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“El espectáculo organiza con maestría la ignorancia acerca de lo que está pasando, y acto seguido, el olvido de cuanto, a pesar de todo, acaso haya llegado a saberse. Lo más importante es lo más oculto” Guy Debord, Comentarios Sobre la Sociedad del Espectáculo (1988)

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“La distorsión industrial de nuestra percepción compartida de la realidad nos ha vuelto ciegos al nivel contrapropositivo de nuestra empresa. Vivimos en una época en que la enseñanza está planificada, la residencia estandarizada, el tráfico motorizado y las comunicaciones programadas, y donde por primera vez, una gran parte de todos los víveres consumidos por la humanidad pasan por mercados interregionales. En una sociedad tan intensamente industrializada, la gente está condicionada para obtener las cosas más que para hacerlas; se la entrena para valorar lo que puede comprarse más que lo que ella misma puede crear. Quiere ser enseñada, transportada o guiada en lugar de aprender, moverse, curar y hallar su propio camino.” Ivan Illich Némesis Médica (1975)

Autor de la imagen: Alen Lauzan / http://alen-lauzan.blogspot.com.ar

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El esclavo

Uno de los problemas que tiene que encarar todo ser humano es el mundo en el que ha nacido. Su ser y las intenciones del mundo no van a la par. El mundo quiere que sea útil, que sea un esclavo, que sea utilizado por los que tienen poder. Y naturalmente, el hombre está resentido por esto. Quiere ser él mismo.

El mundo no le permite a nadie ser lo que se supone que es por naturaleza. El mundo intenta amoldar a todas las personas a su conveniencia: útil, eficiente, obediente, pero nunca rebelde ni afirmándose, ni declarando su propia individualidad, sino siendo servil, casi como un robot. El mundo no quiere que seáis seres humanos, quiere que seáis máquinas eficientes. Cuanto más eficientes sois, más respetables, más honorables. Y esto es el origen del problema.

Nadie nace para ser una máquina. Es una humillación, una degradación; es quitarle al hombre su orgullo y su dignidad, destruirlo como ser espiritual y reducirlo a una entidad mecánica. En consecuencia, todos los niños empiezan a cerrarse desde el principio, cuando se dan cuenta de las intenciones de la sociedad, de los padres, de la familia, del sistema educativo, de la nación y de la religión. Se empiezan a volver defensivos a consecuencia del miedo, porque se tienen que enfrentar a una fuerza tremenda. Son tan pequeños y frágiles, tan vulnerables, tan indefensos, tan dependientes de las mismas personas de las que se tienen que defender…

El problema se complica más aún porque el niño se tiene que defender de las personas que creen que le quieren. Y probablemente no estén mintiendo. Las intenciones son buenas pero carecen de conciencia; están totalmente dormidos. No saben que son marionetas en manos de una fuerza ciega que se llama sociedad, todas las instituciones y los intereses creados juntos.

El niño se enfrenta a un dilema. Tiene que luchar contra los que ama, y además cree que le aman. Pero lo curioso es que la gente que le quiere, no le quiere tal como es. Le dicen: «Te queremos, sí, te queremos, pero sólo si sigues nuestro camino, si sigues nuestra religión, si te vuelves obediente como nosotros.»

Si te vuelves parte de este extenso mecanismo, donde vas a vivir el resto de tu vida…, no tendrá sentido luchar contra él porque te aplastará. Es más sensato rendirse y aprender a decir sí, te guste o no. Reprime tu no. Se espera que digas sí a todo en cualquier condición, en todas las situaciones. El «no» está prohibido. «No» es el pecado original. La desobediencia es el pecado original, y después la sociedad se toma la revancha con creces. Esto provoca un gran miedo en el niño. Todo su ser quiere afirmar su potencial. Quiere ser él mismo porque si no fuera por esto, la vida no tendría sentido. A menos que lo haga no será feliz, no estará alegre, satisfecho, contento. No se sentirá cómodo, siempre estará dividido. Habrá una parte de su ser, la más intrínseca, que siempre estará hambrienta, sedienta, frustrada, incompleta. Pero estas fuerzas son enormes y es muy arriesgado luchar contra ellas.

Naturalmente, poco a poco, todo niño aprende a defenderse, a protegerse. Cierra todas las puertas de su ser. No se expone a nadie, empieza a fingir. Comienza a ser un actor. Actúa según las órdenes que le dan. Si surgen dudas, las reprime. Si su naturaleza se quiere afirmar, se reprime. Si su inteligencia le dice: «No está bien, ¿qué estás haciendo?», renuncia a ser inteligente.

Es más prudente ser un retrasado, no ser inteligente. Cualquier cosa que te enfrente a los intereses creados es peligrosa. Y es arriesgado abrirte, incluso a las personas más próximas. Por eso todo el mundo se ha cerrado. Nadie abre los pétalos sin miedo, como una flor, danzando al viento y bajo la lluvia, bajo el sol…, tan frágil pero sin miedo.

Estamos viviendo con los pétalos cerrados, con miedo de hacernos vulnerables si los abrimos. De modo que todo el mundo usa escudos de todo tipo, te escudas incluso detrás de la amistad. Parecerá contradictorio, porque la amistad significa estar abierto el uno al otro, compartir vuestros secretos, compartir vuestros corazones. Todo el mundo vive lleno de contradicciones, La gente utiliza la amistad, el amor y la oración para escudarse. Cuando quieren llorar, no pueden; sonríen, porque la sonrisa es un escudo. Cuando no quieren llorar, lloran, porque en determinadas ocasiones las lágrimas pueden actuar de escudo. Nuestra risa sólo es un movimiento con los labios, y tras ella escondemos la verdad: nuestras lágrimas.

Toda la sociedad se ha desarrollado en torno a una idea que básicamente es hipócrita. Tienes que ser lo que los demás quieren que seas, no lo que eres. Por eso todo se vuelve falso, ficticio. Mantienes la distancia incluso en la amistad. Permites a los demás que se acerquen sólo hasta un cierto punto. Si alguien se acerca demasiado quizá pueda ver detrás de tu máscara. 0 quizá se dé cuenta de que no es tu cara sino sólo una máscara, y tu cara está detrás. En el mundo que hemos estado viviendo hasta ahora todas las personas han sido mentirosas y falsas.

Mi visión del nuevo hombre es la de un rebelde, la de un hombre que está buscando su ser original, su rostro original. Un hombre que está preparado para renunciar a todas las máscaras, todas las pretensiones, todas las hipocresías, y mostrarle al mundo quién es en realidad. No importa que te amen o te critiquen, te respeten, te honren o te difamen, que te coronen o te crucifiquen; porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo. Aunque te crucifiquen, tú seguirás estando satisfecho e inmensamente complacido.

