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Ecotropía

Aniquilando un planeta por vez…

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Categoría: • Control

Cuando el poder fantasmal crece en eficacia y tamaño sospechando de todos y todas

Dolor, miedo, pasión, amor*

Publicada el 12/10/2011 - 12/05/2023 por Ecotropía

7º charla de Jiddu Krishnamurti. 5 de agosto de 1962

(…) Hablamos sobre el temor, y si es posible acaso librarse por completo de él, que es la reacción que surge cuando uno se da cuenta del peligro. Y (…) quisiera, si se me permite, hablar sobre la terminación del dolor; porque el miedo, el dolor y lo que llamamos amor siempre van juntos. Si no comprendemos el temor, no podremos comprender el dolor, ni podremos conocer ese estado de amor en el cual no hay contradicción, ni fricción.

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Clavos Miguelito. Acerca de las formas de la guerra en las redes informáticas

Publicada el 25/09/2011 - 25/09/2011 por raas

Todos los estados mayores de ejército saben que no se puede ganar una guerra a fuerza de alfilerazos. El sabotaje, el atentado, la contrainformación, el uso de agentes dobles, los asesinatos selectivos de líderes políticos, incluso las acciones de guerrilla, son instrumentos de los cuáles se han valido siempre los países en guerra. Pueden llegar a desgastar al contrincante pero no decidir el curso de una conflagración. Se dice que las guerras del futuro serán “inteligentes”, breves y de “precisión”, definitivamente tecnológicas.

A veces, incluso, se las pronostica sin víctimas. Es algo que se viene prometiendo desde las épocas de los “ataques relámpago” del ejército alemán al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Hasta el momento, esa profecía se ha demostrado fraudulenta. Lo cierto es que la “política de los alfilerazos” cunde en Internet y que muchísimos filibusteros cabalgan las redes como cowboys justicieros. Sus hechos zumbones y sus picaduras fastidian a las autoridades y los potentados, pues también en la red hay oligopolios, pero no dejan de ser actividades de retaguardia, a las que, dentro de ciertos límites, se tolera a desgano, como se hace con los parásitos empecinados que viven a costa de otras especies. Sucedía, en otros tiempos, que por cada nave que los piratas capturaban o hundían, flotas enteras atravesaban indemnes el océano con sus riquezas a cuestas. En este juego hay jugadores mejor posicionados y con recursos más abundantes que les garantizan subsistencia y supremacía.

En Internet, el activismo de individuos autónomos o de comunidades que coordinan ataques sobre un enemigo en común, al estilo de la marca “Anonymus”, muy dinámica últimamente, es constante y múltiple. Según el eufemismo vigente, dejan tras de sí “daños colaterales”. Pero ya se trate de llaneros solitarios o de fraternidades conjuradas, se les da caza, a veces de a uno por uno y otras mediante la persecución jurídica o mediática de un “caso testigo”, seleccionado del enjambre anónimo como enemigo público plausible que puede hacer cuadrar al resto en un identikit genérico. En ocasiones la cacería toma como objetivo alguna pieza mayor, como parece haber sido el caso de Julian Assange, el fundador de Wikileaks.

Los departamentos de inteligencia estatal están habituados a desviar el golpe del antagonista a favor, o bien, incluso, a reconducir distintos regueros de pólvora ya existentes hacia una explosión controlada que, a su vez, suprime la amenaza. Solían recibir el nombre de “Operaciones de Bandera Falsa”. En esos casos, las represalias suelen ser desproporcionadas. Ciento veinte años atrás, las autoridades españolas decidieron dar una lección a los laboriosos anarquistas que soliviantaban el alma de los campesinos andaluces. Se escenificó un proceso espectacular en la ciudad de Cádiz.

Cientos de personas fueron acusadas de pertenecer a una secta secreta llamada “La Mano Negra”, una presunta organización terrorista. Falsos testigos incriminaron a los inculpados y al final siete campesinos fueron exhibidos en la plaza pública y de inmediato se les desnucó por aplicación del garrote vil, un método medieval de dar muerte. Dos cosas eran ciertas: había anarquistas en la región y no existió ninguna sociedad secreta. En todo caso, la protesta regional quedó momentáneamente desorganizada.

Las tecnologías de la comunicación siempre han intimado con la guerra. En 1866, durante la contienda bélica entre Austria y Prusia, el telégrafo otorgó la victoria a los alemanes por mejor y más rápida coordinación de los movimientos de tropas. Hacia 1944 el recientísimo radar concedió a los norteamericanos dominio casi total del teatro de operaciones bélicas del Pacífico. Internet mismo fue, en su origen, un dispositivo de defensa acuñado por el Pentágono. En la red informática, los piratas libertarios comparten pista con expertos en espionaje industrial, detentadores de implícitas patentes de corso concedidas por los gobiernos de Rusia o de China, y con los departamentos especializados en guerra informática de los servicios secretos o de los ejércitos de las grandes potencias.

No por nada algunos países, notablemente China, mantienen activa una división de palomas mensajeras, que no pueden ser interferidas por radares u otros modos de seguimiento. La fácil reversibilidad de la libertad ambulatoria de la información en control subrepticio no suele ser percibida como drama político porque el fetichismo de la tecnología es más poderoso que cualquier evidencia en contrario. Wael Ghonim, el ejecutivo de Goggle que estuvo en el centro de los acontecimientos que culminaron con la caída del presidente egipcio Hosni Mubarak, dijo hace unos meses: “La revolución comenzó en Facebook”. Muchos creen que Internet –su matriz técnica– es un sujeto revolucionario en sí mismo, pero acaso sea un presupuesto entusiasta por demás.

La modernización tecnológica no acarrea consigo únicamente el signo del progreso moral y político, también el de la reacción al mismo, como sucedió en Europa en la etapa de entreguerras, o en la Unión Soviética luego de la revolución de 1917, o como sucede en China actualmente. A esos despliegues históricos no se los puede detener sembrando clavos Miguelito en la red. Eso requiere de un mito de la libertad más potente aún que el manual de instrucciones del funcionamiento

Christian Ferrer

fuente: revista Artefacto www.revista-artefacto.com.ar

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La ciudad como problema estético

Publicada el 31/07/2011 por raas

Espacio y ambiente

El proyecto urbano es siempre una tarea utópica porque la ciudad no solamente es un entramado cuyos elementos interactúan en todos los órdenes, muchas veces impredecibles, sino porque el espacio urbano no es dimensionable del mismo modo que lo sería el espacio arquitectónico (esto es así tanto en la ciudad moderna, que lo piensa como totalidad, como en la posmoderna que lo fragmenta). Las distancias, las zonificaciones, los recorridos e itinerarios están más supeditados a la atmósfera, a los ritmos, a la historia, a los movimientos sociales, a los usos, incluso a las pasiones y deseos, que a los cálculos, medidas, vías de transporte, asoleamiento o higiene. Algo parecido, y totalmente relacionado, a lo que ocurre con el tiempo y sus mediciones: las horas de placer y de felicidad comparadas con las del tedio o el sufrimiento no tienen nada que ver entre ellas ni con el tiempo cronológico. La modernidad intentó dimensionar ambos, tiempo y espacio, con categorías cartesianas y ubicar al hombre, o al prototipo del hombre corbusierano –a la manera clásica y renacentista- como medida estética de todas las cosas.

Esa diferencia entre espacio urbano y ambiente urbano es la que resaltan Argan y Harvey, citando a Lynch, cuando afirman que el primero puede ser proyectable mientras el otro sólo condicionado pero no estructurado o proyectado, no admite definiciones racionales y se lleva a cabo en la relación e interacción entre realidad psicológica y realidad física. Lynch le da especial importancia al aspecto visual de la ciudad porque, precisamente, en aquella interacción entre observador y medio ambiente, la percepción cumple un rol fundamental para cualquier diseño o intervención urbana. Estas ideas tienen como antecedentes los trabajos de Simmel sobre la vida mental en las grandes ciudades –donde analiza, por ejemplo, la misantropía o la indolencia como formas defensivas contra la proliferación de los estímulos. O dicho de otra manera: cómo el cuerpo reacciona, modifica y produce ciudad a la vez que es modificado y producido también por la ciudad.

Este pasaje de la conmensurabilidad moderna a la intensidad posmoderna es también el sustento del pensamiento filosófico posmoderno. Para Deleuze, la filosofía es creadora de conceptos, con libertad absoluta, donde la intensidad es el elemento que vendría a desequilibrar la razón clásica. Deleuze, con su volver construcción todo, se acerca a Leibniz y al Barroco para conceptualizar el movimiento (de allí toma las figuras del pliegue y de las mónadas) y para ir contra totalidades y sobre todo, de continuidades. El pliegue del barroco, pero también las mesetas, los rizomas y todo lo que represente esa imposibilidad de las líneas rectas entre las cosas. Una filosofía de la diferencia y de la singularidad, sin preexistencias ni ordenes universales, que en ese eterno construccionismo encuentra su correspondencia en las formas urbanas posmodernas, que aspiran a la fragmentación, a constituir muchas veces conceptos cerrados sin posibilidad de continuidad alguna y donde el acto de creación, y destrucción, parecería el fundamento móvil y siempre cambiante de esa ciudad actual que configuran.

Fragmentos

La diversidad estética propia de la metrópolis actual se refleja en la multiplicidad y la simultaneidad de miradas generadas por las tecnologías de comunicación. Cada espacio está pensado como una particularidad que debe ser resuelta de acuerdo a sus propias leyes y con independencia del resto. En la ciudad actual no hay compromiso alguno con ninguna totalidad ni sistema, como era el ideal de la ciudad moderna. Los espacios urbanos, como los conceptos de Deleuze aspiran a atravesarse, desprenderse de la definición única. El espacio multifuncional tiende a concentrar en un mismo sitio diversas actividades, las que a su vez estarán mezcladas en un espacio común, como el shopping y el multicine, que reúnen las funciones del ocio, el consumo, la cultura y los servicios, O como los nuevos centros de arte y diseño, donde se pueden dar en simultáneo el proceso de creación, difusión, enseñanza, venta y, a la vez, esparcimiento. Así también, la tipología de la torre cerrada, ubicada en plena ciudad, funciona como un núcleo que excede la cuestión habitacional y reúne en un perímetro bien delimitado, y sobre todo bien resguardado, el esparcimiento y los servicios. Extensos parques, piletas climatizadas y al aire libre, áreas de parrilla, canchas de tenis y de futbol, gimnasios, spa, sauna, microcine y ofertas varias, rodeados de mucho verde que actúa de paisaje pero también de obstáculo visual, intentan limitar el contacto con el exterior y fortalecer el sentido de pertenencia de los usuarios, como si se tratara de una microatmósfera con identidad propia, con la vecindad garantizada por lo menos en cuanto al nivel socio económico y sin las sorpresas de la calle.

La pérdida de la función social de la calle, iniciada ya en los proyectos modernos con la importancia otorgada a las autopistas y el automóvil; el tráfico vehicular incrementado por el exceso de población, permanente y transitoria, más el tema de la inseguridad, derivado muchas veces del progresivo aumento de las diferencias y, sobre todo, de la visualización de ellas, generan estos espacios autosuficientes que se reflejan, a otra escala, en los barrios que funcionan como centros y tienden a poseer infraestructuras reservadas antiguamente sólo a la zona central de la ciudad (restaurantes, bares, cines, librerías, bancos, servicios, etc.). Esta disolución de la ciudad en átomos, más o menos cerrados, provoca otras formas de ocupación del suelo metropolitano. La cualificación espacial estará dada por el nivel de esta infraestructura, provocando un aumento de densidad en determinados barrios, con el correspondiente colapso de aquélla, y el abandono ambiental de otros. Y, a la vez, el desplazamiento en múltiples direcciones de la población, rompiendo la dirección única del barrio al centro, así como favoreciendo la segmentación y la autoexclusión.

El problema del fragmento posmoderno es su desconexión, su poca relación con el entorno, con lo existente, con su geografía, con su historia, y entre sí. La diversidad relacionada, en cambio, genera espacios muy ricos y confiere una identidad fuerte a la ciudad. Es lo que encuentra Simmel en Roma, y en general en las ciudades antiguas, cuando afirma que, a pesar de la extrema tensión de sus elementos, la unidad romana no se rompe y esa tensión entre diversidad y unidad, que confiere a la obra de arte evocaciones y sensaciones sería la medida de su valor estético. Afirma también que la unidad respalda a cada uno de esos elementos diversos y concuerda con Kant en que la relación no es propia de los objetos en sí sino del espíritu que lo contempla. Razón por la cual, experimentar Roma, o cualquier ciudad eterna (sea Florencia, Venecia o París) es un acto de libertad que dejará su impresión (lo imborrable que quedan en la memoria estas ciudades) sólo si el espíritu también se puso en juego para realizar aquella relación. No cualquier conjunto de fragmentos (lenguajes, tipologías, periodos históricos, etc.) puede provocar este movimiento. Ésta quizás sea una de las grandes diferencias entre la ciudad antigua, pensada siempre con criterios estéticos, y la moderna y posmoderna. Una queda grabada en el alma; las otras por lo general invitan al olvido después del deslumbramiento inicial.

Forma y control posmoderno

Por otro lado, y como caras de la misma moneda, percibir las acciones de las formas metropolitanas sobre conductas y cuerpos, y comprender sus potencialidades, es indudablemente un trabajo que requiere de un estado de alerta y una voluntad determinada. Allí es donde, efectivamente, se ve a la estética como un problema. Porque va a depender de la historia y formación personal, pero también de la colectiva, que el hombre sea configurador de sus espacios ambientales o configurado por el mecanismo de la metrópolis y de los intereses que la dominan y la proyectan.

Son variadas las formas en las que la arquitectura y el urbanismo se convierten en dispositivos de control y de ordenación, algunas ya citadas: el trazado rectilíneo y la apertura de grandes arterias con remates verticales como jerarquizadores de la trayectoria y de la mirada, que no sólo permiten los rápidos desplazamientos sino la visualización a grandes distancias; los lenguajes “prestados” de la tradición clásica por parte de los poderes como una forma de economía comunicacional; las superficies vidriadas así como el concepto de panóptico, aplicado generalmente a instituciones educativas y cárceles pero extendido a otros temas, como lugares de trabajo, ocio y esparcimiento (varios recorridos que rematan en un único espacio desde donde se ve y no se es mirado o un gran espacio susceptible de ser controlado desde casi cualquier lado); la zona que “necesita” seguridad así como la que necesita vigilancia; el lugar que expulsa y por forma lleva implícito un derecho de admisión, etc.

El poder de las formas urbanas sobre el hombre moderno radica en que ellas actúan sobre criterios de valor difundidos por otros medios (comunicacionales) al punto de formar un gusto colectivo que no es específico sino general, masificado. Una forma de leer que tiende a homogeneizarse sobre la multiplicidad de lo ofrecido, como una percepción colectiva no puesta en duda. El caso más común, y repetido el ejemplo, es el poderío económico-financiero expresado en las alturas del rascacielos. El otro, el poder comunicacional del shopping como un templo del consumo (y aquí el concepto de templo está utilizado en toda su dimensión dogmática), que regulará su población de acuerdo tanto a dónde esté implantado como a las firmas que ocupen sus locales. Así, por ejemplo, la clase media baja se autoexcluirá de Galerías Pacífico o Palermo y concurrirá al Abasto o al Spinetto (incluso, una misma marca distribuye, según el barrio y sus posibilidades adquisitivas, determinados tipos de productos en sus diferentes locales. Y para globalizar la idea, distribuye de acuerdo a cada país, y el perfil de su población, esos productos diferenciados); la clase humilde directamente concurrirá a ferias barriales, como La Salada. Las respectivas zonas, en tanto, se garantizarán de mantener un perfil humano que a la vez funcionará como publicidad y como educación: lo que se intenta es justamente borrar las diferencias hacia adentro y acentuarlas hacia afuera.

Del mismo modo, un cine, una librería o un centro cultural acercarán y alejarán, por contenido, a determinadas poblaciones y buscarán insertarse también en zonas ya publicitadas como “cultas” o simplemente “consumidoras”. Es el caso de Palermo Viejo. Se afianza alguna característica, que extraiga al lugar justamente de esa indiferenciación metropolitana (el culto al diseño, al bueno gusto, etc.), y se busca y se refuerza la idea con formas pertinentes, a la vez que se despoja a las otras de las mismas para no confundir públicos y, sobre todo, para no perder beneficios. Lo que se intenta es generar una serie de guetos de iguales que en alguna medida también es la búsqueda de identidad de una determinada zona, una distinción con respecto de otras cosas, su reconocimiento como entidad separable. El problema surge cuando esa identidad se convierte en exclusiva y, sobre todo, excluyente y no se articula con el resto de la ciudad.

La idea fundacional de la modernidad metropolitana, concentrar en una superficie limitada a un gran número de gente para facilitar el control y obtener beneficios, llega a la posmodernidad en su versión potenciada: a menor superficie diferenciada de concentración, mayor especialización, mayores réditos y mayor control. Esto también posibilita que ya no interesen tanto los límites de la ciudad, puesto que ella es ahora entendida y pensada en fragmentos. La forma final de estos fragmentos ya no es un problema a priori sino todo lo contrario: son los objetos arquitectónicos, y los hechos urbanos en general y sus modos de relación, los que le irán dando esa identidad de acuerdo al devenir de los mismos. Una zona de la capital puede tener mucho más que ver con poblaciones alejadas y periféricas que con otras dentro del mismo perímetro (del mismo modo que Touraine dice que un chino puede estar más cerca de uno que el vecino del edificio). Seguramente los habitantes del barrio Lavapiés, poblado mayoritariamente por inmigrantes, tienen mucho más relación con sus países de origen o, en todo caso, con otros sectores periféricos de Madrid, que con la opulenta ciudad que se desarrolla a apenas unas cuadras alrededor.

Por otro lado, la calle, en su rol comunitario y sociabilizador, atenta contra esta pedagogía arquitectónica y, por lo general, privada, por lo que la noticia policial es otro de los grandes medios de los que se dispone para alentar tanto la reclusión como la misantropía. La calle tuvo en los albores de la modernidad un rol protagónico como espacio de encuentro y de intercambio, aglutinante de lenguas, ideas, costumbres y oficios. Incluso, en los conjuntos habitacionales del Movimiento Moderno se intentó, a veces con buenos resultados reproducir esta función social en sus calles internas. Los senderos que vinculan los bloques cumplen, a través del proyecto y del tratamiento del nivel cero, un rol integrador de la población, y no sólo funcional, como ocurre por ejemplo en el Barrio Los Andes, de Beretervide.

Esta forma de proyectar y construir en fragmentos, que están insertos en un contexto al que pertenecen pero al que a la vez niegan, se observa también en otros órdenes de la vida. El ejercicio de la política, por ejemplo, se extendió de los comités de barrio a los medios de difusión y ahora a las redes virtuales, consiguiendo que un discurso, una propuesta, una medida o una plataforma, así como sus debates, no solamente pertenezcan al plano municipal o nacional sino al mundial. Esta habitación en varios planos obliga a proyectarla pensando en capas superpuestas donde van a confluir la historia y las costumbres propias pero también las de afuera. El espacio virtual, inconmensurable y sobre todo impredecible, va a crear esas zonas que Deleuze, otra vez aplicado a los conceptos, llamaba umbrales o indiscernibles, donde lo arrojado a él será interpretado y resignificado de múltiples formas, lo que posicionará también al enunciador en una especie de lugar móvil.

Estética y conocimiento

El hombre metropolitano difícilmente experimente, hoy en día o por lo menos con la misma intensidad, el shock propio de los primeros tiempos de la modernidad industrial frente a la diferencia o la provocación. Acepta las alturas más deshumanas, las multitudes asfixiantes en las horas pico, las intervenciones urbanas más descabelladas, la precariedad de los servicios colapsados, la estreches de sus espacios vitales, como así también los agujeros de pobreza que se abren en plena ciudad, la villa a lado de barrios opulentos, la familia que revuelve en la basura para subsistir o el mendigo durmiendo en el umbral. La ciudad ubica en el mismo plano, el plano de la indiferenciación, una serie de artefactos, espacios, saberes, texturas, voces, silencios y formas, épocas y estilos, y exige cierta tarea intelectual en sus habitantes. En su texto La condición de la Posmodernidad, Harvey cita la novela Soft city, de Jonathan Raban, donde el autor habla de la artisticidad de la vida moderna y afirma que al hombre metropolitano le basta configurar esos elementos para encontrar un sentido personal y que la ciudad le sea significativa. Aclara que esa extrema plasticidad, tanto de la ciudad como de la personalidad, también es la causa de su vulnerabilidad a la locura y la pesadilla.

Sin embargo, en este plano indiferenciado donde se ubican los elementos urbanos, tienen una vital importancia las condiciones que los produjo y el contexto que los recibe. Vital importancia porque de ellos dependerán la apropiación y la experiencia estética, o no, del que la habita. No se trata solamente de que la ciudad fuera un centro de cultura y producción, generadora de conocimientos, de servicios ilimitados, de acceso a las mejores condiciones de habitabilidad, dotada de la mejor infraestructura y donde el ser humano tiene la posibilidad tanto material como espiritual de desarrollar toda su potencialidad. Se trata de que la ciudad contemporánea constituye ella misma una información y un conocimiento que deben ser adquiridos, transmitidos, utilizados y descartados a velocidades variadas y que será directamente proporcional a su grado de modernización y metropolización. No es un conocimiento específico, no es sólo eso, sino más bien potencial en el que la percepción del mismo, como ya lo vimos con Lynch, estará dada a través de su componente estético. Es decir, por esa capacidad ilimitada de generar formas susceptibles de ser percibidas, configuradas, interpretadas y, además, consideradas bellas –belleza dada, por otra parte, no por una propiedad intrínseca sino por su capacidad de comunicar precisamente actualidad.

Con relación a la artisticidad de los hechos urbanos, Rossi plantea que la ciudad comparte con el arte, además de ser una manufactura del hombre, la capacidad de ser material pero, además, ser algo diferente a la materia, son condicionados pero también condicionantes. La imagen y la forma actúan como una contraseña en este collage, contraseña de saber leer, saber ver, saber estar. La capacidad estética de artefactos y espacios urbanos da cuenta de su grado de progreso tecnológico y de su relación con las otras grandes ciudades mundiales que actúan, de alguna forma, como contexto y entorno a veces más decisivos que los geográficos. Las actuales formas urbanas publicitan su propia modernidad, seducen, educan la mirada y la sensibilidad y orientan conductas tanto por el proyecto arquitectónico en sí como por su carga representacional. Es una arquitectura y un urbanismo propagandísticos en los que el mensaje más importante que tienen por comunicar es que se pertenece, tanto a nivel local como global, que se entiende la época, que se la representa de acuerdo a su carácter esencial, que es moviente, veloz y voraz. O, dicho de otra forma, la ciudad da cuenta de sus procesos de desarrollo y condiciones de producción a través de su componente estético allí donde éste se vuelve más singular (o más radical).

Zenda Liendivit

El presente texto es un fragmento del libro «La ciudad como problema estético. De la Modernidad a la Posmodernidad», Capítulo III Collage, Zenda Liendivit, Contratiempo Ediciones, 2009

fuente www.revistacontratiempo.com.ar

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La institución de la violencia

Publicada el 28/07/2011 - 28/07/2011 por raas

En 1925, algunos artistas y escritores franceses que firmaban en nombre de la «revolución surrealista», dirigieron a los directores de hospitales psiquiátricos un manifiesto que terminaba con estas palabras: «Mañana, a la hora de la visita, cuando ustedes intenten sin la ayuda de léxico alguno comunicarse con estos hombres, podrán ustedes recordar y reconocer que sólo tienen sobre ellos una superioridad: la fuerza».

Cuarenta años más tarde –sometidos como estamos, en la mayoría de los países europeos, a una antigua ley, aún dubitativa, entre la asistencia y la seguridad, la piedad y el miedo-, la situación no es diferente: limitaciones, burocracia y autoritarismo regulan la vida de los internados para los cuales ya había reclamado Pinel en su momento el derecho a la libertad… El psiquiatra parece que aún no ha descubierto que el primer paso hacia la curación del enfermo es el retorno a la libertad, de la cual él mismo le ha privado hasta hoy. En la compleja organización del espacio cerrado, donde el enfermo mental se ha visto reducido durante siglos, las necesidades del régimen, del sistema, sólo han exigido del médico un papel de vigilante, de tutor interior, de moderador de los excesos a los cuales podía abocar la enfermedad: el sistema tenía más validez que el objeto de sus cuidados.

Pero hoy el psiquiatra se da cuenta de que los primeros pasos hacia la «apertura» del manicomio producen en el enfermo un cambio gradual de su manera de situarse en relación con la enfermedad y el mundo; de su forma de ver las cosas, restringida y disminuida no sólo por la condición mórbida, sino por un prolongado internamiento. Desde que franquea el muro del internado, el enfermo penetra en una dimensión de la vida emocional…, se le introduce, en resumen, en un espacio concebido desde sus mismos orígenes para hacerle inofensivo y cuidarle, pero que se revela, en la práctica y de forma paradójica, como un lugar construido para aniquilar la individualidad: el lugar de su objetivación total…

Sin embargo, en el curso de estas primeras etapas hacia la transformación del manicomio en un hospital de curación, el enfermo no se presenta ya como un hombre resignado y sometido a nuestra voluntad, intimidado por la fuerza y por la autoridad de sus vigilantes… Se presenta como un enfermo, transformado en objeto por la enfermedad, pero que ya no acepta ser objetivado por la mirada del médico que le mantiene a distancia. La agresividad –que, como expresión de la enfermedad, pero sobre todo de la institucionalización, rompía de vez en cuando el estado de apatía y de desinterés-, cede el paso, en numerosos pacientes, a una nueva agresividad, surgida, más allá de sus particulares delirios, del sentimiento oscuro de una «injusticia»: la de no ser considerados como hombres desde el momento en que están en «el manicomio».

