El problema de acumular conocimiento y no practicarlo

Si no practicamos y vivimos el conocimiento que tenemos, entonces realmente no podemos decir que sabemos. Y esto es lo que nos sucede actualmente, en una era prácticamente de ignorancia y disociación entre el conocimiento y lo que hacemos con ese conocimiento.

Por Alejandro Martinez Gallardo
PijamaSurf
08/01/2016

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La lluvia y el rinoceronte

Déjenme decir esto antes de que la lluvia se vuelva un servicio público que ellos puedan planificar y distribuir por dinero. Con «ellos» me refiero a los incapaces de entender que la lluvia es un festival, gente que no aprecia su gratuidad, pensando que lo que no tiene precio carece de valor y que lo que no puede venderse no es real, de tal modo que para que algo sea verdadero resulta preciso colocarlo en el mercado. Vendrá un tiempo en el cual te venderán hasta tu propia lluvia. Por el momento es gratis todavía, y estoy en ella. Celebro su gratuidad, y su carencia de significado.

Por Thomas Merton*

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«Quien sea capaz de pensar o sentir diferente se dirige por su propio gusto al manicomio.»

Por Friedrich Nietzsche

“Se trabaja porque el trabajo es una distracción. Pero hay que tener cuidado de que el trabajo no cause daño. La gente ya no se vuelve ni pobre ni rica, ambas situaciones son demasiado penosas. ¿Quién desea aun gobernar? ¿Quién desea aun obedecer? Ambas situaciones son demasiado penosas. ¡Ningún pastor y un solo rebaño! Porque todos quieren lo mismo, todos son iguales, quien sea capaz de pensar o sentir diferente se dirige por su propio gusto al manicomio. ‘En otra época todo el mundo estaba loco’, dicen los mas sutiles guiñando los ojos. Hoy la gente es inteligente y tiene conciencia de todo lo que ha ocurrido, por eso no termina nunca de burlarse. Continúa peleándose, pero rápidamente hace las paces, pues podría alterar la digestión. Tiene su pequeño placer tanto para el día como para la noche, pero igualmente aprecia la salud.

“‘Los que hemos inventado la felicidad somos nosotros’, dicen los últimos hombres, guiñando los parpados.”

Del libro Así Hablaba Zaratustra, 1885

fuente http://pacatelas.tumblr.com/post/8192457414/se-trabaja-por-que-el-trabajo-es-una-distraccion

Un hombre le pregunta a una mujer…

En una conversación, un hombre le hace a una mujer la siguiente pregunta:

– ¿Qué tipo de hombre estás buscando?

Ella se queda un momento callada, y luego le preguntó:

– ¿En verdad quieres saber?

– Sí, respondió él.

Ella empezó a decir:

– Siendo mujer de esta época, estoy en una posición de pedirle a un hombre lo que yo no podría hacer sola.

Tengo un trabajo y pago todas mis facturas.

Me encargo de mi casa sin la ayuda de un hombre, porque soy económicamente independiente y responsable de mi administración financiera.

Mi rol ya no es el de ama de casa dependiente de un hombre.

Más bien, yo estoy en la posición de preguntarle a cualquier hombre,

¿qué es lo que puedes aportar en mi vida?

El hombre se le quedó viendo. Claramente pensó que ella se estaba refiriendo al dinero.

Ella sabiendo lo que él estaba pensando, dijo:

– No me estoy refiriendo al dinero. Yo necesito algo más.

Necesito un hombre que luche por la perfección en todos los aspectos de la vida.

Él cruzó los brazos, se recargó sobre la silla y mirándola le pidió que le explicara ese detalle.

Ella dijo:

Yo busco a alguien que luche por la perfección mental, porque necesito con quién conversar, no necesito a alguien mentalmente simple.

Un hombre que luche por la perfección financiera, porque, aunque no necesito ayuda económica, preciso de alguien con quien coordinar los dineros que entren en nuestras vidas.

Yo busco un hombre que luche por su individualidad, que tenga la libertad para salir a volar y regresar responsablemente a su nido, porque enriqueciéndose a sí mismo tendrá algo maravilloso que regalarme cada día.

Un hombre suficientemente sensible para que comprenda los momentos que yo paso en la vida como mujer, pero suficientemente fuerte para darme ánimos y no dejarme caer.

Estoy buscando a alguien a quien yo pueda respetar, partiendo del respeto que él mismo se gane con el trato, el amor y la admiración que me dé.

La mujer debe ser compañera del hombre, ni menos ni más… Para que juntos forjen una vida en donde la convivencia los lleve a la felicidad.

Cuando ella terminó de hablar lo vio a los ojos, él se veía muy confundido y con interrogantes.

– Estás pidiendo mucho, le dijo él.

Ella le contestó: «Yo valgo mucho».

El camino con corazón

Por Carlos Castaneda

«… Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino. Si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice.

Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. (…) Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario.
Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta: ¿Tiene corazón este camino?

Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Todos los caminos son lo mismo, no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no…» Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.»

El problema es que nadie se hace la pregunta, y cuando por fin se da cuenta de que ha tomado un camino sin corazón, el camino está ya a punto de matarlo. Un camino sin corazón nunca se puede disfrutar. Hay que trabajar duro tan sólo para tomarlo. En ese punto pocas personas pueden parar a pensar y dejar el camino…
En cambio, un camino con corazón es fácil: no te hace trabajar por tomarle gusto. Para mí existe solamente el viajar por caminos con corazón, en cualquier camino que pueda tener corazón. Por ahí viajo, y el único desafío que vale la pena es atravesarlo en toda su longitud. Y por ahí viajo, buscando, buscando, sin aliento».

Carlos Castaneda, Las enseñanzas de don Juan (1968), ed. Fondo de Cultura Económica, Bs. As.

fuente http://ladanzadehecate.blogspot.com.es

Terapia con psicodélicos podría cambiar la forma en que morimos

El instante eterno que une el fin de la vida al inicio de la muerte: un vórtice de ansiedad y terror que generaciones futuras podrían suavizar mediante psicodélicos.
 
El miedo a la muerte es probablemente el enfrentamiento más imponente del hombre, una lucha introspectiva con la consciencia que nos hace dar cuenta lo finito e ignorante que es el ser frente a la naturaleza. Es justamente en el lecho de muerte cuando nuestra capacidad reflexiva se activa en su totalidad, ocasionando que síntomas como la ansiedad y la depresión se apoderen de la salud física y mental que queda por consumirse, y de los últimos momentos de felicidad y bienestar que pudieran disfrutarse con los cercanos.  Decía Terence Mckenna que el propósito de la vida es familiarizarse con el cuerpo, para que así el acto de morir no cree confusión en la psique y reconozcamos lo extraño como propio. Es precisamente el temor al desconocimiento lo que engendra que una enfermedad física terminal se convierta, también, en un problema de salud espiritual.
 
Hay quienes apuntan que el uso terapéutico con psicodélicos, -o lo que Mckenna llamaba “etnofarmacología de la transformación de la consciencia”- es la sanación más congruente de un futuro cercano, pues lejos de la doxa superficial que generaliza llamándolos drogas, existe un vínculo químico que de alguna manera conecta a sus partículas activas con las redes neuronales humanas, un intercambio energético entre natura-hombre que no ha pasado desapercibido en ninguna persona que los ha consumido. Quizás cabe recordar cuando el lúcido escritor Aldous Huxley eligió viajar en LSD para recibir la muerte cabalgando en un fractal y sensibilizarnos a la posibilidad de que los psicodélicos poseen un papel fundamental en la consciencia humana.
 
El más reciente estudio de MAPS (Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies), aprobado por la FDA, revela una grandiosa oportunidad de morir equilibradamente en una cálida templanza a base de terapia asistida con MDMA. El estudio muestra el caso de Mara Howell, paciente de 33 años que murió de cáncer, luego de haberse postrado en los pilares de la depresión, hundida todavía más en su dolor físico que ni opiáceos, metadona o bombas intratecales podían controlar.
 
Marilyn Howell, madre de la paciente, describe en su libro cómo el dolor de Mara no parecía ser derivado exclusivamente de problemas físicos: Por mucho coraje que Mara tenía, las olas de la enfermedad que se apoderaron de ella eran implacables. El ejercicio no la hacía más fuerte y un antidepresivo no la hacía más feliz.
 
Después de agotar todas las opciones legales imaginables, Marilyn -junto con el trabajador de cuidados paliativos de Mara, Joyce Vassallo-, comenzaron a buscar alternativas inusuales para aliviar su sufrimiento. La respuesta la encontraron en un estudio de psicoterapia realizado en el hospital McLean, consistente en sesiones supervisadas cuidadosamente bajo la influencia del MDMA, LSD y la Psilocibina. Marilyn estaba enterada ya sobre la posibilidad de los psicodélicos para aliviar traumas psicológicos, luego de haber leído The Doors of Perception de A. Huxley, donde relata sus minuciosos estudios con mezcalina y LSD, por lo que aceptó probar la terapia en su hija, dando resultados asombrosos de mejora: Los tratamientos aliviaron su dolor, y Mara fue capaz de levantarse de la cama para salir a caminar a un parque cercano en sus últimos días, además de que los psicodélicos también le ayudaron a alcanzar un profundo sentido de la aceptación de su muerte inminente.
 
Vassallo afirmaba que antes de probar con psicodélicos Mara sólo hablaba de dolor, un dolor incontrolable que no se posaba en la consciencia sino a nivel inconsciente; el hecho de pensar solamente en el dolor, y en la idea de que era una joven de 33 años que estaba a punto de morir. Pero la terapia psicodélica asistida parecía mostrarle a Mara la realidad de la situación encontrando un sentido de templanza y claridad espiritual. Murió sin dolor pocos días después de dichas terapias, según su madre, quién le leyó, en su lecho de muerte, This Timeless Moment, A Personal View of Aldous Huxley.
 
Este mismo estudio patrocinado por MAPS y dirigido por el psiquiatra suizo Peter Gasser dio seguimiento a 12 personas más que estaban en proceso de llegar a la muerte, asistiendo a sesiones de psicoterapia con LSD controlado. Un participante austríaco describió la experiencia de la siguiente manera:
 
“Mi experiencia con el LSD trajo algunas emociones perdidas y gran capacidad de confianza, un montón de conocimientos psicológicos y momentos atemporales de cuando el Universo no parecía una trampa sino una revelación de la belleza absoluta.”
 
Hasta la fecha, los estudios clínicos que buscan, específicamente, la terapia con psicodélicos para cambiar la manera en que morimos son limitados, pero aún podemos tener esperanzas en los pocos investigadores decididos a profundizar en las potencialidades de estas sustancias. Probablemente si la terapia psicodélica asistida fuese legal, tendrían algún sentido revitalizante los cuidados hospitalarios antes de la muerte, que si bien raras veces ayudan al entendimiento de la situación sin someter al paciente a una crisis espiritual, podrían ser de gran utilidad para afrontar la muerte material y familiarizarnos con ese momento sublime que nos obliga a entender lo desconocido, que nos obliga a entender, como decía Blake, que la vida se nutre de la muerte.

Pijamasurf
7-12-2014
 
fuente http://pijamasurf.com/2014/12/terapia-con-psicodelicos-podria-cambiar-la-forma-en-que-morimos/

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La experiencia mística

Hace aproximadamente veinte años, en mi trabajo como especialista en el tratamiento de desórdenes adictivos, descubrí el uso terapéutico de la ayahuasca en el Amazonas. El brebaje que utilizan esas tribus indígenas ha probado ser un remedio efectivo para el tratamiento de las adicciones y enfermedades mentales de pacientes occidentales.

La ingesta de ayahuasca hace que el paciente se enfrente a una serie de visiones y alucinaciones de carácter traumático que desatan miedos profundamente arraigados. Volver a vivir una de estas experiencias a través de la ayahuasca los lleva a la resolución o disolución de los conflictos. Los pacientes viven además una experiencia mística radical que les ayuda a construir conexiones profundas y de seguridad. Aunque el uso de plantas alucinógenas ha sido muy criticado en la medicina occidental, los estados de alteración de la consciencia y las experiencias místicas son fenómenos conocidos por todas las culturas.

Estas experiencias son estados que trascienden la consciencia cotidiana y permiten una visión especial, intuitiva y difícil de explicar sobre la naturaleza de la realidad, una especie de constatación que desplaza la consciencia de un nivel subjetivo/relativo a un nivel objetivo/absoluto. Sorprendentemente, esta constatación a nivel objetivo/absoluto es casi idéntica en todas las culturas. Según Ben Kilwer (filósofo de la cultura, phD CPH), esta estado particular de la existencia puede estar estructurado en tres categorías.

1. Experiencias sutiles

Existe experiencias sutiles de imágenes y sensaciones delicadas que surgen cuando los contenidos mentales llamados ‘fuertes’ o ‘duros’ son silenciados. Estas experiencias pueden tener una apariencia amorfa, como también adoptar formas bien definidas.

2. Experiencias causales

Con la experiencia causal, el alcance de la consciencia está libre de todo objeto. Aquí, sólo se mantiene la consciencia propiamente dicha, no como consciencia de alguna cosa, sino como consciencia pura e indisoluble, parecida a ese espacio que no se manifiesta, que no contiene fenómenos.

3. Experiencias absolutas

La experiencia absoluta no es ningún tipo de esta avanzado, sino la conditio sine qua non de todo fenómeno. En este caso, la mente reconoce todos los fenómenos que aparecen como meras creaciones suyas. A este nivel, se reconoce que la consciencia impregna todos los otros niveles, se manifiesta en ellos y, en realidad, es idéntica a ellos.

Si la experiencia mística se tuviera que emplear psicológicamente, tendríamos que admitir que el origen de este tipo de alteración de la consciencia está en medio del cerebro, en la llamada glándula pineal. La glándula pineal es un pequeño órgano en forma de cono y del tamaño de un grano de arroz que, en medio de la bilateralidad de nuestro cerebro, es el único órgano singular. Una de sus labores es la de convertir la serotonina producida durante el día en melatonina durante la noche y coordinar así los ritmos entre el sueño y la vigilia. Además, produce la dimetiltriptamina (DMT). Esta triptamina alcaloide, principal ingrediente activo de la ayahuasca, se puede encontrar en pequeñas cantidades en casi todos los organismos vivos. La glándula pineal segrega dimetiltriptamina durante toda experiencia místico-espiritual, así como también durante la experiencia del nacimiento y la muerte.

Muchas prácticas espirituales desarrollan métodos para activar esta glándula, que ya el mismo René Descartes describía como el ‘asiento del alma’. Con la ingesta de plantas alucinógenas, los chamanes de Sudamérica y África aumentan los niveles de DMT en el cuerpo de manera externa. Los yoguis de la India practican la ‘meditación del tercer ojo’ y la técnica de ‘mirar al solo’, mientras otras religiones practican el aislamiento en estancias oscuras para ayudar al cuerpo, a escala bioquímica, a producir DMT por sí mismo. Es muy probable que las experiencias místicas y de la alteración de la consciencia hayan facilitado el desarrollo de la consciencia humana propiamente dicha.

Los científicos asumen que el hombre primitivo sólo pudo desarrollar consciencia de sí mismo al ingerir plantas con ingredientes psicoactivas, al principio de manera accidental y más tarde de manera voluntaria. Inicialmente, su limitada percepción quedó alterada por la ingesta de estas plantas y fue así como adquirió la habilidad del auto-conocimiento.

Aunque las experiencias místicas parecen estar lejos de la experiencia cotidiana del hombre occidental, todas las culturas del mundo conocen lo que son los estados de alteración de la consciencia y los experimentan de manera regular. Más allá de nuestro estado de vigilia, conocemos también los cambios de consciencia que se producen mientras dormimos y soñamos. Muchos de nosotros también hemos vivido los cambios mentales que se producen durante períodos de fatiga o en situaciones de gran estrés. Hoy en día, una gran cantidad de personas practican yoga y meditación, y todos hemos vivido el nacimiento y tendremos que vivir la experiencia de la muerte algún día.

Aunque nos parece fácil entender el hecho que nuestra consciencia normal sea capaz de inventarse historias, construir aviones y dirigir guerras, somos, al contrario, incapaces de penetrar universalmente las correlaciones existenciales de la vida, el nacimiento y la muerte.

