Tratar los desechos con respeto *

Una alternativa a la agroindustria y su contaminación. El sistema agroalimentario está al borde del colapso.

Entre los años 2000 y 2003, la cosecha mundial de granos cayó por cuarto año consecutivo, dejando las reservas en su punto más bajo en treinta años. En esos años, la temperatura mundial siguió elevándose rápidamente. La cosecha “record” de 2004 apenas alcanzó para satisfacer el consumo de ese año. Hoy día, los expertos pronostican daños mucho mayores de lo que decían antes, a causa del calentamiento global. Un equipo de científicos de China, India, Filipinas y EE.UU ha publicado que el rendimiento de los cultivos baja un 10% por cada grado centígrado que aumenta la temperatura nocturna durante el período de crecimiento.

El Panel Inter-gubernamental para el Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) predijo que en el siglo que corre la temperatura media global se elevará entre 1,4 y 5,8 grados C. Pero el modelo IPCC falla en captar la naturaleza abrupta del cambio climático, que podría suceder en tan sólo unas décadas o años. Otro grupo de científicos, de la Universidad de Oxford en el Reino Unido, argumenta que el aumento de la temperatura será mayor (entre 1.9º C y 11.5º C), cuando el nivel de CO2 en la atmósfera, que actualmente está en 379 partes por millón, duplique efectivamente su valor anterior a la Revolución Industrial, de 280 partes por millón, en algún momento del presente siglo.

La “burbuja económica” basada en sobre-explotar los recursos naturales está al borde del colapso, señala Lester Brown del Earth Policy Institute (Instituto de Políticas sobre la Tierra). Es imperativo que transformemos urgentemente nuestro sistema agroalimentario en forma sustentable.
Este autor resume los fracasos de la “burbuja económica”: “…pesquerías vacías, bosques más pequeños, desiertos que se expanden, aumento del nivel de CO2, suelos erosionados, temperaturas elevadas, agotamiento de la napa freática, glaciares derretidos, pastizales deteriorados, crecimiento del nivel de los mares, ríos que se secan y especies que se extinguen”.

Demasiadas de las mejores regiones agrícolas del mundo, como las que existen en China, India y EE.UU, han agotados sus reservas de agua subterránea a causa de la agricultura de irrigación. Paralelamente, por el temor creciente al agotamiento, la promesa de petróleo barato se esfumó a partir de los us$ 58 el barril del 4 de abril de 2005, y se espera que suba a us$ 100 en los próximos dos años. (1) Esto es un desastre inminente para la agroindustria por su dependencia fuerte tanto del agua como del petróleo; y también para los cultivos transgénicos (véase más adelante).
Nuestro sistema agroalimentario es el legado de la revolución verde con su agricultura de altos insumos externos, un sistema promovido desde políticas que sólo benefician a las corporaciones transnacionales de los agronegocios a costa de los agricultores. Los costos reales de esta agricultura se ven cada vez más claramente:

¿Por qué no cultivos transgénicos?

Entonces, ¿los transgénicos solucionarían la crisis alimentaria?
Un organismo genéticamente modificado (OGM) es aquel sobre cuyo material genético natural se insertan genes sintetizados. Así se obtienen los cultivos transgénicos para la alimentación humana y animal, y para fibras y fármacos.
Algunos científicos han hecho campaña en favor de los cultivos transgénicos para alimentar al mundo, argumentando que son completamente sanos porque su tecnología es muy precisa y su regulación, la más estricta.

También afirman que son buenas para la biodiversidad, que aumentan las cosechas, reducen el uso de pesticidas, etc. Estas afirmaciones fueron desmentidas, con datos propios del Ministerio de Agricultura de EE.UU. y por científicos independientes. Pero sobre todo, la experiencia de los agricultores en todo el mundo encuentra que los cultivos transgénicos necesitan más agua y son menos tolerantes a la sequía que las variedades no transgénicas. (2) El Service for the Acquisition of Agri-biotech Applications, ISAAA (Servicio Internacional de Adquisiciones de Aplicaciones Biotecnológicas), que se define a sí mismo como una organización “sin fines de lucro”, aunque esté creada por los titulares de esa industria, encargado de difundir los beneficios de la agricultura “biotecnológica” entre los pobres de “los países en desarrollo”, sostiene que los cultivos transgénicos se expandieron a 81 millones de ha en el mundo en 2004, un aumento del 20% respecto al año anterior.

El cultivo de OGMs es igual al monocultivo agroindustrial, sólo que mucho peor. Son dos las transgénesis más características: 75% de los cultivos GM tiene tolerancia a un herbicida (glifosato) (3) y el resto posee una toxina del Bacillus Thuringiensis para combatir algunas orugas, estos últimos son los llamados Bt.
Adviértase que sólo 1,6% de la superficie cultivable del mundo es sembrada con transgénicos, el 80% sólo en dos países, (4) así que estamos a tiempo para decir no.
En estos años se comprobó que ambos tipos de OGMs fracasaron en aspectos sustanciales: disminución de cosechas por ha, y requieren más uso de pesticidas. Esto significó pérdidas económicas para los agricultores (en algunos casos drásticos, hubo suicidios de campesinos pobres) y perjuicios para la salud y el ambiente. Esta suma de fracasos me condujo a pensar en 2002 que el cultivo de OGMs iba a desaparecer. Fui demasiado optimista y subestimé el poder de la desinformación y la propaganda corporativa.

Pero una gran cantidad de descubrimientos recientes no sólo confirman lo que ya sabíamos sino que completan el panorama de la devastación. Han aparecido supersemillas resistentes al Round-up e insectos-plaga resistentes al Bt, haciendo que ambos transgénicos resulten cada vez más inservibles. Pero eso no es todo.
Las plantas Bt presentan cantidades distintas de la toxina, con lo cual no se logra eliminar en forma eficiente la plaga-objetivo pero sí daña insectos benéficos como predadores, abejas y descomponedores del suelo. La toxina Bt es un alergénico potencial en humanos que puede provocar reacciones fuertes en el sistema inmunitario.

El herbicida Round-up causa muerte súbita en las plantas. También mata ranas. Aun aplicado a la décima parte de la dosis recomendada es muy tóxico para las células de la placenta humana (ya ha sido vinculado con varios tipos de cáncer, defectos neurológicos y aborto espontáneo).
Hay más. Un equipo de investigadores liderado por Irina Ermakova, de la Academia Rusa de Ciencias Naturales, comprobó que el 36% de las crías de ratas alimentadas con soja transgénica presentaron raquitismo severo, contra un 6% registrado en las crías de las que se alimentaron con soja convencional. En las tres semanas posteriores, murió el 55% de la descendencia de las ratas que comieron soja transgénica, una mortalidad entre seis y ocho veces mayor que la del otro grupo. Esto último es, quizás, lo más preocupante entre la serie de revelaciones que confirman que los transgénicos distan mucho de ser sanos, algo que han sido sistemáticamente ignorado y descalificado.

- Ratas alimentadas con soja transgénica durante su embarazo dieron a luz progenie con raquitismo severo, murieron antes de las tres semanas.
- Ratas alimentadas con maíz transgénico de Monsanto desarrollaron importantes deficiencias renales y de la sangre.
- Aldeanos del sur de Filipinas padecieron una enfermedad misteriosa cuando el maíz híbrido GM de Monsanto floreció por segundo año consecutivo. Entre los aldeanos se encontraron anticuerpos de la proteína Bt del maíz transgénico.
- Una docena de vacas murió tras ser alimentadas con maíz GM de Syngenta y otras de la manada tuvieron que ser sacrificadas a causa de una enfermedad desconocida.
- El investigador húngaro Arpad Pusztai y sus colegas encontraron en ratas jóvenes alimentadas con papa transgénica, que todos sus órganos estaban dañados y que el grosor de las paredes del estómago era el doble que el normal.
- Otros científicos en Egipto descubrieron efectos similares trabajando con ratones alimentados con otra papa transgénica.
- El organismo de control de alimentos de EE.UU. (FDA, por su sigla en inglés) tiene datos desde principios de los 90 sobre el desarrollo de orificios pequeños en el estómago de ratas alimentadas con tomate transgénico.
- Pollos alimentados con maíz RR de Aventis mostraron el doble de mortalidad que la de los grupos de control.
- Nuevas investigaciones en Canberra (Australia) demostraron que cuando una proteína de haba, que no presentaba riesgo alguno, era transferida, ingeniería genética mediante, a la arveja, ésta causaba inflamación en los pulmones de ratones y provocaba reacciones con otras proteínas de la dieta.

Resumiendo, muchos de los alimentos GM provocan efectos perjudiciales severos sobre varias especies animales, entre ellas los humanos. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que hay algo inherentemente dañino en los procesos de la ingeniería genética.

El caso más interesante es el de la arveja transgénica. Gracias a investigaciones inmunológicas y bioquímicas se reveló por primera vez que una proteína suya se procesa en forma diferente en otras especies y pasa de ser una proteína inocua a ser un agente patógeno. La proteína transgénica provocó reacciones inmunitarias contra muchas otras proteínas presentes en la dieta.
Prácticamente todas las proteínas transgénicas implican transferencia de genes a especies ajenas y en consecuencia se procesan de modo diferente y por lo tanto son inmunogenéticos en potencia. Sin embargo, el tipo de pruebas que se realizaron con la arveja transgénica no se aplicó a ninguno de los transgénicos aprobados comercialmente como alimento humano y animal. Éste es un asunto urgente de salud pública y deben prohibirse todos los alimentos transgénicos hasta tanto no se realice el debido análisis inmunogenético en todas las proteínas transgénicas.

¿Qué hay de malo en los organismos genéticamente modificados?

Genes nuevos o recombinaciones producidas en laboratorio, que nunca han existido en miles de millones de años de evolución, se introducen en nuestro alimento. Cada especie sintetiza sus proteínas en forma particular y, por ende, no es tan raro que ocurran reacciones inmunitarias tales como alergias, como se lo ha comprobado en el caso de la arveja transgénica. Pero además, las proteínas que se alteran genéticamente son distintas de las nativas en sus secuencias de aminoácidos, a veces intencionalmente y otras veces no. Si uno observa sólo las secuencias de aminoácidos descubre que 22 de 33 proteínas transgénicas presentes en cultivos comerciales son similares a alergénicos conocidos y, por eso mismo, son alergénicos potenciales.

El material genético se introduce artificialmente en las células a través de métodos invasivos que no son controlables, ni confiables, ni predecibles, y distan mucho de ser precisos. Como resultado se puede dañar el material genético natural del organismo provocando efectos impredecibles e inesperados, desde anormalidades groseras claramente notorias hasta cambios metabólicos que pueden producir intoxicación subclínica.

Parte de estos genes extraños son copias de los genes de bacterias y virus causantes de enfermedades. Además tienen genes resistentes a antibióticos para marcar aquellas células que toman esos genes insertados.
Desde los comienzos de la ingeniería genética, en los 70, los científicos advirtieron que el riesgo que implicaba liberar el material genético sintetizado era crear nuevos virus y bacterias patógenas, y también que la liberación de la resistencia a los antibióticos podría hacer intratables las infecciones. Hasta impulsaron una moratoria en la Declaración de Asilomar. Lamentablemente, la moratoria duró poco ante la presión de los intereses de explotación comercial de la ingeniería genética.

El riesgo es aún mayor porque el material genético persiste después de la muerte de la célula o el organismo y éste puede pasar a alguna bacteria o virus presentes en cualquier ambiente. Este proceso, denominado transferencia horizontal de genes y recombinación, es la vía principal para crear patógenos peligrosos. La ingeniería genética no hace sino aumentar notablemente la recombinación y transferencia horizontal de genes, y ya han aparecido algunas desagradables sorpresas.

Científicos australianos crearon “accidentalmente” a partir de un virus inocuo, uno letal que eliminó a todos los ratones de laboratorio, aun aquellos que estaban inmunizados. El New Scientist tituló: “Se disparó un gen, la biotecnología sale con una desagradable sorpresa. La próxima vez, puede ser catastrófico”. La nota central rezaba: “Desastre en el proceso. Un virus artificial de ratón nos pone a un paso de la más refinada arma biológica”.

Los científicos habían modificado una molécula del virus que participa en la respuesta inmunitaria, agregándole una codificación genética que potenciara la producción de anticuerpos. En cambio, lo que ocurrió fue que suprimieron cualquier respuesta inmunitaria, haciendo al virus incontrolable. Previamente, los investigadores habían añadido este gen a un virus que inyectaron a animales y descubrieron que el virus tardaba más tiempo en ser eliminado. Podemos suponer que este efecto supresor de respuestas inmunitarias puede ser trasladado a cualquier virus. ¡Imaginen si este gen alguna vez llega a un virus causante de enfermedades, por ejemplo viruela!

Resultan aún más sorprendentes las investigaciones efectuadas en la Universidad de California en Berkeley. Los científicos rompieron la serie genética de la bacteria de la tuberculosis, Mycobacterium tuberculosis, y crearon una variedad mutante híper-virulenta que liquidó a todos los ratones en 41 semanas; mientras que en el grupo de control, los ratones expuestos al virus sin modificar, no sufrieron esa mortandad.
Existe otro asunto pernicioso. Los genes sintéticos, creados en el proceso de ingeniería genética están diseñados para atravesar la barrera de la especie e insertarse en el material genético natural de otra célula. Este proceso puede activar el cáncer en humanos. Esto no es una conjetura teórica, ha sucedido en las terapias genéticas que consisten en modificar las células humanas utilizando material sintético comparable con los de la modificación genética de plantas y animales.

En el 2000 profesionales del Hospital Neckar, París, trataron a unos niños con severa inmunodeficiencia combinada. El tratamiento, exitoso en su comienzo, consistió en extraer células de la médula ósea, modificarlas genéticamente en un tubo de ensayo e inyectarlas nuevamente al paciente. Pero a partir de 2002 tres niños desarrollaron leucemia. Uno de ellos falleció. El gen añadido sobre-activó el gen que se encarga de la división celular, produciendo en forma descontrolada glóbulos blancos.
Hasta aquí sólo he comentado muy someramente algunos de los peligros y riesgos relacionados con la manipulación genética. Pero es suficiente para darse cuenta que existe una gran campaña de desinformación por parte de los propulsores de los transgénicos.

El mayor peligro, me parece, es la forma en que se piensa, cómo conciben el asunto los impulsores de los transgénicos. La ingeniería genética en plantas y animales surgió bajo la ilusión de que el material genético es constante y estático, y que las características del organismo están determinadas por los genes. A cada rasgo le corresponde un gen determinado. Pronto los genetistas descubrieron, para su sorpresa, que el material genético es dinámico y fluido, tanto la expresión como la estructura son constantemente cambiantes, y están bajo la influencia de su ambiente. Para los 80 ya se había acuñado el término “el genoma fluido”, que captura la esencia con la que se concibe el cambio de paradigma que describo en mi libro Living with the Fluid Genome. El genoma es la totalidad del material genético presente en un organismo.