Es entonces cuando el hospitalizado, con una agresividad que trasciende la misma enfermedad, descubre su derecho a vivir una vida humana…

Para que el asilo de alienados, después de la destrucción progresiva de sus estructuras alienantes, no se convierta en un irrisorio asilo de domésticos agradecidos, el único punto en el cual al parecer puede apoyarse, es precisamente la agresividad individual. Esta agresividad –que nosotros, los psiquiatras, buscamos para fundar en ella una relación auténtica con el paciente- permitirá instaurar una tensión recíproca, que actualmente puede servir para romper los lazos de autoridad y de paternalismo que han representado, hasta ahora, una causa de institucionalización… (agosto de 1964)

(…) Por lo que a nosotros concierne, nos encontramos ante una situación extremadamente institucionalizada en todos los sectores: enfermos, enfermedades, médicos… Hemos intentado provocar una situación de ruptura, de forma que haga salir los tres polos de la vida hospitalaria de sus roles cristalizados, sometiéndolos a un juego de tensiones y de contratensiones en el cual todos se encontrarán implicados y serán responsables. Esto significa correr un «riesgo», única forma de poner en un plano de igualdad a enfermos y médicos, enfermos y staff, unidos en la misma causa, tendiendo hacia un fin común.

Esta tensión debía servir de base a la nueva estructura: si ésta era relajada, todo caería de nuevo en la situación institucionalizada anterior… La nueva situación interna debía, pues, desarrollarse a partir de la base, y no de la cúspide, en el sentido de que, lejos de presentarse como un esquema al cual la vida comunitaria debía corresponder, esta misma vida estaba llamada a engendrar un orden respondiendo a sus exigencias y a sus necesidades; en vez de fundarse sobre una regla impuesta desde arriba, la organización se convertía, por sí misma, en un acto terapéutico…

No obstante, si la enfermedad está igualmente unida, como sucede en la mayoría de los casos, a factores sociales a nivel de resistencia al impacto de una sociedad que desconoce al hombre y sus exigencias, la solución de un problema tan grave sólo puede hallarse en una posición socioeconómica que permita, además, la reintegración progresiva de aquellos que han sucumbido bajo el esfuerzo, que no han podido jugar el juego. Cualquier intento de abordar el problema sólo servirá para demostrar que esta empresa es posible, pero queda inevitablemente aislada –y, por lo tanto, ausente de la menor significación social-, mientras no vaya unida a un movimiento estructural de base que tenga en cuenta las realidades que encuentra el enfermo mental a su salida del hospital: el trabajo que no encuentra, el medio que le rechaza, las circunstancias que, en vez de ayudarle a reintegrarse, le empujan poco a poco hacia los muros del hospital psiquiátrico. Considerar una reforma de la ley psiquiátrica actual significa no sólo enfrentarse con otros sistemas y otras reglas sobre las cuales fundar la nueva organización, sino, sobre todo, atacar los problemas de orden social que van unidos a ella… (marzo de 1965)

Cualquier sociedad cuyas estructuras se basan únicamente en diferencias de cultura y de clase, así como también en sistemas competitivos, crea en sí misma áreas de compensación para sus propias contradicciones, en las cuales puede concretar la necesidad de negar o de fijar objetivamente una parte de su subjetividad…

El racismo, bajo todas sus formas, es únicamente la expresión de esta necesidad de áreas compensadoras. Y opera de este modo ante la existencia de los asilos de alienados –símbolo de lo que se podrían denominar «reservas psiquiátricas», comparables al «apartheid» del negro o al ghetto-, con la expresa voluntad de excluir todo aquello de lo cual duda porque es desconocido e inaccesible. Una voluntad justificada, y científicamente confirmada, por una psiquiatría que ha considerado el objeto de su estudio como incomprensible, y por lo tanto, fácilmente relegable en la cohorte de los excluidos…

El enfermo mental es un excluido que, en una sociedad como la actual, nunca podrá oponerse a lo que le excluye, puesto que cada uno de sus actos se encuentra constantemente circunscrito y definido por la enfermedad. La psiquiatría es, pues, la única manera –en su doble papel médico y social-, de informar al enfermo de la naturaleza de su enfermedad, y de lo que le ha hecho la sociedad al excluirle: sólo tomando conciencia de haber sido excluido y rechazado podrá, el enfermo mental, rehabilitarse del estado de institucionalización en que se le ha sumido…

Porque es aquí, detrás de los muros del asilo de alienados, que la psiquiatría clásica ha demostrado su fracaso: en efecto, en presencia del problema del enfermo mental, ha tendido hacia una solución negativa, separándole de su contexto social y por lo tanto de su humanidad… Colocado a viva fuerza en un lugar donde las modificaciones, las humillaciones y la arbitrariedad son la regla, el hombre –sea cual fuere su estado mental-, se objetiviza poco a poco, identificándose con las leyes del internamiento. Su caparazón de apatía, de indiferencia y de insensibilidad, sólo sería en suma un acto desesperado de defensa contra un mundo que le excluye y después le aniquila: el último recurso personal de que dispone el enfermo para oponerse a la experiencia insoportable de vivir conscientemente una existencia de excluido. (diciembre de 1966)

Si, originalmente, el enfermo sufre la pérdida de su identidad, la institución y los parámetros psiquiátricos le han confeccionado otra, a partir del tipo de relación objetivante que han establecido con él y los estereotipos culturales de los cuales le han rodeado. Así, pues, se puede decir que el enfermo mental, colocado en una institución cuya finalidad terapéutica resulta ambigua por su obstinación en no querer ver más que un cuerpo enfermo, se ve abocado a hacer de esta institución su propio cuerpo, asimilando la imagen de sí mismo, que ésta le impone…

El enfermo, que ya sufre una pérdida de libertad que puede considerarse como característica de la enfermedad, se ve obligado a adherirse a este nuevo cuerpo, negando cualquier idea, cualquier acto, cualquier aspiración autónoma que pudieran permitirle sentirse siempre vivo, siempre él mismo. Se convierte en un cuerpo vivido en la institución y por ella, hasta el punto de ser asimilado por la misma, como parte de sus propias estructuras físicas.

«Antes de partir, las cerraduras y los enfermos fueron controlados», puede leerse en las notas redactadas por un turno de enfermeros del equipo siguiente, para garantizar el perfecto funcionamiento del servicio. Llaves, cerraduras, barrotes, enfermos, todo forma parte, sin distinción del material del hospital, del cual son responsables los médicos y los enfermeros… El enfermo es ya únicamente un cuerpo institucionalizado, que se vive como un objeto y que, a veces, intenta –cuando aún no está completamente domado-, reconquistar mediante acting-out, aparentemente incomprensibles, los caracteres de un cuerpo personal, de un cuerpo vivido, rehusando identificarse con la institución.

Franco Basaglia

extracto del libro La institución negada, Informe de un hospital psiquiátrico. Franco Basaglia (Barral Editores, 1972)

fuente www.revistacontratiempo.com.ar

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La antipsiquiatria y las ‘nuevas tecnicas’

Publicada el 21/07/2011 - 21/07/2011 por raas

De vez en cuando se confirma un cierto equívoco sobre la antipsiquiatría al entenderla como una nueva técnica «especializada» de la ciencia psiquiátrica. La antipsiquiatría (me gustaría aclarar mi criterio sobre esta cuestión ya que el movimiento que yo represento en Italia se puede definir como anti-institutional o antipsiquiátrico) no es una técnica, ni una nueva metodología a incluir dentro del campo psiquiátrico, sino un movimiento de negación y de transformación que tiende a poner en discusión los esquemas y parámetros que se consideran como valores absolutos.

Es pues, un movimiento crítico que va más lejos del simple problema especializado enfrentándose a una ciencia que ha pasado a ser metafísica, dogmática, y que no responde a nivel práctico al enfermo y a su enfermedad, sino que se limita a la separación del sano y del enfermo y, por consiguiente, a la codificación de la enfermedad siguiendo unos esquemas establecidos como inmutables.

En este movimiento podemos encontrar el proceso a través del cual las técnicas del pasado y las actuales, psiquiátricas y psicoterapéuticas, han vivido su momento antipsiquiátrico -la nueva hipótesis crítica frente a la regla codificada- antes de perder su carácter dinámico y antes de transformarse, a través de la racionalización de sus métodos, en una nueva forma de control. Lo que, sin embargo, parece caracterizar al movimiento antipsiquiátrico y, más aún, al movimiento anti-institucional y que ha provocado las reacciones del círculo psiquiátrico es, quizá, la negativa a convertirse en un modelo técnico definido (es decir, la negativa a racionalizar su propio método para poder continuar en la tentativa de respuesta a la realidad) y la toma de conciencia de la función de todas las ciencias humanas (incluida la psiquiatría) como instrumentos de conservación de los valores dominantes.

En definitiva, la agresividad manifestada respecto del movimiento antipsiquiátrico y anti-institucional se explica en tanto que, con dicho movimiento, el problema de la asistencia psiquiátrica sale del coto cerrado de los especialistas y pasa a ser un debate público cuya significación y naturaleza deben comprender los propios usuarios del servicio (el debate no puede ya resolverse sólo a un nivel científico, sino que deberá ser verificado con el objeto de la psiquiatría -el internado de nuestros manicomios- como resultado del derecho que le da su quiebra).

Respecto a la acusación de la excesiva politización de un campo que debería guardar la neutralidad típica de una intervención científica, se puede decir que lo que caracteriza al movimiento anti-institucional es precisamente la toma de conciencia de la función del control (al servicio del poder) implícita en el papel de los psiquiatras como protectores del orden público.

La diferencia cualitativa entre la «Flichiatrie» (psiquiatría represiva) y la «politichatrie» (la politización de la psiquiatría, en el lenguaje de mis colegas franceses) es, precisamente, el hecho de que esta última ha tornado conciencia de ser una «flichiatrie» e intenta oponerse a este papel y denunciar prácticamente su función.

La acusación de excesiva politización vale, pues, si uno se contenta con creer en la neutralidad de la ciencia, aunque esto es difícilmente sostenible si se tiene en cuenta lo que ocurre en aquellas clases sociales a las que pertenecen los que reciben todas las sanciones de nuestras instituciones represivo-punitivo-terapéuticas. La definición de la enfermedad asume, de hecho, significaciones y evoluciones diversas según la condición social de los pacientes y es un poco problemático -o un mucho descarado- continuar sosteniendo ese principio de neutralidad.

Así, la experiencia anti-institucional o antipsiquiátrica no puede ser entendida como una técnica sino como un movimiento global que incluye el mundo existencial, social y político tanto del enfermo como del que trabaja en el campo social. Sólo bajo esta dimensión global se pueden comprender el tratamiento, la terapia, la curación, como lo que son, esto es una ocasión y un instrumento de discriminación para eliminar el mayor número de elementos posibles de perturbación social. Orden público y enfermedad mental están siempre estrechamente asociados ya que la enfermedad no es nunca tratada como problema técnico específico sino como manifestación anormal del comportamiento que sobrepasa el límite que la sociedad ha establecido.

En este sentido el psiquiatra debe, en primer lugar, comprender que no puede limitarse a establecer los cánones del grupo social al que representa determinando cuál es el enfermo que debe aceptar y establecer y cuál es el que ha de eliminar sino que, más bien, lo que determina en realidad es su propia adhesión a los valores dominantes y su capacidad de adaptación a los mismos. Los manicomios, la «naturaleza» de los internados y la práctica del psiquiatra en los mismos son una demostración permanente de lo dicho.

Hablar de tratamiento durante el largo período de los estados psicóticos significa, por consiguiente, según el planteamiento antipsiquiátrico, hablar de tratamiento durante el largo período de las instituciones-manicomio en las que es la vida institucional misma la que cronifica y psicotiza cada tipo de problemas, imponiéndoles el aspecto de enfermedad-manicomio. Pero una vez lograda la transformación de las instituciones psiquiátricas, mediante las nuevas técnicas de manipulación y de control, la comunidad externa comprende que puede utilizarlas en las instalaciones denominadas libres -familia, escuela, fábrica, ejército…- como amplificación y dilatación del poder. En el futuro, según esta lógica, no habrá ya más tratamientos durante los largos períodos de los estados psicóticos sino que estaremos todos englobados en un largo tratamiento en el mundo de la psicoterapia, de la ergoterapia, de las técnicas de rehabilitación de acuerdo con un centro de poder cada vez más restringido que delegará en los técnicos la función de crear continuamente nuevas ideologías para utilizarlas como instrumentos de discriminación y de división.

Franco Basaglia *

Extracto del libro de Franco Basaglia. La Antipsiquiatría y las «Nuevas Técnicas». Zona Erógena. No. 3. 1991.

* Principal figura del movimiento italiano Psiquiatría Democrática, cuyo hito principal fue la aprobación en 1978 de la ley 180 que dispone el cierre de los hospitales Psiquiátricos italianos.

fuente: www.educ.ar

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Bicicletas voladoras

Publicada el 28/06/2011 - 12/04/2021 por Ecotropía

Cuando choquen los planetas y el mundo se termine, sólo quedará una manera de escapar: la bicicleta.

Por Luis Gruss

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Simulacro y simulaciones

Publicada el 27/06/2011 - 27/06/2011 por raas

Traducción parcial de un texto de Baudrillard, «Simulacro y Simulaciones», que desarrolla conceptos en torno al proceso en que la realidad imita al modelo que se ha hecho de ella: en torno a que si primero es el mapa el que pretende conceptualizar lo real, ahora es lo real lo que imita los modelos de simulación que se hace de ella. Poder, lógica del trabajo, y la destrucción de la realidad a través de su cortocircuito constante por parte de los mecanismos de la simulación.

“El simulacro nunca es aquello que oculta la verdad – es la verdad lo que oculta que no hay verdad alguna. El simulacro es cierto”. Ecclesiastes

Podemos tomar como la alegoría más adecuada de la simulación el cuento de Borges donde los cartógrafos del Imperio dibujan un mapa que acaba cubriendo exactamente el territorio: pero donde, con el declinar del Imperio, este mapa se vuelve raído y acaba arruinándose, unas pocas tiras aún discernibles en los desiertos – la belleza metafísica de esta abstracción arruinada, dando testimonio del orgullo imperial y pudriéndose como un cadáver, volviendo a la sustancia de la tierra, tal y como un doble que envejece acaba siendo confundido con la cosa real). La fábula habría llegado entonces como un círculo completo a nosotros, y ahora no tiene nada excepto el encanto discreto de un simulacro de segundo orden.

La abstracción hoy no es ya la del mapa, el doble, el espejo o el concepto. La simulación no es ya la de un territorio, una existencia referencial o una sustancia. Se trata de la generación de modelos de algo real que no tiene origen ni realidad: un «hiperreal». El territorio ya no precede al mapa, ni lo sobrevive. De aquí en adelante, es el mapa el que precede al territorio, es el mapa el que engendra el territorio; y si reviviéramos la fábula hoy, serían las tiras de territorio las que lentamente se pudren a lo largo del mapa. Es lo real y no el mapa, cuyos escasos vestigios subsisten aquí y allí: en los desiertos que no son ya más del Imperio, sino nuestros. El desierto de lo real en sí mismo.

De hecho, incluso invertida, la fábula es inútil. Quizá sólo queda la alegoría del Imperio. Puesto que es con el mismo imperialismo con el que los simuladores de hoy en día intentan que todo lo real coincida con los modelos de simulación. Pero ya no es cuestión que se decida entre mapas y territorio. Algo ha desaparecido: la diferencia soberana entre ellos que era el encanto de la abstracción. Ya que es la diferencia lo que forma la poesía del mapa y el encanto del territorio, la magia del concepto y el encanto de lo real. […] Lo real se produce a partir de unidades miniaturizadas, de matrices, bancos de memoria y modelos de comandos? y con estos puede reproducirse un número indefinido de veces. Ya no tiene que ser racional, puesto que ya no se mide respecto a algún ideal o instancia negativa. No es más que práctico, operacional.

[…] Del mismo orden que la imposibilidad de redescubrir un nivel absoluto de lo real, es la imposibilidad de representar una ilusión. La ilusión ya no es posible, dado que lo real tampoco es ya posible. Es el problema político completo de la parodia, de la hipersimulación o de la simulación ofensiva, el que se plantea aquí.

Por ejemplo: sería interesante ver si el aparato represivo no reaccionaría más violentamente ante una toma de rehenes simulada que ante una real. Al fin y al cabo, la real sólo cambia el orden de las cosas, el derecho a la propiedad, mientras que la simulada interfiere con el mismo principio de realidad. La transgresión y la violencia son menos dañinos, puesto que sólo desafían la distribución de lo real. La simulación es infinitamente más dañina, puesto que siempre está sugiriendo que la ley y el orden en sí mismos podían realmente no ser más que una simulación.

Pero la dificultad es proporcional al riesgo. ¿Cómo fingir una ruptura y ponerla a prueba? Simula un robo en unos grandes almacenes: ¿cómo convences a los guardias de seguridad de que era un robo simulado? No hay diferencia «objetiva»: los mismos gestos y los mismos signos existen que en un robo real; de hecho, los signos no inclinan hacia ninguno de los dos lados. En lo que al orden establecido concierne, siempre pertenecerán al orden de lo real.

Organiza una toma falsa de rehenes. Asegúrate de que tus armas no pueden causar daño alguno, y toma a rehenes de tu mayor confianza de modo que ninguna vida esté en peligro (de otro modo te arriesgas a cometer un delito). Pide una recompensa, y arréglalo de modo que la operación pueda llegar a crear la mayor conmoción posible – en resumen, permanece cerca de la «verdad», para probar la reacción del aparato a una simulación perfecta. Pero aun así no tendrás éxito: la red de signos artificiales serán irremediablemente mezclados con elementos de lo real (un oficial de policía realmente disparará al tenerte a tiro; un cliente del banco se desmayará y morirá de un ataque al corazón; realmente te pondrán recompensa) – en resumen, te encontrarás sin remedio inmediatamente en lo real, una de cuyas funciones es precisamente devorar cualquier intento de simulación, para reducirlo todo a un poco de realidad – lo cual es exactamente todo lo que es el orden establecido, mucho antes de que las instituciones y la justicia tomen parte y jueguen su papel.

En esta imposibilidad de aislar el proceso de la simulación debe verse todo el empuje de un orden que sólo puede ver y entender en términos de «un poco de realidad», dado que no puede funcionar en ningún otro lugar. La simulación de un delito, será castigada con mayor ligereza (porque no tiene «consecuencias»), o será castigado como ofensa a lo público (por ejemplo, se hizo una operación policial «por nada»). Nunca como una simulación, puesto que precisamente como tal no hay equiparación con lo real, y por tanto tampoco represión. El reto de la simulación es irrecibible por el poder. ¿Cómo puedes castigar la simulación de virtud? Y aun así es tan seria como la simulación de un crimen. La parodia hace la obediencia y la transgresión equivalentes, y eso es el crimen más serio, dado que cancela la diferencia respecto a la que la ley está basada. El orden establecido no puede hacer nada contra ello, puesto que la ley es un simulacro de segundo orden mientras que la simulación es de tercero, más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de las equivalencias, más allá de las distinciones racionales sobre las que funcionan el poder y lo social. Así pues, fallando en lo real, es aquí donde debemos apuntar al orden.

Por esto es por lo que el orden siempre opta por lo real. En un estado de no-certeza, siempre prefiere asumir esto. Pero esto se hace cada vez más y más difícil, puesto que es pragmáticamente imposible aislar el proceso de simulación. A través de la fuerza de la inercia de lo real que nos rodea, el inverso también es cierto (y esta misma reversibilidad forma parte del aparato de simulación y de la impotencia del poder): es decir, ahora es imposible aislar el proceso de lo real, o probar lo real.

Así, todas las tomas de rehenes y parecidos son ahora como si fueran tomas de rehenes simuladas, en el sentido de que están inscritas de antemano en los rituales de orquestación y decodificación de los medios, anticipados en su forma de presentación y consecuencias posibles. En resumen, su función es la de un grupo de símbolos dedicados exclusivamente a su recurrencia como signos, y ya no más hacia su «verdadero» objetivo en absoluto. Pero esto no los hace inofensivos. Al contrario, equivale a eventos hiperreales, deprivados de todo contenido u objetivos particulares, pero refractados indefinidamente el uno por el otro, de modo que son inverificables por un orden que sólo puede moverse en lo real y lo racional, en los fines y medios. Un orden referencial que sólo puede dominar a los propios referenciales, una forma de poder específico que sólo puede dominar un mundo específico, pero que no puede hacer nada ante la recurrencia sin fin de la simulación, sobre esa nébula sin peso que ya no obedece la ley de la gravitación de lo real – el poder en sí mismo desgajándose en este espacio y convirtiéndose en una simulación de poder, desconectado de sus objetivos, y dedicado a la simulación en masa.

La única arma del poder, su única estrategia contra esta derrota, es reinyectar realidad y referencialidad en todos lados, para intentar convencernos de la realidad de lo social, de la gravedad de la economía y las finalidades de la producción. Para ese propósito prefiere el discurso de la crisis, pero también – ¿por qué no? – el discurso del deseo. «¡Toma tus deseos como realidad!» podría entenderse como el slogan definitivo del poder, puesto que en un mundo no-referencial incluso la confusión del principio de realidad con el principio de deseo es menos dañino que la hiperrealidad contagiosa. Uno permanece entre principios, ahí el poder siempre tiene razón.

La hiperrealidad y la simulación disuaden todo principio y todo objetivo; vuelven contra el poder esta disuasión que ha sido tan bien utilizada por largo tiempo. Pues fue el capital el primero en alimentarse a través de su historia de la destrucción de toda referencia, todo objetivo humano, lo que quebró toda distinción ideal entre verdadero y falso, bueno y malo, para establecer una ley radical de equivalencia e intercambio, la ley de hierro de su poder. Fue el primero en practicar disuasión, abstracción, desconexión, desterritorialización, etc; y si fue el capital el que fomentó el concepto de la realidad, fue también el primero en liquidarlo en el exterminio de cada valor de uso, cada equivalencia real de producción y riqueza, en la omnipotencia de la manipulación. Ahora es esta misma lógica la que hoy se endurece aun más contra él. Y cuando intenta luchar contra esta catastrófica espiral secretando un último brillo de realidad, en el que pueda encontrarse un último brillo de poder, sólo multiplica los signos y acelera el juego de la simulación.

Al estar históricamente amenazado por lo real, el poder arriesgó la disuasión y la simulación, desintegrando toda contradicción a través de la producción de signos equivalentes. Cuando es amenazado hoy por la propia simulación (la amenaza de desaparecer en el juego de signos), el poder arriesga lo real, arriesga crisis, juega con la remanufacturación de las bases artificiales, sociales, económicas, políticas. Esta es una cuestión de vida o muerte para él, pero es tarde.

De ahí la histeria característica de nuestro tiempo: la histeria de la producción y reproducción de lo real. La otra producción, aquella de bienes y comodidades, aquella belle epoque de la economía política, ya no tiene sentido por sí misma, y no lo ha tenido ya por un tiempo. Lo que la sociedad busca a través de la producción y sobreproducción, es la restauración de lo real que se le escapa. Por esto es por lo que la producción «material» contemporánea es en sí misma hiperreal. Conserva todas sus características y todo su discurso de la producción tradicional, pero no es más que su refracción a una escala más baja (así que los hiperrealistas atan a una impresionante semejanza una realidad donde ha escapado todo encanto, todo significado, toda la profundidad y la energía de la representación). Así, el hiperrealismo de la simulación se expresa en todas partes por la impresionante semejanza de lo real a sí mismo.

El poder también por algún tiempo ya no produce más que signos de su propia semejanza. Y al mismo tiempo, otra figura de poder entra en juego: la demanda colectiva por signos de poder – una unión sagrada que se forma alrededor de la desaparición del poder. Todo el mundo pertenece a él más o menos con miedo ante el colapso de lo político. Y al final, el juego del poder no resulta ser más que la obsesión crítica con el poder – una obsesión con su muerte, con su supervivencia, cuanto mayor más desaparece; cuando ha desaparecido por completo, lógicamente estaremos bajo el completo hechizo del poder -, un recuerdo cautivador anunciado ya en todas partes manifestándose en un lugar particular, y al mismo tiempo la compulsión para librarse de él (nadie lo quiere ya, todos lo descargan sobre otros), y el aprensivo lamento sobre su pérdida. Melancolía para sociedades sin poder: esto ya alzó al fascismo, esa sobredosis de un referencial poderoso en una sociedad que no puede acabar su lamento.