En mi trabajo de doctor, he aprendido que la falta de conocimiento sobre nuestra existencia nos lleva al miedo que es la condición básica de todo trastorno adictivo. El placer siempre nos viene dado por alguna cosa fuera de nosotros, mientras la alegría surge de dentro. La enfermedad y la adicción son productos de la falta de conexión, de unidad y pertenencia. Sólo la experiencia mística de la unidad puede llevarnos a la curación.

Reconocer la propia enfermedad mental es, sin lugar a dudas, el inicio de la recuperación de la cordura, el principio de la sanación y la trascendencia. Pronto, todo el mundo deberá reconocer, si todavía no lo ha hecho, que la humanidad se enfrenta a una elección muy importante: evolucionar o morir.

Gad Lund-Meyer*

Deseo agradecer personalmente su ayuda y sus consejos al doctor Gad Lund-Meyerscheen, a Nath Lea Trishnamtrah y al profesor Loz Merlo.

* Gad Lund-Meyer es especialista en investigación y tratamiento de desórdenes de adicción y dependencia en el Bethlem Royal Hospital (Maudsley Foundation TRust) de LOndres. Actualmente, dirige la Unidad de Desórdenes de Adicción y Dependencia y es profesor del Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres.

Revista El Estado Mental nº4, septiembre de 2014 http://www.elestadomental.com

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Pequeño libro de la verdad & pequeño libro de la sabiduría eterna

Care Stie Totul fue un místico rumano nacido en Atlántida, a la orilla del lago Tal’antys, en la región de Moldavia. El año de su nacimiento es dudoso, pero debió de ser ente 1295 y 1297, en todo caso alrededor de 1300. No hay duda sobre el día de su nacimiento: el 21 de marzo. También se lo conoce como Alltid’alla (Siempre en castellano), nombre con el que firmó algunos de sus escritos. Murió en Ulmu Mic el 25 de enero de 1366. Stie Totul escribió la historia de su vida interior (conocido generalmente como el Pequeño libro de la verdad) y hizo una revisión del Pequeño libro de la sabiduría eterna (Cartea înțelepciunii eterne). En algún momento de sus últimos años, hacia 1361–63, publicó esos trabajos junto con once de sus cartas. La colección de dibujos que reproducimos son ilustraciones originales aparecidas en esas publicaciones.

Uno de los principios más importantes de su práctica es «morir antes de morir». Para poder conseguirlo, se debe combatir el impulso del «alma inferior», el «ego tiránico» (an-nafs al- ammara), hasta transformarlo en una característica positiva. De esa forma se superan los diferentes estadios hasta llegar al más elevado de todos: el «alma pura» (an-nafs al-safiya).

El misticismo (1), tal como lo entendía Stie Totul, significa no poseer nada y no ser poseído por nada. Otro aspecto muy importante de sus enseñanzas es que la verdad no puede ser aprehendida intelectualmente. En todo caso, ha de ser vivida. En el libro Philosophia Perennis de Maren Mietshliebeskind, se recogen los principios del pensamiento de Stie Totul según el siguiente esquema:

No obedezcas órdenes de nadie, salvo que provengan también de tu interior
No hay más Dios que la misma vida
La verdad está dentro de ti, no la busques fuera
El amor es oración
Llegar a no ser nada es la puerta a la verdad
La vida es el aquí y el ahora
Vive plenamente despierto
No nades, flota
Morir a cada momento para poder ser nuevo cada momento
Lo que es, es. Detente y mira

Axis mundi

Atlántyda (Moldavia) es el lugar de nacimiento más probable de Stie Totul. A unos doce kilómetros se extiende el valle de Tsunk, donde crece uno de los árboles más viejos del mundo, el Sarver -e Abarkuh (Pinus longaeva). Ya durante la infancia de Totul, dicho árbol era objeto de culto como axis mundi sagrado (o como eje cósmico, eje del mundo, pilar del mundo, columna cerului, centro del mundo, árbol del mundo). Aún hoy este árbol sigue representando la conexión entre el Cielo y la Tierra. Los árboles reúnen tres niveles: el cielo (ramas), la tierra (tronco) y el mundo subterráneo (raíces). En este sentido, hacen de puente entre estos los mundos y su imagen especular hace dudar sobre los principios de la gravedad; la habitual percepción de lo que está arriba o abajo queda cuestionada. Se cree que Totul tuvo sus primeras visiones a la edad de cuatro años, sentado bajo este árbol, aunque en sus posteriores enseñanzas siempre insistió en que el centro del mundo es el lugar que uno ocupa en cada momento. Con esta afirmación intentaba neutralizar la tendencia generalizada a adorar lugares y objetos en vez de la vida en sí misma.

El viaje astral

Astrální Cestováni es el viaje que hace el cuerpo astral (un cuerpo intermedio, hecho de luz, que vincula el alma con el cuerpo físico). En dicho viaje, el cuerpo astral abandona el físico para trasladarse al plano astral, que es un mundo intermedio entre el Cielo y la Tierra, hecho de las esferas de los planetas y las estrellas. El viaje se puede emprender de manera voluntaria, pero también por casualidad. Suele ocurrir al principio del sueño, sin legar a perder la consciencia, o al despertarse mental pero no físicamente. También puede alcanzarse mediante la práctica del sueño lúcido. Ya durante su infancia Stie Totul tuvo experiencias extracorporales involuntarias seguidas de viajes astrales que, como cuenta en sus diarios, lo aterrorizaban, pues las consideraba síntomas de locura inminente. Un día se lo confió a Hlavní Most, su profesor de filosofía, que con  el tiempo se convertiría en su guía espiritual. Most le explic que esas experiencias, si se utilizaban correctamente, eran en realidad un don extraordinario.

Taguna

A los 16 años Stie Totul decidió abandonar la casa de sus padres para trasladarse a una cueva en la falda del monte Rrszck. Durante los siguientes diez años, esa cueva fue su hogar. El interior era muy austero. Dormía en el suelo, y una fogata le daba calor y por la noche mantenía a raya a los lobos. En una de las paredes de la cueva había un nicho que le servía de altar. Lo llamaba Taguna. Durante muchas horas, a diario, Taguna era el centro de sus meditaciones. ‘Ta’ representa los atributos relacionados con los reinos más oscuros e ignotos dela vida. ‘Guna’ se refiere a la suprema energía de la disolución. Tanto la psicología como la ciencia afirman que sólo un pequeño porcentaje del Universo es consciente. Esos reinos desconocidos contienen todos los misterios de la vida. Ya que el conocimiento del hombre acerca de la vida es muy limitado, y para él está envuelto en tinieblas, se le representa con el color negro, que se asocia a ‘Ta’. ‘Ta’ es la fuente esencial de todo lo que es místico y desconocido para el hombre. Por otro lado, ‘Guna’ es la energía necesaria para trascender la materia y la muerte misma.

Chlupaté Srdce

En varios de sus cuadernos personales Totul menciona a su madre, Karina Totul Srdce.

(…) Todo parecía ajeno a ella, (…) en su rostro podía ver sentimientos insostenibles que le aparecían y luego desaparecían sin dejar ninguna marca en su conducta o en su alma (…)

Desde una perspectiva psicológica contemporánea, la madre de Totul podría haber sufrido de alexitimia, un trastorno dimensional de la personalidad que varía de gravedad de una persona a otra. La lexitimia se caracteriza por la dificultar en identificar y distinguir las emociones y las sensaciones física que acompañan a las mismas. Las persona que la padecen tienen dificultades en describir sus emociones a otras personas debido a una constricción de los procesos imaginativos, lo que se manifiesta en una pobre imaginación. Además, aquellos que sufren de alexitimia relatan sueños muy lógicos y realistas, como por ejemplo que van a comprar algo o que están comiendo. No hay duda de que a Stie Totul debió afectarle el ser criado por una madre incapaz de sentir o expresar emociones de ninguna clase. Totul confeccionó este ex voto en su juventud. Se cree que Karina Totul Srdce se curó después.

El diente de Cer

La palabra ‘Cer’ proviene del Bolgato rumano (una extensa compilación de folclore y mitos rumanos, que data del siglo IV a.C.) Significa paraíso, cielo, portador de la madrugada o, si se usa como adjetivo, el que trae la luz). Cer es un personaje embaucador, y como en muchas tradiciones vernáculas, los payasos y los embaucadores eran esenciales para establecer el contacto con lo sagrado. La gente no podía ponerse a rezar antes de que aquéllos hubiesen reído, pues la risa nos abre y nos libera de los rígidos prejuicios. Las ceremonias más sagradas de los humanos debían contar con los bufones, por el temor a olvidar que lo sagrado viene del descontento, de la subversión y de la sorpresa. En casi todas las tradiciones vernáculas, el bufón es esencial para la creación y el nacimiento.

Es probable que StieTotul, al hacer su escultura de miga de pan El Diente de Cer, recibiera la influencia del mito rumano de Miorita, en el que la bella Madre de la Tierra se harta de Cer, que la desea eternamente. En un ataque de ira lo golpea en la cara con un árbol, con lo que Cer pierde todos los dientes. Más tarde, al ver su sonrisa desdentada, se apiada de él y le concede una dentadura hecha de pan.

No digas lo que piensas

Aparte de ser un dibujante muy versátil, Stie Totul confeccionó a lo largo de su vida gran cantidad de pequeños objetos, de los cuales sólo unos pocos han llegado hasta nosotros. En el capítulo 9 de su Pequeño libro de la sabiduría eterna (‘El Mal pesa el 61%, el Bien el 26%, el resto es Atrofia’?, compuesto por nueve cartas a Mala Kin Jov (un compañero místico de Mesopotamia), explica las visiones que tuvo durante los años que vivió como ermitaño en Sibiu, Transilvania. Hay dos objetos que datan de este período.

Extracto de su tercera carta a Jov:

(…) y oí a mi voz decir: no digas lo que piensas, pues tus pensamientos son vanos si no han viajado a través de tu corazón. Si no has sentido ni experimentado algo, no puedes entenderlo, y en consecuencia no puedes hablar de ello. Así que permanece en silencio. Por sí mismos, los pensamiento están vacíos y carecen de rumbo, a menos que se nutran de la compasión genuina.  Convencer y persuadir con la inteligencia y el ingenio no te harán subir una montaña: te quedarás a sus pies entreteniendo a la muchedumbre. ¡Aspira a la confusión en lugar de una claridad falsamente cegadora! Déjame oír la silenciosa verdad que se eleva de tu interior, abandona una a una esas palabras en tu camino a la superficie, a la luz. ¡Toma un soplo de aire fresco, sin palabras! (…)

Extracto del Pequeño libro de la sabiduría eterna (cartea intelepciunii eterne)

(…) llamo Turiya a la experiencia de la conciencia pura. Es lo que sostiene y trasciende los tres estados generales de la conciencia: la vigilia, el sueño y el sueño sin sueños. Muchos de vosotros sos sólo parcialmente conscientes debido al carácter de vuestra mente poco ejercitada y la influencia de los impulsos y las preocupaciones mundanas. Para lo real permanecéis dormidos, incluso cuando estáis inmersos en la labor cotidiana. (…) En el estado de Turiya, viviréis la realidad extrema, el estado de la visión total, una conciencia en la cual la atención mejora, se refina y acera; un estado en el que trascienden aspectos de la mente como el pensamiento y la percepción. Es un nivel de consciencia más alto que el ordinario, puesto que se alcanza una mayor conciencia de la realidad. (…)

Cielo de piedra

El cielo de piedra es probablemente el documento escrito más antiguo en el que se habla de la importancia religiosa de la piedra como tal. En proto-rumano (o româna comunä, rumano antiguo o straromâna) las palabras para ‘cielo’ y ‘piedra’ son idénticas: ‘asman’. Tanto los lingüistas como los historiadores consideran que hace 8.500 años Rumanía era el centro de la vieja civilización europea, una afirmación respaldada por recientes hallazgos arqueológicos en Tartaria (Rumanía). Entre otras cosas se encontraron tablillas escritas (más antiguas que las sumerias), que al ser descifradas revelaron esta visión del mundo: ‘el mundo habitado por los humanos es una enorme cueva dentro de un cielo de piedra’, una concepción probablemente alentada por el descubrimiento de meteoritos. Stie Totul reinterpretó hábilmente en sus escritos esta idea común. Reforzó el significado simbólico de las piedras, representando en ellas en no ser que puede asimilarse a la eternidad. Declaró que las piedras, de cualquier forma y tamaño, son la prueba del cielo en la tierra. En último término, esta idea está ligada a la ‘unidad’ del aquí y el ahora’ y el ‘más allá’.

Dios

Extracto del capítulo 5.1 Indiferencia material (Del pequeño libro de la Sabiduría)

(…) Dios es una esfera inteligente cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. (…) El universo se ha construido a partir de ella. (…) Al estudiar Júpiter, la estrella de madera, encontré que tenía un compañero secreto (…) Júpites y su compañero secreto, que gira en torno a su hemisferio interno, son una unión sin igual en la Vía Láctea. El pequeño compañero, el Xx4-‘cc, es en realidad un fragmento de luna (su segunda luna a la izquierda, Kartofolie) que se desprendió en el impacto de un meteorito sobre la superficie de Júpite. Curiosamente, dicho fragmento de luna permanece siempre en la misma posición y distancia, en un punto ciego (nornoroeste 7/5,2 cel). Su forma y consistencia son muy parecidas a las de la patata (…)

Nambia supernova

La Santa Nambia Supernova (-1320-1354 Bielorrusia() y Stie Totul se conocieron durante su peregrinación a Homyel. La naturaleza curiosa de Supernova y sus conocimientos de la Vía Láctea fascinaron a Totul, t forjaron una amistad que duró toda la vida. Nambia Supernova descubrió el fenómeno que se da durante la muerte de una estrella. Hasta 1940 no recibió el crédito que merecía por parte de la Unión Católica de la NASA, que nombró en su honor dicho fenémno: Supernova (plural: Supernovae). La Supernova es el proceso de rápida fulgencia con el que las estrellas llegan al final de su existencia. Este proceso de muerte estelar provoca un estallido de radiación que pueda llegar a eclipsar a una galaxia entera con una energía equivalente a la emitida por el Sol en toda su existencia. Con mucho esfuerzo, Nambia Supernova consiguió reunir restos de partículas de uno de estos estallidos estelares en una tela tejida para el caso. Las partículas de polvo estelar se han fusionado con el tejido, formando con el tiempo una superficie casi petrificada. Esta tela de polvo estelar está alojada en la Capilla Real de la Catedral de San Juan Bautista (Sudario de Oviedo).

Care Stie Totul. Transformare relicva (reliquia transformadora)

En casos excpecionales las reliquias corporales atraviesan un proceso de trasnformación especial llamado Patrâvoin â. En dicho proceso los restos del cuerpo (pelo, huesos, etc.) se convierten, a lo largo de un período de siete días, en piedra. Las reliquias se transforman en una gran variedad de tipos y formas de piedras. Los estadios de un proceso de Transformare relicvâ Piatrâvoin ä quedan indicados a continuación:

1. Hueso natural
2. Reliquia derivada de hueso natural
3. Aumento de tamaños
4. La transformación se completa

Muy a menudo, las mismas Transformare relicvâ pueden provocar maravillas como el aumento o diminución de sus tamaños; pueden llegar a ser ligeraes, brillar en la oscuridad, volar por su contenedor en todas direcciones, y transformarse en varias formas. En el caso de las reliquias de Stie Totul, su maravillosa transformación se produjo un año después de su muerte.

«Con el tiempo, la madera, el hombre y los océanos devienen vaivén.» Care Stie Totul

El tiempo no existe

La afirmación de que ‘el tiempo no existe’ a punto estuvo de costarle la vida a Stie Totul. A este tema le dedicó tres capítulos de su Pequeño libro de la sabiduría eterna (Cartea int,elepciunii eterne) (Capítulo 12: Eternidad) y también muchas conferencias. En una de esas ocasiones fue detenido por las autoridades locales, acusado de blasfemia y sedición. Escapó por los pelos de la pena de muerte, pero fue expulsado del país para siempre.

