Encarnación del nihilismo moderno, la sociedad del espectáculo y el capitalismo algorítmico, Trump sólo busca acaparar atención y ganar. El mundo -y esta guerra- se reducen a su teatro de uno.
Por Alejandro Martínez Gallardo
Substrack
2 de marzo
«Tan pronto desaparece la verdad, la utilidad toma su lugar. […] Es como si hubiéramos regresado a la era de los sofistas, la era en la que el arte de la persuasión —cuyos equivalentes modernos son los eslóganes de la publicidad, la propaganda, los mítines, la prensa, el cine y la radio—ocupaba el lugar del pensamiento, dictaba el destino de las ciudades y llevaba a cabo los golpes de Estado». Simone Weil, “A propos de la théorie des quanta”
«Todos los animales, las plantas, los minerales, incluso otras clases de hombres, están siendo deshechos y recompuestos cada día para preservar a una élite de unos pocos, que son los que más fuerte teorizan sobre la libertad, pero los menos libres». Thomas Pynchon, El Arco Iris de Gravedad “Gravity’s Rainbow” (1973)
Estados Unidos, aliado de Israel, ha lanzado una operación militar, por el momento exclusivamente aérea, contra Irán. Ha logrado aniquilar, con suma celeridad, a los principales miembros de la jerarquía militar-religiosa iraní. Ahora se enfoca en anular las capacidades militares del país islámico. Aunque, por el momento, para Trump todo son medallas y vítores, no se dibuja una salida clara en el horizonte inmediato. Reflexionemos sobre cuáles son sus motivos y por qué podemos esperar mucho caos y más distracciones — en el teatro del mundo— en los siguientes meses antes de las elecciones intermedias.
Para hacer esto tenemos que entender algo de la psicología de Trump. Esto es lo que me interesa fundamentalmente: observar cómo una radiografía del alma de Trump—que arrojaría una imagen de un agujero negro o una tierra baldía— es también una radiografía de la sociedad capitalista moderna. Pues Trump no es un fenómeno aleatorio, sino la expresión más contundente de un proceso de decadencia moral e intelectual que está llegando a un punto crítico.
Reflexionando sobre sus entrevistas con Trump, el escritor Tony Schwartz, ghostwriter del superventas de Trump The Art of the Deal, observa:
«Trump simplemente no traficaba en emociones o interés por los demás. En su vida todo era transaccional. Sin haber expandido su universo emocional, intelectual y moral, sólo tenía su propia historia y se adhería a ella».
Lejos de ser un problema o un defecto, la pobreza moral e intelectual de Trump—aunada a su monomanía del éxito— es una ventaja en un mundo que adora casi exclusivamente el poder, el sexo y el dinero. La moralidad obviamente es un estorbo en el camino del éxito, algo propio de los débiles y los perdedores. (Trump concibe la realidad como un juego de suma cero, en el que sólo se puede ganar a expensas de otro y perder implica un perjuicio).
La ausencia de vida intelectual es también un punto de contacto, pues, en un mundo en franca picada cognitiva, el reducir todo a frases hechas y tropos de la cultura pop le permite conectar con la masa ígnara, enganchada, al igual que él, a la televisión y a las redes sociales. Comparten una dieta cognitiva equivalente a gaseosas y Big Macs: memes, reels de Instagram, titulares de tabloides y fotos de modelos en traje de baño.
Trump, aunque se podría pensar que defiende valores conservadores, nunca ha sido tímido o recatado, y desde sus inicios supo potenciar su nombre a través de la hipérbole, el titanismo y la fantasía. Ya en los 80 se veía que avanzábamos hacia la era de la posverdad y el clickbait:
«Juego con las fantasías de las personas. Puede que las personas no piensen en sí mismas como grandes, pero aun así pueden emocionarse con aquellas que sí lo hacen. Un poco de hipérbole nunca le hizo daño a nadie. Todos quieren creer que algo es lo más grande, lo mejor y más espectacular (The Art of the Deal).»
