La cultura de la muerte en la sociedad del espectáculo

Desde las Danzas de la Muerte medievales nunca como hoy estuvo la muerte tan presente de tantas maneras coincidiendo con esta cultura decadente que la usa de espectáculo, espantapájaros y como negocio.

Tal vez nunca como hoy estuvo tan presente la muerte de tantas maneras como referente cotidiano en los noticiarios, las películas y el mundo cultural. La muerte no existe, pues todo es vida y energía activa en el Universo y en la conciencia de cada ser vivo, pero la de la cultura, desde luego que sí. Los valores de la sociedad occidental y de sus imitadoras en Oriente son valores caducos que llevan directamente a la cloaca en que hoy se reúnen la palabra cultura y la palabra civilización. Ambos términos se han convertido en apéndices emponzoñados del poder dominante, que ya no se limita a querer ejercer su dominio en el orden material únicamente, sino que extiende sus sucios tentáculos hacia las conciencias individuales para atraparlas en su telaraña intelectual y de valores trucados; y una vez conseguido esto procura que este veneno se extienda como una pandemia. Para que esta suerte de posesión sea posible existen diversos mecanismos, pero destaca el de la cultura. Esta debe desempeñar -y desempeña- el papel de adormidera del espíritu, el pensamiento y la voluntad de cada individuo para sustituir con ilusiones prefabricadas todo lo real que se eliminó.

Mas no con cualquier clase de ilusiones, sino justamente con aquellas que que son aptas para servir al Producto y a la Mercancía en el gran zoco capitalista que es el mundo. Se pretende que todos formemos parte de ese zoco tanto como compradores como como mercancías. Y el papel que desempeña la cultura no es otro que desarrollar los elementos precisos de un guión que se nos transmite de muchos modos y que debemos aprendernos para saber cómo interpretar nuestro papel. Y en ese guión, la muerte, o mejor dicho, el propagar el miedo a la muerte en cualquiera de sus formas es un tema central en la actual cultura. Tal vez desde la Edad Media no había tenido tanto predicamento ni tantos rostros: el de la guerra, el de la destrucción ecológica, pero esos no interesan al sistema. Lo que interesa al sistema es el negocio, por lo que la muerte ha de ser rentable y se exhibe para que lo sea, de lo contrario se esconde en los tanatorios, en los suburbios urbanos y en los países donde no terminan las guerras, las enfermedades ni el hambre.

La banalidad

Una de las formas de muerte del alma potenciada por la cultura del sistema es la banalidad convertida en valor social. A diferencia de épocas pretéritas anteriores a la aparición de la Sociedad de Consumo y Espectáculo que sufrimos, la banalidad es glorificada y convertida en objeto útil de intercambio y con valor de cambio en todos los terrenos: el artístico, el literario, el socio-político, el filosófico, el educativo, o el que se quiera. A no ser por el fetichismo de los nombres que se promocionan y la credibilidad prefabricada de quienes los representan sería más fácil para la mayoría, de estar despierta, la visión de los cadáveres que ocultan, pues nos hallamos ante la cultura de Tanatos que se opone a la cultura de Eros o la vida.

La finalidad de la cultura

Y en la aventura de vivir, cada uno de nosotros nace en un ambiente social, cultural y natural cuyas claves desconoce. El papel de la cultura como proyecto común debería ser tanto la búsqueda de una Totalidad capaz de unificar todos esos aspectos como el de facilitarnos la inmersión creativa en esa Totalidad para servir a la Vida. Este debería ser el objeto preciso de la cultura: incorporarnos a Eros. Desde luego, no lo cumple.

No siempre fue así

El mundo ha tenido su época érotica ligada a la agricultura y a la economía de subsistencia –y así sigue en los países pobres donde no ha penetrado demasiado el virus cultural globalizador- hasta que se impuso el modelo de producción capitalista, el modelo de producción de la muerte cultural. Hasta la llegada de este modelo en esta su última fase, y a pesar de las calamidades sociales producidas por los poderosos de todas las épocas, cada una de ellas se caracterizó por el contacto creativo con la naturaleza, el desarrollo de cualidades convivenciales y cooperativas y el desarrollo de una moral moral social y la fiesta como afirmación de la comunidad en acción de gracias a la vida. Ahora todo eso ha sido hecho trizas.

La Época Represivo-Regresiva que supuso el capitalismo hasta llegar a la sociedad cibernética y desigual actual se define por su alejamiento y agresión contra la naturaleza, el culto a lo artificial y artificioso, el individualismo egocénttrico, la perversión de los instintos naturales, el adocenamiento y la ausencia de una filosofía de la existencia que cimiente y oriente la vida colectiva. La dinámica de la sociedad industrial ha situado al producto por encima de su creador, destruyendo así su verdadero valor para ser sustituído por el del mercado.

