Políticas de la brujería

“En un devenir-animal, siempre se está ante una manada, una banda, una población, un poblamiento, en resumen, una multiplicidad. Nosotros, los brujos, lo sabemos desde siempre. (…) Hay toda una política de los devenires-animales, como también hay una política de la brujería: esta política se elabora en agenciamientos que no son ni los de la familia, ni los de la religión, ni los del Estado. Más bien expresarían grupos minoritarios, u oprimidos, o prohibidos, o rebeldes, o que siempre están en el borde de las instituciones reconocidas, tanto más secretos cuanto que son extrínsecos, en resumen, anómicos. Si el devenir-animal adopta la forma de la Tentación, de monstruos que el demonio suscita en la imaginación, es porque se acompaña, tanto en sus orígenes como en su empresa, de una ruptura con las instituciones centrales, establecidas o que tratan de establecerse.

(…)

Así actuamos nosotros, los brujos, no según un orden lógico, sino según compatibilidades o consistencias alógicas. (…) Nosotros conocemos muy bien los peligros de la línea de fuga, y sus ambigüedades. Los riesgos siempre están presentes, pero siempre existe una posibilidad de escapar a ellos: en cada caso se dirá si la línea es consistente, es decir, si los heterogéneos funcionan efectivamente en una multiplicidad de simbiosis, si las multiplicidades se transforman efectivamente en los devenires de paso”.

Gilles Deleuze- Felix Guattari

Extracto del libro Mil mesetas, de Gilles Deleuzey Felix Guattari, 1980.

fuente www.deleuzebrujo.blogspot.com.ar

Patología de la normalidad

«Una tranquilidad de muerte impide toda relación de amor, es una barrera para la creación. Una gran enfermedad. Realizar la ruptura, ir a través de la locura, representa la salvación.» Mary Barnes.

Hoy la psiquiatría vuelve a afirmar, al igual que en sus orígenes, la base biológica de la enfermedad mental. De esta manera parece superar la crítica y las influencias del psicoanálisis, primero, y del movimiento antipsiquiátrico después. La realidad cultural de la persona, así como de las personas y del ambiente que la rodean, quedan relegadas en el mejor de los casos a un distante segundo plano, apareciendo como indiscutible la teoría que afirma que la enfermedad mental, específicamente la «esquizofrenia», es «producto de un desequilibrio químico en el cerebro», tal como sentencla el articulista del diario El Comercio Erick Orbegozo.

Los discípulos del dr. Honorio Delgado, legiones de médicos siempre ansiosos de «curar» a las personas estupidizándolas con lobotomías, electrochoques y sedantes, están alegres al ver cómo las ideas de su maestro toman nuevo vigor. Sin embargo, y en aras de la honestidad intelectual y del bienestar de la gran cantidad de personas que son invalidadas con algún rótulo de anormalidad (bioneurótica, maniaco-depresiva, esquizofrénica y una amplia gama de vocablos de oscura delimitación y significación) es necesario decir que la bioquímica es claramente insuficiente para explicar causalmente la «esquizofrenia» y las llamadas «enfermedades mentales».

El Dr. Honorio Delgado, de quien hace dos años se conmemoraron 25 años de su muerte, no pareció sacar conclusiones correctas de los hechos que todo neurofisiólogo conoce, quizá por la misma estrechez mental -que él confundía con salud mental- que lo hizo ferviente partidario del nazismo y experimentar toda clase de tratamientos (desde shocks insulínicos hasta lobotomías) con sus pacientes del Larco Herrera, a varios de los cuales asesinó con absoluta impunidad.

Hablar de un desequilibrio bioquímico como causa de la «esquizofrenia» implica ignorar u olvidar que no existe noción de equilibrio como algo estable y estático. El neurofisiólogo francés Paul Chauchard, en su obra «El cerebro y la conciencia», afirma que «el equilibrio es un estado inestable, una fatigosa autorregulación en continuo desarreglo». Afirma además que el funcionamiento cerebral es de origen reflejo, es decir que la excitabilidad de las neuronas reaccionan a los estímulos exteriores. Explica la mente como una distribución fluctuante de excitaciones e inhibiciones neurónicas, donde las ondas eléctricas son un síntoma de perturbación de la materia viva que se traduce en modificaciones químicas.

Si entendemos que el cerebro es el órgano que hace posible que exista la mente, y que ésta es una proyeccion del exterior, y si aceptamos que una sociedad (sobre todo si tiene pretensiones totalitarias) condiciona la mente de las personas de acuerdo a sus intereses, entenderemos la posición del Joseph Berke, antipsiquiatra estadunidense, quien declara que la esquizofrenia no existe como condición sino como etiqueta que se aplica a algunas personas por mostrar conductas experiencias que no encajan en una determinada realidad social o microsocial; o la del Dr. David Cooper, quien señala que la enfermedad no está en una persona sino en un sistema relaciones del cual el considerado «loco» forma parte.

De esto se sigue que la enfermedad mental no existe. Cuando la enfermedad mental se puede ubicar y explicar en términos biológicos no se trata de enfermedad mental sino de enfermedades del cerebro (envejecimiento cerebral patológico, epilepsia…) que en el universo de enfermedades psiquiátricas son una pequeña minoría: la gran mayoría de casos desborda groseramente las teorías biologicistas.

Afirmar que la «esquizofrenia» tiene origen en un desequibrio bioquímico equivale a afirmar que el amor lo tiene, porque toda la vida psíquica la tiene, y toda bioquímica necesita de alguna clase de estímulo para desencadenarse. Por ejemplo, es gracias a los «desequilibrios» bioquímicos que el ser humano puede experimentar emociones. Recordamos que alguna vez la revista española Cambio 16 incluyó un articulo titulado «El amor es pura química». Afirmaba que la experiencia de enamoramiento es ocasionada por sustancias químicas producidas por el cerebro. Pero no mencionaba que estas sustancias se producen ante ciertos estímulos (que incluso podrían ser internos en el caso de una autoinducción voluntaria) y que la calidad y recepción de estos estímulos pasan por un velo cultural.