Trump es extraordinariamente transparente; no oculta su naturaleza unidimensional y su total desapego a la realidad. Esta especie de sustancia homogénea de pura ambición y nada de reflexión, permite que sea fácilmente poseído por los estereotipos de la época. Entiende, sin necesariamente ser consciente de ello, que el nihilismo que impera debe ser llenado con deseos e ilusiones de grandeza. Y aquel que sabe esto, y que la naturaleza libérrima de la época implica que la grandeza ya no requiere de una fachada de verdad o bien, puede consolidar un imperio.
Trump, el magnate de los rascacielos, estrella de reality y finalmente “líder del mundo libre”, es el último emblema del sueño americano, de la sociedad del espectáculo y del capitalismo extractivo y algorítmico que tiene a la atención como divisa corriente. Psicoanalizando la personalidad de Trump y su propuesta de MAGA (Make America Great Again), el Dr. Thomas Singer, dramatiza así la voz de Trump:
«Yo soy la grandeza a la que Estados Unidos puede aspirar otra vez… He cumplido el sueño americano; yo soy el sueño americano. Soy el sí mismo al que el país aspira. ( Trump and the American Collective Psyche)».
En The Art of the Deal (1987), Trump ya identificaba a la atención como el máximo capital. En 1985 Trump compró un terreno en Manhattan y anunció que quería construir ahí una “Ciudad de la televisión”, que incluiría el edificio más alto del mundo, de unos 150 pisos. Un gran falo eléctrico en el cielo, símbolo del poder, con el que Trump quería destronar a la Torre Sears de Chicago. El proyecto resultó implausible pero no totalmente infructuoso para la marca que estaba construyendo Trump.
«Si haces cosas atrevidas y controvertidas, la prensa va a escribir de ti. […] No ha todos les gustaba la idea del edificio más alto del mundo. Pero el punto es que obtuvimos mucha atención, y la atención por sí sola crea valor (The Art of the Deal)».
Ademas de “atención”, la otra palabra clave en el mundo de Trump es “ganar”. Trump es el líder de la sociedad capitalista precisamente porque, al carecer de escrúpulos (como su amigo Epstein lo define¹), es capaz de reducir la existencia al acto único de ganar: ganar capital, dinero, poder, fama y atención (todos estos de alguna manera intercambiables para él). Como dice Tony Schwartz, Trump “no tiene creencias ideológicas, ni sentimientos profundos acerca de ninguna otra cosa más que de él mismo”.
Pero sí le atribuye una suerte de poder metafísico a la noción de ganar y orienta toda su existencia a ese simple acto: ganar. Trump es un deportista del dinero y su propia vida intelectual no se extiende más allá del lógica primitiva del deporte — lo único que importa es ganar— y del lenguaje del entretenimiento —que busca excitar, gustar y adornar—. El politólogo Corey Robin, analizando la “filosofía” de vida de Trump, concluye:
«El secreto de Trump es que no hay secreto. Esta es la verdad del capitalismo que se revela en The Art of the Deal: no hay verdad. Es un espectáculo sobre nada. […] Lo único que tiene que ofrecer es diversión— un reduccionismo sin espíritu que Max Weber anticipó cuando digo que “en Estados Unidos, la búsqueda de riqueza, despojada de su significado ético y religioso, tiende a asociarse únicamente con las pasiones mundanas, que le suelen dar el carácter de un deporte” (The Reactionary Mind Conservatism From Edmund Burke To Donald Trump, 2017)».
Trump encontró una línea directa de los realities de TV hacia la Casa Blanca. McLuhan había notado que Kennedy fue el presidente de la era de la televisión, explotando su imagen telegénica; Trump es el presidente del reality TV (y de las diatribas adictivas de Twitter) que vive de disolver todos los límites entre la vida privada y pública (se ha dicho que Trump no sólo no tiene vida privada tampoco tiene vida interior o autorreflexión) y de una inagotable capacidad de generar y sostener conflicto (el reality es una versión más cruda y sin censura de la emotividad de las telenovelas). En sus catorce temporadas en The Apprentice, y con un período previo siguiendo obsesivamente la prensa del corazón, Trump aprendió a concebir a los votantes como una audiencia televisiva.