Un mundo crepuscular

Nos hallamos, por tanto, ante un mundo sofisticado en los aspectos técnicos: los aspectos técnicos industriales, los militares, los de control y manipulación de la colectividad humana, donde el vacío de contenidos positivos existenciales y regeneradores de los dominados se complementa con el pragmatismo oportunista de los dominadores en el poder; pragmatismo basado en la búsqueda del beneficio para convertirlo en poder y al revés: la búsqueda del poder como fuente de beneficios.

No es aventurado decir que este es un mundo crepuscular en su penúltima hora, si no más tarde.

Para llegar a esta dramática situación han operado de un modo convergente todas las jerarquías que actúan sobre la humanidad desde cualquiera de sus ángulos: políticos, financieros, religiosos, militares.En el terreno religioso actúan a través del miedo al infierno y de la culpa como pasaporte que somete a los convencidos a la jerarquía de la institución correspondiente y a una vergonzante ceguera científica y espiritual.

En el terreno social se han socavado los cimientos y adulterado todas las formas de vida social hasta conseguir modelos donde los individuos se encuentran solos frente al Estado, los patronos y las máquinas en competencia con otros individuos, estableciendo así entre ellos relaciones propensas a la hostilidad, la envidia, el individualismo egocéntrico y la pugna por ocupar mejores puestos a costa de otro, todos ellos gérmenes negativos para una vida de comunidad y cooperación a la que deberiamos aspirar de tener las ideas claras.

En el terreno filosófico se favorecen y se propagan -cuando no se crean a propósito- ideologías encaminadas a confundir, distanciar y enfrentar a los hombres, alejándoles tanto de su personal realidad interna como de las realidades exteriores que le son ofrecidas maquilladas a través de redes de comunicación prostituídas. Esto contribuye al conformismo y a la pasividad, pues estas redes bloquean, ningunean o desacreditan formas de pensamiento, ideas espirituales o alternativas culturales o sociales que pudieran contribuir a cambiar este programa destructor o al menos a tomar conciencia de sus imposturas y entrar en conflicto con él.

Todas las instituciones de la Sociedad Represiva, desde la Escuela-cuartel o el cuartel mismo, hasta el lugar de trabajo o de ocio están unidos por el mismo hilo conductor: ata, separa, domina.
En estas condiciones la toma de posesión de sí mismo, la liberación de la propia conciencia de su carga de negatividad autodestructora y de sus miedos a los poderes que constriñen la vida es algo necesario si queremos un mundo donde el gozo de vivir supere el miedo a morir. Este acto de posesión de sí mismo supone eliminar de sí toda la basura mental propia y adquirida desde que se tiene conciencia ética.

El Sistema no está dispuesto de ningún modo a tolerar que nadie se libere, porque deja de ser sumiso y receptivo a manipulaciones, y en consecuencia se obliga cada vez con más intensidad y amplitud a intentar inculcar sus venenos culturales a cada uno desde edades cada vez más tempranas hasta edades cada vez más tardías y por métodos cada vez más sofisticados.

Una cultura enferma

La cultura en el mundo que llamamos civilizado ha enfermado desde la raíz y gran parte de la gente tiene problemas de salud física o de origen emocional mientras no es capaz de liberarse de la influencia sociocultural. Al individuo, sin el que cualquier cultura es imposible, se le prohibe o se le induce a desconfiar de cualquier filosofía liberadora del orden que sea: social, mental, o espiritual. No es extraño que el resultado de tamaños esfuerzos llevados a cabo por todos los poderes negativos en conjunción -invisibles y visibles- sea la progresiva pasividad y paralización de tantas gentes que abdican de su propio poder y de su propia historia, pierden el sentido de la realidad y arrastran todos esos desequilibrios emocionales y físicos como observamos en todas partes del llamado Primer Mundo.

Esta es la forma de conseguir una homologación pseudo cultural entre naciones de las más diversas tradiciones y conducirlas a través del mercantilismo y la autodestrucción cultural a una filosofia pragmática de la existencia sin otro fundamento de valor que el tener y el ser reconocido por el conjunto para estar por encima. Quien no consigue esto, se presenta como un don nadie, un fracasado. Esta es la filosofía social y cultural del imperialismo globalizador-homologador cuya práctica lleva a los convencidos a la vida miserable de angustia y ansiedad competitiva y autodestructora que el sistema precisa. Se facilita así la aparición de cenáculos de iniciados, o de adictos al Poder que asumen su maldad y la extienden con subvención estatal. Como resultado estamos viviendo una cultura empobrecida y convertida en piezas de escaparate del espectáculo, una cultura urbana, ensimismada y negativa para la inteligencia, pero rentable a muchos niveles para sus promotores; una cultura que aplasta no sólo por su simpleza sino por el aburrimiento que es capaz de producir.

originario

fuente: www.kaosenlared.net/noticia/cultura-muerte-sociedad-espectaculo

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