Si pensamos que eso que se conoce como amor hace que algunas personas pierdan la capacidad de pensar claramente, desarrollen impulsos agresivos y hasta asesinen, veremos que tiene tanto sentido inventar tratamientos para los «esquizofrénicos» como para los «enamorados». Y si además hacemos el ejercicio de imaginar a alguien que ama fuera de los cauces sociales, con intensidad pero sin desarrollar sentimientos de propiedad o sin exigir correspondencia, veremos el caso de una bioquímica cerebral activada con características que podnamos llamar contraculturales, por demás legítimas, pero que la psiquiatría no dudará en tachar de desorden emocional o de alteración mental, utilizando términos como «fijación paranoide» o «excitación maniaca».

La psiquiatría ha sido y es (antes más brutalmente que hoy) un agente de control social que se propone la regulación estricta de la experiencia humana y la perpetuación de las costumbres sociales establecidas. Si observarnos la experiencia artística veremos que las obras de arte no triviales no nacen precisamente de espíritus conformistas ni en «momentos de normalidad» bioquimica. Las descripciones de los «momentos de alteracion» y de extásis creativo pueden crear ansiedad en más de un psiquiatra estancado en su normalidad.

Margarita Durás decía que el arte «es la facultad que tengo para escribir al lado mío»; Max Ernst afirmaba que la «identidad será convulsiva o no será»; André Breton hablaba de «esa noche profunda con la que me vinculo, haciendo abstracción de mí mismo y de todo lo demás». El mismo Breton escribió: «sé que si estuviera loco, aprovecharía el internamiento para asesinar fríamente al que se pusiera a mi alcance, con preferencia al médico». Es casi innecesario decir que los psiquiatras tacharon a los surrealistas de narcisistas, obsesos, procedistas, y que toda persona que se juega la vida al crear, sumergiéndose en una vorágine receptiva y sensorial y desestructurando la rigidez del yo, es, desde el punto de vista de la ortodoxia psiquiátrica, un enajenado mental.

Es un error creer en las advertencias que da la psiquiatría para cuidar la «salud mental» de las personas, porque sin una mente rígidamente moldeada no habría posibilidad de desórdenes mentales, sin una noción fosilizadora de persona no habría personas que se quiebren. Las fronteras entre salud y enfermedad mental son ilusorias; lo único patólogico es pretender normalidad. Acerca de la erradicación de esta patología nada nos dice el psicoanálisis, convertido en una práctica conformista de ajuste social. No así la antipsiquiatría, que propone como camino para superar la detención en la Normalidad y, al mismo tiempo, para evitar la reclusión en un hospital, el tomar conciencia de la propia situación y hacerse cargo.

D. Cooper habla de desarrollar una «táctica de discreción para enloquecer», que pasa por reconocer los desórdenes emocionales, las inadaptaciones a la norma, Ias crisis de pensamiento, las dudas existenciales (que cuestionan nuestra frágil y engañosa base ontológica) como valiosos síntomas de vitalidad; y por su exploración y profundización como parte de una radical desestructuración de la propia mente para que al final en verdad sea propia y no el simple reflejo de Ellos.

Cooper sugiere experiencias límites que sean capaces de vaciar la mente y permitir experimentar la nada del propio del ser, en un instante, porque al siguiente uno regresa y es nuevamente uno separado y único, frente a los demás y el mundo. Esto hará imposible todo «lavado de cerebro», que Paul Chauchard define como la manipulación exterior del cerebro humano que lleva a su total adiestramiento. Cooper no habla de escapismos o de soluciones individuales absolutas, sino de «partir con la promesa interior de regresar transformados para transformar al mundo».

Evidentemente, en este proceso desaparece toda medicación tendente a anular la sensibilidad y toda violencia que entraña la división entre un analista (médico) y un analizado (paciente). Lo que no quiere decir que no se necesita ayuda. Esta terapia se da en primer lugar en soledad, y en segundo lugar, y sin perder la primera condición, en la relación con personas con experiencias que se reconocen en similares travesías. Sólo puede ayudar quien de alguna manera necesita también ser ayudado. El proceso liberatorio no tiene fin, no existen metas perfectas. La libertad conquistada se extiende, objetivándose, realizándose, en las relaciones con los otros hasta el infinito. Extirpada la patología de la normalidad queda una existencia sostenida por uno mismo y no por las normas y las miradas de los otros, una vida desconocida que es posible ir configurando en la vida diaria, en la intimidad, en la relación, muchas veces tortuosa con los demás.

Carlos M. Extraído de «A-Cultura» – Perú

Sobre el origen del sufrimiento psicológico

«La salud no consiste en estar nunca infeliz o siempre sano, sino básicamente es la capacidad del organismo para salir de la infelicidad o de la enfermedad» Wilhelm Reich. «Salud no es igual a normalidad: salud es la capacidad (perdida o disminuida en la actualidad) para conectar con nuestras propias necesidades vitales así como la capacidad para la búsqueda de la satisfacción adecuada a dichas necesidades. Salud es la posibilidad de autogestionar nuestras vidas.» Yolanda González Vara.

Somos mucho mejores de lo que aparentamos, nacemos llenos de cualidades que manifestamos cuando gozamos de salud mental. Sin embargo, la Humanidad entera está mal de los nervios (incluyendo también a los profesionales de la salud mental). Vivimos en un ambiente enloquecedor, donde los trastornos sociales nos repercuten gravemente y la descarga emocional es reprimida casi siempre y sustituida por falsas necesidades. De niños convivimos con adultos que nos contagian sin querer su sufrimiento psicológico.

