida de un grupo dado mientras el recurso habitual al combate no grupo haya colocado la lucha en el primer plano de los pensamientos cotidianos del hombre como rasgo dominante de su vida. Es evidente que un grupo puede llegar a un grado mayor o menor de plenitud de esa actitud depredadora, en tal forma que su esquema general de vida y sus cánones de conducta puedan estar regidos en mayor o menor extensión por el ánimo depredador. Se concibe, pues, que la fase cultural depredadora adviene gradualmente, a través de un desarrollo de actitudes, hábitos y tradiciones depredadoras producidas por acumulación, y que este desarrollo se debe a que las circunstancias de la vida del grupo sufren un cambio de un tipo adecuado para desarrollar y conservar aquellos rasgos de conducta que favorecen más bien una vida depredadora que una existencia pacífica.

Las pruebas de la hipótesis de que ha habido tal estadio pacífico en la cultura primitiva derivan en gran parte de la psicología más bien que de la etnología y no pueden ser detalladas aquí. Se aducen parcialmente en un capítulo posterior en el que se estudia la supervivencia de rasgos arcaicos de la naturaleza humana en la cultura moderna.

notas:
1) Utilizo la palabra «valorativo», aquí y en el resto de la obra, para traducir el término inglés invidious empleado por Veblen. Ese calificativo significa de ordinario denigrante, envidioso u odioso. Pero como explica más adelante el autor, le da un sentido distinto: «Se emplea el término en sentido técnico, para describir una comparación de personas con objeto de escalonarlas y graduarlas con respecto a la valía o valor relativos de cada una de ellas en sentido estético o moral y conceder, y definir así los grados relativos de agrado con que pueden ser legítimamente contempladas por sí mismas y por las demás. Una comparación valorativa (invidious) es un proceso de valoración de las personas con respecto a su valía»
2) Véase la nota sobre terminología, p. 11[T.]

Ediciones www.elaleph.com

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(libro) La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global

Cuando este libro fue escrito en la primavera de 2000, la new economy mostraba los primeros signos de una crisis que se agravó hasta desencadenar la recesión en la que el mundo entró en 2001. La crisis se precipitó de forma trágica cuando, el 11 de septiembre, el símbolo del poder económico occidental, las torres del World Trade Center, fueron destruidas por el ataque de un comando suicida.

Por Franco Berardi ‘Bifo’

Introducción a la edición castellana

En el último decenio hemos visto sucederse con vertiginosa rapidez tres fases diferentes: el ascenso de una clase social ligada a la virtualización, que halló su triunfo en la impresionante subida de las acciones tecnológicas en la Bolsa; la crisis ideológica, psíquica, económica y social del modelo de la new economy; y por último la precipitación de la crisis y su revés angustioso en forma de violencia, guerra y militarización de la economía.

La fábrica de la infelicidad es un libro dedicado al análisis de la ideología virtual, de sus aporías teóricas y, sobre todo, de su fragilidad cultural. La ideología virtual es una mezcla de futurismo tecnológico, evolucionismo social y neoliberalismo económico. Floreció a mediados de los años noventa, cuando la revista californiana Wired se convirtió en el Evangelio de una nueva clase cosmopolita y libertaria,(1) optimista y sobreexcitada. En los últimos años, todos han empezado a darse cuenta de que el neoliberalismo no es el más perfecto de los programas políticos, de que el mercado no se corrige a sí mismo, y de que la mano invisible de smithiana memoria no es capaz de regular los procesos sociales y financieros hasta producir una perfecta autorregulación del ciclo económico. Se ha hecho evidente que la infoproducción no es ese reino de la felicidad y de la autorrealización que la ideología había prometido como premio a los que trabajan en la economía de la red, en las condiciones de continuo estrés competitivo de la empresa fractal individualizada. La promesa de felicidad y autorrealización en el trabajo estaba implícita en el edificio discursivo e imaginario de la new economy.

Esta promesa se marchitó: la crisis financiera de las acciones tecnológicas hizo estallar un malestar que hasta ese momento fue ocultado y calmado con masivas dosis de sustancias —financieras y psicotrópicas. Ese malestar no se ha podido mantener oculto al quedar claro que las inversiones disminuían y, con ello, desaparecería el incentivo para aplazar toda reflexión, todo relajamiento y toda profundización.

En el centro de la new economy, entendida como modelo productivo y como discurso cultural, se halla una promesa de felicidad individual, de éxito asegurado, de ampliación de los horizontes de experiencia y de conocimiento. Esta promesa es falsa, falsa como todo discurso publicitario. Impulsados por la esperanza de lograr la felicidad y el éxito, millones de jóvenes trabajadores altamente formados han aceptado trabajar en condiciones de un espantoso estrés, de sobreexplotación, incluso con salarios muy bajos, fascinados por una representación ambigua en la que el trabajador es descrito como un empresario de sí mismo y la competición es elevada a regla universal de la existencia humana.

El hundimiento de la ideología felicista ligada a la economía de red comenzó cuando los títulos tecnológicos empezaron a perder puntos en las Bolsas de todo el mundo y se empezó a prever que la llamada «burbuja especulativa» pudiera pincharse. El sentimiento de malestar se acentuó cuando a la crisis financiera siguió una auténtica crisis económica, con rasgos de crisis de sobreproducción semiótica y tecnológica. Finalmente, se abrió un vertiginoso y temible abismo cuando la clase virtual descubrió que es físicamente vulnerable, cuando la violencia se demostró capaz de entrar en el edificio transparente de la virtualidad. El apocalipsis ha hecho que la clase virtual descubra que no es inmune a la crisis, a la recesión, al sufrimiento y a la guerra.

En ese momento, las perspectivas cambiaron de modo radical. Cuando las torres de Manhattan fueron destruidas por hombres convertidos en bombas, la clase virtual que desarrollaba su trabajo atrincherada en esas torres salió de su condición de espíritu puro, descubrió que tiene un cuerpo físico, carnal, que puede ser golpeado, herido, muerto. Y descubrió también que tiene un cuerpo social, que puede empobrecerse, ser despedido, ser sometido al sufrimiento, a la marginación, a la miseria; y también un cuerpo erótico, que puede entrar en una fase de depresión y de pánico. En otras palabras, la clase virtual ha descubierto que es, además, cognitariado, es decir: trabajo cognitivo dotado de un cuerpo social y carnal, que es sometido conscientemente o no al proceso de producción de valor y de mercancía semiótica, que puede ser sometido a explotación y a estrés, que puede sufrir privación afectiva, que puede caer en el pánico, que incluso puede ser violentado y muerto. La clase virtual ha descubierto un cuerpo y una condición social. Por eso ha dejado de sentirse clase virtual y ha empezado a sentirse cognitariado.

El hundimiento y la disolución de la new economy, es decir, del tejado ideológico y de categorías bajo el cual se desarrolló la semioproducción en los años noventa, no supone el hundimiento de la net economy, es decir, del proceso de producción conectado en red. La infraestructura de la red ha seguido creciendo y articulándose a pesar de la crisis, y la prioridad hoy reside en crear los contenidos, imaginar los usos, las funciones sociales y comunicativas de la red futura. ¿Qué encadenamientos sociales se crearán con el desarrollo de la banda ancha, de la fibra óptica, del UMTS,(2) es decir, de las infraestructuras técnicas producidas durante la onda expansiva de los últimos años noventa y hoy muy infrautilizadas?

Se abre un vasto campo a la imaginación. Se trata de imaginar para los próximos años interfaces de uso, modos de encadenamiento, formatos de narración conectiva y narración en inmersión, de activar una nueva mitopoiesis (3) Introducción a la edición en castellano

Se trata de imaginar todo aquello que se volverá productivo durante y después de la apertura del abismo porque, si la humanidad no desaparece, la red sobrevivirá. Consecuencias ideológicas del dotcom crash (4) En los años noventa, gracias a la participación masiva en el ciclo de inversión financiera, los productores cognitivos pudieron actuar como capa económica autosuficiente. Invirtieron sus competencias, su saber y su creatividad y hallaron en el mercado financiero los medios para crear empresa. Durante unos años la forma de la empresa ha sido el punto de encuentro entre capital financiero y trabajo cognitivo de alta productividad. Una forma de autoempresa que exaltaba a un tiempo la autonomía del trabajo y la dependencia del mercado.

La ideología libertaria y liberal que dominó la cibercultura de los años noventa idealizaba el mercado al presentarlo como una dimensión pura. En esta dimensión, natural como la lucha por la supervivencia que hace posible la evolución, el trabajo hallaba los medios para autovalorizarse y hacerse empresa. Abandonado a su dinámica pura, el sistema económico reticular debía lograr resultados óptimos para todos, propietarios y trabajadores. Este modelo, teorizado por autores como Kevin Kelly y transformado por la revista Wired en una especie de visión del mundo digital liberal, altanera y triunfalista, ha quedado en entredicho en los dos primeros años del nuevo milenio, junto con la new economy y gran parte del ejército de autoempresarios cognitivos que animaron el mundo de las dotcom.

Ha quedado en entredicho porque el modelo de un mercado perfectamente libre es falso en la teoría y en la práctica. Lo que el neoliberalismo ha favorecido a largo plazo no es el libre mercado sino el monopolio. Mientras el liberalismo idealiza el mercado como lugar libre en el que compiten saberes, competencias y creatividad, la realidad ha mostrado que los grandes grupos de poder actúan de un modo nada libertario, introduciendo automatismos tecnológicos, imponiéndose por medio de la fuerza de los medios de comunicación o del dinero y, por último, robando sin pudor alguno a la masa de accionistas y al trabajo cognitivo. La falsedad del libre mercado ha quedado completamente a la vista con la presidencia Bush.

La política del gobierno Bush consiste en favorecer de modo explícito a los monopolios —empezando por el escandaloso indulto a Bill Gates, a cambio de una alianza política y de los correspondientes apoyos financieros electorales. La política del gobierno Bush es de tipo proteccionista, que impone la apertura de los mercados a los países débiles pero permite a los Estados Unidos de América mantener aranceles del 40 por ciento sobre la importación de acero. Con la victoria de Bush, la ideología liberal y libertaria ha quedado derrotada, reducida a la hipócrita repetición de lugares comunes sin contenido. La ideología que acompañó a la dotcommanía consistía en una representación un tanto fanática de optimismo obligatorio
y economicista.

Pero el proceso real que se desarrolló en los años de las dotcom contiene elementos de innovación social, además de tecnológica. En la segunda mitad de los años noventa se desarrolló una auténtica lucha de clases en el seno del circuito productivo de las altas tecnologías. El devenir de la red ha estado marcado por esa lucha. El resultado de la misma, en este momento, aún es incierto. La ideología del mercado libre ha demostrado ser un señuelo. La idea de que el mercado pudiera funcionar como un espacio puro de confrontación en igualdad de condiciones entre las ideas, los proyectos, la calidad productiva y la utilidad de los servicios ha sido barrida por la amarga verdad de una guerra que los monopolios han conducido contra la multitud de trabajadores cognitivos autoempleados y la masa un tanto patética de microaccionistas. En la lucha por la supervivencia no ha vencido el más eficaz ni el mejor, sino el que ha sacado los cañones. Los cañones de la violencia, de la rapiña, del robo sistemático, de la violación de todas las normas éticas y legales. La alianza entre Gates y Bush ha sancionado la liquidación del mercado, y con ello ha concluido una fase de la lucha interna en la virtual class.

Una parte de ésta se ha incorporado al complejo tecnomilitar, mientras otra ha sido expulsada de la empresa y empujada hasta el borde de la proletarización. En el terreno cultural se están creando las condiciones para la formación de una consciencia social del cognitariado. Este podría ser el fenómeno más importante de los próximos tiempos y la única alternativa al desastre.

Las dotcom han sido el laboratorio de formación de un modelo productivo y de un mercado. El mercado ha sido finalmente conquistado y ahogado por los monopolios y el ejército de autoempresarios y de microcapitalistas de riesgo ha sido disuelto y despojado. Se inicia así una nueva fase: los grupos que prosperaron con el ciclo de la net economy se han aliado con el grupo dominante de la old economy —el clan Bush, representante de la industria petrolera y militar— y ello ha marcado un bloqueo del proceso de globalización. El neoliberalismo ha producido su propia negación, y quienes fueron sus más entusiastas defensores se convierten en víctimas y marginados.

En cuanto la red empezó a difundirse y a mostrar sinergias culturales, técnicas y comunitarias llegaron los comerciantes y los publicitarios y toda su cohorte de fanáticos del beneficio. Su pregunta era muy sencilla: ¿puede Internet convertirse en una máquina de hacer dinero? Los «expertos» —un puñado variopinto de artistas, hackers y experimentadores tecnosociales— respondieron de manera sibilina. Los californianos de Wired respondieron que Internet estaba destinada a multiplicar la potencia del capitalismo, a abrir inmensos mercados inmateriales y a trastocar las propias leyes de la economía, que prevén crisis, recesiones, rendimientos decrecientes y caídas de la tasa de beneficio. Nadie desmintió a los vendedores digitales.

Artistas de la red y mediactivistas tenían otras cosas que hacer y sus críticas y reservas fueron tomadas por los lamentos del perdedor, incapaz de entrar en el gran juego. Visionarios digitales cyberpunk y artistas de la red dejaron que el globo creciese. Lo que entraba en el circuito de la red era dinero útil para desarrollar todo tipo de experimentación tecnológica, comunicativa y cultural. Alguno lo ha llamado funky business. El trabajo creativo encontró el modo de sacarle unos durillos a una marea de capitalistas grandes, grandísimos, pero también pequeños.

Pero Internet no es una máquina de hacer dinero. No lo ha sido nunca y no puede convertirse en ello. Esto no quiere decir que la red no tenga nada que ver con la economía. Por el contrario, se ha convertido en una infraestructura indispensable para la producción y la realización del capital. Pero su cultura específica no puede ser reducida a la economía. Internet ha abierto un capítulo completamente nuevo del proceso de producción. La inmaterialización del producto, el principio de cooperación, la continuidad inseparable entre producción y consumo han hecho saltar los criterios tradicionales de definición del valor de las mercancías. Quien entra en la red no cree ser un cliente sino un colaborador, y por eso no quiere pagar.

Ni AOL ni Microsoft ni los demás tiburones pueden cambiar este hecho, que no es sólo un rasgo cultural un tanto anarcoide, sino el corazón mismo de la relación de trabajo digital. No debemos pensar que Internet es una especie de isla extravagante en la que ha entrado en crisis el principio de valorización que domina el resto de las relaciones humanas. Más bien, la red ha abierto una grieta conceptual que está destinada a agrandarse. El principio de gratuidad no es una excepción marginal, sino que puede convertirse en el principio universal de acceso a los bienes materiales e inmateriales.

Con el dotcom crash el trabajo cognitivo se ha separado del capital. Los artesanos digitales, aquellos que en los años noventa se sintieron empresarios de su propio trabajo, se irán dando cuenta poco a poco de cómo han sido engañados, desvalijados y expropiados, y ello creará las condiciones de aparición de una nueva consciencia de los trabajadores cognitivos. Comprenderán que a pesar de poseer toda la potencia productiva, les ha sido expropiado el fruto de su trabajo por una minoría de especuladores ignorantes pero hábiles en el manejo de los aspectos legales y financieros del proceso productivo. La capa improductiva de la clase virtual, los abogados y los contables, se apropian del plusvalor cognitivo producido por los físicos, los informáticos, los químicos, los escritores y los operadores mediáticos. Pero éstos pueden separarse del castillo jurídico y financiero del semiocapitalismo y construir una relación directa con la sociedad, con los usuarios.

Tal vez entonces se inicie el proceso de autoorganización autónoma del trabajo cognitivo. Un proceso que, por lo demás, ya está en marcha, como lo demuestran las experiencias del activismo mediático y la creación de redes de solidaridad del trabajo migrante. El sistema nervioso digital como centro de un nuevo campo disciplinar Acabado el período del triunfalismo capitalista y de la hegemonía ideológica neoliberal, ¿debemos volver a las viejas categorías analíticas del marxismo y a las estrategias políticas del movimiento obrero del siglo XX, a los horizontes del socialismo democrático o del comunismo revolucionario? Nada sería más inútil y equivocado. El capitalismo reticular de masas que se ha afirmado plenamente en los años noventa ha producido formas sociales irreducibles al análisis marxiano de las clases.

No nos bastan las categorías de la crítica de la economía política, porque los procesos de subjetivación atraviesan campos bastante más complejos. Se empieza a dibujar un campo disciplinar en el punto de encuentro entre los territorios de la economía, la semiología y la psicoquímica. El modelo productivo que se dibuja en el horizonte de la sociedad postmoderna es el Semiocapital. Capital flujo, que se coagula, sin materializarse, en artefactos semióticos. Los conceptos forjados por dos siglos de pensamiento económico parecen disueltos, inoperantes, incapaces de comprender gran parte de los fenómenos que han aparecido en la esfera de la producción social desde que ésta se ha hecho cognitiva.

La actividad cognitiva siempre ha estado en la base de toda producción humana, hasta de la más mecánica. No hay trabajo humano que no requiera un ejercicio de inteligencia. Pero, en la actualidad, la capacidad cognitiva se ha vuelto el principal recurso productivo. En el trabajo industrial, la mente era puesta en marcha como automatismo repetitivo, como soporte fisiológico del movimiento muscular. Hoy la mente se encuentra en el trabajo como innovación, como lenguaje y como relación comunicativa. La subsunción de la mente en el proceso de valorización capitalista comporta una auténtica transformación. El organismo consciente y sensible es sometido a una presión competitiva, a una aceleración de los estímulos, a un estrés de atención constante.

Como consecuencia, el ambiente mental, la infosfera en la que la mente se forma y entra en relación con otras mentes, se vuelve un ambiente psicopatógeno. Si queremos comprender el infinito juego de espejos del Semiocapital, es necesario mirarlo desde tres ángulos:

· La crítica de la economía política de la inteligencia conectiva,
· La semiología de los flujos lingüístico-económicos,
· La psicodinámica del ambiente infosférico, los efectos psicopatógenos de la explotación económica de la mente humana.

El proceso de producción digital está adquiriendo una dimensión biológica. Tiende a asemejarse a un organismo. El sistema nervioso de una organización tiene analogías con el sistema nervioso humano. Toda empresa industrial tiene sistemas autónomos, procesos operativos que tienen que funcionar para que la sociedad sobreviva. Lo que hasta ahora ha faltado son los enlaces entre las informaciones, análogos a las interconexiones neuronales del cerebro. La empresa digital reticular que hemos construido funciona como un excelente sistema nervioso artificial. En él, la información fluye con la velocidad y naturalidad del pensamiento en un ser humano, y podemos usar la tecnología para gobernar y coordinar grupos de personas con la misma rapidez con la que nos concentramos en un problema. Según Bill Gates (en Business @ the Speed of Thought),(5) hemos creado las condiciones de un nuevo sistema económico, organizado en torno a lo que podríamos llamar «empresa a la velocidad del pensamiento».

En el mundo conectado, los bucles retroactivos de la teoría general de los sistemas se funden con la lógica dinámica de la biogenética en una visión posthumana de la producción digital. La mente y la carne humana podrán integrarse con el circuito digital gracias a interfaces de aceleración y simplificación. Nace así un modelo de producción bioinfo que produce artefactos semióticos con las capacidades de autorreplicación de los sistemas vivos según las leyes de funcionamiento económico del capitalismo. Cuando esté plenamente operativo, el sistema nervioso digital podrá instalarse con rapidez en cualquier forma de organización. Eso quiere decir que Microsoft sólo en apariencia se ocupa de desarrollar software, productos y servicios. En realidad la finalidad oculta de la producción de software es el cableado de la mente humana en un continuo reticular cibernético destinado a estructurar los flujos de información digital a través del sistema nervioso de todas las instituciones clave de la vida contemporánea. Microsoft debe ser entonces considerada como una memoria virtual global escalable y lista para ser instalada. Un ciberpanóptico inserto en los circuitos de carne de la subjetividad humana. La cibernética acaba por devenir vida o, como le gusta decir a Gates, «la información es vuestra linfa vital».

La depresión en el corazón

El sistema nervioso digital se incorpora progresivamente al sistema nervioso orgánico, al circuito de la comunicación humana. Lo recodifica según sus líneas operativas y su velocidad. Pero para que este cambio pueda realizarse, el cuerpo- mente tiene que atravesar un cambio infernal, que estamos presenciando en la historia del mundo. Para comprender y para analizar este proceso no nos bastan los instrumentos conceptuales de la economía política ni del análisis de la tecnología. El proceso de producción se semiotiza y la formación del sistema nervioso digital implica y conecta la mente, el psiquismo social, los deseos y las esperanzas, los miedos y la imaginación. Por ello tenemos que ocuparnos de la producción  semiótica, del cambio lingüístico y cognitivo.

Ese cambio pasa por la difusión de patologías. La cultura neoliberal ha inyectado en el cerebro social un estímulo constante hacia la competencia y el sistema técnico de la red digital ha hecho posible una intensificación de los estímulos informativos enviados por el cerebro social a los cerebros individuales. Esta aceleración de los estímulos es un factor patógeno que alcanza al conjunto de la sociedad.

La combinación de competencia económica e intensificación digital de los estímulos informativos lleva a un estado de electrocución permanente que se traduce en una patología difusa, que se manifiesta, por ejemplo, en el síndrome de pánico y en los trastornos de la atención. El pánico es un síndrome cada vez más frecuente. Hasta hace unos años los psiquiatras no conocían siquiera este síntoma, que pertenecía más bien a la imaginación literaria romántica y que podía asemejarse al sentimiento de quedar desbordados por la infinita riqueza de formas de la naturaleza, por la ilimitada potencia cósmica. Hoy el pánico es sin embargo denunciado, con frecuencia cada vez mayor como síntoma doloroso e inquietante, como la sensación física de no lograr controlar el propio cuerpo, con la aceleración del ritmo cardíaco, una creciente dificultad para respirar, incluso hasta el desvanecimiento y la parálisis.

Aunque, hasta donde sé, no hay investigaciones concluyentes sobre esto mismo, se puede apuntar la hipótesis de que la mediatización de la comunicación y la consiguiente escasez de contacto físico pueden producir patologías de la esfera afectiva y emocional. Por primera vez en la historia humana, hay una generación que ha aprendido más palabras y ha oído más historias de la televisión que de su madre. Los trastornos de la atención se difunden cada vez más. Millones de niños norteamericanos y europeos son tratados de un trastorno que se manifiesta como la incapacidad de mantener la atención concentrada en un objeto por más de unos segundos. La constante excitación de la mente por parte de flujos neuroestimulantes lleva, probablemente, a una saturación patológica. Es necesario profundizar la investigación sociológica y psicológica sobre esta cuestión.

Podemos afirmar que si queremos comprender la economía contemporánea debemos ocuparnos de la psicopatología de la relación. Y que si queremos comprender la psicoquímica contemporánea, debemos tener en cuenta el hecho de que la mente está afectada por flujos semióticos que siguen un principio extrasemiótico, el principio de la competencia económica, el principio de la máxima explotación. ¿Cómo podría hablarse hoy de economía sin ocuparse de psicopatología? En los años noventa la cultura del Prozac ha sido indisoluble de la cultura de la new economy. Cientos de miles de operadores, directivos y gerentes de la economía occidental han tomado innumerables decisiones en estado de euforia química y ligereza psicofarmacológica. Pero a largo plazo, el organismo puede ceder, incapaz de soportar hasta el infinito la euforia química que hasta entonces ha sostenido el entusiasmo competitivo y el fanatismo productivista.

La atención colectiva está sobresaturada, y ello provoca un colapso social y económico. Desde el año 2000 en adelante, tras las cortinas de humo del lenguaje oficial que habla de probable recuperación económica, de leve recesión, o de double dip recession, hay algo evidente. Como sucede con un organismo ciclotímico, como le sucede al paciente que sufre trastorno bipolar, a la euforia le ha seguido la depresión. Se trata precisamente de una depresión clínica, una depresión a largo plazo que golpea desde la raíz la motivación, el impulso, la autoestima, el deseo y el sex appeal. Cuando llega la depresión es inútil tratar de convencerse de que pasará pronto. Tiene que seguir su ciclo.

Para comprender la crisis de la new economy es necesario partir del análisis psicoquímico de la clase virtual. Es necesario reflexionar sobre el estado psíquico y emocional de millones de trabajadores cognitivos que han animado la escena de la empresa, la cultura y el imaginario durante los noventa. La depresión psíquica del trabajador cognitivo individual no es una consecuencia de la crisis económica, sino su causa. Sería sencillo considerar la depresión como una consecuencia de un mal ciclo de negocios. Después de trabajar tantos años felices y rentables, el valor de las acciones se ha desplomado y nuestro brainworker se ha pillado una depresión. No es así. La depresión se ha producido porque su sistema emocional, físico e intelectual no puede soportar hasta el infinito la hiperactividad provocada por la competencia y los psicofármacos. Como consecuencia, las cosas han empezado a ir mal en el mercado. ¿Qué es el mercado?

El mercado es un lugar semiótico, el lugar en el que se encuentran signos y expectativas de sentido, deseos y proyecciones. Si queremos hablar de demanda y oferta debemos razonar en términos de flujos de deseo, de atractores semióticos que han tenido appeal y ahora lo han perdido. Infosfera y mente social El mediascape es el sistema mediático en continua evolución, el universo de los emisores que envían a nuestro cerebro señales en los más variados formatos. La infosfera es el interfaz entre el sistema de los medios y la mente que recibe sus señales; es la ecosfera mental, esa esfera inmaterial en la que los flujos semióticos interactúan con las antenas receptoras de las mentes diseminadas por el planeta. La mente es el universo de los receptores, que no se limitan, como es natural, a recibir, sino que elaboran, crean y a su vez ponen en movimiento nuevos procesos de emisión y producen la continua evolución del mediascape. La evolución de la infosfera en la época videoelectrónica, la activación de redes cada vez más complejas de distribución de la información, ha producido un salto en la potencia, en la velocidad y en el propio formato de la infosfera.

Pero a este salto no le corresponde un salto en la potencia y en el formato de la recepción. El universo de los receptores, es decir, los cerebros humanos, las personas de carne y hueso, de órganos frágiles y sensuales, no está formateado según los mismos patrones que el sistema de los emisores digitales. El paradigma de funcionamiento del universo de los emisores no se corresponde con el paradigma de funcionamiento del universo de los receptores. Esto se manifiesta en efectos diversos: electrocución permanente, pánico, sobreexcitación, hipermotilidad, trastornos de la atención, dislexia, sobrecarga informativa, saturación de los circuitos de recepción.

En la raíz de la saturación está una auténtica deformidad de los formatos. El formato del universo de los emisores ha evolucionado multiplicando su potencia, mientras que el formato del universo de los receptores no ha podido evolucionar al mismo ritmo, por la sencilla razón de que se apoya en un soporte orgánico —el cerebro cuerpo humano— que tiene tiempos de evolución completamente diferentes de los de las máquinas. Lo que se ha producido podría llamarse una «cacofonía» paradigmática, un desfase entre los paradigmas que conforman el universo de los emisores y el de los receptores. En una situación así, la comunicación se convierte en un proceso asimétrico y trastornado. Podemos hablar de una discrasia entre ciberespacio, en ilimitada y constante expansión, y cibertiempo.

El ciberespacio es una red que comprende componentes mecánicos y orgánicos cuya potencia de elaboración puede ser acelerada sin límites. El cibertiempo es, por el contrario, una realidad vivida, ligada a un soporte orgánico —cuerpo y cerebro humanos—, cuyos tiempos de elaboración no pueden ser acelerados más allá de límites naturales relativamente rígidos. Paul Virilio sostiene, desde su libro Vitesse et politique de 1977,(7) que la velocidad es el factor decisivo de la historia moderna. Gracias a la velocidad, dice Virilio, se ganan las guerras, tanto las militares como las comerciales. En muchos de sus escritos Virilio muestra que la velocidad de los desplazamientos, de los transportes y de la motorización han permitido a los ejércitos ganar las guerras durante el último siglo. Desde que los objetos, las mercancías y las personas han podido ser sustituidas por signos, por fantasmas virtuales transferibles por vía electrónica, las fronteras de la velocidad se han derrumbado y se ha desencadenado el proceso de aceleración más impresionante que la historia humana haya conocido.

En cierto sentido podemos decir que el espacio ya no existe, puesto que la información lo puede atravesar instantáneamente y los acontecimientos pueden transmitirse en tiempo real de un punto a otro del planeta, convirtiéndose así en acontecimientos virtualmente compartidos. Pero ¿cuáles son las consecuencias de esta aceleración para la mente y el cuerpo humanos? Para entenderlo tenemos que hacer referencia a las capacidades de elaboración consciente, a la capacidad de asimilación afectiva de los signos y de los acontecimientos por parte del organismo consciente y sensible.

La aceleración de los intercambios informativos ha producido y está produciendo un efecto patológico en la mente humana individual y, con mayor razón, en la colectiva. Los individuos no están en condiciones de elaborar conscientemente la inmensa y creciente masa de información que entra en sus ordenadores, en sus teléfonos portátiles, en sus pantallas de televisión, en sus agendas electrónicas y en sus cabezas. Sin embargo, parece que es indispensable seguir, conocer, valorar, asimilar y elaborar toda esta información si se quiere ser eficiente, competitivo, ganador. La práctica del multitasking,(6) la apertura de ventanas de atención hipertextuales o el paso de un contexto a otro para la valoración global de los procesos tienden a deformar las modalidades secuenciales de la elaboración mental. Según Christian Marazzi, economista y autor de Capitale e linguaggio,(8) la última generación de operadores económicos padece una auténtica forma de dislexia, una incapacidad de leer una página desde el principio hasta el fin siguiendo un proceso secuencial y una incapacidad de mantener la atención concentrada en el mismo objeto por mucho tiempo. La dislexia se extiende por los comportamientos cognitivos y sociales, hasta hacer casi imposible la prosecución de estrategias lineales.

Algunos, como Davenport y Beck,(9) hablan de economía de la atención. Que una facultad cognitiva pasa a formar parte del discurso económico quiere decir que se ha convertido en un recurso escaso. Falta el tiempo necesario para prestar atención a los flujos de información a los que estamos expuestos y que debemos valorar para poder tomar decisiones. La consecuencia está a la vista: decisiones económicas y políticas que no responden a una racionalidad estratégica a largo plazo sino tan sólo al interés inmediato. Por otra parte, estamos cada vez menos dispuestos a prestar nuestra atención gratuitamente. No tenemos ya tiempo para el amor, la ternura, la naturaleza, el placer y la compasión. Nuestra atención está cada vez más asediada y por tanto la dedicamos solamente a la carrera, a la competencia, a la decisión económica. Y, en todo caso, nuestro tiempo no puede seguir la loca velocidad de la máquina digital hipercompleja.

Los seres humanos tienden a convertirse en despiadados ejecutores de decisiones tomadas sin atención. El universo de los emisores —o ciberespacio— procede ya a velocidad sobrehumana y se vuelve intraducible para el universo de los receptores —o cibertiempo— que no puede ir más rápido de lo que permiten la materia física de la que está hecho nuestro cerebro, la lentitud de nuestro cuerpo o la necesidad de caricias y de afecto. Se abre así un desfase patógeno y se difunde la enfermedad mental, como lo muestran las estadísticas y, sobre todo, nuestra experiencia cotidiana. Y a medida que se difunden las patologías, se difunden los fármacos.

La floreciente industria de los psicofármacos bate récords cada año. El número de cajas de Ritalin, Prozac, Zoloft y otros fármacos psicotrópicos vendidas en las farmacias crece, al tiempo que crecen la disociación, el sufrimiento, la desesperación, el terror a ser, a tener que confrontarse constantemente, a desaparecer; crece el deseo de matar y de morir. Cuando hacia finales de los setenta se impuso una aceleración de los ritmos productivos y comunicativos en las metrópolis occidentales, hizo aparición una gigantesca epidemia de toxicomanía. El mundo estaba saliendo de su época humana para entrar en la época de la aceleración maquinal posthumana. Muchos organismos humanos sensibles empezaron a usar cocaína, sustancia que permite acelerar el ritmo existencial hasta transformarse en máquina. Muchos otros organismos humanos sensibles empezaron a inyectarse heroína, sustancia que desactiva la relación con la velocidad del ambiente circundante. La epidemia de polvos de los años setenta y ochenta produjo una devastación existencial y cultural de la que aún no hemos sacado las cuentas. A continuación, las drogas ilegales fueron sustituidas por las sustancias legales que la industria farmacéutica pone a disposición de sus víctimas, y se inició la época de los antidepresivos de los euforizantes y de los reguladores del humor.

Hoy la enfermedad mental se muestra cada vez con mayor claridad como una epidemia social o, más precisamente, sociocomunicativa. Si quieres sobrevivir debes ser competitivo, y si quieres ser competitivo tienes que estar conectado, tienes que recibir y elaborar continuamente una inmensa y creciente masa de datos. Esto provoca un estrés de atención constante y una reducción del tiempo disponible para la afectividad. Estas dos tendencias inseparables devastan el psiquismo individual. Depresión, pánico, angustia, sensación de soledad, miseria existencial. Pero estos síntomas individuales no pueden aislarse indefinidamente, como ha hecho hasta ahora la psicopatología y quiere el poder económico.

No se puede decir: estás agotado, cógete unas vacaciones en el Club Méditerranée, tómate una pastilla, cúrate, deja de incordiar, recupérate en el hospital psiquiátrico, mátate. No se puede, por la sencilla razón de que no se trata de una pequeña minoría de locos ni de un número marginal de deprimidos. Se trata de una masa creciente de miseria existencial que tiende a estallar cada vez más en el centro del sistema social. Además, hay que considerar otro hecho decisivo: mientras el capital necesitó extraer energías físicas de sus explotados y esclavos, la enfermedad mental podía ser relativamente marginalizada. Poco le importaba al capital tu sufrimiento psíquico mientras pudieras apretar tuercas y manejar un torno. Aunque estuvieras tan triste como una mosca sola en una botella, tu productividad se resentía poco, porque tus músculos podían funcionar. Hoy el capital necesita energías mentales, energías psíquicas. Y son precisamente ésas las que se están destruyendo. Por eso las enfermedades mentales están estallando en el centro de la escena social.

La crisis económica depende en gran medida de la difusión de la tristeza, de la depresión, del pánico y de la desmotivación. La crisis de la new economy deriva en buena medida de una crisis de motivaciones, de una caída de la artificiosa euforia de los años noventa. Ello ha tenido efectos de desinversión y, en parte, de contracción del consumo. En general, la infelicidad funciona como un estimulante del consumo: comprar es una suspensión de la angustia, un antídoto de la soledad, pero sólo hasta cierto punto. Más allá de ese punto, el sufrimiento se vuelve un factor de desmotivación de la compra.

Para hacer frente a eso se diseñan estrategias. Los patrones del mundo no quieren, desde luego, que la humanidad sea feliz, porque una humanidad feliz no se dejaría atrapar por la productividad, por la disciplina del trabajo, ni por los hipermercados. Pero se buscan técnicas que moderen la infelicidad y la hagan soportable, que aplacen o contengan la explosión suicida, con el fin de estimular el consumo. ¿Qué estrategias seguirá el organismo colectivo para sustraerse a esta fábrica de la infelicidad? ¿Es posible, es planteable, una estrategia de desaceleración, de reducción de la complejidad? No lo creo. En la sociedad humana no se pueden eliminar para siempre potencialidades, aún cuando éstas se muestren letales para el individuo y, probablemente, también para la especie. Estas potencialidades pueden ser reguladas, sometidas a control mientras es posible, pero acaban inevitablemente por ser utilizadas, como sucedió —y volverá a suceder— con la bomba atómica.

Es posible una estrategia de upgrading (10) del organismo humano, de adecuación maquinal del cuerpo y del cerebro humano a una infosfera hiperveloz. Es la estrategia que se suele llamar posthumana. Por último, es posible una estrategia de sustracción, de alejamiento del torbellino. Pero se trata de una estrategia que sólo podrán seguir pequeñas comunidades, constituyendo esferas de autonomía existencial, económica e informativa frente a la economía mundo.

Este libro no se alarga hasta ese punto. No trata de elaborar una estrategia de sustracción. Este libro se propone señalar y cartografiar un nuevo campo disciplinar que se encuentra en la intersección de la economía, la tecnología comunicativa y la psicoquímica. Una cartografía de este nuevo campo disciplinar es indispensable si queremos describir y comprender el proceso de producción del capital y la producción de subjetividad social en la época que sigue a la modernidad industrial mecánica y, por tanto, si queremos elaborar estrategias de sustracción.

¿El Imperio del Caos?

A fines de 2002, mientras escribo esta introducción, el mundo parece colgado sobre el abismo de la guerra. Negri y Hardt, en Imperio, sostienen que el dominio global tiene los rasgos de un Imperio, parecido al Imperio Romano. Hay algo de cierto en esa descripción, pero resulta más ajustada a los años noventa que a la actualidad. En los años de la presidencia Bush todo parece haber cambiado. Mientras la nueva economía sufre una crisis de mercado y, sobre todo, de confianza, la vieja economía, la del petróleo y las armas, ha recuperado su fuerza y trata de guiar el mundo.

Si el imperio tuvo los rasgos de un dominio cada vez más extenso, construido por medio de la imposición de estándares tecnológicos, de la hegemonía de un imaginario mercantil globalista, lo que aparece en los años de la recesión no se parece al imperio soft del que nos hablan los autores de ese libro, escrito a mediados de los noventa. No soy capaz de ver, en la política del grupo dirigente norteamericano, una lógica, un pensamiento racional, una estrategia equilibrada y lineal.

Entreveo el efecto de una locura que se va difundiendo por todos los espacios de la vida planetaria. La enfermedad mental ha alcanzado la cabeza del imperio, porque el proyecto de control total es un proyecto enloquecido, destinado a producir desastres incluso para quienes lo han concebido. Los Estados Unidos de América son la mayor potencia de la Tierra, como lo fue Roma en los primeros siglos de la era cristiana. Pero como sugiere Marguerite Yourcenar en Las memorias de Adriano, los imperios pueden mantener su dominio mientras no pretendan someter al Caos por medio de la fuerza. El Caos no se derrota por medio de la guerra, pues el Caos se alimenta de cuanto lo combate. Por ello, la guerra ilimitada que el Imperio ha decidido desencadenar contra cualquier desviación del orden establecido por los integristas cristiano-liberales está destinada a erosionar el poder global, hasta hundirlo en la demencia y el caos. Tal vez estemos a punto de entrar en una fase de descomposición acelerada de todo orden y toda racionalidad. Y el Imperio que emergerá será el Imperio del Caos.

Diciembre 2002

Introducción

Una ola de euforia ha recorrido los mercados en los últimos años. Desde los mercados se ha extendido a los medios y desde éstos ha invadido el imaginario social de Occidente. La tercera edad del capital, la que sigue a la época clásica del hierro y el vapor y a la época moderna del fordismo y la cadena de montaje, tiene como territorio de expansión la infosfera, el lugar donde circulan signos mercancía, flujos virtuales que atraviesan la mente colectiva.

Una promesa de felicidad recorre la cultura de masas, la publicidad y la misma ideología económica. En el discurso común la felicidad no es ya una opción, sino una obligación, un must; es el valor esencial de la mercancía que producimos, compramos y consumimos. Ésta es la filosofía de la new economy que es vehiculada por el omnipresente discurso publicitario, de modo tanto más eficaz cuanto más oculto. Sin embargo, si tenemos el valor de ir a ver la realidad de la vida cotidiana, si logramos escuchar las voces de las personas reales con quienes nos encontramos todos los días, nos daremos cuenta con facilidad de que el semiocapitalismo, el sistema económico que funda su dinámica en la producción de signos, es una fábrica de infelicidad.

La energía deseante se ha trasladado por completo al juego competitivo de la economía; no existe ya relación entre humanos que no sea definible como business —cuyo significado alude a estar ocupado, a no estar disponible. Ya no es concebible una relación motivada por el puro placer de conocerse. La soledad y el cinismo han hecho nacer el desierto en el alma. La sociedad planetaria está dividida entre una clase virtual que produce signos y una underclass que produce mercancías materiales o, sencillamente, es excluida de la producción. Esta división genera naturalmente desesperación violenta y miseria para la mayoría de la población mundial. Pero esto no es todo.

El semiocapitalismo es una fábrica de infelicidad también para los vencedores, para los participantes en la economía- red, que corren cada vez más rápido para mantener el ritmo, obligados a dedicar sus energías a competir contra todos los demás por un premio que no existe. Vencer es el imperativo categórico del juego económico. Y, desde el momento en que la comunicación se está integrando progresivamente con la economía, vencer se convierte también en el imperativo categórico de la comunicación. Vencer es el imperativo categórico de todo gesto, de todo pensamiento, de todo sentimiento. Y sin embargo, como dijo William Burroughs, el ganador no gana nada. Mientras el estereotipo publicitario muestra una sociedad empapada de felicidad consumista, en la vida real se extienden el pánico y la depresión, enfermedades profesionales de un ciclo de trabajo que pone a todos a competir con todos, y culpabiliza a quien no logra fingirse feliz.

Los ciclos innovadores de la producción —la red y la biotecnología — no son, como los que dominaron la época industrial, la producción de mercancías por medio del cuerpo y la mente, sino la producción directa de cuerpo y mente. La felicidad no es ya, por tanto, un valor de uso accesorio a las mercancías, sino la quintaesencia de la mercancía. Algunos sostienen que la new economy está destinada a desinflarse como un globo o a derretirse como la nieve al sol porque se funda sobre una ilusión. Pero las ilusiones son el motor de la economía capitalista, son la fuerza que mueve el mundo. La economía es cada vez más directamente inversión de energía deseante. Lo que el historicismo idealista llamaba alienación era el intercambio de la autenticidad humana con el poder abstracto del dinero. Nosotros ya no hablamos de alienación, porque no creemos que exista ya ninguna autenticidad de lo humano. Sin embargo, tenemos la experiencia cotidiana de una infelicidad difusa, porque los seres humanos invierten una parte cada vez mayor de su existencia inmediata en la promesa siempre aplazada de la mercancía virtual. La devastación capitalista del medio natural y la mediatización de la comunicación reducen casi a la nada la posibilidad de gozar de la existencia de forma inmediata. Y la existencia desensualizada se dedica sin resistencias a la inversión, que es en esencia inversión emocional, intelectual, psíquica.

Como mostró Freud, la sociedad burguesa fundaba la fuerza productiva de la industria en un empobrecimiento físico y material y en una represión de la libido que producía neurosis. El precio de la seguridad psíquica y económica era la renuncia a la libertad. En su libro La postmodernidad y sus descontentos,(11) Zygmunt Bauman invierte el diagnóstico de Freud: los problemas y los malestares más comunes hoy son producto de un intercambio por el cual renunciamos a la seguridad para obtener cada vez más libertad. Pero ¿de qué libertad hablamos, si nuestro tiempo y nuestras energías están completamente absorbidas por el business?

El tránsito postmoderno ha estado marcado por un desencadenamiento de la libido, por un intercambio en el que hemos renunciado a gran parte de la seguridad burguesa a cambio de una libertad que se concreta cada vez más sólo en el plano económico. La llamada revolución sexual de los años sesenta y setenta no fue, o no fue sólo, un aumento de la cantidad de cuerpos disponibles para el sexo. Fue sobre todo una mutación en la percepción del tiempo vivido. El tiempo de la vida era tiempo del encuentro de las palabras, de los cuerpos, sin otra finalidad que aquella gratuita del conocerse.

No sé si hoy se hace el amor más o menos que en aquellos años. Me parece que mucho menos, pero no es esa la cuestión. La cuestión es que la sexualidad no tiene ya relación con el conocerse, con la gratuidad. Es descarga de energía rabiosa, exhibición de estatus y, sobre todo, consumo. La prostitución no es ya, como en tiempos pasados, una dimensión marginal y viciosa, sino una actividad industrial regulada, la principal válvula de desahogo de la agresividad sexual de una sociedad que no conoce ya la gratuidad. La desregulación económica completa una desregulación existencial que tomó su impulso de las culturas antiautoritarias. Pero para las culturas antiautoritarias la libertad era ante todo un ejercicio antieconómico y anticapitalista. Hoy la libertad ha sido encerrada en el espacio de la economía capitalista y se reduce a la libre competencia en un horizonte obligatorio.

Cuando a la libertad se le sustrae el tiempo para poder gozar del propio cuerpo y del cuerpo de otros, cuando la posibilidad de disfrutar del medio natural y urbano es destruida, cuando los demás seres humanos son competidores enemigos o aliados poco fiables, la libertad se reduce a un gris desierto de infelicidad. No es ya la neurosis, sino el pánico, la patología dominante de la sociedad postburguesa, en la que el deseo es invertido de forma cada vez más obsesiva en la empresa económica y en la competencia. Y el pánico se convierte en depresión apenas el objeto del deseo se revela como lo que es, un fantasma carente de sentido y sensualidad.

El sufrimiento, la miseria existencial, la soledad, el océano de tristeza de la metrópolis postindustrial, la enfermedad mental. Éste es el argumento del que se ocupa hoy la crítica de la economía política del capital.

notas:
1. En el sentido norteamericano de liberal radical partidario de una absoluta libertad de los individuos frente al Estado, distinto de su acepción europea como sinónimo de anarquista. [N. del E.]
2. UMTS, tecnologías que permiten el acceso a Internet a través de los teléfonos móviles. [N. del E.]
3. Mitopoiesis podría ser traducido como generación creativa de mitos. El neologismo, de doble raíz helénica, ha quedado sin embargo incoporado al léxico político de los movimientos, gracias en buena mediad a la actividad del grupo italiano Wu Ming, y de su predecesor europeo Luther Blissett. Para un desarrollo de la actividad de este grupo léase Wu Ming, Esta revolución no tiene rostro, Madrid, Acuarela, 2002. [N. del E.] de la red, caminando al borde del abismo que la guerra y la recesión han abierto.
4. Hundimiento de las acciones de las empresas dotcom («puntocom»), empresas cuya actividad se realiza sobre todo en, y en relación con, Internet. [N. del E.]
5. Bill Gates y J. A. Bravo, Los negocios en la era digital, Barcelona, P & J 1999.
6. Paul Virilio, Vitese et politique: essai de dromologie, Paris, Galilée 1977.
7. Realización simultánea y en paralelo de más de una tarea. [N. del E.]
8. Christian Marazzi, Christian Marazzi, Capitale e linguaggio. Dalla new economy all’economia di guerra, Roma, DeriveApprodi 2002., Roma, DeriveApprodi 2002.
9. Thomas H. Davenport y John C. Beck, La economía de la atención: el nuevo valor de los negocios, Barcelona, Paidós 2002.
10. Puesta al día, incremento artificial de su capacidad. [N. del E.]
11. Zygmunt Bauman, La postmodernidad y sus descontentos, Madrid, Akal 2001.

Franco Berardi ‘Bifo’, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Editorial Traficantes de Sueños. Año 2003

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(libro) Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia

Capitalismo y esquizofrenia es una obra teórica en dos volúmenes (El Anti-Edipo de 1972 y Mil Mesetas de 1980) escrita por los autores franceses.

Por Gilles Deleuze y Félix Guattari

Capítulo 2

¿Uno solo o varios lobos?

Aquel día, el hombre de los lobos se levantó del diván más cansado que de costumbre. Sabía que Freud tenía la genialidad de rozar la verdad, pasar de largo, y suplir luego el vacío con asociaciones. Sabía que Freud no entendía nada de lobos, de anos tampoco, por cierto. Freud sólo entendía de perros, de colas de perro. Y eso no bastaba, no bastaría. También sabía que muy pronto Freud le consideraría curado, pero que no era cierto, que continuaría siendo eternamente tratado por Ruth, por Lacan, por Leclaire. Por último, sabía que estaba a punto de adquirir un verdadero nombre propio, Hombre de los lobos, mucho más propio que el suyo, puesto que con él accedía a la más alta singularidad en la aprehensión instantánea de una multiplicidad genérica, los lobos, pero que ese nuevo, ese verdadero nombre propio iba a ser desfigurado, mal ortografiado, retranscrito en patronímico.

