El pinche tirano

Un pinche tirano es alguien, o algo, que aparece en tu vida, y te la empieza a hacer imposible. Como un grano en el culo, vamos. Te saca lo peor de ti y revive tus peores proyecciones, saca la basura del fondo del saco y se pone como sayo tu sombra, tus miedos y tu orgullo. Carlos Castaneda me ha prestado este término, el cual considero tremendamente útil, y que pocas veces se trata en profundidad dentro del crecimiento personal/transpersonal.
 
Encontré este texto suyo, que me gustaría compartir:
 
“- Un pinche tirano es un torturador –dijo-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente le hace la vida imposible.
 
Don Juan sonrió con un aire de malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Aunque el concepto es uno de sus hallazgos más serios e importantes, los nuevos videntes lo tomaban muy a la ligera. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de las clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.
 
– De conformidad con sus prácticas humorísticas los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca en el universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto, los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.
 
La segunda categoría consiste en algo menor que un pinche tirano. Algo que llamaron los pinches tiranitos; personas que hostigan e infligen injurias, pero sin causar de hecho la muerte de nadie. A la tercera categoría le llamaron los repinches tiranitos o los pinches tiranitos chiquititos, y en ella pusieron a las personas que sólo son exasperantes y molestan a más no poder.

(…)
 
Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar a uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.
 
Explicó que uno de los más grandes logros de los videntes de la época colonial fue un esquema que él llamaba la progresión de tres vueltas. Los videntes, al entender la naturaleza del hombre, llegaron a la conclusión indisputable de que si uno se las puede ver con los pinches tiranos, uno ciertamente puede enfrentarse a lo desconocido sin peligro, y luego incluso, uno puede sobrevivir a la presencia de lo que no se puede conocer.
 
– La reacción del hombre común y corriente es pensar que debería invertirse ese orden –prosiguió-. Es natural creer que un vidente que se puede enfrentar a lo desconocido puede, por cierto, hacer cara a cualquier pinche tirano. Pero no es así. Lo que destruyó a los soberbios videntes de la antigüedad fue esa suposición. Es sólo ahora que lo sabemos. Sabemos que nada puede templar tan bien el espíritu de un guerrero como el tratar con personas imposibles en posiciones de poder. Sólo bajo esas circunstancias pueden los guerreros adquirir la sobriedad y la serenidad necesarias para ponerse frente a frente a lo que no se puede conocer.

(…)
 
Aseguró don Juan que, en esa época, los videntes que sobrevivieron tuvieron que forzarse hasta el límite para encontrar nuevos caminos.
 
– Los nuevos videntes –dijo don Juan mirándome con fijeza- usaban a los pinches tiranos no sólo para deshacerse de su importancia personal sino también para lograr la muy sofisticada maniobra de desplazarse fuera de este mundo. Ya entenderás esa maniobra conforme vayamos discutiendo la maestría de estar consciente de ser.
 
Le expliqué a don Juan que lo que yo le había preguntado era si, en el presente, en nuestra época, los pinches tiranos podrían derrotar alguna vez a un guerrero.
 
– Todos los días –contestó-. Las consecuencias no son tan terribles como las del pasado. Hoy en día, por supuesto, los guerreros siempre tienen la oportunidad de retroceder, luego reponerse y después volver. Pero el problema de la derrota moderna es de otro género. El ser derrotado por un repinche tiranito no es mortal sino devastador. En sentido figurado, el grado de mortandad de los guerreros es elevado. Con esto quiero decir que los guerreros que sucumben ante un repinche tirano son arrasados por su propio sentido de fracaso. Para mí eso equivale a una muerte figurada.
 
-¿Cómo mide usted la derrota?
 
– Cualquiera que se une al pinche tirano queda derrotado. El enojarse y actuar sin control o disciplina, el no tener refrenamiento es estar derrotado.
 
-¿Qué pasa cuando los guerreros son derrotados?
 
– O bien se reagrupan y vuelven a la pelea con más tino, o dejan el camino del guerrero y se alinean de por vida a las filas de los pinches tiranos.”
 
Carlos Castaneda, del libro ‘El Fuego Interno’ (The Fire From Within, 1984)
 
Así pues, encontrarse con un pinche es una buena oportunidad, para ver, para sacar lo que estaba sin resolver, para encontrar lo perdido, para atravesar aquello que nos da miedo. Y la verdad es que no es nada agradable, de hecho, es como una pequeña muerte, como un parto del que no sabes a ciencia cierta el resultado.
 
He tenido muchos pinches tiranos, de hecho, aunque no lo supiera, tuve que vivir con ellos muchos años. Lo que no sabía era que formaban parte de mi camino, que eran una ocasión para tirar del hilo, más y más, y más todavía, hasta encontrar dentro de uno lo que había atraído, llamado al tirano. Son proyecciones donde se mezclan la sombra y la realidad, el recuerdo y el presente. Una machada que pide que salgas corriendo lo más rápido posible, y en la que casi no es posible luchar.
 
Lo que nadie te dice es que de quien huyes es de ti mismo, y que nunca vas a correr lo suficiente.
 
fuente http://respirandovida.blogspot.com.ar/2007/08/un-pinche-tirano-es-alguien-o-algo-que.html

La batalla contra los cuatro enemigos naturales

Sábado, 8 de abril, 1962

En nuestras conversaciones, don Juan usaba a menudo la frase “hombre de conocimiento”, o se refería a ella, pero nunca explicaba qué quería decir. Inquirí al respecto.
-Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender – dijo-. Un hombre que, sin apuro, sin vacilación ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y el conocimiento.
-¿Puede cualquiera ser un hombre de conocimiento?
-No, no cualquiera,
-¿Entonces qué debe hacer un hombre para volverse hombre de conocimiento?
-Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos naturales.
-¿Será un hombre de conocimiento tras derrotar a estos cuatro enemigos?
-Si. Un hombre puede llamarse hombre de conocimiento sólo si es capaz de vencer a los cuatro.
-Entonces, ¿puede cualquiera que venza a estos enemigos ser un hombre de conocimiento?
-Todo el que los venza se convierte en un hombre de conocimiento.
-¿Pero hay requisitos especiales que un hombre debe cumplir antes de luchar con estos enemigos?
-No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de llegar a ser hombre de conocimiento; muy pocos llegan a serlo, pero eso es natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino para llegar a ser un hombre de conocimiento son de veras formidables, de verdad poderosos; y la mayoría, pues, se pierde.
-¿Qué clase de enemigos son, don Juan.
Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que pasaría largo tiempo antes de que el tema tuviera algún sentido para mí. Traté de mantener vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que yo podía
volverme hombre de conocimiento. Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero yo insistí en preguntar si había algunas pistas que él pudiera usar para determinar si yo tenía o no oportunidad de convertirme en un hombre de conocimiento. Dijo que dependería de mi batalla contra los cuatro enemigos -de si podía yo vencerlos o salía vencido- pero que era imposible predecir el resultado de esa lucha.
Le pregunté si podía usar brujería o adivinación para ver el desenlace de la batalla. Dijo terminantemente que los resultados de la contienda no podían anticiparse por ningún medio, porque volverse hombre de conocimiento era cosa temporal. Cuando le pedí explicar este punto,
replicó:
-Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de vencer a las cuatro enemigos naturales.
-Debe usted decirme, don Juan, qué clase de enemigos son.
No respondió. Insistí de nuevo, pero él abandonó el tema y se puso a hablar de otra cosa.

Domingo, 15 de abril, 1962

Cuando me disponía a partir, decidí preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento. Aduje que no podría regresar en algún tiempo y sería buena idea escribir lo que él dijese y meditar en ello mientras estaba fuera.
Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar.
-Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.
“Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla.
“Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda.”
-¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
-Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento.
Llegará a ser un maleante, o un cobarde cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
-¿Y qué puede hacer para superar el miedo?
-La respuesta es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de si. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora.
“Cuando llega ese momento gozoso, el hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural.”
-¿Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco?
-Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se conquista rápido y de repente.
-¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si algo nuevo le pasa?
-No. Una vez que un hombre ha conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo.
Para entonces, un hombre conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto, “Y así ha encontrado a su segundo enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo, pero también ciega.
“Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro peto incompleto. Si el hombre se rinde a esa ilusión. de poder, ha sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.
-¿Qué pasa con un hombre derrotado en esa forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia?
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás ha parado en seco sus intentos de hacerse hombre de conocimiento; en vez de eso, el hombre puede volverse un guerrero impetuoso, o un payaso.
Pero la claridad que tan caro ha pagado no volverá a transformarse en oscuridad y miedo. Será claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.
-Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la derrota?
-Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será el verdadero poder.
“Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder!
“El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder.
“Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso.”
-¿Perderá su poder?
-No, nunca perderá su claridad ni su poder.
-¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento?
-Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo un carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de si mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder.
-La derrota a manos de cualquiera de estos enemigos ¿es definitiva?
-Claro que es definitiva. Cuando uno de estos enemigos vence a un hombre, no hay nada que hacer.
-¿Es posible, por ejemplo, que el hombre vencido por el poder vea su error y se corrija?
-No. Una vez que un hombre se rinde, está acabado.
-¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y luego él lo rechaza?
-Eso quiere decir que la batalla sigue. Quiere decir que todavía está tratando de volverse hombre de conocimiento. Un hombre está vencido sólo cuando ya no hace la lucha y se abandona.
-Pero entonces, don Juan, es posible que un hombre se abandone al miedo durante años, pero finalmente lo conquiste,
-No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo nunca lo conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de su miedo, terminará conquistándolo porque nunca se habrá abandonado a él en realidad.
-¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan?
-Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.
“El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tropezará con su último enemigo: ¡la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyentar por un instante.
“Este es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente; un tiempo en que todo su poder está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante de descansar. Si se rinde por ente ro a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su poder y su conocimiento.
“Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento son suficientes.”

Carlos Castaneda

Extracto del libro Las enseñanzas de Don Juan. Una forma yaqui de conocimiento (1967), Fondo de Cutlura Económica, 1968

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¿Cuál es el objetivo de la vida?

La vida no tiene otro objetivo que ella misma porque no es más que otro nombre para Dios mismo. Todas las demás cosas de este mundo pueden tener un objetivo, pueden ser un medio para un fin, pero por lo menos una cosa tienes que dejar como el fin de todas y el medio de ninguna.

Lo puedes llamar existencia.
Lo puedes llamar Dios.
Lo puedes llamar vida.
Son nombres diferentes para una sola realidad.

Dios es el nombre dado a la vida por los teólogos pero tiene un peligro en sí porque puede ser refutado; puede ser rebatido. Casi la mitad de la Tierra no cree en ningún Dios. No sólo los comunistas, los budistas, los jainistas y miles de librepensadores son ateos. El nombre “Dios” no es muy definible porque se lo ha dado el hombre y no hay evidencia, prueba o argumento sobre él. Se queda más o menos como una palabra vacía. Significa lo que quieras que signifique.

Pero para mí, tal como “Dios” es un extremo, “existencia” es otro, porque la palabra “existencia” no indica que pueda estar viva; puede estar muerta. No indica que sea consciente; puede no tener consciencia alguna.

Por eso, mi elección es “vida”. La vida contiene todo lo que se necesita; además, no necesita pruebas. Tú eres vida. Tú eres la prueba. Tú eres el argumento. No puedes negar la vida; por eso en toda la historia del hombre, no ha habido un simple pensador que haya negado la vida.

Millones han negado a Dios, ¿pero cómo puedes negar la vida? Late en tu corazón, está en tu aliento, se muestra en tus ojos. Se expresa en tu amor. Se celebra de mil y unas formas: en los árboles, en los pájaros, en las montañas, en los ríos.

La vida es el objetivo de todas las cosas. Por eso, la vida no puede tener otro objetivo que ella misma. En otras palabras: el objetivo de la vida es intrínseco. Dentro de ella misma están el crecimiento, la expansión, la celebración, la danza, el amor, el gozo; todos estos son aspectos de la vida.

Pero hasta ahora, ninguna religión ha aceptado la vida como el objetivo de nuestros esfuerzos, de todo nuestro afán. Por el contrario, las religiones han estado negando la vida y sosteniendo un hipotético Dios. Pero la vida es tan real que todas las religiones durante miles de años no han sido capaces de hacerle mella, a pesar de que todas ellas han sido antivida. Su Dios no era el mismísimo centro de la vida; a su Dios se le encontraba sólo renunciando a la vida. Ha sido una gran calamidad por la que ha pasado la humanidad: la misma idea de renunciar a la vida significa respetar a la muerte.

Todas vuestras religiones veneran la muerte.No es casualidad que sólo veneréis a los santos muertos. Cuando están vivos, los crucificáis. Cuando están vivos, los lapidáis a muerte. Cuando están vivos, los envenenáis y cuando están muertos, los veneráis; un cambio repentino. Vuestra actitud cambia totalmente.

Nadie ha profundizado en la psicología de este cambio. Merece la pena contemplarla: ¿por qué se venera a los santos muertos y se condena a los vivos? Porque los santos muertos cumplen todas las condiciones para ser religiosos: no se ríen, no gozan, no aman, no danzan, no tienen ninguna relación con la existencia. Realmente han renunciado a la vida en su totalidad: no respiran, su corazón ya no late. ¡Ahora son perfectamente religiosos!; no pueden pecar. Una cosa es segura: puedes depender de ellos, puedes fiarte de ellos.

Un santo en vida no es de fiar. Mañana puede cambiar de opinión. Hay santos que se han vuelto pecadores y pecadores que se han vuelto santos; así que hasta que no han muerto no se puede decir nada de ellos con absoluta seguridad. Esa es una de las razones básicas, en vuestros templos, iglesias, mezquitas, gurudwaras, sinagogas: ¿a quién veneráis? Y no veis la estupidez de todo esto, que lo vivo venera a lo muerto. El presente venera al pasado. A la vida se le obliga a venerar a la muerte. Es por esas religiones antivida que una y otra vez a través de los siglos surge esta pregunta: ¿cuál es el objetivo de la vida?

De acuerdo a vuestras religiones, el objetivo es renunciar a ella, destruirla, torturarte a ti mismo en nombre de algún mitológico e hipotético Dios.

Los animales no tienen religión alguna, excepto la vida. Excepto el hombre, toda la existencia confía en la vida; no hay otro Dios ni otro templo. No hay escrituras sagradas.

En resumen: la vida lo es todo en sí misma.

Es Dios, es el templo y es la sagrada escritura; y vivir la vida plenamente, con todo el corazón, es la única religión.

Yo os digo que no hay otro objetivo que vivir con tal totalidad que cada momento se convierta en una celebración. La misma idea de “objetivo” trae el futuro a la mente, cualquier objetivo, cualquier fin, cualquier meta, necesita el futuro: todas tus metas te privan de tu presente que es la única realidad que tienes; el futuro está sólo en tu imaginación, y el pasado es tan sólo las huellas que han quedado en la arena de tu memoria. Ni el pasado es ya real ni el futuro lo es todavía.

Este momento es la única realidad.

Y al vivir este momento sin ninguna inhibición, sin ninguna represión, sin codicia alguna por el futuro, sin ningún miedo (sin repetir el pasado una y otra vez, sino absolutamente fresco en cada momento, fresco y joven, sin que moleste la memoria, sin que la imaginación estorbe), adquiere tal pureza, tal inocencia, que sólo a esa inocencia yo le puedo llamar divinidad.

Para mí, Dios no es alguien que creó el mundo. Dios es alguien que tú creas cuando vives plenamente, intensamente; con todo tu corazón, sin reprimir nada. Cuando tu vida se vuelve simplemente un gozo momento-a-momento, una danza momento-a-momento, cuando tu vida no es otra cosa que un festival de luces, entonces, cada momento es precioso porque un vez que se va, se va para siempre…

En lo que a mí concierne, vive gozosamente, contento, satisfecho, compartiendo tu amor, tu silencio, tu paz; que tu vida se convierta en una danza tan bella que no sólo tú te sientas bendito sino que puedas bendecir al mundo entero: este es el único camino auténtico. La vida en sí misma es el criterio; todo lo demás no es esencial.

Y cada individuo es tan único que no se puede hacer una super-autopsia por la cual todo el mundo tenga que viajar para encontrar el objetivo de la vida. Por el contrario, todo el mundo tiene que encontrar su objetivo, sin seguir a la masa, sino siguiendo su propia voz interior, no en muchedumbre, sino siguiendo un estrecho sendero. El cual tampoco ha sido creado por nadie. Lo creas tú al caminar.

El mundo de la vida y la consciencia es casi como el firmamento; los pájaros vuelan pero no dejan ninguna huella. Cuando vives profunda, sincera y honestamente, no dejas ninguna huella, nadie tiene que seguirte. Cada uno tiene que seguir su serena, pequeña voz.

Mi énfasis en la meditación es para que puedas oír tu serena vocecita: la cual te dará orientación, sentido de la dirección. Ninguna escritura puede darte eso. Ninguna religión, ningún fundador de religión puede dártelo porque han estado tratando de dárselo a la humanidad durante miles de años y todos sus esfuerzos han fracasado. Sólo han creado gente retrasada, gente sin inteligencia, porque han insistido en la fe. En el momento en que crees en alguien, pierdes inteligencia. Creer es casi como veneno para tu inteligencia.

Yo te digo que no creas en nadie, incluyéndome a mí. Tienes que encontrar tu propia visión y seguirla. Donde quiera que te lleve es el camino correcto para ti. La cuestión no es si otros lo siguen o no. Cada individuo es único y cada vida es bella en su individualidad. Tu pregunta es muy significativa, quizá la más antigua de las preguntas. El hombre se la ha estado preguntando desde el mismísimo principio. Y se han dado millones de respuestas pero ninguna ha sido la correcta. La pregunta todavía permanece…

Mi respuesta es: el objetivo de la vida es la vida misma; más vida, vida más profunda, vida más elevada, pero siempre vida. No hay nada más elevado que la vida.

Osho

The hidden splendor. Discurso 26

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2014/01/854079.php

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La ayuda no existe

Por favor, escuchen esto. Nosotros buscamos ayuda porque vivimos en un estado de desdicha, de confusión, de conflicto, y queremos que se nos ayude.

Queremos que alguien nos diga lo que debemos hacer, queremos alguna guía, tomarnos de la mano de alguien que en esta oscuridad pueda conducirnos hacia la luz. Estamos tan confundidos que no sabemos hacia dónde volvernos.

La educación, la religión, los líderes, los santos, todo eso ha fracasado por completo; no obstante, a causa de que sufrimos, de que hay conflicto y confusión, acudimos a alguien para que nos ayude. Y probablemente sea por eso que están aquí casi todos ustedes, esperando captar de algún modo una vislumbre de la realidad, ser conducidos de algún modo hacia esa belleza de la vida.

Ahora bien, si tienen la bondad de escuchar con su oído interno, verán que la ayuda no existe. Quien les habla no puede ayudarles, rehusa hacerlo. Por favor, comprendan esto, síganlo despacio. Él se niega totalmente, completamente, a ayudarles.

Lo que ustedes desean es mantener la corrupción, vivir en la corrupción y que se les ayude en esa corrupción. Quieren que se les ayude a vivir un poco más confortablemente, a seguir con sus ambiciones, con su estilo de vida, con sus envidias, sus brutalidades; quieren continuar con su existencia cotidiana, pero un poco modificada: volverse un poco más ricos, tener un poco más de bienestar, ser un poco más felices. Eso es todo lo que desean: un empleo mejor, un automóvil mejor, una mejor posición. En realidad, no desean estar completa, totalmente libres del sufrimiento. No quieren descubrir qué es el amor, la belleza e inmensidad del amor. No quieren descubrir qué es la creación.

Lo que realmente quieren es que se les ayude a continuar, de una manera modificada, en este desdichado mundo, con la fealdad de sus vidas, con la brutalidad de su existencia, con su conflicto cotidiano. Eso es todo lo que conocen; se aferran a eso y quieren modificarlo. Y de cualquiera que les ayude a vivir en ese campo, ustedes piensan que es un gran hombre, que es un santo, un salvador maravilloso.

Por lo tanto, quien les habla dice que no les está dando ayuda. Si esperan ayuda de él, están perdidos. No hay ayuda de nadie, no hay ayuda de ninguna clase, ésa es una cosa terrible de comprender por uno mismo. Tienen que comprender el hecho pasmoso, alarmante, de que cada uno de ustedes, como ser humano, tiene que permanecer completamente solo sobre sus propios pies; no hay Escrituras, ni líderes, ni nada que pueda salvarlos; tienen que salvarse por sí mismos. ¿Saben qué ocurre cuando comprenden ese hecho? Es un hecho. Cuando se dan cuenta realmente de ese hecho, o bien se hunden más todavía en su corrupción, o ese hecho mismo les da una energía tremenda para abrirse paso a través de la red que implica la estructura psicológica de la sociedad; se abren paso, la hacen trizas por completo. Entonces nunca buscarán ayuda, porque son libres.

Jiddu Krishnamurti
Bombay, 1 de marzo de 1964

fuente: Extracto del libro Sobre la Libertad, de Jiddu Krishnamurti, página 103, Ed. Edaf, 1994

http://mimajestad.blogspot.com.ar/2011/11/la-ayuda-no-existe-jiddu-krishnamurti.html

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La última batalla sobre la tierra

Lunes 24 de julio de 1961 / A media tarde, tras horas de recorrer el desierto, don Juan eligió un sitio para descansar, en  un espacio sombreado. Apenas tomamos asiento empezó a hablar. Dijo que yo había aprendido mucho de cacería, pero no había cambiado tanto como él quisiera.
 
-No basta con saber hacer y colocar trampas -dijo-. Un cazador debe vivir como cazador para  sacar lo máximo de su vida. Por desdicha, los cambios son difíciles y ocurren muy despacio; a veces un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de cambiar. Yo tardé años, pero a lo mejor no tenía facilidad para la caza. Creo que para mí lo más difícil fue querer realmente  cambiar.
 
Le aseguré que comprendía la cuestión. De hecho, desde que había empezado a enseñarme a cazar, yo mismo empecé a reevaluar mis acciones. Acaso el descubrimiento más dramático fue que me agradaban los modos de don Juan. Me simpatizaba como persona. Había cierta solidez en su comportamiento; su forma de conducirse no dejaba duda alguna acerca de su dominio, y sin embargo jamás había ejercido su ventaja para exigirme nada.  
 
Su interés en cambiar mi forma de vivir era, sentía yo, semejante a una sugerencia impersonal, o quizá a un comentario autoritario sobre mis fracasos. Me había hecho cobrar aguda conciencia de mis fallas, pero yo no veía en qué forma su línea de conducta podría remediar nada en mí. Creía sinceramente que, a la luz de lo que yo deseaba hacer en la vida, sus modos sólo me habrían producido sufrimiento y penalidades, de aquí el callejón sin salida. Sin embargo, había aprendido a respetar su dominio, que siempre se expresaba en términos de belleza y precisión.
 
-He decidido cambiar mis tácticas -dijo.
Le pedí explicar; su frase era vaga y yo no estaba seguro de si se refería a mí.
-Un buen cazador cambia de proceder tan a menudo como lo necesita -respondió-. Tú lo sabes.
-¿Qué tiene usted en mente, don Juan?
-Un cazador no sólo debe conocer los hábitos de su presa; también debe saber que en esta tierra hay poderes que guían a los hombres y los animales y todo lo que vive.
Dejó de hablar. Esperé, pero parecía haber llegado al final de lo que quería decir.
-¿De qué clase de poderes habla usted? -pregunté tras una larga pausa.
-De poderes que guían nuestra vida y nuestra muerte.
Don Juan calló; al parecer tenía tremendas dificultades para decidir qué cosa decir. Se frotó las manos y sacudió la cabeza, hinchando las quijadas. Dos veces me hizo seña de guardar silencio cuando yo empezaba a pedirle explicar sus crípticas declaraciones.
-No vas a poder frenarte fácilmente -dijo por fin-. Sé que eres terco, pero eso no importa. Mientras más terco seas, mejor será cuando al fin logres cambiarte.
-Estoy haciendo lo posible -dije.
-No. No estoy de acuerdo. No estás haciendo lo posible. Nada más dices eso porque te suena bien; de hecho, has estado diciendo lo mismo acerca de todo cuanto haces. Llevas años haciendo lo posible, sin que sirva de nada. Algo hay que hacer para remediar eso.
 
Como de costumbre, me sentí impulsado a defenderme. Don Juan parecía atacar, por sistema, mis puntos más débiles. Recordé entonces que cada intento por defenderme de sus críticas había desembocado en el ridículo, y me detuve a la mitad de un largo discurso explicativo.
 
Don Juan me examinó con curiosidad y rió. Dijo, en tono muy bondadoso, que ya me había dicho que todos somos unos tontos. Yo no era la excepción.
-Siempre te sientes obligado a explicar tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra -dijo-. Es tu viejo sentimiento de importancia. Tienes demasiada; también  tienes demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces responsable de tus actos; no usas  tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible. En otras palabras, tu vida sigue siendo el desmadre que era cuando te conocí.
De nuevo tuve un genuino empellón de orgullo y quise rebatir sus palabras. Él me hizo seña de callar.
 
-Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo extraño, has de saber.
Moví la cabeza en sentido afirmativo.
-No estamos hablando de lo mismo -dijo él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te  aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso,  misterioso, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por  estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo.
Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy corto para presenciar todas las maravillas que existen.
Insistí que aburrirse con el mundo o enemistarse con él era la condición humana.
-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.
Me instó a nombrar un asunto, un elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamientos. Dije que el arte. Siempre quise ser artista y durante años me dediqué a ello.
Todavía conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.
-Nunca has aceptado la responsabilidad de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusador-. Por eso nunca fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.
-Hago lo mejor que puedo, don Juan.
-No. No sabes lo que puedes.
-Hago cuanto puedo.
-Te equivocas otra vez. Puedes hacer más. Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.
Hizo una pausa y me miró como aguardando mi reacción.
-Crees tener mucho tiempo -repitió.
-¿Mucho tiempo para qué, don Juan?
-Crees que tu vida va a durar para siempre.
-No. No lo creo.
-Entonces, si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué cosa esperas? ¿Por qué titubeas en cambiar?
-¿Se le ha ocurrido alguna vez, don Juan, que a lo mejor no quiero cambiar?
-Sí, se me ha ocurrido. Yo tampoco quería cambiar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba cansado de ella, igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.
 