Extracto del Capítulo 12, Simultaneidad:

(…) Vuestra percepción de la naturaleza es errónea. El tiempo, tal como lo vivís, es una ilusión creada por vuestros sentidos, que os obligan a percibir las secuencias de los hechos en orden cronológico. Esa no es la esencia verdadera de las secuencias de los hechos. Vuestros sentidos solamente pueden percibir la realidad en pequeños pedazos, y os parece como si solamente hubiera existido un momento y después se hubiera agotado para siempre: entonces otro momento se presenta para desaparecer como lo hizo el anterior. No obstante, todo en este universo existe simultáneamente. Las primeras palabras que nunca fueron pronunciadas aún resuenan por el universo.

El Estado Mental

notas:  
1) El misticismo (del griego: υστικός, mystikós, misterioso) busca la comunión y la identificación, o la conciencia de una realidad final, de una divinidad, verdad espiritual o Dios, a través de una experiencia directa, de la intuición, el instinto y la lucidez. El misticismo normalmente desarrolla prácticas dirigidas a alimentar su experiencia. Fundamentalmente, muchos místicos creen que la verdad se puede encontrar en cualquier religión, y que todas las religiones, en esencia, son iguales. Por tanto, el misticismo no está ligado a ninguna religión y camina separado y libre de ellas.

Revista El Estado Mental nº4, septiembre de 2014 http://www.elestadomental.com

Entrevista a un tuareg: «Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo.»

Entrevista realizada a Moussa Ag Assarid.

Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles…

– ¡Qué turbante tan hermoso…!

– Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

– Es de un azul bellísimo…

– A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…

– ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

– Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

– ¿Por qué?

– Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

– ¿Quiénes son los tuareg?

– Tuareg significa «abandonados», porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: «Señores del Desierto», nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

– ¿Cuántos son?

– Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… «¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!», denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

– ¿A qué se dedican?

– Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio…

– ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

– Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

– ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

– Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

– ¿Sí? No parece muy estimulante. ..

– Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

– Saber eso es valioso, sin duda…

– Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

– Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

– Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

– ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

– Vi correr a la gente por el aeropuerto… ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro…

– Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…

– Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté… Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.

– Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

– ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…

– ¿Tanto como eso?

– Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

– ¿Qué pasó con su familia?

– Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa… Entendí: mi madre estaba ayudándome…

– ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

– De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…

– Y lo logró.

– Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

– ¡Un tuareg en la universidad. ..!

– Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra… Aquí, por la noche, miran la tele.

– Sí… ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

– Tienen de todo, pero no les basta. Se quejan. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Se encadenan de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

– Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

– Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…

– Fascinante, desde luego…

– Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…

– Qué paz…

– Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo.

Víctor M. Amela
La Vanguardia
26-09-2013

fuente http://kaosenlared.net/kaos-tv/69731-entrevista-a-un-tuareg-t%C3%BA-tienes-el-reloj-yo-tengo-el-tiempo.html?tmpl=component&print=1

El pinche tirano

Un pinche tirano es alguien, o algo, que aparece en tu vida, y te la empieza a hacer imposible. Como un grano en el culo, vamos. Te saca lo peor de ti y revive tus peores proyecciones, saca la basura del fondo del saco y se pone como sayo tu sombra, tus miedos y tu orgullo. Carlos Castaneda me ha prestado este término, el cual considero tremendamente útil, y que pocas veces se trata en profundidad dentro del crecimiento personal/transpersonal.
 
Encontré este texto suyo, que me gustaría compartir:
 
“- Un pinche tirano es un torturador –dijo-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente le hace la vida imposible.
 
Don Juan sonrió con un aire de malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Aunque el concepto es uno de sus hallazgos más serios e importantes, los nuevos videntes lo tomaban muy a la ligera. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de las clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.
 
– De conformidad con sus prácticas humorísticas los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca en el universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto, los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.
 
La segunda categoría consiste en algo menor que un pinche tirano. Algo que llamaron los pinches tiranitos; personas que hostigan e infligen injurias, pero sin causar de hecho la muerte de nadie. A la tercera categoría le llamaron los repinches tiranitos o los pinches tiranitos chiquititos, y en ella pusieron a las personas que sólo son exasperantes y molestan a más no poder.

(…)
 
Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar a uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.
 
Explicó que uno de los más grandes logros de los videntes de la época colonial fue un esquema que él llamaba la progresión de tres vueltas. Los videntes, al entender la naturaleza del hombre, llegaron a la conclusión indisputable de que si uno se las puede ver con los pinches tiranos, uno ciertamente puede enfrentarse a lo desconocido sin peligro, y luego incluso, uno puede sobrevivir a la presencia de lo que no se puede conocer.
 
– La reacción del hombre común y corriente es pensar que debería invertirse ese orden –prosiguió-. Es natural creer que un vidente que se puede enfrentar a lo desconocido puede, por cierto, hacer cara a cualquier pinche tirano. Pero no es así. Lo que destruyó a los soberbios videntes de la antigüedad fue esa suposición. Es sólo ahora que lo sabemos. Sabemos que nada puede templar tan bien el espíritu de un guerrero como el tratar con personas imposibles en posiciones de poder. Sólo bajo esas circunstancias pueden los guerreros adquirir la sobriedad y la serenidad necesarias para ponerse frente a frente a lo que no se puede conocer.

(…)
 
Aseguró don Juan que, en esa época, los videntes que sobrevivieron tuvieron que forzarse hasta el límite para encontrar nuevos caminos.
 
– Los nuevos videntes –dijo don Juan mirándome con fijeza- usaban a los pinches tiranos no sólo para deshacerse de su importancia personal sino también para lograr la muy sofisticada maniobra de desplazarse fuera de este mundo. Ya entenderás esa maniobra conforme vayamos discutiendo la maestría de estar consciente de ser.
 
Le expliqué a don Juan que lo que yo le había preguntado era si, en el presente, en nuestra época, los pinches tiranos podrían derrotar alguna vez a un guerrero.
 
– Todos los días –contestó-. Las consecuencias no son tan terribles como las del pasado. Hoy en día, por supuesto, los guerreros siempre tienen la oportunidad de retroceder, luego reponerse y después volver. Pero el problema de la derrota moderna es de otro género. El ser derrotado por un repinche tiranito no es mortal sino devastador. En sentido figurado, el grado de mortandad de los guerreros es elevado. Con esto quiero decir que los guerreros que sucumben ante un repinche tirano son arrasados por su propio sentido de fracaso. Para mí eso equivale a una muerte figurada.
 
-¿Cómo mide usted la derrota?
 
– Cualquiera que se une al pinche tirano queda derrotado. El enojarse y actuar sin control o disciplina, el no tener refrenamiento es estar derrotado.
 
-¿Qué pasa cuando los guerreros son derrotados?
 
– O bien se reagrupan y vuelven a la pelea con más tino, o dejan el camino del guerrero y se alinean de por vida a las filas de los pinches tiranos.»
 
Carlos Castaneda, del libro ‘El Fuego Interno’ (The Fire From Within, 1984)
 
Así pues, encontrarse con un pinche es una buena oportunidad, para ver, para sacar lo que estaba sin resolver, para encontrar lo perdido, para atravesar aquello que nos da miedo. Y la verdad es que no es nada agradable, de hecho, es como una pequeña muerte, como un parto del que no sabes a ciencia cierta el resultado.
 
He tenido muchos pinches tiranos, de hecho, aunque no lo supiera, tuve que vivir con ellos muchos años. Lo que no sabía era que formaban parte de mi camino, que eran una ocasión para tirar del hilo, más y más, y más todavía, hasta encontrar dentro de uno lo que había atraído, llamado al tirano. Son proyecciones donde se mezclan la sombra y la realidad, el recuerdo y el presente. Una machada que pide que salgas corriendo lo más rápido posible, y en la que casi no es posible luchar.
 
Lo que nadie te dice es que de quien huyes es de ti mismo, y que nunca vas a correr lo suficiente.
 
fuente http://respirandovida.blogspot.com.ar/2007/08/un-pinche-tirano-es-alguien-o-algo-que.html

La batalla contra los cuatro enemigos naturales

Sábado, 8 de abril, 1962

En nuestras conversaciones, don Juan usaba a menudo la frase «hombre de conocimiento», o se refería a ella, pero nunca explicaba qué quería decir. Inquirí al respecto.
-Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender – dijo-. Un hombre que, sin apuro, sin vacilación ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y el conocimiento.
-¿Puede cualquiera ser un hombre de conocimiento?
-No, no cualquiera,
-¿Entonces qué debe hacer un hombre para volverse hombre de conocimiento?
-Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos naturales.
-¿Será un hombre de conocimiento tras derrotar a estos cuatro enemigos?
-Si. Un hombre puede llamarse hombre de conocimiento sólo si es capaz de vencer a los cuatro.
-Entonces, ¿puede cualquiera que venza a estos enemigos ser un hombre de conocimiento?
-Todo el que los venza se convierte en un hombre de conocimiento.
-¿Pero hay requisitos especiales que un hombre debe cumplir antes de luchar con estos enemigos?
-No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de llegar a ser hombre de conocimiento; muy pocos llegan a serlo, pero eso es natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino para llegar a ser un hombre de conocimiento son de veras formidables, de verdad poderosos; y la mayoría, pues, se pierde.
-¿Qué clase de enemigos son, don Juan.
Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que pasaría largo tiempo antes de que el tema tuviera algún sentido para mí. Traté de mantener vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que yo podía
volverme hombre de conocimiento. Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero yo insistí en preguntar si había algunas pistas que él pudiera usar para determinar si yo tenía o no oportunidad de convertirme en un hombre de conocimiento. Dijo que dependería de mi batalla contra los cuatro enemigos -de si podía yo vencerlos o salía vencido- pero que era imposible predecir el resultado de esa lucha.
Le pregunté si podía usar brujería o adivinación para ver el desenlace de la batalla. Dijo terminantemente que los resultados de la contienda no podían anticiparse por ningún medio, porque volverse hombre de conocimiento era cosa temporal. Cuando le pedí explicar este punto,
replicó:
-Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de vencer a las cuatro enemigos naturales.
-Debe usted decirme, don Juan, qué clase de enemigos son.
No respondió. Insistí de nuevo, pero él abandonó el tema y se puso a hablar de otra cosa.

Domingo, 15 de abril, 1962

Cuando me disponía a partir, decidí preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento. Aduje que no podría regresar en algún tiempo y sería buena idea escribir lo que él dijese y meditar en ello mientras estaba fuera.
Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar.
-Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.
«Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla.
«Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda.»
-¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
-Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento.
Llegará a ser un maleante, o un cobarde cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
-¿Y qué puede hacer para superar el miedo?
-La respuesta es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de si. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora.
«Cuando llega ese momento gozoso, el hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural.»
-¿Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco?
-Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se conquista rápido y de repente.
-¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si algo nuevo le pasa?
-No. Una vez que un hombre ha conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo.
Para entonces, un hombre conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto, «Y así ha encontrado a su segundo enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo, pero también ciega.
«Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro peto incompleto. Si el hombre se rinde a esa ilusión. de poder, ha sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.
-¿Qué pasa con un hombre derrotado en esa forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia?
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás ha parado en seco sus intentos de hacerse hombre de conocimiento; en vez de eso, el hombre puede volverse un guerrero impetuoso, o un payaso.
Pero la claridad que tan caro ha pagado no volverá a transformarse en oscuridad y miedo. Será claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.
-Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la derrota?
-Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será el verdadero poder.
«Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder!
«El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder.
«Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso.»
-¿Perderá su poder?
-No, nunca perderá su claridad ni su poder.
-¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento?
-Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo un carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de si mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder.
-La derrota a manos de cualquiera de estos enemigos ¿es definitiva?
-Claro que es definitiva. Cuando uno de estos enemigos vence a un hombre, no hay nada que hacer.
-¿Es posible, por ejemplo, que el hombre vencido por el poder vea su error y se corrija?
-No. Una vez que un hombre se rinde, está acabado.
-¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y luego él lo rechaza?
-Eso quiere decir que la batalla sigue. Quiere decir que todavía está tratando de volverse hombre de conocimiento. Un hombre está vencido sólo cuando ya no hace la lucha y se abandona.
-Pero entonces, don Juan, es posible que un hombre se abandone al miedo durante años, pero finalmente lo conquiste,
-No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo nunca lo conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de su miedo, terminará conquistándolo porque nunca se habrá abandonado a él en realidad.
-¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan?
-Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.
«El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tropezará con su último enemigo: ¡la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyentar por un instante.
«Este es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente; un tiempo en que todo su poder está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante de descansar. Si se rinde por ente ro a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su poder y su conocimiento.
«Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento son suficientes.»

Carlos Castaneda

Extracto del libro Las enseñanzas de Don Juan. Una forma yaqui de conocimiento (1967), Fondo de Cutlura Económica, 1968

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¿Cuál es el objetivo de la vida?

La vida no tiene otro objetivo que ella misma porque no es más que otro nombre para Dios mismo. Todas las demás cosas de este mundo pueden tener un objetivo, pueden ser un medio para un fin, pero por lo menos una cosa tienes que dejar como el fin de todas y el medio de ninguna.

Lo puedes llamar existencia.
Lo puedes llamar Dios.
Lo puedes llamar vida.
Son nombres diferentes para una sola realidad.

Dios es el nombre dado a la vida por los teólogos pero tiene un peligro en sí porque puede ser refutado; puede ser rebatido. Casi la mitad de la Tierra no cree en ningún Dios. No sólo los comunistas, los budistas, los jainistas y miles de librepensadores son ateos. El nombre “Dios” no es muy definible porque se lo ha dado el hombre y no hay evidencia, prueba o argumento sobre él. Se queda más o menos como una palabra vacía. Significa lo que quieras que signifique.

Pero para mí, tal como “Dios” es un extremo, “existencia” es otro, porque la palabra “existencia” no indica que pueda estar viva; puede estar muerta. No indica que sea consciente; puede no tener consciencia alguna.

Por eso, mi elección es “vida”. La vida contiene todo lo que se necesita; además, no necesita pruebas. Tú eres vida. Tú eres la prueba. Tú eres el argumento. No puedes negar la vida; por eso en toda la historia del hombre, no ha habido un simple pensador que haya negado la vida.

Millones han negado a Dios, ¿pero cómo puedes negar la vida? Late en tu corazón, está en tu aliento, se muestra en tus ojos. Se expresa en tu amor. Se celebra de mil y unas formas: en los árboles, en los pájaros, en las montañas, en los ríos.

La vida es el objetivo de todas las cosas. Por eso, la vida no puede tener otro objetivo que ella misma. En otras palabras: el objetivo de la vida es intrínseco. Dentro de ella misma están el crecimiento, la expansión, la celebración, la danza, el amor, el gozo; todos estos son aspectos de la vida.

Pero hasta ahora, ninguna religión ha aceptado la vida como el objetivo de nuestros esfuerzos, de todo nuestro afán. Por el contrario, las religiones han estado negando la vida y sosteniendo un hipotético Dios. Pero la vida es tan real que todas las religiones durante miles de años no han sido capaces de hacerle mella, a pesar de que todas ellas han sido antivida. Su Dios no era el mismísimo centro de la vida; a su Dios se le encontraba sólo renunciando a la vida. Ha sido una gran calamidad por la que ha pasado la humanidad: la misma idea de renunciar a la vida significa respetar a la muerte.

Todas vuestras religiones veneran la muerte.No es casualidad que sólo veneréis a los santos muertos. Cuando están vivos, los crucificáis. Cuando están vivos, los lapidáis a muerte. Cuando están vivos, los envenenáis y cuando están muertos, los veneráis; un cambio repentino. Vuestra actitud cambia totalmente.

Nadie ha profundizado en la psicología de este cambio. Merece la pena contemplarla: ¿por qué se venera a los santos muertos y se condena a los vivos? Porque los santos muertos cumplen todas las condiciones para ser religiosos: no se ríen, no gozan, no aman, no danzan, no tienen ninguna relación con la existencia. Realmente han renunciado a la vida en su totalidad: no respiran, su corazón ya no late. ¡Ahora son perfectamente religiosos!; no pueden pecar. Una cosa es segura: puedes depender de ellos, puedes fiarte de ellos.