Pero estamos aún en el mismo barco: ninguna de nuestras sociedades sabe cómo manejar su lamento por lo real, por el poder, por lo social, que se implica en esta ruptura. Y es a través de una revitalización artificial de todo esto por lo que intentamos escapar a ello. Inevitablemente esto acabará en el socialismo. A través de un giro de los eventos y una ironía que ya no pertenece a la historia, es a través de la muerte de lo social que el socialismo emergerá – tal y como es a través de la muerte de Dios que las religiones emergen-. Un retorcido camino, un evento perverso y reverso ininteligible a la lógica de la razón. Tal y como lo es el hecho de que el poder tan sólo está presente para ocultar que no hay ninguno. Una simulación que puede continuar indefinidamente, puesto que – no como el «verdadero» poder que es o fue una estructura, una estrategia, una relación de fuerza, un interés – ahora no es más que el objeto de una demanda social, y por tanto sujeta a la ley de la oferta y la demanda, en lugar de a la violencia y la muerte. Completamente destripada de su dimensión política, es dependiente como cualquier otro bien manufacturado, de la producción y el consumo de las masas. Su brillo ha desaparecido – sólo la ficción de un universo político se salva.

Del mismo modo con el trabajo, el brillo de su producción y su violencia no existen ya. Todo el mundo produce aún, y más y más, pero el trabajo sutilmente se ha convertido en otra cosa: una necesidad (como Marx idealmente lo vio, pero no en el mismo sentido), el objeto de la demanda social, como el ocio, al que es equivalente en el cómputo general de las opciones de vida. Una demanda igualmente proporcional exactamente a la pérdida de base del proceso del trabajo. El mismo cambio en la fortuna como en el poder: el objetivo del escenario en que se representa el trabajo es ocultar el hecho de que el trabajo-real, la producción-real, han desaparecido. Y por ello también lo ha hecho la huelga-real, que ya no es detener el trabajo, sino su polo alternativo en la ascensión ritual del calendario social. Es como si todos hubieran «ocupado» su lugar de trabajo, tras declarar la huelga, y hubieran seguido produciendo,… como es costumbre en trabajos conducidos por uno mismo, en exactamente los mismos términos que antes, declarándose a sí mismos (y estando virtualmente) en un estado de huelga permanente.

No es esto un sueño de ciencia ficción: en todas partes es una cuestión de duplicar el proceso del trabajo – y de un doble para el proceso de la huelga, que se incorpora como crisis en la producción-. Así que no hay ya más huelgas o trabajo sino ambos a la vez, quiere decir algo totalmente distinto: una brujería del trabajo, un escenodrama (para no decir melodrama) de la producción, una dramaturgia colectiva ante el vacío escenario de lo social.

No es ya más una cuestión de la ideología del trabajo – de la ética tradicional que oculta el proceso «real» de trabajo y el proceso «objetivo» de explotación – sino del escenario de trabajo. Del mismo modo, no es ya una cuestión de la ideología del poder, sino del escenario del poder. Las ideologías clásicamente corresponden a la traición de la realidad a través de los signos; la simulación corresponde al cortocircuito de la realidad y su reduplicación a través de signos. Siempre es el objetivo del análisis ideológico la restauración del proceso objetivo; siempre es un falso problema intentar restaurar la realidad detrás del simulacro.

Por esto es en última instancia por lo que el poder siempre está apoyado por los discursos y los discursos sobre ideología, pues todos estos discursos acerca de la verdad, incluso y especialmente si tienen un carácter revolucionario, para contrarrestar las caídas mortales de la simulación.

Jean Baudrillard

fuente www.decondicionamiento.org

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La megamáquina y la destrucción del vínculo social

Publicada el 26/06/2011 - 19/10/2022 por Ecotropía

Lewis Mumford, y aún más Cornelius Castoriadis, nos enseñaron que la máquina más extraordinaria inventada por el genio humano no es otra que la organización social misma. Después de la metáfora del organismo, la metáfora de la máquina ha sido utilizada ad nauseam para referirse a la sociedad. Lo cierto es que, conforme a la visión cartesiana del animal máquina, las dos metáforas remiten a una misma visión mecanicista de la sociedad.

Por Serge Latouche
1998

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El leninismo, ideología fascista

Publicada el 25/06/2011 - 03/06/2022 por Ecotropía

La existencia de sectas inmovilistas más o menos virtuales que se reclaman de Lenin es hoy un asunto más relacionado con las neurosis que acechan a los individuos inmersos en las condiciones modernas del capitalismo que con la lucha por las ideas que sostienen los rebeldes contra los ideólogos de la clase dominante.

Por Miguel Amorós
3 de diciembre de 2006

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La justificación ética del imperialismo

Publicada el 12/06/2011 - 12/06/2011 por raas

Todos los imperios, todas las naciones y todos los gobernantes han tendido siempre a conseguir dos cosas: una, legitimar ante la opinión pública sus actuaciones, y otra, asegurarse la continuidad del poder (1). Una justificación mucho más perentoria si de lo que se trataba era de justificar un genocidio. Toda lucha armada va siempre acompañada de otra retórica (2).

En ella, abundan los eufemismos, para evitar llamar por su nombre a las cosas. Frente a la violencia innata del hombre se ponía sobre la mesa la civilización que, era la que hacía posible la convivencia. Por ello, llevar la civilización a los pueblos bárbaros no solo era deseable sino una obligación de los pueblos superiores. Había pueblos a los que evangelizar, culturizar y, en la actualidad, desarrollar. Una coartada perfecta que justificó lo mismo el expansionismo romano, que el hispano, el inglés o, actualmente el estadounidense.

Ya los griegos consideraron bárbaros prácticamente a todos aquellos que no eran helenos. Los romanos, crearon toda una corriente ideológica tendiente a justificar su expansión. Llama la atención que ya en el siglo I d. C. Cornelio Tácito en su obra Historias afirmara que todos los pueblos que habían sometido a otros lo habían hecho bajo el pretexto de llevarles la libertad (3). Incluso, en el siglo XVI, Ginés de Sepúlveda alabó la expansión romana en Hispania, pues, aunque generó algunos abusos, no fueron comparables con las ventajas, especialmente el haber traído a la Península Ibérica el latín (4).

En el siglo XVI también se justificó la expansión en nombre de Dios y de la civilización. La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y bárbaras por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos, que era la misma cosa. Por ejemplo, Antonio de Herrera contrapuso la civilización castellana al barbarismo indígena, donde mandaban todos con violencia, prevaleciendo el que más puede. Ahora bien, excluía del barbarismo a los mexicas y a los incas.

En el siglo XIX hubo verdaderos cantores de la expansión imperial que veían en dicha expansión el triunfo definitivo de la civilización sobre la barbarie. Incluso, el trabajo científico de Charles Darwin y su evolución de las especies fue usado por muchos para justificar la sumisión de unos hombres a otros. Es más llegó a escribir que la selección de las especies en el caso humano podría debilitarse debido precisamente a la civilización. Pero lo cierto es que, aunque Darwin en su famosa obra no se refirió específicamente a la especie humana, muchos interpretaron que los grupos más civilizados terminarían exterminando o asimilando a las razas salvajes del mundo (5).

Lamentablemente, en el siglo pasado esta línea de pensamiento que justificaba el predominio del hombre blanco se ha mantenido. La justificación ética del imperialismo británico ha sido especialmente duradera. En 1937 en una conferencia de la Commonwealth se afirmó que el único futuro que le quedaba a los indígenas australianos era su asimilación por la cultura occidental. Más allá de eso no había ningún futuro para ellos (6). En 1948 Lord Elton escribió con orgullo que el pueblo británico había sabido entender mejor que nadie su misión en el mundo, al comprender y asumir que el Imperio acarreaba más obligaciones que beneficios (7). Una justificación que siguen asumiendo actualmente algunos de los antiguos países de la Commonwealth. De hecho, en Australia, desde 1960 muchos niños indígenas han sido sacados de sus hogares para facilitar su aculturación, una practica que se seguía realizando a principios del siglo XXI (8).

El pensamiento anti-indio se hizo doctrina oficial en la Argentina del siglo XX, justificando el genocidio el destierro y el saqueo. En un libro de geografía, aprobado como texto escolar por el Ministerio de Educación, y escrito en 1926 por el profesor Eduardo Acevedo Díaz, escribió lo siguiente: La Republica Argentina no necesita de sus indios. Las razones sentimentales que aconsejan su protección son contrarias a las conveniencias nacionales”.

En muchos casos, fue la propia Iglesia quien encabezó la justificación del imperialismo, alegando que llevaban la luz de la fe a los pueblos bárbaros. La Iglesia oficialmente defendió esta línea en la colonización de los Hamburgo. Y ello porque los beneficios se los llevaban ambos poderes: la Iglesia con la incorporación de millones de nuevos fieles, y el estado ampliando sobremanera el número de tributarios. Por ello nada tiene de extraño que el Papa pidiera perdón por los excesos cometidos en nombre de Dios en Latinoamérica, el 12 de enero de 2000, en un documento titulado Memoria y Reconciliación (9) Bien es cierto que en la Edad Contemporánea cambió de actitud y pasaron a criticar el colonialismo y a defender la autodeterminación de las colonias.

Y tenía su lógica, aquellos pueblos estaban ya cristianizados, ya no tenía ningún sentido seguir apoyando su explotación por parte del Estado, por lo que el pacto tácito entre ambos se rompió. Al parecer, solo en el caso del imperio portugués, la Iglesia mantuvo el apoyo a la lucha armada del gobierno contra los movimientos independentistas. Y el cambio de actitud no se produjo hasta fechas sorprendentemente recientes, como la revolución de los Claveles de 1974 (10).

En la actualidad, sorprende nuevamente ver la misma justificación ética del neoimperialismo por parte de los Estados Unidos de América. Los mismos argumentos utilizados, por los romanos, el colonialismo moderno y el imperialismo decimonónico. Ahora se someten países sin conquistarlos físicamente, siempre bajo la justificación de liberarlos o de democratizarlos (11). Estados Unidos, igual que el Imperio Romano, se presenta como la garante de los derechos humanos y de la libertad el mundo.

2. El anticolonialismo

Obviamente, los que justificaban o justifican la superioridad ética o moral de unos pueblos sobre otros partían de una premisa falsa, pues las civilizaciones más avanzadas no han demostrado ser más pacíficas que las atrasadas sino al revés. Además, no se trataba más que de una tapadera para ocultar los verdaderos fines que no eran exactamente altruistas.

Hubo una corriente dominante que defendió el imperialismo, pues, de alguna forma los Estados se vieron obligados a justificar ante sus ciudadanos su política expansiva (12). Sin embargo, siempre hubo otra corriente contraria, la anticolonialista que perduraron en el seno de todas las potencias colonizadoras hasta el mismísimo siglo XX. Ésta corriente se opuso con uñas y dientes a la política expansiva de los Estados. Ya en el Imperio romano, una generación de escritores del siglo I a. C. entre los que se encontraba Cicerón empalizaron con los bárbaros, acusando desde dentro al propio ejército romano de cometer atrocidades. Cicerón denunció la práctica del ejército romano de destruir y saquear un territorio y afirmar que lo habían pacificado (13). Salustio fue todavía más allá al decir que la fundación de Roma sirvió de azote del mundo entero (14).

Dieciséis siglos después, el padre Las Casas denunció las mismas cosas, al afirmar que llamaban pacificar a destruir. Y es que ponían gran empeño en la justificación ética de sus atrocidades conscientes de que es imposible que un plan genocida prospere sino cuenta con el apoyo o el consentimiento del aparato estatal y de una buena parte de la población (15). No solo aplastaban al supuesto enemigo sino que además querían hacer creer que le asistía la razón. Por ello, en todos los imperios se debatió siempre la cuestión de la guerra justa.

En el imperio de los Habsburgo, la corriente crítica, aun siendo minoritaria, consiguió despertar muchas adhesiones, tocando la conciencia de muchos gobernantes. Realmente, fue la única potencia de nuestra era que se planteó seriamente la licitud de su ocupación. Una corriente de pensamiento que, en lo referente a los indios, encabezó el dominico fray Bartolomé de Las Casas, una persona comprometida socialmente con los más desfavorecidos en una época en la que casi nadie se ocupaba de ellos. Sin duda, la escuela de Salamanca y toda la corriente crítica debe figurar en un sitio de honor entre los defensores de los derechos civiles y sociales de la humanidad.

Esta ideología caló en los propios reyes quienes se mostraron siempre preocupados por expedir una legislación protectora. El mayor éxito de la corriente crítica fue la aprobación de las Leyes Nuevas en 1542-1543 en la que, al menos sobre el papel, se abolió la encomienda y la esclavitud del indio. No obstante, su convencimiento no fue absoluto porque pensaban en la misión imperial de España que solo se podía mantener con los lingotes de metal precioso que se extraían a costa del sudor y de la sangre de los indios.

También los imperialismos contemporáneos tuvieron grandes detractores, personas que se movieron dentro de una corriente crítica, jugándose y perdiendo en muchos casos sus propias vidas. En el Siglo de las Luces hubo muchos intelectuales, escritores y filósofos que se posicionaron frente al colonialismo. El propio Voltaire se refirió al cinismo de muchos al defender el derecho de gentes y a la par explotar a los nativos hasta la extenuación. Ya a finales del siglo XIX aparecieron otros críticos en Francia que combatieron ardorosamente la política colonial francesa. Entre ellos, destacaron hermanos George y León Bloy.

Este último denunció que era indigno para un país como Francia tener una historia colonial tan sangrante. Para él, la historia colonial francesa se resumía en seis palabras: dolor, ferocidad sin medida y bajeza. Los dos hermanos sufrieron persecuciones por decir lo que nadie quería oír, sufriendo deportaciones y encarcelaciones. Por su parte, Anatole France, en un discurso anticolonial pronunciado el 30 de enero de 1906 se lamentaba de que los pueblos llamados bárbaros no conocían a los franceses más que por sus crímenes.

Y es que occidente siempre se ha empeñado en evangelizar, modernizar, cooperar o democratizar otros territorios, ¿por qué? ¿para qué? Obviamente no por altruismo sino por el afán de dominar el mundo y de asentar y consolidar su poder. Y todo con la coartada de la civilización.

Esteban Mira Caballos

notas:
1) En este sentido, George Burdeau escribió que todos los mandatarios han tenido siempre la idea de conseguir ver reconocido su derecho a hacerlo. BURDEAU, George: El Estado. Madrid, Seminarios y Ediciones, 1975.
2) Hasta tal punto esto es así que, según Michael Ghiglieri todo asesinato debe estar justificado en la mente del soldado o del asesino, de lo contrario, derivaría hacia la locura. GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Barcelona, Tusquets, 2005, p. 252.
3) Conde; Juan Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización . Alcalá Editorial, Alcalá Grupo Editorial, 2008, p. 11.
4) Cit. en González, Jaime: “Imperio Romano e Imperio Hispánico en la historiografía española de la época de Carlos V”, Revista de Indias Nº 153-154. Madrid, 1978, p. 883.
5) Coquery-Vidrovitch, Catherine: “El postulado de la superioridad blanca y de la inferioridad negra” en Marc Ferro (Dir.): El Libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, p. 794.
6) Vuckovic: Nadja: “¿Quién exige reparaciones y por cuáles crímenes?, en Marc Ferro (dir.): El libro negro del Colonialismo. Madrid, La esfera de los Libros, 2005, p. 939.
7) Elton, Lord: El Imperio Británico. Barcelona, Luis de Caralt editor, 1948, p. 19. Esta comprensión del imperio inglés la contraponía al espíritu intolerante que reinó en el malogrado imperio español. Ibídem, p. 23.
8) Vuckovic: Ob. Cit., p. 940.
9) Nueve años antes, es decir, en 1991, ya había pedido perdón por los crímenes cometidos por la cristiandad en otro continente, el africano. Vuckovic: Ob. Cit., p. 916.
10) Merle, Marcel: “El anticolonialismo” en Marc Ferro (Dir.): El Libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, p. 735.
11) Conde: Ob. Cit., p. 38-40.
12) Merle: Ob. Cit., p. 727.
13) Conde, Juan Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización . Alcalá La Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008, p. 119. Este autor realiza una interesante comparación entre la Roma Imperial y el neoimperialismo estadounidense. Concretamente compara la I Guerra Mitridática en la que Roma arraso este reino del próximo Oriente con la II Guerra del Golfo en la que Sadam Huséin fue apresado y su país ocupado. Mitrídates había configurado una gran monarquía en Oriente Próximo, ocupando el vecino reino de Bitinia, aliado de los romanos, y Huséin había hecho lo mismo, ocupando Kuwait. Ibídem , p. 90 y ss.
14) Conde: Ob. Cit., p. 124.
15) Lozada, Martín: Sobre el genocidio. El crimen fundamental. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2008, p. 31.

fuente www.rebelion.org/noticia.php?id=130250

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(libro) El horror económico

Publicada el 27/05/2011 - 06/06/2022 por Ecotropía

Con un libro tan palpitante, apasionado, que por momentos se parece a un monólogo interior joyceano -aunque las frases todas tienen los signos de puntuación de rigor, constituye un torrente sin capítulos o en todo caso con capítulos innominados, casi sin referencias al pie-, con un libro con esta configuración cuesta buscar un inicio, descubrir «las partes».

Por Luis E. Sabini Fernández
revista Futuros
julio de 1997

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El robot

Publicada el 05/05/2011 - 11/04/2023 por raas

¿Por qué dicen los sufíes que el hombre es una máquina? Porque el hombre es una máquina, por eso. El hombre tal como es, es totalmente inconsciente. No es más que sus hábitos, la suma total de sus hábitos. El hombre es un robot. El hombre todavía no es un hombre. A menos que la consciencia penetre en tu ser, seguirás siendo una máquina.

Por Osho

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La locura del sujeto normal

Publicada el 23/04/2011 - 16/09/2022 por raas

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una antigua generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabia que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos.

Por Enrique Carpintero*

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Sobre la vigilancia…

Publicada el 11/04/2011 - 11/04/2023 por Ecotropía

Tu vigilancia se mantiene sin perturbaciones. Durante las veinticuatro horas del día habrá una corriente subterránea de vigilancia. Tú sigues haciendo cosas… para el mundo exterior, nada ha cambiado, pero para ti ha cambiado todo.

Por Osho

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Tráfico de órganos para transplantes

Publicada el 28/03/2011 - 28/03/2011 por raas

China, fuente de divisas del Estado

Hacia fines de los ’80, cuando la transformación de la definición clínica y judicial de muerte, –de cardiaca a cerebral– coincidió sospechosamente con el auge de técnicas para el transplante de órganos, y la opinión pública fue alertada por reiteradas denuncias del comercio de órganos, hubo intelectuales e instituciones que se pretenden de alta confiabilidad que salieron a la palestra a frenar tales sentimientos y sospechas, que en Argentina se expresaron con la mayor intensidad cuando la desaparición, ya en “plena democracia”, de la psiquiatra Cecilia Giubileo. (1)

Así, tuvimos que leer a “referentes” de la progresía porteña, explicando que el miedo a presuntos transplantes ilegales de órganos provenía de un ancestro de ignorancia y miedo, anclado en capas bajas. Eva Giberti nos hablaba de “mitos colectivos universales” que moldean el pensamiento de “esa gente hambreada, deprimida, sin trabajo” de la cual no podríamos esperar “exigirse a sí misma un esfuerzo crítico extra” y Jorge Halperin sostenía tranquilizadoramente que ”la gente es un medio de comunicación: crea y difunde noticias incluso de cosas que no han sucedido”.

Si podíamos apenarnos por tanta suficiencia intelectual que velaba la visión de un problema, ¿qué decir de comunicados como el emitido por el United States Information Service (USIS), que aseguraba, no las “verdades oficiales madeinUSA”, faltaba más, sino información objetiva, que lo de transplantes clandestinos, siguiendo las leyes del “mercado”, era un infundio… de los comunistas. Magdalena Ruiz Guiñazu se encargaba de difundirlo.

Poco después, la realidad se iba a encargar de dar un rotundo mentís a las negativas del USIS, Giberti, Halperin, Ruiz Guiñazu y tantos otros, cuando se reveló la venta legal, por vía electrónica, de riñones en Gran Bretaña, por ejemplo, donde por otra parte, toda una corriente de médicos la defendía, porque consideraban que la ilegalización del mercado de transplantes podría generar situaciones más sórdidas todavía. (2)

A fines de los ‘80 abordamos aquel cambio de definiciones sobre la muerte humana, señalando hechos tan llamativos como el incendio del CUCAI, antecesor del actual órgano público argentino que regula las ablaciones de órganos, el INCUCAI (3). Y en futuros tratamos de acercarnos a la verdad con menos soberbia intelectual que los “desmentidores” oficiales del tráfico de órganos. (4)
Y bien: la realidad nos alcanzó hace rato.

Un informe de Amnesty International revela precisamente que el gobierno taiwanés “en octubre de 1990 […] había aprobado una legislación que permitía […] la extracción de órganos del preso.” (comunicado del 17/7/1992). Las críticas públicas e internacionales arreciaron entonces y en 1991 “La Sociedad Neurológica de la República de China ha declarado oficialmente que la muerte de la base del cerebro no se decidirá en los presos ejecutados aunque éstos accedan a donar sus órganos […] ya no tenemos donantes de órganos entre los presos ejecutados.» (5)

AI ha aclarado, sin embargo, en el mismo informe, que otras autoridades médicas taiwanesas, como el Hospital Universitario, no han hecho referencia alguna a tal abandono en sus respectivas respuestas a las demandas de AI.

Con toda lógica, AI temía al “riesgo de que la presión para utilizar los órganos de un preso pudiera afectar a la fecha de una sentencia de muerte o al resultado de la apelación de un preso, y el riesgo de que los presos condenados a muerte se convirtieran en una fuente de órganos admitida, impidiendo así la reforma o la abolición de las leyes de la pena de muerte.”

El escándalo del uso de los cuerpos de los presos condenados a muerte en la China anticomunista no alcanzó los ribetes que cada vez más conocemos por el uso de los cuerpos de los presos y condenados a muerte en la otra, en la China declaradamente comunista, que ha ingresado a la globalización hipercapitalista por la puerta mayor.

Ante estas atrocidades ya no tenemos solamente a AI denunciándolas sino a toda una cohorte de instituciones estadounidenses y europeas que las condenan.
Existen datos sobre extracción de órganos a población carcelaria de la China “socialista” que AI publicó en la misma época precisamente en que se consignaron métodos similares en Taiwan (la China “prooccidental”).
“Aumento sin precedentes de las sentencias de muerte y las ejecuciones desde septiembre de 1993”, consignaba un informe de AI de aquel entonces.

La situación no sólo no ha amenguado sino que ha recrudecido, como se desprende de nuevos informes de AI. Hemos tenido acceso a uno de 2005, cuando se observó una enorme oferta de órganos para transplante en diversas ciudades chinas, como Shenyang. Órganos que en casi todas partes demandan meses o años de espera, el peculiar sistema de provisión de órganos chino permitía obtenerlos en semanas o días.
El comercio internacional floreció. Las divisas para China también.

Las autoridades médicas chinas se ufanan de que transplantan órganos vivos y no de personas (recién) muertas. La diferencia es sustancial porque la experiencia médica parece revelar que los transplantados con órganos retirados de cuerpos muertos tienen una sobrevida corta. Transcribimos un diálogo ilustrativo: “Aunque se consiga el órgano, el destinatario del riñón no vivirá más de dos o tres años. ¿Esto es exacto?
Respuesta: A menudo nos plantean tales cuestiones. Pero por favor, esté seguro que este plazo se aplica a transplantes de riñón donde el órgano proviene de una persona cuyo cerebro murió. Ese injerto ha sido realizado en Japón. Los transplantes de riñón efectuados en China provienen de un donante vivo. El resultado es completamente diferente de lo que usted ha oído en los hospitales o en los centros japoneses de diálisis. Desde que China comenzó el trasplante de órganos vivos hace veinte años, los médicos han practicado 5.000 transplantes de riñón (Ouyang Fei, “¿Qué se esconde detrás de los «Anuncios de órganos vivos” del Centro de transplantes de órganos de Shenyang?”, www.es.clearharmony.net/articles/200604/7870.html (6)

Aquellas lógicas preocupaciones de AI sobre la influencia en el destino de los prisioneros y de sus ejecuciones se renuevan y agigantan dado el ritmo, la intensidad y la frecuencia de las ejecuciones en la República Popular China. (7)

El gobierno de la “dictadura proletaria” china acaba de prohibir el comercio ilegal de órganos, agosto de 2007. Lo cual está muy lejos de significar que se aquiete o mengüe el comercio legal de órganos. Sencillamente las autoridades son las que llevarán adelante la actividad, la consecución de divisas. Según la BBC en un informe sobre el tema, “la industria del transplante de órganos se ha convertido en un gran negocio”. Otros investigadores señalan además la predilección de las autoridades chinas de matar dos pájaros de un tiro: extraer órganos de presos, miembros del Falun Gong, una suerte de secta o grupo ajeno al Partido Comunista, y hacer pingües negocios proveyendo de órganos a extranjeros que pagan fuertes sumas por ellos, máxime con las garantías de calidad que se le ofrecen.
Los formularios que el candidato a comprar tales órganos llena, lo dicen claramente: “De acuerdo con la ley china, la víscera será provista por hospitales públicos”, nos informa el China International Organ Transplant Center.