Los procesos que regulan este genoma fluido son orquestados por el organismo como totalidad en una danza de la vida que es necesaria para sobrevivir. En contraste, la ingeniería genética en el laboratorio es grosera, imprecisa e invasiva. Para hacer un OGM, el gen extraño que llega al genoma puede caer en cualquier parte, de cualquier forma y tiene tendencia a ser inestable. Esto sucede porque estos genes extraños no conocen el lenguaje del organismo anfitrión. Los ingenieros genéticos tampoco parecen dispuestos a aprender este lenguaje.

Por estos motivos una docena de científicos de diversos países nos hemos autoconvocado para formar un Panel de Ciencia Independiente, donde se trabaja para superar la campaña de desinformación de los científicos pro-OGM y su agenda corporativa, y reclamar en cambio a la ciencia como un bien público. En nuestra Iniciativa por un mundo sustentable libre de trangénicos, hemos compilado todas las pruebas contra los cultivos transgénicos así como también las pruebas sobre los logros y beneficios de las formas de agricultura sustentable libre de transgénicos. Con esos fundamentos hemos hecho un llamado a prohibir más liberaciones de transgénicos al ambiente y un cambio hacia una agricultura sustentable.

Es una locura total extender los cultivos transgénicos a través del planeta, como se propone el lobby pro-OGM. Esto nos puede conducir indefectiblemente hacia la bio-devastación planetaria, al fracaso masivo de los cultivos y al hambre global.

Los beneficios de un sistema sustentable para todos

Producir nuestros alimentos en forma sustentable es la tarea más urgente de la humanidad. También es la manera de garantizar la salud, mitigar el calentamiento global y salvar al planeta de la explotación destructiva.
Los beneficios de un sistema agroalimentario sustentable se van haciendo evidentes (véase cuadro más abajo). Es la oportunidad para reducir el gasto de energía mejorando la eficiencia al punto de producir con los propios “desperdicios” agrícolas que se reconvierten en abono para aumentar la productividad –con lo cual se reemplaza el combustible fósil y se reducen las emisiones de gases del efecto invernadero– mientras aumentan los depósitos y reservas de carbono.

El modelo hegemónico no es sustentable

Tenemos el conocimiento que nos permite alcanzar la seguridad alimentaria y, a la vez, mitigar seriamente el calentamiento global. Lamentablemente, nuestros representantes electos están abrumadoramente comprometidos con el modelo neoliberal, que creó esta economía ficticia. Están desprovistos de sabiduría y voluntad política para llevar a cabo los cambios estructurales que se necesitan para poner en práctica aquel conocimiento.
Este modelo económico fomenta la competencia y la producción ilimitada, y es responsable de la explotación más criminal y destructiva de los recursos naturales de la Tierra. También es responsable de la pérdida de tierras cultivables y del empobrecimiento de miles de millones de seres humanos.

Un estudio del Food Policy Research Institute (Instituto Internacional de Investigación en Políticas Alimentarias) revela que cada año se abandonan diez millones de ha de cultivos en el mundo como consecuencia de la erosión del suelo, y otras diez millones se están deteriorando severamente a causa de la salinización como consecuencia de riego o drenaje deficientes. Esto equivale a más del 1,3% del total de la tierra cultivable. La incorporación de nuevas tierras, para reemplazar a las gastadas, genera el 60% de la deforestación mundial. El desmonte libera a la atmósfera ingentes cantidades de carbono, transformando reservas y sumideros en fuente de emisiones. Algunos indican que bosques tropicales marginales almacenan 418 ton. de carbono por ha, incluyendo el carbono del suelo, y son capaces de capturar 5 ton. por ha. por año. La deforestación es responsable del 20% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero, y tiene un papel importante en la desestabilización del clima, aumentando la frecuencia de huracanes, sequías, inundaciones y olas de calor.

El modelo neoliberal es el gran responsable. Más de tres mil millones de seres humanos padecen malnutrición (falta de calorías, proteínas, hierro, yodo y/o vitaminas A, B, C y D), y 850 sufren de hambre (desnutrición de proteínas y energía). La principal causa del hambre es la pobreza. Unos mil millones de habitantes de los países empobrecidos vive con menos de us$ al día.
El gran obstáculo hacia la construcción de sistemas agroalimentarios sustentables es la continuada perpetración de este modelo económico, que ha probado sobradamente su absoluto fracaso. Hay varios ejemplos que prueban con éxito la aplicación de un modelo gestado desde las bases y a continuación expondré sintéticamente uno de ellos, alternativo, sustentable, de crecimiento equilibrado. Algo que he estado elaborando en los últimos ocho años en mi libro El arcoiris y el gusano y en otras publicaciones, y que he presentado en su forma más definitiva junto con el ecologista Robert Ulanowicz.

Un ingeniero ambiental conoce a campesinos chinos

Se puede producir superávit de alimentos sin usar pesticidas ni fertilizantes químicos y con poca o nula emisión de gases del efecto invernadero. La clave es el tratamiento adecuado de los desechos para que los nutrientes queden en la granja y sostengan la producción de cultivos, pesquería y animales. Y obtener incluso biogás como sub-producto y, cuestión de suma importancia, conservar el agua potable y devolver agua limpia a los acuíferos.
El profesor George Chan pasó años perfeccionando este sistema que ha bautizado como Sistema Integrado de Manejo de Alimentos y Desechos (IFWMS, por su sigla en inglés). Para mí es “la granja ideal”.

Chan nació en Isla Mauricio y asistió a Imperial College de la Universidad de Londres donde se especializó en ingeniería ambiental. Fue director de dos programas importantes patrocinados por la Environmental Protection Agency (EPA, Agencia de Protección Ambiental) y el Ministerio de Energía de EE.UU. en el marco del Tratado con las Islas Marianas del Pacífico Norte. Ya jubilado, Chan pasó cinco años en China junto a los campesinos, y confesó que allí aprendió tanto como en la universidad.

Una granja con manejo integrado se compone de cultivo, ganado y pesquería. Pero los desechos se reaprovechan para producir algas, lombrices, pollos, gusanos de seda, hongos y cualquier otra producción adicional que beneficie al agricultor y a las comunidades locales.

Tratar los desechos con respeto

El secreto está en tratar a los dessechos para que no pierdan sus nutrientes y puedan reutilizarse como alimento. Al mismo tiempo, los gases que disipan los desechos se pueden capturar para utilizarlos como combustible.
En primer lugar, los desechos del ganado se echan al estanque. La desintegración de los mismos ocurre en un ambiente anaeróbico para poder obtener el biogás (metano). Luego, los desechos, parcialmente desintegrados, serán tratados aérobicamente: se recogen en contenedores que irán a un sector sombrío del estanque para que allí crezca el alga verde que, fotosíntesis mediante, aporta el oxígeno necesario para transformar estos desperdicios en alimento apto para los peces. Con esto se logra aumentar la fertilidad del estanque y la calidad del alimento de los peces, sin afectar el oxígeno disuelto en agua que necesitan para vivir.

En este sistema todos los nutrientes “extras” se utilizan para aumentar la productividad, lo que significa sostener otro depósito o sumidero de carbono, evitando que el CO2 vaya a la atmósfera. El biogás se utiliza como energía limpia para cocinar, para iluminar, etcétera. Sobre todo en la cocina, su beneficio es mayor porque se evita el uso de leña o estiércol como combustible, cuyo humo puede ocasionar problemas respiratorios a mujeres y niños. Ni hablar del trabajo que se ahorra en conseguir los 30 o 35 kg de leña cada semana, permitiendo a la mujer que tome estudios o genere una fuente adicional de recursos. La energía del biogás también puede emplearse para los procesos de conservación y agregado de valor a los productos agrícolas, reduciendo las pérdidas y aumentando los beneficios. “Se puede convertir todos estos sistemas desastrosos de granja, especialmente en los países más pobres en sistemas ecológicamente equilibrados y económicamente viables que no sólo mitigarían la pobreza sino que la erradicarían!”, afirma Chan.

Reciclar más para aumentar la productividad

La antigua técnica de rotar agricultura y ganadería ha sido eficaz para los agricultores en casi todo el mundo: el estiércol del ganado se usa como abono y el rastrojo como alimento para el ganado.
Sin embargo, Chan señala que, expuesto a la atmósfera, el estiércol pierde más de la mitad del nitrógeno en amonio y óxidos de nitrógeno antes de formarse los nitratos estables que son el fertilizante de las plantas. La innovación de incorporar la pesquería junto a la ganadería y la agricultura mitiga esa pérdida.
El proceso de integración se optimiza cuando se suma un segundo ciclo productivo, de peces, cuyo desperdicios generan nuevos nutrientes; esto permite que los agricultores pequeños aumenten considerablemente sus recursos. Pero hay que tener cuidado porque arrojar demasiados desechos sin tratar al estanque puede acabar con el oxígeno y matar a los peces.

El aporte más valioso que realizó Chan es, entonces, su método para tratar los desechos en dos etapas. La descomposición anaeróbica evita que se disipen nutrientes y reduce significativamente la emisión de gases del efecto invernadero ya que se usa el metano para fabricar biogás, y el óxido de nitrógeno sirve como alimento para las algas y, por lo tanto, para los peces.
Cerrar el ciclo es la cuestión más importante para el crecimiento sustentable, los animales se deben alimentar del cultivo y sus residuos procesados, y no con la basura de restaurantes y mataderos.

Agregar ciclos vitales para que crezca la productividad

El tratamiento aeróbico, en los contenedores a la sombra, está a cargo de un alga verde, la Chlorella, productora de oxígeno. Chlorella es muy prolífica y también se la puede cultivar por su alto valor proteico como alimento para gallinas, patos y gansos.
Cuando los efluentes de los contenedores de Chlorella llegan al estanque de los peces, ya no queda materia orgánica de los desechos animales y si queda algún residuo orgánico, rápidamente se oxidará por la abundante presencia de oxígeno disuelto. Los nutrientes pueden ahora ser aprovechados por varios tipos de plancton natural y así alimentar un policultivo de 5 o 6 especies compatibles de peces. No hará falta ningún alimento artificial, quizás se pueda utilizar alguna pastura local para alimentar a peces herbívoros.

Los desechos de los peces, que se descomponen en forma natural en un estanque grande, aportan nutrientes que son asimilados por los cultivos que crezcan en dicha agua o en canales de riego.
También se puede abonar el estanque con arroz fermentado u otros granos utilizados para producir alcohol, o con los desperdicios de los gusanos de seda. Todo esto se traducirá en mayor productividad de peces y del cultivo sin que se dañe la calidad del agua.

Se están llevando a cabo experimentos para oxigenar el fondo del estanque, mediante bombas propulsadas a biogás, y así aumentar la producción de plancton y peces.
Además de cultivar en los bordes del estanque y, por ejemplo, cultivar la vid en pérgolas sobre el agua o sobre los canales; en algunos países se cultivan vegetales acuáticos sobre lagos y ríos. Otros cultivan cereales, frutas o flores desde flotadores y éstos pueden abarcar más de la mitad de la superficie del estanque sin que ello afecte el policultivo que se desarrolla por debajo. Estos sistemas de cultivo acuático lograron aumentar las cosechas en forma considerable utilizando parte de las millones de ha de estanques y lagos en China. Esto es posible gracias a la fertilidad que se genera en sistemas de granjas integradas. (5)

En el caso del cultivo hidropónico, se cultivan las frutas y verduras en las tuberías. Antes de devolver el agua al acuífero, ésta se va por el drenaje donde plantas como lenteja de agua, helecho de agua, lechuga de agua y camalote absorben los nutrientes que queden, como ser nitratos, fosfatos y potasio, para que la misma regrese en forma pura.
Se puede cultivar hongos apreciados, como champiñones, con el estiércol descompuesto en la digestión anaeróbica, en bolsas de plástico esterilizadas con vapor de agua (calentada con biogás), para luego ser inoculados junto con la espora del hongo.

El propio hongo genera residuos de valor nutritivo, producto de la descomposición que realizan las enzimas sobre el tronco donde se cultiva. Este tronco semi-descompuesto es fácilmente asimilable por otros animales. Incluso las fibras que se desprendan pueden utilizarse para producir lombrices, que a su vez son fuente de proteína para las gallinas. Con los residuos finales, incluyendo el humus de lombriz, se hace un compost para mejorar el suelo.

Desarrollo sustentable y capital humano

Se ha difundido la noción equivocada de que la única oposición a este modelo de crecimiento infinito e insustentable es que no haya crecimiento alguno. He escuchado a algunos críticos decir que crecimiento y sustentabilidad son conceptos contradictorios. Sin embargo, “la granja ideal” es una demostración categórica de que el crecimiento sustentable es posible. Tambien prueba que la capacidad de carga de un terreno no es fija sino que varía de acuerdo con el uso del suelo y el modo en qué se produce. La productividad cambia enormemente si se maximizan los insumos internos, lo cual genera más trabajo, beneficiando a un mayor número de personas.

La postura del control demográfico ha sido bien refutada por Lester Brown. Me gustaría retomar la idea de “capital humano”. Los partidarios del control consideran que el problema pasa por el número de habitantes, cuando la crisis actual es producto de la enorme desigualdad de consumo y el despilfarro que provocan las élites de los países enriquecidos. Es destacable el caso de Cuba, que superó el desabastecimiento de combustibles fósiles, pesticidas y fertilizantes a través de extender la agricultura orgánica a todo el país. No ocurrió ninguna catástrofe demográfica, aunque haya habido escasez un tiempo. Tal restricción le permitió explorar su creatividad y surgieron mejores respuestas en términos sociales y ecológicos.

Hace más de 50 años que el mundo avanza desmesuradamente hacia un sistema agroindustrial que pretende reemplazar el trabajo humano por máquinas y petróleo, conformando una agricultura sin agricultores. Esto produjo el desarraigo de pueblos enteros sumidos en la pobreza o el suicidio. Nuestra tarea más urgente es reintegrar a las personas en el ecosistema. El trabajo humano es energía inteligente, que se aplica con ingenio y en forma precisa, y que vale mucho más de lo que se considera cuando el trabajo se mide en julios o cualquier otra medida superficial. Éste es un campo interesante para la investigación.

El desarrollo sustentable es posible

Permítaseme utilizar algunos gráficos para ilustrar mejor la idea central. Este sistema de crecimiento despiadado se traga todos los recursos de la Tierra, dejando basura por doquier, como si fuese un huracán. No hay un equilibrio que preserve los recursos, que son los únicos y que son para todos.

Por el contrario, un sistema sustentable se comporta como cualquier organismo viviente. Se trata de un ciclo cerrado que conserva tanto como sea posible los recursos dentro del sistema, minimizando los desperdicios. Un sistema equilibrado genera sociedades estables y autónomas que se autorregulan y sostienen en forma independiente.

Muchos sistema agrícolas indígenas incorporan al ganado para cerrar el circuito reducen al mínimo los insumos externos a la vez que aumenta la productividad y hay menos desechos arrojado al ambiente.

