La crítica en la forma actual de la sociedad moderna

El tipo de hospitalidad que ofrece a la crítica la forma actual de la sociedad moderna puede compararse con el esquema de un predio para acampar. El lugar está abierto a todos aquellos que tengan su propia casa rodante y suficiente dinero para pagar la estadía.

Los huśpedes van y vienen, a nadie le interesa demasiado cómo se administra el lugar en tanto y en cuanto a los clientes se les asigne el suficiente espacio como para estacionar su casa rodante, los enchufes y los grifos estén en buen estado y los propietarios de las casas cercanas no hagan demasiado ruido y mantengan bajo el volumen de sus televisores portátiles y de sus equipos de audio cuando anochece. Los conductores traen al lugar sus propias casas, remolcadas por sus autos y equipadas con todo lo que necesitarán durante su estadía, que, en todo caso, esperan sea breve.

Cada conductor tiene sus propios horarios e itinerario. Lo que esperan de los administradores del establecimiento es que tan sólo (y nada menos) los dejen tranquilos y no los molesten. A cambio, se comprometen a no desafiar la autoridad de los administradores y a pagar puntualmente. Y como pagan, también exigen.

Son proclives a la intransigencia cuando se trata de defender su derecho a los servicios prometidos, pero, por lo demás, prefieren hacer su vida y se enojan si alguien pretende impedirles el acceso a ellos. De tanto en tanto, reclamarán un mejor servicio; sin son directos, decididos y no tienen pelos en la lengua, hasta puede que consigan lo que piden. Si se sienten estafados o defraudados, los conductores se quejarán y reclamarán lo que les corresponde- pero jamás se les ocurrirá cuestionar o renegociar la filosofía administrativa del lugar, y menos aún, hacerse cargo de la responsabilidad de llevarlo adelante ellos mismos-. A lo sumo, tomarán mentalmente nota de ese sitio para no volver ni recomendárselo a sus amigos.

Cuando, siguiendo su propio itinerario, finalmente se van, el lugar queda tal y como estaba antes de su llegada, indemne a su paso y a la espera de otros nuevos por llegar; si las quejas registradas por sucesivas tandas de acampantes se van acumulando, los servicios prestados por el establecimiento podrán ser modificados para impedir que un descontento reiterado se haga oír nuevamente en el futuro. En la era de la sociedad de la modernidad líquida, la hospitalidad con la crítica sigue el esquema de un predio para acampar.

Zygmunt Bauman

Extraído del libro Liquid Modernity (Modernidad Líquida) -2000 de Zygmunt Bauman. Fondo de Cultura Económica, 2002. Buenos Aires, Argentina.

Distopía: La Utopía perversa

El término de distopía funciona como antónimo de utopía. En la siguiente nota un análisis de las distopías represetadas en el cine y la literatura

El término de distopía funciona como antónimo de utopía y fue acuñado por John Stuart Mill a finales del siglo XIX. Ambas palabras conforman dos extremos opuestos. Mientras la utopía hace referencia, al lugar donde todo es como debe ser, al margen de que tal sistema optimista aparezca como irrealizable en el momento de su formulación, la distopía o antiutopía, es el reverso de lo ideal y designa una sociedad ficticia indeseable en sí misma. La sociedad distópica discurre en un futuro cercano y está basado en las tendencias sociales de la actualidad pero llevadas a extremos espeluznantes y apocalípticos.

Sociedades totalitarias, represivas, deshumanizadas, afectadas por grandes sistemas tecnológicos y mecanismos de control, donde las libertades son encarceladas y anuladas, donde los sujetos son manejados y manipulados a formar parte de un engranaje, omnipresente y cruel, son algunas de las características que regulan estos relatos. Las distopías sirven como críticas sociales en la medida en que reflejan como grandes espejos los sitios más oscuros e indeseables del desarrollo de la humanidad. Son sátiras que con sus imágenes advierten sobre los peligros a los que conducen los extremos y que están ahí para alentar a los sujetos como portadores del cambio que es necesario emprender para torcer el rumbo de sus destinos.