Un santo en vida no es de fiar. Mañana puede cambiar de opinión. Hay santos que se han vuelto pecadores y pecadores que se han vuelto santos; así que hasta que no han muerto no se puede decir nada de ellos con absoluta seguridad. Esa es una de las razones básicas, en vuestros templos, iglesias, mezquitas, gurudwaras, sinagogas: ¿a quién veneráis? Y no veis la estupidez de todo esto, que lo vivo venera a lo muerto. El presente venera al pasado. A la vida se le obliga a venerar a la muerte. Es por esas religiones antivida que una y otra vez a través de los siglos surge esta pregunta: ¿cuál es el objetivo de la vida?

De acuerdo a vuestras religiones, el objetivo es renunciar a ella, destruirla, torturarte a ti mismo en nombre de algún mitológico e hipotético Dios.

Los animales no tienen religión alguna, excepto la vida. Excepto el hombre, toda la existencia confía en la vida; no hay otro Dios ni otro templo. No hay escrituras sagradas.

En resumen: la vida lo es todo en sí misma.

Es Dios, es el templo y es la sagrada escritura; y vivir la vida plenamente, con todo el corazón, es la única religión.

Yo os digo que no hay otro objetivo que vivir con tal totalidad que cada momento se convierta en una celebración. La misma idea de “objetivo” trae el futuro a la mente, cualquier objetivo, cualquier fin, cualquier meta, necesita el futuro: todas tus metas te privan de tu presente que es la única realidad que tienes; el futuro está sólo en tu imaginación, y el pasado es tan sólo las huellas que han quedado en la arena de tu memoria. Ni el pasado es ya real ni el futuro lo es todavía.

Este momento es la única realidad.

Y al vivir este momento sin ninguna inhibición, sin ninguna represión, sin codicia alguna por el futuro, sin ningún miedo (sin repetir el pasado una y otra vez, sino absolutamente fresco en cada momento, fresco y joven, sin que moleste la memoria, sin que la imaginación estorbe), adquiere tal pureza, tal inocencia, que sólo a esa inocencia yo le puedo llamar divinidad.

Para mí, Dios no es alguien que creó el mundo. Dios es alguien que tú creas cuando vives plenamente, intensamente; con todo tu corazón, sin reprimir nada. Cuando tu vida se vuelve simplemente un gozo momento-a-momento, una danza momento-a-momento, cuando tu vida no es otra cosa que un festival de luces, entonces, cada momento es precioso porque un vez que se va, se va para siempre…

En lo que a mí concierne, vive gozosamente, contento, satisfecho, compartiendo tu amor, tu silencio, tu paz; que tu vida se convierta en una danza tan bella que no sólo tú te sientas bendito sino que puedas bendecir al mundo entero: este es el único camino auténtico. La vida en sí misma es el criterio; todo lo demás no es esencial.

Y cada individuo es tan único que no se puede hacer una super-autopsia por la cual todo el mundo tenga que viajar para encontrar el objetivo de la vida. Por el contrario, todo el mundo tiene que encontrar su objetivo, sin seguir a la masa, sino siguiendo su propia voz interior, no en muchedumbre, sino siguiendo un estrecho sendero. El cual tampoco ha sido creado por nadie. Lo creas tú al caminar.

El mundo de la vida y la consciencia es casi como el firmamento; los pájaros vuelan pero no dejan ninguna huella. Cuando vives profunda, sincera y honestamente, no dejas ninguna huella, nadie tiene que seguirte. Cada uno tiene que seguir su serena, pequeña voz.

Mi énfasis en la meditación es para que puedas oír tu serena vocecita: la cual te dará orientación, sentido de la dirección. Ninguna escritura puede darte eso. Ninguna religión, ningún fundador de religión puede dártelo porque han estado tratando de dárselo a la humanidad durante miles de años y todos sus esfuerzos han fracasado. Sólo han creado gente retrasada, gente sin inteligencia, porque han insistido en la fe. En el momento en que crees en alguien, pierdes inteligencia. Creer es casi como veneno para tu inteligencia.

Yo te digo que no creas en nadie, incluyéndome a mí. Tienes que encontrar tu propia visión y seguirla. Donde quiera que te lleve es el camino correcto para ti. La cuestión no es si otros lo siguen o no. Cada individuo es único y cada vida es bella en su individualidad. Tu pregunta es muy significativa, quizá la más antigua de las preguntas. El hombre se la ha estado preguntando desde el mismísimo principio. Y se han dado millones de respuestas pero ninguna ha sido la correcta. La pregunta todavía permanece…

Mi respuesta es: el objetivo de la vida es la vida misma; más vida, vida más profunda, vida más elevada, pero siempre vida. No hay nada más elevado que la vida.

Osho

The hidden splendor. Discurso 26

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2014/01/854079.php

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La ayuda no existe

Por favor, escuchen esto. Nosotros buscamos ayuda porque vivimos en un estado de desdicha, de confusión, de conflicto, y queremos que se nos ayude.

Queremos que alguien nos diga lo que debemos hacer, queremos alguna guía, tomarnos de la mano de alguien que en esta oscuridad pueda conducirnos hacia la luz. Estamos tan confundidos que no sabemos hacia dónde volvernos.

La educación, la religión, los líderes, los santos, todo eso ha fracasado por completo; no obstante, a causa de que sufrimos, de que hay conflicto y confusión, acudimos a alguien para que nos ayude. Y probablemente sea por eso que están aquí casi todos ustedes, esperando captar de algún modo una vislumbre de la realidad, ser conducidos de algún modo hacia esa belleza de la vida.

Ahora bien, si tienen la bondad de escuchar con su oído interno, verán que la ayuda no existe. Quien les habla no puede ayudarles, rehusa hacerlo. Por favor, comprendan esto, síganlo despacio. Él se niega totalmente, completamente, a ayudarles.

Lo que ustedes desean es mantener la corrupción, vivir en la corrupción y que se les ayude en esa corrupción. Quieren que se les ayude a vivir un poco más confortablemente, a seguir con sus ambiciones, con su estilo de vida, con sus envidias, sus brutalidades; quieren continuar con su existencia cotidiana, pero un poco modificada: volverse un poco más ricos, tener un poco más de bienestar, ser un poco más felices. Eso es todo lo que desean: un empleo mejor, un automóvil mejor, una mejor posición. En realidad, no desean estar completa, totalmente libres del sufrimiento. No quieren descubrir qué es el amor, la belleza e inmensidad del amor. No quieren descubrir qué es la creación.

Lo que realmente quieren es que se les ayude a continuar, de una manera modificada, en este desdichado mundo, con la fealdad de sus vidas, con la brutalidad de su existencia, con su conflicto cotidiano. Eso es todo lo que conocen; se aferran a eso y quieren modificarlo. Y de cualquiera que les ayude a vivir en ese campo, ustedes piensan que es un gran hombre, que es un santo, un salvador maravilloso.

Por lo tanto, quien les habla dice que no les está dando ayuda. Si esperan ayuda de él, están perdidos. No hay ayuda de nadie, no hay ayuda de ninguna clase, ésa es una cosa terrible de comprender por uno mismo. Tienen que comprender el hecho pasmoso, alarmante, de que cada uno de ustedes, como ser humano, tiene que permanecer completamente solo sobre sus propios pies; no hay Escrituras, ni líderes, ni nada que pueda salvarlos; tienen que salvarse por sí mismos. ¿Saben qué ocurre cuando comprenden ese hecho? Es un hecho. Cuando se dan cuenta realmente de ese hecho, o bien se hunden más todavía en su corrupción, o ese hecho mismo les da una energía tremenda para abrirse paso a través de la red que implica la estructura psicológica de la sociedad; se abren paso, la hacen trizas por completo. Entonces nunca buscarán ayuda, porque son libres.

Jiddu Krishnamurti
Bombay, 1 de marzo de 1964

fuente: Extracto del libro Sobre la Libertad, de Jiddu Krishnamurti, página 103, Ed. Edaf, 1994

http://mimajestad.blogspot.com.ar/2011/11/la-ayuda-no-existe-jiddu-krishnamurti.html

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La última batalla sobre la tierra

Lunes 24 de julio de 1961 / A media tarde, tras horas de recorrer el desierto, don Juan eligió un sitio para descansar, en  un espacio sombreado. Apenas tomamos asiento empezó a hablar. Dijo que yo había aprendido mucho de cacería, pero no había cambiado tanto como él quisiera.
 
-No basta con saber hacer y colocar trampas -dijo-. Un cazador debe vivir como cazador para  sacar lo máximo de su vida. Por desdicha, los cambios son difíciles y ocurren muy despacio; a veces un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de cambiar. Yo tardé años, pero a lo mejor no tenía facilidad para la caza. Creo que para mí lo más difícil fue querer realmente  cambiar.
 
Le aseguré que comprendía la cuestión. De hecho, desde que había empezado a enseñarme a cazar, yo mismo empecé a reevaluar mis acciones. Acaso el descubrimiento más dramático fue que me agradaban los modos de don Juan. Me simpatizaba como persona. Había cierta solidez en su comportamiento; su forma de conducirse no dejaba duda alguna acerca de su dominio, y sin embargo jamás había ejercido su ventaja para exigirme nada.  
 
Su interés en cambiar mi forma de vivir era, sentía yo, semejante a una sugerencia impersonal, o quizá a un comentario autoritario sobre mis fracasos. Me había hecho cobrar aguda conciencia de mis fallas, pero yo no veía en qué forma su línea de conducta podría remediar nada en mí. Creía sinceramente que, a la luz de lo que yo deseaba hacer en la vida, sus modos sólo me habrían producido sufrimiento y penalidades, de aquí el callejón sin salida. Sin embargo, había aprendido a respetar su dominio, que siempre se expresaba en términos de belleza y precisión.
 
-He decidido cambiar mis tácticas -dijo.
Le pedí explicar; su frase era vaga y yo no estaba seguro de si se refería a mí.
-Un buen cazador cambia de proceder tan a menudo como lo necesita -respondió-. Tú lo sabes.
-¿Qué tiene usted en mente, don Juan?
-Un cazador no sólo debe conocer los hábitos de su presa; también debe saber que en esta tierra hay poderes que guían a los hombres y los animales y todo lo que vive.
Dejó de hablar. Esperé, pero parecía haber llegado al final de lo que quería decir.
-¿De qué clase de poderes habla usted? -pregunté tras una larga pausa.
-De poderes que guían nuestra vida y nuestra muerte.
Don Juan calló; al parecer tenía tremendas dificultades para decidir qué cosa decir. Se frotó las manos y sacudió la cabeza, hinchando las quijadas. Dos veces me hizo seña de guardar silencio cuando yo empezaba a pedirle explicar sus crípticas declaraciones.
-No vas a poder frenarte fácilmente -dijo por fin-. Sé que eres terco, pero eso no importa. Mientras más terco seas, mejor será cuando al fin logres cambiarte.
-Estoy haciendo lo posible -dije.
-No. No estoy de acuerdo. No estás haciendo lo posible. Nada más dices eso porque te suena bien; de hecho, has estado diciendo lo mismo acerca de todo cuanto haces. Llevas años haciendo lo posible, sin que sirva de nada. Algo hay que hacer para remediar eso.
 
Como de costumbre, me sentí impulsado a defenderme. Don Juan parecía atacar, por sistema, mis puntos más débiles. Recordé entonces que cada intento por defenderme de sus críticas había desembocado en el ridículo, y me detuve a la mitad de un largo discurso explicativo.
 
Don Juan me examinó con curiosidad y rió. Dijo, en tono muy bondadoso, que ya me había dicho que todos somos unos tontos. Yo no era la excepción.
-Siempre te sientes obligado a explicar tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra -dijo-. Es tu viejo sentimiento de importancia. Tienes demasiada; también  tienes demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces responsable de tus actos; no usas  tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible. En otras palabras, tu vida sigue siendo el desmadre que era cuando te conocí.
De nuevo tuve un genuino empellón de orgullo y quise rebatir sus palabras. Él me hizo seña de callar.
 
-Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo extraño, has de saber.
Moví la cabeza en sentido afirmativo.
-No estamos hablando de lo mismo -dijo él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te  aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso,  misterioso, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por  estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo.
Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy corto para presenciar todas las maravillas que existen.
Insistí que aburrirse con el mundo o enemistarse con él era la condición humana.
-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.
Me instó a nombrar un asunto, un elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamientos. Dije que el arte. Siempre quise ser artista y durante años me dediqué a ello.
Todavía conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.
-Nunca has aceptado la responsabilidad de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusador-. Por eso nunca fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.
-Hago lo mejor que puedo, don Juan.
-No. No sabes lo que puedes.
-Hago cuanto puedo.
-Te equivocas otra vez. Puedes hacer más. Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.
Hizo una pausa y me miró como aguardando mi reacción.
-Crees tener mucho tiempo -repitió.
-¿Mucho tiempo para qué, don Juan?
-Crees que tu vida va a durar para siempre.
-No. No lo creo.
-Entonces, si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué cosa esperas? ¿Por qué titubeas en cambiar?
-¿Se le ha ocurrido alguna vez, don Juan, que a lo mejor no quiero cambiar?
-Sí, se me ha ocurrido. Yo tampoco quería cambiar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba cansado de ella, igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.
 
Afirmé con vehemencia que su insistente deseo de cambiar mi forma de vida era atemorizante y arbitrario. Dije que en cierto nivel estaba de acuerdo, pero el mero hecho de que él fuera siempre el amo que decidía las cosas me hacía la situación insostenible.
-No tienes tiempo para esta explosión, idiota -dijo con tono severo-. Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu último acto sobre la tierra. Puede muy bien ser tu última batalla.
No hay poder capaz de garantizar que vayas a vivir un minuto más.
-Ya lo sé -dije con ira contenida.
-No. No lo sabes. Si lo supieras, serías un cazador.
Repuse que tenía conciencia de mi muerte inminente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa mecánicamente su número rutinario.
-Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que eres un idiota -dijo calmadamente-.
Estas desperdiciando en una tontería tu acto sobre la tierra.
Estuvimos callados un momento. Mis pensamientos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.
-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.
-Estoy de acuerdo, don Juan, pero…
-No me des la razón por las puras -tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fácilmente, debes  actuar. Acepta el reto. Cambia.
-¿Así no más?.
-Como lo oyes. El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total.
Me pareció que expresaba una contradicción. Le expliqué que, si me estaba preparando para el  cambio, sin duda estaba cambiando en forma gradual.
-No has cambiado en nada -repuso-. Por eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. Yo sé que así es la cosa, y por eso no pierdo de vista mi interés en convencerte.
No pude persistir en mi argumentación. No estaba seguro de qué deseaba decir realmente.
Tras una corta pausa, don Juan reanudó sus explicaciones.
-Quizás haya que decirlo de otra manera -dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no tenemos ninguna seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees que podamos hacer?
Pensé que la pregunta era retórica, pero él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.
-Vivir lo más felices que podamos -dije.
-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que viva feliz?
Mi primer impulso fue decir que sí; pensé que podía usar como ejemplos a varias personas que conocía. Pero al pensarlo mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.
-No -dije-. En verdad no.
-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus  actos tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de…
Parecían faltarle las palabras. Se rascó las sienes y sonrió. Luego, de pronto, se puso de pie  como si nuestra conversación hubiera concluido. Le supliqué terminar lo que me estaba diciendo. Volvió a sentarse y frunció los labios.
Los actos tienen poder -dijo-. Sobre todo cuando la persona que actúa sabe que esos actos son  su última batalla. Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que  lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz.
-Yo no estaba de acuerdo. Para mí, la felicidad consistía en suponer que había una continuidad  inherente a mis actos y que yo podría seguir haciendo, a voluntad, cualquier cosa que estuviera  haciendo en ese momento, especialmente si la disfrutaba. Le dije que mi desacuerdo, lejos de ser banal, brotaba de la convicción de que el mundo y yo mismo poseíamos una continuidad determinable.
 
Don Juan pareció divertirse con mis esfuerzos por lograr coherencia. Rió, meneó la cabeza, se  rascó el cabello, y finalmente, cuando hablé de una «continuidad determinable», tiró su  sombrero al suelo y lo pisoteó. Terminé riendo de sus payasadas.
 