A pesar de todo, Freud iba a escribir poco después algunas páginas extraordinarias. Páginas fundamentalmente prácticas, en el artículo de 1915 sobre “El inconciente”, relativas a la diferencia entre neurosis y psicosis. Freud dice que un histérico o un obseso son personas capaces de comparar globalmente un calcetín con una vagina, una cicatriz con la castración, etc. Sin duda, aprehenden el objeto como global y perdido a un tiempo. Ahora bien, captar eróticamente la piel como una multiplicidad de poros, de puntitos, de pequeñas cicatrices o de agujeritos, captar eróticamente un calcetín como una multiplicidad de mallas, eso sí que no se le ocurriría a un neurótico, sólo un psicótico es capaz de hacerlo: “creemos que la multiplicidad de las pequeñas cavidades no permitiría que el neurótico las utilizase como sustitutos de los órganos genitales femeninos”. Comparar un calcetín con una vagina, pase, lo hacemos a diario, pero comparar un puro conjunto de mallas con un campo de vaginas, eso sólo puede hacerlo un loco, dice Freud.

Y es un descubrimiento clínico muy importante: ahí radica toda la diferencia de estilo entre neurosis y psicosis. Así, cuando Salvador Dalí se esfuerza en reproducir sus delirios puede hablar largo y tendido DEL cuerno del rinoceronte; no por ello su discurso deja de ser un discurso de neurópata. Pero cuando se pone a comparar la piel en carne de gallina con un campo de minúsculos cuernos de rinoceronte, está muy claro que la atmósfera cambia, y que hemos entrado de lleno en la locura.

¿Una nueva comparación? Más bien una pura multiplicidad que cambia de elementos o que deviene. Al nivel micrológico, las pequeñas ampollas “devienen” cuernos, y los cuernos, penes pequeños.

A punto de descubrir el gran arte del inconciente, el arte de las multiplicidades moleculares, Freud no cesa de volver a las unidades molares, y de reencontrar sus temas familiares, el padre, el pene, la vagina, la castración…, etc. (A punto de descubrir un rizoma, Freud siempre vuelve a las simples raíces). El procedimiento de reducción es muy interesante en el artículo de 1915: Freud dice que el neurótico orienta sus comparaciones o identificaciones hacia las representaciones de las cosas, mientras que la única representación que le queda al psicótico es la de las palabras (por ejemplo la palabra agujero).

“La identidad de la expresión verbal, y no la similitud de los objetos, es la que dicta la elección del sustituto”. Así pues, cuando no hay unidad de cosa, al menos hay unidad e identidad de palabra. Se observará que los nombres están tomados aquí en un uso extensivo, es decir, funcionan como nombres comunes que aseguran la unificación de un conjunto que incluyen. El nombre propio sólo puede ser así un caso límite de nombre común que contiene en sí mismo su multiplicidad ya domesticada y la relaciona con un ser y objeto planteado como único. La relación del nombre propio como intensidad con la multiplicidad que él aprehende instantáneamente queda así comprometida, tanto para las palabras como para las cosas. Según Freud, cuando todo se fragmenta y pierde su identidad, aún queda la palabra para restablecer una unidad que ya no existía en las cosas. ¿No estamos asistiendo al nacimiento de una aventura ulterior, la del Significante, esa instancia despótica e insidiosa que suplanta a los nombres propios asignificantes, que sustituye las multiplicidades por la pálida unidad de un objeto que se considera perdido?

No andamos lejos de los lobos. El Hombre de los lobos, en su segundo episodio llamado psicótico, vigilará constantemente las variaciones o el trayecto variable de los agujeritos o pequeñas cicatrices de la piel de su nariz. Pero en el primero, que Freud considera neurótico, cuenta que ha soñado con seis o siete lobos en un árbol, y ha dibujado cinco. Ahora bien, ¿quién ignora que los lobos van en manada? Nadie, salvo Freud. Lo que cualquier niño sabe perfectamente, Freud lo desconoce. Freud pregunta, con falso escrúpulo: ¿cómo explicar que haya cinco, seis o siete lobos en el sueño? Como ha decidido que era una neurosis, emplea el otro procedimiento de reducción: no inclusión verbal al nivel de la representación de las palabras, sino asociación libre al nivel de la representación de las cosas.

El resultado es el mismo, puesto que siempre se trata de volver a la unidad, a la identidad de la persona o del objeto supuestamente perdido. Los lobos tendrán que desembarazarse de su multiplicidad. La operación se realiza asociando el sueño con el cuento del Lobo y los siete cabritos (de los que sólo seis fueron comidos). Asistimos al júbilo reductor de Freud, vemos literalmente la multiplicidad salir de los lobos para afectar a los cabritos, que no pintan nada en esta historia.

Siete lobos que ahora son cabritos, seis lobos, puesto que el séptimo cabrito (el propio Hombre de los lobos) se oculta en el reloj, cinco lobos, puesto que quizá fue a las cinco cuando vio a sus padres hacer el amor, y porque la cifra romana V se asocia con la abertura erótica de las piernas femeninas, tres lobos, puesto que los padres quizá hicieron el amor tres veces, dos lobos, puesto que eran los padres more ferarum, o tal vez dos perros que con anterioridad el niño habría visto acoplarse, un lobo, puesto que el lobo es el padre –estaba claro desde el principio-, por último, cero lobos, puesto que ha perdido su cola, tan castrado como castrador. ¿A quién quieren tomar el pelo? Los lobos no tenían ninguna posibilidad de salir bien parados, de salvar su manada: desde el principio se había decidido que los animales sólo podían servir para representar un coito entre padres, o, a la inversa, para ser representados por ese coito.

Freud ignora totalmente la fascinación que ejercen los lobos, el significado de la llamada muda de los lobos, la llamada a devenir-lobo. Unos lobos observan y fijan al niño que sueña; cuánto más tranquilizador es decirse que el sueño ha producido una inversión, y que es el niño el que mira a los perros o a los padres haciendo el amor. Freud sólo conoce el lobo o el perro edipizado, el lobo-papá castrato castrador, el perro atado, el Sí… Sí… del psicoanalista.

Franny escucha una emisión sobre los lobos. Yo le pregunto: ¿te gustaría ser un lobo? Respuesta altanera: “qué tontería, no se puede ser un lobo, siempre se es ocho o diez, seis o siete lobos. No que uno sea seis o siete lobos a la vez, sino un lobo entre otros lobos, un lobo con cinco o seis lobos”. Lo importante en el devenir-lobo es la posición de masa, y, en primer lugar, la posición del propio sujeto respecto a la manada, respecto a la multiplicidad-lobo, la manera de formar o no parte de ella, la distancia a la que se mantiene, la manera de estar o no unido a la multiplicidad.

Para atenuar la severidad de su respuesta, Franny cuenta un sueño: “Hay un desierto. Pero tampoco tendría sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto, ese desierto no es trágico ni está deshabitado, sólo es desierto por su color ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa, enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta periferia es el único lugar posible para mí, moriría se me dejara arrastrar al centro de la melé, pero seguramente me sucedería lo mismo si la abandonara. Mi posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy difícil de mantener, porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no responden a ningún ritmo.

Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que componen la multitud mantengan la misma posición con relación a los demás. Así pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión, pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violento, casi vertiginoso”. Qué gran sueño esquizofrénico. Estar de lleno en la multitud y a la vez totalmente fuera, muy lejos: borde, paseo a lo Virginia Wolf (jamás volveré a decir soy estoy, soy aquello”).

Problema del doblamiento en el inconciente: todo lo que pasa por los poros del esquizofrénico, las venas del drogadicto, hormigueos, bullicios, ajetreos, intensidades, razas y tribus. ¿No es de Jean Ray, que tan bien ha sabido asociar el terror con los fenómenos de micromultiplicidades, ese cuento en el que una piel blanca está levantada a causa de tantas ampollas y pústulas, y por cuyos poros pasan negras cabezas enanas, gesticulantes, abdominables, que es necesario afeitar a navaja cada mañana? Y también las “alucinaciones liliputienses” producidas por el éter. Uno, dos, tres esquizofrénicos: “en cada poro de la piel me crecen bebés” –“Pues a mí no es en los poros, es en las venas donde me crecen barritas de hierro” –“No quiero que me pongan inyecciones, salvo si son de alcohol alcanforado. De lo contrario, me crecen senos en cada poro”.

Freud intentó abordar los fenómenos de multitud desde el punto de vista del inconciente, pero no vio claro, no veía que el propio inconciente era fundamentalmente una multitud. Miope y sordo, Freud confundía las multitudes con una persona. Los esquizofrénicos, por el contrario, tienen una mirada y un oído muy finos. Jamás confunden los rumores y las oleadas de la multitud con la voz de papá. En cierta ocasión, Jung sueña con osamentas y cráneos. Un hueso, un cráneo, nunca existen solos. El osario es una multiplicidad. Freud se empeña en que eso significa la muerte de alguien. “Jung, sorprendido, le hace observar que había varios cráneos, no uno sólo. Pero Freud continuaba…”

Una multiplicidad de poros, de puntos negros, de pequeñas cicatrices o de mallas. De senos, de bebés y de barras. Una multiplicidad de abejas, de futbolistas o de tuaregs. Una multiplicidad de lobos, de chacales… Ninguna de estas cosas se deja reducir, sino que más bien nos remite a un cierto estatuto de las formaciones del inconciente. Intentemos definir los factores que intervienen aquí: en primer lugar algo que actúa como cuerpo lleno –cuerpo sin órganos-. El desierto en el sueño precedente. El árbol desnudo en el que están encaramados los lobos en el sueño del Hombre de los lobos. La piel como envoltura o anillo, el calcetín como superficie reversible.

Una casa, una habitación, y tantas cosas más, cualquier cosa. Nadie hace el amor con amor sin constituir para sí, con el otro o los otros, un cuerpo sin órganos. Un cuerpo sin órganos no es un cuerpo vacío y desprovisto de órganos, sino un cuerpo en el que lo que hace de órganos (¿lobos, ojos de lobos, mandíbulas de lobos?) se distribuye según fenómenos de masa, siguiendo movimientos brownianos, bajo la forma de multiplicidades moleculares. El desierto está poblado. El cuerpo sin órganos se opone, pues, no tanto a los órganos como a la organización de los órganos, en la medida en que ésta compondría un organismo.

No es un cuerpo muerto, es un cuerpo vivo, tanto más vivo, tanto más bullicioso cuanto que ha hecho desaparecer el organismo y su organización. Unas pulgas de mar saltando en la playa. Las colonias de la piel. El cuerpo lleno sin órganos es un cuerpo poblado de multiplicidades. El problema del inconciente no tiene nada que ver con la generación, y sí mucho con el doblamiento, la población. Es un asunto de población mundial en el cuerpo lleno de la tierra, y no de generación familiar orgánica. “Adoro inventar hordas, tribus, los orígenes de una raza… Regreso de mis tribus. Por ahora, soy hijo adoptivo de quince tribus, ni una más, ni una menos. Y son mis tribus adoptivas, porque las quiero a todas más y mejor que si hubiera nacido en ellas”. Nos dicen: ¿pero el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Sentimos tener que decir que no, que como tales no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus que lo habitan, un cuerpo lleno y multiplicidades que se aferran a él.

En segundo lugar hay, pues, que definir la naturaleza de esas multiplicidades y de sus elementos. EL RIZOMA. Uno de los caracteres esenciales del sueño de multiplicidad es que cada elemento no cesa de variar y de modificar su distancia respecto a los demás. En la nariz del Hombre de los lobos, los elementos no cesarán de bailar, de crecer y disminuir, caracterizados como poros en la piel, pequeñas cicatrices en los poros, pequeñas grietas en el tejido cicatricial. Ahora bien, esas distancias variables no son cantidades extensivas que se dividirían unas en otras, sino que más bien son siempre indivisibles, “relativamente indivisibles”, es decir, que no se dividen ni antes ni después de un cierto umbral, que no aumentan ni disminuyen sin que sus elementos no cambien de naturaleza. Enjambre de abejas, e inmediatamente después melé de futbolistas con camiseta a rayas, o bien banda de tuaregs.

O también: el clan de los lobos se refuerza con un enjambre de abejas contra la banda de los Deulhs, bajo la acción de Mowgli que corre en el borde (claro que sí, Kipling comprendía mejor que Freud la llamada de los lobos, su sentido libidinal, y además en el Hombre de los lobos también hay una historia de avispas y de mariposas que sustituirá a la de los lobos: se pasa de los lobos a las avispas). Pero, ¿qué quiere decir eso, esas distancias indivisibles que se modifican sin cesar, y que no se dividen ni se modifican sin que sus elementos no cambien siempre de naturaleza? ¿No suponen el carácter intensivo de los elementos y de sus relaciones en ese género de multiplicidad?

Exactamente igual que una velocidad o una temperatura, que no se componen de velocidades o de temperaturas, sino que se engloban en otras o engloban a otras que indican cada vez un cambio de naturaleza. Pues esas multiplicidades no tienen el principio de su métrica en un medio homogéneo, sino en otra parte, en las fuerzas que actúan en ellas, en los fenómenos físicos que las habitan, precisamente en la líbido que las constituye desde dentro, y que no las constituye sin dividirse en flujos variables y cualitativamente distintos. El propio Freud reconoce la multiplicidad de las “corrientes” libidinales que coexisten en el Hombre de los lobos. Por eso no deja de sorprendernos su forma de tratar las multiplicidades del inconciente. Para él siempre habrá que reducirlo todo a lo Uno: las pequeñas cicatrices, los agujeritos serán las subdivisiones de la gran cicatriz o del agujero mayor llamado castración, los lobos serán los substitutos de un único y mismo padre que aparece por todas partes, tantas como se le haya puesto (como dice Ruth Mack Brunswick, adelante, los lobos son “todos los padres y los médicos”; pero el Hombre de los lobos piensa: y mi culo, ¿no es un lobo?).

Había que hacer lo contrario, había que comprender en intensidad: el Lobo es la manada, es decir, la multiplicidad aprehendida como tal en un instante por su acercamiento o su alejamiento de cero, distancias que siempre son indescomponibles. El cero es el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Si el inconciente no conoce la negación es porque en él no hay nada negativo, tan sólo acercamientos y alejamientos indefinidos del punto cero, que de ningún modo expresa la carencia, sino la positividad del cuerpo lleno como soporte y agente (pues “se necesita un aflujo hasta para expresar la falta de intensidad”). Los lobos designan una intensidad, una banda de intensidad, un umbral de intensidad en el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos.

Un dentista le decía al Hombre de los lobos “le van a caer los dientes a causa de su forma de masticar, usted mastica con mucha fuerza”; al mismo tiempo sus encías se cubrían de pústulas y de agujeritos. La mandíbula como intensidad superior, los dientes como intensidad inferior, y las encías pustulosas como acercamiento a cero. El lobo como aprehensión instantánea de una multiplicidad en esa zona, no es un representante, un substituto, es un yo siento. Yo siento que devengo lobo, lobo entre los lobos, en el borde de los lobos, y el grito de angustia, el único que Freud oye es: ayúdeme a no devenir lobo (o, al contrario, a no fracasar en ese devenir). Y no es una representación: nada de creerse un lobo, de representarse como lobo. El lobo, los lobos, son intensidades, velocidades, temperaturas, distancias variables indescomponibles.

Todo un hormigueo, un “lobeo”. Y ¿quién puede creer que la máquina anal no tiene nada que ver con la máquina de los lobos, o que ambas sólo estén unidas por el aparato edípico, por la figura demasiado humana del Padre? Pues al fin y al cabo el ano también expresa una intensidad, en este caso el acercamiento a cero de la distancia que no se descompone sin que los elementos no cambien de naturaleza. Da igual campo de anos que manada de lobos. ¿No está el niño unido a los lobos por el ano, en la periferia? Descenso de la mandíbula al ano. Estar unido a los lobos por la mandíbula y por el ano. Una mandíbula no es una mandíbula de lobo, la cosa no es tan sencilla, sino que mandíbula y lobo forman una multiplicidad que se transforma en ojo y lobo, ano y lobo, según otras distancias, siguiendo otras velocidades, con otras multiplicidades, en límites de umbrales. Líneas de fuga o de desterritorialización, devenir-lobo, devenir-inhumano de las intensidades desterritorializadas, eso es la multiplicidad. Devenir lobo, devenir agujero es desterritorializarse según líneas distintas enmarañadas. Un agujero no es más negativo que un lobo. La castración, la carencia, el substituto, qué historia contada por un idiota demasiado conciente que no entiende nada de las multiplicidades como formaciones del inconciente. Un lobo, pero también un agujero, son partículas, producciones de partículas, trayectos de partículas en tanto que elementos de multiplicidades moleculares.

Ni siquiera vale decir que las partículas intensas e inestables pasan por agujeros, un agujero es tan partícula como lo que pasa por él. Los físicos dicen: los agujeros no son ausencias de partículas, son partículas que van más rápido que la luz. Anos volantes, vaginas rápidas, la castración no existe.
Volvamos a esa historia de multiplicidad, porque fue un momento muy importante la creación de ese sustantivo precisamente para escapar a la oposición abstracta de lo múltiple y lo uno, para escapar a la dialéctica, para llegar a pensar lo múltiple al estado puro, para dejar de considerarlo como el fragmento numérico de una Unidad o Totalidad perdidas, o, al contrario, como el elemento orgánico de una Unidad o Totalidad futuras –para distinguir más bien los tipos de multiplicidad-. Así por ejemplo, el físico-matemático Riemann establece una distinción entre multiplicidades discretas y multiplicidades continuas (estas últimas sólo encuentran el principio de su métrica en las fuerzas que actúan en ellas).

Meinong y Russell hablarán de multiplicidades de magnitud o de divisibilidad, extensivas y de multiplicidades de distancia, más próximas de lo intensivo. Para Bergson hay multiplicidades numéricas o extensas, y multiplicidades cualitativas y de duración. Nosotros hacemos más o menos lo mismo cuando distinguimos multiplicidades arborescentes y multiplicidades rizomáticas. Macro y micromultiplicidades. Por un lado, multiplicidades extensivas, divisibles y molares; unificables, totalizables, organizables; concientes o preconcientes. Por otro, multiplicidades libidinales, inconcientes, moleculares, intensivas, constituidas por partículas que al dividirse cambian de naturaleza, por distancias que al variar entran en otra multiplicidad, que no cesan de hacerse y deshacerse al comunicar, al pasar la unas a las otras dentro de un umbral, o antes, o después. Los elementos de estas últimas multiplicidades son partículas; sus relaciones, distancias; sus movimientos, brownianos; su cantidad, intensidades, diferencias de intensidad.

Todo esto tiene una base lógica. Elias Canetti distingue dos tipos de multiplicidad, que unas veces se oponen y otras se combinan: de masa y de manada. Entre los caracteres de masa, en el sentido de Canetti, habría que señalar la gran cantidad, la divisibilidad y la igualdad de los miembros, la concentración, la sociabilidad del conjunto, la unicidad de la dirección jerárquica, la organización de territorialidad o de territorialización, la emisión de signos. Entre los caracteres de manada, la pequeñez o la restricción del número, la dispersión, las distancias variables indescomponibles, las metamorfosis cualitativas, las desigualdades como diferencias o saltos, la imposibilidad de una totalización o de una jerarquización fijas, la variedad browniana de las direcciones, las líneas de desterritorialización, la proyección de partículas. Sin duda, no hay más igualdad ni menos jerarquía en las manadas que en las masas, pero no son las mismas. El jefe de manada o de banda actúa por acciones sucesivas, debe partir de cero en cada acción, mientras que el jefe de grupo de masa consolida y capitaliza lo adquirido.

La manada, incluso en su propio terreno, se constituye en una línea de fuga o de desterritorialización que forma parte de ella, y a la que da una gran valor positivo; las masas, por el contrario, sólo integran tales líneas para segmentarizarlas, bloquearlas, afectarlas de un signo negativo. Canetti señala que en la manada cada miembro permanece solo a pesar de estar con los demás (por ejemplo los lobos-cazadores); cada miembro se ocupa de lo suyo al mismo tiempo que participa en la banda. “En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en el borde. Estará dentro, e inmediatamente después en el borde, en el borde, e inmediatamente después dentro.

Cuando la manada forma un círculo alrededor de su fuego, cada cual podrá ver a sus vecinos a derecha y a izquierda, pero la espalda está libre, la espalda está abiertamente expuesta a la naturaleza salvaje”. Reconocemos aquí la posición esquizofrénica, estar en la periferia, mantenerse en el grupo por una mano o un pie… A ella opondremos la posición paranoica del sujeto de masa, con todas las identificaciones entre el individuo y el grupo, el grupo y el jefe, el jefe y el grupo; formar parte plenamente de la masa, aproximarse al centro, no permanecer nunca en la periferia, salvo cuando la misión lo exige. ¿Por qué suponer (como Honrad Lorenz por ejemplo) que las bandas y su tipo de camaradería representan un estado evolutivamente más rudimentario que las sociedades de grupo o de conyugalidad? No sólo hay bandas humanas, sino que hasta las hay especialmente refinadas: la “mundanidad” se distingue de la “sociabilidad”, puesto que está más próxima de una manada, y el hombre social tiene una imagen envidiosa y errónea del mundano, puesto que desconoce las posiciones y jerarquías específicas de la mundanidad, las relaciones de fuerza, sus ambiciones y proyectos tan particulares. Las relaciones mundanas no se corresponden nunca con las relaciones sociales, no coinciden con ellas. Hasta los “manierismos” (los hay en todas las bandas) pertenecen a las micromultiplicidades y se distinguen de los usos o costumbres sociales.

No obstante, no hay que oponer los dos tipos de multiplicidades, las máquinas molares y las moleculares, según un dualismo que no sería mejor que el de lo Uno y lo Múltiple. No hay más que multiplicidades de multiplicidades que forman un mismo agenciamiento, que se manifiestan en el mismo agenciamiento: las manadas en las masas, y a la inversa. Los árboles tienen líneas rizomáticas, y el rizoma puntos de arborescencia. ¿Cómo no se iba a necesitar un enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge el minúsculo arroyo de una intensidad nueva? ¿Cuánto no hay que hacer para obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el devenir-inhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática paranoica va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un devenir-perro, de un devenir-coleóptero.

En el Hombre de los lobos, el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y militar de las obsesiones. Un militar hace de lobo, un militar hace el perro. No hay dos multiplicidades o dos máquinas, sino un solo y mismo agenciamiento maquínico que produce y distribuye el todo, es decir, el conjunto de enunciados que corresponden al “complejo”. ¿Qué nos dice es psicoanálisis sobe todo esto? Edipo, nada más que Edipo, puesto que el psicoanálisis no escucha nada ni a nadie. Lo elimina todo, masas y manadas, máquinas molares y moleculares, todo tipo de multiplicidades. Véase si no el segundo sueño del Hombre de los lobos, en el momento del episodio llamada psicótico: en una calle un muro con una puerta cerrada, a la izquierda un armario vacío; el paciente frente al armario, y una enorme mujer con una pequeña cicatriz que parece querer pasar del otro lado del muro; detrás de éste, unos lobos que se precipitan hacia la puerta. La Sra. Brunswick no puede engañarse: por más que se esfuerza en reconocerse en la enorme mujer, ve perfectamente que aquí los lobos son los bolcheviques, la masa revolucionaria que ha saqueado el armario o confiscado la fortuna del Hombre de los lobos. En un estado metaestable, los lobos han pasado a formar parte de una gran máquina social.

Pero, salvo lo que ya decía Freud, el psicoanálisis no tiene nada que decir sobre todas estas cuestiones: todo sigue remitiendo aún a papá (que, como por casualidad, era uno de los jefes del partido liberal en Rusia, pero eso no tiene ninguna importancia, basta con decir que la revolución ha “satisfecho el sentimiento de culpabilidad del paciente”). Verdaderamente podría pensarse que la libido, n sus inversiones y contrainversiones, no tiene nada que ver con las conmociones de masas, los movimientos de manadas, los signos colectivos y las partículas de deseo.

En realidad, no basta con atribuir al preconciente las multiplicidades molares o las máquinas de masa, reservando para el conciente otro tipo de máquinas o de multiplicidades. Lo propio del inconciente es el agenciamiento de las dos, el modo en que las primeras condicionan a las segundas, y éstas preparan las primeras, se escapan de ellas o vuelven a ellas: la libido lo baña todo. Hay, pues, que tenerlo todo en cuenta: el modo en que una máquina social o una masa organizada tienen un inconciente molecular que no sólo indica su tendencia a la descomposición, sino también los componentes actuales de su práctica y de su organización; el modo en que un individuo, tal o cual incluido en una masa tiene un inconciente de manada que no se parece necesariamente a las manadas de la masa de la que forma parte; el modo en que un individuo o una masa van a vivir en su inconciente las masas y las manadas de otra masa o de oro individuo.

¿Qué quiere decir amar a alguien? Captarlo siempre en una masa, extraerlo de un grupo, aunque sea restringido, del que forma parte, aunque sólo sea por su familia o por otra cosa; y después buscar sus propias manadas, las multiplicidades que encierra en sí mismo, y que quizá son de una naturaleza totalmente distinta. Juntarlas con las mías, hacer que penetren en las mías, y penetrar las suyas. Bodas celestes, multiplicidades de multiplicidades. Todo amor es un ejercicio de despersonalización en un cuerpo sin órganos a crear; y en el punto álgido de esa despersonalización es donde alguien puede ser nombrado, recibe su nombre o su apellido, adquiere la más intensa discernibilidad en la aprehensión instantánea de los múltiples que le pertenecen y a los que pertenece. Manada de pecas en un rostro, manada de muchachos que hablan en la voz de una mujer, camada de muchachas en la voz del Sr. De Charlus, horda de lobos en la garganta de alguien, multiplicidad de anos en el ano, la boca o el ojo hacia el que uno se inclina. ¡Cada uno pasa por tantos cuerpos en su propio cuerpo! Albertine es lentamente extraída de un grupo de muchachas, que tiene un número, una organización, un código, una jerarquía determinadas; y no sólo ese grupo y esa masa restringida están inmersos en todo un inconciente, sino que Albertine tiene sus propias multiplicidades que el narrador, al aislarla, descubre en su cuerpo y en sus mentiras, hasta que el final del amor la vuelva indiscernible.

Pero sobre todo no hay que creer que basta con distinguir masas y grupos exteriores en los que alguien participa o a los que pertenece, y los conjuntos internos que englobaría en sí mismo. La distinción no es en modo alguno la de lo exterior y la de lo interior, siempre relativos y cambiantes, intercambiables, sino la de tipos de multiplicidades que coexisten, se combinan y desplazan –máquinas, engranajes, motores y elementos que intervienen en un determinado momento para formar un agenciamiento productor de enunciado: te amo (u otra cosa)-. Volviendo a Kafka, Felice es inseparable de una cierta máquina social y de las máquinas parlantes cuya firma representa; ¿cómo no iba a pertenecer a ese tipo de organización, a los ojos de Kafka, fascinado como está por el comercio y la burocracia? Pero al mismo tiempo, los dientes de Felice, los grandes dientes carnívoros la hacen pasar según otras líneas a las multiplicidades moleculares de un devenir-perro, de un devenir-chacal… Felice, inseparable del signo de las máquinas sociales modernas, las suyas y las de Kafka (aunque no son las mismas), y de las partículas, las pequeñas máquinas moleculares, de todo el extraño devenir, del trayecto que Kafka hará y le obligará a hacer a través de su perverso aparato de escritura.

No hay enunciado individual, sino agenciamientos maquínicos productores de enunciados. Nosotros decimos que el agenciamiento es fundamentalmente libidinal e inconciente. El agenciamiento es el inconciente en persona. Por ahora, nosotros vemos en él distintos tipos de elementos (o multiplicidades): máquinas humanas, sociales y técnicas, molares, organizadas; máquinas moleculares, con sus partículas de devenir-inhumano; aparatos edípicos (por supuesto, claro que hay enunciados edípicos, y muchos), aparatos contraedípicos, de aspecto y funcionamiento variables. Más adelante analizaremos todo esto. En realidad, ni siquiera podemos hablar de máquinas diferentes, sino únicamente de tipos de multiplicidades que se combinan y forman en un determinado momento un solo y mismo agenciamiento maquínico, figura sin rostro de la libido.

Todos estamos incluidos en un agenciamiento de este tipo, reproducimos el enunciado cuando creemos hablar en nombre propio, o más bien hablamos en nombre propio cuando producimos el enunciado. Qué extraños son los enunciados, verdaderos discursos de locos. Decíamos Kafka, también podríamos decir el Hombre de los lobos; una máquina religioso-militar que Freud asigna a la neurosis obsesiva; una máquina anal de manada o de devenir-lobo, también avispa o mariposa, que Freud asigna al carácter histérico; un aparato edípico que Freud convierte en el único motor, el motor inmóvil que aparece por todas partes; una aparato contraedípico (¿el incesto con la hermana, incesto-esquizofrénico, o bien el amor con “personas de condición inferior”, o bien la analidad, la homosexualidad?),todas esas cosas en las que Freud no ve más que sustitutos, regresiones y derivados de Edipo. En verdad Freud no ve ni entiende nada. No tiene la menor idea de lo que es un agenciamiento libidinal con todas las maquinarias que utiliza, todos los amores múltiples.

Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Árabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, so sí, no se entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización (“están locos, verdaderamente locos”); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo Árabe que conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera, desprendiéndolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para limpiar las carroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de “limpieza”, la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de manada, bañando la líbido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se desarrolla el drama?

No hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación (no entender por “agentes colectivos” los pueblos o las sociedades). El nombre propio no designa un individuo: al contrario, un individuo sólo adquiere su verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan totalmente, tras el más severo ejercicio de despersonalización. El nombre propio es la aprehensión instantánea de una multiplicidad. El nombre propio es el sujeto de un puro infinitivo entendido como tal en un campo de intensidad. Exactamente lo que Proust dice del nombre: al pronunciar Gilberto tenía la sensación de tenerla totalmente desnuda en mí boca.

El Hombre de los lobos, verdadero nombre propio, nombre íntimo que remite a los devenires, infinitivos, intensidades de un individuo despersonalizado y multiplicado. ¿Pero entiende el psicoanálisis algo de la multiplicación? Esa hora del desierto en la que el dromedario deviene mil dromedarios que ríen burlonamente en el cielo. Esa hora de la noche en la que mil agujeros se abren en la superficie de la tierra. Castración, castración, grita el espantajo psicoanalítico que siempre ha visto un agujero, un padre, un perro donde hay lobos, un individuo domesticado donde hay multiplicidades salvajes.

Al psicoanálisis no sólo le reprochamos que haya seleccionado los enunciados edípicos. Pues esos enunciados, en cierta medida, aún forman parte de un agenciamiento maquínico respecto al cual podrían servir de índices corregibles, como en un cálculo de errores. Lo que realmente le reprochamos es que haya utilizado enunciados edípicos para hacer creer al paciente que iba a tener enunciados personales, individuales, que por fin iba a poder hablar en nombre propio. Ahora bien, todo está falseado desde el principio: el Hombre de los lobos jamás podrá hablar. Se esforzará en vano en hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a su perro y responde “es papá”. Mientras esta situación dure, Freud hablará de neurosis, y cuando falle, de psicosis.

El Hombre de los lobos recibirá la medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso la pensión alimentaria que se da a los excombatientes mutilados. El Hombre de los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiese puesto de manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él tales o tales enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis; en el preciso momento en que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales, se le priva de todas las condiciones de enunciación.

Hacer callar a las personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada hubiesen dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos? Qué interesante, si elimino los cabritos, queda un lobo, que tiene que ser tu padre…

Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos.

Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, “honesto y escrupuloso”!, en una palabra, curado.

El se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: “Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología”

Del libro Mil mesetas. Capitalismo y Esquizofrenia (Mil plateaux. Capitalisme et schizophrénie).

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(libro) El diccionario del Diablo

El Diccionario del Diablo (The Devil’s Dictionary en inglés) es una recopilación satírica de 998 definiciones corrosivas escrito de 1881 a 1906 por Ambrose Bierce. Inicialmente fue publicado en fragmentos en diversos periódicos durante más de veinte años. Al finalizar, en 1911, se recopiló una versión completa. El contenido buscaba diversos argumentos escritos a modo satírico.1​ El libro fue conocido desde la Guerra de Secesión.

Por Ambrose Bierce

A

Abandonado, s. y adj. El que no tiene favores que otorgar. Desprovisto de fortuna. Amigo de la verdad y el sentido común.

Abdicación, s. Acto mediante el cual un soberano demuestra percibir la alta temperatura del trono.

Abdomen, s. Templo del dios Estómago, al que rinden culto y sacrificio todos los hombres auténticos. Las mujeres sólo prestan a esta antigua fe un sentimiento vacilante. A veces ofician en su altar, de modo tibio e ineficaz, pero sin veneración real por la única deidad que los hombres verdaderamente adoran. Si la mujer manejara a su gusto el mercado mundial, nuestra especie se volvería graminívora.

Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.

Abrupto, adj. Repentino, sin ceremonia, como la llegada de un cañonazo y la partida del soldado a quien está dirigido. El doctor Samuel Johnson, refiriéndose a las ideas de otro autor, dijo hermosamente que estaban “concatenadas sin abrupción”.

Absoluto, adj. Independiente, irresponsable. Una monarquía absoluta es aquella en que el soberano hace lo que le place, siempre que él plazca a los asesinos. No quedan muchas: la mayoría han sido reemplazadas por monarquías limitadas, donde el poder del soberano para hacer el mal (y el bien) está muy restringido; o por repúblicas, donde gobierna el azar.

Abstemio, s. Persona de carácter débil, que cede a la tentación de negarse un placer. Abstemio total es el que se abstiene de todo, menos de la abstención; en especial, se abstiene de no meterse en los asuntos ajenos.

Absurdo, s. Declaración de fe en manifiesta contradicción con nuestra opiniones. Adj. Cada uno de los reproches que se hacen a este excelente diccionario.

Aburrido, adj. Dícese del que habla cuando uno quiere que escuche.

Academia, s. Escuela antigua donde se enseñaba moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

Accidente, s. Acontecimiento inevitable debido a la acción de leyes naturales inmutables.

Acéfalo, adj. Lo que se encuentra en la sorprendente condición de aquel cruzado que, distraído, tironeó de un mechón de sus cabellos, varias horas después de que una cimitarra sarracena, sin que él lo advirtiera, le rebanara el cuello, según cuenta Joinville.

Acorde, s. Armonía.

Acordeón, s. Instrumento en armonía con los sentimientos de un asesino.

Acreedor, s. Miembro de una tribu de salvajes que viven más allá del estrecho de las Finanzas; son muy temidos por sus devastadoras incursiones.

Acusar, v.t. Afirmar la culpa o indignidad de otro; generalmente, para justificarnos por haberle causado algún daño.

Adagio, s. Sabiduría deshuesada para dentaduras débiles.

Adherente, s. Secuaz que todavía no ha obtenido lo que espera.

Adivinación, s. Arte de desentrañar lo oculto. Hay tantas clases de adivinación como variedades fructíferas del pelma florido y del bobo precoz.

Administración, s. En política, ingeniosa abstracción destinada a recibir las bofetadas o puntapiés que merecen el primer ministro o el presidente. Hombre de paja a prueba de huevos podridos y rechiflas.

Admiración, s. Reconocimiento cortés de la semejanza entre otro y uno mismo.

Admitir, v. t. Confesar. Admitir los defectos ajenos es el deber más alto que nos impone el amor de la verdad.

Admonición, s. Reproche suave o advertencia amistosa que suele acompañarse blandiendo un hacha de carnicero.

Adoración, s. Testimonio que da el Homo Creator de la sólida construcción y elegante acabado del Deus Creatus. Forma popular de la abyección que contiene un elemento de orgullo.

Adorar, v t. Venerar de modo expectante.

Aflicción, s. Proceso de aclimatación que prepara el alma para otro mundo más duro.

Aforismo, s. Sabiduría predigerida.

Africano, s. Negro que vota por nuestro partido.

Agitador, s. Estadista que sacude los frutales del vecino… para desalojar a los gusanos.

Agua de arroz, s. Bebida mística usada secretamente por nuestros novelistas y poetas más populares para regularizar la imaginación y narcotizar la conciencia. Se la considera rica en obtusita y letargina y debe ser preparada en una noche de niebla por una bruja gorda de la Ciénaga Lúgubre.

Aire, s. Sustancia nutritiva con que la generosa Providencia engorda a los pobres.

Alá, s. El Supremo Ser Mahometano por oposición al Supremo Ser Cristiano, Judío, etc.

Alba, s. Momento en que los hombres razonables se van a la cama. Algunos ancianos prefieren levantarse a esa hora, darse una ducha fría, realizar una larga caminata con el estómago vacío y mortificar su carne de otros modos parecidos. Después orgullosamente atribuyen a esas prácticas su robusta salud y su longevidad; cuando lo cierto es que son viejos y vigorosos no a causa de sus costumbres sino a pesar de ellas. Si las personas robustas son las únicas que siguen esta norma es porque las demás murieron al ensayarla.

Alianza, s. En política internacional la unión de dos ladrones cada uno de los cuales ha metido tanto la mano en el bolsillo del otro que no pueden separarse para robar a un tercero.

Alma, s. Entidad espiritual que ha provocado recias controversias. Platón sostenía que las almas que en una existencia previa (anterior a Atenas) habían vislumbrado mejor la verdad eterna, encarnaban en filósofos. Platón era filósofo. Las almas que no habían contemplado esa verdad animaban los cuerpos de usurpadores y déspotas. Dionisio I, que amenazaba con decapitar al sesudo filósofo, era un usurpador y un déspota. Platón, por cierto, no fue el primero en construir un sistema filosófico que pudiera citarse contra sus enemigos; tampoco fue el último. “En lo que atañe a la naturaleza del alma” dice el renombrado autor de Diversiones Sanctorum, “nada ha sido tan debatido como el lugar que ocupa en el cuerpo. Mi propia opinión es que el alma asienta en el abdomen, y esto nos permite discernir e interpretar una verdad hasta ahora ininteligible, a saber: que el glotón es el más devoto de los hombres. De él dicen las Escrituras que «hace un dios de su estómago». ¿Cómo entonces no habría de ser piadoso, si la Divinidad lo acompaña siempre para corroborar su fe? ¿Quién podría conocer tan bien como él el poder y la majestad a que sirve de santuario? Verdadera y sobriamente el alma y el estómago son una Divina Entidad; y tal fue la creencia de Promasius, quien, no obstante, erró al negarle inmortalidad. Había observado que su sustancia visible y material se corrompía con el resto del cuerpo después de la muerte, pero de su esencia inmaterial no sabía nada. Esta es lo que llamamos el Apetito, que sobrevive al naufragio y el hedor de la mortalidad, para ser recompensado o castigado en otro mundo, según lo haya exigido en éste. El Apetito que groseramente ha reclamado los insalubres alimentos del mercado popular y del refectorio público, será arrojado al hambre eterno, mientras aquel que firme, pero cortésmente, insistió en comer caviar, tortuga, anchoas, paté de foi gras y otros comestibles cristianos, clavará su diente espiritual en las almas de esos manjares, por siempre jamás, y saciará su divina sed en las partes inmortales de los vinos más raros y exquisitos que se hayan escanciado aquí abajo. Tal es mi fe religiosa, aunque lamento confesar que ni Su Santidad el Papa, ni su Eminencia el Arzobispo de Canterbury (a quienes imparcial y profundamente reverencio) me permiten propagarla”.

Almirante, s. Parte de un buque de guerra que se encarga de hablar, mientras el mascarón de proa se encarga de pensar.

Altar, s. Sitio donde antiguamente el sacerdote arrancaba, con fines adivinatorios, el intestino de la víctima sacrificial y cocinaba su carne para los dioses. En la actualidad, el término se usa raramente, salvo para aludir al sacrificio de su tranquilidad y su libertad que realizan dos tontos de sexo opuesto.

Ambición, s. Deseo obsesivo de ser calumniado por los enemigos en vida, y ridiculizado por los amigos después de la muerte.

Ambidextro, adj. Capaz de robar con igual habilidad un bolsillo derecho que uno izquierdo.

Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.

Amnistía, s. Magnanimidad del Estado para con aquellos delincuentes a los que costaría demasiado castigar.

Amor, s. Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expande entre las razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente para el médico que para el enfermo.

Ancianidad, s. Epoca de la vida en que transigimos con los vicios que aún amamos, repudiando los que ya no tenemos la audacia de practicar.

Anécdota, s. Relato generalmente falso. La veracidad de las anécdotas que siguen, sin embargo, no ha sido exitosamente objetada: Una noche el señor Rudolph Block, de Nueva York, se encontró sentado en una cena junto al distinguido crítico Percival Pollard. Señor Pollard –dijo–, mi libro Biografía de una Vaca Muerta, se ha publicado anónimamente, pero usted no puede ignorar quién es el autor. Sin embargo, al comentarlo, dice usted que es la obra del Idiota del Siglo. ¿Le parece una crítica justa?

–Lo siento mucho, señor –respondió amablemente el critico–, pero no pensé que usted deseara realmente conservar el anonimato.

El señor W.C. Morrow, que solía vivir en San José, California, acostumbraba escribir cuentos de fantasmas que daban al lector la sensación de que un tropel de lagartijas, recién salidas del hielo, le corrían por la espalda y se le escondían entre los cabellos. En esa época, se creía que merodeaba por San José el alma en pena de un famoso bandido llamado Vásquez, a quien ahorcaron allí. El pueblo no estaba muy bien iluminado y de noche la gente salía lo menos posible de su casa. Una noche particularmente oscura, dos caballeros caminaban por el sitio más solitario dentro del ejido, hablando en voz baja para darse coraje, cuando se tropezaron con el señor J.J. Owen, conocido periodista:–¡ Caramba Owen! –dijo uno–. ¿Qué le trae por aquí en una noche como ésta? ¿No me dijo que este era uno de los sitios preferidos por el ánima de Vásquez? ¿No tiene miedo de estar afuera?

–Mi querido amigo –respondió el periodista con voz lúgubre– tengo miedo de estar adentro. Llevo en el bolsillo una de las novelas de Will Morrow y no me atrevo a acercarme donde haya luz suficiente para leerla.

El general H.H. Wolherspoon, director de la Escuela de Guerra del Ejército, tiene como mascota un babuino, animal de extraordinaria inteligencia aunque nada hermoso. Al volver una noche a su casa el general descubrió con sorpresa y dolor que Adán (así se llamaba el mono, pues el general era darwinista) lo aguardaba sentado ostentando su mejor chaquetilla de gala.

–¡Maldito antepasado! –tronó el gran estratega– ¿Qué haces levantado después del toque de queda? ¡Y con mi uniforme! Adán se incorporó con una mirada de reproche, se puso en cuatro patas, atravesó el cuarto en dirección a una mesa y volvió con una tarjeta de visita: el general Barry había estado allí y a juzgar por una botella de champán vacía y varias colillas de cigarros, había sido amablemente atendido mientras esperaba. El general presentó excusas a su fiel progenitor y se fue a dormir. Al día siguiente se encontró con el general Barry, quien le dijo:–Oye viejo, anoche al separarme de ti olvide preguntarte por esos excelentes cigarros. ¿Dónde los consigues? El general Wotherspoon sin dignarse responder se marchó.

–Perdona por favor –gritó Barry corriendo tras él–Bromeaba por supuesto. Anda, si no había pasado quince minutos en tu casa y ya me di cuenta que no eras tú.

Anormal, adj. Que no responde a la norma. En cuestiones de pensamiento y conducta ser independiente es ser anormal y ser anormal es ser detestado. En consecuencia, el autor aconseja parecerse más al Hombre Medio que a uno mismo. Quien lo consiga obtendrá la paz, la perspectiva de la muerte y la esperanza del Infierno.

Antiamericano, adj. Perverso, intolerable, pagano.

Antipatía, s. Sentimiento que nos inspira el amigo de un amigo.

Año, s. Período de trescientos sesenta y cinco desengaños.

Apelar, v. i. En lenguaje forense, volver a poner los dados en el cubilete para un nuevo tiro.

Apetito, s. Instinto previsor implantado por la Providencia como solución al problema laboral.

Aplauso, s. El eco de una tontería. Monedas con que el populacho recompensa a quienes lo hacen reír y lo devoran.

Apóstata, s. Sanguijuela que tras penetrar en el caparazón de una tortuga y descubrir que hace mucho que está muerta, juzga oportuno adherirse a una nueva tortuga.

Arado, s. Implemento que pide a gritos manos acostumbradas a la pluma.

Árbol, s. Vegetal alto, creado por la naturaleza para servir de aparato punitivo, aunque por deficiente aplicación de la justicia la mayoría de los árboles sólo exhiben frutos despreciables, o ninguno. Cuando está cargado de su fruta natural, el árbol es un benéfico agente de la civilización y un importante factor de moralidad pública. En el severo Oeste y en el sensitivo Sur de Estados Unidos, su fruta (blanca y negra respectivamente) satisface el gusto público, aunque no se coma, y contribuye al bienestar general, aunque no se exporte. La legítima relación entre árbol y justicia no fue descubierta por el juez Lynch (quien, a decir verdad, no lo consideraba preferible al farol o la viga del puente), como lo prueba este pasaje de Morryster, quien vivió dos siglos antes: Encontrándome en ese país, fui llevado a ver el árbol Ghogo, del que mucho oyera hablar; pero como yo dijese que no observaba en él nada notable, el jefe de la aldea en que crecía me respondió de este modo:–En este momento el árbol no da fruta, pero cuando esté en sazón, veréis colgar de sus ramas a todos los que han ofendido a Su Majestad el Rey. Asimismo me explicaron que la palabra “Ghogo” significaba en su lengua lo mismo que “bandido” en la nuestra. (Viaje por Oriente.)

Ardor, s. Cualidad que distingue al amor inexperto.

Arena, s. En política, ratonera imaginaria donde el estadista lucha con su pasado.

Aristocracia, s. Gobierno de los mejores. (En este sentido la palabra es obsoleta, lo mismo que esa clase de gobierno). Gentes que usan sombreros de copa y camisas limpias, culpables de educación y sospechosos de cuenta bancaria.

Armadura, s. Vestimenta que usa un hombre cuyo sastre es un herrero.

Arquitecto, s. El que traza los planos de nuestra casa y planea el destrozo de nuestras finanzas.

Arrepentimiento, s. Fiel servidor y secuaz del Castigo. Suele traducirse en una actitud de enmienda que no es incompatible con la continuidad del pecado.

Arruinar, v. t. Destruir. Específicamente, destruir la creencia de una doncella en la virtud de las doncellas.

Arsénico, s. Especie de cosmético a que son afectas las mujeres y que, a su vez, las afecta grandemente.

Arzobispo, s. Dignatario eclesiástico un punto más santo que un obispo.

Asilo, s. Todo lo que asegura protección a alguien en peligro: Moisés y Josué establecieron seis ciudades de asilo –Beze, Golan, Ramoth, Kadesh, Schekem y Hebrón– donde el homicida involuntario podía refugiarse al ser perseguido por los familiares de la víctima. Este 18 admirable recurso proveía al matador de un saludable ejercicio, sin privar a los deudos de los placeres de la caza; así, el alma del muerto era debidamente honrada con prácticas similares a los juegos fúnebres de la primitiva Grecia.