Además, los que se dan cuenta de las opresiones sociales, las denuncian e intentan suprimirlas, son castigados: pierden el trabajo, son marginados, amenazados, torturados, muertos, encarcelados, exiliados, psiquiatrizados… Y es que la Medicina, la Psicología y la Psiquiatría no son imparciales, están al servicio de los intereses económicos de la clase explotadora y ésta trata de evitar que las cosas puedan cambiar. Pero en esta sociedad todos salimos perjudicados: tanto el opresor como el oprimido sufren deterioro mental y son degradados humanamente, dándose a veces un maltrato en cadena. Por tanto, la solución estará en romper el aislamiento, escucharse, desahogar… Apoyo mutuo y buscar el cambio social. Tenemos trabajo emocionante para todos.

Eneko Landaburu, Egin 31/10/95, extracto.

«Un organismo vivo es la quintaesencia de un sistema sinérgico; esto es, el todo es más que la suma de sus partes. Sin embargo, como la complejidad de los fenómenos bioquímicos imposibilita el análisis de todo el sistema, la bioquímica ha intentado descubrir las secretos de la función celular estudiando sus partes aisladamente. Por tanto, por necesidad, la bioquímica ha sido siempre una ciencia reductiva.»

J. David Rawn, en su libro de bioquímica.

revista Ekintza Zuzena http://www.nodo50.org/ekintza

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La urbe totalitaria

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos.

“Nos debemos persuadir de que está en la naturaleza de lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y manifestarse sólo cuando llega; así, no se manifiesta demasiado pronto ni encuentra un público inmaduro que le reciba.” (Hegel, La Fenomenología del Espíritu) Durante los años noventa se dieron plenamente una serie de cambios sociales lentamente gestados en periodos anteriores, cambios que pusieron de relieve el advenimiento de una nueva época bastante más inquietante que la precedente.

El paso de una economía basada en la producción a otra asentada en los servicios, el imperio de las finanzas sobre los Estados, la desregularización de los mercados (incluido el del trabajo), la invasión de las nuevas tecnologías con la subsiguiente artificialización del entorno vital, el auge de los medios de comunicación unilateral, la mercantilización y privatización completas del vivir, el ascenso de formas de control social totalitarias… son realidades acontecidas bajo la presión de necesidades nuevas, las que impone el mundo donde reinan condiciones económicas globalizadoras. Dichas condiciones pueden reducirse a tres: la eficacia técnica, la movilidad acelerada y el perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden creado no es la rapidez de los cambios y la destrucción de todo lo que se resiste, incluidos modos de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de oposición significativa.

Diríase que son los cambios constantes quienes han borrado la memoria a la población obrera e invalidado la experiencia, las referencias, el criterio y las demás bases de la objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores sacasen las conclusiones implícitas en sus derrotas. Además los cambios han pulverizado a la misma clase obrera, disolviendo cualquier relación y convirtiéndola en masa anómica. Lo cierto es que la adaptación a las exigencias de la globalización requiere acabar con los mismísimos fundamentos de la conciencia histórica, con el propio pensamiento de clase. Para que las masas sean ejecutoras involuntarias de las leyes del mercado mundial han de estar atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas en un inacabable presente repleto de novedades dispuestas ad hoc para ser consumidas en el acto.

Tantos cambios tenían que afectar a las ciudades, que, gracias a una pérdida imparable de identidad, llevan camino de convertirse en una versión de una misma y única urbe, o mejor, en partes de una sola megalópolis tentacular, un nodo de la red financiera mundial. Según el dinamismo que presente, aquél puede ser reorganizado funcionalmente (como en Cataluña), vaciado (como en Aragón), o colmatado (como en el País Vasco). En el espacio se juega el mayor envite del poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio de necesidades que ya son universales, es la técnica idónea para instrumentalizar el espacio, acabando así tanto con los conflictos presentes como con la memoria de los combates antiguos.

Se está creando un nuevo modo de vida uniforme, dependiente de artilugios, vigilado, frenético, dentro de un clima existencial amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro. La nueva economía obliga a nuevas costumbres, a nuevas maneras de habitar y vivir, incompatibles con la existencia de ciudades como las de antes y con habitantes como los de antes. Esa nueva concepción de la vida basada en el consumo, el movimiento y la soledad, es decir, en la ausencia total de relaciones humanas, exige una artificialización higiénica del espacio a realizar mediante una reestructuración sobre parámetros técnicos.

Lo técnico va siempre por delante del ideal, a no ser que sea el ideal. Los dirigentes de cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la innovación tecnoeconómica que no cesa: “una ciudad no puede parar”, tiene que “reinventarse”, “renovarse”, “refundarse”, “rejuvenecerse”, etc., para lo que habrá de “subirse al tren de la modernidad”, “impulsar el papel de las nuevas tecnologías”, “desarrollar parques empresariales”, “mejorar la oferta cultural y lúdica”, “construir nuevos hoteles”, tener una parada del AVE, levantar “nuevos edificios emblemáticos”, imponer una movilidad “sostenible” y demás cantinela.