Para Federico Mare, estudiante de historia, “una distopía es, ante todo, una hipérbole; esto es, una exageración retórica deliberada que tiene por finalidad patentizar o visibilizar su objeto; en este caso, las tendencias totalitarias, tecnocráticas y deshumanizadoras. Es también una prognosis, una anticipación, un ejercicio futurista. Lo exagerado no se ubica en el presente sino en el porvenir, un porvenir hipotético ciertamente, pero posible, y, más aún, probable. Reviste, asimismo, un carácter admonitorio. Es una exageración esclarecedora cuya última ratio es el aleccionamiento y la exhortación”.

Y agrega: “distopía es advertencia e incitación a la vez: «ten cuidado; si no haces esto hoy, mañana sufrirás aquello». Constituye, en suma, una premonición, en el sentido original de la palabra latina praemonitus, que supone tanto un acto de anticipación como de admonición. Una distopía no es una profecía pesimista sino una prevención realista. Ese futuro que evoca con tintes sombríos resulta conjurable, eludible, evitable. Si en el reino de la profecía la predestinación es soberana absoluta, en el universo distópico existe el «libre albedrío». Dicho en pocas palabras, la distopía es una hipérbole premonitoria (anticipatoria y admonitoria) del totalitarismo tecnocrático y deshumanizador”

Distopías en la literatura y el cine.

El aguafuerte «El sueño de la razón produce monstruos» es un grabado de la serie “Los Caprichos” de Francisco de Goya. En esta estampa, el artista se encarna así mismo rendido sobre su mesa de trabajo y rodeado por una serie de animales sus propios monstruos y fantasmas, frutos del miedo que siente por una sociedad insensata e irracional sumida en la guerra y las tinieblas de la ignorancia. Esta imagen bien podría representar a su vez, como un icono, la figura de novelistas que acechados por las condiciones de su época supieron hacer de su tiempo un magnífico análisis de las atrocidades a las que conduce la acumulación desmedida del poder.

Novelas como la no tan conocida “Nosotros” del escritor ruso Evgueni Ivánovich Zamiátin, o más populares como “1984” de George Orwell, “Un mundo Feliz” de Aldous Huxley, o “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, por nombrar solo algunas de una lista que se extiende, forman parte del subgénero literario de la antiutopía o ciencia ficción distópica. Género que si bien es inaugurado por Zamiátin ya había sido apuntado por autores como H. G. Wells, con novelas como “La máquina del tiempo” escrita en 1895 o “Una utopía moderna” escrita en 1905, o por el mismo Jack London con su libro el “Talón de hierro” en 1908 (…)

Importancia y vigencia de las distopías

El camino entre la ciencia real y la ciencia ficción siempre ha sida muy estrecho, ambos dominios se influyeron desde siempre mutuamente. Eisntein, el científico más conocido del siglo XX, decía que la imaginación es más importante que el conocimiento, y con esto quería dar a entender que todo producto de la ciencia y la técnica no es concebible si antes no ha sido imaginado como una posibilidad por el hombre. A su vez Julio Verne, padre fundador de la ciencia ficción, si bien predijo con gran exactitud grandes inventos, su auspicio no hubiese sido posible sin una entera vocación por el estudio minucioso de las grandes tendencias de la física y química de su época.

El comunicólogo Philippe Breton, sostiene al respecto que tanto el universo de sentido como las representaciones sociales que los inventores de objetos técnicos poseen, siempre han sido ampliamente alimentados por los temas más importantes de la ciencia ficción. Para el pensador nos equivocaríamos si viéramos en esta literatura un género marginal, sin importantes efectos sobre la evolución de la sociedad. Pues la ciencia ficción tuvo un papel decisivo desde los años cuarenta en la constitución de los mitos fundadores de nuestra modernidad.

Si pensamos por un momento en la función social del arte, queda al descubierto que este, no es más que un campo de resolución imaginaria de contradicciones sociales, y toda obra de arte la síntesis de un juego entre realidad y ficción, donde los anhelos o pesadillas de una época son expresados por la destreza de un sujeto. Es desde este lugar donde cobran importancia las narraciones distópicas. Pues las visiones futuristas que estos relatos representan no son descabelladas cuando, quien las ve, descubre cierta identificación subjetiva con lo contado y que más que ficción en estas sátiras comienzan a vislumbrarse formas presentes, funestas de organización social.