Asno, s. Cantante público de buena voz y mal oído. En Virginia City, Nevada, le llaman el Canario de Washoe; en Dakota, el Senador; y en todas partes, el Burro. Este animal ha sido amplia y diversamente celebrado en la literatura, el arte y la religión de todas las épocas y pueblos; nadie inflama la imaginación humana como este noble vertebrado. En realidad, algunos (Ramasilus, lib II, de Clem., y C. Stantatus de Temperamente) sospechan si no es un dios; y como tal sabemos que fue adorado por los etruscos y, si hemos de creer a Macrobius, también por los eupasios. De los únicos dos animales admitidos en el Paraíso Mahometano junto con las almas de los hombres, uno es la burra de Balaam, otro el perro de los Siete Durmientes. Esta es una distinción muy grande. Con lo que se ha escrito sobre esta bestia, podría compilarse una biblioteca de gran esplendor y magnitud, que rivalizara con la del culto shakespeariano y la literatura bíblica. En términos generales puede decirse que toda la literatura es más o menos asnina.

Astucia, s. Cualidad que distingue a un animal o persona débil de otro fuerte. Acarrea a su poseedor gran satisfacción intelectual, y gran adversidad material. Un proverbio italiano dice: “EI peletero consigue más pieles de zorro que de burro”.

Audacia, s. Una de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.

Ausente, adj. Singularmente expuesto a la mordedura de la calumnia; vilipendiado; irremediablemente equivocado; sustituido en la consideración y el afecto de los demás.

Ausentista, adj. Dícese del propietario lo bastante precavido para alejarse del territorio de sus exacciones.

Australia, s. País situado en los Mares del Sur, cuyo desarrollo industrial y comercial, se ha visto increíblemente demorado por una funesta disputa entre geógrafos sobre si es un continente o una isla.

Autoestima, s. Evaluación errónea.

Autoevidente, s. Evidente para uno mismo y para nadie mas.

Averno, s. Lago por el cual los antiguos entraban en las regiones infernales. El erudito Marcus Ansello Scrutator sostiene que de ahí deriva el rito cristiano del bautismo por inmersión. Lactancio, sin embargo, ha demostrado que esto es un error.

Avestruz, s. Ave de gran tamaño, a quien la naturaleza (sin duda en castigo de sus pecados) negó ese dedo posterior en el que tantos naturalistas piadosos han visto una prueba manifiesta de un planeamiento divino. La ausencia de alas que funcionen no es un defecto, porque, como se ha señalado ingeniosamente, el avestruz no vuela.

Ayer, s. Infancia de la juventud, juventud de la madurez, el pasado entero de la ancianidad.

B

Baal, s. Antigua deidad muy venerada bajo distintos nombres. Como Baal era popular entre los fenicios; como Belus o Bel tuvo el honor de ser servido por el sacerdote Berosus, quien escribió la célebre crónica del Diluvio; como Babel, contó con una torre parcialmente erigida a su gloria, en la Llanura de Shinar. De Babel deriva la expresión “blablá”. Cualquiera sea el nombre con que se lo adora, Baal es el dios Sol. Como Belzebú, es el dios de las moscas, que son engendradas por los rayos solares en el agua estancada.

Baco, s. Cómoda deidad inventada por los antiguos como excusa para emborracharse.

Bailar, v. i. Saltar a compás de una música alegre, preferiblemente abrazando a la esposa o la hija del vecino. Hay muchas clases de bailes, pero todos los que requieren la participación de ambos sexos tienen dos cosas en común: son notoriamente inocentes y gustan mucho a los libertinos.

Baño, s. Especie de ceremonia mística que ha sustituido al culto religioso. Se ignora su eficacia espiritual.

Barba, s. El pelo que suelen cortarse los que justificadamente abominan de la absurda costumbre china de afeitarse la cabeza.

Barómetro, s. Ingenioso instrumento que nos indica qué clase de tiempo tenemos.

Basilisco, s. Cocatriz. Especie de serpiente empollada en el huevo de un gallo. El basilisco tenía un mal ojo y su mirada era letal. Muchos infieles niegan la existencia de este ser, pero Semprello Aurator vio y tuvo en sus manos uno que había sido cegado por un rayo por haber fatalmente contemplado a una dama de alcurnia a quien Júpiter amaba. Más tarde Juno devolvió la vista al reptil y lo escondió en una cueva. Nada está tan bien atestiguado por los antiguos como la existencia del basilisco, pero los gallos han dejado de poner.

Bastonada, s. Arte de caminar sobre madera sin esfuerzo. (Recuérdese que bastonada es una especie de tormento que consiste en golpear con un bastón las plantas de los pies.)

Batalla, s. Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua.

Bautismo, s. Rito sagrado de tal eficacia que aquel que entra en el cielo sin haberlo recibido, será desdichado por toda la eternidad. Se realiza con agua, de dos modos: por inmersión o zambullida, y por aspersión o salpicadura. Si la inmersión es mejor que la aspersión, es algo que los inmergidos y los asperjados deben resolver consultando la Biblia y comparando sus respectivos resfríos.

Bebé, s. Ser deforme, sin edad, sexo ni condición definidos, notable principalmente por la violencia de las simpatías y antipatías que provoca en los demás, y desprovisto él mismo de sentimientos o emociones. Ha habido bebés famosos, por ejemplo, el pequeño Moisés, cuya aventura entre los juncos indudablemente inspiró a los hierofantes egipcios de siete siglos antes su tonta fábula del niño Osiris, salvado de las aguas sobre una flotante hoja de loto.

Beber, v. t. e. i. Echar un trago, ponerse en curda, chupar, empinar el codo, mamarse, embriagarse. El individuo que se da a la bebida es mal visto, pero las naciones bebedoras ocupan la vanguardia de la civilización y el poder. Enfrentados con los cristianos, que beben mucho, los abstemios mahometanos se derrumban como el pasto frente a la guadaña. En la India cien mil británicos comedores de carne y chupadores de brandy con soda subyugan a doscientos cincuenta millones de abstemios vegetarianos de la misma raza aria. ¡Y con cuánta gallardía el norteamericano bebedor de whisky desalojó al moderado español de sus posesiones! Desde la época en que los piratas nórdicos asolaron las costas de Europa occidental y durmieron, borrachos, en cada puerto conquistado, ha sido lo mismo: en todas partes las naciones que toman demasiado pelean bien, aunque no las acompañe la justicia.

Belladona, s. En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas.

Belleza, s. Don femenino que seduce a un amante y aterra a un marido.

Benefactor, s. Dícese del que compra grandes cantidades de ingratitud, sin modificar la cotización de este artículo, que sigue al alcance de todos.

Beso, s. Palabra inventada por los poetas para que rime con “embeleso”.Se supone que designa, de un modo general, una especie de rito o ceremonia que expresa un buen entendimiento, pero este lexicógrafo desconoce la forma en que se realiza.

Bestia, s. Miembro de la dinastía reinante en las letras y la vida. La tribu de los Bestias llegó con Adán, y como era numerosa y fuerte, infestó el mundo habitable. El secreto de su poder es su insensibilidad a los golpes; basta hacerles cosquillas con un garrote para que se rían con una perogrullada. Originariamente los Bestias procedían de Beocia, de donde los desalojó el hambre, pues su estupidez esterilizó las cosechas. Durante algunos siglos infestaron Filistea, y por eso a muchos de ellos se les llama filisteos hasta hoy. En la época turbulenta de las Cruzadas salieron de allí y se extendieron gradualmente por Europa, ocupando casi todos los altos puestos de la política, el arte, la literatura, la ciencia y la teología. Desde que un pelotón de Bestias llegó a Norteamérica en el Mayflower, junto con los Padres Peregrinos, (o Pilgrim Fathers fundaron la primera colonia de Nueva Inglaterra, origen de los Estados Unidos.); su proliferación por nacimiento, inmigración y conversión ha sido rápida y constante. Según las estadísticas más dignas de crédito, el número de Bestias adultos en los Estados Unidos es apenas menor de treinta millones, incluyendo a los estadísticos. El centro intelectual de la raza está en Peoria, lllinois, pero el Bestia de Nueva Inglaterra es el más escandalosamente moral.

Bigamia, s. Mal gusto que la sabiduría del futuro castigará con la trigamia.

Blanco, adj. Negro.

Boca, s. En el hombre, puerta de entrada al alma; en la mujer, vía de salida del corazón.

Boda, s. Ceremonia por la que dos personas se proponen convertirse en una, una se propone convertirse en nada, y nada se propone volverse soportable.

Bolsillo, s. Cuna de los nativos, tumba de la conciencia. En la mujer, este órgano falta; en consecuencia, actúa sin motivo, y su conciencia, desprovista de sepultura, queda siempre viva, confesando los pecados de otros.

Botánica, s. Ciencia de los vegetales, comestibles o no. Se ocupa principalmente de las flores, que generalmente están mal diseñadas, tienen colores poco artísticos y huelen mal.

Boticario, s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio.

Brahma, s. Creador de los hindúes, que son preservados por Vishnu y destruidos por Siva; división del trabajo más prolija que la que encontramos en las divinidades de otras naciones. Los abracadabrenses, por ejemplo, son creados por el Pecado, mantenidos por el Robo y destruidos por la Locura. Los sacerdotes de Brahma, como los de Abracadabra, son hombres santos y sabios, que jamás incurren en una maldad.

Bruja, s. (1) Mujer fea y repulsiva en perversa alianza con el demonio. (2) Muchacha joven y hermosa, en perversa alianza con el demonio.

Brujería, s. Antiguo prototipo de la influencia política. Gozaba, sin embargo, de menos prestigio, y a veces era castigada con la tortura y la muerte. Augustine Nicholas cuenta que un pobre campesino acusado de brujería fue sometido a tortura para que confesara. Tras los primeros castigos, el pobre admitió su culpa, pero preguntó ingenuamente a sus verdugos si no era posible ser un brujo sin saberlo.

Bruto, s. Ver Marido.

Bueno, adj. Sensible, señora, a los méritos de este autor. Advertido, señor, de las ventajas de que lo dejen solo.

Bufón, s. Antiguamente, funcionario adscripto a la corte de un rey, cuya función consistía en divertir a los cortesanos mediante actos y palabras ridículas, cuyo absurdo era atestiguado por sus abigarradas vestiduras. Como el rey, en cambio, vestía con dignidad, el mundo tardó varios siglos en descubrir que su conducta y sus decretos eran lo bastante ridículos como para divertir no sólo a su corte sino a todo el mundo. Al bufón se le llamaba comúnmente “tonto” (“fool”), pero los poetas y los novelistas se han complacido siempre en representarlo como una persona singularmente sabia e ingeniosa. En el circo actual, la melancólica sombra del bufón de la corte deprime a los auditorios más modestos con los mismos chistes con que en su época de esplendor ensombrecía los marmóreos salones, ofendía el sentido del humor de los patricios y perforaba el tanque de las lágrimas reales.

C

Caaba, s. Piedra de gran tamaño ofrecida por el arcángel Gabriel al patriarca Abraham, que se conserva en La Meca. Es posible que el patriarca le haya pedido al arcángel un pedazo de pan.

Cabezas Redondas, s. Miembros del partido parlamentario en la guerra civil inglesa, llamados así por su costumbre de usar el cabello corto, mientras que sus enemigos, los Caballeros, los llevaban largos. Había otras diferencias entre ellos, pero la moda en el peinado constituía la causa fundamental de sus reyertas. Los Caballeros eran realistas porque su rey, un individuo indolente, prefería dejarse crecer el pelo antes que lavarse el cuello. Los Cabezas Redondas, en su mayoría barberos y fabricantes de jabón, consideraban eso como un insulto a su profesión; es natural que el cuello del monarca fuese el objeto de su particular indignación. Hoy, los descendientes de los beligerantes se peinan todos igual, pero las brasas del odio encendido en aquel antiguo conflicto siguen ardiendo bajo las cenizas de la cortesía británica.

Cabo, s. Hombre que ocupa el último peldaño de la escalera militar; cuando un cabo cae en combate, el golpe es menor.

Cagada de mosca, s. Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura, dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación general de las moscas que infestaban los diversos países. Estos animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad, según los hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma, haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los “viejos maestros” de la literatura, –es decir los escritores primitivos cuya obra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo idioma– jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa interrupción del pensamiento que produce la puntuación. (Lo mismo observamos en los niños de hoy, lo que constituye una notable y hermosa aplicación de la ley según la cual la infancia de los individuos reproduce los métodos y estadios de desarrollo que caracterizan a la infancia de las razas.). Los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de esos antiguos escritos, ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o “Musca maledicta”. Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente consideraban como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su propia casa, a menudo rivalizan y hasta sobrepasan las viejas composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición.

Cagatintas, s. Funcionario útil que con frecuencia dirige un periódico. En esta función está estrechamente ligado al chantajista por el vínculo de la ocasional identidad; en realidad el cagatintas no es más que el chantajista bajo otro aspecto, aunque este último aparece a menudo como una especie independiente. El cagatintismo es más despreciable que el chantaje, así como el estafador es más despreciable que el asaltante de caminos.

Caimán, s. Cocodrilo de América, superior, en todo, al cocodrilo de las decadentes monarquías del Viejo Mundo. Herodoto dice que, el Indus es, con una excepción, el único río que produce cocodrilos; estos, sin embargo, parecen haberse trasladado al Oeste, y haber crecido con los otros ríos.

Calamidad, s. Recordatorio evidente e inconfundible de que las cosas de esta vida no obedecen a nuestra voluntad. Hay dos clases de calamidades: las desgracias propias y la buena suerte ajena.

Camello, s. Cuadrúpedo (“Palmipes Jorobidorsus”) muy apreciado en el negocio circense. Hay dos clases de camellos: el camello propiamente dicho y el camello impropiamente dicho. Este último es el que siempre se exhibe.

Camino, s. Faja de tierra que permite ir de donde uno está cansado a donde es inútil ir.

Candidatear, s. Someter a alguien al más elevado impuesto político. Proponer una persona adecuada para que sea enlodada y abucheada por la oposición.

Candidato, s. Caballero modesto que renuncia a la distinción de la vida privada y busca afanosamente la honorable oscuridad de la función pública.

Cangrejo, s. Pequeño crustáceo parecido a la langosta, aunque menos indigerible. En este animalito está admirablemente figurada y simbolizada la sabiduría humana; porque así como el cangrejo se mueve sólo hacia atrás, y sólo puede tener una mirada retrospectiva, no viendo otra cosa que los peligros ya pasados, así la sabiduría del hombre no le permite eludir las locuras que asedian su marcha, sino únicamente aprender su naturaleza con posterioridad.

Caníbal, s. Gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época preporcina.

Cáñamo, s. Planta con cuya corteza fibrosa se hacen collares, que suelen usarse al aire libre en una ceremonia precedida de oratoria; el que se pone uno de esos collares, deja de tener frío.

Cañón, s. Instrumento usado en la rectificación de las fronteras.

Capacidad, s. Conjunto de dotes naturales que permiten realizar una pequeña parte de las ambiciones más mezquinas que distinguen a los hombres capaces de los muertos. En último análisis, la capacidad consiste, por lo general, en un alto grado de solemnidad. Es posible, sin embargo, que esta notable cualidad sea apreciada a justo título; ser solemne, no es tarea fácil.

Capital, s. Sede del desgobierno. Lo que provee el fuego, la olla, la cena, la mesa, el cuchillo y el tenedor al anarquista, quien sólo contribuye con la desgracia antes de la comida.

Carcaj, s. Vaina portátil en que el antiguo estadista y el abnegado aborigen transportaban su argumento más liviano.

Carnada, s. Preparado que hace más apetitoso el anzuelo. La belleza es la mejor de las carnadas.

Carne, s. Segunda Persona de la Trinidad secular.

Carne de gusano, s. Producto terminado del que somos la materia prima. Contenido del Taj Mahal, el Monumento a Napoleón y el Grantarium. La estructura que la alberga suele sobrevivirle, aunque también ella “ha de irse con el tiempo”. Probablemente la tarea más necia que puede ocupar a un ser humano es la construcción de su propia tumba; el propósito solemne que lo anima en tales casos acentúa por contraste la previsible futilidad de su empresa.

Carnívoro, adj. Dícese del que cruelmente acostumbra devorar al tímido vegetariano, a sus herederos y derechohabientes.

Carro fúnebre, s. Cochecito de niños de la muerte.

Cartesiano, adj. Relativo a Descartes, famoso filósofo, autor de la célebre sentencia “Cogito, ergo sum”, con la que pretende demostrar la realidad de la existencia humana. Esa máxima podría ser perfeccionada en la siguiente forma: “Cogito, cogito, ergo cogito sum” (“Pienso que pienso, luego pienso que existo”), con lo que se estaría más cerca de la verdad que ningún filósofo hasta ahora.

Casa, s. Estructura hueca construida para habitación del hombre, la rata, el escarabajo, la cucaracha, la mosca, el mosquito, la pulga, el bacilo y el microbio. “Casa de corrección”: lugar de recompensa por servicios políticos o personales. “Casa de Dios”: edificio coronado por un campanario y una hipoteca. “Perro Guardián de la Casa”: bestia pestilente encargada de insultar a los transeúntes y aterrar a los visitantes. “Sirvienta de la Casa”: persona joven, del sexo opuesto, a quien se emplea para que se muestre variadamente desagradable e ingeniosamente desalineada en la situación que el bondadoso Dios le ha dado.

Castigo, s. Lluvia de fuego y azufre que cae sobre los justos e igualmente sobre los injustos que no se han protegido expulsando a los primeros.

Celo, s. Cierto desorden nervioso que afecta a los jóvenes e inexpertos. Pasión que precede a una prosternación.

Celoso, adj. Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder cuando no vale la pena conservarlo.

Cementerio, s. Terreno suburbano aislado donde los deudos conciertan mentiras, los poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan sobre la ortografía. Los siguientes epitafios demuestran el éxito alcanzado por estos juegos olímpicos: “Sus virtudes eran tan notorias que sus enemigos, incapaces de pasarlas por alto, las negaron, y sus amigos, refutados por ellas en sus vidas insensatas, las arguyeron por vicios. Esas virtudes son aquí conmemoradas por su familia, que las compartió.” “Aquí en la tierra nuestro amor prepara. Un lugarcito a la pequeña Clara. Que todos compadezcan nuestro duelo Y el arcángel Gabriel la lleve al cielo.”

Cenobita, s. Hombre que piadosamente se encierra para meditar en el pecado; y que para mantenerlo fresco en la memoria, se une a una comunidad de atroces pecadores.

Centauro, s. Miembro de una raza de personas que existió antes que la división del trabajo alcanzara su grado actual de diferenciación, y que obedecían la primitiva máxima económica. “A cada hombre su propio caballo”. El mejor fue Quirón, que unía la sabiduría y las virtudes del caballo a la rapidez del hombre.

Cerbero, s. El perro guardián del Hades, que custodiaba su entrada, no se sabe contra quién, puesto que todo el mundo, tarde o temprano, debía franquearla, y nadie deseaba forzarla. Es sabido que Cerbero tuvo tres cabezas, pero algunos poetas le atribuyeron hasta un centenar. El profesor Graybill, cuyo erudito y profundo conocimiento del griego da a su opinión un peso enorme, ha promediado todas esas cifras, llegando a la conclusión de que Cerbero tuvo veintisiete cabezas; juicio que sería decisivo si el profesor Graybill hubiera sabido: a) algo de perros y b) algo de aritmética.

Cerdo, s. Ave notable por la uníversalidad de su apetito, y que sirve para ilustrar la universalidad del nuestro. Los mahometanos y judíos no favorecen al cerdo como producto alimenticio, pero lo respetan por la delicadeza de sus costumbres, la belleza de su plumaje y la melodía de su voz. Esta ave es particularmente apreciada como cantante: una jaula llena, puede hacer llorar a más de cuatro. El nombre científico de este pajarito es Porcus Rockefelleri. El señor Rockefeller no descubrió el cerdo, pero se lo considera suyo por derecho de semejanza.

Cerebro, s. Aparato con que pensamos que pensamos. Lo que distingue al hombre contento, con “ser” algo del que quiere “hacer” algo. Un hombre de mucho dinero, o de posición prominente, tiene por 32 lo común tanto cerebro en la cabeza que sus vecinos no pueden conservar el sombrero puesto. En nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo de las preocupaciones del poder.

Cerradura, s. Divisa de la civilización y el progreso.

Cetro, s. Bastón de mando de un rey, signo y símbolo de su autoridad. Originariamente era una maza con que el soberano reprendía a su bufón y vetaba las medidas ministeriales, rompiendo los huesos a sus proponentes.

Cimitarra, s. Espada curva de extremado filo en cuyo manejo ciertos orientales alcanzan extraordinario virtuosismo, como ilustra el incidente que narraremos, traducido del japonés de Shushi Itama, famoso escritor del siglo trece: Cuando el gran GichiKuktai era Mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono! –¡Mil setecientos dragones!– exclamó el enfurecido monarca–. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado, para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?–Hijo de mil ilustres deidades –respondió el ministro condenado–, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza. –¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?–Al gallardo Nueve mil Ochocientos Treinta y Siete. Lo conozco. Se llama SakkoSamshi. –Que lo traigan ante mí –dijo el Mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su Presencia. –¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! –rugió el soberano– ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar? –Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos–respondió, inmutable, el verdugo–, ordénale que se suene las narices con los dedos. Ordenólo el rey. Jijiji Ri sujetóse la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin. Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaban las piernas y respiraba con un jadeo de terror. –¡Por mil leones de colas de bronce! –gritó– ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpeé sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra la hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo. Dicho esto, agarró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono, la depositó humildemente a los pies del Mikado.

Cínico, s. Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser. Los escitas acostumbran arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión.

Circo, s. Lugar donde se permite a caballos, “ponies” y elefantes contemplar a los hombres, mujeres y niños en el papel de tontos.

Cita, s. Repetición errónea de palabras ajenas.

Clarinete, s. Instrumento de tortura manejado por un ejecutor con algodón en los oídos. Hay instrumentos peores que un clarinete: dos clarinetes.

Cleptómano, s. Ladrón rico.

Clérigo, s. Hombre que se encarga de administrar nuestros negocios espirituales, como método de favorecer sus negocios temporales.

Clio, s. Una de las Nueve Musas. La función de Clio era presidir la Historia. Lo hizo con gran dignidad. Muchos de los ciudadanos prominentes de Atenas ocuparon asientos en el estrado cuando hablaban los señores Jenofonte, Herodoto y otros oradores populares.

Cobarde, adj. Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.

Cociente, s. Número que expresa la cantidad de veces que una suma de dinero perteneciente a una persona está contenida en el bolsillo de la otra; la cifra exacta depende de la capacidad del bolsillo.

Col, s. Legumbre familiar comestible, similar en tamaño e inteligencia a la cabeza de un hombre. La col deriva su nombre del príncipe Colius, que al subir al trono nombró por decreto un Supremo Consejo Imperial formado por los ministros del gabinete anterior y por las coles del jardín real. Cada vez que una medida política de Su Majestad fracasaba rotundamente, se anunciaba con toda solemnidad que varios miembros del Supremo Consejo habían sido decapitados, y con esto se acallaban las murmuraciones de los súbditos.

Cola, s. Parte del espinazo de un animal que ha trascendido sus limitaciones naturales para llevar una existencia independiente en un mundo propio. Salvo en el estado fetal, el hombre carece de cola, privación cuya conciencia hereditaria se manifiesta en los faldones de la levita masculina y la “cola” del vestido femenino, así como en una tendencia a adornar esa parte de su vestimenta donde debería estar — indudablemente estuvo alguna vez– la cola. Esta tendencia es más observable en la hembra de la especie, en quien ese sentimiento ancestral es fuerte y persistente. Los hombres coludos que describe Lord Monboddo son, según se cree ahora, el producto de una imaginación extraordinariamente susceptible a influencias generadas en la edad dorada de nuestro pasado piteco.

Comer, v. .i. Realizar sucesivamente (y con éxito) las funciones de la masticación, salivación y deglución.

–Me encontraba en mi salón, gozando de la cena…–dijo un día BriSavarin, comenzando una anécdota.

–¡Qué! –interrumpió Rochebriant– ¿Cenando en el salón?– Le ruego observar, señor, –explicó el gran gastrónomo–, que yo no dije que estaba cenando, sino gozando de la cena. Había cenado una hora antes.

Comercio, s. Especie de transacción en que A roba a B los bienes de C, y en compensación B sustrae del bolsillo de D dinero perteneciente a E.

Comestible, adj. Dícese de lo que es bueno para comer, y fácil de digerir, como un gusano para un sapo, un sapo para una víbora, una víbora para un cerdo, un cerdo para un hombre, y un hombre para un gusano.

Complacer, v. t. Poner los cimientos para una superestructura de imposiciones.

Cómplice, s. El que con pleno conocimiento de causa se asocia al crimen de otro; como un abogado que defiende a un criminal, sabiéndolo culpable. Este punto de vista no ha merecido hasta ahora la aprobación de los abogados, porque nadie les ofreció honorarios para que lo aprobaran.

Comprometido, adj. Provisto de un aro en el tobillo para sujetar la cadena y los grilletes.

Compromiso, s. Arreglo de intereses en conflicto que da a cada adversario la satisfacción de pensar que ha conseguido lo que no debió conseguir, y que no le han despojado de nada salvo lo que en justicia le correspondía.

Compulsión, s. La elocuencia del poder.

Condolerse, v.r. Demostrar que el luto es un mal menor que la simpatía.

Conferencista, s. Alguien que le pone a usted la mano en su bolsillo, la lengua en su oído, y la fe en su paciencia.

Confidente, s. Aquél a quien A confía los secretos de B, que le fueron confiados por C.

Confort, s. Estado de ánimo producido por la contemplación de la desgracia ajena.

Congratulaciones, s. Cortesía de la envidia.

Congreso, s. Grupo de hombres que se reúnen para abrogar las leyes.

Conocedor, s. Especialista que sabe todo acerca de algo, y nada acerca de lo demás. Se cuenta de un viejo ebrio que resultó gravemente herido en un choque de trenes; para revivirlo, le vertieron un poco de vino sobre los labios. “Pauillac, 1873”, murmuró, y expiró.

Conocido, s. Persona a quien conocemos lo bastante para pedirle dinero prestado, pero no lo suficiente para prestarle. Grado de amistad que llamamos superficial cuando su objeto es pobre y oscuro, e íntimo cuando es rico y famoso.

Consejo, s. La más pequeña de las monedas en curso.

Conservador, adj. Dícese del estadista enamorado de los males existentes, por oposición al liberal, que desea reemplazarlos por otros.

Cónsul, s. En política americana, persona que no habiendo podido obtener un cargo público por elección del pueblo, lo consigue del gobierno a condición de abandonar el país.

Consultar, v.l. Requerir la aprobación de otro para tomar una actitud ya resuelta.

Controversia, s. Batalla en que la saliva o la tinta reemplazan al insultante cañonazo o la desconsiderada bayoneta.

Convencido, adj. Equivocado a voz en cuello.

Conventillo, s. Fruto de una flor llamada Palacio.

Convento, s. Lugar de retiro para las mujeres que desean tener tiempo libre para meditar sobre el vicio de la pereza.

Conversación, s. Feria donde se exhibe la mercancía mental menuda, y donde cada exhibidor está demasiado preocupado en arreglar sus artículos como para observar los del vecino.

Corazón, s. Bomba muscular automática que hace circular la sangre. Figuradamente se dice que este útil órgano es la sede de las emociones y los sentimientos: bonita fantasía que no es más que el resabio de una creencia antaño universal. Sabemos ahora que sentimientos y emociones residen en el estómago y son extraídos de los alimentos mediante la acción química del jugo gástrico. El proceso exacto que convierte el bistec en un sentimiento (tierno o no, según la edad del animal); las sucesivas etapas de elaboración por las que un emparedado de caviar se transmuta en rara fantasía y reaparece convertido en punzante epigrama; los maravillosos métodos funcionales de convertir un huevo duro en contrición religiosa o una bomba de crema en suspiro sensible: todas estas cosas han sido pacientemente investigadas y expuestas con persuasiva lucidez por Monsieur Pasteur. (Ver también mi monografía “Identidad Esencial de los Afectos Espirituales con Ciertos Gases Intestinales Liberados en la Digestión” págs. 4 a 687). En una obra titulada según creo Delectatio Demonorum (Londres 1873) esta teoría de los sentimientos es ilustrada de modo sorprendente; para más información se puede consultar el famoso tratado del profesor Dam sobre “El amor como producto de la Maceración Alimentaria”.

Coronación, s. Ceremonia de investir a un soberano con los signos externos y visibles de su derecho divino a ser volado hasta el cielo por una bomba.

Corrector de pruebas, s. Malhechor que nos hace escribir tonterías. Afortunadamente el linotipista las vuelve ininteligibles.

Corporación, s. Ingenioso artificio para obtener ganancia individual sin responsabilidad individual.

Corsario, s. Político de los mares.

Costumbre, s. Cadena de los libres.

Cremona, s. Violín de alto precio fabricado en Connecticut.

Cristiano, s. El que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina que responde admirablemente a las necesidades espirituales de su vecino. El que sigue las enseñanzas de Cristo en la medida que no resulten incompatibles con una vida de pecado.

Crítico, s. Persona que se jacta de lo difícil que es satisfacerlo, porque nadie pretende satisfacerlo.

Cruz, s. Antiguo símbolo religioso cuya significación se atribuye erróneamente al más solemne acontecimiento en la historia de la Cristiandad, pero que en realidad es anterior en milenios. Muchos la han creído idéntica a la “crux ansata” del viejo culto fálico, pero su origen se ha rastreado mucho más lejos, hasta los ritos de los pueblos primitivos. En nuestros días tenemos la Cruz Blanca, símbolo de castidad y la Cruz Roja, emblema de benévola neutralidad en tiempos de guerra.

Cuadro, s. Representación en dos dimensiones de un aburrimiento que tiene tres.

Cuartel, s. Edificio en que los soldados disfrutan de parte de lo que profesionalmente despojan a otros.

¿Cui bono? (Expresión latina). ¿De qué me serviría, “a mí”?

Cupido, s. El llamado dios del amor. Esta creación bastarda de una bárbara fantasía fue indudablemente infligida a la mitología para que purgara los pecados de sus dioses. De todas las concepciones desprovistas de belleza y de verdad, esta es la más irracional y ofensiva. La ocurrencia de simbolizar el amor sexual mediante un bebé semiasexuado, de comparar los dolores de la pasión con flechazos, de introducir en el arte este homúnculo gordito para materializar el sutil espíritu y la sugestión de una obra, todo esto es digno de una época que, después de darlo a luz, lo abandonó en el umbral de la posteridad.

Curiosidad, s. Reprensible cualidad de la mente femenina. El deseo de saber si una mujer es, o no, víctima de esa maldición, es una de las pasiones más activas e insaciables del alma masculina.

D

Datario, s. Alto dignatario de la Iglesia Católica Romana, que tiene la importante función de estampar sobre las bulas papales las palabras “Datum Romae”. Goza de un sueldo principesco y de la amistad de Dios.

Deber, s. Lo que nos impulsa inflexiblemente en la dirección del lucro, por la vía del deseo.

Deber, v. t. Tener (y conservar) una deuda. Antiguamente la palabra no significaba deuda sino posesión; en la mente de muchos deudores existe todavía una gran confusión entre ambas cosas. (En inglés “to owe” (deber, adeudar) y “to own” (poseer) se pronuncian de modo parecido).

Debilidad, s. Facultad innata de la mujer tiránica que le permite dominar al macho de la especie, sujetándolo a su voluntad y paralizando sus energías rebeldes.

Decálogo, s. Serie de diez mandamientos: número suficiente para permitir una selección inteligente de los que se quiere observar.

Decidir, v. t. Sucumbir a la preponderancia de un grupo de influencias sobre otro grupo de influencias.

Defeccionar, v. i. Cambiar bruscamente de opinión y pasarse a otro bando. La defección más notable de que haya constancia es la de Saulo de Tarso, quien ha sido severamente criticado como tránsfuga por algunos de nuestros periódicos políticos.

Degenerado, adj. Menos admirable que sus antepasados. Los contemporáneos de Homero eran notables ejemplos de degeneración; hacían falta diez de ellos para alzar una roca o promover un motín que cualquier héroe de la guerra troyana habría alzado o promovido con facilidad.

Degradación, s. Una de las etapas del progreso moral y social que lleva de la humilde condición privada al privilegio político.

Dejeuner, s. El desayuno de un norteamericano que ha estado en París. Hay varias pronunciaciones.

Delegado, s. Pariente de un funcionario. El delegado es, por lo general, un bello joven con una corbata roja y un intrincado sistema de telarañas que bajan de su nariz a su escritorio. Cuando el ordenanza lo golpea accidentalmente con la escoba, despide una nube de polvo.

Deliberación, s. Acto de examinar el propio pan para saber de qué lado tiene manteca.

Dentista, s. Prestidigitador que nos pone una clase de metal en la boca y nos saca otra clase de metal del bolsillo.

Dependiente, adj. Dícese del que confía en la generosidad de otro cuando no puede abusar de sus temores.

Derecho, s. Autoridad legítima para ser, hacer o tener; verbigracia el tener derecho a ser rey, hacer trampas al prójimo o tener el sarampión.

Desagravio, s. Reparación sin satisfacción. Entre los anglosajones, el súbdito que se creía ofendido por el rey, y demostraba la ofensa, podía azotar una imagen de bronce del ofensor con una vara que luego era aplicada a su espalda desnuda. Este rito era oficiado por el verdugo, lo que garantizaba que el ofendido eligiese una vara de tamaño razonable.

Desgracia, s. Enfermedad que se contrae al exponerse a la prosperidad de un amigo.

Desmemoria, s. Don que otorga Dios a los deudores, para compensarlos por su falta de conciencia.

Desobedecer, s. Celebrar con una ceremonia apropiada la madurez de una orden.

Desobediencia, s. Borde plateado de una nube de servidumbre.

Desposada, s. Mujer que tiene a su espalda una brillante perspectiva de felicidad.

Desprecio, s. Sentimiento que experimenta un hombre prudente ante un enemigo demasiado temible para hacerle frente sin peligro.

Destino, s. Justificación del crimen de un tirano; pretexto del fracaso de un imbécil.

Desvencijado, adj. Perteneciente a cierto orden arquitectónico también llamado Americano Normal. La mayoría de los edificios públicos de los Estados Unidos pertenecen al Orden Desvencijado. Los recientes agregados a la Casa Blanca de Washington pertenecen a Theodórico orden eclesiástica de los dorios… Son muy hermosos y cuestan un centenar de dólares por ladrillo.

Detener, v. t. Arrestar a alguien acusado de conducta insólita. “Dios hizo el mundo en seis días y se detuvo el séptimo” (Versión No Autorizada de la Biblia)

Devoción, s. Reverencia por el Ser Supremo basada en su presunta semejanza con el hombre.

Deuda, s. Ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del negrero.

Día, s. Período de veinticuatro horas en su mayor parte desperdiciado. Se divide en el día propiamente dicho y la noche o día impropiamente dicho; el primero se consagra a los pecados financieros y la segunda a los otros pecados. Estas dos clases de actividad social se complementan.

Diafragma, s. Tabique muscular que separa los trastornos del tórax de los trastornos intestinales.

Diagnóstico, s. Pronóstico de enfermedad que realiza el médico tomando el pulso y la bolsa del paciente. ( En inglés hay un juego de palabras: “the patient’s pulse and purse”)

Diamante, s. Mineral que suele encontrarse debajo de un corset. Soluble en solicitato de oro.

Diana, s. Señal que se da a los soldados dormidos para que dejen de soñar con campos de batalla, se levanten y pongan en fila las narices para ver si falta alguna.

Diario íntimo, s. Registro cotidiano de aquellos episodios de la vida que uno puede contarse a si mismo sin sonrojo.

Diccionario, s. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario, sin embargo, es una obra útil.

Dictador, s. Mandatario de un país que prefiere la pestilencia del despotismo a la plaga de la anarquía.

Difamar, v. t. Atribuir maliciosamente a otro vicios que no hemos tenido la oportunidad ni la tentación de practicar.

Difamar, v. t. Decir mentiras sobre otro. Decir verdades sobre otro.

Digestión, s. Conversión de vituallas en virtudes. Cuando el proceso es imperfecto, nacen vicios en lugar de virtudes. De esta circunstancia infiere maliciosamente el doctor Jeremiah Blenn que las damas son las que más sufren de dispepsia.

Diluvio, s. El primero y más notable de los experimentos de bautismo, que lavó todos los pecados (y los pecadores) del mundo.

Dinero, s. Bien que no nos sirve de nada hasta que nos separamos de él. Indicio de cultura y pasaporte para una sociedad elegante. Posesión soportable.

Diplomacia, s. Arte de mentir en nombre del país.

Discriminar, v. t. Señalar los aspectos en que una persona o cosa es, si cabe, más criticable que en otros.

Disculparse, v. i. Sentar las bases para una ofensa futura.

Discusión, s. Método de confirmar a los demás en sus errores.

Disimular, v. t. e i. Poner camisa limpia al carácter.

Distancia, s. Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Disuadir, v. t. Proponer a otro un error mucho más grande que el que está por cometer.

Diversión, s. Cualquier clase de entretenimiento cuyas incursiones se detienen, por simple tristeza, a corta distancia de la muerte.

Dolor, s. Estado de ánimo ingrato, que puede tener una base física, o ser puramente mental y causado por la felicidad ajena.

Doncella, s. Joven del sexo desagradable, de conducta imprevisible y opiniones que incitan al crimen. El género tiene una amplia distribución geográfica: se encuentra a la doncella dondequiera se la busque, y se la deplora dondequiera se la encuentre. No es totalmente ingrata a la vista ni (prescindiendo de su piano y de sus ideas) insoportable al oído, aunque en punto a belleza es netamente inferior al arco iris, y en lo que toca a su parte audible no admite comparación con el canario, que por añadidura es más portátil. Dos veces, adv. Una vez de más.

Dragón, s. Soldado que une el arrojo a la calma en proporciones tan iguales, que avanza a pie y huye a caballo.

Dramaturgo, s. Dícese del que adapta obras del francés.

Druidas, s. Sacerdotes de una antigua religión céltica, que no desdeñaban la humilde ofrenda del sacrificio humano. En la actualidad se sabe muy poco de los druidas y de su fe. Plinio dice que su religión, originada en las Islas Británicas, se extendió hacia el este hasta Persia. César afirma que los que deseaban estudiar sus misterios iban a Britania. El propio César fue a Britania, pero no parece haber obtenido una posición muy elevada en la Iglesia Druídica, a pesar de su talento en materia de sacrificios humanos. Los druidas practicaban sus ritos en los bosques, y no sabían nada de hipotecas eclesiásticas, ni del sistema de abono pago a un reclinatorio del templo. Eran, en suma, paganos e inclusive, según un distinguido prelado de la iglesia anglicana, disidentes.

Duelo, s. Ceremonia solemne previa a la reconciliación de dos enemigos. Para cumplirla satisfactoriamente, hace falta gran habilidad; si se practica con torpeza, pueden sobrevenir las más imprevistas y deplorables consecuencias. Hace mucho tiempo, un hombre perdió la vida en un duelo.

E

Economía, s. Compra del barril de whisky que no se necesita por el precio de la vaca que no se tiene.

Educación, s. Lo que revela al sabio y esconde al necio su falta de comprensión.

Ecuanimidad, s. Disposición de soportar ofensas con humilde compostura, mientras se madura un plan de venganza.

Efecto, s. El segundo de dos fenómenos que ocurren siempre en el mismo orden. Se dice que el primero, llamado Causa, genera al segundo. Sería igualmente sensato, para quien nunca hubiera visto un perro persiguiendo un conejo, afirmar que el conejo es la causa del perro.

Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.

Egoísta, adj. Sin consideración por el egoísmo de los demás.

Ejecutivo, s. Rama del gobierno que hace cumplir los deseos del legislativo hasta que el poder judicial los declara nulos y sin efecto. Damos a continuación un extracto de un viejo libro titulado “El Selenita Perplejo” (Pfeiffer & Co., Boston, 1803): Selenita.–Entonces, cuando vuestro Congreso ha aprobado una ley, ¿va inmediatamente a la Suprema Corte para que dictamine si es constitucional? Terráqueo.–¡Oh no! la ley no necesita la aprobación de la Suprema Corte. A veces pasan años antes de que un abogado la objete en nombre de su cliente. Si el presidente la aprueba, entra en vigor en el acto.

Selenita– Ah, el poder ejecutivo es parte del legislativo. ¿Y la policía también debe aprobar los edictos que hace cumplir? Terráqueo.– Todavía no… En términos generales, sin embargo, todas las leyes exigen la aprobación de aquellos a quienes se proponen reprimir.

Selenita.– Ya veo. La sentencia de muerte no es válida hasta que no la firma el asesino.

Terráqueo.– Amigo mío, usted exagera. No somos tan coherentes.

Selenita– Pero este sistema de mantener una costosa maquinaria judicial que sólo se pronuncia sobre la validez de las leyes mucho después de que han empezado a ejecutarse, y sólo en el caso de que un ciudadano particular las someta a la Corte, ¿no provoca una gran confusión? Terráqueo– Así es, en efecto.

Selenita– ¿Por qué entonces no hacer convalidar las Ieyes por la Suprema Corte, antes que por el presidente? Terráqueo– Porque ese sistema no tiene precedente.

Selenita– ¿Qué es un precedente? Terráqueo– Algo que ha sido definido por trescientos juristas a razón de tres volúmenes cada uno. ¿Cómo podríamos saberlo? Elector, s. El que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros.

Electricidad, s. Fuerza causante de todos los fenómenos naturales a los que no se puede atribuir otra causa. Es la misma cosa que el rayo, y su famosa tentativa de fulminar al doctor Franklin es uno de los más pintorescos incidentes en la carrera de ese hombre grande y bueno. La memoria del doctor Franklin es justamente venerada, sobre todo en Francia, donde recientemente se exhibió una efigie de cera que lo representaba, con esta conmovedora reseña de su vida y sus servicios a la ciencia: Monsieur Franklin, inventor de la electricidad. Este ilustre sabio, después de realizar varios viajes alrededor del mundo, murió en las Islas Sandwich y fue devorado por los salvajes, sin que jamás se recuperase de él un solo fragmento. La electricidad parece destinada a jugar un papel importantísimo en las artes y la industria. El problema de su aplicación económica a ciertos fines aún no está resuelto pero se ha probado que impulsa un tranvía mejor que un pico de gas, y da más luz que un caballo.

Elegía, s. Composición en verso, donde sin emplear ninguno de los métodos del humorismo, el autor intenta producir en la mente del lector la más profunda depresión. El ejemplo inglés más célebre empieza más o menos así: El perro anuncia el moribundo día, La grey mugiendo hacia el redil se aleja, A casa el sabio el lento paso guía Y el mundo a mis estupideces deja. (Parodia de la “Elegía en un Cementerio de Aldea”, de Thomas Gray, que en la traducción castellana de Miralla dice: La esquila toca el moribundo día, la grey muriendo hacia el redil se aleja, A casa el labrador sus pasos guía, Y el mundo a mí y a las tinieblas deja.)

Elíseo, s. País imaginario y encantador que los antiguos neciamente creían habitado por las almas de los buenos. Esta fábula ridícula y maliciosa fue barrida de la superficie de la tierra por los primeros cristianos: ¡que sus almas sean felices en el Cielo!

Elocuencia, s. Arte oral de persuadir a los tontos de que lo blanco es blanco. Incluye el don de hacer creer que cualquier color es blanco.

Elogio, s. Tributo que pagamos a realizaciones que se parecen a las nuestras sin igualarlas.

Emancipación, s. Cambio por el que un esclavo trueca la tiranía de otro por el propio despotismo.

Embalsamar, v. t. Defraudar a la vegetación, aprisionando los gases de que se alimenta. Embalsamando sus muertos y, en consecuencia, perturbando el equilibrio natural entre vida animal y vegetal, los egipcios convirtieron un país fértil y poblado en otro estéril e incapaz de alimentar a sus escasos habitantes. El moderno sistema de entierro en un ataúd metálico es un paso en la misma dirección, y más de un hombre muerto que, a estas horas, convertido en árbol, debería estar ornando el parque del vecino, o enriqueciendo su mesa en forma de rabanitos, se ve condenado a una larga inutilidad. Si sobrevivimos y esperamos un poco, conseguiremos aprovecharlo, pero entretanto la violeta y la rosa languidecen por falta de un mordisco de su “glutoeus maximus”.

Embuste, s. Mentira que no ha cortado los dientes. La mayor aproximación a la verdad de un mentiroso consuetudinario en el perigeo de su órbita excéntrica.

Emoción, s. Enfermedad postrante causada por el ascenso del corazón a la cabeza. A veces viene acompañada de una copiosa descarga de cloruro de sodio disuelto en agua, proveniente de los ojos.

Empalamiento, s. Enfermedad postrante causada por el ascenso del arma que permanece fija en la herida. Esto, sin embargo es inexacto, empalar es, propiamente, dar muerte introduciendo en el cuerpo de la víctima, que está sentada, una estaca recta y puntiaguda. Era una forma común de castigo en muchas naciones de la antigüedad, y sigue estando en boga en China y otras partes de Asia. Hasta comienzos del siglo xv fue extensamente empleada para catequizar a herejes y cismáticos. Wolecraft la llama el “banquillo del arrepentimiento”, y entre el vulgo se decía jocosamente que el empalado “cabalgaba el caballo de una sola pata”. Ludwig Salzmann nos informa que en el Tibet el empalamiento se considera el castigo más apropiado de los crímenes contra la religión; y aunque en China se usa a veces para penar delitos seculares, casi siempre se reserva para casos de sacrificio. Pero al que en la práctica sufre el empalamiento le importa poco establecer qué clase de disidencia, civil o religiosa, le vale semejante incomodidad; aunque indudablemente experimentaría cierta satisfacción si pudiera contemplarse transfigurado en gallo de veleta sobre la cúpula de la Verdadera Iglesia.

Empujón, s. Una de las dos cosas que llevan al éxito, especialmente en política. La otra es el tirón.

Encomio, s. Una clase especial (aunque no particular) de mentira.

Entendimiento, s. Secreción cerebral que permite a quien la posee distinguir una casa de un caballo, gracias al tejado de la casa. Su naturaleza y sus leyes han sido exhaustivamente expuestas por Locke, que cabalgó una casa, y por Kant, que vivió en un caballo.

Entrañas, s. Estómago, corazón, alma y otros intestinos. Muchos investigadores eminentes no clasifican el alma como una entraña, pero el agudo y prestigioso observador Dr. Gunsaulus está convencido de que nuestra parte inmortal es ese misterioso órgano llamado spleen. Por lo contrario, el profesor Garret P. Servis sostiene que el alma del hombre es esa prolongación de la médula espinal o de su nocola; y para probar su teoría, señala confiadamente el hecho de que los animales con cola carecen de alma. Frente a ambas teorías, lo mejor es suspender el juicio dando crédito a las dos.

Entusiasmo, s. Dolencia de la juventud, curable con pequeñas dosis de arrepentimiento y aplicaciones externas de experiencia.

Envidia, s. Emulación adaptada a la capacidad más ruin.

Epicúreo, s. Adversario de Epicuro, filósofo abstemio que, sosteniendo que el placer debía ser la meta principal del hombre, no perdió el tiempo en gratificar sus sentidos.

Epigrama, s. Dicho breve y agudo, en prosa o en verso, que a menudo se caracteriza por su acrimonia, y a veces, por su sabiduría. He aquí algunos de los epigramas más notables del erudito e ingenioso doctor Jamrach Holobom:

Conocemos mejor nuestras necesidades que las ajenas.

Servirse a sí mismo, es economía administrativa.

En cada corazón humano hay un tigre, un cerdo, un asno, y un ruiseñor.

La diversidad de los caracteres, se debe a lo desigual de su actividad.

Existen tres sexos: los hombres, las mujeres y las muchachas.

La belleza en las mujeres y la distinción en los hombres se parecen en que el irreflexivo las toma por una prueba de sinceridad.

En el amor, las mujeres se avergüenzan menos que los hombres.

Tienen menos de qué avergonzarse.

Cuando un amigo te toma afectuosamente ambas manos, estás a salvo; puedes vigilárselas.