Afirmé con vehemencia que su insistente deseo de cambiar mi forma de vida era atemorizante y arbitrario. Dije que en cierto nivel estaba de acuerdo, pero el mero hecho de que él fuera siempre el amo que decidía las cosas me hacía la situación insostenible.
-No tienes tiempo para esta explosión, idiota -dijo con tono severo-. Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu último acto sobre la tierra. Puede muy bien ser tu última batalla.
No hay poder capaz de garantizar que vayas a vivir un minuto más.
-Ya lo sé -dije con ira contenida.
-No. No lo sabes. Si lo supieras, serías un cazador.
Repuse que tenía conciencia de mi muerte inminente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa mecánicamente su número rutinario.
-Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que eres un idiota -dijo calmadamente-.
Estas desperdiciando en una tontería tu acto sobre la tierra.
Estuvimos callados un momento. Mis pensamientos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.
-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.
-Estoy de acuerdo, don Juan, pero…
-No me des la razón por las puras -tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fácilmente, debes  actuar. Acepta el reto. Cambia.
-¿Así no más?.
-Como lo oyes. El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total.
Me pareció que expresaba una contradicción. Le expliqué que, si me estaba preparando para el  cambio, sin duda estaba cambiando en forma gradual.
-No has cambiado en nada -repuso-. Por eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. Yo sé que así es la cosa, y por eso no pierdo de vista mi interés en convencerte.
No pude persistir en mi argumentación. No estaba seguro de qué deseaba decir realmente.
Tras una corta pausa, don Juan reanudó sus explicaciones.
-Quizás haya que decirlo de otra manera -dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no tenemos ninguna seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees que podamos hacer?
Pensé que la pregunta era retórica, pero él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.
-Vivir lo más felices que podamos -dije.
-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que viva feliz?
Mi primer impulso fue decir que sí; pensé que podía usar como ejemplos a varias personas que conocía. Pero al pensarlo mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.
-No -dije-. En verdad no.
-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus  actos tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de…
Parecían faltarle las palabras. Se rascó las sienes y sonrió. Luego, de pronto, se puso de pie  como si nuestra conversación hubiera concluido. Le supliqué terminar lo que me estaba diciendo. Volvió a sentarse y frunció los labios.
Los actos tienen poder -dijo-. Sobre todo cuando la persona que actúa sabe que esos actos son  su última batalla. Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que  lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz.
-Yo no estaba de acuerdo. Para mí, la felicidad consistía en suponer que había una continuidad  inherente a mis actos y que yo podría seguir haciendo, a voluntad, cualquier cosa que estuviera  haciendo en ese momento, especialmente si la disfrutaba. Le dije que mi desacuerdo, lejos de ser banal, brotaba de la convicción de que el mundo y yo mismo poseíamos una continuidad determinable.
 
Don Juan pareció divertirse con mis esfuerzos por lograr coherencia. Rió, meneó la cabeza, se  rascó el cabello, y finalmente, cuando hablé de una “continuidad determinable”, tiró su  sombrero al suelo y lo pisoteó. Terminé riendo de sus payasadas.
 
-No tienes tiempo, amigo mío -dijo él-. Ésa es la desgracia de los seres humanos. Ninguno de  nosotros tiene tiempo suficiente, y tu continuidad no tiene sentido en este mundo de pavor y  misterio.
“Tu continuidad sólo te hace tímido. Tus actos no pueden de ninguna manera tener el gusto, el  poder, la fuerza irresistible de los actos realizados por un hombre que sabe que está librando su  última batalla sobre la tierra. En otras palabras, tu continuidad no te hace feliz ni poderoso.”
Admití mi temor de pensar en que iba a morir, y lo acusé de provocarme una gran aprensión con sus constantes referencias a la muerte.
-Pero todos vamos a morir -dijo.
Señaló unos cerros en la distancia.
-Hay algo allí que me está esperando, de seguro; y voy a reunirme con ello, también de seguro. Pero a lo mejor tú eres distinto y la muerte no te está esperando en ningún lado.
Rió de gesto de desesperanza.
-No quiero pensar en eso, don Juan.
-¿Por qué no?
-No tiene caso. Si está allí esperándome, ¿para qué preocuparme por ella?
-Yo no dije que te preocuparas por ella.
-¿Entonces qué hago?
Usarla. Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni  preocupación. Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan  de acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. Sólo bajo  tales condiciones tendrán tus actos el poder que les corresponde. De otro modo serán, mientras  vivas, los actos de un hombre tímido.
 
-¿Es tan terrible ser tímido?
-No. No lo es si vas a ser inmortal, pero si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que sólo existe en tus pensamientos.
Te apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca  para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te das cuenta de que tus caminos  seguros nada tenían de seguro. La timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres.
-No es natural vivir con la idea constante de nuestra muerte, don Juan.
-Nuestra muerte espera, y este mismo acto que estamos realizando ahora puede muy bien ser  nuestra última batalla sobre la tierra -respondió en tono solemne-. La llamo batalla porque es  una lucha. La mayoría de la gente pasa de acto a acto sin luchar ni pensar. Un cazador, al  contrario, evalúa cada acto; y como tiene un conocimiento íntimo de su muerte, procede con juicio, como si cada acto fuera su última batalla. Sólo un imbécil dejaría de notar la ventaja que un cazador tiene sobre sus semejantes. Un cazador da a su última batalla el respeto que merece.
Es natural que su último acto sobre la tierra sea lo mejor de sí mismo. Así es placentero. Le quita el filo al temor.
-Tiene usted razón -concedí-. Sólo que es difícil de aceptar.
 
-Tardarás años en convencerte, y luego tardarás años en actuar como corresponde. Ojalá te quede tiempo.
-Me asusta que diga usted eso -dije.
Don Juan me examinó con una expresión grave en el rostro.
-Ya te dije: éste es un mundo extraño -dijo-. Las fuerzas que guían a los hombres son imprevisibles, pavorosas, pero su esplendor es digno de verse.
Dejó de hablar y me miró de nuevo. Parecía estar a punto de revelarme algo, pero se contuvo y sonrió.
-¿Hay algo que nos guía? -pregunté.
-Seguro. Hay poderes que nos guían.
-¿Puede usted describirlos?
-En realidad no; sólo llamarlos fuerzas, espíritus, aires, vientos o cualquier cosa por el estilo.
 
Quise seguir interrogándolo, pero antes de que pudiera formular otra pregunta él se puso en pie. Me le quedé viendo, atónito. Se había levantado en un solo movimiento; su cuerpo, simplemente, se estiró hacia arriba y quedó de pie.
Me hallaba meditando todavía en la insólita pericia necesaria para moverse con tal rapidez,  cuando él me dijo, en seca voz de mando, que rastreara un conejo, lo atrapara, lo matara, lo  desollase, y asara la carne antes del crepúsculo.
 
Miró el cielo y dijo que tal vez me alcanzara el tiempo.
Puse automáticamente manos a la obra, siguiendo el procedimiento usado veintenas de veces.
Don Juan caminaba a mi lado y seguía mis movimientos con una mirada escudriñadora. Yo estaba muy calmado y me movía cuidadosamente, y no tuve ninguna dificultad en atrapar un conejo macho.
 
-Ahora mátalo -dijo don Juan secamente.
Metí la mano en la trampa para agarrar al conejo. Lo tenía asido de las orejas y lo estaba  sacando cuando me invadió una súbita sensación de terror. Por primera vez desde que don Juan  había iniciado sus lecciones de caza, se me ocurrió que nunca me había enseñado a matar animales. En las numerosas ocasiones que habíamos recorrido el desierto, él mismo sólo había  matado un conejo, dos perdices y una víbora de cascabel.
Solté el conejo y miré a don Juan.
-No puedo matarlo -dije.
-¿Por qué no?
-Nunca lo he hecho.
-Pero has matado cientos de aves y otros animales.
-Con un rifle, no a mano limpia.
-¿Qué importancia tiene? El tiempo de este conejo se acabó.
El tono de don Juan me produjo un sobresalto; era tan autoritario, tan seguro, que no dejó en mi mente la menor duda: él sabía que el tiempo del conejo había terminado.
-¡Mátalo! -ordenó con ferocidad en la mirada.
-No puedo.
Me gritó que el conejo tenía que morir. Dijo que sus correrías por aquel hermoso desierto habían llegado a su fin. No tenía caso perder tiempo, porque el poder o espíritu que guía a los conejos había llevado a ése a mi trampa, justo al filo del crepúsculo.
Una serie de ideas y sentimientos confusos se apoderó de mí, como si los sentimientos hubieran estado allí esperándome. Sentí con torturante claridad la tragedia del conejo: haber caído en mi trampa. En cuestión de segundos mi mente recorrió los momentos decisivos de mi propia vida, las muchas veces que yo mismo había sido el conejo.
 
Lo miré y el conejo me miró. Se había arrinconado contra un lado de la jaula; estaba casi enroscado, muy callado e inmóvil. Cambiamos una mirada sombría, y esta mirada, que supuse de silenciosa desesperanza, selló una identificación competa por parte mía.
-Al carajo -dije en voz alta-. No voy a matar nada. Ese conejo queda libre.
Una profunda emoción me estremecía. Mis brazos temblaban al tratar de asir al conejo por las  orejas; se movió aprisa y fallé. Hice un nuevo intento y volví a errar. Me desesperé. Al borde de  la náusea, patee rápidamente la trampa para romperla y liberar al conejo. La jaula resultó insospechadamente fuerte y no se quebró como yo esperaba. Mi desesperación creció convirtiéndose en una angustia insoportable. Usando toda mi fuerza, pisotee la esquina de la jaula con el pie derecho. Las varas crujieron con estruendo. Saqué el conejo. Tuve un alivio momentáneo, hecho trizas al instante siguiente. El conejo colgaba inerte de mi mano. Estaba muerto.
 
No supe qué hacer. Quise descubrir el motivo de su muerte. Me volví hacia don Juan. Él me miraba. Un sentimiento de terror atravesó mi cuerpo en escalofrío.
Me senté junto a unas rocas. Tenía una jaqueca terrible. Don Juan me puso la mano en la cabeza y me susurró al oído que debía desollar y asar al conejo antes de terminado el crepúsculo.
 
Sentía náuseas. Él me habló con mucha paciencia, como dirigiéndose a un niño. Dijo que los poderes que guían a los hombres y a los animales habían llevado hacia mí ese conejo, en la misma forma, en que me llevarán a mi propia muerte. Dijo que la muerte del conejo era un regalo para mí, exactamente como mi propia muerte será un regalo para algo o alguien más. Me hallaba mareado. Los sencillos eventos de ese día me habían quebrantado. Intenté pensar que no era sino un conejo; sin embargo, no podía sacudirme la misteriosa identificación que había tenido con él.
 
Don Juan dijo que yo necesitaba comer de su carne, aunque fuera sólo un bocado, para validar mi hallazgo.
-No puedo hacerlo -protesté débilmente.
-Somos basuras en manos de esas fuerzas -me dijo, brusco-. Conque deja de darte importancia y usa este regalo como se debe.
Recogí el conejo; estaba caliente.
Don Juan se inclinó para susurrarme al oído:
-Tu trampa fue su última batalla sobre la tierra. Te lo dije: ya no tenía más tiempo para  corretear por este maravilloso desierto.

Carlos Castaneda
 
Capítulo IX ‘La última batalla sobre la tierra’ del libro Viaje a Ixtlán (1972), ed. Buenos Aires, booket, Grupo Planeta.

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2013/11/851305.php

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De Ayllukuna a la Teoría de Sistemas: Cuidando la Madre Naturaleza

“Se ha dicho a veces, como lo ha hecho observar Macnamara, que el hombre puede soportar impunemente las diferencias más grandes de clima y otros cambios distintos; mas esto es sólo cierto para los pueblos civilizados. El hombre en el estado salvaje parece, bajo este respecto, casi tan susceptible como sus más cercanos vecinos, los monos antropoides, que nunca viven mucho si se les saca de su país natal.” Charles Darwin, El origen del Hombre.

La atribución de la condición de “inferiores” a personas o pueblos sojuzgados ha existido a lo largo de la historia de la Humanidad desde el surgimiento de las relaciones de dominación como consecuencia del nacimiento de las culturas sedentarias y militarizadas. Parece que una coartada muy utilizada para justificar la explotación y la opresión ha sido la “bestialización” de las víctimas. Un vergonzoso ejemplo de esta actitud lo representa el conocido como “La junta de Valladolid”, en 1550, en la que tuvo lugar un acalorado debate sobre si los indígenas americanos eran o no seres inferiores y que terminó sin una resolución final.

Pero la elevación de esta aberración a la categoría de ciencia tuvo lugar con la implantación del darwinismo como descripción científica de la realidad. En su segunda “gran obra” El origen del Hombre, Charles Darwin incorpora todos los más sórdidos prejuicios de la clase social a la que pertenecía a la naturaleza humana, justificando las diferencias sociales o culturales como un resultado de su gran “hallazgo científico”: la selección “natural”. El arraigo de estas ideas se pone de manifiesto en los textos sobre evolución humana de los científicos darwinistas. Las “sustituciones” (extinciones) de unos “homínidos” por otros en función de una supuesta superioridad se justifica, a veces, mediante los argumentos más rocambolescos: Los neandertales, macizos y bien musculados, probablemente tenían unos dedos demasiado gruesos para hacer uso efectivo de tecnología avanzada de la Edad de Piedra o para realizar tareas de destreza como grabar. /…/ Esto da peso a la idea de que los humanos modernos recientes sustituyeron a los neandertales por su superior uso del mismo tipo de herramientas. /…/ Así, aunque los neandertales pudieron probablemente fabricar y usar herramientas complejas, no pudieron hacerlo muy a menudo o muy cuidadosamente, (?) y no fueron capaces de tareas mas sofisticadas como grabar o pintar, que fueron desarrolladas por los humanos modernos. (Clarke, 2001).

Esta concepción se ha extendido por el imaginario colectivo bien nutrida por las “investigaciones” que, desde el Siglo XIX, nos han aportado los científicos que acompañaron a la expansión colonial europea, que han mostrado a los pueblos “primitivos”, especialmente a los de cultura cazadora-recolectora, como poco menos que mendigos desarrapados y brutales buscando permanentemente algo que comer. Y en muchos casos, las pruebas de sus aseveraciones las han fabricado ellos mismos. El contacto de los hombres “civilizados” con pueblos “salvajes” ha tenido siempre consecuencias desastrosas para los segundos. Incluso en situaciones no dirigidas por el ánimo de conquista, el descubrimiento de las tecnologías occidentales y del poder que les conferían y el deslumbramiento por los “regalos”, en el mejor de los casos baratijas y en el peor, armas o bebidas alcohólicas, han convertido a muchos grupos humanos en poblaciones desculturizadas, dependientes y con escasa autoestima.

Un caso especialmente informativo sobre las consecuencias de de esta actitud lo representa el plasmado en el libro “El saqueo de El dorado” de Patrick Tierney. En el año 68, el prestigioso antropólogo Napoleón Chagnon de la Universidad de Michigan publicó su obra “El pueblo fiero” en el de descubría para el mundo civilizado a los Yanomami, el “último pueblo virgen” habitante de las remotas junglas amazónicas de Venezuela y Brasil. La imagen que transmitió, y que quedó durante muchos años en los libros de texto y en el imaginario colectivo era la de un pueblo viviendo permanentemente en medio de una gran competitividad sexual y guerrera, “confirmando” las concepciones darwinistas sobre los pueblos “primitivos”. En los años 90, Patrick Tierney, un discípulo y admirador de Chagnon, se acercó en persona al territorio que estudió Chagnon. Las entrevistas a testigos presenciales, las pruebas documentales y testimonios de autoridades civiles y militares de la zona y miembros de ONGs y personal sanitario pusieron de manifiesto que Chagnon elaboró fotografías y filmaciones en los que situaba a los guerreros decorados con sus pinturas de guerra en actitudes agresivas, o a madres azuzando a sus pequeños a la pelea, pero eso no fue todo: la distribución de regalos como utensilios metálicos de distinto tipo, repartidos de una forma premeditadamente desigual, provocó envidias y desencadenamiento de violencia real, antes inexistente. Por si fuera poco, las enfermedades contagiosas portadas por los acompañantes de Chagnon provocaron una terrible mortandad entre los Yanomami (Tierney, 2002).

Sería absurdo pretender aplicar a todos los pueblos que han mantenido sus culturas ancestrales la categoría general del “buen salvaje” que tanto interés tenía Chagnon en destruir. Precisamente por su condición de seres humanos difícilmente pueden estar libres de algunos de los defectos que nos son propios. Pero más estúpido aún es considerarlos como seres limitados intelectualmente por la inocencia con la que frecuentemente se han mostrado ante las artimañas y las maldades, inconcebibles para ellos, de los invasores “civilizados”. Porque su sabiduría (que no es lo mismo que información o tecnología) es de un tipo muy diferente a lo que se valora en la “civilización” occidental. Sus culturas, fruto de milenios de interacción, de comprensión entre sí y con el medio natural, han construido cosmovisiones de extraordinaria belleza, pero sobre todo de inteligente comunicación e integración con el entorno en el que se han desarrollado. Una comprensión y una actitud ante el fenómeno de la vida que habría hecho posible la convivencia de la Humanidad en armonía con el ambiente por tiempo indefinido.

Pero esta sabiduría no se detiene en aspectos que pudiéramos denominar filosóficos. Los componentes prácticos de sus conocimientos ancestrales han mostrado una gran eficiencia para una forma de vida en equilibrio con una Naturaleza a la que nunca han considerado una “enemiga”. Unos conocimientos que no se basan, como en nuestra cultura, en “descubrimientos” de sabios, de personajes providenciales, sino que son el resultado común de conocimientos obtenidos y compartidos por toda la comunidad. Sería largo de documentar, por ejemplo, el arsenal de aplicaciones de plantas medicinales conocido desde tiempos inmemoriales por todos los pueblos del Mundo que constituyen la base de muchos medicamentos, depredados por la industria farmacéutica mediante la “biopiratería” y que son (mal)utilizados por la medicina “científica” en forma de “principios activos”, pero lo que me gustaría resaltar aquí son unas concepciones o descripciones de la realidad que resultan sorprendentes por lo que tienen de una comprensión de fenómenos a la que, con grandes dificultades y cierta confusión por la limitación que impone la interpretación mecanicista, reduccionista e individualista de la visión científica dominante, se está llegando en la actualidad.

Es difícil tener la certeza de que las narraciones que han llegado hasta nosotros, los “occidentales” (supongo que esta denominación dependerá del lugar geográfico desde el que se mire), no hayan podido ser desvirtuadas o adornadas con conocimientos actuales, pero el hecho de que los conocimientos a que me voy a referir son extremadamente recientes, especializados y poco menos que marginales o “heterodoxos”, junto con las coincidencias muy llamativas en grupos muy alejados étnica y geográficamente, permite concederles una razonable credibilidad. Este párrafo ridículamente prepotente tiene por objeto subrayar mi condición de científico racionalista que, según la concepción “oficial”, no debe dejarse subyugar por “supersticiones” o narraciones románticas no obtenidas “empíricamente” mediante el método experimental, aunque me reconozco completamente subyugado.

Un repaso general a los retazos de sabidurías ancestrales que han sobrevivido a duras penas al etnocidio sistemático (y, en muchos casos, premeditado y planificado) del colonialismo europeo (en África, Asia, Australia…), resultaría muy enriquecedor por las deslumbrantes bellezas de cosmovisiones con muchos puntos de contacto entre sí que han de tener, por fuerza, orígenes muy remotos. Pero en este caso nos limitaremos a una aproximación forzosamente superficial y posiblemente simplificada a conceptos nacidos en culturas indígenas de Latinoamérica. Una concepción de la realidad que, a lo largo de milenios de contacto y comprensión de su medio natural ha surgido de su vida misma, de una observación constante de la marcha de la vida y del conocimiento de sus leyes que se han incorporado como guías para la organización colectiva de sus grupos.

Las “filosofías” de estos pueblos han sido, como ya hemos dicho, elaboradas y compartidas, a lo largo del tiempo por toda la comunidad. Lo que resulta difícil de comprender desde una mentalidad “occidental” es cómo han llegado a esos conocimientos. En qué datos “empíricos” se han basado, porque a lo que han llegado es a una concepción “cuántica” de la realidad.

Desde el punto de vista de la mecánica cuántica, la realidad contiene tanto al observador como a lo observado (el observador no mira “desde fuera”). Es como si el observador “creara” lo observado y, al mismo tiempo, estuviera dentro. Por sorprendente que pueda parecer, los conocimientos de la mecánica cuántica convierten los fundamentos de la realidad, de los objetos físicos que nos rodean en algo que no es material ni inmaterial, que es lo que se conoce como función cuántica o campo cuántico. El electrón que forma los átomos que nos componen es partícula u onda de forma complementaria, es decir, la unidad es en realidad la interacción de dos entidades complementarias. La realidad física está constituida por interacciones entre distintos componentes de este tipo que se organizan en distintos niveles cuánticos de complejidad, desde los átomos hasta el Universo.

En un nivel que podríamos considerar intermedio de estos “saltos” cuánticos de complejidad se encuentra la organización de la vida en la Tierra. Los seres vivos están constituidos por átomos, que se organizan en moléculas, estas en células que, en sucesivos niveles de complejidad, se organizan en órganos y tejidos, organismos, especies y ecosistemas que a su vez conforman el gran ecosistema o “macroorganismo” que constituye nuestro Planeta, parte de otro sistema de nivel superior…

La vida sólo puede existir gracias a una intrincada red de relaciones e interconexiones entre todos y cada uno de sus componentes. Una red que, según los descubrimientos científicos más recientes, muestra una complejidad difícil de concebir hasta hace muy poco tiempo por la ciencia convencional. La vida se organizó en la Tierra a partir de la integración de bacterias y virus para formar las células que forman los seres vivos (Margulis y Sagan, 1995; Sandín, 1997; Gupta, 2000; Bell, 2001). Los organismos de los seres vivos son (somos), de hecho, comunidades organizadas de bacterias reguladas mediante la información genética procedente de virus que se han convertido en endógenos (insertados en los genomas) (Sandín, 1997; Villarreal, 2004), pero además todos los seres vivos contienen cifras astronómicas de bacterias y sus virus asociados (fagos) en su interior (Qin et al., 2010), colaborando a funciones como elaboración de vitaminas y aminoácidos que los organismos no pueden producir y en mantener el equilibrio con los existentes en el exterior, entre ellos los que están en la piel, en forma de complejos ecosistemas, también en equilibrio con el entorno (Grice et al., 2009).

Un entorno natural y físico en el que las bacterias y virus siguen siendo los componentes mayoritarios, componiendo una biomasa superior a la del mundo animal y vegetal con cifras que se van ampliando a medida que progresan los métodos de obtención de datos (Fuhrman, 1999; Suttle, C. A., 2005; Gewin, 2006; Howard et al., 2006: Lambais et al., 2006; Williamson et al., 2006; Goldenfeld y Woese, 2007; Sandín, 2009) y que constituyen la base de la pirámide trófica marina y terrestre, purifican el agua, reciclan los productos de deshecho y las sustancias tóxicas, hacen el Nitrógeno de la atmósfera disponible para las plantas, comunican información mediante la “transferencia genética horizontal”… incluso, los derivados de azufre producidos por la actividad de los virus marinos contribuyen a la nucleación de las nubes. Los “microorganismos” conectan el mundo orgánico con el inorgánico, y cada uno de nosotros somos como un ecosistema dentro de otros ecosistemas conectados por una “red de la vida” dentro del gran organismo, realmente vivo, que nos acoge.

Todos estos conocimientos no han sido integrados en el “cuerpo teórico” de la concepción dominante de los fenómenos de la vida, sencillamente, porque no se pueden integrar. Porque chocan frontalmente con la visión mecanicista, reduccionista, competitiva e intelectualmente ramplona del darwinismo. Pero ya eran comprendidos, al menos en su significado, por muchos pueblos “primitivos”. Un aspecto común a los pobladores de las selvas es algo considerado por los visitantes “civilizados” como ingenuo o “supersticioso”: no tienen una distinción clara entre el mundo físico y el mundo espiritual o mágico. Posiblemente el uso ritual de sustancias “psicotrópicas” haya sido para ellos una forma de acceso al conocimiento que se escapa a la mentalidad (y posiblemente a las capacidades) de los “occidentales”, pero lo cierto es que les ha llevado a una comprensión de la realidad y a un elaborado conocimiento de sus medios, de las plantas medicinales alimenticias o tóxicas. De los animales, a los que consideran sus hermanos y dotados de espíritu, y cuyas relaciones de parentesco no están basadas en nuestras agrupaciones “filogenéticas”, sino en los hábitats que comparten, en los que viven y se relacionan. Para ellos, que la conocen, la selva no es la “jungla de dientes y garras tintos en sangre” de los ignorantes europeos. La selva es su confortable casa, y los ríos y los árboles parte de su vida.

Pero lo verdaderamente admirable es la concepción, también común a diversos pueblos indígenas, de su integración en el Universo regida por sus mismas leyes, movimientos y cambios como una integridad. Como microcosmos organizados e inmersos en el gran macrocosmos cuya energía organiza todo lo existente y dentro de él y lo que nos acoge, la Pacha Mama, es la sagrada Madre Tierra. Por eso, la relación con lo que haya en ella ha de ser de armonía y reciprocidad. La concepción colectiva de las relaciones humanas deriva de lo que se observa en la Naturaleza. Todos sus elementos están ordenados en una organización colectiva donde cada cosa tiene su lugar, donde las plantas y animales forman colectivos según sus territorios. Estas colectividades han inspirado las organizaciones sociales, Ayllukuna para los Quechua y Aymara, como configuración de las leyes que rigen el cosmos y la Madre Tierra.

