Entre el miedo y la violencia. Estrategias de terror y de represión para el control social
En este artículo se analiza el miedo como mecanismo ordinario que usael Estado para el control social. Se propone un esquema explicativo delmiedo, con sus efectos y consecuencias, tanto en los individuos como enlos grupos sociales, para situarnos el mito de la Seguridad en elcentro de este fenómeno.
0.Presentación
Trasladado a la sociedad, el miedo nosmanifiesta la intensidad de violencia que el Estado requiere para sucontrol, así como sus estrategias de expansión institucional y susdotaciones represivas a corto y medio plazo. Es decir, el miedo comoelemento necesario para legitimar el desarrollo de la violencialegalmente organizada.
Así, gran cantidad de miedos acechanlos ciudadanos de los Estados ricos: terrorismo internacional,terrorismo doméstico, epidemias, pandemias, atracos, robos, etc. Miedosque sirven para desarrollar cada esfera de poder; cada cuerpo armado;cada estructura represiva.
1.Caminando sobre el Miedo
Vivimos sobre el miedo. Miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo ala muerte. Miedo a la pobreza, miedo a la marginación. Miedo aenfermedades, a la inseguridad. Miedo a la exclusión. Miedo a losdelincuentes, miedo a la prisión. Miedo a los extraños, miedo a perderel trabajo, a perder la vivienda. Miedo a la violencia. Y miedo trasmiedo marcan el sino de nuestras acciones, de nuestras decisiones, denuestras opiniones y de nuestra visión de la sociedad. Una auténticaoleada de miedos y temores se expanden por el cuerpo social. Pero,antes de nada, ¿qué es el miedo?
El mecanismo del miedo(Según la RAE: 1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo odaño real o imaginario. 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene deque le suceda algo contrario a lo que desea. ) puede esquematizarse apartir de los siguientes elementos: el objeto que causa el miedo,cierto desconocimiento (sobre el objeto o sobre cómo afrontar elpeligro), la parálisis y la reacción hacia la seguridad buscada porparte del sujeto atemorizado. El elemento común a todo temor, a todomiedo, es cierto desconocimiento sobre el objeto que lo genera: todauna aureola de ignorancia cubre el fenómeno en sí (sea una bruja, unaposible pandemia, un enemigo poderoso, una amenaza natural de efectoscatastróficos, un terrorista, un Dios, etc.). Podemos afirmar que elmiedo aumenta de manera directamente proporcional al desconocimientosobre el objeto temido o al desconocimiento (o impotencia) ante cómoafrontarlo.
Y es que la fuerza del miedo radica en lacapacidad que tiene para acabar con los planteamientos racionales. Portanto, el miedo se centra fundamentalmente en la dimensión más emotivade los individuos y, así, se prestan más fácilmente a la persuasión,que opera básicamente sobre la emoción. Y la puerta de entrada a estadimensión más emotiva es la ignorancia (de cómo afrontar el miedo, delpeligro que acecha). Este desconocimiento, pues, es un elemento claveen el miedo, tanto si el peligro que lo encarna tiene base real, comosi, simplemente, es un fantasma.
Es por ello que en eldominio de la sociedad, los dioses y las explicaciones místicas hantenido un papel fundamental. Los dioses y sus castigos han sido lafuente explicativa de las desigualdades y las injusticias deorganizaciones sociales diversas a lo largo de la historia. Pero nosólo las religiones se han puesto al servicio del miedo y del proyectode dominio. La ciencia actual cumple la misma función, en tanto queexplica, legitima, participa y busca reproducir la organización socialcontemporánea. De esta manera, encontramos explicaciones científicas enla construcción de auténticos fantasmas. O dicho de otro modo, lamayoría de los fantasmas actuales son construcciones "científicas".
Un ejemplo de esto es el efecto 2000 de los ordenadores, dondeexplicaciones de todo tipo y pruebas técnicas de elevados costessirvieron para generar un clima de incertidumbre global. Aparecieronnoticias de graves errores en centrales nucleares, en el suministroenergético, en empresas, instituciones, bancos, etc. Un gran fenómenoterrorífico que permitió especialmente alimentar al sector informáticocon grandes cantidades de partidas presupuestarias.
Pero nosólo esto: las amenazas de grandes pandemias sanitarias, la expansióndel VIH, el crecimiento de la delincuencia, el incremento de losdesastres ecológicos, etc., se nutren de explicaciones científicas, deejércitos de médicos, físicos, psicólogos, psiquiatras, sociólogos,juristas, criminólogos, etc., vinculados a los intereses políticos y/oeconómicos de empresas diversas e instituciones estatales, o ambas. Amenudo, se exageran los peligros, sus causas y sus consecuencias paraque encajen en el marco de los objetivos y estrategias de dichasorganizaciones.