El primer mandamiento del reality —y en general del show business y, por ende, de esta nueva política— es que nada debe ser aburrido. Todo está permitido, si produce picos de atención. El segundo es que el conflicto es lo que genera más atención. El tercero es que la mejor respuesta a una crisis es elevar el nivel del conflicto. Y, por último, la mejor manera de mantener el conflicto y aumentar el desempeño de los participantes es enemistándolos entre sí y haciéndolos luchar constantemente por su sobrevivencia (esta es también la mejor manera de lidiar con personal subalterno).
No importa mucho si los elementos con los que se capta la atención son fabricados, obscenos, escandalosos o hasta ilegales, pues Trump es experto en lidiar con conflictos y utilizar tácticas de intimidación o disuasión. No es casualidad que Trump alcanzará la presidencia en 2016, justamente en el momento en el que las fakes news inundaban las redes sociales, que se habían convertido en “cámaras de ecos”, instalando una “era de la posverdad” de la cual él era el gran abanderado.
Trump aplicó, con una maestría instintiva —ciertamente no estratégica (y este es su genio y su peligro: la espontaneidad, la impulsividad)—, la intuición de que el electorado responde a las mismas cosas que una audiencia de televisión —el conflicto, la polarización, el escándalo— y no a iniciativas políticas. Y la clave del rating es la personalidad, el hombre en el escenario, el showman, aquel en el que el público puede proyectar, no sólo sus aspiraciones y deseos, sino también su miedo e incluso su odio (especialmente el odio es bueno para el engagement).
La estrella de reality, que no tiene ningún talento verdadero y no puede justificar su estatus moralmente, debe tener la cualidad de dejar resbalar y dispersar toda crítica y acusación sin verse afectado —y esta capacidad, que Trump comparte con las Kardashian, dentro de la “ética” competitiva del capitalismo luego es vista como una prueba de resiliencia y autenticidad que genera empatía—. Su infatigable insistencia en ser rico y famoso, que en otra época era razón de burla (todavía en los 80 y 90 Trump era el hazmerreír de comediantes y aristócratas neoyorkinos), se vuelve ahora admirable, pues, en el fondo, lo que todos quieren en la sociedad capitalista —y en la ética protestante— es el éxito, y obtenerlo es prueba suficiente del valor individual.
Antes de su incursión política, Trump ya había creado su persona pública: el temerario e irreprimible millonario que convertía todo lo que tocaba en oro (a veces literalmente en sus churriguerescos hoteles y casinos); extrovertido e hiperbólico —pero aparentemente honesto, o al menos fiel a sí mismo— sin miramientos, imponiéndose al orden establecido; el astuto (y lúbrico) tiburón capaz de cerrar cualquier trato, sin reparar en los detalles, pues avanzaba movido por la fuerza superior del destino. Al igual que se cree de Estados Unidos, Trump es la encarnación del destino manifiesto y del pensamiento positivo.
Un elemento clave para entender a Trump es que, si bien su su padre Fred había amasado una fortuna desarrollando bienes raíces en Queens, los Trump carecían de la cultura y la alcurnia de las familias adineradas de Manhattan. El sueño de Donald era penetrar Manhattan, el lugar donde vivían los millonarios de clase y donde estaban las modelos y las actrices de cine. Al principio, Trump era rechazado de los campos de golf y los restaurantes a los que iba el jetset. Pero supo que en nuestra época la fama —ese extracto puro, condensado, de la atención— era un sucedáneo del prestigio y el pedigree y que, por otro lado, si tenía suficiente dinero, él podría construir los hoteles y los campos de golf exclusivos. De esta manera, Trump, el nuevo rico, arribista triunfal, self-made man, capaz de señorear pr encima de la élite, encarna la prototípica historia de éxito y vive de esta mística de ser un outsider que logró su sueño —el sueño de todos los americanos—.