Si el arte es un acto productivo para el seno de la ciencia cuando sus metáforas son utilizadas por los investigadores, se convierte hoy en día en el espacio político de mayor interés para reflexionar sobre las tendencias sociales a las que conducen la evolución perversa del mundo. La fuerza creadora de la imaginación nos exhorta una vez más sobre los límites y posibilidades del futuro, pero esta vez nos advierte no tanto sobre las ventajas del desarrollo si no más bien sobre los terribles sufrimientos que conduce el despliegue de la razón y el progreso.

Cada una de las narraciones que conforman el género distópico ha devenido en clásico de la literatura mundial. Este género que sigue desarrollándose y produciendo títulos importantísimos le debe su popularidad y éxito al gran alance de los problemas planteados y a la profunda impresión que estas historias producen en sus sociedades y épocas. La pujanza de la antiutopía se extiende por que el mundo vive momentos extraordinariamente difíciles y estos discursos permiten desde la ficción repensar la política y las sociedades en las que vivimos. “La distopía es un alerta, un grito desesperado, lanzado a los ojos del individuo, que ve dibujarse el horror en la configuración social contemporánea”, dice el estudiante de filosofía Nicolás Torre, organizador del ciclo.

Y nos explica que: “la distopía es literatura política, es crítica social, es un arma cargada de futuro. Excepto su carácter ficcional, comparte con la historia el intento de redimir el tiempo por venir. Pero su naturaleza ficcional es sólo una licencia poética para lograr un mayor efecto. Mostrándonos lo que podría llegar a suceder, nos impele a arrancar de raíz los elementos autoritarios y totalizadores que, bajo la apariencia de una maleza inofensiva, crecen y se propagan en la actualidad. La distopía nos da a probar el fruto amargo de una semilla que ya ha sido plantada”.

Javier Cusimano
cusimano140@hotmail.com

fuente: www.argentina.indymedia.org/news/2009/07/681497.php

(libro) Nosotros

(Fragmento del libro)

Anotación número 1.
Síntesis: Una reseña periodística. El escrito más inteligente. Un poema.

Dentro de ciento veinte días quedará totalmente terminado nuestro primer avión-cohete Integral. Pronto llegará la magna hora histórica en que el Integral se remontará al espacio sideral. Un milenio atrás, vuestros heroicos antepasados supieron conquistar este planeta para someterlo al dominio del Estado único.

Vuestro Integral, vítreo, eléctrico y vomitador de fuego, integrará la infinita ecuación del Universo. Y vuestra misión es la de someter al bendito yugo de la razón todos aquellos seres desconocidos que pueblen los demás planetas y que tal vez se encuentren en el incivil estado de la libertad. Y si estos seres no comprendieran por las buenas que les aportamos una dicha matemáticamente perfecta, deberemos y debemos obligarles a esta vida feliz. Pero antes de empuñar las armas, intentaremos lograrlo con el verbo.

En nombre del Bienhechor, se pone en conocimiento de todos los números del Estado único: Que todo aquel que se sienta capacitado para ello, viene obligado a redactar tratados, poemas, manifiestos y otros escritos que reflejen la hermosura y la magnificencia del Estado único. Estas obras serán las primeras misivas que llevará el Integral al Universo. ¡Estado único, salve! ¡Salve, Bienhechor!… ¡Salve, números!

Con las mejillas encendidas escribo estas palabras. Sí, integraremos esta igualdad, esta ecuación magnífica, que abarca todo el cosmos. Enderezaremos esta línea torcida, bárbara, convirtiéndola en tangente, en asíntota. Pues la línea del Estado único es la recta. La recta magnífica, sublime, sabia, la más sabia de todas las líneas.

Yo, el número D-503, el constructor del Integral, soy tan sólo uno de los muchos matemáticos del Estado único. Mi pluma, habituada a los números, no es capaz de crear una melodía de asonancias y ritmos.

Solamente puedo reproducir lo que veo, lo que pienso y, decirlo más exactamente, lo que pensamos NOSOTROS, ésta es la palabra acertada, la palabra adecuada, y por esta razón quiero que mis anotaciones lleven por título NOSOTROS.

Estas palabras son parte de la magnitud derivada de nuestras vidas, de la existencia matemáticamente perfecta del Estado único. Siendo así, ¿no han de trocarse por sí solas en un poema? Sí han de trocarse en un poema. Lo creo y lo sé.