Un hombre de verdad, un hombre sincero, un hombre que conoce el amor y la compasión y que comprende que la gente está ciega, inconsciente, dormida, espiritualmente dormida… Hacen las cosas medio dormidos. Has estado condicionado durante tanto tiempo, tantos años, toda tu vida, que deshacerte del condicionamiento también te llevará un tiempo. Te han cargado con toda clase de ideas falsas, mentiras. Te llevará un tiempo renunciar a ellas, reconocer que son falsas y ficticias. En realidad, en cuanto te das cuenta de que algo es falso no es difícil renunciar a ello. Cuando reconoces lo falso como falso se cae por su propio peso. Basta simplemente con reconocerlo. Se rompe tu conexión, tu identidad. Y cuando desaparece lo falso, aparece lo verdadero con toda su novedad, toda su belleza, porque la sinceridad es belleza, la honestidad es belleza, la autenticidad es belleza. Simplemente ser tú mismo es ser bello.

Tu consciencia, entendimiento y valentía de que estás decidido a encontrarte y tu compromiso con esto disolverá todos los rostros falsos que te han sido adjudicados por los demás. Ellos también son inconscientes (tus padres, tus profesores), no te enfades con ellos. También son víctimas como tú. Sus padres, los profesores y los sacerdotes han corrompido sus mentes; tus padres y tus profesores te han corrompido a ti. Nunca se te ha ocurrido pensar que fuese incorrecto lo que te enseñaban tus padres (que te quieren), tus profesores o tus sacerdotes. Pero es incorrecto y ha creado un mundo incorrecto. Es totalmente incorrecto. Y la prueba se extiende a lo largo de toda la historia: las guerras, los crímenes, las violaciones…

Millones de personas han sido asesinadas, degolladas y quemadas vivas en nombre de la religión, en nombre de Dios, de la libertad, de la democracia, en nombre del comunismo, y otros ismos; bellos nombres. Pero lo que sucedió al amparo de esos bellos nombres es tan desagradable que un día el hombre mirará a la historia como si fuese la historia de la locura, no la de una humanidad sana.

Las religiones han censurado la vida de todas las formas posibles; ¿qué puede hacer un niño si todo el mundo censura la vida? El mundo está lleno de censores. Toda esta censura le impresiona. Fíjate simplemente en la historia del origen del mundo. Dios le dijo a Adán y Eva: «No comáis del árbol del conocimiento, y no comáis del árbol de la vida.» Les prohibió comer de dos árboles. Son las dos cosas más importantes de la vida: la sabiduría y la vida; y Dios les niega las dos. Puedes comer todo tipo de hierbas y todo lo que quieras. Él no te está diciendo: «No tomes marihuana, no bebas alcohol.» No, eso no le interesa. Adán y Eva pueden fumar hierba, está permitido; pueden hacer vino con las uvas, está permitido. Sólo hay dos cosas que no están permitidas: no deben volverse conocedores, deberán permanecer ignorantes; y no deben vivir sino que deben seguir posponiendo la vida. Y como desobedecieron y comieron del árbol del conocimiento… No tuvieron tiempo de comer los frutos del segundo árbol, fueron sorprendidos. Después de comer del árbol del conocimiento se dirigieron rápidamente hacia el árbol de la vida pero se lo impidieron inmediatamente. Es natural que todo el que está despierto, consciente (estas son las cualidades de la sabiduría), quiera antes que nada profundizar en la vida, saborearla al máximo, conectarse con su centro, sumergirse en el misterio de la vida.

La historia no lo cuenta, pero la historia está incompleta. Os digo que después de comer del árbol del conocimiento (y es totalmente lógico) se dirigieron inmediatamente hacia el árbol de la vida. Y por eso a Dios le resultó tan fácil sorprenderlos; por otra parte, en el Jardín del Edén había millones de árboles y ¿dónde los podía encontrar? Le habría costado una eternidad: en vez de ser el hombre que busca a Dios, sería Dios que todavía estaría buscando al hombre.

Pero aunque la historia no lo cuente, me imagino lo que debe haber sucedido. Dios, sabiendo que habían comido del árbol del conocimiento, fue inmediatamente a esperarles al árbol de la vida porque sabía que irían allí. Es simple lógica, no necesitas ser Aristóteles. E inevitablemente fueron sorprendidos allí. Estaban los dos corriendo desnudos, regocijándose porque por primera vez habían abierto los ojos. Por primera vez eran seres humanos; hasta entonces sólo habían sido un animal más entre los animales… y Dios les expulsó del Jardín del Edén. Desde entonces, el hombre ha estado anhelando la vida, más vida. Los sacerdotes que representan al Dios que te expulsó del Jardín del Edén -los papas, los imanes, los shankaracharyas (1), los monjes, los sacerdotes-, todos ellos representan siempre al mismo personaje.

Pero, curiosamente, nadie te dice que este personaje fue tu primer enemigo. Todo lo contrario, dicen que quien persuadió a Eva fue la serpiente: «Eres tonta por no comer del árbol del conocimiento. Dios está celoso; tiene miedo de que te vuelvas sabia si comes del árbol de la sabiduría. Tiene miedo de que te vuelvas como él si comes del árbol de la vida. Y entonces, ¿quién le va a alabar? Tiene celos, tiene miedo, por eso te lo ha impedido.»

La serpiente fue la primera amiga de la humanidad, pero es maldecida. Al amigo se le llama demonio, y al enemigo se le llama Dios. ¡El comportamiento del pensamiento humano es extraño! Deberías dar gracias a la serpiente. Gracias a ella te has convertido en lo que eres. Al haber desobedecido a Dios has alcanzado cierta dignidad, el orgullo de ser humano, cierta integridad, cierta individualidad.

En vez de dar gracias a Dios, cambia la frase. En vez de decir «¡gracias a Dios!», di «¡gracias a la serpiente!». Sólo lo hizo por cortesía…; de lo contrario, ¿por qué había de molestarse por ti? Debe haber sido muy compasiva.