-No tienes tiempo, amigo mío -dijo él-. Ésa es la desgracia de los seres humanos. Ninguno de  nosotros tiene tiempo suficiente, y tu continuidad no tiene sentido en este mundo de pavor y  misterio.
«Tu continuidad sólo te hace tímido. Tus actos no pueden de ninguna manera tener el gusto, el  poder, la fuerza irresistible de los actos realizados por un hombre que sabe que está librando su  última batalla sobre la tierra. En otras palabras, tu continuidad no te hace feliz ni poderoso.»
Admití mi temor de pensar en que iba a morir, y lo acusé de provocarme una gran aprensión con sus constantes referencias a la muerte.
-Pero todos vamos a morir -dijo.
Señaló unos cerros en la distancia.
-Hay algo allí que me está esperando, de seguro; y voy a reunirme con ello, también de seguro. Pero a lo mejor tú eres distinto y la muerte no te está esperando en ningún lado.
Rió de gesto de desesperanza.
-No quiero pensar en eso, don Juan.
-¿Por qué no?
-No tiene caso. Si está allí esperándome, ¿para qué preocuparme por ella?
-Yo no dije que te preocuparas por ella.
-¿Entonces qué hago?
Usarla. Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni  preocupación. Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan  de acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. Sólo bajo  tales condiciones tendrán tus actos el poder que les corresponde. De otro modo serán, mientras  vivas, los actos de un hombre tímido.
 
-¿Es tan terrible ser tímido?
-No. No lo es si vas a ser inmortal, pero si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que sólo existe en tus pensamientos.
Te apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca  para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te das cuenta de que tus caminos  seguros nada tenían de seguro. La timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres.
-No es natural vivir con la idea constante de nuestra muerte, don Juan.
-Nuestra muerte espera, y este mismo acto que estamos realizando ahora puede muy bien ser  nuestra última batalla sobre la tierra -respondió en tono solemne-. La llamo batalla porque es  una lucha. La mayoría de la gente pasa de acto a acto sin luchar ni pensar. Un cazador, al  contrario, evalúa cada acto; y como tiene un conocimiento íntimo de su muerte, procede con juicio, como si cada acto fuera su última batalla. Sólo un imbécil dejaría de notar la ventaja que un cazador tiene sobre sus semejantes. Un cazador da a su última batalla el respeto que merece.
Es natural que su último acto sobre la tierra sea lo mejor de sí mismo. Así es placentero. Le quita el filo al temor.
-Tiene usted razón -concedí-. Sólo que es difícil de aceptar.
 
-Tardarás años en convencerte, y luego tardarás años en actuar como corresponde. Ojalá te quede tiempo.
-Me asusta que diga usted eso -dije.
Don Juan me examinó con una expresión grave en el rostro.
-Ya te dije: éste es un mundo extraño -dijo-. Las fuerzas que guían a los hombres son imprevisibles, pavorosas, pero su esplendor es digno de verse.
Dejó de hablar y me miró de nuevo. Parecía estar a punto de revelarme algo, pero se contuvo y sonrió.
-¿Hay algo que nos guía? -pregunté.
-Seguro. Hay poderes que nos guían.
-¿Puede usted describirlos?
-En realidad no; sólo llamarlos fuerzas, espíritus, aires, vientos o cualquier cosa por el estilo.
 
Quise seguir interrogándolo, pero antes de que pudiera formular otra pregunta él se puso en pie. Me le quedé viendo, atónito. Se había levantado en un solo movimiento; su cuerpo, simplemente, se estiró hacia arriba y quedó de pie.
Me hallaba meditando todavía en la insólita pericia necesaria para moverse con tal rapidez,  cuando él me dijo, en seca voz de mando, que rastreara un conejo, lo atrapara, lo matara, lo  desollase, y asara la carne antes del crepúsculo.
 
Miró el cielo y dijo que tal vez me alcanzara el tiempo.
Puse automáticamente manos a la obra, siguiendo el procedimiento usado veintenas de veces.
Don Juan caminaba a mi lado y seguía mis movimientos con una mirada escudriñadora. Yo estaba muy calmado y me movía cuidadosamente, y no tuve ninguna dificultad en atrapar un conejo macho.
 
-Ahora mátalo -dijo don Juan secamente.
Metí la mano en la trampa para agarrar al conejo. Lo tenía asido de las orejas y lo estaba  sacando cuando me invadió una súbita sensación de terror. Por primera vez desde que don Juan  había iniciado sus lecciones de caza, se me ocurrió que nunca me había enseñado a matar animales. En las numerosas ocasiones que habíamos recorrido el desierto, él mismo sólo había  matado un conejo, dos perdices y una víbora de cascabel.
Solté el conejo y miré a don Juan.
-No puedo matarlo -dije.
-¿Por qué no?
-Nunca lo he hecho.
-Pero has matado cientos de aves y otros animales.
-Con un rifle, no a mano limpia.
-¿Qué importancia tiene? El tiempo de este conejo se acabó.
El tono de don Juan me produjo un sobresalto; era tan autoritario, tan seguro, que no dejó en mi mente la menor duda: él sabía que el tiempo del conejo había terminado.
-¡Mátalo! -ordenó con ferocidad en la mirada.
-No puedo.
Me gritó que el conejo tenía que morir. Dijo que sus correrías por aquel hermoso desierto habían llegado a su fin. No tenía caso perder tiempo, porque el poder o espíritu que guía a los conejos había llevado a ése a mi trampa, justo al filo del crepúsculo.
Una serie de ideas y sentimientos confusos se apoderó de mí, como si los sentimientos hubieran estado allí esperándome. Sentí con torturante claridad la tragedia del conejo: haber caído en mi trampa. En cuestión de segundos mi mente recorrió los momentos decisivos de mi propia vida, las muchas veces que yo mismo había sido el conejo.
 
Lo miré y el conejo me miró. Se había arrinconado contra un lado de la jaula; estaba casi enroscado, muy callado e inmóvil. Cambiamos una mirada sombría, y esta mirada, que supuse de silenciosa desesperanza, selló una identificación competa por parte mía.
-Al carajo -dije en voz alta-. No voy a matar nada. Ese conejo queda libre.
Una profunda emoción me estremecía. Mis brazos temblaban al tratar de asir al conejo por las  orejas; se movió aprisa y fallé. Hice un nuevo intento y volví a errar. Me desesperé. Al borde de  la náusea, patee rápidamente la trampa para romperla y liberar al conejo. La jaula resultó insospechadamente fuerte y no se quebró como yo esperaba. Mi desesperación creció convirtiéndose en una angustia insoportable. Usando toda mi fuerza, pisotee la esquina de la jaula con el pie derecho. Las varas crujieron con estruendo. Saqué el conejo. Tuve un alivio momentáneo, hecho trizas al instante siguiente. El conejo colgaba inerte de mi mano. Estaba muerto.
 
No supe qué hacer. Quise descubrir el motivo de su muerte. Me volví hacia don Juan. Él me miraba. Un sentimiento de terror atravesó mi cuerpo en escalofrío.
Me senté junto a unas rocas. Tenía una jaqueca terrible. Don Juan me puso la mano en la cabeza y me susurró al oído que debía desollar y asar al conejo antes de terminado el crepúsculo.
 
Sentía náuseas. Él me habló con mucha paciencia, como dirigiéndose a un niño. Dijo que los poderes que guían a los hombres y a los animales habían llevado hacia mí ese conejo, en la misma forma, en que me llevarán a mi propia muerte. Dijo que la muerte del conejo era un regalo para mí, exactamente como mi propia muerte será un regalo para algo o alguien más. Me hallaba mareado. Los sencillos eventos de ese día me habían quebrantado. Intenté pensar que no era sino un conejo; sin embargo, no podía sacudirme la misteriosa identificación que había tenido con él.
 
Don Juan dijo que yo necesitaba comer de su carne, aunque fuera sólo un bocado, para validar mi hallazgo.
-No puedo hacerlo -protesté débilmente.
-Somos basuras en manos de esas fuerzas -me dijo, brusco-. Conque deja de darte importancia y usa este regalo como se debe.
Recogí el conejo; estaba caliente.
Don Juan se inclinó para susurrarme al oído:
-Tu trampa fue su última batalla sobre la tierra. Te lo dije: ya no tenía más tiempo para  corretear por este maravilloso desierto.

Carlos Castaneda
 
Capítulo IX ‘La última batalla sobre la tierra’ del libro Viaje a Ixtlán (1972), ed. Buenos Aires, booket, Grupo Planeta.

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2013/11/851305.php

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De Ayllukuna a la Teoría de Sistemas: Cuidando la Madre Naturaleza

«Se ha dicho a veces, como lo ha hecho observar Macnamara, que el hombre puede soportar impunemente las diferencias más grandes de clima y otros cambios distintos; mas esto es sólo cierto para los pueblos civilizados. El hombre en el estado salvaje parece, bajo este respecto, casi tan susceptible como sus más cercanos vecinos, los monos antropoides, que nunca viven mucho si se les saca de su país natal.» Charles Darwin, El origen del Hombre.

La atribución de la condición de “inferiores” a personas o pueblos sojuzgados ha existido a lo largo de la historia de la Humanidad desde el surgimiento de las relaciones de dominación como consecuencia del nacimiento de las culturas sedentarias y militarizadas. Parece que una coartada muy utilizada para justificar la explotación y la opresión ha sido la “bestialización” de las víctimas. Un vergonzoso ejemplo de esta actitud lo representa el conocido como “La junta de Valladolid”, en 1550, en la que tuvo lugar un acalorado debate sobre si los indígenas americanos eran o no seres inferiores y que terminó sin una resolución final.

Pero la elevación de esta aberración a la categoría de ciencia tuvo lugar con la implantación del darwinismo como descripción científica de la realidad. En su segunda “gran obra” El origen del Hombre, Charles Darwin incorpora todos los más sórdidos prejuicios de la clase social a la que pertenecía a la naturaleza humana, justificando las diferencias sociales o culturales como un resultado de su gran “hallazgo científico”: la selección “natural”. El arraigo de estas ideas se pone de manifiesto en los textos sobre evolución humana de los científicos darwinistas. Las “sustituciones” (extinciones) de unos “homínidos” por otros en función de una supuesta superioridad se justifica, a veces, mediante los argumentos más rocambolescos: Los neandertales, macizos y bien musculados, probablemente tenían unos dedos demasiado gruesos para hacer uso efectivo de tecnología avanzada de la Edad de Piedra o para realizar tareas de destreza como grabar. /…/ Esto da peso a la idea de que los humanos modernos recientes sustituyeron a los neandertales por su superior uso del mismo tipo de herramientas. /…/ Así, aunque los neandertales pudieron probablemente fabricar y usar herramientas complejas, no pudieron hacerlo muy a menudo o muy cuidadosamente, (?) y no fueron capaces de tareas mas sofisticadas como grabar o pintar, que fueron desarrolladas por los humanos modernos. (Clarke, 2001).

Esta concepción se ha extendido por el imaginario colectivo bien nutrida por las “investigaciones” que, desde el Siglo XIX, nos han aportado los científicos que acompañaron a la expansión colonial europea, que han mostrado a los pueblos “primitivos”, especialmente a los de cultura cazadora-recolectora, como poco menos que mendigos desarrapados y brutales buscando permanentemente algo que comer. Y en muchos casos, las pruebas de sus aseveraciones las han fabricado ellos mismos. El contacto de los hombres “civilizados” con pueblos “salvajes” ha tenido siempre consecuencias desastrosas para los segundos. Incluso en situaciones no dirigidas por el ánimo de conquista, el descubrimiento de las tecnologías occidentales y del poder que les conferían y el deslumbramiento por los “regalos”, en el mejor de los casos baratijas y en el peor, armas o bebidas alcohólicas, han convertido a muchos grupos humanos en poblaciones desculturizadas, dependientes y con escasa autoestima.

Un caso especialmente informativo sobre las consecuencias de de esta actitud lo representa el plasmado en el libro “El saqueo de El dorado” de Patrick Tierney. En el año 68, el prestigioso antropólogo Napoleón Chagnon de la Universidad de Michigan publicó su obra “El pueblo fiero” en el de descubría para el mundo civilizado a los Yanomami, el “último pueblo virgen” habitante de las remotas junglas amazónicas de Venezuela y Brasil. La imagen que transmitió, y que quedó durante muchos años en los libros de texto y en el imaginario colectivo era la de un pueblo viviendo permanentemente en medio de una gran competitividad sexual y guerrera, “confirmando” las concepciones darwinistas sobre los pueblos “primitivos”. En los años 90, Patrick Tierney, un discípulo y admirador de Chagnon, se acercó en persona al territorio que estudió Chagnon. Las entrevistas a testigos presenciales, las pruebas documentales y testimonios de autoridades civiles y militares de la zona y miembros de ONGs y personal sanitario pusieron de manifiesto que Chagnon elaboró fotografías y filmaciones en los que situaba a los guerreros decorados con sus pinturas de guerra en actitudes agresivas, o a madres azuzando a sus pequeños a la pelea, pero eso no fue todo: la distribución de regalos como utensilios metálicos de distinto tipo, repartidos de una forma premeditadamente desigual, provocó envidias y desencadenamiento de violencia real, antes inexistente. Por si fuera poco, las enfermedades contagiosas portadas por los acompañantes de Chagnon provocaron una terrible mortandad entre los Yanomami (Tierney, 2002).

Sería absurdo pretender aplicar a todos los pueblos que han mantenido sus culturas ancestrales la categoría general del “buen salvaje” que tanto interés tenía Chagnon en destruir. Precisamente por su condición de seres humanos difícilmente pueden estar libres de algunos de los defectos que nos son propios. Pero más estúpido aún es considerarlos como seres limitados intelectualmente por la inocencia con la que frecuentemente se han mostrado ante las artimañas y las maldades, inconcebibles para ellos, de los invasores “civilizados”. Porque su sabiduría (que no es lo mismo que información o tecnología) es de un tipo muy diferente a lo que se valora en la “civilización” occidental. Sus culturas, fruto de milenios de interacción, de comprensión entre sí y con el medio natural, han construido cosmovisiones de extraordinaria belleza, pero sobre todo de inteligente comunicación e integración con el entorno en el que se han desarrollado. Una comprensión y una actitud ante el fenómeno de la vida que habría hecho posible la convivencia de la Humanidad en armonía con el ambiente por tiempo indefinido.

Pero esta sabiduría no se detiene en aspectos que pudiéramos denominar filosóficos. Los componentes prácticos de sus conocimientos ancestrales han mostrado una gran eficiencia para una forma de vida en equilibrio con una Naturaleza a la que nunca han considerado una “enemiga”. Unos conocimientos que no se basan, como en nuestra cultura, en “descubrimientos” de sabios, de personajes providenciales, sino que son el resultado común de conocimientos obtenidos y compartidos por toda la comunidad. Sería largo de documentar, por ejemplo, el arsenal de aplicaciones de plantas medicinales conocido desde tiempos inmemoriales por todos los pueblos del Mundo que constituyen la base de muchos medicamentos, depredados por la industria farmacéutica mediante la “biopiratería” y que son (mal)utilizados por la medicina “científica” en forma de “principios activos”, pero lo que me gustaría resaltar aquí son unas concepciones o descripciones de la realidad que resultan sorprendentes por lo que tienen de una comprensión de fenómenos a la que, con grandes dificultades y cierta confusión por la limitación que impone la interpretación mecanicista, reduccionista e individualista de la visión científica dominante, se está llegando en la actualidad.

Es difícil tener la certeza de que las narraciones que han llegado hasta nosotros, los “occidentales” (supongo que esta denominación dependerá del lugar geográfico desde el que se mire), no hayan podido ser desvirtuadas o adornadas con conocimientos actuales, pero el hecho de que los conocimientos a que me voy a referir son extremadamente recientes, especializados y poco menos que marginales o “heterodoxos”, junto con las coincidencias muy llamativas en grupos muy alejados étnica y geográficamente, permite concederles una razonable credibilidad. Este párrafo ridículamente prepotente tiene por objeto subrayar mi condición de científico racionalista que, según la concepción “oficial”, no debe dejarse subyugar por “supersticiones” o narraciones románticas no obtenidas “empíricamente” mediante el método experimental, aunque me reconozco completamente subyugado.