Por supuesto, para ello es necesario el poderamplificador de los medios de comunicación. Éstos son los grandesamplificadores de las amenazas, los peligros y las construccionesterroríficas. De hecho, son su gran materia prima. Son las Noticias, elhecho espectacular que capta lectores, engancha a oyentes y atrapa a laaudiencia. Así, son los primeros interesados en reproducir lospeligros, a menudo porque comparten las mismas vinculaciones políticasy/o económicas que se esconden tras algunos temores.
Pero sontambién constructores de auténticos fantasmas y distribuidores delmiedo. Es por esto que, imbricados en todos los juegos de poder, en lasluchas por el dominio y el control, implicados en definitiva en lareproducción del modelo social, desarrollan un papel crucial en ladifusión del miedo. Aunque los medios de comunicación pueden arrojarluz sobre fraudes y escándalos de corrupción de todo tipo, tambiénpueden construir auténticas cortinas que inviten a la no reflexión, alas posturas acríticas, a la más profunda pasividad. Así, mantienen ala sociedad en los niveles de ignorancia óptimos para realizar lasoperaciones terroríficas, ya sea con el silencio o, en el otro extremo,con la saturación informativa.
Retomando el esquema delmecanismo del miedo, uno de los elementos más interesantes son losefectos que tiene el terror sobre quien lo sufre: su fuerza paralizante(o fase paralizadora), en un primer momento, y su impulso movilizador(o fase reaccionaria), siempre en un segundo estadio. De hecho, no haynada de extraño en eso: ante un peligro nos ponemos en alerta, primero,e intentamos alejarnos o sortearlo acto seguido, para sentirnosseguros.
La paralización es la materialización de lainstalación del miedo, la manifestación de la captación del peligro, dela conciencia de debilidad, de la alerta. Es, pues, la inacción. Y lainactividad es también un elemento de tremenda utilidad, por ejemplo, anivel político: la pasividad política es uno de los objetivos de todoproyecto de dominio, ya que indica al poder la inexistencia dedisidencias.
Puede suceder, no obstante, que ante el peligrola reacción del individuo sea el enfrentamiento, un impulso deconfrontación, de aniquilación de la amenaza. Es decir, ante laamenaza, la reacción puede ser, no tanto la huida hacia la seguridad,sino el ejercicio de la violencia. Entonces, miedo y violencia debenencontrarse en un mismo eje, en un único vector de fuerzascontrapuestas que oscilan entre límites poco precisos.
Y esque el éxito de toda operación de generación del miedo depende,precisamente, de que la reacción del individuo se ajuste a losobjetivos pretendidos que, generalmente, se traducen en una renuncia ala violencia. Porque, en definitiva, se trata de controlar la fase dereacción. Esto se consigue ofreciendo, de manera paralela a loselementos terroríficos, la opción "correcta" o el camino a seguir (elcamino recto). El paso de la primera fase de parálisis a la segunda dereacción es crucial: no tiene que dar tiempo para que se genere unadinámica racional propia de los individuos. Cuando ésta se produce, secorre el peligro de perder el control sobre la fase reaccionaria, esdecir, de la resolución que toma el individuo para decidir surespuesta.
Pongamos un ejemplo: un Estado quiere interveniren una guerra. Se genera el miedo al enemigo, el odio y laanimadversión. El objetivo es conseguir la movilización de la sociedadhacia el enfrentamiento. Es decir, que el miedo al enemigo se traduzcaen violencia (de la parálisis ante la amenaza externa, a lamovilización hacia la violencia absoluta). Por tanto, es necesariotambién proporcionar elementos de exaltación patriótica, exhibir lapropia fuerza y apelar a la victoria segura. Si la sociedad se niega air a la guerra, el poder se encuentra con un grave problema. Las causaspueden ser varias, desde el excesivo miedo, a la resistenciaideológica, pero, sea como sea, el Estado ha perdido el control de lafase reaccionaria de la sociedad. Hay una crisis de dominio.
Porque, precisamente, es en el paso de la parálisis a la movilizacióndonde se manifiesta la opción política de un individuo y donde puedeoperar el criterio propio para tomar una decisión, una solución, unasalida del peligro. Dominar es, pues, controlar esta fase reaccionaria,es negar el criterio de los individuos.