La desobediencia es la base del verdadero hombre religioso; la desobediencia a todos los sacerdotes, los políticos y los intereses creados. Sólo entonces podrás deshacerte de los condicionamientos. Y cuando ya no estés condicionado, no te preguntarás cuál es el objetivo de la vida. Tu pregunta dará un giro. Te preguntarás: «¿Cómo puedo vivir con más totalidad? ¿Cómo puedo sumergirme totalmente en la vida?» Porque la vida es la finalidad de todo; de modo que no puede haber una finalidad para la vida. Pero sufres por la privación, y aparte de la muerte parece no haber nada más; la vida se te escapa de entre las manos y la muerte está cada vez más cerca. Tu vida no es más que una muerte lenta.

¿Y quién te ha hecho esto? Todos tus «benefactores», tus bienhechores, tus profetas, tus mesías, tus encarnaciones de Dios. Estas son las personas que han convertido tu vida en una muerte lenta, y han sido muy inteligentes al hacerlo. Han utilizado una estrategia muy simple: dicen que tu vida es un castigo.

Los católicos dicen que naces con el pecado original. Entonces, ¿cómo puedes estar vivo?, sólo eres un pecador. Por tanto, la única manera de tener una vida verdadera es detener esta vida que sólo es pecado. ¿Quiénes son vuestros santos? Vuestros santos son personas que viven bajo mínimos; cuanto menos viven, más grandes son. Todos vuestros sabios viven en una pesadilla, y están predicando para que les sigáis. Su esfuerzo consiste en truncar vuestra vida en todo lo posible. Se censura la vida, el sexo, el deseo de vivir con comodidad. Se censura disfrutar de cualquier cosa. Esto es truncar la vida. Te la van quitando poco a poco.

Te sorprenderás si te fijas en la historia de los monasterios católicos, jainistas, budistas o hindúes: es increíble que en nombre de la religión se haya tratado al ser humano de una forma tan inhumana. Todo tipo de estupideces…

El político se ve favorecido cuando estás menos vivo, porque entonces eres menos rebelde, más obediente, más convencional, más tradicional…, ya no eres un peligro. Al sacerdote también le favorece que estés menos vivo por los mismos motivos. Si estás realmente vivo serás un peligro para todo el mundo, para todos los que te intentan explotar, los astutos, los parásitos. Lucharás con dientes y uñas. Preferirías morirte antes que vivir como un esclavo, porque para una persona completamente viva incluso la muerte no es una muerte, sino la culminación de la vida. Sigue viviendo intensa y totalmente incluso en el momento de su muerte. No tiene miedo a la muerte, no le tiene miedo a nada.

Esto hace que los poderes establecidos tengan miedo de las personas vivas. Han encontrado una
estrategia muy sutil que consiste en otorgarle una finalidad a tu vida: esta finalidad es que seas alguien.

Tú ya eres lo que la existencia quiere que seas. No tienes que convertirte en alguien.

Pero continúan diciéndote que tienes que convertirte en un Jesucristo. ¿Por qué? Si Jesucristo no se tuvo que convertir en mí, ¿por qué me tengo que convertir yo en Jesucristo? Jesucristo debería ser Jesucristo, yo debería ser yo. ¿Qué están haciendo los católicos? Intentan imitar a Jesucristo, intentan, de algún modo, convertirse en él. Los hinduistas intentan ser Krisna; los budistas intentan ser Buda. ¡Qué extraño! Nadie se ocupa de sí mismo; todo el mundo quiere ser otra persona. Eso trunca tu vida completamente. Por eso digo que la vida no tiene ninguna finalidad porque es una finalidad en sí misma.

Olvídate de todas las finalidades. Olvídate incluso de la idea de futuro.

Olvida completamente que vaya a haber un mañana. Retírate de todas las dimensiones y direcciones. Concéntrate aquí y ahora, y en ese instante podrás conocer la vida en su eternidad.

*Sumo sacerdote de la religión hinduista. (N. de los T.)

Osho

Libro El Libro del Hombre (The Book of Man), Primera Parte, pp.39-47, Buenos Aires, Ed. Debolsillo, 2004.

fuente http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/188311/index.php

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Desinformación e ignorancia. Rumbo a la distopía

Entre la realidad social y lo que una persona cree que es la realidad social, media un espacio de representaciones simbólicas que decora dicha realidad al gusto de algún interés, personal o colectivo. Ese espacio es el mensaje, la versión de los acontecimientos que nos cuentan, bien sean los medios de comunicación o las personas que forman nuestro entorno más próximo. Historias sin las cuales no podríamos interpretar lo que ocurre ahí fuera.

El mensaje que une a la persona con la realidad es un mundo de más o menos ficción, pero siempre ficción, una representación cuya fidelidad al original depende de lo que el “artista” en quien confiamos quiera destacar y de lo que decida obviar. Al mismo tiempo, un segundo filtro determina lo que el receptor quiere recordar y lo que prefiere olvidar.

Sin embargo, la persona cree estar asimilando la realidad tal y como es. Rara vez contempla en serio la posibilidad de estar siendo sometida a un proceso de alucinación. Mucho menos a un proceso de alucinación colectiva. Y si hay sentimientos en juego, la realidad es la que es. Punto.

Un equipo de psicólogos australianos, dirigidos por Stephan Lewandowski, ha publicado un estudio sobre los procesos que rigen la propagación de información falsa en nuestra sociedad, ya sea de forma voluntaria o inadvertida.

Uno no puede evitar sentir cierta inquietud cuando este tipo de investigaciones destinadas a revistas serias se limita a exponer los motivos por los que algunos frikis creen, creemos, en historias “increíbles”. Sobre todo cuando sus análisis describen la desinformación como factor permanente de las sociedades humanas, lo cual vale tanto para rumores difundidos por grupúsculos paranoicos convencidos de todo lo que suena a antisistema como para los despistes provocados por las más altas jerarquías del orden establecido, que a fin de cuentas pueden ser tanto grupúsculo como paranoicas. O psicópatas. O ambas.

Así que, guardando fidelidad a este suicidio mediático que es quedarse en tierra de nadie, tartamudeando ante güelfos y dudando frente a gibelinos, habrá que repartir trozos redondos de pan ácimo a diestro y siniestro para salir del lance con cierta dignidad.

Los orígenes de las informaciones incorrectas pueden proceder tanto de gobiernos e instituciones como de simples rumores u obras de ficción que adquieren popularidad. Pero, sea cual sea el origen, el principal factor en común es que tienen éxito y se establecen en el sistema de creencias, donde, una vez afianzadas, resultan muy difíciles de contrarrestar sean cuales sean las evidencias en su contra proporcionadas al sujeto.