Los PGOU recalificaron terrenos industriales y dieron carta blanca a la construcción de colmenas en altura. Después las modificaciones y los planes parciales han favorecido operaciones especulativas como los proyectos Forum 2004, Copa América, la Expo 2008, el IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los pelotazos inmobiliarios que “mueven” la economía y financian los planes desarrollistas significan una transferencia enorme de dinero público hacia las constructoras. Por eso la adjudicación discrecional de obras públicas es un arma política, pues también sirve para financiar a los partidos y enriquecer a sus dirigentes e intermediarios (el 10% de los costes consiste en sobornos). Los proyectos especulativos “privados” son al menos tanto o más importantes. El 80% de los ingresos de los ayuntamientos están relacionados con el mercado inmobiliario, el principal mercado de capitales del país. Así, pese a que la población envejece y disminuye, el último año se construyeron y vendieron 650.000 nuevas casas, operaciones muchas de ellas relacionadas con el blanqueo de dinero. El espectáculo de la urbanización a todo gas va siempre acompañado de la especulación y la corrupción sin trabas.

La llamada “crisis fiscal del Estado” permitió que en la explotación de las “potencialidades” urbanas llevasen la iniciativa los constructores, los políticos locales y los arquitectos (hacer arquitectura es meterse de lleno en la política de transformación totalitaria de las ciudades). Esa unificación por la base de la clase dominante ha tenido consecuencias más graves que la corrupción y el fraude. Los dirigentes se han dado cuenta de que tras la urbanización depredadora nacía una nueva sociedad más desequilibrada que comportaba un modo de vida emocionalmente desestabilizado y un nuevo tipo de hombre, frágil, narcisista y desarraigado. La arquitectura y el urbanismo eran las herramientas de fabricación del cocooning de aquel nuevo tipo, liberado del trabajo de relacionarse con sus vecinos, un ciudadano dócil, automovilista y controlable.

Como se trata de un proceso que todavía anda por su primer estadio y no de una situación acabada, todos los medios han de ser puestos tras ese único objetivo. La nueva sociedad no podía desarrollarse, ni en las ciudades franquistas semicompactas con centros históricos sin museificar y con barrios populares todavía en pie, ni en los pueblos rurales con su agricultura de subsistencia. Sobrevivían lazos de sociabilidad que aún permitían los fines comunes y la acción colectiva, reproduciéndose un medio social extraño a los valores dominantes. Unas estructuras espaciales al servicio de la circulación económica eran indispensables para eliminar aquellos lazos, borrar la memoria del pasado y condensar los nuevos valores de la dominación.

Estas son las conurbaciones, áreas nacidas de la fusión desordenada de varios núcleos de población formando aglomerados dependientes y jerarquizados de dimensiones notables, a los que los técnicos llaman “sistemas urbanos”. Unos habitantes separados entre sí, emocionalmente desestabilizados, necesitaban una especie de inmenso autoservicio urbano, un frenesí edificado donde todo es movimiento y consumo; en fin, una urbe fagocitaria descoyuntada orgánicamente y separada de su entorno, tan indiferente al abastecimiento del agua y la energía que consume como al destino de sus basuras y desperdicios.

Los residuos pueden ser fuente de beneficios, como lo es la escasez del agua y el transporte de energía (ya existe un mercado de la contaminación que opera con las emisiones de CO2), pero sobre todo son fuente de inspiración; lo dice Frank Gehry, un arquitecto del poder que empezó construyendo shopping malls. Los ecologistas y los ciudadanistas aportaron su lenguaje; por eso los políticos, con la mejor de las intenciones, califican de “verde” y “sostenible” todo lo que tenga hierba, no provoque atascos y dé hacia el sol (si fueran grandes los llamarían “ecomonumentos”). Los arquitectos elaboraron planes de “rehabilitación” de los centros degradados basados en la descatalogación del mayor número posible de edificios y en la peatonalización de las calles, con vistas a su adaptación al turismo.

Nuevas autopistas, nuevas ampliaciones portuarias y nuevas pistas de aterrizaje han de situar a la urbe en el mapa de la “nueva economía”, por lo que todo el mundo dirigente trabaja a marchas forzadas. Cada año se construyen en el país veinticuatro catedrales del relax consumidor, los centros comerciales, visitados anualmente por más de 23 millones de paisanos. A veces ocurre que el ciudadano anda un poco rezagado por culpa de recuerdos del pasado, no tan lejano, y tiene dificultades en ver el confort y la belleza de las nuevas “máquinas del vivir” (o “ecopisos”) y de sus emblemas monumentales.

Pero son precisamente esas formas nuevas, construidas con nuevos materiales en cuya fabricación puede que no haya “intervenido mano de obra infantil”, empleando nuevas técnicas que “no perjudicarán al medio ambiente”, y, eso sí fundadas en la privatización absoluta, el desplazamiento constante y la videovigilancia, las que traducen las nuevas relaciones sociales. El nuevo hábitat ciudadano es una especie de molde, o mejor, un aparato ortopédico que sirve para enderezar al nuevo hombre. De forma que, viviendo en tal medio, el hombre artificial del presente sea el hombre sin raíces del futuro.

El paradigma del nuevo estilo de vida en los granjas de engorde que llaman ciudades es el de los altos ejecutivos que las vedettes del espectáculo exhiben en las pantallas. Nada que ver con el viejo estilo burgués, orientado a la opulencia y el disfrute exclusivo de minorías. El nuevo estilo no es para gozar sino para mostrarse. La ciudad es ahora espectáculo. Eso tiene traducción urbana, especialmente en los monumentos. Los edificios monumentales típicamente burgueses se integran en un entorno clasista, definiendo el sector dominante de la ciudad. Tanto si son viviendas, como grandes almacenes o estaciones de ferrocarril, la arquitectura burguesa trata de ordenar jerárquicamente el entramado urbano donde se ubican.