Una granja integrada elemental alberga tres ciclos vitales conectados entre sí, cada uno de ellos autónomo y con capacidad de autorregulación. Pero existe la posibilidad de seguir creciendo, incorporando más ciclos vitales. Cuánto más ciclos vitales haya, mayor será la productividad del sistema. Biodiversidad y productividad van de la mano. El monocultivo agroindustrial, por el contrario, representa el sistema más ineficiente en términos de energía empleada por rendimiento y el menos productivo en términos absolutos pese a los altísimos insumos externos, como recientemente han demostrado investigaciones académicas. En rigor, los ciclos vitales no están aislados sino conectados en las vías de ingreso y salida de materiales.

La clave en el desarrollo sustentable es alcanzar un crecimiento equilibrado que consiga cerrar el circuito productivo general y que pueda incorporar nuevos ciclos vitales mediante el uso eficiente de todos los nutrientes y la energía remanentes, sin perder el equilibrio ni la autonomía. Lo que es “desperdicio” en una actividad es alimento en otra, así la productividad aumenta con un mínimo de insumos y generando muy poca basura en el ambiente. Por lo tanto, el desarrollo sustentable es posible, la alternativa frente a este modelo de crecimiento ilimitado es el crecimiento equilibrado. La ecología y la economía se rigen por los mismos principios, ya que la economía ocurre dentro del ecosistema.

Destruyendo el dinero y la burbuja económica

Cuando uno habla de economía, enseguida surge el dinero. La circulación de dinero en una economía real se relaciona con la energía en los ecosistemas. Sin embargo, en mi parecer no todo dinero es igual. Puede ocurrir que el dinero sirva para intercambiar cosas con valores reales o que sirva para el despilfarro y la disipación; en el primer caso todavía podemos hablar de dinero como energía; en lo segundo es pura entropía. Dado que el sistema económico depende en última instancia del flujo de recursos provenientes del ecosistema, los costos entrópicos se manifestarán ya sea dentro de la lógica económica como por fuera de ella, pero el resultado concreto va a ser el mismo.

Por eso, cuando se produce la destrucción de algún recurso natural valioso (y no renovable) y esa pérdida no es tenida en cuenta por la economía, el costo entrópico real repercute igual sobre el ecosistema. Como la economía se sirve del mismo, esos costos vuelven al circuito económico porque se ha dañado la calidad de los recursos: por ello, la economía también se empobrece en términos absolutos.

Por otro lado, todo dinero que se invente a partir de transacciones financieras (dinero que genera dinero) está totalmente divorciado del valor real y es, en consecuencia, entropía pura. Este dinero aumenta artificialmente la capacidad de compra, llevando a la sobreexplotación de los recursos del ecosistema. Otra fuente importante de entropía son los términos injustos del intercambio que, a través de la OMC, los países enriquecidos del norte imponen sobre los países empobrecidos del sur. Esto también genera un poder adquisitivo artificialmente inflado en el norte a costa de la explotación de los recursos naturales del sur.

La New Economics Fundation (Fundación por una Nueva Economía) ha comprobado que el dinero que se gasta en proveedores locales vale cuatro veces más que el dinero empleado en proveedores no locales, lo cual refuerza mi punto de vista. También aporta a la idea de usar monedas locales y a vincular el dinero con la energía. También explica que cuando se habla de crecimiento en términos estrictamente monetarios no sólo no hay beneficio alguno sino que acaba empobreciendo la nación en términos reales.
Lester Brown nos ha demostrado que la economía debe ser reestructurada lo antes posible y poner en su lugar “mercados honestos”, que digan “la verdad ecológica”. En este trabajo he presentado un modelo de crecimiento sustentable que prueba el fracaso del modelo vigente y demuestra porqué es tan importante decir la verdad ecológica.
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Costos reales del sistema agroalimentario y los alimentos

-Producir una tonelada de granos utiliza mil toneladas de agua;
-Cada unidad energética de alimento consume diez unidades de energía;
-Cada unidad energética de alimentos procesados necesita hasta mil unidades de energía;
-En la producción y distribución de los alimentos en EE.UU. se emplea el 17% del total de la energía, más del 20% del transporte dentro del país, sin contabilizar la energía empleada en importar y exportar;
-Se gastan 12,5 unidades de energía por cada una de alimento transportado 1 500 km en avión;
-Las políticas agrícolas de la UE y la OMC proponen aumentar al máximo el intercambio de alimentos a kilómetros de distancia;
-La agricultura produce más del 25% del CO2 y el 60% del CH4 (6) y del N20 (7) del planeta
-Los países de la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico) (8) gastaron us$ 318 mil millones en subsidios agrícolas en 2002. Mientras tanto, más de 2 mil millones de agricultores de los países empobrecidos tratan de vivir con us$ 2 al día.
-El 90% de los subsidios beneficia a las corporaciones y grandes productores para la exportación, mientras cierran 500 granjas familiares por semana en EE.UU.
-El excedente producido con subsidios en los países enriquecidos genera pobreza, hambre y desamparo a escala planetaria.
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Algunos de los beneficios de sistemas agro-productivos sustentables

-El ahorro de energía al pasar a una agricultura de bajos insumos está entre la mitad y la séptima parte de la energía actual.
-Desaparecen entre 5,3 y 7,6 toneladas de CO2 por cada tonelada de fertilizante nitrogenado que se reemplaza.
-En las granjas de cero insumos – cero emisiones, los biodigestores proveen energía (biogás) y transforman los desperdicios agrícolas en fertilizantes.
-En Nepal se evita emitir 625.000 toneladas de CO2 cada año porque se recaptura el biogas de los desperdicios agrícolas.
-En Etiopía, las cosechas rinden entre 2 y 3 puntos más utilizando compost, superando la marca de los fertilizantes químicos.
-En Europa, los cultivos orgánicos tienen mayor biodiversidad en aves, mariposas, escarabajos, murciélagos y flores silvestres que las granjas convencionales.
-Los alimentos orgánicos contienen más vitaminas, minerales y otros micro nutrientes, y más antioxidantes, que los alimentos producidos en forma convencional.
-En el Reino Unido hay alrededor de 200 mercados locales cuyo comercio genera ganancias de 50 a 78 millones de libras para los agricultores.
-Comprar alimentos en el mercado local genera el doble de ingreso para la economía local que comprando en cadenas de supermercados.

Mae-Wan Ho **

notas:
* Traducción del original inglés: Fermín García Coni.
** Institute of Science in Society, Londres. Ciclo de conferencias en Filipinas, entre 6 y 19 de diciembre de 2005. El original inglés contiene 99 notas bibliográficas que por razones de espacio y legibilidad suprimimos. Quien tenga interés en consultarlas o confrontarlas, no tiene más que pedirlas y le enviaremos el original digitalizado. Las notas al pie que existen, exiguas, nos pertenecen. Los editores. La fuente es: www.i-sis.org.uk “Making the World Sustainable & GM free”.
1) Al cierre de esta edición, el precio se encuentra en us$ 95 el barril.
2) Véase W. Pengue y M. Altieri, “Soja transgénica: maquinaria de hambre y devastación socio-ecológica”, futuros nº 9. www.revistafuturos.com.ar/alimentos-y-ruralidad/247-soja-maquinaria-de-hambre
3) Su marca comercial inicial: Round-up, de Monsanto.
4) EE.UU. y Argentina.
5) Xochimilco es el barrio-lago “sobreviviente” en Ciudad de México, de Tenochtitlán, la vieja capital azteca, que integraba agua, horticultura, alimentos y ciudad.
6) Metano.
7) Óxido nitroso.
8) La treintena de países considerados Primer Mundo o enriquecidos.

artículo publicado en Revista futuros nº11 / Río de la Plata primavera-verano 2007-2008 http://revistafuturos.com.ar/alimentos-y-ruralidad/246-tratar-desechos-respeto

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(libro) Desarrollo a escala humana: una opción para el futuro [1]

Prefacio a la edición original

Este documento cristaliza un trabajo esencialmente transdisciplinario realizado por un equipo de investigadores de distintos países de América Latina. El trabajo fue preparado a lo largo de un año y medio con la colaboración de profesionales de Chile, Uruguay, Bolivia, Colombia, México, Brasil, Canadá y Suecia, dedicados a disciplinas tales como economía, sociología, psiquiatría, filosofía, ciencia política, geografía, antropología, periodismo, ingeniería y derecho. Los participantes constituyeron un grupo estable de reflexión e investigación colectiva que se reunió, en el curso de los dieciocho meses de trabajo, en tres seminarios-talleres, manteniendo contacto intelectual estrecho y permanente desde el comienzo hasta el término del proyecto. Además del grupo estable, cuya continuidad permitió profundizar la reflexión colectiva en torno a problemáticas específicas del desarrollo, hubo invitados especiales en cada una de las reuniones.

Los principales insumos para este trabajo lo constituyen los relatorios de cada uno de los Seminarios-Talleres y distintos documentos producidos por los participantes. La redacción final estuvo a cargo del equipo del CEPAUR y apunta más a integrar de manera coherente la diversidad de los aportes que a reflejar la opinión particular de cada uno de los participantes.

La propuesta que aquí se contiene constituye un aporte para la filosofía del desarrollo. Pretende por lo tanto, ser un aporte sugerente, susceptible de ahondarse en cualesquiera de los múltiples ámbitos que aborda.

El proyecto fue realizado de manera conjunta por el Centro de Alternativas de Desarrollo de Chile (CEPAUR) y por la Fundación Dag Hammarskjöld de Suecia. Nació de la necesidad de situar en el contexto latinoamericano y a la luz de los cambios de escenario ocurridos durante el último decenio, la propuesta contenida en el Informe Dag Hammarskjöld de 1975 Qué hacer: Otro Desarrollo. El texto resultante aspira a tener como interlocutores a agentes del desarrollo regional, planificadores y políticos, grupos de desarrollo local, académicos de diferentes disciplinas relevantes para el desarrollo, foros internacionales y profesionales e intelectuales dedicados a pensar caminos de humanización para un mundo en crisis.

La propuesta contenida en este trabajo es, pues, un esfuerzo por integrar líneas de reflexión, de investigación y de acción que puedan constituir un aporte sustancial para la construcción de un nuevo paradigma del desarrollo, menos mecanicista y más humano.

Primera parte. Relectura de la crisis latinoamericana

I. América Latina: crisis y perplejidad

Crisis de propuestas y crisis de utopías

Hoy es casi un lugar común afirmar que América Latina está en crisis. Son muchas las versiones, descripciones e interpretaciones que se han hecho de la crisis, por lo que el diagnóstico de la enfermedad parece estar completo, por lo menos en sus contenidos más profundos y trascendentes. Lo que aún no ha generado consenso es el tratamiento, debido a la complejidad del cuadro que se nos presenta. La perplejidad, resultante de una situación a la que no le reconocemos precedentes similares, nos ha mantenido en una especie de callejón sin salida, que bloquea el paso hacia soluciones imaginativas, novedosas y audaces. Se intuye con claridad que las recetas convencionales y tradicionales, de cualquier trinchera que vengan, no funcionarán. Sin embargo, hay una especie de temor paralizante que inhibe el diseño de los caminos radicalmente distintos que pudieran eventualmente sacarnos del embrollo.

El temor es entendible, porque no es nada fácil renunciar a diseños estratégicos o construcciones teóricas e ideológicas en las que se han cimentado durante largo tiempo no sólo creencias, construcciones y esperanzas, sino incluso pasiones. Pero el hecho es que la magnitud de la crisis parece trascender nuestra capacidad de asimilarla e internalizarla plenamente. Después de todo, no se trata de una crisis clara. No es sólo económica, ni es sólo social, cultural o política. De alguna manera, es una convergencia de todas ellas pero que, en su agregación, resulta en una totalidad que es más que la suma de sus partes.

En lo político, la crisis se ve agudizada por la ineficacia de las instituciones políticas representativas frente a la acción de las élites del poder financiero, por la internacionalización creciente de las decisiones políticas y por la falta de control que la ciudadanía tiene sobre las burocracias públicas. Contribuyen también a la configuración de un universo político carente de fundamento ético, la tecnificación del control de la vida social, la carrera armamentista y la falta de una cultura democrática arraigada en las sociedades latinoamericanas. En lo social, la creciente fragmentación de identidades socioculturales, la falta de integración y comunicación entre movimientos sociales, la creciente exclusión social y política y el empobrecimiento de grandes masas, han hecho inmanejables los conflictos en el seno de las sociedades, a la vez que imposibilitan las respuestas constructivas a tales conflictos. En lo económico, el sistema de dominación sufre actualmente cambios profundos, donde inciden de manera sustancial la mundialización de la economía, el auge del capital financiero con su enorme poder concentrador, la crisis del Estado de Bienestar, la creciente participación del complejo militar en la vida económica de los países, y los múltiples efectos de las sucesivas oleadas tecnológicas en los patrones de producción y consumo.

Todo esto sorprende a los países en desarrollo en una terrible desventaja y los obliga —con la complicidad de gobernantes y clases dominantes— a enormes sacrificios y costos sociales para ‘sanear’ sus sistemas financieros y pagar los tan mentados servicios de deudas con los acreedores del mundo industrializado. Ante este panorama incierto, más desolador que halagador, las respuestas de búsquedas y alternativas al autoritarismo, al neoliberalismo, al desarrollismo y al populismo, se empantanan en programas inmediatistas, y en balbuceos reactivos, o se reducen a la reivindicación y recuperación de los ‘niveles históricos’.

Al tratar de identificarla con un nombre, nos hemos inclinado por llamarla la crisis de la utopía, porque su manifestación más grave nos parece el hecho de que estamos perdiendo —si es que no hemos perdido ya— nuestra capacidad de soñar. Nos debatimos en un agotador insomnio que nos impide la lucidez imprescindible para enfrentar con vigor e imaginación nuestros problemas. Nos hemos convertido, en cambio, en una especie de somnolientos administradores de una crisis a la que intuimos imposible de resolver por nuestros propios medios. Esta somnolencia en que nos hace desembocar la crisis de la utopía se manifiesta con muchos rostros: el derrotismo, la desmovilización, la abulia, el individualismo exacerbado, el miedo, la angustia y el cinismo.

Los campos en los que en el pasado —con o sin éxito— luchamos por nuestras propias causas, hoy nos parecen como cubiertos de bruma. Nuestras razones se hacen difusas, y los que aún mantenemos una voluntad de lucha, acabamos, sin darnos cuenta, emprendiendo luchas que nos son ajenas. De allí que nuestro primer y desesperado esfuerzo ha de ser el de encontrarnos con nosotros mismos y convencernos además de que el mejor desarrollo al que podemos aspirar —más allá de cualquier indicador convencional que, más que nada, ha servido para acomplejarnos— será el desarrollo de los países y culturas capaces de ser coherentes consigo mismas.