En estas culturas se puede encontrar también la más bella (y “cuántica”) expresión de la concepción de la realidad y del ser humano. Para ellos, la unidad es la pareja. Igual que los elementos del cosmos la unidad está organizada en una relación de parejas complementarias. Wiraqucha, la energía universal, tiene una categoría dual de “Padre/Madre”, es el ser sagrado primigenio y principal y no puede ser puramente masculino o puramente femenino. El sol es la pareja complementaria con la luna, el “mundo de arriba”, el Hanaq Pacha, es masculino y es complementario con la Pacha Mama, la Madre Tierra. Y así, el concepto de matrimonio se expresa con el término Yananchakuy, “hacerse entre sí”, entre sexos opuestos, un encuentro complementario, en igualdad de condiciones.

De estas cosmovisiones surgen conceptos que chocan con la mentalidad occidental: la igualdad en la diferencia y la unidad en la diversidad, pero especialmente el concepto sagrado de la Naturaleza no en el sentido religioso de nuestra cultura, sino entendido como merecedor de respeto. Todos los seres vivos, sean animales o plantas, tienen un espíritu que hay que respetar para no interferir en el funcionamiento del organismo que es la Madre Naturaleza (Nuñez, 1992).

Cuando James Lovelock planteó la “Hipótesis Gaia” en la que describía la Tierra como un organismo vivo con capacidad de “autorregulación” y fue forzado a retractarse debido a los ataques de las “autoridades científicas” e incluso a su misma condición de darwinista, que le llevó a admitir que el término “organismo” era simplemente metafórico, seguramente no tenía conciencia de que las culturas “primitivas” sabían hace mucho tiempo que nuestra Madre Tierra está viva. Pero esta hermosa e inteligente cosmovisión ha sido arrollada por la zafia concepción de la competencia, la dominación y la destrucción que ha causado una grave enfermedad a la Pacha Mama. Sería bueno que los “hombres civilizados” volviéramos los ojos hacia los “pueblos sabios” para agradecerles su legado. Incluso, para pedirles consejo.

Máximo Sandín

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fuente http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/msandin/sistemas.htm

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Entrevista con Carlos Castaneda

Carlos Castaneda no conoce a Marcos ni sabe del EZLN; no lee periódicos; niega ser un gurú o un mesiánico; considera, con Juan Matus, que la compasión y las preocupaciones sociales son una mentira que se regenera; es crítico de gurús y mercachifles de Dios; asegura que su madre fue “comunista y panfletista”.

Estos y otros asuntos abordó en una conversación con los medios de comunicación, durante una pausa en el seminario Los nuevos senderos de la tensegridad, efectuado de viernes a domingo en la ciudad de México, y con el cual empieza una etapa de difusión masiva de sus conocimientos como brujo o chamán.

Durante más de una hora, la noche del sábado, el autor de Las enseñanzas de Don Juan y Relatos de Poder respondió a las más variadas preguntas.

Con serena elocuencia, a menudo bromista, siempre respetuoso de sus interlocutores, sin reparos, Castaneda fue de un tema a otro, según se iban disparando las preguntas de los ocho periodistas reunidos en torno a él. Eso sí: nada de cámaras ni de grabadoras.

A continuación se ofrece una versión de la plática, editada y reconstruída a partir de apuntes. Conviene recordar que para Carlos Castaneda las palabras son insuficientes y limitadas para describir o explicar sus experiencias como brujo; asimismo, les asigna valores y significados que escapan a la lógica lineal en que normalmente nos movemos.

-¿Los brujos cómo consideran a la espiritualidad y el sentido de la divinidad?
-No sé cómo entienden ustedes la espiritualidad. ¿Lo opuesto a lo carnal?

-No necesariamente, sino como parte de un todo, distinto.
-Bueno, en ese sentido, Juan Matus es puro espíritu. El brujo crece en el espíritu del hombre, no en la espiritualidad. Don Juan decía: “yo amo a mi espíritu, es un espíritu bello el del hombre. Si crees que algo me debes y no puedes pagarme a mí, págale al espíritu del hombre”. En cuanto a la divinidad: “los chamanes no tienen el sentido de la plegaria y no se arrodillan ante la divinidad. No hay necesidad de ruego. Piden al Intento, la fuerza capaz de construir y modificar todo, fuerza perenne. Pero no ruegan”.

-Cuando usted habla de los brujos del antiguo México, ¿a quienes se refiere? Porque aquí hubo distintas culturas: los mayas, los aztecas…
-No. Para Don Juan los tiempos antiguos de México fueron hace entre siete mil y 10 mil años.

-¿Cómo es el proceso de su rompimiento con Don Juan?
-Yo no rompí. El es quien me lo dice. Llega un momento en que se da cuenta de que soy tan diferente a él que no puede continuar conmigo. Y empieza a atraparme, me tapa todas las salidas y sólo me deja una.

-Usted conoce a los indios de México. Viven en malas condiciones y hay seis mil de ellos en las cárceles; ¿qué tanto le interesan los indios de México?
-Me interesan absolutamente. Yo le hice una vez esa pregunta a Don Juan. Hace tiempo escribí un libro que no se pudo publicar, La fama de Nacho Coronado. Nacho era un indio yaqui que tenía tuberculosis y pensaba que con un crédito bancario podría comprar vitaminol y se curaría. Yo le pregunté a Don Juan: “¿No le preocupa eso? Las premisas de Nacho son las mías”. Dijo: “Sí me preocupa muchísimo, pero al mismo tiempo me preocupas tú. ¿Crees que estás mejor?”. Claro que a mí también me interesan ustedes. Estamos involucrados en un estado de sed que nos consume sin darnos tregua, sin darnos nada.

-¿Qué opinas de Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del levantamiento indígena en Chiapas?
-¿Quién? ¿Marcos? No lo conozco. No tengo idea. ¡Puuucha!, estoy perdido!… Perdónenme, no conozco ni pizca.

-Cuál es su sentimiento respecto de la humanidad?
-Es un sentimiento de tristeza. Yo trabajo por la humanidad […] El hombre es un ser extraordinario, lo que implica una responsabilidad tremenda. Pero está en el yo, yo, yo, yo, yo, yo. ¿Por qué el miedo a liberarse?

La liberación como la entiende Castaneda, comprende el rompimiento de los “prejuicios preceptivos”, la anulación de la “egomanía”, el alcance de la ensoñación que permitiría a cada quien descubrir su “cuerpo energético”. Y después de todo, eventualmente, estar en condiciones de iniciar un camino “arduo pero exquisito” hacia otros mundos.

-En la lógica de nuestro mundo cotidiano, esta intención liberadora puede interpretarse como mesiánica y ya sabemos lo que ha pasado con las experiencias mesiánicas…
-No, no, no, no. Eso es demasiado bochornoso. Nosotros no valemos tanto. Mesiánico es el new age y todos los gurús de la nueva onda, los mercachifles de Dios. Nosotros no pretendemos nada. No ofrecemos esperanzas de algo que no podemos dar.

-¿Cómo concilia esa preocupación por la humanidad con el desinterés por asuntos como Bosnia, o Chiapas, en los que hay mucho sufrimiento del hombre?
-¡Pero corazonzotes, por favor, el sufrimiento está en todas partes, no sólo ahí! Toda la humanidad genera sufrimiento. Mi madre era una comunista, una panfletista, una proletaria. Yo heredé eso. Pero Don Juan me dijo: “estás mintiendo. Dices que te preocupa eso y mira cómo te tratas tú mismo. Deja de aniquilar tu cuerpo. ¿De veras sientes compasión por tus semejantes?”. Sí, le respondí. “¿Hasta el grado de dejar de fumar?”. ¡Noooo! Mi compasión era una superchería. El muy bandido me dijo: “mucho cuidado con los entretenimientos sociales. Esos son placebos, son el gran chupón. Es una mentira que se regenera.”

-¿Porqué usted como hombre de su tiempo no lee los periódicos?
-Por la simple razón de que estoy curtidísiisisísimo contra cosas topicales.

-Usted ha escrito que el camino del guerrero es un camino solitario, ¿no hay una contradicción al hacer cursos masivos como el de la tensegridad?
-No. Yo aquí no estoy hablando de cosas duras. A lo mejor la tensegridad les da la energía para hablar de cosas de veras pesadas. Pero por algo se empieza.

-Las enseñanzas de Don Juan generó un culto por ciertas plantas alucinógenas, pero ahora usted descalifica aquel libro, dice que es mejor olvidarlo ¿Por qué?
-La idea de ingerir una de esas plantas sin disciplina no va a llevar a nada. Si acaso a un desplazamiento del punto de encaje, pero fugazmente. Ahora, cuando Don Juan me las dio, ese era el tenor del momento. Yo me crié convencido del valor de la severidad de mi abuelo. Tenía el punto de encaje casi soldado. Don Juan Matus me dijo: “tu abuelo es un vejete”. Yo tenía soldad el punto de encaje y él sabía que sólo con alucinógenos lo podía remover. Pero nunca hizo lo mismo con otros, no les dio ni café. Los alucinógenos valían para mí, pero yo lo tomé como un índice total.

-¿Qué espera de la apertura que ahora están iniciando?
-No sé qué es lo que va a pasar. Don Juan nunca me dijo qué es lo que va a pasarme junto a la masa […] Antes estábamos atentos a proseguir de acuerdo a los mandatos de Don Juan. Nos prohibió estar en las candilejas. Ahora quiero enseñar así, porque es una deuda tremenda que ya no puedo pagarle a él.

-¿No tiene miedo de convertirse en gurú?
-No, porque no tengo ego: no hay cómo..

Arturo García Hernández
La Jornada
Lunes 29 de enero de 1996

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Sometimiento y conformismo en las sociedades industriales avanzadas

En una sociedad primitiva el grupo es pequeño; está integrado por aquellos que comparten la sangre y el suelo. Con el desarrollo creciente de la cultura, el grupo se extiende; se con vierte en la ciudadanía de una polis, de un gran Estado, los miembros de una iglesia. Hasta el romano indigente se sentía orgulloso de poder decir ‘civis romanus sum’; Roma y el Imperio eran su familia, su hogar, su mundo.

También en la sociedad occidental contemporánea la unión con el grupo es la forma predominante de superar el estado de separación. Se trata de una unión en la que el ser individual desaparece en gran medida, y cuya finalidad es la pertenencia al rebaño. Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto en las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado; salvado de la temible experiencia dé la soledad.

Los sistemas dictatoriales utilizan amenazas y el terror para inducir esta conformidad; los países democráticos, la sugestión y la propaganda. Indudablemente, hay una gran diferencia entre los dos sistemas. En las democracias, la no conformidad es posible, y en realidad, no está totalmente ausente; en los sistemas totalitarios, sólo unos pocos héroes y mártires insólitos se niegan a obedecer. Pero, a pesar de esa diferencia, las sociedades democráticas muestran un abrumador grado de conformidad. La razón radica en el hecho de que debe existir una respuesta a la búsqueda de unión, y, a falta de una distinta o mejor, la conformidad con el rebaño se convierte en la forma predominante. El poder del miedo a ser diferente, a estar solo unos pocos pasos alejado del rebaño, resulta evidente si se piensa cuán profunda es la necesidad de no estar separado. A veces el temor a la no conformidad se racionaliza como miedo a los peligros prácticos que podrían amenazar al rebelde. Pero en realidad la gente quiere someterse en un grado mucho más alto de lo que está obligada a hacerlo, por lo menos en las democracias occidentales.

La mayoría de las gentes ni siquiera tienen conciencia de su necesidad de conformismo. Viven con la ilusión de que son individualistas, de que han llegado a determinadas conclusiones como resultado de sus propios pensamientos -y que simplemente sucede que sus ideas son iguales que las de la mayoría-. El consenso de todos sirve como prueba de la corrección de «sus» ideas. Puesto que aún tienen necesidad de sentir alguna individualidad, tal necesidad se satisface en lo relativo a diferencias menores; las iniciales en la cartera o en la camisa, la afiliación al partido Demócrata en lugar del Republicano, a los Elks en vez de los Shriners, se convierte en la expresión de las diferencias individuales.

El lema publicitario «es distinto» nos demuestra esa patética necesidad de diferencia, cuando, en realidad, casi no existe ninguna. Esa creciente tendencia a eliminar las diferencias se relaciona estrechamente con el concepto y la experiencia de igualdad, tal como se está desarrollando en las sociedades industriales más avanzadas.

Extracto del capítulo II La teoría del amor, en El arte de amar (1956), Ed. Paidós Studio, Bs. As.

fuente http://argentina.indymedia.org/news/2013/07/843155.php

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Humanidad XXI

Pese al caos socio-económico-cultural que impera en el mundo, fluye nítidamente (para quien se predisponga a discernirlo) un manantial de vivencias trascendentales. Nada de ello puede definirse como “sobrenatural”, “paranormal” o “parapsicológico”, ni como “estado alterado de la consciencia”. Se trata de nuestra fibra espiritual suprema, hoy en vías de florecer sin condicionamientos, en un mundo donde cada día hay más instituciones o sectas disputando la titularidad de Dios, y más individuos agobiados por una trivialidad atroz.

Cada ser humano, al nacer, es depositario de un potencial divino que raras veces desarrolla en la medida entera de sus posibilidades. Algunos pocos individuos logran llevar al máximo tal don natural, simplemente porque toda la cultura moderna –y por consiguiente, toda la sociedad– está orientada hacia otras latitudes de la experiencia vital, en su mayoría periféricas, superficiales, agónicas. Así, en la profundidad del alma humana, queda enquistada una gema que se atrofia o aborta en cuanto a sus potencialidades vivenciales, visionarias y transformacionales. Sabido es que todo órgano –tanto físico como espiritual– que no se pone en funcionamiento, termina atrofiándose.

Otras personas, fragmentariamente, por vocación, por circunstancias azarosas o por leves atisbos de lucidez, llegan a transitar algunos senderos del conocimiento profundo y perenne que se anida en nuestra especie. Ello les permite vislumbrar el manantial supremo de la existencia, aunque sólo paladean fugaces gotas del mismo: jamás se zambullen en su cauce. Demandas materiales, familiares o sociales, acaban absorbiendo su atención, al punto de no permitirles ir más lejos en sus intuiciones del cosmos íntimo.

La multitud ni siquiera imagina semejante tesoro: vive hipnotizada por atracciones que la mantienen en el territorio de la irrealidad, de las ficciones disfrazadas de trascendencia. Buena parte de las patologías contemporáneas emerge de tal desperdicio de energías generativas, que al no ser puestas en acción, se malogran produciendo efectos ajenos a su raíz infinita.

Nada de esto tiene implicancia “esotérica”. Este término de origen griego designaba doctrinas de misterios antiguos a los cuales sólo tenían acceso los elegidos. Cuando dichas enseñanzas se comunicaban a los profanos, eran entonces consideradas “exotéricas”. Un maestro reservaba la enseñanza esotérica para sus discípulos selectos, en tanto la exotérica era comunicada de modo accesible en disertaciones públicas sin restricciones. Esta modalidad se halla virtualmente en las grandes religiones tradicionales como en otros credos de menor expansión.

El Esoterismo, como doctrina o práctica espiritual, sostiene que la enseñanza de la verdad –religiosa, científica o filosófica– debe restringirse a una cantidad restringida de iniciados, ya sea por su capacidad intelectual o por su riqueza moral. Todas las religiones antiguas aplican tal diferenciación. En el Bhagavad Gita, libro magno del hinduismo, se lee: “Si conoces toda la verdad, guárdate de perturbar la mente de quienes no están preparados para recibirla, porque las enseñanzas inoportunas o prematuras los apartarían de la acción en que sólo ven la verdad a medias y quedarían extraviados y confusos”. Este criterio también es aplicado por los teólogos cristianos.

Al remarcar con esto que no estamos hablando sobre un pasaporte hacia alguna ciencia oculta, sino –en cambio– sobre una sabiduría natural sumergida, evitamos caer en el campo del Ocultismo (donde se agrupan todos los fenómenos que no logran ser explicados por las leyes naturales) o del Hermetismo (surgido de la sabiduría divina del dios Thot y de las enseñanzas de Hermes Trismegisto, mítico rey del antiguo Egipto versado en la magia, la alquimia y la astrología, cuyas obras –fusión de ideas egipcias y griegas– se conocen como Libros Herméticos).

Tampoco situamos esta latitud del discernimiento en la órbita del Gnosticismo, fragmentado en infinidad de escuelas y corrientes con interpretaciones discordantes sobre la naturaleza de Jesús, la emanación, la redención y la caída. Como se sabe, en griego gnosis significa conocimiento. Los gnósticos fueron pensadores religiosos heterodoxos en los siglos iniciales de la Era Cristiana, con un conocimiento singularmente íntimo y profundo de los misterios sagrados, oscilando entre el ascetismo y la transgresión, desde las perspectivas religiosas tradicionales de esa época.

Ocasionalmente, algunos observadores cargados de prejuicios (o carentes de información real), ante 1) un neto rebrote de antiguas prácticas esotéricas, 2) el obvio auge de nuevos movimientos religiosos, y 3) la fuerte expansión de una corriente de pensamiento rotulada genéricamente como New Age (Nueva Era), las han mezclado peyorativa y calumniosamente con el activismo de infinitas sectas milenaristas surgidas en el final de siglo XX. No han vacilado –además– en colocar en el mismo casillero tanto a practicantes de las artes adivinatorias, como a seguidores del “fenómeno OVNI”, cultos evangélicos de corte diverso, escuelas de auto-conocimiento y meditación oriental, terapias alternativas, movimientos ecologistas, líneas de alimentación natural, gemas y otras heterodoxias, como si se tratase de un complot pagano para negar la existencia de Dios, Cristo o la Virgen María.

Hacia finales de los años ’70, desde Estados Unidos, comenzó a circular el concepto de Frontera Acuariana que, de modo persistente y expansivo, desembocó en algo que hoy –a nivel mundial– extravió su veta transformadora y pasó a ser un cóctel desnaturalizado (y por momentos retrógrado) debido a la incursión oportunista de ávidos comerciantes y pseudoprofetas de cualquier talante que inundaron las mesas de “auto-ayuda” en las librerías. Ya en 1983, el futurólogo Michael Marien impugnó estructuralmente el profetismo acuariano de Marilyn Ferguson, calificándolo como “síndrome del arenero”, o sea, ese ángulo rectangular de la plaza pública donde las mamás meten a sus bebés “para que no embromen”.

Marien puntualizaba que, si bien en el mundo es deseable una transformación radical de valores, percepciones e instituciones, ello está muy lejos de ser inevitable. Y frontalmente acusaba a los peregrinos acuarianos de contribuir con su “síndrome del arenero” a paralizar toda modificación que realmente diera una respuesta imaginativa a los atascamientos espirituales, éticos y estéticos de la sociedad pos-moderna.

Decía: “El síndrome acuariano del arenero consiste en una serie de conductas inducidas para mantener a un individuo o a una organización en un estado pueril de inocencia, contento con la construcción de castillos de arena, en vez de hacerlo en la vida real, trabando una dinámica de crecimiento y fabricando consuelos egocéntricos”.

No cabe duda que en ésas, como en otras actividades más rutinarias de la vida moderna (política, sindicatos, derecho, medicina o pedagogía) existen delirantes y falsarios de carácter surtido. Es indiscutible que en el “supermercado espiritual” de los albores del siglo XXI pululan grupos sectarios, totalitarios y oscurantistas del Occidente tan materialista que nos toda padecer. Pero no se puede juzgar de manera tan estrecha algo que en cierto modo comienza a configurar los temblores iniciales de un inédito paso evolutivo de nuestra especie.

El saber integrativo que nos ocupa, se denomina “holístico”, a partir del término griego holos (entero). No se trata de un conocimiento acabado, completo, sino de una visión expansiva, abarcadora. De allí la dificultad del cientificismo positivista o mecanicista para comprenderlo: no se puede capturar lo inmaterial desde lo material, lo infinito desde lo finito, lo eterno desde lo temporal, el misterio desde el racionalismo.

Esta nueva consciencia convergente de solidaridad universal posee, claro está, matices de religiosidad, no por inscribirse en alguna Religión –pasada, presente o futura– sino porque la expresión latina “religio” proviene tanto de relegere (repasar) como de religare (volver a unir).

Místicos y espiritualistas de origen variado, en Oriente y Occidente, han transitado esa “consciencia cósmica” que todo lo incluye y todo lo trasciende, con rasgos de éxtasis o de beatitud. El doctor Abraham Maslow, de la Tercera Corriente de psicología contrapuesta a la Psicoterapia de Sigmund Freud y el Conductismo de B. F. Skinner, se refirió a ello como estados cúspide. Otras definiciones encaran la religión como una emoción intensa basada en la captación de una armonía suprema entre uno y el universo, sin adscribirla a un dogma a o una institución (decisión personal de cada individuo).

Durante el último cuarto del siglo XX se divulgó una Cuarta Corriente terapéutica que incorporó las experiencias espirituales del individuo, y ha conocido como Psicología Transpersonal. El psiquiatra Stan Grof las situó en el plano de las “emergencias espirituales”, no como situación de catástrofe sino como un manantial de vivencias trascendentales. Actualmente, el filósofo Ken Wilber expresa un paso más adelante que sencillamente denomina Pensamiento Integral

Nada de ello puede definirse como “sobrenatural”, “paranormal” o “parapsicológico”, ni como “estado alterado de la consciencia”. Se trata de nuestra fibra espiritual suprema, hoy en vías de florecer sin condicionamientos, en un mundo donde hay cada día más instituciones disputando la titularidad de Dios y más individuos agobiados por una trivialidad atroz.

Actualmente, los cultores más triviales de la Nueva Era impulsan como meta excluyente el sentirse bien, el tener éxito, el realizarse energéticamente (lo cual en sí mismo es inobjetable, excepto cuando se convierte en un arenero). En esta latitud, muchos individuos suponen que si el mundo se pudre, el problema será “de los demás”. O sea: practican simplemente una especie de auto-hipnosis. Algo análogo sucede también en el terreno ecológico donde muchos ambientalistas advierten sobre los peligros del Recalentamiento Global y del Cambio Climático imperante, pero omiten que la humanidad padece una pavorosa crisis surgida del hambre espiritual no satisfecha.

Como de costumbre, las modas van y vienen, dejando algunos bolsillos vacíos y otros más llenos. Mientras, la violencia y la inseguridad social aumentan y la primera década del siglo XXI no promete un Edén acuariano sino alguna de las arquetípicas y multipropaladas pesadillas de ciencia-ficción a la manera de la película Blade Runner o de la novela Valis de su genial guionista Philip S. Dick.

La indagadora social Ferguson identificaba su inventario de influjos y propensiones como una “revolución sin líderes”. Hoy su best-seller La Conspiración Acuariana se encuentra en las mesas de saldos. El investigador Fritjof Capra trazaba a su vez los paralelos entre la física cuántica y el misticismo hindú. El científico James Lovelock aportó la Hipótesis Gaia. Y su colega Rupert Sheldrake, la teoría de los Campos Morfogenéticos. Varios lustros después, todas aquellas intuiciones –algunas honorables, otras incompletas—han desembocado en un confuso y a ratos decepcionante mega-mercado pseudo-espiritual. Con menos best-sellers y mucha nitidez, Miguel de Unamuno señalaba el sendero: “Fe no es creer en lo que vemos, sino crear lo que no vemos”.

En todo momento de la vida inteligente hay dos macrotendencias: una hacia la verdad, otra hacia la falsía. Una hacia la luz, otra hacia la tiniebla. Una vez, el cineasta Federico Fellini comentó: “Por cada uno que se proyecta hacia la luz, hay diez mil empujando hacia la oscuridad”. Pero en el seno de la humanidad bulle aquí y ahora una corriente convergente de solidaridad universal. Cualquier nombre que la rotule es en última instancia insuficiente. La cuestión no consiste en aceptarla o en negarla, sino en convertirse en ejemplos vivos de lo que debería ser una obra suprema. Lo demás, es ruido, murmullo timorato en el bosque humano.

Miguel Grinberg


Los libros más recientes de Miguel Grinberg se titulan Decrecer con Equidad (Ed. Ciccus, en colaboración con Lucio Capalbo, Ezequiel Ander Egg, Antonio Helizalde Hevia y Erwin Laszlo), y Mutantia 25 (anuario subtitulado “Nuestro Espacio Sagrado”, Ediciones del Nuevo Extremo).

fuente http://mundogrinberg.blogspot.com.ar/2012_09_01_archive.html

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Nacemos enteros

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Nos hicieron creer en una fórmula llamada “dos en uno”: dos personas pensando igual, actuando igual, que era eso lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene nombre: anulación.
Que sólo siendo individuos con personalidad propia, podremos tener una relación saludable. Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fuera del contrato deben ser reprimidos.
Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados. Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad.
No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes, y que podemos intentar otras alternativas.

¡Ah!, tampoco nos dijeron que nadie nos iba a decir todo esto… cada uno lo va a tener que descubrir solo.
Y ahí, cuando estés muy enamorado de tí, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.
Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor… aunque la violencia, se practica a plena luz del día.

John Lennon

fuente http://www.revistanamaste.com/nacemos-enteros

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(libro) El arte de amar

El arte de amar es un libro escrito por el sociólogo, psicólogo, filósofo y marxista judío alemán Erich Fromm, miembro de la llamada Escuela de Frankfurt. El libro se publicó originalmente en inglés con el título The Art of Loving (1956).

Por Erich Fromm

Comienza el Prefacio del libro:

“La lectura de este libro defraudará a quien espere fáciles enseñanzas en el arte de amar. Por el contrario, la finalidad del libro es demostrar que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Su finalidad es convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina (…)”

En este libro, Fromm recapitula y complementa los principios teóricos acerca de la naturaleza humana que ya había comenzado a desarrollar en El miedo a la libertad y en Ética y psicoanálisis. Fromm postula que el amor puede ser producto de un estudio teórico puesto que es un arte, “así como es un arte el vivir” y, para el dominio de cualquier arte es imperiosamente necesario que se llegue a un dominio profundo, tanto de la teoría como de la práctica. El libro contiene cuatro capítulos:

I. ¿Es el amor un arte?
II. La teoría del amor
III. El amor y su desintegración en la sociedad contemporánea
IV. La práctica del amor

El libro postula principalmente que el amor es la respuesta al problema de la existencia humana, puesto que el desarrollo de éste conlleva a una disolución del estado de separación o separatidad sin perder la propia individualidad. Asimismo estudia la naturaleza del amor en sus diversas formas: amor de padre y de madre, amor a uno mismo, amor erótico y amor a Dios.