El arquitecto burgués más bien “aburguesa” el espacio, no lo anula. Sin embargo no ocurrió así con la arquitectura franquista de los sesenta, apoyada en una industria de la construcción incipiente y en una imponente especulación. Los edificios franquistas, concebidos no como partes de un conjunto sino como hecho singular (y singular negocio), dislocan el espacio urbano, son como objetos extraños incrustados en barrios ajenos, rompiendo la trama, hasta el punto que los desorganizan y desertifican. Son monumentos a la amnesia, no al recuerdo; a través de ellos la ciudad expulsa su autenticidad y su historia, y se vuelve transparente y vulgar.

La nueva arquitectura, provista de medios mucho más poderosos, magnifica esos efectos de superficialidad y anomia urbicida. Unos cuantos edificios “de marca” y ya tenemos la identidad de la ciudad reducida a un logo y más fragmentada que con el caos automovilista. Fragmentada y llena de turistas. Heredera de la arquitectura fascista, la nueva arquitectura ensalza el poder en sí, que hoy es el de la técnica. Tener estilo particular, lo que se dice tener, no tiene. Busca disociar geométricamente el espacio, mecanizar el hábitat, estandarizar la construcción, imponer el ángulo recto, el cubo de aire.

El modelo son los aeropuertos, por lo que las nuevas ciudades habrían de ordenarse en función de aquellos. Serán en el futuro una prolongación del complejo aeroportuario, cuyo principal ariete es el AVE. El realismo desencarnado del llamado “estilo internacional” ha venido a ser el más apropiado, pero quizás resulte demasiado verídico en estos momentos del proceso y los dirigentes, pecando de verbalismo arquitectónico, hayan preferido una arquitectura “de autor” para los eventos espectaculares que han marcado los inicios de ambiciosas remodelaciones urbanísticas: el Guggenheim de Bilbao, la torre Agbar de Barcelona, la estación de Las Delicias de Zaragoza, el Kursaal de Donosti, l’Auditori de Valencia… , de los cuales lo mejor que puede decirse es que cuando ardan resultarán imponentes. Los políticos y los hombres de negocios que impulsan los cambios aspiran a que las ciudades se les parezcan, o que se asemejen a sus ambiciones, por eso todavía se necesitan edificios extravagantes y sobre todo gigantescos, susceptibles por sus dimensiones de traducir la enormidad del poder y la emoción mercantil que conmueve a los promotores.

Esta voluntad en hallar una expresión mayúscula del nuevo orden establecido, no deja de lado los aspectos más espectaculares que mejor pueden redundar en su beneficio, como por ejemplo el diseño. Estamos en el periodo romántico del nuevo orden y éste necesita símbolos arquitectónicos, no para que vivan dentro sus dirigentes sino para que representen los ideales de la nueva sociedad globalizada. A través de la verticalidad y del diseño los dirigentes persiguen no sólo la explotación máxima del suelo edificable o la neutralización de la calle, sino la exaltación de aquellos ideales perfilados por la técnica y las finanzas.

Las características principales que definen el nuevo orden urbano son la destrucción del campo, los cinturones de asfalto, la zonificación extrema, la suburbanización creciente, la multiplicación de espacios neutros, la verticalización, el deterioro de los individuos y la tecnovigilancia. La arquitectura del bulldozer típica del orden nuevo nace de la separación entre el lugar y la función, entre la vivienda y el trabajo, entre el abastecimiento y el ocio.

Derrumbados los restos de la antigua unidad orgánica, la ciudad pierde sus contornos y el ciudadano está obligado a recorrer grandes distancias para realizar cualquier actividad, dependiendo totalmente del coche y del teléfono móvil. La circulación es una función separada, autónoma, la más influyente en la determinación de la nueva morfología de las ciudades. Las ciudades, habitadas por gente en movimiento, se consagran al uso generalizado del automóvil. El coche, antiguo símbolo de standing, es ahora la prótesis principal que comunica al individuo con la ciudad. Nótese que la supuesta libertad de movimientos que debía de proporcionar al usuario, es en realidad libertad de circular por el territorio de la mercancía, libertad para cumplir las leyes dinámicas del mercado.

Por decirlo de otro modo, el automovilista no puede circular en sentido contrario. El lugar en el escalafón social se descubre en la correspondiente jerarquización del territorio producida por la expansión ilimitada de la urbe: los trabajadores habitan los distritos exteriores y las primeras o segundas coronas; los pobres precarios o indocumentados viven en los ghettos; los dirigentes viven en el centro o en las zonas residenciales de lujo; la clase media, entre unos y otros. El espacio urbano abierto va rellenándose con zonas verdes neutrales y vacíos soleados, mientras la calle desaparece en tanto que espacio público. El espacio público en su conjunto se neutraliza al perder su función de lugar de encuentro y relación (lugar de libertad), y se transforma en un fondo muerto que acompaña a la aglomeración y aísla sus partes (lugar de desconexión). El espacio sólo sirve para contener una muchedumbre en movimiento dirigido, no para ir contra corriente o pararse.

Los procesos de dispersión y atomización provocados por la instalación de la lógica de las máquinas en la vida cotidiana quedan reflejados en el tratamiento que la arquitectura moderna inflige a los individuos. Estos son contemplados como una suma de constantes sicobiológicas, una especie de entes con virtudes mecánicas. La casa deja de ser el producto artesanal con que sueñan los compradores de adosados y pasa a ser un producto industrial con formas diseñadas expresamente para embutir a los inquilinos, a los que previamente se les han simplificado las necesidades: trabajar, circular, consumir, divertirse, dormir. Ha de ser completamente cerrada (tendencia a suprimir balcones, empequeñecer ventanas y blindar puertas) y equipada con artefactos, para satisfacer tanto la obsesión de seguridad del habitante atemorizado como la necesidad de autonomía que exige su intimidad enfermiza y absorbente.