La propuesta contenida en este documento no pretende ser la solución final para superar nuestra crisis. Sin embargo, es un camino posible. Es una opción surgida de una larga reflexión colectiva por parte de un grupo de latinoamericanos que, acompañados en la jornada por amigos solidarios de Suecia y Canadá, han decidido compartir los resultados de su recuperada capacidad de soñar.

Limitaciones para nuestro desarrollo

Si limitamos nuestro análisis a los componentes económicos de la crisis, y observamos su comportamiento histórico a través de las políticas económicas y de desarrollo que se han aplicado en Latinoamérica durante las últimas cuatro décadas, lo primero que detectamos es un claro proceso pendular. Los períodos de expansión acaban generando desequilibrios financieros y monetarios que derivan en respuestas estabilizadoras que, a su vez, acaban generando elevados costos sociales, lo que induce a nuevos impulsos de expansión.

En este juego pendular se confrontan las dos grandes concepciones económicas que han dominado el panorama de América Latina: el desarrollismo y el monetarismo neo-liberal. Ambas comparten el no haber logrado lo que originalmente se propusieron, pero cada cual de manera distinta y por razones distintas. Por otra parte, no todo es negativo en un fracaso, de manera que vale la pena dedicar algunas reflexiones al sello que cada una de estas concepciones ha dejado impreso en la historia económica y socio-política de la región.

Frustraciones del desarrollismo y del monetarismo

El desarrollismo fue una experiencia profundamente movilizadora. Fue generadora de ideas y de corrientes de pensamiento. Es durante el período de su predominio en que surge no sólo la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que le da su gran impulso, sino el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Asociación LatinoAmericana de Libre Comercio (ALALC), el Pacto Andino y otras importantes iniciativas regionales como la Alianza para el Progreso. En los contextos nacionales aparecen las instituciones de planificación, las corporaciones de fomento de la producción en sus distintas versiones, las políticas que impulsan la industrialización y revierten la composición demográfica de países hasta entonces predominantemente rurales, las reformas bancarias, el mejoramiento de los sistemas estadísticos, la promoción popular y los variados intentos de reformas estructurales. Surgen, además, los primeros argumentos y tesis sólidas que apuntan a la defensa de nuestras exportaciones, afectadas —como logra demostrarse— por un deterioro constante de los términos de intercambio. Por último, son economistas latinoamericanos adscritos al pensamiento desarrollista quienes aparecen como actores determinantes de la creación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

Durante las décadas de los años cincuenta y sesenta tiene pleno sentido hablar de un pensamiento cepalino o de una filosofía del BID. Existen posiciones que generan debate. Hay una efervescencia creativa indiscutible. Los centros de poder del norte contraargumentan, pero, por primera vez, a la defensiva. Todo ello empieza a diluirse en la década siguiente, y los organismos internacionales latinoamericanos comienzan a perder su identidad original. El monetarismo neo-liberal, que había hecho sus incursiones esporádicas sin lograr imponer su carácter más allá de episodios coyunturales de estabilización comienza a irrumpir con toda su energía.

El fracaso del desarrollismo no puede, ciertamente, atribuirse ni a falta de ideas ni a pobreza de creatividad. Por el contrario, sus aportes han sido formidables en cuanto a crear una infraestructura económica rica y diversificada. Las razones de su fracaso se han debido fundamentalmente a su propia incapacidad para controlar los desequilibrios monetarios y financieros, a que la estructura productiva que generó —especialmente la industria— resultó tremendamente concentradora, y a que su enfoque del desarrollo, predominantemente económico, descuidó otros procesos sociales y políticos que comenzaban a emerger con fuerza y gravitación crecientes, especialmente después del triunfo de la revolución cubana.

La historia del neo-liberalismo monetarista es otra y bien distinta. Si el desarrollismo fue generador de pensamiento, el monetarismo ha sido fabricante de recetas: por lo menos el que hemos visto aplicado en nuestros países. En nuestro medio no es posible detectar propiamente un pensamiento o una filosofía neo-liberales. Ello no se debe, por cierto, a que la mencionada escuela carezca de tales sustentos. Basta leer para ello a los economistas austríacos. El problema radica en que el esquema aquí aplicado ha sido el de un neo-liberalismo inculto, dogmático y fuera de contexto.

A diferencia del desarrollismo, el neo-liberalismo monetarista ha fracasado en un período mucho más breve y de manera mucho más estrepitosa. Más aún, se parece a un derrumbe fenicio, que nada deja después de su paso excepto un inmenso vacío. El que hoy en día sólo logre sustentarse en América Latina, con el apoyo de regímenes dictatoriales o pseudo-democráticos, es prueba suficiente de que la presión generada por los costos sociales sólo puede mantenerse bajo la aplicación de medidas represivas.

Suponiendo, empero, que el neo-liberalismo monetarista se hubiese aplicado de manera acorde con la riqueza del pensamiento de sus creadores, especialmente austríacos, su fracaso, en el contexto latinoamericano, habría sido igualmente inevitable. Esto es así al menos por tres razones. Primero, porque a pesar de poder impulsar el crecimiento económico, no es generador de desarrollo en el sentido amplio que hoy lo entendemos. Segundo, porque sus supuestos de racionalidad económica son profundamente mecanicistas e inadaptables, por lo tanto, a las condiciones de países pobres, donde la miseria no puede erradicarse como consecuencia de la liberalización de un mercado del que los pobres se encuentran, de hecho, marginados. Tercero, porque en mercados restringidos y oligopólicos, donde los grupos de poder económico no se enfrentan a fuerzas capaces de limitar su comportamiento, la actividad económica se orienta con sentido especulativo, lo que deriva en resultados concentradores que son socialmente inaguantables.

Hay que destacar, por último, que ambas concepciones económicas han compartido algunos elementos, aunque con distinta intensidad. Las dos han pecado de mecanicistas y de provocar resultados económicos concentradores. Para el neo-liberalismo, el crecimiento es su fin en sí mismo y la concentración se acepta como una consecuencia natural. Para el desarrollismo, el crecimiento es una condición económica que conllevará desarrollo. Ambas suponen que la concentración estimula el crecimiento, lo cual es demostrable estadísticamente, —pero, mientras el neo-liberalismo no ve necesidad alguna de limitarla, el desarrollismo, que sí reconoce límites, no logra controlarla. El desenlace de esta historia de cuarenta años es incierta, finalmente, en la situación de perplejidad en que hoy nos encontramos.

Reacciones ante las frustraciones

Hay diferentes reacciones frente a la situación actual. Están, por ejemplo, los que sostienen que, después de todo, el naufragio no se ha producido. Argumentan para ello que durante las últimas dos décadas y media los niveles de ingreso se han más que duplicado, que ha habido una notable expansión del producto y que se han multiplicado las exportaciones. Todo ello es cierto.

Sin embargo, están los que exhiben la otra cara de la realidad: el agravamiento de la pobreza en los sectores populares, el hecho de que algo más de un tercio de la población económicamente activa se debate entre el desempleo y el subempleo, el agravamiento de los grandes déficits sociales, especialmente la vivienda, y, por último, una deuda externa que, al margen de las consideraciones éticas respecto de lo que tendríamos o no tendríamos que hacer, resulta claramente impagable a menos que agravemos nuestra pobreza y agotemos nuestros recursos hasta límites estructuralmente irreversibles.

Hay quienes ven la posibilidad de que, al enmendar ciertos errores, es posible revitalizar esquemas que resultaron atractivos en el pasado. Otros, como es el caso de los autores de este documento, ven un inmenso espacio abierto para diseñar alternativas radicalmente distintas. La segunda posición se sustenta no sólo en la percepción de una experiencia histórica agotada, sino en algunos errores graves que podrían cometerse al aplicar soluciones convencionales para escapar de la crisis.

Al enfrentar el futuro se corre el riesgo de caer en errores de percepción o de equivocarse en la acción. En materia de percepción se cometen dos errores graves. El primero es pensar que la crisis económica latinoamericana es atribuible a la crisis externa. El segundo, que se desprende del anterior, es suponer que nuestra depresión es coyuntural. Si bien es cierto que las condiciones externas influyen en economías dependientes y vulnerables como las nuestras, no es menos cierto que una recuperación de la economía capitalista del norte no tendría necesariamente efectos significativos para nuestra propia recuperación. Las razones se desprenden de los errores que pueden cometerse en materia de acciones, y que señalamos a continuación.

Sería totalmente ilusorio sustentar una estrategia de desarrollo futura en la expansión de las exportaciones de productos primarios, por la sencilla razón de que todo indica que el grueso de ellos mantendrán, por diversas razones, condiciones desfavorables en los términos de intercambio, mientras otros comienzan a ser desplazados por sustitutos más eficientes. Del mismo modo, una estrategia sustentada en la diversificación de las exportaciones, entendida ésta como exportación de manufacturas, se estrellaría inevitablemente contra las políticas proteccionistas de las potencias del norte. Suponer, por otra parte, un desarrollo apoyado en las contribuciones externas de capital, queda descartado de plano por el gravísimo e irresoluble estado en que nos mantiene el endeudamiento.

De lo dicho se desprende que nuestra situación dista mucho de ser coyuntural. De allí que resulta inevitable, en nuestra opinión, desplegar todos los esfuerzos posibles para diseñar alternativas imaginativas pero viables. Las condiciones de tal —o de tales— alternativas parecen bastante claras. Por una parte, si las dos concepciones económicas que han dominado el escenario latinoamericano no han logrado satisfacer las legítimas carencias de las mayorías latinoamericanas, una nueva concepción ha de orientarse primordialmente hacia la adecuada satisfacción de las necesidades humanas. Por otra parte, si el desarrollo futuro no puede sustentarse en la expansión de las exportaciones (por las barreras descritas), ni en sustanciales aportes de capital foráneo por las dramáticas limitaciones que impone la deuda externa, la nueva concepción ha de orientarse inevitablemente hacia la generación de una creciente autodependencia.

Objetivos del Desarrollo a Escala Humana

Este trabajo propone, como perspectiva que permita abrir nuevas líneas de acción, un Desarrollo a Escala Humana. Tal desarrollo se concentra y sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la sociedad civil con el Estado.

Necesidades humanas, autodependencia y articulaciones orgánicas, son los pilares fundamentales que sustentan el Desarrollo a Escala Humana. Pero para servir a su propósito sustentador deben, a su vez, apoyarse sobre una base sólida. Esa base se construye a partir del protagonismo real de las personas, como consecuencia de privilegiar tanto la diversidad como la autonomía de espacios en que el protagonismo sea realmente posible. Lograr la transformación de la persona-objeto en persona-sujeto del desarrollo es, entre otras cosas, un problema de escala; porque no hay protagonismo posible en sistemas gigantísticos organizados jerárquicamente desde arriba hacia abajo.

El Desarrollo a Escala Humana apunta hacia una necesaria profundización democrática. Al facilitar una práctica democrática más directa y participativa, puede contribuir a revertir el rol tradicionalmente semi-paternalista del Estado latinoamericano, en rol estimulador de soluciones creativas que emanen desde abajo hacia arriba y resulten, por lo tanto, más congruentes con las aspiraciones reales de las personas.

Estado y participación social en América Latina

Sin pretender realizar un análisis histórico o sociológico sobre los modelos de Estado en la región, parece importante, empero, constatar la incapacidad histórica de tales modelos para la plena promoción de espacios de participación popular.

A los procesos de independencia y constitución de estados nacionales en América Latina siguieron procesos de desarrollo impulsados y controlados por las oligarquías nacionales. Estos se desenvolvieron en el marco de democracias liberales y tuvieron por objetivo el desarrollo capitalista y la integración con los mercados externos. Pero estas democracias excluyeron de la vida política a las masas populares, privándolas de canales de participación social o de presión política.

Este carácter ostensiblemente restringido de los espacios de participación y de los beneficios sociales del desarrollo capitalista-oligopólico precipitó la crisis del Estado oligárquico. Una nueva fase en la modalidad estatal fue la de los regímenes populistas-nacionalistas, que intentaron combinar mayor participación popular con la formulación de proyectos nacionales homogéneos que permitieron una modernización más ágil y sólida de la nación. Estos sistemas abrieron canales de representación política —el sufragio universal—, y crearon mecanismos de representación sectorial. Como forma de gobierno, el principal aporte del populismo fue el reconocimiento de grupos sociales hasta entonces excluidos del concierto político. Puesto que el Estado mismo se hizo cargo de este proceso de incorporación de nuevos actores al desarrollo, esto redundó en un considerable aumento de su función reguladora. A la mayor participación política de sectores incorporados a la vida socio-política acompañaron políticas redistributivas piloteadas por el Estado.

Si bien este modelo estatal tuvo la fuerza de legitimarse frente al tradicional Estado oligárquico, el Estado populista necesitó, por su propia precariedad frente a grupos internos de poder económico y a las presiones imperialistas de países ricos, consolidar de manera compulsiva proyectos nacionales homogéneos. Estos proyectos no fueron capaces de reflejar la heterogeneidad de sectores y comunidades que componen la sociedad civil, de modo que la participación social y el protagonismo popular se vieron socavados por el autoritarismo implícito en el ‘proyecto único’, y por mecanismos burocráticos y paternalistas que reforzaron la verticalidad y la concentración de poder.

La tensión entre proyectos homogéneos y diversidad de actores sociales que claman por mayor protagonismo, se repite en la ola de regímenes progresistas que ocuparon buena parte del escenario político en muchos países de la región. Tales Estados no buscaron legitimación mediante la democracia política —y esto los diferencia de los populismos constituidos por sufragio universal— sino a través del respaldo popular obtenido mediante la expansión de conquistas sociales y nacionales, y a través del control sindical de tipo corporativo en muchas de las funciones del Estado.

Los regímenes políticamente autoritarios, y liberales a ultranza en lo económico, han sido los más representativos del último decenio, muy especialmente en el Cono Sur de América Latina. En ellos se combina la concentración del poder político (acompañado de represión física y psicológica sobre la población civil) con la privación para amplios sectores de los beneficios sociales y económicos que habían conquistado bajo el alero de gobiernos populistas o progresistas. Es en estos regímenes represivos, de corte neoliberal, donde la participación social y el protagonismo popular se han visto más devastados.

Pero es precisamente en estos regímenes, y frente a esta crisis aguda, donde las oposiciones democráticas revalorizan la necesidad de fundar un orden basado en la articulación de la democracia política con la participación social. Es en esta dirección que apunta, también, el presente documento. La alternativa, en las actuales condiciones, gira menos entorno a opciones ideológicas estereotipadas que en la posibilidad de combinar procesos de desconcentración económica, descentralización política, fortalecimiento de instituciones auténticamente democráticas y autonomía creciente de los movimientos sociales emergentes.

El desafío va más allá del tipo de Estado y se extiende hacia la capacidad de la propia sociedad civil para movilizarse y adecuar un orden político representativo a los proyectos de los diversos y heterogéneos sujetos sociales. La pregunta candente, no sólo para un Estado democrático, sino también para una sociedad y una cultura democrática en la región, no es ya cómo contener la diversidad, sino cómo respetarla y estimularla. Al respecto, un tipo de desarrollo orientado a fortalecer espacios locales, micro-organizaciones y la multiplicidad de matrices culturales dispersas en la sociedad civil, no puede eludir la tarea de consolidar prácticas y mecanismos que comuniquen, socialicen y rescaten las diversas identidades colectivas que conforman el cuerpo social.