Epitafio, s. Inscripción que, en una tumba, demuestra que las virtudes adquiridas por la muerte tienen un efecto retroactivo.

Ermitaño, s. Persona cuyos vicios y locuras no se ejercen en sociedad.

Escarabajo, s. Insecto sagrado de los antiguos egipcios. Presuntamente simbolizaba la inmortalidad y el hecho de que sólo Dios supiera por qué, le daba su peculiar santidad. Es posible que la costumbre de incubar sus huevos en una hoja de estiércol le haya granjeado el favor del clero, y que algún día le procure devoción similar entre nosotros. Es cierto que el escarabajo norteamericano es un escarabajo inferior, pero el sacerdote norteamericano también es inferior.

Escarificación, s. Forma de penitencia practicada por los devotos medievales. El rito se efectuaba a veces con un cuchillo, a veces con un hierro caliente, pero (dice Arsenius Asceticus) siempre era aceptable si el penitente no se ahorraba dolor ni mutilación inofensiva alguna. La escarificación, como otras groseras penitencias, ha sido actualmente reemplazada por la beneficencia. La fundación de una biblioteca o un donativo a una universidad, infligen al penitente, según se dice, un dolor más agudo y perdurable que el cuchillo o el hierro, y son, pues, un medio más seguro de alcanzar la gracia. Como método penitencial, empero, tiene dos graves inconvenientes: el bien que hace y la mácula de la justicia.

Escriba, s. Escritor profesional de opiniones antagónicas a las nuestras.

Escrituras, s. Los sagrados libros de nuestra santa religión, por oposición a los escritos falsos y profanos en que se fundan todas las otras religiones.

Espalda, s. Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar en la adversidad.

Espejo, s. Plano vítreo sobre el que aparece un efímero espectáculo dado para desilusión del hombre. El rey de Manchuria tenía un espejo mágico, donde el que miraba, veía, no su imagen, sino la del rey. Cierto cortesano que durante mucho tiempo había gozado del favor real y en consecuencia se había enriquecido más que cualquier otro súbdito, dijo al monarca: “Dame, te lo ruego, tu maravilloso espejo, para que cuando me encuentre apartado de tu augusta presencia pueda, a pesar de todo, rendir homenaje ante tu sombra visible, postrándome día y noche ante la gloria de tu benigno semblante, cuyo divino esplendor nada supera, ¡Oh Sol Meridiano del Universo!”.Halagado por el discurso, el rey ordenó que el espejo fuese llevado al palacio del cortesano. Pero un día en que fue a visitarlo sin anuncio previo, encontró al espejo en un cuarto lleno de basura, nublado por el polvo y cubierto de telarañas. Esto lo encolerizó tanto, que golpeó el espejo con el puño, rompiendo el cristal y lastimándose cruelmente. Más enfurecido aún con esta desgracia, ordenó que el ingrato cortesano fuera arrojado a la cárcel, y que el espejo fuese reparado y conducido a su propio palacio. Y así se hizo. Pero cuando el rey volvió a mirarse en el espejo, no vio su imagen, como antes, sino la figura de un asno coronado, con una venda sangrienta en una de las patas: que era lo mismo que siempre habían visto los autores del artificio, y los meros espectadores, sin atreverse a comentarlo. Tras recibir esa lección de sabiduría y caridad, el rey puso en libertad al cortesano, hizo instalar el espejo en el respaldo del trono y reinó largos años con justicia y humildad. Y al morir mientras dormía sentado en el trono, toda la corte vio en el espejo la luminosa figura de un ángel, que sigue allí hasta hoy.

Espiar, v. i. Escuchar secretamente un catálogo de los crímenes y vicios de otro, o de uno mismo.

Erudición, s. Polvillo que cae de un libro a un cráneo vacío.

Esotérico, adj. Abstruso en forma muy particular, y consumadamente oculto. Las filosofías antiguas eran de dos clases: “exotéricas”, o sea aquellas que los propios filósofos podían comprender en parte; y “esotéricas”, o sea las que nadie podía comprender. Estas últimas son las que han afectado más profundamente el pensamiento moderno y las que han tenido mayor aceptación en nuestro tiempo.

Eterno, adj. Dícese de lo que dura para siempre. Es con mucha timidez que me atrevo a ofrecer esa breve y elemental definición, pues no ignoro la existencia de un enorme volumen del ex obispo de Worcester titulado “Definición Parcial de la Palabra Eterno, Tal Como se Usa en la Versión Autorizada de las Santas Escrituras”. Este libro gozó antaño de mucho prestigio en el seno de la Iglesia Anglicana, y creo que todavía se lo estudia con placer para el intelecto y provecho para el alma.

Etnología, s. Ciencia que estudia las distintas tribus del Hombre: por ejemplo, ladrones, asaltantes, estafadores, burros, lunáticos, idiotas y etnólogos.

Eucaristía, s. Fiesta sagrada de la secta religiosa de los Teófagos. En esta secta surgió una vez una infortunada disputa acerca de lo que comían. Dicha controversia ha causado ya la muerte a quinientas mil personas, sin que la cuestión se haya aclarado.

Evangelista, s. Portador de buenas nuevas, particularmente (en sentido religioso) las que garantizan nuestra salvación y la condenación del prójimo.

Excentricidad, s. Método de distinción tan vulgar que los tontos lo usan para acentuar su incapacidad.

Excepción, s. Cosa que se toma la libertad de diferir de las otras cosas de su clase, como un hombre honesto, una mujer veraz, etc. “La excepción prueba la regla”, es un dicho que está siempre en boca de los ignorantes, quienes la transmiten como los loros de uno a otro, sin reflexionar en su absurdo. En latín, la expresión “Exceptio probat regulam” significa que la excepción “pone a prueba” la regla y no que la confirma. El malhechor que vació a esta excelente sentencia de todo su sentido, substituyéndolo por otro diametralmente opuesto, ejerció un poder maligno que parece ser inmortal.

Exceso, s. En moral, indulgencia que hace cumplir, mediante penas apropiadas, la ley de la moderación.

Exceso de trabajo, s. Peligrosa enfermedad que afecta a los altos funcionarios que quieren ir de pesca.

Exhortar, v. t. En materia religiosa, poner la conciencia de otro en asador y dorarla hasta que su incomodidad se manifieste en un tono pardo de nuez.

Exiliado, s. El que sirve a su país viviendo en el extranjero, sin ser un embajador.

Éxito, s. El único pecado imperdonable contra nuestros semejantes.

Experiencia, s. Sabiduría que nos permite reconocer como una vieja e indeseable amistad a la locura que ya cometimos.

Expulsión, s. Remedio eficaz para la enfermedad de la charlatanería. Muy usado también en casos de extrema pobreza.

Extinción, s. Materia prima con que la teología creó el estado futuro.

Extremidad, s. Rama de un árbol o pierna de una mujer norteamericana.

Extremo, s. La posición más alejada, en ambas direcciones del interlocutor.

F

Famoso, adj. Notoriamente miserable.

Fanático, adj. Dícese del que obstinada y ardorosamente sostiene una opinión que no es la nuestra.

Fantasma, s. Signo exterior e invisible de un temor inferior. Para explicar el comportamiento inusitado de los fantasmas, Heine menciona la ingeniosa teoría según la cual nos temen tanto como nosotros a ellos. Pero yo diría que no tanto, a juzgar por las tablas de velocidades comparativas que he podido compilar a partir de mi experiencia personal. Para creer en los fantasmas, hay un obstáculo insuperable. El fantasma nunca se presenta desnudo: aparece, ya envuelto en una sábana, ya con las ropas que usaba en vida. Creer en ellos, pues, equivale no sólo a admitir que los muertos se hacen visibles cuando ya no queda nada de ellos, sino que los productos textiles gozan de la misma facultad. Suponiendo que la tuvieran, ¿con qué fin la ejercerían? ¿por qué no se da el caso de que un traje camine solo sin un fantasma adentro? Son preguntas significativas, que calan hondo y se aferran convulsivamente a las raíces mismas de este floreciente credo.

Faro, s. Edificio elevado sobre una playa, donde el gobierno mantiene un farol y un recomendado político.

Favor, s. Breve prólogo a diez volúmenes de exacción.

Fe, s. Creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin paralelo.

Fealdad, s. Don de los dioses a ciertas mujeres que pueden ser virtuosas sin ser humildes.

Felicidad, s. Sensación agradable que nace de contemplar la miseria ajena.

Felón, s. Persona de más empuje que discreción, que al aprovechar una oportunidad ha elegido mal sus cómplices.

Ferrocarril, s. El principal entre los medios mecánicos que nos permiten alejarnos de donde estamos hacia donde no estaremos mejor.. El optimista lo prefiere por su rapidez.

Fiador, s. Tonto que poseyendo bienes propios se hace responsable de los que otro confía a un tercero. Felipe de Orleans, queriendo designar para un alto cargo a uno de sus favoritos –un noble disoluto–, le preguntó qué garantía podía ofrecer. “No necesito fiador” –repuso el noble– “puesto que puedo daros mi palabra de honor”. Divertido, preguntó el Regente: “eso, ¿cuánto vale?” Repuso el noble: “Señor, vale su peso en oro”.

Fidelidad, s. Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados.

Fiesta, s. Celebración religiosa generalmente caracterizada por la glotonería y la ebriedad, que suele realizarse para honrar a alguien que se distinguió por ser un santo y un abstemio. En la liturgia católica hay fiestas móviles y fijas, pero los celebrantes se quedan invariablemente fijos a la mesa, hasta que se han saciado. En su estadio primitivo, estos entretenimientos asumían la forma de festividades en honor de los muertos; fueron celebradas por los griegos con el nombre de “Nemesia”, y también por los aztecas y los incas, y en tiempos modernos son populares entre los chinos; aunque se cree que los muertos de la antigüedad, como los de hoy, comían poco. Entre las numerosas fiestas de los romanos, se encontraban las “Novemdiale”, que según Tito Livio, se celebraban cada vez que llovían piedras del cielo.

Filántropo, s. Anciano caballero, rico y generalmente calvo, que ha aprendido a sonreír mientras su conciencia le roba los bolsillos.

Filibustero, s. Pirata de poco bordo, cuyas anexiones, carecen del mérito santificante de la magnitud.

Filisteo, s. Aquel cuya mente es producto de su medio, y cuyos pensamientos y sentimientos están dictados por la moda. A veces es culto, a menudo próspero, generalmente limpio y siempre solemne.

Filosofía, s. Camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada.

Finanzas, s. Arte o ciencia de administrar ingresos y recursos para la mayor conveniencia del administrador.

Fisonomía, s. Arte de determinar el carácter de otro por las semejanzas y diferencias entre su rostro y el nuestro, que es el criterio de la excelencia.

Folletín, s. Obra literaria, generalmente una historia que no es verdadera y que se prolonga insidiosamente en varios números de un periódico o una revista. Cada entrega suele venir precedida de un “resumen de lo publicado”, para los que no la han leído, pero sería más necesario un “resumen de lo que sigue”, para los que no piensan leerlo. Lo mejor sería un resumen de todo. El difunto James F. Brown estaba componiendo un boletín para un semanario en colaboración con un genio cuyo nombre no ha llegado a nosotros. Trabajaban, no conjunta sino alternativamente: una semana Brown escribía un capítulo, a la semana siguiente escribía su amigo, y de este modo pensaban seguir hasta el fin de los tiempos. Infortunadamente se enemistaron, y un lunes por la mañana, cuando Brown leyó el periódico para poder continuar la historia, descubrió que esta había sido interrumpida de un modo calculado para sorprenderlo y herirlo. Su colaborador había embarcado a todos los personajes del relato en un buque y los había hundido en lo más profundo del Atlántico.

Folklore, s. Sabiduría popular que abarca mitos y supersticiones. En la obra de Baring Gould, Curiosos Mitos de la Edad Media, el lector encontrará el camino recorrido por muchos de ellos, a través de diversos pueblos y en líneas convergentes hacia un común origen en la remota antigüedad. Uno de los más generales y antiguos de esos mitos es el de “Alí Babá y los Cuarenta Rockefellers”.

Fonógrafo, s. Juguete irritante que devuelve la vida a ruidos muertos. Forma pauperis, (expresión latina). “En carácter de pobre”, forma de presentación ante un juez que permite a éste fallar sin remordimiento contra quien carece de dinero para pagar un abogado.

Fotografía, s. Cuadro pintado por el sol sin previo aprendizaje del arte. Es algo mejor que el trabajo de un apache, pero no tan bueno como el de un indio “cheyenne”.

Frenología, s. Ciencia de alivianar el bolsillo a través del cráneo. Consiste en localizar y explotar el órgano con que uno es un tonto.

Frontera, s. En Geografía política, línea imaginaria entre dos naciones que separa los derechos imaginarios de una, de los derechos imaginarios de la otra.

Funeral, s. Ceremonia mediante la que demostramos nuestro respeto por los muertos enriqueciendo al sepulturero, y refirmamos nuestra congoja mediante gastos que ahondan nuestros gemidos y duplican nuestras lágrimas.

Futuro, s. Época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y nuestra felicidad está asegurada.

G

Ganso, s. Ave que suministra plumas para escribir que, gracias a un proceso oculto de la naturaleza, están impregnadas, en distinta medida, de la energía intelectual y el carácter del ganso, de suerte que al ser entintadas y deslizadas mecánicamente sobre un papel por una persona llamada “autor”, resulta una transcripción bastante exacta de los pensamientos y sentimientos del ave. Las diferencias entre un ganso y otro, tal como se manifiestan a través de este ingenioso método, son considerables. Muchos gansos sólo poseen facultades triviales e insignificantes, pero otros son, en realidad, grandes gansos.

Gárgola, s. Desagüe saledizo en los tejados de los edificios medievales, que por lo común tiene la forma de una grotesca caricatura de un enemigo personal del arquitecto o del propietario. Esto ocurría sobre todo en las iglesias y edificios eclesiásticos, cuyas gárgolas ofrecían una verdadera “galería de delincuentes” formada por los herejes y disidentes locales. A veces, al entrar en funciones un nuevo deán y un nuevo capítulo, las viejas gárgolas eran reemplazadas por otras, más estrechamente relacionadas con los resentimientos privados de los nuevos titulares.

Gato, s. Autómata blando e indestructible que nos da la naturaleza para que lo pateemos cuando las cosas andan mal en el círculo doméstico.

Genealogía, s. Estudio de nuestra filiación hasta llegar a un antepasado que no tuvo interés en averiguar la suya.

Generosidad, s. Liberalidad del que tiene mucho al permitir que quien no tiene nada, se procure todo lo que pueda. Se afirma que una sola golondrina devora diez millones de insectos por año. Me parece un ejemplo notable de la generosidad con que el Creador provee a la subsistencia de sus criaturas.

Henry Ward Beecher.

Generoso, adj. Originariamente, esta palabra significaba noble por nacimiento, y se aplicaba rectamente a una gran multitud de personas. Ahora significa noble por naturaleza y va cayendo en desuso.

Geógrafo, s. Sujeto que puede explicarnos de primera intención la diferencia entre lo que está fuera del mundo y lo que está adentro.

Geología, s. Ciencia de la corteza terrestre, que sin duda incluirá la del interior del globo cuando un charlatán salga de un pozo. Las formaciones geológicas del planeta ya observadas son: el Primario, o inferior, que está formado por rocas, huesos de mulas empantanadas, cañerías de gas, herramientas de mineros, viejas estatuas desnarigadas, doblones y antepasados. El Secundario está constituido principalmente por gusanos colorados y topos. El Terciario comprende vías férreas, pavimentos, hierbas, víboras, botines enmohecidos, botellas de cerveza, latas de tomates, ciudadanos intoxicados, basura, anarquistas e imbéciles.

Glotón, s. Persona que escapa a los riesgos de la moderación incurriendo en dispepsia.

Gnóstico, s. Miembro de una secta de filósofos que tratan de fusionar a los primitivos cristianos con los platónicos. Los primeros no quisieron entrar en conversaciones, y la combinación falló, con gran fastidio de los promotores.

Gnu, s. Animal sudafricano, que en su forma domesticada se parece a un caballo, un búfalo y un ciervo. En estado salvaje, se parece a un rayo, un terremoto y un ciclón.

Gobierno monárquico, s. Gobierno.

Gota, s. Nombre que da el médico al reumatismo de un paciente rico.

Gracias, s. Tres bellas diosas, Aglaia, Thalia y Euphrosyne, que servían gratuitamente a Venus. No costaba nada mantenerlas, porque comían muy poco y se vestían según el tiempo, con la brisa que soplaba en ese momento.

Gramática, s. Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por donde el autodidacto avanza hacia la distinción.

Gravitación, s. Tendencia de todos los cuerpos a acercarse unos a otros con fuerza proporcional a la cantidad de materia que contienen; la cantidad de materia que contienen se determina por la tendencia a acercarse unos a otros. Bello y edificante ejemplo de cómo la ciencia, después de hacer de A la prueba de B, hace de B la prueba de A.

Guerra, s. Subproducto de las artes de la paz. Un período de amistad internacional es la situación política más amenazadora. El estudioso de la historia que no ha aprendido a esperar lo inesperado, puede perder la esperanza de cualquier revelación. La máxima, “En tiempo de paz prepara la guerra” tiene un significado más profundo de lo que parece; quiere decir, no sólo que todas las cosas terrestres tienen un fin, que el cambio es la única ley inmutable y eterna, sino que el terreno de la paz está sembrado con las semillas de la guerra y favorece su germinación y crecimiento.

Cuando Kubla Khan decretó su “majestuoso palacio de placeres”, es decir cuando hubo paz en Xanadú y gordos festines, sólo entonces, “oyó a lo lejos Antiguas voces que anunciaban guerra.” (Las dos citas pertenecen a “Kubla Khan”, poema inconcluso de Coleridge.) Coleridge era no sólo un gran poeta, sino un hombre sabio, y no en vano recitó esta parábola. Necesitamos menos “manos tendidas por encima de los mares”, y algo más de esa desconfianza elemental que constituye la seguridad de las naciones. La guerra se complace en venir como un ladrón en la noche; y la noche está hecha de promesas de amistad eterna.

Guillotina, s. Máquina que hace que un francés se encoja de hombros con buen motivo. En su gran obra sobre “Líneas Divergentes de la Evolución Racial”, el erudito profesor Brayfugle argumenta que el predominio de ese gesto entre los franceses demuestra que descienden de la tortuga, y que es una simple supervivencia de la costumbre de replegar la cabeza al interior del caparazón. Me desagrada discordar con autoridad tan eminente, pero en mi opinión (detalladamente expuesta en mi obra Emociones Hereditarias, Libro 11, capítulo xi), el encogimiento de hombros es una base demasiado débil para fundamentar una teoría tan importante, puesto que antes de la Revolución, el gesto era desconocido. No dudo que tiene una relación directa con el terror que inspiró la guillotina cuando su uso estaba en auge.

 

H

Hábeas Corpus, s. Recurso judicial que permite sacar a un hombre de la cárcel cuando lo han encerrado por el delito que no cometió, y no por los que realmente cometió.

Hábitos sacerdotales, s. p. l. Traje abigarrado que usan los payasos de la Corte Celestial.

Hablar, v. i. Ser indiscreto sin ser tentado, a partir de un impulso sin propósito.

Hada, s. Ser de formas diversas y variados dones que habitaba antiguamente los prados y los bosques. Tenía hábitos nocturnos y era afecta a la danza y al robo de niños. Los naturalistas sostienen que las hadas se han extinguido en la actualidad, aunque un clérigo anglicano vio tres en las proximidades de Colchester, en 1855, al atravesar un parque después de cenar con el dueño de un castillo. El espectáculo lo sobresaltó de tal modo, que sólo pudo dar un relato incoherente. En 1807, una banda de hadas visitó un bosque, cerca de Aix, y se llevó a la hija de un campesino que había entrado allí con un atado de ropas. Por la misma época desapareció el hijo de un adinerado burgués, aunque más tarde regresó. Había presenciado el rapto y perseguido a las hadas. Justinian Gaux, escritor del siglo XIV, asegura que el poder de transformación de las hadas es tan grande que en cierta oportunidad observó cómo una de ellas se convertía en dos ejércitos rivales que libraban una sangrienta batalla; al día siguiente, cuando el hada recuperó su forma original y se marchó, quedaron sobre el terreno setecientos cadáveres que debieron enterrar los campesinos. No aclara si alguno de los heridos sobrevivió. En tiempo de Enrique III de Inglaterra, se promulgó una ley que condenaba a muerte a quien “matare, hiriere o mutilare” un hada. Esa ley fue universalmente acatada.

Hades, s. El mundo interior; residencia de los espíritus difuntos; lugar donde viven los muertos. Entre los antiguos, el Hades no era sinónimo del Infierno, y algunos de los hombres más respetables de la antigüedad residían allí muy cómodamente. En rigor, los propios campos Elíseos eran parte del Hades, aunque más tarde se trasladaron a París. Cuando la versión jacobina del Nuevo Testamento estaba en proceso de evolución, la mayoría de los piadosos sabios ocupados en la obra, insistieron en traducir la palabra griega Aidns como “Infierno”; pero un concienzudo miembro de la minoría se apoderó secretamente de las actas y tachó la objetable palabra donde quiera la encontró. En la próxima reunión, el obispo de Salisbury, revisando la obra, se paró de un salto y exclamó, muy excitado: “¡Señores, alguien ha abolido el infierno!” Años despues el prelado pudo morir en paz reflexionando que (con la ayuda de la Providencia) había realizado un aporte útil e inmortal al inglés cotidiano.

Halo, s. En sentido lato, anillo luminoso que rodea un cuerpo astronómico; frecuentemente se lo confunde con la “aureola” o “nimbo”, fenómeno bastante similar que usan a modo de tocado los santos y las divinidades. El halo es una ilusión puramente óptica, producida, como el arcoiris, por la humedad del aire; mientras que la aureola es conferida como signo de extraordinaria santidad, del mismo modo que la mitra de un obispo o la tiara del papa. En el cuadro La Natividad de Szedgkin, piadoso artista de Pesth, aparecen con el nimbo no sólo la Virgen y el Niño, sino un asno que come heno del pesebre sagrado y que, dicho sea en su perdurable honor, parece sobrellevar la insólita distinción con toda la gracia de un santo.

Harmonistas, s. Secta de protestantes, ahora extinguidos, que llegaron de Europa a comienzos del siglo XVIII y se distinguieron por la ferocidad de sus controversias y disensiones internas.

Hibernar, v. i. Pasar el invierno en reclusión doméstica. Las creencias populares sobre la hibernación de distintos animales son numerosas y raras. Muchos creen que el oso hiberna todo el invierno y subsiste lamiéndose mecánicamente las zarpas. Se admite que en la primavera sale de su retiro, tan flaco, que tiene que probar dos veces antes de proyectar una sombra. Hace tres o cuatro siglos, en Inglaterra, se daba por sentado que las golondrinas pasan el invierno entre el lado del fondo de los arroyos, agrupadas en masas globulares. La suciedad de ese medio, al parecer, las ha hecho desistir de semejante costumbre. En Asia Central, Sotus Escobius descubrió toda una tribu que practica la hibernación. Algunos investigadores creen que el ayuno de cuaresma fue originariamente una forma de hibernación a la que la Iglesia dio significado religioso.

Híbrido, s. Diferencia conciliada.

Hidra, s. Animal que en los antiguos catálogos figura bajo muchos encabezamientos.

Hiena, s. Bestia reverenciada por algunos pueblos orientales, gracias a su costumbre de saquear los cementerios. Lo mismo hacen los estudiantes de medicina.

Hígado, s. Órgano rojo, de gran tamaño, que la naturaleza nos da previsoramente para permitirnos ser biliosos. Los sentimientos y emociones que asientan en el corazón –como sabe ahora todo anatomista literario– infestaban el hígado según creencias más antiguas; e inclusive Gascoygne, hablando del costado emocional de la naturaleza humana, lo llama “nuestra parte hepática”. En una época se le consideró la sede de la vida; de ahí su nombre (en ingles “liver”, vividor). Para el ganso, el hígado es un don del cielo; sin él no podría suministrarnos el “paté de foie”.

Hilo, s. Tela cuya fabricación, cuando está hecha de cáñamo, acarrea un gran desperdicio de cáñamo.

Hipogrifo, s. Animal, ahora extinguido, que era mitad caballo y mitad grifo. El grifo en sí era un animal compuesto, mitad león y mitad águila. El hipogrifo, pues, sólo era un cuarto de águila, o sea dos dólares con cincuenta céntimos en oro. El estudio de la zoología está lleno de sorpresas.

Hipócrita, s. El que profesando virtudes que no respeta se asegura la ventaja de parecer lo que desprecia.

Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.

Historiador, s. Chismoso de trocha ancha.

Hogar, amargo hogar.

Hombre, s. Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso, se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.

Homeópata, s. Humorista de la medicina.

Homeopatía, s. Escuela de medicina que está a mitad de camino entre la alopatía y la Ciencia Cristiana. Esta última es muy superior a todas las otras, pues puede curar enfermedades imaginarias, cosa que resulta imposible a las demás.

Homicidio, s. Muerte de un ser humano por otro ser humano.

Hay cuatro clases de homicidio: felón, excusable, justificable y encomiable, aunque al muerto no le importa mucho si lo han incluido en una o en otra; la distinción es para uso de abogados.

Honorable, adj. Dícese de lo que está afligido por un impedimento en su capacidad general. En las cámaras legislativas se acostumbra dar el título de “honorable” a todos los miembros. V.g.: “El honorable diputado es un perro sarnoso”.

Hospitalidad, s. Virtud que nos induce a alojar y alimentar a personas que no necesitan alojamiento ni alimento.

Hostilidad, s. Sentimiento exacerbado de la superpoblación terrestre. Puede ser activa o pasiva. Es activa, por ejemplo, la hostilidad de una mujer hacia sus amigas; y pasiva, la que alberga hacia todas las demás mujeres.

Huérfano, s. Persona a quien la muerte ha privado de la posibilidad de ingratitud filial, privación que toca con singular elocuencia todas las cuerdas de la simpatía humana. Cuando es joven, el huérfano es enviado a un asilo, donde cultivando cuidadosamente su rudimentario sentido de la ubicación, se le enseña a conservar su lugar. Luego se lo instruye en las artes de la dependencia y el servilismo y finalmente se lo suelta para que vaya a vengarse del mundo convertido en lustrabotas o en sirvienta.

Humanidad, s. La raza humana, colectivamente, con exclusión de los poetas antropoides.

Humildad, s. Paciencia inusitada para planear una venganza que valga la pena.

Humillación, s. Actitud mental decente y habitual en presencia del dinero o el poder. Peculiarmente apropiada en un empleado cuando se dirige a su patrón.

Humorista, s. Plaga que habría ablandado la gélida rudeza de corazón del Faraón, incitándolo a liberar a los hijos de Israel y a mandarlos rápidamente a su país, con sus mejores deseos.

Huracán, s. Manifestación atmosférica antes muy común, pero que hoy es reemplazada generalmente por el tornado y el ciclón. El huracán goza todavía de preferencia popular en las Indias Occidentales, y algunos marinos anticuados lo prefieren. Se usa también para construir la cubierta superior de los vapores, pero en términos generales puede decirse que la utilidad del huracán ha sobrevivido al huracán mismo.

Hurí, s. Atractiva señora que habita el paraíso mahometano, alegrando las horas del buen musulmán, cuya creencia en las huríes es síntoma de un noble descontento con su esposa terrestre que, según él, no tiene alma. Se dice que las esposas no aprecian a las huríes.

I

I I. Primera letra del alfabeto, primera palabra del idioma, primer pensamiento de la mente, primer objeto del afecto; en gramática inglesa, es el pronombre “yo”. Se dice que su plural es “nosotros”, pero cómo puede existir más de un yo, es algo que resulta más claro a los 72 gramáticos que al autor de este incomparable diccionario. La concepción de dos yoes es difícil, pero magnífica. El uso franco aunque elegante del “yo” distingue a un buen escritor de uno malo; éste lo asume como un ladrón que quiere esconder el botín bajo la capa.

Idiota, s. Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Idiota no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que “satura y regula el todo”. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable. Establece las modas de la opinión y el gusto, dicta las limitaciones del lenguaje, fija las normas de la conducta.

Ignorante, s. Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora.

Ilusión, s. Madre de una respetabilísima familia, que incluye al Entusiasmo, el Afecto, la Abnegación, la Fe, la Esperanza, la Caridad y muchos otros vástagos igualmente virtuosos.

Ilustre, adj. Favorablemente situado para recibir las flechas de la malicia, la envidia y la calumnia.

Imaginación, s. Depósito de mercaderías que poseen en común los poetas y los mentirosos.

Imbecilidad, s. Especie de inspiración divina o fuego sagrado que anima a los detractores de este diccionario.

Imparcial, adj. Incapaz de percibir promesa de ventaja personal en la adhesión a uno de los bandos de una controversia, o en la adopción de una entre dos ideas en conflicto.

Impenitencia, s. Estado de ánimo intermedio, en el tiempo, entre el pecado y el castigo.

Impiedad, s. Irreverencia del prójimo hacia mis dioses.

Imposición, s. Acto de bendecir o consagrar imponiendo las manos: ceremonia común a muchos sistemas eclesiásticos, pero que es realizada con máxima sinceridad por la secta de los Ladrones.

Impostor, s. Rival que también aspira a los honores públicos.

Imprevisión, s. Satisfacción de las necesidades de hoy con las rentas de mañana.

Impunidad, s. Riqueza.

Inadmisible, adj. Que no merece ser considerado. Dícese de ciertos testimonios que los jurados son incapaces de apreciar, y que en consecuencia los jueces rechazan, aun en procedimientos de los que son los únicos árbitros. La evidencia de oídas es inadmisible, porque la persona a quien se cita no ha prestado juramento y no puede ser interrogada por el tribunal; no obstante, la evidencia de oídas sirve diariamente de fundamento a las más importantes acciones, militares, políticas, comerciales y de cualquier otra clase. No existe en el mundo una religión que no se funde en la evidencia de oídas. La revelación es evidencia de oídas; que las Escrituras sean la palabra de Dios, es cosa que sabemos solamente por el testimonio de hombres muertos hace mucho tiempo, cuya identidad no está claramente establecida y que no prestaron ningún tipo de juramento. Según las reglas de la evidencia judicial ninguna de las afirmaciones de la Biblia sería admisible ante un tribunal. Tampoco podría probarse que la batalla de Blenheim se libró, que existió Julio César, que hubo un imperio asirio. En cambio, y puesto que los archivos judiciales constituyen evidencia admisible, puede probarse fácilmente que han existido poderosos y perversos magos que fueron un azote para la humanidad. La evidencia (confesiones inclusive) que sirvió para condenar y ejecutar por hechiceras a ciertas mujeres, no tenía fallas; aun hoy es inatacable. Las decisiones judiciales fundadas en ella eran justas dentro de la lógica y la ley. Nada está mejor probado ante un tribunal que los cargos de brujería que llevaron a tantos a su muerte. Si las brujas no existieran, el testimonio humano y la razón humana carecerían igualmente de valor.

Inauspiciosamente, adv. De manera poco promisoria, por ser desfavorables los auspicios. Antes de emprender cualquier acción importante, los romanos acostumbraban obtener de los augures algún dato sobre el probable resultado; uno de los métodos de adivinación más dignos de confianza consistía en observar el vuelo de las aves, y los pronósticos que de ahí surgían se llamaban auspicios. Periodistas y algunos lexicógrafos dan a la palabra el sentido de “patrocinio” o “dirección”, verbigracia: “Las celebraciones se realizaron bajo los auspicios de la Antigua y Venerable Orden de Ladrones de Cadáveres” o “Los festejos fueron auspiciados por los Caballeros del Hambre”.

Incompatibilidad, s. En el matrimonio, semejanza de gustos, en particular el gusto por la dominación. La incompatibilidad, sin embargo, puede asumir la forma de una pacífica madre de familia que vive a la vuelta de la esquina. Se conocen algunas incompatibilidades con bigote.

Incompatible, adj. Incapaz de existir en presencia de otra cosa. Dos cosas son incompatibles cuando el mundo del ser tiene espacio suficiente para una, pero no para las dos: por ejemplo, la poesía de Walt Whitman y la misericordia de Dios con el hombre. Las palabras “Señor, somos incompatibles” reemplazan con ventaja a la vulgar expresión “Vaya a bañarse; si lo veo de nuevo, lo mato”.

Inconducta, s. Infracción de la ley que posee menos dignidad que la felonía y no autoriza el ingreso en la mejor sociedad criminal.

Incubo, s. Miembro de una raza de demonios extraordinariamente impúdicos que, aunque no del todo extinguidos, han conocido mejores noches. Para una descripción completa de los “incubi” y los “succubi” (y también de las “incubae” y las “succubae”), consultar el Liber Demonorum de Protassus (Paris, 1328), donde hay muchas informaciones curiosas que estarían fuera de lugar en un diccionario destinado a servir de texto en las escuelas públicas. Víctor Hugo relata que en las Islas del Canal de la Mancha, el propio Satanás (sin duda tentado más que en otros sitios por la belleza de las mujeres) suele hacerse el íncubo, con gran alarma y escándalo de las buenas señoras que, en términos generales, quieren ser fieles a sus votos matrimoniales. Cierta dama acudió al párroco para averiguar cómo podría, en la oscuridad, distinguir al osado intruso de su marido. El santo varón le aconsejó tocarle la frente para ver si llevaba cuernos; Hugo es lo bastante descortés como para insinuar sus dudas sobre la eficacia del método.

Indice, s. Dedo que se usa generalmente para señalar a los malechores.

Indecisión, s. Factor principal del éxito, porque como dice Sir Thomas Brewbold, “sólo hay una manera de no hacer nada, y muchas maneras de hacer algo, y entre estas una sola es la correcta; de ahí que el indeciso que se queda quieto tiene menos probabilidades de equivocarse que quien se lanza a la acción”. –Su rápida decisión de atacar –le dijo cierta vez el general Grant al general Gordon Granger– fue admirable. Sólo tuvo usted cinco minutos para decidirse. –Si, señor –respondió el victorioso subordinado–, es importante saber lo que debe hacerse en una emergencia. Cuando no sé si atacar o retirarme, jamás vacilo: tiro al aire una moneda. –¿Quiere decir que eso es lo que acaba de hacer?– Si, mi general, pero le ruego no reprenderme. Desobedecí a la moneda.

Indefenso, adj. Incapaz de atacar.

Independiente, adj. En política, enfermo de autorrespeto. Es término despectivo.

Indigestión, s. Enfermedad que el paciente y sus amigos suelen tomar por profunda convicción religiosa e interés en la salvación de la humanidad. Como dijo el sencillo Piel Roja del desierto: “Yo bien no reza; gran dolor barriga, mucho Dios”.

Indiscreción, s. Culpa de las mujeres.

Indultar, v. t. Remitir una pena y devolver al acusado a una vida criminal. Agregar a la fascinación del crimen la tentación de la ingratitud.

Ineficaz, adj. Dícese de lo que no está calculado para favorecer nuestros intereses.

Infiel, adj. y s. Dícese, en New York, del que no cree en la religión cristiana; en Constantinopla, del que cree. Especie de pillo que no reverencia adecuadamente ni mantiene a teólogos, eclesiásticos, papas, pastores, canónigos, monjes, mollahs, vudús, hierofantes, prelados, obíes, abates, monjas, misioneros, exhortadores, diáconos, frailes, hadjis, altos sacerdotes, muecines, brahamanes, hechiceros, confesores, eminencias, presbíteros, primados, prebendarios, peregrinos, profetas, imanes, beneficiarios, clérigos, vicarios, arzobispos, obispos, priores, predicadores, padres, abadesas, calógeros, monjes mendicantes, curas, patriarcas, bonzos, santones, canonesas, residenciarios, diocesanos, diáconos, subdiáconos, diáconos rurales, abdalas, vendedores de hechizos, archidiáconos, jerarcas, beneficiarios, capitularios, sheiks, talapoins, postulantes, escribas, gurús, chantres, bedeles, fakires, sacristanes, reverendos, revivalistas, cenobitas, capellanes, mudjoes, lectores, novicios, vicarios, pastores, rabís, ulemas, lamas, derviches, rectores, cardenales, prioresas, sufragantes, acólitos, párrocos, sulíes, muftis y pumpums.

Infralapsario, s. El que se atreve a creer que Adán no tenía necesidad de pecar, si no quería; por oposición a los supralapsarios que sostienen que su caída estaba decretada desde el comienzo. A los infralapsarios se les llama a veces supralapsarios, sin que ello altere la importancia o lucidez de sus opiniones sobre Adán.

Injusticia, s. De todas las cargas que soportamos o imponemos a los demás, la injusticia es la que pesa menos en las manos y más en la espalda.

Inferiae, s (latín). Entre los griegos y los romanos, sacrificios propiciatorios de los Dei Manes, o almas de los héroes muertos. Los piadosos antiguos no pudieron inventar dioses suficientes para satisfacer sus necesidades espirituales, y debieron recurrir a un número de deidades de relleno que fabricaban con los materiales menos promisorios. Fue mientras sacrificaba un buey al espíritu de Agamenón que Laiaides, sacerdote de Áulide, se vio favorecido por la aparición del espectro de ese ilustre guerrero, quien le narró proféticamente el nacimiento de Cristo y el triunfo del cristianismo, dándole además una reseña rápida, pero pasablemente completa, de los acontecimientos hasta el reinado de San Luis. El relato terminó abruptamente en ese punto, debido al desconsiderado canto de un gallo, que obligó al espectral Rey de Hombres a volver al trote al Hades. Esta historia tiene 78 un delicado sabor medieval, y como no se ha podido rastrear su origen más allá del padre Brateille, piadoso aunque oscuro escritor de la Corte de San Luis, probablemente no nos equivocaremos si la consideramos apócrifa, aunque monseñor Capel piense otra cosa.

Influencia, s. En política, un quo ilusorio que se da a cambio de un quid sustancial.

Infortunio, s. Especie de fortuna que siempre llega.

Ingenio, s. Sal con que el humorista americano arruina su cocina intelectual, al omitirla.

Ingenuidad, s. Seductora cualidad que alcanzan las mujeres mediante largo estudio e intensa práctica con sus admiradores varones, que de buena gana la confunden con el sencillo candor de sus hijos.

Ingrato, s. El que recibe un beneficio de otro, o es objeto de una caridad cualquiera.

Injuria, s. Ofensa que sigue en gravedad a un desdén.

Inmigrante, s. Persona inculta que piensa que un país es mejor que otro.

Inmoral, adj. Impráctico. Todo lo que resulta poco práctico para los hombres, llega a ser considerado perverso e inmoral. Si las nociones humanas del bien y del mal tuvieran otra base que la utilidad; si se originaran, o pudieran originarse, de otro modo; si las acciones tuvieran en sí mismas un carácter moral independiente de sus consecuencias; entonces toda la filosofía sería una mentira, y la razón una enfermedad de la mente.

Innato, adj. Natural, inherente, como las ideas innatas, que poseemos al nacer, porque nos fueron dadas antes de venir al mundo. La doctrina de las ideas innatas es una de las más admirables creencias de la filosofía, siendo ella misma una idea innata y por lo tanto irrefutable, aunque Locke neciamente creyó “ponerle un ojo en compota”. Al número de las ideas innatas ya clasificadas, debemos agregar la creencia en nuestra capacidad para dirigir un diario, en la grandeza de nuestro país, en la superioridad de nuestra civilización, en la importancia de nuestros asuntos personales y en el interés que nuestras enfermedades presentan para los demás.

Inscripción, s. Una cosa escrita sobre otra cosa. Hay muchas clases de inscripciones, pero en general están destinadas a conmemorar la fama de alguna persona ilustre y transmitir a épocas distantes el recuerdo de sus servicios y virtudes. A esta clase de inscripciones, pertenece el nombre de John Smith, escrito a lápiz sobre el monumento a Washington. He aquí algunos ejemplos de inscripciones recordatorias en lápidas (ver Epitafio). Mi cuerpo yace en el suelo Mas el alma subió al cielo; Pero el Día llegará Y mi cuerpo se alzará Para que del cielo goce. 1812. Ella sufrió sin queja su dolencia Fue inútil el auxilio de la ciencia; La muerte de pesares la libró; Con su esposo en el Cielo se reunió. “Aquí yace Jeremías Arbol. Fue abatido el 9 de mayo de 1862 a los 27 años, 4 meses y 12 días. Indígena.”

Insensible, adj. Dotado de gran fortaleza para soportar los males que aquejan a los demás. Cuando le dijeron a Zenón que uno de sus enemigos había muerto, se lo vio profundamente conmovido. –¡Qué! –exclamó uno de sus discípulos– ¿Lloras la muerte de un enemigo?–Ah, es cierto –repuso el gran estoico– Pero deberías verme sonreír ante la muerte de un amigo.

Insignias, s. Distintivos, joyas y trajes de órdenes antiguas y venerables como: los Caballeros de Adán; los Visionarios del Divino Blablá; la Antigua Orden de los Modernos Trogloditas; la Liga de la Santa Farsa; la Dorada Falange de los Falangistas Marsupiales; la Gentil Sociedad de Vagabundos Expurgados; la Mística Alianza de Exquisitos Regalianos; las Damas y Caballeros del Perro Amarillo; la Oriental Orden de los Hijos de Occidente; La Orfandad de los Insufribles; los Guerreros de Arco Largo; los Guardianes de la Gran Cuchara de Cuerno; la Banda de Bestias; la Impenitente Orden de Azotadores de Esposas; la Sublime Legión de Conspicuos Rimbombantes; los Adoradores del Santuario Galvanoplástico; los Inaccesibles Resplandecientes; los Jenízaros del Pavorreal; la Gran Cábala de Sedentarios; la Fraternidad de los Verrugosos; la Cooperativa del Candelero; los Discípulos Militantes de la Fe Oculta; los Caballeros Defensores del Perro Doméstico; los Guardianes de la Letrina Mística; la Misteriosa Orden del Manuscrito Indescifrable; Los Monarcas del Mérito y el Hambre; los Prelados de la Bañera y la Espada.

Insurrección, s. Revolución fallida. Fracaso de opositores que pretenden reemplazar un gobierno malo por otro desastroso.

Intemperie, s. Lugar donde ningún gobierno ha podido cobrar impuestos. Su función principal es inspirar a los poetas.

Intención, s. Conciencia del predominio que un grupo de influencias ejerce en nuestro espíritu sobre otro grupo de influencias. Efecto cuya causa es la inminencia, real o supuesta, de un acto involuntario.

Intérprete, s. El que permite a dos personas de distinto idioma comprenderse, repitiendo a cada una lo que convendría al intérprete que dijera la otra.

Interregno, s. Período durante el cual una monarquía es gobernada por un lugar aún tibio en el almohadón de un trono. La experiencia de permitir que ese lugar se enfríe ha dado generalmente malos resultados, en virtud del entusiasmo que despliegan, para volver a calentarlo, numerosas personas dignas.

Intimidad, s. Relación a que son providencialmente arrastrados los necios a fin de destruirse.

Inventor, s. Persona que construye un ingenioso ordenamiento de ruedas, palancas, y resortes, y cree que eso es civilización.

Ira, s. Enojo de grado y cualidad superiores que corresponde a personajes encumbrados y a ocasiones importantes: como “la ira de Dios”, “los días de ira”, etc. Los antiguos consideraban sagrada la ira de los reyes y de los sacerdotes, porque generalmente podía manifestarse a través de un dios. Los griegos frente a Troya fueron tan hostigados por Apolo, que saltaron de la sartén de la ira de Crises al fuego de la cólera de Aquiles, aunque Agamenón, el único ofensor, no resultó asado ni quemado. Inmunidad parecida gozó David cuando incurrió en la cólera de Yahveh por censar a su pueblo, del que setenta mil pagaron la pena con sus vidas. En la actualidad Dios es Amor y los censistas pueden cumplir su trabajo sin temor al desastre.

Irreligión, s. La más importante entre las grandes creencias de este mundo.

J

J. una consonante en ingles, pero algunas naciones la usan como vocal, lo que es el colmo del absurdo. Su forma original, que ha sido apenas modificada, era la de la cola de un perro apaleado; en realidad, no era una letra, sino un signo que representaba al verbo latino “jacere”, “tirar”, porque la cola de perro asume esa forma cuando le tiran una piedra. Tal es el origen de esta letra, según lo ha explicado el prestigioso Dr. Jocolpus Bumer, de la Universidad de Belgrado, quien divulgó sus conclusiones sobre el tema en una obra de tres volúmenes en cuarto y se suicidó al enterarse de que en el alfabeto romano la J no tenía cola.

Jábega, s. Red barredera. Para atrapar peces se hace con una malla gruesa y ruda; las mujeres se atrapan más fácilmente mediante un tejido singularmente delicado que lleva, a modo de plomada, pequeñas piedras talladas.

Jineta, s. En el ejército, insignia que permite distinguir a un oficial del enemigo; o sea, del oficial de grado inmediatamente inferior que ascendería gracias a su muerte.

Juramento, s. En derecho, solemne promesa ante Dios, que la conciencia debe cumplir so pena de perjurio.

Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.

Juventud, s. Período de lo Posible, cuando Arquímedes encuentra un punto de apoyo. Casandra tiene quien la escuche y siete ciudades compiten por el honor de mantener a un Homero viviente.

K

Kilt, s. Traje que suelen usar los escoceses en Norteamérica y los norteamericanos en Escocia.

Korán, s. Libro que los mahometanos, neciamente, creen escrito por inspiración divina, pero que los cristianos consideran una perversa impostura, contraria a las Sagradas Escrituras.

L

Ladrón, s. Comerciante candoroso. Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire dijo:–Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos –y se calló. Como los demás lo alentaron a proseguir, añadió:–Ese es el cuento.

Ladrón de cadáveres, s. El que despoja de gusanos los sepulcros. El que provee a los médicos jóvenes lo que los médicos viejos han provisto al enterrador. La hiena.

Lamentable, adj. Estado de un enemigo o adversario después de un encuentro imaginario con uno mismo.

Laocoonte, s. Famosa escultura antigua que representa a un sacerdote de ese nombre y a sus dos hijos entre los anillos de dos monstruosas serpientes. El arte y diligencia con que el anciano y sus muchachos sostienen a las serpientes y las obligan a realizar su tarea constituyen una de las más nobles ilustraciones artísticas del dominio de la inteligencia humana sobre la inercia bruta.

Lástima, s. Sensación de inmunidad, inspirada por el contraste.

Legal, adj. Compatible con la voluntad del juez competente.

Lenguaje, s. Música con que encantamos las serpientes que custodian el tesoro ajeno.

Lexicógrafo, s. Individuo pestilente que so pretexto de registrar un determinado estadio en el desarrollo de una lengua, hace lo que puede para detener su crecimiento, quitarle flexibilidad y mecanizar sus métodos. El lexicógrafo, después de escribir su diccionario, se convierte en “autoridad”, cuando su función es simplemente hacer una recopilación y no dictar una ley. El natural servilismo de la inteligencia humana, al investirlo de un poder judicial, renuncia a su derecho a la razón y se somete a una mera crónica como si fuera un estatuto legal. Basta, por ejemplo, que el diccionario catalogue a una palabra de buena ley como “obsoleta” u “obsolescente”, para que pocos hombres se atrevan a usarla en adelante, por mucho que la necesiten y por conveniente que sea. De este modo el empobrecimiento se acelera y el idioma decae. Por el contrario, el escritor audaz y cultivado que sabe que el idioma crece por innovación –cuando crece–, y fabrica nuevas palabras o usa las viejas en un sentido poco familiar, encuentra pocos adeptos. Enseguida le señalan agriamente que “eso no está en el diccionario”, aunque antes de aparecer el primer lexicógrafo (¡que Dios lo perdone!) nadie había usado una palabra que estuviera en el diccionario. En la época de oro del idioma inglés, cuando de labios de los grandes isabelinos brotaban palabras que formaban su propio significado, evidente en su sonido mismo, cuando eran posibles un Shakespeare y un Bacon, y el idioma, que hoy muere rápidamente por una punta y se renueva despacio por la otra, crecía vigoroso y se conservaba dulce como la miel y fuerte como un león, el lexicógrafo era una persona desconocida, y el diccionario una obra para cuya creación el Creador no lo había creado.