Si cabía sospechar un sesgo en el dictado de penas de muerte al estar éstas vinculadas con intereses extrajudiciales como la necesidad o la venta de un órgano, imaginemos ¿qué puede pasar cuando el negoción de la venta de órganos descansa sobre “enemigos del partido” o “del estado chino”, disidentes pertenecientes a una red que el gobierno combate ideológica y socialmente? Socialmente, porque los cultores del Falun Gong, practicantes de taichi-chuan y de disciplinas de mejoramiento personal y de vieja sabiduría china, se fueron haciendo muy populares en las calles chinas, al punto que algunos estiman que pasaron a ser más numerosos que los “camaradas” del partido gobernante.

Las dos Chinas, y los numerosos clientes, australianos, japoneses, israelíes, estadounidenses que se aprovechan de aquellas actividades “médicas” nos están dando el alcance del tristemente célebre tráfico de órganos, por lo visto mucho más carnal que mera imaginería de pobres y leyenda urbana de afiebrados.

Y nos queda retumbando en la cabeza…¿por qué ha “prosperado” en territorios chinos semejante actividad, tan atroz? En “una” China, ya bastaba para el horror, pero en “las dos”, con signos ideológicos tan diversos…

Luis E. Sabini Fernandez
luigi14@gmail.com

notas:
1) En 1985 en la otrora célebre devenida tenebrosa “Colonia Montes de Oca” u Open Doors se pudo rastrear a partir de dicha desaparición un comercio clandestino de córneas y de rufianismo con las internadas, deficientes psíquicas, es decir el aprovechamiento sexual, comercial e industrial de pacientes que no podían testimoniar. Su director fue encarcelado y allí murió sin revelar un ápice de los entretelones de la “Colonia”.
2) Jeremy Laurance, “Shortage of kidney and liver donors creates new international transplant trail [La escasez de donantes de riñones e hígados para transplantes crea un mercado internacional en la materia]”, <independent.co.uk> febr. 2004.
3) “Fábrica de repuestos busca urgente cuerpos humanos”, Crisis, 3ª. época, no 69, Buenos Aires, abril 1989.
4) “Tráfico de órganos: ¿leyenda imposible o mercantilización más que posible?”, futuros, no 6, verano-otoño 2004.
5) AI, ASA 38/11/91 T, ASA 38/04/92 y 38/005/1992.
6) Cfr. El comercio infame: capitalismo milenarista, valores humanos y justicia global en el tráfico de órganos de Nancy Scheper-Hughes, Department of Anthropology. University of California, 2004.
7) China tiene el triste privilegio de ser el estado que ejecuta más condenados a muerte por unidad de tiempo. Pero en una proporción mucho mayor a su población, la mayor del planeta. AI estima que en China se ejecuta muchísimo más que en todo el resto del mundo (junto). Las estimaciones van entre mil y diez mil ejecutados al año. El gobierno del PCCh señala que promete acompasarse a la teoría contemporánea dominante de reducir las condenas de muerte sólo a delitos gravísimos. La sola formulación de tal promesa deja entrever a quiénes y a cuántos han asesinado hasta ahora.

artículo publicado en Revista futuros nº11 (2008)
www.revistafuturos.com.ar

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¿A quién estamos hablando?

Publicada el 17/03/2011 - 17/03/2011 por raas

Una reflexión sobre las luchas contra la cárcel

Nos encontramos en una situación en la que si un cierto adormecimiento no se hubiese extendido por todos lados (excepto en nosotros mismos), no nos encontraríamos en la situación que nos encontramos. Si cada episodio que saca a la luz del día la arrogancia del poder suscitase una rabia capaz de llenar las calles y plazas, hoy no nos chocaríamos cotidianamente en redadas y vigilancia, en Grandes Hermanos y pequeños campos de concentración, en terrenos de bases militares y de centrales nucleares. Pero así es. Cualquier reflexión de mérito de cómo se ha podido llegar a esto puede despertar interés en la medida en que constituye una contribución a una posible inversión de la tendencia. Es decir, si ayuda a salir de esta situación de estancamiento.

Porque debemos reaccionar, no cabe duda. Pero el despertar no parece fácil. ¿Con quién queremos vernos envueltos cuando decidimos dar batalla a este mundo? ¿Nos dirigimos a todos los que lo sufren, o tenemos alguna población específica en mente? Y entonces, ¿a quién pertenecen los oídos que queremos abrir? ¿de quién son las reacciones que queremos provocar? Y sobre todo, ¿cómo lo pensamos lograr? ¿qué teclas tocar?

El trabajo clásico de contrainformación ha acabado. Está claro que el problema ya no es ‘informar a la gente de los hechos’. Los hechos ya son sabidos por todos. No es la ignorancia lo que previene la revuelta. Se tiene mucho conocimiento de lo que está ocurriendo, pero este conocimiento no provoca reacción alguna. Desde este punto de vista, denunciar la alienación producida por una Propaganda hecha omnipresente por el desarrollo tecnológico, denunciar la desrealización de nuestras emociones que nos transforma en espectadores en contemplación de aquello que una vez habría desencadenado protestas sin fin, se hace un trabajo necesario y fundamental. Pero evidentemente con esto no basta. Y aquí no nos referimos a una falta de actos que estaría bien que acompañaran siempre a las palabras, sino a la propia limitación de esta forma de crítica en sí.

En la medida que un exceso de información nos lleva paradójicamente a una situación de desinformación, un exceso de indignación nos puede llevar a la inactividad, a la parálisis. Abuso tras abuso, injusticia tras injusticia, nos estamos acostumbrando a lo peor. Nos hemos acostumbrado a lo intolerable hasta el punto de sortear con indiferencia los cadáveres todavía calientes de los masacrados. Asqueados, con todo. Los que que se vuelven sordos a las órdenes de arriba, pueden también volverse sordos a las críticas de los de abajo. El rechazo de información va de la mano con el rechazo de la protesta.

A fin de abrir finalmente una brecha en la pared de la apatía, ¿será suficiente amplificar al máximo el volumen de los sufrimientos del mundo? Apatía que, quizás vale la pena recordarlo, las más de las veces constituye una forma de autoprotección. No es humanamente soportable albergar en el corazón toda la indignación por todos los abusos, todas las heridas, todas las injusticias, sufridas. Lo demuestra la misma especialización en la que se cae quien toma la decisión de dar voz a los sin voz. Quien se ocupa de la defensa de éstos muestra ciertamente una sensibilidad y una nobleza de mente, pero también denota cierto espíritu asistencialista.

Un ponerse al servicio de los demás que a veces puede ser incluso algo embarazoso, como cuando las necesidades de las ‘asistidas’ están en contraposición con las necesidades de sus ‘asistentes’. Pero que sobre todo lleva consigo una cierta forma de intervención, que no sólo tiende a limitar el alcance de nuestra propia acción sino que crea una superioridad moral tóxica que sólo sirve para alienar más (‘ellas sufren, ¿y tú qué haces al respecto?’). Ya es extraño que, después de estar confinadas por fundar la propia causa en la nada, se decida fundarla en la causa de las otras. Pero además, ¿hacerlo cuando el altruismo está quedando sepultado bajo la aniquilación y la abulia?.

Tomemos de ejemplo la lucha contra las cárceles. En un momento en que la exaltación de la seguridad está en su momento de máximo apogeo (con los aumentos de penas para las condenadas, con la construcción de nuevos centros de reclusión, mientras se invoca desde muchas partes la ‘tolerancia cero’), y justo cuando las preocupaciones de la mayoría va con la deprimente ligereza de sus billeteras, ¿tiene algún sentido intentar alcanzar las mentes y los corazones de la gente hablando sobre miserias y desgracias de aquellas que se encuentran tras las rejas? Para nosotras, esta parecería la mejor manera de tirarnos contra la pared de goma de la indiferencia.

Esto es por lo que, desgraciadamente, no hay que sorprenderse si los boletines impresos y las iniciativas que se organizan al respecto captan el interés de tan pocos individuos. Sería mejor tomar nota: una lucha anticarcelaria que coloque los intereses de los presos en su centro, que se consagre a ellos, hoy no tiene mucha posibilidad de generalizarse. Es necesario permanecer circunscritos a una población específica, compuesta de los presos mismos, sus amigos y sus parientes.

Esto no significa abandonar la cuestión, naturalmente. Significa reconocer los límites del camino iniciado, sin pretender que nos lleve a dónde no puede llegar. Significa defender con orgullo los propios compañeros (o aquellos con los que compartimos ciertos intereses), organizarse para ayudarles de la mejor manera, sin esperar por la disponibilidad de los de fuera del círculo reducido de los interesados. Pero significa otra cosa. Significa que si queremos llevar la cuestión de la cárcel al exterior, hacerla sentir a cuantas más personas sea posible, deberemos tomar otro camino. Y este camino está por descubrir, por trazar y por abrir.

Si la indiferencia imperante se caracteriza por el desinterés hacia los demás, entonces habría que dejar de partir de la situación del otro. Si queremos hablar a los que se consideran libres, fuera de los muros de la prisión, necesitamos hablar sobre ellos, sobre sus desgracias, sobre sus problemas, sobre su condición. Sólo de esta manera, quizás, será posible captar su atención. Sólo de esta manera, quizás, les podremos mostrar que la distancia que les separa de la prisión es tan fina como una pared.

El incremento de la legislación que criminaliza cualquier pequeño acto distinto de la obediencia, en concomitancia con la rápida erosión de las condiciones de supervivencia generales, están acercando cada día más a muchos estratos de la población a las puertas de la prisión. La suya, como la nuestra, es una libertad vigilada que podría ser revocada en cualquier momento, cosa que les asocia con los presos más de lo que piensan. Además se ve como las condiciones de vida, tanto dentro como fuera de prisión, son cada vez más similares.

Tanto dentro como fuera, se trabaja y se ve la TV. Tanto dentro como fuera, se está forzado a pasar bajo los ojos siempre vigilantes de las videocámaras de vigilancia y a través de los detectores de metal. Tanto dentro como fuera se viven relaciones coactivas en espacios cada vez más restringidos. (Por lo demás, para caer arrestado por los servidores del Estado no hace falta ser militantes de bandas armadas, ni manifestantes que se defienden de la poli con el pasamontañas y el extintor en la mano. Basta con ser un/a aficionado sentado en el coche en el área de un autogrill, ser pillado en posesión de pocos gramos de estupefacientes o saltar un semáforo en rojo con la bicicleta*).

Invertimos así nuestra visión del argumento. Partimos de la cárcel de la vida cotidiana, en la que estamos todas recluidas, para introducir la cuestión carcelaria específica, en la que sólo algunas lo están. Un cambio de perspectiva que presenta no obstante desagradables contraindicaciones, supeditando por ejemplo a un segundo plano las exigencias inmediatas de las detenidas. Las cuales, si bien tienen razón en no querer ser olvidadas y excluidas de la vida de quién está fuera, no tienen ninguna en pretender que sus reivindicaciones se conviertan en la prioridad de las que por el momento son más afortunadas que ellas. Les guste o no, es la situación del exterior de la cárcel la que debe cambiar para esperar que cambie también la de dentro. Se trata de un cambio de perspectiva que también tiene consecuencias prácticas.

Para el/la que no hace de las detenidas el centro de referencia constante, qué sentido tienen las continuas concentraciones a las puertas de la cárcel? El presidio ya es en sí mismo una forma de lucha aunque limitada. La raíz latina de presidio deriva de ‘presidiare’, que significa ‘defender’. Por tanto tiene sentido defender un valle para impedir su devastación, pero ¿qué se defiende delante de la cárcel? La estructura, seguro que no. Cuanto a las detenidas que se encuentran recluidas, inútil esconder que desgraciadamente se encuentran en las manos del enemigo. No estamos en condición de defenderlas. Como mucho podemos hacer sentir nuestra presencia, hacer entender a las torturadora/es que sería mejor para ellas que fuesen con mano ligera (las ciudadanistas dirían: hacemos presión sobre las autoridades para que respeten las reglas y nuestros deseos).

“Atentos, ellos no están solos, nosotros estamos aquí”. Claro, estamos aquí…

Se puede considerar que los centros penitenciarios están en lugares desolados, por lo que las concentraciones se resuelven en encuentros entre ‘nosotros’ y ‘ellos’, subversivos y esbirros, donde intercambiamos recíprocamente insultos y miradas de odio. Ciertamente, en cualquier caso se llega a aliviar por un momento la dolorosa soledad de los detenidos y eso representa una satisfacción. Bonita, para el que está determinado a hacer cualquier cosa (que, ya se sabe, es siempre mejor que nada); fría, para el que no siente la virtud del/a voluntario. Distinto es el caso de los institutos penitenciarios que se encuentran aún en la ciudad. Aquí todavía es posible evitar el camino ciego del enfrentamiento nosotros/ellos, incluso es posible implicar a otros, esto es, todos los que hoy custodian los muros de la cárcel por el mejor lado pero que mañana podrían encontrarse en el otro.

Teniendo en cuenta la generalización existente del miedo y la pobreza, parece poco concluyente ir a contar las desgracias de otros a quién ya tiene las suyas propias por resolver. En lugar de eso tiene más sentido intentar mostrar cómo en realidad se trata de dos caras de la misma moneda, cómo los problemas de los que están en libertad podrían transformarse rápidamente en las desventuras de quien se encuentra en prisión, puesto que todos somos presos del mismo mundo. Y es aquí donde las distancias se acortan, los destinos se entrelazan, y se vuelve posible, quizás, instaurar una comunicación.

* Se trata de tres delitos recientemente incluidos en el Código Penal en Italia.

Fuente: http://www.macheteaa.org

extraído a su vez de http://klinamen.org/analisis/a-quien-estamos-hablando

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La violación como máxima expresión de libertad

Publicada el 16/03/2011 - 16/03/2011 por raas
‘Cuando uno se relaciona con otro, cuando somos dos, ya no somos libres. Uno se dispone considerando al otro, uno se modifica por el otro.’ Yeshayahu Leibovitz

Los asesinos contratados por los militares israelíes para las matanzas de Sabra y Shatila eran cristianos fundamentalistas totalmente profesionalizados en la tarea de deshacer vidas ajenas; maltratar, violar, herir, hasta matar. En 1982, en 48 horas, segaron la vida de entre mil y tres mil palestinos, casi todos mujeres y niños. Encarcelados, fueron entrevistados por un esforzadísimo equipo germano-austríaco que deja correr la filmación delante de los relatos, a veces parcos, a veces torpes, pero a veces increíblemente vívidos y gozosos de quienes añoran la libertad que tuvieron para hacer “lo que querían”, incluidas refinadas técnicas para matar una víctima inerme (Masacre, dir. M. Borgmann, L. Slim y H. Theiben, 2005).

Partimos de una base: la fuerza de seducción que ejerce todo acto de libertad. En un acto de violación alguien ejerce su libertad de la forma más radical.
Pensemos una situación cotidiana: uno ve una mujer entrando a una cabina de cobro automático, con una estampa espléndida, grácil, de curvas armoniosas, con un trasero admirable. Y sobreviene la “loca” tentación de acercarse, de soñar o delirar “equivocarse” e introducirse con ella en la cabina… uno sueña con su aquiescencia, que el contacto visual nos acerque y no nos repela, que perciba nuestra admiración y la necesite. Sólo que semejante “despliegue” se ejercería a costa de la falta más radical de libertad de la otra parte; de la mujer en este caso, como una libertad de “elección” unidireccional, sin diálogo. 

En general diría que los hombres “cualquiera” (como cree ser el que esto escribe), ni en los sueños más excitantes, ni en los ensueños más elaborados, llegan a la violación; el ensueño pasa más bien por la magia del contacto, del encuentro, de la afinidad intuitiva, de la aceptación, la confianza recíproca, la atracción también recíproca. Por lo que nos presentara Leibovitz.

En el ejemplo de la mujer entrando a la cabina hay otro elemento también en juego: el miedo. No el miedo de la abordada, que por supuesto no sólo sería legítimo sino totalmente comprensible, sino el miedo a las consecuencias que los “varones desafiados” tienen por delante: miedo a la resistencia airada, a los gritos, a los terceros, con todas sus consecuencias. Pero se trata de un reparo táctico y por lo tanto de muy menor significación ética.

El factor que considero decisivo es que abordar a la chica del cajero automático, tocarle el trasero sería un ejercicio de libertad, pero sería lesivo. Para ella. Es una libertad que no puedo permitirme. Si quiero vivir en sociedad. Vinculado con otros. Respetando y respetado. Societariamente.

Esto tiene una conclusión que puede trastornar, por no decir demoler, toda postura que se pretenda libertaria en el sentido de poner a la libertad como valor supremo. Algo que ha caracterizado a tantos anarquistas, aunque también –y de pronto eso sí es algo muy significativo para el tiempo que nos toca vivir– a la extrema derecha estadounidense, los famosos libertarians, que no constituyen sino un atroz exponente de las pretensiones de los privilegiados del planeta.

Los libertarians made in USA nos ponen enfrente del verdadero significado de la libertad cuando se la antepone a cualquier otro valor o vínculo: una discrecionalidad pura, no sólo asocial sino antisocial, un desprecio tan radical del otro (y obviamente, de la otra) que nos lleva indefectiblemente a la conclusión que la libertad irrestricta expresa el más acabado narcisismo y el más despótico de los regímenes políticos. Algo que trasunta el mismo título del manual sagrado de los Chicago Boys, Libertad de elegir, de Milton y Rose Friedman.

Zygmunt Bauman, (1) rememorando a Jean Paul Sartre, refiriéndose a los orígenes de la moralidad señala : “En presencia del alter ego (es decir, en el mundo) mi ser para mí mismo es también, de forma indeleble, ser para el otro.” Y rematará sus reflexiones, basándose en Emmanuel Levinas, que erige a la responsabilidad como fundamento de la vida en sociedad: “La responsabilidad es la estructura esencial, primaria y fundamental de la subjetividad.”

Luis E. Sabini Fernàndez

nota:
1) Modernidad y holocausto, Ediciones Sequitur, 1998, p. 236.


artículo publicado en Revista futuros nº10 www.revistafuturos.com.ar

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La crisis como momento de la dominación social

Publicada el 13/03/2011 - 24/08/2023 por Ecotropía

1. Una de las consecuencias más nefastas de la consolidación del discurso sobre «la crisis económica», es la reaparición del izquierdismo, que viene a entonar un coro que suena más o menos a «ya lo habíamos dicho nosotros: el capitalismo se hunde por sí mismo, y ahora es nuestro turno».

Por Juanma Agulles

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Máquinas de guerra: Blackwater, Monsanto y Bill Gates

Publicada el 03/03/2011 - 03/03/2011 por raas

Un reporte de Jeremy Scahill publicado en The Nation reveló que el ejército mercenario más grande del mundo, Blackwater (ahora llamado Xe Services) le vendió servicios clandestinos de espionaje a la trasnacional Monsanto.

Blackwater cambió de nombre en 2009, luego de hacerse famosa en el mundo por las denuncias sobre sus abusos en Irak, incluidas masacres de civiles. Sigue siendo el mayor contratista privado del Departamento de Estado de Estados Unidos en servicios de seguridad, es decir para practicar el terrorismo de Estado dándole al gobierno la posibilidad de negarlo.

Muchos militares y ex oficiales de la CIA trabajan para Blackwater o alguna de las empresas vinculadas que creó para desviar la atención de su mala fama y generar más lucros vendiendo sus nefastos servicios –que van desde información y espionaje hasta infiltración, cabildeo político y entrenamiento paramilitar– a otros gobiernos, bancos y empresas trasnacionales. Según Scahill los negocios con trasnacionales –como Monsanto, Chevron, y gigantes financieros como Barclays y Deutsche Bank– se canalizan a través de dos empresas que son propiedad de Erik Prince, dueño de Blackwater: Total Intelligence Solutions y Terrorism Research Center. Éstas comparten oficiales y directivos de Blackwater.

Uno de ellos, Cofer Black, conocido por su brutalidad siendo uno de los directores de la CIA, fue quien hizo contacto con Monsanto en 2008 como directivo de Total Intelligence, concertando el contrato con la compañía, para espiar e infiltrar a organizaciones de activistas por los derechos de los animales, contra los transgénicos y otras sucias actividades del gigante biotecnológico.

Contactado por Scahill, el ejecutivo Kevin Wilson de Monsanto se negó a hablar, pero posteriormente confirmó a The Nation que habían contratado a Total Intelligence en 2008 y 2009, según Monsanto solamente para hacer seguimiento de información pública de sus opositores. Dijo además, que Total Intelligence era una entidad totalmente separada de Blackwater.

Sin embargo, Scahill cuenta con copias de los correos electrónicos de Cofer Black posteriores a la reunión con Wilson de Monsanto, donde les explica a otros ex agentes de la CIA, usando sus direcciones electrónicas de Blackwater, que la discusión con Wilson fue que Total Intelligence se convertiría en el brazo de inteligencia de Monsanto, espiando activistas y otras acciones, incluido que nuestra gente se integre legalmente a esos grupos. Monsanto pagó a Total Intelligence 127 mil dólares en 2008 y 105 mil dólares en 2009.

No asombra que una empresa de ciencias de la muerte como Monsanto, que se ha dedicado desde sus orígenes a producir tóxicos y desparramar venenos, desde el Agente Naranja hasta los PCB (policlorobifenilos), agrotóxicos, hormonas y semillas transgénicas, se asocie con otra empresa de matones.

Casi al mismo tiempo que la publicación de este artículo en The Nation, la Vía Campesina denunció la compra de 500 mil acciones de Monsanto, por más de 23 millones de dólares por la Fundación Bill y Melinda Gates, que con esto se terminó de sacar su careta de filantrópica. Otra asociación que no sorprende.

Se trata de un casamiento entre los dos monopolios más brutales de la historia del industrialismo: Bill Gates controla más de 90 por ciento del mercado de programas patentados de computación y Monsanto cerca de 90 por ciento del mercado mundial de semillas transgénicas y la mayoría del mercado global de semillas comerciales. No existen en ningún otro rubro industrial monopolios tan vastos, cuya propia existencia es una negación del cacareado principio de competencia de mercado del capitalismo. Tanto Gates como Monsanto son muy agresivos en la defensa de sus mal habidos monopolios.

Aunque Bill Gates intente decir que la Fundación no está ligada a sus actividades comerciales, todo lo que ésta hace demuestra lo contrario: gran parte de sus donaciones terminan favoreciendo las inversiones comerciales del magnate, además de que en realidad no dona nada, sino que en lugar de pagar impuestos a las arcas públicas, invierte sus ganancias donde le favorezca económicamente, includa como propaganda de sus supuestas buenas intenciones. Por el contrario, sus donaciones financian proyectos tan destructivos como la geoingeniería o la sustitución de medicinas naturales y comunitarias por medicamentos patentados de alta tecnología en las zonas más pobres del mundo. Qué coincidencia, los mexicanos Julio Frenk (ex-secretario de Salud) y el ex-presidente Ernesto Zedillo son consejeros de la Fundación.

Al igual que Monsanto, Gates se dedica también a tratar de destruir la agricultura campesina en todo el planeta, principalmente a través de la llamada Alianza para una Revolución Verde en África (AGRA). Ésta funciona como caballo de Troya para despojar a los campesinos africanos pobres de sus semillas tradicionales, sustituyéndolas por semillas de las empresas primero, y finalmente por transgénicos. Para ello, la Fundación contrató en 2006, justamente a Robert Horsch, un director de Monsanto. Ahora Gates, venteando mayores ganancias, se fue directo a la fuente.

Blackwater, Monsanto y Gates son tres caras de la misma figura: la máquina de guerra contra el planeta y la mayoría de la gente que lo habita, sean campesinos y campesinas, indígenas, comunidades locales, gente que quiere compartir información y conocimientos o cualquier otro que no quiera estar en la égida de lucro y destrucción del capitalismo.

Silvia Ribeiro

fuente: www.jornada.unam.mx

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El final del estado de derecho

Publicada el 06/02/2011 - 06/02/2011 por raas

Introducción

La lucha antiterrorista no tiene sentido en sí misma, en cuanto que sólo muestra a dos adversarios miméticos: el Estado y la organización terrorista; la violencia “legítima” contra la violencia redentora. Hay pues que invertir este discurso de tipo religioso de lucha del «bien contra el mal» para destacar lo que verdaderamente está en juego, que es una profunda modificación en la organización del poder, un cambio de régimen político. Para ello hay que quitarle el velo a esta realidad virtual y acudir a los hechos, pues de lo que se trata es de destacar el conjunto de las modificaciones que se han producido en las relaciones sociedad/Estado. Esta transformación se registra en el campo del derecho penal, cuya función es doble, pues formaliza y legitima los cambios producidos y se convierte en el instrumento privilegiado para esa mutación.