Escribo estas líneas y las mejillas me arden. Experimento con toda claridad un sentimiento acaso análogo al que debe de invadir a una mujer cuando se da cuenta, por primera vez, del latido cardíaco de un nuevo y aún pequeñísimo ser en su vientre. Esta obra – que forma parte de mí, y sin embargo yo no soy ella – durante muchos meses habré de nutrirla con la sangre de mis venas, hasta que pueda darla a luz entre dolores y brindarla luego al Estado único.

Pero estoy dispuesto, como cualquiera de nosotros, o casi cada uno de nosotros.

Yevgueni Zamiatin

Libro Nosotros, 1921 en PDF aquí o acá

Todo y nada

A la pregunta: «¿qué es lo que realmente nos hace esclavos en el sistema conformista?», se puede responder tanto que «todo» como que «nada».

«Todo». Sólo tenemos que salir de nuestra casa, ni siquiera eso, en realidad, sólo tenemos que despertarnos para vernos envueltos enseguida por las seductoras y ordenantes sirenas de las que actualmente se compone nuestro mundo: por los millones de aparatos, expresiones, usos, opiniones y modelos de comportamiento que exhiben sus estímulos y nos llaman formando un coro ensordecedor: «¡Tómame!» y «¡Apréstate a mi voluntad!» y «¡Colabora!», y que antes de que nos demos cuenta hacia adónde vamos ya nos han arrastrado en su corriente.

Y nosotros nos aprestamos a su voluntad, nos dejamos arrastrar, colaboramos, sin asombrarnos lo más mínimo de su violento recibimiento; todo lo contrario: nada nos parece más natural que confiarnos a ese barullo; nada más natural que ver «nuestro mundo» en esas criaturas que son como sirenas; en este orden incluso nos parece que aquel que opone resistencia acabará en el mal camino, y oímos de los labios de la psicología, siempre presente en el barullo como una jueza, que no es apto, que está «mal integrado» o que incluso es desleal.

Sin embargo, también se puede responder que «nada», pues por mucho que agucemos el oído para oír la voz de una instancia central que nos exija sin reservas que nademos siguiendo la corriente, no la encontramos por ningún lado. Y si en ocasiones, golpeando ciega y desesperadamente a nuestro alrededor, aseveramos que no queríamos, no necesi­tábamos, no estábamos obligados ni ningún dios nos ordenó seguir la corriente, y preguntamos dónde está escrito que estemos obligados a creer, gritar y comprar lo que todos, entonces no sólo tenemos toda la razón, sino que a veces también nos la dan, nos dan la razón aquellos que al igual que nosotros fueron arrastrados por la corriente sin oponer resistencia.

Sin embargo, no debemos malinterpretar esta situación ni darle la bienvenida, porque estas víctimas no nos aplauden porque se sientan intranquilas por la ausencia de la última voz de mando, sino por todo lo contrario, porque con esa ausencia justifican que ellas mismas no hayan opuesto resis­tencia y en ella ven la fuente de derecho de su falta de remordimientos.

Con otras palabras: si las víctimas braman con nosotros con tan pocos escrúpulos y tanto desenfreno es sólo porque viven con la certeza de que lo hacen libremente; y si están tan seguros de esta ilusión suya es sólo porque en ningún sitio se percibe la existencia de un organismo central de mando, porque el deus de su sistema permanece mudo y absconditus, y porque malinterpretan esta imperceptibilidad de su dios como prueba de su inexistencia, es decir, exactamente como su dios desea ser malinterpretado. La razón de que éste permanezca absconditus y (a razón de que permanezca imperceptible es que sabe que el mayor poder lo logra permaneciendo escondido detrás del escenario; y que la mejor manera de asegurar íntegramente su poder es impidiendo su percepción.

En resumen:
-Cuanto más completo es un poder, más mudas son sus órdenes.
-Cuando más muda es una orden, más natural nos parece nuestra obediencia.
-Cuando más natural es nuestra obediencia, más segura nos parece nuestra ilusión de libertad.
-Cuando más segura es nuestra ilusión de libertad, más completo es el poder.
-Éste es el proceso circular o espiral que sostiene a la sociedad conformista y que, una vez puesto en marcha, la sigue perfeccionando automáticamente.

Gunther Anders

fuente: fragmento de «La obsolescencia del ser humano», publicado en «Günther Anders. Filosofía de situación». Ed. Catarata 2007.

extraído de revista Ekintza Zuzena nº37
www.nodo50.org/ekintza/article.php3?id_article=518

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