Breves apuntes sobre rumorología

Según el estudio, cuando una información posee una carga emocional importante para cierto número de personas, éstas tienden a validarla sin dudar de la fuente o, más aún, sin conocer cuál es la fuente. Si una noticia provoca algún tipo de respuesta afectiva, la persona no verá el momento de compartir el rumor con los miembros de su entorno.

El contraste de la verdad queda relegado a segundo plano en cada individuo que recibe la información con esa misma carga emotiva, de manera que el éxito de los rumores no radica en su veracidad, sino en su afinidad con los receptores y su capacidad para provocar en ellos sentimientos de alegría, enfado, indignación, esperanza, refuerzo de creencias, etc.

En este sentido, y por repartir culpas más allá de nuestro universo internetiano amateur, tan propenso a no querer saber nada de fuentes originales si quitan gracia al asunto, algunos suplementos de ciencia de periódicos de primer orden no pudieron evitar anunciar un casi seguro descubrimiento de vida en Marte cuando el comunicado original no permitía extraer tan alegremente tan feliz conclusión. Un ejemplo de cómo impedir que el rigor nos fastidie una buena historia, incluso entre los más serios…

Las obras de ficción son, en esta línea, una fuente incesante de noticias falsas que perduran incluso cuando se reconoce su origen ficticio. Según un estudio publicado en 2006 referido por Lewandowski, el afianzamiento de una “buena” ficción se legitima por el convencimiento del “creyente” de que la historia falsa ya existía antes de la obra que la dio a conocer. Convencimiento que resulta muy estable y difícil de erradicar por muchas que sean las pruebas en contra.

Compruébese si no, por citar un caso de moda con este asunto del 2012 y recientemente recogido en este blog, el poco efecto que puede tener saber que profecías aceptadas como legendarias y autóctonas de pueblos nativos americanos se remontan al éxito de ciertos libros publicados en la década de los años 60 para reforzar la lucha de ciertos movimientos contraculturales.

Otra fuente de rumores es el exceso de simplificación en la divulgación científica. La búsqueda de sencillez para llegar a más público puede dar lugar a un efecto contrario al deseado en términos divulgativos, de manera que unos pocos datos ofrecidos con intenciones sinceras pueden terminar desvirtuándose si su sencillez explicativa permite consolidar teorías de dudosa raigambre. ¿Qué se puede decir de los efectos beneficiosos de la radiación cósmica? Efectivamente existen estudios sobre su capacidad de alterar la psique humana, el clima y el correcto funcionamiento social de las civilizaciones, pero nunca se habían contemplado consecuencias benignas hasta que alguien decidió comunicarnos que proporcionan la Ascensión.

Una pena que no se investigue con torres de telefonía móvil. Sería más asequible…

En cuanto a las informaciones falsas diseminadas por gobiernos, instituciones o cualquier otro tipo de interés corporativo, su éxito también es considerable incluso cuando se demuestra la manipulación. De hecho, la mezcla entre las pruebas en contra y la noticia original parecen reforzar el debate antes que resolverlo, contribuyendo aún más a la confusión y reforzando los propósitos de manipulación. Este asunto ya se trató con cierta extensión en un artículo previo.

Lo que parece evidente es que gran parte de los referentes de información no responden a una búsqueda fiel de contraste, sino a una necesidad de reforzar ideas ya adquiridas. Y, en tales casos, la verdad forma parte de los daños colaterales: a veces es necesaria pero, “por suerte” para la historia, no siempre…

Cuestiones personales

Al parecer, la tendencia es dar por buena la mayor parte de la información que recibimos en cualquier conversación cotidiana. Para desconfiar, necesitamos realizar un esfuerzo consciente mientras se recibe una noticia. Así que casi todo lo que “sabemos” no ha sido sometido a ninguna prueba de calidad.

Lewandowski señala que nos basamos en cuatro cuestiones:

· ¿Es la información compatible con lo que creo?
· ¿Es coherente la historia?
· ¿Procede la información de una fuente creíble?
· ¿Creen otras personas lo mismo?

Una mirada rápida a tales preguntas nos hace prever que, no sólo resulta difícil cambiar el juicio personal sobre una noticia que ya teníamos asimilada, sino que es muy fácil expandir información falsa con sólo añadirle unos cuantos datos coherentes que contaminen a una fuente de confianza. En términos generales, no existe diferencia entre la verdad y la “ilusión de verdad”, proceso por el cual tendemos a identificar lo verdadero con lo que nos resulta familiar y lo falso con lo extraño: si es fácil de asumir, entonces es verdad.

Esta “ilusión de verdad”, por cierto, es usada por Jacques Vallée para buscarle sentido a ciertos testimonios de contacto ovni que hacen pasar por verdaderos enajenados a testigos hasta ese momento considerados respetables en su entorno social. Como si el fenómeno supiera explotar el factor surrealista para protegerse. Algo que tendría sentido, según el escritor John Keel, si el fenómeno estuviese vinculado a determinados proyectos secretos. Cómo contarle al mundo que un tipo se bajó de un extraño artefacto y nos invitó a desayunar tortitas…

La opinión de la mayoría, el consenso social, ese “como todo el mundo sabe…”, quizás sea la más conocida y utilizada arma de engaño masivo en la historia de la humanidad. Sobre todo por la facilidad con que una mentira repetida el tiempo suficiente se convierte en verdad.

La propagación masiva mediante medios de comunicación en este sentido es una pieza clave, pues origina la llamada “ignorancia plural”, una actitud mediante la cual cierta mezcla de sentido del ridículo con confianza en los demás nos “obliga” a alinearnos con lo que creemos que es el pensamiento mayoritario. De este modo, se da la paradoja de que una mayoría considera válida una historia sólo porque así lo cree la mayoría, “como todo el mundo sabe”, cuando ninguno de los individuos que forman esa mayoría creía por sí sólo en la información proporcionada.

Walter Lippmann, periodista y “consejero informal” de varios presidentes de Estados Unidos, subrayaba, ya en 1921, la importancia de explotar los entornos de confianza para el éxito de la “opinión pública”. En su libro Public Opinion, se repite la idea de que la opinión pública, aunque creada en las alturas, sólo puede tener éxito como tal si el mensaje es visto como propio de la persona e importante para su entorno. Para ello, es necesaria una relación de confianza. La ficción tiene que descender los escalones que separan el poder de la base que lo sustenta.

En este camino, ha de impregnar los escenarios sociales en que se mueven los ciudadanos, donde estos discuten y opinan entre iguales, donde se mezclan las ideas, se juzga, se rechaza y se acepta la vida en su aspecto emocional y de relaciones humanas. Como dice Lippmann, esos ambientes donde el mensaje pierde su origen y se usa la expresión “dicen que…”.