Los aspectos comunitarios de las viviendas han de ser mínimos de forma que nadie conozca a nadie y pueda vivir en la mayor privacidad; las funciones antaño sociales de los vecinos han de intentar convertirse en funciones técnicas a resolver individualmente o mediante el recurso a profesionales. La casa es una celda porque la sociedad se ha vuelto prisión. Las heridas que la sociedad de masas inflige al individuo son verdaderos indicadores de la mentira dominante. La falta de integración del individuo con el medio es realmente traumática: la pérdida de referentes comunes, el anonimato y el miedo conducen a la desestructuración social de las conductas, la insolidaridad, la neurosis securitaria y los comportamientos disfuncionales extremos, todo lo cual abre las puertas a patologías como la obesidad, la bulimia, la anorexia, las adicciones, el consumo compulsivo, la hipocondría, el estrés, las depresiones, los modernos síndromes…

Toda la neurosis del hombre moderno podría resumirse sacando la media entre los síntomas del hombre encerrado y los del hombre promiscuo, fan de una estrella del rock o hincha de un equipo de fútbol. Si a ello añadimos el deseo de ser eternamente menores de edad engendrado por el pánico a la vejez y una creciente agresividad hacia lo distinto, tenemos lo que W. Reich calificó de peste emocional, la base psicológica de masas del fascismo. Por otra parte, el cuerpo humano sufre constantes agresiones en un medio urbano insalubre donde la contaminación, el ruido y las ondas de telefonía se asocian con la alimentación industrial y el consumo de ansiolíticos para causar alergias, cardiopatías, inmunodeficiencias, diabetes o cáncer, típicas enfermedades modernas que denuncian el estado de decadencia física de una población con hábitos de vida patógenos que ni las dietas televisivas, ni los ajardinamientos, ni la recogida selectiva de basuras pueden cambiar. La ciudad nos vuelve a todos a la vez, enfermos, neuróticos y fascistas.

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos. Asistimos al fin de las modalidades de control social propias de la época burguesa clásica. La familia, la fábrica, y la cárcel eran los medios disciplinarios susceptibles de integrar o reintegrar a los individuos en la sociedad de clases; el Estado del “bienestar” añadiría la escuela, el sindicato y la asistencia social.

En la fase superior de la dominación en la que nos encontramos el sistema disciplinario es caro y tenido por ineficaz, dado que la finalidad ya no es la inserción o la rehabilitación de la peligrosidad social, sino su neutralización y contención. Por vez primera, se parte del principio de la inasimilabilidad de sectores enteros de la población, los excluidos o autoexcluidos del mercado, fácilmente identificables como jóvenes, independentistas, inmigrantes, precarios, mendigos, toxicómanos, minorías religiosas…, sectores cuyo potencial riesgo social hay que detectar, aislar y gestionar. Ya no solamente se persigue la infracción de la ley, sino la presupuesta voluntad de infringir.

De esta forma el tratamiento de la exclusión social o de la protesta que genera deja las consideraciones políticas al margen y se vuelve directamente punitivo. En último extremo, todo el mundo es un infractor en potencia. La cuestión social se convierte así en cuestión criminal, conversión a la que contribuyen una serie de leyes, reformas o decretos que inculcan o suspenden derechos y que introducen un estado de excepción a la carta. Por ejemplo, la creación de la figura jurídica del “sospechoso” cubrirá legalmente las listas negras, la prisión sin juicio y la expulsión arbitraria.

Se termina la separación de poderes, es decir, la independencia formal entre el gobierno, el parlamento y la judicatura. Entonces se instaura una guerra civil de baja intensidad que permite la represión encubierta de la población mal integrada, o sea, “sospechosa”. Los efectos sobre la ciudad son importantes puesto que la vigilancia propiamente carcelaria se extiende por todas sus calles. Primero son los bancos, centros comerciales, centros de ocio, edificios administrativos, estaciones, aeropuertos, etc., quienes ponen en marcha complejos sistemas de seguridad e identificación e instalan cámaras de videovigilancia; después, para impedir robos y sabotajes de empleados, se vigilan los lugares de trabajo; finalmente, es todo el espacio urbano el que se somete a la neurosis securitaria. Los vecinos, estimulados por los consistorios, contribuyen delatando conductas que consideran incívicas.

La ciudad se acomoda a la cárcel con cualquier pretexto: los terroristas, los asesinos en serie, los pedófilos, los delincuentes juveniles, los extranjeros indocumentados…, incluso los fumadores. Todo es poco para calmar la histeria ciudadana que los medios de comunicación han fomentado. Si la familia o el sindicato entran en crisis como herramienta disciplinaria, otros instrumentos de contención y guarda experimentan un auge sin precedentes: el sistema de enseñanza, el complejo carcelario y el ghetto. La escolarización extensiva y prolongada es la mejor manera de localizar y domesticar a la población juvenil. La proliferación de modalidades de encierro y de libertad “vigilada” hace lo propio con la población trasgresora. Por fin, el elevado precio de la vivienda y el mobbing alejan a la población indeseable de los escenarios centrales donde rige la tolerancia cero, para concentrarla en suburbios acotados abandonados a sí mismos. De todo lo precedente no resultará aventurado deducir que el orden en las nuevas metrópolis donde nadie se puede esconder, es un orden totalitario, fascista.

La lucha por la liberación del espacio es una lucha frontal contra su privatización y mercantilización, lucha que transcurre en condiciones, ya lo hemos dicho, fascistas. Dichas condiciones dejan en situación muy difícil a los partidarios de la expropiación y de la gestión colectiva del espacio, y en cambio favorecen a los que prefieren decorar, paliar y administrar su degradación. Sin embargo la reconstrucción de una comunidad libre en un marco de relaciones fraternales e igualitarias depende absolutamente de la existencia de circuitos ajenos al capital y la mercancía, es decir, de un territorio que se ha de sustraer al mercado donde pueda asentarse y protegerse la población segregada. Las anteriores luchas contra el capital han contado siempre con zonas exteriores y opacas. Ahora no. Por lo tanto, hay que crearlas, pero no contentarse con eso.