Es preciso, pues,ofrecer la Seguridad como un objetivo a (re)alcanzar, como elemento quese ha visto cuestionado por la amenaza. Es por esto que cuanto másfantasmagórica es la amenaza, más ilusoria es la Seguridad. No se tratatanto de enfrentarse al miedo, de analizarlo y solucionarlo, sino deprevenirlo. Y es que en el proceso terrorífico, en la construcción delmiedo, aparece como pieza clave la "medida preventiva". Ésta podemosdefinirla como el elemento de choque, la solución "inteligente" quedefiende la seguridad amenazada. Es, supuestamente, el remedioutilizado para amortizar la angustia y calmar la ansiedad. Es por elloque la medida preventiva es el auténtico negocio del miedo, la fuentede enriquecimiento de los que participan de la operación terrorífica.
De esta manera, el miedo presenta muchas utilidades: ha servido comoexcusa para perseguir a disidentes, para enriquecer a determinadossectores económicos y reactivar la economía, para legitimar el aumentode gasto en "seguridad" (militares, policías, etc.); en definitiva, seha utilizado para mantener los privilegios y las estructuras sociales.Tenga el miedo o no base real. Es así como el miedo se nos muestra comolo que es: un instrumento de dominio y control social. Un arma delpoder.
2. El Miedo como control social
El dominio esel éxito de unos individuos y sectores sociales, organizados en Estado,en la imposición de su autoridad al resto de la sociedad en cuanto aprincipios y a estrategias de supervivencia se refiere. Y ello siempreen relación al modelo de desarrollo socio-económico de acumulación deriqueza que cimienta la jerarquía y la desigualdad social. Los Estadosson, pues, la expresión de proyectos sociales distintos que tienen encomún el miedo a la autoridad y la violencia de la desigualdad.
Y es que todo dominio configura unos límites en la sociedad, unasfronteras, que no sólo son metafísicas sobre el territorio (fronteraexterior del Estado) sino que también generan fronteras físicas dentrode estos dominios (frontera interior de la Sociedad). En este artículonos centraremos exclusivamente en estas últimas.
El Estado,pues, para ser eficaz en el dominio de la sociedad, debe operar enestos límites manifestando su caracterización autoritaria, pues lalógica del poder es ampliar sus dominios exteriores, pero tambiénensanchar sus límites jurisdiccionales, su marco dónde poderdesarrollar la autoridad, sus competencias y sus funciones sobre lasociedad.
Pero el dominio implica sobre todo el control de lasociedad, la canalización de los individuos hacia los objetivos delpoder, su disciplinamiento. El control es, de hecho, el objetivoprimero y esencial del Estado.
Como ya hemos apuntado, elmiedo es el instrumento de la dominación por su fuerza paralizadora ypor su capacidad movilizadora. Pero aún hay más. El miedo se sienteindividualmente, paraliza, sobre todo, a nivel individual. Y, cuantomás aislado esté un individuo, más fácilmente se le puede orientar suactividad. Por eso, la dinámica de dominio conlleva una tendencia haciala individualización extrema, la atomización constante, la fractura delos grupos, incluso los primarios (familia, amistades, etc.). Comoapuntaba M. Foucault al hablar del dominio en las cárceles, “la soledades la condición primera de la sumisión total” (1976: p.240). El miedoes, pues, un potente destructor de la solidaridad social que no pasainadvertido a los ingenieros de la dominación y la represión.
Efectivamente, el miedo como instrumento de dominio nos señala, más queunos objetivos precisos, toda una lógica de funcionamiento del poder.Pero su efectividad decae rápidamente si no existe la amenaza real deviolencia física. De poco sirve amenazar con castigos divinos ycondenas eternas si no existe una Inquisición que con sus prácticasviolentas recuerde que el castigo del "desviado" comienza en la propiatierra. Y es que de poco sirve la amenaza de la Ley si no hay policíasy jueces que garanticen la condena. ¿Quién pagaría los impuestos (aparte de unos pocos convencidos) si no hubiese la amenaza de lapersecución segura, del castigo de la cárcel?
En otraspalabras, el Estado requiere del ejercicio constante del miedo y de laviolencia para garantizar el control de la sociedad, tanto de los queestán incluidos en la dinámica impuesta como de los que han quedadoexcluidos de ella. De hecho, puede afirmarse que en el ejercicio delcontrol, donde acaba nuestro miedo, comienza su violencia. Es por elloque el Estado perpetúa un contexto de miedo latente que le permitejustificar y desarrollar sus estructuras de violencia (sistemajudicial-punitivo, la policía, el ejército, etc.).