Todo esto debemos considerar cuando analizamos el conflicto presente. Sí, seguramente Trump ha escuchado los malévolos susurros al oído de Netanyahu y ha tomado un poco del kool-aid sionista pero, en realidad, Trump sólo escucha a los demás cuando lo adulan y convienen con lo que él quiere y con lo que le sirve a él. No voy a decir aquí, como decía Baudrillard de la Guerra del Golfo, que la guerra no es real. Ciertamente es real, insidiosamente real y terrible para los iraníes, sobe todo. Pero para Trump el mundo es un teatro de uno. Como escribe Andrew O’Heir, editor del sitio Salon:
«En la cueva platónica bidimensional de la mente de Trump, el destino del pueblo de Irán y el prospecto de una guerra regional en el Medio Oriente son sólo sombras parpadeantes en la pared. La historia para Trump es, literalmente, su historia. Se trata de un acto de urgencia personal y política, un temerario tiro de dados orientado a rescatar su propio régimen corrupto que se está tambaleando, dotándole de una nueva y gloriosa victoria americana».
Puede resultar inaudito pensar que la decisión de una guerra tan devastadora se base en la lógica de crear conflicto, divertir la atención y seguir alimentando el personaje alpha del gran vencedor (bajo una creencia metafísica en el poder de la victoria). Y aunque ciertamente hay factores nacionales y geopolíticos de por medio, que coinciden con la voluntad instintiva de Trump, creo que la explicación más precisa para lo que está sucediendo en estos momentos es referirlo primero al drama personal de Trump. El Florida man que anunció la guerra a medianoche con una cachucha de béisbol de USA, el gran anaranjado de los pantanos de lagartos y sales de baño con su lógica de Napoleon Hill (“Think and Grow Rich”) lanzando una operación relámpago, adicto a la atención, esperando recibir nuevos chutes de dopamina, entre los memes y los misiles, dispuesto a destruir medio mundo para salvar su pellejo.
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Hay razones por las cuales la guerra es conveniente para Trump, el presidente que, según las personas que lo frecuentan, vive siempre en el presente: en el estado de un negociador predatorial olfateando un deal —político, económico y sexual— o en el limbo entre luchar o huir (fight or flight). Trump se encuentra atravesando el momento más álgido de su presidencia (aunque le es antinatura reconocerlo) y, si no suele tener escrúpulos, en modo sobrevivencia no quedará el menor asomo. Un día antes de anunciar, sin la aprobación del Congreso, la “Operación furia épica” (un nombre altamente trumpiano), el New York Times publicaba en su primera plana que, entre los archivos de Epstein que habían sido retenidos, habían decenas de páginas sobre una acusación en contra de Trump por supuestamente abusar sexualmente de una adolescente en los 80.
Y aunque es difícil saber por el momento si este caso podría llegar a proceder, Trump ya ha estado sintiendo algunos de los embates del caso Epstein. No sólo su índice de aprobación se encuentra en su punto más bajo, a menos del 40% —aunque esto puede explicarse también por sus “derrotas” económicas—, hay también atisbos de descontento entre los militantes de MAGA. Uno de los puntos aglutinantes de la militancia de este movimiento se basó justamente en promover la teoría (aparentemente no tan conspiratoria) de una élite privilegiada que no sólo explotaba a las clases trabajadoras sino que su corrupción era tanta que contaba entre sus filas a pederastas y satanistas.
Por supuesto, la idea era que esta deleznable élite estaba conformada sobre todo por demócratas liberales woke. Los archivos de Epstein claramente han dejado salpicados también a republicanos y a miembros de MAGA, incluyendo a su ideólogo principal Steve Bannon. Por supuesto, Trump está también implicado, aunque él sostiene ya haber sido exonerado. (Según el periodista Michael Wolff, Trump fue el mejor amigo de Epstein por más de 15 años y compartían dos cosas: amor por el dinero y las modelos).² Uno de los temas principales de la agenda noticiosa en Estados Unidos es (o era hasta antes de la guerra) la exigencia de hacer públicas las más de dos millones de páginas que el Departamento de Justicia ha retenido del público.