Gracias a esas entradas del estilo “la gente dice…”, “hay quien cree…”, el mensaje ya no se muestra creado por oscuros y desconocidos intereses, sino que forma parte del pueblo, de sus voces discrepantes y libres, de la democracia. Nadie, en esa fase del proceso, se cuestiona si su origen es impuesto o si es posible que la intensidad de los debates se calcule para que los temas se ajusten a una desconocida escala de prioridades, donde unos asuntos desaparecen hoy pero mañana resultan increíblemente importantes para todos.

Maldita ignorancia bendita…

La legitimidad de una democracia recae sobre la capacidad de las personas para pensar por sí mismas y elaborar criterios propios a partir de la información que manejan. Los defectos de forma de este sistema ya se los olía Platón, cuando advertía de que, con hacerle creer al pueblo que lo fundamental era el disfrute por encima de todas las cosas, la democracia se convertiría en un chiste, pues ya no habría lugar para el aprendizaje y el perfeccionamiento del ser humano, sino que la vida consistiría únicamente en premiar nuestra parte animal para que así unos pocos, los sofistas, no encontraran obstáculos a su ambición:

“Que cada uno de los particulares asalariados a los que esos llaman sofistas […] no enseña otra cosa sino los mismos principios que el vulgo expresa en sus reuniones, y esto es a lo que llaman ciencia. Es lo mismo que si el guardián de una criatura grande y poderosa se aprendiera bien sus instintos y humores y supiera por dónde hay que acercársele y por dónde tocarlo y cuándo está más fiero o más manso, y por qué causas y en qué ocasiones suele emitir tal o cual voz y cuáles son, en cambio, las que le apaciguan o irritan cuando las oye a otro; y, una vez enterado de todo ello por la experiencia de una larga familiaridad, considerase esto como una ciencia, y, habiendo compuesto una especie de sistema, se dedicara a la enseñanza ignorando qué hay realmente en esas tendencias y apetitoso de hermoso o de feo, de bueno o de malo, de justo o de injusto, y emplease todos estos términos con arreglo al criterio de la gran bestia, llamando bueno a aquello con que ella goza, y malo lo que a ella molesta.” (La República, VI)

No otro ha sido el adoctrinamiento del último siglo. Los propios creadores de opinión pública nos han venido ilustrando con su pericia mediante la publicación de sus progresos desde la década de 1920. Sirvan de ejemplos iniciáticos las “guías” Public Opinion (1921) de Walter Lippmann y Propaganda (1928) de Edward Bernays, que establecen los principios fundamentales para formar una sociedad a gran escala dócil, manejable y agradecida. Más recientemente, el francés y publicista arrepentido Frederic Beigbeder:

“[…] nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume. Vuestro sufrimiento estimula el comercio. En nuestra jerga, lo hemos bautizado «la depresión poscompra». Necesitáis urgentemente un producto pero, inmediatamente después de haberlo adquirido, necesitáis otro. El hedonismo no es una forma de humanismo: es un simple flujo de caja. ¿Su lema? «Gasto, luego existo.» Para crear necesidades, sin embargo, resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: éstas son nuestras armas. Y vosotros sois mi blanco.”

Ochenta años antes de que Beigbeder escribiera tal párrafo, cuando todavía la economía se movía por necesidades y no por seducciones, Lippmann y Bernays coincidían en una ley general sobre cómo habría de funcionar la nueva sociedad dirigida por lo que luego se llamaría “marketing”: quien tiene el dinero se cree libre, pero la única y verdadera libertad es la de quien decide qué hará esa persona con su dinero. La de quien le “aconseja”, le “sugiere” y le “enseña” dónde gastar, cómo y para qué.

Hedonismo e ignorancia son las dos caras de una misma moneda. La ignorancia es la felicidad, “como todo el mundo sabe”… Las consecuencias sociales de este pensamiento son mortales de necesidad.

Debemos distinguir entre la aceptación de información falsa, tal y como se ha expuesto, y la ignorancia. Ésta, aunque poco recomendable —como todo opioide, es muy agradable a corto plazo, pero de consecuencias nefastas a la larga–, todavía permite al individuo reconocer su falta de información y le da la oportunidad de emprender un proceso heurístico. El problema aquí reside en las ganas de emprender dicho proceso, puesto que, si en algo tienen éxito los sistemas masivos de adoctrinamiento —televisión y centros urbanos de ocio fundamentalmente–, es en convencernos de que no merece la pena.

Dada por inevitable, por tanto, la generalización del placer de quedar ignorantes, dice Lewandowski que es un mal menor en comparación con quienes aceptan, aceptamos, información falsa, puesto que la ignorancia, en su apatía, raramente conduce a apoyos incondicionales y fuertes. Por el contrario, la desinformación puede crear grupos con convicciones firmes y actitudes hostiles que canalizan energías en direcciones no sólo erróneas, sino insospechadas para los propios individuos.

Pero la ignorancia, por mal menor que se quiera, tiene sus consecuencias. Por ejemplo, si hacemos caso a las novelas distópicas, éstas siguen la idea platónica sobre la evolución de los sistemas políticos: las democracias degeneran en tiranías por un proceso de renuncia voluntaria al pensamiento individual a cambio de un ideario hedonista, puesto que en un estado de libertinaje el pueblo sólo piensa en un caudillo que solucione sus disconformidades y encumbra a quien mejor le sirva en ese sentido exclusivo. “De la extrema libertad sale la mayor y más ruda esclavitud”.

El día en que la ficción se hizo realidad

“El término [distopía] fue acuñado como antónimo de «utopía» y se usa principalmente para hacer referencia a una sociedad ficticia, frecuentemente emplazada en el futuro cercano, donde las consecuencias de la manipulación y el adoctrinamiento masivo —generalmente a cargo de un Estado autoritario o totalitario— llevan al control absoluto; al condicionamiento o, incluso, al exterminio de sus miembros, bajo una fachada de benevolencia.” (Fuente: wikipedia)

El encumbramiento del hedonismo es, desde los comienzos de la ficción distópica, el gran peligro para la sociedad. En 1895, el protagonista de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, viajaba al futuro para comprobar, horrorizado, que los habitantes de la Tierra se habían convertido en seres desprovistos de generosidad, capacidad de esfuerzo e inteligencia. La vida no tenía más sentido para ellos que el disfrute y la despreocupación.