El autor postula que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. En el capítulo tres Fromm realiza un análisis del amor y su significado en la sociedad actual, con base en el cual llega a la conclusión de que el modo capitalista de producción tiende a enajenar al hombre y a imposibilitarlo -al menos socialmente- para amar.

fuente http://es.wikipedia.org/wiki/El_arte_de_amar_%28Fromm%29

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La revolución pasa por vivir mejor con menos

Las restricciones que impone la crisis a las economías domésticas son una oportunidad para recuperar el valor del tiempo y vivir de forma más sencilla, consciente y frugal.

La escoba de una crisis económica interminable ha barrido millones de puestos de trabajo, mientras que las personas que siguen en activo están viviendo ajustes de todo tipo. Tras varias décadas de excesos por parte de los que mueven los hilos del casino financiero, nos hallamos ante un primer mundo empobrecido. El crédito ha dejado de fluir libremente y ya no podemos “comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos cae bien”, en palabras del economista y escritor Álex Rovira.

La buena noticia es que la situación actual nos permite reformular nuestro modo de vida y, muy especialmente, la manera en la que invertimos nuestros recursos. La cuestión fundamental sería: ¿es posible vivir mejor con menos?

Los analistas de un concepto en boga, la Felicidad Interior Bruta, aseguran que cuando están cubiertas las necesidades básicas, el bienestar personal no aumenta con la prosperidad material. Esto explicaría que, sobre el papel, los habitantes de Bután, con una de las rentas per cápita más bajas del mundo, superen en grado de satisfacción personal a los de países que lideran la tabla de ingresos. Si este dato es cierto, significaría que, hasta la explosión de la burbuja inmobiliaria, habíamos errado en nuestra búsqueda de la felicidad, aunque algunas personas, como veremos a continuación, ya habían renunciado a la fórmula de máximo enriquecimiento en el menor tiempo posible.

‘Downshifting’

Hace tres años, John Naish publicaba en nuestro país su libro ¡Basta!, cómo dejar de desear siempre algo más. Este periodista británico, colaborador habitual del Times o el Daily Mirror, reflexionaba así sobre nuestra fijación por el consumo: “A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de más ‘felicidad’”.

Este ensayo aparecía pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers, en un momento en el que el crecimiento parecía ilimitado. Sin embargo, algunos ejecutivos ya se habían desencantado de la cultura consumista y se apuntaban al downshifting, un fenómeno que se inició en la década de los 80 en plena cumbre de la cultura yuppie. Directivos de grandes empresas que habían vivido por y para el trabajo renunciaban a sus cargos y aceptaban puestos más bajos en el organigrama para ganar tiempo y calidad de vida.

Ahora que muchos trabajadores han tenido que aplicarse el downshifting a la fuerza, debemos plantearnos cómo podemos vivir igual o mejor con menos. Vicki Robin, una militante de la vida simple en EEUU, propone un principio para separar el grano de la paja: “Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio”.

Retorno a la austeridad

Tras una debacle financiera como la de 1929 o la del 2008, muchas personas redescubren los valores de la austeridad y se dan cuenta de que muchas de las cosas que consideraban imprescindibles, en realidad, no lo eran tanto. Sin embargo, la búsqueda de la frugalidad y la simplicidad es anterior a cualquier crisis económica global. Desde los filósofos cínicos que, en la Grecia del siglo IV a.C., promulgaban el desapego de todo lo material, pasando por los taoístas chinos, que practicaban la vida sencilla y el fluir al ritmo de la naturaleza,pensadores de todas las épocas han hablado de los beneficios de una existencia alejada de los lujos y excesos.

En la era moderna,David Henry Thoreau quiso experimentar la austeridad radical con una huida de la civilización que describiría en su ensayo Walden. En 1845, este activista norteamericano se instaló en una cabaña construida por él mismo en un bosque donde pasaría dos años, dos meses y dos días de vida solitaria. Durante este tiempo, cultivó sus alimentos, reflexionó y escribió sobre el estado natural del hombre y las esclavitudes de la sociedad industrial. En sus propias palabras: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la existencia y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. (…) Deseaba extraer de la vida todo su néctar a través de una existencia robusta y espartana”.

En la línea del experimento de Thoreau, el sociólogo y doctor en filosofía Joaquim Sempere argumenta que la austeridad ha existido en la historia humana principalmente como ejercicio de autodominio, como esfuerzo para probarse a uno mismo. Es un medio de medir “la capacidad para resistir a las tentaciones placenteras y gobernarse con la razón y las facultades superiores de la mente por encima de las pulsiones hedónicas inmediatas y primarias”.

Simplicidad voluntaria

En el presente siglo, las personas que tienen una hipoteca, familia e hijos en la ciudad no pueden permitirse retirarse a una cabaña como el autor de Walden, pero tienen otras formas de vivir con austeridad sin privarse del néctar de la vida. Tras abandonar la cultura del crédito, debemos tomar conciencia de nuestros ingresos reales y de aquellos gastos a los que podemos renunciar. Hay que asumir que cuanto más dinero necesitemos, más tiempo deberemos trabajar.

Una de las obviedades que nuestra vida acelerada nos ha hecho olvidar es que cambiamos dinero por tiempo, la única divisa que no se puede reponer. Entregar horas, días, años de nuestra vida a algo que no nos gusta para pagar créditos debería hacernos reflexionar. Incluso hay personas sin deudas que trabajan tanto que no tienen tiempo de gastar lo que ganan.

¿Por qué casi nadie invierte en tener tiempo? Teniendo en cuenta que las mejores cosas de la vida son gratis –la amistad, el amor, la contemplación de la naturaleza…–,deberíamos prestar atención a nuestra escala de prioridades para colocar cada cosa en su sitio.

El Walden del siglo XXI puede ser llevar una existencia sencilla según el patrón de simplicidad voluntaria propuesto por Duane Elgin en el libro del mismo título. Este activista y conferenciante norteamericano radiografía con estos diez hábitos los que han optado por la vida simple: Invierten el tiempo y energías liberados en actividades con su pareja, hijos y amigos (caminar, tocar música juntos, compartir una comida, acampar…) o en actividades voluntarias de ayuda a otros.

Se esfuerzan en desarrollar todo el espectro de sus potenciales: físico (deportes), emocional(aprendiendo a expresar y compartir los sentimientos), mental (leyendo libros,tomando clases…) y espiritual (cultivando una mente calmada y una corazón compasivo).

Sienten una conexión íntima con la tierra y una preocupación reverencial por la naturaleza, por lo que actúan procurando siempre el bienestar de la tierra.

Se preocupan por los pobres del mundo; una vida más simple crea un sentimiento de parentesco con los más desfavorecidos y, en consecuencia, con la equidad en el uso de los recursos mundiales.

Disminuyen su consumo personal; compran ropa funcional, estética y duradera en lugar de seguir modas pasajeras; compran menos joyería y otras formas de ornamentación personal;compran menos cosméticos.

Apuestan por productos resistentes, fáciles de reparar, cuya manufacturación y uso no sean contaminantes y que, además, sean eficientes desde el punto de vista energético.

En su dieta, se alejan de los alimentos altamente procesados, de las carnes y el azúcar, y prefieren alimentos más naturales, saludables y apropiados para los habitantes de un pequeño planeta.

Reducen la acumulación y complejidad en sus vidas, desprendiéndose o vendiendo aquellas posesiones que son raramente usadas y podrían ser utilizadas productivamente por otros.

Aprecian la simplicidad de las formas no verbales de comunicación: la elocuencia del silencio,abrazarse y tocarse, el lenguaje de los ojos.

Abogan por prácticas holísticas de cuidado de la salud que enfatizan la medicina preventiva y las capacidades curativas del propio cuerpo.

¿Quiénes son los pobres?

Sin olvidar el drama de millones de personas que sufren escasez de agua, alimentos y medicinas, en el primer mundo tendemos a utilizar un baremo consumista para medir la pobreza. Desde nuestro punto de vista, el campesino de Bután que vive con un par de euros al día sería considerado pobre de solemnidad, por mucho que su país exhiba un elevado índice de Felicidad Interior Bruta.

Sobre el concepto de pobreza, hay una lúcida fábula de autor desconocido. Cuenta que el padre de una familia muy rica llevó a su hijo de viaje a una comunidad indígena con el expreso propósito de mostrarle cómo viven los pobres. Estuvieron un par de días y noches alojados en la granja de lo que se podría considerar una familia muy pobre. A la vuelta del viaje, el padre preguntó a su hijo qué le había parecido la experiencia y si se había dado cuenta de cómo vivían los pobres para valorar más lo que tenía en casa.

El niño respondió que le había encantado el viaje y que ahora ya sabía cómo vivían los pobres. Cuando el padre le pidió que especificara lo que había aprendido, el pequeño enumeró así lo que había visto:

“Nosotros tenemos un perro y ellos tienen varios.
Nosotros tenemos una piscina que ocupa la mitad del jardín y ellos tienen un arroyo que no tiene fin.
Nosotros hemos puesto faroles en nuestro jardín y ellos tienen las estrellas por la noche.
Nuestro patio es tan grande como el jardín y ellos tienen el horizonte entero.
Nosotros tenemos un pequeño trozo de tierra para vivir y ellos tienen campos que llegan hasta donde nuestra vista no alcanza.
Nosotros tenemos criados que nos ayudan, pero ellos se ayudan entre sí.
Nosotros compramos nuestra comida, pero ellos cultivan la suya.
Nosotros tenemos muros alrededor de nuestra casa para protegernos, ellos tienen amigos que los protegen.”
El padre del niño quedó boquiabierto. Finalmente, su hijo añadió:
“Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos.”

Francesc Miralles
Revista Integral

fuente http://forajidosdelanetwar.wordpress.com/2012/02/02/la-revolucion-pasa-por-vivir-mejor-con-menos

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Sin amor libre no habrá revolución

“¿Quieres a mi padre?” “El amor no es para los pobres, hijo mío.” Un corazón en peligro, 1944. La cita inicial con la que encabezamos estas reflexiones pertenece a un diálogo entre parias, madre e hijo, de una de las muchas películas de Hollywood que tratan (y maltratan) el tema del amor.

Por Antón FDR
Grupo Re-Evolución

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El silencio

El único silencio que conoce la utopía de la comunicación es el de la avería, el del fallo de la máquina, el de la interrupción de la transmisión.

Este silencio es más una suspensión de la técnica que la afloración de un mundo interior. Anacrónico en su manifestación, produce malestar y un deseo inmediato de darle fin, como si de un intruso se tratara.

Señala el esfuerzo que aún queda por hacer para que el hombre acceda al fin a la gloriosa categoría del homo communicans.

Surge entonces la gran tentación de oponer a la profusa “comunicación” de la modernidad, indiferente al mensaje, la “catarsis del silencio” (Kierkegaard), con la esperanza de poder restaurar así todo el valor de la palabra.

Cuanto más se extiende la comunicación más intensa se hace la aspiración a callarse, aunque sea por un instante, a fin de escuchar el pálpito de las cosas o para reaccionar ante el dolor de un acontecimiento, antes que otro venga a relegarlo, y luego otro, y otro más… en una especie de anulación del pensamiento en un torrente de emociones familiares cuya insistente evanescencia aporta sin duda consuelo, pero acaba ensombreciendo el valor de una palabra que condena al olvido todo lo que enuncia.

La saturación de la palabra lleva a la fascinación por el silencio.

El imperativo de comunicar cuestiona la legitimidad del silencio, al tiempo que erradica cualquier atisbo de interioridad.

No deja tiempo para la reflexión ni permite divagar; se impone el deber de la palabra.

El pensamiento exige calma, deliberación; la comunicación reclama urgencia, transforma al individuo en un medio de tránsito y lo despoja de todas las cualidades que no responden a sus exigencias.

En la comunicación, en el sentido moderno del término, no hay lugar para el silencio: hay una urgencia por vomitar palabras, confesiones, ya que la “comunicación” se ofrece como la solución a todas las dificultades personales o sociales.

En este contexto, el pecado está en comunicar “mal”; pero más reprobable aún, imperdonable, es callarse. La ideología de la comunicación asimila el silencio al vacío, a un abismo en el discurso, y no comprende que, en ocasiones, la palabra es la laguna del silencio. Más que el ruido, el enemigo declarado del homo communicans, el terreno que debe colonizar, es el silencio, con todo lo que éste implica: interioridad, meditación, distanciamiento respecto a la turbulencia de las cosas -en suma, una ontología que no llega a manifestarse si no se le presta atención.

El imposible silencio de la comunicación. La modernidad trae consigo el ruido. En el mundo retumban sin cesar instrumentos técnicos cuyo uso acompaña nuestra vida personal y colectiva. Pero la palabra tampoco cesa, pronunciada por sus muchos porta-voces. No me estoy refiriendo aquí, desde luego, a la palabra que surge -renovada y feliz- en la comunicación diaria con los allegados, los amigos o los desconocidos con los que se entablan relaciones: esta palabra perdura y da cuerpo a la sociabilidad.

David Le Breton

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Cicatrización de la rotura

Nuestro intelecto ha creado un mundo nuevo que domina a la naturaleza, y lo ha poblado con máquinas monstruosas. Éstas son de una utilidad tan indudable que no podemos ver ni aun la posibilidad de librarnos de ellas o de nuestro servilismo hacia ellas. El hombre está sujeto a seguir las incitaciones aventureras de su mente científica e inventiva y a admirarse de sus espléndidas hazañas. Al mismo tiempo, su genio muestra la siniestra tendencia a inventar cosas que van resultando más y más peligrosas porque representan medios cada vez mejores de suicidio al por mayor.

Por Carl Gustav Jung

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(libro) Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia

Capitalismo y esquizofrenia es una obra teórica en dos volúmenes (El Anti-Edipo de 1972 y Mil Mesetas de 1980) escrita por los autores franceses.

Por Gilles Deleuze y Félix Guattari

Capítulo 2

¿Uno solo o varios lobos?

Aquel día, el hombre de los lobos se levantó del diván más cansado que de costumbre. Sabía que Freud tenía la genialidad de rozar la verdad, pasar de largo, y suplir luego el vacío con asociaciones. Sabía que Freud no entendía nada de lobos, de anos tampoco, por cierto. Freud sólo entendía de perros, de colas de perro. Y eso no bastaba, no bastaría. También sabía que muy pronto Freud le consideraría curado, pero que no era cierto, que continuaría siendo eternamente tratado por Ruth, por Lacan, por Leclaire. Por último, sabía que estaba a punto de adquirir un verdadero nombre propio, Hombre de los lobos, mucho más propio que el suyo, puesto que con él accedía a la más alta singularidad en la aprehensión instantánea de una multiplicidad genérica, los lobos, pero que ese nuevo, ese verdadero nombre propio iba a ser desfigurado, mal ortografiado, retranscrito en patronímico.

A pesar de todo, Freud iba a escribir poco después algunas páginas extraordinarias. Páginas fundamentalmente prácticas, en el artículo de 1915 sobre “El inconciente”, relativas a la diferencia entre neurosis y psicosis. Freud dice que un histérico o un obseso son personas capaces de comparar globalmente un calcetín con una vagina, una cicatriz con la castración, etc. Sin duda, aprehenden el objeto como global y perdido a un tiempo. Ahora bien, captar eróticamente la piel como una multiplicidad de poros, de puntitos, de pequeñas cicatrices o de agujeritos, captar eróticamente un calcetín como una multiplicidad de mallas, eso sí que no se le ocurriría a un neurótico, sólo un psicótico es capaz de hacerlo: “creemos que la multiplicidad de las pequeñas cavidades no permitiría que el neurótico las utilizase como sustitutos de los órganos genitales femeninos”. Comparar un calcetín con una vagina, pase, lo hacemos a diario, pero comparar un puro conjunto de mallas con un campo de vaginas, eso sólo puede hacerlo un loco, dice Freud.

Y es un descubrimiento clínico muy importante: ahí radica toda la diferencia de estilo entre neurosis y psicosis. Así, cuando Salvador Dalí se esfuerza en reproducir sus delirios puede hablar largo y tendido DEL cuerno del rinoceronte; no por ello su discurso deja de ser un discurso de neurópata. Pero cuando se pone a comparar la piel en carne de gallina con un campo de minúsculos cuernos de rinoceronte, está muy claro que la atmósfera cambia, y que hemos entrado de lleno en la locura.

¿Una nueva comparación? Más bien una pura multiplicidad que cambia de elementos o que deviene. Al nivel micrológico, las pequeñas ampollas “devienen” cuernos, y los cuernos, penes pequeños.

A punto de descubrir el gran arte del inconciente, el arte de las multiplicidades moleculares, Freud no cesa de volver a las unidades molares, y de reencontrar sus temas familiares, el padre, el pene, la vagina, la castración…, etc. (A punto de descubrir un rizoma, Freud siempre vuelve a las simples raíces). El procedimiento de reducción es muy interesante en el artículo de 1915: Freud dice que el neurótico orienta sus comparaciones o identificaciones hacia las representaciones de las cosas, mientras que la única representación que le queda al psicótico es la de las palabras (por ejemplo la palabra agujero).

“La identidad de la expresión verbal, y no la similitud de los objetos, es la que dicta la elección del sustituto”. Así pues, cuando no hay unidad de cosa, al menos hay unidad e identidad de palabra. Se observará que los nombres están tomados aquí en un uso extensivo, es decir, funcionan como nombres comunes que aseguran la unificación de un conjunto que incluyen. El nombre propio sólo puede ser así un caso límite de nombre común que contiene en sí mismo su multiplicidad ya domesticada y la relaciona con un ser y objeto planteado como único. La relación del nombre propio como intensidad con la multiplicidad que él aprehende instantáneamente queda así comprometida, tanto para las palabras como para las cosas. Según Freud, cuando todo se fragmenta y pierde su identidad, aún queda la palabra para restablecer una unidad que ya no existía en las cosas. ¿No estamos asistiendo al nacimiento de una aventura ulterior, la del Significante, esa instancia despótica e insidiosa que suplanta a los nombres propios asignificantes, que sustituye las multiplicidades por la pálida unidad de un objeto que se considera perdido?

No andamos lejos de los lobos. El Hombre de los lobos, en su segundo episodio llamado psicótico, vigilará constantemente las variaciones o el trayecto variable de los agujeritos o pequeñas cicatrices de la piel de su nariz. Pero en el primero, que Freud considera neurótico, cuenta que ha soñado con seis o siete lobos en un árbol, y ha dibujado cinco. Ahora bien, ¿quién ignora que los lobos van en manada? Nadie, salvo Freud. Lo que cualquier niño sabe perfectamente, Freud lo desconoce. Freud pregunta, con falso escrúpulo: ¿cómo explicar que haya cinco, seis o siete lobos en el sueño? Como ha decidido que era una neurosis, emplea el otro procedimiento de reducción: no inclusión verbal al nivel de la representación de las palabras, sino asociación libre al nivel de la representación de las cosas.

El resultado es el mismo, puesto que siempre se trata de volver a la unidad, a la identidad de la persona o del objeto supuestamente perdido. Los lobos tendrán que desembarazarse de su multiplicidad. La operación se realiza asociando el sueño con el cuento del Lobo y los siete cabritos (de los que sólo seis fueron comidos). Asistimos al júbilo reductor de Freud, vemos literalmente la multiplicidad salir de los lobos para afectar a los cabritos, que no pintan nada en esta historia.

Siete lobos que ahora son cabritos, seis lobos, puesto que el séptimo cabrito (el propio Hombre de los lobos) se oculta en el reloj, cinco lobos, puesto que quizá fue a las cinco cuando vio a sus padres hacer el amor, y porque la cifra romana V se asocia con la abertura erótica de las piernas femeninas, tres lobos, puesto que los padres quizá hicieron el amor tres veces, dos lobos, puesto que eran los padres more ferarum, o tal vez dos perros que con anterioridad el niño habría visto acoplarse, un lobo, puesto que el lobo es el padre –estaba claro desde el principio-, por último, cero lobos, puesto que ha perdido su cola, tan castrado como castrador. ¿A quién quieren tomar el pelo? Los lobos no tenían ninguna posibilidad de salir bien parados, de salvar su manada: desde el principio se había decidido que los animales sólo podían servir para representar un coito entre padres, o, a la inversa, para ser representados por ese coito.

Freud ignora totalmente la fascinación que ejercen los lobos, el significado de la llamada muda de los lobos, la llamada a devenir-lobo. Unos lobos observan y fijan al niño que sueña; cuánto más tranquilizador es decirse que el sueño ha producido una inversión, y que es el niño el que mira a los perros o a los padres haciendo el amor. Freud sólo conoce el lobo o el perro edipizado, el lobo-papá castrato castrador, el perro atado, el Sí… Sí… del psicoanalista.

Franny escucha una emisión sobre los lobos. Yo le pregunto: ¿te gustaría ser un lobo? Respuesta altanera: “qué tontería, no se puede ser un lobo, siempre se es ocho o diez, seis o siete lobos. No que uno sea seis o siete lobos a la vez, sino un lobo entre otros lobos, un lobo con cinco o seis lobos”. Lo importante en el devenir-lobo es la posición de masa, y, en primer lugar, la posición del propio sujeto respecto a la manada, respecto a la multiplicidad-lobo, la manera de formar o no parte de ella, la distancia a la que se mantiene, la manera de estar o no unido a la multiplicidad.

Para atenuar la severidad de su respuesta, Franny cuenta un sueño: “Hay un desierto. Pero tampoco tendría sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto, ese desierto no es trágico ni está deshabitado, sólo es desierto por su color ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa, enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta periferia es el único lugar posible para mí, moriría se me dejara arrastrar al centro de la melé, pero seguramente me sucedería lo mismo si la abandonara. Mi posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy difícil de mantener, porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no responden a ningún ritmo.

Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que componen la multitud mantengan la misma posición con relación a los demás. Así pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión, pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violento, casi vertiginoso”. Qué gran sueño esquizofrénico. Estar de lleno en la multitud y a la vez totalmente fuera, muy lejos: borde, paseo a lo Virginia Wolf (jamás volveré a decir soy estoy, soy aquello”).

Problema del doblamiento en el inconciente: todo lo que pasa por los poros del esquizofrénico, las venas del drogadicto, hormigueos, bullicios, ajetreos, intensidades, razas y tribus. ¿No es de Jean Ray, que tan bien ha sabido asociar el terror con los fenómenos de micromultiplicidades, ese cuento en el que una piel blanca está levantada a causa de tantas ampollas y pústulas, y por cuyos poros pasan negras cabezas enanas, gesticulantes, abdominables, que es necesario afeitar a navaja cada mañana? Y también las “alucinaciones liliputienses” producidas por el éter. Uno, dos, tres esquizofrénicos: “en cada poro de la piel me crecen bebés” –“Pues a mí no es en los poros, es en las venas donde me crecen barritas de hierro” –“No quiero que me pongan inyecciones, salvo si son de alcohol alcanforado. De lo contrario, me crecen senos en cada poro”.

Freud intentó abordar los fenómenos de multitud desde el punto de vista del inconciente, pero no vio claro, no veía que el propio inconciente era fundamentalmente una multitud. Miope y sordo, Freud confundía las multitudes con una persona. Los esquizofrénicos, por el contrario, tienen una mirada y un oído muy finos. Jamás confunden los rumores y las oleadas de la multitud con la voz de papá. En cierta ocasión, Jung sueña con osamentas y cráneos. Un hueso, un cráneo, nunca existen solos. El osario es una multiplicidad. Freud se empeña en que eso significa la muerte de alguien. “Jung, sorprendido, le hace observar que había varios cráneos, no uno sólo. Pero Freud continuaba…”

Una multiplicidad de poros, de puntos negros, de pequeñas cicatrices o de mallas. De senos, de bebés y de barras. Una multiplicidad de abejas, de futbolistas o de tuaregs. Una multiplicidad de lobos, de chacales… Ninguna de estas cosas se deja reducir, sino que más bien nos remite a un cierto estatuto de las formaciones del inconciente. Intentemos definir los factores que intervienen aquí: en primer lugar algo que actúa como cuerpo lleno –cuerpo sin órganos-. El desierto en el sueño precedente. El árbol desnudo en el que están encaramados los lobos en el sueño del Hombre de los lobos. La piel como envoltura o anillo, el calcetín como superficie reversible.

Una casa, una habitación, y tantas cosas más, cualquier cosa. Nadie hace el amor con amor sin constituir para sí, con el otro o los otros, un cuerpo sin órganos. Un cuerpo sin órganos no es un cuerpo vacío y desprovisto de órganos, sino un cuerpo en el que lo que hace de órganos (¿lobos, ojos de lobos, mandíbulas de lobos?) se distribuye según fenómenos de masa, siguiendo movimientos brownianos, bajo la forma de multiplicidades moleculares. El desierto está poblado. El cuerpo sin órganos se opone, pues, no tanto a los órganos como a la organización de los órganos, en la medida en que ésta compondría un organismo.

No es un cuerpo muerto, es un cuerpo vivo, tanto más vivo, tanto más bullicioso cuanto que ha hecho desaparecer el organismo y su organización. Unas pulgas de mar saltando en la playa. Las colonias de la piel. El cuerpo lleno sin órganos es un cuerpo poblado de multiplicidades. El problema del inconciente no tiene nada que ver con la generación, y sí mucho con el doblamiento, la población. Es un asunto de población mundial en el cuerpo lleno de la tierra, y no de generación familiar orgánica. “Adoro inventar hordas, tribus, los orígenes de una raza… Regreso de mis tribus. Por ahora, soy hijo adoptivo de quince tribus, ni una más, ni una menos. Y son mis tribus adoptivas, porque las quiero a todas más y mejor que si hubiera nacido en ellas”. Nos dicen: ¿pero el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Sentimos tener que decir que no, que como tales no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus que lo habitan, un cuerpo lleno y multiplicidades que se aferran a él.