El círculodelimita el espacio social que está integrado en la dinámica social(bajo control), así como el espacio externo del funcionamiento social,es decir, el marco social excluido (exclusión económica, política y/osocial). La flecha bidireccional simboliza el miedo y la violencia queoperan en la sociedad, su intensidad y su respuesta. Es decir, nosmuestra la intensidad del miedo y la violencia con la que se responde.El punto en el que se encuentra cada vector con el círculo marca dóndecomienza el miedo (hacia el interior) y dónde empieza la violencia(hacia la exclusión). En cada uno de estos puntos se sitúa la fronterasimbólica, los límites del dominio social. Es donde podemos situar lasestructuras de violencia que genera el dominio y la exclusión (lapolicía, la prisión, el manicomio, etc.). En estas intersecciones esdonde encontramos el inicio y el final de cada uno de los elementos:por ejemplo, la cárcel está donde acaba el miedo y comienza laviolencia contra la exclusión económica, pero también sucede endirección inversa: la cárcel funciona como elemento de terror conefectos integradores, ya que el miedo a caer en prisión disciplinamuchos comportamientos.
En otras palabras, lo que esteesquema viene a representar es la transformación del miedo que sientenlos sectores más privilegiados de la sociedad (por ejemplo, a que lesroben sus propiedades), en estructuras de violencia que garanticen suseguridad (el cerco de los excluidos, ya sea en los barrios guetizados,como en la cárcel).
Es sintomático de ello el miedo deaquellos sectores que se encuentran más cerca de los límites de laexclusión que del privilegio, pero dentro del funcionamientoestablecido. Estos sectores viven la violencia cotidianamente, en ambossentidos de la frontera simbólica de la sociedad: la violenciaestructurada del Estado, que tiene por objetivo focalizar y alejar lasamenazas de los sectores más privilegiados; y la violencia cultivadapor la pobreza, la exclusión y la marginalidad social, que a menudo esindiscriminada y ciega contra el vecino que nada contra la corriente dela exclusión.
Porque los límites de esta frontera interior dela sociedad son poco precisos, estrechamente relacionados con lasexpansiones económicas y sus crisis, con la suerte de los individuos ysus desgracias. Y es sobre la frágil frontera de losprivilegiados-excluidos de la sociedad donde más claramente puedeapreciarse que el miedo y la violencia son las dos caras de la Ley.
Ésta expresa, por una parte, el miedo de ciertos sectores a perderprivilegios y, por otra, su defensa mediante la violencia legalizada.En sí, la Ley es miedo y violencia: disciplina el comportamiento de losindividuos mediante el miedo (a la sanción) y asegura la violencia sise vulnera su cumplimiento (el castigo). Así es como puede afirmarseque en el dominio de la sociedad la Ley configura el eje integrador(mediante el buen comportamiento), así como el de la exclusión(mediante la violencia del castigo).
La Ley, pues, expresa lailusión de un "camino recto" hacia la seguridad ciudadana, el ordenpúblico, la tranquilidad del privilegio, sacrificando lo que másdificulta el control: la libertad. O, quizá mejor dicho, el vector delmiedo nos marca el camino hacia la seguridad prometida, que no es otraque la obediencia a quien tiene por función controlarnos. Por eso elEstado busca reglamentar la vida en sociedad, imponer normas yreglamentos, obligar a comportamientos e inacciones. En definitiva,reconducir las ideas, las opiniones y las acciones de los individuoshacia los valores y comportamientos que legitiman y reproducen todo elmarco de explotación económica y dominio social.
Y es sobreeste eje seguridad-libertad, donde la Ley se manifiesta como unaagresión a la responsabilidad individual, como la negación de laposibilidad de responder de nuestras ideas y acciones ante nosotrosmismos y ante la sociedad. Es decir, la Ley es la mutilación de nuestralibertad: de nuestra capacidad de decisión y de organización. Por esoen el dominio y control de la sociedad se busca y se impone ladisciplina de la seguridad, nunca la responsabilidad de la libertad. Sebusca que respondamos de nuestras ideas y acciones ante el Estado y suJuez.
Cuanto más se verticaliza la estructura de dominio,cuanto más se consolida el privilegio y más “accesible” se muestra,tanto más bolsas de exclusión se generan (por el efecto de atraccióndel privilegio). Así, a más privilegio, más miedo a perderlo y másreclamo de disciplina y seguridad frente a aquellos a los que se lesniega el acceso. El miedo, a su vez, refuerza y legitima la exclusión,y por ello se muestran y exageran sus peligros y la agresividad quegenera. Lo que lleva a un mayor reclamo de represión del Estado, porquesólo quien desarrolla la violencia es quien puede ofrecer seguridad. Eldesarrollo de ésta, además, se configura como un elemento integrador(ejercer de policía, de soldado, de carcelero, etc.), aumentando lavigilancia y la presión sobre la sociedad. El miedo, pues, contribuyeal desarrollo de la violencia de quien sustenta, precisamente, ladesigualdad e inseguridad social. Es por ello que se puede afirmar queel Estado no es sociedad , sino que más bien opera contra ella : con ladifusión del miedo y la gestión de la violencia.