El 11 de septiembre

Los atentados del 11 de septiembre aceleraron enormemente la transformación de los códigos penales y de procedimiento penal vigentes desde hacía muchos años. En los meses posteriores, incluso días, los gobiernos tomaron medidas que restringieron las libertades públicas y privadas. Resulta sorprendente la rapidez con la que se votaron las diferentes leyes. Esto se comprende más fácilmente si se tiene en cuenta el hecho de que la mayoría de estas modificaciones se habían realizado o previsto mucho antes de los atentados. Así, para la Unión Europea, de las once proposiciones presentadas inmediatamente después de los atentados, seis ya habían sido examinadas antes del 11 de septiembre y otras cuatro estaban en preparación. Sólo se añadió un nuevo punto, que proyectaba modificar las leyes sobre el derecho de asilo y la emigración para adaptarlas a la lucha antiterrorista.

El correo electrónico que una consejera del ministerio de Comercio británico envió a unos colegas del ministerio una hora después del ataque puede resumir lo que estaba en juego en estas disposiciones: «Hoy es un día muy bueno para sacar y aprobar discretamente todas las medidas que debemos tomar».

Las medidas adoptadas con ocasión de los atentados ultimaron la mutación del derecho penal y le confirieron legitimidad. Y es que se puede hablar de una verdadera mutación, ya que lo que se estaba reconsiderando era la propia existencia del Estado de derecho. Lo que se había llevado a cabo en silencio salía a plena luz del día y quedaba justificado de forma retrospectiva. Esto no significa que los procesos de decisión se volvieran transparentes. Al contrario, todas las leyes se votaron sin ser debatidas en la sociedad civil o en el Parlamento. La ausencia de confrontación sobre el contenido de las legislaciones dio lugar a un discurso paradójico: se trataba de medidas justificadas por la urgencia pero que se inscribían en una guerra de largo recorrido contra el terrorismo.

De esta forma, el estado de urgencia se estaba inscribiendo en la duración como una nueva forma de régimen político que tenía por vocación la defensa de la democracia y de los derechos humanos. En otras palabras, durante un largo período de tiempo el ciudadano debía estar dispuesto a renunciar a sus libertades concretas para mantener un orden democrático autoproclamado y abstracto.

El hecho de que la mayoría de estas actuaciones adopten la forma de la ley indica claramente que el poder se compromete a largo plazo. Y para ello busca tanto nuevas legitimidades como que las propias poblaciones den su consentimiento al desmantelamiento de sus garantías constitucionales. El ejemplo de Estados Unidos confirma la eficacia de esta política. Los sondeos indican que cada vez hay más personas dispuestas a tolerar la creciente vigilancia y a hacer concesiones respecto a los derechos que garantizan su vida privada.

Como escribe Didier Bigo, «definir el terrorismo es definir lo que es democrático y lo que no lo es». Se considera que son naturalmente democráticos los regímenes establecidos que colaboran con una política antiterrorista organizada a nivel internacional. En cambio, todo movimiento político de oposición radical a un régimen insertado en una política internacional de lucha contra el terrorismo puede ser criminalizado. Por ejemplo, la lista de las organizaciones terroristas promulgada por el Consejo de la Unión Europea incluye al PKK, partido kurdo que preconiza la lucha armada contra el Estado turco. Esta disposición europea criminaliza a un movimiento de oposición armada al poder y legitima así a un gobierno conocido por sus sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

La lucha antiterrorista se convierte en un instrumento privilegiado para la legitimación del poder. Cualquier gobierno, sea cual sea su política, y siempre y cuando se una al «campo del bien contra el campo del mal», es investido con la misión de la defensa de las libertades fundamentales. Así que el poder se plantea como algo que es esencialmente democrático. Un buen ejemplo de este reconocimiento recíproco y automático por parte de los Estados miembros de la Unión Europea, es el establecimiento de la orden de detención europea.

Un acto constituyente

Tradicionalmente era la guerra la que hacía a un país soberano. Y eso mismo ocurre hoy con la «guerra contra el terrorismo», aunque en este caso, la guerra son varias cosas al mismo tiempo: operación policial, gestión de la sociedad mediante la coacción, y acto de guerra. La lucha antiterrorista abole la distinción entre enemigo y criminal y la guerra se reduce a una simple operación policial contra unos Estados canallas. Cualquier movimiento social puede ser criminalizado en nombre de la acción contra el terrorismo, y los textos legales permiten perseguir cualquier acción radical de un movimiento que tenga por objetivo influenciar la política gubernamental o presionar a una organización internacional.

La lucha antiterrorista es una lucha de larga duración contra un enemigo virtual que se redefine constantemente. Su objetivo es redibujar la organización de la sociedad, y en ese proceso el derecho penal adquiere un papel constituyente. Es un acto de autoridad suprema.

Las legislaciones antiterroristas tienen por objeto establecer procedimientos penales derogatorios a todos los niveles del proceso penal, desde el momento de la investigación al del juicio, consagrando la primacía del procedimiento sobre la ley, y tratando de que domine el procedimiento de excepción. En cuanto a las medidas asociadas, éstas establecen un control de la vida privada mediante la retención de datos relacionados con el tráfico de internet y la violación del secreto del correo electrónico. La mutación es tan significativa que trasbalsan completamente la norma y las derogaciones se convierten en regla. Como forma de organización política, el procedimiento de excepción sustituye a la Constitución y a la Ley.

Las últimas leyes antiterroristas ya no surgen –como ocurría con las legislaciones precedentes– de iniciativas nacionales relativamente independientes unas de otras, sino que son promovidas por instituciones internacionales como el G8, el Consejo de Europa o la Unión Europea. Esto tiene como efecto la generalización de este tipo de leyes al conjunto de los Estados, incluso a aquellos que nunca se han visto enfrentados a una amenaza terrorista. Las últimas legislaciones son una respuesta de los Estados nacionales a sus obligaciones internacionales, o sea y esencialmente, a las demandas estadounidenses. Porque una de las características específicas de la situación actual es el lugar ocupado por Estados Unidos en este proceso, en el que la lucha antiterrorista es constitutiva de su dirección imperial.

Por lo que se refiere a la intervención legal de las comunicaciones, los textos legales más recientes responden en gran medida a las especificaciones reclamadas desde hace muchos años por el FBI. En materia de criminalidad informática, esta policía federal estadounidense tiene la posibilidad de organizar directamente a las policías de la mayoría de los demás países. La capacidad de que dispone Estados Unidos para influir en el contenido de los textos legales de los demás países respecto a la lucha antiterrorista confirma su papel de vanguardia en la modernización del poder a nivel mundial.

Las disposiciones adoptadas a raíz del 11 de septiembre permitieron al ejecutivo estadounidense subordinar aún más al sistema político estadounidense los aparatos policiales y judiciales europeos. Los acuerdos de extradición y de cooperación judicial, firmados recientemente entre Estados Unidos y la Unión Europea, hacen de los tribunales especiales estadounidenses la base sobre la que se constituye el nuevo orden mundial. Por lo que sabemos, estos acuerdos –la mayoría de los cuales siguen siendo secretos– están construidos de tal manera que las autoridades estadounidenses pueden plantear y conseguir permanentemente nuevas exigencias. La cooperación policial con Estados Unidos autoriza también un intercambio y una utilización incontrolable de los datos personales.

Las medidas antiterroristas desvelan un aspecto más del papel desempeñado por Estados Unidos: el del dominio directo de una superpotencia sobre los demás Estados. El primer elemento de esta relación de poder se inscribe en la capacidad legal de privilegiar la nacionalidad estadounidense, concediéndole unos derechos especiales. Esto se manifiesta fundamentalmente en el trato diferenciado que las legislaciones estadounidenses establecen entre los nacionalesy los residentes de nacionalidad extranjera. En materia de terrorismo y de criminalidad organizada, los tribunales estadounidenses se otorgan una competencia universal, así como derechos extraterritoriales. La posición estadounidense en relación a Iraq –es decir, el derecho que se confiere Estados Unidos para derrocar cualquier régimen no alineado–, constituye el aspecto militar de esta relación.

El desarrollo de la cooperación transatlántica en el marco de la lucha contra el terrorismo revela el carácter orgánico del derecho penal en la formación de la estructura imperial. La Unión Europea se sitúa bajo la hegemonía estadounidense en lo que se refiere a la organización del control de las poblaciones. Y respecto a Estados Unidos, sus exigencias se refieren más bien a la capacidad de sus instituciones policiales o judiciales para eludir las estructuras formales de los poderes ejecutivos y judiciales europeos. Por consiguiente, para este Estado se trata de reclamar unos
derechos particulares, directamente relacionados con su estatuto de potencia dominante.

La guerra contra Iraq y la lucha contra el terrorismo representan dos aspectos complementarios de la organización del poder a nivel mundial. La creación de un mando integrado –el Imperio–, es una cuestión compleja. Adquiere la forma de una contradicción entre el dominio ejercido por un Estado nacional concreto, Estados Unidos, y la capacidad de este Estado para representar políticamente a la fracción dominante del capital multinacional.

El Imperio no hace desaparecer la forma nacional del Estado, pero la dirección imperial la ejerce el Estado norteamericano, que es el único en conservar todas las prerrogativas –ejército, moneda, policía, aparato judicial– propias de este tipo de Estado. Los demás Estados nacionales subsisten, pero bajo una nueva forma, que sólo incluye las materias de mantenimiento del orden y de control social, de tal modo que se integran en el orden imperial como estructuras subalternas.

Pero esta compleja articulación plantea problemas, especialmente en lo que se refiere a las guerras preventivas que deben asegurar la perpetuidad del mando integrado. Es en este punto en donde se manifiestan las divergencias entre las distintas naciones. Por ejemplo, los intereses petrolíferos de Estados Unidos son diferentes de los de las compañías francesas. Tampoco comparten todos los Estados la voluntad de la administración Bush de desestabilizar el conjunto de Oriente Próximo y de proceder a políticas de ocupación directa de los territorios conquistados. El éxito de la política imperial supone que, como en la Guerra del Golfo de 1991, los Estados nacionales abandonen sus intereses específicos en beneficio de los de Estados Unidos.

A los diferentes Estados no les resulta tan problemático el desarrollo del segundo aspecto de la dirección imperial, que es el control de las poblaciones, y, por lo tanto, este aspecto crea menos tensiones en el ejercicio de un mando globalizado. Y aunque haya tenido mucho menos eco mediático, este proceso ya se había iniciado hacía tiempo. En el curso de los diez últimos años Estados Unidos ha venido proclamando un conjunto de reivindicaciones en materia de lucha contra el crimen organizado y el terrorismo. Y estas exigencias se han ido teniendo progresivamente en cuenta por parte de los demás Estados, que han ido transformando poco a poco –aunque en profundidad– sus enfoques penales.

El 11 de marzo

Cuando se produjeron los atentados del 11 de marzo de 2004 en España, vimos aparecer en las pantallas de nuestras televisiones a un conjunto de «especialistas» en terrorismo que creaban una amalgama entre al Qaeda, ETA y distintos refugiados políticos, convirtiendo al terrorismo en un término genérico que debía sustituir al conjunto de las situaciones concretas.

Una de las medidas unánimemente reclamada para conjurar este peligro uniforme, fue la inmediata creación de una orden de detención europea. La orden de detención europea permite una entrega casi automática por parte de un Estado miembro de una persona reclamada por una autoridad judicial de otro Estado miembro. En comparación con los procedimientos de extradición, esta orden suprime todos los controles políticos y jurídicos que se refieren al fondo y la legalidad del requerimiento, así como los posibles recursos contra éste. Así, la petición es satisfecha y legitimada incondicionalmente por los demás países, sea cual sea su legalidad o su conformidad con los principios de un Estado de derecho.

La orden debería entrar en vigor el 1 de enero de 2004. A pesar de ser adoptada por la Unión Europea y estar ya integrada en la mayoría de las legislaciones nacionales, a esta medida le costaba ponerse en marcha. Una de las primeras consecuencias de los atentados del 11 de marzo fue acabar con las últimas reticencias que había respecto a la utilización de este procedimiento, así como el reforzamiento de medidas incontrolables tomadas en el marco de la cooperación judicial y policial entre los países europeos. Así que se produjo una aceleración del procesode suspensión de las garantías constitucionales que se había establecido el día después al 11 de septiembre.

Las primeras medidas previstas se referían al refuerzo de la cooperación policial y judicial. Una «capacidad de información» cuya función sería analizar las informaciones proporcionadas por los servicios secretos y las policías de los Estados miembro. También se trataba de adoptar legislaciones que permitieran a los investigadores de varios países trabajar en equipos comunes, así como ratificar una convención de ayuda mutua judicial en materia penal. Igualmente, estaba previsto favorecer el intercambio de datos dehuellas dactilares y de lecturas biométricas.

El Consejo de jefes de Estado y de gobierno también quería implantar para antes de 2005 pasaportes y documentos de identidad con datos como la fotografía del iris del ojo y las huellas dactilares. En ese mismo sentido, las compañías aéreas tendrían la obligación de comunicar a las autoridades aduaneras y policiales europeas informaciones varias sobre sus pasajeros. Esta medida ya estaba en vigor –para beneficio de las autoridades estadounidenses– en los vuelos trasatlánticos.

Pero esto no era nuevo. Ya desde hacía tiempo se venían discutiendo estas diferentes medidas, como los pasaportes o los documentos de identidad con un microchip que contuviera datos biométricos. Así que los atentados fueron simplemente una oportunidad para vencer las resistencias a estas medidas liberticidas. Si nos referimos a los atentados de Madrid, la eficacia de estas medidas resulta muy dudosa, puesto que las personas detenidas llevaban mucho tiempo instaladas en España y no andaban cruzando las fronteras, de modo que no podían ser localizadas por esos medios. En cambio, esas medidas resultaban perfectamente adecuadas para una gestión policial de las poblaciones.

La organización Statewatch demostró que, de las 57 medidas previstas por el Consejo de jefes de Estado y de gobierno del 25 y 26 de marzo de 2004, 27 de esas propuestas no tenían nada o muy poco que ver con el terrorismo. Su objetivo no era asegurar la vigilancia de grupos determinados, sino del conjunto de las poblaciones a través del control de las comunicaciones.

Los atentados de Londres

A raíz de los atentados del 7 de julio de 2005 y de los ataques fallidos del 21 de julio en Gran Bretaña, el gobierno de este país presentó toda una serie de medidas para afrontar la amenaza terrorista. Como escribió The Guardian, la respuesta de los políticos y de la policía fue crear pánico e histeria. Patrullas armadas iban y venían por las calles deteniendo a decenas de personas. Un hombre inocente fue abatido por ocho balas, siete de ellas en la cabeza.

El portavoz de la policía, al tiempo que justificaba su acción por el hecho de que supuestamente el individuo se estaba dando a la fuga, reclamó el derecho de abatir públicamente a cualquier presunto terrorista. Incluso después de que las cámaras de videovigilancia revelaran que las autoridades habían mentido descaradamente y que la persona abatida no sólo no huía sino que estaba inmovilizada en el suelo, la policía siguió manteniendo la reivindicación de «tirar a matar».

En materia de terrorismo, el gobierno británico tiene el proyecto de proceder a audiencias judiciales sin jurado, en el curso de las cuales se podría detener a un sospechoso sin que haya sido inculpado. «Lo que se sugiere es un período prudente de detención de los sospechosos para llevar a cabo la investigación satisfactoriamente», indicó el ministro de Asuntos Constitucionales, Lord Falconer. Se trataría de establecer un lugar cerrado, al abrigo de los medios de comunicación y del público, en donde no pudieran divulgarse las informaciones sensibles. Los sospechosos estarían representados por abogados que hubieran superado una investigación de seguridad, es decir, admitida por la acusación. Así, los derechos de la defensa se verían especialmente reducidos, puesto que estos abogados no podrían revelar a su cliente las pruebas en virtud de las cuales estaban detenidos.

Estas informaciones «sensibles» sólo serían examinadas por un juez especializado. Así, el proyecto del gobierno sería instalar un procedimiento de «pre-proceso» y, por medio de éste, un tribunal de excepción, presidido por este juez especializado en materia de terrorismo, que no dispondría de ningún poder de investigación, que sería competencia exclusiva de la policía. Este procedimiento permitiría ampliar la detención preventiva al menos a tres meses. Pero esto sólo sería una primera etapa, puesto que el gobierno ya proyecta la posibilidad de establecer una detención preventiva de duración indeterminada.

La ampliación de la prisión preventiva también es una de las medidas contenidas en el nuevo proyecto de ley antiterrorista, Terrorism Bill, presentado el 15 de septiembre de 2005 por el ministro del Interior, Charles Clarke. El texto crea nuevas incriminaciones, como la «glorificación» del terrorismo o la «propagación» de publicaciones terroristas. Este último delito tendría como objetivo las librerías islamistas, pero podría tener un uso muy amplio. También aumenta considerablemente las penas vinculadas a actos que ya eran perseguidos legalmente. Así, la «preparación» de atentados se castigaría con la detención de por vida; la «incitación indirecta» a actos terroristas podría suponer una pena de siete años y la «incitación» al terrorismo una encarcelación de diez años.

Para favorecer la expulsión de los extranjeros sospechosos de tener relación con el terrorismo se hacía necesario modificar la legislación británica sobre derechos humanos. El 24 de agosto el ministro del Interior (Home Secretary) Charles Clarke publicó un conjunto de comportamientos considerados inaceptables y que justificarían la expulsión del territorio británico. Esta lista no era exhaustiva y podía ser completada por el gobierno en cualquier momento, e incluía especialmente hechos como «fomentar, justificar o glorificar la violencia terrorista», «incitar a provocar actos terroristas», o «favorecer la violencia inter-étnica en Gran Bretaña». Así, en este contexto, «escribir, producir, publicar o distribuir material, tomar la palabra en público (el hecho de predicar inclusive), visitar una página web o utilizar un puesto de responsabilidad como la de profesor o de dirigente de una comunidad», podrían llevar a un individuo a su expulsión.

Este tipo de disposiciones permiten atacar a cualquier persona que defienda una acción violenta contra cualquier gobierno constituido, sea cual sea la naturaleza de su régimen político. Mientras ejercía la presidencia de la Unión Europea, el gobierno británico trató de acelerar –y, sobre todo, de orientar– la cooperación policial y judicial en el seno de la Unión. En varias ocasiones anunció su intención de reconsiderar la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la protección de los refugiados.

Al prohibir la tortura y los tratos inhumanos y degradantes, el Tribunal –que se ocupa de aplicar la Convención Europea de los Derechos Humanos–, siempre se ha opuesto a la devolución de los refugiados cuando sufren la amenaza de recibir tales tratos. Charles Clarke considera que esta lectura de la Convención impide a los Estados europeos expulsar a los extranjeros sospechosos de terrorismo bajo el pretexto de que podrían ser torturados o maltratados en sus países de origen.

De modo que esta interpretación del artículo 3 de la Convención Europea de los Derechos Humanos se opone al plan del gobierno británico destinado a expulsar a su país de origen a los extranjeros acusados de apología del terrorismo, o a deportarlos a países terceros en donde podrían ser torturados.

Pero la idea del gobierno no es atacar directamente a la Convención, sino hacerla inoperante, «reequilibrando» la jurisprudencia del Tribunal para que tenga en cuenta la nueva situación creada por el terrorismo, lo que el ministro Clarke llama las «circunstancias del mundo moderno». Y en ese camino, el ministro británico ha encontrado aliados: los gobiernos de Italia, Lituania, Portugal y Eslovaquia. Estos países esperan persuadir al Tribunal de Estrasburgo para que revise sus juicios, que estipulan que el derecho de una persona a no ser torturada es absoluto y que ese derecho no puede anularse por una cuestión de seguridad nacional.

El final del estado de derecho

Durante una conferencia de prensa celebrada el 5 de agosto de 2005, Tony Blair proclamó claramente que «nadie debe dudar de que las reglas del juego han cambiado».Y aunque Blair justificó estas reformas por la existencia de atentados, las reglas ya habían sufrido mutaciones antes de que se produjeran los mismos.

Lo específico de los atentados de Londres en relación a los perpetrados en Nueva York o Madrid era el hecho de que los supuestos autores poseían la nacionalidad del país en el que se habían producido los hechos. Generalmente las leyes, por ejemplo, la estadounidense USA Patriot Act o la británica Anti-terrorism, Crime and Security Act 2001, prevén medidas arbitrarias de encarcelación de aquellos extranjeros que el poder ejecutivo considere terroristas.

Sin embargo, la Prevent Terrorism Bill, que entró en vigor en marzo de 2005, autorizaba al gobierno británico –aunque no tuviera pruebas– a tomar medidas administrativas privativas de libertad, como el arresto domiciliario o el brazalete electrónico, contra cualquier persona simplemente sospechosa de haber participado en actividades terroristas. Este procedimiento ya no afectaba sólo a los extranjeros sino también a los nacionales. La entrada en vigor de la ley, que suprimía el habeas corpus de los ciudadanos ingleses, fue anterior a los atentados de Londres. Se había anticipado a los hechos que le servían de justificación.

Las medidas privativas de libertad son el aspecto más espectacular de las leyes antiterroristas. Sin embargo, también van acompaña-das de disposiciones que permiten controlar la vida privada y pública del conjunto de los ciudadanos.

Asistimos a un desmantelamiento del Estado de derecho, tanto en su forma –como «disposición jerarquizada de normas jurídicas»–, como en su contenido –un conjunto de libertades públicas y privadas garantizadas por la ley. La reconsideración de la manera en que la sociedad es dirigida por el Estado sólo puede llevarse a cabo mediante una inversión de la primacía de la ley sobre el procedimiento. Lo que es específico de la situación actual no es tanto la acentuación de la tutela ejercida por el ejecutivo sobre el Parlamento como la estrecha instrumentalización del poder judicial y, en la práctica, su subordinación a la policía.

Ya no se trata simplemente de una suspensión del derecho ni de una restricción de los mecanismos de protección de las libertades fundamentales de ciertas categorías de individuos o de capas sociales situadas al margen de la sociedad. La especificidad de estas últimas legislaciones reside en su alcance general, y afectan no sólo a unos individuos y a unas organizaciones determinadas sino al conjunto de la población. De modo que se produce un cambio radical del derecho penal. Contrariamente a lo que generalmente se nos dice, los atentados terroristas, sean cuales sean, no son el elemento fundador de la modificación del orden de derecho. Ni la mutación de los modos de organización del poder puede explicarse mediante un elemento externo, sino analizando su estructura interna. La mutación del derecho es quien mejor revela la transformación global de la relación sociedad/ Estado.

Aunque es cierto que «lo político adquiere hoy la apariencia de lo jurídico», el hecho de que este estudio se centre en las transformaciones penales no indica una voluntad de quedarse en el fenómeno, ahí donde se presentan las cosas. El derecho no es sólo ideología sino también un modo efectivo de regulación de la sociedad. Su mutación indica el establecimiento de una nueva estructura política y es su legitimación. Así, el análisis jurídico no se referirá tanto a la relación de dominio en un sentido estricto como a la relación de hegemonía.

Por consiguiente, el estudio que aquí se propone se presenta como una contribución al análisis de la forma actual del Estado, y aunque descansa en el estudio de las leyes, eso no significa de ningún modo que se base en una concepción del poder que lo reduzca todo a un conjunto de relaciones jurídicas. Constatar la juridización de las relaciones sociales no significa dejar de tener en cuenta las transformaciones sociales y políticas operadas por la globalización del poder económico. Al contrario, pondrá en evidencia el enorme impacto que la globalización financiera ha supuesto en la formación de lo político.

Jean-Claude Paye

Introducción del libro «El final del Estado de derecho», ed. Hiru (2008)
Extraído del Dossier Leyes de excepción, represión y control sobre las poblaciones aparecido en la revista Ekintza Zuzena nº36 http://www.nodo50.org/ekintza

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La cultura de la muerte en la sociedad del espectáculo

Publicada el 30/01/2011 - 02/11/2022 por Ecotropía

Desde las Danzas de la Muerte medievales nunca como hoy estuvo la muerte tan presente de tantas maneras coincidiendo con esta cultura decadente que la usa de espectáculo, espantapájaros y como negocio.

Por Originario

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La colonialidad del poder. Entrevista con Ramón Grosfoguel

Publicada el 28/01/2011 - 29/01/2025 por Ecotropía

Ranón Grosfoguel, es un sociólogo puertorriqueño nacido en Puerto Rico, perteneciente al Grupo modernidad/colonialidad (Grupo M/C) que se desempeña en la Universidad de California en Berkeley. Define su pensamiento como perteneciente a la corriente decolonial, superadora de la corriente poscolonial con la que se considera emparentado. (Wikipedia)

Por Angélica Montes Montoya y Hugo Busso
revista Polis*

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(libro) La sociedad del espectáculo

Publicada el 26/01/2011 - 15/09/2018 por raas

Por Guy Debord

Capítulo 1
La separación consumada

“Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ’sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado.” Feurbach, prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo.

1
Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.

2
Las imágenes que se han desprendido de cada aspecto de la vida se fusionan en un curso común, donde la unidad de esta vida ya no puede ser restablecida. La realidad considerada parcialmente se despliega en su propia unidad general en tanto que seudo-mundo aparte, objeto de mera contemplación. La especialización de las imágenes del mundo se encuentra, consumada, en el mundo de la imagen hecha autónoma, donde el mentiroso se miente a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente.

3
El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada.

4
El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.

5
El espectáculo no puede entenderse como el abuso de un mundo visual, el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Es más bien una Weltanschauung que ha llegado a ser efectiva, a traducirse materialmente. Es una visión del mundo que se ha objetivado.