En segundo lugar hay, pues, que definir la naturaleza de esas multiplicidades y de sus elementos. EL RIZOMA. Uno de los caracteres esenciales del sueño de multiplicidad es que cada elemento no cesa de variar y de modificar su distancia respecto a los demás. En la nariz del Hombre de los lobos, los elementos no cesarán de bailar, de crecer y disminuir, caracterizados como poros en la piel, pequeñas cicatrices en los poros, pequeñas grietas en el tejido cicatricial. Ahora bien, esas distancias variables no son cantidades extensivas que se dividirían unas en otras, sino que más bien son siempre indivisibles, “relativamente indivisibles”, es decir, que no se dividen ni antes ni después de un cierto umbral, que no aumentan ni disminuyen sin que sus elementos no cambien de naturaleza. Enjambre de abejas, e inmediatamente después melé de futbolistas con camiseta a rayas, o bien banda de tuaregs.

O también: el clan de los lobos se refuerza con un enjambre de abejas contra la banda de los Deulhs, bajo la acción de Mowgli que corre en el borde (claro que sí, Kipling comprendía mejor que Freud la llamada de los lobos, su sentido libidinal, y además en el Hombre de los lobos también hay una historia de avispas y de mariposas que sustituirá a la de los lobos: se pasa de los lobos a las avispas). Pero, ¿qué quiere decir eso, esas distancias indivisibles que se modifican sin cesar, y que no se dividen ni se modifican sin que sus elementos no cambien siempre de naturaleza? ¿No suponen el carácter intensivo de los elementos y de sus relaciones en ese género de multiplicidad?

Exactamente igual que una velocidad o una temperatura, que no se componen de velocidades o de temperaturas, sino que se engloban en otras o engloban a otras que indican cada vez un cambio de naturaleza. Pues esas multiplicidades no tienen el principio de su métrica en un medio homogéneo, sino en otra parte, en las fuerzas que actúan en ellas, en los fenómenos físicos que las habitan, precisamente en la líbido que las constituye desde dentro, y que no las constituye sin dividirse en flujos variables y cualitativamente distintos. El propio Freud reconoce la multiplicidad de las “corrientes” libidinales que coexisten en el Hombre de los lobos. Por eso no deja de sorprendernos su forma de tratar las multiplicidades del inconciente. Para él siempre habrá que reducirlo todo a lo Uno: las pequeñas cicatrices, los agujeritos serán las subdivisiones de la gran cicatriz o del agujero mayor llamado castración, los lobos serán los substitutos de un único y mismo padre que aparece por todas partes, tantas como se le haya puesto (como dice Ruth Mack Brunswick, adelante, los lobos son “todos los padres y los médicos”; pero el Hombre de los lobos piensa: y mi culo, ¿no es un lobo?).

Había que hacer lo contrario, había que comprender en intensidad: el Lobo es la manada, es decir, la multiplicidad aprehendida como tal en un instante por su acercamiento o su alejamiento de cero, distancias que siempre son indescomponibles. El cero es el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Si el inconciente no conoce la negación es porque en él no hay nada negativo, tan sólo acercamientos y alejamientos indefinidos del punto cero, que de ningún modo expresa la carencia, sino la positividad del cuerpo lleno como soporte y agente (pues “se necesita un aflujo hasta para expresar la falta de intensidad”). Los lobos designan una intensidad, una banda de intensidad, un umbral de intensidad en el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos.

Un dentista le decía al Hombre de los lobos “le van a caer los dientes a causa de su forma de masticar, usted mastica con mucha fuerza”; al mismo tiempo sus encías se cubrían de pústulas y de agujeritos. La mandíbula como intensidad superior, los dientes como intensidad inferior, y las encías pustulosas como acercamiento a cero. El lobo como aprehensión instantánea de una multiplicidad en esa zona, no es un representante, un substituto, es un yo siento. Yo siento que devengo lobo, lobo entre los lobos, en el borde de los lobos, y el grito de angustia, el único que Freud oye es: ayúdeme a no devenir lobo (o, al contrario, a no fracasar en ese devenir). Y no es una representación: nada de creerse un lobo, de representarse como lobo. El lobo, los lobos, son intensidades, velocidades, temperaturas, distancias variables indescomponibles.

Todo un hormigueo, un “lobeo”. Y ¿quién puede creer que la máquina anal no tiene nada que ver con la máquina de los lobos, o que ambas sólo estén unidas por el aparato edípico, por la figura demasiado humana del Padre? Pues al fin y al cabo el ano también expresa una intensidad, en este caso el acercamiento a cero de la distancia que no se descompone sin que los elementos no cambien de naturaleza. Da igual campo de anos que manada de lobos. ¿No está el niño unido a los lobos por el ano, en la periferia? Descenso de la mandíbula al ano. Estar unido a los lobos por la mandíbula y por el ano. Una mandíbula no es una mandíbula de lobo, la cosa no es tan sencilla, sino que mandíbula y lobo forman una multiplicidad que se transforma en ojo y lobo, ano y lobo, según otras distancias, siguiendo otras velocidades, con otras multiplicidades, en límites de umbrales. Líneas de fuga o de desterritorialización, devenir-lobo, devenir-inhumano de las intensidades desterritorializadas, eso es la multiplicidad. Devenir lobo, devenir agujero es desterritorializarse según líneas distintas enmarañadas. Un agujero no es más negativo que un lobo. La castración, la carencia, el substituto, qué historia contada por un idiota demasiado conciente que no entiende nada de las multiplicidades como formaciones del inconciente. Un lobo, pero también un agujero, son partículas, producciones de partículas, trayectos de partículas en tanto que elementos de multiplicidades moleculares.

Ni siquiera vale decir que las partículas intensas e inestables pasan por agujeros, un agujero es tan partícula como lo que pasa por él. Los físicos dicen: los agujeros no son ausencias de partículas, son partículas que van más rápido que la luz. Anos volantes, vaginas rápidas, la castración no existe.
Volvamos a esa historia de multiplicidad, porque fue un momento muy importante la creación de ese sustantivo precisamente para escapar a la oposición abstracta de lo múltiple y lo uno, para escapar a la dialéctica, para llegar a pensar lo múltiple al estado puro, para dejar de considerarlo como el fragmento numérico de una Unidad o Totalidad perdidas, o, al contrario, como el elemento orgánico de una Unidad o Totalidad futuras –para distinguir más bien los tipos de multiplicidad-. Así por ejemplo, el físico-matemático Riemann establece una distinción entre multiplicidades discretas y multiplicidades continuas (estas últimas sólo encuentran el principio de su métrica en las fuerzas que actúan en ellas).

Meinong y Russell hablarán de multiplicidades de magnitud o de divisibilidad, extensivas y de multiplicidades de distancia, más próximas de lo intensivo. Para Bergson hay multiplicidades numéricas o extensas, y multiplicidades cualitativas y de duración. Nosotros hacemos más o menos lo mismo cuando distinguimos multiplicidades arborescentes y multiplicidades rizomáticas. Macro y micromultiplicidades. Por un lado, multiplicidades extensivas, divisibles y molares; unificables, totalizables, organizables; concientes o preconcientes. Por otro, multiplicidades libidinales, inconcientes, moleculares, intensivas, constituidas por partículas que al dividirse cambian de naturaleza, por distancias que al variar entran en otra multiplicidad, que no cesan de hacerse y deshacerse al comunicar, al pasar la unas a las otras dentro de un umbral, o antes, o después. Los elementos de estas últimas multiplicidades son partículas; sus relaciones, distancias; sus movimientos, brownianos; su cantidad, intensidades, diferencias de intensidad.

Todo esto tiene una base lógica. Elias Canetti distingue dos tipos de multiplicidad, que unas veces se oponen y otras se combinan: de masa y de manada. Entre los caracteres de masa, en el sentido de Canetti, habría que señalar la gran cantidad, la divisibilidad y la igualdad de los miembros, la concentración, la sociabilidad del conjunto, la unicidad de la dirección jerárquica, la organización de territorialidad o de territorialización, la emisión de signos. Entre los caracteres de manada, la pequeñez o la restricción del número, la dispersión, las distancias variables indescomponibles, las metamorfosis cualitativas, las desigualdades como diferencias o saltos, la imposibilidad de una totalización o de una jerarquización fijas, la variedad browniana de las direcciones, las líneas de desterritorialización, la proyección de partículas. Sin duda, no hay más igualdad ni menos jerarquía en las manadas que en las masas, pero no son las mismas. El jefe de manada o de banda actúa por acciones sucesivas, debe partir de cero en cada acción, mientras que el jefe de grupo de masa consolida y capitaliza lo adquirido.

La manada, incluso en su propio terreno, se constituye en una línea de fuga o de desterritorialización que forma parte de ella, y a la que da una gran valor positivo; las masas, por el contrario, sólo integran tales líneas para segmentarizarlas, bloquearlas, afectarlas de un signo negativo. Canetti señala que en la manada cada miembro permanece solo a pesar de estar con los demás (por ejemplo los lobos-cazadores); cada miembro se ocupa de lo suyo al mismo tiempo que participa en la banda. “En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en el borde. Estará dentro, e inmediatamente después en el borde, en el borde, e inmediatamente después dentro.

Cuando la manada forma un círculo alrededor de su fuego, cada cual podrá ver a sus vecinos a derecha y a izquierda, pero la espalda está libre, la espalda está abiertamente expuesta a la naturaleza salvaje”. Reconocemos aquí la posición esquizofrénica, estar en la periferia, mantenerse en el grupo por una mano o un pie… A ella opondremos la posición paranoica del sujeto de masa, con todas las identificaciones entre el individuo y el grupo, el grupo y el jefe, el jefe y el grupo; formar parte plenamente de la masa, aproximarse al centro, no permanecer nunca en la periferia, salvo cuando la misión lo exige. ¿Por qué suponer (como Honrad Lorenz por ejemplo) que las bandas y su tipo de camaradería representan un estado evolutivamente más rudimentario que las sociedades de grupo o de conyugalidad? No sólo hay bandas humanas, sino que hasta las hay especialmente refinadas: la “mundanidad” se distingue de la “sociabilidad”, puesto que está más próxima de una manada, y el hombre social tiene una imagen envidiosa y errónea del mundano, puesto que desconoce las posiciones y jerarquías específicas de la mundanidad, las relaciones de fuerza, sus ambiciones y proyectos tan particulares. Las relaciones mundanas no se corresponden nunca con las relaciones sociales, no coinciden con ellas. Hasta los “manierismos” (los hay en todas las bandas) pertenecen a las micromultiplicidades y se distinguen de los usos o costumbres sociales.

No obstante, no hay que oponer los dos tipos de multiplicidades, las máquinas molares y las moleculares, según un dualismo que no sería mejor que el de lo Uno y lo Múltiple. No hay más que multiplicidades de multiplicidades que forman un mismo agenciamiento, que se manifiestan en el mismo agenciamiento: las manadas en las masas, y a la inversa. Los árboles tienen líneas rizomáticas, y el rizoma puntos de arborescencia. ¿Cómo no se iba a necesitar un enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge el minúsculo arroyo de una intensidad nueva? ¿Cuánto no hay que hacer para obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el devenir-inhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática paranoica va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un devenir-perro, de un devenir-coleóptero.

En el Hombre de los lobos, el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y militar de las obsesiones. Un militar hace de lobo, un militar hace el perro. No hay dos multiplicidades o dos máquinas, sino un solo y mismo agenciamiento maquínico que produce y distribuye el todo, es decir, el conjunto de enunciados que corresponden al “complejo”. ¿Qué nos dice es psicoanálisis sobe todo esto? Edipo, nada más que Edipo, puesto que el psicoanálisis no escucha nada ni a nadie. Lo elimina todo, masas y manadas, máquinas molares y moleculares, todo tipo de multiplicidades. Véase si no el segundo sueño del Hombre de los lobos, en el momento del episodio llamada psicótico: en una calle un muro con una puerta cerrada, a la izquierda un armario vacío; el paciente frente al armario, y una enorme mujer con una pequeña cicatriz que parece querer pasar del otro lado del muro; detrás de éste, unos lobos que se precipitan hacia la puerta. La Sra. Brunswick no puede engañarse: por más que se esfuerza en reconocerse en la enorme mujer, ve perfectamente que aquí los lobos son los bolcheviques, la masa revolucionaria que ha saqueado el armario o confiscado la fortuna del Hombre de los lobos. En un estado metaestable, los lobos han pasado a formar parte de una gran máquina social.

Pero, salvo lo que ya decía Freud, el psicoanálisis no tiene nada que decir sobre todas estas cuestiones: todo sigue remitiendo aún a papá (que, como por casualidad, era uno de los jefes del partido liberal en Rusia, pero eso no tiene ninguna importancia, basta con decir que la revolución ha “satisfecho el sentimiento de culpabilidad del paciente”). Verdaderamente podría pensarse que la libido, n sus inversiones y contrainversiones, no tiene nada que ver con las conmociones de masas, los movimientos de manadas, los signos colectivos y las partículas de deseo.

En realidad, no basta con atribuir al preconciente las multiplicidades molares o las máquinas de masa, reservando para el conciente otro tipo de máquinas o de multiplicidades. Lo propio del inconciente es el agenciamiento de las dos, el modo en que las primeras condicionan a las segundas, y éstas preparan las primeras, se escapan de ellas o vuelven a ellas: la libido lo baña todo. Hay, pues, que tenerlo todo en cuenta: el modo en que una máquina social o una masa organizada tienen un inconciente molecular que no sólo indica su tendencia a la descomposición, sino también los componentes actuales de su práctica y de su organización; el modo en que un individuo, tal o cual incluido en una masa tiene un inconciente de manada que no se parece necesariamente a las manadas de la masa de la que forma parte; el modo en que un individuo o una masa van a vivir en su inconciente las masas y las manadas de otra masa o de oro individuo.

¿Qué quiere decir amar a alguien? Captarlo siempre en una masa, extraerlo de un grupo, aunque sea restringido, del que forma parte, aunque sólo sea por su familia o por otra cosa; y después buscar sus propias manadas, las multiplicidades que encierra en sí mismo, y que quizá son de una naturaleza totalmente distinta. Juntarlas con las mías, hacer que penetren en las mías, y penetrar las suyas. Bodas celestes, multiplicidades de multiplicidades. Todo amor es un ejercicio de despersonalización en un cuerpo sin órganos a crear; y en el punto álgido de esa despersonalización es donde alguien puede ser nombrado, recibe su nombre o su apellido, adquiere la más intensa discernibilidad en la aprehensión instantánea de los múltiples que le pertenecen y a los que pertenece. Manada de pecas en un rostro, manada de muchachos que hablan en la voz de una mujer, camada de muchachas en la voz del Sr. De Charlus, horda de lobos en la garganta de alguien, multiplicidad de anos en el ano, la boca o el ojo hacia el que uno se inclina. ¡Cada uno pasa por tantos cuerpos en su propio cuerpo! Albertine es lentamente extraída de un grupo de muchachas, que tiene un número, una organización, un código, una jerarquía determinadas; y no sólo ese grupo y esa masa restringida están inmersos en todo un inconciente, sino que Albertine tiene sus propias multiplicidades que el narrador, al aislarla, descubre en su cuerpo y en sus mentiras, hasta que el final del amor la vuelva indiscernible.

Pero sobre todo no hay que creer que basta con distinguir masas y grupos exteriores en los que alguien participa o a los que pertenece, y los conjuntos internos que englobaría en sí mismo. La distinción no es en modo alguno la de lo exterior y la de lo interior, siempre relativos y cambiantes, intercambiables, sino la de tipos de multiplicidades que coexisten, se combinan y desplazan –máquinas, engranajes, motores y elementos que intervienen en un determinado momento para formar un agenciamiento productor de enunciado: te amo (u otra cosa)-. Volviendo a Kafka, Felice es inseparable de una cierta máquina social y de las máquinas parlantes cuya firma representa; ¿cómo no iba a pertenecer a ese tipo de organización, a los ojos de Kafka, fascinado como está por el comercio y la burocracia? Pero al mismo tiempo, los dientes de Felice, los grandes dientes carnívoros la hacen pasar según otras líneas a las multiplicidades moleculares de un devenir-perro, de un devenir-chacal… Felice, inseparable del signo de las máquinas sociales modernas, las suyas y las de Kafka (aunque no son las mismas), y de las partículas, las pequeñas máquinas moleculares, de todo el extraño devenir, del trayecto que Kafka hará y le obligará a hacer a través de su perverso aparato de escritura.

No hay enunciado individual, sino agenciamientos maquínicos productores de enunciados. Nosotros decimos que el agenciamiento es fundamentalmente libidinal e inconciente. El agenciamiento es el inconciente en persona. Por ahora, nosotros vemos en él distintos tipos de elementos (o multiplicidades): máquinas humanas, sociales y técnicas, molares, organizadas; máquinas moleculares, con sus partículas de devenir-inhumano; aparatos edípicos (por supuesto, claro que hay enunciados edípicos, y muchos), aparatos contraedípicos, de aspecto y funcionamiento variables. Más adelante analizaremos todo esto. En realidad, ni siquiera podemos hablar de máquinas diferentes, sino únicamente de tipos de multiplicidades que se combinan y forman en un determinado momento un solo y mismo agenciamiento maquínico, figura sin rostro de la libido.

Todos estamos incluidos en un agenciamiento de este tipo, reproducimos el enunciado cuando creemos hablar en nombre propio, o más bien hablamos en nombre propio cuando producimos el enunciado. Qué extraños son los enunciados, verdaderos discursos de locos. Decíamos Kafka, también podríamos decir el Hombre de los lobos; una máquina religioso-militar que Freud asigna a la neurosis obsesiva; una máquina anal de manada o de devenir-lobo, también avispa o mariposa, que Freud asigna al carácter histérico; un aparato edípico que Freud convierte en el único motor, el motor inmóvil que aparece por todas partes; una aparato contraedípico (¿el incesto con la hermana, incesto-esquizofrénico, o bien el amor con “personas de condición inferior”, o bien la analidad, la homosexualidad?),todas esas cosas en las que Freud no ve más que sustitutos, regresiones y derivados de Edipo. En verdad Freud no ve ni entiende nada. No tiene la menor idea de lo que es un agenciamiento libidinal con todas las maquinarias que utiliza, todos los amores múltiples.

Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Árabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, so sí, no se entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización (“están locos, verdaderamente locos”); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo Árabe que conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera, desprendiéndolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para limpiar las carroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de “limpieza”, la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de manada, bañando la líbido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se desarrolla el drama?

No hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación (no entender por “agentes colectivos” los pueblos o las sociedades). El nombre propio no designa un individuo: al contrario, un individuo sólo adquiere su verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan totalmente, tras el más severo ejercicio de despersonalización. El nombre propio es la aprehensión instantánea de una multiplicidad. El nombre propio es el sujeto de un puro infinitivo entendido como tal en un campo de intensidad. Exactamente lo que Proust dice del nombre: al pronunciar Gilberto tenía la sensación de tenerla totalmente desnuda en mí boca.

El Hombre de los lobos, verdadero nombre propio, nombre íntimo que remite a los devenires, infinitivos, intensidades de un individuo despersonalizado y multiplicado. ¿Pero entiende el psicoanálisis algo de la multiplicación? Esa hora del desierto en la que el dromedario deviene mil dromedarios que ríen burlonamente en el cielo. Esa hora de la noche en la que mil agujeros se abren en la superficie de la tierra. Castración, castración, grita el espantajo psicoanalítico que siempre ha visto un agujero, un padre, un perro donde hay lobos, un individuo domesticado donde hay multiplicidades salvajes.

Al psicoanálisis no sólo le reprochamos que haya seleccionado los enunciados edípicos. Pues esos enunciados, en cierta medida, aún forman parte de un agenciamiento maquínico respecto al cual podrían servir de índices corregibles, como en un cálculo de errores. Lo que realmente le reprochamos es que haya utilizado enunciados edípicos para hacer creer al paciente que iba a tener enunciados personales, individuales, que por fin iba a poder hablar en nombre propio. Ahora bien, todo está falseado desde el principio: el Hombre de los lobos jamás podrá hablar. Se esforzará en vano en hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a su perro y responde “es papá”. Mientras esta situación dure, Freud hablará de neurosis, y cuando falle, de psicosis.

El Hombre de los lobos recibirá la medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso la pensión alimentaria que se da a los excombatientes mutilados. El Hombre de los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiese puesto de manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él tales o tales enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis; en el preciso momento en que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales, se le priva de todas las condiciones de enunciación.

Hacer callar a las personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada hubiesen dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos? Qué interesante, si elimino los cabritos, queda un lobo, que tiene que ser tu padre…

Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos.

Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, “honesto y escrupuloso”!, en una palabra, curado.

El se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica: “Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología”

Del libro Mil mesetas. Capitalismo y Esquizofrenia (Mil plateaux. Capitalisme et schizophrénie).

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Políticas de la brujería

“En un devenir-animal, siempre se está ante una manada, una banda, una población, un poblamiento, en resumen, una multiplicidad. Nosotros, los brujos, lo sabemos desde siempre. (…) Hay toda una política de los devenires-animales, como también hay una política de la brujería: esta política se elabora en agenciamientos que no son ni los de la familia, ni los de la religión, ni los del Estado. Más bien expresarían grupos minoritarios, u oprimidos, o prohibidos, o rebeldes, o que siempre están en el borde de las instituciones reconocidas, tanto más secretos cuanto que son extrínsecos, en resumen, anómicos. Si el devenir-animal adopta la forma de la Tentación, de monstruos que el demonio suscita en la imaginación, es porque se acompaña, tanto en sus orígenes como en su empresa, de una ruptura con las instituciones centrales, establecidas o que tratan de establecerse.

(…)

Así actuamos nosotros, los brujos, no según un orden lógico, sino según compatibilidades o consistencias alógicas. (…) Nosotros conocemos muy bien los peligros de la línea de fuga, y sus ambigüedades. Los riesgos siempre están presentes, pero siempre existe una posibilidad de escapar a ellos: en cada caso se dirá si la línea es consistente, es decir, si los heterogéneos funcionan efectivamente en una multiplicidad de simbiosis, si las multiplicidades se transforman efectivamente en los devenires de paso”.

Gilles Deleuze- Felix Guattari

Extracto del libro Mil mesetas, de Gilles Deleuzey Felix Guattari, 1980.

fuente www.deleuzebrujo.blogspot.com.ar

Elogio de la pereza refinada

En la opinión que se ha ido forjando al respecto, la pereza se ha beneficiado mucho del creciente descrédito que pesa sobre el trabajo. Antaño erigido en virtud por la burguesía, que extraía su beneficio de él, y por las burocracias sindicales, a las cuales aseguraba la plusvalía de su poder, el embrutecimiento de la faena cotidiana ahora se reconoce como lo que es: una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial.  Sin embargo y a pesar de la estima de que disfruta, la pereza continúa sufriendo igualmente por la relación de pareja que, en la tonta asimilación de las bestias a lo que los humanos poseen de más despreciable, persiste en reunir a la cigala y la hormiga.

Querámoslo o no, la pereza sigue atrapada en la trampa del trabajo que rechaza mientras canta. Cuando se trata de no hacer nada, ¿la primera idea que se nos viene a la cabeza no es que la cosa cae por su propio peso? En una sociedad en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo?. ¿No funciona todo para turbar, gracias a los buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo? Georg Groddeck (1) percibía con justeza en el arte de no hacer nada el signo de una conciencia verdaderamente liberada de las múltiples obligaciones que, desde el nacimiento a la muerte, hacen de la vida una frenética producción de nada. Estamos tan inflados de paradojas que la pereza no es un asunto sobre el que uno pueda extenderse sencillamente, como nos invitaría a hacer la naturaleza si, en efecto, la naturaleza pudiese abordarse sin rodeos.

El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer al reposo del guerrero. La ha revestido con sus falsos pretextos, en el mismo momento en que la altivez de las clases sociales explotadoras identificaba la actividad laboriosa únicamente con la producción manual. ¿Qué eran aquellos poderosos, aquellos soberanos, aquellos aristócratas, aquellos altos dignatarios más que trabajadores intelectuales, trabajadores encargados de hacer trabajar a quienes habían convertido en sus esclavos? . Esa ociosidad de la que los ricos se vanagloriaban y que, secularmente, alimentaba el resentimiento de los oprimidos, se me antoja muy alejada del estado de pereza en lo que éste tiene de idílico. El hermoso apoltronamiento que se conceden los fatuos de nobleza al acecho de las menores carencias, puntillosos con las prelaciones, alerta de unos criados que ocultan bajo la máscara del servilismo su rencor y su desprecio, cuando no se trata de dar a probar previamente los platos sazonados con los maleficios de la envidia y de la venganza… ¡Qué fatiga produce tal pereza! ¡Y qué servidumbre en la satisfacción constante de la complacencia del mando!.

¿Se dirá del déspota que, al menos, se arroga el placer de ser obedecido? ¡Pobre placer es éste que, beneficiándose del displacer de los otros, se engulle con la acidez que suscita! Se convendrá conmigo en que mantenerse de tal suerte por encima de las tareas innobles no es, en modo alguno, reposo y que apenas facilita el feliz estado de no hacer nada. Sin duda que el hombre de negocios, el patrón, el burócrata no se comprometen,  aparte de sus ocupaciones, en un régimen de domesticidad que es más inoportuno que confortable. No sé si buscan la soledad del subprefecto en los campos, pero todo indica, en su caso, una propensión más al divertimento que a la ociosidad. Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia. El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.