Distraer de un escándalo sexual con una guerra es parte del más elemental manual político, como demuestra exactamente la película de 1997 Wag the dog. Se conjugan además varias cosas. Hace pocos días Trump recibió un revés de la Suprema Corte de Justicia que inhabilitó sus tarifas. Esto, literalmente, va en contra de la propia narrativa de Trump de ganar siempre. Reportes sugieren que inteligencia israelí informó a Estados Unidos que se encontraban en posición de eliminar expeditamente a Alí Jameneí, el líder supremo iraní. Esto brindó en la mente de Trump, seguramente, una oportunidad de actuar y colgarse una nueva victoria para aumentar su palmarés. Lograr, según él mismo, lo que han querido todos los últimos mandatarios estadounidenses, pero que no han tenido el coraje y la astucia para hacer.
Probablemente Trump está sobreestimando los beneficios de la “metafísica de la victoria”, pero es obvio que, por lo menos, no hay nada más efectivo para cambiar de tema que producir una guerra. La ley del manejo de audiencias: responder al conflicto con más conflicto. Trump tampoco parece estar pensando en lo complicado que puede ser ejecutar un cambio de régimen a través de una operación exclusivamente aérea —pues aunque ha admitido la posibilidad de mandar tropas, está presionado a no enfrascarse en un conflicto largo y desordenado—, pero la mente de Trump no funciona sopesando consecuencias y dificultades a mediano o largo plazo. Por ahora puede hacer alarde de una demostración hegemónica de poder militar, de precision láser, que puede granjearle un poco de admiración entre sus bases radicales. Al mismo tiempo, no deja de congraciarse con empresarios norteamericanos sionistas que han apoyado su mandato y que comparten la ambición de Israel de desarmar a Irán (o, mejor, destruirlo totalmente).
Para Trump es esencial controlar la narrativa y no arriesgarse demasiado a que los demócratas puedan barrer en las elecciones de noviembre. Si lo hacen, podrían intensificar las investigaciones del caso Epstein y emitir órdenes de comparecencia que incluso podría llevar a un proceso de destitución. Trump se juega todo, aunque es cierto que está acostumbrado: ha vivido gran parte de su vida en litigios y demandas. El hombre naranja prospera en el conflicto y ama el ruido de la chicharra, aunque ahora parece estar contra las cuerdas.
Mientras todo esto sucede, esta misma semana se anunciaba la creación de uno de los conglomerado de medios más grandes del mundo, con la compra de Paramount-Skydance de Warner Bros, por unos 111 mil millones de dólares, la fusión más cuantiosa en la historia de Estados Unidos. Trump directamente intervino en las negociaciones, criticando la oferta de Netflix y ensalzando a Paramount-Skydance. La empresa Paramount-Skydance está encabezada por David Ellison y fondeada por su padre Larry, el fundador de Oracle. Larry Ellison era el mejor amigo de Steve Jobs, y es mentor de Elon Musk y “MAGAdonante” de Trump y de la armada israelí. Sin ser tan famoso, Ellison se convirtió por unos días en septiembre del año pasado en el hombre más rico del mundo y está llamado a incrementar su riqueza con jugosos contratos con el gobierno de Estados Unidos.
Pasando bajo el radar, también esta semana Oracle anunció que había llegado a un acuerdo con el sistema de salud pública Medicare para administrar los datos médicos de 150 millones de estadounidenses. A esto se le suma un reciente contrato para operar la nube de datos de la Fuerza Armada de Estados Unidos. Ellison estuvo en la toma de protesta de Trump y, según reportes, lo ha visitado en varias ocasiones en Mar-a-Lago. Es también amigo personal de Netanyahu. El taimado mandatario israelí, recientemente acusado de genocidio, ha vacacionado en la isla hawaiana de Ellison.
Apenas en el 2025, Skydance había adquirido Paramount, una decisión que le permitió controlar la cadena CBS, una de las tres cadenas tradicionales de la TV estadounidense. Rápidamente, los Ellison colocaron como director editorial a Bari Weiss, quien se encuentra ejecutando un conspicuo cambio en la línea editorial, más benigna para Trump. La movida más deseada, sin embargo, es la que se encuentra en ciernes con la compra de Warner-Discovery, compañía que que tiene en su portafolio a CNN, HBO, el “universo” DC, la franquicia de Harry Potter y por supuesto, la productora de películas del mismo nombre. Evidentemente, se espera que con la llegada de Ellison a CNN se produzca un cambio de línea editorial y Trump logré, casi en un abrir y cerrar de ojos, eliminar a gran parte de sus enemigos en los medios tradicionales.