6
El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de la elección ya hecha en la producción y su consumo corolario. Forma y contenido del espectáculo son de modo idéntico la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la presencia permanente de esta justificación, como ocupación de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna.

7
La separación misma forma parte de la unidad del mundo, de la praxis social global que se ha escindido en realidad y en imagen. La práctica social, a la que se enfrenta el espectáculo atónomo, es también la totalidad real que contiene el espectáculo. Pero la escisión en esta totalidad la mutila hasta el punto de hacer aparecer el espectáculo como su objeto. El lenguaje espectacular está constituido por signos de la producción reinante, que son al mismo tiempo la finalidad última de esta producción.

8
No se puede oponer abstractamente el espectáculo y la actividad social efectiva. Este desdoblamiento se desdobla a su vez. El espectáculo que invierte lo real se produce efectivamente. Al mismo tiempo la realidad vivida es materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y reproduce en sí misma el orden espectacular concediéndole una adhesión positiva. La realidad objetiva está presente en ambos lados. Cada noción así fijada no tiene otro fondo que su paso a lo opuesto: la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente.

9
En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso.

10
El concepto de espectáculo unifica y explica una gran diversidad de fenómenos aparentes. Sus diversidades y contrastes son las apariencias de esta apariencia organizada socialmente, que debe ser a su vez reconocida en su verdad general. Considerado según sus propios términos, el espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, y por tanto social, como simple apariencia. Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida; como una negación de la vida que se ha hecho visible.

11
Para describir el espectáculo, su formación, sus funciones, y las fuerzas que tienden a disolverlo, hay que distinguir artificialmente elementos inseparables. Al analizar el espectáculo hablamos en cierta medida el mismo lenguaje de lo espectacular, puesto que nos movemos en el terreno metodológico de esta sociedad que se manifiesta en el espectáculo. Pero el espectáculo no es nada más que el sentido de la práctica total de una formación socio-económica, su empleo del tiempo. Es el momento histórico que nos contiene.

12
El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que “lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece”. La actitud que exige por principio es esta aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho por su forma de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.

13
El carácter fundamentalmente tautológico del espectáculo se deriva del simple hecho de que sus medios son a la vez sus fines. Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna. Recubre toda la superficie del mundo y se baña indefinidamente en su propia gloria.

14
La sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo.

15
Como adorno indispensable de los objetos hoy producidos, como exponente general de la racionalidad del sistema, y como sector económico avanzado que da forma directamente a una multitud creciente de imágenes-objetos, el espectáculo es la principal producción de la sociedad actual.

16
El espectáculo somete a los hombres vivos en la medida que la economía les ha sometido totalmente. No es más que la economía desarrollándose por sí misma. Es el reflejo fiel de la producción de las cosas y la objetivación infiel de los productores.

17
La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social había implicado en la definición de toda realización humana una evidente degradación del ser en el tener. La fase presente de la ocupación total de la vida social por los resultados acumulados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener al parecer, donde todo “tener” efectivo debe extraer su prestigio inmediato y su función última. Al mismo tiempo toda realidad individual se ha transformado en social, dependiente directamente del poder social, conformada por él. Solo se permite aparecer a aquello que no existe.

18
Allí donde el mundo real se cambia en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver por diferentes mediaciones especializadas el mundo que ya no es directamente aprehensible, encuentra normalmente en la vista el sentido humano privilegiado que fue en otras épocas el tacto; el sentido más abstracto, y el más mistificable, corresponde a la abstracción generalizada de la sociedad actual. Pero el espectáculo no se identifica con el simple mirar, ni siquiera combinado con el escuchar. Es lo que escapa a la actividad de los hombres, a la reconsideración y la corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Allí donde hay representación independiente, el espectáculo se reconstituye.

19
El espectáculo es el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental que fue una comprensión de la actividad dominada por las categorías del ver, de la misma forma que se funda sobre el despliegue incesante de la racionalidad técnica precisa que parte de este pensamiento. No realiza la filosofía, filosofiza la realidad. Es vida concreta de todos lo que se ha degradado en universo especulativo.

20
La filosofía, en tanto que poder del pensamiento separado y pensamiento del poder separado, jamás ha podido superar la teología por sí misma. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha podido disipar las nubes religiosas donde los hombres situaron sus propios poderes separados: sólo los ha religado a una base terrena. Así es la vida más terrena la que se vuelve opaca e irrespirable. Ya no se proyecta en el cielo, pero alberga en sí misma su rechazo absoluto, su engañoso paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada en el interior del hombre.

21
A medida que la necesidad es soñada socialmente el sueño se hace necesario. El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño.

22
El hecho de que el poder práctico de la sociedad moderna se haya desprendido de ella misma y se haya edificado un imperio independiente en el espectáculo sólo puede explicarse por el hecho de que esta práctica poderosa seguía careciendo de cohesión y había quedado en contradicción consigo misma.

23
Es la más vieja especialización social, la especialización del poder, la que se halla en la raiz del espectáculo. El espectáculo es así una actividad especializada que habla por todas las demás. Es la representación diplomática de la sociedad jerárquica ante sí misma, donde toda otra palabra queda excluida. Lo más moderno es también lo más arcaico.

24
El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo mismo, su monólogo elogioso. Es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia. La apariencia fetichista de pura objetividad en las relaciones espectaculares esconde su índole de relación entre hombres y entre clases: una segunda naturaleza parece dominar nuestro entorno con sus leyes fatales. Pero el espectáculo no es ese producto necesario del desarrollo técnico considerado como desarrollo natural. La sociedad del espectáculo es por el contrario la forma que elige su propio contenido técnico. Aunque el espectáculo, tomado bajo su aspecto restringido de “medios de comunicación de masa”, que son su manifestación superficial más abrumadora, parece invadir la sociedad como simple instrumentación, ésta no es nada neutra en realidad, sino la misma que conviene a su automovimiento total. Si las necesidades sociales de la época donde se desarrollan tales técnicas no pueden ser satisfechas sino por su mediación, si la administración de esta sociedad y todo contacto entre los hombres ya no pueden ejercerse si no es por intermedio de este poder de comunicación instantánea, es porque esta “comunicación” es esencialmente unilateral; de forma que su concentración vuelve a acumular en las manos de la administración del sistema existente los medios que le permiten continuar esta administración determinada. La escisión generalizada del espectáculo es inseparable del Estado moderno, es decir, de la forma general de la escisión en la sociedad, producto de la división del trabajo social y órgano de la dominación de clase.

25
La separación es el alfa y el omega del espectáculo. La institucionalización de la división social del trabajo, la formación de las clases, había cimentado una primera contemplación sagrada, el orden mítico en que todo poder se envuelve desde el origen. Lo sagrado ha justificado el ordenamiento cósmico y ontológico que correspondía a los intereses de los amos, ha explicado y embellecido lo que la sociedad no podía hacer. Todo poder separado ha sido por tanto espectacular, pero la adhesión de todos a semejante imagen inmóvil no significaba más que la común aceptación de una prolongación imaginaria para la pobreza de la actividad social real, todavía ampliamente experimentada como una condición unitaria. El espectáculo moderno expresa, por el contrario, lo que la sociedad puede hacer, pero en esta expresión lo permitido se opone absolutamente a lo posible. El espectáculo es la conservación de la inconsciencia en medio del cambio práctico de las condiciones de existencia. Es su propio producto, y él mismo ha dispuesto sus reglas: es una entidad seudosagrada. Muestra lo que es: el poder separado desarrollándose por sí mismo, en el crecimiento de la productividad mediante el refinamiento incesante de la división del trabajo en fragmentación de gestos, ya dominados por el movimiento independiente de las máquinas; y trabajando para un mercado cada vez más extendido. Toda comunidad y todo sentido crítico se han disuelto a lo largo de este movimiento, en el cual las fuerzas que han podido crecer en la separación no se han reencontrado todavía.

26
Con la separación generalizada del trabajador y de su producto se pierde todo punto de vista unitario sobre la actividad realizada, toda comunicación personal directa entre los productores. A medida que aumentan la acumulación de productos separados y la concentración del proceso productivo la unidad y la comunicación llegan a ser el atributo exclusivo de la dirección del sistema. El éxito del sistema económico de la separación es la proletarización del mundo.

27
Debido al mismo éxito de la producción separada como producción de lo separado, la experiencia fundamental ligada en las sociedades primitivas a un trabajo principal se está desplazando, con el desarrollo del sistema, hacia el no-trabajo, la inactividad. Pero esta inactividad no está en absoluto liberada de la actividad productiva: depende de ella, es sumisión inquieta y admirativa a las necesidades y resultados de la producción; ella misma es un producto de su racionalidad. No puede haber libertad fuera de la actividad, y en el marco del espectáculo toda actividad está negada, igual que la actividad real ha sido integralmente captada para la edificación global de este resultado. Así la actual “liberación del trabajo”, o el aumento del ocio, no es de ninguna manera liberación en el trabajo ni liberación de un mundo conformado por ese trabajo. Nada de la actividad perdida en el trabajo puede reencontrarse en la sumisión a su resultado.

28
El sistema económico fundado en el aislamiento es una producción circular del aislamiento. El aislamiento funda la técnica, y el proceso técnico aisla a su vez. Del automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados por el sistema espectacular son también las armas para el reforzamiento constante de las condiciones de aislamiento de las “muchedumbres solitarias”. El espectáculo reproduce sus propios supuestos en forma cada vez más concreta.

29
El origen del espectáculo es la pérdida de unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida: la abstracción de todo trabajo particular y la abstracción general del conjunto de la producción se traducen perfectamente en el espectáculo, cuyo modo de ser concreto es justamente la abstracción. En el espectáculo una parte del mundo se representa ante el mundo y le es superior. El espectáculo no es más que el lenguaje común de esta separación. Lo que liga a los espectadores no es sino un vínculo irreversible con el mismo centro que sostiene su separación. El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado.

30
La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa. Por eso el espectador no encuentra su lugar en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas.

31
El trabajador no se produce a sí mismo, produce un poder independiente. El éxito de esta producción, su abundancia, vuelve al productor como abundancia de la desposesión. Todo el tiempo y el espacio de su mundo se le vuelven extraños con la acumulación de sus productos alienados. El espectáculo es el mapa de este nuevo mundo, mapa que recubre exactamente su territorio. Las mismas fuerzas que se nos han escapado se nos muestran en todo su poderío.

32
El espectáculo en la sociedad corresponde a una fabricación concreta de la alienación. La expansión económica es principalmente la expansión de esta producción industrial precisa. Lo que crece con la economía que se mueve por sí misma sólo puede ser la alienación que precisamente encerraba su núcleo inicial.

33
El hombre separado de su producto produce cada vez con mayor potencia todos los detalles de su mundo, y así se encuentra cada vez más separado del mismo. En la medida en que su vida es ahora producto suyo, tanto más separado está de su vida.

34
El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen.

Libro La sociedad del espectáculo (La société du spectacle), 1967

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Libro del mismo Guy Debord, pero en 1988, confirmando y reconfigurando la visión sobre la sociedad post-industrial y las consecuencias: Comentarios a la sociedad del espectáculo

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La revolución obrera *

Publicada el 25/01/2011 - 28/01/2011 por raas

El trabajo que presentamos es inédito en el idioma castellano y fue escrito en 1918, es decir luego de los sucesos de octubre de 1917.

El golpe de estado de octubre [de 1917]

Durante todos los períodos de desarrollo del marxismo, la tesis que afirma que el primer paso en la emancipación de la clase obrera pasa por la conquista del poder ha quedado inquebrantable e incambiada. La socialdemocracia ha banalizado un tanto esta tesis por su política, tomando prestado como un medio para la conquista del poder estatal, la lucha pacífica a través del parlamentarismo. En términos generales, cualquier bolchevique reconocerá, verdaderamente sin dificultad, que “la dominación del proletariado” no se obtiene por la lucha pacífica legal, que ésta no tiene más resultado que volver a la propia socialdemocracia pacífica y legalista, y que la lleva en el momento actual a ayudar en todas partes a los gobiernos a llevar adelante una guerra de pillaje y a empujar a las masas obreras de los diferentes países a matarse entre ellas. El bolcheviquismo ha restaurado la “pureza” original de la fórmula de la conquista del poder señalada por Marx, y eso no solamente en su propaganda sino también en los hechos.

El poder no puede conquistarse por la vía pacífica sino por la violencia, en medio de la insurrección generalizada del pueblo. Eso es lo que ha demostrado el bolcheviquismo ante todo el mundo socialista: lo ha demostrado, nadie lo podrá negar, prístina y certeramente.
Sin embargo, la afirmación de los bolcheviques que tiende a presentar su toma del poder como la dictadura, la dominación de la clase obrera, no es sino una de las numerosas fábulas que el socialismo ha inventado a lo largo de su historia.
Aun cuando los bolcheviques hayan renegado del espíritu conciliatorio de la socialdemocracia, la dominación de la clase obrera se ha logrado entre ellos tan presta y simplemente como la dominación parlamentaria en lo de Scheidemann.(1) Unos y otros han prometido a la clase obrera su dominación, dejando sin embargo intactas todas las condiciones de servidumbre, y haciéndola coexistir con la burguesía que sigue poseyendo, como siempre, todas las riquezas.

En vísperas del año 1903 el bocheviquismo que era por entonces tan conciliador como el resto de la cofradía socialista y democrática, aseguraba que el derrocamiento de la autocracia haría a la clase obrera dueña del país. En 1917, apenas unos días después del golpe de estado de octubre, desde el momento en que los bolcheviques ocuparon en los soviets, los lugares dejados vacíos por mencheviques y socialistas revolucionarios –Lenin quedándose en el lugar de Kerensky y Chliapnikov en el de Gvozdiev– se estimó que la clase obrera, por este solo hecho, se hacía dueña de todas las riquezas del estado ruso. “La tierra, los ferrocarriles, las usinas, todo eso, obreros, es desde ahora vuestro”, proclamaba uno de los primeros llamados del Soviet de Comisarios del Pueblo. El marxismo, pretendidamente depurado del oportunismo propio de la socialdemocracia, revela nada menos que su propensión, característica de todos los charlatanes socialistas, a nutrir a los obreros con fábulas y no con pan. El marxismo revolucionario, comunista, sacudiéndose el polvo acumulado durante largas décadas, defiende siempre la misma utopía democrática: el poder absoluto del pueblo, aunque éste esté arrojado a la peor de las servidumbres, la ignorancia o la esclavitud económica.

Habiendo obtenido su dictadura y habiéndose decidido a llevar a cabo un régimen socialista, el marxismo bolchevique no se ha desembarazado de la vieja costumbre marxista de ahogar la “economía” obrera con la política, de distraer a los obreros de la lucha económica, y de subordinar los problemas económicos a las cuestiones políticas. Muy por el contrario, habiendo coronado su “obra maestra”, los bolcheviques no han dejado de extraviar a las masas obreras, prodigando cumplimientos sin freno al “gobierno obrero y campesino”.
¿Será sencillamente porque los bolcheviques se han hecho del poder que la Rusia burguesa tendrá que desaparecer inmediatamente y que nacerá la Rusia socialista, la “patria socialista” rusa, y eso a despecho de que hasta el presente la “dictadura proletaria”, no haya advenido y tampoco se piense aparentemente, socializar fábricas y usinas?

Los capitalistas han perdido sus fábricas, aunque no todas les hayan sido incautadas. No poseen más sus capitales, aunque viven prácticamente con el mismo nivel material que antes. Desde Octubre, iba a ser el obrero el dueño de todas las riquezas, aun cuando el salario, con el alza constante del costo de la vida, se va convirtiendo en un salario de hambre, e incluso iba a  ser “dueño de las fábricas”,  que ante la menor huelga de transporte se encuentra condenado al horror de un paro como no se ha conocido jamás en Rusia.
¡Sí, la dictadura bolchevique es verdaderamente milagrosa! Le da el poder al obrero, le otorga la emancipación y el poder, conservando la sociedad burguesa todas sus riquezas.

Sin embargo, la ciencia comunista-marxista sostiene que la historia no conoce otra forma de emancipación; hasta el presente todas las clases se han liberado mediante la conquista del poder estatal. Así habría obtenido su hegemonía la burguesía en la época de la Revolución Francesa.
Los eruditos comunistas han descuidado un pequeño detalle: todas las clases que se han liberado en la historia eran clases poseedoras, en tanto que la revolución obrera debía garantizar la hegemonía de una clase no-poseedora. La burguesía se ha hecho del poder del estado después de haber acumulado a lo largo de siglos, riquezas cuya magnitud no tenía nada que envidiarle a la de su opresor, la nobleza; y únicamente por ese motivo la conquista directa del poder se le patentizó como la institución efectiva de su dominación, como el modo de afirmación de su imperio.

La clase obrera no puede seguir el mismo camino que ha liberado a la burguesía. Para ella, la acumulación de riquezas es impensable; en este plano, la clase obrera no puede de ningún modo sobrepasar la fuerza de la burguesía. La clase obrera no puede convertirse en propietaria de riquezas antes de llevar a cabo la revolución. Ése es el motivo por el cual la conquista del poder del estado, llevada adelante por no importa qué partido, tan revolucionario o archicomunista como él sea, no puede dar por sí misma nada en absoluto a los obreros, más allá de un poder ficticio, de una dominación ilusoria, que la dictadura bolchevique ha simbolizado permanentemente hasta este momento.

Los bolcheviques no avanzan en la resolución de este problema fundamental, y las masas obreras que han comenzado hace tiempo a perder sus ilusiones respecto de este tema, reconocen últimamente que la dictadura bolchevique es totalmente inútil para ellas, alejándose, como lo hicieran antes de los mencheviques y los socialistas-revolucionarios. Se va develando que éste no es el poder de la clase obrera, que no defiende más que los intereses de la “democracia”, es decir de las capas bajas de la sociedad burguesa; la pequeñoburguesía citadina y rural, de la intelectualidad calificada como “popular”, así como de desclasados de los ámbitos burgués y obrero convocados por la república soviética para dirigir el estado, la producción y toda la vida del país.

Se revela así que la dictadura bolchevique no ha sido sino un medio revolucionario extremo, indispensable para aplastar la contrarrevolución y para instaurar las conquistas democráticas. Se verá también que los bolcheviques han suscitado la insurrección de Octubre para salvar de la ruina completa al estado burgués en disolución por la creación de una “patria obrera y campesina”, para salvaguardar de la devastación no ya los señoríos sino las ciudades y regiones amenazadas tanto por masas hambrientas de la ciudad y el campo como por millones de soldados que huían abandonando el frente.

Lo que queda de la revolución bolchevique no difiere o difiere muy poco de los modestos planes elaborados por los mismos bolcheviques dos o tres meses antes del golpe de estado de Octubre. En su folleto Las lecciones de la revolución Lenin declara muchas veces que la tarea de los bolcheviques consiste en llevar a cabo lo que quieren pero no saben llevar a término los ministros socialistas-revolucionarios; salvar a Rusia del desastre, y que sólo puede provenir de calumniadores burgueses atribuir a los bolcheviques la aspiración de instaurar en Rusia una dictadura socialista y obrera.
En dos folletos, escritos más tarde, ¿Conservarán el poder los bolcheviques? y La catástrofe que amenaza, Lenin explica que la tarea de la dictadura bolchevique y del control obrero va a ser la de reemplazar los viejos mecanismos burocráticos por un nuevo aparato popular de estado; preconiza así fantásticos modos de realización, como por ejemplo ¡obligar a la burguesía a someterse y a servir al nuevo estado popular sin por ello incautarles la riqueza!

La dictadura bolchevique ha sido concebida como una dictadura democrática que no debía bajo ningún concepto dañar los fundamentos de la sociedad burguesa. Después de Octubre muchas empresas fueron nacionalizadas por un decreto cuya ejecución, se sabe, no está garantizada. Muchísimos banqueros fueron privados de sus riquezas pero en general las riquezas de Rusia han quedado en manos de la burguesía y son el fundamento de su fuerza y de su dominación.

Resguardados detrás de las posiciones adquiridas, los comunistas, recién llegados, van a desempeñar el papel de los demócratas franceses en el tiempo de la Gran Revolución, el papel de los célebres jacobinos cuya actividad tanto ha seducido a los dirigentes bolcheviques, al punto que no se niegan en absoluto a copiarlos, tanto en el plano personal como institucional.

Los jacobinos franceses habían instaurado una “dictadura de los pobres”, tan ilusoria como la de los bolcheviques rusos. Para asegurar al pueblo el aplastamiento de los “aristócratas” y otros “contrarrevolucionarios”, de mostrar que la capital y el estado estaban efectivamente en manos de los pobres, los jacobinos habían puesto a los ricos y a los aristócratas bajo la supervisión de las masas, y ellos mismos habían organizado sangrientas represiones contra los enemigos del pueblo.

Los “tribunales revolucionarios” de los “plebeyos” parisinos condenaban a muerte diariamente a decenas y decenas de “enemigos del pueblo” y desviaban la atención de los pobres con el espectáculo de cabezas rodando, en tanto éstos estaban cada vez más hambreados y servilizados; del mismo modo en la Rusia actual, se confunde a las masas obreras con arrestos de burgueses, de saboteadores, con la confiscación de palacios, con el estrangulamiento de la prensa burguesa y con espectáculos terroristas semejantes a aquellos de los jacobinos.
A despecho de los horrores del terror jacobino, la burguesía instruida comprendió rápidamente que era precisamente ese rigor extremo el que la había salvado, que había afirmado las conquistas de la burguesía revolucionaria, salvado la revolución burguesa y el estado ante la presión de la Europa contrarrevolucionaria, y al mismo tiempo, inspirado una devoción a toda prueba  por parte del pueblo a la “patria de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad”.

Los bolcheviques se esforzarán en vano magnificando la “patria socialista” e inventando formas de gobierno lo más populares posible; en tanto las riquezas permanezcan en manos de la burguesía, Rusia no dejará de ser un estado burgués.
Todo lo que se ha obtenido hasta ahora no es sino un trabajo de jacobinos: el reforzamiento del estado democrático, la tentativa de imponer a las masas la gran estafa según la cual Octubre habría puesto fin a la dominación de los explotadores y de que todas las riquezas le pertenecen de ahora en adelante al pueblo trabajador, y de remate, han suscitado en la Rusia democrática el patriotismo de “plebeyos” franceses.

Eso es lo que soñaban los bolcheviques antes de Octubre, cuando estaban todavía lejos de la victoria y entonces declaraban que eran los únicos que podían provocar el entusiasmo necesario para defender la patria (Lenin,  La catástrofe inminente).(2) No han dejado en ningún momento de pensar así ahora que están en el poder, aunque no hayan logrado salirse con la suya para encender el fuego patriótico en el seno del ejército “enfermo”; y lo están pensando todavía, proclamando una nueva “guerra patriótica”.

La dominación de la clase obrera

El poder que cae en las manos de la burguesía no puede en modo alguno ser retomado y conservado por una clase no poseedora, como es el caso de la clase obrera. Una clase no poseedora y al mismo tiempo dirigente es un absurdo total. Es la utopía básica del marxismo, gracias a la cual la dictadura bolchevique puede, rápida y fácilmente, convertirse en una forma democrática de la obtención y del reforzamiento de la revolución burguesa, una suerte de copia rusa de la dictadura de los jacobinos.

Del poder que escapa a los capitalistas y a los grandes terratenientes no puede adueñarse sino las capas inferiores de la sociedad burguesa –la pequeñoburguesía y la intelectualidad, en la medida en que ellos tienen los conocimientos indispensables para la organización  y para la gestión de toda la vida del país– adquiriendo así y garantizándose sólidamente el derecho a los ingresos como de amos, el derecho a recibir su parte de las riquezas robadas, su parte del ingreso nacional. Por lo demás, las capas inferiores de la burguesía, habiendo obtenido los capitalistas un régimen democrático, se vuelcan rápidamente a un acuerdo y a una unión con  ellos. El poder retorna al conjunto de los poseedores, no puede ser separado por demasiado tiempo de la fuente de todo poder: la acumulación de riquezas.

¿No convendría llegar a la conclusión de que los obreros deberían abandonar toda idea de dominación? ¿En toda situación? No, rechazar la noción de dominar, significaría rechazar la revolución. La revolución victoriosa de la clase obrera no puede ser, en efecto, otra cosa que su dominación. Se trata simplemente de plantear la tesis siguiente: la clase obrera no puede copiar simplemente la revolución burguesa, como le aconseja la ciencia socialdemócrata, por la sencilla razón de que una clase, condenada a la escasez y a los salarios de hambre, no puede acumular riqueza de ninguna manera, y está incluso privada de toda posibilidad de hacerlo, a diferencia de la burguesía medieval que amasaba riquezas y conocimientos. Los obreros poseen su propia vía para emanciparse de la esclavitud. Para alcanzar su propia dominación, la clase obrera debe suprimir de una vez por todas la de la burguesía, privarla de un golpe de la fuente de su poder, sus fábricas y usinas, todos los bienes que ha acumulado, llevar a los ricos al estrato de gente obligada a trabajar para vivir.