Estos procesos de protagonismo creciente resultan, pues, decisivos para articular proyectos que expandan la autonomía nacional y que socialicen de manera más equitativa los frutos del desarrollo económico. De allí que sea indispensable zanjar la creciente atomización de movimientos sociales, identidades culturales y estrategias comunitarias. Articular estos movimientos, identidades, estrategias y demandas sociales en propuestas globales no es posible mediante la homogeneización que caracterizó a los populismos o nacionalismos. Requiere, por parte del Estado, nuevos mecanismos institucionales capaces de conciliar participación con heterogeneidad, formas más activas de representatividad y mayor receptividad en cada una de las instancias públicas.

No es el objetivo del presente documento desarrollar una propuesta en torno al modelo de Estado adecuado para la promoción de un Desarrollo a Escala Humana. Nuestro énfasis recae en las exigencias para y desde la propia sociedad civil. Esto no implica en absoluto la minimización de la problemática del Estado, sino la voluntad de complementar propuestas políticas para el Estado con la perspectiva de los actores sociales, de la participación social y de las comunidades y del potencial que en sí mismos puedan contener. Nuestro énfasis en una democracia social o bien en una democracia de la cotidianeidad no obedece a la despreocupación por la democracia política, sino a la convicción de que sólo rescatando la dimensión ‘molecular’ de lo social (micro-organizaciones, espacios locales, relaciones a Escala Humana) tiene sentido pensar las vías posibles de un orden político sustentado en una cultura democrática. Compartimos en este sentido la idea de que, para evitar la atomización y la exclusión, sea en lo político, en lo social o en lo cultural, es imprescindible generar nuevas formas de concebir y practicar la política. El presente documento no pretende describir tales formas, sino abrir —siempre abrir— espacios de reflexión y de sensibilización que expandan la conciencia crítica ante lo que vivimos y promuevan una sensación de urgencia por nuevos caminos de acción política.

Hábitos y sesgos en los discursos del desarrollo

Mas allá de la apretada síntesis de los acápites precedentes, nuestra reflexión compartida nos ha permitido concretar algunas conclusiones que amplían el contexto de la problemática urgente de modificar sustancialmente nuestros conceptos y enfoque de desarrollo.

Vivimos y trabajamos una historia que desconoce la subhistoria que la hace posible. De allí que observamos cotidianamente las graves desarticulaciones que se dan entre las actuaciones de las cúpulas políticas y las aspiraciones e impulsos que se desencadenan en los sectores populares. Buscamos justificación para nuestras acciones en los planteamientos o pensamientos que atribuimos a nuestro difunto héroe de turno, sin siquiera percatarnos de la sabiduría del hombre y la mujer que siembran el maíz y que, al compartirlo en la olla común, logran sobrevivir, no por lo que hemos hecho, sino a pesar de lo que no hemos hecho.

Vivimos y trabajamos modelos de sociedad que desconocen la complejidad creciente de la sociedad real en que estamos inmersos. De allí que observamos el quehacer febril y obsesionado de los tecnócratas que diseñan soluciones antes de haber identificado el ámbito real de los problemas. La justificación de los modelos las buscamos en los modelos mismos, de manera que cuando las soluciones fracasan, no es por fallas del modelo, sino por trampas que hace la realidad. Esa realidad que se hace presente no se percibe como un desafío que hay que enfrentar, sino como un obstáculo que hay que domesticar imprimiendo aún mayor fuerza en la aplicación reincidente del modelo.

Vivimos y trabajamos la importancia orientadora de nuestros conocimientos formales adquiridos. De allí que observamos en tantos dirigentes un miedo patológico al protagonismo y a la libertad. El pueblo está para ser orientado, aún por aquellos que se dan el lujo de desconocer la orientación del pueblo. Así se diseñan programas para concientizar, porque por alguna extraña razón, se supone que el que sufre no sabe por qué sufre, y al que le va mal no sabe qué es lo que lo aqueja.

Vivimos y trabajamos la construcción de un orden, sin entender lo que es ordenable ni lo que estamos ordenando. De allí que observamos el culto fetichista por la forma como manera de ocultar el temor inconsciente a las incertidumbres que encierra el fondo. Confundimos así la ley con la justicia y el reglamento con la eficiencia. Identificamos la generosidad con la limosna y la participación con la reivindicación concedida. Utilizamos las palabras sin respetar su contenido y acabamos así construyendo caricaturas en vez de contextos coherentes en los cuales sustentar la construcción de nuestros proyectos de vida individuales y colectivos.

Conscientes de todo lo expuesto, la propuesta que hemos elaborado no es un modelo. Es una opción abierta que sólo se justifica en la medida en que se la asuma y entienda como construcción permanente. Nada en ella pretende exhibir el rango de solución definitiva, porque entendemos que el ser humano y todo su entorno son componentes de un fluir permanente que no pudo detenerse con milenarismos ni menos con ocasionalismos.

Manfred Max-Neef / Antonio Elizalde / Martín Hopenhayn [2]

Notas:
[1] Publicado en: Development Dialogue, Numero especial 1986. CEPAUR, Fundacion Dag Hammarskjold.
[2] Con la colaboración de: Felipe Herrera, Hugo Zemelman, Jorge Jatobá, Luis Weinstein.

Primera parte del libro ‘Desarrollo a escala humana: una opción para el futuro’, de Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn, Santiago (Chile), otoño de 1986.

fuente http://habitat.aq.upm.es/deh/

Libro en PDF aquí  o acá

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(libro) La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global

Introducción a la edición castellana

Cuando este libro fue escrito en la primavera de 2000, la new economy mostraba los primeros signos de una crisis que se agravó hasta desencadenar la recesión en la que el mundo entró en 2001. La crisis se precipitó de forma trágica cuando, el 11 de septiembre, el símbolo del poder económico occidental, las torres del World Trade Center, fueron destruidas por el ataque de un comando suicida.

En el último decenio hemos visto sucederse con vertiginosa rapidez tres fases diferentes: el ascenso de una clase social ligada a la virtualización, que halló su triunfo en la impresionante subida de las acciones tecnológicas en la Bolsa; la crisis ideológica, psíquica, económica y social del modelo de la new economy; y por último la precipitación de la crisis y su revés angustioso en forma de violencia, guerra y militarización de la economía.

La fábrica de la infelicidad es un libro dedicado al análisis de la ideología virtual, de sus aporías teóricas y, sobre todo, de su fragilidad cultural. La ideología virtual es una mezcla de futurismo tecnológico, evolucionismo social y neoliberalismo económico. Floreció a mediados de los años noventa, cuando la revista californiana Wired se convirtió en el Evangelio de una nueva clase cosmopolita y libertaria,(1) optimista y sobreexcitada. En los últimos años, todos han empezado a darse cuenta de que el neoliberalismo no es el más perfecto de los programas políticos, de que el mercado no se corrige a sí mismo, y de que la mano invisible de smithiana memoria no es capaz de regular los procesos sociales y financieros hasta producir una perfecta autorregulación del ciclo económico. Se ha hecho evidente que la infoproducción no es ese reino de la felicidad y de la autorrealización que la ideología había prometido como premio a los que trabajan en la economía de la red, en las condiciones de continuo estrés competitivo de la empresa fractal individualizada. La promesa de felicidad y autorrealización en el trabajo estaba implícita en el edificio discursivo e imaginario de la new economy.

Esta promesa se marchitó: la crisis financiera de las acciones tecnológicas hizo estallar un malestar que hasta ese momento fue ocultado y calmado con masivas dosis de sustancias —financieras y psicotrópicas. Ese malestar no se ha podido mantener oculto al quedar claro que las inversiones disminuían y, con ello, desaparecería el incentivo para aplazar toda reflexión, todo relajamiento y toda profundización.

En el centro de la new economy, entendida como modelo productivo y como discurso cultural, se halla una promesa de felicidad individual, de éxito asegurado, de ampliación de los horizontes de experiencia y de conocimiento. Esta promesa es falsa, falsa como todo discurso publicitario. Impulsados por la esperanza de lograr la felicidad y el éxito, millones de jóvenes trabajadores altamente formados han aceptado trabajar en condiciones de un espantoso estrés, de sobreexplotación, incluso con salarios muy bajos, fascinados por una representación ambigua en la que el trabajador es descrito como un empresario de sí mismo y la competición es elevada a regla universal de la existencia humana.

El hundimiento de la ideología felicista ligada a la economía de red comenzó cuando los títulos tecnológicos empezaron a perder puntos en las Bolsas de todo el mundo y se empezó a prever que la llamada «burbuja especulativa» pudiera pincharse. El sentimiento de malestar se acentuó cuando a la crisis financiera siguió una auténtica crisis económica, con rasgos de crisis de sobreproducción semiótica y tecnológica. Finalmente, se abrió un vertiginoso y temible abismo cuando la clase virtual descubrió que es físicamente vulnerable, cuando la violencia se demostró capaz de entrar en el edificio transparente de la virtualidad. El apocalipsis ha hecho que la clase virtual descubra que no es inmune a la crisis, a la recesión, al sufrimiento y a la guerra.

En ese momento, las perspectivas cambiaron de modo radical. Cuando las torres de Manhattan fueron destruidas por hombres convertidos en bombas, la clase virtual que desarrollaba su trabajo atrincherada en esas torres salió de su condición de espíritu puro, descubrió que tiene un cuerpo físico, carnal, que puede ser golpeado, herido, muerto. Y descubrió también que tiene un cuerpo social, que puede empobrecerse, ser despedido, ser sometido al sufrimiento, a la marginación, a la miseria; y también un cuerpo erótico, que puede entrar en una fase de depresión y de pánico. En otras palabras, la clase virtual ha descubierto que es, además, cognitariado, es decir: trabajo cognitivo dotado de un cuerpo social y carnal, que es sometido conscientemente o no al proceso de producción de valor y de mercancía semiótica, que puede ser sometido a explotación y a estrés, que puede sufrir privación afectiva, que puede caer en el pánico, que incluso puede ser violentado y muerto. La clase virtual ha descubierto un cuerpo y una condición social. Por eso ha dejado de sentirse clase virtual y ha empezado a sentirse cognitariado.

El hundimiento y la disolución de la new economy, es decir, del tejado ideológico y de categorías bajo el cual se desarrolló la semioproducción en los años noventa, no supone el hundimiento de la net economy, es decir, del proceso de producción conectado en red. La infraestructura de la red ha seguido creciendo y articulándose a pesar de la crisis, y la prioridad hoy reside en crear los contenidos, imaginar los usos, las funciones sociales y comunicativas de la red futura. ¿Qué encadenamientos sociales se crearán con el desarrollo de la banda ancha, de la fibra óptica, del UMTS,(2) es decir, de las infraestructuras técnicas producidas durante la onda expansiva de los últimos años noventa y hoy muy infrautilizadas?

Se abre un vasto campo a la imaginación. Se trata de imaginar para los próximos años interfaces de uso, modos de encadenamiento, formatos de narración conectiva y narración en inmersión, de activar una nueva mitopoiesis (3) Introducción a la edición en castellano

Se trata de imaginar todo aquello que se volverá productivo durante y después de la apertura del abismo porque, si la humanidad no desaparece, la red sobrevivirá. Consecuencias ideológicas del dotcom crash (4) En los años noventa, gracias a la participación masiva en el ciclo de inversión financiera, los productores cognitivos pudieron actuar como capa económica autosuficiente. Invirtieron sus competencias, su saber y su creatividad y hallaron en el mercado financiero los medios para crear empresa. Durante unos años la forma de la empresa ha sido el punto de encuentro entre capital financiero y trabajo cognitivo de alta productividad. Una forma de autoempresa que exaltaba a un tiempo la autonomía del trabajo y la dependencia del mercado.

La ideología libertaria y liberal que dominó la cibercultura de los años noventa idealizaba el mercado al presentarlo como una dimensión pura. En esta dimensión, natural como la lucha por la supervivencia que hace posible la evolución, el trabajo hallaba los medios para autovalorizarse y hacerse empresa. Abandonado a su dinámica pura, el sistema económico reticular debía lograr resultados óptimos para todos, propietarios y trabajadores. Este modelo, teorizado por autores como Kevin Kelly y transformado por la revista Wired en una especie de visión del mundo digital liberal, altanera y triunfalista, ha quedado en entredicho en los dos primeros años del nuevo milenio, junto con la new economy y gran parte del ejército de autoempresarios cognitivos que animaron el mundo de las dotcom.

Ha quedado en entredicho porque el modelo de un mercado perfectamente libre es falso en la teoría y en la práctica. Lo que el neoliberalismo ha favorecido a largo plazo no es el libre mercado sino el monopolio. Mientras el liberalismo idealiza el mercado como lugar libre en el que compiten saberes, competencias y creatividad, la realidad ha mostrado que los grandes grupos de poder actúan de un modo nada libertario, introduciendo automatismos tecnológicos, imponiéndose por medio de la fuerza de los medios de comunicación o del dinero y, por último, robando sin pudor alguno a la masa de accionistas y al trabajo cognitivo. La falsedad del libre mercado ha quedado completamente a la vista con la presidencia Bush.

La política del gobierno Bush consiste en favorecer de modo explícito a los monopolios —empezando por el escandaloso indulto a Bill Gates, a cambio de una alianza política y de los correspondientes apoyos financieros electorales. La política del gobierno Bush es de tipo proteccionista, que impone la apertura de los mercados a los países débiles pero permite a los Estados Unidos de América mantener aranceles del 40 por ciento sobre la importación de acero. Con la victoria de Bush, la ideología liberal y libertaria ha quedado derrotada, reducida a la hipócrita repetición de lugares comunes sin contenido. La ideología que acompañó a la dotcommanía consistía en una representación un tanto fanática de optimismo obligatorio
y economicista.

Pero el proceso real que se desarrolló en los años de las dotcom contiene elementos de innovación social, además de tecnológica. En la segunda mitad de los años noventa se desarrolló una auténtica lucha de clases en el seno del circuito productivo de las altas tecnologías. El devenir de la red ha estado marcado por esa lucha. El resultado de la misma, en este momento, aún es incierto. La ideología del mercado libre ha demostrado ser un señuelo. La idea de que el mercado pudiera funcionar como un espacio puro de confrontación en igualdad de condiciones entre las ideas, los proyectos, la calidad productiva y la utilidad de los servicios ha sido barrida por la amarga verdad de una guerra que los monopolios han conducido contra la multitud de trabajadores cognitivos autoempleados y la masa un tanto patética de microaccionistas. En la lucha por la supervivencia no ha vencido el más eficaz ni el mejor, sino el que ha sacado los cañones. Los cañones de la violencia, de la rapiña, del robo sistemático, de la violación de todas las normas éticas y legales. La alianza entre Gates y Bush ha sancionado la liquidación del mercado, y con ello ha concluido una fase de la lucha interna en la virtual class.