Por si esto fuera poco, el año pasado también un consorcio encabezado por Larry Ellison adquirió la mayoría de las acciones de TikTok en Estados Unidos y se hizo del control de su algoritmo. Quizá Ellison pueda combinar su nuevo imperio mediático con sus bases de datos para crear contenido a la medida. A Trump seguramente no le disgustaría que se le diera su nombre a una nueva franquicia de superhéroes. Oracle tiene un “dossier digital” con datos de más de 5 mil millones de consumidores, apilado gracias al rastreo de tráfico web, compras fuera de línea y transacciones de tarjetas de crédito. Nunca se ha visto una empresa con un potencial mayor en lo que se ha llamado el “complejo militar cultural” (Military-Entertainment Complex).
Oracle provee infraestructura y almacenamiento para sistemas informáticos de gobiernos y grandes instituciones, y se ha dedicado a construir, utilizando sus sistemas de rastreo en línea, sofisticados perfiles de usuarios. Junto con Palantir, la empresa de otro protegido de Ellison, Peter Thiel, Oracle es la empresa perfecta para implementar sistemas de vigilancia masiva. En una reunión con analistas financieros en el 2024, Ellison manifestó su visión de una sociedad en la que los ciudadanos y la policía misma estará vigilada por una inteligencia artificial que se dedicará a monitorear grabaciones de cámaras de video. “Los ciudadanos se comportarán de la mejor manera porque estaremos constantemente grabando y reportando todo lo que sucede”. All watched over by machines of loving grace, como reza el genial documental de Adam Curtis y el manifiesto de Dario Amodei, CEO de Anthropic.
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Este es el mundo en el que vivimos: la modernidad secular que no ha logrado responder de manera mínimamente satisfactoria a la grieta fundamental del nihilismo. Dios ha muerto; lo matamos, pero el mismo Nietzsche sabía que era necesario una refundación religiosa de la sociedad (aunque para él esto significaba una religión basada en la vida y en el poder). El progresivo debilitamiento de la influencia de la religión —y con esto también del trasfondo moral del arte— ha dejado instalado como ambiente ideológico la visión mecánica de la ciencia.
Materialismo y darwinismo social. Todo puede explicarse por el instinto sexual, las fuerzas materiales de la historia y la lucha por el poder. Pero esta realidad es demasiado brutal. Debe ser tamizada, esmaltada, cubierta con algo de brillo. Sobre todo, porque el individuo tendría pocos estímulos, pocos sueños, para poder seguir produciendo. Lo que surge es la sociedad del espectáculo. La búsqueda de la felicidad. La metafísica del éxito. El glamur de la fama. La democracia de la belleza y el arte (todos pueden ser bellos si trabajan en su cuerpo; todos pueden ser artistas, si se expresan auténticamente).
Vargas Llosa describía la sociedad del espectáculo hace unos años:
«Un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal…convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad… Divertirse, no aburrirse, evitar lo que perturba, preocupa y angustia, pasó a ser, para sectores sociales cada vez más amplios, de la cúspide a la base de la pirámide social, un mandato generacional».
Este es el mundo de Trump y de las Kardashian, las dos grandes historias de éxito vacías de contenido, los padres de la cultura de influencers que predomina actualmente. Dinero, sexo, poder: cada uno de estos permite conseguir los otros y realizar al individuo. Pero en Trump hay algo más peligroso que el mero espectáculo. Porque es también, de manera más contundente, la manifestación de la ideología de la fuerza que queda instalada en el vacío del pensamiento filosófico-religioso que es la base moral de Occidente (platonismo y cristianismo). En Trump esto se reduce al eslogan deportivo de “ganar”, porque él mismo es una versión iletrada— más caricaturesca y kitsch— de lo que antes se manifestó como el totalitarismo de las grandes religiones políticas del siglo XX (fascismo y comunismo).
Simone Weil, quien fue la más lucida analista del dilema que enfrentaba el mundo ante el nazismo, escribió en Echar raíces:
«O bien reconocemos operando en el universo, junto a la fuerza, un principio diferente de ella; o bien reconocemos a la fuerza como maestra única y soberana de las relaciones humanas».