He aquí porqué la expropiación de la burguesía es el primer paso inevitable de la revolución obrera. Por cierto, no es más que el primer paso en la vía de la emancipación de la clase obrera: la expropiación de la burguesía no nos llevará ni a la supresión completa de las clases ni a la igualdad total.
Después de la expropiación de la propiedad mayor y mediana, quedará todavía la pequeña propiedad, tanto en la ciudad como en la campaña, cuya socialización necesitará más de un año. Nos quedará, aspecto todavía más importante, la situación de la intelectualidad. Pese a que las remuneraciones de los amos serán reducidas drásticamente en el momento de la expropiación de la burguesía, ella no será privada de la posibilidad de conservar para sí una retribución elevada de su trabajo.

En tanto la intelectualidad quedará, como era antes, en calidad de depositaria única de los conocimientos, y  la dirección del estado y de la producción quedarán en sus manos; la clase obrera tendrá que llevar adelante una lucha tenaz contra ella, para aumentar la remuneración de su trabajo hasta el nivel del de los intelectuales.
La emancipación completa de los obreros se realizará cuando aparezca una nueva generación de gente instruida de manera igual, acontecimiento inevitable a partir de la igualdad de remuneraciones del trabajo intelectual y manual, disponiendo todos de medios equivalentes para educar a sus hijos.

La dominación de los obreros no puede preceder a la expropiación de los ricos. No es sino en el momento de la expropiación de la burguesía que puede comenzar la hegemonía de la clase obrera. La revolución obrera  obligará al poder del estado a llevar adelante la expropiación de la gran burguesía y la mediana burguesía, y a legitimar la conquista por parte de los obreros, de usinas, de fábricas y de todas las riquezas acumuladas.

La dictadura marxista

En la medida en que hubo lugar a una revolución burguesa “obrera y campesina” luego del golpe de estado de Octubre, de una dictadura democrática, la vieja carreta bolchevique procura, penosamente, desembarazarse del marasmo democrático y emprender una nueva vía. Sólo que, cuanto más persiste en ella más cuesta arriba se le presenta. La introducción inmediata del socialismo está a la orden del día, proclamada a los cuatro vientos desde el momento de la disolución de la Asamblea Constituyente. La carreta socialdemócrata tiende a persistir en esta peligrosa vía; los pasajeros miran cada vez más con nostalgia el pantano que abandonan. Ni siquiera los conductores pueden evitar esa mirada. Los comunistas miran hacia atrás y gritan bien fuerte: ¡Basta de revueltas!, ¡Viva la patria!, ¡Trabajo reforzado de los obreros!(3), ¡Disciplina de hierro en las fábricas y talleres!

Los partidarios de la revolución burguesa, los mencheviques y los discípulos de la Novaja Jizn’ (4) los acogen con una alegría maligna: «¡Acabáramos! ¡Ahora vienen al pie nuestro!”, ¡ustedes que se querían rebelar contra la marcha objetiva de las cosas!, ¡contra “la enseñanza burguesa”! ¡Ustedes que querían la “realización inmediata”!, ¡lo único que han podido demostrar es la “imposibilidad” total de semejante objetivo, tan insensato!»
Los miembros del pantano se refocilan al respecto vanamente. El rechazo de los bolcheviques  a empujar más adelante las  “experiencias socialistas” no hace sino comprobar perfectamente la imposibilidad para la socialdemocracia de derribar el régimen burgués y no la imposibilidad objetiva en general de suprimir el régimen de pillaje que sufre la clase obrera.

Los bolcheviques se han encargado de una tarea que sobrepasaba sus fuerzas y recursos. Se les ha metido en la cabeza derribar el régimen burgués fundándose en las enseñanzas socialde-mócratas. Pero esas mismas enseñanzas han sido también reivindicadas por los mencheviques “conciliadores” en Rusia, por los socialdemócratas “imperialistas” en Alemania y Austria así como por los “social-patriotas” de todos los países. Esta enseñanza aparecía en el mundo entero como apagavelas de la revolución, como el adormecedor de las masas obreras, rodeán-dolas de sólidas mallas y extraviando su espíritu; en una palabra, esta enseñanza es el arma más peligrosa de que dispone la burguesía instruida para luchar contra la revolución obrera.

Cuando la socialdemocracia mundial ha llegado a dejar en disponibilidad a millones de obreros, movilizados en principio para la emancipación socialista, en manos de militares bandidos, para que puedan masacrarse recíprocamente, algunos líderes del bolcheviquismo  decidieron acusar a la socialdemocracia de “cadáver podrido”. Sin embargo, la enseñanza de la socialdemocracia, su socialismo marxista, que había dado vida a ese “cadáver podrido”, quedó  para los líderes bolcheviques, sagrado y sin mácula, exactamente como antes. Pareció que la socialdemocracia no había hecho más que traicionar sus propias enseñanzas.  Es cierto que los “traidores” se contaban por millones, y que los “discípulos fieles” en el momento de la revolución rusa, no eran sino unos pocos, con Lenin y Liebknecht a la cabeza. A pesar de todo, éstos exclamaron: “¡Viva el socialismo marxista, viva el verdadero socialismo!”

Todo esto no es sino la historia corriente de los cismas del socialismo del siglo pasado.  Las innovaciones emergen del pantano socialista  no para encontrar una salida válida para todos sino con el único fin de llevar a cabo los viejos preceptos como, por ejemplo, una revolución jacobina. Es por ello que este pantano no se afirma más que apenas, fragmentada y transitoriamente, para volver en muy corto tiempo al estancamiento habitual.
Las ilusiones socialistas enturbian el espíritu de los obreros, y los desvían de una revolución obrera directa; no se debilitan por el contacto con innovaciones comunistas “revolucionarias” y no hacen así más que experimentar y fortalecerse sin cesar.

Se sabe, hace cerca de veinte años los bolcheviques constituían en compañía de Pléjanov, de Guesde, Vandervelde y otros “social-traidores” contemporáneos, un único movimiento socialdemócrata, solidario y unido. En esa época fue elaborada en Rusia la enseñanza marxista: la filosofía, la sociología, la economía política, en una palabra todo el socialismo marxista que habiendo transformado a la socialdemocracia en un “cadáver podrido”, debe sin embargo, reencarnado en el bolcheviquismo, provocar milagrosamente el derrocamiento de la burguesía y llevar a cabo la liberación total de la clase obrera. El marxismo ruso, elaborado sobre la base de los esfuerzos comunes de Pléjanov, Martov y Lenin, jamás llegó a visualizar un golpe de estado socialista como objetivo principal. Muy por el contrario, consideraba imposible lograr en nuestros días el derrocamiento del régimen burgués y delegaba esas tareas por completo a las generaciones venideras.

El marxismo ruso, como el de Europa Occidental, no se ocupaba del derrocamiento del régimen burgués sino más bien de su desarrollo, de su democratización, de su perfeccionamiento. En la Rusia atrasada de entonces, el amor de los marxistas por el régimen burgués alcanzó límites extremos. A principios del siglo XX, los bolcheviques y los menche-viques, antes de dividirse en corrientes rivales, habían asumido la decisión inquebrantable aprobada por los socialistas del mundo entero: la tarea suprema del socialismo en Rusia es la de completar, llevar a término, la revolución burguesa. Esto significaba  que toda la tensión de la que eran capaces los obreros rusos, toda la sangre que habían vertido ante el Palacio de Invierno, en las calles moscovitas, toda la sangre de las víctimas de las expediciones punitivas de 1905 y 1906, tenían que tener como desenlace una Rusia burguesa, progresista, renovada.

La dictadura “obrera y campesina”, proclamada todavía por Lenin en 1906, reflejaba la unión oportunista del marxismo con los socialistas-revolucionarios, y no violaba en modo alguno los preceptos relativos a la imposibilidad de la revolución socialista. Se alababa la dictadura obrera y campesina nada más que porque la dominación de la clase obrera sola se reconocía como imposible. Se elogiaba a la dictadura de la democracia burguesa en el espíritu de los partidarios actuales de la Novaja Jizn’, porque se consideraba totalmente inaceptable el derrocamiento del régimen burgués.

Bajo esta forma es que se ha perpetuado el marxismo, hasta prácticamente el mismísimo momento de la revolución de Octubre. Con su poderosa luz, iluminaba el camino tanto de los actores de la revolución burguesa de 1905-1906 como de los socialpatriotas de la revolución de febrero de 1917. Constituía para ellos un reservorio inextinguible de indicaciones valiosísimas. Habría sido ingenuo buscar allí indicaciones de algún tipo acerca del derrocamiento del régimen burgués, sobre la revolución obrera. No se habría encontrado más que la enumeración de todas las dificultades, de todos los peligros y aspectos prematuros de “experiencias socialistas”. De allí proviene el supersticioso temor a todo golpe de estado socialista, considerado como la mayor de las catástrofes; el miedo que experimentan, también visiblemente los Pléjanov, Potressov, Dan y hasta los mismos bolcheviques, asustados por Lenin cuando lanzó la consigna de la revolución inmediata.

A decir verdad, habría hecho falta un milagro para que la empresa de Lenin hubiese sido llevada a término por su partido, y no se convirtiera en la más grandiosa demagogia de la historia de las revoluciones. Habría hecho falta que se insurgiera contra el régimen burgués, cuando habían defendido y exaltado todo lo contrario. Habría hecho falta que los militantes bolcheviques, que habían asimilado el socialismo a través de las obras de Pléjanov, Kautsky, Bernstein  –que exigían la educación democrática de las masas durante muchos años– crearan en el fuego de la revolución, una nueva doctrina que demostrara el carácter superfluo de tan larga preparación. Habría hecho falta que los esfuerzos llevados adelante durante muchos años para utilizar la lucha de los obreros a favor de los enfoques políticos de la burguesía, para impedir toda revolución obrera, se transformaran de repente en aspiración a desencadenar esta misma revolución.

La historia no conoce semejantes milagros. La traición de los bolcheviques, en este momento, a las consignas que habían proclamado durante la revolución de Octubre, no tiene nada de sorprendente y les resulta, en tanto que marxistas, totalmente naturales.
El “socialismo científico” que ha vencido y asimilado a todas las otras escuelas socialistas, ha alcanzado una profunda decrepitud, al no haber logrado, como resultado de todas esas batallas más que el progreso y la democratización del régimen burgués. El bolcheviquismo ha decidido resucitar la “juventud comunista” del marxismo y no ha podido a su vez sino demostrar que incluso bajo esa forma el marxismo no estaba en condiciones de crear algo, lo que sea. Creerles a los bolcheviques cuando pretendían derrocar verdaderamente por vía democrática y parlamentaria el sistema de pillaje defendido por sus hermanos ideológicos, los socialpatriotas de todos los países, no revelaría sino la mayor de las ingenuidades. Los bolcheviques suprimen ellos mismos grosera y cruelmente semejante creencia ingenua en su espíritu rebelde.

¿Cuáles son los enemigos del régimen burgués que, habiendo afirmado su poder autocrático, deciden por sí mismos postergar para más adelante el derrocamiento de la burguesía? Si han experimentado la “imposibilidad objetiva” de acabar con la burguesía, ¿cómo pueden entonces quedarse en el lugar que ocupan? ¿Les sería acaso indiferente ser la expresión de la voluntad de los obreros o los ejecutantes de la voluntad de la sociedad burguesa que sigue en pie?

Explicar el comportamiento de los bolcheviques por la simple bajeza de los políticos sería demasiado superficial. Se trata en realidad de determinar su objetivo supremo, aquel ante el cual no abdican jamás, que no están dispuestos a traicionar bajo ninguna circunstancia, el que, para alcanzarlo luchan con la condición de vencer o morir; este objetivo supremo, incluso para los comunistas bolcheviques, no es sino la democratización del sistema existente, no su destrucción.

La causa de los marxistas bolcheviques es la misma que la de los “conciliadores oportunistas”. La única diferencia consiste en que los últimos adoptan para la democratización del régimen burgués los caminos trillados de los estados constitucionales de Europa Occidental en tanto que los primeros han decidido provocar la revolución, incluso contra el régimen republicano. Esta diferencia podía aparecer en Rusia, cuando esta potencia mundial se ha desmoronado al punto que, en el curso de la guerra actual ha revelado ser incapaz de defender hasta su misma existencia. La república, conquistada por los socialistas oportunistas, se ha revelado igualmente impotente para defenderse de los golpes de sus enemigos exteriores y de la contrarrevolución interior.

Una enorme tarea se les ha presentado entonces a los bolcheviques: reconstruir el estado sobre principios totalmente nuevos y populares, que serían la fuente de fuerzas indispensables para la defensa de la democracia contra sus enemigos interiores y exteriores.
En la búsqueda del arma más poderosa para la salud de la revolución democrática, los socialdemócratas rusos tuvieron que hurgar en todo el arsenal marxista. Los bolcheviques encontraron finalmente esa arma en la concepción marxista de dictadura, proveniente de la revolución de 1848-1850.
El poder dictatorial bolchevique de estos últimos diez meses ha logrado demostrar, irrefutablemente, que la dictadura comunista regenerada, tanto como el socialismo que tiene un siglo de vida, no sabe ni desea suprimir el sistema capitalista. Habiendo proclamado solemnemente la realización inmediata del socialismo en una única sesión de la Asamblea Constituyente, y habiéndole arrancado al Káiser una tregua, la dictadura bolchevique, ante la tarea de “expropiar a la burguesía”, se ha detenido brusca, instintivamente; luego ha vuelto sobre sus pasos ante una exigencia que contradecía lo más profundo de su esencia.

¿Qué es hoy la dictadura bolchevique que se mantiene pese a la bancarrota comunista? No es sino un medio democrático de salud de la sociedad burguesa contra la desaparición fatal que le esperaba bajo las ruinas del antiguo régimen; nada más que la regeneración de ese mismo estado bajo formas nuevas y populares, que únicamente la revolución podía generar. Esta dictadura revela la irrupción revolucionaria en la vida del estado ruso de las capas populares más bajas de la patria burguesa, pequeños propietarios rurales, intelectualidad popular y obreros de la ciudad.
Los inventores de la dictadura comunista la han presentado a los obreros como el primer paso irreversible hacia la emancipación de la clase obrera, hacia la supresión definitiva del sistema milenario de exacción; este medio es el mismo que le sirvió a los demócratas burgueses de la Revolución Francesa, los jacobinos, para salvar y reforzar el régimen de explotación y pillaje.

El hecho de que sean socialistas los que utilizan este medio jacobino no impide que se recojan los mismos frutos burgueses, pues la primera tarea de todo socialista contemporáneo es la de impedir la supresión inmediata de la burguesía, tanto como la misma revolución obrera.
Ya a comienzos del tercer mes de dictadura bolchevique, los representantes más lúcidos de la gran burguesía rusa (Riabuchinski en La mañana rusa), declararon que el bolcheviquismo era una enfermedad peligrosa pero que era conveniente soportarlo pacientemente pues era portador en sí mismo de una regeneración salvadora y de un rebrote de poder para “la patria querida”. Estos mismos burgueses lúcidos prefieren a Lenin, que da rienda suelta a la plebe y no a Kerenski, que los defendía contra los “esclavos insurgentes”. ¿Por qué? Porque Kerenski, por sus zigzagueos y su indecisión debilitaba más todavía el poder ya vacilante, en tanto Lenin suprimió hasta la raíz todo poder endeble, comprometido e incapaz; abrió de inmediato cauce a un poder nuevo y más pujante, al que el obrero ruso le ha reconocido derechos autocráticos.

Los Riabuchinskis, que conocían y estimaban el marxismo, se han convencido muy rápidamente que la “plebe” no iba a salirse de la senda de este enseñanza muy honorable, y a la postre social-patriótica, y han comprendido que tarde o temprano podrían hacerse del poderío soviético, aunque compartido con los nuevos amos provenientes de capas bajas ahora liberadas de la sociedad burguesa.

Los Riabuchinskis (5) podían remarcar desde hace mucho tiempo fenómenos indiscutibles y muy gratificantes para ellos:
1.Bajo la dictadura bolchevique, el socialismo no cesa de ser el canto de sirenas que arrastra a las masas a la lucha por la regeneración de la patria burguesa;
2.La dictadura socialista no es más que un instrumento de agitación demagógica para llevar a cabo la dictadura democrática.
Esto no es sino una engañosa apariencia propuesta por los comunistas durante un brevísimo momento para afirmar mejor la dictadura democrática, adornada y reafirmada por los sueños e ilusiones de los obreros;
3.La pujanza revolucionaria a que aspiran las masas en sus insurrecciones obreras se consagra en la dictadura democrática así como en la nueva clase política del estado.

Estas conclusiones provienen indiscutiblemente de toda la historia de la dictadura “obrera y campesina” bolchevique.
[…] Las masas obreras no tienen que preocuparse más: de acuerdo con las afirmaciones de los bolcheviques, todos sus deseos y reivindicaciones se realizarán sin tardanza por obra del estado soviético, ejecutando sus voluntades.

En consecuencia, toda lucha de los obreros contra el estado y sus leyes debe desaparecer de ahora en adelante, puesto que el estado soviético es un estado obrero. Una lucha que se lleve a cabo contra él sería una rebelión criminal contra la voluntad de la clase obrera. Semejante lucha no podría ser llevada adelante más que por granujas, por elementos socialmente nocivos y criminales del ambiente obrero.
Puesto que el control obrero concede, según los bolcheviques, un poder total a los obreros en sus fábricas, toda huelga pierde sentido y en consecuencia está prohibida. Toda lucha contra el salario de esclavo del trabajador manual está en general prohibida en todas partes.

La revolución obrera, 2º parte

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La revolución obrera (2º parte)

Publicada el 24/01/2011 - 28/01/2011 por raas

La voluntad de los obreros, si se expresa por fuera o contra las instituciones soviéticas es delictiva pues desconoce la voluntad de toda la clase obrera, encarnada en el poder soviético. Si todos los obreros que perciben salarios de hambre consideran al poder soviético, poder de ahítos, serán considerados como elementos problemáticos, revoltosos. Así, por ejemplo, si los desocupados no quieren soportar más los tormentos del hambre ni esperar sin murmurar la muerte por hambre, serán considerados elementos criminales; por ese motivo se les arrebata de antemano el derecho a una organización específica.

Frente, por un lado, a los ricos que continúan llevando como antes su vida de parásitos satisfechos, y por otro, a los desocupados condenados a los tormentos del hambre, el poder soviético afirma sus derechos supremos: aspira a asegurar la sumisión incondicional a las leyes existentes, a perseguir toda violación del “orden y de la seguridad públicas”. Todas las desavenencias, rebeliones e insurrecciones han sido declaradas contrarrevolucionarias y se han convertido en objeto de una represión implacable por parte del ejército soviético.

Los derechos supremos del poder comunista soviético no se distinguirán en absoluto, muy pronto, de los derechos supremos de todo poder estatal en el régimen de explotación existente por doquier. La diferencia no atañe más que a la denominación: en los países “libres”, el poder del estado se denomina a sí mismo dominación de la “voluntad del pueblo”, en tanto que en Rusia, el poder del estado expresaría la “voluntad de los obreros”. Mientras el régimen burgués no sea destruido, la “voluntad comunista de los obreros” suena tan hueca como la estafa de la “voluntad democrática del pueblo”. Mientras los explotadores continúen existiendo, su voluntad, la de todos los poseedores de los bienes –y no la de los obreros– se encarnará, tarde o temprano, bajo la forma de un aparato de estado bolchevique. Los comunistas comienzan ya este proceso, declarando abiertamente que una dictadura de hierro es necesaria, no para la “transformación ulterior del capitalismo” sino para disciplinar a los obreros, para completar su formación, comenzada pero inacabada por los capitalistas, verosímilmente a causa del carácter  “prematuro” de la explosión de la revolución socialista.

Habiendo vencido a la contrarrevolución con la ayuda de los obreros, la dictadura bolchevique se vuelca ahora contra las mismas masas obreras.
Los derechos supremos, inherentes a todo poder estatal, deben poseer la fuerza absoluta de la ley que se apoya en la fuerza armada. La democracia que nace de la dictadura bolchevique no va a la zaga de otros estados. Totalmente igual a estos últimos, va a disponer no sólo de la libertad sino también de la vida de todos estos sujetos, y reprimirá tanto las revueltas aisladas como los levantamientos masivos.

El ejército “socialista” creado por los bolcheviques está obligado a defender el poder soviético, independientemente de todas las volteretas y virajes que quiera operar el “perspicaz” centro bolchevique. Que se interrumpa la expropiación a los ricos, tal como acaba de resolverse, o que un reacercamiento con la burguesía esté teniendo lugar, o que la dictadura bolchevique marche a la vanguardia hacia el socialismo o más bien retroceda camino del capitalismo, de todos modos considera que está en su derecho para imponer la movilización militar sobre la clase obrera.
La obligación de servidumbre que se le ha impuesto a la clase obrera en todos los estados basados en el pillaje, la obligación de defender en caso de guerra a sus opresores junto con sus riquezas, no ha desaparecido en absoluto en la república soviética.

Se estima aquí la obligación de servidumbre necesaria para inculcar a los obreros la pretendida confianza especial que se les concede reconociéndoles –y sólo a ellos–  el derecho y el honor de derramar su sangre a favor del estado provisto de un nombre mentiroso y vacío: la “patria socialista”. Como recompensa de tamaño “honor”, los soldados socialistas deberán desplegar –eso es lo que esperan los bolcheviques– importantes esfuerzos y un fuego marcial contra los invasores de las tierras rusas, iguales al menos a aquellos de los ejércitos de la Convención, del Directorio, de Napoleón.

Las tropas “socialistas” están obligadas a defender el poder soviético en el frente interno, no sólo contra los guardias blancos contrarrevolucionarios, los partidarios de Kaledin, de Kornilov, de la Rada ucraniana, sino que desde los primeros días del golpe de estado de Octubre, ellas están aprendiendo asimismo a defender “a sangre y fuego” la propiedad, fusilando en el sitio mismo del hecho a rateros y ladrones.  Los grandes capitanes de guerra comunistas se dedican ahora a introducir la disciplina y el orden, reprimiendo ferozmente a los camaradas de ayer, a los anarquistas y a los marineros, a los cuales no se les otorga el tiempo necesario para comprender que con “el nuevo curso”, el estado comunista no tiene necesidad en el seno del Ejército Rojo de elementos “fuera de control”, críticos, y que hoy se fusila lo que ayer se promovía. Los “guerreros socialistas” después de haber pasado por semejante escuela, sometidos a las órdenes cambiantes de sus jefes, no rechazarán, según todo parece, instaurar “la disciplina revolucionaria del trabajo” en las fábricas, reprimir las rebeliones de los muertos de hambre y aplastar inmisericordemente las desavenencias suscitadas por los obreros y los desocupados.

En tanto la masa obrera no se subleve otra vez por sus precisas exigencias de clase, hasta tanto que de ese modo ponga fin a todos los “nuevos cursos” y subterfugios de los dictadores bolcheviques, la burguesía democrática del estado se desarrollará sin tropiezos resucitando rápidamente todos los instrumentos de opresión y de coacción contra los hambrientos, los explotados, los estafados.
De ese modo, la dictadura marxista, luego de haber destruido en Rusia todos los fundamentos del antiguo estado impotente, ha creado un nuevo poder de estado popular, mucho más firme.

Todas las experiencias revolucionarias de los marxistas rusos han demostrado que el “socialismo científico” inspirador de todo el movimiento socialista mundial, no sabe ni quiere derrocar el régimen burgués. Por lo demás, a la profunda revolución social que se hizo inevitable en Rusia, y que, como epílogo de la guerra mundial, puede igualmente implantarse en todos los demás países, el socialismo marxista le marca un camino de democracia burguesa experimentado para la salvaguarda del sistema de explotación, y le provee un medio inestimable para prevenirse contra las revoluciones obreras.

La contrarrevolución intelectual, el control obrero y la expropiación de la burguesía

La conquista del aparato de estado aparece como un momento realmente tan decisivo para la socialdemocracia que considera que en el curso de una revolución obrera, este solo acto alcanza para el derrocamiento del régimen burgués. A partir de que el golpe de estado bolchevique es reconocido por los obreros y el poder soviético se instaura en todas partes se considera que Rusia y todas sus riquezas se convierten en propiedad de los obreros. Del hecho de que la Asamblea Constituyente, así como otras instancias e instituciones elegidas por el conjunto de la población, hayan sido disueltas, los capitalistas hayan sido privados de sus derechos más elementales y de participación alguna en la actividad legislativa del estado, concluyen los bolcheviques que la burguesía ha sido desarmada totalmente, privada de toda su fuerza y de toda posibilidad de expresar una oposición a la “dictadura de la clase obrera”.

Sin embargo, al mismísimo día siguiente al golpe de estado de Octubre la burguesía ha recordado de modo muy convincente que no se le había quitado más que una parte de su poder, que ningún golpe de estado estaba en condiciones de quitarle todo el poder, que ningún poder del estado pretendidamente obrero, puede suprimirla mediante medidas políticas, que ninguna represión o terror la puede quebrar, privarla de sus medios y fuerzas para defenderse con éxito.