Libertad, s. Uno de los bienes más preciosos de la Imaginación, que permite eludir cinco o seis entre los infinitos métodos de coerción con que se ejerce la autoridad. Condición política de la que cada nación cree tener un virtual monopolio. Independencia. La distinción entre libertad e independencia es más bien vaga, los naturalistas no han encontrado especímenes vivos de ninguna de las dos.

Libertino, s. El que ha corrido tras el placer con tanto ardor, que tuvo la desgracia de pasarlo de largo.

Libro de recortes, s. Libro editado por un tonto con las tonterías que se dicen sobre él.

Ligas, s. Bandas elásticas destinadas a impedir que una mujer salga de sus medias y devaste el país.

Lío, s. Salario de la coherencia.

Lira, s. Antiguo instrumento de tortura. Hoy la palabra se usa figuradamente con el sentido de facultad poética.

Litigante, s. Persona que está por entregar la piel con la esperanza de conservar los huesos.

Lobisón, s. Lobo que fue una vez, o es a veces, un hombre. Todos los lobisones tienen un carácter maligno, pues han asumido una forma bestial para gratificar un apetito bestial; pero algunos, transformados por artes de brujería, son tan humanos como lo permite su gusto adquirido por la carne humana. En cierta oportunidad, unos campesinos bávaros capturaron un lobo, lo ataron por la cola a un poste y como era de noche, se fueron a dormir. A la mañana siguiente, el lobo había desaparecido. Muy perplejos, consultaron al cura local, quien les dijo que el cautivo era indudablemente un lobisón, y que había reasumido su forma humana durante la noche. –La próxima vez que atrapéis un lobo –dijo el buen hombre– encadenadlo por la pata, y a la mañana siguiente encontraréis un luterano.

Loco, adj. Dícese de quien está afectado de un alto nivel de independencia intelectual; del que no se conforma a las normas de pensamiento, lenguaje y acción que los conformantes han establecido observándose a sí mismos; del que no está de acuerdo con la mayoría; en suma, de todo lo que es inusitado. Vale la pena señalar que una persona es declarada loca por funcionarios carentes de pruebas de su propia cordura. Por ejemplo, el ilustre autor de este Diccionario no se siente más convencido de su salud mental que cualquier internado en un manicomio, y –salvo demostración en contrario– es posible que en vez de la sublime ocupación a que cree dedicar sus facultades, esté golpeando los puños contra los barrotes de un asilo y afirmando ser Noé Webster, (autor del diccionario Webster) ante la inocente delectación de muchos espectadores desprevenidos.

Locuacidad, s. Dolencia que vuelve al paciente incapaz de contener la lengua cuando uno quiere hablar.

Locura, s. Ese “don y divina facultad” cuya energía creadora y ordenadora inspira el espíritu del hombre, guía sus actos y adorna su vida.

Locomaquia, s. Guerra en que las armas son palabras y las heridas, pinchazos en la vejiga natatoria de la autoestima; especie de lucha en que al vencedor se le niega la recompensa de la victoria porque el vencido es inconsciente de su derrota.

Longevidad, s. Prolongación poco común del temor a la muerte.

Lord, s. En la sociedad norteamericana, turista inglés de rango superior al de un viajante de comercio. La palabra “Lord”, que significa Señor, se usa también a veces como título del Supremo Hacedor; pero en esto prima la lisonja sobre la reverencia.

Luminaria, s. El que arroja luz sobre un tema; verbigracia, un secretario de redacción cuando no escribe sobre ese tema.

Lunario, s. Habitante de la luna. No debe confundirse con el lunático, que es habitado por la luna. Los lunarios han sido descritos por Luciano, Locke y otros observadores, que no se han puesto mayormente de acuerdo. Bragellos, por ejemplo, afirma que son anatómicamente idénticos al hombre, mientras que el profesor Newcomb asegura que se parecen más a los tribeños de Vermont.

Lunes, s. En los países cristianos, el día que sigue al partido de béisbol.

LL.D. ras que designan el título de “Legumastuciorum Doctor”, o sea erudito en leyes, provisto de astucia legal.( significa, en realidad, “Legum Doctor”, doctor en Leyes.). Pero esta derivación resulta sospechosa si se tiene en cuenta que antiguamente el título se abreviaba ££.d. (Libras y peniques) , y era conferido solamente a caballeros adinerados. Actualmente, la Universidad de Columbia considera la posibilidad de crear otro título para clérigos, en lugar del antiguo D.D. (significa “Divinitatis Doctor”, doctor en teología) o “Damnator Diaboli”. El nuevo honor será conocido como “Sanctorum Custus”, y se escribirá $$ cts. El reverendo John Satán ha sido propuesto como primer destinatario del título.

Lógica, s. Arte de pensar y razonar en estricta concordancia con los límites e incapacidades de la incomprensión humana. La base lógica es el silogismo, que consiste en una premisa mayor, una menor y una conclusión, por ejemplo: “Mayor”: Sesenta hombres pueden realizar un trabajo sesenta veces más rápido que un solo hombre. .”Menor”: Un hombre puede cavar un pozo para un poste en sesenta segundos. “Conclusión”: Sesenta hombres pueden cavar un pozo para un poste en un segundo. Esto es lo que puede llamarse el silogismo matemático, con el cual, combinando lógica y matemática, obtenemos una doble certeza y somos dos veces benditos.

M

Macho, s. Miembro del sexo insignificante. El macho de la especie humana es generalmente conocido (por la mujer) como Simple Hombre. El género tiene dos variedades: buenos proveedores y malos proveedores.

Macrobiano, s. Olvidado de los dioses que alcanza una edad muy avanzada. La historia nos da numerosos ejemplos, desde Matusalén hasta el Old Parr, pero algunos casos notables de longevidad son menos conocidos. Un campesino calabrés llamado Coloni vivió tanto que llegó a tener un vislumbre de la paz universal. Scanavius dice que conoció a un obispo tan viejo que era capaz de recordar una época en que colgarlo hubiera sido una injusticia. En 1566, un tejedor de Bristol, Inglaterra, declaró que había vivido quinientos años, y que en todo ese tiempo jamás había dicho una mentira. En nuestro país también hay un caso de longevidad (macrobiosis). El senador Chauncey Depew es tan viejo que se ha vuelto inteligente. El Director de The American, periódico neoyorquino, tiene una memoria que se remonta a la época en que era un pillo, aunque no se remonta al hecho mismo de que era un pillo. El presidente de los Estados Unidos nació hace tanto tiempo que muchos de los amigos de su juventud han escalado altas posiciones políticas y militares sin el concurso de méritos personales.

Magia, s. Arte de convertir la superstición en moneda contante y sonante. Hay otras artes que sirven al mismo fin, pero el discreto lexicógrafo no las nombra.

Magnético, adj. Dícese de lo que sufre la influencia del magnetismo.

Magnetismo, s. Lo que ejerce influencia sobre algo magnético. Estas dos definiciones están condensadas de la obra de un millar de eminentes hombres de ciencia, que han arrojado sobre el tema una luz deslumbrante, con indecible progreso del conocimiento humano

Magnífico, adj. Dotado de esplendor o grandeza superiores a los que el espectador está habituado; por ejemplo, las orejas de un asno para un conejo, o la gloria de una luciérnaga para un simple gusano.

Magnitud, s. Tamaño. Como la magnitud es puramente relativa, nada es grande y nada es pequeño. Si todo lo que compone el universo aumentara su tamaño en un millar de diámetros, nada sería más grande que antes, pero si una sola cosa permaneciera igual, todas las otras serían más grandes de lo que fueron. Para un intelecto familiarizado con la relatividad de la magnitud y la distancia, los espacios y las masas del astrónomo no serían más impresionantes que las del microscopista. Al fin y al cabo, nadie nos asegura que el universo visible no sea una pequeña parte de un átomo, con sus iones componentes, flotando en el fluido vital (o en el éter luminífero) de un vasto animal. Posible mente las menudas criaturas que pueblan los corpúsculos de nuestra propia sangre experimenten la emoción debida al contemplar las impensables distancias que los separan.

Majestad, s. Condición y titulo de rey, considerados con justo desprecio por los Muy Eminentes Grandes Maestres, Grandes Cancilleres, e lmperiales Potentados de las antiguas y honorables órdenes de la América republicana.

Malechor, s. El principal factor en el progreso de la raza humana.

Malthusiano, adj. Relativo a Malthus y sus doctrinas. Malthus creía en la necesidad de limitar artificialmente la población, pero descubrió que eso no podía hacerse hablando. Uno de los exponentes más prácticos del malthusianismo fue Herodes de Judea, aunque todos los militares famosos han participado de esas ideas.

Malla (de baile). prenda del vestuario teatral destinada a reforzar con una particular publicidad el entusiasmo general del agente de prensa. Durante algún tiempo, la atención del público se desvió de esta prenda para concentrarse en la negativa de Miss Lillian Russell a usarla. Se hicieron muchas conjeturas sobre sus motivos, hasta que una actriz rival, Pauline Hall, sugirió –dando muestras de notable ingenio y reflexión– que la naturaleza no había dotado a Miss Russell de bellas piernas. El intelecto masculino no pudo aceptar esa teoría, pero la mera idea de que existiera una pierna femenina defectuosa era tan prodigiosamente original que figuró entre las mayores hazañas de la especulación filosófica. Es extraño que en toda esta controversia nadie haya pensado en atribuir a “pudor” la actitud de Miss Russell. La naturaleza de ese sentimiento no es muy bien comprendida en la actualidad, e incluso es difícil decir con el vocabulario que nos queda, de qué se trata. Recientemente, sin embargo, ha resucitado el estudio de las artes perdidas, y algunas de ellas se han recuperado. Esta es una época de renacimientos, y cabe esperar que el primitivo “rubor” sea rescatado de su escondite entre las tumbas de la antigüedad y devuelto al escenario en alas de un silbido.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Mamón, s. Dios de la religión que predomina en el mundo. Su templo principal se halla en la santa ciudad de Nueva York.

Maná, s. Alimento dado milagrosamente a los israelitas en el desierto. Cuando no lo recibieron más, se afincaron y labraron la tierra, fertilizándola, por regla general, con los cadáveres de sus primitivos ocupantes.

Manes, s. Partes inmortales de los griegos y romanos que morían.

Experimentaban un sordo malestar hasta que los cuerpos de donde habían exhalado se quemaban y enterraban. Después de esto, tampoco lograban sentirse particularmente felices.

Maniqueísmo, s. Antigua doctrina persa según la cual hay guerra incesante entre el Bien y el Mal. Cuando el Bien abandonó la lucha, los persas se pasaron a la oposición victoriosa.

Mano, s. Instrumento singular que se usa al extremo de un brazo humano, y que por lo general se encuentra metida en un bolsillo ajeno.

Maquinación, s. Método empleado por nuestros enemigos para anular nuestro declarado y honroso esfuerzo por hacer lo justo.

Marido, s. El que después de cenar debe encargarse de lavar el plato.

Mártir, s. Alguien que avanza hacia una muerte deseada siguiendo el camino de la menor repugnancia.

Más, adj. Grado comparativo de demasiado.

Masonería, s. Orden de ritual secreto, grotescas ceremonias y extravagantes ropas, a la que, tras su fundación por los artesanos de Londres bajo el reinado de Carlos II, han adherido los muertos de los pasados siglos, en incesante retroceso. Actualmente abarca todas las generaciones del hombre, de Adán acá, y está reclutando distinguidos adeptos entre los habitantes precreacionales del Caos y del Vacío. Informe. La orden fue creada en diferentes épocas por Carlomagno, Julio César, Ciro, Salomón, Zoroastro, Confucio, Thotmés y Buda. Sus emblemas y símbolos se han encontrado en las catacumbas de París y Roma, en las piedras del Partenón y la Gran Muralla China, entre los templos de Karnak y Palmira, y en las pirámides egipcias. El descubridor fue siempre un masón.

Matar, v. t. Crear una vacante sin designar un sucesor.

Matrimonio, s. Condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos.

Mausoleo, s. La última y más divertida locura de los ricos.

Mayonesa, s. Uno de los aderezos que usan los franceses en lugar de la religión del estado.

Maza, s. Bastón que en la función pública denota autoridad. Su forma, que es la de un pesado garrote, indica su propósito primitivo, que era calmar a los disidentes.

Meandro, s. Curva sinuosa. Toma su nombre de un río situado unas ciento cincuenta millas al sur de Troya, que cambia de curso para no oír a griegos y troyanos jactarse de sus hazañas.

Medalla, s. Pequeño disco de metal que se da en premio de virtudes, hazañas o servicios más o menos auténticos. A Bismarck le dieron una medalla por rescatar valerosamente a una persona que se ahogaba. Cuando le preguntaron el significado de la medalla, respondió: “A veces salvo vidas”. Otras veces hacía lo contrario.

Médico, s. Alguien a quien lanzamos nuestras súplicas cuando estamos enfermos, y nuestros perros cuando nos hemos curado.

Mendaz, adj. Aficionado a la retórica.

Mendigar, v. t. Pedir algo con intensidad proporcional a la creencia de que no será otorgado.

Mendigo, s. El que ha confiado en la ayuda de los amigos.

Menor, adj. Menos objetable.

Mente, s. Misteriosa forma de la materia segregada por el cerebro. Su principal actividad parece consistir en el esfuerzo por determinar su propia naturaleza, tentativa que parece fútil, puesto que la mente, para conocerse, no dispone de otra cosa que sí misma.

Metralla, s. Argumento que el futuro prepara en respuesta a las demandas del socialismo americano.

Metrópoli, s. Baluarte del provincialismo.

Mesmerismo, s. Nombre dado al Hipnotismo antes que empezara a vestir con elegancia, tuviera carruaje e invitara a cenar a la Incredulidad.

Mi, n. Caso objetable del pronombre personal de primera persona, que tiene tres casos: dominativo, objetable y opresivo. Cada uno de ellos es los otros dos.

Milagro, s. Acontecimiento inexplicable y extraño al orden natural, como ganar con un póker de ases y un rey contra un póker de reyes y un as.

Milenio, s. Feriado de mil años a cuyo término se clavará la tapa, con todos los reformistas adentro.

Ministro, s. Agente de un poder superior con una responsabilidad inferior. En diplomacia, funcionario enviado a un país extranjero como encarnación visible de la hostilidad de su soberano por ese país. El principal requisito para ser ministro es un grado de plausibilidad en la mentira apenas inferior al de un embajador.

Mío, adj. Lo que me pertenece, siempre que pueda apropiármelo.

Misericordia, s. Daga que en la guerra medieval usaba el infante para recordar a un caballero desmontado por su cabalgadura que él también era mortal.

Misericordia, s. Virtud que aman los delincuentes sorprendidos.

Miss, s. Título con que marcamos a las mujeres solteras para indicar que están disponibles en el mercado. Miss, Misses (Mrs.), y Mister (Mr.) me parecen las tres palabras más desagradables de la lengua inglesa, tanto por su sonido como por su sentido. Las dos primeras son una corrupción de “Mistress” y la tercera de “Master”. Mientras los demás títulos han sido abolidos en nuestro país, estos sobreviven para complicarnos la vida. Si fuera indispensable conservarlos, deberíamos ser coherentes y encontrar uno que designe al hombre soltero. Me atrevo a sugerir la palabra Mush ( abreviada Mh., (Mush significa harina de maíz).

Mitad, s. Una de las dos partes en que una cosa puede dividirse o considerarse dividida. En el siglo XIV teólogos y filósofos discutieron acaloradamente si la Omnisciencia podía partir un objeto en tres mitades; y el piadoso padre Aldrovinus rogó públicamente en la catedral de Rouen porque Dios demostrara la afirmativa de la proposición en alguna forma notable e inconfundible (preferiblemente, si le pluguiera, en el cuerpo de ese empedernido blasfemador, Manutius Procinus, quien sostenía la negativa). Procinus, sin embargo, fue preservado para morir de una mordedura de serpiente.

Mitología, s. Conjunto de creencias de un pueblo primitivo relativas a su origen, héroes y dioses, por oposición a la historia verdadera, que inventa más tarde.

Moda, s. Déspota a quien los sabios ridiculizan y obedecen.

Mojigata, s. Celestina que se oculta a espaldas de su conducta.

Molécula, s. Ultima e indivisible unidad de la materia. Se distingue del corpúsculo, que también es la última e indivisible unidad de la materia, por una semejanza más estrecha con el átomo que es, asimismo, la última e indivisible unidad de la materia. Las tres grandes teorías científicas de la estructura del universo son la molecular, la corpuscular y la atómica. Una cuarta postula, con Haeckel, la condensación o precipitación de la materia a partir del éter, cuya existencia es probada por esa condensación o precipitación. La corriente actual del pensamiento científico se inclina hacia la teoría de los iones. El ión difiere de la molécula, el corpúsculo y el átomo en el hecho de ser un ión. Una quinta teoría es sostenida por los idiotas, pero es dudoso que ellos sepan algo más sobre la materia que los otros.

Momia, s. Egipcio antiguo, usado antaño como remedio en todas las naciones civilizadas y que ahora provee al arte de un excelente pigmento. También resulta cómoda en los museos para satisfacer la vulgar curiosidad que distingue al hombre de los animales inferiores.

Mónada, s. Ultima e indivisible unidad de la materia (ver Molécula). Según Leibniz, y en la medida en que él parece dispuesto a ser comprendido, la mónada tiene cuerpo sin volumen, y mente sin manifestación; Leibniz la reconoce gracias a la facultad innata de la reflexión y ha fundado sobre la mónada una teoría del universo, que ella soporta sin resentimiento, porque es una dama. Pequeña como es, la mónada contiene todas las potencialidades necesarias para convertirse en un filósofo alemán de primera categoría. No confundir la mónada con el microbio o el bacilo; pertenece a una especie muy diferente, como lo demuestra un buen microscopio al no poder detectarla.

Monarca, s. Persona que se ocupa de reinar. Antiguamente el monarca era el único amo, como lo indica la etimología de la palabra y como aprendieron, a costa de sí mismos, muchos súbditos. En Rusia y Oriente el Monarca retiene todavía una considerable influencia en los asuntos públicos y en el destino final de las cabezas humanas, pero en Europa Occidental la administración pública corre por cuenta de los ministros, mientras el monarca reflexiona sobre el destino de su propia cabeza.

Mono, s. Animal arbóreo que se instala en los árboles genealógicos.

Monosilábico, adj. Dícese del idioma compuesto de palabras de una sola sílaba, para uso de bebes literarios que nunca se cansan de expresar, mediante un adecuado gugu, el placer que les causa ese alimento insípido. Las palabras monosilábicas son por lo común sajonas, es decir el idioma de un pueblo bárbaro, desprovisto de ideas que sólo puede experimentar sentimientos y emociones elementales.

Monseñor, s. Alto título eclesiástico, en cuyas ventajas no reparó el fundador de nuestra religión.

Monumento, s. Estructura destinada a conmemorar algo que no necesita conmemoración o no puede ser conmemorado. Como dijo el poeta. “Los huesos de Agamenón son ofrecidos en espectáculo, mientras su regio monumento yace en ruinas”. Pero la fama de Agamenón no es afectada por eso. La costumbre monumentaria alcanza sus “reductiones ad absurdum” en los monumentos “a los muertos desconocidos”, que perpetúan la memoria de aquellos que no han dejado memoria.

Moral, adj. Conforme a una norma de derecho local y mudable. Cómodo.

Dícese que existe en el Este una cadena de montañas y que a un lado de ella ciertas conductas son inmorales, pero que del otro lado son tenidas en alta estima; esto resulta muy ventajoso para el montañés, porque puede bajar ora de un lado, ora del otro, y hacer lo que le plazca, sin ofensa.

(“Meditaciones de Gooke”).

Muerto, adj. Dícese de lo que ha concluido el trabajo de respirar; de lo que ha acabado para todo el mundo; de lo que ha llevado hasta el fin una enloquecida carrera; y de lo que al alcanzar la meta de oro, ha descubierto que era un simple agujero.

Mujer, s. Animal que suele vivir en la vecindad del Hombre, que tiene una rudimentaria aptitud para la domesticación. Algunos de los zoólogos más viejos le atribuyen cierta docilidad vestigial adquirida en una antigua época de reclusión, pero los naturalistas del postfeminismo, que no saben nada de esa reclusión, niegan semejante virtud y declaran que la mujer no ha cambiado desde el principio de los tiempos. La especie es la más ampliamente distribuida de todas las bestias de presa; infecta todas las partes habitables del globo, desde las dulces montañas de Groenlandia hasta las virtuosas playas de la India. El nombre que se le da popularmente (mujer lobo) es incorrecto, porque pertenece a la especie de los gatos. La mujer es flexible y grácil en sus movimientos, especialmente Ia variedad norteamericana (Felis pugnans), es omnívora, y puede enseñársele a callar.

Mulato, s. Hijo de dos razas, que se avergüenza de ambas.

Multitud, s. Muchedumbre. Fuente de sabiduría y virtud políticas. En una república, objeto de adoración del estadista. “En una multitud de consejeros está la sabiduría”, dice el proverbio. Si muchos hombres de igual sabiduría individual resultan más sabios que cualquiera de ellos, debe ser que adquieren ese exceso de sabiduría por el simple hecho de reunirse. ¿De dónde viene? Evidentemente, de ninguna parte. Lo mismo valdría decir que una cadena de montañas es más alta que las montañas individuales que la componen. Una multitud es tan sabia como el más sabio de sus miembros, siempre que éste sea obedecido; de lo contrario es tan necia como el más necio entre ellos.

Murmurar, v. t. Decir cómo encuentra uno a otro cuando el otro no puede encontrarlo a uno.

Mustang, s. Caballo indócil de las planicies occidentales. En la sociedad británica, esposa norteamericana de un noble inglés.

N

Nacimiento, s. Primero y más terrible de todos los desastres. Sobre su naturaleza, hay distintas opiniones. Cástor y Pólux nacieron de un huevo. Pallas, de un cráneo. Galatea, de un bloque de piedra, Peresilis, autor del siglo X, asegura que brotó del suelo donde un sacerdote había derramado agua bendita. Es sabido que Arimaxus surgió de un agujero hecho por un rayo en la tierra. Leucomedón era hijo de una caverna en el Monte Etna, y yo personalmente he visto a un hombre salir de una bodega.

Nariz, s. Ultimo puesto avanzado de la cara. Getius, cuyos escritos son anteriores a la era del humor, observó que todos los grandes conquistadores tienen grandes narices, y pensó que la nariz era el órgano de la sujeción. Se ha observado que la nariz de alguien nunca se siente tan feliz como cuando está metida en los asuntos de otro; de aquí infieren algunos fisiólogos que la nariz carece del sentido del olfato.

Néctar, s. Bebida que consumían los dioses en los banquetes olímpicos. El secreto de su preparación se ha perdido, pero los modernos habitantes de Kentucky creen saber cuál era su ingrediente principal.

Negativa, s. Acción de no dar lo que se pide; verbigracia, cuando una anciana solterona niega su mano a un pretendiente rico y buen mozo; un concejal, una concesión importante a una corporación; un sacerdote, la absolución a un rey impenitente; etcétera. Las negativas se gradúan en una escala descendente de finalidad, a saber: 1a negativa absoluta, la negativa condicional, la negativa de sondeo y la negativa femenina, que algunos casuistas llaman negativa afirmativa.

Negro, s. “Piece de résistance” en el problema político norteamericano. Los republicanos lo representan por la letra n y llegan a la siguiente ecuación: “Supongamos que n = hombre blanco”. La fórmula, sin embargo, parece dar un resultado insatisfactorio.

Nepotismo, s. Práctica que consiste en designar a la propia abuela para un cargo público, por el bien del partido.

Newtoniano, adj. Perteneciente a la filosofía del universo inventada por Newton, quien descubrió que una manzana siempre termina por caer al suelo, aunque no pudo explicar por qué. Sus sucesores y discípulos han progresado tanto que son capaces de decir cuándo.

Nihilista, s. Ruso que niega la existencia de todo, menos de Tolstoi. El jefe de esta escuela es Tolstoi.

Niñez, s. Período de la vida humana intermedio entre la idiotez de la primera infancia y la locura de la juventud, a dos pasos del pecado de la adultez, y a tres del remordimiento de la ancianidad.

Nirvana, s. En la religión budista, estado de aniquilamiento agradable, otorgado a los sabios, particularmente a los que son lo bastante sabios para comprenderlo.

Noble, s. Invención provista por la naturaleza para que las doncellas norteamericanas adineradas y ambiciosas puedan incurrir en distinción social y padecer la “high life”.

No Combatiente, s. Un cuáquero muerto.

Notoriedad, s. Fama de nuestro adversario en la lucha por un cargo público. El tipo de renombre más accesible y aceptable para la mediocridad. Escala de jacob que conduce a un escenario de vodevil, con ángeles que suben y bajan.

Noúmeno, s. Lo que existe, por oposición a lo que, meramente pareciendo existir, recibe el nombre de fenómeno. El noúmeno es bastante difícil de localizar; sólo puede ser aprehendido mediante un proceso de razonamiento… que es un fenómeno. No obstante, el descubrimiento y exposición del noúmeno abre un amplio campo para lo que llama Lewis “la interminable variedad y excitación del pensamiento filosófico”. ¡Viva pues el noúmeno!

Novela, s. (En inglés, romance, novela de aventuras más o menos fantásticas. por oposición a “novel”, novela realista ). Cuento inflado. Especie de composición que guarda con la literatura la misma relación que el panorama guarda con el arte. Como es demasiado larga para leer de un tirón, las impresiones producidas por sus partes sucesivas son sucesivamente borradas, como en un panorama. La unidad, la totalidad del efecto, es imposible porque aparte de las escasas páginas que se leen al final, todo lo que queda en la mente es el simple argumento de lo ocurrido antes. La novela realista es al relato fantástico lo que la fotografía es a la pintura. Su principio básico, la verosimilitud, corresponde a la realidad literal de la fotografía, y la ubica dentro del periodismo; mientras que la libertad del relato fantástico no tiene más límites que la imaginación del narrador. Los tres principios esenciales del arte literario son imaginación, imaginación e imaginación. El arte de escribir novelas, en la medida en que pudo llamarse arte, ha muerto hace mucho en todo el mundo, salvo en Rusia, donde es nuevo. Paz tengan sus cenizas… algunas de las cuales aún se venden mucho.

Novela fantástica, s. Obra de ficción que no rinde pleitesía al Dios de las Cosas que Son. En la novela, el pensamiento del escritor está atado a la verosimilitud, como un caballo al palenque, pero en la novela fantástica se pasea a voluntad por todo el reino de la imaginación, libre, sin ley, sin rienda ni freno. Nuestro novelista es una pobre criatura (como diría Carlyle), un simple reportero. Puede inventar los personajes y la trama, pero no imaginar algo que no pueda ocurrir, aunque toda su narración sea una candorosa mentira. Por qué se impone esta dura condición y “arrastra a cada paso una cadena cada vez más larga”, que él mismo ha forjado, es algo que tratará de explicarnos en diez volúmenes, sin iluminar en absoluto su negra y absoluta ignorancia en la materia. Hay grandes novelas, porque grandes escritores han desperdiciado su talento para escribirlas, pero lo cierto es que la ficción más fascinante que existe sigue siendo “Las mil y Una Noches”.

Noviembre, s. Décimoprimer duodécimo del tedio.

O

O bien,modo, adv. O mal.

Observatorio, s. Lugar donde los astrónomos disuelven en conjeturas las adivinanzas de sus predecesores.

Obsoleto, adj. Lo que ya no usan los tímidos. Se aplica principalmente a las palabras. La palabra que cualquier diccionario califica como obsoleta se convierte en objeto de terror para el escritor necio, pero si es una palabra buena y no tiene equivalente moderno igualmente bueno, la usará el buen escritor. En realidad, la actitud de un escritor hacia las palabras “obsoletas” es un índice de su capacidad literaria tan bueno como cualquier otro, salvo el carácter de su obra.

Obstinado, adj. Inaccesible a la verdad, tal como se manifiesta en el esplendor y la fuerza de nuestras creencias. El prototipo popular de la obstinación es la mula, animal muy inteligente.

Ocasional, adj. Dícese de lo que nos aflige con mayor o menor frecuencia. No es el caso de los “versos ocasionales”, que nos afligen con regularidad –y con más crueldad que otras clases de versos– en los aniversarios y otras celebraciones.

Occidente, s. Parte del mundo situada al oeste (o al este) de Oriente. Está habitada principalmente por Cristianos, poderosa subtribu de los Hipócritas, cuyas principales industrias son el asesinato y la estafa, que disfrazan con los nombres de “guerra” y “comercio”. Esas son también las principales industrias de Oriente.

Océano, s. Extensión acuática que ocupa dos tercios del mundo hecho para el hombre, que casualmente carece de branquias.

Ociosidad, s. Granja modelo donde el diablo experimenta las semillas de nuevos pecados y promueve el crecimiento de los vicios básicos.

Odio, s. Sentimiento cuya intensidad es proporcional a la superioridad que lo provoca.

Ofensivo, adj. Lo que produce emociones o sensaciones desagradables, como el avance de un ejército hacia su enemigo.

–¿Usted cree que el enemigo ha usado una táctica ofensiva? — preguntó el rey.

–¡Por cierto!–replicó el general defraudado– ¡Los malditos no han querido salir de su trinchera!

Oleaginoso, adj. Aceitoso, resbaladizo, escurridizo. Disraeli en cierta oportunidad describió los modales del obispo Wilberforce como “untuosos, oleaginosos, saponíficos”. A partir de entonces el buen prelado fue conocido como Sam el Jabonoso. Para cada hombre, existe en el vocabulario una palabra capaz de pegársele como una segunda piel. Sus enemigos no tienen más que encontrarla.

Olímpico, adj. Relativo a una montaña de Tesalia, antaño habitada por los dioses, y ahora depósito de diarios amarillos, botellas de cerveza y destripadas latas de sardinas que atestiguan la presencia del turista y de su apetito.

Olvido, s. Estado en que los malos cesan de luchar y los tristes reposan. Eterno basurero de la fama. Cámara fría de las más altas esperanzas.. Lugar donde los autores ambiciosos reencuentran sus obras sin orgullo, y a sus superiores sin envidia. Dormitorio desprovisto de reloj despertador.

Ópera, s. Espectáculo que representa la vida en otro mundo cuyos habitantes no tienen más idioma que el canto, más movimiento que el ademán y más postura que la actitud. Toda actuación teatral es simulación y la palabra simulación deriva de simio, o mono; pero en la ópera el actor toma por modelo al Simia audibilis (o Pithecanthropos stentor), es decir al mono que aúlla.

Opio, s. Puerta que no está cerrada con llave en la prisión de la Identidad. Conduce al patio de la cárcel.

Oponer, v. Ayudar con obstrucciones y objeciones.

Oportunidad, s. Ocasión favorable para atrapar un desengaño.

Oposición, s. En política, el partido que impide que el gobierno se desenfrene, desjarretándolo. El rey de Ghargarou, que había estado en el extranjero para estudiar la ciencia del gobierno, designó a un centenar de sus súbditos más gordos miembros de un parlamento que debía legislar sobre la recaudación de impuestos. A cuarenta de ellos los nombró Partido de la Oposición y dispuso que su Primer Ministro los instruyera cuidadosamente en la tarea de oponerse a toda iniciativa regia. Sin embargo, el primer proyecto puesto a votación fue aprobado por unanimidad. Muy descontento, el rey lo vetó, informando a los miembros de la Oposición que si volvían a hacer eso, pagarían con la cabeza. En el acto, los cuarenta opositores se hicieron el harakiri.

–¿Y ahora? –preguntó el rey– Es imposible mantener las instituciones liberales sin un partido de Oposición.

–Esplendor del Universo –replicó el Primer Ministro–, es cierto que esos perros de las tinieblas ya no tienen sus credenciales, pero no todo está perdido. Confía el asunto a este gusano del polvo. Seguidamente el Primer Ministro hizo embalsamar y rellenar de paja los cadáveres de los opositores de Su Majestad y los clavó a las bancas legislativas. En lo sucesivo, cada ley fue aprobada con cuarenta votos en contra, y la nación prosperó. Pero un día el ejecutivo remitió un proyecto de impuesto a las verrugas y fue derrotado, porque a nadie se le había ocurrido clavar también a sus bancas a los legisladores oficialistas… Esto enfureció tanto al rey, que el Primer Ministro fue ejecutado, el parlamento disuelto con una batería de artillería, y el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo desapareció de Ghargarou para siempre.

Optimismo, s. Doctrina o creencia de que todo es hermoso, inclusive lo que es feo; todo es bueno, especialmente lo malo; y todo está bien dentro de lo que está mal. Es sostenida con la mayor tenacidad por los más acostumbrados a una suerte adversa. La forma más aceptable de exponerla es con una mueca que simula una sonrisa. Siendo una fe ciega, no percibe la luz de la refutación. Enfermedad intelectual, no cede a ningún tratamiento, salvo la muerte. Es hereditaria, pero afortunadamente no es contagiosa.

Optimista, s. Partidario de la doctrina de que lo negro es blanco. En cierta oportunidad un pesimista pidió auxilio a Dios. Ah –dijo Dios–, tú quieres que yo te devuelva la esperanza, la alegría.

–No –replicó el pesimista–. Me bastaría si crearas algo que las justificara.

–El mundo ya está todo creado –repuso Dios–, pero te olvidas de algo: la mortalidad del optimista.

Oratoria, s. Conspiración entre el lenguaje y la acción para defraudar al entendimiento. Tiranía atenuada por la taquigrafía.

Ordenado, adj. Sujeto al orden, como un sedicioso colgado de un farol.

Ostra, s. Molusco viscoso que los hombres civilizados tienen la audacia de comer sin quitarle las entrañas. Las valvas suelen darse a los pobres.

P

Paciencia, s. Forma menor de la desesperación, disfrazada de virtud.

Pagano, s. Ser descarriado que incurre en la locura de adorar lo que puede ver y sentir.

Palacio, s. Residencia bella y costosa, particularmente la de un gran funcionario. La residencia de un alto dignatario de la Iglesia se llama palacio; la del fundador de su religión se llamaba pajar o pesebre. El progreso existe.

Palillos de incienso. Pajuelas que queman los chinos, en el ejercicio de sus payasadas paganas, imitando ciertos ritos sagrados de nuestra santa religión.

Palma, s. Arbol. Una de sus variedades más difundidas y más asiduamente cultivadas es la “palma pruriginosa” (Palma hominis). Este noble vegetal exuda una especie de goma invisible, que puede detectarse aplicando a la corteza una moneda de oro o de plata. El metal se adhiere con notable tenacidad. Los frutos de la palma pruriginosa son tan amargos e insatisfactorios, que un porcentaje considerable suelen regalarse en forma de “beneficencia”.

Pandemonium, s. Literalmente, Lugar de Todos los Demonios. La mayoría de ellos han ido a refugiarse en la política y las finanzas, y el lugar se usa ahora como salón de conferencias del Reformador Vocinglero. Cuando son perturbados por su voz, los antiguos ecos clamorean apropiadas respuestas que halagan mucho su orgullo.

Panegírico, s. Elogio de una persona que tiene las ventajas del dinero o del poder; o que ha tenido la deferencia de morirse.

Pantalón, s. Prenda que cubre la parte inferior del adulto civilizado de sexo masculino. Es de forma tubular y no posee goznes en los puntos de flexión. Se supone que fue inventado por un humorista.

Panteísmo, s. La doctrina de que todo es Dios, por oposición a la doctrina de que Dios es todo.

Pantomima, s. Representación teatral en que se narra una historia sin hacer violencia al lenguaje. Es la forma menos desagradable de acción dramática.

Pañuelo, s. Pequeño cuadrado de seda o de hilo, que se usa para varias funciones innobles alrededor de la cara, y resulta especialmente útil en los velatorios para resaltar la ausencia de lágrimas. El pañuelo es de invención reciente; nuestros antepasados, que no lo conocían, usaban la manga. Cuando Shakespeare lo introduce en “Otelo”, incurre en un anacronismo: Desdémona se limpiaba la nariz con las faldas, mientras que el doctor Walker y otros reformadores de nuestros días lo hacen con los faldones de la levita —prueba de que las revoluciones a veces retroceden.

Paraíso, s. Lugar donde los malvados cesan de perturbarnos hablando de sus asuntos personales, y los buenos escuchan con atención mientras exponemos los nuestros.

Pasado, s. Pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento. Una línea móvil llamada Presente lo separa de un período imaginario llamado Futuro. Estas dos grandes porciones de la Eternidad una de las cuales borra continuamente a la otra, son eternamente distintas. Una está oscurecida por la pena y el desengaño, la otra iluminada por la prosperidad y la alegría. El Pasado es la región de los sollozos, el Futuro, el reino del canto. En uno se acurruca la Memoria, vestida con un sayal, la cabeza cubierta de ceniza, musitando plegarias penitenciales; en la luz solar del otro vuela la Esperanza llamándonos a los templos del éxito y los pabellones del placer. Sin embargo, el Pasado es el Futuro de ayer, el Futuro es el Pasado de mañana. Son una misma cosa: el conocimiento y el sueño.

Pasaporte, s. Documento que se inflige traidoramente a un ciudadano que sale de su país, denunciándolo como extranjero y exponiéndolo al ultraje y la reprobación.

Pasatiempo, s. Artificio para la representación de “misterios” en que el principal actor es trasladado al cielo. En los Estados Unidos, el patíbulo es notable por la cantidad de personas que escapan a él.

Patriota, s. El que considera superiores los intereses de la parte a los intereses del todo. Juguete de políticos e instrumento de conquistadores.

Patriotismo, s. Basura combustible dispuesta a arder para iluminar el nombre de cualquier ambicioso. En el famoso diccionario del doctor Johnson, el patriotismo se define como el último recurso de un pillo. Con el respeto debido a un lexicógrafo ilustre, aunque inferior, sostengo que es el primero.

Pavo, s. Ave de gran tamaño cuya carne, al ser comida en ciertos aniversarios religiosos, tiene la singular propiedad de testimoniar devoción y gratitud.

Paz, s. En política internacional, época de engaño entre dos épocas de lucha.

Peatón, s. Para un automóvil, parte movediza (y audible) del camino.

Pedigré, s. Parte conocida del camino que conduce de un antepasado arbóreo con una vejiga natatoria, a un descendiente urbano con un cigarrillo.

Peligro, s. Bestia salvaje que el hombre desprecia cuando está dormida, y de la que huye cuando despierta.

Pena capital, s. Castigo de cuya justicia y eficacia dudan muchas personas dignas, inclusive los asesinos.

Pérdida, s. Privación de lo que teníamos, o de lo que no teníamos. Así, se dice de un candidato derrotado que “perdió la elección”; o del eminente poeta Gilder que “perdió la chaveta”.

Peregrino, s. Viajero a quien se toma en serio. Padre Peregrino: aquél que abandonó Europa en 1620 porque no lo dejaban cantar salmos con la nariz, y viajó en pos de ese órgano hasta Massachussetts, donde pudo personificar a Dios según los dictados de su conciencia.

Pereza, s. Injustificada dignidad de modales en una persona de baja categoría.

Perfección, s. Estado o cualidad imaginarios que se distinguen de lo real por un elemento llamado excelencia. Atributo de los críticos. El director de una revista inglesa recibió una carta que criticaba sus opiniones y su estilo, firmada “Perfección”. Rápidamente garabatea al pie: “No estoy de acuerdo con usted” y se la remitió a Matthew Arnold.[escritor inglés (1822-1888) definió la cultura como la busca de la perfección]

Peripatético, adj. Que camina de aquí para allá. Relativo a la filosofía de Aristóteles quien, al exponerla, caminaba de un lado a otro, para eludir las objeciones de sus discípulos. Precaución innecesaria, ya que ellos ignoraban el tema tanto como él.

Perogrullada, s. Elemento fundamental y gloria insigne de la literatura popular. Un pensamiento que ronca en palabras que humean. Sabiduría de un millón de necios en boca de un tonto. Sentimiento fósil en roca artificial. Moraleja sin fábula. Todo lo que es mortal de una verdad fenecida. Pocillo de moralina y leche. Rabadilla de un pavo real desplumado. Medusa que se marchita al borde del mar del pensamiento.Cacareo que sobrevive al huevo. Epigrama desecado.

Perorata, s. Explosión de un cohete oratorio. Encandila, mas para un observador de nariz apropiada, su rasgo distintivo es el olor de las distintas clases de pólvora con que ha sido preparada.

Perro, s. Especie de Divinidad adicional o suplementaria, destinada a recibir el excedente del fervor religioso del mundo. Este Ser Divino, en algunas de sus encarnaciones más pequeñas y sedosas, ocupa en el corazón de la Mujer el lugar a que ningún hombre aspira. El Perro es una supervivencia, un anacronismo. No trabaja, ni hila, pero Salomón en toda su gloria jamás yació todo el día en una estera, engordando al sol, mientras su amo trabajaba para poder comprar un ocioso meneo de la cola salomónica y una mirada de tolerante reconocimiento

Perseverancia, s. Virtud interior que permite al mediocre alcanzar un éxito sin gloria.

Pesimismo, s. Filosofía impuesta al observador por el desalentador predominio del optimista, con su esperanza de espantapájaros y su abominable sonrisa.

Piano, s. Utensilio de salón para domar al visitante impenitente.

Se hace funcionar deprimiendo las teclas y el espíritu de los oyentes.

Picota, s. Artificio mecánico para infligir distinción personal, prototipo del moderno periódico dirigido por personas de austera virtud y vida intachable.

Piel roja, s. Indio norteamericano cuya piel no es roja, al menos por afuera.

Pillo, s. Tonto considerado bajo otro aspecto. Hombre cuyas cualidades, preparadas para la exhibición como una caja de fresas en un mercado –las mejores arriba– han sido abiertas del lado que no corresponde. Un caballero al revés.

Pintura, s. Arte de proteger de la intemperie superficies planas, y de exponerlas a los críticos.

Piratería, s. Comercio sin los pañales de la fantasía, tal como Dios lo hizo.

Pirronismo, s. Antigua filosofía, que toma el nombre de su inventor.

Predicaba una absoluta incredulidad en todo, salvo el pirronismo. Esa última incredulidad ha sido agregada por sus expositores modernos.

Placer, s. La forma menos detestable del tedio.

Plaga, s. En la antigüedad, castigo colectivo infligido a los inocentes para iluminar a sus gobernantes, como en el caso muy conocido de Faraón el Inmune. Las plagas que nos azotan hoy no son felizmente otra cosa que la manifestación casual de una Naturaleza perversa, pero insensata.

Plagiar, s. Asumir el pensamiento o el estilo de otro escritor, a quien uno jamás ha leído.

Plagio, s. Coincidencia literaria entre una prioridad carente de mérito y una posterioridad honorable.

Planear, v t. Preocuparse por el mejor método de conseguir un resultado casual.

Platónico, adj. Relativo a la filosofía de Sócrates. Amor platónico es el nombre que dan los tontos al afecto entre una incapacidad y una helada.

Plebeyo, s. Romano antiguo que en la sangre de su país no manchaba nada más que las manos. A diferencia del patricio, que era una solución saturada.

Plebiscito, s. Votación popular para establecer la voluntad del amo.

Pleito, s. Máquina en la que se entra en forma de cerdo y se sale en forma de salchicha.

Plenipotenciario, adj. Provisto de plenos poderes. Un ministro plenipotenciario es un diplomático a quien se otorga absoluta autoridad con la condición de que nunca la ejerza.

Pleonasmo, s. Ejército de palabras que escolta a un sargento de pensamiento.

Plomo, s. Metal pesado, de color gris azulado, que se usa mucho para dar estabilidad a los amantes livianos, particularmente a los que aman mujeres ajenas. El plomo es también muy útil como contrapeso de un argumento tan sólido que inclina la balanza de la discusión hacia el lado del adversario. Un hecho interesante en la química de la controversia internacional, es que en el punto de contacto de dos patriotismos, el plomo se precipita en grandes cantidades.

Pluma, s. Implemento de tortura producido por un ganso, y generalmente usado por un asno. La pluma de acero es usada por el mismo eterno Personaje.

Pobreza, s. Lima para que claven los dientes las ratas de la reforma. El número de planes para abolirla iguala al de reformadores que la padecen más el de filósofos que la ignoran. Sus víctimas se distinguen por la posesión de todas las virtudes, y por su fe en líderes que quieren conducirlas a una prosperidad donde creen que esas virtudes son desconocidas.

Policía, s. Fuerza armada destinada a asegurar la protección al expolio.

Poligamia, s. Capilla de expiación provista de varios reclinatorios penitenciales, a diferencia de la monogamia, que sólo tiene uno.

Política, s. Conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado.

Político, s. Anguila en el fango primigenio sobre el que se erige la superestructura de la sociedad organizada. Cuando agita la cola, suele confundirse y creer que tiembla el edificio. Comparado con el estadista, padece la desventaja de estar vivo.

Pólvora, s. Medio que emplean las naciones civilizadas para arreglar disputas que podrían volverse molestas si no se las resolviera. La mayoría de los autores atribuyen la invención de la pólvora a los chinos, aunque sin pruebas convincentes. Milton dice que fue inventada por el diablo para dispersar a los ángeles, y esta opinión parece sustentada por la escasez de ángeles. Además, cuenta con la entusiasta aprobación del Honorable James Wilson, secretario de Agricultura. El secretario Wilson se interesó en la pólvora a raíz de un incidente que ocurrió en la granja experimental del gobierno en el distrito de Columbia. Un dia, hace varios años, un miserable que no tenía el menor respeto por las grandes dotes personales del secretario, le regaló un saquito de pólvora, diciéndole que eran semillas de “Stridosus Instantaneus”, cereal patagónico de gran valor comercial y admirablemente adaptado a ese clima, y aconsejándole sembrarlo a lo largo de un surco. El buen secretario puso manos a la obra, y ya había trazado un continuo reguero a lo largo de un campo de diez acres, cuando le hizo volver la cabeza un grito del generoso donante que, acto seguido, dejó caer una cerilla sobre el extremo del reguero. El contacto con la tierra había humedecido algo la pólvora, pero aun así el asombrado funcionario se vio perseguido por una alta columna de fuego y humo que avanzaba ferozmente. Se quedó un momento paralizado y mudo, pero en seguida recordó una cita previa y, dejando todo, se ausentó con celeridad tan sorprendente que quienes lo vieron lo tomaron por un rayo que atravesaba siete aldeas, negándose a detenerse bajo ningún pretexto.

–Santo Dios, ¿qué es eso? –exclamó el ayudante de un agrimensor, haciendo visera con una mano y contemplando aquel bólido agrícola que bisecaba el horizonte visible.

–Eso –dijo el agrimensor observando despreocupadamente el fenómeno y volviendo a centrar la atención en su teodolito– es el meridiano de Washington.

Populista, s. Patriota fósil del primitivo período agrícola, que suele encontrarse en los antiguos yacimientos de piedra jabón rojiza, en el estado de Kansas; caracterizado por una envergadura poco común de las orejas que, según algunos naturalistas, le permitían volar, aunque los profesores Morse y Whitney observan ingeniosamente que, en ese caso, habría ido a otra parte. En el pintoresco idioma de la época, del que nos han llegado algunos fragmentos, era conocido como “el problema de Kansas. (El populismo de origen campesino tuvo cierta fuerza en Kansas a fines del siglo pasado.)

Portátil, adj. Expuesto a propiedad mutable merced a vicisitudes de la posesión.

Portugueses, s. Especie de gansos nativos de Portugal. Prácticamente carecen de plumas y no son muy comestibles, aun aderezados con ajo.

