¿Se puede hacer algo?

¿Cuántas personas en su sano juicio pueden defender el sistema en el que vivimos? 

Ni siquiera los líderes mundiales se atreven a reivindicar abiertamente la barbarie imperante al desnudo. Su labor es la de escenificar la fe, el orden y el control sobre una lógica suicida, que se mantiene con la fuerza de las armas y de las «ilusiones necesarias». Sin embargo, todo está a la vista para el que quiera ver: un puñado de mafiosos, criminales, asesinos, ladrones y mentirosos gobiernan un mundo cada vez más caótico y degradado que nos arrastra y nos devora.

¿Hasta qué punto somos cómplices? No se puede decir que entre la «gente común» abunden los abiertos defensores de lo existente. Aunque la dominación sea en buena medida sutil, automática e inercial, también es evidente y obscena. Para que surta efecto deben fomentarse e imponerse la dependencia, la desorientación, el conformismo, la comodidad, el miedo a enfrentarse a la injusticia y sus consecuencias (represión, aislamiento social), las falsas alternativas o el egoísmo miserable del que defiende sus pequeños privilegios en medio del naufragio universal.

A pesar de todo, los amos del mundo son conscientes de que el caos se va a ir extendiendo de diversas formas (catástrofes, lucha por los recursos, guerras, estallidos sociales, miseria, ingobernabilidad,…) Esto, que ya es evidente en el llamado Tercer Mundo resulta una amenaza para la «seguridad» y el «bienestar» (el modo de vida) de los países «desarrollados». Ante la perspectiva de una crisis que parece haber llegado para quedarse, de una conjunción de incertidumbres y amenazas entre planificadas e imprevisibles, el poder trata de afianzar el teatro de la gobernabilidad, del sistema sin repuesto que se salvará si todos tiramos la botella en el contenedor verde y, sobre todo, si obedecemos. Pero el capitalismo, aunque «reformable» e incluso «refundable» sólo se mantendrá buscando su propia ruina. Mientras tanto, seguirán el saqueo, la destrucción y la muerte. También las resistencias.

Gobernar el caos y reconducirlo, modelar, descomponer y someter a las poblaciones, administrar la muerte a escala global y aplastar la protesta son los auténticos objetivos del milenio. El reforzamiento del aparato militar y del estado policial a escala planetaria son las respuestas preventivas ante lo que vendrá. La excusa, el terrorismo. Y de poco sirve saber y decir lo evidente: que ellos son los mayores terroristas y que, en el peor de los casos, los «otros» son simples aprendices.

¿Qué hacer?

Históricamente ya se ha probado casi todo: lo individual y lo colectivo, la rebelión o el asalto a la fábrica, pasando por la no-violencia y la desobediencia civil, la acción directa, la revolución interior, la revolución social o la toma del poder. El Sistema ha permanecido y ha sabido evolucionar y fortalecerse. Ello no ha impedido que la necesidad ética y vital de resistir y luchar, de responder a la opresión, de reafirmar que no estamos completamente muertos haya permanecido como una de las razones de que aún se pueda hablar de dignidad humana.

Si no nos dejamos seducir por las apariencias y desacreditamos la idea de que el Sistema se puede cambiar desde dentro, de que el Estado y sus instituciones puedan ser distintos a lo que son, sólo queda la maquinaria de los intereses creados y el autoengaño. Fuera de esto las formas de enfrentamiento han sido diversas. El conflicto armado ha llevado a menudo a la estigmatización terrorista, a la criminalización y al aislamiento, dentro de un marco de represión cada vez más estrecho y con costos personales muy grandes. Muchas iniciativas pacíficas y bienintencionadas han mostrado pronto sus límites y han sido recuperadas, institucionalizadas y rentabilizadas dentro de la lógica del mercado. Otras han caído en el terreno de lo espectacular, lo simbólico o lo testimonial. Todo ha dejado su huella, ha abierto y cerrado puertas y ha engrosado el caudal de la experiencia, la renovación y la repetición.

Lo colectivo sigue siendo, a pesar de todo, una poderosa fuente de aprendizaje en un medio cada vez más fragmentado y atomizado. También lo individual como fuerza primera y voluntad de vivir. El enfrentamiento, la visibilidad de la lucha, la radicalidad, el ejemplo, la autenticidad, la fusión de medios y fines, la ética y la necesidad inmediata forman una complejidad que no es ajena a las contradicciones, a las interpretaciones y al peso adverso de la maquinaria que se quiere sabotear. En cualquier caso, las luchas que permanecen son las que se interrogan a sí mismas, las que despliegan hondo sus raíces, las que crean verdadera ilusión y esperanza, las que nos transforman sin retroceso, las que nos hacen «utópicos» y nos dan fuerza para vivir y pelear en medio de la mediocridad, la resignación y la apatía. No es fácil, pero es imprescindible.

Extraído de la revista Ekintza Zuzena nº36

fuente: www.nodo50.org/ekintza

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