Weil entiende que una sociedad que no tiene consideración “por las cosas del alma” o las considera arbitrarias, primitivas o mágicas, y sólo respeta intelectualmente la fuerza y los procesos ciegos de la materia, cultiva de alguna manera las mismas condiciones que gestaron al nazismo. “Nuestra concepción de la grandeza es la misma que inspiró toda la vida de Hitler”. Y que ahora ha inspirado la vida de Trump, para quien todo se trata de ser el mejor, el más grande, el más poderoso y abolir a sus detractores, simplemente porque no hay nada más. Según sus propias palabras, inadvertidamente hobbesianas “El hombre es el más brutal de los animales, y la vida es una serie de batallas que termina en victoria o derrota. No puedes dejar que los otros te humillen” (The Art of the Deal).
El dinero, explica, es sólo una manera “de llevar el marcador” (de sus victorias). Y considera que, aunque se nace con el poder de ganar, la voluntad es esencial “algunas personas nunca sabrán lo grandes que podrían haber sido, en cambio, se quedan contentos viendo a las estrellas actuar. Tienen miedo del éxito, miedo de tomar decisiones, miedo de ganar”. Trump, por supuesto, es un hombre de acción, en un mundo donde ganar es lo que prueba el valor, literalmente, ser un ser superior. Encontramos en La historia de la guerra del Peloponeso, la que ha sido llamada “la ley de Teucídides”: “Los fuertes hacen lo que quieren, los débiles sufren lo que deben”. Y también: “la certeza de que, por necesidad de naturaleza, cada uno ejerce todo el poder del que es capaz”. ¿Qué obtienes cuando juntas la ley de Teucídides, el nihilismo, la sociedad del espectáculo y el capitalismo algorítmico? Obtienes a Donald Trump.
Simone Weil cita un pasaje de Mein Kampf:
«En un mundo donde los planetas y los soles siguen trayectorias circulares, donde las lunas giran alrededor de los planetas, donde la fuerza reina en todas partes como única soberana de la debilidad, que obliga a servirla dócilmente o destruye, el hombre no puede pretender leyes especiales».
A lo que comenta:
«Estas líneas expresan en forma irreprochable la única conclusión que razonablemente se puede extraer de la concepción del mundo implicada en nuestra ciencia. […]Desde hace dos o tres siglos se cree a la vez que la fuerza es la única dueña de la naturaleza y que los hombres pueden y deben fundar en la justicia, reconocida por la razón, sus relaciones mutuas. Es un absurdo que clama. No es concebible que todo en el universo esté absolutamente sometido al imperio de la fuerza y que el hombre pueda sustraerse a ella, puesto que está hecho de carne y sangre y su pensamiento se mueve al compás de las impresiones sensibles».
En otras palabras, bajo esta visión del cosmos, el amor, la compasión, la paz o la justicia son irracionales y carecen de toda fuerza argumental o poder de convencimiento. Si el mundo es ciego, brutal, inmisericorde y está basado en la pura fuerza, y nosotros somos parte del mundo, no hay verdadera razón para proteger a los débiles. Simplemente, lo natural, lo alineado con la realidad y el poder del mundo, es actuar para aumentar nuestro propia fuerza y expandir nuestro propio ser, sin considerar a los demás más que como obstáculos a superar o como recursos para nuestra propia superación. Así Trump busca expandir por el mundo sus memes y Epstein quería expandir sus genes.
Esta es la cuestión radical, que no tiene fácil solución, que debemos enfrentar. Sentimos que hemos superado la moral y la religión (esos lastres, esos opios). Creímos aprender de Nietzsche que la verdad y la moralidad eran meras estrategias de manipulación para controlar a los débiles. Y, sin embargo, en un mundo mecánico, donde sólo existe la fuerza, y no hay ningún soporte metafísico, trascendencia o verdad, no hay realmente ni motivación ni inspiración para proteger a los débiles y hacer el bien. Nietzsche sabía que era necesaria una nueva religión, pero quería una religión de superhombres que aceptaban el imperio de la fuerza como realidad de la naturaleza.