Poseso, adj. Trastornado por un espíritu maligno, como los cerdos de Gadarene y otros críticos. La posesión demoníaca era antaño más frecuente que ahora. Arasthus nos habla de un campesino que era ocupado por un demonio diferente cada día de la semana, y el domingo por dos. Se los veía a menudo, siempre caminando a su sombra, pero finalmente fueron expulsados por el notario de la aldea, que era un santo varón; cierto es que con ellos desapareció también el campesino, pues se lo llevaron. Un demonio expulsado de una mujer por el Arzobispo de Rheims corrió por las calles, perseguido por un centenar de personas hasta llegar a campo abierto donde dio un brinco más alto que el campanario de una iglesia y escapó convertido en pájaro. Un capellán del ejército de Cromwell exorcisó a un soldado arrojándolo al agua, donde su demonio salió a la superficie. No ocurrió lo mismo, infortunadamente, con el soldado.

Positivismo, s. Filosofía que niega nuestro conocimiento de lo Real y afirma nuestra ignorancia de lo Aparente. Su exponente más largo es Comte; el más ancho, Mill, y el más espeso, Spencer.

Posteridad, s. Tribunal de apelaciones que anula el juicio de los contemporáneos de un autor popular, a iniciativa del más oscuro de sus competidores.

Potable, s. Apto para beber. Se dice que el agua es potable, y algunos llegan a declararla nuestra bebida natural, aunque sólo la encuentren agradable cuando padecen de esa dolencia recurrente llamada sed que se cura con el agua. En todas las épocas y países (salvo los menos civilizados) el hombre ha desplegado el máximo de ingenio en la invención de sustitutos del agua. Sostener que esta aversión general por ella no se basa en el instinto de conservación de la raza, es ser poco científico, y sin la ciencia somos como las culebras y los sapos.

Potro (de tormento).Implemento argumentativo muy usado antaño para inducir a los devotos de un credo falso a que abrazaran la fe viviente. El potro nunca tuvo mucha eficacia como señuelo de infieles y actualmente ha caído en el desprestigio popular.

Preadánico, s. Miembro de una raza experimental y aparentemente insatisfactoria que precedió a la Creación y vivió en condiciones difíciles de concebir. Melsius cree que habitaban el “Vacío” y que estuvieron a mitad de camino entre los peces y las aves. Poco se sabe de ellos salvo que proveyeron a Caín de una esposa y a los teólogos de una controversia.

Precedente, s. En jurisprudencia decisión, regla o práctica previas que en ausencia de una ley definida cobran el vigor y la autoridad que al juez se le ocurra darles, cosa que simplifica grandemente su tarea de hacer lo que le plazca. Como hay precedentes para todo le bastará ignorar los que contrarían su interés y acentuar los que favorecen su deseo. La invención del precedente eleva el proceso del nivel inferior de una ordalía fortuita a la noble condición de un arbitraje caprichoso.

Precio, s. Valor más una suma razonable por el desgaste que sufre la conciencia al exigirlo.

Precipitación, s. Prisa de los torpes.

Predestinación, s. Doctrina de que todo ocurre según un programa. No debe confundirse con la doctrina de la predeterminación que dice que todas las cosas están programadas pero no afirma que ocurran, pues eso está apenas implicado en otras doctrinas de las que ésta deriva. La diferencia es lo bastante grande como para haber inundado a la Cristiandad de tinta y no hablemos de sangre. Si uno distingue perfectamente entre ambas doctrinas y cree con fervor en las dos puede llegar a salvarse, salvo que ocurra lo contrario.

Predeterminación, s. Esta palabra parece fácil de definir, pero cuando pienso que piadosos y eruditos teólogos se han pasado largas vidas explicándola y han escrito bibliotecas enteras para explicar sus explicaciones; cuando recuerdo que la diferencia entre predeterminación y predestinación dividió a las naciones y originó sangrientas batallas; que se han gastado caudales millonarios para probar y refutar su compatibilidad con el libre albedrío y con la eficacia de la oración y de la vida religiosa; cuando contemplo esos hechos atroces en la historia del mundo, me quedo abrumado ante el formidable problema de esta definición, bajo los ojos espirituales temiendo contemplar su portentosa magnitud, me descubro reverentemente, y con toda humildad remito al lector a Su Eminencia el Cardenal Gibbons y su Ilustrísima el obispo Potter.

Predilección, s. Etapa preparatoria del desengaño.

Preexistencia, s. Factor no tenido en cuenta en la creación.

Preferencia, s. Sentimiento o estado de ánimo inducido por la creencia errónea de que una cosa es mejor que otra.

Un filósofo antiguo estaba convencido de que la vida no es mejor que la muerte. Un discípulo le preguntó por qué, entonces, no se suicidaba.

–Porque la muerte no es mejor que la vida –respondió el filósofo– Pero es más larga.

Prehistórico, adj. Perteneciente a un período primitivo y a un museo. Anterior al arte y práctica de perpetuar falsedades.

Prejuicio, s. Opinión vagabunda sin medios visibles de sostén.

Prelado, s. Dignatario eclesiástico dotado de un grado superior de santidad y de un gordo estipendio. Miembro de la aristocracia celestial. Caballero de Dios.

Prerrogativa, s. Derecho de un soberano a obrar mal.

Presagio, s. Señal de que algo ocurrirá si no ocurre nada.

Presbiteriano, s. Alguien convencido de que todas las autoridades de la Iglesia deberían llamarse presbíteros.

Presentable, s. Abominablemente ataviado según la moda del lugar y la época. En Boorioboola Gha un hombre está presentable en ocasiones de gala si lleva el abdomen pintado de azul brillante y usa una cola de vaca; en Nueva York puede, si lo desea, prescindir de la pintura, pero al caer la noche debe llevar dos colas hechas de lana de oveja y teñidas de negro.

Presentación, s. Ceremonia social inventada por el demonio para gratificar a sus siervos y atormentar a sus enemigos. La presentación alcanza su desarrollo más perverso en los Estados Unidos y, de hecho, guarda estrecha relación con nuestro sistema político. Puesto que cualquier norteamericano es igual a otro norteamericano, se deduce que cualquiera tiene el derecho de conocer a cualquiera, lo que implica el derecho a ser presentado sin previa solicitud ni permiso. La Declaración de Independencia debería estar redactada así: “Sostenemos que estas verdades son evidentes de por sí: que todos los hombres son creados iguales; que el Creador lo ha dotado de ciertos derechos inalienables; que entre ellos se cuenta la vida, y el derecho a arruinar la vida de otro rodeándolo de incalculables conocidos; la libertad, y en particular la libertad de presentar unas personas a otras sin averiguar si no se conocen ya como enemigos; y la persecución de la felicidad del prójimo mediante una jauría de desconocidos”.

Presente, s. Parte de la eternidad que separa el dominio del desengaño del reino de la esperanza.

Presidente, s. Cerdo engrasado en los juegos al aire libre de la política norteamericana.

Presidente, s. Figura dominante en un grupito de hombres que son los únicos de los que se sabe con certeza que la inmensa mayoría de sus compatriotas no deseaban que llegaran a la presidencia.

Prevaricador, s. Mentiroso en estado de crisálida.

Primado, s. Cabeza de una Iglesia, especialmente de una Iglesia estatal, sostenida por contribuciones involuntarias. El Primado de Inglaterra es el Arzobispo de Canterbury, amable y anciano caballero que en vida ocupa el Palacio de Lambeth, y en muerte la Abadía de Westminster. Generalmente está muerto.

Prisión, s. Lugar de castigos y recompensas. El poeta nos asegura que: “No los muros de piedra hacen prisiones”, pero una combinación del muro de piedra, el parásito político y el profesor de moral no es el jardín de las delicias.

Privativo, adj. En lenguaje forense dícese de la propiedad individual de tierras, por oposición al condominio. Algunas tribus de indios son ya bastante civilizadas para tener en dominio privativo las tierras que antes poseían como organizaciones tribales y que no podían vender a los blancos por abalorios y whisky de patatas.

Proboscis, s. Organo rudimentario que usa un elefante en lugar del tenedor y el cuchillo que la Evolución sigue negándole. Con fines humorísticos se le llama popularmente trompa.

Procaz, adj. Dícese del lenguaje que usan otros para criticarnos.

Proceso, s. Investigación formal destinada a probar y consignar por escrito el carácter intachable de jueces, abogados y jurados. Para conseguir esto, es necesario proveer un contraste en la persona de alguien a quien se llama defendido, prisionero o acusado. Si el contraste queda establecido con suficiente claridad, esa persona es sometida a un castigo suficiente para dar a los virtuosos caballeros el reconfortante sentimiento de su inmunidad, agregado al de su mérito. En nuestros días, el acusado es generalmente un ser humano, o un socialista, pero en el Medioevo fueron procesados animales, peces, reptiles e insectos. Una bestia que hubiera causado la muerte de un hombre, o practicado la brujería, era debidamente arrestada y procesada, y si resultaba culpable, ejecutada por el verdugo público. Los insectos que devastaban sembrados, huertas o viñedos, eran citados ante un tribunal civil, para declarar por sí o por medio de un abogado, y pronunciados el testimonio, el argumento y la condena, si seguían “in contumaciam”, se llevaba el caso a un alto tribunal eclesiástico, que los excomulgaba y anatematizaba. En una calle de Toledo se arrestó, juzgó y condenó a unos cerdos que perversamente pasaron corriendo entre las piernas del virrey, causándole gran sobresalto. En Nápoles se condenó a un asno a morir en la hoguera, aunque al parecer la sentencia no fue ejecutada. D’Addosio ha extraído de los anales judiciales numerosos procesos contra cerdos, toros, caballos, gallos, perros, cabras, etc., que según se cree contribuyeron grandemente a mejorar la conducta y la moral de esos bichos. En 1451 se inició causa criminal contra las sanguijuelas que infestaban ciertos estanques de Berna, y el obispo de Lausana, aconsejado por la facultad de la Universidad de Heidelberg, ordenó que algunos de esos “gusanos acuáticos” comparecieran ante la magistratura local. Así se hizo, y se intimó a las sanguijuelas, presentes y ausentes, que en plazo de tres días abandonaran los sitios que habían infestado, so pena de “incurrir en la maldición de Dios”. Los voluminosos expedientes de esta causa célebre no dicen si las inculpadas arrostraron ese castigo o si se marcharon en el acto de esa inhóspita jurisdicción.

Profecía, s. Arte y práctica de vender nuestra credibilidad con entrega diferida.

Prójimo, s. Aquél a quien no está ordenado amar como a nosotros mismos, pero que hace todo lo posible para que desobedezcamos.

Propiedad, s. Cualquier cosa material, sin valor particular, que pueda ser defendida por A contra la avidez de B. Todo lo que satisface la fiebre de posesión en unos y la defrauda en los demás. Objeto de la breve rapacidad del hombre, y de su larga indiferencia.

Providencial, adj. Dícese de lo que es notoria e inesperadamente beneficioso para quien lo describe.

Prórroga, s. Suspensión de hostilidades contra un asesino sentenciado, para que el Ejecutivo averigüe si el crimen no fue cometido por el fiscal. Cualquier ruptura en la continuidad de una expectativa desagradable.

Proyectil, s. Ultimo árbitro de las disputas internacionales. Antes esas disputas se resolvían mediante el contacto físico de los contendores, con los sencillos argumentos que podía suministrar la rudimentaria lógica de los tiempos: la espada, la lanza, etc. Con el aumento de la prudencia en los asuntos militares, el proyectil se impuso cada vez más, y ahora es estimadísimo por los más valientes. Su defecto capital es que exige atención personal en el punto de propulsión.

Prueba, s. Evidencia que tiene un matiz más de plausibilidad que de inverosimilitud. Testimonio de dos testigos creíbles, opuesto al de uno solo.

Publicar, v. i. En asuntos literarios, situarse en la base de un cono de críticos.

Puerco, s. Animal (Porcus Omnívorus) estrechamente emparentado con la raza humana por el esplendor y vivacidad de su apetito, que, sin embargo, es menos amplio, pues retrocede frente al cerdo.

Puerto, s. Lugar donde los barcos que escapan a la ira de las tormentas quedan expuestos a la furia de los aduaneros.

Q

Quiromancia, s. Método número 947 (según la clasificación de Mibleshaw) de obtener dinero con engaños. Consiste en “leer el carácter” en las líneas de las manos. El carácter puede realmente leerse de este modo, ya que cada mano exhibida al quiromántico lleva escrita en sus líneas la palabra “tonto”. El engaño consiste en no decirlo en voz alta.

Quórum, s. En un cuerpo deliberativo, número de miembros suficiente para hacer su voluntad. En el Senado norteamericano, se forma quórum con el presidente de la Comisión de Finanzas y un mensajero de la Casa Blanca; en la Cámara de Representantes, bastan el presidente del cuerpo y el demonio.

R

Rabdomante, s. El que con una varita adivinatoria busca metales preciosos en el bolsillo de un tonto.

Racional, adj. Desprovisto de ilusiones, salvo las que nacen de la observación, la experiencia y la reflexión.

Radicalismo, s. El conservadorismo de mañana inyectado en los negocios de hoy.

Rana, s. Reptil de patas comestibles. El primero que las menciona en la literatura profana, es Homero, al relatar la guerra entre las ranas y los ratones. Los escépticos han dudado de que Homero fuese el autor de esa obra, pero el erudito, ingenioso e industrioso doctor Schliemann resolvió para siempre la cuestión al desenterrar los huesos de las ranas muertas. Una de las formas de persuasión moral que se ejercieron sobre el Faraón, a quien le gustaban en “fricassée”, observó, con verdadero estoicismo oriental, que él podía aguantar el flagelo tanto tiempo como las ranas y los judíos; esto obligó a modificar el programa. La rana es una cantante diligente, de buena voz, aunque mal oído. El libreto de su ópera favorita, escrito por Aristófanes, es breve, sencillo y eficaz: brikikixkoax; la música pertenece, al parecer, al eminente compositor Richard Wagner.

Rapacidad, s. Previsión sin industria. Poder ejercido económicamente.

Ratón, s. Animal cuyo camino está sembrado de señoras desmayadas. Así como en Roma los cristianos eran arrojados a los leones, siglos antes, en Otumwee –la más antigua y famosa ciudad del mun do– las mujeres herejes eran arrojadas a los ratones. EI historiador JakakZotp, nico otumwés cuyos escritos han llegado a nosotros, dice que esas mártires enfrentaban la muerte con mucha agitación y poca dignidad. Inclusive pretende (llevado por la malicia del fanatismo) disculpar a los ratones, declarando que las infortunadas mujeres perecían, algunas de fatiga, otras rompiéndose el cuello al caer, y algunas por falta de reconstituyentes. Pero si “la historia romana es nueve décimos de mentira”, no podemos aspirar a una proporción menor de esa figura retórica en los anales de un pueblo capaz de crueldad tan increíble con bellas mujeres; corazón duro habla por lengua mentirosa.

Razonable, adj. Accesible al contagio de nuestras opiniones. Receptivo a la persuasión, la disuasión, la evasiva.

Razonar, v.t. Pesar probabilidades en la balanza del deseo.

Realidad, s. El sueño de un filósofo loco. Lo que queda en el filtro cuando se filtra un fantasma. El núcleo de un vacío.

Realmente, adv. Aparentemente, quizá; posiblemente.

Rebelde, s. El que propone un nuevo desgobierno, sin conseguir implantarlo.

Receta, s. Adivinanza, realizada por el médico, de lo que prolongará mejor la situación con menor daño para el paciente.

Recluta, s. Persona que se distingue de un civil por su uniforme, y de un soldado, por su modo de caminar.

Recordar, v.t. Traer nuevamente a la memoria, con algunos agregados, algo que previamente se ignoraba.

Reconciliación, s. Suspensión de hostilidades. Tregua armada para desenterrar a los muertos.

Reconsiderar, v. t. Buscar una excusa para una decisión ya tomada.

Recreo, s. Clase especial de aburrimiento que alivia una fatiga general.

Rectitud, s. Virtud sólida que solía encontrarse entre los Pantidoodles, habitantes del sector meridional de la península de Oque. Misioneros que volvían de allí hicieron varios tibios intentos por introducirla en Europa, más, al parecer, la expusieron con escasa convicción, como se desprende del único sermón conocido del piadoso obispo Rowley, del que damos un pasaje característico: “Ahora bien, la rectitud consiste no sólo en un santo estado de ánimo, ni siquiera en cumplir los ritos religiosos y obedecer la letra de la ley. No basta ser piadoso y justo; es necesario conseguir que los otros alcancen el mismo estado; y el medio justo para ese fin es la compulsión. Porque así como mi injusticia puede hacer daño a otro, del mismo modo la injusticia de éste puede perjudicar a un tercero, cosa que manifiestamente debo impedir, así como evito mi propio mal. En consecuencia, si quiero ser recto, debo impedir, por la fuerza si es necesario, que el prójimo acometa esas injuriosas empresas de las que yo mismo, gracias a una mejor disposición y a la ayuda del Cielo, me abstengo.”

Recuento de votos, s. En política norteamericana, nuevo tiro de dados que se acuerda al jugador contra quien están cargados.

Redención, s. Exención de castigo que consiguen los pecadores asesinando al Dios contra el que pecaron. La doctrina de la Redención es el misterio fundamental de nuestra santa religión, y quien crea en ella no perecerá, sino que gozará de vida eterna para tratar de comprenderla.

Redundante, adj. Superfluo; innecesario; de trop

Dijo el Sultán: “Hay prueba, y abundante, de que este perro infiel es redundante.” Y el Gran Visir, de faz inexpresiva: “Al menos su cabeza es excesiva”.

Habid Solimán

“El señor Debs es un ciudadano redundante”

Theodore Roosevelt.

(Eugene Debs. líder ferroviario norteamericano, candidato presidencial en 1912, perseguido por Theodore Roosevelt. y encarcelado por Woodrow Wilson).

Referéndum, s. Ley que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública.

Reflexión, s. Proceso mental que nos da una visión más clara del pasado y nos permite eludir peligros que no volveremos a enfrentar.

Refrán, s. Dicho vulgar, proverbio. He aquí algunos ejemplos:

Cuida los centavos, que los pesos se despilfarran solos.

Mejor tarde que antes de ser invitado.

Predicar con el ejemplo es mejor que seguirlo.

No dejes para mañana lo que pueda hacer otro.

El que ríe menos ríe mejor.

Hablando del lobo, termina por enterarse.

De dos males, trata de ser el menor.

Querer es poder decir “No quiero”.

Regazo, s. Uno de los más importantes órganos del cuerpo femenino, admirablemente previsto por la naturaleza para el reposo de la infancia, aunque se usa principalmente en las festividades rurales para sostener platos de pollo frío y cabezas de machos adultos. El macho de nuestra especie tiene un regazo rudimentario, imperfectamente desarrollado y que en modo alguno contribuye a su bienestar sustancial.

Reina, s. Mujer que gobierna el reino cuando hay un rey, y por medio de quien el reino es gobernado cuando no lo hay.

Relicario, s. Receptáculo destinado a recibir objetos sagrados, tales como fragmentos de la verdadera cruz, costillas de santos, las orejas de la burra de Balaam, los pulmones del gallo que incitó a Pedro al arrepentimiento, etcétera. Los relicarios son generalmente de metal y tienen una cerradura para impedir que el contenido se derrame y obre milagros en momentos inoportunos. Cierta vez, una pluma del Angel de la Anunciación escapó mientras se pronunciaba un sermón en la basílica de San Pedro y cosquilleó de tal modo en las narices de la congregación, que todos despertaron y estornudaron tres veces, con gran vehemencia. La “Gesta Sanctorum” refiere que un sacristán de la catedral de Canterbury sorprendió la cabeza de San Dionisio en la biblioteca. Reprendida por el severo custodio, respondió que estaba buscando un cuerpo de doctrina. Este chiste de mal gusto enfureció tanto al diocesano, que el ofensor fue públicamente anatematizado, arrojado a una fosa y reemplazado por otra cabeza de San Dionisio, traída de Roma.

Religión, s. Hija del Temor y la Esperanza, que vive explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible.

–¿Cuál es tu religión, hijo? –preguntó el arzobispo de Reims.

–Perdón, monseñor. –replicó Rochebriant– Me siento avergonzada de ella.

–¿Entonces, por qué no te vuelves ateo?–¡Imposible! El ateísmo me avergonzaría.

–En ese caso, señor, debería usted convertirse al protestantismo.

Realización, s. Muerte del esfuerzo y cuna de la repugnancia.

Reloj, s. Máquina de gran valor moral para el hombre, que mitiga su preocupación por el futuro al recordarle cuánto tiempo le queda.

Rematador, s. Hombre que reafirma con un martillo que acaba de despojar una cartera con la lengua.

Renombre, s. Grado de distinción intermedio entre la notoriedad y la fama, algo más soportable que la primera, y un poco menos intolerable que la segunda. A veces es conferido por una mano inamistosa y desconsiderada.

Renta, s. Patrón de medida natural y racional de la respetabilidad.

Otros criterios comúnmente aceptados son artificiales, arbitrarios y falaces. Porque como ha dicho con justicia Sir Sycophas Chrysolater, “la propiedad (moneda, tierras, casas o mercancías, o todo lo que nos pertenece por derecho para satisfacer nuestras necesidades) así como los honores, títulos, privilegios y posición, o el conocimiento y favor de personas respetables o capaces, no tienen otro uso y funciones reales que el de obtener dinero. Luego, todas las cosas valen en la medida en que favorecen ese objetivo, y sus poseedores deben asumir un rango acorde con tal definición. En consecuencia, ni el propietario de un castillo improductivo –por grande y antiguo que sea–, ni el que ejerce una dignidad honoraria, ni el favorito, sin fortuna, de un rey, son estimados en un mismo nivel con quien acrecienta diariamente su fortuna; y aquellos cuyo patrimonio es estéril no pueden aspirar en justicia a un honor más grande que el de los pobres e indignos”.

Renunciar, v. t. Ceder un honor a cambio de una ventaja. Ceder una ventaja a cambio de otra ventaja mayor.

Reparación, s. Satisfacción que se da por un mal cometido, y que se deduce de la satisfacción experimentada al cometerlo.

Réplica, s. Insulto prudente al contestar. Practicada por señores que tienen una repugnancia innata por la violencia, junto con una fuerte tendencia a ofender. En una guerra de palabras, táctica del indio norteamericano.

Réplica (artística), s. Reproducción de una obra de arte por el artista original. Se la llama así para distinguirla de la “copia”, que está hecha por otro artista. Cuando ambas están ejecutadas con la misma habilidad, la réplica es más valiosa, pues se supone que es más bella de lo que parece.

Reportero, s. Periodista que a fuerza de suposiciones se abre un camino hasta la verdad, y la dispersa en una tempestad de palabras.

Reposar, v.i. Dejar de fastidiar.

Representante, s. Miembro de la Cámara Baja en este mundo, sin esperanza visible de ascenso en el próximo.

Reprobación, s. En teología, condición de un mortal sin suerte condenado antes de nacer. La doctrina de la reprobación fue predicada por Calvino; el regocijo que ella le causaba se veía un poco empañado por su convicción, triste y sincera, de que si bien algunos están predestinados al infierno, otros lo están a la salvación.

República, s. Nación en que, siendo la cosa que gobierna y la cosa gobernada, una misma, sólo hay autoridad consentida para imponer una obediencia optativa. En una república, el orden se funda en la costumbre, cada vez más débil, de obedecer, heredada de nuestros antepasados que cuando eran realmente gobernados se sometían porque no tenían otro remedio. Hay tantas clases de repúblicas como grados entre el despotismo de donde provienen y la anarquía adonde conducen.

República, s. Entidad administrativa manejada por una incalculable multitud de parásitos políticos, lógicamente activos pero fortuitamente eficaces.

Réquiem, s. Misa de difuntos que (según nos aseguran los poetas menores) entona la brisa sobre las tumbas de sus favoritos. A veces, para variar el entretenimiento, les canta una elegía.

Rescate, s. Compra de lo que no pertenece al vendedor, ni puede pertenecer al comprador. Es la más improductiva de las inversiones.

Residente, s. y adj. El que no puede irse.

Respetabilidad, s. Fruto amoroso de una calva y una cuenta bancaria.

Respirador, s. Aparato ajustado sobre la nariz y la boca de un londinense para filtrar el universo visible en su paso hacia los pulmones.

Resplandeciente, adj. Dícese de un sencillo ciudadano norteamericano cuando se atavía como un duque en su logia masónica, o cuando afirma su importancia en el Esquema de las Cosas como unidad elemental de un desfile. Los Caballeros del Dominio estaban tan resplandecientes en sus casacas de oro y terciopelo que sus patrones difícilmente los hubieran reconocido. (“Crónicas de las Clases”).

Responder, v. t. e i. Dar respuesta, o manifestar de otro modo que se tiene conciencia de haber inspirado un interés en lo que Herbert Spencer llama “eternas coexistencias”; fue así como Satán “achatado como un sapo” junto a la oreja de Eva respondió al toque de la lanza del ángel. Responder por daños, es contribuir al sostén del abogado del demandante y, de paso, a la satisfacción del propio demandante.

Responsabilidad, s. Carga desmontable que se traspasa fácilmente a las espaldas de Dios, el Destino, la Fortuna, la Suerte, o el vecino. Los aficionados a la astrología suelen descargarla en una estrella.

Restitución, s. Fundación o sostén de universidades y bibliotecas públicas por medio de legados o donaciones.

Restitutor, s. Benefactor; filántropo.

Resuelto, adj. Dícese de quien sigue obstinadamente una línea de conducta que aprobamos.

Resultado, s. Tipo particular de desengaño. Esa clase de inteligencia que ve en la excepción la prueba de la regla, juzga la sabiduría de un acto por su resultado. Esto es un absurdo inmortal; la sabiduría de un acto debería juzgarse según las luces del autor al cometerlo.

Retaguardia, s. En doctrina militar norteamericana, parte expuesta del ejército que se encuentra más cerca del Congreso.

Revelación, s. Libro famoso en que el divino San Juan ocultó todo lo que sabía. La revelación corre por cuenta de los comentaristas, que no saben nada.

Reverencia, s. Actitud espiritual de un hombre frente a un dios, y de un perro frente a un hombre.

Revolución, s. En política, abrupto cambio en la forma de desgobierno. Específicamente, en historia norteamericana, reemplazo de un Ministerio por una Administración, que permitió que el bienestar y la felicidad del pueblo progresara media pulgada por lo menos. Las revoluciones vienen generalmente acompañadas de una considerable efusión de sangre, pero se estima que valen la pena, sobre todo para aquellos beneficiarios cuya sangre no corrió peligro de ser derramada. La revolución francesa es de indudable valor para el socialista de hoy: cuando tira los hilos que mueven su esqueleto, sus gestos infunden un terror indecible a los sangrientos tiranos sospechados de fomentar la ley y el orden.

Rey, s. Personaje masculino al que suele llamarse en los Estados Unidos “una cabeza coronada”, aunque nunca usa corona y por lo general no tiene cabeza digna de ese nombre.

Rezar, v. i. Pedir que las leyes del universo sean anuladas en beneficio de un solo peticionante, confesadamente indigno.

Rico, adj. Dícese del que tiene en caución, con el compromiso de rendir cuentas, los bienes de indolentes, incapaces, pródigos, envidiosos y desafortunados. Este es el criterio que prevalece en el hampa, donde la Fraternidad del Hombre encuentra su desarrollo más lógico y su defensa más candorosa. Para los habitantes del mundo intermedio, la palabra significa bueno y sabio.

Ridículo, s. y adj. Palabra destinada a probar que la persona a quien se aplica carece de la dignidad de carácter de quien la pronuncia. Según Shaftesbury, el ridículo es la prueba de la verdad: afirmación ridícula, pues muchas solemnes falacias han sobrevivido a siglos de ridículo, sin que disminuyera su aceptación popular.

Rima, s. Concordancia de sonidos en la punta de dos versos, generalmente malos y aburridos.

Rimador, s. Poeta considerado con indiferencia o falta de estima.

R.I.P. Abreviatura distraída de “requiescat in pace”, con que se testimonia una indolente buena voluntad hacia los muertos. Según el erudito doctor Drigge, originariamente significaba “reductus in pulveris”, o reducido a polvo.

Riqueza, s. Don del Cielo que significa: “Este es mi hijo bien amado, en quien he puesto toda mi complacencia” (John D. Rockefeller). Recompensa del esfuerzo y la virtud (J.P.Morgan). Los ahorros de muchos en las manos de uno (Eugene Debs). El inspirado lexicógrafo lamenta no poder agregar nada de valor a estas excelentes definiciones.

Risa, s. Convulsión interna, que produce una distorsión de los rasgos faciales y se acompaña de ruidos inarticulados. Es infecciosa y, aunque intermitente, incurable. La tendencia a los ataques de risa es una de las características que distinguen al hombre de los animales, que se muestran no sólo inaccesibles a la provocación de su ejemplo, sino inmunes a los microbios que originariamente provocaron la enfermedad. Si la risa puede contagiarse a los animales mediante inoculación a partir de un ser humano, es un problema que no ha sido resuelto experimentalmente. El doctor Meire Witchell sostiene que el carácter infeccioso de la risa se debe a la instantánea fermentación de la saliva pulverizada, y por lo tanto designa a esta dolencia con el nombre de “Convulsio spargens”.

Rito, s. Ceremonia religiosa o semirreligiosa establecida por la ley, el precepto o la costumbre, de la que se ha estrujado meticulosamente el aceite esencial de la sinceridad.

Ritualismo, s. Jardín de Dios donde Él puede caminar en rectilínea libertad, con tal de no pisar el pasto.

Ron, s. Bebida ardiente que produce locura en los abstemios.

Rostrum, s. En latín, pico de un ave o proa de un barco. En norteamericano, tribuna desde donde un candidato expone a la turba su sabiduría, virtud y poder.

Ruido, s. Olor nauseabundo en el oído. Música no domesticada. Principal producto y testimonio probatorio de la civilización.

Rumor, s. Arma favorita de los asesinos de reputaciones.

Ruso, s. Persona de cuerpo caucásico y alma mongólica. Emético tártaro.

S

Sabbath, s. Sábado para los judíos, domingo para los cristianos. Fiesta semanal que tiene su origen en el hecho de que Dios hizo el mundo en seis días y fue detenido el séptimo. Entre los judíos, la observancia de la festividad estaba ordenada por un Mandamiento cuya versión cristiana es: “Recuerda, al séptimo día, hacer que tu prójimo lo respete plenamente”. Al Creador le pareció apropiado que el Sabbath fuera el último día de la semana, pero los primitivos Padres de la Iglesia opinaban de otro modo.

Sabiduría, s. Tipo de ignorancia que distingue al estudioso.

Saciedad, s. Ese sentimiento, señora, que uno experimentaba por el plato después de tragar su contenido.

Sacerdotalista, s. El que cree que un clérigo es un sacerdote. El rechazo de esta importantísima doctrina es el desafío más audaz que han lanzado los NeoDiccionaristas al rostro de la Iglesia Episcopólica.

Sagrado, adj. Dedicado a un propósito religioso; provisto de un carácter divino; capaz de inspirar pensamientos y emociones solemnes. Por ejemplo: el Dalai Lama del Tibet; el Moogum de M’bwango; el Templo de los Monos en Ceilán; la Vaca en la India; el Cocodrilo, el Gato y la Cebolla del antiguo Egipto; el Mufti de Moosh; el pelo del perro que mordió a Noé, etc.

Sacramento, s. Solemne ceremonia religiosa a la que se atribuyen diversos grados de eficacia y significación. Roma tiene siete sacramentos, pero las iglesias protestantes, menos prósperas, sólo pueden permitirse dos, y de inferior santidad. Algunas sectas menores no tienen sacramentos en absoluto: ahorro vil que indudablemente las llevará a la perdición.

Salacidad, s. Cualidad literaria de frecuente observación en las novelas populares, especialmente las escritas por mujeres y muchachas, que le dan otro nombre y piensan que están ocupando un campo descuidado de las letras y recolectando una cosecha desdeñada. Si tienen la desgracia de vivir el tiempo suficiente, las atormenta el deseo de quemar sus gavillas.

Salamandra, s. Originariamente, reptil que habitaba el fuego; después, inmortal antropomorfo, igualmente pirófilo. Se cree que las salamandras se han extinguido; la última de que tenemos noticias fue vista en Carcasonne por el padre de Belloc, quien la exorcisó con un balde de agua bendita.

Salsa, s. Unico signo infalible de civilización y progreso. Pueblo sin salsas, tiene mil vicios; pueblo de una sola salsa, tiene novecientos noventa y nueve. A salsa inventada y aceptada, corresponde vicio renunciado y perdonado.

Santo, s. Pecador fallecido, revisado y editado. La Duquesa de Orléans refiere que aquel viejo e irreverente calumniador, el mariscal de Villeroi, que en su juventud había conocido a San Francisco de Sales, dijo al oír que lo consideraban un santo: “Estoy encantado de enterarme de que Monsieur de Sales era un Santo. Le gustaba decir groserías y solía trampear a los naipes. Por lo demás, era un perfecto caballero, aunque un tonto”.

Saquear, v.t. Tomar la propiedad de otro sin observar las reticencias decentes y acostumbradas del robo. Efectuar un cambio de propiedad con la cándida concomitancia de una banda militar. Apoderarse de los bienes de A y B, mientras C lamenta la oportunidad perdida.

Sarcófago, s. Entre los griegos, ataúd, que, estando hecho de cierta clase de piedra carnívora, tenía la singular propiedad de devorar el cadáver colocado en su interior. El sarcófago conocido por los modernos exequiógrafos es, generalmente, un producto del arte del carpintero.

Sartén, s. Instrumento de tortura usado en esa institución punitiva por excelencia, la cocina femenina. La sartén fue inventada por Calvino, quien la usó para freír a los bebés que morían sin bautizar. Observando un día el horrible tormento de un vagabundo que incautamente sacó de la basura un bebé frito y lo devoró, el gran teólogo quiso despojar a la muerte de sus terrores, introduciendo la sartén en cada hogar de Ginebra. De ahí se extendió a todos los rincones del mundo y ha sido de invalorable utilidad para la propagación de la sombría fe calvinista.

El obispo Potter insinúa que la utilidad de la sartén no se limita a este mundo y que se la emplea igualmente en el infierno.

Satanás, s. Uno de los lamentables errores del Creador. Habiendo recibido la categoría de arcángel, Satanás se volvió muy desagradable y fue finalmente expulsado del Paraíso. A mitad de camino en su caída, se detuvo, reflexionó un instante y volvió.

–Quiero pedir un favor –dijo.

–¿Cuál? –Tengo entendido que el hombre está por ser creado. Necesitará leyes.

–Qué dices miserable! Tú, su enemigo señalado, destinado a odiar su alma desde el alba de la eternidad, ¿tú pretendes hacer sus leyes? –Perdón; lo único que pido, es que las haga él mismo.

Y así se ordenó.

Sátira, s. Especie de composición literaria en que los vicios y locuras de los enemigos del autor son expuestos sin demasiada ternura. En los Estados Unidos, la sátira ha tenido siempre una existencia enfermiza e incierta, porque su esencia es el ingenio del que estamos penosamente desprovistos; el humor que tomamos por sátira es, como todo humor, tolerante y simpático. Además, aunque los norteamericanos han sido dotados por su Creador de abundantes vicios y locuras, suelen ignorar que se trata de cualidades reprochables. De ahí que el autor satírico sea considerado un villano amargado y que los gritos de cualquiera de sus víctimas, pidiendo defensores, obtengan el apoyo nacional.

Sátiro, s. Uno de los pocos personajes de la mitología griega cuya existencia reconoce la mitología hebrea (Levítico, xvii,7). En un comienzo, el sátiro era un miembro de una comunidad disoluta que rendía un tibio vasallaje a Dionisio, y que luego pasó por muchas transformaciones y perfeccionamientos. Suele confundírsele con el fauno, invención romana, más tardía y docente, que se parecía menos a un hombre y más a un chivo.

Secretario de Redacción, s. Persona que reúne las funciones judiciales de Minos, Eaco y Radamanto, pero es aplacable con un óbolo; censor severamente virtuoso, pero tan caritativo en el fondo que tolera las virtudes ajenas y los vicios propios; que lanza a su alrededor los desgarradores relámpagos y los vigorosos truenos de la reprimenda, hasta parecerse a un paquete de petardos atado a la cola de un perro; que seguidamente murmura un dulce canto melodioso, suave como el arrullo de un asno que entona su plegaria a la estrella vespertina. Maestro de misterios y señor de leyes, encumbrado en el trono del pensamiento, el rostro iluminado por los oscuros resplandores de la Transfiguración, con las piernas entrelazadas y los carrillos inflados, el secretario de redacción derrama su voluntad sobre el papel y lo corta en trozos de la extensión requerida. Y a intervalos, tras el velo del templo, se oye la voz del jefe de taller, que reclama ocho centímetros de ingenio y quince centímetros de meditación religiosa, o le ordena cortar el chorro de la sabiduría y batir un poco de “interés humano”.

Seguro, s. Ingenioso juego de azar que permite al jugador la confortable convicción de que está derrotando al que tiene la banca.

Agente de seguros.–Mi estimado señor, esa es una bella casa.

Permítame que la asegure.

Propietario de la casa.–Con placer. Pero le ruego fijar una prima anual tan baja que, llegado el momento en que, según las tablas de su actuario, será probablemente destruida por el fuego, yo le haya pagado mucho menos del valor de la póliza.

Agente.–¡Oh, no! No podemos permitirnos eso, debemos fijar la prima de modo que usted haya pagado más.

Propietario.–Eso es lo que “yo” no puedo permitirme.

Agente.–Pero observe que su casa puede quemarse en cualquier momento. Ahí tiene la casa de Smith, por ejemplo, que…

Propietario.–Ahórreme eso. Yo podría citarle, en cambio, la casa de Jones, la de Robinson, que…

Agente.–¡Ahórreme “usted” eso! Propietario.–Entendámonos. Usted pretende que yo le pague dinero sobre la hipótesis de que algo ocurrirá antes del momento en que usted mismo calcula que ocurrirá. En otras palabras, usted me pide que apueste a que mi casa no durará tanto como probablemente durará, según usted.

Agente.–Pero si su casa se quema sin seguro, será una pérdida total.

Propietario.–Perdón. Según las tablas de su actuario lo probable es que cuando se queme yo haya ahorrado, en concepto de primas que no le pago, una suma mayor que el valor de la póliza. Pero supongamos que se queme, sin seguro, antes de lo que ustedes prevén. Yo no puedo soportar esa pérdida. ¿Pero cómo la soportan ustedes, en caso de que esté asegurada? Agente.–Ah, nos desquitamos a través de transacciones más afortunadas con otros clientes. Virtualmente, son ellos los que pagan su pérdida.

Propietario.–Y virtualmente, entonces, soy yo el que contribuyo a pagar las pérdidas de ellos. ¿Acaso las casas de los demás no se pue den quemar antes de que las primas cubran el valor de la póliza? La cosa es así: ¿ustedes pretenden sacar de sus clientes más dinero del que les pagan, verdad? Agente.–Por supuesto. Si no fuera así…

Propietario.–…yo no les entregaría mi dinero. Bien, pero si resulta “indudable”, que la clientela global pierde dinero, también es “probable” que un cliente individual lo pierda. Son estas probabilidades individuales las que hacen la certeza del conjunto.

Agente. — No lo negaré, pero observe las cifras de este folle…

Propietario. –¡Dios no permita! Agente.–Usted habló de ahorrar las primas que debería pagarme.

¿Pero no es más probable que las despilfarre? Nosotros le ofrecemos un incentivo al ahorro.

Propietario.–La disposición de A de hacerse cargo del dinero de B no es exclusivo de los seguros, pero ustedes, como institución caritativa, merecen estima. Dígnese aceptar ese reconocimiento de un Meritorio Objeto.

Sello, s. Marca impresa en ciertos documentos para atestiguar su autenticidad y autoridad. A veces se estampa sobre cera y se agrega al papel, a veces sobre el papel mismo. El sellado, en este sentido, es una supervivencia de la antigua costumbre de inscribir papeles importantes con palabras o signos cabalísticos, para darles una eficacia mágica, independiente de la autoridad que representan. En el Museo Británico se conservan muchos papeles antiguos, en su mayoría de carácter sacerdotal, validados por pentagramas necrománticos y otros artificios tales como las iniciales de palabras usadas en conjuros; y en muchos casos, se estampaban del mismo modo en que se estampan actualmente los sellos. Como así todas las costumbres, ritos y observancias modernos, de apariencia irracional e insensata, tienen su origen en alguna remota utilidad, resulta grato señalar un ejemplo de insensatez antigua que con el tiempo llegó a convertirse en algo útil. Nuestra palabra “sincero” deriva de “sine cero”, sin cera, pero los doctos no se ponen de acuerdo sobre si esto se refiere a la ausencia de signos cabalísticos, o a la ausencia de la cera con que antaño se ocultaba el contenido de las cartas a la curiosidad pública. Cualquiera de estas dos opiniones servirá a quien tenga necesidad inmediata de una hipótesis. Las iniciales L.S., que suelen agregarse a las firmas de documentos legales, significan “locum sigilis”, el lugar del sello, aunque el sello ya no se use, y éste es un considerable ejemplo del conservatismo que distingue al Hombre de las bestias.

Senado, s. Cuerpo de ancianos que cumple altas funciones y fechorías.

Sepulcro, s. Lugar en que se coloca a los muertos hasta que llegue el estudiante de medicina.

Sicofante, s. El que se acerca a la Grandeza de bruces para que no le ordenen dar media vuelta y recibir un puntapié. A veces es un secretario de redacción.

Silfo, s. Ser inmaterial pero visible que habitaba el aire cuando el aire era un elemento y no estaba fatalmente contaminado por el humo de las fábricas, las emanaciones de las alcantarillas y otros productos de la civilización. Los silfos estaban emparentados con los gnomos, las ninfas y las salamandras que vivían, respectivamente, en la tierra, el agua y el fuego, elementos hoy insalubres. Los silfos, como los pájaros del aire, eran machos y hembras, sin finalidad aparente ya que si tenían progenie debieron anidar en lugares inaccesibles, puesto que nadie jamás ha visto los pichones.

Silogismo, s. Fórmula lógica (ver Lógica) que consiste en una premisa mayor, una premisa menor y una inconsecuencia.

Símbolo, s. Algo cuya presunta función es tipificar o representar otra cosa. Muchos símbolos son meras “supervivencias”, cosas que no teniendo ya utilidad siguen existiendo porque hemos heredado la tendencia a fabricarlas: como las urnas funerarias talladas en los monumentos recordatorios. Antaño eran urnas verdaderas que contenían las cenizas de los muertos. No podemos dejar de hacerlas, pero podemos darles un nombre que disimule nuestra impotencia.

Sirena, s. Uno de varios prodigios musicales célebres por su vana tentativa de disuadir a Odiseo de una vida oceánica. Figurativamente, dama de espléndida promesa, aviesa intención y frustrante rendimiento.

Slang, s. Jerga norteamericana. Gruñido del cerdo humano (Pignoramus intolerabilis). Lenguaje del que pronuncia con la lengua lo que piensa con el oído y siente el orgullo de un creador al realizar la proeza de un loro.

Sobre, s. Ataúd de un documento; vaina de una factura; cáscara de un giro; camisón de una carta de amor.

Sofisma, s. Método de discusión de un adversario, que se distingue del nuestro por una hipocresía y necedad claramente superiores. Lo usaron los últimos sofistas, secta griega de filósofos que comenzaron por enseñar la sabiduría, la prudencia, la ciencia, el arte, y en suma todo lo que deben saber los hombres, pero se extraviaron en un laberinto de retruécanos y en una bruma de palabras.

Soga, s. Instrumento que va cayendo en desuso, para recordar a los asesinos que ellos también son mortales. Se coloca alrededor del cuello y acompaña al usuario hasta el fin de sus días. En muchos sitios ha sido reemplazada por un artefacto eléctrico, más complejo, que se aplica a otra parte del cuerpo; pero este sistema, a su vez, está siendo rápidamente sustituido por un aparato llamado “sermón”.

Solo, adj. En mala compañíaSu (de ella), adj. pos. Su (de él).

Suficiente, adv. Todo lo que hay en el mundo, siempre que a usted le guste.

Sufragio, s. Expresión de la opinión por el voto. El derecho de sufragio (que se considera también un privilegio y un deber) significa, tal como se interpreta comúnmente, el derecho a votar por el hombre que ha elegido otro hombre, y es altamente apreciado. La negativa a ejercerlo lleva el feo nombre de “incivismo”. El incivil, sin embargo, no puede ser procesado por su crimen, porque no hay acusador legítimo. Si el acusador es en sí mismo culpable carece de peso en el tribunal de la opinión; si no lo es, se beneficia con el crimen, ya que la abstención electoral de A confiere mayor peso al voto de B. Por sufragio femenino se entiende el derecho de una mujer a votar como le indica un hombre. Se funda en la responsabilidad femenina, que es algo limitada. La mujer más ansiosa por salir de sus faldas para asegurar sus derechos es la primera en volver a ellas cuando se le amenaza con una tunda por usar mal de esos derechos.

Superar, v.t. Hacerse de un enemigo.

T

T, vigésima letra del alfabeto, llamada absurdamente por los griegos “tau”. En el alfabeto de donde procede el nuestro, tenía la forma del tosco tirabuzón de la época, y cuando se tenía sola (cosa que los fenicios no siempre podían hacer) significaba Tallegal, que el erudito doctor Brownig traduce por “trabapies”.

Tacaño, adj. El que indebidamente quiere conservar lo que muchas personas meritorias aspiran a obtener.

Tarifa, s. Escala de impuestos a las importaciones destinada a proteger al productor local contra la avidez de sus consumidores.

Tecnicismo, s. En un tribunal inglés, un hombre llamado Home, que acusaba a un vecino de asesinato, fue procesado por calumnias. Sus palabras exactas fueron: “Sir Thomas Holt tomó un hacha y golpeó a su cocinero en la cabeza, de modo que una parte de la cabeza cayó sobre un hombro, y la otra parte sobre el otro hombro”. Home fue absuelto, a indicación del tribunal; los doctos jueces declararon que sus palabras no constituían una acusación de asesinato, ya que no afirmaban la muerte del cocinero, y que esta era una simple inferencia.

Tedio, s. Ennui, estado o condición en que uno está aburrido. Se han sugerido muchas fantasiosas etimologías de la palabra, pero el sabio Padre Jape dice que deriva de una fuente muy obvia, las primeras palabras del viejo himno latino The Deum Laudamus. En esta derivación aparentemente natural hay algo que entristece.

Teléfono, s. Invención del demonio que suprime algunas de las ventajas de mantener a distancia a una persona desagradable.

Telescopio, s. Artefacto que tiene con el ojo una relación similar a la que tiene el teléfono con el oído, permitiendo que objetos distantes nos mortifiquen con multitud de detalles inútiles. Afortunadamente carece de una campanilla que nos llame al sacrificio.

Temerario, adj. Insensible al valor de nuestros consejos.

Tenacidad, s. Cierta cualidad de la mano del hombre en su relación con la moneda corriente. Alcanza su mayor desarrollo en las manos de la autoridad, y se considera un equipo útil para hacer carrera en política.

Tenedor, s. Instrumento usado principalmente para llevarse animales muertos a la boca. Antes se empleaba para ese fin el cuchillo, y muchas personas dignas siguen prefiriéndolo al tenedor, que no rechazan del todo, sino que usan para ayudar a cargar el cuchillo. Que estas personas no sufran una muerte atroz y fulminante, es una de las pruebas más notables de la misericordia de Dios con aquellos que lo odian.