El fundamento de estas sociedades es que la felicidad y la libertad son incompatibles, entendiendo aquí el concepto de felicidad a nuestra manera occidental:

“El conocimiento era el bien supremo, la verdad el máximo valor; todo lo demás era secundario y subordinado. Cierto que las ideas ya empezaban a cambiar aun entonces. Nuestro Ford mismo hizo mucho por trasladar el énfasis de la verdad y la belleza a la comodidad y la felicidad. La producción en masa exigía este cambio fundamental de ideas. La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas, los engranajes; la verdad y la belleza, no. Y, desde luego, siempre que las masas alcanzaban el poder político, lo que importaba era más la felicidad que la verdad y la belleza. A pesar de todo, todavía se permitía la investigación científica sin restricciones. La gente seguía hablando de la verdad y la belleza como si fueran los bienes supremos. Hasta que llegó la Guerra de los Nueve Años. Esto les hizo cambiar de estribillo. ¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?”

“Después de la Guerra de los Nueve Años se empezó a poner coto a la ciencia. A la sazón, la gente ya estaba dispuesta hasta a que pusieran coto y regularan sus apetitos. Cualquier cosa con tal de tener paz. Y desde entonces no ha cesado el control. La verdad ha salido perjudicada, desde luego. Pero no la felicidad. Las cosas hay que pagarlas. La felicidad tenía su precio.” (Aldous Huxley, Un mundo feliz)

Las historias distópicas tienen en común un sistema político autoritario y una sociedad tan absorbida por el desarrollo tecnológico y el pensamiento racional que las cualidades humanas se han convertido en delito. Las tiranías culpan a los aspectos más humanos de la sociedad de ser los causantes del mal: rasgos como la emocionalidad y la individualidad son los más peligrosos para el orden. Hay que regular los apetitos: que todo sea predecible, controlable y, por tanto, asegurable.

Satisfacer una vida caracterizada por el hedonismo no sería un problema en sí, allá cada cual. El problema es que…

“Los estudios muestran que las personas que le dan gran valor a la riqueza, el estatus y esas cosas están más deprimidas, ansiosas y menos sociables que aquellas que no lo hacen. Ahora, una nueva investigación muestra que el materialismo no es sólo un problema personal. Está también el entorno. “Encontramos que, independientemente de la personalidad, en las situaciones que activan un modo de pensar de los consumidores, las personas muestran un mismo tipo de patrones problemáticos en el bienestar, incluyendo el afecto negativo y la separación social”, dice el psicólogo de la Universidad Northwestern Galeno V. Bodenhausen

“[…] podemos tomar la iniciativa personal para reducir la depresión y aislar los efectos de una mentalidad materialista evitando la estimulantes, más obviamente, la publicidad. Uno de los métodos: “Vea menos televisión”.”(Traducido de Psicological Science)

Otros estudios concluyen que la empatía está ligada a la actividad de una determinada red neuronal. Al aprender a odiar al “otro” desde pequeños, esta red neuronal no se activará en presencia de ese “otro”, el cual aparecerá deshumanizado a nuestra percepción. Así, en un estudio presentado en diciembre de 2011 por investigadores de las universidades de Duke y Princeton:

“[…] Los resultados obtenidos demostraron lo siguiente: la red neuronal clave para la interacción social de los estudiantes no se activó ante las imágenes de drogadictos, personas sin hogar, inmigrantes y otras personas pobres.”

“Por otro lado, los científicos descubrieron que otras regiones cerebrales influían en la tendencia a deshumanizar a cierto tipo de personas. Dichas regiones fueron las relacionadas con el rechazo, la atención y el control cognitivo.” Según Harris: “Estos resultados sugieren que la deshumanización de otras personas tiene raíces múltiples y es un fenómeno complejo. Habrá que hacer nuevas investigaciones para delimitar con mayor exactitud esta complejidad”.

“Lo científicos afirman, por otra parte, que resulta muy sorprendente constatar cómo la gente atribuye fácilmente cognición social –vida interna o emociones- a animales y a coches, pero, en cambio, elude establecer contacto ocular con los mendigos sin hogar que se encuentra por la calle. A este respecto, Fiske señala que “necesitamos pensar en la experiencia de otras personas, eso es lo que nos hace completamente humanos”. De lo contrario, fomentaremos una disfuncionalidad neuronal que favorece la “percepción deshumanizada” o la incapacidad de considerar la vida interior de los demás.” (Fuente: Tendencias 21)

La distopía muestra el impacto a largo plazo de determinadas prácticas y formas de pensar vigentes y normalizadas en la sociedad al extremo de que la familiaridad y naturalidad con que son observadas en la vida diaria nos impiden atisbar sus peligros. Nos presenta un mundo hostil exagerado con respecto al nuestro, pero en el que podemos rastrear nuestra propia evolución e intuir que algo hay de verdad.

Sin embargo, puede que resulte complicado, quizás imposible, detectar a tiempo la inmersión de una sociedad en la distopía, pues en sus formas más sutiles el orden que representa no es impuesto, sino aceptado por sus ciudadanos y considerado la forma natural de garantizar el bienestar de todos. Pues los líderes de nuestras sociedades desarrolladas han trascendido la ambición y sacrifican cualquier interés personal para velar por el bien de la humanidad…

A lo mejor, estamos ya tan cerca que no hacen falta más ficciones distópicas al uso para mostrarnos el camino, sino que basta con ese espacio intermedio entre la realidad y el individuo de que hablábamos al principio. En la nueva publicidad del Danske Bank, tras el lema “The New Normal”, se nos cuenta que el mundo está cambiando y ellos, que al parecer prefieren reconocerlo y no quedarse en el pasado, se están preparando para ello.

Rostros lobotomizados y niños hipnotizados por pantallas. Atletas con implantes que, más que esperanza, parecen advertirnos de nuestro irremediable destino como cyborgs. Un mundo sepia donde no cabe la frágil e imperfecta sensibilidad humana. Deportes de robots. Una sociedad violenta, silenciada por el dinero. La impotencia frente a un muro de antidisturbios…

“The New Normal”.

El mensajero nos explica qué significa “normalidad”. Ese espacio de representación simbólica por que aceptamos “nuestro” destino.

Como todo el mundo sabe…

Rafael García del Valle
Erraticario
5 de diciembre de 2012

fuente http://www.bibliotecapleyades.net/sociopolitica/sociopol_mediacontrol154.htm

texto en PDF Desinformación e ignorancia. Rumbo a la distopía

Christian Ferrer: ‘Como voluntad de poder, la técnica va por delante de cualquier control’

Ensayista, sociólogo, crítico original de la época, cree que la tecnología se despliega hoy más allá de la moral, y que las personas “observan y soportan los juegos de la política”, que es sólo “lucha ascendente a sitiales de poder”.