Una parte de ésta se ha incorporado al complejo tecnomilitar, mientras otra ha sido expulsada de la empresa y empujada hasta el borde de la proletarización. En el terreno cultural se están creando las condiciones para la formación de una consciencia social del cognitariado. Este podría ser el fenómeno más importante de los próximos tiempos y la única alternativa al desastre.

Las dotcom han sido el laboratorio de formación de un modelo productivo y de un mercado. El mercado ha sido finalmente conquistado y ahogado por los monopolios y el ejército de autoempresarios y de microcapitalistas de riesgo ha sido disuelto y despojado. Se inicia así una nueva fase: los grupos que prosperaron con el ciclo de la net economy se han aliado con el grupo dominante de la old economy —el clan Bush, representante de la industria petrolera y militar— y ello ha marcado un bloqueo del proceso de globalización. El neoliberalismo ha producido su propia negación, y quienes fueron sus más entusiastas defensores se convierten en víctimas y marginados.

En cuanto la red empezó a difundirse y a mostrar sinergias culturales, técnicas y comunitarias llegaron los comerciantes y los publicitarios y toda su cohorte de fanáticos del beneficio. Su pregunta era muy sencilla: ¿puede Internet convertirse en una máquina de hacer dinero? Los «expertos» —un puñado variopinto de artistas, hackers y experimentadores tecnosociales— respondieron de manera sibilina. Los californianos de Wired respondieron que Internet estaba destinada a multiplicar la potencia del capitalismo, a abrir inmensos mercados inmateriales y a trastocar las propias leyes de la economía, que prevén crisis, recesiones, rendimientos decrecientes y caídas de la tasa de beneficio. Nadie desmintió a los vendedores digitales.

Artistas de la red y mediactivistas tenían otras cosas que hacer y sus críticas y reservas fueron tomadas por los lamentos del perdedor, incapaz de entrar en el gran juego. Visionarios digitales cyberpunk y artistas de la red dejaron que el globo creciese. Lo que entraba en el circuito de la red era dinero útil para desarrollar todo tipo de experimentación tecnológica, comunicativa y cultural. Alguno lo ha llamado funky business. El trabajo creativo encontró el modo de sacarle unos durillos a una marea de capitalistas grandes, grandísimos, pero también pequeños.

Pero Internet no es una máquina de hacer dinero. No lo ha sido nunca y no puede convertirse en ello. Esto no quiere decir que la red no tenga nada que ver con la economía. Por el contrario, se ha convertido en una infraestructura indispensable para la producción y la realización del capital. Pero su cultura específica no puede ser reducida a la economía. Internet ha abierto un capítulo completamente nuevo del proceso de producción. La inmaterialización del producto, el principio de cooperación, la continuidad inseparable entre producción y consumo han hecho saltar los criterios tradicionales de definición del valor de las mercancías. Quien entra en la red no cree ser un cliente sino un colaborador, y por eso no quiere pagar.

Ni AOL ni Microsoft ni los demás tiburones pueden cambiar este hecho, que no es sólo un rasgo cultural un tanto anarcoide, sino el corazón mismo de la relación de trabajo digital. No debemos pensar que Internet es una especie de isla extravagante en la que ha entrado en crisis el principio de valorización que domina el resto de las relaciones humanas. Más bien, la red ha abierto una grieta conceptual que está destinada a agrandarse. El principio de gratuidad no es una excepción marginal, sino que puede convertirse en el principio universal de acceso a los bienes materiales e inmateriales.

Con el dotcom crash el trabajo cognitivo se ha separado del capital. Los artesanos digitales, aquellos que en los años noventa se sintieron empresarios de su propio trabajo, se irán dando cuenta poco a poco de cómo han sido engañados, desvalijados y expropiados, y ello creará las condiciones de aparición de una nueva consciencia de los trabajadores cognitivos. Comprenderán que a pesar de poseer toda la potencia productiva, les ha sido expropiado el fruto de su trabajo por una minoría de especuladores ignorantes pero hábiles en el manejo de los aspectos legales y financieros del proceso productivo. La capa improductiva de la clase virtual, los abogados y los contables, se apropian del plusvalor cognitivo producido por los físicos, los informáticos, los químicos, los escritores y los operadores mediáticos. Pero éstos pueden separarse del castillo jurídico y financiero del semiocapitalismo y construir una relación directa con la sociedad, con los usuarios.

Tal vez entonces se inicie el proceso de autoorganización autónoma del trabajo cognitivo. Un proceso que, por lo demás, ya está en marcha, como lo demuestran las experiencias del activismo mediático y la creación de redes de solidaridad del trabajo migrante. El sistema nervioso digital como centro de un nuevo campo disciplinar Acabado el período del triunfalismo capitalista y de la hegemonía ideológica neoliberal, ¿debemos volver a las viejas categorías analíticas del marxismo y a las estrategias políticas del movimiento obrero del siglo XX, a los horizontes del socialismo democrático o del comunismo revolucionario? Nada sería más inútil y equivocado. El capitalismo reticular de masas que se ha afirmado plenamente en los años noventa ha producido formas sociales irreducibles al análisis marxiano de las clases.

No nos bastan las categorías de la crítica de la economía política, porque los procesos de subjetivación atraviesan campos bastante más complejos. Se empieza a dibujar un campo disciplinar en el punto de encuentro entre los territorios de la economía, la semiología y la psicoquímica. El modelo productivo que se dibuja en el horizonte de la sociedad postmoderna es el Semiocapital. Capital flujo, que se coagula, sin materializarse, en artefactos semióticos. Los conceptos forjados por dos siglos de pensamiento económico parecen disueltos, inoperantes, incapaces de comprender gran parte de los fenómenos que han aparecido en la esfera de la producción social desde que ésta se ha hecho cognitiva.

La actividad cognitiva siempre ha estado en la base de toda producción humana, hasta de la más mecánica. No hay trabajo humano que no requiera un ejercicio de inteligencia. Pero, en la actualidad, la capacidad cognitiva se ha vuelto el principal recurso productivo. En el trabajo industrial, la mente era puesta en marcha como automatismo repetitivo, como soporte fisiológico del movimiento muscular. Hoy la mente se encuentra en el trabajo como innovación, como lenguaje y como relación comunicativa. La subsunción de la mente en el proceso de valorización capitalista comporta una auténtica transformación. El organismo consciente y sensible es sometido a una presión competitiva, a una aceleración de los estímulos, a un estrés de atención constante.

Como consecuencia, el ambiente mental, la infosfera en la que la mente se forma y entra en relación con otras mentes, se vuelve un ambiente psicopatógeno. Si queremos comprender el infinito juego de espejos del Semiocapital, es necesario mirarlo desde tres ángulos:

· La crítica de la economía política de la inteligencia conectiva,
· La semiología de los flujos lingüístico-económicos,
· La psicodinámica del ambiente infosférico, los efectos psicopatógenos de la explotación económica de la mente humana.

El proceso de producción digital está adquiriendo una dimensión biológica. Tiende a asemejarse a un organismo. El sistema nervioso de una organización tiene analogías con el sistema nervioso humano. Toda empresa industrial tiene sistemas autónomos, procesos operativos que tienen que funcionar para que la sociedad sobreviva. Lo que hasta ahora ha faltado son los enlaces entre las informaciones, análogos a las interconexiones neuronales del cerebro. La empresa digital reticular que hemos construido funciona como un excelente sistema nervioso artificial. En él, la información fluye con la velocidad y naturalidad del pensamiento en un ser humano, y podemos usar la tecnología para gobernar y coordinar grupos de personas con la misma rapidez con la que nos concentramos en un problema. Según Bill Gates (en Business @ the Speed of Thought),(5) hemos creado las condiciones de un nuevo sistema económico, organizado en torno a lo que podríamos llamar «empresa a la velocidad del pensamiento».

En el mundo conectado, los bucles retroactivos de la teoría general de los sistemas se funden con la lógica dinámica de la biogenética en una visión posthumana de la producción digital. La mente y la carne humana podrán integrarse con el circuito digital gracias a interfaces de aceleración y simplificación. Nace así un modelo de producción bioinfo que produce artefactos semióticos con las capacidades de autorreplicación de los sistemas vivos según las leyes de funcionamiento económico del capitalismo. Cuando esté plenamente operativo, el sistema nervioso digital podrá instalarse con rapidez en cualquier forma de organización. Eso quiere decir que Microsoft sólo en apariencia se ocupa de desarrollar software, productos y servicios. En realidad la finalidad oculta de la producción de software es el cableado de la mente humana en un continuo reticular cibernético destinado a estructurar los flujos de información digital a través del sistema nervioso de todas las instituciones clave de la vida contemporánea. Microsoft debe ser entonces considerada como una memoria virtual global escalable y lista para ser instalada. Un ciberpanóptico inserto en los circuitos de carne de la subjetividad humana. La cibernética acaba por devenir vida o, como le gusta decir a Gates, «la información es vuestra linfa vital».

La depresión en el corazón

El sistema nervioso digital se incorpora progresivamente al sistema nervioso orgánico, al circuito de la comunicación humana. Lo recodifica según sus líneas operativas y su velocidad. Pero para que este cambio pueda realizarse, el cuerpo- mente tiene que atravesar un cambio infernal, que estamos presenciando en la historia del mundo. Para comprender y para analizar este proceso no nos bastan los instrumentos conceptuales de la economía política ni del análisis de la tecnología. El proceso de producción se semiotiza y la formación del sistema nervioso digital implica y conecta la mente, el psiquismo social, los deseos y las esperanzas, los miedos y la imaginación. Por ello tenemos que ocuparnos de la producción  semiótica, del cambio lingüístico y cognitivo.

Ese cambio pasa por la difusión de patologías. La cultura neoliberal ha inyectado en el cerebro social un estímulo constante hacia la competencia y el sistema técnico de la red digital ha hecho posible una intensificación de los estímulos informativos enviados por el cerebro social a los cerebros individuales. Esta aceleración de los estímulos es un factor patógeno que alcanza al conjunto de la sociedad.

La combinación de competencia económica e intensificación digital de los estímulos informativos lleva a un estado de electrocución permanente que se traduce en una patología difusa, que se manifiesta, por ejemplo, en el síndrome de pánico y en los trastornos de la atención. El pánico es un síndrome cada vez más frecuente. Hasta hace unos años los psiquiatras no conocían siquiera este síntoma, que pertenecía más bien a la imaginación literaria romántica y que podía asemejarse al sentimiento de quedar desbordados por la infinita riqueza de formas de la naturaleza, por la ilimitada potencia cósmica. Hoy el pánico es sin embargo denunciado, con frecuencia cada vez mayor como síntoma doloroso e inquietante, como la sensación física de no lograr controlar el propio cuerpo, con la aceleración del ritmo cardíaco, una creciente dificultad para respirar, incluso hasta el desvanecimiento y la parálisis.

Aunque, hasta donde sé, no hay investigaciones concluyentes sobre esto mismo, se puede apuntar la hipótesis de que la mediatización de la comunicación y la consiguiente escasez de contacto físico pueden producir patologías de la esfera afectiva y emocional. Por primera vez en la historia humana, hay una generación que ha aprendido más palabras y ha oído más historias de la televisión que de su madre. Los trastornos de la atención se difunden cada vez más. Millones de niños norteamericanos y europeos son tratados de un trastorno que se manifiesta como la incapacidad de mantener la atención concentrada en un objeto por más de unos segundos. La constante excitación de la mente por parte de flujos neuroestimulantes lleva, probablemente, a una saturación patológica. Es necesario profundizar la investigación sociológica y psicológica sobre esta cuestión.

Podemos afirmar que si queremos comprender la economía contemporánea debemos ocuparnos de la psicopatología de la relación. Y que si queremos comprender la psicoquímica contemporánea, debemos tener en cuenta el hecho de que la mente está afectada por flujos semióticos que siguen un principio extrasemiótico, el principio de la competencia económica, el principio de la máxima explotación. ¿Cómo podría hablarse hoy de economía sin ocuparse de psicopatología? En los años noventa la cultura del Prozac ha sido indisoluble de la cultura de la new economy. Cientos de miles de operadores, directivos y gerentes de la economía occidental han tomado innumerables decisiones en estado de euforia química y ligereza psicofarmacológica. Pero a largo plazo, el organismo puede ceder, incapaz de soportar hasta el infinito la euforia química que hasta entonces ha sostenido el entusiasmo competitivo y el fanatismo productivista.

La atención colectiva está sobresaturada, y ello provoca un colapso social y económico. Desde el año 2000 en adelante, tras las cortinas de humo del lenguaje oficial que habla de probable recuperación económica, de leve recesión, o de double dip recession, hay algo evidente. Como sucede con un organismo ciclotímico, como le sucede al paciente que sufre trastorno bipolar, a la euforia le ha seguido la depresión. Se trata precisamente de una depresión clínica, una depresión a largo plazo que golpea desde la raíz la motivación, el impulso, la autoestima, el deseo y el sex appeal. Cuando llega la depresión es inútil tratar de convencerse de que pasará pronto. Tiene que seguir su ciclo.

Para comprender la crisis de la new economy es necesario partir del análisis psicoquímico de la clase virtual. Es necesario reflexionar sobre el estado psíquico y emocional de millones de trabajadores cognitivos que han animado la escena de la empresa, la cultura y el imaginario durante los noventa. La depresión psíquica del trabajador cognitivo individual no es una consecuencia de la crisis económica, sino su causa. Sería sencillo considerar la depresión como una consecuencia de un mal ciclo de negocios. Después de trabajar tantos años felices y rentables, el valor de las acciones se ha desplomado y nuestro brainworker se ha pillado una depresión. No es así. La depresión se ha producido porque su sistema emocional, físico e intelectual no puede soportar hasta el infinito la hiperactividad provocada por la competencia y los psicofármacos. Como consecuencia, las cosas han empezado a ir mal en el mercado. ¿Qué es el mercado?

El mercado es un lugar semiótico, el lugar en el que se encuentran signos y expectativas de sentido, deseos y proyecciones. Si queremos hablar de demanda y oferta debemos razonar en términos de flujos de deseo, de atractores semióticos que han tenido appeal y ahora lo han perdido. Infosfera y mente social El mediascape es el sistema mediático en continua evolución, el universo de los emisores que envían a nuestro cerebro señales en los más variados formatos. La infosfera es el interfaz entre el sistema de los medios y la mente que recibe sus señales; es la ecosfera mental, esa esfera inmaterial en la que los flujos semióticos interactúan con las antenas receptoras de las mentes diseminadas por el planeta. La mente es el universo de los receptores, que no se limitan, como es natural, a recibir, sino que elaboran, crean y a su vez ponen en movimiento nuevos procesos de emisión y producen la continua evolución del mediascape. La evolución de la infosfera en la época videoelectrónica, la activación de redes cada vez más complejas de distribución de la información, ha producido un salto en la potencia, en la velocidad y en el propio formato de la infosfera.