El golpe recibido por los bolcheviques desde los primeros días de su dictadura, fue totalmente inesperado. Más doloroso todavía por no haber sido asestado por los mismos capitalistas, sino por la clase de la sociedad burguesa que estaba hasta entonces más vinculada a todos los socialistas –incluidos los propios bolcheviques–, al campo de los “trabajadores”, y a la que siempre habían defendido contra las acusaciones “calumniosas” y “mal intencionadas” de estar del lado de la burguesía. Fue la intelectualidad la que se interpuso para defender el régimen burgués, contra las amenazas de Lenin de derribar ese régimen. Se manifiesta como un verdadero ejército de trabajadores “militantes” con la ayuda de sus “sindicatos”, y emplea el “arma” de lucha obrera: la huelga. Se expande por todas partes, con clamores y quejas, protestando contra la banda de bolcheviques que los oprimía y los aterrorizaba, a ellos, los “honestos trabajadores intelectuales”.

La resistencia de la intelectualidad fue tan intensa que estuvo por provocar una escisión en el seno del partido bolchevique, casi hizoº naufragar su dictadura; la intelectualidad bolchevique, herida en su propio corazón, se negó a aplicar las medidas más severas en contra de la “masa trabajadora” de los empleados saboteadores a los que tenía en tan alta estima.

Los obreros, por el contrario, no se sorprendieron en absoluto por la huelga de los intelectuales, puesto que siempre han ubicado a la intelectualidad materialmente satisfecha en el mismo nivel que a la burguesía. Ven y sienten claramente que los ingresos privilegiados de los amos afectados por la intelectualidad provienen de la misma explotación del trabajo manual y que todos los ingresos de los privilegiados descansan sobre las raciones de hambre otorgadas a los obreros.

Los obreros saben que los ingresos privilegiados de los intelectuales constituyen una parte de la plusvalía extraída por el capitalista y consagrada a los gestores; directores, ingenieros, etcétera, del mismo modo que otra parte de su trabajo es confiscado por el estado bajo la forma de impuesto para garantizar un buen nivel de vida a los empleados privilegiados. No hay nada de qué sorprenderse, de que toda esta confraternidad burguesa se haya rebelado junto con los capitalistas y los propietarios de inmuebles contra la revolución obrera, cuyo primer objetivo es el de suprimir los ingresos de los amos. En lo que concierne al sector “bajo” de la intelectualidad, sin privilegios, ha seguido a sus superiores por la fuerza de un orgullo estúpido y de prejuicios burgueses, así como un propietario harapiento sigue servilmente al ricachón.

El sabotaje de la intelectualidad ha tenido un efecto estupefaciente sobre la intelectualidad bolchevique. Los intelectuales bolcheviques, como los de todas las otras organizaciones socialistas, habían enseñado durante toda su vida que el socialismo era la emancipación de todo el “proletariado”, no solamente de los obreros, sino también la de la intelectualidad. ¿De qué modo podía entonces llevarse a cabo el socialismo si hacía falta  ir contra la voluntad unánime de la intelectualidad y declararle la guerra, como se la declaraba a los capitalistas y a los grandes propietarios terratenientes?

El golpe de estado de Octubre, provocado por el llamado de los bolcheviques a la realización inmediata del socialismo, tuvo un alcance jamás conocido por un levantamiento popular poderoso y se presentó así como un peligro mortal para la burguesía. Es cierto que el poder se volvió a encontrar en manos de marxistas, bien conocidos por su habilidad en lo que tiene que ver con frenar rebeliones obreras y hacerlas inofensivas en salvaguarda del régimen burgués.

Los marxistas bolcheviques aparecieron como completamente metamorfoseados. No pensaban más que en expandir el incendio de las insurrecciones, sin reparar en absoluto en las dificultades que iban a tener para extinguirlas inmediatamente después.  Sus camaradas más próximos, los mencheviques, aseguraban incluso que los leninistas se habían convertido en verdaderos anarquistas.

En efecto, los líderes bolcheviques habían desempeñado tan bien sus papeles en los primeros actos, durante el período de “agitación”, que habían provocado efectivamente  un gran miedo entre los burgueses. A pesar de todo, uno se tentaba a preguntarse: ¿los dictadores, van a dejarse llevar por los elementos revolucionarios desencadenados y utilizar su poder para concretar una verdadera supresión del régimen burgués?
Si algunos bolcheviques se dejaron arrebatar sinceramente por el entusiasmo jamás visto de la masa obrera, y se alejaron a veces de las concepciones marxistas, si alguna vez se plantearon realmente la cuestión de saber cómo “acabar con la burguesía”, el sabotaje de la intelectualidad cortó de cuajo tales escarceos y resucitó en su memoria las viejas fórmulas acerca de la “imposibilidad de la realización inmediata del socialismo”, y de inmediato se restableció su pensamiento bajo la fórmula marxista habitual de la “edificación progresiva del socialismo”.

Requeteespantada durante los primeros tiempos de la Revolución de Octubre, la burguesía se dio cuenta rápidamente que no tenía motivo alguno para desesperar. Algo que los sucesos inmediatamente posteriores le han confirmado. Privada del poder estatal, estupefacta por el levantamiento generalizado de la gente, aguardará su fin con angustia, y de repente recibe la buena nueva que su fin no será en ningún caso instantáneo, sino por el contrario, muy prolongado, progresivo, en virtud de todas las leyes socialistas, que su fin sobrevendrá casi imperceptiblemente bajo la forma de una edificación socialista progresiva.

Para remate, esta edificación no comenzará de inmediato, una etapa preparatoria bajo la forma de “control obrero” será indispensable, conforme a la infalible práctica marxista.
El socialismo científico contemporáneo no tiene otro programa para derribar a la burguesía que la nacionalización progresiva de los medios de producción. Les resulta necesario comenzar por las “concentraciones”,  que responden mejor a las necesidades y que son las más maduras para la socialización; en ellas se aprenderá  a verificar y a demostrar la justeza del método socialista de edificación, para pasar ulteriormente a otras nacionalizaciones. Este programa elaborado por el socialismo reformista que proclama la supresión de la producción capitalista sin violencia, sin insurrección, a través de la integración del capitalismo al socialismo, este programa científico se revela infantilmente impotente en el momento de la revolución.

Sus adeptos se aproximan con todas las precauciones científicas deseadas al gigantesco organismo de la producción burguesa, y luego de largas tribulaciones, le cortan una articulación. De inmediato, esperan que la herida cicatrice para encarar progresivamente la amputación de otros miembros. Olvidan que la sociedad basada en el pillaje, incluso en el mismo momento en que el mejor guardián de su poder, el poder del estado, está completamente inerme, no es el mejor cimiento para edificar el socialismo, ni un buen laboratorio para experiencias científicas. Es el campo de la lucha de clases, de la guerra social, seculares, y es bastante ingenuo no quitarle al vencido –ante todo– la fuente de su poder.
El programa científico de edificación socialista progresiva es el programa del extravío y el embrutecimiento de las masas obreras; no es sino un trapo rojo socialista que se agita para empujar a las masas obreras a los brazos de las dictaduras burguesas y pequeñoburguesas; es el somnífero de las masas, el extinguidor de la revolución obrera. He aquí el papel del socialismo en el mundo entero; he aquí el papel desempeñado por el comunismo bolchevique en el golpe de estado de Octubre.

Al tercer mes de la dictadura bolchevique, los saboteadores intelectuales comenzaron su huelga. Pero los bolcheviques fueron los que más se desgañitaron invocando victoria en este asunto, cuando, en rigor, la intelectualidad dejó de rebelarse por la simple razón de que el bolcheviquismo no se reveló tan temible como cuando las jornadas de octubre. Todos se dieron cuenta de que las declaraciones acerca de la igualdad de ingresos entre intelectuales y obreros, y todos los decretos y amenazas del mismo tenor, no eran más que demagogia para atraer a las masas obreras. Todos se dieron cuenta que las nacionalizaciones bolcheviques no expresaban ninguna aspiración seria a suprimir el régimen burgués, que no eran más que “experiencias socialistas”, que la sociedad culta, mediante una adhesión razonada al poder bolchevique, podía frenar e incluso detener por completo. He aquí porqué la burguesía consideró superfluo seguir apoyando la huelga de los trabajadores intelectuales, he aquí porqué los saboteadores manifestaron tanto empeño para reconciliarse con el poder soviético.

[…] Todo el trasfondo del problema reside en que la lucha contra la intelectualidad contradice todo programa socialista. Los socialistas están obligados a defenderla y no a luchar contra ella. Por más hostil que pueda resultar respecto a los obreros, los socialistas, de los cuales forman parte los bolcheviques, la considerarán siempre por lo menos como “parte integrante del proletariado”, en todo caso, momentáneamente corrompida y extraviada por los prejuicios burgueses.

Aunque la intelectualidad siempre se haya presentado en los momentos difíciles, como durante las jornadas de Octubre, como un enemigo de la revolución obrera no menos feroz y pertinaz que los propios capitalistas, no ha hecho, de acuerdo con las convicciones de los capitalistas, más que traicionar sus “intereses proletarios”, extraviarse provisoriamente, y no se podría por lo tanto declararla “enemigo de clase” de los obreros. El bolchevique no puede más que intentar hacer entrar en razón a la intelectualidad, y no se atreverá jamás declararle una lucha impiadosa. En tanto que socialista “verdadero” y “sincero”, en tanto que defensor y portavoz de los intereses de la intelectualidad, no se convertirá jamás en su enemigo. Se permitirá achicar el margen de maniobra de los capitalistas, pero siempre tenderá a componendas con la  intelectualidad. Como ésta protesta únanimemente contra “la experiencia socialista”, el bolchevique se ve obligado a tomar en cuenta esta voluntad intelectual y terminar o al menos frenar, la lucha contra el régimen capitalista.

El pensamiento marxista de los bolcheviques, que busca las vías para nacionalizaciones ulteriores, bajo la presión, irresistible para dicho pensamiento, del sabotaje de los intelectuales, está condenado fatalmente a debatirse impotente en el seno de las utopías socialistas caducas.
¿Llevar adelante una propaganda encarnizada y atraer para su causa a todos los ingenieros y técnicos necesarios? ¿O formar cuadros y especialistas indispensables para la producción, en medio de todo tipo de cursos para obreros? La burguesía rusa o extranjera podría aplastar la revolución, mucho antes de que se recojan los frutos de este tipo de emprendimientos.

¿Tal vez convendría entonces esperar a que los comités obreros, que ejercen el control obrero, puedan al mismo tiempo asimilar la ciencia y el conocimiento de los ingenieros, los químicos y de otros especialistas? Esta fábula ha gozado de cierto predicamento en su momento, pero se trató de promesas tan huecas  que se desmoronan cuando se trata de poner en marcha una producción altamente tecnificada.
El comunismo bolchevique está obligado a volver a la fábula socialista más trivial, que afirma que las masas obreras, sufriendo durante toda su vida la servidumbre del trabajo manual, habrán de llegar sin duda alguna en un porvenir lejano a alcanzar el nivel de conocimiento de la intelectualidad, a disponer de los medios de desarrollo intenso mediante organizaciones culturales de instrucción y de las universidades populares.
El bolcheviquismo ha arrojado así una amenaza mortal a la burguesía, pero no ha podido, ni querido, ir más allá. La voluntad de la intelectualidad lo ha hecho recular.

La intelectualidad rusa, bien conocida por su rebeldía, casi totalmente volcada a las convicciones socialistas, conducida por revolucionarios desde hace ya mucho tiempo, con la aureola de sus sufrimientos, ha sabido manifestar su gratitud a la burguesía, salvarla de la ruina y de la revolución obrera. Pese a todo, ella no quiere ser glorificada. Quiere, por el contrario, que los obreros olviden lo más rápido posible sus servicios a la burguesía, puesto que quiere permanecer como hasta ahora, como la amiga fiel de la clase obrera, para llevarla, en el curso de los siglos, de “progreso burgués” hacia un “socialismo razonable”.

Paralelamente, los bolcheviques no se han afanado mucho por recordar la explotación burguesa en el momento de la revolución de Octubre. Porque para ellos, es evidente que la intelectualidad debe permanecer como parte integrante del ejército proletario.
[…] ¿Podrían contar los obreros con la desaparición inmediata de la burguesía? No, no sería sino cuestión de control obrero, que no haría más que refrenar un tanto la autocracia del capital. Tampoco sería cuestión de concebir la realización inmediata y total del socialismo. No se trataría más que de salvaguardar tal posibilidad a través del “capitalismo de estado” de Lenin, edificando  una “patria socialista”. ¿Se propondrían los socialistas-revolucionarios y los mencheviques derribar semejante “patria socialista”? Muy por el contrario; el edificio “obrero-campesino” se parece demasiado al edificio “campesino-burgués” de los Tchernov (6) y al edificio  obrero-burgués de los Liber y Dan,(7)  esos socialistas inveterados.
Cuando la comprensión de las insurrecciones y victorias obreras se reduce a esta falsa moneda que es el socialismo, los obreros se reencuentran siempre estafados, en medio de la satisfacción generalizada de todos los partidos intelectuales. Los obreros que han confiado en los intelectuales consideran siempre al socialismo como oro puro, en tanto que en el mejor de los casos, no se trata más que de cobre de muy baja calidad.

La expropiación de la burguesía

Desde los primeros pasos de la revolución obrera los parásitos deben desaparecer de la sociedad, todos sus miembros deben trabajar. La revolución obrera no alcanza estos resultados sobre la base de medidas groseras y primitivas como las que aplica el gobierno bolchevique, tampoco mediante el “servicio de trabajo obligatorio para todos” cuya ejecución siempre tendrá que ser controlada por alguna policía; la guardia roja en el caso presente.
La revolución obrera obligará a los ricos a trabajar, después de arrebatarles las riquezas que les permitían holgazanear.
El poder soviético, percibiendo que los obreros esperan de “su dictadura obrera” medidas para obligar a los ricos a trabajar, no encuentra otro recurso que el servicio compulsivo del trabajo obligatorio; lo que muestra que sabe imitar a los estados en guerra, cuando introducen a su vez el trabajo obligatorio para la defensa nacional de la sociedad burguesa amenazada.

Esto demuestra con creces que el poder soviético no tenía la intención de confiscarles, en un futuro próximo, los bienes a los ricos, a la burguesía en general.
La revolución de Octubre ha demostrado a las claras que el enemigo de la revolución obrera y el defensor del régimen de pillaje no es únicamente el capitalista, poseedor de fábricas, sino también el intelectual, que detenta los conocimientos que vende por un ingreso privilegiado. La intelectualidad, bien satisfecha, defendiendo su posición dominante, decidió no tolerar más la dominación de los obreros; se negó a asumir la dirección técnica, sin la cual los obreros no pueden organizar la producción.
La duración y el éxito de las huelgas promovidas por los intelectuales, plasmaron gracias a la indecisión y al rechazo del poder soviético a confiscar todas las riquezas acumuladas.

Los bolcheviques han prestado muy poca atención  al hecho de que las huelgas de los intelectuales han sido sostenidas financieramente por los capitalistas. Los saboteadores decidieron suspender sus tareas  tras cobrar sus salarios. Si no se les hubiese pagado, en muy poco tiempo habrían sido llevados al hambre. Sin embargo, la revolución obrera, que no tendía a limitar más que los salarios faraónicos de los funcionarios más encumbrados, no los amenazó en absoluto. Así, a la primera sensación de necesidad, toda la masa de pequeños empleados se habría puesto a trabajar, y por lo tanto todos los establecimientos y empresas habrían retomado sus actividades habituales.

[….] Supongamos que el poder soviético declare, bajo la presión de los obreros, una expropiación general simultánea. En ese momento, los mismos obreros, sin el concurso ni de comisarios especiales ni de instructores incautan las fábricas, las usinas, los talleres con sus reservas, sus cajas y todo lo que ello implica; luego sin la menor demora, los comités obreros organizan la producción de cada empresa. El poder soviético sólo expropió directamente a las empresas más complejas, como por ejemplo, los bancos, las sociedades por acciones, las empresas cooperativas, todos los establecimientos donde hay pocos obreros y muchos empleados hostiles a la expropiación. Si en Rusia actualmente, se decretara, por ejemplo, que todos los ingresos superiores a diez mil rublos anuales son susceptibles de ser confiscados, todos los establecimientos y empresas pertenecientes a particulares pasarían a manos de los trabajadores. Los altos ingresos de los intelectuales también podrían tener ese mismo techo.

[…] Una expropiación general y simultánea, que paralizaría de raíz a la oposición burguesa y prevendría el sabotaje y la huelga de la intelectualidad, sería garantía contra todo fiasco al que nos conduce inevitablemente el programa bolchevique –y socialista en general– de nacionalizaciones sucesivas y progresivas. La expropiación simultánea provoca trastornos mínimos y, en condiciones favorables, puede evitar totalmente la crisis y la ruina de la industria, que vienen adosadas al programa bolchevique de nacionalizaciones escalonadas a lo largo de meses y años.
Las nacionalizaciones parciales ya llevadas a cabo por el poder bolchevique sirven, sin duda, de señal de alarma para la burguesía, que busca transformar en dinero la mayor parte de sus bienes y reduce la producción para disimular lo más posible sus capitales. Muchísimos industriales, se hacen de capitales líquidos, abandonan sus fábricas, las dejan al garete. El poder bolchevique se ha visto así obligado, para no dejar a los obreros en la calle, a financiar con fondos públicos, a las empresas abandonadas.

[…] La economía bolchevique no tiene más que dos soluciones para elegir: o recurrir a una expropiación generalizada, definitiva, o cesar toda nacionalización suplementaria y, después de una etapa intermedia de “capitalismo de estado”, restaurar la economía capitalista precedente.
¿Por qué los bolcheviques no se han decidido a realizar una expropiación generalizada y simultánea sobre toda la burguesía? ¡A ello, empero, fueron empujados, cuando ellos mismos decían que hacía falta “acabar con la burguesía”! Se trataba de una acción bien fácil de llevar a cabo, sobre todo en consonancia con el sentir unánime de las masas obreras, más que su emprendimiento fantasioso de creación de una dominación ilusoria de los obreros.
Los bolcheviques no han llevado a cabo esta expropiación de los burgueses, simplemente porque no desean la revolución obrera; lo que quieren es sencillamente una revolución democrática y pequeñoburguesa. No luchan por la emancipación de la clase obrera, no hacen más que defender los intereses de las capas inferiores  de la sociedad burguesa actual y de la intelectualidad. No quieren una expropiación general, no porque quisieran proteger o salvar a los capitalistas sino porque  temen por el porvenir de la intelectualidad, puesto que la expropiación general reduciría simultáneamente los ingresos altos de estos últimos y señalaría el comienzo de la lucha de los obreros contra los “manos blancas”, por la igualación de la remuneración del trabajo físico y el intelectual.

El partido bolchevique es un partido de intelectuales, como todos los otros partidos socialistas, ni más ni menos; mencheviques, socialistas-revolucionarios u otros.
Todo socialismo no aspira más que a promover los intereses de la intelectualidad y no los de los obreros. Enseña que los capitalistas constituyen  la única clase dominante de la sociedad, explotando no solamente a los obreros sino también a los intelectuales, y que por lo tanto unos y otros no son sino trabajadores asalariados.

Ninguna tendencia del socialismo, ni siquiera las más extremas como el anarquismo y el sindicalismo revolucionario, atacan la vida privilegiada de los trabajadores intelectuales, aunque las capas superiores, los grandes sabios, los altos dignatarios gubernamentales, los especialistas técnicos de la producción y tantos otros, embolsen ingresos que no van por cierto a la zaga de las ganancias de la gran burguesía. Muy por el contrario, con la eliminación de los capitalistas, el socialismo les otorga el derecho a conservar intactos sus ingresos privilegiados. Algunos representantes del socialismo lo declaran abiertamente. No es difícil adivinar que semejante “patria socialista” no se distingue en absoluto del régimen burgués; toda la ganancia nacional se reparte entre los intelectuales, en tanto que los obreros, al quedar sometidos a la esclavitud del trabajo manual, se convierten en los esclavos del mundo educado.

Los obreros tienen problemas directamente opuestos: disminuir lo más posible los ingresos de los intelectuales, transferir a su favor todos los dividendos del que se adueñan los capitalistas y con el cual privilegian a su personal gerencial y de dirección. Más que la nacionalización progresiva de las fábricas –que le viene tan bien a los socialistas, defensores de los intelectuales– ellos necesitan una expropiación general e inmediata.

¿Cómo se efectúa la transferencia del control de una empresa, por ejemplo, de una fábrica metalúrgica, entre el poder soviético y los obreros? Todo el asunto se reduce simplemente a apartar a los capitalistas. El salario de los obreros no está en juego; éstos están obligados a trabajar en las mismas condiciones que antes, por un salario determinado por el sindicato bolchevique de la rama de la industria […]. Este salario es bajísimo y no acompaña para nada el alza del costo de vida. Los bolcheviques cuentan con esto para garantizar así la misma tasa de ganancia a los capitalistas privados y al estado cuando los reemplace.

Si los bolcheviques deciden nacionalizar una rama industrial entera, por ejemplo la siderúrgica, todos sus obreros quedarán en la misma situación como si fuera una sola la fábrica confiscada. El sindicato bolchevique y el comisariado de trabajo procurarán no tolerar ningún aumento de salarios. La ganancia, de la que se adueñaba el patrón, deberá pertenecerle, según sus cálculos al estado y no a los obreros. Es decir, que servirá para el mantenimiento de funcionarios privilegiados del estado y de todos los dirigentes y “educadores” de la clase obrera.

Los empleados de nivel superior, especialistas de la producción socializada, procurarán del mismo modo negociar para su propio beneficio salarios tan elevados como los que tenían antes, algo que los bolcheviques están completamente de acuerdo en otorgarles.

Tal procedimiento para suprimir a los explotadores debe provocar necesariamente la indignación de los obreros. ¡Los explotadores son expulsados de toda una rama de industria y de ello no surge ningún beneficio para las masas obreras, ni siquiera un aumento en su ración de hambre!
[…] La única vía de lucha verdadera y constante en el mundo entero es y sigue siendo la lucha por un aumento en la remuneración del trabajo manual, lo que han querido siempre y en todas partes las masas obreras, a pesar de sus profetas, tutores y legisladores socialistas.

En el régimen burgués el poder de los capitalistas y la inviolabilidad de la ganancia patronal hace que el aumento de salario implique generalmente, salvo excepciones, un encarecimiento de las mercancías producidas por esos mismos obreros. Es la razón por la cual el aumento de salarios se reduce a menudo a la nada cuando va acompañado del encarecimiento de los objetos de consumo.

La situación se presenta completamente diferente cuando este aumento de salario está ligado a la expropiación de la burguesía. En ese momento, toda la ganancia y todos los ingresos privilegiados deben ser expropiados a favor de los obreros; que pasen a formar parte, integralmente, de sus ingresos. Consecuentemente, el salario puede y debe ser muy aumentado sin que dé lugar a encarecimiento de mercancías y de objetos de consumo.

La revolución obrera que se avecina será una lucha por una mayor remuneración del trabajo manual. Cuando éste se equipare con la del trabajo intelectual, tras una presión generalizada, la servidumbre secular del pueblo obrero habrá sido vencida. Efectivamente, al fin de esta revolución obrera, las familias obreras e intelectuales poseerán medios casi idénticos para criar y educar a sus hijos; ya no se encontrará en la próxima generación, millones de seres humanos condenados, aun antes de haber nacido, a la explotación y a la servidumbre, esos hombres que actualmente están desprovistos de todo saber y aptos únicamente para el trabajo manual,  que nacen pues esclavos de la sociedad burguesa educada.
La revolución obrera consiste –en todo su curso– en la expropiación de las clases poseedoras a favor de las explotadas, con miras a aumentar los salarios obreros.

La burguesía, inicialmente propietaria de los bienes creados a lo largo de los siglos, de los medios de producción, y la intelectualidad propietaria de conocimientos, deben todos ellos ser privados de sus ganancias e ingresos privilegiados para que todos los bienes y la civilización se conviertan en patrimonio de todos y sean distribuidos en su totalidad, en partes iguales.

Javn Vaclav Majaiski

* Escrito en junio-julio 1918.
** El autor escribió esta reflexión con el “poder soviético” recién constituido [n. del trad.]

notas:
1) Primer jefe de gobierno de la República de Weimar (Alemania, 1919) [n. del trad.].
2) Pese a la disparidad de títulos, suponemos que Majaiski aquí se refiere al mismo trabajo de Lenin señalado ut supra como La catástrofe que amenaza, que en los listados de las obras de Lenin suele ser traducido: La catástrofe que amenaza y los medios para conjurarla (n. del tr.).
3) ¿Reforzado o simplemente forzado? En 1918 Trotski defendía la práctica del trabajo forzado. No conocemos si tal defensa fue anterior o posterior a la escritura de este texto [n. del trad.].
4) Periódico [Vía Nueva]  editado por Máximo Gorki en Petrogrado en 1917 y 1918 [n. de Sk.].
5) Nos parece una alusión genérica a millonarios rusos de la época, volcados al progresismo rampante [n. del trad.]
6) Jefe socialista-revolucionario. Presidente de la efímera Asamblea Constituyente [n. de Sk.].
7) Líderes mencheviques [n. de Sk.].

Introducción y traducción: Luis E. Sabini Fernández, autor a su vez del prólogo del libro ‘La ciencia socialista, religión de intelectuales’ http://bardoediciones.net/majaiski_web.pdf

fuente: http://revistafuturos.com.ar

La revolución obrera, 1º parte

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