Pase con el descanso nocturno, auténtica prescripción médica para quien se lanza cada día a una carrera contra el reloj. Pero ¿quién osará, en una guerra en la que uno está en todo instante expuesto al fuego intenso de la competencia, levantar la bandera blanca de un momento de ociosidad? Demasiado nos han remachado el desastroso ejemplo de las “delicias de Capua”, en las que Aníbal, cediendo no se sabe a qué hechizo de los sentidos, pierde tanto Roma como el beneficio de sus conquistas. Hay que rendirse a la evidencia: en un mundo en el que nada se obtiene sin el trabajo de la fuerza y de la astucia, la pereza es una debilidad, una estupidez, una falta, un error de cálculo. No se accede a ella más que cambiando de universo; es decir, de existencia. Son cosas que pasan.

Un director de banco –me aseguran- se encontró arruinado, abandonado por todos, cubierto de oprobio. Un rinconcito en el campo lo acoge; planta algunas viñas. Un huerto, unos pocos pollos y la amistad de los vecinos cubren sus necesidades. Hace descubrimientos asombrosos: una puesta de sol, el centelleo de la luz en el sotobosque, los olores silvestres, el sabor del pan que él mismo ha amasado y cocido, el canto de las alondras, la turbadora configuración de la orquídea, las ensoñaciones de la tierra a la hora del rocío o de la serena. El hastío de una existencia que había pasado ignorándose le había dado un lugar en el universo. Aún quedaba saber ocuparlo. El camino no es tan fácil, pues la exclusión de un mundo que te excluye de ti mismo basta para que vuelvas a encontrarte en él. Si no fuese así, no habría un parado que no se hubiese convertido en poeta de los tiempos futuros. Lo habitual es que el parado no se pertenezca a sí mismo, sino que continúe perteneciendo al trabajo. Lo que lo destruía en la alienación de la fábrica y de la oficina persiste en corroerlo fuera de ellas como el dolor de un miembro fantasma. Como el explotador, el explotado apenas tiene la oportunidad de consagrarse sin reservas a las delicias de la pereza.

Seguramente hay malicia en hacer lo menos posible para el patrón, en parar de trabajar desde el momento en que vuelve la espalda, en sabotear las cadencias y las máquinas, en practicar el arte de la ausencia justificada. La pereza, en este caso, salvaguarda la salud y presta a la subversión un carácter agradablemente roborativo. Rompe el tedio de la servidumbre, quiebra la palabra de mando, recupera la calderilla de ese tiempo que os arrebata ocho horas de vida y que ningún salario os permitirá recuperar. Dobla, con un ensañamiento salvaje, los minutos robados a la máquina de fichar, cuyo recuento de la jornada aumenta el beneficio del patrón. De acuerdo. Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué placer puede uno obtener sin reservas si implica antes que nada arruinar el placer del otro? ¿Quieres que te obedezcan? Pues nada de eso. Ofrezco una prueba viva hurtándome a tu poder, rompiendo ese poder que te parece, sino eterno, sí al menos adquirido para un largo tiempo. Noble tarea es, sin duda, la subversión del trabajo innoble, pero no te libra de trabajar.

Hete aquí, como el amo al acecho del criado que le roba, holgazaneando con el ojo puesto en el amo para robarle mejor. No puede entenderse la pereza de forma tan furtiva. Se necesita desahogo, como en el amor. Quien está pendiente del “¿quién vive?” no vive en absoluto, o lo hace mediocremente. ¡Qué rencor, por otro lado, al no poder arruinar tan retorcidamente como uno desearía el hedonismo de los explotadores, por mediocre que éste sea! ‘Mientras nosotros curramos, ellos se llenan la panza, dice la canción. Pero, de la misma manera que aquellos curas rijosos a los que el viejo anticlericalismo puritano reprochaba el lanzarse a los excesos, ¿no habría sido el hedonismo lo mejor que los explotadores alcanzasen en toda su existencia si el terror a los explotados no los hubiera condenado a secretas y precipitadas compulsiones? El privilegio de los proletarios al emanciparse tanto del trabajo que los convierte en asalariados como de aquellos que extraen de él la plusvalía consistía precisamente en acceder al goce de ellos mismos y del mundo. El goce y su consciencia, agudizada al perfeccionarlo, poseen suficientemente la ciencia de liberarse de aquello que los entorpece o los corrompe. ¡Preguntádselo a los que aprenden a amarse!

Lo que es verdad para el amor es verdad para la pereza y su disfrute. A menudo estamos lejos de la realidad. Un reportaje sobre los campesinos brasileños, privados de la tierra mientras grandes extensiones permanecen baldías en manos de unos propietarios preocupados tan sólo por mantener su propiedad, los exhibía en una larga marcha de la miseria, blandiendo cruces, con curas a la cabeza, pues la Iglesia los provee cotidianamente de un guiso de arroz y judías. En interés de la objetividad mediática, se insertaba, conforme a las leyes del montaje, un banquete en el que los propietarios rurales se servían salchichas y costillas de cordero en abundancia, argumentando sobre su justo derecho y protestando contra los ataques de los que se consideraban víctimas.

Entre la miseria de los notables amedrentados y la compasión por los desposeídos, uno daba en pensar que los primeros no tienen el disfrute de sus tierras porque no poseen más que su propiedad y que los segundos, a quienes correspondería tal disfrute, apenas están en disposición de disfrutar de nada.
La situación es menos arcaica de lo que parece. Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.

La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter parasitario. Se ha implantado tan bien el hábito de aceptar no importa qué trabajo y de consumir lo que sea para equilibrar esa balanza mercantil que reina sobre los destinos como la vieja y fantasmal providencia divina que, quedarse en casa en lugar de participar en el frenesí que destruye el universo, pasa extrañamente por algo escandaloso. Uno de esos ministros cuya máquina administrativa devora millones a la manera de un gigantesco aparato que parasita la producción de bienes prioritarios no tuvo empacho en denunciar, con la aprobación de los gestores de la información, a los beneficiarios de subsidios, a los ferroviarios jubilados, a los usuarios de los servicios de salud, en pocas palabras, a las gentes que obtienen placer de su reposo mientras otros duermen para un patrón cuyo dinero no deja de trabajar. Que se hayan encontrado proletarios –subsidiados en potencia, sin embargo- que consienten en la refundición semántica de las palabras compradas por el poder no es el simple efecto de la imbecilidad gregaria. Planea sobre la pereza tal sentimiento de culpa que pocos se atreven a reivindicarla como una parada saludable que permite reconquistarse y no ir más allá en el camino por el que el viejo mundo se desliza.

¿Quién, entre los subsidiados, proclamará que descubre en la existencia riquezas que la mayoría busca donde no están? No encuentran placer en no hacer nada, no piensan en inventar, en crear, en soñar, en imaginar. En la mayoría de las ocasiones sienten vergüenza por estar privados de un embrutecimiento asalariado que les privaba de una paz de la que ahora disponen sin osar instalarse en ella. La culpabilidad degrada y pervierte a la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia. Qué mejor ocasión que las huelgas para suspender ese tiempo en el que todo el mundo corre para no atraparse jamás, se desloma por ser lo que le repugna y por no ser lo que habría deseado, y cuenta con la jubilación, la enfermedad y la muerte para poner fin a su fatiga.

Una parada en el trabajo debería propagar la buena conciencia de la pereza, alentar ese saludable reposo que ahorraría no pocos gastos en sanidad. No hace falta más que ponerle un poco de imaginación. Nos cruzamos de brazos, dirían los ferroviarios, instauramos la gratuidad del tiempo y del espacio y, para vuestro esparcimiento, nos relevaremos para hacer que los trenes circulen y permitiros recorrer Francia entera sin ningún desembolso por vuestra parte. ¿Seguirías asistiendo a fábricas y oficinas?. ¡Vosotros sabréis! Tal vez se les ocurriese a algunos que la pereza es más creativa que el trabajo.

¡Pero no! Declarar que la huelga es una fiesta es un insulto para quienes persisten en encontrar dignidad en la esclavitud del trabajo. Es necesario, dentro del orden de cosas que nos gobierna, que la huelga sea una maldición, igual que la pereza. Respiramos con pesar un poco de aire fresco antes de retomar valientemente el camino de la corrupción y de la polución. Bien que nos merecemos la jubilación, suspiran los trabajadores. Pero, conforme a la lógica de la rentabilidad, lo que uno merece ya lo ha pagado no una vez, sino diez. Que no se diga, pues, que la jubilación ofrece al fin un refugio a esa ociosidad que, decididamente, es la cosa peor repartida del mundo. ¿Confundiréis pereza y fatiga? Yo ni siquiera hablo del fin de esa existencia llamada cínicamente activa sobre el cual cuarenta años de desriñone cotidiano continúan imprimiendo su cadencia, mientras la vida se escapa por todos lados y los días se transforman en adelantos en la contabilidad de la muerte.

La pereza en la que desborda de repente toda la carga de los deseos, prohibidos por cuarenta horas semanales de presencia obligatoria en la fábrica o en la oficina, no es más que una gris liberación, la aceleración de un retraso que hay que superar, la compulsión del perro al que repentinamente se le desata la correa. La pereza, en suma, nunca fue en el pasado mejor tratada que la mujer, y sabemos demasiado bien cómo nuestro presente está marcado en sus nueve décimas partes por lo que fue. Cuando el poder del macho veía en la mujer al reposo del trabajador en armas, de cuello blanco o de cuello azul, ¿no es cierto que la identificaba con la ociosidad?. Hablando para no decir nada, atareada para no hacer nada, la mujer derivaba su inferioridad de su ausencia de la economía y estaba excluida de la alquimia lucrativa y saludable reservada a la fuerza viril, con la única excepción del tiempo destinado a la maternidad y a producir hijos para la fábrica y la gloria militar.

Ociosa y vana, a la mujer era imprescindible mantenerla “ocupada”, del mismo modo que el trabajo viola a la pereza. Exiliada, como el parado, de la máquina de excretar rentabilidad, no obtenía del ocio más que la sombra de su maldición. Ni derecho ni goce, sólo remordimientos y pecado. ¿Cómo encontrar reposo en una ociosidad que es, en el peor de los casos, una bajeza y, en el mejor, una excusa? Pues si el trabajo se identificaba con la fuerza, la pereza quedaba rebajada a la condición de una debilidad mórbida. Por una inversión de sentido que es propia del viejo mundo, el desriñone laborioso se transformaba en signo de salud, mientras el dulce farniente se revelaba como un síntoma enfermizo. Tal es el peso del ajetreo sobre una vida que en realidad no exigía tanto, que, despojada del frenesí de una acción empeñada en el logro de fines útiles e inútiles, se diría que nada queda en un mundo de repente despoblado. La pereza es una nada; inclinarse sobre ella es contemplar un abismo y el abismo, afirmaba Nietzsche, también mira dentro de ti (2). Entra, desde luego, en la lógica de las cosas que, después de haber demostrado que la pereza carecía de existencia fuera del trabajo, de la opresión, de la subversión, de la culpabilidad, del desahogo, de la debilidad constitutiva, se llegará a la conclusión de que no era nada.

Albert Cossery (3) hizo una sabrosa descripción de esa nada. En Los haraganes del valle fértil nos introduce furtivamente en una casa de pueblo en la que cada uno de sus habitantes rivaliza en ingenio para dormir el mayor tiempo posible. Hay que desbaratar las conjuras del mundo exterior, valerse de la astucia frente a la perversa atracción que el trabajo ejerce en ocasiones sobre aquellos que han tenido la fortuna de no saber nunca de él. Que la atmósfera no es de júbilo, ni siquiera de entusiasmo, es lo menos que puede decirse. Un sombrío ardor preside la rigurosa disposición del silencio. La angustia merodea entre los ronquidos. Aunque acaso sea menos el producto de una posible ruptura del delicado equilibrio de la nada que de la lasitud de la holganza. Pues aquí la pereza no es más que la vanidad de un dormir sin sueños. Es una venganza contra la vida ausente, un arreglo de cuentas existencial que raposea con la muerte. Se reivindica el derecho a no ser nada en un universo que ya te ha condenado a la nulidad. Es demasiado o no es suficiente. Seguramente puede encontrarse cierto placer en no estar para nadie, en quererse de una absoluta nulidad lucrativa, en dar testimonio de la propia inutilidad social en un mundo en el que se obtiene un resultado idéntico mediante una actividad muy a menudo frenética. Pero eso no impide que el contenido mismo de la pereza deje que desear. Su inconsistencia la predispone a los manejos de quien quiere sacarle partido. Hay tanta pereza como debilidad en dejarse gobernar, señalaba La Bruyère (4).

Hay en los letárgicos una propensión a preferir la injusticia al desorden. ¿Los cuidados que requieren los privilegios de la somnolencia mental y de la ociosidad no implican acaso una perfecta obediencia al orden de las cosas? Pagar el descanso con la servidumbre es, sin duda, un trabajo innoble. Hay demasiada belleza en la pereza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos. Al paso de una manifestación contra la mafia en Palermo, un joven se indignaba: “¡Están locos! Sin la mafia, ¿quién nos ayudaría?”. El integrismo islámico no reacciona de manera distinta. Ser una larva bajo la mirada de Alá y en la miseria del mundo sirve al poder de los negocios. Si la pereza se acomoda a la apatía, a la servidumbre, al oscurantismo, no tardará en entrar en los programas de un Estado, que, previendo la liquidación de los derechos sociales, pone en marcha organismos caritativos privados con el fin de suplirlos: es decir, un sistema de mendicidad del que desaparecerán reivindicaciones que, bien es verdad, emprenden dócilmente ese mismo camino a juzgar por las últimas súplicas públicas, que tienen como leitmotiv: “¡Dadnos dinero!”. El mercantilismo de tipo mafioso en el que se transforma la economía en declive no podría coexistir más que con una ociosidad vaciada de toda significación humana. Pues tal vez sea tiempo de darse cuenta de que la pereza es la peor o la mejor de las cosas dependiendo de que se incluya en un mundo en el que el hombre no es nada o bien en una perspectiva en la que quiere serlo todo. No es poco reconocer que la pereza no ha conocido más que una existencia alienada, envilecida, sometida a intereses sin relación deseable con las esperanzas que habría sido natural poner en ella.

¿Cómo sorprenderse de algo así, si lo mismo ocurre con el ser que se dice a sí mismo humano y pasa lo mejor de su vida demostrando que lo es bien poco? Tal cosa no impide, sin embargo, ni las aspiraciones ni el poder del imaginario por medio del cual la historia no hace más que suplir sus crueles realidades, ni que se bosquejen esos cambios que tantos deseos secretos reclaman. Es entonces cuando la pereza revela su riqueza. ¿Acaso no ha elaborado ella un universo, fundado una civilización? Feliz país el de Jauja (5), en el que, sin el menor esfuerzo, los platos más apetitosos adornan las mesas, en el que las bebidas fluyen a raudales en una extravagante diversidad, y en el que, con el favor de una naturaleza ubérrima, los embelesos del amor se ofrecen en el recodo de cualquier bosquecillo. Entre las poblaciones más pacíficas del globo reina una encantadora indolencia. Basta con tender la mano o con abrir la boca para satisfacer las exigencias del gusto o del goce.

En el país de Jauja la abundancia es natural, la bondad nativa, la armonía universal. Nada, desde el mito de la Edad de Oro a Fourier, ha exaltado mejor las ensoñaciones del cuerpo y de la tierra, las sinfonías secretas y jubilosas que componía una razón cuidadosamente prevenida contra la racionalidad del tumulto laborioso, de la miseria activa y del fanatismo competitivo. ¿Es preciso revelar el recuerdo resurgente de una época lejana y anterior a nuestra civilización agraria, que fertiliza la tierra con sudor y sangre antes de esterilizarla para sacarle más dinero? Las cadenas del trabajo y de la competencia guerrera, que marcan el ritmo de la danza macabra de la civilización mercantil, idealizaron sin esfuerzo a las sociedades que se sustraían a tan temibles privilegios. Sin duda, pero la visión idílica responde bastante bien, a juzgar por el estudio de los emplazamientos magadalenianos, a colectividades en las que la recolección de plantas, la pesca y una caza complementaria tejían entre los hombres, las mujeres, los animales, la fecundidad vegetal y la tierra vínculos menos apremiantes, más igualitarios y tranquilizadores que la apropiación agraria, cuya explotación de la naturaleza acarreará la explotación del hombre por el hombre.

Reconozcamos, sin embargo, que cada vez que se ha descubierto al buen salvaje ha sido preciso bajar una tercera la melodía de las alabanzas. En materia de comportamientos ejemplares, la variedad, Jívaro, o, Dayak, se imponía muy frecuentemente al tipo “Trobiandés”. Y cuando el modelo alegraba nuestros corazones, ¿qué nos aportaba sino un poco más de nostalgia? No hay vuelta al pasado, a no ser en la irritante esterilidad de la añoranza.
El sueño de Jauja carece de esa languidez retrógrada. Gracias a una escandalosa improbabilidad, puede integrarse tanto mejor en el campo de los posibles.

En Jauja presentimos que la exuberancia de la naturaleza se ofrece a quien la solicita sin querer saquearla o violarla. Por ella pasa, como venido de lo más profundo de la historia y del individuo, el aliento de un deseo inextinguible; el deseo de una armonía con los seres y las cosas, presente con tanta sencillez en el aire de todas las épocas. El tiempo en el que las bestias hablaban, en el que los árboles eran pródigos en sabios consejos, en el que los objetos mismos se animaban se mantiene en el corazón de lo real en los niños. El perezoso descubre su fascinación enclavada en una indolencia que evoca en él confusamente la existencia prenatal, momento en el que el universo matricial, el vientre de la madre, dispensa amor, alimento y ternura. “¿Qué funestas condiciones –se pregunta- nos impiden otorgar a la naturaleza su vocación de madre abastecedora?”.

Por mucho que la racionalidad lucrativa del trabajo considere la cuestión nula y sin valor, el perezoso sabe que en la feliz disposición que lo protege del mundo de la especulación y la tarea, tal fantasía no está desprovista de sentido y poder. Entre el medio ambiente y él, la despreocupación contemplativa basta para tejer una red de sutiles afinidades. Percibe mil presencias en la hierba, en las hojas, en una nube, un perfume, un muro, un mueble o una piedra. De repente le asalta un sentimiento de estar vinculado a la tierra por las nervaduras íntimas de la vida. Se encuentra en unidad con lo vivo, en una religión de la cual la religión, que encadena la tierra al cielo y el cuerpo a los mandamientos divinos, no es más que una inversión. Al contrario que el místico, exiliado de sus sentidos mediante el desprecio de sí mismo, el ocioso restituye la materialidad de la vida –la única que hay- al universo del que procede: el aire, el fuego, la tierra, el mineral, el vegetal, el animal y el ser humano, que de todos ellos ha heredado su especificidad creativa.

Bajo la aparente languidez del sueño se despierta una conciencia a la que el martilleo cotidiano del trabajo excluye de su realidad rentable. Dicha languidez nada tiene que ver con el animismo, afectación religiosa en la que el espíritu trata de apropiarse de los elementos de la tierra como si éstos no se bastasen a sí mismos. Sencillamente, emana de una vitalidad que el cuerpo en reposo se reapropia. Para que la pereza acceda a su especificidad, no basta con que rehúse a la voluntad omnipresente del trabajo; es necesario que sea por y para sí misma. Es necesario que el cuerpo, del que constituye uno de los privilegios, se reconquiste como territorio de los deseos, a la manera en que los amantes lo perciben en el momento del amor. Lugar y momento de los deseos, así se reivindica esta pereza según el corazón, tan opuesta al la pereza del corazón, a la cual amenaza con reducirla el mercadeo social ordinario. La suavidad de los prados, la serenidad del lecho se pueblan de una multitud de anhelos concebidos por la felicidad, y que las obligaciones rechazaban, deformaban, diezmaban, travestían de significaciones mortíferas.

El país de Jauja se erige en proyecto en la intención: todo se pone al alcance de la mano de quien aprende a desear sin fin (6). “Haz lo que quieras” es una planta ética que no pide más que crecer y embellecerse. La crueldad de condiciones insoportables y que, sin embargo, toleramos prescribe que la abandonemos como si nos requiriese la urgencia de no ser nosotros mismos, de no pertenecernos jamás. La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar. Acabemos, pues, con la confusión que asocia a la pereza con ese reblandecimiento mental que llaman pereza de espíritu, como si el espíritu no fuese la forma alienada de la conciencia del cuerpo. La inteligencia de uno mismo que la pereza exige no es otra cosa que la inteligencia de los deseos de la que el microcosmos corporal necesita para liberarse del trabajo que le pone trabas desde hace siglos. ¡A saber lo que se desliza a través de la multitud de anhelos y deseos que invaden al perezoso finalmente decidido a no ser más que para sí mismo!

Tal es la fuerza de los deseos cuando se encuentran –por decirlo así- en estado de libertad que les vence la ilusión de poder cambiar el mundo a su favor y sobre el terreno. La vieja magia se aparece más de lo que creemos en los repliegues de la conciencia. “Es una creencia muy antigua –escribe Campbell Bonner- que una persona, instruida en los medios de obrar, pueda poner en marcha fuerzas misteriosas, capaces de influir en la voluntad del otro y de someter sus emociones a los deseos del operador. Tales fuerzas pueden ser activadas mediante palabras, mediante ceremonias realizadas conforme a las reglas o bien mediante objetos investidos de un poder reconocido como mágico” (7). Y Jacob Böhme (8), más sutilmente: “La magia es la madre del ser de todos los seres puesto que se hace a sí misma y puesto que consiste en el deseo. La auténtica magia no es un ser; es el deseo, el espíritu del ser”. (Erklärung von sechs Punkten).

El siglo XIII conservó el trazo de esta “pereza que mueve molinos” y que evoca Georges Schéhadé (9). En esa época hay, en efecto, una secta que sostiene: “No es necesario trabajar jamás con las propias manos, sino rezar sin cesar; y si los hombres rezan de tal suerte, la tierra proveerá sin cultivo más frutos que si hubiese sido cultivada” (Citado por H. Grundmann, Religiöse Bewegungen in Mittelalter, Hildesheim, 1961). Y si la operación no dejó en la historia una prueba tangible de su eficacia, es conveniente no incriminar tanto la incompetencia del Dios al cual los orantes se dirigían o cierto modo vicioso de proceder cuanto el recurso a la oración, pues hacerse dependientes de los otros para acceder a una independencia ardientemente deseada es ir contra la propia voluntad y tener en poca consideración las propias aspiraciones. El universo abunda en trampas de este género. Se mezclan en él demasiadas sujeciones, interdictos, represiones y automatismos, como para dispensarnos de la mayor vigilancia.

Es conocido el apólogo indio. Un hombre se había acostado a la sombra de un árbol famoso por su poder mágico. El suelo se le antojaba poco mullido, deseaba tenderse más voluptuosamente, y una suntuosa cama se le apareció. Enseguida le entraron ganas de un copioso almuerzo, y surgió una mesa equipada con los platos más exquisitos. “Mi felicidad sería completa –soñaba- si tuviese a mi lado a un joven graciosa y lista para colmar mis deseos”. De improviso llegó la joven y dio respuesta a su amor. Poco habituado, sin embargo, a semejante constancia en la felicidad, no pudo evitar un miedo infundado. Temeroso de perder en un instante una fortuna tan perfecta, imaginó que un tigre salía del bosque. Brotó el tigre y le partió la nuca. Un deseo puede contener otro de sentido contrario. Es asunto de la pereza aprender que no debe temer nada, sobre todo de ella misma. Cuántos esfuerzos para pertenecerse sin reservas. Y no es que sean precisos grandes rodeos para ello, sino que lo más sencillo no se entrega dócilmente a los espíritus atormentados. La infancia del arte no se alcanza más que a través del arte de convertirse en infante.

La desnaturalización ha hecho grandes progresos, decía un perezoso saboreando Le lézard, la canción de Bruant (10), y su inmortal “No puedo trabajar, nunca aprendí”. Y añadía: se nos ha puesto en tal disposición para trabajar, que no hacer nada exige hoy en día todo un aprendizaje. En una época en la que crece el desempleo, la enseñanza de la pereza resultaría seductora si no fuera porque es cosa de cada uno cultivar sin la asistencia de los otros una ciencia así de delicada, particular y personal. Nadie puede asegurarse su felicidad (y aún más fácilmente, su desgracia), salvo uno mismo. Pasa con los deseos como con la materia prima de la que el alquimista trata de extraer la piedra filosofal. Constituyen su propio fondo y no se puede extraer de ellos más que lo que allí se encuentra. En consecuencia, todo es cuestión de refinamiento. La pereza en estado bruto es como una nuez que nos comiésemos sin pelar. Por más que la hayamos escogido libre de las corrupciones ordinarias del trabajo, de la culpabilidad, de la liberación y de la servidumbre, aún falta degustarla para obtener todo el placer: devolverla al movimiento natural que la hará ser lo que es, un momento del goce de uno mismo, una creación, en suma. El hábito de los placeres laboriosos, sombreados –más que subrayados- por lo efímero y hurtados a toda prisa, nos ha despojado de la experiencia del esfuerzo y de la gracia. Los placeres, en lo que tienen de auténticos, no son ni el fruto de un capricho del azar o de los dioses, ni la recompensa de un trabajo del que no serían más que la respiración jadeante. Se dan tal como los cogemos. La alegría de la que nos llenan es la alegría con la que los abordamos.

Tal vez sea ésta la Gran Obra cuya búsqueda paciente y apasionada el alquimista emprendía cada día: una obstinación del deseo en despojarse de lo que lo corrompe, en refinarse sin cesar hasta alcanzar esa gracia que transmuta en oro vivificante el plomo de la miseria, de la muerte y del tedio. Cuando la pereza no alimente más que el deseo de satisfacerse, entraremos en una civilización en la que el hombre ya no sea el producto de un trabajo que produce lo inhumano.