3. Construyendo el Miedo: Delincuencia y Terrorismo
La dinámica de exclusiones parece crecer incesantemente a nivel globaly algo ha de asustar a los sectores más privilegiados que han visto lanecesidad de reforzar las estructuras de violencia de los Estados. Y esque los Estados más ricos y potentes, a costa del resto del mundo, hanampliado su zona de seguridad, sus ámbitos integradores, y eso comportaciertos problemas de control que obligan a una reorganización de lasestructuras de violencia para contener la exclusión que generan.
Por ese motivo, tal y como explica Wacquant, desde los EUA se han idoexpandiendo e implantando políticas inspiradas en la doctrina deTolerancia Cero, que se ha ido imponiendo a los diferentes Estadoseuropeos de la mano de socialdemócratas como Tony Blair, Schroeder,Jospin, y en el Estado español, primero por el conservador José MaríaAznar, y después por el socialdemócrata José Luis Rodríguez Zapatero,más animosamente. En Cataluña, Pasqual Maragall y Montserrat Tura sonlos grandes gurús de dicha práctica estatal.
Esta doctrina,que tiene como resultado la expansión de las estructuras violentas delEstado, las de castigo y represión, augura un mundo de "seguridadciudadana" y de "civismo" después de una lucha contra los elementossociales que lo amenazan. Evidentemente, estos dos conceptos noresponden a ningún proyecto social concreto, sino que vienen a ser dosnuevos eufemismos de las proclamas reaccionarias de Ley y Orden, esdecir, de control y represión social por parte del Estado. La doctrinacomporta la legitimación del aumento de dotaciones policiales ypenitenciarias, para mayor tranquilidad de los sectores másprivilegiados de la sociedad.
¿Pero cómo legitimar esteaumento de violencia estructurada? El Estado, para su control,amplifica su estrategia terrorífica, sobredimensionando las caras delos enemigos del orden público, de los peligros que amenazan a laseguridad ciudadana que él mismo encarna: el "delincuente" (que lecontradice en el monopolio de la Ley) y el "terrorista" (que lecuestiona especialmente el monopolio de la violencia). De hecho setrata de dos categorías construidas por el propio Estado, y en relaciónal Estado, a sus atributos y potencialidades. Delincuencia y terrorismoson, más que inevitables, una necesidad para autojustificar yautolegitimar al Estado mismo y su violencia.
Pero lapolítica represiva no siempre está bien vista. Y para que socialmentesea aceptada, para que la población tolere la presencia constante ygeneralizada de policía y de todo tipo de tecnología de vigilancia y decontrol, es preciso crear el clima necesario de opinión pública. Es porello que hay que insistir en el miedo. Y hoy las amenazas construidaspueden ser incluso de ámbito global, como es el caso del terrorismointernacional, pues éste, por sus propias características, por laignorancia y el temor que genera, es de tremenda utilidad a todoEstado. De hecho, el Estado llama terrorismo a todo aquel juego demiedos y violencia que escapa a su monopolio. Pero, a la vez, es casiuna necesidad de orden, una legitimación de la violencia propia y de sudesarrollo. De esta manera, si la amenaza no existe, se inventa o seconstruye.
En la práctica diaria es el delincuente quienentra en la lógica del miedo cotidiano. El objeto de miedo, dedesconfianza “cívica”, se ha centrado en los diferentes grupos eindividuos procedentes de otros lugares del planeta, y que pordiferentes motivos, se han establecido creando nuevas comunidades (losmovimientos migratorios). Se genera, así, una nueva necesidad decontrol sobre unos grupos que presentan estrategias de supervivenciadiferentes y que reclaman y buscan salir de la precariedad en la cualse encuentran. Sin embargo, no han sido invitados a compartir elpastel, sino para trabajarlo, especialmente, si se trata de trabajoscaracterizados por la precariedad y por los sueldos más bajos.