Hombres capaces de fundar sus propios valores y crear sus vidas como artistas. Para los que dominar y gobernar a los otros sería una debilidad, pues limitaría la expresión de su propia alegría creativa. Pero Nietzsche, aunque él mismo advirtió sobre los inmensos peligros del nihilismo, tenía una opinión demasiado elevada de sí mismo y de los hombres que podía engendrar su visión. El nihilismo —barnizado por la estructura mágica del capital— al que nace el hombre moderno no le brinda ni la inspiración para crear sus propios valores —nobles y artísticos— ni para amar a los demás (como se ama a sí mismo) y buscar la paz y la justicia. Y así pues, habiendo abdicado el propio poder del alma y su relación con un cosmos que es más que la expresión de la fuerza bruta, la imagen de una inteligencia divina, sólo le queda confiar desesperadamente que la inteligencia artificial produzca una especie de compasión deus ex machina. Pero eso sí que es pensamiento mágico.
Evidentemente no hay solución que se pueda atisbar por ahora, pero las palabras recientes de Agamben algo sirven de consuelo:
«En la Séptima carta, Platón vincula su decisión de consagrarse a la filosofía con las condiciones políticas desiguales de la ciudad en la que vivía. Tras intentar por todos los medios participar en la vida pública, escribe, finalmente se dio cuenta de que todas las ciudades estaban políticamente corruptas (kakos politeuontai) y entonces se sintió compelido a abandonar la política y dedicarse a la filosofía.
[…]No debemos olvidar este vínculo particular entre política y filosofía, que convierte a la filosofía en una sucesora de la acción política; un sustituto y una compensación que ciertamente no es del todo satisfactoria para algo que ya no podemos practicar. ¿Qué valor debemos darle entonces a este sustituto que no habríamos elegido si la vida política fuera aún posible?
La filosofía muestra aquí su verdadero significado, que no es el de elaborar teorías y opiniones para proponerlas a aquellos que creen que todavía pueden hacer política. La filosofía es una forma de vida que nos permite vivir en condiciones políticamente invivibles. En esto —en tanto nos permite vivir en la ciudad inhabitable e impolítica— la vida filosófica demuestra ser la única política posible en el tiempo de la imposibilidad de la política».
En realidad, la vida filosófica no es mera sucesora de la vida política. Toda ciencia o disciplina de conocimiento, al menos en Occidente, nace de la filosofía y en un principio estaba supeditada a la filosofía. Esto nos da una pista, al final todos los problemas políticos y existenciales que atravesamos son problemas filosóficos, antes que económicos o políticos. Cuando lo político se vuelve imposible todavía nos queda el recurso de la filosofía.
El problema fundamental es cómo vemos el mundo. La filosofía originalmente entiende que la vida no se trata sobre el poder, se trata sobre el conocimiento y el modo de acercarse a éste es el amor, no la voluntad. Sólo cuando se pueda erigir una visión filosófica del mundo, que sea parte integral de la polis, podremos hablar ya no no de una ciudad corrupta (kakos) sino de una ciudad de belleza (kallon) y se podrá tener otra vez esperanza. Mientras tanto seguiremos en ese largo interregnum que ya lleva más de 200 años, según Gramsci: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer, en este interregnum, los fenómenos más mórbidos ocurren”. O lo que en otras traducciones se llama “el tiempo de monstruos”. Pero a este deseo de dar a luz a lo nuevo yo agregaría la frase de Eugenio d’Ors: “Sólo hay originalidad verdadera cuando se está dentro de una tradición. Todo lo que no es tradición es plagio”.
notas:
1) Según Michael Wolff en sus conversaciones con Jeffrey Epstein, el financiero desgraciado describió a Trump como carente de todo escrúpulo.
2) El término “amigo” es un poc impreciso, porque, como el mismo Wolff y otros han dicho, Trump no tiene amigos, concibe todas sus relaciones como transacciones. El último libro de Wolff sobre Trump es All or Nothing: How Trump Recaptured America.
fuente: https://alejandromartinezgallardo.substack.com/p/detras-del-teatro-de-guerra-de-trump