Raoul Vaneigem *
1996

* Raoul Vaneigem nació en Lessines (Bélgica) el 21 de marzo de 1934. Entre 1952 y 1956 estudió filología romana en la ULB. Por mediación de Attila Kotanyi, entró en contacto con Guy Debord a comienzos de la década siguiente. Desde 1961 hasta noviembre de 1970, fecha en que presentó su dimisión, fue uno de los miembros más activos e influyentes de la Internacional Situacionista. Su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones se editó en 1967, el mismo año en que salía a la calle La Sociedad del Espectáculo de Debord, y se convirtió en uno de los textos de referencia de los rebeldes de Mayo. Desde entonces hasta el día de hoy ha publicado más de una veintena de libros, el último de los cuales lleva por título Entre le deuil du monde et la joie de vivre (Gallimard, 2008).

notas:
1) Georg Groddeck (1866-1934). Psicoanalista y escritor alemán. En principio reticente ante las innovaciones freudianas, se convirtió al psicoanálisis tras la lectura de Psicopatología de la vida cotidiana y de La interpretación de los sueños en el año 1913. En 1917 se declara discípulo de Freud, pero pronto se une a las filas de la disidencia. Durante un congreso celebrado en La Haya en 1920 afirma: “Yo soy un analista salvaje”. Pasa también por ser el fundador de la ‘medicina psicosomática’.
2) “Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Más allá del Bien y del Mal (1886).
3) Albert Cossery es un escritor en lengua francesa de origen egipcio. Nació en El Cairo en 1913. La novela a la que hace referencia Vaneigem fue publicada en 1948 y llevada al cine por Nikos Panagiatopoulos treinta años después. Existe una edición en castellano con el título de Los haraganes del valle fértil (Anaya & Mario Muchnik).
4) Jean de la Bruyère (1645-1696). Escritor y moralista francés. La cita procede de sus Caractères de Théophraste, traduits du grec, avec les caratères ou le moeurs de ce siècle (1688).
5) La expresión que utiliza Vaneigem es pays de Cocagne: tierra mitológica referida con frecuencia en algunos textos medievales. Se suponía que por ella discurrían ríos de vino y leche, que sus montañas eran de queso y que de los árboles pendían lechones ya cocinados. Huelga decir que los habitantes de La Cucaña habían conseguido liberarse por completo de los sinsabores del trabajo.
6) Alusión al título de un libro del propio Vaneigem publicado en la misma época que este texto: Nous qui désirons sans fin, Gallimard, Paris, 1996.
7) Es probable que la cita proceda de aquí: Campbell Bonner, Studies in Magical Amulets: Chiefly Graeco-Egyptian (1950).
8) Jakob Böhme (1575-1624). Místico y teósofo alemán. Su teosofía muestra conocimientos profundos de astrología y la influencia clara de la alquimia.
9) Georges Schéhadé (1905-1989). De origen libanés y nacido en Egipto, Schéhadé puede ser considerado, por formación e idioma, un poeta y dramaturgo francés. Desde mediados de los años treinta del siglo veinte y gracias a la intervención de Paul Éluard se vincula al grupo surrealista de Breton.
10) Aristide Louis Armand Bruant (1851-1925). Cantante y escritor francés. Fue dueño del cabaret Le Chat Noir, donde además actuó entre los años 1881 y 1895. El día de la inauguración del local no se presentaron más que tres clientes, a las que Bruant, contrariado, acabó insultando. Sus malos modos y los cárteles que encargó a su amigo Toulouse-Lautrec servirían poco después para aumentar la fama del cabaret. Bruant pasa por ser uno de los grandes poetas del argot francés de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En la versión de Le lézard que he podido consultar no aparecen los versos que recoge Vaneigem, sino estos otros algo más procaces: “J’peux pas travailler, / ca m’emmerde” (“No puedo trabajar, / es algo que me jode”).

Traducción y notas de Diego L. Sanromán, Agitprov Editorial.

fuente www.jcastguer.blogspot.com.ar/2008/08/elogio-de-la-pereza-refinada-raoul.html

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El propósito de la educación

Tal vez algunos de ustedes no hayan comprendido por completo todo lo que he estado diciendo acerca de la libertad; pero, como lo he señalado, es muy importante que uno se exponga a ideas nuevas, a algo para lo cual puede no estar acostumbrado. Es bueno ver lo que es bello, pero ustedes tienen que observar también las cosas feas de la vida, tienen que estar despiertos a todo. De la misma manera, tienen que abrirse a cosas que quizás no comprenden por completo, porque cuanto más piensen y reflexionen sobre estos temas que pueden ser algo difíciles para ustedes, tanto mayor será la capacidad que tengan para vivir plenamente.

No sé si algunos de ustedes han advertido, temprano en la mañana, la luz del sol sobre el agua. Lo extraordinariamente suave que es esa luz, y cómo las aguas oscuras danzan, con la estrella matutina que asoma sobre los árboles – la única estrella en el cielo. ¿Alguna vez han advertido algo de eso? ¿O están tan ocupados con la rutina diaria, que olvidan o jamás han conocido la espléndida belleza de esta tierra en la que todos nosotros tenemos que vivir. Sea que nos titulemos comunistas o capitalistas hindúes o budistas, musulmanes o cristianos, que estemos ciegos, inválidos, o estemos bien y seamos dichosos, esta tierra es nuestra. ¿Comprenden? Es nuestra tierra, no de algún otro; no es sólo la tierra del hombre rico, no pertenece exclusivamente a los dirigentes poderosos, a los nobles del país, sino que es nuestra tierra – de ustedes y mía. Somos nadie, y sin embargo también vivimos en esta tierra, y todos tenemos que vivir juntos. Este mundo es tanto del pobre como del rico, del iletrado como del instruido. Éste es nuestro mundo, y pienso que es muy importante sentir esto y amar la tierra, no ocasionalmente en una mañana apacible, sino todo el tiempo. Podemos sentir que éste es nuestro mundo y amarlo, únicamente cuando comprendemos qué es la libertad.

En los tiempos actuales no existe tal cosa como la libertad, no sabemos lo que eso significa. Nos gustaría ser libres, pero si lo observan verán que todos – el maestro, el padre, el abogado, el policía, el soldado, el político, el hombre de negocios -, todos están haciendo, cada cual en su propio pequeño rincón, alguna cosa para impedir esa libertad. Ser libre no es hacer meramente lo que nos place, o romper con las circunstancias externas que nos atan, sino comprender todo el problema de la dependencia. ¿Saben qué es la dependencia? Ustedes dependen de sus padres, ¿no es así? Dependen de sus maestros, del cocinero, del cartero, del lechero, etc. Esa clase de dependencia puede uno comprendería muy fácilmente. Pero hay una clase de dependencia mucho más profunda que uno debe comprender antes de que pueda ser libre: es cuando nuestra felicidad depende de otro. ¿Saben ustedes lo que implica que dependan de alguien para ser felices? No la mera dependencia física con respecto a otra persona – esa dependencia no nos ata – sino la dependencia interna, psicológica, de la cual derivamos nuestra así llamada felicidad; porque cuando uno depende de ese modo de alguien, se convierte en un esclavo.

Si, a medida que van creciendo, dependen emocionalmente de sus padres, de la esposa o el marido, de un gurú, o de alguna idea, ya está ahí el comienzo de la esclavitud. No comprendemos esto, a pesar de que casi todos nosotros, especialmente cuando somos jóvenes, queremos ser libres.

Para ser libres tenemos que rebelarnos contra toda dependencia interna, y no podremos hacerlo sin comprender por qué dependemos. Hasta que comprendamos eso y realmente abandonemos toda dependencia interna, jamás podremos ser libres, porque sólo en esa comprensión hay libertad. Pero la libertad no es una mera reacción. ¿Saben ustedes lo que es la reacción? Si yo digo algo que los lastima, si califico a alguien con una palabra desagradable, esa persona se enoja conmigo, lo cual es una reacción, una reacción que nace de la dependencia; y la independencia es una reacción más. Pero la libertad no es una reacción, y hasta que comprendamos la reacción y podamos ir más allá, jamás seremos libres.

¿Saben ustedes lo que significa amar a alguien? ¿Saben lo que significa amar un árbol, un pájaro, amar a un pequeño animalito, cuidarlo, alimentarlo, acariciarlo aunque no reciban nada en cambio, aunque el árbol no les dé sombra, ni el animalito los siga o dependa de ustedes? Casi nadie ama de esta manera, no sabemos en absoluto lo que esto significa, porque nuestro amor está siempre obstruido por la ansiedad, por los celos y el temor – lo cual implica que dependemos internamente de otro y necesitamos que se nos guíe. No amamos simplemente y lo dejamos ahí sino que pedimos algo a cambio; y en ese mismo pedir nos volvemos dependientes.

Así que la libertad y el amor van juntos. El amor no es una reacción. Si yo amo a alguien porque me ama, eso es un mero comercio, una cosa que se compra en el mercado. No es amor. Amar es no pedir nada en cambio, ni siquiera sentir que uno está dando algo – y es sólo un amor así el que puede conocer la libertad. Pero ya lo ven, a ustedes no se los educa para esto. Se les enseña matemática, química geografía, historia. Y ahí termina la cosa, porque a los padres de ustedes sólo les interesa ayudarlos a que obtengan un buen empleo y tengan éxito en la vida. Si ellos poseen dinero suficiente, pueden enviarlos al extranjero; pero, al igual que el resto del mundo, todo el propósito de ellos es que ustedes lleguen a ser ricos y tengan una posición respetable en la sociedad. Y cuanto más alto trepa uno, tanto mayor es la desdicha que ocasiona a otros, porque para llegar ahí tiene uno que competir, tiene que ser despiadado. De ese modo, los padres envían a sus hijos a las escuelas, donde hay ambición, competencia, donde no hay amor en absoluto, y es por eso que una sociedad como la nuestra se está deteriorando en medio de una constante rivalidad y del conflicto; y aunque los políticos, los jueces, los nobles del país como se les llama, hablen de paz, eso no significa absolutamente nada.

Ahora bien, ustedes y yo tenemos que comprender todo este problema de la libertad. Tenemos que descubrir por nosotros mismos qué significa amar; porque si no amamos, nunca podremos ser solícitos, atentos; nunca podremos ser considerados con los demás. ¿Saben qué significa ser considerado? Cuando vemos una piedra aguda en un sendero que transitan muchos pies desnudos, levantamos esa piedra no porque alguien nos lo haya pedido, sino porque nos compadecemos del otro – no importa quien sea, puede ser alguien a quien tal vez jamás conoceremos. Para plantar un árbol y cuidarlo con esmero, para mirar el río y gozar la plenitud de la tierra, para observar un pájaro volando y percibir la belleza de su vuelo, para tener sensibilidad y estar abiertos a este movimiento extraordinario llamado vida, para todo esto tiene que haber libertad; sin amor, la libertad es meramente una idea que carece en absoluto de validez. Por tanto, sólo para aquellos que comprenden la dependencia interna y rompen con ella y, en consecuencia, saben lo que es el amor, puede haber libertad; y son solamente ellos los que darán origen a una nueva civilización, a un mundo diferente.

Jiddu Krishnamurti

Extracto del capítulo 3 del libro La Libertad y el amor (Think on these things)

fuente www.jiddu-krishnamurti.net/es/el-proposito-de-la-educacion/krishnamurti-el-proposito-de-la-educacion-03

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El robot

¿Por qué dicen los sufíes que el hombre es una máquina?

Porque el hombre es una máquina, por eso. El hombre tal como es, es totalmente inconsciente. No es más que sus hábitos, la suma total de sus hábitos.

El hombre es un robot. El hombre todavía no es un hombre. A menos que la consciencia penetre en tu ser, seguirás siendo una máquina.

Por eso dicen los sufíes que el hombre es una máquina. George Gurdjieff (Místico del siglo xx procedente del Cáucaso.) (N. de los T.) tomó de los sufíes la idea de que el hombre es una máquina y la introdujo en Occidente. Él fue el primero en decir que el hombre era una máquina. Esto escandalizó a mucha gente, pero estaba diciendo la verdad.

Es muy raro que seas consciente. En setenta años de vida, si vives lo que se considera una vida corriente, no tendrás más de siete instantes de consciencia.

Y estos siete instantes o menos serán por casualidad. Por ejemplo, tendrás un momento de consciencia cuando alguien te ponga de repente una pistola en el corazón. En ese momento se detiene tu pensamiento, tu pensamiento habitual. Durante un instante eres consciente, es tan peligroso que no puedes seguir dormido como de costumbre.

Cuando hay una situación de peligro te vuelves consciente. De lo contrario, estás profundamente dormido. Eres un experto en hacer las cosas mecánicamente.

Simplemente, siéntate al lado de la carretera y observa a la gente, te darás cuenta de que todo el mundo va medio dormido. Andan en sueños, son sonámbulos. Y tú también.

Dos vagabundos fueron arrestados y acusados de un asesinato que se había cometido en el barrio. El jurado les declaró culpables y el juez les sentenció a ser colgados del cuello hasta morir, y que Dios se apiade de sus almas.

Los dos aguantaron bastante bien hasta que llegó la mañana en la que se había fijado la ejecución. Mientras les preparaban para la horca, uno se volvió hacia el otro y le dijo:

-Maldita sea, he perdido la cabeza. No puedo coordinar las ideas. Ni siquiera sé en qué día de la semana estamos.

-Hoy es lunes -dijo el otro vagabundo.

-¿Lunes? Dios mío, ¡vaya forma de empezar la semana!

Simplemente, obsérvate. Incluso hasta en el momento de la muerte, la gente sigue repitiendo viejos patrones de comportamiento. Ya no va a haber más semanas; ha llegado el día en que van a ser ejecutados. Pero es la vieja costumbre, alguien dice que es lunes y tú respondes: «¿Lunes? ¡Dios mío, qué forma más desagradable de empezar la semana!»

El hombre reacciona. Por eso los sufíes dicen que el hombre es una máquina.

A menos que empieces a responder, a menos que te vuelvas responsable… La reacción surge del pasado, la respuesta surge del momento presente. La respuesta es espontánea, la reacción no es más que un viejo hábito.

Simplemente, obsérvate. Tu mujer te dice algo: entonces, digas lo que digas, observa, reflexiona sobre ello. ¿Se trata de una reacción? Y te sorprenderás: el 99 por 100 de tus actos no son actos, porque no son respuestas, sólo son actos mecánicos. Sólo son mecánicos.

Está sucediendo continuamente: tú dices lo mismo y tu mujer reacciona de la misma manera; entonces tú reaccionas, y siempre acaba de la misma forma. Tú lo sabes, tu mujer lo sabe, todo es totalmente predecible.

He oído esta historia:

-Papi -dijo un niño de diez años-, ¿cómo empiezan las guerras?

-Bueno, hijo –dijo el padre-, supongamos que América se pelea con Inglaterra…

-América no está peleada con Inglaterra -interrumpió la madre.

-¿Y quién ha dicho que lo estuviera? –contestó papi visiblemente irritado-. Le estoy contando al niño un caso hipotético.

-¡Ridículo! –dijo la madre con un bufido-. Le estás metiendo en la cabeza al niño toda clase de ideas equivocadas.

-¡Nada de ridículo! -replicó el padre-. Si te hace caso a ti nunca tendrá ninguna idea en la cabeza.

Justo cuando iban a empezar a tirarse los platos a la cabeza, el hijo volvió a decir:

-Gracias, mami; gracias, papi. Ya no tendré que volver a preguntar cómo empiezan las guerras.

Simplemente, obsérvate: las cosas que haces, que has hecho tantas veces. Tu forma de reaccionar, cómo has reaccionado siempre. En la misma situación siempre haces lo mismo. Estás nervioso y sacas un cigarrillo y te lo fumas. Esto es una reacción; siempre que estás nervioso lo haces.

Eres una máquina. Estás programado: estás nervioso, metes la mano en el bolsillo, sacas el paquete. Es casi como funciona una máquina. Sacas el cigarrillo, te lo pones en la boca, lo enciendes, y todo esto sucede mecánicamente. Lo has hecho millones de veces y lo vuelves a hacer.

Y cada vez que lo haces se refuerza; la máquina se vuelve más mecánica, más experta. Cuantas más veces lo haces menos consciente necesitas estar.

Por eso los sufíes dicen que el hombre funciona como una máquina. A menos que empieces a destruir los hábitos mecánicos… Por ejemplo, haz lo contrario de lo que siempre has hecho.

Inténtalo. Llegas a casa, tienes miedo, llegas más tarde que nunca y tu mujer estará lista para discutir contigo. Estás planeando qué decir, qué hacer…, que había mucho trabajo en la oficina, esto y lo de más allá. Y ella sabe lo que estás planeando; si te pregunta por qué has llegado tarde sabe qué le contestarás. Y tú sabes que tampoco te va a creer si le dices que has llegado tarde porque había mucho trabajo. Nunca se lo ha creído. Probablemente, ya lo habrá comprobado; habrá llamado a la oficina y habrá preguntado por ti. Pero a pesar de todo, esto es solamente un patrón.

Hoy vete a casa y compórtate de un modo completamente distinto.

Tu mujer te pregunta. «¿Dónde has estado?»

Y tú le contestas: «He estado haciendo el amor con una mujer.» Fíjate en lo que ocurre después. ¡Ella se quedará paralizada! No sabrá qué decir, ni siquiera encontrará palabras para expresarlo. Durante unos instantes estará totalmente perdida, porque no puede aplicar ninguna reacción, ningún viejo patrón.

0 tal vez, si ya se ha convertido en una máquina, te conteste: «No te creo.»

Nunca te ha creído. «¡Estás bromeando!» Siempre llegas a casa…

He oído que un psicoanalista le dijo a un paciente:

-Hoy, cuando vuelvas a casa…

Porque el paciente no hacía más que quejarse:

-Siempre tengo miedo de volver a casa. Mi mujer parece tan desgraciada, tan triste, tan desesperada que me siento abatido. Quiero salir corriendo de casa.

El psicólogo le contestó:

-Quizá seas tú la causa de esto. Haz una cosa: hoy llévale a tu mujer unas flores, helado y bombones, y cuando abra la puerta, abrázala y dale un gran beso. Y a continuación empieza a ayudarla: limpia la mesa, los cacharros, el suelo. Haz algo totalmente nuevo que no hayas hecho nunca antes.

Al hombre le atrajo la idea y lo intentó. Fue a casa. En cuanto su mujer abrió la puerta vio las flores, el helado y los bombones, y a este hombre radiante, que nunca se había reído, abrazándola, ¡no podía creer lo que estaba sucediendo! Se quedó estupefacta, no podía creer lo que estaba viendo. ¡A lo mejor es otra persona! Tuvo que volver a mirar.

Luego, cuando la besó y empezó a limpiar la mesa y se metió en la cocina a fregar los cacharros, la mujer se echó a llorar. Al salir le preguntó:

-¿Por qué lloras?

Ella le dijo:

-¿Te has vuelto loco? Siempre tuve la sospecha de que antes o después te volverías loco. Ahora ha ocurrido. ¿Por qué no vas a ver a un psiquiatra?

Los sufíes tienen métodos como éste. Dicen: actúa de un modo completamente distinto, y no sólo se sorprenderán los demás, tú también te sorprenderás. Incluso en las cosas pequeñas. Por ejemplo, cuando estás nervioso, andas rápido. No andes rápido, vete muy despacio y verás. Te sorprenderás de que no concuerda, tu mente mecánica inmediatamente dirá: «¿Qué haces? ¡Esto nunca lo has hecho antes!» Y si andas despacio te sorprenderás, desaparecerá el nerviosismo porque has introducido algo nuevo.

Estos son los métodos del vipassana y el zazen (técnicas de meditación budistas). Si profundizas en ellas verás que tienen el mismo principio. Cuando caminas en vipassana tienes que andar más despacio que nunca antes, tan despacio que es algo completamente nuevo. Es una sensación completamente nueva y la mente reactiva no puede funcionar. No puede hacerlo porque no está programada para ello, simplemente deja de funcionar.

Por eso, cuando observas la respiración haciendo vipassana, te sientes tan silencioso. Siempre has estado respirando pero nunca te has parado a observarlo; es algo nuevo. Cuando te sientas en silencio y observas la respiración -cómo entra, cómo sale, cómo entra, cómo sale-, la mente se desconcierta. ¿Qué estás haciendo? Nunca lo habías hecho antes. Es tan nuevo que la mente no puede proporcionarte una reacción inmediata. Por eso se queda en silencio.

El principio es el mismo. No se trata de que sea sufí, budista, hindú o musulmán. Si profundizas en los principios de la meditación llegarás a la conclusión de que sólo hay una cuestión esencial: cómo desautomatizarte.

Gurdjieff solía hacer con sus discípulos cosas realmente insólitas. Si venía alguien que siempre había sido vegetariano, él le decía: «Come carne.» Se trata del mismo principio; este hombre era muy particular, era un poco excéntrico. Decía: «Come carne.» Imagínate a un vegetariano comiendo carne. Todo su cuerpo quiere expulsar la carne y vomitar, la mente está desconcertada y molesta, y comienza a transpirar porque la mente no puede soportarlo.

Esto es lo que Gurdjieff quería ver, cómo reaccionas ante una nueva situación. A las personas que nunca habían bebido alcohol, Gurdjieff les decía: «Bebe. Bebe todo lo que puedas.»

Y a la persona que bebía, Gurdjieff le decía: «Deja de beber durante un mes. Déjalo completamente.»

Quería crear situaciones nuevas donde la mente simplemente se queda en silencio; donde no tenga respuestas, respuestas preconcebidas. La mente funciona como si fuese un loro.

Por eso, los maestros zen a veces golpean al discípulo. Vuelve a ser el mismo principio. Pero, cuando vas a ver a un maestro no te esperas que un Buda te golpee, ¿verdad? Cuando vas a ver a un Buda vas con expectativas de que será compasivo y amoroso, que te colmará de amor y te acariciará la cabeza con su mano. Y entonces este Buda te golpea: agarra su estaca y te da un batacazo en la cabeza. Esto es incomprensible: ¿un Buda, pegándote? La mente se detiene un instante, no sabe qué hacer, no funciona.

Este no funcionar es el principio. A veces alguien se ilumina solamente porque su maestro ha hecho algo absurdo.

La gente tiene expectativas, vive a costa de ellas. No saben que los maestros no se adaptan a ningún tipo de expectativas. India estaba acostumbrada a Krisna, Rama y gente por el estilo. Entonces, apareció Mahavira; estaba desnudo. No te podrías imaginar a Krisna desnudo, siempre iba vestido con hermosas ropas, las más hermosas. Era una de las personas más bellas que jamás haya existido; solía adornarse con joyas de oro y de diamantes.

Y de repente, apareció Mahavira. ¿Qué quería decir Mahavira con su desnudez? Escandalizó a todo el país: gracias a ese impacto ayudó a mucha gente.

Cada maestro tiene que elegir cómo va a impactar.

En India, hace siglos que no conocen a una persona como yo. Por eso, haga lo que haga y diga lo que diga, será un escándalo. El país entero está conmocionado; un gran escalofrío recorre la columna vertebral de este país. Me divierte mucho, porque no pueden pensar…

No estoy aquí para satisfacer vuestras expectativas. Si lo hago, nunca seré capaz de transformaros. Estoy aquí para destruirlas, estoy aquí para sobresaltaros. Y vuestra mente se detendrá con esta conmoción. No podréis explicároslo: y en ese momento es cuando podrá entrar algo nuevo dentro de vosotros. Por eso, de vez en cuando digo algo que la gente cree que no debería decir. ¿Pero quién eres tú para decidir lo que puedo decir? Y naturalmente, cuando pasa algo que va contra sus expectativas, la gente reacciona inmediatamente según su antiguo condicionamiento.

Los que reaccionan según su antiguo condicionamiento no captan el sentido. Los que no reaccionan según su antiguo condicionamiento se quedan en silencio, encuentran un nuevo espacio.

Estoy hablando a mis discípulos: estoy intentando golpearles de distintas maneras. Todo esto es deliberado. Cuando critico a Morarji Desai (un político hindú), no me refiero a él. Me refiero al Morarji Desai que hay en ti, porque todo el mundo lleva dentro un político. Golpeando a Morarji Desai, golpeo al Morarji Desai que hay dentro de ti, al político que hay en tu interior.

Todo el mundo tiene a un político en su interior. Un político significa el deseo de dominar, de ser el número uno. Un político significa la ambición, la mente ambiciosa. Y cuando golpeo a Morarji Desai, si te duele y empiezas a pensar «este hombre no puede estar realmente iluminado, si no, ¿por qué está pegándole tan fuerte a Morarji Desai?», entonces estás racionalizando. Tú no tienes nada que ver con Morarji Desai: estás amparando a tu propio Morarji Desai, estás intentando proteger a tu propio político.

No tengo ningún interés en Morarji Desai. ¿Cómo voy a estar interesado en el pobre Morarji Desai? Pero me dirijo al político que tienes en tu interior.

Los sufíes dicen que el hombre es una máquina porque sólo reacciona según los programas que le han inculcado. Comienza a responder y dejarás de ser una máquina. Y cuando dejas de ser una máquina eres un ser humano, entonces nace el ser humano. Observa, estate despierto y empieza a abandonar todos tus patrones de reacción. Intenta responder a la realidad en cada momento, no según la idea preconcebida que hay en ti, sino de acuerdo a la realidad que hay en el exterior. ¡Responde a la realidad! Responde con toda tu consciencia, pero no con tu mente.

Entonces, cuando respondas con espontaneidad y no reacciones, nacerá la acción. La acción es bella, la reacción es horrible. Solamente el hombre consciente actúa, el hombre inconsciente reacciona. La acción libera. La reacción continúa creando cadenas y las va haciendo cada vez más gruesas, fuertes y resistentes.

Vive una vida de respuesta y no de reacción.

Osho

fuente: The Book of Men (El Libro del Hombre) Editorial Debate, 2000.

publicado en http://argentina.indymedia.org/news/2011/05/778838.php

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Sobre la vigilancia…

Tu vigilancia se mantiene sin perturbaciones. Durante las veinticuatro horas del día habrá una corriente subterránea de vigilancia. Tú sigues haciendo cosas… para el mundo exterior, nada ha cambiado, pero para ti ha cambiado todo.

Un maestro Zen estaba sacando agua del pozo, y un devoto que. había oído hablar de él y venía desde muy lejos para verlo y le preguntó:

-¿Dónde puedo encontrar a Fulano, el maestro de este monasterio?