Pero a este salto no le corresponde un salto en la potencia y en el formato de la recepción. El universo de los receptores, es decir, los cerebros humanos, las personas de carne y hueso, de órganos frágiles y sensuales, no está formateado según los mismos patrones que el sistema de los emisores digitales. El paradigma de funcionamiento del universo de los emisores no se corresponde con el paradigma de funcionamiento del universo de los receptores. Esto se manifiesta en efectos diversos: electrocución permanente, pánico, sobreexcitación, hipermotilidad, trastornos de la atención, dislexia, sobrecarga informativa, saturación de los circuitos de recepción.

En la raíz de la saturación está una auténtica deformidad de los formatos. El formato del universo de los emisores ha evolucionado multiplicando su potencia, mientras que el formato del universo de los receptores no ha podido evolucionar al mismo ritmo, por la sencilla razón de que se apoya en un soporte orgánico —el cerebro cuerpo humano— que tiene tiempos de evolución completamente diferentes de los de las máquinas. Lo que se ha producido podría llamarse una «cacofonía» paradigmática, un desfase entre los paradigmas que conforman el universo de los emisores y el de los receptores. En una situación así, la comunicación se convierte en un proceso asimétrico y trastornado. Podemos hablar de una discrasia entre ciberespacio, en ilimitada y constante expansión, y cibertiempo.

El ciberespacio es una red que comprende componentes mecánicos y orgánicos cuya potencia de elaboración puede ser acelerada sin límites. El cibertiempo es, por el contrario, una realidad vivida, ligada a un soporte orgánico —cuerpo y cerebro humanos—, cuyos tiempos de elaboración no pueden ser acelerados más allá de límites naturales relativamente rígidos. Paul Virilio sostiene, desde su libro Vitesse et politique de 1977,(7) que la velocidad es el factor decisivo de la historia moderna. Gracias a la velocidad, dice Virilio, se ganan las guerras, tanto las militares como las comerciales. En muchos de sus escritos Virilio muestra que la velocidad de los desplazamientos, de los transportes y de la motorización han permitido a los ejércitos ganar las guerras durante el último siglo. Desde que los objetos, las mercancías y las personas han podido ser sustituidas por signos, por fantasmas virtuales transferibles por vía electrónica, las fronteras de la velocidad se han derrumbado y se ha desencadenado el proceso de aceleración más impresionante que la historia humana haya conocido.

En cierto sentido podemos decir que el espacio ya no existe, puesto que la información lo puede atravesar instantáneamente y los acontecimientos pueden transmitirse en tiempo real de un punto a otro del planeta, convirtiéndose así en acontecimientos virtualmente compartidos. Pero ¿cuáles son las consecuencias de esta aceleración para la mente y el cuerpo humanos? Para entenderlo tenemos que hacer referencia a las capacidades de elaboración consciente, a la capacidad de asimilación afectiva de los signos y de los acontecimientos por parte del organismo consciente y sensible.

La aceleración de los intercambios informativos ha producido y está produciendo un efecto patológico en la mente humana individual y, con mayor razón, en la colectiva. Los individuos no están en condiciones de elaborar conscientemente la inmensa y creciente masa de información que entra en sus ordenadores, en sus teléfonos portátiles, en sus pantallas de televisión, en sus agendas electrónicas y en sus cabezas. Sin embargo, parece que es indispensable seguir, conocer, valorar, asimilar y elaborar toda esta información si se quiere ser eficiente, competitivo, ganador. La práctica del multitasking,(6) la apertura de ventanas de atención hipertextuales o el paso de un contexto a otro para la valoración global de los procesos tienden a deformar las modalidades secuenciales de la elaboración mental. Según Christian Marazzi, economista y autor de Capitale e linguaggio,(8) la última generación de operadores económicos padece una auténtica forma de dislexia, una incapacidad de leer una página desde el principio hasta el fin siguiendo un proceso secuencial y una incapacidad de mantener la atención concentrada en el mismo objeto por mucho tiempo. La dislexia se extiende por los comportamientos cognitivos y sociales, hasta hacer casi imposible la prosecución de estrategias lineales.

Algunos, como Davenport y Beck,(9) hablan de economía de la atención. Que una facultad cognitiva pasa a formar parte del discurso económico quiere decir que se ha convertido en un recurso escaso. Falta el tiempo necesario para prestar atención a los flujos de información a los que estamos expuestos y que debemos valorar para poder tomar decisiones. La consecuencia está a la vista: decisiones económicas y políticas que no responden a una racionalidad estratégica a largo plazo sino tan sólo al interés inmediato. Por otra parte, estamos cada vez menos dispuestos a prestar nuestra atención gratuitamente. No tenemos ya tiempo para el amor, la ternura, la naturaleza, el placer y la compasión. Nuestra atención está cada vez más asediada y por tanto la dedicamos solamente a la carrera, a la competencia, a la decisión económica. Y, en todo caso, nuestro tiempo no puede seguir la loca velocidad de la máquina digital hipercompleja.

Los seres humanos tienden a convertirse en despiadados ejecutores de decisiones tomadas sin atención. El universo de los emisores —o ciberespacio— procede ya a velocidad sobrehumana y se vuelve intraducible para el universo de los receptores —o cibertiempo— que no puede ir más rápido de lo que permiten la materia física de la que está hecho nuestro cerebro, la lentitud de nuestro cuerpo o la necesidad de caricias y de afecto. Se abre así un desfase patógeno y se difunde la enfermedad mental, como lo muestran las estadísticas y, sobre todo, nuestra experiencia cotidiana. Y a medida que se difunden las patologías, se difunden los fármacos.

La floreciente industria de los psicofármacos bate récords cada año. El número de cajas de Ritalin, Prozac, Zoloft y otros fármacos psicotrópicos vendidas en las farmacias crece, al tiempo que crecen la disociación, el sufrimiento, la desesperación, el terror a ser, a tener que confrontarse constantemente, a desaparecer; crece el deseo de matar y de morir. Cuando hacia finales de los setenta se impuso una aceleración de los ritmos productivos y comunicativos en las metrópolis occidentales, hizo aparición una gigantesca epidemia de toxicomanía. El mundo estaba saliendo de su época humana para entrar en la época de la aceleración maquinal posthumana. Muchos organismos humanos sensibles empezaron a usar cocaína, sustancia que permite acelerar el ritmo existencial hasta transformarse en máquina. Muchos otros organismos humanos sensibles empezaron a inyectarse heroína, sustancia que desactiva la relación con la velocidad del ambiente circundante. La epidemia de polvos de los años setenta y ochenta produjo una devastación existencial y cultural de la que aún no hemos sacado las cuentas. A continuación, las drogas ilegales fueron sustituidas por las sustancias legales que la industria farmacéutica pone a disposición de sus víctimas, y se inició la época de los antidepresivos de los euforizantes y de los reguladores del humor.

Hoy la enfermedad mental se muestra cada vez con mayor claridad como una epidemia social o, más precisamente, sociocomunicativa. Si quieres sobrevivir debes ser competitivo, y si quieres ser competitivo tienes que estar conectado, tienes que recibir y elaborar continuamente una inmensa y creciente masa de datos. Esto provoca un estrés de atención constante y una reducción del tiempo disponible para la afectividad. Estas dos tendencias inseparables devastan el psiquismo individual. Depresión, pánico, angustia, sensación de soledad, miseria existencial. Pero estos síntomas individuales no pueden aislarse indefinidamente, como ha hecho hasta ahora la psicopatología y quiere el poder económico.

No se puede decir: estás agotado, cógete unas vacaciones en el Club Méditerranée, tómate una pastilla, cúrate, deja de incordiar, recupérate en el hospital psiquiátrico, mátate. No se puede, por la sencilla razón de que no se trata de una pequeña minoría de locos ni de un número marginal de deprimidos. Se trata de una masa creciente de miseria existencial que tiende a estallar cada vez más en el centro del sistema social. Además, hay que considerar otro hecho decisivo: mientras el capital necesitó extraer energías físicas de sus explotados y esclavos, la enfermedad mental podía ser relativamente marginalizada. Poco le importaba al capital tu sufrimiento psíquico mientras pudieras apretar tuercas y manejar un torno. Aunque estuvieras tan triste como una mosca sola en una botella, tu productividad se resentía poco, porque tus músculos podían funcionar. Hoy el capital necesita energías mentales, energías psíquicas. Y son precisamente ésas las que se están destruyendo. Por eso las enfermedades mentales están estallando en el centro de la escena social.

La crisis económica depende en gran medida de la difusión de la tristeza, de la depresión, del pánico y de la desmotivación. La crisis de la new economy deriva en buena medida de una crisis de motivaciones, de una caída de la artificiosa euforia de los años noventa. Ello ha tenido efectos de desinversión y, en parte, de contracción del consumo. En general, la infelicidad funciona como un estimulante del consumo: comprar es una suspensión de la angustia, un antídoto de la soledad, pero sólo hasta cierto punto. Más allá de ese punto, el sufrimiento se vuelve un factor de desmotivación de la compra.

Para hacer frente a eso se diseñan estrategias. Los patrones del mundo no quieren, desde luego, que la humanidad sea feliz, porque una humanidad feliz no se dejaría atrapar por la productividad, por la disciplina del trabajo, ni por los hipermercados. Pero se buscan técnicas que moderen la infelicidad y la hagan soportable, que aplacen o contengan la explosión suicida, con el fin de estimular el consumo. ¿Qué estrategias seguirá el organismo colectivo para sustraerse a esta fábrica de la infelicidad? ¿Es posible, es planteable, una estrategia de desaceleración, de reducción de la complejidad? No lo creo. En la sociedad humana no se pueden eliminar para siempre potencialidades, aún cuando éstas se muestren letales para el individuo y, probablemente, también para la especie. Estas potencialidades pueden ser reguladas, sometidas a control mientras es posible, pero acaban inevitablemente por ser utilizadas, como sucedió —y volverá a suceder— con la bomba atómica.

Es posible una estrategia de upgrading (10) del organismo humano, de adecuación maquinal del cuerpo y del cerebro humano a una infosfera hiperveloz. Es la estrategia que se suele llamar posthumana. Por último, es posible una estrategia de sustracción, de alejamiento del torbellino. Pero se trata de una estrategia que sólo podrán seguir pequeñas comunidades, constituyendo esferas de autonomía existencial, económica e informativa frente a la economía mundo.

Este libro no se alarga hasta ese punto. No trata de elaborar una estrategia de sustracción. Este libro se propone señalar y cartografiar un nuevo campo disciplinar que se encuentra en la intersección de la economía, la tecnología comunicativa y la psicoquímica. Una cartografía de este nuevo campo disciplinar es indispensable si queremos describir y comprender el proceso de producción del capital y la producción de subjetividad social en la época que sigue a la modernidad industrial mecánica y, por tanto, si queremos elaborar estrategias de sustracción.

¿El Imperio del Caos?

A fines de 2002, mientras escribo esta introducción, el mundo parece colgado sobre el abismo de la guerra. Negri y Hardt, en Imperio, sostienen que el dominio global tiene los rasgos de un Imperio, parecido al Imperio Romano. Hay algo de cierto en esa descripción, pero resulta más ajustada a los años noventa que a la actualidad. En los años de la presidencia Bush todo parece haber cambiado. Mientras la nueva economía sufre una crisis de mercado y, sobre todo, de confianza, la vieja economía, la del petróleo y las armas, ha recuperado su fuerza y trata de guiar el mundo.

Si el imperio tuvo los rasgos de un dominio cada vez más extenso, construido por medio de la imposición de estándares tecnológicos, de la hegemonía de un imaginario mercantil globalista, lo que aparece en los años de la recesión no se parece al imperio soft del que nos hablan los autores de ese libro, escrito a mediados de los noventa. No soy capaz de ver, en la política del grupo dirigente norteamericano, una lógica, un pensamiento racional, una estrategia equilibrada y lineal.

Entreveo el efecto de una locura que se va difundiendo por todos los espacios de la vida planetaria. La enfermedad mental ha alcanzado la cabeza del imperio, porque el proyecto de control total es un proyecto enloquecido, destinado a producir desastres incluso para quienes lo han concebido. Los Estados Unidos de América son la mayor potencia de la Tierra, como lo fue Roma en los primeros siglos de la era cristiana. Pero como sugiere Marguerite Yourcenar en Las memorias de Adriano, los imperios pueden mantener su dominio mientras no pretendan someter al Caos por medio de la fuerza. El Caos no se derrota por medio de la guerra, pues el Caos se alimenta de cuanto lo combate. Por ello, la guerra ilimitada que el Imperio ha decidido desencadenar contra cualquier desviación del orden establecido por los integristas cristiano-liberales está destinada a erosionar el poder global, hasta hundirlo en la demencia y el caos. Tal vez estemos a punto de entrar en una fase de descomposición acelerada de todo orden y toda racionalidad. Y el Imperio que emergerá será el Imperio del Caos.

Diciembre 2002

Introducción

Una ola de euforia ha recorrido los mercados en los últimos años. Desde los mercados se ha extendido a los medios y desde éstos ha invadido el imaginario social de Occidente. La tercera edad del capital, la que sigue a la época clásica del hierro y el vapor y a la época moderna del fordismo y la cadena de montaje, tiene como territorio de expansión la infosfera, el lugar donde circulan signos mercancía, flujos virtuales que atraviesan la mente colectiva.

Una promesa de felicidad recorre la cultura de masas, la publicidad y la misma ideología económica. En el discurso común la felicidad no es ya una opción, sino una obligación, un must; es el valor esencial de la mercancía que producimos, compramos y consumimos. Ésta es la filosofía de la new economy que es vehiculada por el omnipresente discurso publicitario, de modo tanto más eficaz cuanto más oculto. Sin embargo, si tenemos el valor de ir a ver la realidad de la vida cotidiana, si logramos escuchar las voces de las personas reales con quienes nos encontramos todos los días, nos daremos cuenta con facilidad de que el semiocapitalismo, el sistema económico que funda su dinámica en la producción de signos, es una fábrica de infelicidad.

La energía deseante se ha trasladado por completo al juego competitivo de la economía; no existe ya relación entre humanos que no sea definible como business —cuyo significado alude a estar ocupado, a no estar disponible. Ya no es concebible una relación motivada por el puro placer de conocerse. La soledad y el cinismo han hecho nacer el desierto en el alma. La sociedad planetaria está dividida entre una clase virtual que produce signos y una underclass que produce mercancías materiales o, sencillamente, es excluida de la producción. Esta división genera naturalmente desesperación violenta y miseria para la mayoría de la población mundial. Pero esto no es todo.