Las leyes de extranjería no son sino la manifestación de la voluntad decontrol y registro de estos individuos, de sus objetivos y de susacciones. ¿Estarán en consonancia con la voluntad del poder? O dicho deotra manera, ¿se identifican con el poder? Y lo que preocupa más,¿hasta cuándo? Y es que la revuelta de París de octubre-noviembre de2005 ha sido la prueba fehaciente de que en el macro-Estado europeo seavecinan tiempos difíciles para el control. La Europa de las libertadesya ha visto su primer Estado de Excepción del siglo XXI, demostrandoque la dinámica del privilegio-exclusión genera una crispación socialque sólo se combate con violencia de Estado.
Es por esto quedesde los medios de comunicación (en España desde los años 90) setrabaja el miedo a través de un racismo reciclado que, como todoracismo, sirve para justificar la estructura de privilegios y deautoridades. Así, proliferan las noticias y los hechos espectaculares,que muestran la violencia que cultiva la pobreza, la necesidad, laexclusión y la marginalidad. Se repiten sin parar noticias querelacionan delincuencia con inmigrante pobre, generalmenteextra-comunitario. Se va construyendo el objeto de terror, de miedo,sobre el cual ha recaído una aureola de profunda ignorancia ydesconocimiento, y que encuentra su materialización en los inmigrantesen situación desfavorecida. Se les relaciona cotidianamente consituaciones de ilegalidad, con actos delictivos. Aparecen en todas lasproblemáticas sociales, en todos los conflictos y violencias.
Y es que el Racismo se alimenta básicamente del desconocimiento de unosgrupos respecto a otros, del cultivo de la desconfianza y el odio, asícomo de la construcción de la amenaza a la "seguridad". Y ello conmayor insistencia desde los atentados de Madrid de 2004, donde laidentificación del inmigrante con un potencial terrorista es unacantinela mediática que no deja de generar fantasmas.
Graciasa este miedo a la delincuencia y al terrorismo, así como al racismointrínseco al puritanismo cívico, es como se consigue la parálisis delos individuos, su inacción social, para ceder la acción política enexclusiva al Estado. Un racismo que busca negar la interrelación entrelos individuos, aislando a los grupos en dinámicas socializadorasdiferenciadas y diferenciadoras. Eso sí, más ventajosas para unos quepara otros, en perfecta consonancia con los valores de competitividad,individualismo y autoritarismo que fundamentan las sociedadesoccidentales. Y es que el "puritanismo cívico" está en plena guerracontra la pobreza que la violencia del privilegio ha sembrado por todoel planeta.
4. La Medida Preventiva o la Violencia de Estado
La “seguridad ciudadana” y el “civismo” son, pues, la ilusión que dasentido a la batería de medidas preventivas articuladas por el Estadocontra la delincuencia y el terrorismo. La "prevención" a este miedoconstruido es precisamente lo que legitima el despliegue legal yrepresivo que estamos viviendo.
Para ello es precisodemostrar que el Estado es efectivo en estas luchas, en esta espiral deviolencia que su propia presencia genera. Así, muestra cómo la acciónpolicial y penal es la solución a las problemáticas que vanmanifestándose en la sociedad. La represión, como respuesta a loshechos punibles y a los “atentados” a la seguridad, tiene plenacobertura legal: una serie de leyes y normativas sancionadoras selanzan contra la sociedad para dar margen de maniobra a la acciónpolicial, a la vigilancia de todos los espacios bajo su control. Endefinitiva, una red estructurada de control sobre los individuos,expandiéndose por el cuerpo social con una dinámica propia.
La "amenaza terrorista" ha permitido legitimar la expansióncuantitativa y cualitativa de los servicios secretos de los Estados:desde los EEUU (con la Patriot Act ); pasando por Gran Bretaña (con el" Tirar a Matar "); por Francia (con las expulsiones del Ministro delInterior, Sarkozy, de los presuntos islamistas radicales en el mes deagosto, antes de la revuelta de octubre-noviembre de 2005); por Italia(las medidas antiterroristas de Giuseppe Pisanu, que otorga másmaniobra a los militares); y, finalmente, por España (la expulsión enel 2004 de más de 50.000 inmigrantes según fuentes policiales; o con elespectacular aumento del presupuesto, del margen de maniobra y de losefectivos del Centro Nacional de Inteligencia, CNI, entre otrasmedidas).
Pero es la Ley Antiterrorista la que mejor expresala utilidad del miedo, y la violencia, para el control social. Bajoella, los individuos sospechosos de terrorismo quedan totalmenteaislados en manos del Estado. Es la Ley por excelencia del Miedo y dela Violencia. Es decir, nadie, excepto los que están detrás de esasospechosa cortina legal, conoce de lo que pasa. Por sus resultados(autoinculpaciones, delaciones, lesiones, enfermedades psicológicas,ansiedades, etc.), tanto organizaciones de defensa de derechos humanos(como Amnistía Internacional), como sus propias víctimas, handenunciado prácticas de tortura. Y es precisamente lo que esta Leypermite: la impunidad del Estado ante sus propias leyes, que inclusoformalmente llegan formalmente a prohibirla. Es por ello que la mayoríade gobiernos quieren aumentar los días de aislamiento bajo esta ley, ennombre de su eterna lucha contra el terrorismo, y como máxima garantíade la seguridad prometida.