Un repaso general a los retazos de sabidurías ancestrales que han sobrevivido a duras penas al etnocidio sistemático (y, en muchos casos, premeditado y planificado) del colonialismo europeo (en África, Asia, Australia…), resultaría muy enriquecedor por las deslumbrantes bellezas de cosmovisiones con muchos puntos de contacto entre sí que han de tener, por fuerza, orígenes muy remotos. Pero en este caso nos limitaremos a una aproximación forzosamente superficial y posiblemente simplificada a conceptos nacidos en culturas indígenas de Latinoamérica. Una concepción de la realidad que, a lo largo de milenios de contacto y comprensión de su medio natural ha surgido de su vida misma, de una observación constante de la marcha de la vida y del conocimiento de sus leyes que se han incorporado como guías para la organización colectiva de sus grupos.

Las “filosofías” de estos pueblos han sido, como ya hemos dicho, elaboradas y compartidas, a lo largo del tiempo por toda la comunidad. Lo que resulta difícil de comprender desde una mentalidad “occidental” es cómo han llegado a esos conocimientos. En qué datos “empíricos” se han basado, porque a lo que han llegado es a una concepción “cuántica” de la realidad.

Desde el punto de vista de la mecánica cuántica, la realidad contiene tanto al observador como a lo observado (el observador no mira “desde fuera”). Es como si el observador “creara” lo observado y, al mismo tiempo, estuviera dentro. Por sorprendente que pueda parecer, los conocimientos de la mecánica cuántica convierten los fundamentos de la realidad, de los objetos físicos que nos rodean en algo que no es material ni inmaterial, que es lo que se conoce como función cuántica o campo cuántico. El electrón que forma los átomos que nos componen es partícula u onda de forma complementaria, es decir, la unidad es en realidad la interacción de dos entidades complementarias. La realidad física está constituida por interacciones entre distintos componentes de este tipo que se organizan en distintos niveles cuánticos de complejidad, desde los átomos hasta el Universo.

En un nivel que podríamos considerar intermedio de estos “saltos” cuánticos de complejidad se encuentra la organización de la vida en la Tierra. Los seres vivos están constituidos por átomos, que se organizan en moléculas, estas en células que, en sucesivos niveles de complejidad, se organizan en órganos y tejidos, organismos, especies y ecosistemas que a su vez conforman el gran ecosistema o “macroorganismo” que constituye nuestro Planeta, parte de otro sistema de nivel superior…

La vida sólo puede existir gracias a una intrincada red de relaciones e interconexiones entre todos y cada uno de sus componentes. Una red que, según los descubrimientos científicos más recientes, muestra una complejidad difícil de concebir hasta hace muy poco tiempo por la ciencia convencional. La vida se organizó en la Tierra a partir de la integración de bacterias y virus para formar las células que forman los seres vivos (Margulis y Sagan, 1995; Sandín, 1997; Gupta, 2000; Bell, 2001). Los organismos de los seres vivos son (somos), de hecho, comunidades organizadas de bacterias reguladas mediante la información genética procedente de virus que se han convertido en endógenos (insertados en los genomas) (Sandín, 1997; Villarreal, 2004), pero además todos los seres vivos contienen cifras astronómicas de bacterias y sus virus asociados (fagos) en su interior (Qin et al., 2010), colaborando a funciones como elaboración de vitaminas y aminoácidos que los organismos no pueden producir y en mantener el equilibrio con los existentes en el exterior, entre ellos los que están en la piel, en forma de complejos ecosistemas, también en equilibrio con el entorno (Grice et al., 2009).

Un entorno natural y físico en el que las bacterias y virus siguen siendo los componentes mayoritarios, componiendo una biomasa superior a la del mundo animal y vegetal con cifras que se van ampliando a medida que progresan los métodos de obtención de datos (Fuhrman, 1999; Suttle, C. A., 2005; Gewin, 2006; Howard et al., 2006: Lambais et al., 2006; Williamson et al., 2006; Goldenfeld y Woese, 2007; Sandín, 2009) y que constituyen la base de la pirámide trófica marina y terrestre, purifican el agua, reciclan los productos de deshecho y las sustancias tóxicas, hacen el Nitrógeno de la atmósfera disponible para las plantas, comunican información mediante la “transferencia genética horizontal”… incluso, los derivados de azufre producidos por la actividad de los virus marinos contribuyen a la nucleación de las nubes. Los “microorganismos” conectan el mundo orgánico con el inorgánico, y cada uno de nosotros somos como un ecosistema dentro de otros ecosistemas conectados por una “red de la vida” dentro del gran organismo, realmente vivo, que nos acoge.

Todos estos conocimientos no han sido integrados en el “cuerpo teórico” de la concepción dominante de los fenómenos de la vida, sencillamente, porque no se pueden integrar. Porque chocan frontalmente con la visión mecanicista, reduccionista, competitiva e intelectualmente ramplona del darwinismo. Pero ya eran comprendidos, al menos en su significado, por muchos pueblos “primitivos”. Un aspecto común a los pobladores de las selvas es algo considerado por los visitantes “civilizados” como ingenuo o “supersticioso”: no tienen una distinción clara entre el mundo físico y el mundo espiritual o mágico. Posiblemente el uso ritual de sustancias “psicotrópicas” haya sido para ellos una forma de acceso al conocimiento que se escapa a la mentalidad (y posiblemente a las capacidades) de los “occidentales”, pero lo cierto es que les ha llevado a una comprensión de la realidad y a un elaborado conocimiento de sus medios, de las plantas medicinales alimenticias o tóxicas. De los animales, a los que consideran sus hermanos y dotados de espíritu, y cuyas relaciones de parentesco no están basadas en nuestras agrupaciones “filogenéticas”, sino en los hábitats que comparten, en los que viven y se relacionan. Para ellos, que la conocen, la selva no es la “jungla de dientes y garras tintos en sangre” de los ignorantes europeos. La selva es su confortable casa, y los ríos y los árboles parte de su vida.

Pero lo verdaderamente admirable es la concepción, también común a diversos pueblos indígenas, de su integración en el Universo regida por sus mismas leyes, movimientos y cambios como una integridad. Como microcosmos organizados e inmersos en el gran macrocosmos cuya energía organiza todo lo existente y dentro de él y lo que nos acoge, la Pacha Mama, es la sagrada Madre Tierra. Por eso, la relación con lo que haya en ella ha de ser de armonía y reciprocidad. La concepción colectiva de las relaciones humanas deriva de lo que se observa en la Naturaleza. Todos sus elementos están ordenados en una organización colectiva donde cada cosa tiene su lugar, donde las plantas y animales forman colectivos según sus territorios. Estas colectividades han inspirado las organizaciones sociales, Ayllukuna para los Quechua y Aymara, como configuración de las leyes que rigen el cosmos y la Madre Tierra.

En estas culturas se puede encontrar también la más bella (y “cuántica”) expresión de la concepción de la realidad y del ser humano. Para ellos, la unidad es la pareja. Igual que los elementos del cosmos la unidad está organizada en una relación de parejas complementarias. Wiraqucha, la energía universal, tiene una categoría dual de “Padre/Madre”, es el ser sagrado primigenio y principal y no puede ser puramente masculino o puramente femenino. El sol es la pareja complementaria con la luna, el “mundo de arriba”, el Hanaq Pacha, es masculino y es complementario con la Pacha Mama, la Madre Tierra. Y así, el concepto de matrimonio se expresa con el término Yananchakuy, “hacerse entre sí”, entre sexos opuestos, un encuentro complementario, en igualdad de condiciones.

De estas cosmovisiones surgen conceptos que chocan con la mentalidad occidental: la igualdad en la diferencia y la unidad en la diversidad, pero especialmente el concepto sagrado de la Naturaleza no en el sentido religioso de nuestra cultura, sino entendido como merecedor de respeto. Todos los seres vivos, sean animales o plantas, tienen un espíritu que hay que respetar para no interferir en el funcionamiento del organismo que es la Madre Naturaleza (Nuñez, 1992).

Cuando James Lovelock planteó la “Hipótesis Gaia” en la que describía la Tierra como un organismo vivo con capacidad de “autorregulación” y fue forzado a retractarse debido a los ataques de las “autoridades científicas” e incluso a su misma condición de darwinista, que le llevó a admitir que el término “organismo” era simplemente metafórico, seguramente no tenía conciencia de que las culturas “primitivas” sabían hace mucho tiempo que nuestra Madre Tierra está viva. Pero esta hermosa e inteligente cosmovisión ha sido arrollada por la zafia concepción de la competencia, la dominación y la destrucción que ha causado una grave enfermedad a la Pacha Mama. Sería bueno que los “hombres civilizados” volviéramos los ojos hacia los “pueblos sabios” para agradecerles su legado. Incluso, para pedirles consejo.

Máximo Sandín

Bibliografía:
· BELL, P. J. 2001. Viral eukaryogenesis: was the ancestor of the nucleus a complex DNA virus? Journal of Molecular Evolution 53(3): 251-256.
· CHAGNON, N. (1968). Yanomamö: The Fierce People. Holt, Rinehart & Winston.
· CLARKE, T. 2001. Early modern humans won hand over fist. Nature Science update. 6 Feb.
· DARWIN, Ch. R., 1871. The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex. Versión española: El Origen del Hombre. Ediciones Petronio. Barcelona. 1973.
· FUHRMAN, J. A. 1999. Marine viruses and their biogeochemical and ecological effects. Nature,399:541-548.
· GEWIN, V. 2006. Genomics: Discovery in the dirt. Nature .Published online: 25 January 2006; | doi:10.1038/439384a
· GOLDENFELD, N. and WOESE, C. (2007). Biology’s next revolution. Nature 445, 369.
“ GRICE, E. A. et al. (2009)Topographical and Temporal Diversity of the Human Skin Microbiome. Science, 324, 5931, 1190 – 1192
· GUPTA, R. S. 2000. The natural evolutionary relationships among prokaryotes.Crit. Rev. Microbiol. 26: 111-131.
· HOWARD, E. C. et al., 2006. Bacterial Taxa That Limit Sulfur Flux from the Ocean. Science, Vol. 314. no. 5799, pp. 649 – 652.
· LAMBAIS, M. R. et al., 2006. Bacterial Diversity in Tree Canopies of the Atlantic Forest Science, Vol. 312. no. 5782, p. 1917
· MARGULIS, L. y SAGAN, D. 1995. What is life?. Simon & Schuster. New York, London.
· NUÑEZ SÁNCHEZ, J. (Ed.) (1992): Culturas y pueblos indígenas. Editora Nacional. Quito.
· SANDÍN, M. (1997). Teoría sintética: Crisis y revolución. ARBOR , N.º 623-624. Tomo CLVIII.
· SANDÍN,M. (2009). En busca de la Biología. Reflexiones sobre la evolución. Asclepio, LXI, 2.
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· WOESE, C. R. (2002). On the evolution of cells. PNAS vol. 99 no. 13, 8742-8747.

fuente http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/msandin/sistemas.htm

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Entrevista con Carlos Castaneda

Carlos Castaneda no conoce a Marcos ni sabe del EZLN; no lee periódicos; niega ser un gurú o un mesiánico; considera, con Juan Matus, que la compasión y las preocupaciones sociales son una mentira que se regenera; es crítico de gurús y mercachifles de Dios; asegura que su madre fue «comunista y panfletista».

Estos y otros asuntos abordó en una conversación con los medios de comunicación, durante una pausa en el seminario Los nuevos senderos de la tensegridad, efectuado de viernes a domingo en la ciudad de México, y con el cual empieza una etapa de difusión masiva de sus conocimientos como brujo o chamán.

Durante más de una hora, la noche del sábado, el autor de Las enseñanzas de Don Juan y Relatos de Poder respondió a las más variadas preguntas.

Con serena elocuencia, a menudo bromista, siempre respetuoso de sus interlocutores, sin reparos, Castaneda fue de un tema a otro, según se iban disparando las preguntas de los ocho periodistas reunidos en torno a él. Eso sí: nada de cámaras ni de grabadoras.

A continuación se ofrece una versión de la plática, editada y reconstruída a partir de apuntes. Conviene recordar que para Carlos Castaneda las palabras son insuficientes y limitadas para describir o explicar sus experiencias como brujo; asimismo, les asigna valores y significados que escapan a la lógica lineal en que normalmente nos movemos.

-¿Los brujos cómo consideran a la espiritualidad y el sentido de la divinidad?
-No sé cómo entienden ustedes la espiritualidad. ¿Lo opuesto a lo carnal?

-No necesariamente, sino como parte de un todo, distinto.
-Bueno, en ese sentido, Juan Matus es puro espíritu. El brujo crece en el espíritu del hombre, no en la espiritualidad. Don Juan decía: «yo amo a mi espíritu, es un espíritu bello el del hombre. Si crees que algo me debes y no puedes pagarme a mí, págale al espíritu del hombre». En cuanto a la divinidad: «los chamanes no tienen el sentido de la plegaria y no se arrodillan ante la divinidad. No hay necesidad de ruego. Piden al Intento, la fuerza capaz de construir y modificar todo, fuerza perenne. Pero no ruegan».

-Cuando usted habla de los brujos del antiguo México, ¿a quienes se refiere? Porque aquí hubo distintas culturas: los mayas, los aztecas…
-No. Para Don Juan los tiempos antiguos de México fueron hace entre siete mil y 10 mil años.

-¿Cómo es el proceso de su rompimiento con Don Juan?
-Yo no rompí. El es quien me lo dice. Llega un momento en que se da cuenta de que soy tan diferente a él que no puede continuar conmigo. Y empieza a atraparme, me tapa todas las salidas y sólo me deja una.

-Usted conoce a los indios de México. Viven en malas condiciones y hay seis mil de ellos en las cárceles; ¿qué tanto le interesan los indios de México?
-Me interesan absolutamente. Yo le hice una vez esa pregunta a Don Juan. Hace tiempo escribí un libro que no se pudo publicar, La fama de Nacho Coronado. Nacho era un indio yaqui que tenía tuberculosis y pensaba que con un crédito bancario podría comprar vitaminol y se curaría. Yo le pregunté a Don Juan: «¿No le preocupa eso? Las premisas de Nacho son las mías». Dijo: «Sí me preocupa muchísimo, pero al mismo tiempo me preocupas tú. ¿Crees que estás mejor?». Claro que a mí también me interesan ustedes. Estamos involucrados en un estado de sed que nos consume sin darnos tregua, sin darnos nada.

-¿Qué opinas de Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del levantamiento indígena en Chiapas?
-¿Quién? ¿Marcos? No lo conozco. No tengo idea. ¡Puuucha!, estoy perdido!… Perdónenme, no conozco ni pizca.

-Cuál es su sentimiento respecto de la humanidad?
-Es un sentimiento de tristeza. Yo trabajo por la humanidad […] El hombre es un ser extraordinario, lo que implica una responsabilidad tremenda. Pero está en el yo, yo, yo, yo, yo, yo. ¿Por qué el miedo a liberarse?

La liberación como la entiende Castaneda, comprende el rompimiento de los «prejuicios preceptivos», la anulación de la «egomanía», el alcance de la ensoñación que permitiría a cada quien descubrir su «cuerpo energético». Y después de todo, eventualmente, estar en condiciones de iniciar un camino «arduo pero exquisito» hacia otros mundos.

-En la lógica de nuestro mundo cotidiano, esta intención liberadora puede interpretarse como mesiánica y ya sabemos lo que ha pasado con las experiencias mesiánicas…
-No, no, no, no. Eso es demasiado bochornoso. Nosotros no valemos tanto. Mesiánico es el new age y todos los gurús de la nueva onda, los mercachifles de Dios. Nosotros no pretendemos nada. No ofrecemos esperanzas de algo que no podemos dar.

-¿Cómo concilia esa preocupación por la humanidad con el desinterés por asuntos como Bosnia, o Chiapas, en los que hay mucho sufrimiento del hombre?
-¡Pero corazonzotes, por favor, el sufrimiento está en todas partes, no sólo ahí! Toda la humanidad genera sufrimiento. Mi madre era una comunista, una panfletista, una proletaria. Yo heredé eso. Pero Don Juan me dijo: «estás mintiendo. Dices que te preocupa eso y mira cómo te tratas tú mismo. Deja de aniquilar tu cuerpo. ¿De veras sientes compasión por tus semejantes?». Sí, le respondí. «¿Hasta el grado de dejar de fumar?». ¡Noooo! Mi compasión era una superchería. El muy bandido me dijo: «mucho cuidado con los entretenimientos sociales. Esos son placebos, son el gran chupón. Es una mentira que se regenera.»