El semiocapitalismo es una fábrica de infelicidad también para los vencedores, para los participantes en la economía- red, que corren cada vez más rápido para mantener el ritmo, obligados a dedicar sus energías a competir contra todos los demás por un premio que no existe. Vencer es el imperativo categórico del juego económico. Y, desde el momento en que la comunicación se está integrando progresivamente con la economía, vencer se convierte también en el imperativo categórico de la comunicación. Vencer es el imperativo categórico de todo gesto, de todo pensamiento, de todo sentimiento. Y sin embargo, como dijo William Burroughs, el ganador no gana nada. Mientras el estereotipo publicitario muestra una sociedad empapada de felicidad consumista, en la vida real se extienden el pánico y la depresión, enfermedades profesionales de un ciclo de trabajo que pone a todos a competir con todos, y culpabiliza a quien no logra fingirse feliz.

Los ciclos innovadores de la producción —la red y la biotecnología — no son, como los que dominaron la época industrial, la producción de mercancías por medio del cuerpo y la mente, sino la producción directa de cuerpo y mente. La felicidad no es ya, por tanto, un valor de uso accesorio a las mercancías, sino la quintaesencia de la mercancía. Algunos sostienen que la new economy está destinada a desinflarse como un globo o a derretirse como la nieve al sol porque se funda sobre una ilusión. Pero las ilusiones son el motor de la economía capitalista, son la fuerza que mueve el mundo. La economía es cada vez más directamente inversión de energía deseante. Lo que el historicismo idealista llamaba alienación era el intercambio de la autenticidad humana con el poder abstracto del dinero. Nosotros ya no hablamos de alienación, porque no creemos que exista ya ninguna autenticidad de lo humano. Sin embargo, tenemos la experiencia cotidiana de una infelicidad difusa, porque los seres humanos invierten una parte cada vez mayor de su existencia inmediata en la promesa siempre aplazada de la mercancía virtual. La devastación capitalista del medio natural y la mediatización de la comunicación reducen casi a la nada la posibilidad de gozar de la existencia de forma inmediata. Y la existencia desensualizada se dedica sin resistencias a la inversión, que es en esencia inversión emocional, intelectual, psíquica.

Como mostró Freud, la sociedad burguesa fundaba la fuerza productiva de la industria en un empobrecimiento físico y material y en una represión de la libido que producía neurosis. El precio de la seguridad psíquica y económica era la renuncia a la libertad. En su libro La postmodernidad y sus descontentos,(11) Zygmunt Bauman invierte el diagnóstico de Freud: los problemas y los malestares más comunes hoy son producto de un intercambio por el cual renunciamos a la seguridad para obtener cada vez más libertad. Pero ¿de qué libertad hablamos, si nuestro tiempo y nuestras energías están completamente absorbidas por el business?

El tránsito postmoderno ha estado marcado por un desencadenamiento de la libido, por un intercambio en el que hemos renunciado a gran parte de la seguridad burguesa a cambio de una libertad que se concreta cada vez más sólo en el plano económico. La llamada revolución sexual de los años sesenta y setenta no fue, o no fue sólo, un aumento de la cantidad de cuerpos disponibles para el sexo. Fue sobre todo una mutación en la percepción del tiempo vivido. El tiempo de la vida era tiempo del encuentro de las palabras, de los cuerpos, sin otra finalidad que aquella gratuita del conocerse.

No sé si hoy se hace el amor más o menos que en aquellos años. Me parece que mucho menos, pero no es esa la cuestión. La cuestión es que la sexualidad no tiene ya relación con el conocerse, con la gratuidad. Es descarga de energía rabiosa, exhibición de estatus y, sobre todo, consumo. La prostitución no es ya, como en tiempos pasados, una dimensión marginal y viciosa, sino una actividad industrial regulada, la principal válvula de desahogo de la agresividad sexual de una sociedad que no conoce ya la gratuidad. La desregulación económica completa una desregulación existencial que tomó su impulso de las culturas antiautoritarias. Pero para las culturas antiautoritarias la libertad era ante todo un ejercicio antieconómico y anticapitalista. Hoy la libertad ha sido encerrada en el espacio de la economía capitalista y se reduce a la libre competencia en un horizonte obligatorio.

Cuando a la libertad se le sustrae el tiempo para poder gozar del propio cuerpo y del cuerpo de otros, cuando la posibilidad de disfrutar del medio natural y urbano es destruida, cuando los demás seres humanos son competidores enemigos o aliados poco fiables, la libertad se reduce a un gris desierto de infelicidad. No es ya la neurosis, sino el pánico, la patología dominante de la sociedad postburguesa, en la que el deseo es invertido de forma cada vez más obsesiva en la empresa económica y en la competencia. Y el pánico se convierte en depresión apenas el objeto del deseo se revela como lo que es, un fantasma carente de sentido y sensualidad.

El sufrimiento, la miseria existencial, la soledad, el océano de tristeza de la metrópolis postindustrial, la enfermedad mental. Éste es el argumento del que se ocupa hoy la crítica de la economía política del capital.

Franco Berardi ‘Bifo’

notas:
1. En el sentido norteamericano de liberal radical partidario de una absoluta libertad de los individuos frente al Estado, distinto de su acepción europea como sinónimo de anarquista. [N. del E.]
2. UMTS, tecnologías que permiten el acceso a Internet a través de los teléfonos móviles. [N. del E.]
3. Mitopoiesis podría ser traducido como generación creativa de mitos. El neologismo, de doble raíz helénica, ha quedado sin embargo incoporado al léxico político de los movimientos, gracias en buena mediad a la actividad del grupo italiano Wu Ming, y de su predecesor europeo Luther Blissett. Para un desarrollo de la actividad de este grupo léase Wu Ming, Esta revolución no tiene rostro, Madrid, Acuarela, 2002. [N. del E.] de la red, caminando al borde del abismo que la guerra y la recesión han abierto.
4. Hundimiento de las acciones de las empresas dotcom («puntocom»), empresas cuya actividad se realiza sobre todo en, y en relación con, Internet. [N. del E.]
5. Bill Gates y J. A. Bravo, Los negocios en la era digital, Barcelona, P & J 1999.
6. Paul Virilio, Vitese et politique: essai de dromologie, Paris, Galilée 1977.
7. Realización simultánea y en paralelo de más de una tarea. [N. del E.]
8. Christian Marazzi, Christian Marazzi, Capitale e linguaggio. Dalla new economy all’economia di guerra, Roma, DeriveApprodi 2002., Roma, DeriveApprodi 2002.
9. Thomas H. Davenport y John C. Beck, La economía de la atención: el nuevo valor de los negocios, Barcelona, Paidós 2002.
10. Puesta al día, incremento artificial de su capacidad. [N. del E.]
11. Zygmunt Bauman, La postmodernidad y sus descontentos, Madrid, Akal 2001.

Franco Berardi ‘Bifo’, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Editorial Traficantes de Sueños. Año 2003

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Cicatrización de la rotura

Nuestro intelecto ha creado un mundo nuevo que domina a la naturaleza, y lo ha poblado con máquinas monstruosas. Éstas son de una utilidad tan indudable que no podemos ver ni aun la posibilidad de librarnos de ellas o de nuestro servilismo hacia ellas. El hombre está sujeto a seguir las incitaciones aventureras de su mente científica e inventiva y a admirarse de sus espléndidas hazañas. Al mismo tiempo, su genio muestra la siniestra tendencia a inventar cosas que van resultando más y más peligrosas porque representan medios cada vez mejores de suicidio al por mayor.

En vista del rápido crecimiento del alud de población mundial, el hombre ya ha comenzado a buscar medios de detener la creciente inundación. Pero la naturaleza puede anticipar todos nuestros intentos volviendo contra el hombre su propia mente creadora. La bomba H, por ejemplo, detendría eficazmente la superpoblación. A pesar de nuestro orgulloso dominio de la naturaleza, aún somos sus víctimas, pues ni siquiera hemos aprendido a dominar nuestra propia naturaleza. Lenta y, al parecer, inevitablemente, estamos rondando el desastre.

Ya no hay dioses a los que podamos invocar para que nos ayuden. Las grandes religiones mundiales sufren de anemia progresiva porque los númenes benéficos han huido de los bosques, ríos y montañas, y de los animales; y los hombres dioses desaparecieron sumergiéndose en el inconsciente. Y nos mofamos de que lleven una vida ignominiosa entre las reliquias de nuestro pasado. Nuestra vida actual está dominada por la diosa Razón, que es nuestra mayor y más trágica ilusión. Con ayuda de la razón, así nos lo creemos, hemos ‘conquistado la naturaleza’.

Por eso es pura propaganda porque la llamada conquista de la naturaleza nos abruma con el hecho natural de la superpoblación y añade a nuestras aflicciones la incapacidad psicológica para tomar las medidas políticas pertinentes. Sigue siendo muy natural para los hombres disputar y pelear por la superioridad de unos sobre otros. ¿A qué decir, entonces, que hemos ‘conquistado la naturaleza’?

Como todo cambio tiene que comenzar en alguna parte, es el individuo, aisladamente, el que experimentará y lo llevará a cabo. El cambio también empezará con un individuo; puede ser cualquiera de nosotros. Nadie puede permitirse mirar en torno y esperar que algún otro le haga lo que le repugna hacer. Pero puesto que nadie parece saber lo que hay que hacer, sería conveniente que cada uno de nosotros, mientras tanto, se preguntara si, por casualidad, sabe su inconsciente algo que nos sirva de ayuda. La verdad es que la mente consciente parece incapaz de hacer algo útil a ese respecto. Hoy día, el hombre se da penosa cuenta del hecho de que ni sus grandes religiones ni sus diversas filosofías parecen proporcionarle esas ideas poderosas y vivificadoras que le darían la seguridad que necesita ante la actual situación del mundo.

Sé lo que dirían los budistas: las cosas irían bien sólo con que la gente siguiera la ‘noble vía de las ocho etapas’ del Dharma (doctrina, ley) y tuviera  auténtica visión interior de sí misma. El cristiano nos dice que sólo con que la gente tuviera fe en Dios, tendríamos un mundo mejor. El racionalista insiste en que si la gente fuera inteligente y razonable, todos nuestros problemas tendrían solución. La pena es que ninguno de ellos trata de resolver estos problemas por su cuenta.

Los cristianos preguntan con frecuencia por qué Dios no les habla, como se cree hizo en tiempos pasados. Cuando oigo tales preguntas, siempre me hacen pensar en el rabino al que le preguntaron cómo podía ser que Dios se mostrara en persona muchas veces en los antiguos tiempos mientras que ahora nadie le veía. El rabino contestó: ‘Hoy día ya no hay nadie que pueda humillarse lo suficiente’.

Esa respuesta da en el clavo. Estamos tan cautivados por nuestra consciencia subjetiva y tan enredados en ella que hemos olvidado el hecho antiquísimo de que Dios habla principalmente por medio de sueños y visiones. El budista desecha el mundo de las fantasías inconscientes como ilusiones inútiles; el cristiano pone la Iglesia y la Biblia entre él y su inconsciente ; y el intelectual racionalista ni siquiera sabe que su consciencia no es el total de su psique. Esta ignorancia persiste hoy día a pesar del hecho de que desde hace más de setenta años el inconsciente es un concepto científico básico que es indispensable para toda investigación psicológica seria.

Ya no podemos permitirnos ser tan semejantes a Dios Omnipotente para erigirnos en jueces de los méritos y deméritos de los fenómenos naturales. No basamos lo botánica en la anticuada división de plantas útiles e inútiles, o la zoología en la ingenua distinción entre animales inofensivos y dañinos. Pero aún suponemos complacientemente que la consciencia es sentido y el inconsciente insensatez. En la ciencia, una idea semejante provocaría sonoras carcajadas. ¿Tienen los microbios, por ejemplo, sentido o no lo tienen?.

Sea lo que fuere el inconsciente, es un fenómeno natural que produce símbolos que tienen significado. No es de esperar que alguien que jamás haya mirado por un microscopio sea una autoridad en microbiología; del mismo modo, nadie que no haya hecho un estudio serio de los símbolos naturales puede considerarse juez competente en la materia. Pero la depreciación general del alma humana es tan enorme que ni las grandes religiones ni las filosofías ni el racionalismo científico han estado dispuestos a examinarla dos veces.

A pesar de que la Iglesia católica admite el hecho de los somnia a Deo missa (sueños enviados por Dios), la mayoría de sus pensadores no hace ningún intento serio de entender los sueños. Dudo que haya algún tratado o doctrina protestante que cayera tan bajo para admitir la posibilidad de que la vox Dei pudiera percibirse en un sueño. Pero si un teólogo cree realmente en Dios, ¿con qué autoridad puede decir que Dios es incapaz de hablar a través de los sueños?

Me he pasado más de medio siglo investigando los símbolos naturales y he llegado a la conclusión de que los sueños y sus símbolos no son estúpidos y sin significado. Al contrario, los sueños proporcionan la más interesante información para quienes se toman la molestia de comprender sus símbolos. Cierto es que los resultados tienen poco que ver con esas preocupaciones mundanas de comprar y vender. Pero el significado de la vida no está exhaustivamente explicado con nuestro modo de ganarnos la vida, ni el profundo deseo del corazón humano se sacia con una cuenta bancaria.

En un período de la historia humana en que toda energía disponible se emplea en investigar la naturaleza, se presta poca atención a la esencia del hombre, que es la psique, aunque se hacen muchas investigaciones en sus funciones conscientes. Pero la parte de la mente, de verdadera complejidad y desconocida, en la que se producen los símbolos están aún virtualmente inexplorada. Parece casi increíble que, aun recibiendo señales de ella todas las noches, resulte tan tedioso descifrar esos mensajes para la mayoría, salvo para unos cuantos que se toman la molestia de hacerlo. El mayor instrumento del hombre, su psique, es escasamente atendido y, con frecuencia, se recela de él y se le desprecia. ‘Es solamente psicológico’ significa, con demasiada frecuencia, no es nada.

¿Dé dónde procede, exactamente, este inmenso prejuicio? Hemos estado tan palmariamente ocupados con la cuestión de lo que pensamos que hemos olvidado por completo preguntar qué piensa la psique inconsciente acerca de nosotros. Las ideas de Sigmund Freud confirmaron a la mayoría de la gente el desdén que existía hacia la psique. Antes de él se la miraba y desdeñaba; ahora se ha convertido en vertedero de detritus morales.

Este punto de vista moderno es, con seguridad, unilateral e injusto. Ni siquiera está de acuerdo con los hechos conocidos. Nuestro conocimiento efectivo del inconsciente nos dice que es un fenómeno natural y que, como la propia Naturaleza, es, por lo menos, neutral. Contiene todos los aspectos de la naturaleza humana: luminosos y oscuros, bellos y feos, buenos y malos, profundos y necios. El estudio acerca del simbolismo individual, y también del colectivo, es una tarea inmensa que aún no se domina. Pero al fin, se ha iniciado. Los primeros resultados son alentadores y parecen indicar una respuesta a muchas preguntas incontestadas de la humanidad de hoy día.

Carl Gustav Jung

Del libro El hombre y sus símbolos, Carl Gustav Jung, M. L. von Franz, Joseph L. Henderson, Jolande Jacobi, Aniela Jaffé (1959), Luis Caralt Editor S.A., 1984.

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