Teosofía, s. Antigua fe que posee toda la certidumbre de la religión y todo el misterio de la ciencia: El moderno teósofo sostiene, con los budistas, que vivimos incalculable número de veces en esta tierra, en otros tantos cuerpos, porque una vida sola no basta para completar nuestro desarrollo espiritual, o sea para volvernos tan buenos y sabios como desearíamos. Ser absolutamente bueno y sabio, ésa es la perfección; y la penetrante visión del teósofo le ha permitido observar que todo lo que desea mejorar, eventualmente alcanza la perfección. Observadores menos competentes pretenden exceptuar a los gatos, que nunca parecen mejores ni más inteligentes que el año pasado. La más grande y gorda de las teósofas recientes fue Madame Blavatsky, que no tenía gato.

Tiempo, s. El clima de una hora. Permanente tema de conversación entre personas a quienes no interesa, pero que han heredado la tendencia a charlar sobre él, de antepasados desnudos y arbóreos a quienes les interesaba vivamente. El establecimiento de oficinas meteorológicas oficiales y su persistencia en la mendacidad demuestran que aun los gobiernos pueden ser persuadidos por los rudos antepasados de la jungla.

Tierra, s. Parte de la superficie del globo, considerada como propiedad. La teoría de que la tierra es un bien sujeto a propiedad privada constituye el fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a sus consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho de impedir que otros vivan, puesto que el derecho a poseer implica el derecho a ocupar con exclusividad, y en realidad siempre que se reconoce la propiedad de la tierra se dictan leyes contra los intrusos. Se deduce que si toda la superficie del planeta es poseída por A, B y C, no habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o para que sobrevivan si han nacido como intrusos.

Tinta, s. Innoble compuesto de tanogalato de hierro, goma arábiga y agua, que se usa principalmente para facilitar la propagación de la idiotez y promover el crimen intelectual. Las cualidades de la tinta son peculiares y contradictorias: puede emplearse para hacer reputaciones y para deshacerlas; blanquearlas y ennegrecerlas; pero su aplicación más común y aceptada es a modo de cemento para unir las piedras en el edificio de la fama, y de agua de cal para esconder la miserable calidad del material. Hay personas, llamadas periodistas, que han inventado baños de tinta, en los que algunos pagan para entrar, y otros pagan por salir. Con frecuencia ocurre que el que ha pagado para entrar, paga el doble con tal de salir.

Tipografía, s. Pestilentes trozos de metal, sospechosos de destruir la civilización y el progreso, a pesar de su evidente papel en este diccionario incomparable.

Tomar, v. i. Adquirir, frecuentemente por la fuerza, pero preferiblemente por la astucia.

Tonto, s. Persona que satura el dominio de la especulación intelectual y se difunde por los canales de la actividad moral. Es omnífico, omniforme, omniperceptivo, omnisciente, omnipotente. Fue él quien inventó las letras, la imprenta, el ferrocarril, el vapor, el telégrafo, la perogrullada y el circulo de las ciencias. Creó el patriotismo y enseñó la guerra a las naciones, fundó la teología, la filosofía, el derecho, la medicina y Chicago. Estableció el gobierno monárquico y el republicano. Viene de la eternidad pasada y se prolonga hasta la eternidad futura. Con todo lo que el alba de la creación contempló, tontea él ahora. En la mañana de los tiempos, cantaba en las colinas primitivas, y en el mediodía de la existencia, encabezó la procesión del ser. Su mano de abuela esta cálidamente cobijada en el sol puesto de la civilización, y en la penumbra prepara el nocturno plato del Hombre, moralidad de leche, y abre la cama del sepulcro universal. Y después que todos nos hayamos retirado a la noche del eterno olvido, él se sentará y escribirá una historia de la civilización humana.

Trabajo, s. Uno de los procesos por los que A adquiere bienes para B.

Trabar amistad, v. i. Fabricar un ingrato.

Tregua, s. Amistad.

Trigo, s. Cereal del que puede extraerse un whisky tolerable, y que se usa también para hacer pan. Los franceses tienen el mayor consumo de pan per capita, lo que es natural, porque sólo ellos hacen un pan que se puede tragar.

Trinidad, s. En el teísmo múltiple de ciertas iglesias cristianas, tres divinidades completamente distintas, compatibles con una sola.

Las divinidades inferiores de la fe politeísta, tales como demonios y ángeles, carecen de esta facultad combinatoria, y deben procurarse individualmente su adoración y sacrificios a que son acreedoras. La Trinidad es uno de los más sublimas misterios de nuestra santa religión.

Al rechazarla por incomprensible, los Unitarios demuestran no aceptar los fundamentos de la teología. En religión, creemos solamente aquello que no comprendemos, salvo en el caso de una doctrina ininteligible que se contradice con otra incomprensible. Siendo así, creemos en la primera como parte de la segunda.

Triquinosis, s. Réplica del cerdo a la porcofagia.

Moisés Mendelssohn cayó enfermo y mandó llamar a un médico cristiano, quien rápidamente diagnosticó la dolencia del filósofo como triquinosis, aunque con sumo tacto le dio otro nombre.

–Usted necesita un inmediato cambio de régimen –le dijo– Debe comer seis onzas de cerdo día por medio.

–¿Cerdo? –aulló el paciente– ¡Jamás! ¡Ni tocarlo! –¿Lo dice en serio? –preguntó gravemente el medico.

–¡Lo juro! –Bien. Entonces trataré de curarlo.

Troglodita, s. Específicamente habitante de las cavernas de la era paleolítica, después del Arbol y antes del Departamento. Una famosa comunidad de trogloditas vivió con David en la Cueva de Adullam.

Estaba formada por “todos los que padecían desgracia, y todos los endeudados, y todos los descontentos”; en resumen, por todos los socialistas de Judea.

Tsétsé, mosca, s. Insecto africano (Glossina morsitans) cuya mordedura es considerada el remedio más eficaz contra el insomnio, aunque algunos pacientes prefieren ser mordidos por un novelista norteamericano (Mendax interminabilis).

Tumba, s. Pabellón de la Indiferencia. Actualmente el consenso general inviste a las tumbas de cierta santidad, pero cuando han estado ocupadas mucho tiempo, no se considera pecado abrirlas y saquearlas; el famoso egiptólogo doctor Huggyns explica que una tumba puede ser inocentemente “visitada” cuando su ocupante ha terminado de oler, pues eso significa que ha exhalado toda su alma. Esta razonable opinión es unánimemente aceptada por los arqueólogos y ha dignificado considerablemente la noble ciencia de la Curiosidad.

Tumulto, s. Entretenimiento popular ofrecido a los militares por espectadores inocentes.

Turba, s. En una república, aquellos que ejercen una suprema autoridad morigerada por elecciones fraudulentas. La turba es como el sagrado Simurg, de la fábula árabe: omnipotente, a condición de que no haga nada.

U

Ubicuidad, s. Don o poder de estar en todas partes en un momento dado, aunque no en todas partes en todos los momentos, ya que esto es omnipresencia, atributo que sólo pertenece a Dios y al éter luminífero. La Iglesia medieval no percibió claramente esta distinción entre ubicuidad y omnipresencia, y a raíz de eso corrió mucha sangre. Ciertos luteranos, que afirmaban la presencia del cuerpo de Cristo en todas partes fueron llamados Ubicuitarios. Este error los condenó doblemente, puesto que el cuerpo de Cristo sólo está presente en la eucaristía, aunque este sacramento puede administrarse simultáneamente en muchos lugares. En épocas recientes, la ubicuidad no ha sido siempre bien comprendida, ni siquiera por Sir Boyle Roach, quien sustenta que un hombre no puede estar al mismo tiempo en dos lugares, salvo que sea un pájaro.

Ultimátum, s. En diplomacia, exigencia final antes de acudir a las concesiones. Habiendo recibido un ultimátum de Austria, el gabinete turco se reunió para considerarlo.

–¡Oh! Siervo del Profeta –dijo el Sheik del Imperial Shibuk al Mamush del Invencible Ejército–, ¿cuántos inconquistables soldados tenemos bajo las armas? Sostenedor de la Fe –repuso el dignatario tras consultar sus apuntes–, ¡son tantos como las hojas del bosque! –¿Y cuantos impenetrable bajeles infunden terror en el corazón de los cerdos cristianos?–preguntó el Sheik al Imán de la Siempre Victoriosa Marina.

–¡Oh, Tío de la Luna Llena –fue la respuesta–, dígnate saber que son como las olas del océano, las arenas del desierto y las estrellas del firmamento! Durante ocho horas la ancha frente del Sheik del Imperial Shibuk permaneció arrugada en signo de profunda meditación: estaba calculando las chances de la guerra. Al fin: –¡Hijos de los ángeles –exclamó–, la suerte está echada! Sugeriré al Ulema del Imperial Oído que aconseje la inacción. En nombre de Alá, se levanta la sesión.

Una vez, adv. Suficiente.

Unción, s. Aceitamiento o engrasamiento. El rito de la extremaunción consiste en tocar con aceite consagrado por un obispo, varias partes del cuerpo de alguien en trance de morir. Marbury relata que después de aplicar este sacramento a cierto pérfido noble inglés, se descubrió que el óleo no había sido apropiadamente consagrado, y que no podía conseguirse otro. Enterado de esto, el enfermo exclamó con ira:–¡Siendo así, maldito si me muero!–Hijo mío –respondió el sacerdote–, eso es lo que tememos.

Ungir, v. i. Engrasar a un rey u otro gran funcionario que ya de por sí es bastante resbaloso. Los soberanos son ungidos por los sacerdotes del mismo modo que se engrasa bien a los cerdos para conducir al populacho.

Unitario, s. El que niega el dios de los Trinitarios.

Universalista, s. El que renuncia a las ventajas del Infierno en favor de los creyentes de otra religión.

Urbanidad, s. La forma más aceptable de la hipocresía. Especie de cortesía que los observadores urbanos atribuyen a los habitantes de todas las ciudades, menos Nueva York. Su expresión más común consiste en la frase “usted perdone”; no es incompatible con el desprecio de los derechos ajenos.

Urraca, s. Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar.

Uso, s. Primer persona de la Trinidad literaria, la Segunda y la Tercera son la Costumbre y la Convención. Un escritor industrioso, imbuido de un saludable respeto por esta Santa Triada, puede producir libros que perduren tanto como la moda.

V

Valor, s. Virtud castrense en que se mezclan la vanidad, el deber y la esperanza del tahur.

–¿Por qué se ha detenido? –rugió en la batalla de Chickamauga el comandante de una división, que había ordenado una carga– Avance en el acto, señor.

–Mi general –respondió el comandante de la brigada sorprendido en falta–. Estoy seguro de que cualquier nueva muestra de valor por parte de mis tropas las pondrá en contacto con el enemigo.

Vanidad, s. Tributo que rinde un tonto al mérito del asno más cercano.

Valla, s. En el arte militar, basura colocada delante de un fuerte para impedir que la basura de afuera moleste a la basura de adentro.

Vampiro, s. Demonio que tiene la censurable costumbre de devorar los muertos. Su existencia ha sido disputada por polemistas más interesados en privar al mundo de creencias reconfortantes que de reemplazarlas por otras mejores. En 1640 el padre Sechi vio un vampiro en un cementerio próximo a Florencia y lo espantó con el signo de la cruz. Lo describe dotado de muchas cabezas y de un número extraordinario de piernas, y no dice que lo vio en más de un lugar al mismo tiempo. El buen hombre venía de cenar y explica que si no hubiera estado “pesado de comida”, habría atrapado al demonio contra todo riesgo. Atholston relata que unos robustos campesinos de Sudbury capturaron un vampiro en un cementerio y lo arrojaron en un bebedero de caballos. (Parece creer que un criminal tan distinguido debió ser echado a un tanque de agua de rosas). El agua se convirtió instantáneamente en sangre “y así continúa hasta el día de hoy”, escribe Atholston. Más tarde el bebedero fue drenado por medio de una zanja. A comienzos del siglo XIV un vampiro fue acorralado en la cripta de la catedral de Amiens y la población entera rodeó el lugar. Veinte hombres armados con un sacerdote a la cabeza, llevando un crucifijo, entraron y capturaron al vampiro que, pensando escapar mediante una estratagema, había asumido el aspecto de un conocido ciudadano, lo que no impidió que lo ahorcaran y descuartizaran en medio de abominables orgías populares. El ciudadano cuya forma había asumido el demonio quedó tan afectado por el siniestro episodio, que no volvió a aparecer en Amiens, y su destino sigue siendo un misterio.

Venganza, s. Roca natural sobre la que se alza el Templo de la Ley.

Veraz, adj. Tonto e iletrado.

Verdad, s. Ingeniosa mixtura de lo que es deseable y lo que es aparente. El descubrimiento de la verdad es el único propósito de la filosofía, que es la más antigua ocupación de la mente humana y tiene buenas perspectivas de seguir existiendo, cada vez, más activa, hasta el fin de los tiempos.

Verdugo, s. Funcionario de la ley que cumple tareas de la mayor dignidad e importancia y padece un desprestigio hereditario ante un populacho de antepasados criminales. En algunos estados norteamericanos, como New Jersey, sus funciones son desempeñadas ahora por un electricista; primer caso registrado por este autor en que alguien pone en duda las ventajas de ahorcar a los habitantes de New Jersey.

Verso blanco, s. Pentámetro yámbico sin rima; el verso inglés más difícil de escribir pasablemente y, en consecuencia, el que prefieren los que no pueden escribir pasablemente nada.

Vida, s. Especie de salmuera espiritual que preserva al cuerpo de la descomposición. Vivimos en diario temor de perderla; cuando se pierde, sin embargo, no se la echa de menos. La pregunta “¿Vale la pena vivir?” ha sido muy debatida, en particular por los que opinan que no; algunos de ellos escribieron extensos tratados en apoyo de esa idea y, gracias a un minucioso cuidado de su salud, disfrutaron durante muchos años los honores de una exitosa controversia.

Vidente, s. Persona, por lo general mujer, que tiene la facultad de ver lo que resulta invisible para su cliente: o sea, que es un tonto.

Viejo, adj. Estado de uso que no se contradice con una incapacidad general, v.gr. “hombre viejo”. Desacreditado por el paso del tiempo y ofensivo para el gusto popular, v.gr. “libro viejo”.

Virtudes, s. p. i. Ciertas abstenciones.

Vituperio, s. Sátira, tal como es entendida por los necios y por todos los que tienen trabado el ingenio.

Viuda, s. Figura patética a quien el consenso del mundo cristiano toma en broma, aunque la ternura de Cristo por las viudas fue uno de los rasgos más marcados de su carácter.

Voto, s. Instrumento y símbolo de la facultad del hombre libre de hacer de si mismo un tonto y de su país una ruina.

W

Wall Street, s. Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo.

Washingtoniano, s. Tribeño del Potomac que cambió las ventajas de un buen gobierno para el privilegio de gobernarse a sí mismo. Para hacerle justicia, debe recordarse que lo hizo sin querer.

Whhangdepootennawah, s. En el dialecto Ojibwa, desastre; aflicción inesperada que golpea sin fuerza.

Y

Yanqui, s. En Europa, un norteamericano. En los Estados norteños, habitante de Nueva Inglaterra. En los estados sureños, la palabra es desconocida en su forma principal, aunque no en su variante ¡fuera yanqui! Yugo, s. Implemento, mi estimada señora, a cuyo nombre latino, jugum, debemos una de las palabras más esclarecedoras de nuestro idioma: la palabra que define con precisión, ingenio y perspicacia la situación matrimonial.

Z

Zanzibarita, s. Habitante del Sultanato de Zanzíbar, frente a la costa oriental de Africa. Los zanzibaritas, pueblo guerrero, son conocidos en los Estados Unidos por un amenazante incidente diplomático que ocurrió hace unos años. El cónsul norteamericano en la capital ocupaba una casa con frente al mar, del que estaba separado por una playa de arena. Con gran escándalo de su familia, y a pesar de las repetidas advertencias del propio cónsul, la gente de la ciudad insistía en usar la playa para bañarse. Un día una mujer llegó al borde del agua, y estaba agachada quitándose la ropa (un par de sandalias), cuando el cónsul, sin poder ya dominar su irritación, descargó una perdigonada contra la parte más conspicua de la intrusa. Infortunadamente para la entente cordiale que existía entre dos grandes naciones, la bañista era la Sultana.

Zenit, s. Punto del firmamento situado directamente sobre un hombre parado o un repollo que crece. No se considera que un hombre en cama o un repollo en la cacerola tengan zenit, aunque sobre este punto hubo antaño graves controversias entre los eruditos, pues algunos sostenían que la postura del cuerpo carecía de importancia. Estos se llamaron Horizontalistas, mientras que sus rivales fueron los Verticalistas. La herejía Horizontalista fue finalmente aniquilada por Xanobus, rey filósofo de Abara y Verticalista ferviente. Irrumpiendo en una asamblea de filósofos que debatían la cuestión, arrojó una cabeza cortada a los pies de sus oponentes y les pidió que determinaran su zenit, explicando que el cuerpo colgaba afuera, colgado de los talones. Observando que se trataba de la cabeza de su jefe, los Horizontalistas se apresuraron a declararse convertidos al credo que pluguiera a la Corona, y el Horizontalismo ocupó su lugar entre las “fides defuncti”.

Zoología, s. Ciencia e historia del reino animal, incluyendo a su reina, la Mosca Doméstica (Musca Maledicta). Se concede universalmente que el padre de la Zoología fue Aristóteles; el nombre de la madre, en cambio, no ha llegado hasta nosotros. Dos de los exponentes más ilustres de esta ciencia han sido Buffon y Oliver Goldsmith y ambos nos dicen que la vaca doméstica cambia de cuernos cada dos años.

Zeus, s. Rey de los dioses griegos, adorado por los romanos como Júpiter, y por los norteamericanos como Dios, Oro, Plebe y Perro. Algunos exploradores que han tocado las playas de América, entre ellos uno que pretende haberse internado una considerable distancia, piensan que esos cuatro nombres representan a cuatro divinidades separadas, pero en su inmortal obra sobre Creencias Supérstites, Frumpp insiste en que los nativos son monoteístas, y que ninguno tiene otro dios que sí mismo, a quien adora bajo muchos nombres sagrados.

fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/dicdia03.htm

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(libro) La quiebra del capitalismo global: 2000-2030

Crisis multidimensional, caos sistémico, ruina ecológica y guerras por los recursos. Preparándose para el inicio del colapso de la Civilización Industrial.

Por Ramón Fernandez Durán

El “mundo de 2007” se ha acabado, ya no existe como tal, ni volverá jamás. Es un “mundo” que se está deshaciendo poco a poco ante nuestros ojos, pero sin darnos cuenta. Estamos en un punto de inflexión histórica. Una bifurcación de enorme trascendencia de la que todavía no somos conscientes. O tan sólo mínimamente.

Índice
I.- El inicio del fin de la energía fósil: una ruptura histórica total
1. Introducción
2. Un ejercicio de política-ficción, pero con mucha dosis de realidad
3. La Crisis del actual Capitalismo Global empieza ya en torno al 2000
4. Pico del Petróleo y consecuencias de la nueva Era del declive energético
5. Incapacidad física de cerrar las fauces del cocodrilo (oferta y demanda energética)
6. Imposibilidad tecnológica de “ensanchar los límites” ecológicos planetarios
7. Crisis Energética, Cambio Climático y Colapso Ecológico: un triángulo diabólico
8. Quiebra de la reproducción social y crisis de los cuidados, los grandes olvidados
9. Entre “Salvar el Planeta” del nuevo Capitalismo Verde y el Business as Usual
10. Crisis sistémica, explosión y desequilibrios demográficos y guerra por los recursos
11. 30 años perdidos y “Un Mundo Lleno” con reducidas opciones de futuros posibles
12. Derrumbe financiero-corporativo, ruptura de la globalización y quiebra geopolítica
13. ¿Hacia Nuevos Capitalismos de Estado Regionales Planetarios, luchando entre sí?
14. Nuevo orden geopolítico, guerras por los recursos, caos sistémico y quiebra de Estados
15. Inicio del Largo Declive de la Civilización Industrial, peligros y potencialidades
16. Los “Dioses” de la Modernidad en crisis, pero todavía no terminal
17. Los nuevos mitos de la Postmodernidad, apoyados por la Sociedad de la Imagen
18. ¿Sobrevivirá la Aldea Global y el Ciberespacio a la Quiebra del Capitalismo Global?
19. Fin a la expansión del “Yo” en las nuevas Sociedades de Masas multiculturales
20. 2010-2030: De la generación del 68 a la generación “más preparada de la historia”
21. Caminando sin hoja de ruta hacia el 2030, pero mirando también por el retrovisor
22. Catástrofe, crisis del discurso dominante y oportunidad de transformación
23. La urgencia de cambiar y ampliar nuestras estrategias de intervención socio-política
24. Una relación conflictiva y compleja con el Estado y la Metrópoli
25. Guerra y Patriarcado, problemas de especie a resolver para subsistir humanamente
26. Bibliografía
II.- El final de la escapada (2000-2010): la incapacidad de sortear la crisis global y ecológica (próximamente)
III.- El imposible futuro del sistema urbano-agro-industrial mundial y sus consecuencias (próximamente)
IV.- Aventurando los próximos veinte años de descomposición del capitalismo global (próximamente)
– 2010-2020: Declive energético, fin del crecimiento, derrumbe financiero y ruptura de la globalización
– 2020-2030: Un capitalismo no global en fuerte crisis y balcanizado
V.- Más allá de 2030: entrando de la mejor forma posible en la era del colapso de la Sociedad Industrial (próximamente)
I- El inicio del fin de la energía fósil: una bifurcación histórica total

1.- Introducción

El “mundo de 2007” se ha acabado, ya no existe como tal, ni volverá jamás. Es un “mundo” que se está deshaciendo poco a poco ante nuestros ojos, pero sin darnos cuenta. Estamos en un punto de inflexión histórica. Una bifurcación de enorme trascendencia de la que todavía no somos conscientes. O tan sólo mínimamente. Se están produciendo ya profundas mutaciones económicas, geopolíticas y culturales, muchas de ellas de carácter todavía subterráneo, que irrumpirán con fuerza en la superficie en las próximas dos décadas, pero que aún permanecen ocultas, sobre todo para los que no las quieren ver.

La gran mayoría de las sociedades del mundo, condicionadas por los mensajes que les transmiten sus estructuras de poder y la Aldea Global, pero las fuerzas que las van a sacar bruscamente a la luz y las van a intensificar aún más se están fraguando rápida e intensamente en la trastienda, pues no se han mostrado todavía tampoco de forma abierta, o tan sólo en parte, para los que las quieran ver también. Y esas fuerzas no son otras que el progresivo agotamiento de los combustibles fósiles o el principio del fin de la era de la energía barata, al menos en un primer momento, pero también los límites ecológicos planetarios al despliegue “sin fin” del actual Capitalismo Global y la Civilización Industrial.

Límites tanto de inputs (agotamiento de recursos) como de outputs (saturación y alteración de los sumideros) planetarios, lo que está implicando una catástrofe ecológica sin precedentes en la Historia de la Humanidad, que se va sumando cada día con más fuerza a los desequilibrios internos en ascenso, económicos y sociopolíticos, que genera el despliegue (y las crisis) de las fuerzas capital a escala mundial. Sin embargo, van a ser los límites ecológicos, en concreto el agotamiento de recursos, y muy especialmente de combustibles fósiles, los que sin duda van a poner fin a esta carrera desenfrenada.

Y no las contradicciones internas que induce el actual modelo, como hasta ahora pensaban algunos. O eso parece. Incluso aunque el capitalismo global haya ido gestando una estructura social mundial que simula que no pertenece a la misma especie, el homo sapiens, pues las diferencias entre sus miembros son tan acusadas que parece como si correspondieran a individuos de especies distintas. Es decir, la división salvaje que ha creado entre centros y periferias, propietarios y no propietarios, y especialmente entre rentistas, asalariados, trabajadores por cuenta propia y excluidos totales.

Durante el periodo excepcional entre el derrumbe del “Imperio Oriental del Socialismo Real” (1989-91) y la crisis de Wall Street (2007-2008), pareció que el “Imperio Occidental” se consolidaba y ampliaba su alcance a escala mundial definitivamente, inaugurándose una especie de Vacaciones de la Historia, en presente continuo. Un sistema industrial más ágil, flexible, consumista, “democrático” y glamuroso era capaz de imponerse y engullir a otro más torpe, burocratizado, con escasez de bienes y servicios, fuertemente represivo y sobre todo gris.

El Fin de la Historia, lo denominó Fukuyama (1992), para caracterizar el triunfo planetario del Capitalismo Global de corte liberal-occidental. Pero todo fue un espejismo temporal propiciado por más de veinte años de energía barata, es más, muy barata, el periodo de coste energético más bajo de la Historia, como resultado de la caída espectacular de los precios de petróleo desde los ochenta (Fdez Durán, 2008); lo que también propició la incorporación clave de la China “comunista” al nuevo Capitalismo Global, reforzando su mundialización.

Es más, sin la incorporación de la nueva Fábrica del Mundo (y todas las periferias del Sur Global), y su inmensa, barata y superexplotada fuerza de trabajo, así como sus abundantes recursos de todo tipo, el nuevo Capitalismo Global no hubiera sido factible. Y tampoco sin la nueva y cuantiosa mano de obra inmigrante barata que se trasladó a los países centrales desde la Periferia, y a otros centros emergentes del Sur Global. Todo ello permitió también destruir el poder obrero en los espacios centrales, junto con la conquista del alma propiciada por la Sociedad de Consumo y la Aldea Global.

Sin embargo, la crisis financiera mundial con epicentro en Wall Street, vino a mostrarnos que todo era más bien un simulacro pasajero, por su consistencia evanescente, aunque eso sí con tremendos impactos reales, como veremos. En este sentido, podemos decir que la crisis de Wall Street está siendo para el Capitalismo Global lo que la Caída del Muro de Berlín fue para el Socialismo Real.

La chispa que ha activado una dinámica de crisis global multidimensional y creciente y dispar desmoronamiento societario, que se venía incubando ya desde hacía años. Podríamos decir que, como poco, desde el inicio del nuevo milenio, en torno al 2000. En cualquier caso, como apuntaremos, la quiebra del Capitalismo Global y el consiguiente colapso progresivo de la Civilización Industrial no será un proceso repentino, tipo Hollywood, sino que será un lento proceso, con altibajos, pero también con importantes rupturas, que se ha iniciado ya y es imparable (Greer, 2008).

fuente: http://www.ecologistasenaccion.org/IMG/pdf/el_inicio_del_fin_de_la_energia_fosil.pdf

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(libro) El placer de la revolución

Capítulo 1: Cosas de la vida

Por Ken Knabb

“Sólo podemos comprender este mundo cuestionándolo como un todo… La raíz de la ausencia de imaginación dominante no puede entenderse a menos que seamos capaces de imaginar lo que falta, esto es, lo desaparecido, oculto, prohibido, y ya posible en la vida moderna.” Internacional Situacionista (1)

Utopía o quiebra

Nunca se ha dado en la historia un contraste tan deslumbrante entre lo que podría ser y lo que se da realmente.

Basta hoy examinar todos los problemas del mundo — la mayoría de los cuales son bien conocidos, y meditar sobre ellos no tiene normalmente otro efecto que hacernos menos sensibles a su realidad. Pero aunque seamos “lo bastante estoicos para soportar las desgracias de los demás,” a la larga el deterioro social presente nos afecta a todos. Quienes no padecen la represión física directa aún tienen que soportar las represiones mentales impuestas por un mundo cada vez más mediocre, estresante, ignorante y feo. Quienes escapan de la pobreza económica no pueden escapar del empobrecimiento general de la vida.

Ni siquiera a este nivel mezquino puede ya continuar la vida. La destrucción del planeta por el desarrollo mundial del capitalismo nos ha llevado a un punto en que la humanidad puede extinguirse en pocas décadas.

Y sin embargo este mismo desarrollo ha hecho posible abolir el sistema de jerarquía y explotación basado previamente en la escasez material e inaugurar una forma nueva y genuinamente liberada de sociedad.

Saltando de un desastre a otro en su camino a la demencia colectiva y el apocalipsis ecológico, este sistema ha desarrollado un impulso que está fuera de control, incluso para sus supuestos dueños. Cuanto más nos aproximamos a un mundo en el que no somos capaces de abandonar nuestros ghettos fortificados sin vigilantes armados, ni salir a la calle sin aplicarnos protección solar para no coger un cáncer de piel, es más difícil tomar en serio a quienes nos aconsejan mendigar unas cuantas reformas.

Lo que hace falta, creo, es una revolución democrática-participativa mundial que aboliría tanto el capitalismo como el estado. Admito que es mucho pedir, pero me temo que no bastará con ninguna solución de menor alcance para llegar a la raíz de nuestros problemas. Puede parecer absurdo hablar de revolución, pero todas las alternativas asumen la continuación del actual sistema, que es aún más absurdo.

“Comunismo” estalinista y “socialismo” reformista son simples variantes del capitalismo

Antes de entrar en lo que esta revolución debe suponer y responder a algunas objeciones típicas, hay que subrayar que no tiene nada que ver con los estereotipos repugnantes que evoca normalmente la palabra (terrorismo, venganza, golpes de estado, líderes manipuladores que predican el autosacrificio, militantes zombies entonando slogans políticamente correctos). Particularmente no debería confundirse con los dos fracasos principales del cambio social moderno, “comunismo” estalinista y “socialismo” reformista.

Después de décadas en el poder, primero en Rusia y después en muchos otros lugares, ha llegado a ser obvio que el estalinismo es el opuesto total de una sociedad liberada. El origen de este fenómeno grotesco es menos obvio. Trotskistas y otros han tratado de distinguir el estalinismo del antiguo bolchevismo de Lenin y Trotsky. Es verdad que existen diferencias, pero son más de grado que de tipo. El Estado y la Revolución de Lenin, por ejemplo, presenta una crítica más coherente del estado que la que puede encontrarse en la mayoría de los escritos anarquistas; el problema es que los aspectos radicales del pensamiento de Lenin acabaron disfrazando la actual práctica autoritaria bolchevique. Situándose al lado de las masas que afirmaba representar, y con una jerarquía interna correspondiente entre los militantes del partido y sus líderes, el partido bolchevique ya se encaminaba a la creación de las condiciones para el desarrollo del estalinismo cuando Lenin y Trotsky tenían todavía firmemente el control.(2)

Pero debemos tener claro lo que falló si queremos hacerlo mejor. Si socialismo significa plena participación de la gente en las decisiones sociales que afectan a sus propias vidas, no ha existido ni en los regímenes estalinistas del Este ni en los estados del bienestar del Oeste. El reciente colapso del estalinismo no es ni una vindicación del capitalismo ni una prueba del fracaso del “comunismo marxista.” Cualquiera que se haya molestado en leer a Marx (la mayor parte de sus elocuentes críticos obviamente no) sabe que el leninismo representa una severa distorsión del pensamiento marxista y que el estalinismo es su parodia total. Tampoco la propiedad estatal tiene nada que ver con el comunismo en su auténtico sentido de propiedad común, comunal; es simplemente un tipo diferente de capitalismo en el que la propiedad de la burocracia de estado reemplaza a (o se combina con) la propiedad privada corporativa.

Desde hace tiempo el espectáculo de la oposición entre estas dos variedades de capitalismo oculta su reforzamiento mutuo. Los conflictos serios se limitan entre ellas a batallas por delegación en el Tercer Mundo (Vietnam, Angola, Afganistan, etc.). Ninguna de las partes lleva a cabo un intento real de golpear al enemigo en su mismo corazón. (El Partido Comunista Francés saboteó la revuelta de mayo del 68; los poderes occidentales, que han intervenido masivamente en lugares donde no se lo habían pedido, rechazó enviar ni siquiera las pocas armas antitanques que necesitaban desesperadamente los insurgentes húngaros de 1956.) Guy Debord señaló en 1967 que el capitalismo de estado estalinista se había revelado ya simplemente como un “pariente pobre” del clásico capitalismo occidental, y que su caída estaba empezando a privar a los dominadores del Oeste de la pseudo-oposición que los reforzaba aparentando representar la única alternativa a su sistema. “La burguesía está en el trance de perder el adversario que objetivamente la apoyaba aportando una unificación ilusoria de toda la oposición al orden existente.” (La sociedad del espectáculo, §§110-111).

Aunque los líderes del Oeste fingieron dar la bienvenida al reciente colapso estalinista como una victoria natural de su propio sistema, ninguno de ellos lo había visto venir y no tienen obviamente idea de qué hacer con los problemas que esto plantea excepto sacar partido de la situación antes de que se desmorone. Las corporaciones multinacionales monopolísticas que proclaman el “comercio libre” como una panacea son muy conscientes de que el capitalismo de libre mercado habría reventado hace tiempo por sus propias contradicciones si no hubiera sido salvado a pesar de sí mismo mediante unas cuantas reformas seudosocialistas estilo New Deal.

Puede que aquellas reformas (servicios públicos, seguridad social, jornada de ocho horas, etc.) hayan mejorado algunos de los defectos más notorios del sistema, pero no para llevarlo más allá. En años recientes ni siquiera lo han mantenido con sus aceleradas crisis. Las mejoras más significativas se consiguieron en todos los casos sólo mediante largas y con frecuencia violentas luchas populares que finalmente forzaron a los burócratas: los partidos de izquierdas y los sindicatos que pretendían dirigir aquellas luchas funcionaban en primer lugar como válvulas de escape, cooptando las tendencias 4radicales y engrasando los engranajes de la máquina social.

Como los situacionistas han mostrado, la burocratización de los movimientos radicales, que degradó a la gente al nivel de simples seguidores constantemente “traicionados” por sus líderes, está ligada a la espectacularización creciente de la sociedad capitalista moderna, que ha reducido a las personas a la condición de simples espectadores de un mundo sobre el que no tienen control — un desarrollo que ha llegado a ser cada vez más notorio, aunque normalmente no se entiende de modo suficiente.

Tomadas en conjunto, todas estas consideraciones apuntan a la conclusión de que sólo puede crearse una sociedad liberada mediante la participación activa de la gente como un todo, no mediante organizaciones jerárquicas que actúan supuestamente en su beneficio. No se trata de elegir a los líderes más honestos o “responsables”, sino de evitar conceder un poder independiente a cualquier líder sea el que sea. Individuos o grupos pueden iniciar acciones radicales, pero una porción sustancial y rápidamente extendida de la población debe tomar parte si un movimiento pretende conducir a una sociedad nueva y no ser simplemente un golpe de estado que instale nuevos dominadores.

Democracia representativa versus democracia delegativa

No repetiré todas las clásicas críticas socialistas y anarquistas del capitalismo y el estado. Son ampliamente conocidas, o al menos ampliamente accesibles. Pero para acabar con algunas de las confusiones de la retórica política tradicional puede ser útil resumir los tipos básicos de organización social. En atención a la claridad, comenzaré examinando separadamente aspectos “políticos” y “económicos”, aunque están obviamente interrelacionados. Es tan fútil tratar de igualar las condiciones económicas de la gente mediante una burocracia de estado como lo es intentar democratizar la sociedad mientras el poder del dinero permite a una minúscula minoría controlar las instituciones que determinan la conciencia de la realidad social de la gente. Puesto que el sistema funciona como un todo sólo puede ser cambiado fundamentalmente como un todo.

Comenzando con el aspecto político, podemos distinguir de forma aproximativa cinco grados de “gobierno”:

1) Libertad sin restricción
2) Democracia directa
a) consenso
b) dominio de la mayoría
3) Democracia delegativa
4) Democracia representativa
5) Dictadura abierta de una minoría

La sociedad actual oscila entre 4) y 5), es decir entre el dominio abierto de la minoría y el dominio encubierto de la minoría camuflado por una fachada de democracia simbólica. Una sociedad liberada debe eliminar 4) y 5) y reducir progresivamente la necesidad de 2) y 3).

Discutiré más tarde los dos tipos de 2). Pero la distinción crucial está entre 3) y 4).

En la democracia representativa la gente abdica de su poder en beneficio de candidatos elegidos. Los principios proclamados por los candidatos se limitan a unas cuantas generalidades vagas, y una vez que han sido elegidos hay poco control sobre sus decisiones reales acerca de cientos de problemas — aparte de la débil amenaza de cambiar el voto, unos años más tarde, a cualquier rival político igualmente incontrolable. Los representantes dependen de los ricos mediante sobornos y aportaciones a la campaña; están subordinados a los propietarios de los medios de comunicación, que deciden qué temas consiguen publicidad; y son casi tan ignorantes y débiles como el público general en lo que respecta a muchos asuntos importantes que están determinados por burócratas y agencias secretas independientes. Los dictadores abiertos son a veces derrocados, pero los verdaderos dominadores en los regímenes “democráticos”, la pequeña minoría que posee o controla virtualmente todo, nunca ganan ni pierden el voto. La mayoría de la gente no sabe siquiera quiénes son.

En la democracia delegativa, los delegados son elegidos para propósitos determinados con muy específicas limitaciones. Pueden actuar estrictamente bajo mandato (encargados de votar de una cierta manera en un cierto asunto) o el mandato puede dejarse abierto (los delegados son libres de votar como mejor crean) reservándose la gente que los ha elegido el derecho a confirmar o rechazar cualquier decisión así tomada. Generalmente los delegados son elegidos para períodos muy cortos y están sujetos a revocación en todo momento.

En el contexto de las luchas radicales, las asambleas de delegados se han llamado normalmente “consejos.” La forma del consejo fue inventada por los trabajadores en huelga durante la revolución rusa de 1905 (soviet es la palabra rusa que significa consejo). Cuando los soviets reaparecieron en 1917, fueron sucesivamente apoyados, manipulados, dominados y cooptados por los bolcheviques, que pronto consiguieron transformarlos en parodias de sí mismos: sellos de caucho del “Estado Soviético” (el último soviet independiente que sobrevivió, el de los marineros de Kronstadt, fue aplastado en 1921).

No obstante los consejos han continuado para reaparecer espontáneamente en los momentos más radicales de la historia subsiguiente, en Alemania, Italia, España, Hungría y otros lugares, porque representan la solución obvia a la necesidad de una forma práctica de autoorganización popular no jerárquica. Y continúan recibiendo la oposición de todas las organizaciones jerárquicas, porque amenazan el dominio de las élites especializadas señalando la posibilidad de una sociedad de la autogestión generalizada: no la autogestión de unos cuantos detalles del sistema presente, sino la autogestión extendida a todas las regiones del globo y a todos los aspectos de la vida.

Pero como señalamos arriba, la cuestión de las formas democráticas no puede ser separada de su contexto económico.

Irracionalidades del capitalismo

La organización económica puede estudiarse desde la perspectiva del trabajo:

1) Totalmente voluntario
2) Cooperativo (autogestión colectiva)
3) Forzado y explotador
a) abiertamente (trabajo de los esclavos)
b) disfrazado (trabajo asalariado)

Y desde la perspectiva de la distribución:

1) Verdadero comunismo (accesibilidad totalmente libre)
2) Verdadero socialismo (propiedad y regulación colectivas)
3) Capitalismo (propiedad privada o estatal)

Aunque es posible regalar los bienes y servicios producidos por el trabajo asalariado, o aquellos producidos por el trabajo voluntario o cooperativo para convertirse en mercancías para el mercado, la mayor parte de estos niveles de trabajo y distribución tienden a corresponderse unos con otros. La sociedad actual es predominantemente 3): producción y consumo forzados de mercancías. Una sociedad liberada debe eliminar 3) y reducir 2) tan pronto como sea posible en favor de 1).

El capitalismo se basa en la producción de mercancías (producción de bienes para conseguir beneficios) y el trabajo asalariado (la propia fuerza del trabajo se compra y se vende como una mercancía). Como apuntaba Marx, hay menos diferencia entre el trabajador esclavo y el “libre” de lo que parece. Los esclavos, aunque no parecen percibir nada a cambio, son provistos de los medios de su supervivencia y reproducción, por los que los trabajadores (que se convierten en esclavos temporales en sus horas de trabajo) están obligados a pagar la mayor parte de su salario. El que algunos trabajos sean menos desagradables que otros, y que los trabajadores tengan el derecho nominal a cambiar de trabajo, emprender su propio comercio, comprar stocks o ganar a la lotería, encubren el hecho de que la inmensa mayoría de la gente está colectivamente esclavizada.

¿Cómo hemos llegado a esta absurda situación? Si retrocedemos lo suficiente, encontramos que en algún momento la gente fue desposeída por la fuerza: expulsada de la tierra y además privada de los medios para producir los bienes necesarios para la vida. (Los famosos capítulos sobre la “acumulación primitiva” de El Capital describen vívidamente este proceso en Inglaterra.) En la medida en que la gente acepta esta desposesión como legítima, están obligados a un trato desigual con los “propietarios” (los que les han robado, o quienes han conseguido después títulos de “propiedad” de los ladrones originales) en el que intercambian su trabajo por una fracción de lo que realmente producen, siendo retenida la plusvalía por los propietarios. Esta plusvalía (capital) puede entonces reinvertirse para generar continuamente mayores plusvalías de la misma forma.

A efectos de distribución, una fuente pública de agua potable es un ejemplo simple de verdadero comunismo (accesibilidad ilimitada). Una biblioteca pública es un ejemplo de verdadero socialismo (accesibilidad libre pero regulada).

En una sociedad racional, la accesibilidad debería depender de la abundancia. Durante una sequía, el agua debe ser racionada. A la inversa, una vez que las bibliotecas estuviesen enteramente puestas on-line podrían llegar a ser totalmente comunistas: todos podrían tener acceso libre al instante a cualquier número de textos sin necesidad de fichar ni devolverlos, de seguridad contra ladrones, etc.

Pero esta relación racional está impedida por la persistencia de los intereses económicos separados. Por tomar el último ejemplo, pronto será técnicamente posible crear una “biblioteca” mundial en la que todos los libros escritos, todas las películas realizadas y todas las interpretaciones musicales grabadas podrían ponerse on-line, potencialmente accesibles a cualquiera, para recibir libremente y obtener copias (sin necesidad ya de tiendas, comercios, propaganda, empaquetado, transporte, etc.). Pero como esto eliminaría los beneficios actuales en la publicación, grabación y comercio de películas, se invierte mucha más energía confeccionando complicados métodos para prevenir o cobrar las copias (mientras otros dedican la energía correspondiente ideando maneras de soslayar tales métodos) que en desarrollar una tecnología que podría beneficiar potencialmente a todos.

Uno de los méritos de Marx fue el de superar las oquedades de los discursos políticos basados en principios abstractos filosóficos o éticos (“naturaleza humana” tal y cual, todo el mundo tiene un “derecho natural” a esto o aquello) mostrando cómo las posibilidades sociales y la conciencia social están limitadas y configuradas en alto grado por las condiciones materiales. La libertad en abstracto significa poco si casi todo el mundo tiene que trabajar todo el tiempo simplemente para asegurar su supervivencia. No es realista esperar que la gente sea generosa y cooperativa cuando apenas hay suficiente para todos (dejando de lado las condiciones drásticamente diferentes en que el “comunismo primitivo” floreció). Pero un excedente lo bastante grande abre posibilidades más amplias. La esperanza de Marx y otros revolucionarios de su tiempo estaba basada en el hecho de que los potenciales tecnológicos desarrollados por la revolución industrial aportaban finalmente bases materiales adecuadas para una sociedad sin clases. Ya no era cuestión de afirmar que las cosas “debían” ser diferentes, sino de indicar qué podría ser diferente; la dominación de clase no sólo es injusta, es ahora innecesaria.

¿Fue realmente necesaria siquiera en otros tiempos? ¿Acertaba Marx al ver el desarrollo del capitalismo y el estado como etapas inevitables, o podría ser posible una sociedad liberada sin este desvío penoso? Afortunadamente, ya no es preciso ocuparse de esta cuestión. Cualesquiera fuesen las posibilidades en el pasado, las condiciones materiales presentes son más que suficientes para sostener una sociedad global sin clases.

El más serio retroceso del capitalismo no es su injusticia cuantitativa — el mero hecho de que la riqueza esté desigualmente distribuida, de que los trabajadores no perciban el “valor” completo de su trabajo. El problema es que este margen de explotación (incluso si es relativamente pequeño) hace posible la acumulación privada del capital, que finalmente reorienta todo hacia sus propios fines, dominando y deformando todos los aspectos de la vida.

Cuanta más alienación produce el sistema, más energía social debe ser desviada sólo para mantenerlo en marcha — más publicidad para vender mercancías superfluas, más ideologías para tener a la gente embaucada, más espectáculos para tenerla pacificada, más policía y más prisiones para reprimir el crimen y la rebelión, más armas para competir con los estados rivales — todo lo cual produce más frustraciones y antagonismos, que deben ser reprimidos con más espectáculos, más prisiones, etc. Mientras este círculo vicioso continúe, las necesidades humanas reales serán sólo incidentalmente satisfechas, o ni siquiera lo serán en absoluto, al tiempo que casi todo trabajo se canaliza hacia proyectos absurdos, redundantes o destructivos que no sirven a otro propósito que mantener el sistema.

Si este sistema fuera abolido y los potenciales tecnológicos modernos fueran transformados y redirigidos apropiadamente, el trabajo necesario para cubrir las necesidades humanas se reduciría a un nivel tan trivial que podría ser fácil realizarlo voluntaria y cooperativamente, sin requerir incentivos económicos o el reforzamiento del estado.

No es difícil concebir la idea de una superación del poder jerárquico evidente. La autogestión puede verse como el cumplimiento de la libertad y la democracia que son los valores oficiales de las sociedades occidentales. A pesar del condicionamiento sumiso de la gente, cualquiera ha tenido momentos en que rechazaba la dominación y comenzaba a hablar o a actuar por sí mismo.

Es mucho más difícil de concebir la idea de una superación del sistema económico. La dominación del capital es más sutil y autoreguladora. Las cuestiones de trabajo, producción, bienes, servicios, intercambio y coordinación en el mundo moderno parecen tan complicadas que la se acepta mayoritariamente la necesidad del dinero como mediación universal, encontrando difícil imaginar cualquier cambio más allá de la distribución de éste de un modo más equitativo.

Por esta razón pospondré la discusión en extenso de los aspectos económicos hasta más tarde, cuando sea posible entrar en ello más en detalle.

Revueltas modernas ejemplares

¿Es verosímil tal revolución? Las posibilidades están probablemente en contra. El principal problema es que no hay mucho tiempo. En épocas anteriores era posible imaginar que, a pesar de todas las locuras y desastres de la humanidad, podríamos salir del paso y quizás aprender finalmente de los errores del pasado. Pero ahora que las políticas sociales y los desarrollos tecnológicos tienen ramificaciones ecológicas globales irrevocables, no basta con seguir un método de ensayo y error. Tenemos sólo unas décadas para cambiar las cosas. Y como el tiempo pasa, la empresa se hace más difícil: el hecho de que los problemas sociales básicos apenas son encarados, y mucho menos resueltos, fortalece cada vez más la desesperación y las tendencias delirantes a la guerra, el fascismo, el antagonismo étnico, el fanatismo religioso y otras formas de irracionalidad colectiva, desviando lo que podría potencialmente actuar en favor de una nueva sociedad en acciones de contención meramente defensiva y en última instancia fútiles.

Pero la mayoría de las revoluciones han ido precedidas de períodos en que todos se burlaban de la idea de que las cosas pudiesen cambiar. A pesar de muchas tendencias desalentadoras en el mundo, hay también algunos signos alentadores, el no menor de los cuales es el extendido desencanto con respecto a las falsas alternativas previas. Muchas revueltas populares de este siglo se han movido ya espontáneamente en la dirección correcta. No me refiero a las revoluciones “exitosas”, que son fraudes sin excepción, sino a esfuerzos menos conocidos, más radicales. Algunos de los ejemplos más notables son Rusia 1905, Alemania 1918-19, Italia 1920, Asturias 1934, España 1936-37, Hungría 1956, Francia 1968, Checoslovaquia 1968, Portugal 1974-75 y Polonia 1980-81; muchos otros movimientos, desde la revolución mejicana de 1910 hasta la reciente lucha anti-apartheid en Sudafrica, contuvieron también momentos ejemplares de experimentación popular antes de que fueran puestos bajo control burocrático.