Miguel Amorós
abril 2006

fuente www.nodo50.org/tortuga/Miguel-Amoros-La-urbe-totalitaria

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“La destrucción de la biodiversidad tiene las mismas causas que la degradación social.”

Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad”. En su reflexión se aúnan dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado resalta una evidencia no siempre destacada: “Nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta.

Por Eduardo Febbro
Página 12

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Canción para mi cabeza

Con más neuronas que, que toda china
Es un ejército que me examina
Es insistente más que una mosca
Es una máquina que me da rosca

Que pide acción, (acción) adrenalina
Satisfacción, (satisfacción) bolsas de harina
Me pide sexo, sexo con todas
Y si no hay más, llora que llora

Me saca del presente, me tiene secuestrado
Me lleva al futuro, me trae al pasado
Como no ve ni siente, siempre miente
Mirada corta pero inteligente

Pide emoción, (emoción) bilirrubina
Que seas mía y no me sigas
Y pide más excitación a toda hora
Y en soledad, llora que llora

No seas pesada, no seas cotorra
Dejame en paz, sacate la gorra
Vivís preocupada, máquina boba
Sos mi policía, sacate la gorra

Sacate la gorra
Sacate la gorra

Me siento un esclavo de mi propia cabeza
Me sigue a todos lados, me habla, me aconseja
Como siempre desconfía, duda como un juez
El miedo es al derecho, la vida al revés

Diseño mecánico sin corazón
Es un buen empleado, pero un mal patrón
Se hace fuerte cuando hay discusión
Le teme al silencio, prefiere distracción

Me pide paz, que ponga una bomba
Vida espiritual, noche de conga
Me pide pizza, me pide dieta
Que me proteja y que te la meta

Me pide cambio, que me detenga
Que vaya al frente, y que me arrepienta
Que sea humilde, que me destaque
Que no me muera y que me mate

Pesada!, cotorra!
Dejame en paz, sacate la gorra
Vivís preocupada, máquina boba
Sos mi policía, sacate la gorra

Sacate la gorra, (sacate la gorra)
Sacate la gorra, (sacate la gorra)

No te preocupes por mí
No te preocupes por mí
Que me siento bien, bien!.

Gustavo Cordera

Del disco La Caravana Mágica Vol. 2 (2012)

Cómo matar Internet

Por todo el mundo, hay una fórmula mágica para aprobar leyes que restringen la libertad en Internet: declara que debes bloquear y controlar el tráfico para prevenir la pornografía infantil

Si tu eres como yo, tu impulso será el de dejar de leer esto ahora mismo. Nada me gustaría más que evitar una discusión sobre pornografía infantil. Este malestar, por supuesto, es la razón por la que evocar el fantasma de la pornografía infantil es tan efectivo cuando se trata de intentar aprobar legislación controvertida. Cómo una madre novata hacia su joven polluelo, mi primer impulso es el de apoyar cualquier medida que pudiera prevenir incluso un sólo niño/a de sufrir abusos.

Sin embargo, cuándo rascas la superficie de estos intentos de regular la comunicación en el nombre de la seguridad de las niñas, queda claro que estas leyes ignoran a los niños por completo y funcionan para atrapar a toda la sociedad en una red gigante de vigilancia y control.

El lobby del copyright en los países Escandinavos fue el primero en descubrir la fórmula mágica. Johan Schlüter, director del Grupo Danés Anti-Piratería, se quejó de que “los políticos no entienden que compartir archivos es malo.” La solución, según dijo, era centrarse en la pornografía infantil, “porque eso es algo que los políticos entienden, y algo que quieren sacar de Internet…Cuándo les pongamos a filtrar pornografía infantil, podremos hacer que extiendan el bloqueo a compartir archivos,”[1].

Esta estrategia fue salvajemente exitosa, y ha llevado a una serie de leyes en los países Escandinavos que permiten al gobierno forzar ISP (N. del equipo T.:”proveedores de servidores de Internet” por sus siglas en inglés) a bloquear algunos sitios, la mayoría de los cuales son sitios acusados de compartir archivos. La misma historia se ha repetido en Australia, Reino Unido, Corea del Sur y otros.

Recientemente, agencias de aplicación de la ley en el mundo están usando esta fórmula mágica. La policía lo tiene difícil para convencer a la gente en una democracia a someterse a niveles totalitarios de vigilancia continua — a no ser que cubran estos poderes extensivos con una capa de protección infantil (anti-terrorismo solía funcionar, pero es menos efectivo estos días).

En los EEUU, los mismos legisladores que introdujeron la infame enmienda SOPA (N. del equipo T.:”Decreto para Detener la Acción Pirata en Línea” por sus siglas en inglés) tienen otra joya:”Decreto para la Protección de Niños de los Pornógrafos en Internet”. Esta enmienda requiere a los ISP retener las direcciones de Internet y guardar los registros de sus clientes por más de un año. Más que limitar el acceso de la policía a los casos que implican sospecha de abuso de menores, información de las clientes se pondrá a disposición de las agencias gubernamentales ante cualquier sospecha criminal [2].

En Reino Unido, el gobierno actual está impulsando una ley llamada “Ley de la Comunicación de Datos”, comúnmente conocida como “Snoopers Charter”. Esta ley automatizaría el proceso de conceder a la policía acceso fácil a todos los meta-datos de toda la comunicación en linea (con quién, cuándo, y cuánto tiempo) y requerirá que estos datos sean capturados y almacenados por los proveedores de comunicación por más de un año. La Secretaria de Interior podría ordenar a un proveedor dar al gobierno acceso ilimitado para analizar todos los datos retenidos [3].