El escepticismo militante, la crítica de las conductas cotidianas, la no adhesión a las deidades de la época y un trabajo original y persistente distinguen a Christian Ferrer de cualquier otro pensador argentino. Ensayista, sociólogo, profesor, parte del grupo editor de la revista Artefacto y autor de una biografía fundamental sobre Ezequiel Martínez Estrada, se sustrae de la batalla de la coyuntura y ejerce una autonomía a prueba de balas. “Las personas que se asumen como intelectuales necesitan formar agrupamientos y tener confianza en un gobierno o en la caída de un gobierno. Para mí, la distancia con el poder es más aconsejable”, dice.

A Ferrer no le gusta hablar ni dar entrevistas, pero cuando lo hace es capaz de generar un silencio que orilla la hipnosis. Lo sabe la legión de alumnos que atravesó la experiencia de escuchar sus clases en la cátedra Informática y Sociedad en la UBA. Además de la reedición de Barón Biza. El inmoralista, sus últimos libros son El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo y dos trabajos editados por la Biblioteca Nacional durante la gestión de su amigo Horacio González: Los destructores de máquinas y otros ensayos sobre técnica y nación, y Folletos anarquistas en Buenos Aires. Publicaciones de los grupos La Questione Sociale y La expropiación, un verdadero hallazgo sobre las publicaciones ácratas de fines del siglo XIX.

Pensador de espíritu ludita que incursiona como nadie en la filosofía de la técnica, asegura que las tecnologías no tienen otra función más que amortiguar el impacto del dolor sobre la vida. “El hombre moderno es mucho más débil que el hombre de las cavernas, que perfectamente podía sobrevivir a las adversidades. El hombre moderno necesita sistemas de inmunización continuos, de tipo farmacológico, pasatiempos o posibilidades de estar emitiendo o ?megusteando’ casi en forma ansiosa para dar cuenta de que existe y no es simplemente un asiento contable de una empresa o un código burocrático en alguna dependencia estatal”, asegura.

-Hoy nadie quiere ser acusado de nostálgico, de reaccionario o de estar a favor del atraso tecnológico.

-La cuestión es cuál debe ser la órbita alrededor de la cual giran nuestras vidas. Un mundo en el cual las personas están destinadas a producir, consumir, marchitarse y morir no es deseable. Es el mundo de la rueda del hámster. El objeto que se consume hoy ya está declarado obsoleto por la misma industria que lo fabricó. Todos los gobiernos proponen más trabajo, pero para la mayor parte de la población el trabajo es una condena. Los aristócratas y los pueblos antiguos pensaban que era tarea de esclavos, a nadie se le ocurría que fuera algo bueno en sí mismo. La época moderna decreta que es digno y dignifica, pero eso no es verdad. La máquina general industrial moderna es una máquina de destrucción de cuerpos y de anhelos. Cuando la persona descubre que está en una trampa, ya es tarde y la espera la jubilación.

-Una de las ideas fuerza de la última época -vigente ahora como deseo- es designar el consumo como motor de la economía.

-La gente aplaca la desesperación y la angustia cotidiana con objetos de consumo. No imagina otra forma de soportar el presente. Cuando la profunda desdicha, la tragedia o el estallido de las burbujas de época ocurren, todos esos objetos se revelan inservibles. La vida es ante todo una sucesión de problemas vitales que no son resolubles por la cinta sin fin del consumo. Una sociedad que necesita consumir menos también necesita trabajar menos. Sería deseable un mundo en el que las personas se esfuercen y desgasten menos en tareas rutinarias por las cuales se les paga poco y están condenadas a estar a la moda.

Ferrer define la Argentina como un “monstruo sin cohesión” y afirma que se trata de una sociedad “sentimentalmente anticapitalista”, pero con prácticas completamente adaptadas a los ideales del capitalismo. “Es una especie de paradoja que se resuelve en resentimiento hacia el que tiene y un pedido al Estado para que se haga cargo y minimice los daños colaterales.”

-Muchos piensan que el poder tecnocrático desembarcó en el gobierno: llegaron los técnicos y se retira la política.

-No lo veo así. Todo Estado y todo partido político necesita de técnicos. Eso se nota en la continuidad del Ministerio de Ciencia y Tecnología, nada cambió ahí ni cambiará. En segundo lugar, el orden general, más allá de las retóricas de cada gobierno, es un orden tecnocrático en sí mismo. Los técnicos no llegaron: ya estaban acá. Uno de los centros de gravedad del gobierno anterior fue Tecnópolis, un nombre titánico quizás en contraposición a la Argentina agrícola de la cual verdaderamente se estaba viviendo. Los cimientos siguen siendo los mismos. Se necesitan técnicos para mejorar la calidad del ganado y la semilla y para medir la tasa de sufrimiento necesario a partir del cual se concede un beneficio, un subsidio o una recompensa simbólica. Son técnicos, no importa que lo hagan en nombre del pueblo o de una mejor gestión del aparato estatal. Diferenciar entre el bien y el mal en estos casos es para bienintencionados o para gente que quiere calmar su propia adherencia a la época moderna.

-Internet se asocia a globalización, interactividad, velocidad. Usted dice, en cambio, que es sobre todo una voluntad de poder.

-Hay que historizar. Hasta 1840, por ejemplo, las comunicaciones eran más rápidas en África que en Europa. La hoy vista como primitiva comunicación por sonidos de tambor -a partir de códigos preestablecidos- era mucho más rápida que en Europa, donde era a velocidad de caballo hasta que se inventó el telégrafo. Lo importante no es el instrumento en sí mismo -Internet o los teléfonos celulares-, porque todo eso puede ser reemplazado. El tema es percibir cómo esa voluntad de poder arrastra todo detrás de sí, pues coloca a la persona en estado de deuda permanente: no puede sino intentar estar al día con las novedades y las informaciones, con lo que está pasando segundo a segundo. Pero a fin de cuentas, lo único que sobrevive son las emociones, no las noticias del día. La gente vive vidas aisladas, displacenteras y monótonas. Por eso necesita Internet, que tanto sirve para vehiculizar psicopatologías propias de ese malestar como para habilitar una pasarela donde hacer flamear el narcisismo.

-Entonces, ¿cuál es la transformación que opera Internet?