Nadie que no haya analizado cuidadosamente estos movimientos está en disposición de rechazar las expectativas de revolución. Ignorarlas por su “fracaso” es no entender lo más importante.(3)

La revolución moderna es todo o nada: las revueltas individuales están condenadas a fracasar hasta que estalle una reacción internacional en cadena que se extienda más lejos de lo que la represión pueda abarcar. No es sorprendente que estas revueltas no fuesen más allá; lo que es estimulante es que fuesen tan lejos como lo hicieron. Un nuevo movimiento revolucionario tomará indudablemente formas nuevas e impredictibles; pero estos esfuerzos anteriores siguen llenos de ejemplos de lo que puede hacerse, tanto como de lo que no debe hacerse.

Algunas objeciones comunes

Se dice con frecuencia que una sociedad sin estado funcionaría si todos fuéramos ángeles, pero debido a la perversidad de la naturaleza humana es necesaria alguna jerarquía para mantener a la gente a raya. Más cierto sería decir que si todos fuéramos ángeles el sistema presente podría funcionar tolerablemente bien (los burócratas actuarían honestamente, los capitalistas se abstendrían de empresas socialmente dañinas aunque fuesen provechosas). Es precisamente porque las personas no son ángeles por lo que es necesario eliminar el sistema que permite a algunas de ellas llegar a ser diablos muy eficientes. Mete a cien personas en una pequeña habitación con un sólo agujero de ventilación y se pelearán unos con otros hasta la muerte por alcanzarlo. Déjalos salir y puede que manifiesten una naturaleza diferente. Como decía un graffiti de mayo de 1968, “El hombre no es ni el noble salvaje de Rousseau ni el pecador depravado de la Iglesia. Es violento cuando está oprimido, tierno cuando es libre.”

Otros sostienen que, cualesquiera que sean las causas profundas, la gente está ahora tan fastidiada que necesita ser curada psicológica o espiritualmente antes de que pueda concebir crear una sociedad liberada. En sus últimos años Wilhelm Reich sentía que una “plaga emocional “ estaba tan firmemente incrustada en la población que llevaría generaciones de niños crecidos sanamente antes de que fuese capaz de la transformación social libertaria; y que mientras tanto uno debería evitar enfrentarse frontalmente al sistema puesto que esto removería el nido de avispas de la reacción popular ignorante.

Es cierto que las tendencias populares irracionales exigen algunas veces discreción. Pero aunque puedan ser poderosas, no son fuerzas irresistibles. Contienen sus propias contradicciones. Ceñirse a alguna autoridad absoluta no es necesariamente un signo de fe en la autoridad; puede ser un intento desesperado de superar las dudas crecientes (la tensión convulsa de un asimiento que resbala). Quienes se unen a bandas y a grupos reaccionarios, o caen en cultos religiosos o histeria patriótica, están buscando también un sentido de liberación, conexión, propósito, participación, poder sobre su vida. Como Reich mismo mostró, el fascismo da una expresión particularmente dramática y vigorosa a aquellas aspiraciones básicas, lo que sucede porque con frecuencia tiene un encanto más profundo que las vacilaciones, compromisos e hipocresías del progresismo y el izquierdismo.

A la larga la única forma de derrotar a la reacción es presentar expresiones más francas de estas aspiraciones, y oportunidades más auténticas de cumplirlas. Cuando los asuntos básicos son forzados a salir al dominio público, las irracionalidades que florecían bajo la tapa de la represión psicológica tienden a disminuir, como los bacilos de la enfermedad expuestos a la luz del sol y el aire fresco. En cualquier caso, incluso si no nos imponemos, existe alguna satisfacción en luchar por lo que realmente creemos, mayor que en caer en una posición de vacilación e hipocresía.

Existen límites a la medida en que uno puede liberarse (o criar niños liberados) dentro de una sociedad enferma. Pero aunque Reich estaba en lo cierto al señalar que la gente psicológicamente reprimida era menos capaz de imaginar la liberación social, falló al comprender en qué medida el proceso de revuelta social puede ser psicológicamente liberador. (¡Psiquiatras franceses dijeron haber registrado una caída significativa en el número de sus clientes entre las secuelas de mayo de 1968!)

La noción de democracia total eleva el espectro de la “tiranía de la mayoría.” Debemos reconocer que las mayorías pueden ser ignorantes y fanáticas, sin duda. Pero la única solución real es enfrentarse esta ignorancia y este fanatismo e intentar superarlos. Mantener a las masas en la oscuridad (confiando en jueces progresistas para proteger las libertades civiles o en legisladores progresistas para adoptar discretamente algunas reformas progresivas) sólo conduce a la reacción popular cuando las cuestiones sensibles empiezan a ser públicas.

Examinados más en detalle, sin embargo, la mayor parte de los ejemplos de opresión de una minoría por una mayoría no se deben al dominio de la mayoría, sino al dominio encubierto de una minoría en el que la élite dominante juega con cualquier antagonismo racial o cultural que pueda darse para dirigir las frustraciones de las masas explotadas unas contra otras. Cuando la gente tiene poder real sobre su propia vida tienen cosas más interesantes que hacer que perseguir minorías.

Así se evocan tantos abusos o desastres que podrían darse en una sociedad no jerárquica que sería imposible responder a todos ellos. La gente que resignadamente acepta un sistema que condena cada año a la muerte en guerras y hambrunas a millones de sus prójimos, y millones más a la prisión y a la tortura, se escandaliza ante la idea de que en una sociedad autogestionaria podrían darse algunos abusos, alguna violencia o coerción o injusticia, o incluso simplemente algunas inconveniencias temporales. Olvidan que no es necesario que un nuevo sistema social resuelva todos nuestros problemas; sino simplemente que los trate mejor de lo que lo hace el sistema actual — lo que no es pedir demasiado.

Si la historia siguiera las opiniones complacientes de los comentadores oficiales, nunca habría habido revoluciones. En cualquier situación dada hay siempre suficientes ideólogos dispuestos a afirmar que no es posible ningún cambio radical. Si la economía funciona bien, afirmarán que la revolución depende de las crisis económicas; si hay crisis económica, otros declararán con la misma confianza que la revolución es imposible porque la gente está demasiado ocupada haciendo malabarismos para vivir. Los primeros, sorprendidos por la revuelta de mayo de 1968, intentaron descubrir retrospectivamente la crisis invisible que según insiste su ideología debe haber estado allí. Los últimos sostienen que la perspectiva situacionista ha sido refutada por las peores condiciones económicas desde aquel tiempo.

En realidad, los situacionistas señalaron simplemente que el logro creciente de la abundancia capitalista había demostrado que la supervivencia garantizada no era un sustituto para la vida real. Los ascensos y descensos periódicos de la economía no cuestionan de ninguna manera esta conclusión. El hecho de que unos pocos en la cima de la sociedad hayan logrado reunir recientemente de modo gradual una parte aún mayor de la riqueza social, echando a la calle a un número cada vez mayor de personas y aterrorizando al resto de la población con la posibilidad de caer en la misma suerte, hace menos evidente la viabilidad de una sociedad de la post-escasez; pero los prerrequisitos materiales están ya presentes.

Las crisis económicas que evidenciaban que necesitábamos “reducir nuestras expectativas” fueron realmente causadas por la sobre-producción y la falta de trabajo. El absurdo más profundo del actual sistema es que el desempleo se ve como un problema, con las tecnologías potencialmente liberadoras del trabajo dirigidas hacia la creación de nuevos trabajos que reemplacen a los viejos que se han vuelto innecesarios. El problema no es que mucha gente no tenga trabajo, sino que mucha gente lo tiene todavía. Necesitamos ampliar nuestras expectativas, no reducirlas.(4)

El dominio creciente del espectáculo

Más serio que este espectáculo de nuestra supuesta falta de poder en el plano de la economía es el poder enormemente incrementado del propio espectáculo, que en años recientes se ha desarrollado hasta el punto de aplastar finalmente cualquier conciencia de historia pre-espectacular o de las posibilidades anti-espectaculares. Los Comentarios a la sociedad del espectáculo (1988) de Debord encaran este nuevo desarrollo en detalle:

El cambio de mayor importancia en todo lo que ha sucedido en los últimos veinte años reside en la continuidad misma del espectáculo. Esta importancia no se refiere al perfeccionamiento de su instrumentación por los media, que ya anteriormente había alcanzado un estadio de desarrollo muy avanzado; se trata simplemente de que la dominación espectacular ha educado a una generación sometida a sus leyes… La primera intención de la dominación espectacular fue erradicar todo el conocimiento histórico en general, empezando con toda información y comentario racional acerca del pasado más reciente… El espectáculo se cuida de que la gente sea inconsciente de lo que está sucediendo, o al menos de que olviden rápidamente todo aquello de lo que puedan haber llegado a ser conscientes. Lo más importante es lo más oculto. Nada en los últimos veinte años ha sido tan profundamente cubierto con las mentiras oficiales como mayo de 1968…

El flujo de imágenes va arrollándolo todo, y siempre es otro quien controla este resumen simplificado del mundo perceptible, quien decide adónde llevará el flujo, quien programa el ritmo de lo que es mostrado en una serie inacabable de arbitrarias sorpresas que no deja tiempo para la reflexión… separando todo lo que se muestra de su contexto, su pasado, sus intenciones y sus consecuencias… No es así sorprendente que los niños estén hoy comenzando su educación con una introducción entusiasta al Conocimiento Absoluto del lenguaje de los ordenadores mientras son cada vez más incapaces de leer. Porque leer requiere hacer juicios a cada línea; y como la conversación casi ha muerto (como lo harán pronto la mayoría de aquellos que sepan cómo conversar) la lectura es el único acceso que queda al vasto campo de la experiencia humana pre-espectacular.

En este texto he tratado de recapitular algunos puntos básicos que han sido sepultados bajo esta intensa represión espectacular. Si estos asuntos parecen banales a unos u oscuros a otros, pueden servir al menos para recordar que una vez fue posible, en aquellos tiempos primitivos de hace unas décadas, que la gente tuviese la singular noción pasada de moda de que podían entender y afectar su propia historia.

Aunque es incuestionable que las cosas han cambiado considerablemente desde los sesenta (en su mayor parte para peor), puede que nuestra situación no sea tan desesperada como parece a quienes engullen todo aquello con lo que el espectáculo los alimenta. A veces sólo hace falta una sacudida para romper el estupor.

Y aunque no hubiese garantía de una victoria final, tales rupturas son ya un placer. ¿Existe alguno mayor?(5)

Capítulo 2: Excitación preliminar:

· Descubrimientos personales.
· Intervenciones críticas.
· Teoría versus ideología.
· Evitar falsas opciones y elucidar las verdaderas.
· El estilo insurreccional.
· Cine radical.
· Opresionismo versus juego.
· El escándalo de Estrasburgo.
· La miseria de la política electoral.
· Reformas e instituciones alternativas.
· Corrección política, o igualdad en la alienación.
· Inconvenientes del moralismo y el extremismo simplista.
· Ventajas de la audacia.
· Ventajas y límites de la no violencia.

Capítulo 3: Momentos decisivos:

· Causas de las brechas sociales.
· Convulsiones de postguerra.
· Efervescencia de situaciones radicales.
· Autoorganización popular.
· Los situacionistas en mayo de 1968.
· El obrerismo está obsoleto, pero la posición de los trabajadores sigue siendo pivotal.
· Huelgas salvajes y ocupaciones.
· Huelgas de consumo.
· Lo que podía haber sucedido en mayo de 1968.
· Métodos de confusión y cooptación.
· El terrorismo refuerza el estado.
· El momento decisivo.
· Internacionalismo.

Capítulo 4: Renacimiento:

· Los utópicos no preveen la diversidad postrevolucionaria.
· Descentralización y coordinación.
· Salvaguardas contra los abusos.
· Consenso, dominio de la mayoría y jerarquías inevitables.
· Eliminar las raíces de la guerra y el crimen.
· Abolición del dinero.
· Absurdo de la mayor parte del trabajo presente.
· Transformar el trabajo en juego.
· Objeciones tecnofóbicas.
· Temas ecológicos.
· El florecimiento de comunidades libres.
· Problemas más interesantes.

Versión española de The Joy of Revolution. Traducción de Luis Navarro revisada por Ken Knabb.

Fuente: www.bopsecrets.org

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(libro) Refuzniks. Los que se rehúsan a servir en la máquina de guerra israelí

Libro que recoge 21 entrevistas a refuzniks, insumisos al ejército israelí. Para los que rechazan ir al ejército, la necesidad de exponer sus ideas al mundo es algo fundamental, urgente. Me impresionan, sobre todo los jóvenes; adolescentes que decidieron ir a la cárcel por sus ideas.

Los refuzniks israelíes no quieren incorporarse al ejército. Por razones diferentes según los individuos, rechazan lo que, sin embargo, parece ser una etapa obligatoria en una sociedad tan militarizada. Desde la infancia hasta la adolescencia, en la escuela y en el instituto, los israelíes reciben en sus clases a militares que les explican el papel y la importancia del ejército. En casi todos los trabajos, en la universidad, se les pregunta qué hicieron en el ejército.

Si un joven decide no ir al ejército y no quiere hacerse pasar por enfermo mental, le quedan dos soluciones. Puede declararse pacifista. En ese caso tendrá que comparecer ante una comisión que decidirá si tiene derecho a no hacer el servicio. Estos objetores de conciencia deberán demostrar, con testigos, que no soportan la violencia. Si la comisión decide que no son lo suficientemente pacifistas, pueden acabar en la cárcel.

Los israelíes que rechazan la ocupación de los territorios palestinos son una minoría. Los otros parecen vivir en la indiferencia.

Entrevistas de Martin Barzilai

Editorial Bardo Ediciones http://bardoediciones.net

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Bibliografía sobre consumo, publicidad y contrapublicidad

Libros, por si tu cerebro tiene hambre. (…) Aquí le ofrecemos no sólo alimento encefálico sino incluso espiritual. Sírvanse ustedes mismos:

:: LIBROS SOBRE CONSUMO

EL CONSUMO ME CONSUME
Tomás Moulian. Ed. Libros del Ciudadano, 1998.
La fiesta chilena que desmitifica Molulina, a la cual no todos están invitados, constituye en rigor al espectáculo de una sociedad tercermundista, atrasada a pesar de sus presunciones zoológicas, que se consume a sí misma a través del deseo de tener.

CONSUMO SOSTENIBLE. PREGUNTAS CON RESPUESTA
Pilar Comín y Bet Font. Hispacoop. Ed. Icaria / Milenrama, 1999.
Se trata de una serie de cuestiones relacionadas con el consumo y sus impactos ambientales y sociales y de respuestas razonables, dentro de la sociedad actual, para desarrollar un consumo sostenible.

MODERNIDAD LIQUIDA
Zygmunt Bauman. Ed. Fondo de Cultura Económica, 2000.
La era de la modernidad sólida ha llegado a su fin. ¿Por qué sólida? Porque los sólidos, a diferencia de los líquidos, conservan su forma y persisten en el tiempo: duran. En cambio los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Por eso la metáfora de la liquidez es la adecuada para aprehnder la naturaleza de la fase actual de la modernidad. Es el momento de la desregulación, de la flexibilización, de la liberalización de todos los mercados.

NO LOGO
Naomi Klein. Ed. Paidós, 2001.
Imprescindible ensayo sobre las nuevas formas de producción y consumo desde el último tercio del siglo XX. La autora describe de forma minuciosa e inteligente cómo las grandes multinacionales han ido concentrando cada vez más poder a lo largo de un mundo perfectamente organizado para tal fin.

COME Y CALLA… O NO
CRIC (Centre de Recerca i Informació en Consum). Ed. Icaria, 2002.
¿Cómo incidir en el sistema a través del consumo?. Una guía que pretende mostrarnos que es posible compaginar la ética con nuestra actividad económica.

¿OTRO CONSUMO ES POSIBLE?
Anna Papiol, Joan Vinyets. Ed. La tempestad, 2003.
El gasto desmedido, la producción infinita de objetos y la acumulación de desperdicios se contraponen a la percepción de agotamiento de las fuentes de energía y materia y a la creciente y absoluta desigualdad social. Para que otro mundo sea posible es necesario que, desde su conciencia y su responsabilidad, cada ciudadano haga posible otra banca, otra vivienda, otra educación, otros vínculos sociales y otro consumo.

CITA DE LA ERA DEL CONSUMO
Luis Enrique Alonso. Ed. Siglo XXI. Madrid, 2005.
Estupendo y bien documentado análisis de la sociedad de consumo postmoderna a cargo de Luis Enrique Alonso, profesor de sociología de la Univ. Autónoma de Madrid.

CONSUMO, LUEGO EXISTO
Joan Torres i Prat, Ed. Icaria, 2005.
Un interesante ensayo sobre el poder del complejo comercial publicitario y sus efectos en la mercantilización de todo rastro de vida: « noticias, programas de entretenimiento, y evasión, películas y series, debate político, etc. A nuestra insaciable sed de sentido, aquí y ahora, prácticamente se le ofrece tan sólo el discurso publicitario. Promesa y discurso que se nos revela como el lenguaje básico de una civilización organizada por y para la mercancía.»

GENERACION MARKETING. LA SOCIEDAD ENTRE LA CODICIA Y LA INDOLENCIA
Víctor Molero. Ed. ESIC, 2006.
El autor, profesor de Investigación de mercados de la Universidad Complutense de Madrid, dice que “el marketing eetá contribuyendo a la creación de una sociedad acomodaticia y remolona que encuentra en el supermercado todo tipo de solución a sus demandas”.

NACIDOS PARA COMPAR. LOS NUEVOS CONSUMIDORES INFANTILES
Juliet B. Schor. Ed. Paidós, 2006.
Schor nos habla en este libro del capitalismo actual y su claro sesgo publicitario a la hora de pensar en los pequeños compradores: hay empresas completamente decididas a convertir no sólo a las familias sino a los propios niños en el foco del consumismo.

VIDA DE CONSUMO
Zygmunt Bauman. Ed. Fondo de Cultura Económica, 2007.
En Vida de consumo, Zygmunt Bauman continúa y profundiza el análisis de la trama y los mecanismos por los cuales la sociedad actual, en su fase de modernidad líquida, condiciona y diseña las vidas de los sujetos centrándose en sus particularidades como consumidores. Con el advenimiento de la modernidad líquida, la sociedad de productores es transformada en una sociedad de consumidores.

:: LIBROS SOBRE PUBLICIDAD

ADIOS A LA PUBLICIDAD
Oliviero Toscani. Ed. Omega, 1996.
Curiosísimo libro de uno de los más importantes publicistas de toda la historia. En él da un repaso despiadado al modelo publicitario al uso e intenta defender una publicidad comprometida y revolucionaria. ¿Delirios de grandeza?

LA TIRANIA DE LA COMUNICACION
Ignacio Ramonet. Ed Debate, 1998.
Un análisis de los medios de comunicación en su nuevo papel de medios de la cultura global. Incluye un análisis de la mercantilización de la labor periodística y del papel de la publicidad en esto.

13,99 EUROS
Frédéric Beigbeder. Anagrama, 2001.
El escritor francés Frédéric Beigbeder lanza un duro alegato contra el mundo de la publicidad, al que había pertenecido hace unos años. “La novela es una crítica satírica de nuestra forma de vida, de nuestra época a partir de la historia que cuento de un redactor publicitario, que es al mismo tiempo un ganador y un perdedor, pues aunque simboliza la cúspide del éxito social y financiero, también es un desesperado y un impotente”, comenta Beigbeder.

COERCION. POR QUE HACEMOS CASO A LO QUE NOS DICEN
Douglas Rushkoff. Liebre, 2001.
Cómo somos dirigidos, según Rushkoff, tanto de forma manifiesta como subliminal a comportarnos, consumir y participar. Con un resumen bien ilustrado de las técnicas de persuasión que se usan desde las agencias de publicidad, las grandes superficies o los gabinetes de imagen. Coerción está destinado a ser recordado como una línea divisoria en la batalla entre la industria del marketing y el público que ésta pretende manipular.

DE LA MISERIA HUMANA EN EL MEDIO PUBLICITARIO
Grupo Marcuse. Melusina, 2006.
Cada día nos vemos sometidos a más de tres mil mensajes publicitarios… ¿Por qué se gasta tanto dinero, tanto talento, tanta energía para crear una verdad publicitaria? El grupo Marcuse en este libro analiza los entresijos del sistema publicitario y denuncia un sistema perverso en donde la publicidad funciona como el carburante ideológico del capitalismo.

:: LIBROS SOBRE CONTRAPUBLICIDAD

WALL AND PRIECE
Banksy. Londres. Ed. Century, 2003.
¿Genio?¿Activista?¿Pintor?¿Decorador?¿Leyenda urbana?¿Grafitero? La obra de Banksy es inconfundible -a excepción quizás de cuando se instala cual ocupa en la Tate Modern or el Metropolitan Museum de Nueva York. Banksy decora calles, muros, puentes y zoos de ciudades de todo el mundo, pero sobretodo de Gran Bretaña y Bristol. Brillante y subversivo, en sus plantillas aparecen monos con armas de destrucción masiva, ratas con taladros, policías gays, caza-bombarderos con lacitos rosas, paraguas…

THE YES MEN. LA VERDADERA HISTORIA DEL FIN DE LA OMC
Andy Bichlbaum, Mike Bonano. Barcelona. Ed. El Viejo Topo, 2005.
Kinnithrung Sprat anunció el 2003 el cierre oficial de la OMC. Dicho portavoz era el representante oficial del mencionado organismo. En su declaración daba por cerrada la Organización Mundial del Comercio, el organismo comercial más influyente del planeta y anunciaba, sorprendentemente, que ésta no retomaría sus actividades hasta que no consiguiera que en su declaración de principios se defendiese que el comercio beneficiara especialmente a los pobres. Pero lo más curioso es que Kinnithrung Sprat no era, y nunca fue, el representante de la OMC. Quien estaba detrás de este acto eran The Yes Men, un singular colectivo popular por su original forma de practicar el activismo, lo que ellos mismos denominan “corrección de identidades”.

WHAT SHOULD I DO IR REVEREND BILLY IR IN MY STORE?
Bill Tallen. Ed. New Press, 2005.
El Reverendo Billy es el líder espiritual de la Stop Shopping Church, la religión de más rápido crecimiento desde la aparición del cristianismo. Nacida de la productiva imaginación de actor Bill Talen, el Reverendo se dio a conocer entre los predicadores de a pie que circundan y llenan el Times Square de Nueva York. Sus sermones apasionados desde el principio sorprendieron y asombraron a transeúntes y compradores que pasaban cerca de su improvisado púlpito.

EL SABOTAJE CULTURAL
Kalle Lasn. Barcelona. Ed. El Viejo Topo, 2007.
De la misma forma que luchamos para salvar el planeta de la contaminación ambiental, Kalle Lasn, director de la influyente revista Adbusters, ha iniciado una cruzada para denunciar la contaminación de nuestro espacio mental a través de la publicidad y los memes. Un libro imprescindible para conocer los orígenes del grupo contrapublicitario más importante e influyente del mundo.

fuente original http://www.letra.org/spip/spip.php?article1722 con agregados míos / raas- raas(@)riseup.net.

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(libro) Ejércitos en las calles. Algunas cuestiones en torno al informe «Urban Operations in the Year 2020» de la OTAN

Para los que se obstinan en pensar que el razonamiento aquí detallado concierne solamente al limes del imperio, y no a su centro orgánico, para los que quieren de todos modos proyectar la escena del conflicto en otro lugar cualquiera con tal de que no sea aquí, en fin, para los que todavía continúan sintiéndose “en paz” con lo existente (o sea, con una existencia de paz), en el informe se simula una intervención de la OTAN en un teatro de operaciones en el cual las “ciudades de interés estratégico” no son ni Teherán (Irán), ni Pyongyang (Corea del Norte), ni –como hipótesis extrema– Pekín (China), sino que son las ciudades francesas de Rouen, Le Havre, Evreux y Dieppe.

El control preventivo y la represión de sublevaciones o insurrecciones eventuales se volverán cada vez más prerrogativas del ejército, el cual tendrá que efectuar, por tanto, verdaderas funciones de policía territorial, mientras ésta se “paramilitariza”. Además de controlar el territorio, el ejército tendrá que llevar a cabo actividades de gestión de la población civil: gestión física (refugiados, evacuados, etc.) y gestión psicológica (control y monopolio de las informaciones, relaciones con las autoridades locales, pero también con todas las realidades asociativas dispuestas a colaborar).

En esta perspectiva será necesario dotar a las fuerzas armadas de una adecuada preparación para conflictos urbanos, para evitar la histórica “incoercibilidad” de las “fuerzas rebeldes” en la guerra asimétrica. Al mismo tiempo, será preciso acostumbrar a la gente a ver a los militares patrullando las ciudades, para que nadie, por más avezado y/o aterrorizado que esté, se arriesgue a mover un dedo (ni siquiera el del medio).

Estamos dirigiéndonos hacia un “Estado militarizado”. Tanto las tropas asignadas a Pianura (Nápoles) como las que están en Via Padova (Milán) nos recuerdan que, de hecho, el año 2020 no está tan lejos.

Editorial Bardo Ediciones http://bardoediciones.net

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(libro) La sociedad desescolarizada

La sociedad desescolarizada, es una profunda crítica a la educación tal y como se lleva a cabo en las economías “modernas”.

Por Ivan Illich

Lleno de observaciones críticas sobre los planes de estudios de su tiempo, el libro puede parecer desfasado, pero sus afirmaciones y propuestas básicas siguen siendo tan radicales hoy como lo fueron en su momento. A través de ejemplos reales sobre la naturaleza ineficaz de la educación escolarizada, Illich se mostraba favorable al autoaprendizaje, apoyado en relaciones sociales libremente intencionadas en encuentros y conversaciones fluidas e informales:

“La educación universal por medio de la escolarización no es factible. No sería más factible si se la intentara mediante instituciones alternativas construidas según el estilo de las escuelas actuales. Ni unas nuevas actitudes de los maestros hacia sus alumnos, ni la proliferación de nuevas herramientas y métodos físicos o mentales (en el aula o en el dormitorio), ni, finalmente, el intento de ampliar la responsabilidad del pedagogo hasta que englobe las vidas completas de sus alumnos, dará por resultado la educación universal. La búsqueda actual de nuevos embudos educacionales debe revertirse hacia la búsqueda de su antípoda institucional: tramas educacionales que aumenten la oportunidad para que cada cual transforme cada momento de su vida en un momento de aprendizaje, de compartir, de interesarse. Confiamos en estar aportando conceptos necesarios para aquellos que realizan tales investigaciones a grandes rasgos sobre la educación –y asimismo para aquellos que buscan alternativas para otras industrias de servicio establecidas.”

“Muchos estudiantes, en especial los que son pobres, saben intuitivamente qué hacen por ellos las escuelas. Los adiestran a confundir proceso y sustancia. Una vez que estos dos términos se hacen indistintos, se adopta una nueva lógica: cuanto más tratamiento haya, tanto mejor serán los resultados. Al alumno se le ‘escolariza’ de ese modo para confundir enseñanza con saber, promoción al curso siguiente con educación, diploma con competencia, y fluidez con capacidad para decir algo nuevo. A su imaginación se la ‘escolariza’ para que acepte servicio en vez de valor. Se confunde el tratamiento médico tomándolo por cuidado de la salud, el trabajo social por mejoramiento de la vida comunitaria, la protección policial por tranquilidad, el equilibrio militar por seguridad nacional, la mezquina lucha cotidiana por trabajo productivo. La salud, el saber, la dignidad, la independencia y el quehacer creativo quedan definidos como poco más que el desempeño de las instituciones que afirman servir a estos fines, y su mejoramiento se hace dependiente de la asignación de mayores recursos a la administración de hospitales, escuelas y demás organismos correspondientes.”

“(…) La institucionalización de los valores conduce inevitablemente a la contaminación física, a la polarización social y a la impotencia psicológica: tres dimensiones en un proceso de degradación global y de miseria modernizada. (…) Este proceso de degradación se acelera cuando unas necesidades no materiales son transformadas en demanda de bienes; cuando a la salud, a la educación, a la movilidad personal, al bienestar o a la cura psicológica se las define como el resultado de servicios o de ‘tratamientos’.

“Tanto el pobre como el rico dependen de escuelas y hospitales que guían sus vidas, forman su visión del mundo y definen para ellos qué es legítimo y qué no lo es. Ambos consideran irresponsable el medicamentarse uno mismo, y ven a la organización comunitaria, cuando no es pagada por quienes detentan la autoridad, como una forma de agresión y subversión. Para ambos grupos, el apoyarse en el tratamiento institucional hace sospechoso el logro independiente.”

“Las burocracias del bienestar social pretenden un monopolio profesional, político y financiero sobre la imaginación social, fijando normas sobre qué es valedero y qué es factible. Este monopolio está en las raíces de la modernización de la pobreza. Cada necesidad simple para la cual se halla una respuesta institucional permite la invención de una nueva clase de pobres y una nueva definición de la pobreza.”

“El morir y la muerte han venido a quedar bajo la administración institucional del médico y de los empresarios de pompas fúnebres.”

“Una vez que una sociedad ha convertido ciertas necesidades básicas en demandas de bienes producidos científicamente, la pobreza queda definida por normas que los tecnócratas cambian a su tamaño. La pobreza se refiere entonces a aquellos que han quedado cortos respecto de un publicitado ideal de consumo en algún aspecto importante.”

Introducción extraída de http://es.wikipedia.org/wiki/Iv%C3%A1n_Illich

Libro La sociedad desescolarizada (Deschooling Society), de 1971.

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(revista) Etcétera. Correspondencia de la guerra social nº48

Etcétera, andadura peculiar iniciada a finales de los 70 y principios de los 80, a la vez como edición de libros, grupo de afinidad, lugar de encuentro y de debate, y revista: correspondencia de la guerra social. En la página web podréis encontrar los últimos números de la revista así como su sumario general, un catálogo de los libros y correspondencia que nos va llegando.

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(libro) El horror económico

Con un libro tan palpitante, apasionado, que por momentos se parece a un monólogo interior joyceano -aunque las frases todas tienen los signos de puntuación de rigor, constituye un torrente sin capítulos o en todo caso con capítulos innominados, casi sin referencias al pie-, con un libro con esta configuración cuesta buscar un inicio, descubrir “las partes”.

Por Luis E. Sabini Fernández
revista Futuros
julio de 1997

Parece escrito al borde de la desesperación y por cierto que no es una impresión engañosa. Y sin embargo, se libra con un discurso ceñido, concebido por una mente lúcida cuya exaltación no ha empañado el hilo conductor. El horror económico, de Viviane Forrester, plantea una serie de tesis con la indignación y el cansancio moral de quien se siente obligado a repetir por enésima vez las verdades de a puño que tantos parecen empeñados en ignorar: “Todo se organiza, prevé, prohíbe y realiza en función de la ganancia, que por lo tanto parece insoslayable, unida al meollo mismo de la vida hasta el punto que no se pretenda no es sino un fraude” (p. 91); que existe un gobierno mundial (p. 100) que le deja a los estados nacionales la administración de los símbolos ideológicos pero se reserva para sí, no ya la declaración de su existencia sino las decisiones políticas al margen de las instancias oficialmente políticas.

Medio libro se puede entender como una aproximación al excluido. Esa función, mejor dicho, esa falta de función social que últimamente ha adquirido tanta presencia (y aquí el lenguaje nos juega otra mala pasada). Viviane Forrester es brillante para explicar que el excluido dista de ser un accidente del sistema económico dominante, del “nuevo orden” de las privatizaciones universalizadas. El excluído es, básicamente, nuestro desocupado. Sólo que en el presente momento tecnológico, histórico, demográfico, se trata de un desocupado crónico, un trabajador obsoleto que vuelve cada vez menos al mercado. Ya Marx explicó la importancia del “ejército de desocupados” para el rendimiento del capital. Sólo que, como bien señala Forrester, un nuevo factor ha ingresado en los cálculos del capital: somos muchos, en el planeta; sobramos. Y decir esto es sobrecogedor si reparamos en esa “pequeña minoría que detenta los poderes y para la cual la existencia de las vidas humanas que evolucionan por fuera de un círculo íntimo sólo tienen un interés utilitario”. (p. 148). Forrester, sin embargo, desarrolla otra tesis, más discutible: la de la desaparición del trabajo. “El mercado laboral está menguado y en vías de desaparecer”. (p. 65); “se pretende que lo social y económico están regidos por las transacciones realizadas a partir del trabajo cuando éste ha dejado de existir”. (p. 13).

Forrester establece una relación biunívoca entre la tesis de que sobramos y la de que el trabajo desaparece, pero la gravedad de las implicancias de la primera no necesita de la segunda para estremecernos. Las observaciones de Forrester sobre el comportamiento de las elites es ilustrativo: “la pobreza (…) conduce a los pobres a mutilarse en beneficio de los poseedores con tal de sobrevivir un poco más (se refiere a la venta ‘voluntaria’ de órganos en India). Se lo acepta (…). Nadie hace nada salvo cerrar el diario o apagar el televisor”. (p. 155).

Creemos que el neoliberalismo incluye al trabajo ajeno en su diseño; allí anida uno de sus rasgos pavorosos, porque se trata del trabajo concebido como hace dos siglos, cuando la esclavitud, la servidumbre, no sólo existía como en la actualidad, sino que lo hacía a cara descubierta, con buena conciencia. Es ese retroceso en el túnel del tiempo lo aterrador. Forrester parece pagar un cierto precio a la ubicación personal, en un país -Francia- del primerísimo mundo.

Esta es, en resumen, su tesis principal: “La ferocidad social siempre existió, pero con límites imperiosos porque el trabajo realizado por la vida humana era indispensable para los poderosos. (…) La supervivencia de la humanidad nunca estuvo tan amenazada (…) hasta ahora el conjunto de la humanidad tenía una garantía: era esencial al funcionamiento del planeta” (p. 148).

En rigor, “el conjunto de la humanidad jamás tuvo una garantía”. Etnias arrasadas lo podrían atestiguar innumerables veces. Poblaciones obreras diezmadas también. Este momento de neoimperialización mediática mundializada no es el primer momento en que la vida valga tan poco. Pero la advertencia de Forrester dista de ser infundada porque es indudablemente cierto que nunca ha habido tanta abundancia de vida humana y tanto “exceso” de acuerdo con el diseño dominante.

Forrester nos escribe un formidable capítulo final sobre la génesis de las atrocidades sociales, que merece una reflexión sobre todo por parte de quienes hemos vivido en sociedad bajo momentos atroces. Los albores, los primeros indicios, carecen ciertamente de la crudeza de lo atroz explícito que con el tiempo se desarrolla. Pero los comienzos encierran los síntomas de lo que se viene y sólo cerrando los ojos, el corazón puede no verlos. Nos recuerda que “los crímenes contra la humanidad siempre son crímenes de la humanidad. Perpetrados por ella”. (p. 154). Las grandes atrocidades, de las cuales después la sociedad reniega, son precedidas por “pequeñas atrocidades cotidianas”, con las que ya convivimos: ella nos habla del turismo sexual infantil, nosotros podríamos hablar del “gatillo fácil”, sin establecer falsa oposición.

Tampoco tiene desperdicio su descripción de lo que Pierre Salama ha llamado la financiarización de la economía; “En la actualidad los mercados de productos derivados son más importantes que los tradicionales. (…) esta nueva forma de economía no produce: apuesta”. (p. 94). La frase reduce una vez más el problema a su expresión más aguda: en realidad, la producción existe, sigue existiendo; no obstante, el pensamiento de la autora no falsea la urdimbre de la realidad: la economía se rige cada vez menos por la producción actual y cada vez más por su proyección de futuro; economía de apuesta, estamos, así, cada vez más, dentro de un loto planetario.

Un libro sensible y sensibilizador. Muy poco académico.

Es bueno que a veces se escriba sobre economía no sólo con la obvia tinta sino con sangre en las venas. Y que esas venas no sean solo propias, sino ajenas. Y que la sangre esté incluso en el ojo.

Libro El Horror Económico (L’horreur Economique), de 1996.

fuente: www.redtercermundo.org.uy/revista_del_sur/texto_completo.php?id=1189

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(libro) La sociedad del espectáculo

Por Guy Debord

Capítulo 1
La separación consumada

“Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ’sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado.” Feurbach, prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo.

1
Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.

2
Las imágenes que se han desprendido de cada aspecto de la vida se fusionan en un curso común, donde la unidad de esta vida ya no puede ser restablecida. La realidad considerada parcialmente se despliega en su propia unidad general en tanto que seudo-mundo aparte, objeto de mera contemplación. La especialización de las imágenes del mundo se encuentra, consumada, en el mundo de la imagen hecha autónoma, donde el mentiroso se miente a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente.

3
El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada.

4
El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.

5
El espectáculo no puede entenderse como el abuso de un mundo visual, el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Es más bien una Weltanschauung que ha llegado a ser efectiva, a traducirse materialmente. Es una visión del mundo que se ha objetivado.

6
El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de la elección ya hecha en la producción y su consumo corolario. Forma y contenido del espectáculo son de modo idéntico la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la presencia permanente de esta justificación, como ocupación de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna.

7
La separación misma forma parte de la unidad del mundo, de la praxis social global que se ha escindido en realidad y en imagen. La práctica social, a la que se enfrenta el espectáculo atónomo, es también la totalidad real que contiene el espectáculo. Pero la escisión en esta totalidad la mutila hasta el punto de hacer aparecer el espectáculo como su objeto. El lenguaje espectacular está constituido por signos de la producción reinante, que son al mismo tiempo la finalidad última de esta producción.

8
No se puede oponer abstractamente el espectáculo y la actividad social efectiva. Este desdoblamiento se desdobla a su vez. El espectáculo que invierte lo real se produce efectivamente. Al mismo tiempo la realidad vivida es materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y reproduce en sí misma el orden espectacular concediéndole una adhesión positiva. La realidad objetiva está presente en ambos lados. Cada noción así fijada no tiene otro fondo que su paso a lo opuesto: la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente.

9
En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso.

10
El concepto de espectáculo unifica y explica una gran diversidad de fenómenos aparentes. Sus diversidades y contrastes son las apariencias de esta apariencia organizada socialmente, que debe ser a su vez reconocida en su verdad general. Considerado según sus propios términos, el espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, y por tanto social, como simple apariencia. Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida; como una negación de la vida que se ha hecho visible.

11
Para describir el espectáculo, su formación, sus funciones, y las fuerzas que tienden a disolverlo, hay que distinguir artificialmente elementos inseparables. Al analizar el espectáculo hablamos en cierta medida el mismo lenguaje de lo espectacular, puesto que nos movemos en el terreno metodológico de esta sociedad que se manifiesta en el espectáculo. Pero el espectáculo no es nada más que el sentido de la práctica total de una formación socio-económica, su empleo del tiempo. Es el momento histórico que nos contiene.

12
El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que “lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece”. La actitud que exige por principio es esta aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho por su forma de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.

13
El carácter fundamentalmente tautológico del espectáculo se deriva del simple hecho de que sus medios son a la vez sus fines. Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna. Recubre toda la superficie del mundo y se baña indefinidamente en su propia gloria.

14
La sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo.

15
Como adorno indispensable de los objetos hoy producidos, como exponente general de la racionalidad del sistema, y como sector económico avanzado que da forma directamente a una multitud creciente de imágenes-objetos, el espectáculo es la principal producción de la sociedad actual.

16
El espectáculo somete a los hombres vivos en la medida que la economía les ha sometido totalmente. No es más que la economía desarrollándose por sí misma. Es el reflejo fiel de la producción de las cosas y la objetivación infiel de los productores.

17
La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social había implicado en la definición de toda realización humana una evidente degradación del ser en el tener. La fase presente de la ocupación total de la vida social por los resultados acumulados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener al parecer, donde todo “tener” efectivo debe extraer su prestigio inmediato y su función última. Al mismo tiempo toda realidad individual se ha transformado en social, dependiente directamente del poder social, conformada por él. Solo se permite aparecer a aquello que no existe.

18
Allí donde el mundo real se cambia en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver por diferentes mediaciones especializadas el mundo que ya no es directamente aprehensible, encuentra normalmente en la vista el sentido humano privilegiado que fue en otras épocas el tacto; el sentido más abstracto, y el más mistificable, corresponde a la abstracción generalizada de la sociedad actual. Pero el espectáculo no se identifica con el simple mirar, ni siquiera combinado con el escuchar. Es lo que escapa a la actividad de los hombres, a la reconsideración y la corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Allí donde hay representación independiente, el espectáculo se reconstituye.

19
El espectáculo es el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental que fue una comprensión de la actividad dominada por las categorías del ver, de la misma forma que se funda sobre el despliegue incesante de la racionalidad técnica precisa que parte de este pensamiento. No realiza la filosofía, filosofiza la realidad. Es vida concreta de todos lo que se ha degradado en universo especulativo.

20
La filosofía, en tanto que poder del pensamiento separado y pensamiento del poder separado, jamás ha podido superar la teología por sí misma. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha podido disipar las nubes religiosas donde los hombres situaron sus propios poderes separados: sólo los ha religado a una base terrena. Así es la vida más terrena la que se vuelve opaca e irrespirable. Ya no se proyecta en el cielo, pero alberga en sí misma su rechazo absoluto, su engañoso paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada en el interior del hombre.

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A medida que la necesidad es soñada socialmente el sueño se hace necesario. El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño.

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El hecho de que el poder práctico de la sociedad moderna se haya desprendido de ella misma y se haya edificado un imperio independiente en el espectáculo sólo puede explicarse por el hecho de que esta práctica poderosa seguía careciendo de cohesión y había quedado en contradicción consigo misma.

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Es la más vieja especialización social, la especialización del poder, la que se halla en la raiz del espectáculo. El espectáculo es así una actividad especializada que habla por todas las demás. Es la representación diplomática de la sociedad jerárquica ante sí misma, donde toda otra palabra queda excluida. Lo más moderno es también lo más arcaico.

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El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo mismo, su monólogo elogioso. Es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia. La apariencia fetichista de pura objetividad en las relaciones espectaculares esconde su índole de relación entre hombres y entre clases: una segunda naturaleza parece dominar nuestro entorno con sus leyes fatales. Pero el espectáculo no es ese producto necesario del desarrollo técnico considerado como desarrollo natural. La sociedad del espectáculo es por el contrario la forma que elige su propio contenido técnico. Aunque el espectáculo, tomado bajo su aspecto restringido de “medios de comunicación de masa”, que son su manifestación superficial más abrumadora, parece invadir la sociedad como simple instrumentación, ésta no es nada neutra en realidad, sino la misma que conviene a su automovimiento total. Si las necesidades sociales de la época donde se desarrollan tales técnicas no pueden ser satisfechas sino por su mediación, si la administración de esta sociedad y todo contacto entre los hombres ya no pueden ejercerse si no es por intermedio de este poder de comunicación instantánea, es porque esta “comunicación” es esencialmente unilateral; de forma que su concentración vuelve a acumular en las manos de la administración del sistema existente los medios que le permiten continuar esta administración determinada. La escisión generalizada del espectáculo es inseparable del Estado moderno, es decir, de la forma general de la escisión en la sociedad, producto de la división del trabajo social y órgano de la dominación de clase.

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La separación es el alfa y el omega del espectáculo. La institucionalización de la división social del trabajo, la formación de las clases, había cimentado una primera contemplación sagrada, el orden mítico en que todo poder se envuelve desde el origen. Lo sagrado ha justificado el ordenamiento cósmico y ontológico que correspondía a los intereses de los amos, ha explicado y embellecido lo que la sociedad no podía hacer. Todo poder separado ha sido por tanto espectacular, pero la adhesión de todos a semejante imagen inmóvil no significaba más que la común aceptación de una prolongación imaginaria para la pobreza de la actividad social real, todavía ampliamente experimentada como una condición unitaria. El espectáculo moderno expresa, por el contrario, lo que la sociedad puede hacer, pero en esta expresión lo permitido se opone absolutamente a lo posible. El espectáculo es la conservación de la inconsciencia en medio del cambio práctico de las condiciones de existencia. Es su propio producto, y él mismo ha dispuesto sus reglas: es una entidad seudosagrada. Muestra lo que es: el poder separado desarrollándose por sí mismo, en el crecimiento de la productividad mediante el refinamiento incesante de la división del trabajo en fragmentación de gestos, ya dominados por el movimiento independiente de las máquinas; y trabajando para un mercado cada vez más extendido. Toda comunidad y todo sentido crítico se han disuelto a lo largo de este movimiento, en el cual las fuerzas que han podido crecer en la separación no se han reencontrado todavía.

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Con la separación generalizada del trabajador y de su producto se pierde todo punto de vista unitario sobre la actividad realizada, toda comunicación personal directa entre los productores. A medida que aumentan la acumulación de productos separados y la concentración del proceso productivo la unidad y la comunicación llegan a ser el atributo exclusivo de la dirección del sistema. El éxito del sistema económico de la separación es la proletarización del mundo.

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Debido al mismo éxito de la producción separada como producción de lo separado, la experiencia fundamental ligada en las sociedades primitivas a un trabajo principal se está desplazando, con el desarrollo del sistema, hacia el no-trabajo, la inactividad. Pero esta inactividad no está en absoluto liberada de la actividad productiva: depende de ella, es sumisión inquieta y admirativa a las necesidades y resultados de la producción; ella misma es un producto de su racionalidad. No puede haber libertad fuera de la actividad, y en el marco del espectáculo toda actividad está negada, igual que la actividad real ha sido integralmente captada para la edificación global de este resultado. Así la actual “liberación del trabajo”, o el aumento del ocio, no es de ninguna manera liberación en el trabajo ni liberación de un mundo conformado por ese trabajo. Nada de la actividad perdida en el trabajo puede reencontrarse en la sumisión a su resultado.

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El sistema económico fundado en el aislamiento es una producción circular del aislamiento. El aislamiento funda la técnica, y el proceso técnico aisla a su vez. Del automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados por el sistema espectacular son también las armas para el reforzamiento constante de las condiciones de aislamiento de las “muchedumbres solitarias”. El espectáculo reproduce sus propios supuestos en forma cada vez más concreta.

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El origen del espectáculo es la pérdida de unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida: la abstracción de todo trabajo particular y la abstracción general del conjunto de la producción se traducen perfectamente en el espectáculo, cuyo modo de ser concreto es justamente la abstracción. En el espectáculo una parte del mundo se representa ante el mundo y le es superior. El espectáculo no es más que el lenguaje común de esta separación. Lo que liga a los espectadores no es sino un vínculo irreversible con el mismo centro que sostiene su separación. El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado.

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La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa. Por eso el espectador no encuentra su lugar en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas.

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El trabajador no se produce a sí mismo, produce un poder independiente. El éxito de esta producción, su abundancia, vuelve al productor como abundancia de la desposesión. Todo el tiempo y el espacio de su mundo se le vuelven extraños con la acumulación de sus productos alienados. El espectáculo es el mapa de este nuevo mundo, mapa que recubre exactamente su territorio. Las mismas fuerzas que se nos han escapado se nos muestran en todo su poderío.

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El espectáculo en la sociedad corresponde a una fabricación concreta de la alienación. La expansión económica es principalmente la expansión de esta producción industrial precisa. Lo que crece con la economía que se mueve por sí misma sólo puede ser la alienación que precisamente encerraba su núcleo inicial.

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El hombre separado de su producto produce cada vez con mayor potencia todos los detalles de su mundo, y así se encuentra cada vez más separado del mismo. En la medida en que su vida es ahora producto suyo, tanto más separado está de su vida.

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El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen.

Libro La sociedad del espectáculo (La société du spectacle), 1967

Libro en PDF

Libro del mismo Guy Debord, pero en 1988, confirmando y reconfigurando la visión sobre la sociedad post-industrial y las consecuencias: Comentarios a la sociedad del espectáculo

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