La audacia de la Snoopers Charter es impresionante y aunque suena demasiado inverosímil para ser real, la defensa de esta ley es igualmente surrealista. En respuesta a la crítica, la actual Secretaria de Interior, Theresa May, escribió una editorial displicente dónde decía que “las teóricas de la conspiración saldrán con reclamaciones ridículas sobre cómo estas medidas infringen la libertad.” Ella advierte que “los pedófilos están escapando debido a que la policía no puede acceder a todos los datos que necesitan,” y que “sin cambiar la ley la única libertad que vamos a proteger es la de criminales, terroristas y pedófilos,” [4]

En Canadá, una ley similar está siendo impulsada por los Conservadores en el gobierno, se llama “Decreto para proteger a los niños de los Predadores en Internet”. Se aprobó, y garantizará a la policía Canadiense una puerta trasera automática para entrar en los ISP, para monitor izar la comunicación digital histórica y en tiempo real de todas las Canadienses–todo sin ninguna orden de un juez [5]. La única mención a los predadores de niñas es en el título, que antes se llama “Decreto de Acceso Legítimo” [6]. El nuevo nombre sólo parece ser “un ardid retórico para llamar al bien de los niños para garantizar apoyo”, cómo el Partido Verde de la oposición a sugerido [7].

En todos los casos, las legisladoras están intentando usar la “pornografía infantil” como un caballo de Trolla para promulgar nuevos y amplios poderes de vigilancia que una vez fueron impensables en una sociedad libre. Ninguna de estas leyes hacen nada para aumentar los fondos de investigación o persecución del abuso de menores. Aún peor, estas medidas crean la ilusión de acción mientras ignoran los medios de salud pública basados en evidencias que han mostrado su eficacia en reducir el abuso de menores [8]. En lugar de proteger a las menores, conseguimos un estado policial enormemente intensificado.

A no ser que la encriptación sea completamente ilegal izada, los poderes de vigilancia ampliados van a hacer poco para capturar a los pornógrafos de menores. Tristemente, los pedófilos están entre la poca gente que práctica buena seguridad de la comunicación. Estas leyes capturarán a la población en general en una gigante red de arrastre de vigilancia pero dejarán a los pedófilos pasar a través.

Los movimientos sociales necesitan más que destreza para hablar, también requieren la habilidad para susurrar. Alrededor del mundo, ha habido un asalto total al derecho a susurrar en forma de intentos de “civilizar” Internet. Ahora vemos este asalto envolviéndose en el rollo de la protección infantil. Es una visión cínica que debe llamarse por su nombre: una distracción de las auténticas medidas que pueden ayudar a los menores, y una amenaza a la posibilidad de disentir.

Riseup Collective

notas:
[1] https://torrentfreak.com/the-copyright-lobby-absolutely-loves-child-pornography-110709/
[2] http://en.wikipedia.org/wiki/Protecting_Children_from_Internet_Pornographers_Act_of_2011
[3] http://www.zdnet.co.uk/news/regulation/2012/06/18/communications-data-bill-need-to-know-40155406/
[4] http://www.thesun.co.uk/sol/homepage/features/4371619/Online-tracking-isnt-snoopers-charterit-is-crooks-nightmare.html
[5] http://en.wikipedia.org/wiki/Protecting_Children_from_Internet_Predators_Act
[6] http://rabble.ca/blogs/bloggers/justin-saunders/2012/06/lies-damn-lies-and-vic-toews
[7] http://www.oakbaynews.com/news/139733713.html
[8] ver http://www.springerlink.com/content/a737l8k76218j7k2/ y
http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/car.1194/full

fuente: http://riseup.net

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Si no somos felices

Mucha tierra, pocas manos,
cosecha, muerte entre hermanos.
Y si no somos felices,
este invento ha fracasado.

Fugitivos pero esclavos.
Víctimas y victimarios.
En guerra con uno mismo.
Siempre al borde del abismo.

Querer lo que no se tiene.
Esperar lo que no viene.
El gusto de ese vacío.
Un sabor que es tuyo y mío.

Las miserias nos igualan.
Y los egos nos separan.
Sin sentido compartido.
Confuso y entretenido.

La acritud de estos tiempos.
El óxido de los siglos.
El peso de un juego
que cae por su propio vicio.

Así que enfréntala. Asi que muévela.
Es una forma de cuidar nuestro aire de Jah.
Rastafari. Y ahora que veo tu espada,
que mata sin decirte nada.

Condestinos embargados.
Por sus dioses olvidados.
Desamparadas las almas.
Entre el hampa y el estado.

Enmascarando el cinismo,
con un sutil terrorismo.
El multimedia ha vencido,
con su consumo masivo.

En todo este desconcierto,
todo en venta y sin prospecto.
Condenan mis elecciones,
mientras que tienen acciones.

En la muerte organizada,
y condenan por pavadas,
al que banca con su espalda
a la hipócrita morada.

Mucha tierra, pocas manos,
cosecha, muerte entre hermanos.
Y si no somos felices,
este invento ha fracasado.

Fugitivos pero esclavos.
Víctimas y victimarios.
En guerra con uno mismo.
Siempre al borde del abismo.

Querer lo que no se tiene.
Esperar lo que no viene.
El gusto de ese vacío.
Un sabor que es tuyo y mío.

Las miserias nos igualan.
Y los egos nos separan.
Sin sentido compartido.
Confuso y entretenido.

Es lo que siento…

Kameleba

Del disco Tiempos de tribulación (2012)

www.kameleba.com.ar