Pensaba que aquel hombre tenía que ser un sirviente, que saca­ba agua del pozo. ¿Cómo va Buda a traer agua del pozo? ¿Cómo va Buda a limpiar el suelo?

El maestro se echó a reír y dijo:

-Yo soy la persona que andas buscando.

El devoto no lo podía creer, y dijo:

-He oído hablar mucho de ti, pero jamás te imaginé sacando agua del pozo.

-Pues eso era lo que hacía antes de iluminarme -dijo el maes­tro-. Sacar agua del pozo, cortar leña… Eso es lo que hacía antes­ y eso es lo que sigo haciendo. Soy muy eficiente en esas dos cosas: sacar agua del pozo y cortar leña. Ven conmigo. Lo siguiente que voy a hacer es cortar leña. Obsérvame.

-Pero entonces, ¿qué diferencia hay? -preguntó el hombre-.

-Antes de iluminarte hacías esas dos cosas, después de la -ilumina­ción sigues haciendo las mismas dos cosas. ¿Qué diferencia hay? El maestro se echó a reír.

-La diferencia es interior. Antes lo hacía todo dormido; ahora lo hago todo conscientemente, esa es la diferencia. Las actividades son las mismas, pero yo ya no soy mismo. El mundo es el mismo, pero yo no soy el mismo. Y como ya no soy el mismo, el mundo tampoco es el mismo para mí.

La transformación tiene que ser interior: Esa es la auténtica renuncia: el mundo de antes desaparece porque el ser de antes ha desaparecido.

Osho

extraído del libro Conciencia, la clave para vivir en equilibrio. Editorial Grijalbo

La verdad es una tierra sin caminos

El hombre no puede llegar a ella por medio de ninguna organización, a través de credos, dogmas, sacerdotes ni rituales, ni tampoco por medio de conocimientos filosóficos ni técnicas psicológicas. Debe hallarla mediante el espejo de la relación, mediante la comprensión de los contenidos de su propia mente; por la observación y no por el análisis intelectual ni la disección introspectiva.

El hombre ha construido en sí mismo imágenes – religiosas, políticas y personales – como valla de seguridad.
Estas se manifiestan en forma de símbolos, ideas y creencias. La carga de dichas imágenes domina el modo de pensar del hombre, su relación y su vida cotidiana. Estas imágenes son la causa de nuestros problemas, porque separan a un hombre de otro.
Su percepción de la vida está formada por los conceptos previamente establecidos en su mente. El contenido de su conciencia es toda su existencia. Dicho contenido es común a toda la humanidad. La individualidad es el nombre, la forma y la cultura superficial que ha adquirido de la tradición y del entorno. La unicidad del ser humano no estriba en la libertad superficial, sino en la completa liberación del contenido de su conciencia, la cual es común a toda la humanidad. Así pues, él no es ningún individuo.

No hay sendero hacia la verdad, ella debe llegar a uno.
La verdad puede llegar a nosotros sólo cuando la mente y el corazón son sencillos, claros, y en nuestro corazón hay amor; no si nuestro corazón está lleno con las cosas de la mente. Cuando en el corazón hay amor, no hablamos acerca de organizar la fraternidad; no hablamos de creencias, de división o de poderes que crean división, no necesitamos reconciliarnos. Entonces somos, cada uno de nosotros, simplemente un ser humano, sin rótulo alguno, sin una nacionalidad.

Esto significa que usted debe despojarse de todas esas cosas y permitirle a la verdad que se manifieste; y la verdad puede manifestarse sólo cuando la mente está vacía, cuando cesa en sus creaciones. Entonces la verdad vendrá sin que la inviten. Llegará tan rápida y sorpresivamente como el viento. Llega en secreto, no cuando la aguardamos, cuando la deseamos. Está ahí, tan súbita como la luz del sol, tan pura como la noche. Pero para recibirla, el corazón debe estar lleno y la mente vacía. Ahora tiene usted la mente llena y su corazón está vacío.

La verdad es un estado del ser

No hay camino alguno que nos conduzca a la verdad, y no hay dos verdades. La verdad no es del pasado ni del presente, es intemporal; y el hombre que cita la verdad del Buda, de Shankara, de Cristo, o aquel que meramente repite lo que yo digo, no encontrará la verdad, porque la repetición no es la verdad. La repetición es una mentira. La verdad es un estado del ser que surge cuando la mente que busca dividir, ser exclusiva, que sólo puede pensar en términos de resultados, de logros, ha llegado a su fin. Sólo entonces existirá la verdad. La mente que hace esfuerzos que se disciplina a fin de lograr un objetivo, esa mente no puede conocer la verdad, porque el objetivo es su propia proyección, y el hecho de perseguir esa proyección, por noble que sea, es una forma de culto de sí misma. Un ser así es un ególatra y, por lo tanto, no puede conocer la verdad. La verdad es para conocerse sólo cuando comprendemos el proceso total de la mente, es decir, cuando no luchamos.

La verdad no tiene lugar permanente

La verdad es un hecho, y el hecho puede comprenderse sólo cuando las distintas cosas que han sido puestas entre la mente y el hecho son eliminadas. El hecho es la relación que tiene usted con la propiedad, con su esposa, con los seres humanos, con la naturaleza y las ideas; y en tanto no comprenda el hecho de la relación, su búsqueda de Dios sólo aumenta la contusión, porque esa búsqueda es un sustituto, un escape, y no tiene sentido. Mientras domine a su mujer y ella lo domine mientras posea y sea poseído, no puede usted conocer el amor, mientras esté reprimiendo, sustituyendo, mientras sea ambicioso, no puede conocer la verdad.

Conoce la verdad sólo aquel que no busca, que no lucha, que no trata de obtener un resultado […]. La verdad no es continua, no tiene lugar permanente, puede ser vista sólo de instante en instante. Es siempre nueva, por lo tanto, es intemporal. Lo que fue verdad ayer no es verdad hoy, lo que es verdad hay no es verdad mañana.

La verdad no tiene continuidad. La mente es la que desea hacer continua la experiencia que ella llama verdad, y una mente así no conocerá la verdad, que es siempre nueva, que está en ver la misma sonrisa y ver esa sonrisa de un modo nuevo, en ver la misma persona y verla de un modo nuevo, en ver de un modo nuevo las palmeras ondulantes; la verdad está en enfrentarse de un modo nuevo a la vida.

No hay guía hacia la verdad

¿Podemos encontrar a Dios si vamos en busca de él? ¿Puede usted ir en busca de lo desconocido? Para encontrar algo, uno debe saber qué está buscando. Si usted procura encontrar, lo que encuentre será una proyección de sí mismo, será lo que usted desea; y lo que crea el deseo no es la verdad. Ir en busca de la verdad es negarla. La verdad no tiene morada fija; no hay sendero ni guía que conduzcan hacia ella, y la palabra verdad no es la verdad. ¿Puede la verdad ser hallada en un medio particular, en un clima especial, entre determinadas personas? ¿Está aquí y no allá? ¿Es tal persona la que nos guía hacia la verdad, y no otra? ¿Existe, acaso, guía alguna? Cuando la verdad es buscada, lo que encontramos sólo puede provenir de la ignorancia, porque la búsqueda misma nace de la ignorancia. Uno no puede buscar la realidad, «uno» debe cesar para que la relidad sea.

La verdad se encuentra de instante en instante

La verdad no puede ser acumulada. Lo que se acumula es siempre destruido; se marchita. La verdad no puede marchitarse jamás, porque sólo podemos dar con ella de instante en instante, en cada pensamiento, en cada relación, en cada palabra, en cada gesto, en una sonrisa, en las lágrimas. Y si usted y yo podemos encontrar esa verdad y vivirla el vivirla mismo es el encontrarla-, entonces no nos volveremos propagandistas; seremos seres humanos creativos, no seres humanos «perfectos» sino seres humanos creativos, lo cual es inmensamente distinto.

El verdadero revolucionario

La verdad no es para aquellos que son respetables, ni para aquellos que deseen su propia expansión, su propia realización. La verdad no es para los que están buscando seguridad, permanencia, porque la permanencia que buscan no es sino lo opuesto de la impermanencia. Estando atrapados en la red del tiempo, buscan lo permanente, pero lo permanente que buscan no es lo real, ya que es producto de su pensamiento. Por lo tanto, el hombre que quiera descubrir la realidad, debe dejar de buscar, lo cual no quiere decir que deba contentarse con lo que es. Por el contrario, un hombre empeñado en el descubrimiento de la verdad, debe ser internamente un revolucionario completo.

No puede pertenecer a ninguna clase social, a ninguna nación, a ningún grupo, a ninguna ideología o religión organizada, porque la verdad no se encuentra en el templo ni en la iglesia, no puede hallársela en las cosas hechas por la mano o por la mente. La verdad se manifiesta sólo cuando las cosas de la mano o de la mente son puestas a un lado, y poner a un lado las cosas de la mano o de la mente no es una cuestión de tiempo. La verdad llega a quien está libre del tiempo, a quien no usa el tiempo como un medio de expansión propia. El tiempo implica memoria del ayer, memoria de mi familia, de mi raza, de mi carácter particular, de la acumulación de experiencias propias que componen el «yo» y «lo mío».

Ver la verdad en lo falso

Usted puede estar superficialmente de acuerdo cuando oye decir que el nacionalismo, con toda su carga emocional y sus intereses creados, nos conduce a la explotación y pone al hombre contra el hombre; pero otra cosa es que libere a su mente de la mezquindad del nacionalismo. Estar libre, no sólo del nacionalismo sino de todas las conclusiones de las religiones organizadas y de los sistemas políticos, es esencial si la mente ha de ser joven, fresca, inocente, esto es, si ha de hallarse en un estado de revolución.

Sólo una mente así puede dar origen a un mundo nuevo; no lo harán los políticos, que son seres humanos muertos, ni los sacerdotes, atrapados en sus propios sistemas religiosos.

De modo que, afortunada o desafortunadamente para usted, ha oído algo que es verdadero; si se limita a oír y no se siente activamente perturbado de tal manera que su mente comience a liberarse de todas las cosas que la tornan estrecha y deshonesta, entonces la verdad que ha oído se convertirá en un veneno. No hay duda, la verdad se convierte en un veneno, si la oímos y no actúa en la mente; ocurre lo mismo que con la supuración de una herida. Pero descubrir por uno mismo qué es verdadero y qué es falso, y ver la verdad en lo falso, es permitir que la verdad opere y genere su propia acción.

Comprender lo real

En realidad, esto no es complejo, aunque pueda resultar difícil. Vea, nosotros no comenzamos con lo real, con el hecho, con lo que estamos pensando, haciendo, deseando; partimos de suposiciones, o de ideales, que no son realidades, y as’ nos extraviamos. Para partir de hechos y no de suposiciones, necesitamos una profunda atención, y toda forma de pensar que no se origina en lo real es una distracción. Por eso es tan importante comprender qué está ocurriendo tanto dentro como alrededor de uno.

Si uno es cristiano, sus visiones siguen cierto patrón; si es hindú, budista, musulmán, siguen un patrón diferente.
Uno ve a Cristo o a Krishna conforme a su condicionamiento; la educación que usted ha recibido, la cultura en que se ha desarrollado determinan sus visiones. ¿Cuál es la realidad, el hecho: la visión o la mente que se ha formado en cierto molde? Las visiones son la proyección de la tradición particular que ha venido a constituir el trasfondo de la mente.

Este condicionamiento, no la visión que él proyecta, es la realidad, el hecho. Comprender el hecho es sencillo; pero se hace difícil debido a nuestros agrados y desagrados, a nuestra condena del hecho, a las opiniones o los juicios que tenemos acerca del hecho. Estar libres de estas diversas formas de evaluación es comprender lo real, lo que es.

La interpretación de los hechos impide el ver

Una mente que emite una opinión acerca de un hecho es una mente estrecha, limitada, destructiva […]. Usted puede interpretar el hecho de una manera, y yo puedo interpretarlo de otra. La interpretación del hecho es una calamidad que nos impide ver el hecho real y hacer algo al respecto. Cuando usted y yo discutimos nuestras opiniones acerca del hecho, nada hacemos en relación con el hecho; usted quizá pueda añadir más cosas al hecho, ver más matices, implicaciones, significados, y yo puedo ver menos significados en el hecho.

Pero el hecho no puede ser interpretado; yo no puedo ofrecer una opinión acerca del hecho. Es así, y para una mente es muy difícil aceptar el hecho. Estamos siempre interpretándolo, dándole significados diferentes de acuerdo con nuestros prejuicios, condicionamientos, temores, nuestras esperanzas y demás.

Si usted y yo pudiéramos ver el hecho sin ofrecer una opinión, sin interpretarlo, sin asignarle un significado, entonces el hecho se volvería mucho más vital… no, no mas vital… el hecho está ahí, solo, nada más importa; entonces el hecho tiene su propia energía, y esa energía le impulsa a uno en la dirección correcta.

La verada no se acumula

En tanto exista el experimentador recordando la experiencia, la verdad se halla ausente. La verdad no es algo que pueda recordarse, almacenarse, registrarse, y después sacarse a relucir. Lo que se acumula no es la verdad. El deseo de experimentar crea al experimentador, quien entonces acumula y recuerda. El deseo contribuye a que el pensador se separe de su pensamiento; el deseo de devenir, de experimentar, de ser más de esto o menos de aquello, sirve para crear división entre el experimentador y la experiencia. La percepción inteligente acerca de las modalidades del deseo es conocimiento propio. El conocimiento propio es el principio de la meditación.

Acción inmediata

Si uno está en contacto con algo, con su esposa, con sus hijos, con el cielo, con las nubes, con cualquier hecho, ese contacto se pierde apenas interfiere el pensamiento. El pensamiento brota de la memoria. La memoria es la imagen, y desde allí mira uno; por lo tanto, hay una separación entre el observador y lo observado.

Usted tiene que comprender esto muy a fondo. Es esta separación del observador y lo observado la que hace que el observador desee más experiencias, más sensaciones, y así está siempre persiguiéndolas, buscándolas. Tiene que estar absolutamente entendido que, en tanto haya un observador, el «uno» que busca experiencias, el censor, la entidad que evalúa, juzga, condena, no hay contacto inmediato con lo que es. Cuando usted experimenta dolor, un dolor físico, hay percepción directa; no existe el observador que experimenta el dolor; sólo hay dolor. Debido a que no hay un observador, existe una acción inmediata.

Cuando hay dolor, no existe la idea y después la acción, sino tan sólo la acción, porque el contacto físico es directo.
El dolor es usted; hay dolor. Mientras esto no se comprende, realiza, explora y percibe completa y profundamente, mientras no se capta en su totalidad no intelectualmente, no verbalmente que el observador es lo observado, toda la vida se convierte en un conflicto, en una contradicción entre deseos opuestos, entre «lo que debería ser» y «lo que es». Usted puede captar esto sólo cuando se da cuenta al mirar una flor o una nube o cualquier cosa, si está mirando eso como un observador.

El escape engendra conflicto

¿Por qué somos ambiciosos? ¿Por qué ansiamos tener éxito, ser alguien? ¿Por qué nos empeñamos en ser superiores? ¿Por qué este esfuerzo por imponernos, ya sea mediante una ideología o el Estado? ¿Acaso este autoritarismo no es la causa principal de nuestro conflicto y nuestra confusión? Sin ambiciones, ¿sucumbiríamos? ¿No podemos sobrevivir físicamente sin ser ambiciosos? ¿Por qué somos listos y ambiciosos? ¿No es la ambición un impulso de eludir lo que es? Este afán de ser listos, ¿no es realmente estúpido? ¿Por qué tememos a lo que es? ¿De qué sirve escapar, si lo que fuere que seamos esta siempre ahí? Podemos tener éxito en escapar, pero lo que somos sigue ahí, engendrando conflicto y desdicha. ¿Por qué nos atemoriza tanto nuestra soledad, nuestra vacuidad?

Cualquier actividad que nos aleje de lo que es debe originar por fuerza dolor y antagonismo. El conflicto consiste en negar lo que es o en escapar de lo que es, no hay otro conflicto que ése. Nuestro conflicto se vuelve más y más complejo e insoluble porque no afrontamos lo que es. La complejidad no está en lo que es, sino únicamente en los múltiples escapes que buscamos.

Mantener vivo el descontento

El descontento es indispensable en nuestra existencia; lo es para cuestionar, para inquirir, investigar y descubrir qué es lo real, qué es la verdad, qué es esencial en la vida.
Puede que yo tenga este descontento apasionado en el colegio, pero después consigo un buen empleo y este descontento se desvanece. Estoy satisfecho, lucho para mantener a mi familia, tengo que ganarme la subsistencia; y así mi descontento se calma, se destruye, y me convierto en una entidad mediocre, satisfecha con las cosas que me brinda la vida; dejo de estar descontento. Pero la llama debe ser mantenida desde el comienzo hasta el final, de modo tal que haya un verdadero sondear, un verdadero investigar en relación con el problema del descontento.

Debido a que la mente busca con mucha facilidad una droga que la satisfaga con virtudes, cualidades, ideas, acciones, establece una rutina y queda presa en ella. Estamos muy familiarizados con eso, pero nuestro problema no es cómo calmar el descontento, sino cómo mantenerlo encendido, activo, vital. Todos nuestros libros religiosos, todos nuestros gurús, todos los sistemas políticos, pacifican la mente, la aquietan, la influyen para que se someta, para que deseche el descontento y se sumerja en alguna forma de contentamiento […]. ¿No es fundamental estar descontento para poder descubrir lo verdadero?

Jiddu Krishnamurti *
fuente: revista Parrhesia nº11 / http://laletraindomita.blogspot.com

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* mas sobre el autor http://es.wikipedia.org/wiki/Jiddu_Krishnamurti

La difícil tarea del verbo ‘oir’

Uno de los mayores problemas de la comunicación, tanto la de masas como la interpersonal, es cómo el receptor- o sea, el otro- oye lo que el emisor- o sea uno, la persona- ha hablado.

En una primera escena de telenovela, información de telenoticiero o en una simple charla o debate, observo que la misma frase permite diferentes niveles de entendimiento.
En la conversación ocurre lo mismo. Raras, rarísimas, son las personas que procuran oír exactamente lo la otra esta diciendo.
Ante este cuadro, vengo desarrollando una serie de observaciones, y como ando bastante entusiasmado con su formulación, las comparto con el competente lectorado que, por cierto, me ayudara pasándome las pesquisas que tenga al respecto.

Observen que:

1. En general el receptor no oye lo que el otro habla: Oye lo que el otro no está diciendo.
2. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que quiere oír.
3. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que ya escuchó antes y coloca lo que el otro está hablando en aquello que se acostumbró a oír.
4. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que imagina que el otro iba a hablar.
5. En una discusión, en general, los discutidores no oyen lo que el otro está hablando. Oyen apenas lo que están pensando para decirlo enseguida.
6. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que le gustaría oír que el otro dijese.
7. Una persona no oye lo que la otra habla. Oye apenas lo que está sintiendo.
8. Una persona no oye lo que la otra habla. Oye lo que ya pensaba respecto de aquello que la otra está diciendo.
9. Una persona no oye lo que la otra está hablando. Retira del habla de la otra apenas las partes que tengan que ver con ella y la emocionen, agraden o molesten.
10. Una persona no oye lo que la otra está hablando. Oye lo que confirme o rechace su propio pensamiento. Vale decir, transforma lo que el otro está hablando en objeto de concordancia o discordancia.
11. Una persona no oye lo que la otra está hablando: Oye lo que pueda adaptarse al impulso de amor, rabia u odio que ya sentía por la otra.
12. Una persona no oye lo que la otra habla. Oye del habla de ella apenas aquellos puntos que puedan tener sentido para las ideas y puntos de vista que en el momento la estén influenciando o tocando más directamente.

Estos doce puntos muestran qué raro y difícil es conversa. ¡Que raro y difícil es comunicarse! Lo que hay, en general, o son monólogos simultáneos canjeados a guisa de conversación, o son monólogos paralelos a guisa de dialogo. Hasta puede haber dialogo sin que, necesariamente, exista comunicación. Puede haber hasta un conocimiento de dos sin que necesariamente haya comunicación. Esta solo se da cuando ambos polos se oyen, no en el sentido material de “escuchar”, sino en el sentido de procurar comprender en su extensión y profundidad lo que el otro esta diciendo. Oír, por lo tanto, es muy raro. Es necesario limpiar la mente de todos los ruidos e interferencias del propio pensamiento durante el habla ajena.

Oír implica una entrega al otro, una dilución en el. De ahí la dificultad de que las personas inteligentes efectivamente oigan. Su inteligencia en funcionamiento permanente, o su habito de pensar, evaluar, juzgar y analizarlo todo interfieren como un ruido en la plena recepción de aquello que el otro esta hablando. No es solo la audición plena. El acto de oír es perturbado por otros elementos. Uno de ellos es el mecanismo de defensa.

Hay personas que se defienden de oír lo que las otras están diciendo, por verdadero pavor inconsciente de perderse a si mismas. Precisan “no oír” porque “no oyendo” se libran de la rectificación de los propios puntos de vista, de la aceptación de realidades diferentes de las propias; de verdades ídem y así en adelante. Se zafan de lo nuevo, que es salud, pero que las aterroriza.
No oír es, pues, un solido mecanismo de defensa. Oír es un gran desafío. Desafío de apertura interior: de impulso en la dirección del prójimo, de comunicación con el, de su aceptación como es y como piensa. Oír es proeza. Oír es rareza. Oír es acto de sabiduría.

Después que la persona aprende a oír, pasa a hacer descubrimientos increíbles ocultos o patentes en todo aquello que los otros están diciendo a propósito de hablar.

Artur Da Távola

fuente: revista Mutantia nº13.
extraído a su vez de un folleto del Colectivo Hasta las Chapas.

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Los 14 preceptos

14 preceptos para la comprensión y la empatía con la vida

1. No seas idólatra ni te ates a ninguna doctrina, teoría o ideología, incluso las budistas. Todos los sistemas de pensamiento son guías, no son la verdad absoluta.

2. No creas que el conocimiento que tienes ahora es absoluta, inmutable. Evita ser de mentalidad estrecha y atarte a los puntos de vista presentes. Aprende y practica el desapego de tus puntos de vista para estar abierto a recibir los puntos de vista de los demás. Se encuentra en y no en el conocimiento conceptual. Preparate para aprender a través de todo, a observar en tí mismo y en el mundo en todo momento.

3. No fuerces a los demás, ni siquiera a los niños, por ningún medio en absoluto, a adoptar tus puntos de vista, ya sea por autoridad, amenaza, dinero, propaganda o incluso educación. Sin embargo, por medio del diálogo compasivo, ayuda a los demás a renunciar al fanatismo y a la estrechez.

4. No evites el contacto ni cierres tus ojos al sufrimiento. No pierdas la conciencia de la existencia del sufrimiento en la vida y del mundo. Encuentra maneras de estar con aquellos que sufren por todos los medios. Incluyendo el contacto personal y las visitas, imágenes y sonido. Por tales medios despierta en ti mismo y en los demás la realidad del sufrimiento en el mundo.

5. No acumules riquezas mientras millones están hambrientos. No tomes como objetivo de tu vida la fama, el provecho, la riqueza o el placer sensual. Vive simplemente y comparte el tiempo, la energía y los recursos materiales con los que estén en necesidad.

6. No mantengas ira u odio. Tan pronto como surjan la ira o el odio practica la meditación sobre la compasión para comprender profundamente a las personas que han causado ira u odio. Aprende a ver a los otros seres con los ojos de la compasión.

7. No te pierdas en la dispersión ni en el ambiente que te rodea. Aprende a practicar la respiración para recuperar la compostura del cuerpo y de la mente, para practicar la atención, y para desarrollar la concentración y la comprensión.

8. No pronuncies palabras que puedan crear discordia y causar ruptura en la comunidad. Haz todos los esfuerzos para reconciliar y resolver todos los conflictos, aunque sean pequeños.

9. No digas cosas falsas por interés personal o para impresionar a los demás. No pronuncies palabras que causen desviación u odio. No difundas noticias que no sabes que no son ciertas. No critiques ni condenes cosas de las que no estás seguro. Habla siempre verdadera y constructivamente. Ten el valor de hablar sobre situaciones de injusticia, aún cuando hacerlo pueda amenazar tu propia seguridad.

10. No uses a la comunidad budista para ganancia o provecho personal, no transformes tu comunidad en un partido político. Una comunidad religiosa debe, sin embargo, tomar una actitud clara contra la opresión y la injusticia, y debe esforzarse por cambiar la situación sin engancharse en conflictos partidarios.

11. No vivas con una vocación que sea dañina para los humanos y la naturaleza. No inviertas en compañías que priven a los demás su oportunidad de vivir. Elige una vocación que te ayude a realizar tu ideal de compasión.

12. No mates. no permitas que otros maten. Encuentra todos los medios posibles para proteger la vida y prevenir la guerra.

13. No poseas nada que debería pertenecer a los demás. Respeta la propiedad de los demás pero evita que los demás se enriquezcan con el sufrimiento humano o el sufrimiento de otros seres.

14. No maltrates a tu cuerpo. Aprende a manejarlo con respeto. No veas a tu cuerpo simplemente como un instrumento. Preserva las energías vitales (sexual, respiración, espíritu) para la realización del camino. La expresión sexual no debería ocurrir sin amor y compromiso. En las relaciones sexuales, sé consciente del sufrimiento futuro que pueda causarse. Para preservar la felicidad de los demás, respeta los derechos y compromisos de los demás. Sé plenamente consciente de la responsabilidad de traer nuevas vidas al mundo. Medita sobre el mundo al que estás trayendo nuevos seres.

No creas que yo siento que sigo todos y cada uno de estos preceptos perfectamente. Sé que fallo de muchas maneras. Ninguno de nosotros puede cumplir plenamente cualquiera de ellos. Sin embargo, debo trabajar hacia esa meta. Esa es mi meta. Ninguna palabra puede reemplazar a la práctica sólo la práctica puede hacer a las palabras.

“El dedo que señala a la luna no es la luna”

Thich Nhat Hanh

fuente: www.webislam.com/?idt=9936