-¿Porqué usted como hombre de su tiempo no lee los periódicos?
-Por la simple razón de que estoy curtidísiisisísimo contra cosas topicales.

-Usted ha escrito que el camino del guerrero es un camino solitario, ¿no hay una contradicción al hacer cursos masivos como el de la tensegridad?
-No. Yo aquí no estoy hablando de cosas duras. A lo mejor la tensegridad les da la energía para hablar de cosas de veras pesadas. Pero por algo se empieza.

-Las enseñanzas de Don Juan generó un culto por ciertas plantas alucinógenas, pero ahora usted descalifica aquel libro, dice que es mejor olvidarlo ¿Por qué?
-La idea de ingerir una de esas plantas sin disciplina no va a llevar a nada. Si acaso a un desplazamiento del punto de encaje, pero fugazmente. Ahora, cuando Don Juan me las dio, ese era el tenor del momento. Yo me crié convencido del valor de la severidad de mi abuelo. Tenía el punto de encaje casi soldado. Don Juan Matus me dijo: «tu abuelo es un vejete». Yo tenía soldad el punto de encaje y él sabía que sólo con alucinógenos lo podía remover. Pero nunca hizo lo mismo con otros, no les dio ni café. Los alucinógenos valían para mí, pero yo lo tomé como un índice total.

-¿Qué espera de la apertura que ahora están iniciando?
-No sé qué es lo que va a pasar. Don Juan nunca me dijo qué es lo que va a pasarme junto a la masa […] Antes estábamos atentos a proseguir de acuerdo a los mandatos de Don Juan. Nos prohibió estar en las candilejas. Ahora quiero enseñar así, porque es una deuda tremenda que ya no puedo pagarle a él.

-¿No tiene miedo de convertirse en gurú?
-No, porque no tengo ego: no hay cómo..

Arturo García Hernández
La Jornada
Lunes 29 de enero de 1996

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Sometimiento y conformismo en las sociedades industriales avanzadas

En una sociedad primitiva el grupo es pequeño; está integrado por aquellos que comparten la sangre y el suelo. Con el desarrollo creciente de la cultura, el grupo se extiende; se con vierte en la ciudadanía de una polis, de un gran Estado, los miembros de una iglesia. Hasta el romano indigente se sentía orgulloso de poder decir ‘civis romanus sum’; Roma y el Imperio eran su familia, su hogar, su mundo.

También en la sociedad occidental contemporánea la unión con el grupo es la forma predominante de superar el estado de separación. Se trata de una unión en la que el ser individual desaparece en gran medida, y cuya finalidad es la pertenencia al rebaño. Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto en las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado; salvado de la temible experiencia dé la soledad.

Los sistemas dictatoriales utilizan amenazas y el terror para inducir esta conformidad; los países democráticos, la sugestión y la propaganda. Indudablemente, hay una gran diferencia entre los dos sistemas. En las democracias, la no conformidad es posible, y en realidad, no está totalmente ausente; en los sistemas totalitarios, sólo unos pocos héroes y mártires insólitos se niegan a obedecer. Pero, a pesar de esa diferencia, las sociedades democráticas muestran un abrumador grado de conformidad. La razón radica en el hecho de que debe existir una respuesta a la búsqueda de unión, y, a falta de una distinta o mejor, la conformidad con el rebaño se convierte en la forma predominante. El poder del miedo a ser diferente, a estar solo unos pocos pasos alejado del rebaño, resulta evidente si se piensa cuán profunda es la necesidad de no estar separado. A veces el temor a la no conformidad se racionaliza como miedo a los peligros prácticos que podrían amenazar al rebelde. Pero en realidad la gente quiere someterse en un grado mucho más alto de lo que está obligada a hacerlo, por lo menos en las democracias occidentales.

La mayoría de las gentes ni siquiera tienen conciencia de su necesidad de conformismo. Viven con la ilusión de que son individualistas, de que han llegado a determinadas conclusiones como resultado de sus propios pensamientos -y que simplemente sucede que sus ideas son iguales que las de la mayoría-. El consenso de todos sirve como prueba de la corrección de «sus» ideas. Puesto que aún tienen necesidad de sentir alguna individualidad, tal necesidad se satisface en lo relativo a diferencias menores; las iniciales en la cartera o en la camisa, la afiliación al partido Demócrata en lugar del Republicano, a los Elks en vez de los Shriners, se convierte en la expresión de las diferencias individuales.

El lema publicitario «es distinto» nos demuestra esa patética necesidad de diferencia, cuando, en realidad, casi no existe ninguna. Esa creciente tendencia a eliminar las diferencias se relaciona estrechamente con el concepto y la experiencia de igualdad, tal como se está desarrollando en las sociedades industriales más avanzadas.

Extracto del capítulo II La teoría del amor, en El arte de amar (1956), Ed. Paidós Studio, Bs. As.

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2013/07/843155.php

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Humanidad XXI

Pese al caos socio-económico-cultural que impera en el mundo, fluye nítidamente (para quien se predisponga a discernirlo) un manantial de vivencias trascendentales. Nada de ello puede definirse como «sobrenatural», «paranormal» o «parapsicológico», ni como «estado alterado de la consciencia». Se trata de nuestra fibra espiritual suprema, hoy en vías de florecer sin condicionamientos, en un mundo donde cada día hay más instituciones o sectas disputando la titularidad de Dios, y más individuos agobiados por una trivialidad atroz.

Cada ser humano, al nacer, es depositario de un potencial divino que raras veces desarrolla en la medida entera de sus posibilidades. Algunos pocos individuos logran llevar al máximo tal don natural, simplemente porque toda la cultura moderna –y por consiguiente, toda la sociedad– está orientada hacia otras latitudes de la experiencia vital, en su mayoría periféricas, superficiales, agónicas. Así, en la profundidad del alma humana, queda enquistada una gema que se atrofia o aborta en cuanto a sus potencialidades vivenciales, visionarias y transformacionales. Sabido es que todo órgano –tanto físico como espiritual– que no se pone en funcionamiento, termina atrofiándose.

Otras personas, fragmentariamente, por vocación, por circunstancias azarosas o por leves atisbos de lucidez, llegan a transitar algunos senderos del conocimiento profundo y perenne que se anida en nuestra especie. Ello les permite vislumbrar el manantial supremo de la existencia, aunque sólo paladean fugaces gotas del mismo: jamás se zambullen en su cauce. Demandas materiales, familiares o sociales, acaban absorbiendo su atención, al punto de no permitirles ir más lejos en sus intuiciones del cosmos íntimo.

La multitud ni siquiera imagina semejante tesoro: vive hipnotizada por atracciones que la mantienen en el territorio de la irrealidad, de las ficciones disfrazadas de trascendencia. Buena parte de las patologías contemporáneas emerge de tal desperdicio de energías generativas, que al no ser puestas en acción, se malogran produciendo efectos ajenos a su raíz infinita.

Nada de esto tiene implicancia «esotérica». Este término de origen griego designaba doctrinas de misterios antiguos a los cuales sólo tenían acceso los elegidos. Cuando dichas enseñanzas se comunicaban a los profanos, eran entonces consideradas «exotéricas». Un maestro reservaba la enseñanza esotérica para sus discípulos selectos, en tanto la exotérica era comunicada de modo accesible en disertaciones públicas sin restricciones. Esta modalidad se halla virtualmente en las grandes religiones tradicionales como en otros credos de menor expansión.

El Esoterismo, como doctrina o práctica espiritual, sostiene que la enseñanza de la verdad –religiosa, científica o filosófica– debe restringirse a una cantidad restringida de iniciados, ya sea por su capacidad intelectual o por su riqueza moral. Todas las religiones antiguas aplican tal diferenciación. En el Bhagavad Gita, libro magno del hinduismo, se lee: «Si conoces toda la verdad, guárdate de perturbar la mente de quienes no están preparados para recibirla, porque las enseñanzas inoportunas o prematuras los apartarían de la acción en que sólo ven la verdad a medias y quedarían extraviados y confusos». Este criterio también es aplicado por los teólogos cristianos.

Al remarcar con esto que no estamos hablando sobre un pasaporte hacia alguna ciencia oculta, sino –en cambio– sobre una sabiduría natural sumergida, evitamos caer en el campo del Ocultismo (donde se agrupan todos los fenómenos que no logran ser explicados por las leyes naturales) o del Hermetismo (surgido de la sabiduría divina del dios Thot y de las enseñanzas de Hermes Trismegisto, mítico rey del antiguo Egipto versado en la magia, la alquimia y la astrología, cuyas obras –fusión de ideas egipcias y griegas– se conocen como Libros Herméticos).

Tampoco situamos esta latitud del discernimiento en la órbita del Gnosticismo, fragmentado en infinidad de escuelas y corrientes con interpretaciones discordantes sobre la naturaleza de Jesús, la emanación, la redención y la caída. Como se sabe, en griego gnosis significa conocimiento. Los gnósticos fueron pensadores religiosos heterodoxos en los siglos iniciales de la Era Cristiana, con un conocimiento singularmente íntimo y profundo de los misterios sagrados, oscilando entre el ascetismo y la transgresión, desde las perspectivas religiosas tradicionales de esa época.

Ocasionalmente, algunos observadores cargados de prejuicios (o carentes de información real), ante 1) un neto rebrote de antiguas prácticas esotéricas, 2) el obvio auge de nuevos movimientos religiosos, y 3) la fuerte expansión de una corriente de pensamiento rotulada genéricamente como New Age (Nueva Era), las han mezclado peyorativa y calumniosamente con el activismo de infinitas sectas milenaristas surgidas en el final de siglo XX. No han vacilado –además– en colocar en el mismo casillero tanto a practicantes de las artes adivinatorias, como a seguidores del «fenómeno OVNI», cultos evangélicos de corte diverso, escuelas de auto-conocimiento y meditación oriental, terapias alternativas, movimientos ecologistas, líneas de alimentación natural, gemas y otras heterodoxias, como si se tratase de un complot pagano para negar la existencia de Dios, Cristo o la Virgen María.

Hacia finales de los años ’70, desde Estados Unidos, comenzó a circular el concepto de Frontera Acuariana que, de modo persistente y expansivo, desembocó en algo que hoy –a nivel mundial– extravió su veta transformadora y pasó a ser un cóctel desnaturalizado (y por momentos retrógrado) debido a la incursión oportunista de ávidos comerciantes y pseudoprofetas de cualquier talante que inundaron las mesas de “auto-ayuda” en las librerías. Ya en 1983, el futurólogo Michael Marien impugnó estructuralmente el profetismo acuariano de Marilyn Ferguson, calificándolo como “síndrome del arenero”, o sea, ese ángulo rectangular de la plaza pública donde las mamás meten a sus bebés “para que no embromen”.

Marien puntualizaba que, si bien en el mundo es deseable una transformación radical de valores, percepciones e instituciones, ello está muy lejos de ser inevitable. Y frontalmente acusaba a los peregrinos acuarianos de contribuir con su “síndrome del arenero” a paralizar toda modificación que realmente diera una respuesta imaginativa a los atascamientos espirituales, éticos y estéticos de la sociedad pos-moderna.

Decía: “El síndrome acuariano del arenero consiste en una serie de conductas inducidas para mantener a un individuo o a una organización en un estado pueril de inocencia, contento con la construcción de castillos de arena, en vez de hacerlo en la vida real, trabando una dinámica de crecimiento y fabricando consuelos egocéntricos”.

No cabe duda que en ésas, como en otras actividades más rutinarias de la vida moderna (política, sindicatos, derecho, medicina o pedagogía) existen delirantes y falsarios de carácter surtido. Es indiscutible que en el «supermercado espiritual» de los albores del siglo XXI pululan grupos sectarios, totalitarios y oscurantistas del Occidente tan materialista que nos toda padecer. Pero no se puede juzgar de manera tan estrecha algo que en cierto modo comienza a configurar los temblores iniciales de un inédito paso evolutivo de nuestra especie.

El saber integrativo que nos ocupa, se denomina «holístico», a partir del término griego holos (entero). No se trata de un conocimiento acabado, completo, sino de una visión expansiva, abarcadora. De allí la dificultad del cientificismo positivista o mecanicista para comprenderlo: no se puede capturar lo inmaterial desde lo material, lo infinito desde lo finito, lo eterno desde lo temporal, el misterio desde el racionalismo.

Esta nueva consciencia convergente de solidaridad universal posee, claro está, matices de religiosidad, no por inscribirse en alguna Religión –pasada, presente o futura– sino porque la expresión latina «religio» proviene tanto de relegere (repasar) como de religare (volver a unir).

Místicos y espiritualistas de origen variado, en Oriente y Occidente, han transitado esa «consciencia cósmica» que todo lo incluye y todo lo trasciende, con rasgos de éxtasis o de beatitud. El doctor Abraham Maslow, de la Tercera Corriente de psicología contrapuesta a la Psicoterapia de Sigmund Freud y el Conductismo de B. F. Skinner, se refirió a ello como estados cúspide. Otras definiciones encaran la religión como una emoción intensa basada en la captación de una armonía suprema entre uno y el universo, sin adscribirla a un dogma a o una institución (decisión personal de cada individuo).

Durante el último cuarto del siglo XX se divulgó una Cuarta Corriente terapéutica que incorporó las experiencias espirituales del individuo, y ha conocido como Psicología Transpersonal. El psiquiatra Stan Grof las situó en el plano de las “emergencias espirituales”, no como situación de catástrofe sino como un manantial de vivencias trascendentales. Actualmente, el filósofo Ken Wilber expresa un paso más adelante que sencillamente denomina Pensamiento Integral

Nada de ello puede definirse como «sobrenatural», «paranormal» o «parapsicológico», ni como «estado alterado de la consciencia». Se trata de nuestra fibra espiritual suprema, hoy en vías de florecer sin condicionamientos, en un mundo donde hay cada día más instituciones disputando la titularidad de Dios y más individuos agobiados por una trivialidad atroz.

Actualmente, los cultores más triviales de la Nueva Era impulsan como meta excluyente el sentirse bien, el tener éxito, el realizarse energéticamente (lo cual en sí mismo es inobjetable, excepto cuando se convierte en un arenero). En esta latitud, muchos individuos suponen que si el mundo se pudre, el problema será “de los demás”. O sea: practican simplemente una especie de auto-hipnosis. Algo análogo sucede también en el terreno ecológico donde muchos ambientalistas advierten sobre los peligros del Recalentamiento Global y del Cambio Climático imperante, pero omiten que la humanidad padece una pavorosa crisis surgida del hambre espiritual no satisfecha.

Como de costumbre, las modas van y vienen, dejando algunos bolsillos vacíos y otros más llenos. Mientras, la violencia y la inseguridad social aumentan y la primera década del siglo XXI no promete un Edén acuariano sino alguna de las arquetípicas y multipropaladas pesadillas de ciencia-ficción a la manera de la película Blade Runner o de la novela Valis de su genial guionista Philip S. Dick.

La indagadora social Ferguson identificaba su inventario de influjos y propensiones como una “revolución sin líderes”. Hoy su best-seller La Conspiración Acuariana se encuentra en las mesas de saldos. El investigador Fritjof Capra trazaba a su vez los paralelos entre la física cuántica y el misticismo hindú. El científico James Lovelock aportó la Hipótesis Gaia. Y su colega Rupert Sheldrake, la teoría de los Campos Morfogenéticos. Varios lustros después, todas aquellas intuiciones –algunas honorables, otras incompletas—han desembocado en un confuso y a ratos decepcionante mega-mercado pseudo-espiritual. Con menos best-sellers y mucha nitidez, Miguel de Unamuno señalaba el sendero: “Fe no es creer en lo que vemos, sino crear lo que no vemos”.

En todo momento de la vida inteligente hay dos macrotendencias: una hacia la verdad, otra hacia la falsía. Una hacia la luz, otra hacia la tiniebla. Una vez, el cineasta Federico Fellini comentó: “Por cada uno que se proyecta hacia la luz, hay diez mil empujando hacia la oscuridad”. Pero en el seno de la humanidad bulle aquí y ahora una corriente convergente de solidaridad universal. Cualquier nombre que la rotule es en última instancia insuficiente. La cuestión no consiste en aceptarla o en negarla, sino en convertirse en ejemplos vivos de lo que debería ser una obra suprema. Lo demás, es ruido, murmullo timorato en el bosque humano.