Porque estas leyes antiterroristasno dejan de ser sino nuevos eufemismos de las leyes que antañoformalizaban la tortura. Y ello lo saben perfectamente los movimientossociales: cuando se es tan “osado” de perderle el miedo al poder e,incluso, de pretender transformar la sociedad, el poder despliega todala violencia posible contra los individuos y grupos sociales que leamenazan. Es la violencia del Estado contra el individuo declarado enrebeldía, a la vez que un claro mensaje de Terror para todo su entornosocial.
En definitiva, un conjunto de "medidas preventivas"que totalizan la capacidad de los Estados para controlar todos y cadauno de los individuos que están bajo su dominio, y que encuentran,tarde o temprano, una fuente de legitimación (ya sea por accionesterroristas propiamente dichas o por las amenazas y alarmas socialesque se construyen). Sarkozy lo expresaba así: "Nuestra voluntad es,ante todo, inscribirnos en la prevención, anticipar. Para garantizar laseguridad de los franceses hay que estar avanzados, no en retraso" ( LaVanguardia , 30 de julio de 2005). Esto, a tres meses de la revueltapopular de los barrios más excluidos de la "seguridad francesa". EnEspaña, el aumento de las dotaciones del CNI no es consecuencia de losatentados de Madrid de 2004, sino que más bien éstos acabaron porlegitimar la dinámica que ya venía impulsada un año atrás, cuando nacióel CNI con una partida presupuestaria cuatro veces superior a la delanterior CESID.
Contra la otra amenaza, la delincuencia, lascifras hablan por sí solas: sólo en Barcelona se cuenta ya con unos7.000 policías, entre Mossos d'Esquadra (unos 2.500), Policía Nacional(unos 1.600) y Guardia Urbana (unos 2.500). En Cataluña se calcula queoperan unos 27.685 policías. A todo este despliegue policial, de cifrasoficiosas más o menos variables, hay que añadir los cerca de 1.200vigilantes vinculados a las 402 empresas de seguridad privadas queoperan en Cataluña. ¿Cómo justificar este despliegue? ¿Cómo legitimarla presencia de tanta población armada?
Estadísticas dedelincuencia, con cifras de todo tipo (detenciones, delitosdenunciados, etc.), muchas veces contradictorias y, evidentemente, conmúltiples lecturas, vienen a utilizarse para demostrar, supuestamente,que 1) la delincuencia no para de aumentar de la mano de la inmigración(reiteración del miedo) y 2) la necesidad policial en esta lucha(legitimación de la violencia).
Sin embargo, el efecto es másbien otro de muy diferente: es a partir de todo el despliegue policial,de toda esta violencia preventiva que viene desarrollándose, como seaumenta la presión contra la sociedad. Para ello se disponen de leyesque buscan regular cada vez más espacios de la vida social en nombredel civismo y de la seguridad ciudadana. Leyes que pretenden expulsarindividuos de la vía pública (ordenanzas municipales de Barcelona,Valencia, Alicante, etc.), que persiguen formas de subsistencia en lafrontera de la exclusión, que empujan la marginalidad hacia zonas menos“públicas”, y donde puede operar sin miradas incómodas la violenciaestructurada.
Es así como en España se ha llegado a lascifras espectaculares: es uno de los países que encabezan las cifras dedotaciones policiales y, a la vez, ocupa de los primeros puestos enEuropa en población reclusa. Los centros de detención y las cárcelesestán cada vez más llenas: la población encarcelada en España es de másde 61.000 personas, prácticamente igual que en Francia, que cuenta concasi 20 millones más de habitantes.
No obstante, laprevención contempla esta aritmética: nuevas y más sofisticadasprisiones están en proceso de construcción. En España se esperan 11nuevas instalaciones, más las cuatro que ya están en construcción,junto con 46 nuevas infraestructuras penitenciarias entre los años 2006y 2012. Eso sin contar Cataluña, la única Comunidad Autónoma del Estadoque tiene transferidas las competencias en este ámbito, y donde laGeneralitat tiene previsto construir once centros más hasta el 2010.Total: 72 nuevas instalaciones de privación de libertad en seis años.