-Se presupone que hay más verdad en Internet que la que había en la televisión en su momento, como se presupuso antes que había más verdad en la televisión que en la prensa y los libros de la época de la alfabetización masiva. Hay una fe previa. No se puede ir a la Iglesia si uno no piensa que allí va a ocurrir algún tipo de fenómeno subjetivo específico. No se trata del instrumento sino del tipo de decisiones políticas, económicas y existenciales que se tomaron muchísimo tiempo antes para que -después- una persona pudiera sentarse a ver televisión y considerar que allí había una verdad que le complacía. Tiene que ser necesariamente una ficción bien realizada, pues las audiencias premian las ficciones verosímiles y castigan las ficciones que las contradicen o ponen en cuestión el mundo tal cual es.

-¿Cómo interpreta la era de las grandes filtraciones de información, como Panamá Papers?

-Lo de Panamá es muy extraño porque todo el mundo parece recién caído del catre, los acusados se declaran inocentes y la gente que los acusa disimula que desde siempre ha habido dinero legal e ilegal, particularmente el que apuntala la política, que proviene de fuentes bastante oscuras. No se trata de si en ciertos paraísos fiscales se esconde dinero declarado o no declarado: es así como funciona ese sistema. Alguien puede tener interés en movilizar esa información contra otros: hay una guerra por el dinero, por capturar masas inmensas de dinero y llevarlas a sus centros financieros. Son juegos que están más allá del poder de las ciudadanías para controlarlos.

-La información es el arma fundamental de esa guerra.

-Sí, pero hay que ver a qué llamamos información, es lo que da forma a masas y audiencias. Quizá los saberes importantes pasan inadvertidos, o no van a ser aquellos en los que la gente del porvenir esté interesada. No sabemos si lo que acopiamos ahora va a interesar al futuro, de la misma manera que los del pasado no se interesaron en resguardar conocimientos o producciones culturales que hoy estimamos. El 90 por ciento del cine mudo está perdido y el 50 por ciento del cine sonoro previo a la Segunda Guerra Mundial, también. Parece que viviéramos todavía en una utopía positivista, donde el dato es lo fundamental. Pero nadie sabe si lo que consideramos importante lo es verdaderamente o es apenas hojarasca y tiempo perdido.

Para Ferrer, el problema está en las audiencias, no en el poder y los intereses de los dueños de los medios, que -aclara- sin duda los tienen. “Mi familia consideraba que la TV iba a mejorar a la raza humana porque iba a ser educativa, y hoy hay gente que cree que emitir opiniones en Internet puede constituir una forma superadora de hacer política. Un error o una forma más de justificar la época. Prefiero los vendedores de biblias y los testigos de Jehová con su cantinela a los vendedores de novedades tecnológicas.”

-Sin embargo, dice que por primera vez la evolución de la tecnología es mucho más rápida que las novedades que generan la política, la moral y el arte.

-Como voluntad de poder, la técnica hoy va por delante de cualquier posibilidad que tenga la política y la moral de controlar ese despliegue. Es un fenómeno típico del siglo XX. Se puede ver en el caso de los transplantes de órgano, una verdadera proeza técnica. La persona que está esperando un órgano que puede salvar su vida y sus familiares no están excluidos de desear la muerte de alguien. No tenemos un pensamiento que esté a la altura del despliegue de la técnica actual, que pueda modularla, controlarla y ni siquiera pensarla.

-Y en el caso de la política, usted afirma que no hay ideas nuevas.

-La política es lucha ascendente hacia sitiales de poder. Después, hay gente que dice “El otro es malo y yo soy bueno”, que es una mala manera de pensar la propia situación. Nadie dice “El otro es malo y yo no soy mejor” sino que se propone como salvador, redentor o como representante de algún tipo de víctima ofendida. Así piensan los políticos. Las poblaciones, a fin de cuentas, observan y soportan los juegos de poder. Tratan de participar de ellos y sacar beneficios. La esencia del vivir no se juega en esos circuitos: es de la índole de los afectos, eso es lo que importa. Lo único que se puede hacer en política es establecer vínculos confiables y pequeñas alianzas de afines a modo de autoprotección. Los que están más arriba, los millonarios, son los que dominan el mundo; uno no puede esperar clemencia de ellos, sólo una dádiva. La dádiva no es un ideal político interesante y eso es lo que ha ocurrido hasta ahora, salvo pocas circunstancias en la historia moderna.

-¿A qué se refiere cuándo dice que Argentina es un monstruo sin cohesión?

-Martínez Estrada insistió en esa idea. Él repelía el falseamiento de la historia nacional, lo que va a repetirse ahora en el Bicentenario de la Independencia. Nuevamente se va a buscar una cohesión falsa, cuando en verdad en la época del Congreso de Tucumán se estaban degollando unos a otros. Eso era la Argentina, un fratricidio, caudillos que luchaban unos con otros, que tal parece es uno de los signos de nuestro destino. La adhesión a caudillos es una tradición en la Argentina: cuando no los hay, la gente los busca para que distribuyan prebendas que sostengan el armazón y prometan lo irrealizable. Cuando ya no se puede y estalla la burbuja emotiva, se sacan conclusiones. Pero la primera causa de la decepción en política es haber creído en algún político. Se necesita un examen de conciencia y una purificación muy grande de la conducta y las creencias de la población para evitar que se repita una crisis como la de 2001.

-Martínez Estrada hablaba también acerca del pueblo que aparece de golpe y da miedo.

Sí, Hay una fuerza inorgánica en Argentina, a la que él llama “lo facúndico”, que siempre está presta a desbocarse. Esa forma de llevar la cosa pública que requiere de fuerte autoridad y garantiza una estabilidad por un tiempo está siempre asediada por un caos primordial. Cada tanto tiempo en Argentina hay un desmadre que desorganiza un poco las estructuras hasta que vuelven a restaurarse las prerrogativas del orden. Él estaba muy atento a esa fuerza inorgánica: creo que le temía y al mismo tiempo la pensaba ineludible.

Biografía

Christian Ferrer es sociólogo, especializado en filosofía de la técnica, y profesor en la UBA. Integró los grupos editores de distintas revistas culturales; hoy lo hace en Artefacto. Uno de sus últimos libros es Barón Biza. El inmoralista. Las redes de poder, las ideas anarquistas y el control social son algunos de sus temas de análisis.

Diego Genoud
La Nación
26 de junio de 2016

fuente http://www.lanacion.com.ar/1912179-christian-ferrer-como-voluntad-de-poder-la-tecnica-va-por-delante-de-cualquier-control

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