Miguel Grinberg


Los libros más recientes de Miguel Grinberg se titulan Decrecer con Equidad (Ed. Ciccus, en colaboración con Lucio Capalbo, Ezequiel Ander Egg, Antonio Helizalde Hevia y Erwin Laszlo), y Mutantia 25 (anuario subtitulado «Nuestro Espacio Sagrado», Ediciones del Nuevo Extremo).

fuente http://mundogrinberg.blogspot.com.ar/2012_09_01_archive.html

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Nacemos enteros

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Nos hicieron creer en una fórmula llamada “dos en uno”: dos personas pensando igual, actuando igual, que era eso lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene nombre: anulación.
Que sólo siendo individuos con personalidad propia, podremos tener una relación saludable. Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fuera del contrato deben ser reprimidos.
Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados. Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad.
No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes, y que podemos intentar otras alternativas.

¡Ah!, tampoco nos dijeron que nadie nos iba a decir todo esto… cada uno lo va a tener que descubrir solo.
Y ahí, cuando estés muy enamorado de tí, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.
Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor… aunque la violencia, se practica a plena luz del día.

John Lennon

fuente http://www.revistanamaste.com/nacemos-enteros

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(libro) El arte de amar

El arte de amar es un libro escrito por el sociólogo, psicólogo, filósofo y marxista judío alemán Erich Fromm, miembro de la llamada Escuela de Frankfurt. El libro se publicó originalmente en inglés con el título The Art of Loving (1956).

Por Erich Fromm

Comienza el Prefacio del libro:

«La lectura de este libro defraudará a quien espere fáciles enseñanzas en el arte de amar. Por el contrario, la finalidad del libro es demostrar que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Su finalidad es convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina (…)»

En este libro, Fromm recapitula y complementa los principios teóricos acerca de la naturaleza humana que ya había comenzado a desarrollar en El miedo a la libertad y en Ética y psicoanálisis. Fromm postula que el amor puede ser producto de un estudio teórico puesto que es un arte, «así como es un arte el vivir» y, para el dominio de cualquier arte es imperiosamente necesario que se llegue a un dominio profundo, tanto de la teoría como de la práctica. El libro contiene cuatro capítulos:

I. ¿Es el amor un arte?
II. La teoría del amor
III. El amor y su desintegración en la sociedad contemporánea
IV. La práctica del amor

El libro postula principalmente que el amor es la respuesta al problema de la existencia humana, puesto que el desarrollo de éste conlleva a una disolución del estado de separación o separatidad sin perder la propia individualidad. Asimismo estudia la naturaleza del amor en sus diversas formas: amor de padre y de madre, amor a uno mismo, amor erótico y amor a Dios.

El autor postula que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. En el capítulo tres Fromm realiza un análisis del amor y su significado en la sociedad actual, con base en el cual llega a la conclusión de que el modo capitalista de producción tiende a enajenar al hombre y a imposibilitarlo -al menos socialmente- para amar.

fuente http://es.wikipedia.org/wiki/El_arte_de_amar_%28Fromm%29

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La revolución pasa por vivir mejor con menos

Las restricciones que impone la crisis a las economías domésticas son una oportunidad para recuperar el valor del tiempo y vivir de forma más sencilla, consciente y frugal.

La escoba de una crisis económica interminable ha barrido millones de puestos de trabajo, mientras que las personas que siguen en activo están viviendo ajustes de todo tipo. Tras varias décadas de excesos por parte de los que mueven los hilos del casino financiero, nos hallamos ante un primer mundo empobrecido. El crédito ha dejado de fluir libremente y ya no podemos “comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos cae bien”, en palabras del economista y escritor Álex Rovira.

La buena noticia es que la situación actual nos permite reformular nuestro modo de vida y, muy especialmente, la manera en la que invertimos nuestros recursos. La cuestión fundamental sería: ¿es posible vivir mejor con menos?

Los analistas de un concepto en boga, la Felicidad Interior Bruta, aseguran que cuando están cubiertas las necesidades básicas, el bienestar personal no aumenta con la prosperidad material. Esto explicaría que, sobre el papel, los habitantes de Bután, con una de las rentas per cápita más bajas del mundo, superen en grado de satisfacción personal a los de países que lideran la tabla de ingresos. Si este dato es cierto, significaría que, hasta la explosión de la burbuja inmobiliaria, habíamos errado en nuestra búsqueda de la felicidad, aunque algunas personas, como veremos a continuación, ya habían renunciado a la fórmula de máximo enriquecimiento en el menor tiempo posible.

‘Downshifting’

Hace tres años, John Naish publicaba en nuestro país su libro ¡Basta!, cómo dejar de desear siempre algo más. Este periodista británico, colaborador habitual del Times o el Daily Mirror, reflexionaba así sobre nuestra fijación por el consumo: “A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de más ‘felicidad’”.

Este ensayo aparecía pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers, en un momento en el que el crecimiento parecía ilimitado. Sin embargo, algunos ejecutivos ya se habían desencantado de la cultura consumista y se apuntaban al downshifting, un fenómeno que se inició en la década de los 80 en plena cumbre de la cultura yuppie. Directivos de grandes empresas que habían vivido por y para el trabajo renunciaban a sus cargos y aceptaban puestos más bajos en el organigrama para ganar tiempo y calidad de vida.

Ahora que muchos trabajadores han tenido que aplicarse el downshifting a la fuerza, debemos plantearnos cómo podemos vivir igual o mejor con menos. Vicki Robin, una militante de la vida simple en EEUU, propone un principio para separar el grano de la paja: “Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio”.

Retorno a la austeridad

Tras una debacle financiera como la de 1929 o la del 2008, muchas personas redescubren los valores de la austeridad y se dan cuenta de que muchas de las cosas que consideraban imprescindibles, en realidad, no lo eran tanto. Sin embargo, la búsqueda de la frugalidad y la simplicidad es anterior a cualquier crisis económica global. Desde los filósofos cínicos que, en la Grecia del siglo IV a.C., promulgaban el desapego de todo lo material, pasando por los taoístas chinos, que practicaban la vida sencilla y el fluir al ritmo de la naturaleza,pensadores de todas las épocas han hablado de los beneficios de una existencia alejada de los lujos y excesos.

En la era moderna,David Henry Thoreau quiso experimentar la austeridad radical con una huida de la civilización que describiría en su ensayo Walden. En 1845, este activista norteamericano se instaló en una cabaña construida por él mismo en un bosque donde pasaría dos años, dos meses y dos días de vida solitaria. Durante este tiempo, cultivó sus alimentos, reflexionó y escribió sobre el estado natural del hombre y las esclavitudes de la sociedad industrial. En sus propias palabras: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la existencia y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. (…) Deseaba extraer de la vida todo su néctar a través de una existencia robusta y espartana”.

En la línea del experimento de Thoreau, el sociólogo y doctor en filosofía Joaquim Sempere argumenta que la austeridad ha existido en la historia humana principalmente como ejercicio de autodominio, como esfuerzo para probarse a uno mismo. Es un medio de medir “la capacidad para resistir a las tentaciones placenteras y gobernarse con la razón y las facultades superiores de la mente por encima de las pulsiones hedónicas inmediatas y primarias”.

Simplicidad voluntaria

En el presente siglo, las personas que tienen una hipoteca, familia e hijos en la ciudad no pueden permitirse retirarse a una cabaña como el autor de Walden, pero tienen otras formas de vivir con austeridad sin privarse del néctar de la vida. Tras abandonar la cultura del crédito, debemos tomar conciencia de nuestros ingresos reales y de aquellos gastos a los que podemos renunciar. Hay que asumir que cuanto más dinero necesitemos, más tiempo deberemos trabajar.

Una de las obviedades que nuestra vida acelerada nos ha hecho olvidar es que cambiamos dinero por tiempo, la única divisa que no se puede reponer. Entregar horas, días, años de nuestra vida a algo que no nos gusta para pagar créditos debería hacernos reflexionar. Incluso hay personas sin deudas que trabajan tanto que no tienen tiempo de gastar lo que ganan.

¿Por qué casi nadie invierte en tener tiempo? Teniendo en cuenta que las mejores cosas de la vida son gratis –la amistad, el amor, la contemplación de la naturaleza…–,deberíamos prestar atención a nuestra escala de prioridades para colocar cada cosa en su sitio.

El Walden del siglo XXI puede ser llevar una existencia sencilla según el patrón de simplicidad voluntaria propuesto por Duane Elgin en el libro del mismo título. Este activista y conferenciante norteamericano radiografía con estos diez hábitos los que han optado por la vida simple: Invierten el tiempo y energías liberados en actividades con su pareja, hijos y amigos (caminar, tocar música juntos, compartir una comida, acampar…) o en actividades voluntarias de ayuda a otros.

Se esfuerzan en desarrollar todo el espectro de sus potenciales: físico (deportes), emocional(aprendiendo a expresar y compartir los sentimientos), mental (leyendo libros,tomando clases…) y espiritual (cultivando una mente calmada y una corazón compasivo).

Sienten una conexión íntima con la tierra y una preocupación reverencial por la naturaleza, por lo que actúan procurando siempre el bienestar de la tierra.

Se preocupan por los pobres del mundo; una vida más simple crea un sentimiento de parentesco con los más desfavorecidos y, en consecuencia, con la equidad en el uso de los recursos mundiales.

Disminuyen su consumo personal; compran ropa funcional, estética y duradera en lugar de seguir modas pasajeras; compran menos joyería y otras formas de ornamentación personal;compran menos cosméticos.

Apuestan por productos resistentes, fáciles de reparar, cuya manufacturación y uso no sean contaminantes y que, además, sean eficientes desde el punto de vista energético.

En su dieta, se alejan de los alimentos altamente procesados, de las carnes y el azúcar, y prefieren alimentos más naturales, saludables y apropiados para los habitantes de un pequeño planeta.

Reducen la acumulación y complejidad en sus vidas, desprendiéndose o vendiendo aquellas posesiones que son raramente usadas y podrían ser utilizadas productivamente por otros.

Aprecian la simplicidad de las formas no verbales de comunicación: la elocuencia del silencio,abrazarse y tocarse, el lenguaje de los ojos.

Abogan por prácticas holísticas de cuidado de la salud que enfatizan la medicina preventiva y las capacidades curativas del propio cuerpo.

¿Quiénes son los pobres?

Sin olvidar el drama de millones de personas que sufren escasez de agua, alimentos y medicinas, en el primer mundo tendemos a utilizar un baremo consumista para medir la pobreza. Desde nuestro punto de vista, el campesino de Bután que vive con un par de euros al día sería considerado pobre de solemnidad, por mucho que su país exhiba un elevado índice de Felicidad Interior Bruta.

Sobre el concepto de pobreza, hay una lúcida fábula de autor desconocido. Cuenta que el padre de una familia muy rica llevó a su hijo de viaje a una comunidad indígena con el expreso propósito de mostrarle cómo viven los pobres. Estuvieron un par de días y noches alojados en la granja de lo que se podría considerar una familia muy pobre. A la vuelta del viaje, el padre preguntó a su hijo qué le había parecido la experiencia y si se había dado cuenta de cómo vivían los pobres para valorar más lo que tenía en casa.

El niño respondió que le había encantado el viaje y que ahora ya sabía cómo vivían los pobres. Cuando el padre le pidió que especificara lo que había aprendido, el pequeño enumeró así lo que había visto:

“Nosotros tenemos un perro y ellos tienen varios.
Nosotros tenemos una piscina que ocupa la mitad del jardín y ellos tienen un arroyo que no tiene fin.
Nosotros hemos puesto faroles en nuestro jardín y ellos tienen las estrellas por la noche.
Nuestro patio es tan grande como el jardín y ellos tienen el horizonte entero.
Nosotros tenemos un pequeño trozo de tierra para vivir y ellos tienen campos que llegan hasta donde nuestra vista no alcanza.
Nosotros tenemos criados que nos ayudan, pero ellos se ayudan entre sí.
Nosotros compramos nuestra comida, pero ellos cultivan la suya.
Nosotros tenemos muros alrededor de nuestra casa para protegernos, ellos tienen amigos que los protegen.”
El padre del niño quedó boquiabierto. Finalmente, su hijo añadió:
«Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos.”

Francesc Miralles
Revista Integral

fuente http://forajidosdelanetwar.wordpress.com/2012/02/02/la-revolucion-pasa-por-vivir-mejor-con-menos

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Sin amor libre no habrá revolución

“¿Quieres a mi padre?” “El amor no es para los pobres, hijo mío.” Un corazón en peligro, 1944. La cita inicial con la que encabezamos estas reflexiones pertenece a un diálogo entre parias, madre e hijo, de una de las muchas películas de Hollywood que tratan (y maltratan) el tema del amor.

Por Antón FDR
Grupo Re-Evolución

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El silencio

El único silencio que conoce la utopía de la comunicación es el de la avería, el del fallo de la máquina, el de la interrupción de la transmisión.

Este silencio es más una suspensión de la técnica que la afloración de un mundo interior. Anacrónico en su manifestación, produce malestar y un deseo inmediato de darle fin, como si de un intruso se tratara.

Señala el esfuerzo que aún queda por hacer para que el hombre acceda al fin a la gloriosa categoría del homo communicans.

Surge entonces la gran tentación de oponer a la profusa «comunicación» de la modernidad, indiferente al mensaje, la «catarsis del silencio» (Kierkegaard), con la esperanza de poder restaurar así todo el valor de la palabra.

Cuanto más se extiende la comunicación más intensa se hace la aspiración a callarse, aunque sea por un instante, a fin de escuchar el pálpito de las cosas o para reaccionar ante el dolor de un acontecimiento, antes que otro venga a relegarlo, y luego otro, y otro más… en una especie de anulación del pensamiento en un torrente de emociones familiares cuya insistente evanescencia aporta sin duda consuelo, pero acaba ensombreciendo el valor de una palabra que condena al olvido todo lo que enuncia.

La saturación de la palabra lleva a la fascinación por el silencio.

El imperativo de comunicar cuestiona la legitimidad del silencio, al tiempo que erradica cualquier atisbo de interioridad.

No deja tiempo para la reflexión ni permite divagar; se impone el deber de la palabra.

El pensamiento exige calma, deliberación; la comunicación reclama urgencia, transforma al individuo en un medio de tránsito y lo despoja de todas las cualidades que no responden a sus exigencias.

En la comunicación, en el sentido moderno del término, no hay lugar para el silencio: hay una urgencia por vomitar palabras, confesiones, ya que la «comunicación» se ofrece como la solución a todas las dificultades personales o sociales.

En este contexto, el pecado está en comunicar «mal»; pero más reprobable aún, imperdonable, es callarse. La ideología de la comunicación asimila el silencio al vacío, a un abismo en el discurso, y no comprende que, en ocasiones, la palabra es la laguna del silencio. Más que el ruido, el enemigo declarado del homo communicans, el terreno que debe colonizar, es el silencio, con todo lo que éste implica: interioridad, meditación, distanciamiento respecto a la turbulencia de las cosas -en suma, una ontología que no llega a manifestarse si no se le presta atención.

El imposible silencio de la comunicación. La modernidad trae consigo el ruido. En el mundo retumban sin cesar instrumentos técnicos cuyo uso acompaña nuestra vida personal y colectiva. Pero la palabra tampoco cesa, pronunciada por sus muchos porta-voces. No me estoy refiriendo aquí, desde luego, a la palabra que surge -renovada y feliz- en la comunicación diaria con los allegados, los amigos o los desconocidos con los que se entablan relaciones: esta palabra perdura y da cuerpo a la sociabilidad.

David Le Breton

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Cicatrización de la rotura

Nuestro intelecto ha creado un mundo nuevo que domina a la naturaleza, y lo ha poblado con máquinas monstruosas. Éstas son de una utilidad tan indudable que no podemos ver ni aun la posibilidad de librarnos de ellas o de nuestro servilismo hacia ellas. El hombre está sujeto a seguir las incitaciones aventureras de su mente científica e inventiva y a admirarse de sus espléndidas hazañas. Al mismo tiempo, su genio muestra la siniestra tendencia a inventar cosas que van resultando más y más peligrosas porque representan medios cada vez mejores de suicidio al por mayor.

Por Carl Gustav Jung

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