Para legitimar todo este despliegue de encarcelamiento, se alternaninformaciones de los elevados índices de reincidencia (casi el 40% enCataluña, según estudios del propio Govern), y de la masificación quesufren los centros, que pone en entredicho tanto los derechos de losreclusos, se dice, como el mantenimiento del orden en las institucionespenitenciarias.
Pero los auténticos resultados de lasprisiones son la violencia que cultivan, con un total poder destructivodel individuo, de brutalidad extrema, como demuestran todo tipo deestudios como los del Observatori del Sistema Penal i del Drets Humansde la Universitat de Barcelona. Y es que las cárceles son el punto enque la Ley ha dejado de ser disuasoria y se presenta con toda suviolencia. ¿Qué hay más violento que encerrar a individuos durantelargos períodos de tiempo? Y es que no se puede atribuir objetivos"reinsertadores" a una institución diseñada para regular la exclusiónsocial con la violencia del encarcelamiento. ¿Cómo reinsertar, dehecho, a quién ha sido precisamente excluido?
Los resultadoshablan por sí solos en los EUA, país que cuenta con más de dos millonesde prisioneros, siendo el líder mundial indiscutible en la relación depresos por habitante. Los índices de su Tolerancia Cero no dejan lugara dudas, al igual que las cifras británicas y españolas: sólo se haconseguido aumentar la violencia que se decía combatir.
Porque el miedo se retroalimenta: casos espectaculares, de morbosidadtrágica, llenan los medios de comunicación. Expresos reincidiendo,expresos realizando actos más violentos que los que les llevaron a lacárcel. Delincuentes irrecuperables que no merecen otro espacio que losmuros de una prisión. En ningún caso se plantea cuáles han sido losefectos de la cárcel sobre estos individuos. ¿Por qué nadie se preguntasobre los 800 muertos en las cárceles en los últimos cinco años (más de1.000 en los últimos cuatro años, según Salhaketa)? ¿Por qué se haproducido un aumento espectacular de los suicidios en la prisión?
Es un miedo, pues, que se alimenta de la propia violencia. Y así, cadamiedo que se instala con éxito, supone un paso adelante del controlpolicial, de su acción vigilante hacia la sociedad. Estos efectos sepueden apreciar especialmente en Cataluña, donde este procesoterrorífico ha coincidido con el despliegue de un cuerpo policial (losMossos d'Esquadra). Un pequeño análisis de la publicidad que haacompañado al despliegue nos muestra los valores que impregnan laacción dominadora actual: "proximidad". Hacer de la policía un elementopróximo, un salvavidas. No percibirles como agentes sancionadores,controladores, vigilantes, sino como un elemento de prevención, deauxilio: una policía próxima y de ayuda. El máximo aliado y exponentede la seguridad ciudadana y del civismo para, así, poder incrustarse enel tejido social, captar información de primera mano, generar unasociedad de delación generalizada.
Pero no es nada nuevo. Hasido siempre el objetivo de todos aquellos que se han propuesto eldominio de la sociedad, y que Jeremy Bentham expresó cuando diseñaba lacárcel perfecta:
“Denunciar el mal, o sufrirlo comocómplices. ¿Qué artilugio puede eludir una ley tan inexorable? ¿Quéconspiración puede mantenerse contra ella? La crítica que, en todas lasprisiones se vincula con tanta virulencia al carácter del delator, noencontraría aquí base ninguna. Nadie tiene derecho a quejarse de lo queotro hace por su propio instinto de supervivencia. Tu me criticas mimalicia, respondería este acusador, pero qué puedo pensar de lavuestra, vosotros que sabéis perfectamente que seré castigado porvuestra culpa (…)? Así, siguiendo este plan, hay tantos compañeros,tantos inspectores; las mismas personas que hay que vigilar, se vigilanmutuamente, y contribuyen a la seguridad general” (1985: p. 144).
En definitiva, el imperio del miedo no es más que un antiguo sueño delos proyectos que aspiran a la perfección en el arte de la dominación.Una sociedad de individuos aislados, que buscan constantemente refugioen el poder, en la seguridad que les proporciona la violencia del másfuerte. Una anti-sociedad donde todo individuo es un guardián, unpolicía vigilante del vecino, con plena fe en la autoridad y en laacción del Estado. Una sociedad rota, dividida, que ve como la libertadqueda ahogada por la violencia y la exclusión que generan aquéllos queambicionan dominarla. El miedo nos está preparando para la violencia.
Jaume Balboa
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Dossier 'Leyes de excepción, represión y control sobre las poblaciones'